Y es ahora, cuando la tarde va declinando y el silencio del convento parece agrandarse, cuando se hace mayor la congoja y la pesadumbre del Almirante por tanta vida y tantos barcos desperdiciados, entregados a una empresa que cubrió el océano y la costa irlandesa de cadáveres españoles.
Con las primeras sombras de la noche, la oscuridad empieza a extenderse por la celda, y el soldado escribiente pide venia para retirarse. Antes de salir de la estancia aplasta al ratón con la bota y el pisotón resuena como un disparo en el vespertino silencio claustral del monasterio. Levanta por el rabo el cuerpecillo sanguinoliento y reventado del roedor y lo arroja fuera.
Recalde vuelve a quedar solo en la celda. Tumbado en el jergón, reza y le entran ganas de sollozar.
FIN
