11
Pigeon se presentó un cuarto de hora más
tarde.
Le oí campanillear en la puerta del jardín y
me levanté con la intención de ir a abrirle. En el umbral de la
habitación me topé con Jacqueline, inmóvil y silenciosa, que no se
atrevía a entrar a ver a su hermano.
—¿Está muerto? —preguntó ella.
Yo lo ignoraba. Grégoire había dejado de
quejarse, pero estaba demasiado sucio como para tener el valor de
auscultarle. Dejé plantada a Jacqueline y fui a abrirle la puerta a
Pigeon.
—¡Pero si está usted levantado! —se extrañó
él al verme—. ¡Le había prohibido...! ¡Haga el favor de volver a
meterse inmediatamente en la cama!
En él, la cordialidad se había convertido en
una segunda naturaleza, pero a veces hacía uso de ella a destiempo.
Le rogué que me acompañase.
—¿Cómo está nuestro herido?
—¡Mal!
Pigeon consideró entonces que podíamos
prescindir ya de los cumplidos de rigor y dio los treinta pasos que
le separaban de la habitación sin decir ni una sola palabra más. La
puerta estaba abierta, Jacqueline seguía de pie y su hermano,
inconsciente, seguía desplomado en el sillón.
Pigeon saludó a mi mujer, se acercó al
herido, dejó su maletín en el suelo y con el pulgar levantó el
párpado de uno de los ojos de Grégoire para examinarlo. Luego, con
un movimiento preciso, rasgó la camisa de mi cuñado y dejó al
descubierto la herida situada a una pulgada escasa del
esternón.
—¡Todo un atleta! —comentó al ver la
musculatura de Grégoire—. ¿Quién es?
—¡Mi hermano! —contestó Jacqueline.
El matasanos tardó un momento en asimilar la
respuesta y pareció la mar de sorprendido.
—¿El profesor Duchemin?
Asentí con la cabeza.
—¡Esto es horrible! —exclamó, poniendo cara
de circunstancias como si fuera a darnos el pésame—. ¿Qué le ha
sucedido? ¿Algún accidente?
—¡Así es, un accidente! —confirmé yo—.
Probablemente habrá sido agredido por algunos malhechores. Ha
estado tirado sin sentido durante más de veinticuatro horas en una
zanja.
Pigeon no hizo el menor comentario. Le
examinó rápidamente sin moverlo, le auscultó colocando su
estetoscopio sobre el pecho velludo y ensangrentado. Tras lo cual,
levantó un poco la cabeza, se me quedó mirando fijamente y
preguntó:
—¿Ha avisado a la policía?
—No.
—Mientras su corazón siga latiendo, es
asunto de ustedes. Ahora bien, si muere, me veré obligado a
declarar las causas de su fallecimiento.
—¿Existe alguna esperanza de que se salve?
—quiso saber Jacqueline.
El doctor hizo un ademán dubitativo.
—Acabo de llegar, no puedo hacer milagros,
ayúdenme a tenderlo sobre la cama...
Cogió el herido por los hombros y dejó que
me las apañase yo con las piernas. Pero Grégoire pesaba mucho; por
último, tuvimos que agarrarle por debajo de los brazos y
arrastrarlo como pudimos hasta la cama. Al caer en ella con la
cabeza echada hacia atrás, emitió nuevamente aquella escalofriante
queja de cíclope agonizante. Jacqueline se tapó los ojos con las
manos y se entregó a una ferviente plegaria.
Ayudé al galeno a desnudar aquel corpachón
tendido en la cama; o mejor dicho, Pigeon había sacado unas tijeras
de su maletín y estaba dando tijeretazos en las ropas, limitándome
yo a acabar de quitárselas a Grégoire. En menos de tres minutos,
quedó prácticamente desnudo.
—¡Agua hervida! —ordenó Pigeon, para
quitarse de encima a Jacqueline.
Esta emergió de sus súplicas al Señor.
—Lo va usted a salvar, ¿verdad,
doctor?
—¡Tal vez! —contestó él—. ¡Necesito agua
caliente y vendas!
Se había despojado de su americana y se
estaba arremangando las mangas de la camisa como un auténtico
partero rural. En el momento preciso en que Jacqueline iba a salir
de la habitación, se dirigió a ella nuevamente:
—¿Conoce usted a algún cirujano?
—No... Imagino que Grégoire tendrá algún
amigo cirujano en Villenueve. Puedo telefonear a Marthe...
—¡Se lo ruego!
Pigeon se volvió hacia mí.
—Necesito más luz. ¡Tráigame más
lámparas!
Se tomaba su papel muy en serio, ese bueno
de Pigeon. Impartía órdenes como suelen hacerlo los capitanes. Le
dejé solo con Grégoire y salí al jardín para respirar un poco de
aire fresco. Ahora, la suerte estaba echada, todo llegaría a
saberse. El escándalo estaba próximo a estallar.
Podía oír pasos acompasados que se iban
acercando por el camino. Eché una mirada por encima del seto vivo:
era la patrulla, media docena de sorches con casco... Lo más
sorprendente era oír una voz de mujer en medio de aquellos
soldados; una voz que me parecía reconocer...
Por un momento, quedé patidifuso al pensar
que podía tratarse de la viuda de Hubert, pero muy pronto pude
situar aquella voz mandona y aguda: era la de Marthe...
Cuando hizo sonar la campanilla de la puerta
del jardín, yo ya estaba ahí para recibirla.
—¡Pase usted, querida Marthe!
—¿Ah, es usted? —se sorprendió ella.
Se volvió hacia los militares para darles
las gracias y yo juraría que hizo vagamente el gesto de rebuscar en
su bolso como para darles una propina. Las siluetas se recortaban
de forma imprecisa en la noche. Cerré la puerta.
—¿Qué está sucediendo aquí? —espetó ella—.
¿Me está tomando el pelo? Le comunico que Grégoire ha desaparecido
y usted se lo toma a broma. ¿Dónde está Jacqueline? ¿Y usted, ya no
está enfermo?
La cogí del brazo para guiarla por el
sendero y llevarla hacia la casa. Ignoraba todavía lo que iba a
decirle yo con respecto a su marido, y si hubiese dado rienda
suelta a mis más primitivos instintos, creo que le hubiera llevado
a la fosa para tirarla dentro.
—Querida Marthe —(le tocaba las narices que
la llamara así)—, ¿querría hacerme el favor de formular sus
preguntas de una en una...? ¿Si sigo estando enfermo? Sí... ¿Que
dónde está Jacqueline? En casa... ¿Que si le tomo el pelo?
No...
—Usted cortó la comunicación, ¿no es así...?
¿Adónde me lleva por ahí?
Yo acababa de decidir que más valía que no
se encontrara con Jacqueline de momento, y me la llevé hacia el
fondo del jardín, pero esta vez sin intenciones homicidas; lo único
que deseaba era poder hablar a solas con ella, sin testigos.
—Tengo que comunicarle cosas muy
graves...
—¡Pero está todo mojado, por aquí! ¡No sabe
una donde poner los pies!
Su voz chillona sonaba desagradablemente y
me hubiera proporcionado un placer inmenso poder arrearle un par de
guantazos. Le apreté el brazo con más fuerza y, ahora, ahí, en
plena oscuridad, le entró miedo.
—Pero, ¿qué mosca le ha picado?
Si se imaginaba que abrigaba la intención de
violarla, se equivocaba de medio a medio; para mí, aquella artista
de pacotilla tenía tanto atractivo como el violoncelo, la lira azul
y el pentagrama amarillo juntos...
—Querida Marthe, deseo hablarle a
solas.
—¡Pero yo no! ¡Le ordeno que me suelte!
¡Quiero ver a Jacqueline ahora mismo!
Chillaba cada vez más alto y era capaz de
alborotar la isla entera. Me entraban unas ganas locas de colocarle
un gancho corto en la barbilla; me hubiera aplacado los nervios.
Por lo general, siento gran respeto por el bello sexo; pero la
tipeja sofisticada es el tipo de hembra que me cae gordo, una
pústula de la civilización decadente, que ni siquiera vale la pena
llevarse al catre.
—Queridísima Marthe, tenga la bondad de
escucharme. Me veo en la obligación de anunciarle una mala
noticia...
Había hablado con voz muy queda, con el fin
de inducirla a adoptar un tono más confidencial.
—¿Qué? —dijo ella—. ¿Grégoire?
—En efecto, se trata de Grégoire.
—¿Dónde está?
Estaba visto que tenía que hablar a su
ritmo, no al mío. Creo que ésta es una de las razones por las que
ese tipo de marimandona resulta especialmente odioso: les tienen
sin cuidado los demás.
—Querida Marthe, ¿querría usted concederme
treinta segundos? ¡Ha ocurrido una desgracia y...!
—¿Una desgracia...? Dios mío, ¿qué ha
sucedido?
—Esto es precisamente lo que desde hace un
buen rato intento explicarle, queridísima Marthe. Estoy tratando
por todos los medios de presentarle los hechos con los máximos
miramientos, pero...
—¡Está muerto! —berreó ella—. ¡Lo sabía...!
¡No podía ser otra cosa...!
—No, queridísima Marthe, no ha muerto...
Cuando menos, todavía no...
—¿Dónde está? ¿Dónde están todos...? ¡Quiero
verle! ¡Quiero ver a Jacqueline...! ¿Qué ha pasado...? ¡Vamos,
cuente, no se quede ahí como un pasmarote!
Decidí de una vez para siempre y de manera
definitiva encontrarla ridícula, lo que me relajaba sobremanera y
me quitaba las ganas de retorcerle el pescuezo ahí mismo.
—Queridísima Marthe, no se enterará usted de
nada si no deja de interrumpirme a cada instante. Resumiendo, a
Grégoire le han asaltado unos malhechores. Ha quedado tirado en una
zanja durante más de veinticuatro horas con una o varias balas en
el cuerpo...
—¿Quién ha cometido semejante atropello? ¿Ha
sido detenida esa gentuza...? ¿Dónde está la policía?
—Su marido se encuentra en un estado
lamentable y no le aconsejo que lo vea en seguida. Probablemente,
el doctor Pigeon va a intentar una operación...
—¡Quiero verle!
Ya no había manera humana de retenerla por
más tiempo. Quería entrar en la casa, donde se imaginaba a su
Grégoire pacíficamente instalado en un mullido lecho. Volví a
apretarle el brazo y me mostré más categórico.
—Marthe, le aconsejo no alborotar. Los niños
duermen. Jacqueline está trastornada con este asunto y su marido
está en la últimas. ¡No tengo nada más que añadir!
En tanto que la gachí consciente y
organizada, cuando la dejaban cortada, recurría al Señor...
—¡Dios mío!
Y se echó a llorar a lágrima viva,
pobrecita. Se puso a gimotear sobre mi hombro, llamándome «querido
André»... Bueno, las cosas no habían salido exactamente como
hubiera deseado yo, pero por lo menos ella ya no estaba en
condiciones de aterrorizar a Jacqueline. La llevé suavemente hacia
la escalinata.
La puerta estaba abierta de par en par y las
luces del recibidor encendidas. De pronto vi en el suelo mi
impermeable que una corriente de aire había debido hacer caer del
perchero.
Le rogué a Marthe que me esperara un
instante; yo tenía que avisar a Jacqueline para que la llegada de
su cuñada no la cogiera desprevenida.
La encontré en la cocina, con una mirada
triste clavada en el agua que empezaba a hervir en una olla de
grandes dimensiones. Como era de esperar, aquella pelmaza de Marthe
entró en la cocina justo detrás de mí y no tuve oportunidad de
intercambiar ni una palabra con mi mujer.
—¡Querida Jacqueline!
Menos mal que a Marthe le había dado por la
llorera y las dos mujeres cayeron en brazos una de otra, llorando a
moco tendido.
Ahora, ya era demasiado tarde para poner a
Jacqueline sobre aviso, y además ¿para qué? El cuento tártaro ese
de los malhechores y de la zanja no podría dar el pego durante
mucho tiempo. Me sentía incapaz de capear este temporal por más
tiempo, me sentía tan impotente como aquel que para contener un
escape no tiene más que su pulgar e ignora dónde se encuentra el
contador del agua.
—¿Dónde está? —lloriqueaba Marthe—. ¡Es
horrible! ¿Podrá reconocerme?
Ya había salido de la cocina y empezaba a
subir la escalera.
—No es por ahí, querida Marthe.
¡Acompáñeme!
La cogí del brazo como si encabezara el
duelo y le hice bajar la escalinata y cruzar el jardín. Jacqueline
nos seguía con la ropa limpia y las vendas que había sacado del
armario.
Pigeon nos esperaba en el umbral de la
«habitación de Arthur».
—¿Y mis lámparas?
Las había olvidado por completo. Hice
brevemente las presentaciones y Marthe descubrió a su hombre sobre
la cama.
Se portó muy bien, tengo que reconocerlo. No
perdió el tiempo invocando los manes de sus antepasados o en
desmedidas manifestaciones de desconsuelo. Echó una mirada un tanto
aterrorizada hacia el cuerpo, y luego preguntó a Pigeon en qué
podía serle útil.
—¡Un cirujano! —contestó éste—. ¿Han hablado
ya con Villeneuve?
—Voy a llamar a Louis —anunció Marthe—.
Grégoire tiene plena confianza en él. Doctor, ¿piensa usted
intervenir aquí mismo?
—Como último recurso —explicó Pigeon—. Este
hombre tiene dos balas alojadas en el tórax, disparadas a
quemarropa. Creo que hay un principio de infección. Yo no estoy
cualificado para operar, pero puedo intentar mantenerle con vida
con una solución de alcanfor y suero.
—En el Centro de Villeneuve disponemos de
una unidad operatoria móvil. Si todo va bien, Louis podrá estar
aquí antes del amanecer.
—Pida que se ponga al aparato —instó
Pigeon—. Yo le explicaré personalmente el caso...
Jacqueline y yo éramos ahora como dos seres
inútiles. El dique había cedido y tenía yo ahora la sensación de
quedar sumergido por las aguas. Era inútil luchar. Me flaqueaban
las piernas de puro agotamiento. Lo único que me apetecía era
meterme en la cama.
Marthe había salido para ir a llamar por
teléfono.
—¡Lámparas! —me recordó Pigeon, dándose
importancia—. ¡Esto es una auténtica cueva!
Cogí a Jacqueline del brazo y quedé
agradablemente sorprendido al darme cuenta que se agarraba a mí
como a un bote de salvamento.
—La misma versión de los hechos a Marthe y a
todos los demás —le recomendé—. ¡Grégoire ha sido hallado esta
noche en el camino de los pescadores!
—¡Esto es abominable! —exclamó ella—. Es
contar con que muera!
En efecto, y si Grégoire volvía a la vida,
tal vez relatase los hechos de forma muy diferente. ¡Qué le íbamos
a hacer! Era como jugar a cara o cruz, ¡podía salir bien como podía
salir mal!
—Tu revólver, lo he recogido en el recibidor
—apuntó Jacqueline—. Lo he dejado en algún sitio en la cocina, no
recuerdo dónde. Tendrías que deshacerte de él.
Le apreté la mano. No sabia a ciencia cierta
si su complicidad era una prueba de amor, pero cuando menos no me
odiaba.
Al subir la escalinata, pudimos oír cómo
Marthe pedía línea con Villeneuve. Tenía la sensación de que un
enorme mecanismo se ponía en marcha para triturarnos.
¿Qué le iba a hacer? Yo había cometido una
falta grave y había perdido la partida. Que hubiese actuado en
legítima defensa y que hubiera testigos auténticos o falsos para
corroborarlo, era lo de menos. Yo había echado a un hombre aún vivo
a una zanja y esto constituía un crimen.
¿Para qué arrastrar a Jacqueline en mi
caída...? Me hallaba en ese estadio de ánimo incierto en el que la
idea del sacrificio resulta fácil porque evita el tener que
luchar... Todo se tornaba confuso. Especialmente la voz sobreaguda
de Marthe que se las tenía con las telefonistas para conseguir
comunicación urgente con su dichoso Centro médico.
Entré en la cocina y, lo primero que vi fue
el revólver sobre un taburete. Aun cuando ya no tuviere mayor
importancia, así y todo había que tomar algunas precauciones. Si
Grégoire la palmaba, más valía para mí que mi revólver no fuera a
parar a la mesa de un juez de instrucción.
Me lo metí en el bolsillo y me dirigí hacia
el rio. Era la hora más oscura de la noche. Soplaba un fuerte
viento que empujaba el agua a contracorriente, provocando de esta
suerte un violento torbellino. Las amarras de la pequeña
embarcación cubierta gemían y el esquife estaba a punto de irse a
pique... No me quedaban fuerzas ni para achicar el agua ni para
arrastrarlo hasta tierra firme. Permanecí ahí, de pie, durante
largo rato. Y cuando se hundió definitivamente, busqué al hecho no
sé qué significación simbólica...
Seguía teniendo el revólver en la mano. Lo
tiré al rio, lo más lejos que pude; el gesto me arrancó un grito de
dolor, pues con ese movimiento parecía como si la herida se hubiese
vuelto a abrir.
Regresé a la casa, pensando vagamente en las
lámparas que el bueno de Pigeon seguía esperando. En cuanto pisé el
recibidor, comprendí que el drama estaba cobrando un aspecto
diferente y que ahora convenía desear más bien que Grégoire se
recuperase.
Monique se hallaba de pie, junto a la mesa
del salón. Jacqueline, muy pálida ella, sentada en un sillón,
intentaba mantenerse con la espalda erguida. Marthe, de pie cerca
de la chimenea, con los labios apretados, tenía todo el aspecto de
un juez de instrucción.
Entré en la estancia en medio del más denso
silencio. Monique me echó una mirada desconcertada. Sobre la mesa
estaban la cartera de Grégoire y las fotos desparramadas.
Hasta el más cretino habría comprendido la
escena. Intenté tomar la ofensiva. Señalé con el dedo la foto en la
que se veía a Arthur y Grégoire juntos.
—Queridísima Marthe, ¿podría usted decirnos
cuándo...?
—¡Está hecho! —completó con tono glacial—.
Esta fotografía fue tomada efectivamente este invierno pasado. Pero
no se trata de Arthur, sino de Robert Houssequin, que debia ser un
adolescente cuando Jacqueline le conoció, pero que en seis años se
ha convertido en un hombre.
Nunca me había tomado muy en serio, o en
todo caso no durante mucho tiempo, lo del fantasma de Arthur. Pero
así y todo, esta explicación me quitaba un peso de encima.
—No se trata de esto —observó Marthe—. ¿No
adivina usted el tema de nuestra conversación?
La cartera sobre la mesa, la presencia de
Monique, la actitud de las dos mujeres, todo daba a entender y sin
lugar a equívoco que Marthe no había perdido el tiempo mientras yo
contemplaba cómo se iba hundiendo el esquife. Ella estaba fresca
como una rosa y nosotros, en cambio, estábamos agotados;
conseguiría hacernos cantar en un periquete y sin demasiadas
dificultades.
El que hubiésemos llegado a esta situación
no tenía nada de extraordinario; lo que me asqueaba era que
intentara que la niña testimoniase en contra de su madre y de
mí.
—¿Quién le ha dicho a Monique que
bajase?
—Ha bajado ella sola —me contestó
Jacqueline—. No la riñas. Me gustaría que volviera a subir también
sólita, ¡sería mucho mejor!
—¡Un momento! —protestó Marthe—. Estamos
sosteniendo una conversación muy interesante. Según parece, se
duerme muy mal en esta casa, ¿verdad, Monique?
Yo no podía permitir que siguiese por aquel
camino. Cogí a la pequeña por el brazo.
—Dejaremos esta conversación tan interesante
para mañana. ¡A esta hora, los niños duermen!
—¡Permítame! —insistió Marthe—. Exijo que
esta niña se quede aquí. Sé exactamente lo que hay que decirle y
tengo probablemente un montón de cosas por contarle.
Comencé a llevarme a la pequeña que, por el
momento, hubiera preferido y con mucho quedarse con las personas
mayores.
—¡Vamos, ves a la camita...! ¿Quieres
llevártela, Jacqueline? ¡Creo que sería infinitamente mejor para
todo el mundo!
Jacqueline no se movió de su sillón:
—¡Vuélvete a la cama! —se limitó a indicar a
su hija.
—¡Quédate aquí! —insistió Marthe—, Dime,
¿qué es lo que te despertó la noche pasada?
—Unos tiros —contestó la niña.
Marthe se había acercado a ella y la tenía
ahora cogida por el otro brazo. La chiquilla se hallaba
inmovilizada entre nosotros dos.
—Querida Marthe —articulé a media voz,
procurando contenerme—. Por decirlo con amabilidad, ¡le comunico
que me está usted tocando el trigémino! La chiquilla se va a volver
a la cama como una buena niña, ¿verdad, Monique...? Y nosotros
vamos a tener con tu tía una conversación que no es para las
niñitas. ¿Queda claro así?
—¡Queda claro! —replicó la tía—. ¡Vete a la
cima, monina!
Monique quiso dar las buenas noches a todos
con un beso. Jacqueline se levantó entonces para acompañarla a su
habitación.
—¡Vamos a ver! —me atacó Marthe—. Tal vez se
muestre usted más explícito que Jacqueline. ¿Qué es este lío de
tiros y de un hombre llamando desde el jardín? ¿Y esta cartera? ¿Y
esta forma que tienen los dos de comportarse...? Ha habido una
pelea, ¿no es así?
Quizá no estuviera tan enterada como yo me
temía, lo que me dio nuevas fuerzas para luchar paso a paso. Lo
tremendo con ella es que, cuando se le había metido una idea en la
cabeza, no daba fácilmente su brazo a torcer y batallaba hasta
conseguir salirse con la suya.
Estaba demasiado molido como para obrar con
cautela. El único recurso que me quedaba eran las pequeñas
triquiñuelas sentimentales y dilatorias; se me ocurrió fingir
indignación.
—¡En lugar de jugar a detectives con una
cría, haría mucho mejor en ir a cuidar a su marido! ¿No le parece a
usted?
—No se preocupe por esto —replicó ella con
toda calma—. En menos de dos horas estará aquí Louis para operarle.
Y ahora, dígame lo que ha sucedido, André; sabe usted perfectamente
que acabaré averiguándolo.
Se acercó a mí, como una mujer acostumbrada
a convencer a los demás.
—Si es lo que yo imagino, sepa usted que no
me propongo avisar a la policía, sino evitar un escándalo en el que
se vería envuelto el hombre de los Duchemin... ¿Me comprende,
André? Usted no me agrada, y yo le resulto odiosa. Pero nos
hallamos en el mismo barco y debemos actuar de manera solidaria...
Ha habido un altercado entre Grégoire y usted, ¿no es así?
Actuaba con la misma frialdad con la que
hubiese precedido de estar tratando un asunto de negocios. Y yo que
había querido llevar las cosas al terreno de lo sentimental, ¡pues
me había lucido!
—¡Es usted muy libre de suponer lo que se le
antoje, querida Marthe!
—No le estoy censurando —prosiguió ella—.
Puesto que Jacqueline está de Su parte, esto me hace suponer que la
culpa no es sólo suya. Conozco a Grégoire y, probablemente, se
habrá comportado de manera muy desagradable con usted...
—¡Muy desagradable, en efecto!
—¡Suelte prenda de una vez, André! Ha
sucedido algo grave, ¿no es así? Si la policía mete baza en el
asunto llevará usted las de perder, y Jacqueline también. ¡No sea
tonto, André! Comprenda que un escándalo no me beneficiaría en nada
y que no tengo más remedio que ser aliada suya.
No tenía la menor intención de contárselo
todo, pero me pareció de lo más razonable situar las cosas.
—¿Me creería si le dijese que Grégoire
intentó quitarme de en medio?
—Siga usted, haga como si lo creyera.
—...Y que tengo testigos que pueden
corroborarlo. En un momento determinado, Grégoire era prácticamente
la única persona en saber que yo seguía vivo. Se las apañó para
suprimir a un hombre que también lo sabía, y si bien es cierto que
erró el golpe, no es menos cierto que ha dejado huellas.,.
—¡Admitámoslo! —convino ella—. Tampoco a
Grégoire la agrada usted y considera que su hermana es muy
desgraciada al tener un marido así. La ocasión hace el ladrón. ¿Qué
ocurrió después?
—Luego, hubo el asunto ese de los
malhechores y de la zanja. ¡Haría usted un excelente juez de
instrucción, Marthe!
—Dejemos por ahora eso de los malhechores.
Pero, ¿de qué zanja se trata? Estoy dispuesta a ayudarle, André,
pero tengo que saber de qué va la cosa.
¡Dichosa Marthe! ¡Le hubiera arrancado
confidencias hasta a un fiambre! Esa debía ser su forma de proceder
para enterarse de todos los secretos de alcoba en diez leguas a la
redonda: una técnica hábil fruto de una larga experiencia.
De todas maneras, no pensaba contestarle.
Desde hacía unos segundos estaba oyendo en el jardín algo que me
interesaba mucho más que los manejos de Marthe para tirarme de la
lengua: pasos de personas que se acercaban y hablaban en voz
alta.
La irrupción fue brutal. Yo me hallaba al
lado del recibidor y les vi llegar con sus jetas implacables de
justicieros. Cornaud encabezaba el grupo con su pinta de matamoros.
Le seguía Derinque, contoneándose sobre sus cortas patas. El último
en entrar fue Bromier, con esa expresión suya de hombre de mundo
hastiado. Fue el único que me sonrió, pero esa sonrisa no
presagiaba nada bueno.
—¿Quién es esta señora? —preguntó Cornaud
sin más preámbulos, señalando a Marthe con la barbilla.
Les pregunté a qué se debía el honor de tal
visita.
—¿Es la señora Hubert? —quiso saber
Cornaud.
A lo que contestó Marthe con un: «¿Quiénes
son estos hombres?», que hubiera dejado helada a una compañía de
bomberos. Cornaud debió darse cuenta que ahora no se las tenía que
ver con una gabarrera y no insistió. Parecía ser él quien dirigía
las operaciones; me preguntó:
—¿Dónde está la viuda?
No me esperaba yo eso, o cuando menos no de
esta manera. Dejé transcurrir unos segundos, lo que permitió a
Marthe entablar las hostilidades:
—¡Yo soy la señora Duchemin! ¿Qué es todo
esto? ¿Quiénes son ustedes?
No me quedó más remedio que proceder a
presentaciones en toda regla, pero de mala gana. Al ver la forma en
que me miraban aquellos tres tipos, me sentía de más en este mundo
y empezaba a estarle agradecido a Marthe por su presencia; no
pertenecía a ese tipo de mujeres de las que se puede hacer caso
omiso.
—Tenemos que hablar con usted —me anunció
Bromier—. ¿Quiere usted salir un momento, señor Lenoir?
—¡De ninguna manera! ¡Últimamente están
ocurriendo demasiadas desgracias a demasiadas personas!
—¿Puede usted decirnos dónde se encuentra la
señora Hubert? Quisiéramos hablar con ella acerca de unas
cosillas...
En aquel preciso momento, Jacqueline bajó
las escaleras y entró en el salón. Cornaud y Bromier la saludaron
con toda corrección. Derinque se limitó a emitir un gruñido. Se me
antojaba que la presencia de las dos mujeres me protegía en cierta
manera, y no me apetecía lo más mínimo acompañar afuera a aquellos
caballeros.
—Señor Lenoir —prosiguió Lanneau de
Bromier—, por teléfono ha pronunciado usted palabras ofensivas. Le
pido una explicación ante nuestro amigo Cornaud aquí presente.
Porque es usted quien llamó, ¿no es verdad?
—En efecto, fui yo —respondí—, y no retiro
ni una palabra de lo dicho.
Al fin y al cabo, tal vez no fuera cómplice
el corpulento Cornaud puesto que Bromier se tomaba la molestia de
farolear ante él. Así que la presencia del guripa también
resultaba, en cierto modo, tranquilizadora. Bajo su chaqueta se
apreciaba el bulto que hacía el revólver, y lo más seguro es que
supiese cómo manejarlo. Me hubiera gustado no poco que aquel andoba
estuviera de mi parte en una refriega.
—Pienso dar todas las explicaciones que
puedan ustedes apetecer —añadí—, Pero lo haré ante testigos y sin
amenazas.
—¡Nadie le está amenazando! —protestó el
armador—. ¡Procure usted no enconar más las cosas!
—Señor mío, los tiempos en que se entraba
armado en casa de la gente han quedado ya atrás. No veo por qué
habría que hacer una excepción con los perdonavidas.
Me dirigía a Cornaud que parecía estar
contabilizando los puntos como si fuera un árbitro de boxeo. Le
señalé a Derinque:
—¡No se fíe ni un pelo de este hombre! ¡Ha
sido él quien me dejó fuera de combate!
—¿Qué? —rebuznó el brigada retirado.
—¡No se fíe de él! —repetí—. ¡Es un animal!
¡Ha sido él quien se ha cargado al hijo de Hubert! ¡Y no vacilaría
en disparar a bulto aquí mismo, con tal de salvar el pellejo!
—¿Qué sucede? ¿Qué sucede? —inquiría Marthe,
con expresión ávida.
—¡No puedo permitir que se insulte de esta
manera a mi subordinado! —saltó el pez gordo—. ¡Este lenguaje es
absolutamente inadmisible! ¡Confiese de una vez que es un
saboteador!
En otras circunstancias, Bromier hubiera
resultado risible, pero la coyuntura actual permitía que esta
acusación fuera ahora una llave autorizada para uso particular de
los guripas y de los agentes del orden en general. Ahora comprendía
yo la razón por la cual tanto había insistido Cornaud a priori
acerca de la necesidad de un juramento solemne ante una comisión de
investigación; ahora quedaba por escoger solamente entre el habeas
corpus y la libertad de pensamiento...
—¡Permítame! —interrumpió Cornaud—. Vamos a
intentar no enzarzarnos en una discusión propia de un mitin. Por
ahora, no es la lealtad del señor Lenoir lo que está en tela de
juicio... ¿Dónde está la viuda de Hubert?
Permanecía muy tranquilo, plácido incluso.
Venía a ser como una desaprobación con respecto a la actitud
adoptada por el armador.
—Esos dos quisieran hacerla desaparecer
—expliqué yo—. ¡Y no quiero darles la posibilidad de hacerlo!
—Si esta mujer nos acusa —intervino
Bromier—, ¡quiero poder verla y escucharla!
—¿Para aterrorizarla así, con un revólver
sobre el ombligo? Revólver que, por cierto, ¡ya ha matado a su
hijo!
—¡Saboteador! —gruñó Derinque—. ¡Cabrón...!
¡Ya nos las pagarás...!
No cabía la menor duda de que era a él a
quien había que atacar: al antiguo suboficial empapado en alcohol,
el toro con cerebro de mosquito, al asesino. Tal vez resultase
peligroso, dado que no podía yo prever sus reacciones, ¡pero ese
hombre me inspiraba tanto odio y repulsión!
—¿No te da vergüenza, cerdo asqueroso? ¿Qué
tienes en las venas? ¡Jalea de grosella...! A ver, ¿si te quitan tu
escupefuegos, qué es lo que te queda en el bajo vientre...? ¡Nada!
¡Te lo digo yo...! ¡Mira que cargarte a un muchacho, así, por el
placer de matar! Dime, ¡gorila de mierda! ¿Acostumbras siempre a
mearte de miedo al enfrentarte con un chaval?
Derinque se iba congestionando por momentos.
Por espacio de un segundo creí que se me iba a echar encima...
Luego miró a las mujeres que se hallaban detrás de mí.
—Un chaval con una carabina, es...
—¡Derinque!
Su jefe le estaba llamando al orden, pero ya
era tarde.
—¡Vaya! —exclamó Cornaud—, ¿con que el chico
llevaba una carabina?
—¡No sé! —replicó Derinque.
Bromier le cortó la palabra rápidamente y se
puso a hablar de mi imaginación con una virtuosa indignación
matizada de ironía. El caballero tenía, como suele decirse,
mundología; con la nariz metida en sus propios excrementos, aún
intentaría valerse de todos los recursos propios de su cargo.
Cornaud había adoptado la actitud distante
de un árbitro.
—¿Está la viuda de Hubert aquí? —me
preguntó.
—No.
—¿Podría verla personalmente?
—Personalmente, si. Pero mientras ese gorila
circule por ahí con una pistola colgándole del ombligo, prefiero
que esa mujer quede fuera de su alcance.
El timbre del teléfono empezó a sonar y tuve
el inconmensurable placer de ver sobresaltarse al Estirado. Me fui
a contestar al aparato, temiendo graves complicaciones verbales si
por casualidad Villeneuve deseaba más amplia información sobre el
estado de salud de Grégoire.
Oí la voz de la telefonista:
—En el hotel Fichois, me dicen que el señor
Cornaud está en casa de usted.
—Así es.
—¡Ah, bueno! Le llaman desde París con
urgencia. ¿Querría decirle que se ponga al aparato?
—Es para usted —comuniqué a Cornaud—. Una
llamada de Paris.
—¿Fournier...? Bien, espero.
Se volvió hacia Jacqueline: «¿Me permite?»,
y en seguida tuvo a Fournier al otro extremo de la línea.
—¡Hola, colega! ¡Te escucho!
El armador se había dirigido hacia el salón
para hacer alardes de cortesía ante las damas...
—¡Cuánto lo siento...! Un malentendido...
Simple aclaración... Nunca me hubiera permitido... Cierta
responsabilidad... Gran admiración por el profesor
Duchemin...
Entablaba una conversación mundana con
Marthe, como si todo lo demás no pasara de ser un pequeño detalle
sin importancia.
—¡Vale! —asentía Cornaud al teléfono—.
¡Ya...! ¡Bueno!
Su expresión era impenetrable, con una leve
sonrisa en los labios, estaba como ausente. En cuanto al gorila,
éste parecía un verdadero modelo de discreción. Se había acercado a
los pequeños grabados que colgaban de la pared y parecía estar
contemplándolos con profundo interés.
Cornaud colgó el aparato con toda
tranquilidad y se tomó el tiempo de inclinarse hacia
Jacqueline:
—¡Discúlpeme...!
Reparó en el gorila concentrado en la
contemplación de los grabados. Dio tres pasos hacia él y, en el
preciso momento en que iba a tocarlo, sacó un reluciente revólver
de su bolsillo y hundió el cañón del arma en los riñones del
suboficial.
—¡No te muevas!
Derinque gruñó y esbozó un gesto. Se
encontró súbitamente con la nariz pegada a la pared, y la visera de
su gorra chocó con el cristal que protegía uno de los grabados,
rajándolo.
—¡Manos arriba y nada de trucos!
Derinque alzó las manos. En un abrir y
cerrar de ojos, Cornaud le despojó de la enorme pistolera que le
colgaba sobre la barriga...
Jacqueline se había llevado las manos a la
boca como para mordérselas... Bromier había adoptado una expresión
apenada.
—¡Inspector!
—¡Lo siento mucho! —contestó Cornaud—. Este
asunto está tomando mal cariz para usted también, señor. Haga el
favor de alzar las manos.
—No voy armado —replicó Bromier—. ¡Esto es
inaudito...! Señora Duchemin, la tomo a usted por testigo... ¡Está
usted haciendo una tontería, Cornaud!
—Todo el mundo las hace, señor... ¡Lo siento
mucho! No he sido yo quien ha empezado...
Bromier no parecía estar dispuesto en
absoluto a dejar las cosas en este punto. Dejó a las damas para
acercarse a Cornaud.
—¡Está cometiendo un error! —exclamó—. ¿No
lo comprende?
—Esto, ya lo veremos en el curso de la
investigación —repuso Cornaud.
—¡No habrá ninguna clase de investigación!
Me comprende, ¿verdad? ¡Tengo las espaldas bien cubiertas!
—¡Cuánto lo siento! —insistió el policia—.
El caso es que Fournier se ha desplazado especialmente a París para
comprobar en qué consiste esta alta protección... Aquí, señor, ha
hecho usted un trabajo chapucero. Incluso sin el testimonio de la
viuda Hubert estaría usted perdido. Hace ya doce horas que estoy al
tanto de esto.
—Me limito a acatar órdenes —adujo Bromier—.
No sea usted tonto, inspector. Hay ciertas cosas de las que no está
usted al corriente... ¿Comprende?
Se hablaban con las caras muy juntas,
mirándose de hito en hito, en tono confidencial. Ya no se trataba
de asesinato, de justicia o de vidas humanas, esas cosillas sin
importancia; se trataba de funcionarios contrastando el alcance de
sus respectivos «enchufes», de un conflicto entre secciones, entre
departamentos, entre poderes soberanos.
—No me haga hablar ante terceras personas
—proseguía Bromier—, Le puedo asegurar que quedará usted
desautorizado... ¿Hablo claro?
—¡Clarísimo...! ¡Correré el albur!
—¡Bueno...! Y de mis lámparas, ¿qué?
Era el bueno de Pigeon que acababa de
entrar, hecho un basilisco. Ya hacía demasiado tiempo que le habían
dejado a solas con el supuesto fiambre; ya se estaba cansando. Se
podía adivinar que hacía un buen rato que estaba rumiando su
enfado, como un comicastro al que no se le deja intervenir en una
obra. Se dirigía a mí, a Jacqueline, a Marthe.
—¡Muy agradecido por su colaboración...!
¡No, no está muerto! ¡Todavía no...! ¡Lo siento muchísimo!
—¿Quién es usted? —le preguntó
Cornaud.
La apariencia de éste era lo suficientemente
impresionante como para verse obligado a repetir sus preguntas,
pero el pequeño galeno tenía para sí toda la fuerza de la razón
ofendida.
—¿Y usted?
—Inspector Cornaud, de la Süreté.
Pigeon recogió velas. No porque la policía
le infundiera temor, sino porque le gustaban las situaciones
claras. Se presentó e intuí que iba a meter la pata.
—¿Puede saberse quién no ha muerto todavía?
—inquirió Cornaud.
—Pues... ¡el profesor Duchemin! ¿Quién
quiere usted que sea?
Esta respuesta suscitó un cierto clima de
tensión expectante, o sea, que se hubiera podido oír no el vuelo,
sino los latidos del corazón de una mosca. Tuvimos la impresión que
Cornaud iba a comportarse como el policía que era. Preguntó, en
efecto, si se trataba de un accidente, luego nos miró a todos, uno
tras otro.
—¿Dónde está? ¿Se le puede ver?
—Se encuentra en la habitación del pabellón
—adelantó Marthe—. Estaba yo precisamente a punto de comunicárselo.
Un penoso incidente, señor Cornaud. Grégoire ha sido victima de
unos malhechores...
—¡Vaya! —exclamó el guripa.
Miró a los otros dos como si estuviese
buscando la solución de un jeroglífico.
—¡Tengo que permanecer aquí! —explicó a
Pigeon—. Doctor, cuénteme cuanto sepa acerca del asunto.
¡Buena la había hecho Pigeon! Cornaud había
olfateado algo. Se veía en sus ojos el destello triunfal del
cazador que ha conseguido un doblete. Se podía percibir un regocijo
interior; destilaba fósforo por todos los poros de su cuerpo; una
vez que le había hincado el diente a su presa, pocas esperanzas
quedaban de que la soltase.
Bromier parecía prestar también interés al
entremés, deshaciéndose en elaboradas demostraciones de condolencia
ante Marthe y Jacqueline.
—¿Entonces? —me preguntaba Cornaud—. ¿Lo ha
encontrado usted en el camino de los pescadores? ¿Podría indicarme
el lugar exacto...? ¿Estaba solo en el momento en que lo
encontró...? ¡Bueno, bueno...! ¿Y usted sólito lo trajo hasta
aquí...? ¡Perfecto...!
Le hubiera bastado con salir al jardín con
una linterna para hacerse una opinión de la situación, y no eran
las ganas lo que le faltaban, pero, por otra parte, no quería
perder de vista ni a Derinque ni al armador.
Finalmente, se dirigió hacia el teléfono y
pidió que le pusiesen con Fumet.
—¡Preséntese cuanto antes en casa de Lenoir!
¡Que le acompañen dos o tres hombres...! Sí, e inmediatamente...
¡Le espero!
No cabía en sí de gozo, se había hecho dueño
de la situación. Mandó callar enérgicamente a Marthe que intentaba
despistar coqueteando con él. Cobraba la prestancia de un arcángel
justiciero, un arcángel bigotudo, ahora con un calibre en cada
bolsillo. Intentaba organizar su tarea.
—Señor Bromier, ¿acepta usted darme su
palabra de honor de que no intentará huir?
—¡No tengo por qué huir! —replicó el
Estirado—. Está usted cometiendo un craso error.
—Ya lo veremos —contestó Cornaud, metiéndose
la mano en el bolsillo—. En cuanto al guarda, no le voy a pedir que
me dé su palabra ¡porque se va a venir conmigo!
—¿Qué hago? —gruñó Derinque, dirigiéndose a
su jefe.
Este aconsejó que hiciera lo que se le
indicaba.
Pigeon empezaba a comprender ahora que los
dos hombres se hallaban en una situación singular. Vi llegar el
momento en que iba a preguntar a Cornaud si eran ellos los
malhechores que habían agredido a Grégoire... Se limitó a poner
cara de asombro y a seguir al policía al jardín tal como éste se lo
había rogado.
Derinque tenía todo el aspecto de un buey
manso y plácido. Atendiendo a una señal del inspector que seguía
con la mano en el bolsillo, salió el primero de la casa.
Fue casi un alivio verles abandonar la
estancia a ambos. Quedaba Bromier. Este tenía reaños; quizá
estuviese sudando de angustia por dentro, pero su aspecto era de lo
más sosegado. Ya estaba preparando una sonrisa mundana para
brindársela a Marthe, cuando, de pronto, sonaron fuera dos
disparos.
Nadie se movió de su sitio. Se oyeron dos o
tres exclamaciones de Cornaud y comprendimos que Derinque había
aprovechado la oscuridad para darse el piro.