PEDRO NAVARRO

El hombre que hacía volar las murallas

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n lo que respecta méritos propios, uno de sus mejores biógrafos, Luis del Campo, lo calibra bien al decir que «el talento bélico de Pedro Navarro puede equipararse al del más avezado caudillo de su siglo y su figura marcial no desmerece de la del militar perteneciente a cualquier época de la Historia», aunque luego empañe tal elogio con un juicio moral riguroso. «Creó para matar —apostilla Del Campo—; sobresalió para destruir a su prójimo.» Prójimo pero enemigo, habría que añadir.

Nacimiento

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o todos dan por cierto que Pedro Navarro naciera en Garde. En este pueblo no queda vestigio alguno de su familia, y algunos investigadores, como el historiador Fernando Hualde, están seguros de que nació en el vecino pueblo de Urrizquieta, aunque allí tampoco queda nada que recuerde o documente la ascendencia familiar del personaje.

Hay otros historiadores, como Vargas Ponce y Martín de los Heros, que lo consideran vizcaíno de las Encartaciones, y el historiador coetáneo Gonzalo Fernández de Oviedo, afirma taxativamente que era navarro, hijo de hidalgo:

Fue este conde Pedro Navarro, por su nacimiento navarro, e hijo de un hidalgo llamado Pedro de Roncal, que yo conocí, e desde muchacho sirvió al marqués de Cortón, caballero del reino de Nápoles, el cual fue preso por los turcos e llevado a Turquía, y en una nao del marqués anduvo este Pedro Navarro en curso por el mar Mediterráneo, e hizo buenas cosas, por lo cual la marquesa, mujer del dicho marqués y don Enrique su hijo, le dieron la nao al Pedro Navarro. [11]

Las versiones más probables dan 1460 como el año de nacimiento de Pedro Navarro, cuyo nombre primigenio era Pedro Bereterra, un apellido vascongado que podría traducirse por «clérigo». Sea por la dureza de la vida en el agreste valle del Roncal o por otras razones, se da por cierto que Bereterra, siendo aún mozalbete y pastor, decidió unirse a unos mercaderes genoveses que pasaban por Sangüesa y emigrar en busca de nuevos horizontes.

Poco sabemos de la familia. Su padre llevaba el nombre de Pedro de Roncal, según documento fechado en Monzón el 26 de junio de 1510, y de su hermana hay constancia, por la misma fuente, de que se llamaba «doña» María de Roncal. La nebulosa sobre sus ancestros se extiende también en el tiempo que va desde que sale del Roncal hasta que se une a las filas del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, en Italia.

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Hay quien afirma que trabajó como pelaire o cardador de pieles, pero con seguridad sabemos que una vez en tierra italiana entró al servicio del cardenal Juan de Aragón, hijo del rey Fernando I de Nápoles, y de su esposa Isabel de Claramente, ejerciendo oficio de palafrenero o mozo de espuela.

El trabajo al servicio del cardenal debió de facilitarle el contacto con personajes ilustres vinculados a la corte de Nápoles y el papado, pero en 1485 murió Juan de Aragón, probablemente envenenado, cuando aún no había cumplido los 21 años, y Pedro Navarro vio la ocasión de iniciar su carrera de soldado, hacia la que, sin duda, estaba bien predispuesto.

Sin privilegios de linaje, el roncalés tuvo que dar sus primeros pasos en la milicia desde abajo, y escalar grados peldaño a peldaño. Empezó como simple peón de infantería en la guerra llamada Lunigiana entre florentinos y genoveses iniciada en 1487 por la posesión de la ciudad de Serezana.

A las órdenes del general florentino Piero Montano, pronto se distinguió en aquella campaña como experto en el manejo de la pólvora y el minado del terreno, dos variantes del arte bélico en las que llegaría a ser consumado maestro. Al parecer, fue en el asedio al castillo de Sarzanello, en La Spezia, donde ensayó por primera vez en 1487 su propia técnica de utilizar minas terrestres, que perfeccionó notablemente, aunque no llegara a inventarlas. Dicha industria consistía en excavar túneles hasta los cimientos de las fortificaciones, llenarlos de pólvora y hacerlos explosionar. Eso derrumbaba los muros y facilitaba el posterior asalto.

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De acuerdo con el historiador italiano Paulo Jovio, obispo de Nocera y amigo personal del roncalés, este pasó a servir al marqués de Cotrón o Crotona, una vez terminada la contienda Lunigiana. El marqués, en cuestión, era un español oriundo de Valencia, de nombre Antonio Centellas, y el título nobiliario le venía de estar casado con la marquesa, señora de las más importantes de Calabria. Como una forma de hacer méritos propios y obtener fortuna, el marqués consorte practicaba el corso con nave propia y patente extendida por el rey de Nápoles, con la misión principal de defender la costa del sur de Italia contra turcos y berberiscos.

Aunque hombre de montaña y tierra adentro, no parece que a Pedro Navarro, o Pedro del Roncal, se le diera mal la nueva actividad de salteador marino con licencia, que es la diferencia principal entre corsarios y piratas. Durante muchos años, atacando barcos y puertos en las costas griegas y las islas en poder de los turcos, sus naves corsarias capturaron mercancías y esclavos que se vendían en Italia.

Nápoles

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uando el rey de Francia, Carlos VIII, se abalanza con un poderoso ejército a la conquista del reino de Nápoles (el Reame), los Reyes Católicos deciden pararle los pies y envían a Italia un cuerpo de tropas al mando del Gran Capitán que pronto cambia el curso de la guerra.

Los españoles terminan expulsando a los franceses del Reame en 1497 y el marqués de Crotona continúa su actividad corsaria. Apresado por los turcos, es degollado tras un penoso cautiverio. Pedro Navarro sigue defendiendo los intereses de la marquesa y de su hijo y heredero, y eso le vale la propiedad de la nao que le sirve para continuar con su actividad corsaria hasta 1499, cuando —cuenta el cronista Fernández de Oviedo— topó con una nao portuguesa y fue herido con un tiro de pólvora «que le llevó la mayor parte de las nalgas», y así herido llegó a Civitavecchia, el puerto de Roma cercano a la desembocadura del Tíber. Allí desembarcó y renunció a la vida de salteador de mar. «Y como se vido sano —dice el cronista— se fue al Gran Capitán D. Gonzalo Fernández de Córdoba.»

Con el Gran Capitán

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oco hay documentado de este primer encuentro entre el «rayo de la Guerra» que era el Gran Capitán, y el pirata y salteador, con reputación de hombre feroz, que era Pedro Navarro. La Crónica de Francisco de Herrera afirma que Navarro, tras una tempestad que le hizo perder barco y bagajes, naufragó en una playa siciliana, y los recelosos lugareños lo llevaron a presencia del Gran Capitán, con quien se entrevistó en Mesina. El adalid español debió de dudar entre ahorcar al navarro o atraerlo a su bando, pero finalmente lo consideraría un combatiente demasiado valioso como para desperdiciarlo. Como resultado de este encuentro, Navarro y los restos de su tripulación corsaria pasaron a engrosar las huestes del ejército de Fernández de Córdoba.

Pronto le tocaría al reconvertido corsario demostrar que el Gran Capitán no se había equivocado. Como cuenta la reseña biográfica que aparece en los Retratos de Españoles Ilustres, «si bajo las banderas de Montano había demostrado Navarro su esfuerzo y pericia militar, alistado en las del Gran Capitán «competía su valor con su ingenio, y las plazas que no cedían al auxilio de su espada se rendían al de sus invenciones y arte [... ] Su invención de minas, desconocidas hasta entonces por más que parecieran en algo a las ya usadas por otros Ingenieros [... ] puso en manos de los españoles muchas veces la victoria.»

Muerto accidentalmente el rey francés Carlos VIII, apodado «el Cabezudo», al golpear su abultada cabeza contra una viga, su sucesor Luis XII, contando con el apoyo de Venecia y la aparente aquiescencia del papa Alejandro VI, entró en Milán en octubre de 1499 y no tardó en caer con su ejército sobre Nápoles.

Pero de nuevo el ansia francesa por apoderarse del Reame chocó con el obstáculo infranqueable del Gran Capitán y su tropa española.

Nombrado jefe de un cuerpo expedicionario de unos 4.000 hombres, entre gente de a pie y caballería, más una pequeña fuerza artillera, que zarpa de Málaga en abril de 1500, Fernández de Córdoba tiene órdenes de defender las plazas fuertes ganadas en Calabria en la anterior campaña de 1495, pero antes debe ayudar a Venecia a recuperar la isla de Cefalonia, en poder de los otomanos, dueños ya de buena parte de la costa adriática.

El sitio de Cefalonia se inicia el 8 de noviembre de 1500 y dura casi dos meses. En el ataque final se distinguen los zapadores de Navarro, que horadan el suelo y cargan las galerías subterráneas con pólvora para hacer volar las murallas y facilitar el asalto de las compañías al mando de los capitanes Pizarro, García de Paredes, Cristóbal Zamudio y Villalba. Navarro también empleó el azufre para quemar a los turcos dentro de sus propias galerías de mina.

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Debió de ser poco después de la conquista de Cefalonia cuando Pedro Navarro fue nombrado capitán de infantería, lo que además de consolidar su prestigio le otorgaba el mando directo de unos quinientos hombres, aunque el roncalés siguió siendo una especie de combatiente para todo, ya que lo mismo fabricaba minas, que dirigía la artillería o actuaba en el mar contra las naves francesas.

La esperada declaración de guerra entre España y Francia no tardó en producirse. Los franceses, muy superiores en número, se extendieron por todo el Reame, mientras Fernández de Córdoba, a la espera de refuerzos, se replegó sobre la costa del Adriático, y trazó una línea defensiva alrededor de Barletta.

Canosa

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n los primeros días de 1501, Cefalonia es devuelta a los venecianos y la flota española retorna a Sicilia y Calabria para invernar y esperar nuevas órdenes. Los nubarrones de la guerra entre España y Francia no se habían disipado, aunque entretanto se habían producido negociaciones secretas entre los monarcas de ambos países para repartirse Nápoles. Un acuerdo que se concretó en un pacto firmado en Granada el 11 de noviembre de 1500.

Españoles y franceses se repartieron el Reame. Fernando el Católico se quedó con los ducados de Apulia y Calabria, y Luis XII con la capital napolitana y todo el norte del reino. Pero entre ambas zonas quedaban las provincias de Basilicata y Capitanata, una especie de tierra de nadie sin posesión clara.

La esperada declaración de guerra entre España y Francia no tardó en producirse. Los franceses, muy superiores en número, se extendieron por todo el Reame.

A Pedro Navarro se le encomendó la defensa de Canosa de Puglia, ciudad cercana al histórico campo de batalla de Cannas, donde Aníbal acabó con 50.000 romanos. Fue una defensa encarnizada. Al mando de los atacantes estaba el duque de Nemours, con varios miles de hombres encabezados por el famoso caballero Bayardo y nutrida artillería. Al final, la aplastante superioridad numérica francesa se impuso y Navarro fue autorizado a rendir la plaza. Lo hizo a banderas desplegadas y al son de tambores, con trompetería y pífanos. Los supervivientes se encaminaron a Barleta, y refiere el cronista Cura de los Palacios que para honrarles salió el Gran Capitán a su encuentro, y a Pedro Navarro le «abrazó y le besó en el rostro y le dijo muchas palabras de honra y de amor.»

Ceriñola

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a batalla de Ceriñola fue una de las grandes acciones militares que marcan la hegemonía militar en Europa de la infantería española, y en ella tuvo una destacada intervención Navarro como jefe de la artillería. Con sus cañones hizo estragos en las filas francesas al comienzo de la lucha, y con García de Paredes fue de los primeros en saltar fuera del campo atrincherado de Ceriñola y perseguir a la hueste enemiga en retirada.

La derrota francesa, en la que moriría combatiendo el duque de Nemours, permitió a Fernández de Córdoba apoderarse de la ciudad de Nápoles, aunque sus dos principales bastiones, Castillo Nuevo y Castillo del Huevo, seguían en manos enemigas.

Después de su derrota en Ceriñola, el ejército francés cruzó el río Garellano y se acogió al puerto de Gaeta, fuertemente defendido por un cinturón de castillos y plazas fuertes. Francia no daba la guerra por perdida y Gaeta constituía una excelente posición para resistir y contratacar, contando, además, con que aún tenía en su poder las dos fortalezas napolitanas mencionadas, consideradas inexpugnables.

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Garellano

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l Gran Capitán parte de Nápoles con el grueso de sus tropas para enfrentar al enemigo en la línea del río Garellano, y deja en la capital del Reame a Pedro Navarro con mil infantes y casi toda la artillería con la misión de conquistar los dos napolitanos, todavía poder de los franceses. El capitán roncalés cumple lo que parecía imposible. Combatiendo en primera fila con valor temerario y dando rienda suelta a su imaginación con las minas, los toma en tiempo récord, tras veinte días de asedio, y Navarro parte a reunirse con el Gran Capitán, que asediaba Gaeta.

La batalla de Garellano, que resolvería la guerra definitivamente a favor de las armas hispanas, estuvo precedida por una larga serie de combates y escaramuzas de desgaste, y la intervención de Navarro fue decisiva en muchos de estos encuentros. Se apoderó, sin poder evitar el saqueo, de la célebre abadía de Monte Casino, donde cinco siglos más tarde tendría lugar una de las mayores batallas de la II Guerra Mundial, y al frente de 3.000 infantes liberó la cercada plaza fuerte de Rocasecca, antes de socorrer a la escasa guarnición española que defendía Rocca Guillerma, frente a una población sublevada y apoyada por los franceses. Navarro en esta ocasión fue implacable, y mandó arrasar la plaza como escarmiento.

Derrotados finalmente los franceses en Garellano, el reino de Nápoles entra definitivamente en la órbita española y Pedro Navarro es recompensado por el Gran Capitán con el condado de Oliveto, en los Abruzzos. Un título que siempre ostentaría con orgullo, hasta que fue despojado de él por el rey Católico, cuando pasó a combatir en el bando francés.

Misión secreta

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as sospechas de Fernando el Católico contra el Gran Capitán, producto del veneno y la envida cortesanos, afectaron a Pedro Navarro en cuanto esforzado paladín y compañero de armas de Fernández de Córdoba. Algunos historiadores, como Zurita, cuentan que para acabar con la zozobra, el monarca pensó en zanjar la situación apresando al hombre que le había ganado media Italia, y el encargado de llevar a cabo esa detención no sería otro que Navarro, a quien muchos consideraban el segundo jefe del ejército español en Nápoles.

Sin duda es un tema que daría para una buena novela histórica, pero no existe prueba documental al respecto. El dato cierto es que Fernando el Católico se trasladó personalmente a Nápoles para visitar el Reame y entrevistarse con el Gran Capitán, que le tributó un recibimiento fastuoso, aunque algunos de los capitanes que habían combatido en la guerra contra Francia se sintieran afrentados por la negativa del rey aragonés a refrendar los títulos y mercedes que Fernández de Córdoba les había otorgado tras la victoria.

Durante el tiempo que Femando el Católico estuvo en Nápoles, entre noviembre de 1506 y julio de 1507, poco se sabe de Navarro, aunque hay noticia de que llegó a España antes de que lo hiciera el rey, y luego se dirigió a Almazán, en una misión que tenía mucho de secreta, moviendo voluntades de los nobles de Castilla para facilitar la tarea de regente de Femando el Católico, que veía con lógica preocupación la incapacidad manifiesta de su hija Juana, tocada por la locura tras la muerte de su esposo Felipe el Hermoso, para hacerse cargo de la enconada situación del gobierno castellano.

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La nobleza castellana, una vez más, estaba dividida y en manifiesta actitud levantisca. Unos a favor y otros en contra del rey Femando, y Pedro Navarro —en clara actitud de obediencia a su señor legítimo— actuó con los soldados de la hueste real contra enemigos del monarca tan señalados como don Juán Manuel, señor de Belmonte, o Pedro Manrique de Lara, duque de Nájera y conde de Treviño. Debió de ser mucho el empeño que Navarro puso en esta empresa de «limpieza interior» en favor del rey Católico, como atestigua una carta dirigida al monarca en la que se declara dispuesto «con las armas en la mano para cumplir su mandamiento y abatir y aniquilar, gastar, abrasar y destruir a los que desobedezcan sus mandamientos. [12]

África

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a eficiencia y fidelidad demostrada por Navarro debió de influir poderosamente en la recomendación que el rey hizo al cardenal Cisneros para que contara con el roncalés, como «capitán general de la infantería», en las empresas que el purpurado preparaba contra los nidos de piratería berberisca en el norte de África. La necesidad de conseguir bases en la costa norteafricana constituía casi una necesidad vital para impedir las continuas «razzias» contra el sureste y el levante peninsular. No era vista como una cuestión de expansión, sino de autodefensa.

Navarro desempeñó con mucho acierto y dejó bien patentes sus dotes de mando en la dirección de esta campaña financiada con los dineros aportados por el propio Cisneros, sacados de las rentas del arzobispado de Toledo. Tomó las plazas de Orán, Bujía, Trípoli y el Peñón de Vélez de la Gomera, aunque estos triunfos peligraron por las constantes desavenencias con el Cardenal y la desgraciada expedición a la isla de las Gelves (actual Dyerba, en Túnez).

La empresa partió de Málaga y Navarro no se limitó a limpiar de piratas la zona. También conquistó el estratégico Peñón de Vélez de la Gomera, importante guarida de bandidaje corsario, y auxilió —por indicación de Fernando el Católico, que era suegro del rey Manuel de Portugal— a la guarnición lusa sitiada en Arcila.

Para recompensarlo por esta acción, el monarca portugués quiso dar a Navarro seis mil ducados de oro, pero este los rechazó, por haber —le escribió— «hecho lo hecho por causa y servicio del rey Don Fernando, cuyo sueldo recibía y cuyo súbdito era, y que de solo él como tal y no de ningún otro esperaba el premio y la recompensa de sus tareas y fatigas.»

Tras desistir de la conquista de Oné, el 29 de diciembre de 1508 Fernando el Católico y Jiménez de Cisneros concluyeron un acuerdo sobre las empresa africanas en el cual se estipulaba que el cardenal estaría al mando del ejército con prerrogativas reales, a cambio de correr con el gasto de las expediciones. Navarro, tras entrevistarse en Toledo con Cisneros, se comprometió a tener listo para entrar en acción en la primavera de 1509 una gran fuerza de 10.000 soldados de picas y coseletes, 8.000 escopeteros y ballesteros, 500 hombres de armas, 1.300 jinetes y 20.000 toneladas de navíos, lo que en su mayor parte se logró tras arduas discusiones entre el arriscado capitán y el cardenal por cuestiones de liderazgo. Cisneros quería nombrar el mando de compañías a capitanes a algunos de sus servidores, a lo que Navarro se oponía. Y aún había otras razones menos santas. El cardenal quería pagar directamente a los soldados, no a través de sus mandos, para impedir el fraude que suponía inflar las unidades con más hombres de los que en realidad tenían, y cobrar así por soldados inexistentes. Tal medida suscitó protestas de furrieles y capitanes, que no aceptaron sin protesta poner fin a una corruptela extendida y comúnmente aceptada.

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Orán

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as desavenencias con el cardenal Cisneros no impidieron a Navarro dirigir con maestría militar la campaña encaminada a la conquista de Orán y otras plazas del Magreb. Orán cayó en 1509, y seguiría en manos españolas hasta bien entrado el siglo XVIII. Un año más tarde se conquistó Bujía y Trípoli; y Argel, Túnez y Tremecén se declararon vasallos del poder hispano.

En Orán, ciudad muy bien fortificada, los españoles tuvieron que trepar las murallas arrimando las picas, y la lucha se prolongó en las calles, que quedaron sembradas de cadáveres. El botín de guerra fue cuantioso. Los vencedores se apoderaron de más de medio millón de ducados y sesenta piezas artilleras, y se hicieron [13] unos 8.000 prisioneros, además de liberar a 300 cristianos cautivos. Las riquezas procedentes del saqueo fueron tantas que «los hombres pelados jugaban doblas como blancas», y los esclavos se vendían a cuatro monedas de oro.

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Durante tres meses, Navarro gobernó Orán, y luego dejó el mando de la ciudad y se lanzó con cuatro galeras a tantear las defensas de Bujía, capital del reino de su nombre y otro importante nido de naves piratas, que fue conquistada en 1510, y en la que también se consiguió un enorme saqueo tras abrir brecha en las murallas con la artillería.

La conquistad de Trípoli culmina las campañas norteafricanas de Cisneros y el rey católico. Atacada la ciudad libia por varios sitios, se rindió. Fue una victoria de gran resonancia en la cristiandad que proporcionó a la hueste hispana un botín fabuloso, en el que se incluían muchas naves fondeadas en el puerto repletas de mercaderías.

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Las malas Gelves

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ero esta racha victoriosa tuvo una dolorosa contrapartida en la derrota de las Gelves, donde perecieron varios miles de soldados españoles, una gran cantidad de ellos ahogados en la huida, enloquecidos por la sed y el calor abrasador. Muchos murieron sin ofrecer resistencia a causa de la agonía que les provocaba la falta de agua, «pues acaesció —relata un cronista— estar alanceando el moro al cristiano y no dejar de beber.»

Unos 16.000 soldados desembarcaron en los Gelves y según la crónica de un autor anónimo, seguramente testigo presencial: «era tan grandísimo el calor de las armas y de la mucha gente, que no podían sufrir a estar en los escuadrones: allí viérades hacer fuentes con las picas, cavar en la arena entre medio de los mismos escuadrones pensando sacar agua, y aunque alguna sacasen, era tan salada como si fuera dentro de la mar...»

En la catástrofe pereció también el virrey de Nápoles, García de Toledo, sobrino de Fernando el Católico y padre del que sería Gran Duque de Alba, que había sido nombrado por el rey gobernador de Bujía. Durante toda la campaña, Navarro y el primogénito de la casa de Alba mantuvieron una profunda enemistad, por razones en las que se mezclaban la incompatibilidad de caracteres y los pruritos de alcurnia por parte del virrey, y eso contribuyó sin duda al lacerante desastre.

La estirpe de los Alba nunca se lo perdonaría y mantendría por esto una honda aversión de por vida hacia Pedro Navarro y su memoria. Pero el enfrentamiento entre ambos personajes era inevitable y la catástrofe se vería llegar si, como dice el cronista y canónigo Pedro Torres, García de Toledo «sabía poco de guerra y llevaba mucha soberbia y había dicho que si el conde Pedro Navarro no hiciese lo que él le mandase que le ahorcaría de una almena.»

La derrota de las Gelves supuso un duro golpe para el prestigio de Navarro, pero no fue el único. Aun tuvo que soportar otro duro revés en una de las islas Querquenas, en febrero de 1512.

Situadas entre los Gelves y Túnez, el único interés militar de esa isla casi desértica era la de abastecer de agua a los barcos de paso y ser utilizadas como base de operaciones piratas.

La vanguardia de la tropas desembarcada (unos 450 hombres) hallaron tres pozos de agua dulce y establecieron una buena defensa en la playa, pero la deserción de un alférez, que había sido afrentado y golpeado públicamente por su coronel, permitió a los moros degollar a los centinelas y sorprender al resto de los soldados desarmados y dormidos, y «en poco tiempo —cuenta una crónica— les cortaron las cabezas a todos.»

Al día siguiente, Navarro ordenó el desembarco del grueso de los escuadrones que permanecían en las naves, pero tras sostener algunas escaramuzas, el enemigo huyó y se esfumó, y el jefe español decidió reembarcar y abandonar esos lugares, tras comprobar que ninguno de sus soldados quedaba vivo en esa tierra hostil.

Tercera campaña

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avarro permaneció en la isla de Faviñana hasta el 18 de junio de 1511, y en cumplimiento de la orden del rey pasó a Nápoles, donde el virrey Ramón de Cardona le puso al comente de los nuevos planes de Fernando el Católico, que buscaba expulsar a los franceses de Italia mediante una alianza con el Imperio Habsburgo y Venecia, en lo que se conoce como la Tercera Campaña de Italia (1511-1513). Una campaña en la que el general navarro ocupa la ciudad de Bastia, considerada inexpugnable, en tan solo cinco días.

La situación se había complicado con la ocupación francesa de Bolonia, lo que obligó a huir al Papa Julio II, que estaba en esa ciudad. Fernando el Católico decide replegarse y las fuerzas españolas en Nápoles, repuestas de las fatigas pasadas, llegaban desde diversos puntos de Italia y recuperaban fuerzas en el Reame en espera de nuevas movilizaciones.

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El rey Fernando promete apoyar al Papa con las armas si aporta el dinero para el sostenimiento del ejército. Pero el taimado pontífice lleva un doble juego y tantea concertarse con Luis XII, el rey de Francia. El embrollo diplomático termina perfilando nuevas alianzas para una guerra que se considera inminente.

En un principio, Fernando el Católico pensó en Navarro para comandar la alianza. No obstante, ante el temor de que los italianos lo rechazaran por problemas de linaje, se decidió por el virrey Cardona , un joven inexperto al que muchos consideraban hijo ilegítimo del monarca hispano. De lugarteniente se nombró a Federico Colonna, príncipe de rancia estirpe, y el mando de las tropas pontificias se dio al duque de Urbino, Francisco María de Rovere, sobrino del papa Julio II, y Navarro, como general de España, pasó a ser el jefe de la infantería, a las órdenes directas de Cardona.

Rávena

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omo muchos presagiaban, eran demasiados jefes y demasiado diferentes sus criterios para que resultase eficaz la fusión de esas fuerzas. La ineptitud de unos y la rivalidad entre casi todos se saldó con una sonada derrota en el campo de batalla de Rávena, en abril de 1512, frente al ejército francés que mandaba el duque de Nemours.

El choque fue muy sangriento. Colonna cayó prisionero y Cardona huyó. La caballería francesa se impuso en una primera embestida, antes de que chocaran la infantería de Navarro y la francesa, pero los infantes hispanos quedaron aislados y cercados en el campo cuando se produjo la retirada del grueso de las fuerzas aliadas. Navarro protegía el repliegue con un selecto grupo de combatientes cuando, al repeler uno de estos ataques, recibió un culatazo de arcabuz que le hizo caer conmocionado del caballo, momento en el que los enemigos cayeron sobre él y lo hicieron prisionero.

Cuando los españoles vieron a su jefe aprisionado cargaron con nuevas fuerzas para liberarlo, pero los franceses, que se habían dado cuenta de la calidad de la presa capturada, la defendieron bien. Navarro quedó definitivamente preso, pero se salvó la mayor parte de la infantería que mandaba. En cuanto a los franceses, sus bajas fueron tan grandes que el rey Luis XII al conocerlas comentó: «Tales victorias dé Dios a mis enemigos».

Prisionero en Francia

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avarro fue hecho prisionero por el señor de Labrit, que lo condujo a Francia y exigió la enorme suma de 20.000 ducados por su rescate. En el cautiverio le acompañó el legado papal en la Santa Liga, cardenal Juan de Médicis y futuro papa León X. Ambos fueron llevados juntos a Bolonia, y más tarde a Milán y Loches. Poco a poco, los prisioneros capturados fueron liberados, tras pagar el rescate convenido a sus captores, según estipulaban las costumbres bélicas del momento. Pero Navarro, a pesar de sus largos años de combate tuvo que quedarse tres años en la ciudad de Loches por no poder reunir la fortuna que los franceses exigían por su rescate.

El marqués de Pescara, capturado también en Rávena, obtuvo la libertad por 6.000 ducados, mucho menos de lo que se pedía por el navarro. La escala convenida oficiosamente que regía para la liberación de prisioneros entre España y Francia estipulaba que el rescate de un infante o peón prisionero equivaldría a la paga de un mes; de un capitán de infantería, seis meses; y un año si era de caballería. Los capitanes de clase noble quedaban al arbitrio del caballero o general que los había capturado. Y en este caso se hallaba Navarro, al que se le aplicaba una orden expresa de Luis XII, por la cual «ningún capitán, oficial o soldado de su ejército soltará a ningún prisionero de buen nombre y apellido sin consultarlo primero con él, para que [... ] pasando primero cierta cantidad al soldado que le hubiese cogido, le quedara entera libertad de retenerlo en su poder o de ponerlo en la cárcel pública.»

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No están claras las razones por las cuales Femando el Católico no pagó los dineros para liberar a Navarro, aunque es indudable que tanto el rey como el papa León X movieron muchos hilos a través de embajadores y emisarios para lograrlo. Es muy posible que las arcas del monarca aragonés estuvieran vacías y no viera forma de obtener el dinero, lo cual es raro; o también, como opina el biógrafo Luis del Campo, que el rey francés pusiera toda clase de trabas para dejar suelto a un enemigo formidable, que volvería a combatirle en cuanto estuviera libre. Y por lo que respecta al propio Navarro, las muchas campañas y los padecimientos guerreros no habían pasado en balde. Era ya un hombre cercano a los sesenta años, que en aquel tiempo quería decir próximo a la senectud, al que se le consumían en prisión las energías de la última etapa de su vida. En estas condiciones, el convencimiento de que Fernando el Católico no parecía estar dispuesto a pagar su rescate y las repetidas ofertas del rey Francisco I de Francia, sucesor de Luis XII, que se comprometía a darle un alto mando militar y toda clase de honores, debieron de influir decisivamente en su alicaído ánimo.

Es probable también que los franceses interceptaran las noticias sobre las gestiones que el rey hispano llevaba a cabo para conseguir su liberación, o que estas noticias le llegaran tarde y deformadas para mermarle el aliento.

La documentación existente deja pocas dudas de que Fernando el Católico se interesó repetidas veces por la liberación del prisionero, pero el asunto se enmarañó cuando Luis XII manifestó que no tenía jurisdicción directa sobre él, puesto que el navarro había sido «traspasado» a la esposa de Luis de Orleans, pariente de la casa real hecho prisionero por los ingleses en la batalla de Guinegate, y retenido por el rey Enrique VIII.

Luis de Orleans consiguió verse libre cuando se produjo el casamiento de la joven hermana de Enrique VIII con el achacoso Luis XII, lo que al parecer rebajó el precio del navarro a 10.000 ducados. Aun así, las gestiones para liberar al general roncales fallaron por razones dudosas, en las que probablemente influyera la declarada enemistad hacia su persona de poderosos nobles castellanos, como el duque de Alba, que debieron aprovechar la circunstancia para desacreditarlo y poner trabas a su puesta en libertad.

Cambio de señor

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arece injusto achacar a la mala voluntad del Rey Católico la deserción de Navarro. Hay noticias, incluso, de que el monarca hispano intentó rescatarlo secretamente, y envió a «ciertas personas por si pudieran tener forma de le soltar o hurtar sin rescate.» Lo que hoy llamaríamos una operación de comandos. Un intento que fracasó porque —como cuenta en su crónica el canónigo Torres— «los mensajeros fueron tan para poco, que no supieron avisar al conde.»

Finalmente, no dieron fruto ni los esfuerzos solapados ni la intercesión de León X para sacar de la prisión al conde de Oliveto, y la muerte de Luis XII, el 1 de enero de 1515, dejó sin efecto la petición de la corte española.

El resultado fue que Navarro, «cansado de sufrir la indolencia con que se miraba su libertad», [14] terminó aceptando la proposición del monarca francés, entrando a su servicio y renunciando al cargo de general de infantería española y al condado de Oliveto, que le había sido otorgado por el Gran Capitán. No lo hizo sin escribir antes al Rey Católico para desligarse de su servicio. Las formas eran importantes en asuntos de honor y milicia.

A partir de ahí, la existencia de Pedro Navarro se embarulla en una serie de campañas en las que el personaje se comporta como un mercenario, con dominio de todas las técnicas bélicas; un condottiero que hace alarde de los recursos y experiencia adquiridos tras muchos años de pelear en las filas españolas. Pero su declive está asegurado y los españoles nunca le perdonarán lo que consideraban una traición flagrante a sus antiguos soldados y compañeros de armas.

Lo cierto, sin embargo, es que su buena estrella se acabó cuando combatió contra los españoles, quizá porque estos conocían bien su forma de pelear, y como afirma un cronista «fue desdichado e perdió y nunca cosa acertó contra ellos en compañía de los franceses.»

Colmado de honores por sus antiguos enemigos, el primer mando que le encomendó el rey Francisco I fue al frente de una tropa en el Beam, en la frontera pirenaica, que amagó con invadir Navarra. En realidad se trataba de una maniobra de distracción, ya que la verdadera intención del monarca galo era pretender que iba a invadir Navarra para atraer ahí fuerzas españolas, pero su auténtica obsesión, era invadir el Milanesado, hacia donde desplegó su poderoso ejército.

Fuego graneado

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paso de vencedores, los franceses conquistan Pavía y siguen hasta Milán, ciudad protegida por su impresionante castillo, que no había sido jamás tomado. Navarro promete al rey francés conquistarlo en 30 días y cumple su palabra, a pesar de recibir una grave herida en la cabeza. También participó en la batalla de Marignano, donde impuso una disciplina de fuego a los arcabuceros franceses que hizo estragos en los escuadrones de infantería mercenaria suiza al servicio del virrey de Nápoles. Eso ha llevado a algunos de sus apologistas a atribuirle la táctica de distribuir a los arcabuceros en situación de tirar simultáneamente, y a considerarlo el inventor del fuego graneado.

Una vez conquistada Milán, Navarro acude en ayuda de los venecianos, aliados de los franceses en esa campaña, que intentaban tomar la ciudad de Brescia, defendida por una guarnición española mandada por el capitán catalán Luis de Icart, seguramente el hombre que años más tarde acabó con la vida del general roncalés.

En esta ocasión, el heroísmo y la destreza de los zapadores defensores en los trabajos de contraminado logran contrarrestar los poderosos ingenios explosivos y las minas de Navarro. Tras resistir múltiples asaltos, Brescia se rinde a los seis meses de asedio, una vez que los escasos defensores pactan salvar sus vidas y salir con armas y bagajes de la plaza, marcando el paso ante los admirados sitiadores franceses, que imaginaban haberse enfrentado a una fuerza mucho mayor.

A partir de 1517 no hay datos precisos sobre el personaje, aunque los biógrafos suponen que debió de actuar en una serie de empresas de escaso fuste, que no han merecido quedar consignadas para la posteridad. Hay noticias, sin embargo, de que estuvo a punto (y quizá lo hizo) de solicitar servir de nuevo al rey de España, al sentirse humillado por no cederle Francisco I el mando de una importante escuadra, que recayó en un jovenzuelo inexperto, hermano de una de las amantes del monarca.

En cualquier caso, Navarro siguió guerreando en el bando francés y pasó a Italia en 1522, donde participó en una campaña desastrosa para las armas galas. Los españoles los obligaron a abandonar la mayor parte del territorio ganado, en años anteriores y después de la batalla de Bicoca marcharon contra Génova. Ante la desesperada situación de esta ciudad, cuyas murallas habían sido derribadas por la artillería española, el rey de Francia pidió a Pedro Navarro que acudiera en ayuda de los genoveses, y ahí fue cuando los españoles lo hicieron prisionero.

Preso

E

l roncalés fue capturado por los españoles dos veces. La primera, en Génova, donde el dogo Octaviano Fregoso, que lideraba la facción antiespañola, pidió ayuda inmediata al rey Francisco I en 1522, que se la envió por medio de Navarro, que acudió al socorro con tres galeras y una nave francesas cargadas de infantería. Los españoles entonces arrecian el sitio y entran en la ciudad, que es entregada al saqueo. El abad de Nájera, que actuaba de comisario-delegado del ejército imperial, relata el hecho y da noticia de que el maestre de campo Juan de Urbina tiene en prisión a Pedro Navarro, que por entonces contaba ya 62 años, edad harto avanzada para un soldado.

Urbina —que había servido varios años como combatiente raso a las órdenes de Navarro— lo entregó al marqués de Pescara, que lo trató con la máxima consideración y lo llevó al castillo de Pavía. Desde allí, Navarro fue enviado a Nápoles, donde el embajador Juan Manuel —así como el gran maestre de la Orden de San Juan— terciaron en su favor. El embajador aconsejó a Carlos V que liberara al viejo combatiente prisionero y lo pasara a su servicio, dándole el mando de algunos barcos y en carta que envía a Carlos V, dice estar seguro de que Navarro aceptaría volver al bando imperial de «buena voluntad y tendrá causa para ello, porque el rey de Francia no lo ha de rescatar. Y pues por no le haber rescatado el rey don Fernando se obligó a servir al rey de Francia, más justo será que sirva a VM. faltándole el rey de Francia, siendo él español.»

Pero Carlos V era por entonces un gobernante joven e inexperto, a quien el nombre de Navarro le decía poco, y el viejo guerrero fue condenado a prisión perpetua en el Castilnuovo de Nápoles. En esa fortaleza napolitana permaneció hasta comienzos de 1526, sin que nadie se preocupara por rescatarlo.

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Seguramente hubiera muerto de viejo entre los muros del Castilnuovo de no haber sido por la paz que España y Francia concertaron en enero de 1526 en el tratado de Madrid, por el cual se estipulaba que todos los prisioneros de ambas naciones serían puestos en libertad, con la condición de volver al bando del señor a quien servían cuando fueron capturados.

Ya libre, Pedro Navarro marchó a Roma, donde le acogió su amigo Paulo Jovio, obispo de Nocera, que empezó a escribir su biografía, pero una vez más, los clarines de la guerra impiden que tenga una vejez tranquila, acogido a la caridad de algún convento. Francisco I —derrotado contundentemente en Pavía— no desiste en su afán de combatir el poder de Carlos V en Italia, y maniobra hasta formar una Liga con el papa Clemente VII, Venecia y el ducado de Milán.

Francisco I vuelve a distinguirlo, a pesar de sus fuerzas físicas mermadas por la edad, y le entrega el mando de 17 galeras francesas. Con ellas conquista Savona, en la costa de Liguria, y unido a una escuadra de naves pontificias y venecianas, bloquea Génova.

Marcha sobre Roma

C

arlos V no duda en apoyar a esta república aliada, y envía en noviembre de 1526 desde Cartagena, una armada al mando del flamenco Carlos de Lannoy, virrey de Nápoles, que había gobernado el Castilnuovo cuando Navarro estuvo en él prisionero. Tras una batalla naval a la altura de Capodimonte, la escuadra combinada de Navarro fortifica Savona y continúa bloqueando las costas de Liguria.

En mayo de 1527 los ejércitos imperiales al mando del condestable de Borbón asaltan y saquean Roma, y el Papa se refugia en el castillo de San Angelo. «Siete u ocho mil romanos —cuenta el cronista Gebhardt— fueron pasados a cuchillo durante el primer día; y nada fue respetado, ni conventos ni iglesias. Los soldados luteranos alemanes proclamaron papa a Martín Lutero.»

De nuevo se forma otra Liga contra España, con el pretexto de liberar al Papa, en la que participan Francia, Venecia, Milán y Enrique VIII de Inglaterra. Venecia y Milán aportaban 10.000 soldados italianos, Enrique VIII pagaría otros 10.000 mercenarios suizos, y Francisco I aportaba otros tantos franceses al mando de Pedro Navarro. Todo el ejército quedaba al mando del mariscal Lautrec, que rápidamente se lanzó contra Génova, bloqueada desde el mar por Andrés Doria, y consiguió apoderarse por fin de esa ciudad-república.

Tras ocupar Alessandria, en el Piamonte, Lautrec y Navarro emprenden lentamente el camino de Roma, pero antes de alcanzar la ciudad, el Papa, aprovechando un descuido de sus guardianes, consigue huir y llegar a Orbieto, con lo que el avance francés queda sin objetivo.

Lautrec y Navarro reponen fuerzas en Bolonia, y el ejército francés abandona esa ciudad en enero de 1528 y se dirige a Nápoles, la ciudad más ambicionada por el monarca Francisco I.

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Lautrec alcanza la frontera napolitana el 10 de febrero de 1528 con unos 30.000 hombres y se dispone a conquistar el Reame, defendido por el príncipe de Orange, jefe de la milicia hispana en Nápoles. Navarro, buen conocedor de un terreno que había recorrido en las campañas del Gran Capitán, acelera la marcha de sus tropas, que ocupan una serie de ciudades importantes, mientras los españoles, muy inferiores en número, plantean una contienda de desgaste y escaramuzas en espera de equilibrar fuerzas.

El ejército hispano se retira hacia Nápoles, y el ejército francés decide apoderarse de Melfi antes de emprender la persecución del adversario. De la captura se encarga Navarro, mientras el grueso del ejército continúa avanzando hacia Nápoles, siguiendo el rastro de la fuerza imperial.

Defiende Melfi el príncipe Sergiano Caracciolo, con dos compañías españolas y cuatro italianas. Después de un gran derroche artillero, los franceses consiguen entrar en la plaza tras sufrir numerosas bajas, y se vengan pasando a cuchillo a los defensores y a la mayoría de la población, sin perdonar a las mujeres ni a los niños. Algo que dice muy poco en favor de Navarro, cuyas facultades mentales parecían ya obnubiladas.

La plaga

L

os imperiales deciden refugiarse dentro de los muros de Nápoles, y el ejército francés se presenta el 9 de abril de 1528. El roncalés dirige el cerco y crea un admirable combinación de fosos y trincheras que se extienden hasta el mar y enlazan con una red de fortines estratégicamente distribuidos.

Ante la intención de los sitiadores, que esperan rendir Nápoles por hambre, los sitiados reúnen todos sus barcos y tratan de romper el bloqueo por mar de Andrea Doria. El combate naval se salda con derrota para los imperiales. En él muere el virrey Hugo de Moneada, y son hechos prisioneros y heridos el marqués del Vasto y el condestable Ascanio Colonna.

Pero los españoles que defienden Nápoles no se amilanan, y con salidas rápidas y la ayuda de un célebre bandido llamado Verticelo, consiguen provisiones y resisten. La audacia de los defensores llegó al extremo de robar los caballos de Lautrec, y esto enfureció a Navarro, que ordenó construir una fortificación especial para impedir que se repitieran tales actos. Pero los ataques, dirigidos por Urbina y otros capitanes, continuaron.

El factor resolutivo de la campaña fue una epidemia en pleno verano que diezmó a los sitiadores, y que algunos autores identifican como una variedad de leptospirosis. El resultado fue fatal para los franceses, y el obispo Jovio, que estaba a sueldo de Francisco I, describe que «todos los soldados estando enfermos; y no aprovechándoles, o no teniendo remedio ninguno de medicina, afligidos de hambre y de sed se morían en todas partes.» En pocas semanas, el poderoso ejército francés se redujo de 25.000 hombres a unos 4.000 en condiciones de combatir, y de unos 800 hombres de armas, que componían la caballería pesada, apenas si quedaron cien capaces de montar. Para mayor desgracia de los sitiadores, su aliado Andrea Doria se pasó al bando imperial, lo que rompió por completo el cerco marítimo.

Los españoles no desaprovecharon la ocasión, y utilizando las fortificaciones construidas por los sitiadores, acometieron continuamente a los franceses hasta lograr desbaratarlos por completo. Lautrec, que había caído también enfermo, murió el 12 de agosto y fue sepultado sin honores militares bajo de un montón de arena.

Incapaces de seguir manteniendo el cerco, los franceses emprenden la retirada general en los últimos días de agosto, perseguidos por los españoles, y en esta huida Pedro Navarro, que también iba enfermo, fue hecho prisionero por la caballería albanesa imperial que mandaba el capitán Sacallo.

El secretario Juan Pérez, que había visitado al prisionero en compañía del marqués de Alarcón, envía una carta desde Nápoles en la que cuenta que el conde Navarro «está malo de su recaída y bien flaco» en el momento de caer prisionero, y que había hallado «muy malo al dicho conde, echado en cama, y dijo que había 40 días que estaba enfermo de calenturas.»

Alarcón ofreció su propia morada a Navarro para que se recupere, y en ella estuvo el prisionero varios días, hasta el 18 de septiembre, fecha en la que lo trasladaron al Castilnuovo de Nápoles, en el que entró con el firme presentimiento de que ya nunca saldría de allí vivo, como sucedió.

El gobernador de la fortaleza napolitana era el capitán Luis de Icart, que conocía mucho a Navarro y se mostró con él muy respetuoso, hasta el punto de construir en la habitación del prisionero una chimenea para calentarse en los días fríos.

Últimas horas

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avarro murió pocos días después de ser encerrado en el castillo napolitano que había conquistado con tanto esfuerzo en otro tiempo, sin que sepamos el día exacto de su muerte, aunque debió de ser entre el 18 de septiembre y el 2 de noviembre.

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El misterio rodea las últimas horas de Pedro Navarro. Es posible que siguiera estando enfermo, y que la enfermedad y la edad fueran la causa de su fallecimiento, pero es mucho más probable que fueran los propios españoles los que le dieran muerte por considerarlo un traidor, o acaso cumpliendo mandato del propio Carlos V, ya que otros personajes que se habían rebelado contra la autoridad imperial en Nápoles y habían participado en la guerra fueron ejecutados por su orden directa. Pero él no se considera un traidor. Traidor —piensa— solo es el que engaña, el que actúa falsamente, y él siempre ha ido de frente, sin engañar a nadie, proclamando en qué bando estaba, y si el rey Católico lo hubiera rescatado, como era su obligación, él nunca hubiera servido al rey de Francia. Pero lo hecho, hecho está y todos somos hijos de nuestras obras y nuestros rencores.

«La versión con más visos de certeza —dice el historiador Luis del Campo— es la de que fue encontrado muerto en la cama, habiéndose propalado la noticia por los mismos veteranos que conocieron a Pedro Navarro, que lo ejecutó Luis de Icart asfixiándolo en su propio lecho mediante gran peso de ropa que le pusieron encima de la boca.» Una muerte difícil de rastrear desde el punto de vista forense en aquel tiempo.

Otras versiones afirman que murió agarrotado en castigo por su infidelidad, en el mismo castillo que había conquistado 25 años antes. Tenía 68 años, y dicen que los españoles dejaron escrito sobre el féretro el siguiente epitafio, que resume muy bien lo que fue su vida: «Ilustre capitán español muerto al servicio de los franceses.»

Los restos de Navarro fueron trasladados y sepultados en un rincón de la iglesia Santa María la Nueva de Nápoles bajo humilde losa. Allí permanecieron olvidados hasta que veinte años más tarde el nieto del Gran Capitán, recordando los hechos heroicos del ilustre soldado que combatió a las órdenes de su abuelo, hizo construir un mausoleo para ejemplo de generosidad con el enemigo y ordenó misas perpetuas por su alma. En el catafalco hizo grabar el siguiente epitafio en latín, que viene a decir:

A las cenizas y a la memoria del cántabro Pedro Navarro, muy esclarecido en el ingenioso arte de expugnar ciudades. Gonzalo Fernández, hijo de Luis, nieto del Gran Gonzalo, Príncipe de Sesa, honró con el piadoso obsequio de un sepulcro al caudillo que siguió el partido de los franceses, considerando que el valor preclaro debe ser admirado hasta en el enemigo. Falleció el 28 de agosto de 1528. [15]

Silencio

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avarro fue un hombre de guerra en el sentido más crudo de la expresión, y seguramente llevó a cabo muchas acciones reprobables, sobre todo en los tiempos en que estuvo dedicado a piratear. De su rudeza de ánimo natural hay pocas dudas, y mientras esperaba ser conducido en Nápoles al tajo del degüello, meditaba dar pluma a sus memorias y dejar escrita su asombrosa vida, que abarca una etapa triunfal incesante de la infantería hispana y de la que guardaba los mejores recuerdos, por lo menos hasta que cayó prisionero.

De acuerdo con datos fidedignos Navarro era «alto et de volto bruno et de occhi, barba et capelli neri». Su existencia recuerda a las tragedias shakespearianas. Navarro es un ejemplo de persona de cuna humilde que se labra su propia suerte a golpe de espada, y es capaz de escalar desde la nada los más altos puestos del mando militar. Pero por carecer de linaje aquilatado combatió sin ostentar mando supremo, casi siempre, compartiendo jefaturas o a las órdenes de otros jefes notoriamente ineptos, aunque de rancia alcurnia.

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Durante mucho tiempo gozó de la confianza y el favor de Femando el Católico, y esa cordialidad fue mermando a raíz del fracaso en los Gelves y las desafortunadas alternativas en el embrollo de las guerras de Italia. Era Navarro «ordinario en su traza, duro, codicioso de fortuna, y bastante obscuro en su trato: fue infiel a su patria y a su rey; pero seguramente no lo hubiera sido si la envidia no hubiera estorbado su rescate.» [16]

Es muy probable que Icart lo matara para evitar al antiguo camarada la afrenta de morir degollado o ahorcado por mano del verdugo, pues sabía que los españoles ya no le iban a perdonar esta vez. El cronista francés Brantóme relata que «fue ahogado entre dos almohadas o estrangulado con cuerda por mano del verdugo... estaba tan viejo y achacoso que no podía estarlo más... Pero el emperador fue censurado, pues debía haberle impuesto una prisión perpetua, en la que hubiese podido escribir y dejar algunas interesantes memorias de su arte y ciencia... así he oído que pensaba obrar, y aun que comenzó a hacerlo.»

En su tumba, además del epitafio que le pusieron los españoles, como ya se ha dicho, también hubieran podido encajar, seguramente, estos versos:

Navarro del Roncal

Pirata y capitán encarcelado

No hay nada en Castel Nuovo para el hombre

Que volara murallas,

Traicionara a su rey, pletórico de orgullo,

Ahogara su lealtad en un torrente de ira

Y encomendara su alma al rey de Francia.

Intuiría, quizá,

Que un día los suyos, enfrentados a muerte

Le llamarían traidor

Y lo harían prisionero

Para entregarle luego en manos del verdugo

Aunque antes, poco antes,

Un viejo camarada le evitara la afrenta

Tapándole la boca con almohadas

Para que la ignominia

No anulase el pasado

En favor de unas armas que fueron las de España

Y del Gran Capitán en su cénit de gloria.

Silencio piadoso para Pedro Navarro el hombre que hacía volar las murallas. Cambió de rey por una ofensa y pagó con su vida por ello.