Cuando era joven, yo a mí me decía:

¡Cómo pasan los días, día a día,

sin nada conseguido o intentado!

Mas, viejo, digo, con el mismo enfado:

¡Cómo, día tras día, todos son

sin nada hecho y sin nada en la intención!

Así, naturalmente, envejecido,

diré con igual voz e igual sentido:

un día vendrá el día en el que no

diré ya nada.

Quien nada fue ni es no dirá nada.