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En las patas de la otra

 

Jessica

 

Me desperté tumbada en el suelo y con calambres de dolor en los músculos. Me sentía como si algo me hubiera aplastado y me hubieran dado una paliza, como si una vaca en estampida me hubiera arrollado. De algún modo conseguí moverme. Me puse de pie tambaleándome y sin ver absolutamente nada. Tenía los ojos abiertos, pero lo único que veía era un resplandor deslumbrante.

¿Qué había ocurrido?

Recordaba haber sentido una ardiente ráfaga de dolor, haber percibido un resplandor y caer irremediablemente al suelo. Sabía que estaba en la plaza Midshipman, a mitad de camino de casa. Mi mente repasó mis recuerdos intentando reunirlos y hacerlos encajar. Recordé haber hablado con Max. ¿Realmente me había tocado la mano? Recordé haber despedido a Guy, salir del restaurante y hablar con aquella extraña perra blanca. Lo último que recordaba era haber contemplado la correa que sujetaba con la mano. ¡Sí, la perra estaba conmigo y se llamaba Zoë! ¿De verdad había accedido a cuidarla hasta que su familia apareciera? Por lo visto, sí. Pero esto formaba parte del pasado. ¿Qué me había provocado tanto dolor?

Mi visión mejoró y pude distinguir el contorno borroso de los arces enredadera que bordeaban la plaza. Cuando recuperé el oído, oí el silbido del viento en las esquinas de los edificios. El aire estaba cargado de olores. Detecté un olor a barro, a periódicos mojados, a carne asada y a... ¿chicle? Mi nariz no podía dejar de olisquear. Levanté la cabeza y busqué a Zoë mientras apretaba y abría los párpados con fuerza, pero no la vi por ninguna parte. Lo único que distinguí fue una figura humana que estaba tumbada en el suelo. Iba vestida con unos pantalones de estilo militar, un impermeable azul y... ¿unas alpargatas?

Intenté correr hacia el cuerpo de esa persona, pero las piernas no me respondían. Cada vez que las estiraba, me caía de cara al suelo. ¿Acaso el rayo me había roto las piernas? ¿Estaba paralizada? Bajé la vista para averiguar cuál era el problema, pero mis ojos volvieron a jugarme una mala pasada y lo único que distinguí fue un par de patas peludas.

Vi unas patas de perro..., donde se suponía que estaban mis pies.

Intenté tocar mis pies, pero algo no iba bien en relación con mis manos. Sentía como si estuvieran en el suelo. Y mi cara estaba demasiado cerca del suelo. Aquello no iba bien, nada bien. Volví a intentar tocar el suelo y vi que la pata de perro derecha golpeaba el pavimento al mismo tiempo que yo realizaba mi movimiento.

¡Vale ya!

Me senté y cerré los ojos con fuerza. Oí mi propia respiración e intenté concentrarme solo en ella. «Sigues viva. Estás bien. Todo va a estar bien.» Sin embargo, mientras mi mente susurraba estas palabras, yo era consciente de que algo era distinto. El aire había cambiado, era varios grados más caliente y estaba plagado de olores, olores densos y sustanciosos, como si acabara de aterrizar en un país tropical. Abrí los ojos rápidamente y me sentí aliviada al ver la familiar plaza y los oscuros escaparates de las tiendas. Levanté la mirada hacia el cielo. Allí estaba Orión, la constelación del cazador, asomando entre dos nubes con su cinturón ladeado. Vi, a la derecha, el reloj que estaba encima de la joyería y la cabeza de bronce de Spitz. Sí, definitivamente, seguía estando en Madrona.

Entonces cometí el error de volver a mirar hacia abajo, hacia las patas blancas. Seguían allí, con los dedos curvados hacia los adoquines. Unos pelos blancos las cubrían, como si fueran plumas, todos en la misma dirección. Podría haberlas considerado bonitas si no estuvieran donde esperaba que estuvieran mis manos.

El aliento salió de mi boca en soplidos desesperados. «No alucines. ¡No alucines!» Intenté incorporarme de nuevo con rapidez, pero, por lo visto, ya estaba de pie. Cuando me di cuenta de que estaba a cuatro patas en vez de a dos, aluciné del todo.

«Patas de perro. ¿Por qué estoy sobre unas patas de perro? ¿Por qué estoy tan cerca del suelo? ¿Estoy soñando? ¿Estoy muerta?»

No me sentía muerta, sino muy, muy viva en aquel mundo lleno de olores, así que debía de estar soñando. Después de haber pasado tanto tiempo en la consulta del veterinario, soñaba que era un perro. ¡Esta era la respuesta! Simple psicología, ¿no?

Sin embargo, si estaba soñando, ¿por qué me mojaba la lluvia? ¿Por qué tenía ganas de hacer pis? ¿Y por qué notaba la frialdad del viento cuando alborotaba mi... denso pelaje?

«¡Oh, no! Voy a vomitar.»

Debía de haberme golpeado en la cabeza. ¡Esta era la respuesta! Cuando me caí, me di un golpe en la cabeza y ahora veía cosas que no eran reales. En alguna ocasión había leído que, a ciertas personas, después de sufrir un accidente, les ocurrían cosas disparatadas como perder la memoria a corto plazo u olvidarse de cómo se habla. Yo debía de imaginarme cosas. Probablemente, me recuperaría en unos minutos y todo volvería a la normalidad.

Si consiguiera llegar a casa y descansar, todo se arreglaría. Solo tenía que moverme, este era el primer paso que tenía que dar.

Moverme resultó más fácil de lo que esperaba. Quizá, después de todo, el golpe en la cabeza no había sido tan grave. Mis pies estaban húmedos y yo jadeaba con fuerza, pero caminé sin problemas. Una parte de mí sabía que, como buena ciudadana, debería comprobar cómo estaba el cuerpo caído de aquella persona, pero tenía demasiado miedo de lo que pudiera encontrar, así que corrí hacia el extremo de la plaza con la vista clavada al frente. Si miraba hacia el suelo y veía las patas de perro blancas, vomitaría. Moverme me sentaba bien, así que me concentré en la acción. Sin pensarlo, corrí directamente hasta la cristalera del Glimmerglass. Gracias a la luz de una farola que tenía detrás, pude ver mi imagen.

Fue entonces cuando experimenté auténtico miedo. A la luz de la farola, las estrellas y la luna creciente que miraba hacia abajo desde el oscuro cielo, la imagen del cristal se veía ondulada. Me estremecí a intenté mirar hacia otro lado, pero mis ojos, víctimas de una fascinación enfermiza, se sintieron atraídos de nuevo por la imagen.

Vi unas orejas blancas, una cara blanca y una nariz larga y achatada en la punta. Mis dientes eran curvos, como si fueran máquinas desgarradoras de carne. Cuando exhalé, la nariz negra y húmeda se estremeció y mi aliento dejó una nube de vaho en el cristal.

Me dejé llevar por el pánico y me meé.

 

 

Tardé bastante tiempo en reunir el valor suficiente para examinar el cuerpo del impermeable azul. Incluso desde lejos, reconocí mi torso y mis extremidades. Las manos que estaban apoyadas en la cremallera eran las mías, y el cabello castaño oscuro que estaba desparramado alrededor de la cabeza ladeada era el mío. Pero, si yo estaba aquí, ¿qué había en mi cuerpo? ¿Un ser informe? ¿Algún tipo de monstruo? ¿Nada en absoluto?

¿Y si mi cuerpo estaba muerto?

O quizá nada de aquello era real. Quizás estaba alucinando. Quizás, aunque lo veía todo con nitidez, lo estaba viendo a través de una neblina. Podía tratarse de un efecto secundario del traumatismo craneal.

Por muy asustada que estuviera, decidí que tenía que examinar aquel cuerpo. Podía estar gravemente herido y quizá yo podía ayudarlo. Aunque estuviera viendo cosas que no existían, tenía que investigar lo que ocurría.

Me acerqué con cautela y, mientras empujaba ligeramente uno de los brazos con mi nariz, el corazón me golpeaba el pecho con fuerza. El brazo se levantó y volvió a caer como reacción a mi empujón. Me acerqué un poco más para examinar mejor el cuerpo mientras jadeaba intensamente.

Allí estaba mi propia cara, con la mejilla pegada al pavimento. Exhalé mi denso aliento e intenté sobreponerme al pánico que experimentaba. Allí estaban mis ojos, encima de mis mejillas, mi boca y mi barbilla. Y mis manos estaban dobladas sobre mi pecho. Cuando me di cuenta de que respiraba, un escalofrío recorrió mi espalda.

«Esto es excesivamente raro. Decididamente voy a vomitar.»

A pesar de todo, no conseguía apartar la mirada del cuerpo. «¡No puede ser verdad!», me dije a mí misma. A menos que estuviera muerta, era imposible que estuviera contemplando mi propio cuerpo. Y, por el momento, yo no me sentía muerta.

Me incliné para observar mi cara. ¡Mi nariz era realmente curiosa! ¿Quién me iba a decir que era tan... afilada? Troté hasta el otro lado del cuerpo para poder ver mi cara frente a frente. Era diferente de como la veía en el espejo: era más estrecha y más desenfocada, como si la estuviera mirando con uno ojo cerrado. Un mechón de cabello cubría mi mejilla. Me incliné y empujé suavemente aquella cara humana.