Alexa

Me lleva un buen rato restablecer mi conexión con el mundo del pasado, pero esta vez me siento más confiada, sabiendo mejor lo que esperar de esas extrañas sensaciones. Mientras floto sobre la tierra, intentando reconocer lo que me rodea, una repentina sensación de alivio recorre mi ser cuando por fin comprendo dónde debo estar y dejo que la visión me transporte una vez más.

* * *

Los soldados se han llevado a Caitlin a una gran ciudad donde aguarda su destino: si va a ser o no declarada bruja después de que su madre fuera quemada en la hoguera. Ella nunca imaginó que existiera semejante mundo fuera de su pequeño pueblo.

Sola y con el corazón destrozado, aún sigue abrumada por la pena cuando es llevada ante el obispo, que está vestido con ropas tan ricamente adornadas como jamás imaginó que pudieran existir. Este declara que ahora que ha sido separada del demonio, su cabello tiene que ser rapado y deberá cumplir su penitencia sirviendo como esclava de Dios. Mientras no muestre signos de brujería, su vida será perdonada; de lo contrario, deberá morir para garantizar su salvación.

Se la llevan de allí y la encierran entre los muros de un monasterio donde le dicen que deberá permanecer el resto de sus días. Colocada como criada al servicio de la Iglesia, debe realizar la limpieza, la colada, ayudar en la preparación de las comidas y servir a los monjes. No le está permitido hablar, solo escuchar. No le está permitido mirar a los ojos de aquellos a los que sirva, no sea que su potencial brujería pueda hechizar a otros. Su solitaria vida continúa sin compasión ni amor, mientras su corazón no deja de latir entristecido por la pérdida de su madre. Con el tiempo, su cabello vuelve a crecer, aunque debe mantenerlo recogido en una pulcra trenza y llevarlo oculto bajo la toca.

Una noche, estando ya acostada, exhausta tras sus múltiples tareas diarias, una visión inunda su mente al recordar a su madre bailando en el claro: sus piernas separadas mientras estaba tendida sobre la superficie de la losa, permitiendo que la gente del pueblo besara sus partes más íntimas. Recuerda su admiración hacia ella y trata de reconciliar esto con las enseñanzas de la Iglesia en la que ahora se halla confinada.

Una lágrima resbala de su ojo en memoria de la pérdida de su querida madre, como le sucede la mayoría de las noches. Pero hoy, sin embargo, por primera vez, deja que sus manos tanteen esa parte privada entre sus piernas. Sus dedos se sumergen tímidamente en las profundas capas de carne y siente cómo la abertura se humedece en respuesta a su tacto. Esa sensación la calma, conectándola con la intimidad de su ser, mucho más que cualquier cosa que haya experimentado desde que se la llevaron. Mientras sus dedos continúan acariciando y explorando, descubre un punto secreto de placer y suelta un fuerte gemido ante la potente sensación.

Esas sensaciones aplacan temporalmente el inagotable dolor y crueldad que ha presenciado y experimentado en el pasado reciente y, durante un breve momento, deja que su mente se libere mientras un frágil grito escapa de sus labios y se filtra a través de la puerta de su dormitorio.

Minutos después de que esto suceda, una figura corre hacia ella, encaramándose sobre su cama en la oscuridad y agarrándola de las manos. Caitlin grita de dolor cuando agarran violentamente sus muñecas, la evidencia de su grave pecado revelándose en el resbaladizo líquido que empapa la punta de sus dedos.

—Desgraciada y endemoniada criatura… Después de todo lo que hemos hecho por ti…

Sus brazos, estirados y atados por encima de su cabeza, son enganchados a una argolla en la pared. Luego le introducen un trapo en la boca, asegurándolo con una tira de paño atada alrededor de su cabeza para amortiguar sus gritos y que no moleste a los otros siervos.

Se pasa el resto de la noche atada y temblorosa, incapaz de dormir debido al miedo por lo que pueda sucederle por la mañana, y sin saber exactamente qué es lo que ha hecho mal.

Horas más tarde, Caitlin se revuelve para ver lo que está sucediendo cuando escucha al viejo prior hablando con alguien delante de la puerta.

—Ya no puede permanecer aquí. Está sucia a los ojos de Dios, por no mencionar que su madre fue declarada bruja. La situación se ha vuelto intolerable. Cualquier posible faena que pudiéramos asignarla ha quedado fuera de toda cuestión. Sus pecados son una abominación.

Se estira para ver con quién está hablando el viejo sacerdote y reconoce a un hombre bien vestido, al que ha servido en numerosas ocasiones cuando comía con los sacerdotes.

—¿Qué va a ser de ella, Padre? —La voz del hombre es ronca, pero su tono parece educado. No es joven ni tampoco viejo aunque siempre va impecablemente arreglado.

—Podríamos probar la tortura para arrancar los demonios de su cuerpo y si se arrepiente ante Dios, quizá pueda someterse a algún tipo de purificación. Ya ha funcionado con algunos aunque puede llevar años. Mi temor es que el potro no le haga ningún bien ya que, ahora que se ha aliado con el diablo, no habrá forma de parar sus intentos de seducir a otros con su brujería. —Hace una pausa, los nervios de Caitlin permanecen en alerta—. No veo más opción que la rueda. Así sabremos de una vez por todas si es una bruja o no. O bien el Altísimo se apiada de ella y le concede la salvación a las puertas del cielo o bien descenderá a las profundidades del infierno a donde, probablemente, pertenece.

Al oír esas palabras, Caitlin grita en su mordaza y agita furiosamente su cuerpo haciendo que su camisón se levante hasta sus muslos. Ha aprendido, por el tiempo que lleva allí, que casi nadie sobrevive a la rueda y, menos aún, una joven declarada bruja. Sabe que después de unas cuantas vueltas en ese monstruoso artilugio, todo el mundo se ahoga, especialmente porque suele atascarse y la persona atada a ella permanece atrapada bajo el agua.

—Deberá enfrentarse a la muerte y presentarse ante Dios, al igual que las llamas se llevaron a su madre. No hay nada que podamos hacer para ayudarla.

El hombre bien vestido entra en la pequeña habitación y se acerca para inspeccionar a Caitlin con detalle, mientras ella se retuerce en la cama con el miedo reflejado en los ojos. Aprovechando que el sacerdote permanece distraído junto a la puerta, ajustándose el hábito, posa las manos sobre sus muslos bajo el pretexto de bajarle el camisón para asegurar su decencia. La joven se retuerce bajo su tacto, incapaz de alertar al sacerdote ni evitar que los firmes dedos del hombre presionen la suave carne del interior de su muslo mientras observa cómo él admira su sinuoso cuerpo y sus firmes pechos. Sus ojos empañados de lujuria se resisten a mirarla directamente. Ella intenta protestar, pero sus gritos, sofocados por la mordaza, apenas resuenan en sus oídos, y mucho menos en los de los otros.

—¿No querría considerar otro destino para esta pecadora, Padre?

—Depende de lo que tenga en mente. Es un peligro para la sociedad y para sí misma, sus necesidades han demostrado ser incontrolables. La sorprendí en pleno acto prohibido, y de ahí sus ataduras. No se la puede dejar sola, ya que sus dedos continuarán su búsqueda del demonio.

—Ya veo.

El hombre, sin mirarla nunca directamente, se asegura de que la mordaza de Caitlin esté bien prieta antes de deslizar sus dedos por su escote y deliberadamente posarlos sobre sus pechos. Una leve sonrisa tuerce sus labios mientras el cuerpo de Caitlin se paraliza de miedo, sus pezones respondiendo incontrolables a su tacto.

—Necesitará estar atada todo el tiempo, solo así podrá tener alguna esperanza de salvación. Dado su linaje, ya sabemos que no sirve para ser desposada y reproducir.

Apartando de mala gana las manos de su cuerpo, el hombre continúa su discurso.

—¿Permitiría que resolviera este dilema por usted con la condición de mantenerla encadenada, encerrada y lejos de todo contacto humano?

El sacerdote medita la proposición durante un momento; ciertamente eso le ahorraría un montón de papeleo. Últimamente las autoridades eclesiásticas no son demasiado partidarias de quemar a las condenadas sin que se celebre previamente un juicio. Además, a su edad ya no se siente con fuerzas para enfrentarse a otra joven y vil criatura que grite sin cesar, suplicando su perdón al ser torturada. Algo que, por supuesto, siempre llega demasiado tarde, cuando el demonio ya ha poseído sus almas. Por no hablar de que sus chillidos desesperados siempre le producen un terrible dolor de cabeza. Los hombres intercambian una significativa mirada que parece indicar que el destino de la joven estaría potencialmente acordado. Caitlin, desesperada por escuchar lo que los hombres están diciendo, permanece en silencio e inmóvil, sus ojos muy abiertos en señal de alarma.

—Es necesario que sea marcada para siempre y así, cuando alguien se cruce en su camino, se la pueda identificar como impura.

—Creo que puede arreglarse, Padre, aunque en mi opinión cuantas menos personas entren en contacto con ella, mejor —responde, volviendo a echar una última y curiosa mirada hacia Caitlin, recostada impotente en la cama—. Tal vez una ofrenda adicional para la restauración del altar mayor de la iglesia de cara a la Pascua pueda ayudar a aligerar sus pecados.

El prior lleva muchos años deseando restaurar el altar, pero los fondos siempre han tenido que usarse para cubrir otras necesidades, sin embargo la Pascua constituye el evento más sagrado del calendario de la Iglesia.

—Esa es una magnífica idea. Creo sinceramente que podemos llegar a un arreglo muy conveniente. Dios le bendiga por su amabilidad y generosidad con la Iglesia. Solo pido al Señor que reconozca su bondad a las puertas del cielo.

Los hombres conversan tranquilamente mientras un escalofrío desciende por el cuerpo de Caitlin, que comienza a temblar de pies a cabeza.

—Una cosa más —añade el sacerdote mientras se dan la vuelta para marcharse—. No debe mirarla nunca a los ojos, le atraparán con su maldad. Ya ha pasado con anterioridad.

—Gracias por el consejo, Padre, lo tendré en cuenta. —Recoge un saco de arpillera del suelo como si quisiera demostrar al sacerdote la seriedad con que se toma sus palabras, y cubre completamente la cara amordazada de Caitlin antes de salir de la habitación—. Enviaré a mis hombres a recogerla a última hora de la mañana.

Cierran la puerta tras ellos dejando a Caitlin temblando de miedo por su desconocido futuro en lugar de por miedo a la muerte.

* * *

Caitlin no tiene ni idea de dónde está. Ha llegado a su nuevo destino de la misma forma que dejó el monasterio. Las únicas palabras que ha escuchado durante el trayecto han sido para explicarle las dos reglas que regirán su vida a partir de ahora: dirigirse siempre a su nuevo señor como «amo» cada vez que hable con ella y mirar a la pared con los ojos cerrados cuando alguien entre en la habitación.

Sus manos permanecen atadas por delante de su cuerpo y no es hasta que escucha la puerta cerrarse tras los hombres que han ido a buscarla al monasterio, cuando se atreve a retirar el saco que cubre su rostro, además del pañuelo metido dentro de su boca seca.

Hambrienta y con una sed terrible, suspira de alivio al advertir un poco de agua y pan sobre el banco, lanzándose sobre ambos con desesperación. ¿Qué será de ella ahora?

Sus ojos recorren lentamente la oscura habitación; no hay ventanas y parece estar en una especie de sótano de piedra. Pegada al muro, distingue una escalera de madera, conectada con una puerta horizontal que da la impresión de formar parte del piso superior. No hay tirador ni forma de escapar. Se acurruca desesperada en el frío rincón de la habitación, preguntándose cómo su vida ha podido pasar, en tan breve espacio de tiempo, de tener tanta luz junto a su madre a esta desoladora oscuridad.

Alguien entra en la celda y Caitlin se encoge en su rincón cubriéndose la cara con las manos, no sabiendo lo que esperar. Entonces escucha la voz de su nuevo amo al mismo tiempo que siente cómo su firme mano la agarra por detrás del cuello y la levanta hasta ponerla en pie de cara a la pared. Antes de darle la vuelta, una suave capucha negra es deslizada sobre su cabeza. El temor a lo desconocido recorre su cuerpo al tiempo que detecta un olor a hierro candente inundando la celda. Mientras es sujetada por su amo, siente cómo una tosca mano agarra cada uno de sus tobillos, y trata de escuchar la conversación mantenida entre los dos hombres.

—Ni la Iglesia ni Dios me perdonarían que escapara —explica el amo—. Alguien tan peligroso como ella, nada menos que la hija de una bruja, intentará sin duda practicar su magia.

Caitlin percibe cómo la habitación se ha ido caldeando, antes de que le ajusten un pesado hierro alrededor de sus extremidades. Ha advertido que ante la mención de la palabra bruja, el herrero ha ceñido aún más los grilletes alrededor de su carne, mientras el nuevo amo continúa charlando.

—Sus muñecas y tobillos estarán atados para siempre y encadenados a estos muros para que se arrepienta de su malvada vida. —Su mensaje es claro y conciso, como si quisiera confirmar al herrero la seriedad con que se ha tomado las palabras del sacerdote. Los movimientos de Caitlin quedan severamente restringidos cuando estos hombres, temerosos de Dios, añaden a los grilletes unas pesadas cadenas. Su cuerpo permanece flácido y alicaído mientras se pregunta cómo su vida se ha convertido en esta miserable existencia.

En vista de los comentarios implícitos del amo, Caitlin ha deducido que tiene en muy alta estima la posición que ocupa en la comunidad eclesiástica y que hará cualquier cosa para que eso continúe. Entonces oye cómo despide al herrero y se vuelve hacia ella. Luego pasa las manos a lo largo de las curvas de su cuerpo, engancha al muro sus esposadas muñecas y le susurra al oído:

—Comprendes que tu vida ahora me pertenece, ¿no es así, mi cachorrillo? —Petrificada ante su proximidad, se siente incapaz de responder—. Responde —dice con voz queda y autoritaria mientras sus dedos acarician y masajean suavemente su cuello y sus hombros. Caitlin nunca ha estado tan cerca de un hombre y, mucho menos, ha sido tocada de la forma en que él lo está haciendo. La mente le da vueltas al tiempo que su penetrante olor a humedad y sudor inunda sus sentidos.

Vacilante, hace un gesto de asentimiento, no queriendo decir algo inapropiado.

—Habla y contéstame sabiendo quién soy yo para ti. —Ella no puede evitar soltar un grito que recorre la celda cuando siente que sus dientes mordisquean con fuerza la base de su cuello. Caitlin trata rápidamente de descifrar el significado de sus palabras antes de responder.

—Sí. —Hace una pausa antes de añadir—: Amo.

—Bien, cachorrillo. Aprendes rápido.

Sus caricias regresan a su cuerpo ahora disponible mientras permanece colgada. Un jadeo involuntario escapa de su boca cuando él desabrocha su blusa y libera primero un pecho y luego otro. Puede sentir el bulto de sus pantalones contra ella, pero no entiende por qué se está endureciendo.

—Mi labor es despojarte de tu brujería, lo que no te quepa duda que voy a conseguir. Y la tuya es aceptar tu destino y tu nueva vida. Desde este instante tú y tu cuerpo sois de mi propiedad hasta que mueras. ¿Entiendes lo que eso significa?

Siente su aliento sobre su nuca antes de que le dé la vuelta, sus brazos aún encadenados sobre su cabeza y sujetos al muro. Culpa, vergüenza y humillación recorren su cuerpo mientras gime de placer ante el masaje de sus pechos. No es capaz de reconciliar esas salvajes sensaciones que la recorren y siente que sus manos rompen a sudar. Cuando su cuerpo responde a esas sensaciones hasta entonces prohibidas, cree perder toda sensación de coherencia. Él pellizca y retuerce sus pezones, provocándole un agudo y penetrante espasmo que, inmediatamente, hace que se tense su bajo vientre. Su cuerpo empujando involuntariamente contra la pared mientras jadea ante la dolorosa conmoción.

—Solo te lo preguntaré una vez más. ¿Entiendes lo que eso significa?

Caitlin no entiende en absoluto lo que aquello significa: la intensidad de las sensaciones que recorren su cuerpo ante su proximidad, la brusquedad con que toca sus partes privadas y el miedo, crispando sus nervios. Sus dedos continúan retorciendo su pezón mientras los dientes se apropian del otro. Las únicas palabras que necesita decir de ahora en adelante se escapan inmediatamente de sus labios.

—Sí, amo —grita a través de su capucha. Tan pronto como pronuncia esas palabras nota cómo la tortura de sus pezones es sustituida por una lenta y larga succión de cada pecho. Se siente profundamente avergonzada por su excitación y la respuesta de su cuerpo, como si una llama hubiese prendido en su vientre, y un estridente gemido escapa de sus labios, resonando en los confines de la celda.

—Muy bien, cachorrillo, me alegro mucho de que hayamos llegado a este entendimiento. —La hace girar poniéndola de cara al muro y siente una aguda punzada cuando la mano de él cae dura y rauda sobre sus nalgas antes de darse la vuelta y marcharse.

Caitlin se queda sola en la celda con nada más que pensar que sus confusos y encontrados sentimientos. Aunque teme al nuevo amo y nunca sabe si le proporcionará placer o dolor, también teme su soledad cuando se marcha. Algunas veces se pregunta si no sería mejor la muerte a tener que vivir durante el resto de su vida en esta lóbrega celda de piedra, sin volver a ver jamás a otro ser humano. Cada vez que alguien entra en la celda, el miedo se apodera de ella, sin saber nunca qué esperar, pero intuyendo que quienquiera que sea, gracias a las advertencias de su amo, creerá que ella es la encarnación del diablo.

El amo le ha ordenado que vuelva la cara hacia un lado, con los ojos cerrados, cada vez que escuche a alguien entrar en la habitación y, de ese modo, su capucha pueda ocultarle totalmente la cara. La única vez que dejó de obedecer esa orden, fue azotada hasta que perdió el conocimiento y durante un tiempo no recibió comida; su único alimento fue ingerir el agua que le dejaban en un cubo en un rincón. Caitlin ha comprendido, desde entonces, que cualquier aspecto de su limitada vida está en manos del amo y no ha vuelto a cometer el mismo error, aprendiendo a seguir sus órdenes e instrucciones con gran meticulosidad.

Sus gritos y sollozos no parecen incomodar a la gente que entra y sale, que nunca la han mandado callar, aunque sabe que sus ruegos caen en oídos sordos. La oscuridad es su nueva realidad y empieza a perder cualquier esperanza de otro destino. Día a día su cuerpo se hace de él y su espíritu se debilita.

* * *

Caitlin ya no se resiste cuando sus muñecas son fijadas en un ángulo por encima de su cabeza y sus tobillos anclados de forma similar en el muro. En cualquier caso, no le queda otra opción dado el peso de sus cadenas. Su camisón de algodón es cuidadosamente desabrochado, dejándola completamente desnuda y con sus partes bajas expuestas, mientras su cuerpo es separado y colocado en forma de aspa, con solo su cara cubierta por la capucha; como de costumbre, no se le permite presenciar con sus propios ojos los actos que se llevan a cabo en la habitación.

—Hoy es el día en que vas a ser marcada, mi cachorrillo, y estoy ansioso por ver los resultados. Puede que el diablo que habita en ti incluso disfrute. Pronto lo veremos.

Caitlin no tiene idea de lo que eso significa y sus sentidos inmediatamente se ponen en alerta. Aspira el amargo hedor del sótano a través de la capucha, así como el extraño y astringente olor del alcohol, segundos antes de sentir el escozor en las marcas causadas por los azotes y gritar a través de la tela con cada toque.

—Calma, cachorrillo, hoy no habrá látigo. Este joven ha venido para atender tu salud a partir de ahora. —Las grandes manos de su amo cubren ambos lados de su cara mientras las heridas son atendidas.

—No te muevas, ya casi hemos terminado. —Caitlin se sorprende al escuchar cierta ternura en la voz del joven, pero ya no se fía de nadie, especialmente de las voces masculinas que hablan con ella cuando está a ciegas, atada y desnuda, a su merced. En su mente, este hombre no es ninguna excepción. Solo sabe que el doloroso escozor que le ha causado ha sido casi tan malo como los latigazos. Su cuerpo se prepara para lo que está por venir.

Siente cómo él vacila con cada toque, notando que, al igual que los otros, ha sido advertido de su brujería, como si tratara de distanciarse de su destino de mujer condenada.

Unas manos sensibles acarician su pecho derecho, realizando firmes masajes circulares. No son las ásperas y grandes manos del amo. Nadie la ha tocado nunca con tanta ternura; Caitlin no entiende lo que siente, pero al menos no es dolor. En cualquier caso, no tiene forma de impedir nada de lo que puedan hacer con su cuerpo.

El hombre continúa frotando su seno y aunque permanece en estado de alerta, anticipando el dolor, se descubre inexplicablemente relajada hasta el punto de que se libera de su estado hipertenso dejando que su cuerpo se ablande a su tacto. Caitlin se queda tan sorprendida como el joven cuando escucha un ligero gemido escapar de su garganta.

—Ya es suficiente, Lyon. Nunca puede experimentar placer sin dolor; esa es la voluntad de Dios y lo que mantiene su brujería a raya. Hazlo ahora.

Ha oído la orden de su amo desde el otro lado de la habitación.

—Sí, señor. —Lyon inmediatamente deja de masajearla y se aparta de ella como si le hubiera engatusado para hacer algo que él no quería. El olor a alcohol llena otra vez sus fosas nasales mientras un fresco ungüento es aplicado en su pecho. Entonces él pellizca la punta de su pezón, ligeramente al principio, para luego retorcerlo hasta que ella grita de dolor y su miedo regresa con la fuerza arrasadora de unas compuertas abiertas. Como si sintiera su aprensión, él tensa el pellizco sobre su areola haciendo que sienta un súbito dolor que se expande por la piel sensible de su pezón erizado. El cuerpo de Caitlin se retuerce y suelta un violento grito, que hace que las cadenas tintineen contra el muro de piedra mientras trata de recuperar el aliento y adaptarse a la desconcertante y abrasadora sensación de su tierna carne atravesada.

Apenas escucha la voz del amo en el fondo de su mente.

—Buen trabajo, continúa. Ahora mismo vuelvo.

Entonces la mano del hombre cubre y masajea su pecho izquierdo. Esta vez Caitlin sabe lo que le espera y no se deja engañar con falsas expectativas de seguridad, mientras trata de preparar su cuerpo para el dolor que está por llegar.

Espera largo tiempo con los ojos fuertemente apretados y conteniendo el aliento, pero nada sucede. La adrenalina continúa latiendo por sus venas desde esa última y lacerante punzada, si bien el miedo a la anticipación del dolor que la espera acrecienta el impacto en ella. La voz de Lyon suena tan cerca y baja contra su oído que cree estar imaginándola en su delirio.

—Tienes el símbolo debajo de tu pecho izquierdo.

Caitlin se queda petrificada por el miedo a que haya descubierto su secreto, el mismo que prometió a su madre no revelar a nadie. ¿Cómo es posible que pueda mantenerlo oculto en semejante posición, con alguien tan cerca de ella, examinando concienzudamente cada mínimo detalle de sus pechos y su cuerpo?

Él le levanta su pecho izquierdo; puede notar cómo la examina cuidadosamente, pero sin hacerle daño. Su corazón retumba con tanta fuerza y velocidad que puede sentir su pulso en los oídos. Anticipando la muerte, aguarda su destino en la oscuridad…

—Eres una mujer de corazón, no una bruja.

Inmediatamente exhala aunque no sabe bien por qué, mientras él continúa susurrando en su oído, levantando una esquina de su capucha para que su voz no suene tan amortiguada. Puede sentir la calidez de su aliento al hablarla.

—Mi madre me contaba esta historia cada noche antes de dormir. La conozco al dedillo por lo mucho que me la repetía.

Caitlin permanece inmóvil mientras se pregunta cómo un cuento para dormir puede tener algo que ver con ella.

—Había una vez una buena mujer que vivía en nuestro pueblo. Era conocida como «la mujer de corazón», y podía ser identificada por la marca de nacimiento en forma de corazón en su hombro izquierdo.

La sorpresa paraliza a Caitlin, incapaz de creer que está oyendo la historia de su madre de boca de este hombre.

—Hay muy pocas mujeres con semejante don de magia y curación; por eso, son veneradas por el pueblo y su magia debe ser protegida. Cada generación es bendecida con una mujer de corazón, una auténtica sanadora de enfermos y desolados. Un día, un niño tan enfermo que se hallaba a las puertas de la muerte fue tocado y bendecido por esa mujer. Recuperó totalmente la salud en tres días y fue un verdadero milagro en el pueblo. Su hija, también de corazón, asistió a la curación, lo que hizo que el muchacho se recobrara aún más rápido. El joven recibió el don de la vida en lugar de que este le fuera arrebatado. Su madre le dijo: «Si por casualidad te encuentras con una mujer de corazón que esté así marcada, tu obligación será protegerla de aquellos que deseen hacerle daño». El joven creció y se convirtió en un hombre fuerte que tenía muy claro su destino, y sabía que su vida debía estar dedicada a proteger a las mujeres de corazón, al igual que ellas le habían ayudado a él.

Caitlin no dice nada, no sabiendo cómo reaccionar. Sabe que el símbolo de su cuerpo debe ser escondido, y nunca discutido, pero también recuerda cómo su madre le habló de hombres que la protegerían cuando llegara el momento. Aún sin atreverse a confiar, e imposibilitada para mirar al joven a los ojos y descubrir la verdad en ellos, decide guardar silencio.

—Sé que esta historia no es una fábula —continúa el hombre—, porque yo soy aquel chico, el chico al que tú y tu madre curasteis cuando estaba a punto de morir. Y es mi obligación protegerte.

A pesar de su determinación de permanecer inalterable, los ojos de Caitlin se llenan de lágrimas y su cuerpo se estremece de emoción al escuchar esas palabras.

—Necesitaré tiempo, pero al final conseguiré ponerte a salvo. Esa es mi promesa.

Caitlin exhala de alivio y esperanza, a pesar de no poder verificar sus palabras. Pero ha pasado tanto tiempo desde que alguien le mostró un poco de compasión…

—Sin embargo, para protegerte y ayudarte en el futuro, ahora debo cumplir las órdenes de tu amo y acabar con lo que he empezado. Lo siento.

Otra punzada de dolor la recorre y esta vez grita más alto y fuerte. Toda la frustración contenida, el dolor físico y la agonía emocional encuentran su liberación escapando de su cuerpo en un último y espeluznante grito. Se queda colgando de sus grilletes, mientras su cuerpo se adapta al dolor de sus pezones y su corazón. Al hacerlo, experimenta la misma extraña sensación entre las piernas que la noche en que el prior la descubrió, un cálido hormigueo que se extiende desde su ingle hasta el vientre. Al menos ya sabe que aún puede sentirlo, aunque no podría decir si es dolor o placer lo que lo causa. Nada de esto tiene sentido, pero ahora al menos ve un rayo de esperanza donde unos instantes antes solo había desesperación. Confía en que la cálida sensación de su cuerpo sea una señal de esperanza. Así que rinde su espíritu a su cautividad y acepta su destino. La voz queda y amable de quien le ha causado ese dolor y la sorprendente calidez que siente son literalmente la única esperanza que le queda.

* * *

Para Caitlin no existe otro mundo fuera de las cuatro paredes de su tenebrosa prisión. Durante semanas nadie habla con ella. Sumida en esa infinita oscuridad, el resto de sus sentidos se agudizan. No puede recordar la última vez que escuchó una voz de mujer, que vio a un ser humano, que olió la lluvia o sintió el aire fresco en su piel. Y menos aún, la última vez que tuvo la oportunidad de mirar a alguien a los ojos y sondear en las profundidades de su alma. Echa de menos esa conexión por encima de todo ya que, hasta que le fue arrebatada, no comprendió hasta qué punto formaba parte de ella.

Su vida gira en torno a las idas y venidas de este extraño amo que la salvó de una ejecución segura y ahora parece empeñado en condenarla a vivir en un infierno, y de Lyon, el hombre que perforó sus pezones y atiende todas sus heridas, examinándolas con regularidad para asegurarse de que están cicatrizando.

Cuando el amo le pega, utiliza una especie de fusta de montar o correa de cuero, no tanto para causarle lesiones permanentes o dolor, como para asegurarse de que los restos de brujería que estaban apropiándose de su cuerpo se mantienen a raya y así cumplir el compromiso contraído con el prior y, por ende, con la Iglesia. Según le ha asegurado con sus palabras y acciones, mientras continúe aplicando frecuentes castigos, la magia no podrá asentarse en sus huesos y, de ese modo, la ayudará a su posible salvación. Además, le ha explicado que para protegerla de sí misma y del demonio, deberá llevar un cinturón de castidad del que solo él tendrá la llave.

Con el tiempo, Lyon le inserta unas anillas cada vez más grandes y pesadas, asegurándose de que quede claramente marcada y cumpliendo así la promesa de su amo al viejo sacerdote. Caitlin no entiende sus confusos sentimientos hacia Lyon, el hombre sin rostro que está al tanto de su secreto, y le avergüenza admitir que solo ansía que él acaricie y toque sus pezones cada vez que llega. Es incapaz de controlar u ocultar su obvia excitación hacia él. Su amo nunca está lejos cuando Lyon entra en su celda, por lo que el riesgo de intercambiar algunas palabras entre ellos es enorme.

Una tarde, justo después de que él haya reemplazado la anilla de su pezón y se haya marchado, el amo aparece y desliza sus dedos entre sus piernas, sintiendo por sí mismo la cálida humedad entre ellas.

—Cachorrillo, ahora que tus pechos están completamente curados, observo que las anillas te excitan, ¿no es así?

Caitlin se queda petrificada. Él le levanta una pierna cogiéndola con su mano mientras sus dedos penetran en sus capas interiores. Puede sentir la humedad de su interior facilitándole el camino mientras su cuerpo espontáneamente arde bajo su tacto.

—Te he hecho una pregunta —dice con voz firme mientras retira sus dedos y los desliza abruptamente en la boca de su cautiva—. Pero coincido contigo, esta vez no hace falta que respondas puesto que la contestación es obvia.

Cubre su lengua con sus propios jugos haciendo que no tenga más remedio que saborear la salada dulzura de su sexo.

—¿No estás de acuerdo? Contéstame, ahora, para que pueda oír tu voz. —Deliberadamente deja los dedos dentro de su boca.

—Sí, amo. —Farfulla las palabras suplicando clemencia.

—Chúpalos hasta que estén limpios, sucia mascota.

A partir de ese momento el cautiverio de Caitlin cambia. Su amo la recompensa por su absoluta sumisión, permitiendo que su cuerpo reciba un placer casi insoportable. Parece comprender cada respuesta de su cuerpo antes incluso que ella misma. Sus manos se regodean, tomándose su tiempo en localizar cada orificio sensible y oculto, con la intención de comprobar cómo responde a su contacto, ya sea este firme o suave, rápido o lento. Reconoce que ella es incapaz de controlar sus jadeos y gemidos, ya sean de dolor o de placer, y disfruta con los ruidos que su cuerpo produce bajo el control de su tacto.

Caitlin se da cuenta de que su amo aprecia la rutina y espera la perfección. Su aparición en el sótano es precedida por un toque de campana, a cuyo sonido ella debe quitarse la ropa y colocarse la capucha sobre la cabeza —puesto que sigue temiendo que ella le mire a los ojos y prenda la magia del demonio en él—, y luego tiene que tumbarse sobre una tabla inclinada que ha hecho construir especialmente para ella.

Poniéndose de rodillas debe inclinar su cuerpo sobre la elevada plataforma, su trasero sobresaliendo y la cabeza más baja. Tiene que conectar las anillas de sus pezones a los ganchos de la tabla y colocar los brazos pegados al cuerpo esperando la llegada del amo. Algunas veces él sujeta sus brazos detrás de su espalda, juntando las argollas de sus muñecas, y otras se los extiende por delante, enganchándolos por encima de su cabeza. En alguna ocasión, le ha dejado los brazos libres. Sin embargo, las anillas de sus pezones controlan sus movimientos con más efectividad que cualquier otra atadura, asegurando su inmovilidad y, en última instancia, el control sobre su cuerpo. Le ha explicado que este sencillo acto de atrapar la parte más femenina de su cuerpo supone la mejor opción para eliminar cualquier potencial brujería que posea. La diferencia de mantener esta posición con la precisión que él espera es la diferencia entre ser castigada con azotes o experimentar un gratificante orgasmo, aunque de cualquiera de las dos formas se queda completamente exhausta cuando él se marcha.

—Cachorrillo, es hora de prepararte para la penetración. Para que acojas a un hombre y, de una vez por todas, expulses fuera de ti el demonio.

Atada a la tabla, él masajea su trasero untándolo con manteca, y tomándose su tiempo para asegurarse de que está bien lubricada antes de que tenga lugar cualquier penetración. Desliza sus dedos por su hendidura trazando primero círculos alrededor de su ano. Su aliento se paraliza ante la invasión, hasta que su recto se adapta al alargado tapón que le ha sido insertado y se amolda a él.

—Sigue respirando, mi mascota. —Sus grandes manos agarran firmemente sus nalgas.

Es consciente de que no puede moverse ni agitarse. Cada subida y bajada de su pecho tiene el peligro potencial de o bien estimular sus pezones o causarle un latigazo de dolor si tira demasiado fuerte, y debe recurrir a toda su concentración para asegurarse de que sea solo a lo primero a lo que tenga que enfrentarse.

Una vez que la incomodidad del tapón remite, y a pesar de que este permanece firmemente alojado dentro de ella, un golpe de correa fustiga su trasero. Siempre diez golpes, cinco en cada nalga, salvo que algo no esté a su gusto, en cuyo caso pueden ser muchos más. Ya ha aprendido a soportar ese dolor. Su principal preocupación es conseguir mantener el pecho inmóvil sobre la tabla con cada azote que recibe, lo que le proporciona una pequeña distracción de los golpes en sí.

La mejor y la peor parte de este ejercicio, después de que el castigo por sus pecados haya sido cobrado, es sentir en su interior sus dedos escrutadores, que a estas alturas se han convertido en expertos en jugar y tentar sus pliegues más íntimos. Está profundamente avergonzada por la anticipación y excitación que siente al ansiar su tacto y no puede entender cómo su cuerpo puede experimentar semejante placer después del dolor que le ha sido infligido. Él tiene el control absoluto de sus orgasmos que pueden ser pequeños, liberando apenas unos suaves jadeos, o causarle grandes estremecimientos, con espasmos incontrolados y gritos de euforia que reverberan por toda su celda.

Extrañamente, para alguien tan fanático de la rutina, nunca hay una regularidad o un ritmo claro sobre cuánto dura, de modo que no puede controlar su respiración lo suficiente para predisponer su cuerpo atrapado. Ella teme y ansía esas sensaciones de éxtasis que le provoca y le permiten escapar momentáneamente de este mundo terrenal.

Cada pocos días, Lyon aparece en la celda para asearla y atender las heridas de su cuerpo. Cepilla su largo cabello y limpia y arregla sus uñas. Su trabajo consiste en asegurar que esté aseada y aceptable para el amo. Hace una labor muy minuciosa cuidando de ella y, aunque no ha vuelto a hablarle de que sea una mujer de corazón, puede sentir la ternura de sus cuidados.

Su amo, capaz de provocarle a la vez el más insoportable placer y dolor en su cuerpo con sus astutos dedos, nunca penetra su vagina y se siente extremadamente satisfecho cuando comprueba que su ano está preparado para acomodar su miembro viril.

—Mi cachorro, felicidades por tu progreso. Por fin estás preparada. —El aliento de Caitlin se acelera al comprender lo que va a suceder. Está sorprendida por no haber recibido ningún latigazo ese día. El dominio que él ejerce sobre su cuerpo le hace alcanzar un demoledor orgasmo antes siquiera de sentir su pene penetrarla por detrás. La laboriosa preparación del amo ha logrado que su primera experiencia de sodomía sea más placentera de lo que Caitlin nunca hubiera imaginado, provocándole múltiples orgasmos y dejándola absolutamente exhausta. Esa noche recibe un banquete propio de una reina, su apetito acorde con el volumen de comida que le traen a la celda. Al igual que él controla cada aspecto de su estado físico, puede sentir cómo su espíritu se rinde completamente al amo, permitiéndose el lujo de olvidar el mundo que una vez conoció.

Su amo le cuenta que ha enviado un mensaje al viejo sacerdote dándole las gracias por sugerir que la marcara y explicándole que las anillas de los pezones le han proporcionado la clave del éxito para someter la brujería de la joven y permitirla vivir una vida más pura, por lo que recomienda encarecidamente su uso para otros pecadores bajo la influencia del demonio. Está convencido de que este triunfo es una clara señal divina de que hizo lo correcto al salvar la vida de la endemoniada joven, así como una muestra de su agradecimiento por haberlo hecho. Por razones que no conciernen a Caitlin, piensa que ahora puede continuar con su propia vida.

* * *

Soy arrastrada lejos de la escena, mi mente aún dando vueltas a los pensamientos y emociones que inundan mi psique. Por primera vez en mi vida, me veo obligada a considerar que de aquí es de donde proviene mi fantasía secreta, y no de alguna deficiencia psicológica que justifique mis tendencias masoquistas. Las intensas emociones de estar atada, privada de la vista, castigada y complacida que me han acechado toda la vida, sin tener ninguna lógica, acaban de desarrollarse delante de mí. Sensaciones que he sentido en persona, y que ahora comprendo que son un reflejo de las de Caitlin. La misma fantasía sexual que compartí brevemente con Jeremy hace algunos años, y que constituyó la base de mi tesis, acaba de ser reproducida y revivida por mí.

El miedo de Caitlin era mi miedo, su vergüenza la mía. Esa innegable vergüenza de desear algo que parece tan perverso y equivocado y, a la vez, ansiarlo con tanta fuerza por el simple placer de someterse a ello. El despertar sexual de mi cuerpo, reavivando sentimientos que creía adormecidos durante tantos años, me ha hecho comprender que mis necesidades carnales proceden de un espacio temporal inextricablemente unido a mis ancestros. Mis sentimientos y deseos son consecuencia de excitantes actos sexuales que sucedieron siglos atrás. No puedo evitar preguntarme cuánto más tendremos que aprender sobre nuestra psique, cuánto más queda aún por descubrir. Después de todos mis años de ejercicio profesional y estudios psicológicos, nunca se me habría ocurrido que esta podría ser una posible explicación para mis preferencias sexuales. Y, sin embargo, acabo de presenciar el mismísimo origen de mis tendencias, de mi excitación. Esos actos sexuales que desafían mis límites personales y que, no obstante, me excitan más de lo que podría imaginar.

Creo sentir la confusión de los sentimientos de Caitlin, su dilema al no querer renunciar a la herencia de su madre y a su propio destino; casi deseando el dolor físico de los golpes para aplacar el dolor emocional y la angustia de su corazón. Y todo ello, mientras su cuerpo reacciona contra la absoluta intrusión de sus orificios secretos, al tiempo que acepta gustosamente los arrebatadores orgasmos, tal y como me ha sucedido a mí en situaciones similares a lo largo de mi vida. Jeremy fue quien me inició en los placeres anales en mi juventud, aunque yo trataba desesperadamente de rechazarlos por miedo a un dolor desconocido, y también quien volvió a despertar mi esencia sexual cuando creí que ya estaría caducada, permitiéndome explorar las fantasías oscuras de mi mente, sin juzgarme nunca, sino presionándome suavemente y manteniéndose siempre a mi lado. Comparto íntimamente lo que Caitlin está pasando, su desesperación al tratar de mantener el control en un entorno sobre el que no tiene ninguno.

Esa irreconciliable fantasía mía, que debo admitir que supuso un importante aliciente para que estudiara psicología por encima de otras disciplinas, y tuvo una influencia directa en mi tesis, parece ser un fragmento de una vida pasada. Una que Jeremy recreó durante nuestro fin de semana juntos, y que me ha llevado a experimentar una serie de situaciones que, de otra forma, nunca hubieran sido posibles.

Hubiera podido jurar que mis propios pezones estaban siendo perforados como los de Caitlin, sintiendo el desgarrador dolor mientras sucedía y las eróticas réplicas que ella estaba decidida a enterrar e ignorar. Las puntas de mis propios pechos aún se inflaman, excitadas, y hormiguean ante el recuerdo. A pesar de que mi cuerpo es débil, mi mente nunca ha estado tan despierta. Es como si la percepción que estoy recibiendo estuviera siendo procesada en los niveles más altos de mi cerebro.

La visión de Caitlin en su celda no es muy diferente de las imágenes que han aparecido en mis sueños durante años, aunque en un tiempo y en un siglo distintos. Una vergonzosa fantasía que me ha acechado desde mi adolescencia, obsesionando mi mente y tentándome para que la probara, para que la entendiera. Nunca fui lo suficientemente valiente. Pese a todos mis estudios y teorías analíticas, ni siquiera una vez consideré que esas emociones y esos sentimientos tan crudos pudieran provenir de un tiempo y un lugar reales.

Su descubrimiento me desconcierta, y desesperada por entender el destino de Caitlin y cómo puede estar relacionado con el mío, vuelvo a sumirme en el espacio etéreo con esos pensamientos rondando por mi cabeza.

* * *

Un día, su amo aparece en la celda sin el previo sonido de la campana, algo que nunca ha sucedido antes.

—Date la vuelta y mira hacia el muro.

Escucha su potente voz cuando entra. Caitlin no ha visto el rostro de su amo desde el día del monasterio. Rápidamente sigue sus instrucciones, tal y como ha sido enseñada, no sea que le dé por sacar el cinturón. Desliza la capucha sobre su cabeza y le habla con tono abrupto.

—Voy a contraer matrimonio, de modo que deberás trasladarte a los bosques. Lyon te llevará. Escucha atentamente mis reglas, porque no puedes romperlas. ¿Lo entiendes?

—Sí, amo. —La voz de Caitlin refleja la sorpresa que está sintiendo.

—No podrás abandonar el bosque.

»No podrás quitarte las anillas de los pezones.

»Llevarás las cadenas y el cinturón de castidad cada noche de luna llena.

»Yo me ocuparé de tus castigos para mantener tu brujería a raya una vez a la semana. Lyon te preparará.

»Se te prohíbe hablar con nadie aparte de conmigo o con Lyon.

»Si desobedeces cualquiera de mis normas serás juzgada como bruja. ¿Lo entiendes?

—Sí, amo.

—¿A quién debes obedecer?

—A ti, amo.

—¿Qué parte de ti?

—Toda yo, amo.

—No lo olvides nunca. —Azota el culo de Caitlin para reforzar su argumento y ata sus muñecas delante de ella—. Lyon, ven aquí. Ya está lista para marcharse.

* * *

Lyon lleva a Caitlin hasta una pequeña casita en las profundidades del bosque que se halla dentro de la enorme propiedad del amo, donde no tendrá ningún contacto con la sociedad. Según lo establecido, su amo la castigará y dará placer una vez a la semana, para asegurarse de que su brujería no regrese. Lyon continuará teniendo la responsabilidad de cuidar de Caitlin, dado que son las únicas dos personas que saben de su existencia. Él se asegurará de que esté atada y privada de la vista para la visita semanal del amo y, lo más importante, que cada noche de luna llena, cuando ella representa un grave riesgo para sí misma y los demás, lleve puesta la capucha y esté atada y encadenada dentro de la casa con el cinturón de castidad firmemente fijado para prevenir el acceso de sus dedos pecadores.

Caitlin, que había perdido la esperanza de escapar de la mazmorra donde estaba confinada, no puede creer su buena suerte ante este nuevo arreglo, y está profundamente agradecida a Lyon por haberlo organizado con su amo. Después de años de muerte y oscuridad rodeándola, pon fin podrá saborear la soledad del bosque. Mientras cumpla las reglas, tendrá más libertad de la que ha experimentado desde la muerte de su madre.

En lugar de sentirse ultrajada por las permanentes ataduras de su vida, le parece una bendición que ahora haya esperanza donde antes no había ninguna. Sabe que esa situación le ha costado a Lyon meses de negociar con su amo para lograr ese arreglo, para darle una vida fuera de la celda y conectarla con la naturaleza, por lo que le está profundamente agradecida. Aparte de Lyon, todavía añora mirar a los ojos de otro ser humano, aunque él le asegura que está trabajando para hacerlo posible.

Un día en que Caitlin está disfrutando del calor del sol en su piel, tanto tiempo privada de luz, canturreando mientras planta un pequeño huerto junto a la casa, escucha de repente un crujido entre los arbustos. Se queda inmóvil.

—Hola —llama una voz—, ¿hay alguien ahí? He oído cantar y espero que puedas oírme.

Caitlin echa a correr hacia la casa, temiendo por su seguridad. Aunque ansía secretamente cualquier intercambio humano, sabe que le está prohibido. Al escuchar unas fuertes pisadas corriendo hacia ella, se apresura y está a punto de entrar en la casa y cerrar la puerta tras ella cuando tropieza con sus largas faldas y cae, golpeándose la cabeza contra una piedra.

Cuando abre los ojos siente la suavidad de su cama a su espalda y se vuelve para ver a un hombre alto de pie en la pequeña casa, bebiendo de su jarra y mirándola directamente a los ojos.

Su corazón deja de latir durante un momento, mientras sus miradas se cruzan. Puede percibir la bondad natural del hombre, a la vez que su carácter inquieto, propenso a perder el control. También sabe que sus pezones se han endurecido instantáneamente ante la visión de su despeinado cabello oscuro, sus intensos ojos verdes y su traviesa sonrisa.

—Me llamo John. Te traje aquí cuando te golpeaste en la cabeza.

No queriendo romper ninguna regla y menos aún ser castigada, permanece en absoluto silencio.

Él llevaba más de una hora admirando la belleza de su canto en el bosque. Y ahora por fin contempla su largo cabello oscuro, que está trenzado en dos partes y parece tan salvaje como el mismo bosque. Sus ágiles miembros y su sinuoso cuerpo rezuman sensualidad e inmediatamente se siente atraído por ella, de un modo casi peligroso. Mientras la llevaba en brazos para dejarla en el interior, ha tenido la oportunidad de sentir su suave calidez contra su creciente erección. Después de depositarla cuidadosamente en la cama, se ha apartado, para así poder absorber su belleza mientras descansaba. Ha notado la silueta de las anillas conectadas a sus pezones y, en un primer momento, se ha quedado conmocionado. ¿Quién es esta mujer? Ha estado con muchas mujeres y solo una vez durante sus viajes se encontró algo así, aunque no se atrevió a acercarse demasiado como para tocar.

Ambos mantienen sus miradas clavadas en los ojos del otro, guardando silencio. Su erección se hincha al advertir cómo sus pezones se yerguen bajo la blusa.

* * *

Este hombre ha cautivado a Caitlin, que siente como si tuviera el poder de hechizarla, y no al contrario. Nunca ha experimentado semejantes sentimientos y su respiración se acelera cuando él da un paso para acercarse, como si se sintiera atraído magnéticamente hacia ella. Le observa atenta mientras se arrodilla junto a la cama, sus ojos reflejando su propia alma como si se hubieran encontrado antes. Caitlin siente que está accediendo a un secreto, a una inesperada bienvenida, a la vez que acompasa el latido de su corazón y su respiración al ritmo de él. El anhelo del uno por el otro es indiscutible y la atmósfera se carga entre ellos, sus sistemas límbicos disparados, tratando de acomodarse a la cruda energía sexual que están experimentando, pero sin entender cómo o por qué les está sucediendo. Simplemente reconociendo que su unión tiene que suceder.

Lentamente él estira el brazo hacia ella, que silenciosamente permite que la toque. No sabe si esperar placer o dolor del hombre que está ante ella, al no haber sentido nunca la suavidad de un roce sin el pertinente castigo previo. Sus sentimientos hacia el desconocido son, a la vez, apasionados y confusos, mientras se encuentra cada vez más incapaz de controlar las respuestas de su propio cuerpo.

Él advierte su aprensión y pasa el pulgar por su frente para suavizar su ceño y, sin decir una palabra, mitiga su preocupación. Totalmente absorto en la belleza de su rostro, continúa explorando sus facciones, su dedo pulgar deslizándose sensualmente a lo largo del perfil de su rostro, hasta finalmente rodear los labios.

Ella inhala profundamente, abriendo su voluptuosa boca y permitiéndole provocar y juguetear con su lengua. Las sensaciones que literalmente le están quitando el aliento se trasladan a su ingle y un grito de anticipación escapa de sus labios.

Sus manos se desplazan hacia abajo para explorar las ondulaciones de su cuerpo. Se toma su tiempo, adaptando el ritmo de sus caricias a la respiración de ella. Está deseando quitarle las ropas que la cubren, pero se obliga a sí mismo a proceder lentamente. Centímetro a centímetro desliza el vestido hacia la parte alta de sus muslos, la intensidad de su mirada haciéndole saber cuán ansiosamente anticipa las maravillas que se esconden debajo.

El aliento de Caitlin se para cuando su mano se desliza entre sus humedecidos muslos. Suelta un pequeño gemido ante las sensaciones de su tacto.

Encendido por sus gemidos, él se coloca junto a ella y retira la ropa de su cuerpo. Nunca ha sentido un deseo tan feroz por nadie, y se maravilla ante la visión que tiene delante. Besa sus labios, suavemente al principio y luego profundizando en el beso a medida que su pasión aumenta.

Ella se cuelga de él, que delicadamente la vuelve a tumbar. Lo último que quiere en este extraño y sagrado momento es apresurarse en su exploración, perder el más mínimo detalle que ese cuerpo ofrece a su tacto. Coloca los brazos de ella por encima de su cabeza de modo que su cuello, pechos y brazos estén disponibles para que sus labios puedan explorarlos. Reduce su ritmo aún más, inhalando cada aroma que puede extraer de su cuerpo, no ansiando o necesitando a nadie más bajo su piel. Juega y provoca, pero nunca penetra.

Caitlin jamás se ha sentido más viva o deseada. Está tan conmovida por esos sentimientos que las lágrimas escapan por el rabillo de sus ojos, a la vez que la humedad crece entre sus piernas.

Imágenes dispersas de su querida madre en el campo bajo la luz de la luna afloran a su mente mientras se pregunta si esos sentimientos que está experimentando por primera vez son los mismos que su madre sentía; recuerda lo hermosa y sensual que parecía mientras bailaba, y cómo la gente adoraba su cuerpo. Es en estos pensamientos donde Caitlin encuentra el coraje para explorar el cuerpo de él, al igual que está haciendo con el suyo. Ella también besa y provoca, fascinada por las respuestas que consigue desatar en su fornido cuerpo cuando le toca. Nunca antes se le ha permitido mirar o explorar un pene, solo lo ha sentido ciegamente dentro de su ano. Se queda sorprendida por su tamaño y, un poco vacilante, besa la punta. Una gota de fluido surge inesperadamente y prueba su sabor salado mientras él sonríe bajo ella, alentándola a que continúe.

La fuerte musculatura y cruda desnudez de este apuesto hombre la intriga, su calidez y masculinidad ofreciéndole una mágica conexión como nunca imaginó que pudieran compartir dos personas. Muy pronto los dos se familiarizan con el cuerpo del otro y, tras haberse tomado su tiempo en descubrir las zonas más sensuales y sensibles del otro, consiguen que su intimidad alcance nuevas cotas.

Durante las siguientes horas sus actos amatorios son apasionados y audaces, crudos y tiernos. Ella adora lo que él le provoca con las anillas de sus senos, despertando toda clase de sensaciones incitantes tanto por fuera como por dentro de su cuerpo. Cada vez que tira o pellizca sus pezones siente como si su ingle fuera a estallar de deseo y en ocasiones lo hace, dejándola maravillosamente sorprendida por cómo él logra suscitar esas incontrolables erupciones dentro de ella.

Le acaricia el pelo y el cuerpo hasta que las eróticas convulsiones se reducen a simples estremecimientos y pueden volver a conectarse. Quiere que ella sienta todo aquello que su cuerpo es capaz de experimentar bajo su tacto y el suyo propio. Es tan fuerte su atracción por esta exótica y sinuosa criatura que su erección no disminuye, y saca el máximo provecho de cada momento que comparten.

Caitlin pierde su virginidad con este carismático hombre que la alienta a rendirse a su propio cuerpo y experimentar las maravillas de la intimidad y el éxtasis. Sus mentes y almas se han conectado mientras hacían el amor, como si sus cuerpos estuvieran intrincadamente diseñados el uno para el otro. En vez de buscar la forma de acoplar sus movimientos para acomodarse al castigo, ansía su falo y la sensación de plenitud que crea en ella.

Él está más que deseoso de satisfacer sus deseos, tantas veces como ella quiera.

* * *

John besa tiernamente los labios dormidos de Caitlin después de haberse vestido, sabiendo que sus hombres esperan su llegada junto a la orilla del río y que lleva demasiado tiempo alejado de su gente. Aunque comprende que su encuentro ha sido fortuito y que es imposible que los dos tengan una continuidad más allá de ese breve interludio, dado su estilo de vida nómada, sabe que nunca olvidará a esa belleza de ojos esmeralda, salvaje melena oscura y pechos con exóticas anillas. Antes de marcharse, le lanza una amorosa mirada de despedida.

Cuando Caitlin despierta se pregunta si esas sensaciones no han sido parte de un sueño erótico. Entonces baja las manos a su entrepierna y siente la semilla en su interior. Esboza una sonrisa íntima e indulgente por haber tenido la oportunidad de experimentar de forma tan completa esa satisfacción. Finalmente, tiene la sensación de que su destino ha cambiado de curso para mejor, porque sabe que ese hombre, quienquiera que fuera, únicamente la ha adorado; el miedo no formaba parte de su ser. Caitlin nunca más le volverá a ver.

Durante las semanas siguientes, ve cada vez menos a su amo y se pregunta por qué sus pechos están tan hinchados y tensos y su vientre más firme. Lyon ha ido a cuidar de ella y decide preguntarle.

—No sé bien lo que pasa con mi cuerpo, está cambiando. —Él se acerca a ella y coloca su palma sobre su vientre.

—¿Como ha sucedido esto?

Caitlin no está muy segura de a qué se refiere y permanece en silencio.

—Caitlin, sé que tu amo no ha hecho esto, así que por favor responde.

Preocupada por el miedo que advierte en su voz, se da la vuelta, incapaz de mirarle a los ojos. No está segura de si contarle la verdad pero tampoco sabe qué es lo que no va bien en ella.

—Dime, ¿ha habido un hombre aquí? —le pregunta Lyon con delicadeza.

—Sí.

—¿Y te ha penetrado?

—Sí.

—Entonces, vas a tener un niño.

Caitlin está a punto de desfallecer, maravillada. ¿Cómo ha podido pasar? Es un milagro, o una señal de los dioses para que procree. No puede evitar la sonrisa de su cara mientras unas gruesas lágrimas de alegría inundan sus ojos.

—¿Qué vamos a hacer ahora?

Aún sintiéndose eufórica a pesar de notar su desesperación, se acerca valiente aunque indecisa a él y le abraza envolviéndole en la calidez de su cuerpo. Lentamente él la mira a la cara y sus miradas se encuentran. Ella siente su calor y compasión, sabiendo que la sangre de su madre curó a este hombre. Están conectados. Él la protegerá representando el papel que tenga que hacer… Es su destino.

—Debemos abandonar este pueblo y marcharnos lejos de aquí antes de que tu amo regrese de su viaje y te encuentre en este estado.

Sin perder tiempo, Lyon organiza lo que necesitan para su inminente partida. Retira las anillas de los pechos de Caitlin por última vez, liberándola simbólicamente de su cautividad, y cierra la puerta de su pasado tras ellos. Juntos huyen muy lejos. Caitlin da a luz a dos saludables gemelas, que Lyon criará como si fueran sus propias hijas. Ambas están bendecidas con la señal del corazón en su piel que indica el poder curativo de su sangre. Él dedica el resto de su vida a proteger y a cuidar de su querida esposa e hijas, sabiendo que solo ellas llevan el linaje de su sagrada línea de sangre. Al principio, Caitlin se siente un poco indecisa respecto a probar el poder curativo de su sangre, pero su confianza crece a medida que sus hijas se hacen mayores. Su vida continúa apaciblemente, como marido y mujer, sabiendo que su vínculo va más allá de semejante ceremonia, alcanzando lo más profundo de sus almas.

* * *

Mientras floto alejándome de la vida de Caitlin, puedo distinguir fragmentos de las vidas de las gemelas y sus hijos, de los hijos de sus hijos y así sucesivamente, como cartas de una baraja al ser pasadas rápidamente. Eso me proporciona una idea de cómo el poder curativo de su sangre fue diluyéndose, su magia desapareciendo con el tiempo hasta terminar en mi propia abuela, sonriendo cálida y sabiamente. Ella me alienta a que continúe el viaje con sus manos extendidas, y si mis ojos pudieran verter lágrimas estarían reflejando el amor de mi corazón hacia ella, que murió ya hace muchos años. En un intento desesperado, alargo el brazo para tocarla y su imagen se desvanece en el éter.

Cuando eso ocurre, siento como si mi etérea presencia fuera arrastrada al interior de un torbellino. Todo lo que me rodea se tiñe de una rojiza oscuridad, antes de que la visión se aclare y pueda ver a Jeremy y a Leo observándome durante el experimento mientras giro hacia ellos inmersa en la vorágine. Una vez superada esa turbulencia, cuando ya las imágenes de los dos hombres han quedado atrás, tomo conciencia de cómo mi corazón palpita estruendosamente a mi alrededor. Es como si yo fuera la propia fuerza vital de la sangre curativa y todo, salvo los latidos de mi corazón y la energía que bombea la sangre a través de mis venas, se hubiera detenido en ese instante, hasta que de pronto algo tira con fuerza de mí hacia esa energía al otro lado y regreso a mi estado terrenal.

Jadeando por coger aire y con los ojos muy abiertos, me encuentro mirando fijamente a mis dos compañeros ancestrales: uno, mi amante, y el otro, mi guardián. Nosotros tres, cuyos destinos finalmente han convergido tras siglos de oportunidades perdidas, hemos reavivado el enigma de mi sangre. Ahora comparto esa revelación que Leo probablemente conoce desde hace tiempo: sé que hemos desempeñado un papel muy importante en las vidas anteriores del otro y que, en esencia, todo esto tenía que ocurrir.

Me pregunto si sus vidas se han encontrado gracias a mí o si también tienen su propia y única conexión entre sí. Reflexiono sobre la fugaz aparición y desaparición de John en la vida de Caitlin y la fuerte atracción física que les conectaba, como si sus sistemas límbicos se comunicaran de una forma que no les dejara más opción que despertar mutuamente su sexualidad, del mismo modo que me pasa a mí con Jeremy, volviéndome incapaz de negarle nada de lo que me pida. Él me despertó sexualmente, tal y como John hizo con Caitlin, y doy gracias a Dios por que se nos haya concedido otra oportunidad para estar juntos después de que nuestras vidas se separaran la primera vez. Miles de preguntas inundan mi mente mientras repaso los acontecimientos de mi vida reciente desde que volví a conectar con Jeremy. Me pregunto cómo sería la experiencia de Leo con su vuelo espiritual, y qué relación tiene con el hecho de que leyera mi tesis y con los resultados de los experimentos de Jeremy.

Aunque comprendo que, en determinadas circunstancias, hay algo único en mi sangre, sé que no tengo una marca de nacimiento en forma de corazón en mi cuerpo y, hasta donde se me alcanza, tampoco la tienen mi madre y mi hermana. De modo que, aunque ese pasado ancestral de la sangre esté relacionado conmigo, no tengo la señal ni tampoco comprendo cómo surgió en primera instancia. Como siempre, se me ocurren más preguntas que respuestas pero, sin embargo, empiezo a entender que, a pesar de mis frustraciones, todo acaba siendo revelado cómo y cuándo tiene que ser, y no antes.

No puedo creer que estuviera preocupada por experimentar el vuelo espiritual cuando, de hecho, me ha revelado tanto. Saboreo los sonidos del Amazonas, sintiéndome una con la naturaleza y sin preocuparme apenas por mi forma física. Soy consciente de ser trasladada, pero no tengo ningún control sobre mis extremidades, así que me limito a aceptar lo que sucede. No siento dolor, ni incomodidad. Solo tengo la increíble habilidad de volar adondequiera que el viento me lleve. Me pregunto qué más puedo aprender de este revelador y mágico viaje.