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Cuando el hombre-oveja se marchó, reanudé la lectura. Mientras leía Diario de un recaudador de impuestos del Imperio Otomano me convertí de nuevo en Ibn Almud Hasshur, el recaudador. Durante el día, recorría la ciudad de Estambul recaudando impuestos y, al atardecer, regresaba a casa y daba de comer a mi perico. En el firmamento flotaba una luna blanca afilada como una cuchilla de afeitar. Se oía cómo alguien tocaba la flauta en la lejanía. Sirvientes negros perfumaban la habitación con incienso y ahuyentaban los mosquitos que pululaban a mi alrededor con una especie de espantamoscas que sostenían en la mano.

En el dormitorio me esperaba una hermosa joven, una de mis tres esposas. Era la muchacha que me había traído la cena.

«Es una luna preciosa», me decía ella. «Mañana habrá luna nueva».

Yo le comentaba que tenía que darle de comer al perico.

«¿Al perico? ¿No le habéis dado ya de comer hace un rato?», decía la muchacha.

—¡Ay, sí! ¡Pero si acabo de darle de comer ahora mismo! —decía yo, convertido en Ibn Almud Hasshur.

La luna parecida a una cuchilla de afeitar arrojaba unos rayos de luz enigmáticos como un conjuro sobre la piel suave de la joven.

«Es una luna preciosa», repetía la joven. «La luna nueva cambiará nuestro destino».

—¡Ojalá fuera así! —decía yo.