20
Hasta que la muerte nos separe
Jessica
Me desperté en el sofá, con las patas entrelazadas con los brazos de Zoë, como si fuéramos un par de cachorros. Bostecé y me desperecé. Me sentía feliz, hasta que el recuerdo de la noche anterior volvió a mi mente. ¡Qué no daría yo por borrar la escena de la playa de la mente de Max y de la mía! Claro que, si tuviera ese poder, probablemente no me encontraría en la debacle en la que me encontraba.
Mis movimientos despertaron a Zoë, quien abrió primero un ojo y después el otro, A continuación, se frotó la cara con las manos y, se estaba rascando la cabeza, cuando sonó el teléfono.
Yo llegué al aparato antes que ella y miré la pantalla. «¡Oh, no! ¡Ella no! ¡Cualquiera menos ella!» Zoë se levantó a toda velocidad y corrió hacia el teléfono. Yo intenté apartarla con mi trasero, pero ella alargó al brazo por encima de mí.
—¡Esta vez sé cómo funcionaaa! —exclamó con voz cantarina mientras conectaba el altavoz con el dedo índice.
Yo me quedé paralizada. Me daba miedo oír lo que dirían, pero todavía me daba más miedo marcharme y no oírlo.
—¿Hola? —preguntó Zoë entusiasmada mientras me guiñaba un ojo.
Probablemente, creía que era Max quien llamaba.
—¿Hola? ¿Jessica?
La voz que procedía del otro lado de la línea me encogió el corazón. Me resultaba medio familiar, medio desconocida, y me pareció más joven de lo que esperaba. Sentí que el pulso se me aceleraba y me balanceé con nerviosismo. «¡Cuelga! —le grité mentalmente a Zoë—. ¡Cuelga ahora mismo! Si cuelgas ahora todavía podremos librarnos de ella. Podremos seguir escondiéndonos de...»
—Sí, soy Jessica —contestó Zoë sonriendo como una tonta.
Evidentemente, no tenía ni idea de quién era la persona que llamaba y no pensaba cortar la comunicación, así que tenía que hacerlo yo. Me levanté a dos patas y, aunque perdí el equilibrio y me golpeé contra la mesa, conseguí dar un golpe al aparato con una de mis patas delanteras.
—Soy Debra —declaró la voz. Evidentemente, yo había errado el golpe—. Debra, tu madre.
Se me revolvió el estómago y volví a alargar la pata hacia el teléfono, pero esta vez Zoë agarró el aparato y lo apartó antes de que yo pudiera presionar la tecla de desconexión.
—¿Mi qué? ¿Mi madre? ¿Tengo una madre?
Las dos nos quedamos quietas, esperando, mientras la voz decidía cómo responder.
—Sí —contestó Debra por fin—. Lo siento muchísimo, Jessica. Quisiera explicarte cuánto lo siento... Si me lo permites, en persona.
Zoë frunció el ceño mientras miraba fijamente el teléfono. Yo me acerqué para intentar colgar con el hocico, pero Zoë levantó el aparato de la mesa poniéndolo fuera de mi alcance.
—¿Qué quiere decir «en persona»?
—Quiero decir que me gustaría reunirme contigo. Si tú quieres, claro —contestó Debra, y enseguida continuó—: Sé que quizá no desees verme y lo comprendo. Decidas lo que decidas, lo entenderé. No quiero pedirte nada, solo hablar contigo. Sé que, seguramente, me odias y lo único que quiero es decirte que lo siento... —Se detuvo unos instantes—. Y verte.
Yo apenas podía respirar. Debra quería verme... Estaba orgullosa de mí... Me había abandonado cuando era una niña de dos años y ahora quería verme. Para disculparse... ¿Qué se suponía que tenía que hacer yo con todo eso? ¿Podía confiar en ella? ¿Tenía el valor suficiente para verla?
—Sí, claro, de acuerdo —contestó Zoë sin titubear—. ¿Cuándo y dónde?
—Hummm..., ¿qué te parece hoy? Sé que vives en Madrona y hoy estaré por la zona, así que he pensado que podría acercarme.
«¿Hoy? ¿Hoy? ¡No! Absoluta y rotundamente no. Hoy no es un buen día. Ni hablar. ¡Imposible!»
—Hoy me va bien —contestó Zoë—. ¿En el parque?
Mientras yo me quedaba petrificada, Zoë y Debra, mi madre, acordaban encontrarse en el parque a las dos de la tarde. Di una ojeada al reloj y me asusté al ver que ya eran las diez de la mañana. La reunión tendría lugar al cabo de cuatro escasas horas. Me pondría enferma. No, desaparecería. Exacto, simplemente, desaparecería. Zoë no podía obligarme a ir si yo me negaba en redondo a acompañarla. Podía hacer todas las estupideces que quisiera, pero yo no iría. ¡Ni hablar!
Zoë cortó la comunicación con el dedo índice y se volvió hacia mí con la cara iluminada.
—¡Tu madre! ¿No estás contenta? ¿No te hace ilusión? ¡Hoy verás a tu madre!
Yo giré la cabeza a un lado y ella se desplazó hacia allí. De repente, me encontré mirando la cicatriz que Zoë tenía en el brazo, la cicatriz que siempre había tenido pero que no sabía cómo me había hecho. Y, seguramente, era mejor que no lo supiera.
—¡Es fantástico! ¡Puede que yo también vea a mi mamá hoy! Entonces será el mejor día de nuestra vida para las dos.
Yo volví a girar la cabeza en otra dirección.
—¿Por qué actúas de esta manera? ¿No estás contenta? ¿No quieres ver a tu mamá?
Yo mantuve la cabeza vuelta hacia otro lado. No podía mirarla. Aunque ella no sabía cómo ni por qué, me había traicionado. En un abrir y cerrar de ojos, había destruido toda la tranquilidad y seguridad que yo había tardado años en construir. Yo no estaba preparada para ver a Debra. Quería odiarla más que a cualquier otra persona en el mundo. Zoë no podía comprenderlo y yo no podía explicárselo, solo tenía que hacerle entender que yo no iría al parque a las dos. No me reuniría con Debra. Ni aquel día ni ningún otro.
Creía que tomar aquella decisión me proporcionaría paz, pero no fue así. Caminé de un lado a otro del apartamento sin saber qué hacer. Me sentía ansiosa, y cuando me preguntaba a mí misma qué era lo que me preocupaba, solo encontraba una respuesta: tenía miedo de que Zoë me arrastrara con una correa y me obligara a ver a Debra. Además, odiaba la idea de que, aunque yo no acudiera a la cita, Zoë sí que lo hiciera. Ella iría al parque y le daría a Debra un gran abrazo. La recibiría en mi vida con los brazos abiertos. Pues bien, solo había una forma de asegurarme de que esto no ocurriera: tenía que recuperar mi cuerpo antes de las dos.
Como es lógico, esto era más fácil decirlo que hacerlo. Llevaba tanto tiempo dándole vueltas a esta cuestión que no se me ocurría nada nuevo que probar. Zoë también quería recuperar su cuerpo, al menos eso dijo la noche anterior, así que, si trabajábamos juntas, quizá lo consiguiéramos. ¿Había algo que no hubiera probado?
¡Sí, sí que lo había!
Me levanté del sofá y me dirigí a la cocina para ver qué hora era. Las diez y cuarto. Se suponía que a las cinco y media de la tarde tenía que dar una conferencia en la plaza, delante de todo el mundo. Me pareció curioso darme cuenta de que este se había convertido en el menor de mis problemas.
Llamé la atención de Zoë con un ladrido y empujé la muda de ropa con el hocico para recordarle que tenía que cambiarse. Este proceso nos tomó el triple de tiempo del que debería habernos tomado, pero al final salimos por la puerta corredera con la ropa puesta y las sandalias abrochadas. Disponíamos de media hora para comer algo y llegar a la carpa donde se celebrarían las bodas caninas. Era un buen día para una boda..., y para la segunda gran sacudida de nuestras vidas.
Las bodas caninas constituían una antigua tradición del Woofinstock, aunque, en mi opinión, eran uno de los eventos más estrafalarios que se habían inventado nunca. Los peludos novios y novias realizaban todos los formulismos, desde dar el sí hasta intercambiar los anillos, aunque nunca llegaban a disfrutar del «fueron felices para siempre». Sus dueños conseguían fotografías y recuerdos que les acompañarían el resto de sus vidas. Los perros conseguían un pastel con sabor a pollo.
A algunos miembros del comité les encantaba este evento y se pasaban medio año planificando la decoración de la capilla, que consistía en una gran carpa de lona blanca que se levantaba en medio del parque. Los colores de aquel año eran el azul verdoso y el albaricoque.
«La señora Sweetie se ha casado cinco veces —alardeaba Malia Jackson cada vez que la Capilla Canina del Amor salía a colación—. Este año romperá con la tradición y se casará con un vestido lila. ¿A que sí, señora Sweetie?» A continuación, Malia siempre le daba una palmadita a la señora Sweetie por debajo de la oreja y, debo decir, que a ella parecía gustarle.
Conforme nos acercábamos a la carpa, se me revolvió el estómago a causa de la ansiedad. «Será mejor que no se te ocurra la descabellada idea de casarme, Zoë —pensé—. Ya has desbaratado bastante mi vida.» No me imaginaba nada peor que casarme con otro perro, sobre todo uno que Zoë eligiera. Claro que, si conseguíamos regresar a nuestros cuerpos, sería ella la que estaría casada con un pit bull vicioso, no yo.
Teníamos la carpa enfrente, pero Zoë nos desvió hacia la zona de los puestos del mercadillo para que pudiéramos desayunar por el camino gracias a los tentempiés de muestra. Yo no puse ninguna objeción. La idea incluso me ilusionó. En realidad, me avergüenza reconocer que las galletas para perros empezaban a gustarme bastante. Sobre todo las de hígado con queso.
Al final, entramos en la carpa, donde había docenas de perros con sus dueños, quienes esperaban sentados en las sillas plegables blancas de alquiler. A Zoë le llamó la atención una mujer vestida de amarillo limón que estaba en la última fila y que no paraba de decir en voz alta: «¡Me encantan las bodas!» Había velos de encaje por todas partes. Unos esperaban en el respaldo de algunas sillas y otros adornaban la cabeza de algunas perras. Varios perros llevaban colgando del cuello vestidos de novia y trajes de etiqueta, como si fueran cuerpos humanos diminutos con cabeza de perro.
Al final de la carpa había una tarima con un emparrado cubierto de margaritas y un facistol de madera. También había una alfombra roja que cubría el pasillo central y los escalones de la tarima y terminaba debajo del emparrado. Miré alrededor para localizar las cosas que necesitaba, pero mis ojos se quedaron clavados en Max.
Iba vestido con un traje oscuro y llevaba una gerbera de color albaricoque en la solapa. En cualquier otro hombre el conjunto podría haber resultado ridículo, pero Max le daba al traje un toque de distinción. Se lo veía tan cómodo vestido de etiqueta como con sus camisetas deportivas. La chaqueta le encajaba a la perfección en los hombros y el tejido de lana negra resaltaba las sombras oscuras de su cabello y sus ojos. Una leve sonrisa flotaba en su cara y resaltaba sus magníficos pómulos. Cuando lo vi de pie junto al emparrado, como un novio expectante, mi corazón dio un extraño vuelco. «Él no es el novio, tonta —me regañé a mí misma—. Ya sabes que solo es el oficiante. ¡Pobre tío!»
Max me vio y nuestros ojos se encontraron por encima de las cabezas de los asistentes y las orejas peludas de las mascotas. Sus ojos negros contenían todo lo que yo quería realmente, pero su brillo estaba atenuado por el cansancio, la frustración y la falta de soluciones para mi problema. Bajé la cabeza, me volví y retrocedí hacia la entrada por el pasillo. Las personas y los perros que entraban chocaron contra mí, pero yo apenas me di cuenta.
Casi deseé no haberlo conocido.
Las bodas estaban a punto de empezar y un enlatado preludio de la marcha nupcial sonó entre crujidos y chasquidos en los altavoces del fondo. Los dueños de los novios estaban nerviosos y no cesaban de ajustar los velos y trajes de sus mascotas. Los perros, que parecían ser conscientes de la existencia del pastel, golpeaban el suelo con sus colas con ritmos jubilosos que se solapaban. Sin embargo, la mía cayó hacia el suelo hasta que, prácticamente, se arrastró por la alfombra roja.
Malia Jackson, con la señora Sweetie acomodada en su brazo y vestida de color lila, como había prometido, se acercó a la tarima.
—Buenos días a todos —declaró Malia con voz temblorosa—, y bienvenidos a la Capilla Canina del Amor, donde celebramos el amor en todas sus formas y tamaños, y tanto si es peludo como si no lo es.
Empezó a explicar el orden de las ceremonias e hizo hincapié en que, después, nos encontraríamos todos fuera de la carpa para lanzar sobre las nuevas parejas una lluvia de alpiste. Por lo visto, el arroz no les sentaba bien a los pájaros.
De repente, sentí un roce suave en mi cuello.
—Espera, no entenderán que vayas sin correa —me aconsejó Max mientras señalaba a las componentes del comité del Woofinstock, que estaban apiñadas junto a la puerta de la carpa como si fueran las orgullosas madres de la novia.
Max deslizó suavemente la mano alrededor de mi cuello hasta el aro que colgaba del collar.
Yo me quedé boquiabierta. No sé cómo me atreví a mirarlo a la cara, pero cuando lo hice, vi que sus ojos reflejaban una gran comprensión. Mi corazón estuvo a punto de detenerse. Por muy extraña que fuera mi situación, Max no se alejaba de mí. Si hubiera experimentado aquel momento como ser humano, probablemente habría llorado, pero en mi cuerpo de perra, sentí que la alegría aligeraba mi corazón.
Max me condujo hasta Zoë, que estaba sentada junto al pasillo y miraba fijamente a la mujer vestida de amarillo limón mientras se mordía una uña. Max separó con cuidado la mano de Zoë de su boca y sacudió la cabeza en señal de negación. Después, colocó el extremo de mi correa en la mano de Zoë. Ella le sonrió y él le dio una palmadita en la cabeza y después regresó a la tarima.
Zoë
La veo. Está justo ahí, sentada en una silla. Ella no me ve porque está mirando las flores, los encajes y las cursiladas del escenario.
Se la ve feliz.
Esto me alegra, porque yo quiero que sea feliz. En mi mundo perfecto, ella sería feliz para siempre. Y estaría conmigo, su perra. Si Jessica consigue cambiarnos de cuerpo pronto, quizá pueda irme a casa hoy mismo.
Quiero precipitarme en sus brazos, como hice con papá cuando lo vi en el parque, pero no lo hago. Las personas tienen normas extrañas, y una de ellas es no abalanzarse sobre los demás. En mi opinión, se trata de una forma de vida aburrida, pero he aprendido por la vía difícil que una tiene que obedecer esas normas, si no, los demás te dan la espalda y dejan de considerarte parte del grupo. Es peor que si te atizaran con un periódico.
En lugar de lanzarme sobre ella, me siento detrás de ella y la observo. Si me inclino hacia delante, puedo oler su perfume floral y mi corazón se llena de añoranza por volver a casa. Tengo que llamar su atención y demostrarle que he cambiado. He destacado en las pruebas de obediencia, belleza y agilidad y ahora estoy preparada para ser la perra perfecta para ella y para papá.
Lo único que quiero es que estemos juntos para siempre. Seré la perra más limpia y calmada del mundo entero. Si Jessica consigue cambiarnos de cuerpo, todo será perfecto.
Jessica
Mientras estaba sentada en la parte trasera de la carpa observando a Max, mi determinación se volvió todavía más firme. Mi plan era drástico, incluso peligroso, pero llegados a aquel punto, no tenía elección. No podía vivir mi vida como si fuera una perra y sabía que Zoë quería volver a su estado original. Cuanto más miraba a Max, más desesperada me sentía.
Me balanceé sobre mis patas con nerviosismo. Estaba sentada junto a Zoë, quien, perdida en sus pensamientos, observaba a una mujer que llevaba puestos unos pendientes de botón y se secaba la nariz con un pañuelo de papel. No intenté adivinar en qué pensamientos andaba perdida Zoë. Yo tenía asuntos más importantes en los que ocuparme.
Al fondo del escenario, una compleja maraña de cables conectaba los dos enormes altavoces situados a ambos lados de la tarima con la red eléctrica. Más cables, algunos de ellos sujetos al suelo con cinta aislante, recorrían la longitud de la carpa hasta la mesa de mezclas. Un cable negro conectaba el micrófono con los altavoces. Yo no sabía mucho de electricidad, pero me pareció probable que la energía que circulaba por aquellos cables tuviera la potencia suficiente para devolvernos a Zoë y a mí a nuestro estado original. Al menos eso esperaba.
Todas las miradas estaban clavadas en el escenario de la carpa, donde un gran danés con una corbata de pajarita intercambiaba a ladridos los votos matrimoniales con una pomeranian de pelo dorado. La pomeranian estaba cubierta de encajes y no paraba de rascarse. El gran danés oyó el traqueteo del camión de la basura y soltó un potente ladrido que provocó que la novia se hiciera pis en el suelo. Max les sonrió con benevolencia. Así eran las bodas caninas.
—¿Tú, Mitzi, prometes compartir todos tus juguetes con Brutus? ¿Incluso tu pelota favorita? ¿Y tú, Brutus, prometes no babear nunca sobre la cabeza de Mitzi?
Por lo visto, Mitzi y Brutus lo prometieron, porque, aunque ninguno de ellos dijo nada, Max sacó dos resplandecientes anillos que llevarían en los collares como símbolo de su amor eterno. Mitzi olisqueó su anillo y lo lamió, pero Brutus intentó morder el suyo y su dueño tuvo que distraerlo con una galleta que sacó de su bolsillo.
Nada más ver la galleta, mi cola empezó a agitarse y a golpear el suelo por iniciativa propia, como dos docenas de colas más. «¡Ahora no! ¡Ahora no!» Estábamos en un momento crucial y no había tiempo para tentempiés apetitosos y jugosos con sabor a pollo... No, a pollo no, a hígado... No, a beicon. Me zarandeé mentalmente y volví a centrarme en el escenario.
Max realizó una leve inclinación de cabeza hacia cada uno de los perros.
—Ahora os declaro perro y perra —anunció.
Los espectadores estallaron en aplausos, el gran danés y la pomeranian fueron conducidos fuera del escenario y yo me preparé para entrar en acción.
Tiré de la correa para llamar la atención de Zoë y avancé por el pasillo central. Zoë me siguió ajustando su caminar al mío. Oí sus pasos en la alfombra roja, detrás de mí. Mi corazón latía con fuerza contra mi caja torácica. Me dirigí a la tarima evitando mirar a Max. Lo último que necesitaba era una mirada inquisitiva de él, lo que me desarmaría por completo. Si mi plan funcionaba, tendríamos tiempo de sobra para hablar sobre ello más tarde.
Me aislé de los sonidos exteriores y, tirando de Zoë, subí a la tarima y corrí hasta la parte trasera del altavoz que había a la derecha del escenario. Agarré con los dientes el cable y tiré con todas mis fuerzas. Milagrosamente, se soltó y, así, sin más, un cable que estaba conectado a la red sobresalía de mi boca.
El paso siguiente consistía en conseguir agua. Había visto una jarra encima de la mesa donde estaba el pastel con aroma a pollo, a los pies del escenario, así que me dirigí hacia allí. Decidí tomar la vía más rápida, que consistía en pasar junto a Max y su facistol, pero cuando me acerqué al micrófono, un pitido aterrador me detuvo en seco.
El micrófono emitió el ruido más doloroso que he experimentado nunca. Todos los pelos de mi cuerpo se erizaron. No podía ver ni pensar y tuve la sensación de que había llegado el fin del mundo.
Abrí la boca y el cable cayó al suelo. Entonces eché a correr como si me persiguieran los demonios. Bajé de la tarima de un salto, me metí debajo de la mesa del pastel, me escondí detrás del faldón del mantel y me eché a temblar. Y me meé en el suelo.
Afortunadamente, el pitido paró. Jadeé con la cabeza pegada al suelo y los pensamientos por fin volvieron a mi cerebro. «Acoplamiento —pensé—. Esto es lo que ha sucedido. El cable debe de haber interferido con el micro. Todo está bien. Yo estoy bien. No me voy a morir.»
A pesar de todo, me sentía impactada y aturdida. Poco a poco, conforme mi visión se aclaraba, reuní el valor suficiente para asomar la cabeza por debajo del faldón.
En la carpa había estallado el caos. Los perros habían enloquecido y habían tirado al suelo sillas, personas y el emparrado cubierto de margaritas. La mitad de los perros estaba ladrando, y la otra mitad emitía los aullidos agudos típicos de los perros pequeños. Algunos habían intentado salir de la carpa empujando la lona y los postes de sujeción se habían ladeado.
Al fondo, un bulldog y un border collie se estaban peleando. Los dueños de los animales corrían en todas direcciones tirados por las correas de sus mascotas y la mayoría acababa tropezando con las sillas y cayendo sobre ellas.
Los perros corrían en grupos de un extremo al otro de la carpa. Como yo, lo único que querían era escapar. En cuestión de segundos, cinco perros se unieron a mí debajo de la mesa. Uno de ellos, el gran danés recién casado, se enredó con el faldón y empezó a dar manotazos, con una de sus enormes patas, al faldón, a las faldas de las mujeres que estaban junto a la mesa y a su pobre y desdichada esposa, que intentaba esconderse debajo de mis patas.
La pomeranian emitía ladridos agudos, el gran danés golpeaba con la pata a todo lo que se movía y tres perros más se apretujaron debajo de la mesa. Uno de ellos gruñó y yo le enseñé los dientes.
Todos aquellos cuerpos peludos empezaron a moverse rápidamente a mi alrededor y llegó un momento en el que no pude distinguir a un perro de otro. El gran danés se sobresaltó y golpeó con la cabeza la parte inferior del tablero de la mesa. Oí un aullido, un chasquido, un gruñido... Dos de los perros intentaban que su cabeza estuviera encima de la del otro y dieron un salto al mismo tiempo. La mesa se levantó en el aire, se tambaleó y volvió a posarse en el suelo. Entonces alguien mordió la cola del gran danés.
Mientras él se revolvía, una persona levantó el faldón, un brazo me agarró rodeando mi caja torácica y, como si fuera un bombero salvando a un niño de un edificio en llamas, me sacó de allí. Yo jadeé en busca de aire mientras mis oídos zumbaban dolorosamente.
Detrás de mí, la mesa se inclinó y cayó de lado produciendo un estruendo ensordecedor. Todo el mundo, perros y seres humanos, guardaron un silencio expectante. Entonces se oyó el grito de una mujer.
—¡Nooooo! ¡Idiotas! ¡Perros idiotas! ¡Lo habéis arruinado todo!
Sin esperar a averiguar qué habían arruinado, los perros salieron disparados de detrás de la mesa. Todos salvo el gran danés, que seguía enredado con el faldón. Yo me estremecí e intenté recuperar la respiración sentada al lado de Zoë. Cuando abrí los ojos, vi varias cosas: Max agarraba todas las correas que podía y conducía a los perros hasta la entrada de la carpa y la mujer de los pendientes de botón estaba tumbada en el suelo y tenía el pastel de pollo encima. Yo preferí volver a cerrar los ojos, me acurruqué contra Zoë y ella me protegió con unos brazos firmes como el acero.
Mi plan no había funcionado. No había conseguido que regresáramos a nuestros cuerpos originales. Ni siquiera había conseguido que recibiéramos una descarga eléctrica. Lo único que había conseguido era arruinar una gran tradición del Woofinstock.
A pesar de todo, mientras estaba allí sentada y rodeada por los brazos de Zoë, experimenté una sensación de gratitud similar a la paz. Zoë me había salvado. Ignorando sus propios deseos y necesidades, se había zambullido en el caos y me había rescatado. Nunca olvidaría lo que había hecho por mí.
Me volví hacia ella y le lamí la cara.
Zoë
Jessica me está lamiendo y noto su húmeda lengua en mi piel sin pelo. Esto me hace reír y, cuando río, ella me lame todavía más.
Me pregunto lo que debo hacer a continuación. Mi mamá de mi vida anterior está tumbada en el suelo con el pastel de pollo encima de la barriga. Parece un enorme plato para perros. Yo me muero de ganas de comerme el pastel, pero no lo hago. Ya lo están haciendo un montón de perros que la lamen por todas partes, pero ella en vez de reírse, grita, y su cara está roja, de un rojo enfadado y fuera de control. Quiero hablar con ella, pero también quiero decir lo correcto al estilo de los seres humanos y no sé si lo conseguiré.
Veo que le muestra los dientes a un perro de orejas puntiagudas y entonces sé lo que debo hacer. Me acerco a ella y ahuyento a los perros. Ella me mira como si fuera un cachorrillo, como si quisiera que yo la levantara del suelo, así que lo hago. La ayudo a ponerse de pie y solo me como un pedacito de pastel que cojo de su vestido. Cuando ella no me mira.
Mi mamá está toda desaliñada, como si fuera un perro de pelo largo que se hubiera revolcado en un montón de hojas secas. Ella sigue sacudiendo su ropa incluso después de que todos los restos del pastel hayan caído al suelo, y yo contengo el impulso de comérmelos. Me gustaría, pero un terrier se los come antes que yo. Dos lametazos y el pastel ha desaparecido. Los terriers son así de rápidos.
Mi mamá se vuelve hacia mí.
—Gracias —me dice—. ¡Ha sido una auténtica pesadilla! Sabía que no debía venir a un lugar donde hay tantos perros descontrolados, pero me encantan las bodas y una amiga mía me aseguró que me lo pasaría bien.
—¿No te lo has pasado bien? —le pregunto.
Lo cierto es que yo me lo he pasado de miedo. Ella sacude la cabeza en un no rotundo. Yo me entristezco. Me preocupa que no haya disfrutado con algo que yo considero que ha sido muy divertido. Ahora las dos tenemos una expresión triste.
Una mujer con cara de enfado se acerca a nosotras. Sostiene en brazos a una caniche vestida con un traje lila que me gruñe. Cuando nadie me mira, yo le enseño los dientes y ella deja de gruñir.
La mujer enfadada me habla a un palmo de mi cara.
—¡Jessica Sheldon, esperaba que fueras más responsable con respecto a tu perra!
¿Pero por qué me grita? ¿No me ha visto sacar a Jessica de debajo de la mesa?
—¡Mira que dejar que corra por el escenario de esta manera! ¡Podría haberse hecho daño! ¡Podría haber muerto! No se debe jugar con la electricidad.
Yo me dispongo a alegar que no conozco a ninguna perra llamada electricidad, pero mi mamá habla antes que yo.
—Debía de estar aturdida y no te había reconocido. ¡Tú has tenido la culpa de todo! Deberían arrestarte. Los del ayuntamiento deberían multarte. ¡Tu perra es un peligro público! —me regaña.
Entonces se aleja de nosotras como si oliéramos a caca. Noto que mi cara está caliente y me resulta incómodo. Esto no es, en absoluto, lo que yo quería. Yo quería que mi mamá se enterara de nuestros premios y nuestras habilidades, no que se fuera con el recuerdo de que había acabado cubierta de pastel y de que Jessica era un incordio.
¡Entonces llega el doctor Max y me siento muy aliviada! El doctor Max siempre sabe qué decir. Creo que es realmente un alfa. Se dirige a mi mamá y a la mujer enfadada y dice:
—Jessica ha asumido una gran carga al ocuparse de una perra callejera. Estoy convencido de que ha hecho lo posible para tenerla controlada. De todas maneras, nadie ha resultado herido, ¿no?
—No —contesta la mujer enfadada—, pero la Capilla Canina del Amor ha quedado destrozada.
Max la mira con comprensión y ella se siente mejor. Creo que le gusta el doctor Max.
—Bueno, miremos el aspecto positivo de la situación —comenta el doctor Max—. ¡El pastel ha constituido todo un éxito!
Jessica, que está detrás de mí, resopla de un modo extraño. Todos nos volvemos hacia ella. Incluso mi mamá deja de sacudirse migas invisibles de pastel y la mira. Entonces abre unos ojos como platos.
—¿Sabes que ha ganado el Concurso de Belleza de Perros y Dueños? —le cuento señalando a Jessica—. La han nombrado la perra más guapa de la ciudad. Y ha ganado la medalla de plata en agilidad. ¡Mira si es buena!
Mi mamá emite un ruidito de incredulidad.
—¡Es cierto! —exclamo yo—. Tenemos las medallas. Es una perra fantástica. Nadie que se la llevara a casa se arrepentiría. ¡Nunca!
Ella carraspea y me da la espalda.
—Podrías llevártela... —empiezo a decir yo.
Pero es demasiado tarde. Mi mamá se ha ido.