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La furgoneta blanca estaba estacionada en la esquina de la calle. Era una travesía con viviendas de seis pisos de altura, aceras estrechas y estacionamientos a un solo lado de la calzada. No había muchos coches aparcados a esas horas de la mañana, pero sí los suficientes para que pasara desapercibida aquella furgoneta, sin otra señal que un pequeño rótulo de «Electricidad Gómez» pegado en uno de los laterales. No tenía más cristal que el del conductor, porque la parte de atrás era completamente metálica, sin ventanas. En el interior estaban sentados dos investigadores de la policía, vestidos con cazadoras. Uno de ellos observaba un panel de luces y de vez en cuando bebía un sorbo de café de la taza metálica que había dejado junto a los interruptores. El otro llevaba unos auriculares que le aplastaban el pelo rizado en el centro de la cabeza, dejándoselo libre y ahuecado a ambos lados.

En ese instante sonó un clic en la mesa de control. En uno de los cuadros se encendió una luz verde. El agente de los cascos le hizo una señal a su compañero y éste accionó algunos interruptores. Sobre un panel comenzaron a girar las cintas de grabación.

—Es en la sala de estar —comentó, mientras cogía unos auriculares colgados en el lateral y se disponía él también a escuchar la conversación.

Permanecieron así un rato, en silencio, escuchando. Al poco tiempo volvió a sonar el clic y uno de ellos detuvo la grabación. Se miraron con cara de asombro. ¿Qué es lo que habían oído?, parecían decirse con gesto de sorpresa.

—Rebobina —dijo el del pelo rizado.

Chirriaron las cintas un instante, hasta que el investigador volvió a pulsar el botón de parada y el de reproducción, y ambos escucharon de nuevo la conversación que se había grabado.

—Esto hay que comunicarlo inmediatamente —dijo el mismo agente—. Haz una copia y llévala cuanto antes.

Elena extendió sobre la mesa de la Biblioteca del Palacio el inventario de los bienes que dejó Velázquez a su muerte. Con paciencia fue revisando los muebles, taburetes, tapices, telas, jubones y golillas, libros de su biblioteca, grabados y cuadros que el pintor tenía en su alcoba, caballetes de su taller, joyas, emblemas e insignias. El inventario era minucioso y completo. En su redacción participaron el notario del rey, Gaspar de Fuensalida, y el yerno del pintor, Martínez del Mazo. Además estuvieron presentes otros dos testigos, que dieron fe de la veracidad de cuanto se anotaba en aquel registro, que se conserva aún hoy en el Archivo Histórico de Protocolos de Madrid. Ese inventario era una relación de las pertenencias que iban a quedar embargadas en la Casa del Tesoro hasta que la familia de Velázquez aclarara adónde habían ido a parar todos los ducados que el pintor recibió mensualmente durante años para atender sus obligaciones como aposentador mayor del palacio. Así que los responsables del registro anotaron ahí todas las joyas que ocultaba en los arcones de su alcoba, el título de cada uno de los libros de su biblioteca, hasta el último de los calzones que tenía el pintor en los baúles de su casa. Todo estaba ahí, y Elena lo repasaba leyendo atentamente cada línea.

Podía parecer un tiempo perdido revisar una por una tantas páginas y leer nombres de objetos que no estaban ya en ninguna parte y que eran sólo palabras vacías. Pero Elena sabía que eso era precisamente mirar hacia el pasado: asomarse a un túnel de imágenes borrosas y pronunciar palabras que habían perdido el significado con que las dijeron otros labios hacía siglos. Eso pensaba distraída, cuando en uno de los pliegos leyó: «Medalla de SS. MMg., con la divisa Res prae Manibus existens

Se detuvo en esa línea, colocó el dedo encima y fue repitiendo despacio las palabras. ¡Eso era lo que estaba buscando!, se dijo con nerviosismo.

Pero, tras la euforia inicial, se quedó pensativa. Tradujo mentalmente la frase escrita en latín: «Todo lo tenemos al alcance de las manos», susurró. ¿Qué significaba esa inscripción?

Cogió el bolígrafo y anotó las palabras en una libreta. Levantó la cabeza y dejó vagar la mirada en la pared forrada de madera de esa sala de la Biblioteca a la que sólo se podía acceder con un permiso muy especial. Sí, reflexionó: la gente del siglo XVII aplicaba a todas sus actividades el lenguaje de los símbolos. En la pintura, en el amor y en el gobierno. Fundió fábulas con mitos, y personajes bíblicos con lemas filosóficos. «El mundo es un paisaje mudo y necesitamos imágenes para comprenderlo», pensó Elena.

Se levantó para revisar los catálogos. Fue a las estanterías y reunió algunos libros de emblemas. «Todo lo tenemos al alcance de las manos.» Una fábula, una imagen y un lema. Ésos eran los tres elementos que combinaban nobles, poetas, pintores, filósofos, guerreros y reyes para transmitir el mensaje que habían escogido como enseña de su vida. Ese lema grabado en el medallón tenía un sentido, representaba una imagen y encerraba una historia que ella debía encontrar.

Estuvo toda la mañana repasando páginas con reproducciones de grabados que encerraban secretos en forma de alegorías y de jeroglíficos. Vio grabados de Durero y admiró las tablas del Poliphilo que imprimió Aldo en Venecia. Repasó textos de humanistas que fueron protegidos de los Médicis en Florencia y de los reyes en Viena. Elena sabía que la iconografía de los emblemas se repitió con muy pocas variantes a lo largo del Barroco. Desde Venecia a Amberes, los grabadores se inspiraron en motivos similares, combinando la mitología y la Biblia.

Sabía todo eso, y estuvo comprobando los grabados que había impreso la familia De Bry en Fráncfort, los libros de Michael Maier editados en Londres, las tablas que Goossen van Vreeswijk grabó en cobre en Ámsterdam, los trabajos de Jean Matheus impresos en París. Eran los grabadores más famosos del siglo XVII. Reunieron mitos clásicos y parábolas, juntaron signos celestes, animales y dioses, y crearon emblemas para acercarse a los secretos de la naturaleza. Elena lo sabía, sí, pero durante toda la mañana no encontró nada que le revelara el sentido de esas palabras tan arrogantes: «Todo lo tenemos al alcance de las manos.»

El investigador policial recorrió apresuradamente la distancia desde el control de entrada del Departamento de Delitos contra el Patrimonio hasta los ascensores. Ninguno de los dos estaba en la planta baja. Pulsó varias veces el botón con nerviosismo. Se volvió a mirar hacia las escaleras y luego otra vez hacia las puertas cerradas de los dos ascensores. Cruzó el rellano y empezó a subir las escaleras con prisa. Cuando llegó al piso en el que estaba el despacho de Héctor, recorrió el pasillo a grandes zancadas, golpeó la puerta con el puño y abrió sin esperar respuesta.

En el interior estaban aguardándole Héctor, David y Pedro. Los tres se giraron al ver al agente, que había entrado en el despacho como un vendaval.

—La cinta —dijo acercándose a Héctor, mientras se llevaba la mano a un bolsillo interior de la cazadora y extraía la grabación que les había anunciado poco antes por teléfono.

Héctor la introdujo en el reproductor que tenía encima de la mesa y todos se colocaron alrededor dispuestos a escucharla.

«Habíamos quedado en que nada de llamadas», oyeron que decía una voz temblorosa en el aparato.

«Han pasado tres días y no he tenido ninguna noticia —se quejaba con tono amenazador la otra persona en la conversación grabada—. Eso no es lo que habíamos acordado.»

«He estado enfermo —se disculpó el primero—. Ha sido imposible... Pero dijimos que nada de llamadas —insistió—. Yo me pondré en contacto contigo.» Y colgó bruscamente.

Héctor rebobinó la cinta y se repitió la misma conversación en el despacho.

—Siempre acaban cometiendo algún error —comentó Pedro, optimista.

—Pero hay que estar en el momento que se comete, para verlo —dijo Héctor, animado también por esa grabación, que parecía confirmar que la investigación seguía una pista fiable.

Volvió a rebobinar la cinta, y por tercera vez escucharon las voces de los dos hombres. Se intuía un tono de desconfianza mutua. No parecían estar hablando de un asunto cotidiano, sino de algo excepcional. Por otra parte, sus palabras eran prudentes, casi enigmáticas, como si no quisieran revelar lo que se traían entre manos. Había entre ellos un tono de amenaza comedida. Y de recelo.

«Habíamos quedado en que nada de llamadas», repitió la voz recriminatoria, cuando Héctor pulsó de nuevo el interruptor.

«Han pasado tres días y no he tenido ninguna noticia. Eso no es lo que habíamos acordado.»

«He estado enfermo. Ha sido imposible... Pero dijimos que nada de llamadas. Yo me pondré en contacto contigo.»

Al oír repetido por tercera vez el mismo diálogo, Pedro comentó burlón:

—Parecen actores de teatro ensayando un papel.

Héctor lo miró un instante, sin atender al comentario, mientras pensaba en el tono de temor y cautela que mostraban los dos hombres. Y eso le parecía sospechoso.

—Solicita el registro de llamadas —indicó a Pedro inmediatamente—. Que te digan cuál es el número de teléfono que ha marcado. Y luego averígualo todo sobre la persona de ese teléfono con la que ha hablado el vigilante del museo: quién es, dónde vive y a qué se dedica.

En 1618 un galeno y filósofo llamado Johann Daniel Mylius publicó en Fráncfort un libro colosal, Opus medico-chymicum, dividido en tres partes: la primera dedicada a la medicina; la segunda, a la química; y la tercera, a la filosofía. Elena lo tenía abierto encima de la mesa y lo miraba fascinada. Después de haber revisado varias obras, encontró, en la tercera parte de ese libro, titulada Basilica philosophica, unos grabados impresos por uno de los más famosos grabadores de Amberes. Contenían los ciento sesenta y siete sellos de los filósofos. Desde el egipcio Hermes Trimegisto, el fundador de la alquimia y de la medicina antigua, cada uno de los filósofos tenía un sello y una leyenda. Entre ellos estaba la reproducción del emblema de Miguel Escoto.

¿Quién era Miguel Escoto? Un monje escocés de la Edad Media que dominaba el árabe y el hebreo. Divulgó en Europa la Biología de Aristóteles y los comentarios de Avicena y Averroes. Fue llamado a Alemania, para estar en la corte del emperador; a Italia, para trabajar al servicio del papa; y a España, para traducir textos destinados al rey en la Escuela de Traductores de Toledo. Era médico, pero conocía también los movimientos de las estrellas y sabía leer las huellas que deja una pisada en el polvo. Sabía que los males se curaban con hierbas, ungüentos y emplastos, pero también por la virtud de las palabras.

Consideraba mágico el número siete, y lo razonaba así: siete son los planetas que hay en el cielo, los metales que nos da la tierra, los días de la semana y los colores del arcoíris. Siete veces siete son las veces que el hombre debe perdonar las faltas de los otros.

Escribió sobre la procreación del ser humano. Y ésa fue su obra más difundida: la que hablaba del hombre y de la mujer, del sexo, de cómo interpretar los signos del rostro, las posturas del cuerpo, el tacto de la piel, el llanto de los niños.

Conoció los sueños imposibles y el fracaso: enterró azufre y mercurio con hierro, esperando que la tierra y el tiempo los convirtieran en oro. Y conoció también la falsedad de las apariencias: mezcló mercurio, azufre, arsénico y amoníaco. El resultado era un metal dorado, pero que no era oro. Su brillo duraba un tiempo, pero enseguida experimentaba la corrosión del aire. «Todo parece que lo tenemos al alcance de la mano, y se evapora en un instante —escribió—. La vida es fugaz. No existe el elixir que cure todas las enfermedades. No es posible fabricar la piedra filosofal. Somos herederos del destierro del paraíso.» Entonces dibujó su emblema: un hombre y una mujer desnudos, un árbol en medio y una leyenda: «Todo lo teníamos al alcance de la mano y lo perdimos.»

Elena pensó que así debía de ser el medallón robado, algo parecido a ese sello que reproducía un libro de emblemas del siglo XVII: el hombre y la mujer en el paraíso rodeados de símbolos de contrarios; el día y la noche, el sol y la luna, el principio y el fin, el alfa y el omega, el bien y el mal. Alrededor estaba el lema de Miguel Escoto: Res prae Manibus existens amittitur propter peccata Hominu impiorum. «Todo lo teníamos al alcance de la mano, y se perdió por culpa de los impíos.»

Pedro se sentó frente a su mesa, abrió un cajón y sacó una libreta. Pasó varias hojas, estuvo repasando algunas anotaciones que había en ellas y se detuvo en una página. Tenía un contacto en Telefónica, donde conocía a una persona con acceso a los registros de las llamadas. Pedro sabía que el caso en el que estaban metidos era así: urgente y casi secreto. Y de esa manera tenían que actuar. Nada podía trascender de lo que estaban investigando y no convenía demorarse en permisos judiciales. Tampoco querían dar explicaciones sobre lo que había ocurrido ni sobre lo que estaban haciendo y cómo. Así que hizo la llamada y esperó.

Al rato sonó el teléfono sobre su mesa, descolgó y sujetó el auricular sobre el hombro con la cabeza inclinada, mientras buscaba un bolígrafo abriendo los cajones de la mesa y pasaba después las hojas de la libreta hasta llegar a una página en blanco. Entonces anotó lo que le decían al otro lado de la línea. Se levantó y se dirigió al despacho de Héctor. Debido a su aspecto corpulento, cuando caminaba deprisa se le notaba un andar forzado, como si necesitara tomar impulso a cada paso. Abrió la puerta del despacho. Héctor estaba sentado junto a la mesa. Pedro comenzó a hablar desde la puerta y siguió mientras se acercaba a él:

—Ya tenemos el teléfono con el que ha comunicado el vigilante de seguridad.

—¡Bien! —le felicitó Héctor.

—Es de un chalet de El Viso. Parece que el hombre de Hortaleza no ha trabajado solo.

—Ése es el problema —dijo Héctor con preocupación—: qué hay detrás de todo esto.

—Ya vamos teniendo alguna pista —comentó Pedro, abriendo los brazos con un gesto campechano.

—Sí, alguna... Pero a ver adónde nos lleva... —intervino David.

Héctor interrumpió la conversación para preguntar con firmeza:

—Pero ¿quién es la persona con la que habló el vigilante?

—El titular del teléfono se llama Ángel del Valle y de Velázquez.

—Ángel del Valle... —repitió Héctor, mientras lo escribía en una libreta.

—Y de Velázquez —añadió Pedro, risueño—. Como el pintor.

—¿Sabemos algo más de él?

—Por el momento, nada

—Hay que montar la operativa habitual —le urgió Héctor—. Que lo vigilen. Que pinchen el teléfono. ¡Y tráeme su ficha de identidad!

Pedro inició el movimiento de marcharse, mientras Héctor cogió unos folios y los golpeó verticalmente sobre la mesa, como si quisiera ordenar así las ideas que le rondaban confusas.

—Ángel del Valle y de Velázquez... —pronunció, pensativo.

—Como el pintor —repitió Pedro desde la puerta.

—¡Qué casualidad! —advirtió Héctor la coincidencia—. Cuando se entere Elena...

En ese momento Elena estaba en el archivo del Palacio, sentada a una mesa con varios libros abiertos, uno encima del otro, y al lado tenía ilustraciones y grabados de época. Había encontrado los documentos que testimoniaban la última vez en que Velázquez llevó el medallón que lo presentaba como hombre privado y representante del rey.

Fue en la primavera de 1660. Las cortes española y francesa habían acordado el matrimonio del joven rey Luis XIV con la hija de Felipe IV, María Teresa de Austria. Para ello se organizó un encuentro en el que iban a reunirse los dos cortejos reales. ¿Quién fue el encargado de preparar todo lo que necesitaba el rey para el viaje? ¿Quién decoró los pabellones en los que se había de celebrar el acto de entrega de la hija del monarca español al francés? ¿Y quién actuó como enviado suyo en esas tareas? Lógicamente, el aposentador mayor del palacio: el pintor Velázquez.

Se decidió que el encuentro tendría lugar en la isla de los Faisanes, en la frontera entre los dos países. Así que dos meses antes Velázquez salió de Madrid para seleccionar cada uno de los pueblos, casas y alcobas donde se hospedaría el rey. Elena tenía delante la relación de las jornadas y hospedajes que realizó la comitiva: Alcalá, Guadalajara, Jadraque, Berlanga, Gormaz, Burgos, Briviesca, Pancorbo, Miranda, Tolosa, Hernani, San Sebastián y Fuenterrabía. En esta ciudad las aguas del Bidasoa bajan transparentes y se abren antes de llegar al mar, para rodear un islote en medio del cauce, llamado la isla de los Faisanes, que es una lengua de tierra en la frontera entre España y Francia.

Elena contempló los grabados que recordaban el acontecimiento y reflejaban fielmente el estilo de las comitivas de las dos cortes: la que estaba dejando de ser el imperio más poderoso del mundo y la que iba a convertirse en el centro del universo. La escena era un pacto matrimonial, pero más bien parecía un traspaso de poderes. Los españoles vestían sobrios, con capa negra y golilla blanca; los nobles caballeros franceses, con un lujo ostentoso, con abundancia de encajes los hombres, lazos, pelucas, zapatos de tacón, mantos de armiño y enaguas de satén. Eran los nuevos ricos de Europa.

En las aguas del río se reflejaron los estandartes y las suntuosas barcazas en las que cruzaron los dos séquitos. La gente se apiñó en las orillas para observar con curiosidad los ejércitos en formación, los caballos enjaezados, las carrozas y la trompetería de la escolta. Pero la escena importante se produjo en el interior, donde los dos reyes se estrecharon las manos, como se muestra en el grabado que hizo Charles LeBrun, que Elena estaba viendo. En él, la reina de Francia, hermana de Felipe IV, estaba detrás de su hijo y era la única que miraba al cielo, pensativa. Tenía cincuenta y nueve años. Fue enviada a aquel país para casarse cuando apenas había cumplido catorce. La corte francesa era un hervidero de conspiraciones y un nido de amantes. El pueblo lo llamaba «el lupanar», «el prostíbulo». Su marido, el rey, era débil y caprichoso. Tenía relaciones con muchachas jóvenes, a las que llevaba a la corte nombrándolas damas de la reina, y también con jóvenes muchachos, a los que incorporaba a su séquito personal. No hacía demasiado caso a la reina. Se conserva una carta que el rey español escribió a su hija cuando ésta llevaba ya varios años casada sin tener descendencia. «Os confieso que quisiera —aunque os pongáis colorada— que, como el rey está muchos ratos del día en vuestro aposento, estuviere algunos de la noche. Quisiera que Luis estuviera un poco más galán con vos y que durmiera algunas noches en vuestra cama.»

Un día de invierno el rey francés iba a visitar a una de sus amantes, cuando de pronto se levantó una ventisca y una tormenta tan fuertes que el monarca no pudo continuar el viaje y se vio obligado a pasar la noche en el palacio del Louvre, donde estaba la reina. La habitación de la reina era la única confortable del gélido edificio, en aquella noche inhóspita del mes de diciembre. Nueve meses después nacería un varón, Luis XIV, al que los franceses llamarían el Rey Sol. «Así se engendraron algunos monarcas», pensó Elena.

Y allí estaba, en la isla de los Faisanes, donde se juntaron el Rey Sol y la sombra de Felipe IV. El grabador francés Charles LeBrun reprodujo la escena con todo detalle: no sólo los personajes que participaron, con los atuendos que vestían; incluso copió la suntuosa decoración mitológica de la parte francesa del pabellón y la sobriedad de las alfombras y tapices con los que Velázquez decoró la sala y el oratorio de la parte española. Ese grabado era el que Elena había desplegado sobre la mesa y lo observaba con atención. En la última fila había un personaje que identificó con el pintor de Las meninas, de porte sereno, rostro con bigote arqueado y melena. Llevaba una capa negra con la cruz de Santiago pintada en el pecho, y del cuello le colgaba un medallón en forma de una media luna tumbada.

—¡Así era la otra parte del medallón del Sol! —exclamó Elena.

Se sintió eufórica. Lo dejó todo extendido sobre la mesa, salió al pasillo y buscó un teléfono.

—Creo que ya sé cómo era la pieza completa del medallón —dijo en cuanto descolgaron al otro lado.

—¿Qué pieza completa? —preguntó Héctor sorprendido, ajeno absolutamente a las averiguaciones que a ella le ocupaban.

—El medallón tenía dos partes —explicó Elena, desconcertada por tener que repetir algo que ya había dicho varias veces antes—. Una la llevaba el rey, y es la que estaba en el Palacio Real; la otra la tuvieron sólo los más cercanos al monarca. He averiguado cómo era esa pieza de oro.

—Pero eso no es lo que buscamos —replicó Héctor, sorprendido.

—Claro que lo es... —recalcó Elena—. También buscamos eso.

Héctor no quiso volver a enredarse en una discusión que no llevaba a ningún lado. Tampoco le pareció correcto despedirse sin más: Elena podía interpretarlo como una reacción de disgusto por su parte, o un rechazo hacia ella. Y eso era lo último que habría querido que percibiese. Por eso permaneció callado, esperando que ella cambiara de tema o se despidiese sin más. Pero no fue así.

—Me gustaría que me acompañases a ver el último aposento en el que estuvo Velázquez.

Héctor no supo qué decir. No era ésa la línea de investigación que le interesaba. Tenía informes fiables sobre sospechosos. Estaba siguiendo una pista importante.

—Estamos siguiendo... —comenzó a decir, pero incluso a él mismo le sonó a disculpa. Recordó que ese argumento ya lo había usado antes y no le había servido de nada.

—A veces es necesario alejarse un poco de las cosas que nos preocupan —le dijo Elena—. Retirarse, para retomarlas después con más fuerza.

Cuando Elena se despidió, Héctor se quedó confuso, con el teléfono en la mano, pensativo. Al momento colgó, frunciendo los labios en un gesto de resignación, tranquilo a pesar de todo.

—¿Qué me importa más? —se dijo—. ¿Esta mujer o el medallón?