9. LOS GENERALES

Desde principios del siglo XIX los españoles intentaron encontrar una solución a sus problemas mediante las balas y las bayonetas. En el resto de Europa, la derrota de Napoleón convenció a los líderes políticos de que debía evitarse a toda costa concederle la primacía a la milicia con el fin de asegurar la paz y la estabilidad. Solo en España la empecinada guerra contra el francés, las disputas partidistas y los frecuentes vaivenes políticos acababan en pronunciamientos y sangre. Uno de los aspectos más preocupantes de la historia de Cataluña fue el significativo papel de los militares. Los catalanes no eran menos dados a la violencia que otros españoles, muchos, por ejemplo, afiliándose fervientemente al carlismo. La obsesión de los militares con Cataluña significó que, como el historiador Jaume Vicens i Vives apuntó, «se impuso la ley marcial en Cataluña durante sesenta de los ochenta y seis años que van de 1814 a 1900». Pero lo peor estaba aún por llegar. En 1909, una banda de militares rufianes lanzaron ataques premeditados contra las oficinas de dos publicaciones en catalán, en Barcelona, poco después de que apareciera en un medio militar un artículo diciendo que «Cataluña debe ser castellanizada […]; la gente debe hablar español, pensar en español y actuar como españoles, quieran o no».

De un modo u otro, parecía que todas las soluciones tenían que pasar por el empleo de la fuerza bruta, y no solo contra los españoles sino —más violentamente— contra los vulnerables africanos. Lord Wellington, durante la Guerra de la Independencia, decía que los españoles no eran buenos soldados, pero él no sabía que eran capaces de transformar su debilidad en mito, creando leyendas sobre los acontecimientos militares en los que participaban. El mito de la fortaleza militar española en ningún lugar se representaba con más convicción que en los cuadros, de los que hay innumerables ejemplos durante el siglo XIX. Es imposible no conmoverse ante el poderoso y enorme lienzo que representa el triunfo de las tropas españolas en la batalla de Tetuán, una victoria española obtenida por unas tropas bajo el mando de un general catalán, y convertido en un episodio inmortal por un pintor catalán.

El «héroe» de aquella batalla fue Joan Prim (1814-1870), nacido en Reus, hijo de solado y a su vez destacado militar. Alcanzó el grado de coronel, y luego se metió en política, asociándose a la bancada liberal, representando a Tarragona en las Cortes nacionales. Fue nombrado gobernador militar de Barcelona en 1843, y luego, cuatro años más tarde, capitán general de Puerto Rico. A su regreso representó como diputado en Cortes a Barcelona, y empezó a conocer de primera mano los intereses catalanes. La fama le llegó cuando sirvió como general en la campaña de Marruecos (1859-1860), donde se dirigió a un grupo de voluntarios catalanes diciéndoles: «Pensad en que representáis aquí el honor y la gloria de Cataluña. Recordad las glorias de nuestros mayores, de aquellos aventureros que lucharon en Oriente con reyes y emperadores, que vencieron en Palestina, en Grecia y en Constantinopla. ¡A vosotros os toca demostrar que los catalanes son en la lid los mismos que fueron siempre!». El discurso evidentemente mostraba que los generales no sabían mucha historia, pero también explicaba por qué los catalanes estaban dispuestos a participar en una empresa esencialmente española. La campaña concluyó con la «victoria» de Tetuán, y un ayuntamiento emocionado, el de Barcelona, se puso en contacto con el pintor Mariano Fortuny para que (como ya hemos comentado) representara en un enorme lienzo aquella gloriosa ocasión. Esa fue la única victoria militar significativa que obtuvieron los catalanes en toda su historia, y un homenaje al papel que de muy buena gana representaron los catalanes en el imperialismo castellano. El general Prim en Cataluña se consideraba como una de sus promesas progresistas. En cuatro años intentó siete pronunciamientos, todos fallidos. Su pertinacia le granjeó el liderazgo de una conspiración revolucionaria que en septiembre de 1868, tras amplios y cuidadosos preparativos, se «pronunció» contra el gobierno. Una oleada de revoluciones barrió el país. La reina Isabel II, incapaz de defender su posición, lo abandonó y se marchó a Francia. La revolución de 1868 fue bastante más que un simple pronunciamiento, y tuvo motivos más profundos que la imprudente vida amorosa de la reina Isabel.

Prim se convirtió en jefe de Gobierno y apostó por una monarquía constitucional. Dio su apoyo a un nuevo monarca, Amadeo de Saboya, hijo del rey de Italia, cuya candidatura fue aprobada en Cortes en noviembre de 1870. Solo dos días después de Navidad, cuando el nuevo rey ya viajaba hacia la capital, un grupo de hombres armados tirotearon a Prim a quemarropa, en Madrid, causándole heridas de las que acabó muriendo tres días después. La identidad o los motivos de los asesinos nunca se averiguaron. La carrera de Prim no solo demostraba que los catalanes podían contribuir a la organización militar y política de España, también allanó el camino para el surgimiento de los partidos regionalistas en la misma Cataluña. Desde 1868 en adelante se produjeron importantes desarrollos en Cataluña. En las primeras elecciones con sufragio universal (masculino) surgió un partido republicano federal bajo el liderazgo de Valentí Almirall, y ganó una mayoría de escaños por Cataluña. La doctrina del federalismo, enunciada en primer lugar por Pi y Margall, se convirtió en un hito del regionalismo catalanista. Por vez primera, un partido político en contacto con las masas de votantes adquiría forma. Contaba con el apoyo de los comerciantes, afectados por la crisis económica de aquellos años, y también con los votantes urbanos, especialmente en Barcelona. La idea del federalismo echó raíces y se plantearon varias propuestas al respecto, presentadas por distintas ciudades y sobre todo Barcelona, para que se adoptara una estructura federal en el país. Para ellos, esa propuesta era lo más cerca que podían llegar a estar de una Cataluña independiente. La última gran innovación de aquellos años fue que los federalistas de Almirall se mostraron abiertamente a favor de un catalanismo que pudiera encontrar su propio camino independiente de la República y de Madrid.

Esta no es una historia de aquellos años, ni un comentario sobre la época de los partidos catalanistas y Cambó, pero al menos hay que hacer una pausa para indicar que a pesar de las frecuentes actividades militares de aquellos años, los catalanes aprovecharon la crisis para formular su propia visión de los eternos problemas de España. Y su solución fue que Cataluña debería ser capaz de resolver su propio estatus. El objetivo era vertebrar Cataluña con España desde posiciones de igualdad. Desde luego, no era precisamente una solución pacífica, porque en Castilla había mucha gente que no miraba con buenos ojos una posible escisión de un país que consideraban exclusivamente suyo. El ascenso del nacionalismo en Cataluña, por tanto, se vio acompañado por un fortalecimiento del nacionalismo en Castilla. Fusi lo explica así: «Militarismo y antiseparatismo fueron dos de los componentes principales del nacionalismo español del siglo XX; junto a ellos, una exaltación entusiasta de la idea de España, una fe casi mítica en sus destinos y la glorificación de su pasado religioso y militar». El nacionalismo castellano estaba apoyado por los militares, por los grandes intelectuales de Madrid y por el poder económico. Era un movimiento muy fuerte, no menos amenazante para la estabilidad política en España que el nacionalismo catalán. Ambos patriotismos se enfrentaron cuando subió al poder otro militar: Primo de Rivera.

En septiembre de 1923 el mando militar en Cataluña, el general Primo de Rivera, provocó un pronunciamiento con el apoyo de la monarquía y del ejército en Madrid, y de los partidos regionalistas en Cataluña. Durante su estancia en Barcelona, Miguel Primo de Rivera había mostrado simpatía por los catalanes y había llegado a convertirse en una figura popular entre las clases medias como un símbolo del orden y la reforma. Los regionalistas catalanes estaban empezando a desarrollar la idea de que después de siglos de pasividad podían empezar a tener una verdadera influencia real en las política española. Era una idea que, como hemos visto, tuvo mucho predicamento entre sus líderes políticos. ¿Qué esperaban conseguir apoyando al general? Dos días después del golpe, las autoridades catalanas —la mancomunidad de Cataluña— hicieron pública una nota en la que se declaraba que el presidente de la institución, Josep Puig i Cadafalch, había mantenido una entrevista «cordial» con el general. Daba la impresión de que el poder militar podía coexistir con el catalanismo. Los catalanes, sin embargo, se iban a llevar una gran sorpresa. Cinco días después del golpe, y una vez que llegó a Madrid, el general dio su aprobación a un «Real Decreto dictando medidas y sanciones contra el separatismo». Allí estaba finalmente, la palabra fatal, «separatismo», la que desde entonces en adelante el gobierno de Madrid siempre citaría como el primer problema que planteaba Cataluña. El hecho era que el separatismo nunca había estado en la agenda de ningún grupo político de Cataluña, porque siempre habían estado intentando encontrar una definición de su propio tipo de nacionalismo. En realidad, poco después del golpe, una coalición catalana, la Lliga, junto con otros grupos catalanes, mantuvieron reuniones con Primo de Rivera e intentaron llegar a acuerdos sobre estrategias políticas. Los encuentros se mantuvieron en casa del líder de la Lliga, Cambó. Los catalanes confiaban en preservar la organización política existente de la Mancomunidad, así como otros aspectos.

Sin embargo, Primo de Rivera dejó bien claro que ya era hora de que los catalanes aceptaran su integración en España, lo que él llamaba «la unidad de la patria». Un mes después del golpe, el nuevo gobierno dictatorial de Madrid comenzó a ordenar la clausura de algunas instituciones culturales y a restringir el uso del catalán en las escuelas. En principio, las medidas estaban destinadas a adecuar los procedimientos catalanes a los utilizados en el resto de la península, dado que el general hizo constantes referencias a la amenaza del «separatismo». El régimen de Primo de Rivera, que duró siete años, en el que también prohibió la bandera catalana y el baile nacional (la sardana), acabó de mala manera para los catalanes. Al final, en marzo de 1925, se disolvió la Mancomunitat. Al tiempo, los nombres de las calles fueron cambiados por su forma castellana. La dictadura de Primo de Rivera duró cerca de siete años, gracias a las condiciones económicas favorables. El problema era que el nacionalismo seguía muy vivo a pesar de los éxitos de la dictadura. Muchos sectores se opusieron al régimen y lo más importante es que incluso parte del ejército al final también se volvió contra él. Cuando el rey Alfonso XIII descubrió que había militares de alto rango que estaban retirando su apoyo al régimen, se ocupó de que el dictador abandonara el gobierno, en 1930.

La misma monarquía también se derrumbó poco después, y, del mismo modo, la democracia subsiguiente. El siguiente general en inmiscuirse en la historia de Cataluña fue Francisco Franco. Tras la victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, tanto en Barcelona como en Madrid las calles pasaron a estar bajo el control de los radicales dispuestos a tomar la iniciativa en una situación que les había proporcionado la ventaja electoral. No tardó en producirse un recrudecimiento sangriento de los ataques anticlericales, haciendo inevitable el alzamiento militar que tuvo lugar el 18 de julio de 1936 y la subsiguiente guerra civil. Cataluña permaneció fiel a la República porque, como a los vascos, la República les había concedido un estatuto de autonomía. Pero el conflicto de la guerra no tuvo características distintivas en Cataluña, donde, como en el resto de España, los asesinatos y la violencia indiscriminada fueron la norma y la estrategia política habitual. Dado que la historia la escriben los vencedores, los historiadores y los medios habitualmente han pasado de puntillas por la narración de lo que ocurrió en los primeros días de la guerra en Cataluña. Las autoridades catalanas se sintieron impotentes, porque aquellos primeros meses de 1936 todo el poder estaba en manos de los anarquistas, mientras que miles de catalanes fueron perseguidos bajo la suposición de que eran de derechas o ricos o estaban apoyando la rebelión militar, y fueron arrestados o asesinados. El clero catalán, sacerdotes y monjas, fue eliminado casi por completo a manos de catalanes militantes en partidos radicales y anarquistas. Un historiador británico ha estimado que el número total de asesinatos en Cataluña durante el verano y el otoño de 1936 ascendió a 8352 personas (aparte del total de 38 000 víctimas del Terror Rojo en toda España). Es una práctica común, incluso hoy, mencionar solo los miles de asesinatos cometidos por los rebeldes militares y los elementos derechistas, y pasar por alto y en silencio los asesinatos cometidos por los elementos que apoyaban a las autoridades legales. No es un tema que tenga mucha relevancia en el presente ensayo.

Para una persona que ignorara lo acontecido en la Barcelona revolucionaria de 1936, no habría mejor testimonio que el que dejó escrito George Orwell en aquella época, porque estuvo allí:

Eran las últimas semanas de diciembre de 1936, hace menos de siete meses cuando escribo esto, y sin embargo es una época que ya parece haber quedado muy lejana en el tiempo. Los últimos acontecimientos han quedado mucho más oscurecidos que los de 1935 o los de 1905, incluso. Yo llegué a España con la idea de escribir artículos periodísticos, pero me uní a la milicia casi inmediatamente, porque en aquella época y en aquel ambiente parecía que era lo único que se podía hacer. Los anarquistas prácticamente seguían controlando Cataluña y la revolución se encontraba entonces en su apogeo. Para cualquiera que hubiera estado allí desde el principio, probablemente le parecería, incluso en diciembre o en enero, que el período revolucionario estaba tocando a su fin; pero cuando llegué a Barcelona, directamente desde Inglaterra, el aspecto de Barcelona causaba un impacto a medias entre el asombro y el anonadamiento. Era la primera vez que me encontraba en una ciudad en que la clase obrera estaba en el poder. Prácticamente todos los edificios, de todo tipo, habían sido incautados por los obreros y lucían banderas rojas, o las banderas rojas y negras de los anarquistas; todas las paredes lucían pintadas con la hoz y el martillo, y con las siglas de los partidos revolucionarios; casi todas las iglesias habían sido saqueadas y las imágenes se habían quemado. Las iglesias, por todas partes, estaban siendo sistemáticamente demolidas por cuadrillas de obreros. En todas las tiendas y cafés había pintadas diciendo que habían sido colectivizadas; incluso los puestos de limpiabotas habían sido «colectivizados», y las cajas se habían pintado en rojo y negro.

Los camareros y los dependientes te miraban a la cara y te trataban como de igual a igual. Las formalidades, la atención y los tratamientos en las conversaciones habían desaparecido. Nadie decía «señor» ni «don», ni siquiera «usted»; todo el mundo se llamaba «camarada» y se trataban de tú, y exclamaban «¡Salud!», en vez de dar los buenos días. Las propinas se habían prohibido por ley desde los tiempos de Primo de Rivera; prácticamente mi primera experiencia en Barcelona fue el discurso que me endilgó un jefe de hotel por intentar darle una propina a un botones. No había coches privados; todos habían sido confiscados, y los tranvías y los taxis y la mayoría del resto del transporte estaba pintado de rojo y negro. Los cartelones revolucionarios estaban por todas partes, llamando la atención con sus brillantes rojos y azules, que conseguían que los pocos anuncios publicitarios que quedaban parecieran pegajosos amasijos de basura. En las Ramblas, la amplia arteria central de la ciudad donde multitudes de gentes andaban constantemente de un lado para otro, los altavoces emitían canciones revolucionarias todo el día y buena parte de la noche. Y era precisamente el aspecto de todas aquellas multitudes de gente lo que resultaba más peculiar de todo. En su apariencia exterior era una ciudad en la que las clases pudientes prácticamente habían dejado de existir. Excepto por un pequeño número de mujeres y extranjeros, no había gente «bien vestida» en absoluto. Prácticamente todo el mundo llevaba basta ropa de obrero, o azules sobretodos o alguna variedad de uniforme miliciano. Todo aquello resultaba extraño y chocante. En todo aquello había algo que yo no alcanzaba a comprender del todo, y en cierto sentido me resultaba desagradable, pero lo asocié inmediatamente a un estado de la situación por el que valía la pena luchar. También creía que las cosas eran como parecían, que aquello realmente era un Estado Obrero, y que toda la burguesía simplemente había desaparecido de allí, o los habían matado o se habían unido voluntariamente a la facción obrera; no me di cuenta de que la mayoría de los burgueses acomodados estaban simplemente ocultos y se disfrazaban para parecer proletarios, de momento.

Junto con todo aquello, había también un maléfico ambiente bélico. La ciudad tenía un aspecto desastrado y sucio, con las carreteras y los edificios echados a perder, y las calles por la noche apenas estaban iluminadas por temor a los bombardeos aéreos, y las tiendas en su mayoría estaban desabastecidas y medio vacías. La carne escaseaba y la leche prácticamente era inencontrable; también había escasez de carbón, azúcar y gasolina, y una verdadera escasez de pan. Incluso en aquellos momentos las colas en los despachos de pan se alargaban centenares de metros. Con todo, por lo que uno podía observar, la gente parecía contenta y esperanzada. No había desempleo, y el coste de la vida era extremadamente bajo; se veía a muy pocos indigentes, y no había mendigos, salvo los gitanos. Sobre todo, la gente creía en la revolución y el futuro, un sentimiento de haber amanecido a una era de igualdad y libertad.

La realidad, para todos aquellos que tuvieron que vivir aquellos días, desde luego era mucho peor de lo que sugieren las amables descripciones de Orwell. Los catalanes se mataban entre ellos a una escala desconocida en su historia, y habitualmente por razones que no tenían nada que ver con la ideología. Los anarquistas no se oponían al gobierno catalán y al final se unieron a él.

Las generaciones posteriores en Cataluña estuvieron marcadas por la violencia que el régimen de Franco impuso allí. Cuando las fuerzas del general entraron en Cataluña en los últimos días de 1938, se hizo efectivo un decreto que se había aprobado en abril de ese mismo año aboliendo el Estatuto de Cataluña de 1932, «en mala hora concedido por la República». Las dos consecuencias inmediatas de la caída de Cataluña fueron una oleada de refugiados que se encaminaron hacia la frontera francesa, y una sistemática represión de la oposición mediante asesinatos indiscriminados o juicios sumarísimos en tribunales militares. Gracias a la preservación de testimonios personales contamos con una amplia información de dichas consecuencias. Por desgracia, lo único que se ofrece en los medios catalanes hoy es la nómina de los excesos del régimen de Franco, mientras que el terror de la Barcelona republicana se oculta tras un discreto silencio con el fin de proteger al parecer los intereses de la democracia.

Obviamente, Cataluña se sintió aliviada al recuperar cierta seguridad con la muerte de Franco en 1975; pero estaba decidida a no volver a aceptar jamás el tratamiento que había recibido durante los años de la dictadura. Al final resultó que ya había en marcha múltiples procesos que permitieron la transición de la dictadura a la democracia. Desde 1971 varios grupos de la oposición, de distintas ideologías, se habían estado reuniendo en una plataforma conocida como la Asamblea de Catalunya (AS), cuyo eslogan resumía sus prioridades: «Libertad, amnistía y estatuto de autonomía». El tema de la autonomía fue desde el principio una exigencia innegociable. Y para Castilla eso iba a ser el primer obstáculo, aunque no excesivamente difícil de superar, porque casi todos los partidos políticos aceptaron que su primer objetivo era regresar a la situación constitucional de la República. La celebración de la Diada el 11 de septiembre en Sant Boi de Llobregat, en 1976, y la legalización de la mayoría de los partidos políticos (salvo el ERC) en 1977, aseguró una base común para todos los catalanes en aquella primera fase de la transición a la democracia. Las primeras elecciones democráticas en Cataluña (en junio de 1977) reflejaron evidentemente la reacción contra aquella eternidad de cuarenta años de régimen dictatorial: los partidos ganadores fueron el Partido Socialista y las agrupaciones nacionalistas.

En la nueva España democrática, el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, acordó con los catalanes qué era lo que había que hacer, y en octubre de aquel año, el presidente de la Generalitat en el exilio, Josep Tarradellas, regresó a Barcelona aclamado por las multitudes. El resto, como se dice vulgarmente, es historia. Un grupo de consejeros redactó inmediatamente una Constitución en 1978. Al mismo tiempo, las autoridades catalanas presentaron un estatuto de autonomía en diciembre de 1978, que fue aprobado por las Cortes el año siguiente y luego votado afirmativamente en un referéndum en Cataluña. Nadie ha explicado adecuadamente por qué aquel referéndum tuvo tan poco apoyo ciudadano. Solo votó un 57 por ciento de los que podían hacerlo, y de ese 57 por ciento, el 88 por ciento votó a favor, lo cual significa que efectivamente solo la mitad del electorado dio su aprobación al texto. No fue la única vez que ocurrió algo así, de ningún modo. El curioso comportamiento del electorado catalán se repitió una generación después, en 2006, cuando se hizo un referéndum para enmendar el Estatuto de 1979 con la idea de ampliar las competencias del gobierno catalán. Fue aprobado por el 73 por ciento de los votantes, o, más precisamente, por el 36 por ciento del censo: un resultado desastroso que no impidió que las autoridades proclamaran que había sido un tremendo éxito y el nuevo estatuto se hiciera efectivo en agosto de 2006. La consecuencia en ambos casos demuestra que —como veremos— los números se manipulan constantemente para ofrecer un resultado que no es en absoluto cierto. Podemos asumir que en ambas ocasiones los votantes catalanes tenían una muy ligera idea de lo que estaban votando. En el Estatuto de 1979 los catalanes aceptaron que su tierra recibiera la designación político-administrativa de «nacionalidad», y el camino a la autonomía se abrió para ellos gracias al artículo 151 de la Constitución.

No cabe duda de que la Constitución se hizo apresuradamente, y fue obviamente un acuerdo provisional firmado aún bajo las amenazas de la inseguridad política y sobre todo el temor de una posible intervención militar. El Estatuto concedió a los catalanes, por ejemplo, menos poder político que en 1932, aunque a cambio tenían más control administrativo. Las elecciones de marzo de 1980, las primeras para el Parlamento de Catalunya, establecieron un modelo que apenas variaría durante los siguientes treinta años: los nacionalistas de CiU obtuvieron un tercio de los escaños, suficientes para asumir el gobierno pero con dependencia de otros partidos para conseguir la mayoría absoluta. El segundo grupo político de importancia eran los socialistas, cuyos resultados contrastaban con la representación parlamentaria, puesto que obtenían la mayoría del voto en todas las ciudades, incluida Barcelona. Eran resultados curiosamente equilibrados que demostraban la estrecha interrelación de la política catalana y española. De los abundantes aspectos que llaman la atención en las bambalinas electorales, quizá ninguno sea más interesante que la relevancia de la inmigración que se trasladó a Cataluña desde el resto de España, principalmente desde Andalucía, porque los inmigrantes fueron el principal apoyo del Partido Socialista y también fueron uno de los factores que más condicionaron la realidad social de la Cataluña nacionalista. Pareció como si la colaboración entre Cataluña y Castilla hubiera quedado fijada y definida. Sin embargo, la realidad es que esa situación era solo el comienzo de una evolución más compleja. Se produjo una convulsión política, que afectó decisivamente a Castilla con el fallido golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Pero a largo plazo no fue la política sino la economía lo que dictó el futuro del nacionalismo catalán.