Congelados

«Pies de madera».

Jerga de los soldados

para describir los pies congelados.

A las 7.15 de la mañana del 15 de diciembre de 1937, la 11.ª División del ejército republicano, a las órdenes del mayor Enrique Líster, inició la maniobra de infiltración entre el río Alfambra y las estribaciones de El Muletón, a 1.086 metros de altitud.

Apenas tres horas después, la 100 Brigada ocupaba con escasa resistencia el Concud. El avance continuó para cortar la carretera de Teruel a Zaragoza por el kilómetro 173.

Poco después, la 25.ª División (Brigada Mixta 116) de García Vivancos conquistaba la aldea de San Blas, cruzando el Guadalaviar por el puente de la carretera de Teruel a Masegoso, hasta llegar a las alturas de Los Morrones.

Había comenzado la ofensiva de Teruel.

En sólo cuatro días, el ejército republicano logró cercar la ciudad defendida por los hombres del coronel de artillería Francisco Rey D’Harcourt, a quien Franco había dirigido un mensaje animándole a resistir al principio con las solas fuerzas de su guarnición. El Caudillo esperaba que su coronel reviviese gestas como las de Villarreal, Oviedo o Belchite.

Rey D’Harcourt se preparaba para el asedio con el resto de su guarnición y numerosos civiles en el convento de Santa Clara, el Banco de España y otros grandes edificios apiñados en el extremo meridional de la ciudad y conectados por medio de pasadizos subterráneos.

Franco confiaba en su victoria: «El Generalísimo saluda a los defensores de Teruel. Nuestro ejército prepara sus fuerzas para el inmediato aplastamiento de los asaltantes. El enemigo está muy castigado. Teruel será rápidamente liberado», escribió el 23 de diciembre al gobernador militar de la plaza.

Pero aún tendrían que sufrir los nacionales numerosas bajas tras la lucha encarnizada, cuerpo a cuerpo, con sus enemigos.

El 1 de enero de 1938, los republicanos contraatacaron en La Muela de Teruel. Apoyándose en su artillería y carros de combate, trataron de envolver las posiciones nacionales por el Barranco de Barrachina.

Conscientes del peligro, los jefes nacionales ampliaron el frente, dispuestos a conquistar las cotas 1.076 y 1.062 pese al frío glacial y la copiosa nieve.

La Primera División inició así la ofensiva a bayoneta calada y logró ocupar sus objetivos, sufriendo numerosas bajas.

Ni sus equipos ni su calzado (la mayoría usaba capote, manta y alpargatas) eran apropiados para el invierno; sus fusiles y armas automáticas también se resentían por las bajísimas temperaturas, negándose a funcionar en trances decisivos; los heridos debían transportarse en mantas durante varios kilómetros pues ni las artolas, ni mucho menos las ambulancias, eran capaces de funcionar por aquellos parajes.

Teruel cayó al fin, el 8 de enero, en manos republicanas.

Franco recibió la noticia de la rendición mientras obsequiaba con un generoso banquete al cuerpo diplomático de Burgos, para celebrar la Epifanía.

La cena había sido preparada y dirigida por el célebre barman Perico Chicote, que había servido ya antes en las Cortes de Madrid.

El Caudillo pareció no inmutarse cuando el mensajero interrumpió la ceremonia.

Pero, días después, ya en Teruel, Franco en persona dirigió la batalla desde el vagón de un ferrocarril, a salvo de sorpresas y congelaciones.

La suerte del ejército republicano iba a cambiar en días venideros.

El 6 de febrero, el capitán de caballería Fernando Sandoval amaneció consciente de la jornada histórica que le aguardaba. A las órdenes del reverenciado general José Monasterio, el mismo que dirigió el triunfante Alzamiento en Zaragoza, Sandoval presentía que ese día el héroe iba a ser él.

No en vano estaba a punto de dirigir la carga de caballería más impresionante de la guerra: nada menos que dos brigadas de mil caballos cada una, con otra brigada de mil caballos en reserva, se disponían a atacar a la 27.ª División republicana al oeste del río Alfambra, en el norte de la cercada Teruel.

A la vista de los acontecimientos adversos, Franco se había visto obligado a cancelar su ofensiva contra Guadalajara, concentrando sus esfuerzos militares en la liberación de Teruel.

El Generalísimo renunciaba así, de momento, a asestar el golpe definitivo a la guerra, aceptando que ésta entrase en una fase de desgaste que se ganaría en gran medida por el peso de las armas y refuerzos procedentes del extranjero.

Era como renunciar a Madrid para liberar el Alcázar de Toledo. Sólo que ahora le tocaba el turno a la sitiada ciudad de Teruel.

Franco estaba decidido a terminar de una vez con la durísima campaña turolense para avanzar hacia el Mediterráneo y cortar España en dos.

Monasterio lideraba la operación militar que iba a marcar el declive progresivo del ejército republicano hasta el final de la contienda.

El capitán Sandoval se levantó de madrugada y oteó el horizonte. La densa niebla, al principio, le inquietó. Era vital que el cielo estuviese despejado para que los aviones nacionales pudiesen castigar con eficacia las líneas enemigas. De lo contrario, las ametralladoras republicanas podrían derribar a los caballos como castillos de naipes.

Sandoval rezó y sus plegarias fueron pronto escuchadas: Teruel amaneció aquel día con un sol radiante.

Los aviones Fiat comenzaron así a bombardear, en oleadas de cinco, las estribaciones del Alfambra, descargando sus ametralladoras sobre las trincheras republicanas al oeste de Visiedo. Eran las ocho de la mañana.

A las once, los regimientos de caballería estaban perfectamente alineados, en filas de a dos, para marchar raudos hacia Argente.

Monasterio y Sandoval sabían que sólo podían desatar el terror del enemigo si lanzaban todos sus caballos juntos, como una tormenta repentina, sobre las trincheras heladas.

Tres tenientes avanzaban en cabeza de cada sección, y cada hilera estaba compuesta por veinticuatro caballos. Otros tres herreros y tres cornetas, montados sobre caballos blancos, formaban la retaguardia.

Cada soldado portaba un sable de casi un metro de longitud, cuidadosamente engrasado para sacarlo con rapidez de su vaina en el momento del asalto.

El estruendo de dos mil caballos al trote hacía temblar la tierra, levantando una inmensa polvareda.

Los jinetes de Monasterio y Sandoval avanzaban en silencio, haciendo ondear sus banderas rojas y gualdas. Parecían soldados de otra época, samuráis tal vez, en espera de que su jefe diera la orden de ataque.

A mediodía, alcanzaron las afueras de Argente.

Entonces, Monasterio desenvainó su sable y gritó:

—¡De frente!

Al instante, Sandoval y sus dos mil jinetes se lanzaron al galope por el terreno llano y duro. El ruido de los cascos era ensordecedor. Los aviones Fiat habían soltado ya todas sus bombas sobre las trincheras enemigas.

El cuarto escuadrón, al mando del capitán Millana, galopaba a toda velocidad por delante del resto. El despliegue de los caballos, avanzando en una línea de cien de frente, presagiaba lo más parecido al apocalipsis.

Por detrás se alinearon el primer y segundo regimientos, formando cintas interminables de quinientos caballos cada una.

La carga duró menos de treinta minutos. El aturdimiento se apoderó de las posiciones republicanas, impidiendo a las baterías disparar un solo proyectil.

La República sufrió 15.000 bajas, 7.000 prisioneros y perdió 800 kilómetros cuadrados de territorio durante las dos jornadas de la fase final de la campaña de Teruel.

Monasterio y Sandoval habían abierto el camino hacia el Mediterráneo y el inevitable fin de la guerra.

La desmoralización cundió entre los republicanos. Cientos de supervivientes fueron evacuados en ferrocarril en penosas condiciones, después de soportar temperaturas de hasta 22 grados bajo cero sumergidos en las trincheras. Horas interminables en el interior de aquellos agujeros helados, arma en ristre, a la espera de un ataque por sorpresa.

Ningún equipamiento en el mundo habría evitado las temidas congelaciones. Casi todos los soldados republicanos llevaban capote, manta, ropa interior de lana y uniforme de abrigo. Calzaban también botas de cuero, con calcetines de lana; algunos llevaban incluso hasta tres pares cuando se les congelaron los pies, tras cuarenta y ocho horas sin descalzarse, sentados o semiacostados en la trinchera.

Había nevado copiosamente durante varios días.

Vientos de casi 100 kilómetros por hora rugieron en ráfagas que cortaban la piel como guadañas, mientras los ojos no dejaban de lagrimear. Los prismáticos pegados al rostro parecían carámbanos. Los dedos se hinchaban como pelotas de ping-pong y perdían por completo la sensibilidad. El hielo convertía las piedras en superficies muy resbaladizas que hacían tambalearse a los soldados, obligándoles a avanzar a gatas.

Sólo la alimentación y un instinto de conservación que jamás se rendía les mantenían aún con vida. Su ración diaria consistía en pan, arroz, garbanzos, carne congelada o de lata, y bacalao, en cantidades suficientes para soportar el frío intensísimo.

Los mandos repartieron a sus soldados un suplemento de alcohol, en forma de coñac, especialmente para quienes hacían guardias nocturnas.

Pero, por más que lo intentaron, no pudieron evitar centenares de casos de congelación.

La mayor parte de los combatientes acudieron al médico de su batallón sin dar excesiva importancia a sus dolencias. Su principal preocupación era la gran hinchazón de ambos pies, que hacía penosa su marcha.

Todos coincidían en describir la sensación de «pie dormido», acentuada en algunos que afirmaban tener un pie «como de madera».

Ellos mismos palparon el edema en sus pies, por encima del tobillo. Comprobaron que la piel estaba turgente, enrojecida, brillante y muy caliente. Las puntas de los dedos aparecían invadidas por la gangrena, con necrosis o degeneración de los tejidos por extenuación de las células.

En algunos casos, la necrosis afectaba a los juanetes y al dorso de los dedos en martillo; en otros, se apreciaban en los dedos quemaduras de segundo grado.

Los que tuvieron más suerte constataron que sus lesiones evolucionaban como gangrena seca: las partes necrosadas se iban momificando y la característica tonalidad negra poco a poco se volvía cárdena.

En la mayoría de los casos, la parte necrosada se desprendió como una corteza, mientras las estructuras más profundas conservaban toda su vitalidad.

Pero otros, también inocentes, corrieron peor suerte y sufrieron mutilaciones: perdieron sus pies, la batalla… y hasta la vida.