Alexa

Si en circunstancias normales ya habría sido triste dejar este mundo mágico y artificial, todavía lo es más bajo la amenazadora situación en la que nos encontramos. Los niños quieren dar una última vuelta en el monorraíl que rodea el parque para despedirse antes de marcharnos. No me puedo negar. ¿Quién sabe si volveremos en alguna otra ocasión?

Jeremy parece un tanto agitado cuando ve que accedo a sus súplicas y se mueve nerviosamente por la suite tratando de comprobar que no nos dejamos nada.

—Tenemos demasiadas cosas.

No puedo evitar echarme a reír.

—Bienvenido al mundo de los niños, J. Siempre llevan un montón de bártulos, a todas partes, cada día. —Le cojo por la cintura mientras pasa a toda prisa a mi lado—. ¿Qué sucede? Hoy no pareces tú mismo.

No estoy segura de haber hecho algo que le haya podido molestar o si finalmente está empezando a desmoronarse por la tensión de no haber aclarado nuestra situación.

—Es solo que preferiría que no dierais ese paseo. ¿Es que no habéis tenido bastante? —Definitivamente algo le preocupa. Su ansiedad ha ido creciendo a medida que nuestra partida se aproximaba.

—¿Qué te parece si voy yo sola con los niños y tú te quedas aquí y disfrutas de un momento de tranquilidad para poner todo en orden? Ya solo falta ordenar tus cosas de trabajo y todo estará listo.

Los niños están jugando a piedra, papel y tijeras a nuestro lado, así que pongo cara de «todo está bajo control», a tono con mi voz. Se me da cada vez mejor disimular y él no parece de humor para enfrentarse con mis preocupaciones.

—No, Alexa, no pienso perderte de vista.

Su afirmación me hace comprender que, de hecho, no he estado a solas con Elizabeth y Jordan desde la primera noche que llegamos. Jeremy ha estado con nosotros todo el tiempo. Los niños miran inmediatamente a Jeremy notando el cambio de su tono de voz.

Le abrazo, acercando su cabeza hacia mí para poder susurrar:

—Por favor, una vuelta en el monorraíl. Será bueno para nosotros y me dará la oportunidad de estar a solas con los niños.

—No, ¿qué pasa si…?

Le interrumpo rápidamente con una promesa.

—Me llevaré a Martin y a uno de los otros escoltas. Nos subiremos en el tren, completaremos el circuito y nos bajaremos en la misma estación. Te lo prometo. Por favor —le suplico—. Estaremos bien. En serio.

Su exasperación se torna en aceptación mientras me aparta de sus brazos y se va para arreglarlo todo personalmente con Martin. Suelto un suspiro comprendiendo cómo las cosas más sencillas de mi vida se han vuelto increíblemente complicadas desde que volví a reunirme con Jeremy unos meses atrás.

Me da un beso ante la puerta, sosteniendo mi barbilla entre sus dedos y mirándome fijamente, como si quisiera asegurarse de tener toda mi atención.

—Una vuelta al circuito. Sin paradas.

Me pongo de puntillas y rozo sus labios.

—Yo también te quiero, J.

Nos vamos dejando a un Jeremy con cara seria. Los niños aún no se creen que nos haya dado permiso. Afortunadamente no entienden las razones por las que esto es tan importante y, a estas alturas, están tan acostumbrados a tener a los guardaespaldas siguiéndonos que no hacen preguntas. Y así nos despedimos por última vez del lugar en el que tanto han disfrutado.

Cuando regresamos, Jeremy parece estar más tranquilo y de mejor humor, e incluso me obsequia con un café cortado bajo en calorías y un rotundo y contundente abrazo, relajándose visiblemente en cuanto nos ve llegar.

—¿Lo ves?, sanos y salvos.

—Mejor así, cariño, o habría pedido la cabeza de Martin.

Miro con recelo a Martin, sin dudar por un segundo de la sinceridad de las palabras de Jeremy, que ahora le hace un gesto de agradecimiento. Bastantes tensiones han tenido que pasar ambos por mi culpa. Aunque pronto acabará todo, me digo a mí misma. En cuanto le dé a Jurilique lo que quiere. O eso espero. Detengo mi cerebro antes de que considere otras posibilidades.

Termino rápidamente mi café mientras los guardaespaldas se llevan nuestras maletas a la enorme limusina que nos espera en la calle: más diversión para los niños.

—Está bien, vámonos. —Recogemos nuestras cosas, los niños aferrados a sus recién adquiridas mascotas de peluche, y nos dirigimos al ascensor que nos llevará a la planta baja donde nos espera la limusina. Me inclino dentro del coche para comprobar que los niños están bien instalados en sus asientos pero cuando intento salir para recoger mi otra maleta, Jeremy me empuja de nuevo al interior y cierra la puerta. Demonios, ¿y ahora qué pasa?

Las puertas se bloquean inmediatamente y los niños me miran fijamente con ojos como platos y cara de sorpresa. Desde luego mi cara de perplejidad no ayuda demasiado. Miro a través de los cristales tintados y veo que Martin ha atrapado a una mujer con un sobre blanco en la mano. La mujer, desconcertada, lo deja caer al suelo y trata de zafarse de sus manos. Los hombres de seguridad del hotel acuden rápidamente, aunque no puedo oír lo que están diciendo con las ventanillas cerradas.

Todo parece ocurrir muy rápido. Jeremy le hace una seña a Martin, que se agacha a recoger el sobre y lo guarda en el bolsillo de su chaqueta. Entonces Jeremy se sube a la parte de atrás del coche con nosotros, como si nada extraordinario hubiera ocurrido. Los niños permanecen en silencio, lo que es algo muy inusual en ellos, esperando mi reacción.

Decido que no es el momento de hacer preguntas y propongo que juguemos a los espías para distraernos mientras el coche se desliza suavemente lejos de las fantasías de Disney hacia el mundo real. Jeremy parece aliviado de haber podido eludir una vez más mi interrogatorio.

El trayecto de vuelta al aeropuerto parece estar alargándose mucho más que la ida, pero los niños, sobreexcitados, no paran de hablar y acaban contagiándome con sus bromas y las anécdotas de nuestra semana juntos. Eso es hasta que diviso en la distancia los altos edificios brillando contra el cielo azul y advierto que Martin está conduciendo por la autopista directamente hacia ellos.

Sorprendida, me vuelvo hacia Jeremy.

—¿Hay algo que quieras compartir conmigo? —pregunto casi susurrando las palabras, agradecida por que los niños estén ahora absortos en sus maquinitas y no en mí. Me aprieta la mano y sacude la cabeza. Nuevo silencio—. Bueno, pues yo creo que sí lo hay y que deberías hacerlo, ahora mismo.

Me giro en mi asiento para poder mirarle mejor. Vuelve a negar con la cabeza. Maldito sea, sabe que no puedo montar una escena delante de los niños.

—Por favor, dime a dónde vamos, J, porque si no me equivoco, parece que nos dirigimos hacia Miami y no al aeropuerto internacional de Orlando —digo con la voz más seria y baja posible. Trato de soltar mi mano de la suya, pero la aprieta aún más fuerte—. ¿No piensas decirme qué está pasando?

—No, aquí no —responde mirando hacia los niños.

No suelta mi mano en ningún momento. Puedo sentir sus nervios y su ansiedad, lo que solo hace aumentar los míos. Finalmente nuestros ojos se encuentran. Los suyos están empañados, oscurecidos por intensas emociones, y oigo que musita las palabras «te quiero», cuando veo que una lágrima asoma a sus ojos. Oh, Dios mío, esto debe de estar acabando con él al igual que está acabando conmigo. Me pego más a él, acurrucándome contra su hombro. Suelta mi mano, pero solo para poder pasar el brazo alrededor de mi espalda y volver a cogerla. Permanecemos abrazados en silencio mientras contemplamos el mundo pasar de camino a un destino aún sin revelar.