10

Al llegar cerca de mi casa, quedé sorprendido al ver luz en todas las ventanas. Las de las habitaciones del primer piso estaban abiertas de par en par, y se podía ver luz también a través de la vidriera de la escalera, así como por los resquicios de los postigos de la planta baja.
El jardín había quedado literalmente inundado y no había dado tiempo a que el agua se evacuase, ni siquiera en el sendero.
La puerta de entrada seguía cerrada a cal y canto, pero veía la luz del recibidor a través del montante. Abrí y me encontré a la pequeña Monique hecha un mar de lágrimas, sentada en un escalón de la escalera.
En cuanto me vio, corrió hacia mí y se echó en mis brazos.
—¿Qué ocurre, pequeñita mía? ¿Dónde está tu mamá?
Había debido suceder algo grave. Monique iba vestida como para salir. Llevaba puestos los zapatitos y el abriguito de lana que le ponían para viajar.
Vi la gran maleta de piel amarilla en el recibidor. Todo daba a entender una marcha inminente. La nena me miraba con cierto desconcierto:
—Mamá dice que mi verdadero papá ha vuelto... ¿Tú no eres mi verdadero papá?
Me dejó de una pieza, y sentí un escalofrío recorrerme el espinazo.
—¡Qué estás contando...! ¿Dónde está tu mamá?
—Arriba, haciendo la maleta.
—¿Qué bobada es ésta...? ¿Ha estado aquí algún señor?
—En la casa, no —contestó la niña—. Pero está en el jardín. Ha llamado dos veces a mamá. Lo he oído.
Un estremecimiento parecido al orgasmo me sacudió de pies a cabeza. Monique era una niña nada nerviosa. No era impresionable, ni propensa a las alucinaciones. Así pues, yo debía considerar lo que me acababa de decir como un hecho real.
Le acaricié la cabeza con un gesto vagamente tranquilizador y subí la escalera todo lo de prisa que me lo permitió mi herida.
Hallé a Jacqueline en el dormitorio, sacando ropa del armario. No parecía especialmente sobreexcitada, más bien estaba taciturna y, al verme, no manifestó emoción alguna.
—¡Jacqueline! ¿Qué está ocurriendo aquí? ¿Qué le has dicho a Monique?
—¡Arthur está en el jardín! —me comunicó ella—. ¡Ha venido a buscarnos!
¿Se habría vuelto loca?
Le cogí las dos manos lo más suavemente posible y la obligué a sentarse sobre la cama. Vi cómo dos lagrimones se deslizaban por sus mejillas. Parecía agobiada por el peso de la fatalidad, como si algo «real» hubiese ocurrido.
Pasé a la habitación contigua. La luz estaba encendida, pero el pequeño dormía como un bendito. Cerré la puerta por haberse producido una fuerte corriente de aire y volví junto a Jacqueline.
—¡Todo esto es una estupidez, Jacqueline! ¡Razona un poco, por favor! Le dieron por desaparecido hace más de seis años. Es imposible que...
—¡Le he visto! —replicó ella.
Como siempre, su rostro reflejaba dulzura, y me lo estaba diciendo con mucha serenidad, como si se tratase de una verdad irrefutable.
—¿Dónde has creído verle?
—En el jardín, a la luz de los relámpagos.
—¡Pero qué dices! ¡Vamos, vamos...!
—¡Que sí, André...! Después, llamó a la puerta y oí como pronunciaba mi nombre dos veces...
—Estás agotada. Habrás tenido alucinaciones...
Ella esbozó una sonrisa, y dijo con tristeza:
—No estoy loca, André... Esto tenía que acabar así. Viene a buscarnos...
Fui hasta la ventana abierta, para respirar un poco de aire fresco. Ya no podía con mi alma. Me estaban ocurriendo demasiadas cosas a la vez y estaba a punto de tirar la toalla.
—¿Cómo has podido ver algo con esta oscuridad?
—Debido al resplandor de los relámpagos —insistió ella—. Tenía los dos brazos levantados, tapándose la cara como para protegerse...
—¿Dónde estaba exactamente?
Jacqueline se levantó de la cama y vino hacia mí.
—Primero en el vergel... Luego, vino a llamar a la puerta, dijo dos veces mi nombre... No he querido abrirle. Entonces se fue al pabellón, encendió la luz de «su» habitación, le vi en el umbral de la puerta... y de repente se fue la luz...
En efecto, había habido un apagón, como en la tasca de Meunier. Ahora, la luz había vuelto... Intenté mirar en dirección al pabellón para comprobar si podía distinguir algo, pero la luz de la habitación me molestaba. Fui a apagarla y regresé a la ventana.
Entonces fue cuando vi muy distintamente un hilo de luz filtrándose a través de la persiana de la «habitación de Arthur»... ¡Allí había alguien!
Mi primera sensación fue de total desconcierto. Empecé a dudar de todo y ya no supe con exactitud en qué planeta me encontraba... Al fin y al cabo, los hechos hechos son. No me había quitado el impermeable aún y palpé el revólver que se hallaba en mi bolsillo, el cual por cierto estaba lleno de agua.
Tenía dos soluciones: dejarme embargar por el más despreciable canguelo, o bien actuar. Y, si pensaba actuar, debía ser ahora mismo, sin pérdida de tiempo y sin pararme a pensar demasiado.
—¡Espérame! —dije a Jacqueline, tratando de que mi voz sonase lo más naturalmente posible.
Volví a encender la luz del dormitorio y le aconsejé que se echara un rato en la cama.
En la escalera, me volví a encontrar a la pequeña Monique con sus enormes ojos llenos de interrogantes.
—Ves con mamá —le indiqué—. ¡Te necesita!
La niñita me miraba con una expresión nueva en los ojos. ¿Yo era o no era su verdadero papá...? Más adelante, ya tendríamos tiempo de zanjar esta cuestión.
La oscuridad de la noche me envolvió y tuve que bajar la escalinata tanteando la barandilla con la punta de los dedos. No me llegaba la camisa al cuerpo. Y actuaba con tanta más decisión cuanto más temía que los nervios me jugasen una mala pasada... He sido testigo de este tipo de situación durante la guerra, tíos presa del terror, que de pronto se vienen abajo y se ponen a aullar como perros: ¡es un espectáculo lamentable!
Con la mano en el bolsillo del impermeable, crispada en fa culata de mi revólver probablemente inservible, caminé rápidamente, sin tomarme la molestia de disimular los «plafs» que sonaban a cada uno de mis pasos.
Al llegar ante la puerta de la «habitación de Arthur» pude ver nuevamente el hilo de luz que se filtraba por debajo. Por un instante, estuve a punto de llamar, pero sentí que si empezaba a tener remilgos de buena educación, estaba perdido. Hice girar el pomo y di un patadón a la puerta que se abrió de par en par y fue a golpear la cómoda con estrépito.
Grégoire, apestando a podredumbre y más pálido que una sábana, se hallaba desplomado en el sillón. Abrió trabajosamente los ojos y los volvió a cerrar en el acto... Durante un momento me pregunté si, de haber podido escoger entre un aparecido u otro, no hubiese preferido a Arthur...
Así y todo, experimenté una sensación de alivio porque por lo menos me enfrentaba con algo real. Nunca he creído en los fantasmas; soy del parecer que los vivos ya son lo suficientemente cabreantes de por sí. Si Grégoire se hallaba ante mí en este momento, no se debía en absoluto a un fenómeno sobrenatural... ¿Cómo habría conseguido salir de su agujero? Era más bien de esta forma cómo había que enfocar las cosas.
Apestaba que echaba para atrás.
Verdaderamente, apestaba: era horrible. Hedía a muerto, pero estaba vivo. Abrió de nuevo los ojos trabajosamente y mi primera impresión fue que uno de ellos estaba cubierto de gusanos, pero no era más que humus pegado a los párpados.
No sabía exactamente si me embargaba la compasión o la repugnancia. Intentaba sobre todo adelantarme a los posibles acontecimientos... Si le dejaba así, sin atenderle, lo más probable era que Grégoire la espichase antes del amanecer. En cierto sentido, era tal vez lo que más me convenía; pero, desgraciadamente, hay cosas que uno no puede hacer cuando se encuentra cara a cara con su propia conciencia.
Lo primero que hice fue acercarme a él y propinarle un cachete al estilo de los médicos para intentar hacerle salir de su postración. Además, todo hay que decirlo, aquel hombrón me inspiraba pánico. Incluso con un pie en el otro barrio, tenía un impresionante corpachón con un corazón a prueba de bomba que seguía latiendo bajo la chaqueta medio podrida y empapada de un fango pestilente. Por algo sería que los Duchemin habían podido alcanzar las más altas cimas de la sociedad; debían poseer todos ellos una enorme vitalidad y un poder de recuperación de protozoos: los extremos se tocan...
Grégoire babeaba. No era sangre, sino una baba viscosa e incolora como aquella de la que se cubre la babosa herida de muerte.
A aquel hombre no le podía yo tragar, pero tampoco podía dejar que se muriese como un perro ahí solo, ahora que sabía que estaba vivo. Un quintal de carne sin vida no me tocaba la fibra sensible; pero dejar que estirara la pata un hombre, esto ya era harina de otro costal.
—¡Eh! Dígame algo...
Sus ojos clavados en mí estaban vacíos de toda expresión. Idéntica baba a la que salía de su boca parecía gotear de su pelo enmarañado, y tal vez aquella pestilencia que se desprendía de él no fuera más que la de ese viscoso e inmundo sudor.
Por sus rodillas despellejadas, sus codos lastimados, sus pantalones enfangados, sus manos pegajosas, su rostro cubierto de porquería, podía darme cuenta con cuánto afán había luchado para sobrevivir.
Quizá la fosa no fuera tan profunda como lo había creído yo... Quizá se había producido algún desprendimiento de tierra que le había permitido trepar por la pared hasta poder salir... Quizá no había caído hasta el fondo... Pero todo esto ya carecía ahora de importancia... ¡El hecho era que por las venas de aquel hombre aún circulaba la sangre!
¿Qué podía hacer yo para ayudarle? Nada. No era ni médico ni enfermero. Lo único que podía hacer era avisar a la gente en general y a Pigeon en particular.
—Haría mejor en irse a la cama —le sugerí.
No hubo reacción alguna y tuve la sensación de hablar con una lápida sepulcral. Miré si quedaba algo de beber en la jarra de loza y luego le dije que esperara.
Al salir, vi a Jacqueline asomada a la ventana del dormitorio. En vez de dar la vuelta a la casa para subir por la escalinata, fui a situarme bajo su ventana.
—¿Dónde está Monique? —inquirí a media voz.
—Está aquí. ¿Quién pide por ella?
—Nadie. ¡Métela en la cama inmediatamente y baja!
Jacqueline se inclinó un poco más.
—¿Quién es, André?
—¡Haz lo que te he dicho!
Mi mano seguía crispada en el revólver dentro del bolsillo lleno de agua del impermeable. Subí lentamente los peldaños de la escalinata y me lo quité en el recibidor. El agua se desparramó en el suelo al propio tiempo que caía el arma.
Jacqueline asomó la cabeza por el descansillo del primer piso.
—¿Quién es, André?
—¡Tu hermano!
Llamé a la centralita y pedí que me pusieran con Pigeon mientras Jacqueline bajaba lentamente la escalera.
—¿Está solo? —me preguntó ella.
—¡Pues claro!
Parecía incrédula y se acercó a mí hasta tocarme.
—¿Ha podido salir por sí solo?
Me sentía demasiado agotado como para mostrarme amable y la envié a freír espárragos sin contemplaciones. Me pusieron con Pigeon casi inmediatamente. Fue cordial como siempre.
—¿Cómo se encuentra usted? ¿Ninguna complicación, espero...? ¡Vaya tormenta lo que ha caído!
—Doctor —le interrumpí—, ¿podría usted venir a casa lo antes posible con morfina, solución de alcanfor y todo lo necesario para un hombre que está en coma...?
—¿Algún accidente?
—Cuando menos, una bala en el pecho.
—¡Voy en seguida! —respondió—. ¿Muy profunda, la bala?
—Ni idea. Hace veinticuatro horas que le creíamos muerto, ¡y he aquí que sale de la tumba!
—¿Quién es?
—Doctor —repuse—, creo que tendremos que recurrir al secreto profesional. Le espera una sorpresa.
—Estaré ahí dentro de diez minutos —contestó él escuetamente—. ¡No haga nada mientras tanto!
Colgué el aparato. Jacqueline me estaba mirando con una expresión que no le conocía, una expresión estúpida. Se me antojaba lejana, como una mujer que estuviese emergiendo de un sueño.
No hacía ni proponía nada, parecía enteramente que la realidad había dejado de interesarle.
—Está muy enfermo, muy sucio —le expliqué yo—. Puedes evitarte el mal rato de verle así.
Asintió con la cabeza, pero casi inmediatamente, añadió:
—¡Voy contigo!
Cogí una esponja de baño y un jarro de agua.
En el preciso momento en que salía de la cocina, vi a Monique en la escalera, observándonos.
—¡Quieres hacer el favor de regresar a tu habitación y meterte en la cama!
—Papá, ¿quién está en el cuarto del pabellón? —preguntó la niña.
Dejé a Jacqueline arreglárselas con su hija y volví a la «habitación de Arthur». Grégoire no se había movido para nada de su sillón, pero ahora emitía un sonido, un sonido extraño que ponía los pelos de punta. Era como un carraspeo, un rechinamiento de fuelle agujereado, apenas perceptible en el silencio de la habitación. Pero cuando se veía la mirada tensa del hombre, su rostro crispado y su expresión de espanto, caía uno en la cuenta de que estaba intentando gritar.
Si no me hubiese sentido tan reventado, creo que me hubiera marchado de ahí. Una vez más, me metí en el fregado sin pararme a reflexionar o a dejar aflorar mis sentimientos. Metí la esponja en la jarra, la empapé bien de agua y empecé a lavarle la cara a Grégoire como quien limpia un cristal.