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Efectivamente, en el dorso de cada uno de los libros había pegada una etiqueta roja que prohibía el préstamo.

—Quien desee consultarlos, debe hacerlo en el cuarto del fondo.

Miré el reloj de pulsera. Eran las cinco y veinte.

—Pero es que la biblioteca está a punto de cerrar y, además, si no vuelvo a casa antes de la hora de la cena mi madre se preocupará.

El anciano frunció las cejas dibujando una larga línea.

—La hora de cierre es irrelevante. Si digo que está bien, bien está. ¿O es que no aprecias mi amabilidad? ¿Para qué diablos crees que he acarreado hasta aquí estos tres libros tan pesados? ¿Eh? ¿Para hacer ejercicio?

—Lo siento mucho —me disculpé—. No pretendía causarle ninguna molestia. Es que no sabía que fueran libros excluidos de préstamo.

El anciano soltó una tos cavernosa y escupió una flema en un pañuelo de papel. A causa de la ira, las manchas de su rostro temblaban convulsas.

—No se trata de saber o no saber —dijo el anciano—. Yo, a tu edad, solo con poder leer ya era feliz. ¿Por qué me señalas que es tarde, que te retrasarás a la hora de la cena? ¿Cómo tienes la desfachatez de venirme con tales monsergas?

—De acuerdo. Me quedaré a leer solo media hora y me iré —dije. No me gusta negarme de manera tajante a algo—. Pero no voy a poder quedarme más. De verdad. Una vez, de pequeño, mientras andaba por la calle, me mordió un perro negro y, desde entonces, por poco que me retrase, mi madre se trastorna mucho.

La expresión del anciano se dulcificó un tanto.

—¿Leerás aquí antes de irte?

—Sí. Leeré. Si solo son unos treinta minutos…

—Entonces, ven —me invitó el anciano. Tras la puerta nacía un sombrío corredor. Una bombilla a punto de fundirse emitía una luz vacilante.