Alexa

Las últimas veinticuatro horas desde que abandoné los planes de ofrecer voluntariamente mi cuerpo y mi sangre a Xsade han pasado como en una bruma. Desde entonces es como si el mundo hubiera girado a toda velocidad a mi alrededor y, súbitamente, se parara de golpe, ahora que estamos confortablemente instalados en uno de los jets privados de Leo.

Nuestra llegada al aeródromo privado bien podría equipararse a una operación de los servicios secretos. Los niños, Robert y Adam llegaron en una limusina mientras que Jeremy, Leo y yo abandonamos sigilosamente el apartamento, justo después de anochecer, y cogimos el helicóptero que nos esperaba en la azotea, en previsión de que alguien nos estuviera vigilando. Ahora vamos de camino a otra de las propiedades secretas de Avalon que Leo posee en Sudamérica.

Leo aún se resiste a revelarme la ubicación exacta porque, supuestamente, es más importante que sienta la energía del entorno que formarme una opinión preconcebida del lugar. Sea como sea, no dejo de decirme que hay que dejarse llevar por la corriente. Este mantra me ayuda a centrarme cada vez que recuerdo la otra alternativa; e involuntariamente me estremezco ante esa horrible perspectiva.

He tenido que hacer algunas llamadas a la familia para explicarles que nos quedábamos en América durante unos meses debido a compromisos de trabajo, lo que inicialmente fue recibido con sorpresa y luego con comprensión, Dios les bendiga. Sentí que mis emociones flaqueaban cuando escuché el tono de preocupación de sus voces, al igual que ellos debieron de percibir mi inquietud, pero me repetí a mí misma que estar con mi familia más próxima era la mejor opción para todos, aunque estuviera trastocando tantas vidas. Robert fue el encargado de organizar la ausencia de los niños del colegio, y de que uno de nuestros amigos más cercanos se encargara de cuidar nuestra casa durante estos meses sin poner ninguna pega. Moira ha coordinado todo lo relativo a mi trabajo, de modo que ni siquiera he tenido que llamar o escribir a la universidad, lo que me resulta un tanto extraño.

Intentar resistirme al plan de Leo y Jeremy resultaba imposible, por no hablar de que con todas las demás opciones cerradas, es como si intentaran crear una burbuja protectora a mi alrededor para que viva fuera del mundo real. Trato de apartar de mi mente el miedo recurrente a cómo va a reaccionar la familia, los amigos y los colegas si Jurilique cumple con su campaña de desprestigio; esconderse en el vacío de la negación resulta ahora mucho más sencillo.

Todo se ha organizado con tanta facilidad que no ha hecho falta que me comunique con nadie más, aparte de la familia. No albergo la menor duda sobre que estos planes han empezado a orquestarse mucho antes de mi consentimiento. Y estoy segura de que, de una forma u otra, habrían acabado por convencerme, pues es evidente que Jeremy no pensaba permitir que regresara a Xsade. Apenas me ha perdido de vista desde que nos reencontramos en Europa. Ni siquiera he podido salir del apartamento por propia voluntad. Una risa nerviosa se me escapa al darme cuenta de que he sido mantenida cautiva por amor en Miami, en lugar de por miedo en Eslovenia. Suspiro ante la constatación de que en eso se ha convertido mi vida; luchar resulta agotador emocionalmente y supongo que, de todos modos, no sirve para nada.

Después de efectuar las llamadas oportunas, los teléfonos de todo el mundo han sido confiscados por Leo. Jeremy disimula una sonrisa ante mi expresión perpleja, sin duda recordando lo mucho que me enfadé cuando me «robó» mi móvil al principio de nuestro fin de semana juntos en Sidney. Dios mío, parece que haya pasado una eternidad desde que nos embarcamos en esta aventura salvaje, dada la cantidad de cosas que han pasado desde entonces. Yo también me callo cuando él tiene que entregar su teléfono, pero disfruto del momento y le doy un codazo en las costillas mientras Leo explica que no hay ninguna cobertura en donde vamos, solo un teléfono vía satélite. E incluso sería mejor dejarlos atrás, nos dice, en caso de que estén siendo rastreados, lo que efectivamente tiene sentido. Poco después, es Jeremy el que encuentra la ocasión de devolverme el codazo cuando Leo me pide que le entregue mi reloj.

—¿Mi reloj? ¿Por qué?

—Hemos descubierto que Xsade lo pinchó, esa es la razón por la que han sabido vuestra ubicación exacta en todo momento.

—¿En serio? —Abatida se lo entrego a Martin, que no ha dejado ni un momento su puesto frente al ascensor, como si temiera que fuera a escaparme en cuanto se despiste.

—Ya hemos retirado el transmisor de tu teléfono, pero no ha sido hasta hace unas horas cuando descubrimos que aún había otra señal emitiendo desde otra fuente. Otra distinta de la de tu brazalete, por supuesto.

—Por supuesto. —Recuerdo que cuando estaba en las instalaciones me quitaron todas mis cosas excepto el brazalete, que fueron incapaces de soltar.

—No estés tan triste, Alexandra. En donde vamos no habrá necesidad de relojes ni de controlar el tiempo. De esta forma podremos dejar tu reloj aquí y que sigan pensando que es donde estás.

Era inútil protestar. Todo lo que tenía que hacerse para desconectarnos del mundo real el último día se hizo. Ahora solo somos un pequeño grupo a bordo de un avión que no sabe nada del viaje que les espera. Obviamente no podemos arriesgarnos a que la noticia de mi paradero caiga en manos de Xsade. Es una sensación muy extraña que tu familia y tus amigos no sepan dónde estás ni lo que estás haciendo. Solo espero no haber sido demasiado egoísta al empeñarme en llevar a los niños conmigo; me moriría si les sucediera cualquier cosa a causa de todo esto. Además, el que estén aquí me proporciona una gran sensación de seguridad y consuelo como no he sentido en meses, de modo que estoy inmensamente agradecida a estos hombres de mi vida por haber permitido que esto sucediera.

Leo le ha pedido a Martin que regrese a Europa para ponerse en contacto directamente con la Interpol y ayudar a Salina a rescatar a Josef, además de asegurarse de que las amenazas de Jurilique se queden solo en eso. Tengo la sospecha de que temen que la presencia de Martin solo sirva para recordarme el riesgo que estamos asumiendo, y me distraiga del verdadero propósito de este viaje. Si es así, están en lo cierto. Cada vez que miro a Martin, no puedo evitar pensar en el peligro que acecha a mi familia en el mundo real. Mi estómago aún se revuelve de preocupación por la vida de Josef, y también por la de Salina, a pesar de que ella, al igual que Martin, es una gran profesional. De modo que me alegro de que Leo esté tomando tantas precauciones, y sé que, al igual que yo, confía plenamente en la habilidad de Martin. A pesar de que no me hacía ninguna gracia que me prohibiera salir del apartamento de Adam bajo ninguna circunstancia, eso no hizo más que confirmarme la seriedad con que se toma su trabajo y lo bien que lo desempeña.

Hemos tenido que vacunarnos y también tomar cuanta medicación hay disponible en el mundo para fiebre amarilla, hepatitis, tifus, cólera y demás enfermedades. Aún siento mi antebrazo hinchado por la vacuna del tétanos, y me alegro de que los niños estén dormidos para que no sientan ningún dolor. Sus pequeños cuerpos deben de estar inundados de toda clase de cepas en miniatura de esas enfermedades. Jeremy ha estado muy cariñoso con ellos, pero siempre es difícil presenciar cómo pinchan a tus hijos. Los dos han sido muy valientes y están muy excitados por embarcarse en una nueva aventura. ¡Dios, espero haber tomado la decisión adecuada al llevarlos con nosotros!

Muestro una débil sonrisa a Robert que tiene a Jordan dormido en sus brazos al igual que yo tengo a Elizabeth en los míos. Los demás están charlando en la parte delantera del avión.

—¿Cómo estás, Robert? ¿Estás seguro de que no te molesta todo esto? —De pronto soy consciente de que no hemos tenido ni un momento para hablar en privado desde que llegué al apartamento.

—¿Y me lo preguntas ahora? —responde con una sonrisa—. Estoy bien, Alex, perfectamente. Sin embargo todo esto resulta extraño, ¿no es cierto? —Sus ojos recorren lo que nos rodea—. Nunca hubiera imaginado semejante giro en los acontecimientos.

—Yo aún estoy tratando de asimilar cómo mi tranquila vida se ha desbaratado por completo. —Advierto que mi voz suena un tanto melancólica, y Robert también se da cuenta.

—Esto ha sido muy duro para ti, ¿no?

Hago un gesto de asentimiento pensando en la intacta unidad familiar que teníamos antes y tratando de contener las emociones para no echarme a llorar.

—Sí, lo ha sido, pero espero que al final todo se arregle.

—¿Te arrepientes de algo?

Sonrío ante su conocimiento de los valores de mi vida.

—No, creo que no, pero eso no hace que todo esto sea menos extraño. Solo lamento haber tenido que involucrarte… y a los niños… Nunca quise…

—No pasa nada, Alex, yo tampoco me arrepiento de nada de todo esto, ni de nosotros. —Su voz es sincera al referirse a nuestras antiguas y nuevas relaciones—. Además, por lo que he visto de los niños, están muy excitados con la idea de convertirse en exploradores de la jungla. —Trata de levantar mi ánimo y me río ante el recuerdo de estos en el apartamento simulando acechar a los animales salvajes con los que piensan encontrarse.

—¿Crees que he hecho lo correcto? —le pregunto directamente.

—Era lo único que podías hacer. En serio, saldrás de esto, todos lo haremos. Y míranos ahora, una familia funcional ampliada, que aún se habla entre sí, que se apoyan unos a otros, con nuestros niños roncando ruidosamente en nuestros regazos. No está tan mal. —Me mira transmitiéndome su cariño y su fuerza.

—Gracias. Eres un padre increíble. Nunca quise que perdieran eso. Has llevado tan bien toda esta situación cuando yo he estado tan…, bueno, superada… —Confío en que entienda que los hijos que hemos tenido juntos son lo que nos une y que nunca desharía ese vínculo.

—Y tú eres una gran madre. Los dos sabemos que hemos hecho unos niños preciosos —dice guiñándome un ojo para confirmarme que lo ha entendido.

Levanto la vista hacia Jeremy, que ha estado mirándome de reojo mientras hablaba con Leo, Adam y Martin, y sonrío. Solo albergo sentimientos platónicos por Robert, lo que ha estado sucediendo durante años, pero aún le quiero y le respeto incluso más que cuando estábamos oficialmente juntos. Me siento segura en mi relación con él, sabiendo que nuestro amor por los niños superará cualquier cuestión personal con la que debamos enfrentarnos.

Jeremy advierte mi mirada y la devuelve con una sonrisa de sus labios y sus ojos. Mi corazón se llena de calidez, provocando un hormigueo desde mi cabeza a la punta de los pies. Me sonrojo ante la fuerza de mis sensaciones tanto físicas como emocionales. Es como si estuviéramos unidos por lazos invisibles. Él, a su vez, me hace un guiño de comprensión, como señal de que capta el más mínimo cambio en mi fisiología.

¡Qué afortunada soy por tener a estos dos hombres en mi vida, a los que quiero, pero de forma completamente diferente! El torbellino en el que he estado inmersa desde que le dije que sí a Jeremy —siempre estoy diciendo que sí a Jeremy— es cuando menos increíble. Él ha traído más amor, diversión y sentimientos a mi vida de lo que jamás creí posible, resucitando mi corazón y rescatándome de la interminable inercia que estaba erosionando cada minuto de mi vida. El drama, dolor y angustia de los momentos bajos tal vez haya contribuido a que me sintiera más viva en los de euforia. Sin lugar a dudas, estoy inmersa en una salvaje y excitante travesía que, estoy segura, continuará siéndolo, pero ahora por fin me siento con la valentía suficiente para afrontar este viaje, rodeada por el amor y el apoyo de las personas más importantes de mi vida que estarán a mi lado.

Rápidamente busco una manta para cubrir a Elizabeth y coloco su cabeza en la almohada, saliendo con mucho cuidado de debajo de su cuerpo. Cuando me pongo en pie, me acerco a Robert para besar su frente como símbolo de lo que significa para mí, para nosotros. Entonces me dirijo hacia la parte delantera para quedarme junto a Jeremy, buscando la proximidad de su fuerza y la calidez de su cuerpo. Sus brazos inmediatamente me envuelven como un manto y me acurruco en su pecho, sabiendo que, pase lo que pase de ahora en adelante, estoy donde debo estar.

Después de muchas horas, llegamos al aeródromo. Una vez en tierra, somos escoltados a través de un control de seguridad militarizado, y nos subimos en dos helicópteros para un trayecto de aproximadamente una hora, desde donde unos jeeps nos llevan por pistas forestales hasta las profundidades de la jungla.

El calor y la humedad nos golpean al instante en cuanto nos exponemos a este nuevo entorno, creando una película de humedad en nuestra piel que pronto se convierte en sudor y haciendo que desee desesperadamente darme una ducha. Finalmente, el coche dobla por un recodo y llegamos hasta un claro. Ante nuestros ojos está una maravillosa versión amazónica de Avalon.