6. EL MITO DE 1714
Cuando las Cortes de Cádiz acordaron una nueva ley fundamental, la Constitución de 1812, el diputado Agustín Argüelles presentó el texto del documento y exclamó: «¡Españoles, ahora tenéis una patria!». Aquel trozo de papel, en otras palabras, confería sustancia a una nación que hasta entonces solo había sido una aspiración. En realidad, a pesar de Argüelles, en aquel momento no había ni patria ni ningún sentimiento de solidaridad nacional en España. ¿Y cómo podía un simple documento, ferozmente contrario a los sentimientos políticos de la mitad del pueblo en el país, crear de la nada una patria? A pesar de todo, los historiadores posteriores y los artistas fijaron ese año de 1812 como una representación del nacimiento de una nación, y publicaron libros y pintaron cuadros que dieron sustancia formal a su sueño. Era, como ha dicho un importante especialista, «la construcción mítica de un pasado legendario[22]». Si los castellanos pudieron hacerlo entonces, otros podrían hacerlo después. Casi del mismo modo, los catalanes de un período posterior intentaron crear una realidad únicamente forjada en su imaginación, y centraron su atención en el año 1714.
¿Y por qué escoger ese año, un año de derrotas, fracasos y desastres? Las naciones que adquieren forma tras un período de crisis intentan elegir como día nacional un momento simbólico de su historia, como hicieron los franceses con la toma de la Bastilla durante la revolución de 1789. El «día nacional» es siempre un día de esperanza, no de desesperación. Sin embargo, durante siglos después de 1714, los dirigentes catalanes han sido incapaces de encontrar ningún momento crucial de aquel año que se pudiera recordar con emoción o esperanza. Doscientos años después, en 1905, cuando Sanpere i Miquel publicó su libro sobre los acontecimientos de aquel año, no destacó ninguna fecha ni ningún día especial. De hecho, para él, el día crucial, el día que «significaba la muerte de la nación catalana», era el 15 de septiembre, cuando la ciudad entregó sus banderas al nuevo gobernador de la ciudad[23]. El memorable acontecimiento representaba simplemente una derrota, porque solo la emoción de la derrota y la represión podía servir para levantar los ánimos. En todo caso, gracias en cierta medida a Sanpere, los catalanes comenzaron a observar su pasado y a elaborar una interpretación especial de los acontecimientos de la Guerra de Sucesión. Y gracias a dicha interpretación comenzaron a centrar su atención en el año de 1714, el año de la derrota.
Desde 1888, el año de la Exposición Universal de Barcelona, comenzaron a organizarse grupos en la ciudad decididos a conmemorar el año 1714, a través de actos de homenaje ante la estatua de Rafael Casanova, junto al Arco del Triunfo. Casanova, hemos de recordar, fue el principal responsable de las muertes de miles de catalanes durante el asedio, porque insistió en una política de «resistir hasta la muerte». En gratitud por su acción, los nacionalistas de hoy honran su memoria: un extraño comportamiento hacia alguien que ha sacrificado tantas vidas inútilmente. Resultó levemente herido en el asedio, pero sobrevivió a la ocupación y vivió largos años aún. Alrededor de 1900, un pequeño grupo de regionalistas concentraron su atención en un día conmemorativo, y eligieron el 11 de septiembre de 1714. A partir de ese año de 1901 los regionalistas escogieron esa fecha para su «día nacional[24]». El 11 de septiembre de aquel año, un pequeño grupo de jóvenes decidieron depositar una corona de laurel en el monumento conmemorativo de Casanova. El apoyo popular a ese día tardó setenta largos años en afianzarse. Cuando concluyó la dictadura de Franco, un mitin masivo en la ciudad de Sant Boi de Llobregat en 1976 convocó la celebración de una diada (día nacional) que debía identificarse con el 11 de septiembre, y la idea fue confirmada en una manifestación que se celebró en Barcelona el 11 de septiembre de 1977.
La primera ley aprobada por el nuevo Parlamento regional de Cataluña en 1980, bajo la presidencia de Jordi Pujol, fue un decreto del 12 de junio estableciendo el día 11 de septiembre como la Diada de los catalanes. El texto en el que se sustentaba la ley afirmaba que la propuesta «conmemora la triste memoria de la pérdida de nuestras libertades el 11 de septiembre de 1714, y la protesta y resistencia activa contra la opresión». Por desgracia, fue un error mayúsculo escoger esa fecha. Lo que los miembros del Parlamento no sabían era que el 11 de septiembre Cataluña no «perdió sus libertades» («libertades» tenía entonces un sentido medieval, y se refería concretamente a los privilegios administrativos, no al concepto de libertad actual). Ese acontecimiento, según Sanpere i Miquel, no sucedió hasta varios días después; y la muerte de Cataluña «era un hecho el 14 de septiembre[25]». En realidad, tal y como hemos visto, Sanpere asociaba la muerte de la nación catalana (aunque en la práctica solo pensaba en la ciudad de Barcelona) con un único acto: la rendición de las banderas de la ciudad a la armada real dos días después de la entrada de las tropas del rey. La declaración de las nuevas autoridades, que con la excepción de los oficiales militares presentes eran todas catalanas, se formalizó de modo solemne el día 16 de septiembre en la Casa de la Ciutat, donde el gobierno oficial de Patiño anunció la abolición del Consell de Cent. Una vez abolida esa institución, las autoridades fueron a la Casa de la Diputació, donde dos oficiales catalanes anunciaron la disolución de la Diputació[26]. Vale la pena recordar que el nuevo gobierno fue en su totalidad catalán, igual que el gobierno derrocado por los rebeldes medio siglo antes, en 1652. En todas las disputas del período hubo siempre dos caras y dos partes, un hecho que ha sido cuidadosamente silenciado por la historia partidista.
Cuando se dieron cuenta de que habían cometido un error escogiendo el día 11 de septiembre como fecha significativa, algunos catalanes intentaron sugerir otras interpretaciones, después de 1980, pero no siempre con éxito, porque ellos tampoco tenían ni idea de lo que significaban cualquiera de las fechas propuestas. Según escribió en un periódico de Madrid en 2004 un eminente político nacionalista, Xavier Trias, «el 11 de septiembre de 1714, después de resistir durante todo un año un feroz y terrible asedio, al final de una larga guerra en defensa de las libertades de Cataluña, la ciudad de Barcelona se rindió a las tropas franco-españolas del rey Borbón, Felipe V[27]». Xavier Trias no era historiador, y se equivocaba penosamente. La rendición no tuvo lugar el 11 de septiembre, sino poco después del mediodía del 12 de septiembre. Como Trias, otros políticos catalanes inventaron sus propias ideas de lo que ellos creían que había ocurrido aquel famoso día. Tal vez la única descripción correcta de lo que ocurrió aquel día era la que proporcionaba la página web oficial del gobierno regional de Cataluña: «El asalto final a la ciudad tuvo lugar el día 11 de septiembre». La casi universal ignorancia que aún hay entre la mayoría de los catalanes sobre lo que ocurrió exactamente aquel día es un indicio de los problemas que causa la invención de las identidades históricas.
El problema de inventarse una Diada fue solo un detalle en la tarea, mucho más amplia, que emprendieron los nacionalistas: la de excitar las emociones populares respecto a todo el año completo de 1714, así como estimular el apoyo a las políticas nacionalistas. Con el fin de preparar al público para la conmemoración del año 1714, la Generalitat emprendió la organización de un evento llamado «Tricentenari del 1714», con un presupuesto provisional de alrededor de 90 millones de euros. Respecto a lo que había ocurrido en la lejana fecha de 1714, no se consideró necesario llevar a cabo ninguna «investigación» histórica. Por el contrario, como el propósito general era la propaganda, la organización de todas las actividades públicas se pusieron en manos de dos periodistas. Su solución fue reescribir toda la «historia» de aquel año y preparar una nueva versión para que se acomodara al programa político del partido. En este capítulo examinaremos muy brevemente esa visión de la historia.
¿Se rebeló Cataluña en 1714?
Es una cuestión que nunca se ha estudiado a fondo, pero el fallo reside exclusivamente en los historiadores por no haberlo hecho. «Cataluña toda», escribió el historiador catalán Víctor Balaguer en el siglo XIX, «se declaró contra el duque de Anjou». Balaguer fue el historiador oficial de Cataluña, pero él era sobre todo poeta, y su «historia» es fundamentalmente una compilación de sucesos románticos imaginarios, y cae constantemente en completas falsedades, como la afirmación citada. La respuesta a esta sencilla cuestión ha desatado un torrente de falsificaciones históricas. Una página web escrita por catalanes afirma: «Cataluña confió en los Habsburgo porque consideraba que con ellos tenía más posibilidades de llevar a cabo sus esperanzas para convertirse en una entidad nacional». Esta afirmación es completamente ficticia. No existía ninguna aspiración de nacionalidad, y Cataluña en ningún momento confió en los Habsburgo en ese aspecto, pues los catalanes ya se habían rebelado contra esa dinastía muy claramente justo medio siglo atrás.
La página oficial del «Tricentenari del 1714» dice: «Catalunya es va manteir lleial a Felip V fins 1705, quan l’actuació hostil dels representants reials va causar el malestar del poble i les autoritats del Principat». Esta afirmación oficial es una completa ficción, porque no existe evidencia alguna de ninguna «actuació hostil dels representants reials». Hubo las discusiones habituales y los conflictos normales aquellos años, como refleja claramente el relato contemporáneo escrito por Feliu de la Penya, pero es dudoso que dichas perturbaciones hubieran desembocado en una rebelión. Hubo también disturbios locales en el principado, muchos de ellos causados por la Revuelta de las Barretines, acaecida años antes[28], pero no existía ese supuesto «malestar» del que se habla, y mucho menos en lo concerniente a los fueros de la Corona de Aragón, puesto que el nuevo rey Borbón no había atacado los privilegios de aragoneses y valencianos.
La teoría asumida en todos los textos publicados, casi sin excepción escritos o inspirados por nacionalistas, es que hubo un levantamiento nacional del pueblo. Semejante conclusión no solo es incierta, sino que también es inverosímil. En 1707, cuando el rey tomó medidas para privar a Aragón y Valencia de sus antiguas leyes con la excusa de que se habían rebelado, fue obligado a rectificar su juicio sobre la lealtad de sus súbditos de Valencia y Aragón. «La mayor parte de la nobleza», dijo en un decreto promulgado después de la revocación de los fueros, «y otros buenos vasallos y muchos pueblos enteros han conservado en ambos reynos pura e indemne su fidelidad, rindiéndose solo a la fuerza de los enemigos». Al mismo tiempo el rey confirmó muchas de las leyes locales, y con otro decreto garantizó a la Iglesia la posesión de sus propiedades, «porque la Iglesia no se considera incursa en el delito de rebelión». De hecho, una vez la Corona hubo reconocido el hecho de que casi todas las clases altas y el clero, y muchas ciudades y pueblos, habían apoyado a los Borbones, tenía poco sentido hablar de un «delito de rebelión». ¿El caso de Cataluña fue tan distinto que solo ella optó por la rebelión?
En realidad, durante la guerra los catalanes siguieron más bien la lógica de la «fuerza mayor» y, desde luego, no un presunto sentimiento nacionalista. Tanto en Cataluña como en Aragón y Valencia, muchos pueblos y ciudades caían en poder del enemigo por la sencilla razón de que carecían de armamento. En Cataluña, la fortaleza clave de Girona se encontró en julio de 1705 con que su artillería era insuficiente para la defensa de la ciudad y decidió capitular frente a los aliados (británicos y alemanes), pues no tenía otra alternativa. Lleida, en septiembre de 1705, se encontró virtualmente indefensa; la ciudadela no contaba más que con veinticinco soldados para su defensa, y dada la situación militar, no podían esperar ayuda de nadie. En esa situación, los habitantes de la ciudad comenzaron a ponerse nerviosos y perdieron la fe en su capacidad de defensa. En un motín muy grave en el que participó casi todo el pueblo, el día 15 de ese mes de septiembre, los amotinados pidieron que la ciudad se sometiera a las fuerzas del archiduque, evidentemente muy superiores[29].
Estos ejemplos, que pueden multiplicarse sin cesar, demuestran que el factor decisivo en la Guerra de Sucesión no fue la preferencia política de las personas, sino la capacidad militar de los ejércitos contendientes. Un caso representativo fue el de la ciudad de Reus, que estaba tan indefensa que se rendía antes de cualquier acción militar de cualquier ejército, fuera Borbón o aliado, que la amenazara. Como en otros reinos de la Corona de Aragón, una buena parte de las clases dominantes —en Barcelona, Tortosa, Reus y otras ciudades— favoreció el régimen existente (el de Felipe V)[30]. Pero no tomaron ninguna decisión hasta que los acontecimientos militares los forzaron[31]. «Todo el Principado», observaba San Felipe, «se levantó en armas contra sí mismo». San Felipe estuvo allí, y fue testigo ocular de los hechos, y la suya es la prueba más definitiva que se puede aportar para confirmar que lo que tuvo lugar en Cataluña fue una guerra civil, más que un rechazo a la monarquía borbónica. Muchos catalanes huyeron del territorio cuando el archiduque se hizo con él. La disputa sobre la nueva dinastía precipitó los conflictos que durante mucho tiempo habían estado latentes entre los catalanes, castellanos y otros españoles. En ningún momento hubo un apoyo unánime o mayoritario en Cataluña a favor del archiduque[32].
Para saber si los catalanes se rebelaron como nación, necesitamos analizar cómo se desarrollaron los conflictos a nivel local, y esto no se ha hecho nunca adecuadamente. Hubo una Cataluña borbónica (Cervera, Berga, Manlleu, Ripoll, Centelles), como también un Aragón y una Valencia borbónicos. Las oscilaciones de la guerra en el ámbito hispánico son bien conocidas. Barcelona fue finalmente tomada por los austracistas en septiembre de 1705, y salieron de la ciudad seis mil catalanes borbónicos. La historia nacionalista guarda un discreto silencio sobre todos aquellos catalanes que no estaban dispuestos a tolerar al nuevo rey impuesto por los ingleses. El mito del botiflerismo minoritario y traidor («botifler» es una palabra que en aquel momento se aplicó a los favorables a los Borbones en Valencia) es totalmente falso. Había un considerable malestar en el Principado, y en buena medida se debía a la oposición una parte de los catalanes a las políticas de las autoridades catalanas en Barcelona. Pero hay unanimidad entre los historiadores respecto a la idea de que durante los primeros cinco años del reinado de Felipe V no hubo el menor indicio de rebelión; es más, la entusiasta bienvenida que se le ofreció al rey cuando visitó Barcelona fue tal que decidió ampliar su estancia en la ciudad varios días.
Lo que ocurrió, simplemente, es que la sucesión de acontecimientos generó las condiciones para la rebelión: exactamente, lo que propició el alineamiento con los austracistas fue la captura de la ciudad de Barcelona a manos de la armada británica en 1705. Como ha observado un historiador, «nada permite creer que sin la presencia de la escuadra aliada se hubiera verificado un levantamiento[33]». Los británicos impusieron la Guerra de Sucesión en España. Una vez que los británicos lo consiguieron, hicieron todo lo posible por crear un gobierno títere, con la idea de proclamar al archiduque austríaco Carlos como rey de España. Antes de 1705, sin duda, ya no había ninguna unificación de criterios u objetivos entre las élites catalanas. Con el fin de dar más intensidad a la ocupación aliada, un grupo de conspiradores lo apostó todo a los británicos y llegó a un acuerdo según el cual apoyarían la invasión británica a cambio de apoyo a sus intereses y dinero. Aquel acuerdo secreto y privado, que se ha estudiado en el capítulo anterior y que fue conocido como el Pacto de Génova, se ocultó completamente al pueblo de Cataluña, no fue sancionado oficialmente por los líderes constitucionales de Barcelona y no tenía ninguna motivación ideológica o nacionalista. Fue un complot rebelde, nada más, y su objetivo fue poner el país en manos de los enemigos.
Pero si había rebeldes, ¿quiénes eran?
Algunas historias proborbónicas, como la de San Felipe, presentaban a los catalanes como separatistas y rebeldes. Pero, en realidad, el movimiento catalán no era —ni en sus orígenes ni en su naturaleza— separatista o anticastellano[34]. Pero entre los años 1705 y 1713 se produjo un cambio fundamental en los movimientos de Cataluña[35]. Los grupos que favorecían la continuidad de la guerra, porque contaban con el apoyo firme de Austria e Inglaterra, podían esgrimir con razón la evidencia de que, a partir de 1707, las conquistadas Valencia y Aragón estaban sujetas a un régimen que había cambiado sus leyes y había conducido a sus nobles a presidio o al exilio. Cataluña quedó inundada de panfletos que presentaban una imagen de «nación atropellada, tantas ciudades, villas y poblaciones como tienen los reynos de Castilla, Aragón y Valencia, donde no hay arbitrio de vivir que no sea a costa de ser tiranía…»[36].
Siete años después de la revocación de los fueros de Valencia, es decir, en el año 1713, muchos personajes prominentes de la élite catalana entendían claramente que Cataluña se encontraba ante la posible pérdida de sus constituciones históricas. Cuando todas las posibilidades de un acuerdo con Felipe V se desvanecieron, la ideología catalana también cambió. No era significativamente antiespañola y no podía serlo, ya que muchos de los refugiados en Barcelona eran castellanos, valencianos y aragoneses opuestos al régimen borbónico. En las últimas fases de la defensa de Barcelona, las autoridades hicieron un llamamiento al pueblo para que luchara «per son honor, per la pàtria i per la llibertat de tota Espanya». La «pàtria» se veía como una entidad integrada en el contexto de «Espanya». Los catalanes rebeldes luchaban por sus propias leyes, como dejaron claro en los últimos intentos de negociación con Berwick. Ahora, en 1713, los más radicales excluían definitivamente al rey Borbón del concepto de su «pàtria». Ahora apelaban a «la terra».
En el análisis de quién se rebelaba y por qué, habría que conceder alguna importancia a un aspecto de la cuestión especialísimo y fundamental: muchos catalanes de aquella generación eran decididamente antifranceses. El sentimiento había desempeñado un papel importante en las rebeliones de Aragón y Valencia, y tuvo un papel aún más decisivo en Cataluña. Como en otras regiones de la península, la gente de Cataluña tenía diversas opiniones sobre las razones para apoyar a Felipe V o al archiduque. Barcelona tenía excelentes recuerdos de la visita de Felipe V en 1701, cuando las Corts asumieron varias concesiones del rey; unas prebendas que eran «las leyes más favorables que jamás le han sido concedidas a esta región». Pero en ciertas partes de la región había un fuerte sentimiento antifrancés, enraizado en los sucesos acaecidos varias décadas antes, y ese sentimiento era preponderante tanto entre los poderes fácticos como entre el pueblo en general. Era una reacción natural a las continuas guerras que habían masacrado la frontera durante las últimas décadas del siglo XVII y los continuos sufrimientos del campesinado a manos de la soldadesca francesa. Barcelona, sobre todo, recordaba el infame bombardeo que había sufrido a manos de la armada francesa: en julio de 1691 alrededor de 36 navíos franceses se presentaron en la costa de Barcelona y la bombardearon durante un día y medio. Se emplearon en torno a ochocientas bombas, y más de trescientas casas quedaron arrasadas. A los españoles aquello les pareció un ataque salvaje contra la población civil.
También había ecos de pasados conflictos sociales. En la zona de Vic, epicentro del apoyo al archiduque, los líderes rebeldes de 1705 eran «los mismos que en su momento fueron responsables de la revuelta de las Barretines», un importante levantamiento que había sacudido la región dieciséis años antes. Barcelona, por su parte, también tenía recuerdos amargos del bombardeo marítimo de la ciudad que los franceses llevaron a cabo en 1697, cuando Vendôme comandó el asedio. «Este asedio», según el despacho que la Audiencia —el tribunal supremo— de Cataluña envió a Madrid en aquel momento, «ha sido testigo de más sangre y fuego que ninguno en la vida: las bombas destruyeron gran parte de la ciudad». Otro testigo era aún más preciso: «La ciudad quedó en ruinas, con la destrucción de 2500 casas». Fue probablemente el peor desastre de Barcelona en todo el siglo. Cuando la ciudad se rindió a Vendôme, muchos catalanes, incluido un abogado llamado Feliu de la Penya, abandonaron la ciudad y prefirieron el exilio antes que vivir bajo el poder francés. Fue Feliu, junto a sus amigos, quien en 1705 se negó a aceptar la dinastía francesa. Ellos fomentaron un pequeño movimiento popular que había comenzado en la zona de Vic y que en el mes de octubre ya era bastante fuerte en otras áreas del principado. En ese momento, el conflicto en Cataluña era más parecido a una confrontación civil entre los propios catalanes que un rechazo concreto al régimen borbónico.
Para enfatizar los aspectos heroicos de la resistencia popular en Barcelona, algunos escritores han presentado la lucha de la ciudad como una lucha nacional por la libertad. Sin embargo, hubo otros aspectos en el asedio que no tuvieron nada que ver con la causa nacional: los vinculados a la dinastía austríaca o las fuerzas militares que defendían la ciudad tenían razones legítimas para hacerlo, y no deberían olvidarse. Aquellas gentes defendían la ciudad no por así servir a la causa catalanista, sino porque sus propias vidas dependían de ello. Al final, nadie les pidió opinión sobre la decisión de sacrificar sus vidas. En realidad, como ocurrió en otras zonas afectadas por la guerra, quien no se ajustaba a lo ordenado se veía sometido a amenazas y vejaciones. Esto ocurrió en el interior de la ciudad de Barcelona.
¿De verdad Barcelona fue unánime en su decisión de resistir? Es el momento de considerar el papel que tuvo la parte de Barcelona que no apoyó la rebelión. Un sacerdote francés que estaba en la ciudad por aquellos años, Thomas Amaulry, nos ha dejado en sus memorias un testimonio directo. Sus memorias representan el relato más delicioso y detallado de los acontecimientos, porque trazan un panorama informativo de ambos bandos. Nos cuenta que cuando la ciudad decidió declararle la guerra al rey, «más de doscientas familias de Barcelona fueron a refugiarse a Girona, y para ocultar su huida tuvieron que hacer uso de las artimañas más artificiosas. Muchos otros se embarcaron en secreto por la noche, con el fin de irse a refugiar a Génova. Aquella huida de las principales familias de Barcelona fue la señal para que se desatara una ola de excesos y desórdenes. Lo único que se podía ver en la ciudad era libertinaje sin freno y un atroz estallido de violentísimos crímenes. Si se sospechaba que un hombre favorecía a Su Católica Majestad, su vida corría peligro a cada paso y con las excusas más especiosas, como “en nombre de Dios” o “por la patria”, se cometían en aquellos disturbios todos los excesos y se permitían todas las violencias[37]».
Otros catalanes también tuvieron dudas respecto al apoyo que podían prestar a los rebeldes. Después de que las tropas alemanas del archiduque se hubieran retirado de Tarragona en 1711, los valencianos rebeldes de Nebot intentaron entrar en la ciudad. «Pero fueron incapaces de conseguirlo, porque los habitantes de Tarragona cerraron las puertas de la ciudad, y no dejaron entrar a Nebot, y, bien al contrario, enviaron un mensaje a las tropas españolas para que entraran». Amaulry también asegura que el abad de Monstserrat confirmó su lealtad al rey en esa coyuntura, una prueba significativa de la profunda división de opiniones entre los mismos catalanes. En aquellos mismos días, tras la retirada de las tropas alemanas, «los representantes de Bages, Ripoll, Camprodón, Olot y más de cuarenta ciudades de Cataluña fueron a comunicar su rendición a los gobernadores de Girona, Tarragona y Tortosa». Solsona y Mataró también comunicaron su lealtad al rey Borbón por aquellas fechas, y Vic lo hizo el 27 de agosto. La historia nacionalista ha omitido cuidadosamente estos detalles y los nombres de estas ciudades.
¿Y qué ocurrió en la propia Barcelona? «A principios de septiembre había grandes divisiones en Barcelona, porque se sospechaba que el comandante de Montjuic estaba a punto de rendir la ciudad a las tropas del rey de España, así que los rebeldes ordenaron que lo decapitaran[38]». ¿A cuántos más ordenó ejecutar Casanova? La población estaba desesperada, porque dos navíos cargados de suministros y alimentos fueron atrapados por los barcos franceses antes de que pudieran llegar a Barcelona. Además, los rebeldes andaban faltos de dinero, así que publicaron una orden para que «todos los habitantes, bajo pena de muerte, fueran a declarar a la ciudad todo el dinero, oro, plata y joyas que tuvieran, y que lo dejaran en depósito que le daría un recibo, y que se les devolvería todo cuando fuera posible». Las frustraciones del asedio levantaron tensiones entre la población, «divididos ya por mutuas sospechas y temores». «Muchos ciudadanos, temerosos de lo que pudiera ocurrir, tomaron medidas para huir secretamente a Génova, donde ya habían enviado sus pertenencias más valiosas».
Amaulry nos proporciona información reveladora sobre las ideas de los líderes rebeldes. Apunta que durante una de las conversaciones mantenidas en la primavera de 1714 entre los representantes de Barcelona y los mandos militares realistas, un joven oficial rebelde, Sebastián de Dalmau y Oller, afirmó tajantemente que ellos no eran rebeldes, porque lo único que estaban haciendo era servir a un príncipe «que los había conquistado[39]», y que además tenía pretensiones al trono. Era un argumento interesante, y no contenía ni un ápice de nacionalismo. Muchas otras personas en Barcelona también ignoraban cualquier relación con ideas nacionalistas. En junio de ese año la situación era desesperada para una buena parte de la población. «Una parte de los habitantes, agotados por la guerra y los males que se derivaban de ella, estaban deseando rendirse; otros comenzaron a aterrorizar a aquellos que preferían la paz, mientras los malhechores se dedicaban a saquear las casas[40]». En julio los defensores intentaron obligar a un total de 12 000 hombres, desde los doce años en adelante, a tomar parte en un ataque contra los asediadores, pero cuando llegó la hora de atacar, solo había quinientos hombres: el resto había huido o desertado[41]. El sacrificio, obviamente, tiene sus límites.
¿Qué querían los rebeldes? ¿Pretendían separarse de España?
No hay preguntas sobre las cuales exista mayor vacío. Tal vez el asunto más importante sea determinar quiénes eran los rebeldes. En un compendio de un historiador nacionalista actual, parece que fueron los británicos quienes causaron y comenzaron la rebelión. Reinterpreta algunos tratados de la época para decir que los británicos originaron la rebelión con falsas promesas, y que por lo tanto fueron los responsables de las consecuencias derivadas de su retirada[42]. Sin embargo, también habla de «la letanía de quejas, abusos, actos inconstitucionales y otras ofensas parecidas que habían caracterizado el comportamiento de Felipe V y sus ministros durante el año anterior a 1705 [sic]».
En resumen, parece que los británicos (aunque no se nos dice por qué razón) y Felipe V (por supuestos hechos acaecidos en 1704) fueron responsables de la rebelión catalana. Los catalanes eran inocentes; los culpables fueron los demás. No satisfecho con estos asombrosos argumentos, este autor va incluso más allá en su pretensión de crear una versión nacionalista de los hechos. Afirma que los grupos rebeldes ostentaban teorías constitucionales favorables a una monarquía moderada constitucional, y que se oponían a la monarquía absolutista de Felipe V. En breve, los rebeldes eran demócratas, y los españoles y los franceses, unos tiranos. Todo esto resultaría sumamente interesante si el autor pudiera señalar un solo acto «absolutista» de Felipe V en los cuatro años que había sido rey de España.
La ansiedad por crear una nueva historia ficticia es habitual en toda la publicidad que se esgrimió previamente a la conmemoración del tricentenario de 1714. El autor que acabamos de citar es un ejemplo extremo de esa ansiedad. Otro ejemplo puede encontrarse en los argumentos que TV3 proporciona para explicar dichos acontecimientos: «Els regnes de la Corona d’Aragó (Aragó, València, Catalunya i les Illes Balears) es van a decantar per l’Arxiduc perquè representava el constitucionalisme, el model polític fonamentat en institucions representatives, enfront de l’absolutisme que encarnava Felip V, partidari de l’uniformisme i la centralització i contrari a qualsevol vestigi de representació política» (TV3, 7 de septiembre de 2013, a las diez de la mañana). El periodista que escribió esto era perfectamente sabedor de que lo que estaba diciendo era completamente falso en todos sus extremos, pero su objetivo no era en absoluto decir la verdad.
En todo caso, hay otras explicaciones —más normales— ofrecidas por historiadores y que explican las acciones y actitudes de los catalanes rebeldes. La tesis tradicional, que será también la más conocida y popular, ha sido reiterada por un historiador español en un artículo reciente (La Aventura de la Historia, n. 169, noviembre de 2012, p. 4). Afirma que hubo dos razones que explican las acciones de los rebeldes catalanes en 1705: 1) Los rebeldes querían «alejar el peligro del centralismo absolutista francés»; 2) Y por otro lado estaban «las aspiraciones de la burguesía mercantil de convertir el principado en una gran nación comercial según el modelo de Holanda o de Inglaterra». Estas afirmaciones han sido adoptadas como el punto de vista oficial en la página web del Tricentenari del 1714.
Ambas sugerencias son, sin embargo, completamente ridículas. Se requiere poco esfuerzo para demostrarlo. Cuando los conspiradores de Vic firmaron su pacto con los británicos en 1705, no existía ningún «centralismo absolutista» en Castilla, ni siquiera había teóricos políticos que sugirieran ese absolutismo imaginario. La idea de que los rebeldes estaban arriesgando sus vidas con el fin de «alejar un peligro» imaginario es total y simplemente absurda. Y respecto a la de convertir a la pequeña Cataluña en una nueva Holanda, eso ciertamente (como comentó el historiador francés Pierre Vilar) fue una idea que existió, pero que solo ocupó la mente de un puñado de comerciantes y abogados que vivían en Mataró y Barcelona, en un momento muy concreto (en 1711), muchos años después de que la rebelión hubiera tenido lugar, y la idea no había formado parte del pensamiento de los líderes de la ciudad de Barcelona en 1705. La idea de las dos razones que inspiraron a los rebeldes catalanes es, de hecho, completamente espuria. Si un nuevo rey se instaló en Barcelona, era porque los británicos lo habían puesto allí. El hecho no tenía nada que ver con imaginarias razones atribuidas a los rebeldes.
De un modo u otro, los periodistas actuales siguen inventándose nuevas ideas sobre el tema. Un artículo escrito por un periodista catalán en un periódico nacional el 11 de septiembre de 2013, afirma: «El asedio de Barcelona comenzó el 25 de julio, en 1713. Mientras las clases bajas decidieron resistir, la nobleza y el clero se pasaron al bando de los Borbones. Aquello radicalizó la resistencia aún más, convirtiéndola en un movimiento más republicano y secesionista». La expresión «republicano y secesionista» podría haberla escrito hoy un miembro del partido republicano-secesionista ERC, pero es una absoluta ficción cuando se aplica a los acontecimientos de 1713 y a los rebeldes de Barcelona, que eran realistas y de ningún modo separatistas. También es una pura ficción sugerir que las «clases bajas» tenían alguna posibilidad de tomar decisiones. La decisión de resistir la tomaron por ellas Rafael Casanova y sus amigos de la Diputació, gracias a los cuales muchos miembros de las «clases bajas» murieron.
¿Quién fue responsable de las muertes en Barcelona?
Los testigos de la época fueron unánimes a la hora de elogiar el heroísmo de los defensores en Barcelona. Todos los asedios, incluso aquellos que acaban en desastre, como el famoso asedio de las tropas romanas contra los judíos de Masada, u otros casos similares en la antigua historia de Iberia (Numancia), invitan a compadecernos de quienes perdieron. Eso no significa que no debamos estudiar lo que realmente ocurrió, ni que debamos olvidar al hombre que fue directamente responsable de aquella resistencia condenada a la muerte final, que hoy es considerado un héroe aunque tuviera todas aquellas muertes sobre su conciencia. Y ese hombre fue Rafael Casanova.
En junio de 1713 las Corts de Cataluña se reunieron en un encuentro especial en el salón Sant Jordi del Palacio de la Diputació. Dos de los tres braços —una mayoría— votaron primero por someterse y rendirse. Después de muchas objeciones y más votaciones, dos de los braços finalmente votaron a favor de continuar con la lucha, y por tanto se le declaraba la guerra a Felipe V, el 9 de julio de 1713. Se ha apuntado que la decisión «contravenía la razón y situaba a los catalanes en el camino del suicidio[43]». Pero considerando su punto de vista, en ningún momento el rey les había insinuado que respetaría los privilegios de Cataluña. La intención de abolir los fueros era de dominio público desde los decretos de 1707 que afectaban a Aragón y Valencia. La única esperanza que se desprende de las instrucciones que el monarca dio a Berwick es la de la misericordia del rey, que adoptaría medidas (dijo Felipe V) a su «discreción».
Berwick era del parecer que los ministros españoles eran los responsables de sus propios problemas por su actitud intransigente hacia los seguidores del archiduque. «Si los ministros y generales del rey de España», escribió en sus Memorias, «hubieran sido más moderados en su lenguaje, Barcelona habría capitulado inmediatamente después de la partida de los imperialistas (en 1711); pero como en público no hablaban de otra cosa más que de saqueos y ejecuciones, la gente acabó furiosa y desesperada[44]». En junio de 1714 le escribía al rey desde Perpiñán, y rogaba con vehemencia que garantizara a la población de Barcelona no solo sus vidas (lo cual el rey ya había hecho) sino también sus propiedades: «Ruego a Vuestra Majestad que me deis órdenes sobre el respecto[45]». De hecho, Felipe V modificó sus instrucciones a finales de julio, pero Berwick continuaba creyendo que eran demasiado duras. En agosto de 1714 Luis XIV también aconsejó al rey que tratara a los catalanes con clemencia, que consiguiera términos razonables de capitulación y que conservara las leyes municipales y las instituciones de Cataluña: «Creo que es de vuestro interés», le escribía, «moderar la severidad que queréis usar con sus habitantes, pues aun cuando sean vuestros súbditos, debéis tratarlos como si fuerais su padre, y corregirlos sin perderlos[46]». Felipe V le prometió a Luis XIV que preservaría las leyes municipales y las leyes civiles[47], pero dijo que no haría «más concesiones».
Las fuerzas de Berwick se presentaron ante las murallas de la ciudad en julio de 1714. Aunque el duque planteó ciertas condiciones para la rendición, los representantes de Barcelona las rechazaron. Adoptaron esa actitud porque Berwick se negó a garantizar los fueros. Cuando vio que los representantes querían seguir con la matanza, Berwick se puso más duro y pidió la rendición incondicional. El asedio de Barcelona fue el último acontecimiento de una guerra en la que se pueden reconocer innumerables episodios de heroísmo. Un ejército inmensamente superior compuesto de franceses y españoles —35 000 de infantería y 5.000 de caballería— se enfrentaba a una ciudad defendida por 16 000 soldados y sus ciudadanos[48]. En el campo había una considerable fuerza catalana en activo, pero no había manera de ayudar a la ciudad por mar. A pesar de que los atacantes llevaron a cabo un enérgico asedio, las fuerzas defensoras, bajo el mando de Villarroel, resistieron con éxito durante más de un año. En septiembre de 1714 la situación de Barcelona era desesperada, y Berwick se ofreció a recibir a una delegación ciudadana con la esperanza de que firmarían su rendición. La delegación, que estaba encabezada por el conseller en cap, Rafael Casanova, y que deliberadamente no contaba con militares, fue a verle el día 4 de septiembre, pero se negaron a hablar sobre las condiciones de la rendición. Villarroel no le veía sentido a la decisión, y dimitió de su mando. Los dirigentes de la ciudad enseguida señalaron a la Virgen de la Merced como su comandante. El 11 de septiembre tuvo lugar la última y desesperada defensa de la ciudad, con la pérdida de muchas vidas. Poco después del mediodía del 12 de septiembre Berwick aceptaba la rendición de Barcelona y esa tarde empezaron a entrar las tropas en la ciudad.
La decisión suicida de no rendirse fue de Casanova. El día del asalto final de las tropas borbónicas, Casanova estaba durmiendo y tras ser avisado se presentó en la muralla con el estandarte de Santa Eulalia para dar ánimos a los defensores. Herido de poca gravedad por una bala en el muslo, Casanova fue trasladado al colegio de la Merced, donde se le practicó una primera cura. Tras caer la ciudad en manos de las fuerzas borbónicas, quemó los archivos, se hizo pasar por muerto y delegó la rendición en otro consejero. Huyó de la ciudad disfrazado de fraile y se escondió en una finca de su hijo en Sant Boi de Llobregat. En 1719 fue amnistiado y volvió a ejercer como abogado hasta retirarse en 1737. Murió en Sant Boi de Llobregat en el año 1743, treinta y dos años después de la rendición de Barcelona. Vivió felizmente mientras muchos otros murieron miserablemente.
El asedio había costado más vidas de las que el propio Berwick consideraba aceptables. En sus memorias el duque estimó que habían muerto alrededor de 6000 defensores, una cifra que coincide con la que han sugerido algunos historiadores modernos[49]. También calculó que su propio ejército había perdido 10 000 hombres. Furioso por tanta muerte innecesaria[50], cuando la ciudad cayó en sus garras, no se consideró obligado a cumplir las condiciones de la capitulación. Despidió de malos modos a la delegación que fue a visitarlo el día 13, dos días después de la caída de la ciudad. Y el día 16 despachó órdenes en su nombre suspendiendo el consejo del ayuntamiento (Consell de Cent) y el Gobierno del Principado (la Diputació). Es imposible precisar las verdaderas cifras de bajas durante el asedio, porque cada fuente de la época utiliza diferentes datos. Lo cierto es que el cuadro de un ataque brutal sobre la ciudad indefensa no se ve sustentado por ninguna fuente disponible. De hecho, Sanpere observó con satisfacción[51] que el número de muertos entre los asediadores superaba en dos mil bajas el de los defensores. El lector podrá sacar sus propias conclusiones sobre el sentido de semejantes y terribles estadísticas. Las muertes provocadas por un asedio innecesario pesaron gravemente en la conciencia de las autoridades borbónicas cuando entraron en la ciudad semiderruida. Los prebostes catalanes habían buscado una solución militar aun cuando sabían que no había ninguna posibilidad, y tuvieron que aceptar las consecuencias.
¿Qué papel desempeñó Felipe V en la tragedia? ¿Es justo echarle la culpa a él de lo sucedido?
Sigue siendo tradicional y habitual culpar a Felipe V por una guerra y una rebelión que él ni deseó ni provocó. Los catalanes, en realidad, no tenían ninguna razón de queja contra Felipe V. Después de cumplir con sus obligaciones en Madrid, a principios del año 1701 el rey fue a Zaragoza, y luego, a Barcelona. La estancia de Felipe V en Barcelona entre 1701 y 1702 duró algo más de seis meses, y todo eran buenos augurios. Los catalanes prepararon fiestas apropiadas para la ocasión. El 2 de octubre Felipe fue a la catedral donde juró guardar las constituciones de Cataluña y recibió el homenaje de los tres estamentos. En los días que siguieron, tal y como informa un testigo, el monarca «se divierte en Barcelóna, salíendose después del Despacho las más tardes al castillo de Montjuic y a la caza a la Marina[52]». Transcurrieron diez días y las Cortes de Cataluña, presididas por el rey, se reunieron en el monasterio de Sant Francesc. Tal y como hemos apuntado, fue con seguridad una de las reuniones de Cortes en Barcelona con más éxito. El brazo real aseguró que el rey les había otorgado «tan singulars gràcias i prerogativas quals en pocas Corts se hauran concedits», y Feliu de la Penya admitía que la sesión había resultado en «las constituciones más favorables que avia conseguido la provincia».
La situación era bien distinta diez años después, con la inexplicable rebelión de los catalanes. Durante las últimas etapas de la guerra, y después de su experiencia con las rebeliones de Valencia y Aragón, en ningún caso el rey dio indicios de que tuviera pensado respetar los privilegios de Cataluña. Desde finales de 1712, el dilema de Barcelona consistía en si la ciudad se rendiría, como esperaban tanto los aliados como Francia, o si resistiría hasta el final. Prácticamente no se había hecho mención de los privilegios políticos de los catalanes. Al archiduque Carlos nunca le habían gustado los fueros, pero continuó insistiendo a los diplomáticos que los conservaran. Cuando en enero de 1713 el nuevo embajador británico en Madrid, Lord Lexington, abordó la cuestión con el rey Felipe V, el monarca replicó que «nunca concederé privilegios a estos pillos y sinvergüenzas de catalanes, porque no sería rey si lo hiciera. Esperemos que la reina [Ana] no pida nada parecido de nosotros, porque creo que ya hemos hecho mucho al permitirles mantener sus propiedades y sus vidas[53]». La intención de abolir los fueros había sido de conocimiento público desde los decretos de 1707 que afectaban a Aragón y Valencia. El movimiento decisivo en realidad lo ejecutaron los catalanes, cuando declararon la guerra a Felipe V el 9 de julio de 1713.
Los historiadores nacionalistas han inventado una versión de la historia en la que Felipe V se ha presentado como un tirano absolutista. En realidad, durante el reinado de este monarca no existían las teorías del absolutismo, y no había textos referidos a las teorías políticas absolutistas. Los ministros estaban solo preocupados por la autoridad real de la Corona, la seguridad militar y, sobre todo (en palabras de Luis XIV), «los gastos del Estado». En junio de 1707, Luis XIV escribió a su embajador en Madrid y le dijo que «siempre he estado convencido de que lo mejor que puede hacer el rey de España, después de reducir los reinos de Aragón y Valencia a su obediencia, es suprimir los privilegios que han disfrutado con sus rebeliones. El mantenimiento de esos privilegios ha sido un obstáculo permanente para la autoridad real, y un pretexto mediante el cual esos pueblos siempre se han eximido de contribuir a los gastos del Estado». Su preocupación se centraba exclusivamente en las finanzas, y Felipe V pensaba igual que su abuelo en este tema. El coste de la guerra era inmenso. En 1704 se estimaba que para alimentar, vestir y pagar a las tropas españolas se necesitaban alrededor de diez millones de escudos, cuando el dinero disponible apenas alcanzaba los tres millones. Aparte del mantenimiento de sus propias tropas, Felipe V tenía que contribuir a la financiación de las tropas francesas que le estaban ayudando.
¿Hubo represión contra el pueblo catalán tras el asedio? La manipulación del Born en Barcelona
Se han llevado a cabo abundantes y buenos estudios respecto a la abolición de las instituciones catalanas, el exilio de los líderes rebeldes, la eliminación de los contrarios, la reconstrucción de la ciudad y el medio siglo de ocupación militar impuesta en el principado. Fueron las inevitables consecuencias de la guerra, y no entraremos en detalles. La retórica nacionalista de los últimos años ha comenzado a construir una imagen distorsionada de un país política y culturalmente oprimido, agazapado y a la espera de su momento para vengarse de la tiranía. La mayoría de los historiadores catalanes, por fortuna, han sido los primeros en desmarcarse de esta falsa imagen, que sin embargo continúa imponiéndose sin rival en la literatura popular.
El hecho es que Cataluña, más que cualquier otra región de España, permaneció bajo la ley marcial tras la conquista. La continuada presencia militar castellana en todos los reinos orientales fue, en realidad, el aspecto más odiado del nuevo régimen. Tal vez su acto más simbólico fue la construcción (1715-1718) en Barcelona de una nueva y enorme ciudadela, diseñada por el ingeniero flamenco Georg Prosper Verboom, para lo cual fue necesario demoler una buena parte del barrio residencial de la Ribera, con el desahucio de 4000 personas de sus casas. Muchas de ellas jamás fueron compensadas por la pérdida de sus domicilios, a pesar de las expresas instrucciones del rey de que se pagaran adecuadamente los desahucios. Los modernos gobiernos de Barcelona han considerado hasta el día de hoy que la demolición de la Ribera no fue más que una prueba evidente de las fechorías de Felipe V, y han llegado a instalar una exposición permanente sobre el tema en el mercado del Born. Esta nueva exposición en el Born costó doce años de preparación y 84 millones de euros.
El Born merece alguna consideración en ese punto. Hace muchos años, cuando hice mi tesis doctoral en Oxford sobre la Guerra de Sucesión española, deliberademente decidí no estudiar con precisión los hechos en Cataluña, porque supe que un historiador de prestigio, en aquel momento director del Arxiu Municipal, estaba preparando un monumental ensayo sobre el período durante el que el archiduque Carlos estuvo residiendo como rey en Barcelona. La omisión desde luego no agradó en absoluto a Pierre Vilar, que en aquel momento me aconsejaba sobre la evolución de mi tesis. Afortunadamente muchos años después pude volver al tema de Barcelona, porque en el curso de mi investigación había descubierto la correspondencia y otros documentos privados del hombre que escribió la historia oficial de Barcelona durante los años de la rebelión: Narcis Feliu de la Penya. En 1973 publiqué un artículo en español sobre su trabajo en pro de Cataluña, pero despertó muy poco interés. También descubrí la casa donde había vivido Feliu, y fui el primero en localizar su tumba, cuyo emplazamiento, por lo que yo sé, sigue sin ser conocido por nadie aparte de mí. La casa de Feliu estaba cerca del Born, y fue una de las que se demolieron en la reconstrucción de la Ribera. Hasta donde sé, yo fui el único historiador que tuvo algún interés en el Born, gracias a Feliu de la Penya. En la actualidad, los nacionalistas se han olvidado de Feliu de la Penya. Tal y como ya se ha señalado anteriormente, el expresidente de Cataluña, Jordi Pujol, afirmó en octubre de 2013 que Feliu de la Penya «ya no es un punto de referencia para Cataluña». Puede que esta sea la razón por la que el residente más ilustre del Born en tiempos de Felipe V haya desaparecido hoy y haya sido condenado al olvido, mientras que el barrio en el que vivió está siendo resucitado en nombre del separatismo: una ideología a la que Feliu de la Penya se oponía. Personalmente, creo que la demolición de la memoria de De la Penya, a cargo de los nacionalistas, no es menos lamentable que la demolición de su casa por los ingenieros militares de Felipe V.
Ahora bien, sobre la cuestión del Born y la Ribera, la práctica común es ignorar las pruebas históricas. Toda la exposición del nuevo centro del Born es un intento de excitar la imaginación con una serie de ficciones. Tal y como advirtió el diario El País:
Se reinterpreta «el enfrentamiento entre Cataluña y Felipe V» como «un choque entre Estados», se habla de «política de terror», «bombardeo terrorista», y se machaca continuamente que el 11 de septiembre significó «el fin del Estado catalán», y trajo, además «violaciones masivas de mujeres» —y «el sentimiento de los desdichados catalanes» y «la tiranía de las leyes e instituciones de Castilla»—, un «expolio fiscal oprobioso»…
La sistemática repetición de falsedades («violaciones masivas de mujeres») degrada a aquellos que las inventan. La principal y mayor falsedad de todas es la que afirma que la persona que mandó construir la ciudadela fue Felipe V, con su correspondiente «absolutismo». Esto es una completa fabulación. Felipe V se opuso a la construcción de la ciudadela: para él fue incluso un asunto de cierta importancia, tal y como se lo contó a su abuelo, el rey de Francia: «Sobre el asunto de la ciudadela el duque de Berwick parece que no piensa como yo[54]». El rey creía que si los ciudadanos realmente querían rebelarse otra vez, la ciudadela no podría detenerlos. Al mismo tiempo, los militares acabaron con ciertos centros de resistencia en el principado. Cuarenta guarniciones y fortalezas de la zona de Girona se demolieron, igual que otras dos en Manresa, ocho en Camprodón, tres en Berga y once en Vic[55]. Por la misma época se suprimieron seis universidades catalanas y fueron reemplazadas por una sola, situada en Cervera (1717). La presencia militar también afectó a la población del campo. En el verano de 1716 había 49 batallones de caballería en la región y 52 unidades de dragones, así como diversas guarniciones en trece fortalezas[56]. En octubre de 1715 la intendencia de Cataluña informó que la gente se estaba marchando del campo de Cataluña hacia las regiones catalanas de Francia, y que «la causa que dice la gente es la imposibilidad de pagar esos impuestos tan gravosos, y porque han perdido toda la cosecha del año porque no ha llovido. A todo hay que añadir el mal trato que les dispensan las tropas[57]».
Durante los años siguientes los residentes de Cataluña continuaron quejándose de sus dificultades económicas y de lo gravoso que les resultaba pagar al ejército ocupante, cuyos gastos cada vez se incrementaban más. Cataluña siguió siendo un centro militar y naval durante el resto del reinado. En 1715 el intendente José Patiño informaba que el coste anual del ejército en la región era de cuatro millones de escudos, y los de la armada, de 2,5 millones[58]. Solo una parte de ese coste se le endosó realmente a los catalanes. En todo caso, sin duda existía un malestar con la presencia del ejército. En mayo de 1718 el intendente Balthasar Patiño describía el estado de la población barcelonesa como «muy disconforme[59]». La presencia del ejército y la armada en Cataluña de ningún modo tenía como objetivo ejercer una política de represión. La situación internacional en realidad había convertido a Cataluña en la base de la seguridad española en Italia. En 1725 los gastos militares en Cataluña representaban el 30 por ciento de todo el presupuesto militar de España[60]. Extrañamente, Cataluña y su economía no sufrieron en exceso. Impulsada por la numerosa presencia militar, que atrajo ingresos y empleo a la región, Cataluña se encontró de repente muy bien situada para asumir el importante papel que desempeñaría en la historia de la España moderna. Los problemas de aquellos años no acarrearon en absoluto la ruina de Cataluña, como proclama la ideología separatista, sino más bien la resurrección de Cataluña.
El mito nacionalista de 1714
Los hechos históricos, como hemos visto, proporcionan muy poca base para el desarrollo de los mitos y ficciones inventados con el fin de dar sustancia a las celebraciones que se prepararon para el 300.º aniversario del asedio de Barcelona. Los rebeldes de 1714 eran firmes partidarios de la unidad de España, que ellos entendían que representaba el reconocimiento de un rey (Carlos III) y de una nación con comunidades autónomas que preservaban sus constituciones históricas. La distorsión de aquellos principios, como si estuvieran apoyando la formación de una república (que es la idea programática de ERC) o una república separatista (como supone Convergència i Unió), demuestra el irresponsable cinismo habitual del comportamiento político.
¿Cuándo comenzaron los catalanes a crear este falso mito sobre 1714? Para ofrecer una respuesta clara debemos retroceder en el tiempo. Una buena parte de este mito se creó entre el pequeño grupo de catalanes que marcharon al exilio tras el año 1714. Su punto de vista fue estudiado por Ernest Lluch, que analizó cuidadosamente las ideas y lo que pensaban realmente los «austracistas». No sería erróneo considerar su actitud como algo parecido a una disidencia dinástica; desde luego, sus posiciones no tenían nada que ver con una hostilidad hacia Castilla o España. La contribución más sustancial al mito la hizo Salvador Sanpere i Miquel (1840-1915), un activo periodista y político con amplios gustos culturales y vasta experiencia. Estaba especialmente interesado en la historia y se le recuerda sobre todo por su monumental trabajo Fin de la nación catalana (1905), que se concentra en los detalles del asedio de Barcelona de 1714. El título es significativo, porque afirma desde la portada un programa nacionalista. Está fundamentado en una buena investigación y erudición, pero sus premisas se basan en sus peculiares y personales puntos de vista. En el párrafo que abre la obra, atribuye el fracaso de la rebelión catalana a «la traición de Inglaterra», denuncia «la invencible resistencia de Felipe V en hacer la menor concesión a los catalanes», y acusa al rey de «jacobinismo realista francés, que fue el que puso las armas en manos de los catalanes contra su gobierno». Aunque el libro describe «el final de una nación» histórica, a ojos del autor no había ningún «final», y la «nación» sobreviviría. Tras 1714, admite, algo había desaparecido; pero «lo que murió fue solo un Estado, no un pueblo»; el pueblo sobrevivió, preparándose para otro destino. En oposición al punto de vista castellano de los problemáticos catalanes, por tanto, los catalanes desarrollaron una versión alternativa —basada en «una aspiración continua»— que suponía que eran aún una nación, con un carácter distintivo del español, del que formaban parte. La tensión entre España y Cataluña condujo a un proceso de formación mitológica que aún sigue activo a día de hoy.
En resumen, el modo en que podemos observar el pasado de Cataluña en las primeras décadas de la época moderna ha quedado profundamente afectado por los mitos que se inventaron posteriormente, en el siglo XX. Cataluña es una de las pocas regiones de Europa donde grupos de gente se golpean entre ellos en las calles porque difieren en sus opiniones sobre lo que ocurrió en el siglo XVII. Desde una perspectiva regionalista de principios del siglo XX, los temas en los que había que centrarse eran muy claros. En primer lugar, el enemigo podía identificarse. Aunque estuvieran escribiendo en el siglo XX, los regionalistas se apropiaron del vocabulario de los liberales del siglo anterior y señalaron como el gran enemigo de sus fueros al «absolutismo» castellano. Sugirieron que Felipe V tenía en mente el deseo de imponer el «absolutismo», o que estaba influenciado por su abuelo Luis XIV en esa dirección. El hecho de que ni Felipe V ni sus ministros tuvieran ni la más mínima idea de lo que representaba el absolutismo parece haber sido irrelevante. El concepto decimonónico de «absolutismo», nacido al calor de las luchas de los constitucionalistas que combatían contra el régimen de Fernando VII, se retrotrajo a los acontecimientos de 1714, y —aunque totalmente ficticio— ha permanecido como una explicación de los motivos del rey de España en los manuales escolares obligatorios
En segundo término, la solidaridad de todos los catalanes fue asumida por los regionalistas como un hecho indubitable. El conflicto de las primeras décadas del siglo XVIII se presentó como una lucha de un pueblo unido contra la agresión extranjera. Era una réplica de la imagen liberal del «pueblo» resistiendo contra los franceses. Sin ningún criterio, «los catalanes» se presentaron como defensores unívocos de la libertad contra las fuerzas militares foráneas. El hecho cierto es que una parte sustancial de la población en Cataluña —puede que la mitad, e incluso tal vez más— apoyaba a Felipe V, aunque esto se haya suprimido habitualmente en los libros de historia.
Y en tercer lugar, es necesario apuntar a un tema de carácter emocional. Los opresores fueron denunciados como enemigos de la lengua catalana, porque se supone que habían prohibido sistemáticamente el idioma y lo habrían eliminado. Y aunque casi todos los historiadores (entre ellos, algunos catalanes) que trabajaron sobre la Cataluña de los primeros tiempos de la era moderna han insistido en que semejante prohibición jamás existió, los partidos políticos regionalistas han seguido repitiendo la ficción en los discursos partidistas hasta el día de hoy. El estrecho paralelismo entre los argumentos regionalistas y las posiciones liberales tradicionales nos permite entender por qué los historiadores liberales del siglo XIX falsearon la versión catalana de los acontecimientos y trataron al líder catalán Pau Claris como una de las víctimas del «absolutismo».
Desde el punto de vista de un patriota catalán de principios del siglo XX, la mayor parte de esta triple perspectiva era totalmente válida. Como afirmó el primer portavoz de la nueva tendencia nacionalista en la década de 1890, Prat de la Riba, que acababa de salir de la adolescencia, los catalanes seguían siendo una nación porque tenían «una lengua, una historia común y vive unida bajo un mismo espíritu». El problema, apuntaba, era que los catalanes eran infelices con Castilla, o España, como el «Estado» que los gobernaba, porque los amenazaba como «nación». Esta modalidad de discurso, en la que la nación (o «patria») se consideraba como algo distinto al «Estado», confería a la palabra «nación» una significación muy especial —que aún conserva— para los separatistas catalanes. La infelicidad o no de los catalanes no es nuestra primera preocupación aquí. Sin embargo, ello condujo a Prat de la Riba y a otros a ciertas nostalgias del remoto pasado histórico que resultan muy llamativas. Aunque los nacionalistas gozaron en principio del apoyo de los historiadores liberales, no tardaron en darle la vuelta a la interpretación liberal del pasado. Observemos detenidamente estos aspectos del caso.
En vez de idealizar el reino de los Reyes Católicos (como hicieron los castellanos), Prat de la Riba veía ese período como el principio del declive de España. Todo lo que prometía España tras la unificación en la década de 1480 procedía, no de Castilla, sino de la Corona de Aragón: el empuje comercial, el poder naval, el imperio mediterráneo, el dinero para financiar los viajes de Colón… La unión de las coronas inclinó el equilibrio a favor de la Corona de Castilla, y el resultado fue el declive del país. Buena parte de la culpa le correspondía a Fernando, que había puesto sus reinos a disposición de Castilla con aquella alianza y había utilizado las tropas castellanas para llevar a cabo sus medidas más impopulares. Castilla asumió la iniciativa, gracias a la cooperación de Fernando, y destruyó lo mejor que tenía España. Castilla monopolizó el control, estableció la Inquisición, instaló la uniformidad y el absolutismo (el concepto, utilizado convenientemente para criticar a Felipe V, ahora se retrasaba aún más: hasta el siglo XV), y arruinó las colonias de ultramar. Castilla también arrastró a Cataluña al desastre de 1898 (cuando España perdió los últimos restos de su imperio en favor de los Estados Unidos), un desastre del cual deberían haberse librado. Esta era una interpretación muy original, y también extraordinariamente relevante, de la Edad de Oro de España, y completamente inverosímil. Une directamente el siglo XVI con el XIX, y extrae de semejante teoría unas conclusiones políticas cruciales. La única esperanza para Cataluña, dadas las circunstancias, era crear su propio «Estado». Durante los siguientes cien años los políticos catalanes se enredarían en una serie interminable de debates sobre el tipo y la forma de «Estado» que podría asumir el país.
De todo esto puede extraerse una conclusión. El año 1714 fue una época de grandes penurias para todos, y no solo para los patriotas catalanes: fue un tiempo de sufrimiento para los exiliados castellanos y para los soldados alemanes en Barcelona, que lucharon contra la dinastía borbónica, para los ciudadanos que no deseaban luchar pero que fueron obligados a hacerlo y a morir por la implacable decisión de la Generalitat, para los miles de soldados pertenecientes a las tropas francesas que dieron sus vidas innecesariamente cuando una rendición habría impedido que se provocara aquella tragedia. Ni el año 1714 dio luz a ningún fervor nacionalista, ni de allí nació ninguna ideología separatista. En ningún momento y por ningún aspecto puede deducirse que los rebeldes de Cataluña entendieran que había una divergencia entre sus intereses y los de España: continuaban compartiendo ideas, aspiraciones y la vida social y económica de la vieja España que siempre habían conocido. Pero algo crucial había ocurrido: los lazos, a veces complejos y difíciles, pero también cordiales generalmente, que habían unido sus destinos durante siglos se tensaron hasta casi romperse. Políticamente unida a España en las nuevas circunstancias tras 1714, Cataluña fue obligada a mirar a Madrid para buscar respuestas; dominada por una élite gobernante que estaba empezando a desvincularse de sus raíces culturales y regionales, Cataluña tenía que buscar urgentemente nuevos horizontes.
Y esos horizontes, hemos de hacer hincapié en ello, no tenían sus raíces en el desastre. «A nuestro país le costó casi 150 años recobrarse de la derrota de 1714», afirma un periodista nacionalista (Quim Torra, en un artículo en la red, en octubre de 2012), al parecer muy seguro de su dominio de los hechos históricos. La afirmación es completamente falsa, pero da la impresión de que el sentimiento nacionalista tiene una especial propensión a las mentiras, porque solo estas inexactitudes pueden llamar la atención y excitar emociones patrias.