Garcilaso

El poeta guerrero

Vuelve y revuelve amor mi pensamiento

hiere y enciende el alma temerosa

y en llanto y en ceniza me deshago.

A

mediados de noviembre de 1536 llegaron a Toledo las malas nuevas de la muerte del soldado-poeta en tierras de Francia. Ante su mujer, doña Elena de Zúñiga, se presentaron en la mansión familiar los caballeros Lope de Guzmán, pariente de la señora, y Rodrigo Niño, para darle la triste noticia. Si hemos de creer a los versos de Luis Zapata, en su obra Cario famoso, la esposa en cuanto los vio, por su gesto «agro y esquivo» comprendió que Garcilaso había muerto, y enseguida se desmayó.

La lengua se le heló, y murió en la boca,

Y los ojos cerrando, y los oídos,

Dejó caer las manos, y sin tiento,

Sin color, cayó en tierra, y sin aliento.

Sin duda, los enlutados caballeros debieron de informar a la señora, cuando esta recuperó el pulso, de las circunstancias que habían acabado con la vida de su marido, y la noticia debió de correr pronto por las calles y plazas toledanas. Garcilaso de la Vega no era un cualquiera en la ciudad. Amén de ser de familia insigne y poeta reputado, era gentilhombre del Emperador y maestre de campo, y se sabía de su importante papel en las empresas guerreras y diplomáticas imperiales, como representante de esa España que terminó convertida en la espada del sueño imperial de Carlos V, ese último César que acabó sus días en el monasterio de Yuste, amargado por el recuerdo de sus propias glorias y fracasos. El mismo poeta presintió proféticamente que su muerte sería ampliamente recordada, cuando escribió:

Vosotros los del Tajo, en su ribera

cantaréis la mi muerte cada día.

El último asalto

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stamos en el verano de 1536 y Carlos V decidido a golpear con contundencia al rey francés Francisco I, su gran rival, se dispone a atacar la Provenza desde Italia con el grueso de su ejército. Mientras, ordena efectuar otro ataque de diversión de menor envergadura por Luxemburgo, para amenazar París y distraer fuerzas enemigas.

Garcilaso es nombrado maestre de campo de un tercio español que desembarca en Génova. El objetivo es conquistar Marsella, pero la campaña de Provenza se inicia con malos augurios y acaba con peores resultados. Los cálculos imperiales fallan porque el rey francés — escarmentado sin duda desde Pavía— rehúsa el combate en campo abierto, devasta su propia tierra y concentra sus tropas dentro de las murallas de Marsella, Aviñón y Arlés. Al poco tiempo, el ejército imperial, hambriento y aplastado por el calor, fracasa en su intento de tomar esas ciudades, y el emperador da orden de replegarse a Niza. En esta retirada, cerca de Frejus, muere Garcilaso.

La empecinada rivalidad entre el emperador y el cristianísimo Francisco I, aliado con Barbarroja —relata el escritor Antonio Prieto—, ofrece un nuevo escenario: Provenza. El prudente plan de ataque de Antonio de Leyva contra los franceses es descartado por el más idealmente estratégico y ambicioso del almirante Andrea Doria [...] El 19 de septiembre de 1536, las tropas imperiales avistan en Le Muy, cerca de Frejus, una torre que parece abandonada.

A partir de ahí, la mejor versión del fin Garcilaso es la del cronista y arcabucero del ejército imperial Martín García Cereceda. Un testigo de vista que aporta datos irrebatibles para cualquier biografía del personaje, y cuenta el hecho con sintaxis ruda y escuetas palabras de soldado:

El martes que el Emperador salió de Gunfarón llegó a Muy, do se alojó con su corte y avanguardia. Aquí en Muy hay un muy estrecho paso, vecino a la puerta de la villa, y este paso es una pequeña puente pegada a una fuerte torre que era alta y redonda. Tenía pegado a sí esta torre un pequeño cuarto de casa, que también era fuerte, tanto o más que la torre. Aquí en esta torre había catorce personas, que eran doce hombres y dos muchachos. Estos estaban en esta torre encubiertos, que no se habían visto hasta que uno del palacio del Emperador, queriendo subir a la torre por una escalera que puso, los que en la torre estaban, lo dejaron subir hasta el segundo solar o bóveda, más cuando quiso subir a lo más alto, donde ellos estaban, se puso uno de ellos a la boca de la bóveda diciéndole que no subiese.

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Viendo esto el que subía, le demandó que quienes eran los de la torre, y este dijo que eran franceses y que no subiese allá. Viendo esto este del palacio del Emperador, se abajó y lo hace saber al Emperador. Como esto fue sabido por el Emperador, manda que fuesen a saber qué gente eran, y así fueron ciertos caballeros; demandóles que hacían allí: los caballeros les decían que se saliesen de la torre y que se fuesen a do fuese su voluntad, y ellos respondieron que no era su voluntad salir de la torre. Viendo esto el Emperador, quiso ver qué gente era y a que estaba allí, y así mandó que con la artillería que con la avanguardia era arribada se diese batería a la torre y así se dio y se hizo un pequeño portillo en la torre.

Como este portillo estaba hecho, don Jerónimo de Urrea, caballero español, con una mala escala arremetió a la torre y entró por el portillo dentro en la torre. Tras don Jerónimo de Urrea quiso subir el capitán Maldonado y el maese de campo Garcilaso de la Vega, entre los cuales hubo alguna diferencia por la subida. A la hora llega Guillén de Moneada, hijo de don Hugo de Moneada, diciendo: «Señores: suplícoos, pues vuestras mercedes tenéis tanta honra, que me dejéis ganar a mí un poco honra.» A la hora le respondió el capitán Maldonado diciendo: «Para tan valeroso caballero poca honra es ésta; suba vuestra merced.» Así fue la segunda persona don Miguel Moneada. Subiendo Garcilaso de la Vega y el capitán Maldonado, los que en la torre estaban dejan caer una gran gruesa piedra y da en la escalera y la rompe, y así cayó el maese de campo y capitán, y fue muy mal descalabrado el maese de campo en la cabeza, de lo cual murió a pocos días. Pues como dentro de la torre hubiesen entrado don Jerónimo de Urrea y don Guillén de Moneada, hablaron con los de la torre, diciéndoles tantas y tan buenas palabras, por lo cual uno de ellos seguido por una soga abajó a la bóveda donde estaban estos dos caballeros. Este que abajó había sido soldado de Fabricio Marramaldo, y este se rendía con todos los otros a merced del Emperador. Como los otros lo sintieron no quisieron pasar por ello, y así tornaron de nuevo estos caballeros a rogadles que se rindiesen.

Ellos dijeron que se rendían con condición que no les echasen en las galeras como los otros de las otras villas, y como esto oyesen aquestos dos caballeros, lo hacen saber al Emperador.

El Emperador les concedió de no envialles en galeras como ellos demandaban, y así salieron de la torre. El Emperador lo mandó examinar y que supiesen que eran de la villa de Muy y se habían subido allí hasta que el campo fuese pasado, y otras cosas que no eran de buenos soldados.

Así el Emperador mandó que no los llevasen en galeras, más que ahorcasen a los doce hombres, y que desorejasen a los muchachos. Así fueron ahorcados de una ventana de un palacio vecino de la torre. El día siguiente fue el Emperador a Frejus.

A Garcilaso, herido, lo trasladan a Frejus. Allí el ejército imperial acampa cinco días antes de llegar a Niza, donde el capitán-poeta, ya moribundo, es alojado en el palacio del Duque de Saboya. A su lado estaba su amigo y camarada marqués de Lombay, que poco después dejaría la milicia para ingresar en la Compañía de Jesús y convertirse con el tiempo en San Francisco de Borja. Veinticinco días dura la agonía de Garcilaso, hasta que fallece en la noche del 13 de octubre de 1536 y es enterrado en la iglesia de Santo Domingo de esa ciudad, hoy francesa. Tenía 35 o 37 años, ya que la fecha de nacimiento es incierta.

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Testamento

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n su testamento, además de declarar herederos universales a sus hijos legítimos, Garcilaso pide ser enterrado en la capilla toledana de San Pedro Mártir, aunque «si muriese pasada la mar» manda que lo dejen allí donde lo entierren. Una cláusula que la viuda no respetó, pues dos años después ordenó que el cadáver fuera depositado en el sepulcro de la capilla del Rosario de la iglesia-convento renacentista dominico de San Pedro Mártir, que hoy está desacralizado y pertenece a la Universidad de Castilla-La Mancha. El edificio ha entrado, además, en la leyenda de los misterios toledanos, ya que muchos testigos aseguran que en él han visto espectros, sombras que se deslizan, ascensores que funcionan solos y otros elementos de la parafernalia que rodea los fenómenos inexplicables.

El sepulcro de Garcilaso está situado en un nicho de la iglesia, a la derecha del altar, sobre el que aparecen las estatuas orantes del poeta y su hijo, ambos armados, aunque según algunas versiones, como la de Gustavo Adolfo Bécquer, que visitó el lugar en el siglo XIX, el acompañante pétreo del poeta sería el padre.

Los restos de Garcilaso descansaron en paz en el citado monasterio hasta que fueron removidos en 1869 por avatares políticos, y llevados a Madrid, para ser depositados en un proyectado y nunca realizado panteón de españoles ilustres. Olvidados en la iglesia de San Francisco el Grande reposaron seis años, hasta que un buen día alguien decidió devolverlos a Toledo. Allí estuvieron en la Casa Consistorial durante 25 años, y finalmente, en 1900, regresaron a la iglesia conventual de San Pedro Mártir, de donde nunca debieron de haber salido, y donde hoy está enterrada también la viuda, que sobrevivió más de 25 años al poeta guerrero.

Guiomar

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demás de sus versos, Garcilaso dejó en el mundo seis hijos, de los cuales algunos murieron a muy corta edad. Con su mujer, Elena de Zúñiga, dama de Leonor de Austria, hermana del Emperador, tuvo cinco legítimos: Garcilaso, que falleció tempranamente; Íñigo de Zúñiga, muerto en 1555; Pedro de Guzmán, que tenía siete años cuando murió el padre; Sancha, casada con Antonio Puertocarrero; y Francisco de la Vega, muerto también siendo muy niño.

Iñigo, fallecido su hermano mayor, pasó a llamarse Garcilaso de la Vega y Zúñiga, y fue soldado y poeta como su padre. Obtuvo el hábito de caballero de la Orden de Santiago a los dieciséis años. Estuvo con el séquito del Emperador en Augsburgo en 1551 y murió en la toma de Volpiano, muy cerca de Turín, en 1555, cuando solo contaba 28 años. No se casó y no tuvo descendencia.

En el testamento de Garcilaso aparece también otro hijo, de nombre Lorenzo Suárez de Figueroa, fruto de las relaciones juveniles con doña Guiomar Carrillo, dama de prominente familia toledana. Garcilaso pide a su mujer que el muchacho —nacido en 1522 y cuyo final es bastante oscuro— «sea sustentado en alguna buena universidad y aprenda ciencias de humanidad [...] y siempre sea sustentado hasta que tenga alguna cosa de suyo.»

Guiomar y Garcilaso no se casaron porque la familia de la joven fue adversaria de Carlos V en la guerra comunera, y tal matrimonio no hubiera agradado al Emperador. No obstante, parece seguro —y la misma doña Guiomar lo atestigua— que el poeta y la joven toledana mantuvieron relaciones carnales durante bastante tiempo.

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Otra boda, esta sí celebrada, vino a perjudicar mucho la vida del guerrero-poeta. En agosto de 1531, hallándose Garcilaso en Ávila, donde moraba por entonces la emperatriz Isabel de Portugal, actuó como testigo del matrimonio entre un sobrino suyo de 14 años de edad con Isabel de la Cueva, una niña de solo 11 años, heredera del duque de Alburquerque y dueña de gran fortuna.

Ni el Emperador ni su esposa tuvieron conocimiento de tal boda, a la que se oponían. Poco después, Garcilaso emprendió viaje a Alemania con su amigo Fernando Álvarez de Toledo, futuro duque de Alba, para combatir contra los turcos que amenazaban Viena. Antes de cruzar los Pirineos, a la altura de Tolosa, los detuvo el corregidor de Guipúzcoa. Tenía orden de la emperatriz Isabel de preguntar a Garcilaso si estuvo presente en la malhadada boda. El poeta lo admite y la emperatriz lo destierra fuera de España.

Garcilaso y Álvarez de Toledo cabalgaron juntos hasta París, y desde allí siguieron el Rin hasta Ragtisbona y el Danubio para unirse al séquito imperial. Pese a la intercesión del duque de Alba, el César respetó la decisión de su esposa y recluyó a Garcilaso en la isla danubiana de Shut, cerca de Ratisbona, donde, un tanto alicaído y pesaroso, compone algunos de sus mejores versos.

Aquí estuve yo puesto,

o, por mejor decillo,

preso y forzado y solo en tierra ajena;

bien pueden hacer esto

en quien puede sufrillo

y en quién él a si mismo se condena.

Tengo sola una pena,

si muero desterrado

y en tanta desventura;

que piensen por ventura

que juntos tantos males me han llevado,

y sé yo bien que muero

por solo aquello que morir espero.[39]

Miserables hados

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l soldado-poeta dejó también buena prueba de su valor en la campaña de Túnez (1535), donde estuvo a punto de perder la vida y resultó herido de gravedad. Ocurrió durante los primeros días del desembarco. Un tropel de moros a caballo, provisto de artillería, salió de La Goleta y entró en el campo de la tropa cristiana. Contra esta fuerza se envió un escuadrón de caballería en el que iba Garcilaso, que en la escaramuza recibió dos lanzadas, una en la boca y otra en el brazo derecho. A punto estaba de perecer cuando acudió en su ayuda el caballero napolitano Federico Carafa, quien consiguió ponerle a salvo «con mucha maravilla y aplauso de todo el campo», como cuenta el cronista Angelo de Constanzo.

Cortesano, hombre de armas y escritor, Garcilaso sabía griego, latín, italiano, francés, música y esgrima, además de dominar el verso castellano como si se tratara de un don irrepetible de los dioses del Olimpo le hubieran regalado.

Realizó misiones diplomáticas de carácter reservado y también hizo de informador secreto de la emperatriz Isabel de Portugal, quien le pidió llevar a cabo una labor de puro espionaje en Francia. El Emperador desconfiaba del trato que pudiera estar recibiendo su hermana Leonor del rey francés Francisco I, con quien se había casado en 1526, y pidió —por intermedio de la emperatriz— que Garcilaso viajara a Francia para averiguarlo, y ya de paso informara de la situación militar en la frontera con Italia. Cumplida la misión, el poeta regresó a Toledo, y poco después ocurrió la infausta boda de su sobrino, que lo llevó al exilio.

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No existe documento preciso sobre la fecha de nacimiento de Garcilaso, ni tampoco hay retrato seguro. En cuanto a las descripciones literarias del poeta, destaca la sublimada y muy barroca del cardenal Alvaro Cienfuegos, incluida en una biografía de San Francisco de Borja publicada en 1714, en la que vienen a coincidir muchos apologistas posteriores:

Era garboso y cortesano con no sé qué majestad envuelta en el agrado del rostro que le hacía dueño de los corazones, no más que con saludarlos. Y luego entraban su elocuencia y su trato a rendir lo que su afabilidad y su gentileza habían dejado por conquistar [...] Ningún hombre tuvo más prendas para arrastrar las almas [...] Adorábale el pueblo, y sus iguales, o no podían o no se atrevían a ser émulos porque el resplandor de sus prendas deslumbraba a la envidia...

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En la elegía que dedicó al duque de Alba con motivo de la muerte de Bernardino de Toledo, su hermano fallecido en Sicilia al retomar de la campaña de Túnez (1535), parece resumir el descontento existencial de su propia vida, lo que aporta una vena trágica a la exquisita serenidad de sus versos.

¡Oh, miserables hados, oh mezquina

suerte la del estado humano, y dura,

do por tantos trabajos se camina,

y agora muy mayor la desventura

de aquesta nuestra edad cuyo progreso

muda de un mal en otro su figura!

¿A quien ya de nosotros el exceso

de guerras de peligros y destierro

no toca y no ha cansado el gran proceso?

¿Quien no vio desparcir su sangre al hierro

del enemigo? ¿Quien no vio su vida

perder mil veces y escapar por yerro?

¡De cuantos queda y quedará perdida

la casa, la mujer y la memoria!

Hay coincidencia general en que el gran amor de Garcilaso y la inspiradora de sus mejores versos fue Isabel Freire, dama de la Emperatriz, a la que conoció en 1526. Un amor fatal y hasta misterioso, de novela romántica, ya que la dama en cuestión se casó con otro y murió muy joven de parto, para desesperación secreta del poeta. Aunque también hay opiniones escépticas. La profesora María del Carmen Vaquero Serrano considera que se trata de un amor nunca demostrado, un mito alimentado por la confusión del profesor salmantino del siglo xvi Francisco Sánchez de las Brozas, más conocido por el Brócense, que en su edición comentada de las poesías de Garcilaso confundió a este con su gran amigo Juan Boscán, quien sería en realidad el amante de la bella. Una apostilla enigmática a la leyenda amorosa que ha perdurado a través de los siglos.

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Sin duda, el mejor epitafio a la corta, azarosa y gloriosa vida de Garcilaso lo puso él mismo Boscán, que tras equiparar la brevedad de la existencia del capitán poeta con la del héroe Aquiles, dejó constancia en rotundos endecasílabos:

Tu esfuerzo nunca fue flaco ni laso,

tus trabajos hicieron larga historia

y cúpote tras esto corta vida.

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