CAPÍTULO 9
Un estoico en el banquillo
Aprendamos a aumentar la continencia, a enfrentar la demasía, a templar la gula, a mitigar la ira.
LUCIO ANNEO SÉNECA
En París, Londres, Nueva York, Melbourne, en cualquiera de las ciudades del mundo que visite junto a Rafael Nadal, su tío Toni es un goloso reclamo. No solo convoca a los profesionales de la comunicación, seguros de un discurso diáfano, llano, a menudo distante de los lugares comunes y con algún mensaje que bien pueda alcanzar las letras versales de los diarios o un impacto significado en el bloque de deportes de los informativos audiovisuales, también rubrica fotos propias o papeles en blanco y colma a admiradores y admiradoras con instantáneas acompañadas de una sonrisa, prendida siempre la visera de Iberostar sobre su cabeza, pues esto es un trabajo y nunca viene mal el dinerillo extra. Toni Nadal habla con soltura en francés y, andando el tiempo, ha empezado a manejarse en inglés, a fuerza de atender también a los medios británicos y norteamericanos.
Mientras algunos tenistas de élite acostumbran a vetar, incluso de manera contractual, cualquier declaración pública de sus entrenadores, Toni se detiene después de cada entrenamiento, acude a la sala de jugadores tras los partidos y, aunque en medida decreciente, responde al teléfono cuando se le llama. Y eso que los periodistas no le gustamos mucho.
«¿Recelo con la prensa? Pues total. Al final lo que se dice se tergiversa. No me digas que tú no eres como los demás porque la realidad es que todos sois iguales», espetaba a Javier Caballero en una entrevista aparecida en el Magazine de El Mundo el 19 de julio de 2009. Poco original el juicio, sin entrar en defensas corporativistas. Y paradójico, en la medida en que, además de sus indiscutibles méritos como entrenador, la dimensión de Toni, autor de un libro, conferenciante para directivos de empresas, protagonista y partícipe de otra publicación sobre su ideario, referente ético-deportivo, debe mucho a la bien ganada propagación de su discurso a través de los medios.
Toni habla cuando se le pregunta. Y no suele disgustarle que lo hagan. Dice lo que cree conveniente. Las controversias, cuando se producen, no se deben a una intención concreta en sus palabras, sino al efecto que generan en una audiencia consumidora de naderías, resignada a la vacuidad, cuando no a la cobardía. ¿Qué opina Toni de que Gala León tome el relevo de Moyà y se convierta en la primera capitana de un equipo de Copa Davis? Pues que no es lo más adecuado, porque el tenis masculino posee sus propias particularidades y tal vez ella no las conozca en profundidad. «Con todo mi respeto para Gala, lo que me extraña es que antes la capitanía de la Davis caía en gente con relevancia dentro del tenis español. Ellos aportaban su experiencia en el circuito masculino, su amistad con los jugadores... En este caso es difícil que eso se produzca. Otras veces, antes de una designación, el presidente solía consultar a los jugadores para ver qué les parecía. Esta vez no ha sido así. Es extraño, aunque está claro que el presidente hace lo que quiere», comentó. «Alguien no entiende que estamos en el siglo XXI», dijo José Luis Centella, portavoz de Izquierda Plural. De «machismo profundo» calificó las palabras Joan Coscubiela, de Iniciativa per Catalunya-Verds.
Lo cierto es que con España en segunda división veinte años después da la impresión de que José Luis Escañuela, presidente de la Federación Española de Tenis, no encontró una alternativa a la altura de Moyà, abandonado por la élite de nuestros jugadores en su breve paso por el cargo. Así que Gala León, un año después de ser nombrada directora técnica de la federación, da un brinco hacia el banquillo y vuelve a lucir el chándal. «Tenemos una dificultad logística difícil de solventar: en los equipos de Copa Davis pasas mucho tiempo en el vestuario, con poca ropa. No sé. No deja de ser extraño que una mujer dirija al equipo en esta competición. Es posible que lo haga muy bien, lo desconozco. Mi lógica me dice que habría sido más normal que hubieran elegido un capitán, no sé, a Ferrero o algún otro. A mí me gustan las cosas lo más sencillas posibles», argumentaba Toni.
No falta sentido común en su opinión, discutible como cualquier otra, pero encaja bien un reproche con percha de igualitarismo, viste de progre a quien lo emite, aunque solo sea por un rato. Recobran valor argumentaciones como esta. Apuntes del entrenador sobre la élite gobernante: «Uno de los problemas de los políticos es su miedo a no ser entendidos por la ciudadanía como defensores de un concepto harto discutible de libertad. Hay un exceso de celo en la clase política por quedar bien, el temor a que su discurso sea considerado reaccionario. Yo no me lo considero en absoluto. Existe una confusión muy peligrosa en ese aspecto».
Hablábamos de la enseñanza, del rigor en la educación, de la disciplina, pero la reflexión posee un calado mayor, es perfectamente aplicable al impacto de su juicio sobre la nominación de una ex tenista de segundo orden sin experiencia en responsabilidades técnicas de máximo nivel como capitana de un país que ha ganado la Copa Davis en cinco ocasiones.
Fenómeno singular
Toni habla, participa. El entrenador ejerce de ciudadano, sin sentar cátedra. Y se agradece. Por qué negarlo. Miren ustedes a Edberg, en el rincón de Federer desde el comienzo de 2014. Al sueco, elegantísimo tenista, ganador de seis títulos del Grand Slam, difícilmente se le encontró un mal gesto en su etapa en activo. Es corriente verle ahora hacer gala de todos los ardides a su alcance con la idea de que la verbalización de sus conversaciones en la grada en modo alguno pueda transcribirse. Se tapa los labios, coloca cuantas fronteras físicas sea capaz de inventar y no duda en diseñar gestos hoscos y amenazantes si la cámara insiste en captar su imagen. ¿Atenciones al periodismo? Las justas, y con respuestas a menudo previsibles, huecas, las que se supondrían de una asociación natural, magnetizada por el talento recíproco, las que podrían colocarse en su boca sin chirriar.
Moneda de cambio habitual alrededor de Federer. Tampoco cabía esperar demasiado de Tony Roche, José Higueras o Paul Annacone, tres de sus anteriores técnicos. El ex jugador australiano se avenía ocasionalmente a responder después de sesiones de entrenamiento en París que dejaban clara la aparente suficiencia de Federer, poco permeable a las enseñanzas, menos aún a un despliegue físico que comprometiera la caída de su flequillo. No decía gran cosa el viejo Roche, a buen seguro, convenientemente advertido por el jefe. «A quien más se asimila Roger es a Laver. Es un jugador completísimo, un lujo para observar. Se parece a él. Maneja muchas alternativas, un repertorio muy diverso», me comentaba recién concluido un entrenamiento, en vísperas de la semifinal del suizo contra Nadal en Roland Garros 2005.
Quien suscribe conversó telefónicamente con José Higueras, recién iniciada su vinculación con Federer. Pocas veces fue más delicado completar cuatro columnas en el periódico, y no digamos dar con un titular y unos sumarios en consecuencia. Árido y poco expresivo en la pista durante su carrera como jugador, también entonces midió con aplomo las palabras. Higueras se ganó un nombre como entrenador en la federación estadounidense y colaboró, entre otros, con Jim Courier, hasta asociarse coyunturalmente con un tenista en las antípodas de su concepción del juego.
«No he hablado hasta ahora con ningún medio de comunicación y prefiero no entrar en detalles», me comentaba desde París, en mayo de 2008. «Los míos son dos ojos más, una perspectiva que se añade», proseguía, antes de calificar al suizo como un tenista «difícil de programar». «Él no busca un entrenador como pueda hacerlo el 99% de los profesionales. Solo se trata de contemplar aspectos muy pequeños».
Seguramente Toni también esconde más de lo que dice, pero resulta innegable que de su parlamento manan palabras de indudable interés, ya sea en relación directa con el torneo y el partido correspondiente, o llevado al territorio que más le gusta, reflexiones globales sobre el éxito, la fama, el sacrificio, la vanidad...
Miles Maclagan, entrenador de Murray durante tres años, requería el conducto reglamentario cuando se le abordaba en los pasillos de algún gran torneo, apelaba a la petición formal de una entrevista a través del responsable de prensa de la ATP, vía que solo es habitual cuando se trata de una demanda one to one con algún jugador.
Más heroico aún el acceso a Lendl, quien llevó al escocés al oro olímpico y a la conquista de Wimbledon y el Abierto de Estados Unidos, sus dos únicos grandes. Pétreo, antipático y mal compañero en sus años de gloria, el ex número uno del mundo ejercía de cadáver inflamado al frente del ambicioso proyecto con Murray. El propio Daniel Vallverdú, larga la amistad con el tenista de Dunblane, diana de su ira y sus frustraciones, y ahora en el banquillo de Berdych, solía declinar amablemente cualquier intervención. Judy Murray, madre de la criatura, se caracteriza por manifestaciones que tienden a un componente banal, ya sea su admiración por el sex appeal de Feliciano López u otros 140 caracteres de poco rigor en las redes sociales.
Toni es un caso singular en el deporte de alta competición. Entrena desde la infancia a uno de los mejores tenistas de la historia. Ambos admiten diferencias puntuales en el dilatado trayecto, pero hasta ahora, y ya parece demasiado tarde para cualquier cambio de dirección, estas se han resuelto sin dejar huellas. El coach no ha dudado en plasmar su disgusto públicamente cuando Rafael, con todas las letras, como siempre se refiere a su pupilo («no me sale Rafa, si lo hiciese así no hablaría exactamente de él, sino de la figura que aparece en los periódicos»), cae en algún trance de relajación, deja de tomarse el trabajo tan en serio como reclama su mentor. Se trata de un recurso más con el que mantener su vigor competitivo, de neutralizar los supuestos deslices en el compromiso profesional.
El medio y los mensajes
«Tal vez yo no pueda aportar mucho más y sea necesario buscar el consejo de otros entrenadores. Sin embargo, creo que los mimbres son sólidos, que Rafael sabe que su familia seguiremos siempre ahí, a su lado. Y nada creo que sea capaz de cambiar su personalidad», comentaba Toni en Rafael Nadal. Crónica de un fenómeno. Con las lógicas desavenencias ocasionales y superando la inevitable erosión del tiempo, el tándem sigue funcionando, entre otras cosas, tal vez porque, como sostenía Rafael Nadal en la misma publicación, «mi tío es una persona muy especial, que piensa mucho, y que si le escuchas, dice cosas que no son las habituales. Hay que hacerle caso», o porque, como añadía su padre, Sebastián, «Toni no es un entrenador de tenis, es el entrenador de Rafael».
En más de una ocasión, las intervenciones públicas de Toni generaron desagrado en el clan Nadal, que prefiere defender un hermetismo rotundo en cuanto rodea al campeón. Lo respetan todos, la familia, pretendidamente blindada de los afanes de la prensa, el doctor Ruiz-Cotorro, una tumba cuando toca abordar los males físicos del tenista, el recuperador, Rafael Maymó, salvo acaso para algún medio que supo ganarse su confianza en exclusiva, todos a una con la intención de crear las condiciones más favorables para el éxito. Con idéntico objetivo, el entrenador acusa, puntualmente, un exceso de locuacidad, ya sea por el personal ejercicio del cargo o por la progresiva conversión en un gurú que ha de mantener vigente el impacto mediático de su doctrina.
Toni funciona por libre. Es quien menos se pliega a los mandamientos de Pérez Barbadillo (BPB), encargado de liderar el frente común en defensa de los intereses profesionales del jugador. El jerezano, formado en la Fórmula 1 y en el gabinete de prensa de la ATP, llegó a compatibilizar durante un breve período las responsabilidades con Nadal y Djokovic, y administró también las palabras de Del Potro hasta el deterioro de la difícil relación con su progenitor. BPB se enoja cuando, a su juicio, uncle Toni, como es conocido en el mundo anglosajón, se va de la lengua, ya sea en la recriminación puramente deportiva hacia el rendimiento de Nadal o en barruntos poco optimistas sobre su porvenir. BPB maneja bien los instrumentos para uniformizar y blindar los mensajes, intentar crear un pensamiento único en torno al jugador, quebrado en más de una ocasión por el coach.
El 15 de octubre de 2014 Toni adelantaba al canal mallorquín IB3 que Nadal no disputaría la Copa Masters porque se iba a operar de apendicitis. La enfermedad apareció en Shanghai, pero la mantuvo bajo control con el tutelaje de su médico. Perdió en China, de primeras, con Feliciano López y en cuartos de Basilea con el joven Coric.
Poco después de las palabras del entrenador, Pérez Barbadillo enviaba un correo electrónico a los medios, algunos de los cuales ya habían publicado la noticia, matizando el anuncio de Toni y dejando abierta la posibilidad de que Nadal completase la temporada. El 24 de octubre, una vez eliminado en Suiza, torneo donde tenía un contrato de tres temporadas y no había podido jugar en las dos anteriores, el jugador confirmaba que daba por concluido el curso.
De nuevo la confrontación entre la verdad y la estrategia de comunicación. Choque mudo, al menos sin consecuencias visibles. La espontaneidad del entrenador, y tío, vínculo este ni mucho menos baladí, su inquietud, en algunas ocasiones cercana al alarmismo, en involuntaria oposición al cálculo, al trabajo destinado a mostrar el retrato perfecto del jugador a través de la milimetrada pauta a la hora de desvelar sus intenciones profesionales o cualquier otro avatar.
En determinados trances, Toni encaja mal bajo las exigencias profesionales de un jugador como Nadal. Tarda en medir las consecuencias que pueden tener sus palabras en asuntos de carácter puramente comercial. Mira por el sobrino y el tenista, vulnerando a veces el secretismo conveniente para no hacer peligrar compromisos con sus patrocinadores o en otras facetas de ese orden. Desenvolverse con transparencia no siempre es lo más aconsejable cuando está en juego la marca Nadal.
Hasta la contratación de Becker, a comienzos de 2014, fue Marian Vajda, un ex tenista eslovaco que llegó al 34º lugar del ranking y participó en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, el único encargado de pulir a Djokovic, salvo contribuciones puntuales de profesionales como Woodforde o Todd Martin. Hombre de perfil bajo, Vajda transmitía austeridad en el otrora agitado box del serbio, hoy sin la presencia regular de sus progenitores. Tampoco él admite paralelismo alguno con Toni, de ejecutoria más expresiva.
Contrasta en cierto modo el carácter de Toni con el atribuido a los nativos de la isla, dados a la introversión y al recelo en el trato con los extraños. No siempre exento de esa cautela, se prodiga en reflexiones a partir de su experiencia como entrenador de un jugador de élite. Es un discurso directo, repleto de sentido común, que cala por promover valores mancillados reiteradamente en la España de los excesos y el bandidaje, con casos mayúsculos en Palma, una isla asolada por la corrupción política y sus derivados.
Entrenadores y gurús
Desde que Jorge Valdano patentó aquello de el miedo escénico, que describía el pavor de los rivales del Real Madrid en las célebres remontadas europeas del equipo blanco en la segunda mitad de los 80, se han dado otros casos de deportistas o entrenadores con un verbo lustroso o al menos interesante en sus contenidos, ajeno a la pobreza comunicativa de la mayoría del gremio. Valdano escribió en la Revista de Occidente y, sin obviar una notable carrera como futbolista, que incluye una Copa del Mundo, destacó más con la palabra que con el balón. Ejerció en dos etapas de apagafuegos en los peligrosos cortocircuitos del Madrid de Florentino Pérez desde el cargo de adjunto a la presidencia hasta que José Mourinho pidió su cabeza y explota regularmente su talento colaborando en la prensa y en la cadena SER.
En 2013 se desvinculó de Make a team, compañía fundada por él en 1999, pero continúa ligado a Inmark, la empresa que compró la mayor parte de las acciones en 2005. En 2013 editó Los once poderes del líder: el fútbol como escuela de vida,4 ejemplo impreso de su larga experiencia en este tipo de instrucción y apoyo a directivos de empresas, faceta muy lucrativa que ninguno de los gurús del deporte procura descuidar.
Tampoco lo hizo Pepu Hernández, seleccionador de la España campeona del mundo en 2006. El personaje Pepu se creó a partir de la confluencia competitiva y emocional en el gran éxito de nuestro BA-LON-CES-TO en Japón. El lema, enfatizado por sílabas, es suyo. Caló como una demanda reivindicativa frente al poder absorbente e intrusivo del fútbol, y lo hizo gracias al triunfo de los Gasol y compañía, convenientemente adiestrados por el técnico, y al tono pedagógico y proselitista que distinguió cada una de sus apariciones. La reacción templada, contenida, ante el fallecimiento de su padre en vísperas de la final contra Grecia, la imagen del seleccionador ya huérfano, decidido a proseguir su tarea sin que la pérdida afectase al grupo, llegaron a la gente, cautivada después con el hombre emocionado, mano al pecho, mientras sonaba el himno nacional en la ceremonia de entrega de medallas.
Pepu Hernández escribió, junto al periodista Luis Fernando López, Entrenar el éxito,5 donde trasladaba las enseñanzas de grupo aplicadas en la selección española al mundo de la pequeña-gran empresa. Prosperó el método Pepu a la vez que el entrenador era engullido por los celos federativos.
Toni carece del lenguaje brillante y sofisticado de Valdano y de su capacidad argumental. Se encuentra más a pie de obra, no demasiado lejos de Hernández. El suyo es, no obstante, una suerte de apostolado de cómo alcanzar el éxito individual sin traicionar los valores con los que trata de señalar el itinerario de su sobrino. «A todos nos importa ganar. Después, cada uno elige su camino para lograrlo». Apunta así, no a los fundamentos estéticos que prevalecen en los postulados futbolísticos de Valdano, sino al respeto por una conducta apropiada dentro y fuera de la cancha.
Sabiduría popular
Rechaza los ornamentos, va a la osamenta, cual maestro de escuela rural portador de sabiduría popular. «A mis padres no les hacía falta decir mucho. Enseñaban con su actitud, con su aplicación en el trabajo. Aprendías pronto que las cosas valían dinero, que debías apagar la luz cuando abandonabas tu cuarto, que debías cuidar los zapatos», me comentaba en una larga conversación antes de iniciarse el torneo de Roland Garros de 2009.
Si bien el sedimento educacional parte de los padres de Nadal, Sebastián y Ana María, que en ningún momento le han perdido la pista, la forja cívica del campeón debe mucho al rigor de Toni, en ocasiones extremo a la hora de atenuar cualquier tentación acomodaticia, cualquier asomo de divismo.
Sin necesidad de nombrarlas, acaso porque ni siquiera hayan ejercido como fundamentos teóricos, en Toni se percibe una conexión estrecha con corrientes como el estoicismo. En el ideario del entrenador, consejero, psicólogo, comunicador, late la búsqueda de la virtud como mejor forma de progreso. El trabajo, vía exclusiva para el perfeccionamiento. La asunción del dolor. La aplicación casi artesanal en el desempeño de la tarea. «En mi pueblo hay muchos carpinteros y ebanistas. Se enorgullecen cuando la gente reconoce una mesa o una silla hecha por ellos, y se esmeran en hacerlo cada día mejor», apunta Toni.
Esta óptica entronca también con algunas de las más aclamadas manifestaciones del realismo social en la literatura española. Sobre En la orilla,6 la novela de Rafael Chirbes reconocida unánimemente por la crítica, late un homenaje al valor de las habilidades manuales, también como debilitados estandartes de una cultura pulcra, exenta de las perversiones en que ha derivado el desarrollo del capitalismo industrial. Toni se manifiesta por la satisfacción del trabajo sencillo, bien hecho, consecuencia del cuidado, la atención, el denuedo.
El 1 de junio de 2010, en la víspera del partido de octavos de final de Roland Garros entre Nadal y Almagro, reuní a Perlas, entonces entrenador del tenista murciano, a quien llevó al punto más alto de su carrera, y Toni, con el fin de que sostuvieran un diálogo informal sobre la confrontación. Nos vimos en la sala de jugadores, recién concluidos los entrenamientos de la mañana. Transigió Toni gracias al empuje de Perlas. Por alguna razón, que podemos imaginar relacionada con la posición ideológica del periódico, Toni ha mostrado su desacuerdo, solo puntual, con determinadas iniciativas de El Mundo en relación con Rafael Nadal. Sucedió, por ejemplo, durante la época en que el jugador respondía a preguntas de los lectores a través de la página web a lo largo de los torneos del Grand Slam. «¿Por qué en El Mundo?», se preguntaba.
El encuentro Toni-Perlas iba a ser la información principal del día de Roland Garros, que aún andaba en octavos de final. La imagen mostraba a los contertulios estrechando sus manos a modo de pulso. Era una de esas propuestas diferentes, que escapaban de la dinámica regular. Lástima que Federer no estuviera por la labor y cayera eliminado contra Soderling según entraba la noche. La derrota suponía que perdía de facto el número uno, en beneficio de Nadal. Consiguientemente, la doble página de apertura de Deportes del periódico estaría capitalizada por la noticia.
Aun así, hubo espacio para recoger la amistosa confrontación dialéctica. Inamovible en sus planteamientos racionalistas, Toni apenas divergía de las argumentaciones de Perlas, un hombre curtido en la alta competición, que también sabe perfectamente de lo que habla.
–Usted, Toni, es un entrenador especial, mediático, se ha convertido en una especie de gurú –le interpelaba.
–Lo que yo pueda ser es porque entreno a Nadal –respondía.
–Te ven guapo, con buena presencia –bromeaba Perlas.
–No, lo era. Estoy seguro de que si dijera lo mismo siendo entrenador del número cien nadie me haría caso –continuaba Toni.
Sentado en una esquina de la sala de jugadores, en torno a una mesa alta y circular, frente a Perlas, impreso en la frente el patrocinio de la cadena de hoteles, Toni exhibía su inmensa coherencia, era el mismo hombre de gesto pausado y mirada serena y enérgica a quien vemos al frente de los entrenamientos de Nadal, acaso en la pista con el ceño más fruncido y los brazos cruzados, síntomas de la máxima concentración.
«En determinados jugadores, cuando uno tiene un mal entorno, has de combatirlo, al igual que si cae en un determinado autoensalzamiento debes intentar neutralizarlo. Es muy fácil que por creer que la pasada semana jugué bien esta también voy a hacerlo igual y ya se encuentra todo resuelto. Si dejas de regar la planta, se muere. Nuestra responsabilidad es alertar al jugador, mantenerlo ahí». Reflexiones sobre los cometidos del coach, secundadas por Perlas, defensor de la cuota correspondiente de orden y talento, empezando siempre por una buena elección de la hoja de ruta.
«Cuando un árbol se ha torcido es difícil enderezarlo. Desde niño [Nadal] posee una educación como las de antes, conoce unas normas que debe respetar». El respeto por la aplicación artesanal. Las analogías con la esencia de la naturaleza. ¿Acaso aprendizaje inconsciente, lateral, de la filosofía de Henry David Thoreau o del Robert Louis Stevenson más relacionado con el entorno natural?
Dejó a medias Historia y Derecho, entregado a la absorbente seducción del tenis. Casado con Joana Maria, licenciada en Filología y ex profesora de instituto en la escuela pública, esgrime la prioridad del Estado en la formación de los estudiantes y la tolerancia en la diversidad lingüística. Se dirige a Nadal en mallorquín y, muy lejos de las inclinaciones futbolísticas de su sobrino, simpatiza con el Barcelona. Políticamente, no parece tan próximo a las posiciones conservadoras del resto de la familia.
Las simpatías futbolísticas son mesuradas, sin oposiciones supuestamente consecuentes. Rechaza categóricamente ser anti nada, tampoco antimadridista, lo cual da para intercambios de pareceres con Pérez Barbadillo, blanco hasta las cachas y digamos que poco identificado con el Barça, menos aún con la permeabilización nacionalista de los colores. Toni prefería el estilo alegre de la España de Luis Aragonés frente al plus defensivo que incorporó Vicente del Bosque. En el arranque del Mundial de Sudáfrica 2010, tras la derrota contra Suiza, departía con los periodistas en Wimbledon sobre la inconveniencia de jugar con dos mediocentros defensivos, el caso de Sergi Busquets y Xabi Alonso.
Sin entrar en consideraciones estratégicas, pues se trata de deportes completamente distintos, su modelo sintoniza con el de los dos últimos seleccionadores españoles. Toni actúa como un hombre de la casa, libre de estridencias, reconocible por su labor diaria, y, en su caso, sin la herencia de un estrellato fenecido como jugador. Frente a la corriente de notables ex tenistas incorporados a la asesoría técnica, Rafael Nadal prefiere no tocar aquello que ha venido funcionando, una de las bases primordiales del éxito.
Edberg ha rescatado el espíritu seminal de Federer, notablemente mejorado en 2014 con respecto a los resultados del año anterior. Le ha hecho asimilarse más a sí mismo, atender a su propia retrospectiva bajo la inspiración de sus consideraciones técnicas, como demostró con la conquista de su primera Copa Davis, en noviembre de 2014 y con las victorias en Brisbane y, sobre todo, en Dubai, a principios de 2015. Pero en el Abierto de Australia volvió a fracasar. Sigue sin lograr su principal objetivo: ganar el 18º grande.
Djokovic ha progresado con el complemento de Becker, si bien nunca sabremos si lo hubiera hecho de igual modo solo junto a Vajda, quien le condujo a la élite y le mantuvo en ella. Aun en su deteriorada caricatura abotargada respecto a los años del boom, boom, Becker, el alemán da otro color a su palco y asiste a la brillante madurez del jugador, deseoso este de tener cerca a un gran campeón y ex número uno del mundo, de cualidades bien distintas a las suyas.
Ivanisevic consiguió que Marin Cilic ofreciese un extraordinario salto cualitativo con la conquista del Abierto de Estados Unidos de 2014, ya fuera por una simbiosis temperamental o por la llamada de la sangre, cuestión nada baladí en los Balcanes.
La mayoría de estos compromisos se encuentran rigurosamente pautados en el tiempo. Edberg, por ejemplo, viaja con Federer diez semanas al año, al margen del trato continuado que puedan mantener. Rafael Nadal y su tío Toni trabajan toda la temporada, independientemente de que sea Francis Roig quien se desplace junto al jugador en los Masters 1000 de las giras norteamericanas de primavera y verano y en la gira previa al Abierto de Australia. Es una (gran) economía doméstica con resultados evidentes, dato este que añade atractivos ante la opinión pública, por transmitir mayor cercanía, la posibilidad aparente de que pelear por el triunfo está al alcance de todos, no es un lujo aristocrático.
Aprendizaje y autogestión
Nadal ha ido evolucionando de la mano de Toni en función de las necesidades que imponía desenvolverse como el mejor en todas las superficies y economizar energías en un físico seriamente golpeado. En momentos concretos, cuando no llegaba el título en Wimbledon, se demoraba la consagración en el Abierto de Estados Unidos o se concatenaban las siete derrotas contra Djokovic, hubo un caldo de cultivo que sugería la conveniencia de cambiar de técnico, de contar con alguien nuevo que le guiase en otra dirección.
Ambos encontraron juntos las soluciones. Nadal triunfó dos veces sobre la hierba, ganó en Nueva York y frenó la sangría con Djokovic fiel al vínculo con Toni, no exclusivamente movido por la lealtad, sino consciente de que nadie mejor que él podía ayudarle a seguir quebrando fronteras. Tampoco debe sacralizarse su figura, pues el jugador, en plena madurez, lleva unos cuantos trienios a las espaldas, es el más implacable de sus críticos y maneja autónomamente el cambio y la dirección cuando las circunstancias así lo demandan.
«La diferencia entre Rafa y el resto de los jugadores es que cuando termina perdiendo el primer set, en el cambio de lado, mientras la mayoría están preocupados, perdidos, enfadados, preguntándose qué ha pasado, él no, él simplemente se plantea qué hacer a partir del juego siguiente», me dice Antonio Martínez Cascales, quien fuera entrenador de Ferrero y hoy su mano derecha en la dirección del torneo de Valencia, además de presidente de la federación de tenis de la capital levantina. Es ahí, en una terraza de la Ciudad de las Ciencias y las Artes, donde conversamos, durante una mañana veraniega de bien entrado octubre, mientras la megafonía insiste en hacer terruño con viejas melodías de Nino Bravo.
«Se pone dos metros más delante de la línea si estaba jugando muy atrás, golpea con mayor potencia de revés si detecta que la falta de velocidad en ese golpe era uno de los problemas. Acierta el 99% de las veces en la modificación de la táctica, porque en esos dos minutos de que dispone entre set y set se replantea cómo hacer las cosas, y como es tan bueno siempre le salen bien. Es una diferencia grande con respecto a tenistas que ceden el primer parcial y lo único que hacen es lamentarse, o los que saben tomar otra dirección pero no son tan fuertes en cuanto a la voluntad de mantenerla. Rafa, aunque en principio no le funcionen los retoques, persevera, y el 95% de las veces acaba logrando su objetivo».