12
Perra en la cocina
Zoë
Las puertas batientes se cierran y entro en el paraíso de los perros. Estoy en una habitación luminosa que está llena de comida. Veo recipientes repletos de zanahorias cortadas, rejillas con huevos y un carrito con más pan del que había visto nunca. En lo único en lo que puedo pensar es en comer.
En la habitación hay una mujer vestida con una bata blanca y una gorra. Vuelve la cabeza hacia mí y me sonríe. Su cara está empapada en sudor y mueve las manos a toda velocidad. Una etiqueta en su bata dice que se llama Naomi. ¡Puedo leerla! El revoltillo de letras que la gente mira siempre fijamente de repente tiene sentido en mi mente. Miro alrededor y leo unas cuantas palabras más: salida, solo empleados... ¡Increíble, me estoy convirtiendo en una persona de verdad!
Me vuelvo hacia la mujer y exclamo con orgullo:
—¡Hola, Naomi!
Ella me dice «Hola» sin volverse. La puerta por la que he entrado se abre y me da un golpe en el trasero. Un hombre vestido completamente de negro entra a toda prisa, cuelga un pedazo de papel en una tira metálica de la que cuelgan otros papelitos y se va corriendo. Naomi lee el papel y vuelve a su trabajo mientras sacude la cabeza.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —declaro con voz alta y agradable para que ella me oiga por encima del ruido de lo que está friendo.
Naomi me mira y yo le devuelvo lo que imagino que es una mirada humana esperanzada.
—¿Por qué está ella...? —Ladeo la cabeza hacia las puertas batientes para indicarle que me refiero a la mujer de las gafas rojas—. ¿Enfadada? Aquí todo es fantástico menos ella.
Naomi se encoge de hombros.
—¿Kerrie? No lo sé —contesta mientras echa un trozo de pollo en la sartén—. Quizá porque Guy nos ha dejado plantadas y no tenemos a nadie que me ayude a preparar los platos. Quizá porque ayer por la noche tú nos prometiste que conseguirías un jefe de cocina adjunto y, cuando apareciste esta mañana, ni siquiera parecías lamentar habernos dejado en la estacada...
Yo frunzo el ceño. Me siento muy pequeña, pero no estoy segura de cuál es la causa. Este es un lugar paradisíaco. ¡Está lleno de comida! ¿Por qué razón tendríamos que enfadarnos?
Si aquella mujer fuera un perro, le ofrecería rascarle la barriga. Esto la calmaría, pero, como es lógico, no lo hago. A mi papá no le gustó que me abalanzara sobre él en el parque, así que tengo que actuar con cautela. Además, me he fijado en que, aunque todas las personas tienen manos, nunca dedican tiempo a rascarse la barriga las unas a las otras. No lo entiendo, pero es así.
—¡Bueno, no es como si alguien se estuviera muriendo! —exclamo yo.
Quizá lo que les pasa a estas personas es que, sencillamente, tienen hambre. ¡Claro! Todo el mundo gruñe cuando tiene hambre. Si les preparo algo realmente sabroso, seguro que se pondrán contentas. ¿A quién no le gusta comer?
Naomi vuelve a estar concentrada en los fogones, así que decido dejarla tranquila. Parece totalmente absorta en su propio proyecto. Cuando el hombre vestido de negro vuelve a entrar, lo detengo.
—¿Puedes ayudarme? —le pregunto—. Necesito encontrar la comida realmente buena.
—¿La comida buena?
—Sí, ya sabes, la carne.
«Está claro, ¿no?» Él me mira de medio lado.
—Hummm..., está en la cámara, como siempre. ¿Estás buscando algo en concreto?
—No, solo carne.
Entro en la habitación que llaman cámara, que está fría como el hielo, y allí encuentro carne suficiente para alimentar a cincuenta perros. Hay costillitas sonrosadas, hamburguesas redondas, recipientes con carne estofada y pálidas pechugas de pollo. Estoy ansiosa por comérmelo todo enseguida, pero me contengo, doy media vuelta y cierro los ojos. Kerrie, la mujer de las gafas rojas, ya está bastante enfadada y no quiero que me encuentre royendo una pata de cordero, así que inhalo hondo, doy media vuelta otra vez, agarro el primer trozo de carne que encuentro y regreso enseguida a la cocina.
¡Un filete! ¡Tengo un filete! Estoy tan excitada que mi cuerpo empieza a vibrar antes de que me acuerde de que no tengo cola. Coloco el filete en la encimera, agarro un cuenco y empiezo a mezclar los ingredientes de una maravillosa creación que devolverá la sonrisa a la cara de Kerrie.
Echo un ingrediente bueno tras otro en el cuenco y los mezclo con los dedos. Los ingredientes se combinan y despiden una cálida nube de olores, como los de un animal que se está pudriendo en la playa. Mezclo mantequilla de cacahuete con huevos, queso y miel, y embadurno los dos lados del filete con mi creación. Después encuentro una bolsa con cosas hechas añicos que se llaman patatas chips y las vierto encima.
¡Mi filete tiene un aspecto tan increíble que casi lloro! Cualquier perro daría sus dientes caninos para poder darle aunque solo fuera un mordisco. Tengo que seguir recordándome a mí misma que no puedo probarlo, ni siquiera lamerlo. Es un regalo.
Hago ruido con la garganta para llamar la atención de Naomi. Ella se vuelve hacia mí y contempla mi filete, pero no sonríe como yo esperaba que lo hiciera. El pollo chisporrotea en la sartén y ella se queda quieta durante un buen rato, probablemente por respeto a mis habilidades culinarias. Su cara es como la de un bóxer, y le tiembla mientras contempla mi creación. En medio del temblor, levanta una ceja, como levantaría un perro una oreja si sucediera algo desconcertante.
—Hummm... ¿Kerrie te ha dicho que vengas a cocinar? ¿Qué pasa con el jefe de cocina adjunto que ibas a conseguir?
Yo me encojo de hombros.
—¿Realmente lo necesitamos? Tú ya estás aquí cocinando y yo soy la mejor cocinera que he conocido nunca. ¡Mira este filete!
Ella no parece entender lo que le digo, así que me señalo a mí misma y después al filete con mi dedo de señalar.
—Te quiero, Jessica —declara ella—, e intento tener paciencia, pero ese filete tiene una pinta asquerosa.
Naomi mira con tristeza mi filete y yo también lo miro con pena. Supongo que, como había pensado, debería haber salido a buscar un pájaro muerto y colocarlo encima del filete, aunque la verdad es que, tal como está ahora, a mí me parece perfecto. Naomi me gusta, pero no creo que deba estar al cargo de la cocina. Su idea de lo que es o no sabroso es totalmente errónea.
Decido que su opinión no me importa y entonces olisqueo una cosa llamada ketchup y la vierto encima del filete. Mi regalo es de una perfección absoluta. Estoy preparada para entregarlo y me alegro cuando Naomi empuja las puertas batientes y le dice algo a Kerrie.
Kerrie entra, contempla mi creación y se pone a gritar. Y grita. Y grita...
Jessica
¡Max debía de ser el veterinario más popular de la ciudad entre los perros! Acababa de darme una friega completa, desde las orejas hasta aquel punto enloquecedor que estaba justo encima de mi cola, y yo estaba dispuesta a seguirlo hasta el fin del mundo. Me volví hacia él y le ofrecí una sonrisa boba y enorme.
—¿Te gusta, eh? ¿Quieres que te frote las orejas?
Me masajeó una oreja realizando un círculo lento y un gemido escapó de mi garganta. Enseguida solté un respingo de culpabilidad. Aquella estaba siendo una experiencia extrañamente sensual. En mi aturdimiento eufórico apenas podía enlazar dos pensamientos seguidos, pero sí que me di cuenta de que aquello me producía sensaciones diferentes de las que sentiría un perro de verdad. Al fin y al cabo, por lo que había visto en los intentos que había realizado Zoë para seducir a Guy, para los perros el sexo funcionaba a un nivel diferente al de la intimidad humana. Las caricias no formaban parte de aquella práctica. Probablemente, yo era la única perra en todo Madrona que disfrutaba de la sensualidad implícita en el hecho de que un hombre con unas manos tan sensibles como las de Max te masajeara las orejas.
«Esto es lo único que echaré de menos cuando vuelva a mi cuerpo. ¡Si es que tengo la suerte de volver a él algún día!»
Justo entonces dos jóvenes con sandalias de tacón muy alto y faldas muy cortas pasaron por nuestro lado.
—¡Hola, Max! —lo saludaron las dos con voz arrulladora y sin hacer caso de mi pelo erizado.
Después se despidieron con un gesto coqueto de la mano y una de ellas soltó una risita tonta.
Yo noté que Max se movía en el banco.
—¡Hola! —saludó él.
Su mano volvió a apoyarse en mi cabeza, pero mientras ellas se alejaban, mis esperanzas se vinieron abajo. Yo nunca podría competir con unas mujeres como aquellas. ¡Ni en un millón de años! Ellas eran guapas, seguras de ellas mismas, coquetas... La fantasía de cualquier hombre.
—¡No son mi tipo, chica! —murmuró Max entre dientes. Yo, sorprendida, levanté la vista hacia él—. En serio, demasiado exageradas, demasiado falsas. Pero te diré una cosa, Jessica sí que es guapa.
Yo solté un soplido. ¿Yo, guapa? ¿Yo? ¿Realmente había dicho lo que yo acababa de decir?
—Jessica tiene una cara preciosa. En mi opinión, es la mujer más guapa de la ciudad. Lo tiene todo: un cuerpo fantástico, unos ojos grandes, una boca perfecta... En serio, su boca es absolutamente perfecta.
Yo tragué saliva y pensé en cómo me había visto últimamente a mí misma. Zoë disfrutaba de la vida momento a momento, lo que le confería una autoconfianza que hacía que mis facciones resplandecieran. Cuando sonreía, una expresión seductora iluminaba mi cara. Supuse que mi cara era bastante bonita, pero me sentía demasiado cercana a ella para poder juzgar con imparcialidad. Lo que importaba de verdad era lo que Max opinaba, y él había utilizado la palabra «preciosa».
—Además, ella no tiene solo belleza física —continuó él en voz tan baja que nadie salvo yo pudo oírlo—. La he visto trabajar y siempre se la ve tranquila y segura al mismo tiempo. Y satisfecha, como si estuviera contenta de vivir aquí. Como si no quisiera estar en ningún otro lugar.
Yo estaba convencida de que estaba brillando, que todo el mundo veía el millón de lucecitas que iluminaban mi pecho. ¿Aquello estaba ocurriendo de verdad? ¿Max el Buenorro creía realmente que yo era la mujer más guapa de la ciudad? Sentí deseos de pellizcarme, o de correr en círculos y perseguir mi cola.
Me acordé de todas las mañanas que lo había visto entrar en el Glimmerglass y pedir un café americano y, mentalmente, me di una patada en el trasero. ¿Por qué no le había hablado meses atrás? ¿Desde cuándo era una cobarde? Solté un gemido y deduje que, si no lo había hecho, era por aquel asunto de los perros, el cual me tenía muy alterada. Simplemente porque él era un veterinario y amaba a los perros, yo había deducido que no me daría ni la hora. «Tengo un problema —pensé—. Tengo un grave problema.»
—¿Sabes una cosa? Becky nunca fue realmente feliz aquí —continuó Max.
¿Becky? ¿Becky? ¿Quién era Becky?
—Incluso antes de que le ofrecieran aquel empleo en Nueva York, nunca se sintió bien en Madrona. Supongo que es una ciudad demasiado pequeña para ella. A Becky no le gustaba que los clientes me reconocieran en el mercado..., y decía que aquí no había nada que hacer.
Lo miré con el rabillo del ojo y vi que señalaba con la mano el barullo de la plaza.
—¡Como si esto no fuera nada! Te aseguro que, para mí, esto es más que suficiente.
Noté que sacudía la cabeza y se reclinaba en el banco.
—A mí Nueva York me mataría. No sé cómo se le ocurrió pensar que yo la seguiría.
Yo me sentí culpable por oírle hablar sobre su vida privada, aunque no se me escapó ni una palabra. ¡Pobre Max, pensar que su novia o ex novia se había mudado a Nueva York! Mi relación con uno de mis novios se terminó de la misma manera y yo sabía lo fácil que era preguntarse si la decisión de no seguirlo había sido la adecuada o no. Cuando mi último novio se mudó a Los Ángeles, me dijo que, si quería ir con él, sería bien recibida. Sinceramente, su forma de proponérmelo no fue lo que se dice arrebatadora, pero, en cualquier caso, me propuso ir con él. Yo rechacé su invitación, pero me pasé los cuatro meses siguientes preguntándome si había hecho lo correcto.
—De todos modos, no me arrepiento —declaró Max levantándose y enrollando el extremo de la correa alrededor de su mano.
Entonces me condujo hasta una pequeña arboleda que había en un extremo de la plaza y yo supuse que estábamos allí por mí, porque él creía que me gustaría olisquear los árboles, así que fingí que los olisqueaba mientras mantenía las orejas bien abiertas.
—Yo no podría vivir en Nueva York, porque lo que realmente quiero es vivir aquí. Yo me crie en Madrona y no quiero irme de esta ciudad. ¿Por qué habría de hacerlo? Me encanta que la gente me reconozca por la calle. Me encanta que me consulten acerca del cuidado de sus perros en el colmado.
Yo tuve que sentarme. Las palabras de Max habían despertado en mí multitud de emociones, entre ellas, la vergüenza por haber oído algo que había sido expresado solo para los oídos de una perra. Yo no sabía que la gente confesaba sus asuntos privados a los perros. Esta debía de ser otra de las razones por las que a las personas les gustaba tener perros, porque eran capaces de enterarse de infinidad de secretos y no revelar ni uno. ¡Esto sí que era un don!
Lo que más me impactaba de su revelación no era tanto la profundidad del tema como enterarme de lo que sentía hacia mí y deseé, con todas mis fuerzas, oír más.
Entonces me di cuenta, con tristeza, que no era aquello lo que deseaba realmente. Lo que yo quería en realidad era ser una persona y oír sus enternecedoras confesiones. Quería que Max me tomara de la mano y contemplara mis ojos humanos, no sentir cómo su mano acariciaba distraídamente mi cabeza... «¡Hummm...!»
Zoë
La mujer de las gafas rojas tiene la cara roja. No deja de gritar, ni siquiera cuando me duelen los oídos. Ni siquiera cuando Naomi le aconseja que se tranquilice y apoya una mano en su brazo. Gafas Rojas agarra una cuchara de madera y la sostiene frente a mi cara.
—¿Intentas sabotearnos a propósito? ¡Por Dios, que se trata de nuestro restaurante, Jessica! ¿Cómo puedes querer destruir algo que amas? ¿Se trata de una crisis de los cuarenta anticipada o algo parecido? —Sacude la cabeza y empalidece totalmente—. No lo entiendo. No consigo entender por qué intentas arruinarnos. ¿En qué estás pensando?
Yo me lamo los labios porque estoy nerviosa.
—Creí que tenías hambre. Todo el mundo se siente mejor después de comer algo.
Ella junta las cejas. Parece mala.
—¡Pensaba que habías encontrado un jefe de cocina adjunto! —me susurra—. Las dos sabemos que tú no sabes cocinar.
Yo contemplo mi creación. A mí me parece que tiene un aspecto fenomenal. ¿Qué le ocurre a esta mujer? Quizás está mal de la cabeza. Quizá sea esta la razón de que la gente deje la comida en el plato sin comérsela..., porque no son muy inteligentes. Yo suspiro.
—La verdad, la situación no es tan triste como tú crees —la tranquilizo yo—. No han atropellado a nadie. Nadie está enfermo ni a punto de morir. Estamos aquí, rodeadas de toda esta comida... Deberíamos estar contentas.
—¿Contentas? ¿Contentas? ¿Estamos al borde de la bancarrota y quieres que rebose felicidad?
Entonces lanza una mirada de odio a mi filete, como si estuviera lleno de gusanos. Yo deseo decir lo correcto porque, desde luego, no quiero que se enfade más. Las personas me confunden, sus caras comunican una cosa y sus palabras otra. No sé qué puedo hacer para tranquilizarla. Está tan furiosa que, responda lo que responda, seguramente solo servirá para empeorar las cosas.
—No lo sé —contesto en voz baja.
Las aletas de su nariz se hinchan y sus ojos se entrecierran. Creo que le he dado la respuesta equivocada. Rápida como un lametón, me agarra del brazo y me conduce al restaurante, donde nos tropezamos con un hombre que tiene la cabeza rapada, barba y muchos tatuajes.
Kerrie se pone a hablar con él, lo que me produce un gran alivio. Su conversación es rápida e intensa, y hablan en susurros, por lo que solo oigo pequeños fragmentos como «este fin de semana», «jefe de cocina adjunto» y «una perra grande de color blanco».
¡Una perra grande de color blanco! Me acuerdo de Jessica y mi corazón se hincha de orgullo. ¡Está tan guapa en mi cuerpo!
Empiezo a relajarme, pero cuando el hombre desaparece en la cocina, me preocupo otra vez. Kerrie se vuelve de nuevo hacia mí y veo que su cara sigue estando roja.
—Supongo que, de un modo u otro, esto es cosa tuya.
Yo miro alrededor intentando descubrir alguna pista que me indique de qué está hablando. No sé si decirle que sí o que no, así que me encojo de hombros y contemplo mis zapatos.
Ella suspira, pone los brazos en jarras y me sorprende dándome un cálido abrazo. ¡Los seres humanos son realmente raros!
—Ven —me indica—. Quiero hablarte de algo.
Me conduce a la habitación trasera, donde Jessica y yo estuvimos comiendo galletas antes, y agarra un sobre lila y cuadrado que es exactamente igual al que Jessica estuvo contemplando en su apartamento.
Kerrie me habla con voz amable. Cómo ha podido pasar de estar tan enfadada a tan cariñosa constituye todo un misterio para mí.
—Ya han llegado unos treinta sobres como este. ¿No crees que ya va siendo hora de que me cuentes de qué va esto?
Yo vuelvo a encogerme de hombros.
—No lo sé —contesto, porque es la verdad.
Ella señala las palabras que figuran en la esquina del sobre.
—Debra Sheldon. ¿Tienes una hermana que hace años que no ves y de la que nunca me has hablado?
¿Será verdad? Esta idea me resulta divertida.
—No estoy segura —le contesto.
Kerrie apoya una mano en mi brazo. Me gusta cuando se muestra amable, como ahora.
—¿No has abierto ninguno de estos sobres?
Yo sacudo la cabeza. Algo en su forma de preguntármelo me entristece mucho y los ojos se me llenan de lágrimas.
Jessica
Miré tímidamente a Max esperando que no se diera cuenta de lo agitada que era mi respiración. ¿Qué más iba a contarme? ¿Su primer enamoramiento? ¿Lo que pensaba acerca del matrimonio? ¿O más cosas sobre mí?, me pregunté mientras mi ego se hinchaba.
Max me concedió unos minutos más para que estuviera junto a los árboles que fingía olisquear y, después, se volvió hacia el Glimmerglass. Un grupo de personas vestidas con ropa de navegación pasó junto a nosotros. Sin duda se dirigían al mar para disfrutar de un paseo en barco.
—¡Vamos, Z! —exclamó Max. El apodo me hizo sentir unos cuantos centímetros más alta. Lo seguí con paso decidido—. Veamos si Jessica ya ha acabado de trabajar. Quizá quiera salir a cenar dentro de un par de horas.
«Cenar», la mera palabra me hizo babear. Me había olvidado de lo hambrienta que estaba. Hacía horas que me había comido aquella galleta de calabaza y Zoë y yo no habíamos encontrado nada para comer a mediodía. Me pregunté qué había pasado con el cesto de galletas que ganamos en el concurso. Por lo visto, Zoë se había olvidado de recogerlo.
Como si hubiera leído mi mente, Max introdujo una mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó una galleta que tenía forma de hueso.
—¡Siéntate! —me indicó.
¡Vaya si me senté! Incluso meneé la cola mientras deseaba, con toda mi alma, que las galletas para perros supieran a pastel de nata.
Max me tendió la galleta y yo la cogí con la boca tan cuidadosamente como pude. Me la comí de un bocado y sin manos, ¡claro que no podía hacerlo de otra manera! La galleta estaba tan seca como el polvo y ligeramente salada. En otras palabras, ¡era una delicia! Lancé una mirada de adoración a Max en señal de agradecimiento y él me recompensó con otra galleta. ¡Max realmente entendía a los perros!
Regresamos paseando al restaurante y Max echó una ojeada al interior a través de las puertas de cristal. La idea de que estuviera buscando a Zoë con la mirada me llenó de alegría y me impactó. Me imaginé a mí misma de vuelta en mi cuerpo humano y teniendo citas con Max, paseando con Max, saliendo a cenar con Max... ¡Sería maravilloso! Sería divertido, sexy y excitante. Pero también me pareció demasiado bueno para que durara.
En algún momento él averiguaría la espantosa verdad de que, salvo por Kerrie, yo estaba completamente sola en Madrona. Yo no tenía una casa familiar, ni una ciudad natal..., nada. Lo único que tenía era unos sobres de papel fino y color lila que olían a humo viejo de cigarrillo. Y el Glimmerglass, que estaba casi en bancarrota.
Seguimos caminando y, cuando estábamos a unos metros del restaurante, la puerta se abrió y Kerrie y Zoë salieron caminando muy juntitas.
—¿Estás segura de que te encuentras lo bastante bien para volver ahí fuera? No me malinterpretes, realmente lo necesitamos. Esta mañana hemos tenido bastante clientela, pero es preciso realizar mucha más propaganda para que el restaurante esté lleno esta noche y mañana. De todos modos, si necesitas unos minutos para recuperarte...
Zoë negó con la cabeza y se secó la cara con una mano mientras con la otra agarraba con fuerza un sobre de color lila.