CAPÍTULO 2
Un júnior frente al espejo
Desde el momento de su emerger, pronto trataron de buscarse referentes lejanos de Nadal, anteriores a Hewitt, paralelismos históricos, identidades estilísticas, arquitecturas mentales comparables. No las había ni las hay, por mucho que la presencia en cancha, la manera de jugar y el dominio mayúsculo sobre la arcilla remitan a otros grandes. Primero fue Björn Borg, extremadamente fuerte de cabeza, coriáceo en el fondo de la pista, muy capaz de realizar la transición de tierra a hierba con un éxito incluso superior al suyo. Pero a la larga, globalmente ha acabado superando al sueco, tres majors por debajo en la orla de los magníficos, incapaz de ganar jamás en Nueva York y ausente en Australia, pues en su época eran muchos quienes renunciaban a atravesar el mundo para disputar un torneo al que se negaba el prestigio de los otros tres majors. «Era más grande que el juego. Era como Elvis, Liz Taylor o alguien así», dijo de él Arthur Ashe, ganador del Abierto de Australia, Wimbledon y el US Open y célebre también por su decidido y sincero compromiso en la lucha frente al racismo.
Borg fue un icono, una estrella del pop, el jugador que redimensionó el tenis convirtiéndolo en un fenómeno de masas, en un espectáculo de poderosas audiencias televisivas. Ahí existe una conexión evidente con Nadal, quien también posee un especial carisma. Poco a poco, su figura se ha plasmado como ejemplo y guía moral. Tiene un temperamento mediterráneo, a diferencia de ice Borg, imperturbable, solo devuelto al universo de los humanos en el precipitado final de una carrera que jamás pudo retomar, víctima tardía de las burbujas del éxito, del hurto voluntario a las secuencias lógicas del desarrollo.
Nadal se convirtió en el primer jugador después de Borg que logró ganar Roland Garros y Wimbledon en la misma temporada. Lo hizo en 2008, con la inolvidable final contra Federer sobre la hierba londinense. Al igual que sucediera con el sueco en sus orígenes, eran pocos los que creían en sus posibilidades sobre la hierba. Fue también etiquetado como un tenista demasiado defensivo, sin los argumentos precisos para extender su dominio mucho más allá de la arcilla. Borg tardó poco en desmentirlo: seis títulos en París y cinco en Londres. Tres dobletes: 1978, 1979 y 1980. Tampoco Nadal se demoró en exceso: solo transcurrieron tres cursos hasta que consiguió el primero de sus dos títulos en el All England Club. En 2010 conseguiría también salir victorioso en Roland Garros y en Wimbledon. Sin una transformación radical de su juego, ambos supieron aplicarse con éxito en la mejora de golpes específicos, como el servicio y el resto, y modificar su posición en la cancha.
La hierba se ha tornado más lenta con respecto a los tiempos de Borg y las pelotas se suman a la hora de democratizar el juego. Sin descuidar el saque, el español sacó mayor provecho en Wimbledon de su magnífico resto, como hicieron en su momento Nalbandian, finalista en 2002, y Hewitt, campeón ese mismo año. Además, la condición de zurdo le ayuda a encontrar ángulos particularmente valiosos en una superficie tan específica.
Borg visitó Madrid en abril de 2007 para jugar un torneo de veteranos en el que también tomaron parte, entre otros, McEnroe, Mats Wilander y Goran Ivanisevic. Nadal había ganado sus dos primeros títulos de Roland Garros, apareciendo por su primera final de Wimbledon. Tuve la oportunidad de conversar con el ex tenista de Södertälje, que se acercaba al medio siglo, en un hotel madrileño. «Me gusta el juego de hoy: es más rápido y se golpea más duro a la pelota. Me divierto mucho, especialmente con los partidos entre Nadal y Federer, dos estilos opuestos, exactamente lo que la gente desea ver. Lo mismo que sucedía conmigo y con McEnroe», comentaba. Sin dejarse traicionar por la melancolía, tampoco mostró demasiadas secuelas ególatras, salvo por la considerable demora con la que se presentó. Aceptó incluso preguntas delicadas sobre el amago de ruina que le llevó a pensar en sacar sus trofeos a subasta.
–¿Es verdad que fue McEnroe quien le convenció de no hacerlo?
–Por mi parte no se trató de la manera más inteligente de pensar. Es una historia muy larga. Él me llamó y me dijo: «¿Qué diablos piensas hacer? No puedes vender los trofeos. Jugamos dos finales de Wimbledon, no puedes hacer eso». Sí, me telefoneó numerosas veces. Somos buenos amigos. Me hizo ver las cosas de otra forma.
Obediente y sacrificado desde muy joven, siempre a las órdenes de Lennart Bergelin, completada una trayectoria de ensueño no resistió demasiado tiempo el empuje de Jimmy Connors, McEnroe e Ivan Lendl, además de perder motivación en los torneos de segundo orden. Fue el primer tenista que empezó a viajar con su técnico. Serio, imperturbable, Borg apenas se relacionaba con los demás, celoso de mostrar sus presuntas debilidades. «Cuando jugabas a cinco sets, mirabas a la otra silla y podías ver a Ilie Nastase o a Adriano Panatta tan vulnerables como tú. Observabas a Borg y apenas sudaba, ni siquiera alteraba la respiración», evoca Orantes, quien vio cómo le remontaba dos sets en la final de Roland Garros de 1974. Sorprendía también la imperturbabilidad de Bergelin en la grada. «Ustedes son latinos e improvisan. Nosotros lo planificamos todo», respondió en cierta ocasión al periodista Guillermo Salatino, de nacionalidad argentina.
Fue Borg quien entregó a Nadal la séptima copa en Roland Garros, y volvió a hacerlo en 2014. Dos años antes, tras completar el triunfo contra Djokovic en cuatro sets, en la final que concluyó un lunes por la lluvia, superaba los seis títulos del sueco, dejando atrás unos años de permanentes paralelismos. Sincero, confiesa que apenas le ha visto jugar más allá de escasos reportajes enlatados cuando tocaba hacer tiempo en Wimbledon debido a las travesuras del cielo.
Frente a la similitud en la trayectoria, en la forma de jugar y en la fortaleza anímica, hay diferencias estimables de temperamento. Nadal, con la autoridad natural que se ejerce a partir del respeto por el adversario, un discurso continuo de corte calvinista, con el trabajo y la dedicación como única premisa para alcanzar el triunfo, rasgos estos que comparte con el sueco, es, a diferencia de este, un héroe de carne y hueso. Ríe, llora o brama, salta o se desploma, transmite más, con el ejercicio certero y apasionado de su profesión y con la simultaneidad de reacciones que podrían corresponderse con las de cada uno de sus devotos, de quienes contemplan en él no solo aquello que hubieran deseado llegar a ser sino también la forma en que habrían pretendido conseguirlo.
A la hora de admitir puntos comunes con alguno de los tenistas del pasado, Toni lanza el nombre de Connors, zurdo, puro fuego, gran restador y con capacidad para dominar el juego desde el fondo. Aunque muy distinto técnicamente, caracterizado por su golpeo plano, Jimbo era un extraordinario competidor, con una puesta en escena bastante asociable a la del protagonista de este libro. Plato suculento para los fotógrafos, con su impronta no exenta de teatralidad a la hora de conquistar a la cámara, prolongó su carrera hasta casi los 40 años, llevado por un ardor infrecuente y un instinto sanguinario que propiciaba en ocasiones conductas poco edificantes. Es también ahí donde Nadal, cuyo lugar en la historia se encuentra muy por encima del estadounidense, que se hizo con ocho grandes, diseña de forma natural su propio camino. Nunca ha regalado palabras gruesas ni manifestaciones hirientes contra los rivales, sin desaprovechar la fuerza que emana de su propia aureola, construida a través de actuaciones que van pesando en el ánimo de cualquiera de los adversarios, derrotados de antemano en muchas ocasiones, conscientes de su inferioridad, definitivamente vulnerables cuando logran estrechar las distancias y desenvolverse no ya solo en el territorio de lo técnico y de lo físico, sino en el ámbito de lo puramente emocional.
Sin honores para el campeón
En 1982, con 17 años y 274 días, Wilander se convirtió en el más joven campeón de los Grand Slam al imponerse en Roland Garros. Era el comienzo de una trayectoria esplendorosa. Tres títulos en Australia, uno en el Abierto de Estados Unidos, tres entorchados en París y un total de 33 galardones avalan al ex número uno del mundo y tres veces ganador de la Copa Davis con Suecia. Antes de que Nadal ganara su primer título en París, en 2005, era el único jugador que se había hecho con el torneo en su primera aparición. Fue en aquella primavera, a pocos días de que el español culminara con formidable éxito su aterrizaje, cuando tuvimos una dilatada conversación que encontró episódicamente continuidad a lo largo de los años. Rememoradas ahora, aquellas palabras adquirieron un evidente carácter profético.
«A Nadal deben seguir tratándole como si fuera un júnior», decía el comentarista de Eurosport y columnista del diario francés L’Équipe. «Es muy importante tener gente que tome decisiones por ti y, sobre todo, rodearte de personas que no piensen que eres especial. Toni lo está haciendo acertadamente. Hay que decirle: “Rafa, tráeme un café”. No puede permitirse que sea arrogante. ¡No, no! “Tú eres un júnior, un chaval joven, y haces lo que se te dice”. Nosotros formábamos un equipo: Anders Jarryd, Joachim Nystrom, Hans Simonsson y yo, el más joven. El día después de que ganase Roland Garros nos fuimos a Inglaterra. Me decían: “Tú eres un júnior. Coge las maletas, llama al taxi, ¡eh, nos vamos en diez minutos!”. Así debe ser».
Wilander reconocía ya las singulares señas de identidad de Nadal en el contexto del tenis español. «No es el tipo de jugador que hace ascos a Wimbledon. Algunos españoles en el pasado no iban. ¡Es una locura! Debes acudir para mejorar. Él no solo juega para ganar, sino para ser mejor, para sentir que obtiene lo máximo, siendo el 1, el 2, el 3 o el número del mundo que le corresponda». Nadal entonces era el 5 y solo había podido pasar en una ocasión por el All England Club, dos años antes, cayendo en la tercera ronda frente a Paradorn Srichaphan. «Hewitt entendió el juego de chico, como Nadal. Si el australiano ha ganado Wimbledon, él también puede conseguirlo. Tiene que mejorar su servicio», aventuraba, frente a opiniones contrarias, como la del francés Guy Forget, quien en alguna ocasión esbozó una sonrisa de incredulidad no lejana del desprecio cuando fue cuestionado al respecto.
En la cafetería de la sala de jugadores de Roland Garros, Wilander argumentaba con el entusiasmo y el riesgo que acostumbra. La asimilación más próxima del juego de Nadal le llevaba también a Vilas. «Era el que más liftaba entonces. Cuando te enfrentabas a él por ejemplo en Madrid, en altura, de repente te ponía la pelota muy arriba. En cuanto al gusto por la confrontación, guarda similitudes con lo mejor de Connors, pero con una actitud positiva. Y, de algún modo, con Yannick Noah».
A diferencia de Nadal, un año antes de vencer en París, Wilander se impuso en la categoría júnior, pero en 1982 llegó al torneo sin ser cabeza de serie, ajeno a las expectativas que ya despertaba el manacorense. «Fue distinto. Hasta que no gané a Lendl [entonces defensor del título] nadie estaba pendiente de mí. El gran cambio fue derrotarle. En cualquier caso, no creo que Nadal tenga presión. No le preocupa lo que usted piensa, lo que yo pienso ni lo que espera la gente de él. Esa es una de las cosas que le distingue de los españoles del pasado».
El tenista encapsulado
Esas cualidades de extraordinario competidor cuentan desde los orígenes con una secuencia propia, sumamente singular, en el prólogo de los partidos. Hay una serie de pasos minuciosos antes de entrar en batalla. Nadal pierde el contacto con el exterior, se pliega a una sola realidad, aislado a través de la música que escucha en su iPod. Con los auriculares en los oídos, procede a su ritual, necesariamente parsimonioso. Coloca los vendajes sobre distintas partes del cuerpo, acomoda los puños de las raquetas, en su mundo exclusivo, progresivamente aislado en su decidida introversión. Simultáneamente, el pensamiento va deteniéndose en la tarea que aguarda, visualiza cómo abordar al adversario correspondiente. Se trata de una activación interna, que dará paso en breve al encendido del motor. Se moja el pelo y procede a colocar el pañuelo alrededor del cabello como maniobra definitiva antes de pasar a la acción. Es entonces cuando la ejecutoria adquiere mayor espectacularidad. En los últimos minutos, en el pequeño recinto del vestuario, explota con cuatro o cinco sprints, salta a modo de canguro, como si anunciara para sí que ya está listo, en cuerpo y alma.
Comienza los partidos casi una hora por delante. Parece que abandonara su esencia material antes de ingresar en la pista. Es una forma de canalizar la presión, los nervios que nunca ha negado. Los transforma en energía. Se empieza a tranquilizar cuando siente que físicamente está completamente listo. Ahí arranca un despliegue muy alto de combustible. Y otra marcha en la puesta a punto mental. Tiene estructurados los movimientos. Es organizado a la hora de colocar la ropa en el vestuario y en los rituales con las raquetas. Tarda muchísimo en vendarse, auxiliado por su recuperador. Una vez que se viste tal cual va a entrar en la cancha, ya se siente un poco más libre. Todas las rutinas están marcadas, salvo los quince o veinte minutos que preceden al despegue. Un día brinca más. Otro también tiene tiempo para quedarse un rato escuchando lo que le dice algún integrante de su equipo.
Su aura indestructible es también fruto de un trabajo esmerado, infatigable, del denuedo con el que siempre hace las cosas. Basta ver entrenar a otros jugadores, confrontar sus sesiones con las de un tenista que dota a estas de una intensidad abrumadora, cual si se tratara de la competición en sí.
O2 londinense. Noviembre de 2009. Fernando Verdasco disputa su primera Copa Masters. En 2008 fue, junto a Feliciano López, el gran valedor en la conquista de la tercera Ensaladera de España. Ganó el partido de dobles al lado del toledano, frente a dos pesos pesados como Nalbandian y Agustín Calleri, empujados por la multitud febril en Mar del Plata, y venció a José Acasuso en el punto que definió la final. En el amanecer de 2009, perdió con Nadal en las semifinales del Abierto de Australia, no sin disputar el mejor partido de su vida, cinco sets, cinco horas y 14 minutos, exactamente el mismo tiempo que precisó el vencedor para desembarazarse de Coria en la final de Roma 2005.
En la jornada previa a su debut en el torneo que reúne a los ocho mejores del año, Verdasco entrena en horario nocturno, decisión lógica para acomodarse a la dinámica del torneo, que vive inicialmente sus mejores partidos en grandes veladas. Por los alrededores de la cancha se mueven un puñado de personas. Están, entre otros, el sparring de turno; Darren Cahill, entrenador de oficio designado por Adidas para acompañarle en esta ocasión; Vicente Calvo, su preparador físico y mentor; su padre, José, que ejerce de recogepelotas, y su amigo Claudio, quien solía acompañarle en los torneos importantes. La sesión es ruidosa, algo caótica. Verdasco intercambia bolas y departe de vez en cuando con algún miembro de la troupe. Es más una celebración anticipada por la mera presencia en el torneo que una sesión de trabajo con vistas a los tres partidos del round robin que le esperan. Los perderá todos. Será automáticamente eliminado.
Nadal es de los que reservan pista para entrenar antes de dejar el equipaje en el hotel. Ha sucedido en más de una ocasión en el cambio de la tierra a la hierba, en los vertiginosos desplazamientos París-Halle o París-Londres. En la medida de lo posible, no deja que la lluvia altere sus planes. Quiere ponerse a punto cuanto antes, sabe que apenas dispone de tiempo para efectuar los ajustes que requiere la nueva superficie. Entrenar al máximo para competir del mismo modo. En septiembre de 2013, dos días después de ganar ante Djokovic su segundo Abierto de Estados Unidos, estaba a las órdenes de Corretja para la eliminatoria por la permanencia en el Grupo Mundial de la Copa Davis contra Ucrania. Jugó la final en Nueva York un lunes y apareció en Madrid un día después. Con todas las dificultades del apresuramiento, era una buena oportunidad de regresar a una competición en la que había estado ausente casi las dos últimas temporadas completas. Más aún si su presencia servía para presentar a Madrid como sede de los Juegos Olímpicos de 2020, como se estimó a la hora de elegir la sede de la eliminatoria. Lástima que una semana antes, en Buenos Aires, la nominada fuese Tokio.
Entre lesiones y renuncias personales, Corretja no había podido contar con él. El salto de cualquier superficie a la arcilla es cuestión baladí para Nadal, que cuenta con automatismos naturales en su escenario favorito. El rival tampoco suponía gran cosa traído a la arena de la capital. Esta vez, y con el gancho olímpico de por medio, no hubo motines por la altitud como el que terminó con Pedro Muñoz, más que controvertido presidente de la Real Federación Española de Tenis, cuando llevó las semifinales de 2008 contra Estados Unidos a la plaza de toros de Las Ventas.
Nadal entrenó sin haber superado aún los efectos del jet lag. Exigió a Corretja que le apretara, que no le concediese ni el más mínimo despiste. Incluso en el segundo punto de la eliminatoria, después de que Verdasco hubiera vencido a Alexandr Dolgopolov, el número uno mundial demandaba al capitán que le obligara a mantener permanentemente el tono competitivo. «¡No dejes que me relaje, capi!», impelía a Corretja. Y eso que la paliza a Sergiy Stakhovsky estaba siendo de cuidado. Pero bastó un break, fruto de los márgenes de extraordinaria comodidad en los que se desarrollaba el encuentro, para que se pusiera alerta y reclamara la complicidad disciplinaria del responsable del equipo.
Un encuentro peculiar
Confiesa que nunca ha bajado los brazos en la competición, pero que sí lo ha hecho en puntuales entrenamientos, muy pocos, eso sí. Y lo admite con sumo pesar. Hablamos en Barcelona, en vísperas del Conde de Godó, después de perder con Djokovic la final de Montecarlo de 2013, meses antes de la eliminatoria con Ucrania. Esta vez me corresponde el papel de mero mediador. La entrevista va a realizarla Mercedes Ibaibarriaga, colaboradora habitual del Magazine de El Mundo. Llevábamos meses tras un encuentro a solas con Nadal y la empresa decide, después de sucesivas deliberaciones, que aparezca en el suplemento dominical. Será portada, obviamente.
El proceso es arduo. Quien suscribe se encargó de pelear la cita a través de su jefe de prensa, Benito Pérez Barbadillo (BPB), pero simultáneamente la profesional encargada para la ocasión gestionó el encuentro con el apoyo de Toni, al que ya conocía. Con su celo habitual, Pérez Barbadillo entra poco menos que en cólera cuando se confirma que la persona que abordará al jugador será una periodista no directamente vinculada al tenis. Hay una suerte de pacto no escrito según el cual este tipo de entrevistas ha de realizarlas quien sigue al jugador por el circuito. A Nadal le gusta reconocer al interlocutor y contar con la tranquilidad de que este no va a someterle a preguntas comprometedoras, ya sean de política o de su vida privada, cuestión esta última que detesta.
El jefe de prensa, enojado con el periódico y molesto con la supuesta mediación de Toni en un asunto que es de su competencia, exige que el responsable del tenis en la sección de Deportes esté presente. Partimos de Madrid en AVE, desplazamiento de ida y vuelta en el mismo día. La cita es en el Real Club de Tenis Barcelona el 23 de abril, Sant Jordi, horas antes de que el Bayern Múnich derrote al Barcelona por 4-0 en la ida de las semifinales de la Liga de Campeones, señalando la conclusión de un proyecto, pese a que la directiva azulgrana tarde una temporada más en reaccionar. Mi colega revisa apuntes, con la base de Rafa. Mi historia,2 la autobiografía escrita junto a John Carlin, y me consulta sobre los territorios delicados, trata de consensuar determinados asuntos que pretende abordar con él.
No está en BPB; se ha quedado en Montecarlo, donde reside. Ejerce esas funciones el agente de Nadal, Carlos Costa, que estrecha mi mano con simpatía y da dos besos a Mercedes, recién llegamos. También merodea por allí Toni, pues acaban de finalizar un entrenamiento. Nos sentamos: Nadal, ella y yo, en el jardín de la sala de jugadores, al aire libre, en una tarde plenamente primaveral. David Ferrer y otros tenistas se aplican al futbolín a unos metros, frente a nosotros. Antes de iniciarse la conversación, en la que, por respeto, apenas intervendré, mi compañera litiga con Costa por el tiempo de que dispondrá. Asegura que necesita una hora para el trabajo, demanda que suscita asombro en el agente. Tratándose de Nadal, la generosidad suele ser mayor, pero lo normal en estas entrevistas con jugadores está en torno a los diez minutos, rigurosamente vigilados por el responsable de la Asociación de Tenistas Profesionales (ATP), ausente en ocasiones como esta.
La charla nace bajo el germen de la desconfianza. Estamos alrededor de una pequeña mesa esférica. Nadal, a un lado; ella, a su derecha; yo, a su izquierda. Lenguaje corporal: Mercedes pregunta, pero el interpelado responde dirigiéndose a mí, se gira en la silla y me mira nítidamente a los ojos, como tiene a gala. Resuelve con displicencia las un poco absurdas indagaciones sobre sus inquietudes jerárquicas. Acaba de volver a las pistas tras la lesión más dilatada de su carrera. Está quinto en el escalafón. No le obsesiona regresar al número uno.
La derrota contra Lukas Rosol en la segunda ronda de Wimbledon 2012 le dejó ocho meses fuera de las canchas. Rotura parcial del tendón rotuliano de la rodilla izquierda: Nadal no juega desde el 28 de junio de 2012 hasta el 5 de febrero del año siguiente, cuando reaparece junto a su amigo Juan Mónaco en la competición de dobles de Viña del Mar, poniendo fin a 221 días de baja. Antes, hace un intento de repetir su habitual pretemporada, con exhibición en Abu Dabi, torneo de Auckland y el Abierto de Australia, pero aún no está listo. Son meses de enorme preocupación, casi comparables a los que en 2005 amenazaron con poner fin a su intrépida carrera por la lesión en el escafoides del pie izquierdo. En su retorno, llega a la final individual en Chile, que pierde contra Horacio Zeballos. Gana el título en Costa do Sauípe. Aquí, en Barcelona, sede de la entrevista, viene de un traspié doloroso: en Montecarlo, torneo del que es nueve veces campeón, y contra Djokovic, ahora el primero en la lista, su gran adversario.
Mercedes actúa sometida a una presión especial. El contexto es otro. No se trata de la sección de Deportes, donde las argumentaciones orbitan alrededor del juego y sus asuntos colaterales, sino de un suplemento de fin de semana. «¿Cuál va a ser tu titular?», se le inquiere a la enviada especial días antes de que tenga lugar la entrevista. Se las ha visto, entre otros, con José Luis Rodríguez Zapatero y Ken Follet. Posee crédito, aunque a BPB le preocupe mucho no conocerla.
Nadal muestra una y otra vez su desagrado. Se niega a dar carnaza sobre el debate Mourinho-Casillas, soporta la obstinación de Mercedes, quien poco a poco decide asumir el papel de víctima. A los 30 minutos Costa lanza el ultimátum de rigor: dos preguntas más. Ella implora comprensión, pues aún le queda mucho por averiguar, necesita imperiosamente otro rato al lado del jugador, quien, aun fatigado e incómodo, empatiza y regala un tiempo extra, desatendiendo los márgenes establecidos por el agente.
El libro de Carlin no ha sido la mejor elección. Ibaibarriaga quiere entrar al trapo en los amagos de ruptura profesional entre Nadal y su tío Toni, insinuados en la obra, y en las posteriores valoraciones poco favorables del periodista y escritor sobre el técnico. Material sensible. Toni reitera una vez más que no lo ha leído y Nadal matiza sus presuntas confesiones al cobiógrafo. El colofón es casi caótico. Aún queda la queja por escrito de BPB, refiriendo cuán incómodo se ha encontrado su jefe y lamentando la oportunidad perdida por el diario, pues hay cola para las entrevistas con Nadal.
Es un deportista rodado en la relación con los medios, entero, profesional, sin un desmán, pero con la actitud a veces indisimulable, a la vez que lógica, comprensible, de un cierto hartazgo, el propio de quien cumple con parte del trabajo, atender a personas que puedan resultarle más o menos gratas y responder a preguntas que puedan serle más o menos molestas, como aquellas que insisten sobre su estado físico o, en casos poco frecuentes, pues queda claro que es terreno vedado, las que se aventuran a buscar alguna confesión sobre su noviazgo con María Francisca Perelló o cualquier asunto de su vida privada. Las entrevistas individuales forman parte del trato prácticamente consensuado, en el proceso de retroalimentación que se produce en todo deporte con la debida proyección mediática: es el complemento con el que el ídolo de masas se renueva ante sus feligreses, la voz esta vez captada por un solo micrófono, con un punto pretendidamente diferencial, y muchos indistintos, al de las apariciones frente al coro de transmisores de la información en las comparecencias a que obliga la ATP. Pongan una media de 60-70 al año, sumen las entrevistas convenientemente distribuidas con las audiencias más influyentes del planeta, ¿cuántas cuestiones aborda un jugador de élite en 365 días?, ¿cuántas le parecerán gastadas, recurrentes?, ¿cuántas fuera de lugar, inapropiadas para la configuración de la imagen con la que quisiera llegar a los aficionados, sin alejarse del estereotipo idealizado que estos hayan armado a partir de lo verdaderamente cierto, de lo realmente valioso, que no es otra cosa que el certero ejercicio de su trabajo sobre la cancha?
Nos quedaríamos con aquel Nadal de mayo de 2005 que aún no llevaba demasiado tiempo asomándose a los extraños, esos seres cargados de curiosidades propias de su oficio o de inquisiciones banales. El chico que aparecía en la sala de prensa de Roland Garros con un libro bajo el brazo y un pedazo de pan que mordisqueaba discretamente durante las regulares comparecencias, en días alternos, tras cada partido, el cuarto atestado de enviados especiales que se frotan las manos, no tanto porque aguarden escuchar palabras fácilmente reconvertibles en un goloso titular que alcanzará proporciones ajustadas al grado de su absurda vanidad, sino por lo infrecuente de observar en primera fila a una estrella libre de cosmética, sin afeites, a un chaval valiente, capaz de renovar sin pudor las últimas versiones del spanglish.
«La primera vez que trabajé con él fue en Hamburgo 2003, cuando ganó a Moyà. Me impresionó de inmediato por una manera de ser tan profesional, siendo aún muy joven. Viajó al torneo sin su entrenador. No estaba Toni. Jugó contra su ídolo y le ganó. Por su forma de vivir la situación y de comportarse parecía ya un veterano», recuerda a través del teléfono Nicola Arzani, vicepresidente de marketing de la ATP. «Era todo muy natural. No hablaba aún bien el inglés y nosotros le ayudábamos en las entrevistas, pero fue increíble su rápida capacidad de adaptación. Se mostró ya maduro, espontáneo con todo el mundo. Por eso se ganó muy pronto a los periodistas».
En junio de 2006, camino de su segundo título en Roland Garros, aún carecía de la destreza hoy adquirida con el inglés, idioma que maneja fundamentalmente gracias a su vocación autodidacta, al oído atento y la lengua libre de pudores y prejuicios que viene soltando desde que así lo obligara su venturosa proyección. Si padeció un problema digestivo durante una de las treguas del juego, lo hará llegar a los compañeros anglosajones: atraganteision?, sí, con interrogante que marca modulando la expresión. Nadal casi se atraganta, y su vocabulario en inglés todavía resulta corto, así que, entre carcajadas masivas, compartidas desde el estrado por el emisor, con el auxilio de BPB desde una de las últimas filas, se hará entender, explicitará cualquier alegría o contrariedad, sorprendido por instantes al contemplar a los aficionados que imprimen el hocico en el exterior de los vidrios de la sala de prensa número uno, la que ha ocupado siempre, desde su primera participación en el torneo, a los que arrojará gestos francos de simpatía.
No todos los tenistas manifiestan la misma disposición a la hora de acometer los imperativos idiomáticos. Nalbandian, campeón de la Copa Masters 2005, ex número tres del mundo, retirado en 2013, precisamente con dos exhibiciones junto a Nadal, uno de sus mejores amigos en el circuito, poseía, además de un extraordinario talento solo parcialmente aprovechado, modales y actitudes poco afables. En Mar del Plata, en la rueda de prensa de presentación de la final de la Copa Davis 2008, entre Argentina y España, desarrollada en su mayor parte en castellano, algún enviado especial de un medio no latino, y eran muchos dada la importancia del acontecimiento, le pidió que respondiera a una pregunta en inglés, idioma en el que se desenvolvía dignamente. «No, estamos en Argentina», espetó, poniendo brusco fin al acto.
Son numerosos los jugadores que se ayudan con los auriculares de la traducción simultánea y no abandonan su propia lengua en las respuestas. Nunca vi a Nadal apoyarse en instrumentos que son perfectamente lícitos pero que demoran el aprendizaje. Desde el principio, y ya en Roma 2005, fui testigo de cómo se metía en el cuarto oscuro frente a la cámara de alguno de los principales canales de la televisión estadounidense; se enfrentaba al idioma con similar arrojo al que lo hace a sus más afamados rivales, a pelo, de frente, sin profilaxis. «¡Ven, Feli, ya verás cómo te lo pasas con mi inglés!», invitaba a Feliciano López ante su última entrevista de aquel 1 de mayo en la capital italiana, para la revista Sports Illustrated.
2. Carlin, John y Nadal, Rafa, Rafa. Mi historia, Indicios, 2011.