VII

Una furgoneta avanzaba despacio por la calle de Hortaleza adonde había ido el hombre de la pelliza de cuero. Circulaba junto a la acera desierta de esa calle estrecha, de poco tráfico, a la que se accedía después de seguir los recovecos de unas travesías apartadas. La furgoneta era de color blanco, no tenía ventanas en los laterales, y en la chapa aparecía rotulado con letras discretas el oficio de sus ocupantes. «Electricidad Gómez», podía leer quien se fijara con atención. Y debajo: «Instalaciones eléctricas. Reparaciones.» No había más: ni una dirección, ni un teléfono, ningún dato personal.

El vehículo se detuvo a la entrada de una de las viviendas. El conductor iba vestido con un mono de trabajo de color azul. En el bolsillo situado a la altura del pecho, unas letras lo identificaban como empleado de la empresa de electricidad. Cuando paró la furgoneta, se quedó al volante, quieto, sentado como estaba. Inclinó un poco la barbilla y dijo:

—Estamos en posición.

Desde el interior se abrió la puerta de atrás y por ella salieron con rapidez dos hombres ataviados con la misma ropa de trabajo que el conductor. Se acercaron a la puerta de hierro, uno de ellos introdujo un dispositivo en la cerradura e hizo saltar el resbalón. Subieron con unas rápidas zancadas las escaleras del portal, entraron en el ascensor y pulsaron el cuarto piso. Al llegar al rellano, uno de ellos pegó inmediatamente una pequeña tira de papel en la mirilla de una de las dos puertas del piso, mientras el otro manipulaba la cerradura de la otra, hasta que se abrió. En el interior, se separaron: uno entró en la sala de estar y el otro en el dormitorio.

Fuera, en la furgoneta, el conductor vigilaba la calle, mirando alternativamente hacia delante y al espejo retrovisor. Hacía frío; aquella mañana desapacible nadie pasaba por ese tranquilo lugar. Por eso le sorprendió ver por el retrovisor un coche azul marino que giró para acceder a la calle, circulando muy lentamente. Sería una complicación que ese automóvil se parara frente al portal. Lo fue siguiendo con la mirada hasta que el coche adelantó la furgoneta, y respiró tranquilo al ver que continuaba sin detenerse y giraba hacia la derecha, antes de abandonar la calle.

En el interior del piso, el hombre que había ido a la sala de estar desenroscaba aprisa el auricular del teléfono para poner un micrófono. En el dormitorio, el otro colocaba estratégicamente un dispositivo dentro de un enchufe, junto a la mesilla. Ambos llevaban guantes, trabajaban con rapidez y se movían con seguridad por las habitaciones, como si conocieran previamente la distribución de la casa y supieran perfectamente lo que tenían que hacer en cada lugar.

Al rato el conductor que permanecía al volante vio que se abría la puerta de hierro de la casa y que salían sus dos compañeros, en silencio y con la misma rapidez con la que habían entrado. Ambos subieron a la parte de atrás de la furgoneta y se sentaron frente a un panel, en el que había varios interruptores iluminados, un receptor de sonido, amplificadores, aparatos de grabación y antenas.

—No hay señal —dijo uno de ellos.

El otro maniobró en algunas conexiones y entonces se encendieron unos pilotos de color verde.

—Ya está listo —anunció.

Y al oírlo el conductor por el auricular que llevaba en la oreja, arrancó la furgoneta y, con la misma lentitud con la que habían llegado, para no despertar sospechas, la alejó unos metros del portal.

Acompañado de David Luengo y Pedro Montilla, Héctor iba inspeccionando todas las entradas del Palacio Real. Desde la plaza de Armas, observaba la puerta principal de la fachada, que estaba abierta aún a los visitantes. El palacio tiene en ese frontal cinco puertas. Las dos laterales se utilizaban para el paso de vehículos, pero estaban cerradas. Las otras tres daban acceso al zaguán principal; por ellas habían entrado en otros tiempos los cortesanos, y en esta época lo hacían los embajadores cuando entregaban las credenciales al rey. En tales circunstancias, iban en carrozas engalanadas al estilo antiguo, tiradas por caballos con cordeles festivos y una tropa de corceles abanderados como escolta. Recorrían así las calles desde el palacio de Santa Cruz, cruzaban la plaza Mayor y llegaban a la plaza de Armas del Palacio Real de forma muy parecida a como se hacía siglos atrás. Que hubiera una falta de seguridad en momentos como ésos era lo que realmente le preocupaba a Héctor.

—El que robó el medallón lo hizo con ayuda desde dentro del palacio —comentó a los dos inspectores que estaban junto a él.

—Sin duda —confirmó David, mientras se fijaba en la fortaleza de las garitas de vigilancia junto a las columnatas de piedra que sostenían la balconada principal.

Se acercaron al puesto de control de la entrada para observar la labor de los guardias de seguridad.

—¿Hay controles del número de personas que entran y de las que salen? —preguntó Héctor.

—Cada día —se adelantó Pedro—. Este contador registra las entradas de los visitantes, y éste, las salidas.

—¿Y el personal del palacio?

—Ellos tienen su propio registro de entrada y salida, pero está al otro lado.

—¿No hay otros accesos?

—Claro que los hay, pero no tienen comunicación con las dependencias regias.

—Acabo de inspeccionar la carpintería que está en la planta baja del edificio, junto a la Armería —intervino David—. No tiene acceso al resto del complejo. Por ahí no pudo entrar nadie.

—Los visitantes tampoco pueden introducir objetos en el palacio —añadió Pedro—. En ese mostrador tienen que dejar las bolsas.

—El que lo robó tuvo que contar con ayuda desde dentro —repitió Héctor, como una reflexión para sí mismo, mientras los tres se dirigían al pasillo que conducía a los almacenes de palacio. No se explicaba cómo había podido burlar alguien tantas medidas de control. Esa inseguridad le preocupaba mucho más que la desaparición de una joya.

Cuando llegaron al almacén, salió a su encuentro el encargado de esa nave, que estaba repleta de objetos: unos útiles y otros ya en desuso, unos listos para ser trasladados a alguna dependencia y otros condenados a un rincón y al olvido. Héctor se fijó en cómo se amontonaban junto a la pared taburetes con las tapicerías desgastadas, sillas de distintos estilos, cajas de madera, tablas, porcelanas, una mesa con tablero de marquetería...

—¿Qué paquetes han entrado en los últimos días? —preguntó.

—Poca cosa —respondió el encargado—: unos embalajes con sillas a las que había que arreglarles el tapizado, dos lámparas del comedor de gala que se llevaron para reparar los brazos con unos fundidos de bronce... y nada más.

—¿Qué tamaño tenían los paquetes? —se interesó Pedro.

—Una cosa así —dijo el encargado, extendiendo el brazo a la altura de la cadera, con la mano abierta hacia abajo.

Pedro miró a Héctor y le hizo un gesto para indicarle la escasa probabilidad de que aquellos paquetes guardaran relación con lo que ellos estaban tratando de averiguar, pero él estaba observando las estanterías: las cajas de cartón con etiquetas que indicaban su contenido, los paneles de herramientas, los reposteros de protocolo, las enseñas y banderas cubiertas con plásticos transparentes, las alfombras rojas enrolladas junto a la pared.

—¿Quién inspecciona lo que entra y sale de este depósito? —preguntó Héctor.

—Yo personalmente —le respondió el encargado, con un tono que no ocultaba su desagrado ante las dudas que Héctor parecía plantear.

Cuando salieron del almacén, volvieron a recorrer aprisa el frío pasillo de piedra hacia las escaleras que daban acceso a la primera planta. Héctor estaba acostumbrado a andar rápido y los otros lo seguían intentando mantener su paso.

—Yo diría que nadie puede haberse colarse en el palacio entre esos paquetes —apuntó Pedro.

—Y menos con una tripa así... —le dijo David, dándole unos golpecitos en la barriga.

Mientras subían por las escaleras, Pedro apuró el paso para situarse al lado de Héctor.

—En cada sala hay un vigilante —le dijo cuando estaba en su mismo escalón—. Entre ellos hay establecido un turno de rotaciones que controla el jefe de seguridad.

—El jefe de seguridad es un inútil —lo calificó Héctor—. Es un hombre del partido designado por el ministerio. De seguridad no sabe nada.

Al cruzar el Salón de Alabarderos y el de Columnas, Héctor se fijó en los encargados de la vigilancia, que llevaban esposas y un colgante de llaves en el cinturón, así como un micrófono en el hombro izquierdo para mantenerse en comunicación entre ellos. Sólo algunos llevaban pistola visible en una cartuchera de cuero. Pero todos vestían el mismo uniforme... y las mismas botas, se fijó expresamente Héctor.

—No hay ninguna duda de que las huellas detectadas en la cámara de seguridad corresponden al sospechoso —comentó David—. Esa persona no tenía que entrar ahí por su trabajo. Si lo hizo, fue con otras intenciones.

—Está vigilado las veinticuatro horas —intervino Pedro—. Hemos pinchado su teléfono, pero de momento no hay resultados.

—El laboratorio sí que ha confirmado el análisis de los restos de alguna huella —añadió David—. Dicen que es materia orgánica formada por la semilla de un árbol y filamentos de sus flores. Lo han pasado a Botánica para que averigüen qué tipo de árbol es y dónde se encuentra.

Héctor estaba inquieto. Había un topo entre el personal de servicio del Palacio Real y no sabía con qué intenciones. Tal vez fuera un simple ratero que había visto la oportunidad de hacerse con una pieza excepcional y se la había apropiado sin más pretensiones. O tal vez ésa fuera la punta de un iceberg que escondía otros objetivos más peligrosos. ¿Qué información delicada sobre la seguridad del palacio podía filtrarse?, se preguntaba Héctor. Y sobre todo: ¿para quién y con qué finalidad?

Elena recapituló lo que había averiguado hasta entonces del robo. Ella tenía que reconstruir lo más fielmente posible la imagen de ese colgante y entregársela a Héctor para que se la proporcionara a los investigadores que trabajaban con él. No se conservaba ninguna reproducción del medallón robado. La única referencia que había encontrado de él estaba en el inventario que se hizo en el Alcázar a la muerte de Felipe IV. Hasta el momento sólo sabía que era un medallón tallado en oro, con las imágenes del sol y del paraíso. Pero ¿cómo eran esas imágenes?

Había consultado algunos libros de emblemas y llevaba una carpeta con reproducciones de sellos del siglo XVII para enseñárselos a Héctor. Caminaba por la plaza de Oriente en dirección al palacio. Hacía frío en aquellas horas del atardecer, cuando la tibieza del sol casi horizontal en la lejanía apenas lograba contrarrestar el avance de las sombras gélidas de la noche. Elena dio una vuelta más a la bufanda que llevaba en el cuello y aceleró el paso. Pensaba en el dibujo del medallón. En el inventario de Felipe IV se decía que en él estaba grabada una escena del paraíso. Muy bien, pero ¿cuál? Conocía bien la iconografía más frecuente sobre ese tema: Eva junto al tronco del árbol del Bien y del Mal ofreciendo a Adán una manzana. La felicidad y la tentación, pensó Elena. Desear siempre aquello que no tenemos.

Por otra parte, también había averiguado que en el medallón estaba representado el sol: el amanecer iluminando el mundo con sus rayos. Pero ¿cómo era esa imagen?

Elena cruzó la verja de hierro para entrar en la plaza de la Armería. Miró al cielo, que mostraba ya una tonalidad de bronce envejecido. Los rayos rebotaban en los cristales de los edificios, pero parecían deshacerse en el choque, sin fuerzas para calentar el mundo. Miró la piedra del palacio, que adquiría con los reflejos una tonalidad dorada. Entonces descubrió algo en lo que no se había fijado antes. Lo había tenido siempre ante ella, pero no se había percatado de su sentido. «Así somos a veces —pensó—, tenemos delante lo que más importa y no nos damos cuenta, porque estamos preocupados por asuntos que no valen nada.»

Se fijó en los tres cuerpos de la fachada principal del palacio sostenidos por columnas. El inferior daba acceso a la planta baja; el segundo era la balconada, con columnas estriadas y capiteles jónicos; encima estaba la balaustrada, que rodeaba todo el tejado del edificio. En el centro de la misma había una espadaña rectangular con el signo que ella andaba buscando, esculpido en un lugar preferente: junto al escudo de la nación, junto a la corona real, junto a la imagen mítica de los reyes de España.

Elena observó con asombro la orientación del palacio: estaba pensada para que el sol recorriera la fachada cada día, desde el amanecer al ocaso. Y ese sol estaba esculpido en unos paneles de mármol de más de cinco metros de altura, en la parte más elevada de la fachada. Se fijó en el óvalo que presidía la balconada: una matrona joven, representando la nación, vestida con túnica y yelmo, sostenía un ramo de olivo y espigas, mientras a sus pies el dios Plutón derramaba el cuerno de la abundancia, sentado desnudo junto a un toro y un caballo blanco. A ambos lados, dos grandes paneles representaban la luna en cuarto creciente y en cuarto menguante.

«Vivimos rodeados de símbolos —pensó Elena—, y a veces no nos damos cuenta de su lenguaje.» ¿Era casual que esas imágenes estuvieran esculpidas en la fachada? El palacio actual se construyó tras el ocaso de los Austrias, una dinastía procedente del centro de Europa, cuando fueron sustituidos por los Borbones, que provenían de Francia. Se levantó después de quemarse el Alcázar la Nochebuena de 1734, en el mismo sitio que ocupaba éste. Se había derrumbado un palacio, pero sobre sus cenizas se levantó otro. Se agotó una dinastía, pero sobre aquella ruina se instauró otro linaje. «Al crepúsculo le sigue siempre un nuevo amanecer —pensó Elena mirando la fachada del Palacio Real—. Después de la noche viene un nuevo día. Se oculta el sol y aparece la luna. Y así eternamente. Alguien muere y, a pesar de ello, continúan existiendo el sol y la lluvia, el sudor del verano y la ventisca del invierno.» La sabiduría popular lo había sintetizado en un pensamiento escueto: «A rey muerto, rey puesto.»

Elena decidió entonces volver al día siguiente con una cámara de fotos y añadir toda esa iconografía para imaginar la representación más exacta del medallón desaparecido. Miró hacia poniente, donde el sol se arrastraba por las ramas altas de los árboles de la Casa de Campo. «Todo tiene un significado», volvió a considerar Elena; y al hacerlo se preguntó si esa luz crepuscular que alumbraba las paredes del Palacio Real anunciaba esos días un parto en el edificio, la continuación de una dinastía, o eran más bien los estertores de un último aliento.

Bruscamente, se abrió la puerta del despacho provisional que Héctor había instalado en la zona administrativa del palacio. Un inspector joven, de cara delgada y con una sombra de bigote encima de los labios, vestido con una chaqueta de color marrón, asomó la cabeza y desde allí le informó:

—¡En la sala del control eléctrico han encontrado huellas sospechosas!

—¿Las están analizando? —preguntó Héctor inmediatamente.

—Los equipos del laboratorio ya se han llevado muestras.

—¿Y han inspeccionado la instalación eléctrica?

—Creo que todavía no.

Héctor se levantó, llamó a David y Pedro, y salió del despacho seguido por ambos. Recorrieron con paso rápido los largos pasillos de piedra, hasta llegar a una puerta metálica pintada de gris, en la que aguardaba el jefe de mantenimiento.

Al entrar en la sala, Héctor tuvo la impresión de acceder a la cabina de mando de un avión o a la zona de pilotaje de un submarino. Tres de las paredes del cuarto estaban cubiertas con varios paneles eléctricos de distinto tamaño. Numerosas luces se encendían en las cajas de control instaladas en la pared. Los reflejos de colores rojo, verde y blanco se combinaban de forma aparentemente arbitraria. Algunos pilotos parpadeaban con urgencia, como si reclamaran una atención especial.

—El control eléctrico del edificio está centralizado en esta sala —les informó el jefe de mantenimiento.

—Está organizado por zonas... —comentó David Luengo, fijándose en los letreros que estaban escritos en tiras de plástico.

—En efecto. Estos paneles corresponden al exterior —siguió explicando el hombre, mientras señalaba con la mano una de las secciones—. Éstos son los indicadores de las escalinatas y pasillos; aquí están los de los salones de Alabarderos y de Columnas —y mientras lo decía, iba mostrando con el dedo distintas secciones de la sala—; desde aquí se controlan los componentes electrónicos de los cuartos reales: el de Carlos III, el de María Luisa de Parma... Estos otros cuadros indican el estado del comedor de gala...

—¿Y la Capilla Real? —lo interrumpió Héctor.

—Son estos indicadores —le contestó el técnico, señalando uno de los paneles.

Héctor se acercó al tablero y fue leyendo los letreros impresos junto a diferenciales, interruptores y pilotos encendidos, que indicaban «Retablo», «Sacristía», «Relicario», «Cámara de seguridad».

—¿Las alarmas se controlan también desde aquí? —preguntó Pedro Montilla.

—Desde ese cuadro —contestó el jefe de mantenimiento, volviéndose hacia otra pared.

Héctor se acercó a la sección que le señalaba y estuvo observando cada uno de los interruptores y clavijas del tablero de alarmas.

—Deme un destornillador —le pidió.

—No debería tocarlo, señor —se alarmó el técnico.

—No se preocupe, que no lo voy a tocar —le contestó.

Héctor metió la punta del destornillador en una tapa e hizo palanca, hasta que saltó la chapa de plástico. Apareció entonces un amasijo enredado de cables de distintos colores conectados a varios terminales. Héctor fue cogiendo los haces de cables, procurando separarlos. Se detuvo en uno de ellos, en el que había varias tiras reparadas con cinta aislante del mismo color que los plásticos del cableado. Había que ser muy minucioso para detectar el arreglo: los hilos de cobre habían sido cortados y luego empalmados de nuevo con soldaduras minúsculas, disimuladas con cinta idéntica al cable original. Era sospechoso ese apaño: las conexiones de la alarma habían sido manipuladas.

—Fíjate en esto —le dijo a Pedro, que estaba junto a él.

—Ésta es la madriguera del zorro —le contestó éste después de haber visto los empalmes.

—¿De dónde son estos cables? —preguntó al jefe de mantenimiento.

—A ver... —dijo el técnico, acercándose para observar las conexiones.

Estuvo un rato comprobando las clavijas y al fin dijo:

—Son de la cámara de seguridad de la capilla.

Cuando volvían los tres por uno de los pasillos de la planta baja que rodea el patio del Príncipe, David comentó:

—Parece que alguien se les ha colado en el cuarto de alarmas.

Héctor contemplaba los ventanales del patio completamente cerrados, la balaustrada del segundo piso vacía y los tejados inaccesibles alrededor de la cúpula de la capilla.

—El robo se hizo desde dentro —dijo—; o aún peor: los ladrones están dentro del palacio.

—Tal vez entraron camuflados como visitantes —apuntó Pedro.

—Sí, pero alguien tuvo que facilitarles el trabajo. Sabían adónde iban y qué debían hacer.

—El acceso a la sala del control eléctrico es restringido —añadió David—. Sólo el personal de mantenimiento puede acercarse a esa zona. Y la entrada está protegida mediante tarjetas personalizadas.

—Fabricar una tarjeta para abrir un control eléctrico no es difícil —intervino Pedro, y añadió con cierta ingenuidad—. Nosotros lo hacemos todos los días.

Héctor lo miró con expresión de reproche.

—La capilla del relicario está bastante desprotegida —observó David—. No hay sensores de movimiento, ni cámaras de visión nocturna...

—Supongamos que el robo se planifica desde el exterior —concedió Héctor—. Los ladrones antes de nada tienen que ir hasta la sala de control eléctrico, que es una zona vigilada.

—No es difícil —apuntó Pedro—. Pudieron entrar vestidos con un traje de faena y presentar una petición falsificada de revisión de las instalaciones. Alguien les abrió la puerta y ellos manipularon el cableado para que las alarmas quedaran inutilizadas.

—¿Se ha interrogado al personal de esa zona?

—Lo están haciendo; y lo que se sabe es que durante esos días hubo que hacer una reparación en unas salas contiguas.

—O sea, que hubo movimiento de gente.

—Sí, se produjo mucho trasiego de personal durante unos días —explicó Pedro—. Estamos viendo con las empresas contratadas quiénes fueron los operarios que trabajaron en esas tareas.

—Pero luego la pieza robada tuvieron que sacarla por alguna puerta de servicio —intervino David—. ¿Cómo evitaron, si no, los detectores de metal?

—Tuvo que sacarla alguien que por su trabajo no iba a despertar sospechas —sugirió Héctor—. O alguien que dentro del palacio podía moverse con cierta facilidad —añadió, abundando en la idea de que el robo había tenido que contar con la complicidad de alguien desde el interior del palacio.

Cuando llegaron a la puerta, el cielo de la atardecida estaba gris, pero en la piedra del Palacio Real brillaban aún los últimos reflejos del sol mortecino del ocaso.

—¿Se tiene alguna noticia del paradero de la pieza robada? —preguntó Héctor.

—Aún no —le respondió David—. Se han rastreado ventas, pero nada. Están advertidos coleccionistas y anticuarios, por si acaso. Pero es difícil que algo así salga inmediatamente.

—Ya veremos...

Desde el portalón de la entrada oyeron el taconeo de alguien que bajaba aprisa la escalinata de mármol hacia el vestíbulo. Se volvieron los tres al mismo tiempo y vieron a un agente que llevaba unos papeles en la mano.

—Acaba de llegar este informe —le dijo a Héctor al entregárselo.

—Es del laboratorio —les comentó él, nada más verlo. Leyó los primeros párrafos y añadió—. Confirman que todas las huellas sospechosas son del mismo calzado, tanto las de la capilla como las de la sala de electricidad.

—¿Son de una sola persona? —se interesó David.

—Eso dice aquí. Al parecer no fue muy cuidadoso... Han analizado algunos restos. Dicen que son semillas de un árbol poco frecuente. «Árbol del paraíso», lo llaman.

—¿Del paraíso? —preguntó Pedro, extrañado.

—Eso pone.

—Un árbol del paraíso... —repitió Pedro con tono evocador—. En Madrid, un árbol del paraíso... Lo que nos faltaba para ser más chulos que nadie.

—Las huellas coinciden con las pruebas que les mandamos del calzado de uno de los vigilantes de seguridad —siguió leyendo Héctor del informe.

—Ese hombre no tenía que hacer ninguna vigilancia en la capilla ni en la sala de electricidad —intervino David—. Eso lo hemos comprobado. Si estuvo allí fue por su cuenta, y fuera de servicio.

—Pues parece que estamos en la dirección correcta. —Héctor se animó—. A primera hora de la mañana quiero saber qué pasa con las escuchas del piso que hemos pinchado.

Detrás de los jardines del Campo del Moro, el sol formaba los últimos arreboles sobre el horizonte y teñía las nubes de color morado. Los tres atravesaron la plaza de Armas, cruzaron los jardines de la plaza de Oriente y se perdieron detrás del Teatro Real, entre las calles que conservaban aún el aliento del antiguo Madrid de los Austrias. El cielo se oscureció en un instante, y si se hubiese podido observar la ciudad desde la altura, todo habría sido un fragor de luces encendidas, faros de coches en hilera, focos rojos, y, en medio, el destello azul de unas ambulancias que se abrían paso entre tanto desbarajuste, transportando la carga dolorosa de la última desgracia ocurrida en la ciudad.