13. El rey loco que no lo fue
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El rey loco que no lo fue
En 1805, la esposa de uno de los generales de Napoleón, madame Junot, se creyó con el derecho a exclamar que «todos los soberanos de Europa, al menos todos los soberanos legítimos» eran «o locos o idiotas». No andaba muy lejos de la verdad en sus apreciaciones. Por alguna razón que solo Dios puede explicar, los reyes han tenido una desgraciada historia de locura. Todas las familias reales, y en toda Europa, han dado al mundo, a lo largo de su historia, algún caso destacado de lo que habitualmente se describe simplemente como «loco», pero que una mirada más atenta permite describir como enfermedades específicas que han tenido unos diagnósticos tan lamentables como —lo cual es aún peor—, su tratamiento[1]. En España el caso más conocido es el de la hija de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, la infanta Juana, que llegó a ser reina y que ha sobrevivido en cientos de libros de historia popular con el nombre de Juana la Loca. Sus problemas, si hemos de creer a los especialistas (véanse capítulos 7 y 8 sobre don Carlos y Carlos II), pudieron haberse transmitido a las siguientes generaciones de su linaje. En todo caso, no se han llevado a cabo análisis médicos definitivos sobre los problemas que la afectaron a ella y a sus descendientes.
Entre los problemas médicos que parecen haber afectado con más virulencia a la realeza europea, el más conocido es la hemofilia y la porfiria variegata. Los efectos de la hemofilia en las casas reales de Rusia y España tuvieron devastadoras consecuencias políticas para ambas. La persona más notable con porfiria fue Jorge III de Gran Bretaña, sobre quien hay algunos estudios especializados. El primer ensayo, escrito en 1855, treinta y cinco años después de su muerte, concluía que sufría de una manía grave. Otro escritor, en 1941, sugirió que el diagnóstico más probable sería psicosis maníaco depresiva. La idea de una causa médica concreta para su enfermedad, concretamente porfiria, se puso sobre la mesa por primera vez en los años sesenta del siglo pasado, en un artículo de un experto inglés titulado «The Insanity of King George III: A Classic Case of Porphyria» [La locura del rey Jorge III: un caso típico de porfiria]. El trabajo fue cuestionado por muchos psiquiatras, que no estaban de acuerdo con el diagnóstico, sugiriendo un trastorno bipolar como la causa más probable. Esta, como se argumentará en este capítulo, también es la conclusión más lógica para la enfermedad que acosó al primer rey Borbón de España, Felipe V. La teoría de la porfiria como el origen de la enfermedad de Jorge III nunca se ha documentado adecuadamente, aunque un reciente estudio médico, titulado Purple Secret, plantea indirectamente algunas especulaciones sobre el efecto de dicha enfermedad en las familias reales europeas[2]. Además, han aparecido otros trabajos que explican la locura real. En 2005 se sugirió que al rey Jorge III se le administró arsénico (que se considera porfiriogénico) con antimonio, y que esto pudo ser la causa de su porfiria.
Las causas genéticas de los desórdenes mentales ya se han tocado en capítulos anteriores, y no se pueden excluir como un factor en la historia familiar de las dinastías reales. La mayoría de las bodas reales se celebraban entre miembros de las familias más cercanas. Como el protocolo real no permite que ningún miembro de la familia real se case con una persona que no pertenezca a la realeza, la obligación de mantener la pureza de sangre ha contribuido a la alta incidencia de problemas genéticos, lo cual ha dado como resultado un debilitamiento de las sucesivas generaciones. De todos modos, es arriesgado afirmar algo con certeza cuando se trata de enfermedades hereditarias. En el caso de Felipe V, estamos ante una dinastía que no sufrió mucho los problemas que afectaron a la dinastía de los Habsburgo, aunque los Habsburgo se casaron de vez en cuando con miembros de los Borbones (la madre de Luis XIV, por ejemplo, fue princesa de España).
El caso que nos ocupa aquí no guarda relación significativa con el de Juana la Loca, pues nuestro objeto es el primer mandatario peninsular de la Casa de Borbón, Felipe V. El joven a quien le correspondió la monarquía que gobernaba el país más grande del mundo en 1700 nació el 19 de diciembre de 1683 y por tanto apenas contaba con diecisiete años cuando accedió al trono, poco más de la edad a la que su predecesor más ilustre, Carlos V, también había ascendido al trono. Como Carlos, el joven Felipe no hablaba español y no había estado jamás en la Península Ibérica. Los franceses tenían poca confianza en su inteligencia. Luis XIV era consciente de las limitaciones de Felipe y se tomó muchas molestias, incluso excesivas, con el fin de que el joven rey contara con los expertos necesarios a cada paso.
Era el segundo hijo del Gran Delfín (hijo a su vez de Luis XIV) y de María Ana de Neoburgo, de la casa real de Baviera. Felipe, con su hermano mayor, el duque de Borgoña (futuro heredero al trono de Luis XIV) y su hermano menor, el duque de Berry, habían vivido encerrados en un ambiente completamente restringido en el que tuvieron poco contacto con la realidad. Su educación moral y social se puso en manos del duque de Beauvilliers y del arzobispo de Cambrai, Fénelon. También se educaron para ser soldados y atletas, con la equitación y la natación en su repertorio de ejercicios al aire libre. A pesar de su rigurosa educación, al parecer Felipe tenía un carácter retraído. El ministro de asuntos exteriores francés, Torcy, observó con bastante tino que Felipe «creció siempre tutelado e incapaz de actuar por sí mismo[3]». El día que se despidió de Luis XIV en Sceaux, tal y como nos cuenta un contemporáneo, «el rey de España cayó en una profunda melancolía[4]», inducida con toda seguridad por los temores ante su nuevo papel, y como presagio de la enfermedad que más adelante iba a sufrir. Madame de Maintenon comentó que Felipe tenía «una personalidad dubitativa, una exagerada falta de confianza en sí mismo, y era lento de palabra», pero también elogiaba «su piedad, su comportamiento correcto, su sentido de la justicia y la verdad[5]». La interpretación del carácter del monarca por parte de esta dama era, como veremos, ajustada en todos los detalles. Dado que dudaban de su inteligencia, los franceses se ocuparon de que Felipe no tuviera que tomar ninguna decisión por sí mismo. Esta política no contribuyó a que el nuevo rey tuviera ninguna fe en sus propias capacidades.
Felipe desde luego tenía problemas, de los cuales Luis XIV era plenamente consciente, aunque lo cierto es que su llamada «melancolía» o «depresión» no era realmente ninguna de las dos cosas. Sufría —tal y como sugerí hace algunos años en una biografía del rey— [6] una grave enfermedad neurobiológica[7], que debía de ser en parte hereditaria, puesto que el monarca traspasó el problema a sus hijos. Existe la probabilidad en este caso de que él lo heredara de su madre, María Ana Victoria de Baviera, en cuya familia, los Wittelsbach de Baviera, el problema afloraba de vez en cuando[8]. Como esposa del Delfín, esta mujer ocupó un lugar importante en la corte francesa, pero tuvo problemas de salud que provocaron que tanto el rey como su marido la trataran de un modo infame. La familia Wittelsbach posteriormente se ganó la reputación, merecida o no, de estar afectados por una supuesta locura, pero no hay pruebas de que María Ana de ningún modo estuviera loca.
La enfermedad de Felipe V se había desarrollado evidentemente en su adolescencia, el período en el que habitualmente se manifiesta, y para cuando el rey llegó a los diecisiete años ya estaba sufriendo esa dolencia. La descripción que de su carácter hicieron madame de Maintenon y otros en la corte francesa confirma que ya tenía síntomas evidentes. En todos los sentidos, era una enfermedad, y no simplemente (como suele suponerse) el resultado de ciertos defectos en la personalidad de Felipe V. Por ejemplo, no era necesariamente perezoso o débil. Cuando dejó entrever esas características, fue porque estaba sufriendo las consecuencias de su situación psiquiátrica. Su dolencia degeneró hacia un trastorno bipolar o una afección maniacodepresiva, alternando entre la depresión (fases «bajas») y de la euforia (fases «altas»). La enfermedad solo se manifestó durante sus primeros años en algunos episodios depresivos, como el que tuvo en Madrid en 1701 o durante su visita a Nápoles en 1902. Estos ataques eran episódicos: iban y venían, y a menudo no se repetían durante meses o incluso años. Una nueva fase de su enfermedad comenzó durante la visita a Milán, en 1702, donde sus bajones se vieron seguidos de una fase «alta» larga, provocada por su excitación ante el reto de la guerra y la batalla. Esta bipolaridad entre «hipomanía» y «depresión» condujo a Felipe V al nivel máximo de su enfermedad. Durante las fases valle, el monarca experimentaba depresión, necesidad de aislamiento, dolores de cabeza, y un sentimiento de absoluta postración (con los años, tal y como veremos, se produjeron incluso síntomas más graves). Durante los ciclos «altos» o hipomaníacos, por el contrario, experimentaba euforia, excitación, hiperactividad, e incluso un sentimiento de invencibilidad (de aquí los riesgos que deliberadamente corría en las batallas).
Durante las fases depresivas, Felipe V buscó desesperadamente ayuda. En Madrid, poco después de que fuera coronado rey, y durante su visita a Nápoles, no hubo nadie que pudiera ofrecerle la psicoterapia que necesitaba. Por el contrario, sus matrimonios, primero con María Luisa de Saboya (1703) y luego con Isabel de Farnesio (1714), le proporcionaron un soporte cercano y personal. Se aferró a sus esposas y le disgustaba estar separado de ellas. Los observadores de la corte, que aseguraban que el rey tenía un singular apetito sexual, no tenían ni la más ligera idea de hasta qué punto sus esposas estaban preservando en realidad la salud mental del rey. Es significativo que tras su unión con María Luisa, en 1703, y durante los primeros años de su reinado, al parecer no se documenta ninguna dolencia en el rey. Con toda probabilidad siguieron produciéndose ataques ocasionales, pero el apoyo de su esposa y la emoción ante la inminente guerra en la Península siempre acudieron en su rescate.
Las campañas de la Guerra de Sucesión fueron la mejor terapia durante esos años en que, precisamente, no se tiene noticia de que tuviera ataques depresivos. La guerra y los combates curaron sus depresiones, pero lo condujeron al extremo «alto» de su bipolaridad. En Italia, en 1702, tomó parte personalmente en las batallas de Santa Vittoria y Luzzara contra el ejército imperial, y escribió a un consejero diciéndole que «creo disfruto más con la guerra que con cualquiera de mis otras obligaciones». Durante aquellos meses tuvo pocas depresiones. Puede que notara que su salud mejoraba, porque los ciclos altos se compensaban con los bajos y le proporcionaban una sensación de optimismo y éxito, pero lo cierto es que la cosa estaba empeorando. Cuando la guerra estalló en España, en 1704, él personalmente condujo a su ejército al frente, que en aquel momento se encontraba en la frontera portuguesa. En los años siguientes, la guerra continuó siendo la mejor terapia para su estabilidad. En las campañas de 1706, cuando el duque de Berwick era el comandante en jefe en el campo de batalla, él estaba constantemente en contacto con el militar, asegurándole su deseo de estar «cerca de mis ejércitos, y a cuya cabeza ardo de impaciencia por estar[9]». Si debemos creer sus palabras en estas cartas, deseaba tomar parte activa en las campañas, y su entusiasmo era suficiente para contribuir a la mejora de su salud. En septiembre de 1706 escribió a Luis XIV diciéndole que le costaba mucho no poder ir a unirse al ejército de Berwick para luchar contra los rebeldes, «aunque no hay nada que haya deseado más a lo largo de toda la campaña, sino enfrentarme a muerte con ellos[10]». A finales de 1710 estaba presente y activo en el frente, en la frontera portuguesa, y tomó parte en los combates de la batalla de Villaviciosa.
Cuando se le presentaba un verdadero desafío, no importaba de qué clase, abandonaba su melancolía y recobraba su vitalidad. Era entonces cuando se convertía en el ser que más tarde muchos recordarían como el Animoso, el héroe del pueblo. En la primavera de 1709, cuando Luis XVI le comunicó su intención de retirar las tropas, le aseguró a su abuelo que nunca traicionaría a España. «Dios ha puesto la corona de España sobre mi cabeza; la mantendré hasta que no quede ni una gota de sangre en mis venas. Se lo debo a mi conciencia, a mi honor y al amor que recibo de mis súbditos […]. Nunca abandonaré España mientras tenga vida, antes bien perecería luchando por cada trozo de su suelo, a la cabeza de mis tropas[11]».
El éxito personal del rey en las campañas durante esos años fue primordial para consolidar su imagen ante su pueblo. El marqués de San Felipe fue testigo del modo en que el público de Madrid dio la bienvenida a su héroe cuando regresaba a la capital el 15 de noviembre de 1711: «La aclamación y el aplauso fue imponderable; llenóles la vista y el corazón un Príncipe mozo, acostumbrados a ver a un rey siempre enfermo, macilento y melancólico[12]». La Gaceta informaba de cómo «toda la villa ardió en luminarias, manteniéndose las calles llenas de gente, que incesantemente manifestavan su contento con incesantes aplausos[13]». Con el respaldo de una esposa fuerte y el apoyo de su pueblo, Felipe V, en permanente excitación ante el desafío de la guerra, desarrolló una personalidad que iba mucho más allá de los límites que se le suponían en su juventud. La imagen que quedó grabada en la mente del pueblo también se reflejó en el arte oficial. Muchos años después, el artista de la corte Jean Ranc, de origen francés, pintó un retrato ecuestre del rey: en él se reflejaba el nuevo estilo borbónico y, al mismo tiempo, la estética se alejaba de los cuadros cortesanos de los anteriores monarcas de España[14]. En este retrato, el rey Felipe V cabalga gloriosamente hacia la batalla, por todas partes se aprecian los signos de la contienda, y obviamente la Victoria guía su camino. La poderosa imagen de un rey guerrero aparece también en un panfleto publicado en Granada en 1709, el cual explicaba que «así es la robustez y la valentía de nuestro rey, tan propia de verdadero soldado como le contempla Marte […] como otro Alejandro, a que le consideren los orbes siempre vencedor, nunca vencido[15]».
Después de 1715, cuando la paz regresó a la Europa occidental, el apoyo de su nueva reina, Isabel de Farnesio, se convirtió en el aspecto más importante y crucial en la vida del monarca. Ese apoyo era bastante más poderoso, por ejemplo, que el consuelo que Felipe V indudablemente obtenía de la religión. Aunque la religión ciertamente le proporcionaba alguna seguridad y consuelo, solo era un aspecto secundario frente al apoyo personal y fundamental que recibía de Isabel, de quien llegó a ser totalmente dependiente, tanto como lo había sido de María Luisa. El milagro, para él, fue que la dedicación de Isabel para con él fue también absoluta. Podemos evaluar la necesidad de apoyo emocional del joven rey a partir de su correspondencia con ella, incluso antes de que llegaran a conocerse. Para corroborarlo pueden citarse aquí sus cartas, escritas en francés y prácticamente no consultadas por los historiadores españoles[16]. En agosto de 1714, antes de que ella siquiera hubiera cruzado la frontera para pasar a España, el rey escribió, de su puño y letra: «Ya no puedo esperar más para expresaros mi alegría por el matrimonio que nos unirá, y la impaciencia porque me sea posible decíroslo personalmente». Y en otras cartas posteriores continuaba en el mismo tono. «Podéis estar segura de que recibiréis mis cartas tan a menudo como sea posible, a menos que pueda veros personalmente y deciros lo que siento por vos» (26 de noviembre). «Cada instante [de separación] me parece un siglo» (11 de diciembre). «Es imposible describiros la alegría que siento» (23 de diciembre).
El nuevo matrimonio favoreció su salud, pero solo parcialmente, pues Felipe V continuó sufriendo los vaivenes de su enfermedad. He aquí un despacho que un médico de Felipe V envió a Luis XIV en noviembre de 1717:
Aunque no dejando de repetir Su Magd. de quando en quando sus vapores, come y duerme bien, y está enteramente libre y limpio de calentura, y con tantos alientos que si el tiempo no lo embarazase huviera salido esta tarde al campo[17].
Su dolencia se agravó durante el verano de 1717 debido a la recurrencia de la depresión que había sufrido en años anteriores. El problema, muy probablemente, permaneció bajo control durante un tiempo gracias a la atención que Isabel le dispensó a su marido. Pero ahora, sin embargo, adquirió un carácter nuevo y más intenso. La corte era consciente del problema, pues la ausencia del rey en el lugar que exigían sus obligaciones oficiales desbarataba todo el protocolo. Los ataques eran más episódicos que continuos. Había días en los que se encontraba normal, y días en los que le resultaba imposible hacer nada en absoluto y simplemente se iba a la cama. Entre los síntomas de la enfermedad están, como ahora sabemos[18], el sueño y los desórdenes en la alimentación, una pérdida de energía, sentimientos de inutilidad e impotencia, problemas de concentración, pensamientos suicidas, y una pérdida del sentido del placer y desinterés por la vida. Todos estos síntomas pudieron observarse en la enfermedad del monarca cuando el trastorno se desarrolló a partir de 1717. En septiembre la familia real estaba en El Escorial, donde Isabel reunió a una compañía de actores italianos de teatro para que actuaran para ellos; pero parece que eso no lo ayudó en absoluto. En octubre el rey comenzó a perder peso dramáticamente, y empezó a sufrir lapsus de memoria. Cuando no se encontraba bien, permanecía encerrado en su alcoba y se negaba a ver a nadie, más que unas cuantas personas imprescindibles. Una noche, en octubre de 1717, mientras se encontraba en El Escorial, el rey sufrió un ataque particularmente severo y llegó al convencimiento de que iba a morir.
Felipe V tuvo otras crisis posteriores, sobre todo en el año 1719, cuando tuvo lugar una guerra corta, rápida y desastrosa contra las fuerzas de Inglaterra y Francia. La crisis más grave no aconteció, sin embargo, hasta cinco años después. Fue entonces cuando toda Europa se quedó estupefacta —un historiador de la época, el marqués de San Felipe, se refiere a ello como «la más ruidosa y no esperada novedad»— por el anuncio del rey, en enero de 1724, de que renunciaba al trono. Aquello parecía confirmar la opinión generalizada de que el rey estaba loco. ¿Había alguna relación entre la enfermedad de Felipe V y su abdicación?
Las observaciones de Felipe V a su tutor, el marqués de Louiville, ya en 1701, muestran que comenzó su tarea como rey con dudas sobre su aptitud para ocupar un trono. Ninguno de los funcionarios que lo rodeaban contribuyó en ningún modo a potenciar la confianza en sí mismo. Luis XIV lo había apremiado desde el principio a actuar como un rey, pero luego había seguido tomando decisiones importantes que afectaban al gobierno de Felipe V. Veinte años después, había madurado y ya no era un muchacho, gracias en gran medida a Isabel de Farnesio, que le proporcionó el apoyo y la dedicación que necesitaba. Se mostraba activo en las políticas de Estado y seguía dando indicios de su entusiasmo por una política exterior agresiva. La ilógica resolución de abandonar el trono, por tanto, precisa una explicación.
Por lo que tocaba al propio Felipe V, aquello no fue una decisión repentina. El indicio concreto y más antiguo de que podría acabar abandonando el trono parece datar del año 1719, cuando sufrió una profunda angustia tras las invasiones francesas. «La campaña navarra», comentaba más tarde, «originalmente puso los cimientos para nuestras decisiones». Esbozó la idea por primera vez sobre el papel el 27 de julio de 1720, en forma de un voto secreto por escrito, firmado por Isabel y él mismo en El Escorial, en el cual ambos juraban dejar el trono antes de 1723[19]. «Nos prometimos el uno al otro», dice el texto, escrito en francés, «dejar el trono y retirarnos del mundo para pensar solo en nuestra salvación y servir a Dios, indefectiblemente antes del día de Todos los Santos del año 1723, a más tardar». Repitieron este voto solemne por escrito, en la misma hoja de papel, pero con un texto diferente, en cuatro ocasiones posteriormente: el 15 de agosto de 1720, en 1721, y en 1722 en El Escorial, y el 15 de agosto de 1723 en Valsaín[20]. En cada texto se lee: «Hemos confirmado de nuevo el voto expresado anteriormente, esta mañana después de tomar la comunión, en los mismos términos y sujeto a la voluntad divina y al favor de la Santa Virgen». La repetición del voto, de este modo concreto, siempre en la gran festividad de la Asunción de la Virgen, indica que era una decisión profundamente meditada. El papel que desempeñó en ella Isabel fue, como en casi todos los actos importantes en que participaba Felipe V, más de apoyo que de aprobación. El día de Todos los Santos de 1723 llegó, y pasó, sin que nada ocurriera. Pero de todos modos la decisión era firme. A primeros de enero de 1724 Felipe V informó al príncipe de Asturias de la decisión, y lo aconsejó sobre las responsabilidades que estaba a punto de asumir, en un largo e interesantísimo documento de diecisiete páginas, sobre el cual volveremos más adelante. El 10 de enero, desde San Ildefonso, comunicó su histórica decisión por escrito al Consejo de Castilla. El texto decía lo siguiente:
Haviendo considerado de quatro años a esta parte con alguna particular reflexión y madurez las miserias de esta vida, por las enfermedades, las guerras y turbulencias que Dios ha sido servido embiarme en los veinte y tres años de mi reynado, y considerando también que mi hijo primogénito don Luis, príncipe jurado de España, se halla en edad suficiente ya casado y con capacidad, juicio y prendas bastantes para regir y governar con acierto y en justicia esta Monarquía, he deliverado apartarme absolutamente del gobierno y manejo de ella, renunciándola con todos sus Estados, Reynos y Señoríos en el referido Príncipe don Luis, y retirarme con la Reyna (en quien he allado un pronto ánimo y voluntad a acompañarme gustosa) a este Palacio y sitio de San Ildefonso para servir a Dios desembarazado de otros cuidados, pensar en la muerte y solicitar mi salvación[21].
Con este documento, envió tres listados: uno con la nómina de la junta de siete personas que deberían administrar el gobierno hasta que Luis comenzara a reinar; otra señalando a los consejeros de la casa del nuevo rey; y otra de trece personas que debían recibir la Orden del Toisón de Oro. El secretario real, José Grimaldo, trasladó el día 15 los documentos pertinentes de la abdicación desde San Ildefonso a El Escorial, donde el príncipe de Asturias estaba residiendo junto con los otros hijos de la familia real. Luis expresó su deseo de ir a ver a su padre a San Ildefonso, pero Felipe lo disuadió. El nuevo rey entró en Madrid cuatro días después, entre los vítores del pueblo.
Las razones que dio Felipe V para abdicar están claramente documentadas. Cualesquiera otros motivos que se le puedan atribuir, tales como su sentimiento de incapacidad para reinar, o el deseo de abdicar del trono español con el fin de acceder en un momento dado al de Francia, están basados en meras especulaciones. Se aseguraba que con frecuencia era consciente de que no se sentía con fuerzas para sobrellevar las obligaciones como rey, y acarició un permanente deseo de convertirse en rey de Francia, pero ninguna de estas dos razones se ha detectado en los documentos relacionados con su renuncia en 1724. Que no hubiera prueba alguna de estos motivos no fue obstáculo, desde luego, para la divulgación de los numerosísimos panfletos que surgieron cuando se difundió la noticia de la abdicación. Completamente inconsciente de la enfermedad del rey, o de las angustias que siempre habían acechado a Felipe V, el pueblo se entregó a las murmuraciones y a las especulaciones. Los españoles, tal y como es habitual y tradicional, no se creyeron la explicación oficial, y se inventaron la suya propia. No fueron los únicos, puesto que la opinión del resto de Europa también se negó a aceptar las razones que adujo Felipe V.
La inequívoca motivación religiosa que ofreció Felipe V para explicar su renuncia debe aceptarse, puesto que concuerda con los persistentes problemas de salud que tuvo. Puede que en el fondo de su pensamiento hubiera otros factores distintos, pero si existían, no fueron las razones básicas de la abdicación. Sencilla y llanamente, el rey había desarrollado una profunda obsesión religiosa —sería correcto decir «patológica»— según la cual podría salvar su alma solo en un ambiente de absoluta tranquilidad. Varias notas manuscritas de su puño y letra, en aquellos meses, así como los mensajes a su confesor, no dejan lugar a dudas de que sus motivaciones conscientes eran exclusivamente religiosas[22]. Felipe V continuó asediado por las preocupaciones que yacían en el fondo de su mente y que atañían sobre todo a la salvación de su alma.
Así pues, el rey se propuso construir un retiro del mundo, en el que viviría apartado. En una carta al papa, le habló de sí mismo, y de «mi temperamento, más inclinado por naturaleza al retiro que al mucho alboroto[23]». Obviamente, semejante decisión guardaba una íntima relación con la educación religiosa y espiritual que había recibido durante su juventud en Francia. Es razonable pensar que la influencia mística de su viejo tutor, el arzobispo Fénelon, cuya predilección por la vida espiritual y pastoral (como puede verse en su Telémaco) afectó decisivamente a Felipe V, también desempeñó un papel importante en su decisión. Las consultas con su confesor en España parecen haber tenido poca influencia en una dirección o en otra. Estaba firmemente decidido, en términos espirituales, y dejó que la cuestión madurara en su mente durante muchísimo tiempo.
Los inequívocos motivos religiosos para razonar la abdicación nos ofrecen, desde luego, solo una explicación formal. La explicación fundamental, tal y como hemos visto en la evolución de Felipe V a lo largo de los años, residía en su trastorno bipolar. Había estado periódicamente enfermo hasta el verano de 1719, y había tenido que apartarse del frente de batalla aquel año por culpa de su dolencia. Tras esa fecha, aparentemente conservó una buena salud física, y su trastorno mental no afectó ostensiblemente a su comportamiento. En el pasado, cuando sufría períodos de depresión, dudaba de todo: de su propio valor, de su papel como rey, de su salvación eterna. Algunas de estas dudas pudieron permanecer en su cerebro incluso después de recobrarse, y con particular fuerza en 1719, el año en que se vio obligado a declarar la guerra y a enfrentarse a su propio país, Francia, y de cuyo trono aún conservaba sus derechos.
Nos encontramos en el terreno de la especulación psiquiátrica, pero parece que Felipe V había comenzado a desarrollar una fase más intensa de su enfermedad, en la cual uno de sus componentes (que más tarde se haría más visible) era el deseo de morirse, pero entendido no literalmente sino psicológicamente. El cardenal Giulio Alberoni, consejero del monarca, ya había comentado en alguna ocasión la insana preocupación del rey por la muerte. Aquellos que sufren severas depresiones en los años de la adolescencia pueden desarrollar una tendencia al suicidio en la edad adulta[24], y la radical decisión de Felipe V de abdicar, tomada en 1719 y llevada a cabo cinco años después, fue un deliberado suicidio profesional. Fue la típica respuesta de alguien atrapado en la fase eufórica de un trastorno maníaco depresivo, en el que el comportamiento autodestructivo proporciona al sujeto un sentimiento de consuelo y alivio, y sin una verdadera consciencia de que la decisión tomada es inapropiada. Sus sentimientos religiosos no hicieron más que confirmar a Felipe V en la convicción de que el paso que estaba dando era perfectamente correcto.
El lugar de retiro del monarca durante el proceso de su abdicación fue La Granja de San Ildefonso, el símbolo central del reino de Felipe V. En los apacibles años posteriores de la Guerra de Sucesión, Felipe V e Isabel comenzaron a cazar en los bosques de Segovia, en la zona del antiguo y entonces arruinado palacio real de Valsaín. Durante una expedición de caza en esa zona, el monarca escogió un lugar que le pareció ideal para levantar una residencia completamente nueva, y en marzo de 1720 les compró a los frailes jerónimos aquellas tierras con sus construcciones —un pequeño monasterio que se encontraba solo a tres kilómetros de Valsaín—. El lugar comenzó a despejarse y se preparó durante los últimos meses de 1720. La construcción del edificio propuesto se le encargó a su arquitecto belga Teodoro Ardemans, que dirigió la parte principal del conjunto entre los años 1721 y 1723. Levantó un palacio tradicional de cuatro torres, basado en el estilo alcázar. Durante los años 1722 y 1723 Felipe e Isabel acudieron a menudo a Valsaín, como una base desde donde supervisar los detalles de la construcción de La Granja.
La Granja acabó teniendo un estilo más europeo que español, e inevitablemente provocó reacciones hostiles entre los españoles que preferían algo que les resultara más familiar. El palacio sigue siendo el principal ejemplo de barroco europeo en España. La fachada del edificio de la colegiata, por ejemplo, se basa en una iglesia de Salzburgo. No había ninguna intención de imitar Versalles; solo los jardines, cuidadosamente planificados por arquitectos franceses, eran una deuda consciente de los recuerdos que Felipe tenía del Versalles que él conoció. La crítica más relevante fue que el nuevo palacio —construido en un tiempo récord de dos años— alejaba aún más del centro de gobierno a un rey que participaba poco en los asuntos diarios de la administración y se limitaba a tomar algunas decisiones políticas. El rey y la reina comenzaron a vivir en La Granja a partir del 10 de septiembre de 1723, antes de que el edificio se hubiera terminado y varios meses antes de que se consumara la abdicación.
La mejor mirada a la vida cotidiana en San Ildefonso durante los meses posteriores a la abdicación nos la proporciona el mariscal duque de Tessé, que en 1724, y ya a una edad avanzada (tenía setenta y tres, y murió un año después, en 1725), a regañadientes aceptó el puesto de embajador especial de Francia ante Felipe V. Entró en España por Bayona y luego se dirigió directamente a La Granja a través de un paisaje nevado, y llegó al Real Sitio el 23 de febrero de 1724. El lugar le pareció «tal vez el lugar más bárbaro y más incómodo del mundo». Mientras su carruaje cruzaba los bosques invernales, pudo ver varios cientos de cabezas de venados rondando en las inmediaciones del palacio. A la vista de este absoluto aislamiento, el palacio ofrecía pocas oportunidades de distraer la rutina diaria de la corte. Felipe e Isabel acudían todas las mañanas a la misa en la capilla, luego, por la tarde, o bien iban a cazar, o iban un poco más allá y visitaban las iglesias y los conventos de Segovia. Si el tiempo era muy malo, se quedaban en palacio y jugaban al billar.
Tessé estaba seguro de una cosa: aparte del rey, nadie estaba muy contento de vivir allí. «Todo el mundo está desesperado por tener que vivir en este lugar desolado». Cuando hablaba con el rey y la reina, el diplomático calculó por la expresión de la señora que deseaba regresar a la civilización. Después de cinco días en San Ildefonso, Tessé continuó su viaje para visitar la corte en Madrid. Los sentimientos que había intuido en la reina durante su estancia en La Granja se vieron ampliamente confirmados por las cartas que le envió. La correspondencia de Isabel de Farnesio en 1724 hace frecuentes referencias a La Granja como un «lugar desierto», «un lugar desierto, con venados y osos», y finalmente la frase: «No os olvidéis de aquellos que viven en los lugares desiertos». El uso de la palabra «desierto» no era solo una expresión de sus sentimientos. Era común en Madrid referirse al retiro del rey como «ese lugar desierto[25]».
Felipe V, por supuesto, estaba encantado con el palacio que se había construido. Era literalmente la única residencia en toda España en la que se sentía en casa. En una ocasión, en 1724, cuando Stanhope les hizo una visita, «durante la conversación el rey permaneció en silencio, pero cuando la reina mencionó los jardines de San Ildefonso, el rey me preguntó si había visto los de Versalles y Marly, y comparó algunas de sus fuentes con las de San Ildefonso[26]». El éxito del trabajo le animaba a continuar con otros planes.
El príncipe de Asturias tenía diecisiete años cuando ascendió al trono como Luis I de España y se proclamó rey el 9 de febrero. La aclamación y el izado del estandarte real se llevaron a cabo en Madrid al estilo tradicional, en la plaza del Alcázar. Sin embargo, el nuevo reino estaba condenado a no durar mucho. Unos pocos meses después, el 14 de agosto, Luis I se puso repentinamente enfermo y se vio obligado a guardar cama. El día 19 los doctores le diagnosticaron viruela y fue apartado del resto de la familia. Diez días después contrajo una fiebre severa y comenzó a delirar. Se llevaron santas reliquias a la alcoba, incluidas las de San Diego de Alcalá, en un esfuerzo desesperado por intentar salvarlo. Luis I redactó su testamento, nombrando a su padre como heredero universal. Murió en las primeras horas del 31 de agosto, después de un corto reinado de solo siete meses y medio. Su cuerpo se expuso durante tres días y luego fue trasladado a El Escorial.
Los términos de la abdicación de Felipe V especificaban que si Luis moría sin herederos, su siguiente hijo, Fernando, le sucedería en el trono. En cualquier caso, Felipe V nunca había soltado realmente las riendas del poder, y era evidente que Isabel de Farnesio había apoyado la abdicación solo por lealtad, de modo que era lógico que el poder volviera a sus manos. Pero había que superar la reticencia de Felipe V. Durante varios días hubo una verdadera batalla entre los consejeros de Felipe V respecto al problema de la retractación de su solemne juramento de renunciar a la corona. Varios teólogos fueron consultados para que dieran su opinión, pero sus puntos de vista también fueron divergentes. Entonces, Isabel convenció a su marido para que consultara al papa. La opinión personal del papa era que el juramento de la abdicación no lo obligaba a rechazar la corona ahora. Una posterior consulta con los teólogos convenció a Felipe de que podía volver a ocupar el trono con la conciencia tranquila. También se apuntó que Fernando aún no tenía edad para ascender al trono (solo tenía once años) y que si se coronaba tendría que implantarse una regencia, que lógicamente recaería sobre el propio Felipe V. Hacia la medianoche del 6 de septiembre, justo antes de irse a la cama, Felipe firmó un decreto por el que se estipulaba que iba a recuperar la corona.
La reanudación de la monarquía devolvió a Felipe V a un mundo lleno de problemas y que en nada favorecía la mejoría de su salud. Bien al contrario, comenzó a sufrir cada vez más ataques. En octubre de 1726 Felipe se vio aquejado de nuevo por su dolencia, aunque esta vez con serios síntomas físicos. Parecía que había perdido cualquier control sobre su cuerpo, aunque su cerebro permanecía activo y lúcido. Se precisaban tres personas para ayudarlo a salir de la cama. Normalmente se pasaba horas tumbado en el lecho, sin hacer nada, salvo observar fijamente el techo y moviendo los labios sin decir nada. Isabel permanecía a su lado día y noche. La enfermedad del rey iba y venía, adoptando en cada ocasión formas más extrañas y graves. A finales de mayo de 1727 se indispuso otra vez, en Aranjuez, y no pudo ocuparse de las tareas de gobierno. Los doctores lo sangraron porque tenía un poco de fiebre. Isabel, tal y como era su obligación, desempeñó su papel como gobernanta (se le habían otorgado ciertos poderes por un decreto del 2 de junio[27]) y también dirigió la política exterior, pero se negó a tomar grandes decisiones hasta que el rey no se hubiera recobrado. Para la segunda semana de junio el monarca ya estaba perfectamente bien de nuevo, o eso parecía, aunque su modo de demostrar que se encontraba bien de salud fue un tanto extraño. Una noche, a altas horas, en Aranjuez, hizo llamar a su carruaje y le pidió al postillón que lo llevara a Madrid, donde llegó a las siete y cuarto de la mañana, para gran sorpresa de los ciudadanos[28].
A principios de 1728, Felipe V se encontraba bien ya, y mantenía un control absoluto del gobierno. Sin embargo, los primeros indicios de un cambio importante en su trastorno mental se hicieron evidentes. Sufrió ataques que le obligaron a pasar días enteros en la cama, sin salir, y también comenzó a invertir el orden del día y la noche. Algunas temporadas no veía a sus ministros durante semanas. Y luego, cuando los recibía, mantenía las reuniones a primeras horas de la madrugada y concluían al amanecer. Las audiencias con los embajadores se celebraban a medianoche. Los trastornos más graves acontecieron en junio. Se ocupó de difundir la idea de que pensaba abdicar de nuevo.
Isabel reconoció las formas autodestructivas de la enfermedad y estaba plenamente preparada para la crisis, que adquirió formas extremas[29]. Intentó hablar con su esposo, pero él se negó a atender a razones y sus discusiones, algunas veces diarias, concluían con serias trifulcas. Cuando Felipe V se enfadaba mucho, también se comportaba de forma violenta y la golpeaba. Isabel, en una audiencia en la que estuvo sola con el embajador de Francia, tuvo que darle explicaciones por las magulladuras, muy visibles, y los moretones que tenía. Le dijo al diplomático que era «una situación muy cruel». Para evitar que Felipe V pudiera cumplir con sus amenazas, ella retiró todo el papel y la tinta de las dependencias reales, e intentó mantener un guardia que vigilara todos sus movimientos. El rey se dio cuenta de que el único modo de llevar a cabo sus propósitos era huir de palacio, cosa que intentó varias veces. Un día de aquel mes de junio se despertó a las cinco de la madrugada y, sin molestar a Isabel, intentó abandonar el palacio vestido únicamente con su camisón. La reina se despertó, corrió tras él y ordenó a los guardias que lo detuvieran. Isabel cambiaba las cerraduras de todas las puertas con frecuencia, y daba instrucciones a los guardias para que detuvieran al rey si intentaba abandonar el palacio. Pero él siguió intentando huir de palacio medio desnudo a primeras horas de la mañana.
Su conducta en ocasiones era absolutamente extravagante. Pasaba varios días seguidos metido en la cama. A veces conseguía cumplir con la mayor parte de sus obligaciones, pero de un modo estrafalario. Algunas veces concedía audiencias a los embajadores vestido solo con su camisón o casi desnudo, sin pantalones o sin zapatos. También comenzó a desarrollar los síntomas más graves de los trastornos maníacos: aparte de ser incapaz de dormir, comenzó a sufrir terrores, delirios y alucinaciones. En algunas ocasiones se comportaba de un modo absolutamente irracional: por la noche se mordía, o gritaba, o empezaba a cantar. Algunas veces orinaba y defecaba en la cama. Su desvarío psicótico lo condujo a un apartamiento total de la realidad. En una ocasión, en julio, creyó que era una rana, y otra vez creyó que estaba muerto. De tanto en tanto tenía ataques de bulimia, y comía vorazmente y sin parar durante una hora[30].
En 1729 se había planeado una corta visita de la familia real a Andalucía. Debido a las complicaciones de la enfermedad del rey, aquella visita se convirtió en una larga estancia de cinco años, durante la cual el estado español tuvo la curiosa experiencia, sin precedentes, de tener su corte real en Sevilla y su gobierno en Madrid. La corte real y todos sus familiares permanecían durante largos períodos en Sevilla, Granada y otras ciudades de Andalucía. Los ministros del gobierno y los cortesanos tuvieron que adaptarse a los humores del desdichado monarca. Cuando se hallaba sumido en su trastorno mental, Felipe V se mostraba muy irritable; no permitía que nadie tomara decisiones por él, y no toleraba que se le contradijera. En Sevilla vagaba por todo el alcázar insistiendo y repitiendo, a cualquiera que se encontraba por azar en los pasillos y galerías: «Je suis le maître!» (¡Aquí mando yo!).
No se planteaba la lucidez de Felipe V. De ningún modo estaba loco, y razonaba con claridad. Pero su aparente normalidad operaba en un contexto que era absolutamente anormal. En Sevilla, en enero de 1731, el embajador francés, el conde de Rottenbourg, confesó que la situación era «incomprensible». Negociar con el rey era estrafalario. Solo podía hablar con el rey por la noche, habitualmente a primera hora de la madrugada. El problema afectaba a todos los ministros. En septiembre de 1730 el rey celebró sus consejos de ministros entre las once de la noche y las dos de la madrugada; cenaba después de las reuniones, y luego se iba a la cama alrededor de las seis de la mañana, y se levantaba a las dos de la tarde, después de lo cual oía su misa matinal, a las tres, y luego comía. En enero de 1731 Felipe V habitualmente se iba a la cama a las ocho de la mañana, luego se levantaba para su misa matinal a las cuatro de la tarde, y comía después. En este estadio de la terrible enfermedad del monarca, la reina, que siempre compartió el dormitorio con su esposo, demostró una increíble capacidad de resistencia para intentar llevar una vida normal y hacer las cosas a unas horas un poco razonables; oía la misa matinal, por ejemplo, a las seis de la mañana. El embajador francés, por su parte, con toda la razón del mundo se quejaba de que estaba completamente agotado debido a las horas a las que se requería su presencia en la Corte. Durante una visita nocturna, el rey estuvo hablando con él hasta las tres y media de la madrugada.
En privado, la reina estaba totalmente volcada con su esposo. El embajador Philippe de Rouvroy, duque de Saint-Simon, en 1721, observó que Isabel de Farnesio «parece unida al rey hasta el punto de olvidarse de sí misma, y es tan complaciente con todos sus deseos que uno podría pensar que eso es realmente lo que desea hacer y lo que le place». Era lo suficientemente perspicaz como para ver que Isabel deliberadamente sacrificaba su felicidad por el monarca[31]. Teniendo en cuenta los extrañísimos horarios del rey en la década de 1730, uno no puede evitar compadecerse y admirar la paciencia de la reina. Cuando estaba depresivo o de mal humor, el monarca la trataba de un modo espantoso. Sus trifulcas privadas en sus aposentos eran muy italianas: a gritos y con palabras gruesas, y luego comunicadas fielmente por los criados a otros criados y finalmente a los diplomáticos.
La reina tuvo que aguantar mucho. En marzo de 1731, volviendo una vez más a sus impulsos autodestructivos, Felipe V debió de apuntar al parecer que podría abdicar de nuevo. En tales circunstancias Isabel siempre incrementaba la vigilancia, y lo vigilaba personalmente. Aquello la sometió a una intolerable presión, pues significaba que debía ajustarse a sus extravagantes horarios. En aquellos días se podía considerar afortunada si conseguía dormir tres horas diarias. Una fría noche se quedó dormida, exhausta, al lado del rey, en la cama. Él se levantó, puesto que eran las horas en que se despertaba, y abrió una ventana. Ella se despertó congelada y se quejó del aire frío. Cuando comenzaron a discutir, los sirvientes acudieron en su ayuda. «Muy bien», admitió el rey, «cerrad la mitad de la ventana para la reina, y dejar la otra mitad abierta para mí[32]».
Una noche, en junio de 1731, cuando el embajador francés acudió a una audiencia prevista, supo que la reina estaba agotada y profundamente dormida en la cama. El rey, por el contrario, no se había metido en la cama durante las últimas cuarenta y ocho horas; Felipe V estuvo deambulando por sus estancias, pero no quiso recibir al embajador solo. El desafortunado diplomático, por tanto, esperó toda la noche, hasta que a las siete de la mañana el rey y la reina aparecieron para decirle que lo recibirían, pero no antes de las cinco y media de la tarde de aquel día.
Felipe V estuvo gravemente indispuesto durante toda la primera mitad de 1731. Al final, en julio, se produjo una crisis severa. Dormía alrededor de una hora diaria. Deambulaba por el alcázar con la boca abierta y con la lengua colgando. Tenía las piernas muy hinchadas. Su médico estaba convencido de que el rey estaba en las fases finales de su enfermedad, y a punto de morir. La opinión pública en Sevilla pensaba lo mismo.
En 1733 la corte se trasladó de nuevo a Madrid, y la enfermedad del rey continuó con sus altibajos. No fue hasta cuatro años más tarde cuando surgió una nueva y totalmente inesperada cura para la dolencia de Felipe V, en la forma del cantante italiano Farinelli. El castrato Carlo Broschi, más conocido como Farinelli, nació en el reino de Nápoles en 1705, y ya era famosísimo en toda Europa antes de que Isabel de Farnesio lo invitara a visitar Madrid en 1737. Estaba en Londres, donde había estado actuando desde 1734, cuando recibió la invitación. Solicitó una suspensión temporal de su contrato en Inglaterra y viajó hasta Aranjuez, pasando por París, y cantando ante Luis XV. Cuando llegó a España, encontró a Felipe V sumido en una de sus crisis depresivas. Su primer concierto para la familia real, una tarde de mediados de agosto de 1737, se llevó a cabo por tanto en ausencia del rey. Cuando los agudos tonos de su voz se elevaron en el aire, penetraron en el dormitorio donde yacía el afligido monarca. La divina voz del castrato inmediatamente resucitó al rey, que se sacudió la depresión y regresó una vez más a su rutina de trabajo. Asombrados por los efectos terapéuticos de la música de Farinelli, el rey y la reina exigieron que cantara para ellos todos los días[33].
En realidad, Farinelli se convirtió entonces en el médico del rey. Desde luego no estaba preparado para los extraños horarios del rey, y se encontró con que tenía que interpretar su repertorio a todas horas. A medianoche habitualmente cantaba en la cámara del rey, acompañado por un trío de músicos de la capilla real. Tenía que estar disponible a cualquier hora de la noche, y solo se le permitía retirarse a dormir cuando el rey ya había cenado, a las cinco de la madrugada. En una carta fechada en febrero de 1738, Farinelli escribió: «Desde el día que llegué, sigo la misma rutina: cantar todas las noches para el rey y la reina, que me escuchan como el primer día. Con este modo de vida, ruego a Dios que preserve mi salud; todas las noches canto ocho o nueve arias. No descanso nunca[34]». Aunque se produjo un rápido restablecimiento en la salud del rey cuando el tenor comenzó su terapia musical, los síntomas básicos no desaparecieron y el diplomático británico Benjamin Keene se refirió a Felipe V en 1738 como «trastornado de la cabeza». En agosto de aquel año Keene informó que cuando el rey «se retira a cenar, lanza espantosos alaridos». Uno de esos alaridos, a finales de julio, «duró desde las doce de la medianoche hasta las dos y media de la madrugada».
Felipe V ya nunca alteró el extravagante horario que adquirió y siguió en Sevilla. Un despacho escrito en 1746 confirma que el rey habitualmente cenaba a las cinco de la madrugada, con las ventanas cerradas. Se iba a la cama a las siete de la mañana, y luego se levantaba y tomaba un pequeño desayuno a las doce del mediodía. A la una de la tarde se levantaba y se vestía, oía la misa matinal a las tres de la tarde, y comía un poco después. «Después de almorzar no se echa la siesta, sino que se queda en sus dependencias, mirando por la ventana, entreteniéndose con los relojes, leyendo un rato o haciendo que le lean, y así se le pasa el rato hasta el anochecer. A las dos, después de la medianoche, reúne a sus ministros para trabajar, y así se repiten los días[35]».
La muerte de Felipe V, largamente esperada por todos aquellos que eran capaces de evaluar su apariencia física o que comprendían las consecuencias de su rutina diaria, aconteció de un modo bastante repentino y sin aviso, en 1746. Había estado trabajando toda la noche, como siempre, en el Buen Retiro, con sus ministros, y se fue a la cama a las siete y media de la mañana, el 9 de julio. Durmió hasta las doce del mediodía. A la una y media le dijo a Isabel que se sentía indispuesto del estómago y con ganas de vomitar. Ella inmediatamente solicitó la presencia de un médico, pero se le dijo que el médico del rey había salido a comer. Felipe V empezó a tragar y se tragó la lengua, y cayó de espaldas en la cama. En unos segundos estaba muerto. Transcurrieron solo tres minutos desde el momento en que mencionó que sentía ganas de vomitar[36]. Ningún clérigo o doctor estuvo presente cuando falleció; la hora de su muerte se fijó oficialmente a las «dos de la tarde». Acababa de cumplir los sesenta y dos años.
El repentino fallecimiento de Felipe V fue la consecuencia de un deterioro tanto de la mente como del cuerpo. No había permitido que se le bañara durante muchísimo tiempo, y el resultado de su estado era tal que «al lavar el cadáver se llevaban con las esponjas las tiras de piel, y hubieron de dejarle sucio[37]». El cuerpo permaneció de cuerpo presente durante tres días en el Buen Retiro, mientras miles de visitantes hacían fila para presentarle sus últimos respetos. Se le cubrió con un manto de plata y oro, y se le colocaron los collares de las órdenes del Toisón de Oro y del Espíritu Santo. En el salón se celebraron misas continuamente, en siete altares, hasta última hora de la tarde del 14 de julio, cuando el féretro escoltado fue trasladado a la iglesia de San Jerónimo, y más tarde trasladado a la iglesia de San Ildefonso, en La Granja. La procesión llegó a su destino la mañana del 17 de julio. Ese día se enterró el cuerpo para su eterno descanso en una tumba de mármol blanco y negro. Fue el primer monarca, desde el siglo XVI, que no se enterraba en El Escorial.