Lago Bled
Madame Jurilique abofetea la mejilla de Josef ciega de furia.
—¿Cómo te has atrevido a engañarme? ¡Después de todo lo que he hecho por ti y por tu familia durante estos años! ¿Y así es como me lo pagas?
Los brazos de Josef están firmemente sujetos a cada lado de su cuerpo por dos corpulentos guardias de seguridad, Frederic y Louis, y aunque echa rápidamente la cabeza hacia un lado en un intento de eludir su brutal bofetada, el borde del ostentoso anillo de brillantes que se ha deslizado hacia el interior de su dedo le hace un corte en la mejilla. Los labios de Jurilique se curvan en una innegable sonrisa de satisfacción ante la visión de la sangre y las pequeñas gotas que resbalan por su rostro.
—Lo único que tenías que hacer era sacarle sangre, ¿acaso era mucho pedir?
El doctor Josef Votrubec guarda silencio, negándose a enfrentarse a sus fríos ojos.
—¡Contéstame, Josef! —Su rabia se refleja en sus puños cerrados cuyos nudillos se han puesto blancos de tanto apretar, en claro contraste con su aspecto elegante.
Madeleine considera sus opciones mientras su, hasta entonces, apreciado y fiel empleado permanece desafiante ante ella. No le había deseado ningún mal hasta que le traicionó de forma tan flagrante; y ahora comprende que tal vez no le quede más salida que tratar con él de una vez para siempre. No puede permitirse ningún cabo suelto en su perfectamente controlado barco.
Madeleine recuerda cuando su íntima amiga Lauren Bertrand la llamó para contarle que le habían propuesto formar parte del prestigioso Foro de Investigación Global. Ella y Lauren fueron juntas al mismo colegio de Suiza en su juventud, antes de que ambas decidieran convertir su mutua pasión por la química en unas exitosas carreras profesionales. Desde entonces, Lauren se ha consolidado como una de las más importantes químicas de Francia, realizando a menudo labores de asesoramiento para Xsade. Madeleine llevaba tiempo siguiendo muy de cerca el desarrollo del Foro Global —cuanto más cerca estuviera de todo lo que el estimado hombre de Harvard, el doctor Jeremy Quinn, se trajera entre manos, mejor que mejor— y su interés se acrecentó aún más cuando Lauren le reveló que Quinn guardaba archivos clasificados de su última investigación, incluyendo informes médicos sobre una psicóloga australiana, la doctora Alexandra Blake.
Entonces descubrió que los trabajos de la doctora Blake sobre la percepción visual estaban patrocinados por otro miembro del foro, el profesor Samuel Webster quien, a su vez, estaba investigando en el campo de la sexualidad y la neurociencia. El hallazgo la dejó impactada, de modo que reunió discretamente a sus técnicos informáticos para que piratearan los ordenadores de los dos hombres (siempre de modo extraoficial), y así descubrir qué se traían entre manos.
Al igual que un buitre puede distinguir desde lejos a un animal atropellado en la carretera, cada fibra de su cuerpo podía sentir que Quinn estaba a punto de lograr otro de sus rompedores descubrimientos. Sus sospechas se confirmaron antes de lo esperado, cuando sus investigadores averiguaron que el mayor benefactor de Quinn, el enigmático y siempre discreto filántropo Leroy Edward Orwell —más conocido como Leo—, estaba volando a Sidney el mismo fin de semana que Quinn iba a reunirse con la doctora Blake. Dado que Xsade estaba dando los últimos toques para sacar al mercado una patente de su «píldora morada», desarrollada para combatir los desórdenes femeninos relacionados con la excitación sexual, comprendió que si conseguía acceder a la información de lo que se traían entre manos Quinn y Leo sería como ganar el premio gordo.
Madeleine y Lauren estaban asistiendo juntas a una conferencia de un día, cuando Lauren le informó de que los experimentos programados por el foro tal vez no siguieran adelante. En consecuencia, a Madeleine no le quedó otra opción que amenazar anónimamente a Quinn para que continuara con lo que tan meticulosamente había planeado durante meses. Para su alivio, aquello pareció funcionar y las pruebas continuaron como estaban programadas y, por si fuera poco, los resultados que obtuvo al piratear los sistemas operativos de los ordenadores de Quinn y Webster iban mucho más allá de lo que hubiera podido imaginar.
La llamada que Lauren le hizo desde Singapur, mencionando que acababa de encontrarse casualmente con Alexandra Blake antes de que esta embarcara en un vuelo para Londres, fue la guinda de la tarta. Tras los últimos intentos frustrados por acceder a los ordenadores de Quinn y Webster, que habían reforzado sus sistemas de seguridad, Madeleine sentía como si el universo estuviera entregándole a la doctora Blake en bandeja, obligándola a actuar. En consecuencia lo organizó todo para que la doctora fuera escoltada a la fuerza hasta un castillo en Eslovenia y, desde allí, trasladada hasta las instalaciones encubiertas de Xsade bajo el lago Bled.
Madeleine estaba segura de poder descubrir la fuente de las anomalías en la sangre de Alexandra, lo que abriría la puerta a ilimitados beneficios potenciales para Xsade y le granjearía el poder personal y profesional con el que tanto había soñado durante años. Y lo mejor de todo era que podría superar al gran doctor Quinn. No había afrodisíaco más poderoso para ella que conseguir un estatus social y una posición de poder. La influyente red de contactos, tanto en el mundo farmacéutico como en el de la medicina, de Quinn constituía su idea del nirvana. Para ella, el descubrimiento de las curas milagrosas con las que aquel se había ganado la adoración de todo el mundo solo podía atribuirse al fruto de la casualidad. Pero lo que más le sorprendía es que, aparentemente, el dinero no fuera el factor que motivara al doctor Quinn. Era evidente que él nunca vendía sus fórmulas al mejor postor porque, de haberlo hecho, Xsade habría conseguido el control absoluto del mercado. Pues bien, esta vez no dejaría que Xsade fuera ignorada por los equivocados principios morales del doctor Quinn. Descubriría sus secretos antes de que salieran al mercado. Esta vez sería ella quien obtendría no solo la notoriedad, sino también los asombrosos beneficios del nuevo medicamento que salvaría a la humanidad, haciendo que Quinn se sumiera en la insignificancia. Pero, en caso de no conseguirlo y no poder descifrar el enigma de la sangre de la doctora Blake, al menos tendría el consuelo de haber destruido personalmente su credibilidad a los ojos del mundo.
Todo estaba saliendo de acuerdo con su plan hasta que Josef la traicionó en el último minuto. Como si unos meros pinchazos en el dedo de Alexa para obtener su sangre pudieran ser suficientes para los exhaustivos análisis que tenía en mente. Lo único que Josef debía hacer era extraer una generosa muestra de su sangre mientras ella dormía tras haber ingerido la píldora morada. Así de simple y así de fácil, y nadie saldría perjudicado. No tenía duda de que los resultados de los análisis de sangre de Alexandra serían extraordinarios y estaba furiosa por no haberse encargado ella misma de la extracción, lo que, en retrospectiva, habría resultado mucho más efectivo, aunque un poco más complicado.
Una sonrisa, que más bien semeja una mueca, curva los labios de Madeleine mientras deja que su mente vague libremente. Si la sangre de los hijos de Alexa es como la suya, las posibilidades serán infinitas. Incluso aunque no consiga acceder directamente a ellos, una vez que el mundo conozca las escandalosas fotos de su madre que Madeleine guarda en la manga, tal vez los niños acaben en los servicios sociales. Entonces podría incluso ofrecerse a acoger a los pequeños y así disponer de forma continuada de sus cuerpos para experimentar con ellos.
Soltando un suspiro de decepción tiene que recordarse que eso no es más que un sueño y centrarse de nuevo en lo que se trae entre manos.
Mientras permanece frente a una versión del Judas de Xsade —en vez de frente a la única persona en el mundo que quería tener bajo su control, la doctora Alexandra Blake—, siente que la rabia se revuelve en su vientre. Este hombre, empleado fiel durante los últimos cinco años, se las ingenió para ayudar a Blake a escapar de sus instalaciones, dejándola personalmente en los brazos de su amante, el doctor Jeremy Quinn, en Dubrovnik. ¿Acaso no le había tratado bien, pagándole espléndidamente por su trabajo como médico jefe de Xsade al frente del Departamento de Investigación y Desarrollo? Viéndole ahora con esa actitud desafiante, mientras es sujetado por sus guardaespaldas, no puede entender qué clase de locura se ha apoderado de él.
Josef mantiene un pertinaz silencio ante la venenosa furia de su jefa. Sabe por anteriores experiencias que nada de lo que diga servirá hasta que su rabia se haya aplacado. Madeleine Jurilique es decidida, poderosa, manipuladora, astuta, peligrosa y, por lo general, no soporta ser contrariada, sobre todo cuando se encuentra en este feroz estado de ánimo. Ha podido escuchar en la cafetería algunas conversaciones en voz baja de los empleados y enterarse de que sus colegas la comparan con la Bruja Blanca de Narnia o con un nido de serpientes desquiciadas y venenosas y ahora comprende por qué.
Como Directora General Europea de Xsade, Jurilique es una de las más poderosas ejecutivas del mercado farmacéutico mundial. Parece poseer la rara habilidad de lanzar al mercado el próximo «gran medicamento», así como reportar grandes beneficios a la cúpula de directores y accionistas de Xsade, hasta el punto de que, poco a poco, le han permitido dirigir la compañía tal y como ella desea. La imparable ambición de Jurilique la ha vuelto más cruel y temeraria cada año, haciéndole adoptar decisiones cada vez más peligrosas y riesgos sin precedentes en nombre de la compañía. Pero mientras el dinero siga entrando a espuertas, los ejecutivos están encantados de dejarle las riendas del negocio.
El mismo Josef había estado ignorando su propia conciencia y haciendo la vista gorda, pero el tratamiento a Alexandra Blake fue la gota que colmó el vaso. Al principio estaba convencido de que Alexa, al igual que muchos otros, estaba deseando vender su cuerpo por dinero o por el bien de la investigación. Pero no fue hasta que descubrió algunos de los archivos de su jefa, cuando comprendió que la habían traído ahí por razones muy distintas de las que figuraban en el contrato que había firmado.
A pesar de encontrarse en unas condiciones tan extremas, Alexa se había comportado con una dignidad que Josef no solía encontrar a menudo en la gente, y pudo percibir la bondad en ella. La petición de Jurilique, su orden de extraerle más de un litro de sangre mientras dormía, vulneraba todos sus principios tanto éticos como personales más allá de su conciencia; no había suficiente dinero en el mundo para lo que su jefa le estaba pidiendo, ni los riesgos que estaba asumiendo respecto a la vida de la doctora Blake. Y no pudo seguir soportándolo.
Mientras el interrogatorio prosigue, Josef se niega a mirarla a los ojos, aunque puede sentir su aliento a través de las fundas de porcelana de sus dientes, antes de que le golpee su cara ensangrentada. Ella desliza una dura y brillante uña debajo de su barbilla, forzándole silenciosamente a encontrarse con su letal mirada.
—No te hagas ilusiones, querido doctor. No irás a ninguna parte hasta que obtenga lo que necesito, y tú mismo serás testigo de ese proceso. —Desliza la uña a lo largo del contorno de la herida de su mejilla mientras observa cómo se estremece—. Ya puedes despedirte por ahora de la idea de volver a ver a tu dulce y pequeña mujercita, de la misma forma que puedes ir despidiéndote de tu futuro profesional cuando todo esto se haya acabado.
Un involuntario escalofrío recorre la espina dorsal del doctor al oír esas palabras.
Ella retrocede dando una orden a sus siempre leales guardaespaldas.
—Encerradlo. Me tiene harta y su sola presencia me enferma.
Los despide con un gesto de su muñeca, pero entonces observa que Josef está intentando resistirse a los firmes brazos de sus hombres.
—Y para asegurarnos de que esté bien inmovilizado, haré llamar al doctor Jade, nuestro nuevo director médico —lanza una mirada maligna a Josef, el odio reflejándose en sus ojos—, para que le administre las mismas drogas que paralizaron a nuestra querida y fugitiva amiga Alexandra cuando la trasladamos desde el castillo a estas instalaciones.
El pánico y el terror se apoderan de los huesos de Josef. Sabe muy bien que la crueldad de esta mujer supera lo imaginable y que, tal y como suponía, es una verdadera sádica. A su increíble falta de conciencia hay que sumarle una peligrosa tendencia a la violencia. Ahora comprende que sus esperanzas de ver disipada su furia y poder razonar con ella son en vano. Por primera vez desde que le atraparon, teme por su vida. Si le inmovilizan completamente con esas drogas, no tendrá escapatoria.
Madeleine finalmente puede ver en los ojos de Josef el miedo que tanto había ansiado provocarle, lo que la incita a ir más allá.
Josef sigue debatiéndose para liberarse de los brazos de los hombres, sus esfuerzos haciendo que le sude la cara.
—Madeleine, por favor, no puedes hacer esto, por favor, mi mujer…
Ella levanta una ceja mirando a Louis, que inmediatamente retuerce la muñeca de Josef haciéndole gritar de dolor y silenciando eficazmente sus palabras.
—Llevadle al laboratorio. Avisaré al doctor Jade para que se reúna con vosotros allí. No le soltéis bajo ninguna circunstancia, chicos. Ya sabéis para lo que os pago.
Se da la vuelta con una sonrisa bailando en sus labios, al tiempo que escucha los inconfundibles gritos de dolor de Josef al ser trasladado fuera de la habitación, y se felicita interiormente: al menos siempre podrá contar con sus fieles Louis y Frederic para llevar a cabo cada una de sus órdenes.