Cristóbal de Mondragón

El viejo coronel

Entre los soldados no miramos la sangre, sino al soldado que más adelanta.

Cristóbal de Mondragón.

S

u amplia hoja de servicios —piensa con las últimas amarguras que le quedan— no ha impedido que le hayan negado el hábito de una orden militar por atribuirle ascendencia judía o morisca. Y eso pese a ser hidalgo de familia asentada en Vizcaya, pero los pesquisidores hilan muy fino en tales cuestiones. Lo declara con llaneza un testigo: «El coronel Cristóbal vino a Medina [donde había nacido], en el año 70, a hacer probanza para que le diesen un hábito por sus servicios. Pero personas graves le desengañaron, y se volvió a Flandes.» [3] Al parecer, por parte de padre no había duda alguna, pero otro gallo cantaba con su madre. Cerca de un siglo hacía que un pariente político de su abuela materna, Ruiz Gómez de Zalamea, fuera quemado en la hoguera por apóstata y judaizante.

Y dice el general Bermúdez de Castro, en reseña biográfica, que «la sociedad medinense hizo el vacío absoluto a los hijos y nietos del ajusticiado, pero estos no abandonaron a los descendientes del muerto en la hoguera y los ampararon cristiana y caballerosamente, pues de no haberlo hecho habrían perecido en la miseria,» a pesar de haber sido muy rico el dicho Zalamea, cuyos apellidos nada tenían que ver con los Mondragón ni con los Mercado, que era el apellido de la progenitora del coronel.

En todo este lio de linajes y patentes de nobleza, ni siquiera la intención del rey era definitiva. Aunque Felipe II había concedido el hábito de Santiago a Cristóbal, no le eximió de las pruebas de limpieza de sangre que la Orden llevaba a cabo con técnica implacable, y fue entonces cuando «personas graves le desengañaron», y el coronel, tras mostrar conformidad a duras penas, volvió a su regimiento en Flandes, a seguir guerreando.

IMAGE

La tacha, al parecer, no impidió que sus descendientes, con la misma sangre y menos méritos, consiguieran más adelante los hábitos que a él le fueron vedados. [4] Los nietos de Mondragón, ya avanzado el siglo XVII, obtuvieron el hábito al que su abuelo renunció ante la inquina de las «fuerzas vivas» medinenses.

En la última vuelta del camino de su vida militar, Mondragón sorprende al jefe rebelde holandés Mauricio de Nassau cuando este se apresta a tomar la plaza de Groenlo. Junto al rio Lippe le derrota tan completamente que no deja enemigo sin acuchillar o capturar prisionero. Entre estos últimos se cuenta el conde Ernesto Nassau, y en la refriega mueren el mariscal Kiuzki, Felipe de Nassau, que mandaba la fuerza holandesa, y varios capitanes. Sin querer arriesgar otra ofensiva, Mauricio de Nassau se retira con su ejército en octubre de 1595 al interior de Holanda y deja el campo libre al jefe español.

IMAGE

«Con esta importante y poco costosa victoria— en palabras del historiador Coloma— dejó cerrado este valeroso y afortunado capitán el número de las muchas que tuvo, con singular muestra de valor y fidelidad.» Frases de elogio que la posteridad agradece, pero que no son sino un capítulo más de la guerra prolongada en los Países Bajos.

Mondragón, ya entrado el invierno, vuelve a la seguridad del castillo-ciudadela de Amberes, donde se instala con su hija Margarita, casada con su sobrino Alonso de Mondragón, y un nieto de pocos años. Por entonces, la esposa había fallecido, dejándole heredero de todos sus bienes, y el anciano guerrero se dedica a gobernar el bastión estratégico que se le ha encomendado. «Los habitantes de Amberes y la guarnición— al decir de Bermúdez de Castro— le querían por su bondad y consideraban sus muchos años de vida como un privilegio de Dios, pues en aquellos felices tiempos era rarísimo llegar a edades tan avanzadas.» La edad, con su secuela de dolencias, se le ha echado encima. Tiene, seguramente, 81 años y ha tenido que escalar todos los peldaños de la milicia desde que empezó de soldado raso, sin descanso ni retiro temporal, pero la naturaleza no perdona a los vivos. El 29 de diciembre de 1595, estando en Amberes, cae postrado en cama, y al día siguiente muere y lo entierran primero en la capilla de la ciudadela amberina.

Al sentir que se iba la vida, y tras los auxilios religiosos de rigor, pidió que le sentaran en un sillón y le arrimasen a una ventana que daba al patio de armas de la ciudadela, donde las compañías se adiestraban en el orden cerrado, y así, viendo la instrucción de sus soldados, expiró el famoso jefe con la tranquilidad reflejada en el rostro, sin estertores ni agonías.

IMAGE

Pasados unos años Margarita y el yerno trasladaron sus restos a Medina del Campo, como él había pedido, y allí quedaron en el panteón familiar de Santa María del Castillo.

No es segura la edad exacta que tenía Mondragón al fenecer. Según el capitán Coloma, contemporáneo suyo, murió a los 92 años de edad sin enfermedad conocida, aunque su biógrafo Ángel Salcedo Ruiz, rebaja la cifra, igual que el cronista y sargento mayor Alonso Vázquez. En cualquier caso, murió octogenario. En España y Flandes su pérdida fue muy sentida, y en el ducado de Luxemburgo se le tributó el luto oficial reservado a los príncipes. Incluso sus enemigos mostraron respeto por su memoria, ya que —como afirma el coronel Andrés Allende Salazar, estudioso del personaje— no dejó malos recuerdos por represiones o venganzas sanguinarias. Algo que coincide con las palabras de Salcedo Ruiz: «El coronel Mondragón no hizo derramar sangre más que en los campos de batalla.»

La vena vizcaína del Coronel Mondragón se prolongó al casarse su nieta Catalina con Juan de la Barrera y Mondragón, y emparentar sus descendientes con la muy antigua casa de Murga, notoria en Vizcaya desde tiempos medievales.

IMAGE

En Amberes, al final de sus días, a Mondragón le invade el sentimiento de que, a pesar de los muchos años que la naturaleza le ha otorgado, su vida ha pasado como un rayo, y hay cosas que recuerda como si hubiesen sido ayer, aunque otras se le aparecen confusas y distantes, pese a la rapidez con la que su existencia se ha consumado.

Y para aventar murrias, al coronel le gusta dar vueltas a sus hechos y recita para sus adentros su biografía como si fuera un manual de instrucciones, asombrado de que —tras tantos combates— ni una sola herida grave haya dañado su cuerpo.

«Mis soldados, en tono afable, me llaman el Viejo, y hasta aquí he llegado con más de ochenta años y muchas guerras, que no es poco, coronel de valones, maestre de campo general de los tercios españoles, gobernador de Gante y Amberes, y capitán general de Brabante. En la milicia estuve desde los 18 años, cuando me alisté a combatir de soldado bisoño en Italia, y luego mi nombre siempre ha ido asociado a la guerra de Flandes, aunque también combatí en Alemania, La Provenza y Túnez.

»Nací en Medina del Campo, una ciudad mercantil, vivero de funcionarios de Corte y escribanos, que conmigo no tuvo buen trato, pues me regateó hidalguía de estirpe, pese a ser mi padre Martín de Mondragón, hijo de caballero vizcaíno casado con doña Mencía del Mercado, aunque esa es una historia que ahora me cuesta recorda... Y dejé constancia de ingenio y valor en la batalla de Mülhberg contra los protestantes de la Liga de Smakalda en 1547, y eso al menos nadie lo pudo poner en duda, pues el mismo emperador Carlos lo reconoció a la vista de todos.

»Solo éramos doce los soldados españoles que cruzamos el río Elba a nado la víspera de la batalla, con las espadas en la boca, para arrebatar a las tropas del Elector de Sajonia, que defendían la orilla derecha, una barcas que nos faltaban para completar un puente por el que nuestro ejército debía cruzar en persecución del enemigo. Yo fui uno de los que llegó a la otra orilla y la gesta se saldó con gran victoria. El propio Emperador nos premió en el campo de batalla, delante de todos, con presentes valiosos y ascensos, y promovido al grado de alférez, merecí— por propios méritos— la atención del duque de Alba, que en adelante se fiaría mucho de mi juicio en cuestiones militares, pues de otras no he tenido ocasión ni deseo de entender mucho, soldado como soy, muy honrado de serlo, y no otra cosa.

»Solo un año después de Mülhberg, era ya capitán al mando de una compañía de caballos ligeros [5] y combatiente en la frontera flamenca contra la Francia de Enrique II. Fue entonces cuando con 500 jinetes españoles derroté a más de mil de caballería franceses, en batalla campal que espero recuerden las crónicas...»

Merced

P

or aquel tiempo, con Felipe II rey consorte de Inglaterra, ingleses y españoles éramos aliados contra los franceses, pero estos, al mando del duque de Guisa, en un ataque por sorpresa ocuparon Calais, puerto de gran valor estratégico, y capturaron Guiñes. Los españoles que guarnecíamos la plaza caímos prisioneros, pero yo, aunque recluido en una torre por no querer dar palabra de no fugarme, pude escapar al arrojarme desde el adarve al foso y regresar con los míos. Y al poco tiempo se me hizo merced de unos cuantos miles de maravedíes por mis buenos servicios, más algunos recompensas acumuladas que años después me fueron dadas sobre las alcabalas de Medina del Campo en forma de pensión vitalicia. Un modo frecuente de saldar los inevitables atrasos del dinero que llegaba a las tropas.

IMAGE

Era usual, entonces, y aún ahora, que a un jefe militar se le adeudasen años de sus emolumentos, y al no poder pagarle lo debido, le dieran a cambio alguna porción de alcabalas o portazgo en compensación de la deuda, una ventaja que el rey generosamente me concedió, aunque yo no pudiera disfrutar mucho tales dineros, porque la situación en Flandes amenazaba con romper, y los jefes españoles fuimos retenidos en los Países Bajos para enfrentar el peligro. Y fui nombrado gobernador de la ciudad de Damvillers, baluarte de frontera con Francia, en Luxemburgo, la provincia más católica y leal a la Corona, en la que regía el conde Mansfeld, tan católico como partidario de la causa española, del que se cuenta que habiendo sorprendido un día a su hijo leyendo un panfleto protestante, se lo hizo tragar entero... Y más tarde, los nobles y burgueses de Luxemburgo levantaron tropas contra los rebeldes que alteraban la paz en los Estados de Flandes, y me dieron el mando de uno de los primeros regimientos de tropas valonas que se formaron, de donde siempre me vino el ser llamado Coronel, nombre del que me siento orgulloso por ser una jerarquía que solo se alcanza en mérito de los servicios prestados, sin depender de ningún otro favor.

Hasta mis enemigos suelen afirmar que supe tratar con acierto a esos hijos de Valonia, cuyos oficiales, por ser casi todos de origen noble, eran muy quisquillosos y terminaron adoptando el orgullo de los españoles, pero con ellos siempre me entendí bien, y eso a pesar de mi aspecto severo y mi temperamento exigente en el cumplimiento del servicio; ellos decían que yo les inspiraba confianza y que se sentían seguros con mi mando.

Fango de Flandes

E

l primer regimiento de valones que mandé tenía seis compañías de arcabuceros, y fue el germen de otra fuerza mayor que se concentró en Bolduque [6] con el ejército del duque de Alba, que entró en campaña y empujó a los protestantes a los territorios del norte de Flandes, en las provincias de Holanda, Zelanda y el Brabante, y a mí me destinaron a guarnecer Deventer, a orillas del río Isel, que desemboca en el Zuyderzee, que es un mar interior de esas tierras bajas del norte. Y en esos pantanos hube de escaramucear en hartas ocasiones con los rebeldes holandeses que llamaban «mendigos del mar», que sostenidos por piratas ingleses y la complicidad de Isabel de Inglaterra entraban por sorpresa en los pueblos con sus barcos de bajo calado y a favor de la niebla, y los saqueaban, se llevaban el ganado y asesinaban sin piedad a los católicos antes de reembarcar hacia los puertos del norte o las costas del sur inglesas. En vano era combatirlos desplegados por una costa llena de islotes arenosos para impedir el desembarco, pues los «mendigos del mar» cuando estábamos en un sitio se movían en otro, con lo que no dábamos abasto a tanta vigilancia. Y en una sola ocasión, mis arcabuceros valones castigaron tres intentos seguidos de desembarco de los orangistas, antes de que don Fadrique de Toledo, el hijo del duque de Alba, me ordenara construir una ciudadela en Deventer, donde aún quedé algún tiempo más con mi regimiento, mientras seguía a cargo del gobierno de Damvillers.

Y fue por aquellos días cuando, apaciguados un tanto los Países Bajos, regresé a Castilla, acompañando con mi regimiento a la reina doña Ana de Austria, cuarta esposa del rey don Felipe. Eso me permitió estar otra vez en Medina, y fue la última que volví a la ciudad donde nací y de la que hube de salir deprisa, porque en 1570 los asuntos de Flandes se habían torcido definitivamente, y el duque de Alba me mandó levantar diez banderas con las que regresé al campo de batalla... Los rebeldes del príncipe de Orange y los Nassau se habían apoderado de casi todas las plazas de Holanda y Zelanda, y los hugonotes franceses entraron por sorpresa en la ciudad de Mons, que el duque de Alba decidió recuperar de urgencia con su ejército de veteranos españoles, valones, alemanes e italianos, mientras se mantenía a la defensiva en el norte. Esa estancia en mi pueblo natal no puedo decir que fuera sin pesar, pues me fue negado el hábito de Santiago, pese a serme concedido por el rey.

IMAGE

Tuve aquello por una afrenta, pero estando la Inquisición por medio, lo mejor era desistir del intento de vestir el hábito y olvidar pronto el asunto para no entrar en enredos que pudieran alentar las pesquisas inquisitoriales.

Y en Amberes, la primera ciudad de Flandes, casi toda ella rodeada de rebeldes, hube de reforzar con mi regimiento valón al maestre de campo Sancho Dávila, quien gobernaba la plaza y su formidable ciudadela con una guarnición de españoles. Coordinando fuerzas, Dávila y yo tuvimos que trabajar duro para mantener sujeta a la población, en la que había muchos descontentos, al tiempo que defendíamos la plaza por mar y tierra de los ataques holandeses y socorríamos otras plazas menores cercanas que quedaban aisladas y sitiadas de enemigos. Y a esto se añadía la dificultad de no disponer de barcos con tripulación válida, pues la mayor parte de los marineros estaban con los rebeldes. Aún así conseguimos reunir una pequeña escuadra que navegó el Escalda desde Amberes, flanqueada por nuestra infantería desde ambas orillas, y me tocó dirigir esas columnas de ataque y asaltar al arma blanca muchas veces los diques y avanzar con los soldados, con el agua hasta el cuello, por aquel terreno cenagoso, y todo ello bajo el fuego enemigo que venía desde el mar y desde tierra, y no había días que nos dieran tregua ni para dormir un rato durante la noche, pues los rebeldes eran muy tenaces, estaban bien armados, y no desmerecían en valor a los nuestros.

Y muchas veces temí por mi vida, siendo ya en aquel tiempo hombre mayor, pues había rebasado los sesenta años, y viudo de mi primera esposa, contraje matrimonio por segunda vez con Guillemette de Chastelet, mujer a la que siempre quise bien y que me animó mucho cuando ya mis fuerzas iban decayendo por la edad, y que —por qué no decirlo— me procuró una situación económica holgada, pues ella procedía de alta nobleza de Lorena y era poseedora en ese ducado de señoríos boyantes y títulos que me hubieran correspondido por casamiento, pero que nunca usé.

La noche de Zut-Babeland

Y

fue en el otoño de aquel año de 1572 cuando Guillermo de Orange puso cerco con 8.000 hombres a la plaza de Goes, en la isla de Zuid-Baveland, con una flota de 50 navíos, que cerró la desembocadura del Escalda, donde se mantenía con gran apuro el capitán Isidro Pacheco, con una exigua fuerza de españoles y algunos valones, siendo los sitiadores en una proporción de cien a uno. Sancho Dávila y yo intentamos socorrer la plaza, pero no había manera. Fue entonces cuando un capitán flamenco leal nos informó de un vado entre una de las múltiples islas de esa costa y la tierra firme, que solo utilizaban los pescadores contadas veces, pues el vadeo, amén de ser largo de varias leguas, era muy peligroso por las mareas y las corrientes, pero con aquellos soldados se podía ir al infierno y volver. De forma que lo intentamos. Dávila quedó en la orilla con la reserva, mientras yo me puse al mando de la columna de 3000 hombres que, descalzos y remangados, se metieron en el mar con el agua hasta la cintura y los sacos de pólvora y tres raciones de galleta colgados del cuello, picas al hombro y arcabuces en alto, agarrándonos unos a otros para contrarrestar la fuerza de las corrientes del mar. Era una noche muy helada y oscura y la travesía duró seis horas, el tiempo justo de la bajamar, pero así y todo en muchos tramos el agua nos llegaba a la barba.

Muy cansados alcanzamos tierra al amanecer en un dique, y en el camino dejamos varios soldados ahogados cuyos restos no pudimos hallar, pero la sorpresa del enemigo al vemos en la isla fue tal que no se atrevió a defenderse y emprendió la fuga, cogido entre el fuego de los sitiados y nuestro empuje, a lo que se unió la salida que les hizo el capitán Pacheco con su compañía, que les dejó más de setecientos muertos y muchos prisioneros. En total anduvimos de noche tres leguas dentro del mar y batimos a veinte mil enemigos y una escuadra de más de cien barcos, con lo que tengo para mí que esa fue una empresa tan arriesgada como afortunada, y una buena hazaña... pero la guerra continuaba y no había descanso, y ahora me viene también a la cabeza el socorro a la isla de Tholen, que defendía una pequeña guarnición y donde estuve a punto de perecer o caer prisionero, aunque, para nuestra fortuna, todo acabó con una escabechina de más de mil orangistas que sitiaban aquel islote.

Muchas veces he pensado que la de Flandes es una guerra fría y sucia, no solo por el fango, el viento frío y la lluvia, sino por la frecuente penuria y demora de las pagas y el continuado sufrimiento de la tropa, con batallas medio en tierra y medio en el mar, pues los diques y canales forzaban muchas veces a las banderas a combatir en naves como marineros, siendo como eran los enemigos dueños del mar y los canales debíamos combatirlos desde las orillas con fortines artillados en las mareas altas, y en las bajas tratábamos de impedir que los enemigos vadeasen las rutas de ataque, y todo ello con sempiterna escasez de soldados.

IMAGE
Capitán general

P

ero todo aquel esfuerzo no impidió que el príncipe de Orange se hiciera dueño de Zelanda, y por ironía del destino fui nombrado entonces capitán general de la dicha tierra, un nombramiento que de facto solo suponía el mando de la plaza de Middelburg, que es la capital de Zelanda, y está situada en el centro de la isla de Valcheren. Allí estaban refugiados todos los católicos que quedaban en esa región, pues los demás eran huidos o muertos por los protestantes, y también protegíamos a los religiosos y las imágenes más veneradas, para salvarlas de la destrucción de los iconoclastas calvinistas.

IMAGE

Pronto nos asediaron en Middelburg y empezó el hambre. Acabamos hasta con los gatos y los cueros, y para sustituir al pan de trigo hice repartir unas tortas de linaza que repugnaban a todos, y solo permitían ser tragadas con algún vino que gracias a Dios nos quedaba. A todo esto se unieron las enfermedades, que mataban diariamente a muchos, pero la plaza resistía porque los sitiadores no se atrevieron a dar el asalto, aunque al final el gobernador general Luis de Requesens, al ver imposible socorrernos, dio orden terminante de capitular para aprovechar en otros lugares la fuerza militar que allí teníamos. Y así se hizo; obtuvimos capitulación honrosa y las tropas salieron a banderas desplegadas, con sus armas, cajas y bagajes, y también pudieron hacerlo todos los vecinos y funcionarios civiles, y los sacerdotes y religiosos con sus ropas talares. Eso debió de ser en los primeros meses de 1574, y la rendición fue aprobada por el mismo rey, quien —así me lo dijo Requesens— no quiso admitir que yo quedara prisionero si no se ponía en libertad al jefe calvinista Mamix de Santa Aldegonda que teníamos preso, cosa que reconozco haber pactado al capitular, y por eso los enemigos me acusaron de haber incumplido la palabra que les había dado, pero en la guerra la disciplina obligaba a todos, y yo el primero, y no era cuestión de desobedecer la voluntad real...

IMAGE

El plan de operaciones de Requesens, hombre de talante muy diferente al de Alba, era penetrar en cuña en Zelanda, separándola de los demás Estados, y reconquistar ese territorio levantisco, que era el foco principal de la insurrección, con maravillas que exigían mucho valor, resistencia personal y cálculo combinado. En Amberes se aprestaron los buques a las órdenes de Sancho Dávila, con los soldados más aguerridos de Flandes. Yo mandaba a los alemanes y valones y el maestre Osorio de Ulloa a los españoles. Se trataba de una operación que debía desarrollarse en varias fases, en horas de mareas bajas y cruzando canales hondos con el agua a la garganta. La primera incluía el paso de Tholen a Philisland, la segunda, de Philisland a la isla de Duiveland, asaltando los fuertes que defendían los diques, y la tercera, pasando de allí a la isla de Schouwen, atravesando por entre la escuadra enemiga cuando la marea baja inmovilizara sus barcos... Las bajas fueron importantes, casi la tercera parte de los efectivos, los heridos desaparecían arrastrados por el agua, y los arcabuceros debían suspender los tiros para auxiliar a sus camaradas... pero aquellos eran hombres de hierro, para quienes no parecía haber empresa imposible...

Tras perder Middeburg fue cuando dimos la batalla de Mook, en la que mi regimiento de valones cargó con el peso del asalto a las trincheras enemigas, y poco después supimos por Requesens que se preparaba un levantamiento en Amberes, por lo cual hubimos de entrar en la ciudad con los valones y seis banderas de españoles que desfilaron amenazantes, y con eso bastó para prevenir cualquier posible insurrección de los muchos rebeldes que por allí había camuflados.

IMAGE

Y en eso me llegó el nombramiento del gobierno de la ciudadela de Gante, la ciudad donde había nacido el emperador Carlos, pero que había dado muestras de sedición en el pasado, tantas que el propio César tuvo que reprimir duramente a sus propios paisanos alzados, y construir la ciudadela para mantenerlos a raya. Allí estuve de gobernador, residiendo con mi esposa y mis dos hijas, aunque yo no permaneciera mucho tiempo en el sitio por las constantes acciones de guerra y por deber atender a las operaciones en los confines de Zelanda, pues a esto obligaba el ser capitán general de esa provincia, totalmente en manos de rebeldes.

IMAGE

Las tornas parecieron cambiar cuando Requesens se decidió a reconquistar, al menos en parte, aquella provincia tan maldita a nuestras armas, para lo cual tuvimos que ocupar las islas de Schouwen y Duiveland en lucha con los barcos de los orangistas.

Paces en Gante

E

l asalto a Schouwen fue por sorpresa, despojados de ropa para recorrer un vado muy ancho de suelo resbaladizo, que hacía casi imposible el avance. Ya en la isla, y aunque el enemigo estaba bien atrincherado, nuestra acometida fue tal que los pocos rebeldes que quedaron con vida huyeron a la carrera para refugiarse en la cercana plaza de Zierkizee, en Zelanda central, que yo insistí en atacar rápidamente por impedir que los orangistas tomasen respiro, pero no me dejó Sancho Dávila, que creía obligado tomar primero la plaza de Bomenee. Un retraso que nos costó caro... Bomenee, bien defendida, tardó en caer, y eso dio tiempo al enemigo para organizar las defensas de Zierkizee y a inundar las tierras que la rodeaban, lo que nos forzó a ponerle sitio en toda regla.

Con una poderosa escuadra el príncipe de Orange se empeñó en auxiliar la ciudad, pero algunos espías me avisaron y dispuse trincheras a lo largo del dique por el que debían llegar los barcos enemigos, y nuestros arcabuceros, ocultos en las zanjas, les causaron tantas bajas que el de Orange huyó precipitadamente con lo que le quedaba de la flota. Así, Zierkizee perdió toda esperanza de auxilio y pidió capitular. Y aunque sufrí presiones del Consejo de Estado de los Países Bajos, partidarios de una mayor mano dura con los de la ciudad, una vez más fui generoso con los derrotados, y permití salir libres al gobernador y su gente de guerra, que nos pagaron 200.000 florines de indemnización. Y a los críticos respondí diciendo que el Consejo podría darme el castigo que mereciese, en tanto Su Majestad resolvía, pero el rey no puso objeción alguna a lo pactado.

Zierkizee tomada, la situación militar parecía más favorable, pero en curso de los acontecimientos cambió porque los católicos flamencos y valones llegaron a las paces con los calvinistas, una paz momentánea en Gante, y todos se pusieron de acuerdo en que salieran de Flandes las tropas españolas. Un poco antes, ya don Juán de Austria había sustituido a Requesens, y quedó, por obediencia a su hermano el rey, sin fuerzas y casi sin gobierno. Con tal debilidad para imponer la convivencia, esta resultó imposible, y los católicos del país, que siempre se llevaron muy a mal con los orangistas, pidieron la vuelta de los tercios a Flandes, con gran contento de don Juan, y de esta forma regresaron las tropas y se reiniciaron las hostilidades.

Y durante el tiempo que duró la tregua yo estaba en Zierkizee, pero tuve que sufrir el plante de los soldados españoles, que cansados de la guerra y contagiados por las falsas expectativas de paz abandonaron la plaza sin atender a mis ruegos.

Y allí quedé yo, acompañado solo de mis fieles valones y algunos alemanes, pues mi familia restaba en Gante, por ser lugar de menor peligro... pero los valones, que reclamaban el medio año de pagas atrasadas, influidos por la pacificación acordada, que no permitía mandar tropas en los Países Bajos a ningún jefe español, también bajaron las armas, y aunque consintieron en darme buen alojamiento y guardaron mi persona, no admitieron mi autoridad y dejaron de combatir.

Ciudadela sitiada

A

todo esto, Gante también se sublevó, y mi familia se vio sitiada en la ciudadela o castillo de los Españoles, como solían llamarla, cuya guarnición mandaba mi sobrino Antonio de Álamos, que resistió varios asaltos, aunque al fin, falta de víveres y pólvora, la ciudadela capituló y mi mujer fue apresada y paseada luego por varias ciudades rodeada de insultos y afrenta del populacho...

IMAGE

Y al ser abandonada Zierkizee por los valones, tuve que salir de la ciudad con una corta escolta de alemanes, y por mala suerte, al ser sorprendido por una fuerza que mandaba el conde de Hohenlohe, fui a caer prisionero, aunque luego, tras abandonar Flandes las tropas españolas, pude reunirme con Guillemette y mis hijas y juntos pasamos a residir en Lorena, en los señoríos de mi mujer en aquellas tierras.

Rota la paz de Gante, don Juan de Austria, que estaba prácticamente sitiado en Namur por Juan de Nassau, convocó de nuevo los tercios para volver a imponer su autoridad en los Estados de Flandes, y en Luxemburgo —siempre fiel— reunimos ejército católico de 10.000 hombres entre españoles, alemanes, valones, flamencos y borgoñones, y con ellos emprendimos la campaña contra los orangistas, que estaban reforzados por protestantes de toda Europa y ocupaban casi todo el territorio. don Juán aprovechó el momento para atacar y ganar la batalla de Gembloux, en la que murieron 6000 rebeldes, que perdieron banderas, cañones y bagaje, y en la que tuve parte principal con mi nuevo regimiento de soldados valones y recluta de Luxemburgo...

IMAGE

Y hubo por parte de nuestras tropas excesivas represalias al ocupar la plaza de Sichen, por lo que al sitiar Limburgo los orangistas que defendían esa ciudad no se decidieron a la rendición, y Alejandro Farnesio, guiándose mucho de mi habilidad en el trato con los rebeldes, me pidió que negociase las capitulaciones y yo le prometí que no habría exceso alguno y se respetarían sus vidas, como así ocurrió cuando rindieron la ciudad... Pero la guerra de Flandes era como un arar en el mar, porque ganada una ciudad siempre quedaba otra por asaltar y nunca se acababa.

Después de Limburgo hubo que tomar el castillo de Dalhem, situado en la cima de una montaña de roca. Era un asalto muy difícil y apresurado, pues la orden era retirarse si no conseguíamos conquistar el castillo en tres o cuatro días, por haber serio peligro de que, en caso de no poder hacerlo en ese tiempo, el enemigo nos cortase la retirada... La fortuna nos favoreció. Los borgoñones se lanzaron a escalar por un lado mientras que por el otro lo hacían los españoles con gran griterío, lo cual confundió al enemigo sitiado, haciéndole creer que estaban siendo atacados por todos lados, y en unos momentos se ganó la plaza, sin poder evitar algunos desmanes que yo corté de raíz y castigué antes de mandar enterrar a los muertos y curar a los heridos, medidas que fueron consideradas generosas en esta guerra que tanta pesadumbre y dolor ha traído a todos, además de destruir los vínculos que conservábamos con la tierra de Flandes, de donde vienen las armas de Borgoña que campean en nuestras banderas.

Advirtiendo al rey

Y

después de esto murió don Juán de Austria y fue nombrado gobernador general Alejandro Farnesio, y con él fui a la toma de Mastrique, en la que me tocó en suerte mantener el cerco por la parte derecha del río Mosa, con mis hombres pegados al arrabal de Wyk, que fue el último punto donde los orangistas resistieron cuando la plaza fue tomada, y que mis soldados hubieron de tomar al asalto. Y apenas conquistada Mastrique, que fue saqueada, Farnesio cayó gravemente enfermo, tanto que se pensaba iba a morir, y en este trance me pidió que fuera a España para informar al rey del mal estado de los Países Bajos, y le advirtiera que no accediese a retirar de allí tropas españolas, porque entonces todos se vendría abajo. Y el rey me recibió en El Escorial con mucho afecto, y creo que quedó satisfecho de mis consejos porque ninguna fuerza española fue sacada de Flandes, y Farnesio-repuesto ya de su enfermedad-aprovechó el desconcierto entre los flamencos de un bando y otro para reconquistar casi todo el sur del país, que permanece católico, aunque en las provincias del norte los protestantes se han adueñado de todo y pretenden quedarse también con las provincias católicas, que aunque no siempre están de nuestra parte se resisten a ser dominadas por la gente de Holanda.

IMAGE

Y en esta etapa de la guerra, hacia 1582, Farnesio me convocó para formar parte del Consejo de Gobierno de los Países Bajos, con el conde de Mansfelt y otros cuatro miembros hasta que fui nombrado maestre de campo del tercio que llevaba mi nombre, pero casi todos siguieron llamándome coronel Mondragón, a pesar de no serlo ya oficialmente, puesto que no tenía mando de regimiento.

Mi gobernación de ese tercio duró siete años y con él luché en la batalla que se dio frente a Gante contra el ejército del duque de Alengon, donde me mataron el caballo y también estuve en el sitio de Ninove, donde pasamos mucha hambre y calamidad, y luego Farnesio dispuso que con el refuerzo de algunas compañías de valones y alemanes y algunos cañones, yo pasara a tomar el castillo de Linquerque, fiera fortaleza circundada de anchos y profundos fosos, que nos hubiera resultado muy difícil de conquistar de no ser porque el frío heló las fosas y facilitó el ataque...

IMAGE
Castellano de Amberes

P

ero el vendaval de la guerra corría y no me dio reposo. Al poco, nos vimos en otro cerco, esta vez de ciudad harto mayor, nada menos que Amberes, la gran capital de Flandes, y al tercio le correspondió cerrar el asedio por la parte de la orilla derecha del Escalda, que era la más ardua por quedar encajada entre el río, que dominaban los barcos enemigos, y la tierra firme, muy fortificada por los orangistas, con el fuerte de Lillo como principal bastión, que no pudimos recuperar porque los rebeldes abrieron la esclusa del Escalda, con lo que los alrededores quedaron inundados y nos vimos sin posibilidad de avanzar y con muchas bajas.

Y ante el escaso resultado de nuestro esfuerzo, Farnesio ordenó construir un puente fortificado aguas debajo de Lillo, donde el río era más estrecho, y para eso tuvimos que ocupar primero el dique maestro, en una batalla en la que con muy escasas bajas de nuestro lado hicimos unas dos mil al enemigo. Aquel puente fue una obra de ingeniería de la que hablarán los siglos, y todo se debió al empeño de Farnesio, pues a muchos ingenieros y capitanes la obra les parecía una locura, pero al final, el duque de Parma impuso su voluntad a todos, como debe hacer un buen jefe cuando está convencido de su decisión... Pero una vez terminado el puente y cerrada con cadenas la navegación a los holandeses, Amberes cedió y entramos en la ciudad. Era un día de agosto y los habitantes católicos nos recibieron con muestras de júbilo, pues nos dijeron que habían sido muy maltratados por los calvinistas que mandaba Marnix de Santa Aldegonda durante el tiempo que estos rigieron la ciudad... Nunca he visto celebración como aquella de Amberes. Hubo festejos y jolgorio, y el puente fortificado del Escalda se transformó en lugar de banquetes, bailes y zarabanda, y los soldados —después de tantos meses de fatiga— casi no podían creer tanta suerte, pues hubo abundante comida, fiesta, mujeres y ganancia para todos...

IMAGE

Pasado el regocijo, la aflicción de la guerra se impuso, y fue como el mal despertar de un agradable sueño. Fui nombrado castellano de Amberes con dominio militar sobre la plaza, desde la que dispuse muchas salidas para rechazar las continuas incursiones del enemigo por la costa y las tierras próximas, y también recuerdo el mucho trabajo que me costó prevenir las conspiraciones de los protestantes que vivían en la ciudad, a quienes habíamos dado un plazo de cuatro años para que pudieran liquidar sus bienes y marcharan a las provincias del norte que dominaban sus correligionarios. La inquietud por estas actividades se acrecentó con la conspiración de dos oficiales nuestros traidores que fueron descubiertos dentro de la ciudad, y los conspiradores continuaron haciendo daño desde fuera con partidas de bandidos y desleales, hasta que ambos oficiales traidores fueron presos, y me contaron que nuestros soldados pidieron ejecutar ellos mismos la sentencia a su manera, pasando por las picas a los dos indeseables, en señal de particular venganza con aquellos antiguos camaradas pasados al enemigo...

Y así seguimos en constante prevención de desembarcos rebeldes, en los que había muchos ingleses, escoceses y hugonotes franceses, hasta que las operaciones quedaron en suspenso por el esfuerzo concentrado de la Gran Armada enviada para invadir Inglaterra, y en la que seguramente me hubiera correspondido participar de no ser porque los temporales y la mala previsión malbarataron la empresa, y así yo hube de seguir en Amberes con mi hija Margarita y mi sobrino Alonso, y con el ejército de Flandes muy reducido por estar buena parte de él embarcada en la expedición inglesa y luego por la intervención en la guerra civil religiosa de Francia, cuando Farnesio entró en París y a punto estuvo de dar un golpe demoledor a nuestro mayor enemigo, pero por un tris no lo consiguió, y tuvo que retirarse con el resto de su ejército a Flandes, donde la situación se desmoronaba, para auxiliar al coronel Verdugo, quien a duras penas lograba mantenerse en Frisia. Y hube de ser otra vez yo, al frente de las fuerzas que nos quedaban, quien fue designado para penetrar en Holanda, donde ocupé algunos castillos de la orilla del Mosa, aunque con eso no se consiguiera restablecer el deterioro general de la situación, pues nuestros recursos en hombres y dineros ya estaban muy menguados, y los del enemigo parecían siempre renovados y a punto.

Invernal

Y

en el otoño de 1592 murió Alejandro Farnesio, al que sucedió el conde Pedro Ernesto de Mansfelt, quien partió a la guerra de Francia, y yo quedé de maestre de campo general de todo el ejército de Flandes, con cuyos recortados efectivos me correspondió frenar a los orangistas en el país de Waes, hasta que el conde de Fuentes sucedió a Mansfelt en la gobernación general de Flandes y se llevó con él más tropas a Francia de las que tanto necesitábamos... Eso me dejó en Flandes con dos tercios de españoles y un regimiento de valones, más un cuerpo de irlandeses, mil quinientos caballos y unos dos mil mercenarios suizos. Y con eso me vi empujado a enfrentar al ejército de Mauricio de Nassau, que nos duplicaba en número, y al que conseguí distraer un año a base de continuas maniobras, y pude derrotar en Groenlo y junto al río Lippe, y de esta derrota los enemigos quedaron muy escarmentados, pues los más quedaron acuchillados o prisioneros, y Nassau se retiró a Holanda y yo he regresado a Amberes con el invierno ya muy entrado, para morir esta vez, pues los muchos años y las pocas fuerzas que aún me restan no permiten hacerse ilusiones. Y ahora, al fin de la rodada, pienso que mi mejor cualidad, si es que tuve alguna, fue que pese a ser de natural hombre seco de condición, siempre fui franco, y tuve mucho empeño en parecer no solo bienquisto de mis superiores, sino también respetado como padre por mis soldados y estimado como amigo por mis iguales.

IMAGE

Desde la ventana, fija el coronel la vista en el entrenamiento de las compañías que evolucionan sobre el helado patio de armas; le llegan el ruido del entrechocar de las picas y las voces de mando, las resonancias de su vida —que con mucho esfuerzo logra recomponer de forma fragmentada— se desvanecen repentinamente, dejándole una sensación de vacío en la cabeza.

De golpe se siente muy cansado y la bruma matinal, que va ocupando lentamente el patio de armas, apenas le permite observar ya a sus fieles soldados, como si fueran sombras que poco a poco se confunden, absorbidas por los muros del recinto. Si fuera verdad que los viejos soldados nunca mueren, él no moriría, porque es el más viejo de todos los guerreros de España que quedan en Flandes.

Con un gesto de la mano, el coronel Cristóbal pide a su hija que le traslade a la cama, y el fuego de la chimenea no es capaz de dar calor a sus huesos. La humedad, la maldita humedad, dice, y otra vez —ya tumbado en el lecho— le abandonan las fuerzas y le asalta el recuerdo de la luz inmensa del campo de Medina en primavera, cuando los trigales reverdecen y surcan el cielo cobalto de Castilla las rapaces y las bandadas de pájaros en busca de sustento. Es entonces cuando percibe con claridad que ha llegado la hora y se deja ir.

IMAGE

Aprieta la mano de su hija Margarita y cierra los ojos. «Mi espada —balbucea— guardadla. Entregadla a mi sobrino Alonso». Falta un día para acabar el año. [7]

En el patio de armas, poco después, se divulga la noticia.. «El viejo ha muerto», susurra alguien, y los veteranos, cabizbajos, aflojan las armas y guardan silencio. «El viejo ha muerto», repiten los soldados entre ellos, y es como si algo que les pertenecía se hubiera roto y se sintieran un poco más solos. «El viejo ha muerto y ahora toca enterrarlo y dar aviso al rey», comentan voces roncas.

La guerra continúa.