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La mejor amiga
 de una mujer

 

Jessica

 

¿Zoë estaba llorando? ¿Por qué tenía en la mano un sobre lila? Casi sufrí un ataque de pánico. ¿Qué había hecho Zoë? ¿Qué le había contado a Kerrie? Tiré de la correa intentando acercar a Max a la puerta, y tenía que conseguirlo deprisa, antes de que la tierra me tragara.

Kerrie le dio a Zoë un abrazo rápido y después se volvió hacia el restaurante mientras decía:

—¡Ve a por ellos, tigre! Sigue realizando ese estupendo trabajo que has estado haciendo. Hablaremos de eso cuando te sientas preparada para hacerlo —añadió señalando el sobre lila.

La puerta del restaurante se cerró y mi corazón se estremeció. Yo no estaba preparada para que Kerrie supiera lo que contenían aquellos sobres. Lo único que quería era que dejaran de llegar. No es que no confiara en Kerrie, porque sí que lo hacía, pero no estaba preparada para enfrentarme a aquel asunto. Ni con su ayuda ni con la de nadie.

Intenté tranquilizarme recordándome a mí misma que Kerrie era la persona más digna de confianza que conocía. Todavía me acordaba del día en que nos conocimos. Las dos nos habíamos inscrito en el mismo curso de gestión de restaurantes en Seattle y, desde el primer día, el profesor nos emparejó para realizar un proyecto de trabajo, porque las dos vivíamos en Madrona. Yo ya me había fijado en Kerrie, porque sus pendientes colgantes y sus gafas multicolor eran un reflejo de la seguridad que tenía en ella misma. Yo, con mis pantalones negros y mi jersey de cuello alto de color beis, iba vestida para pasar desapercibida, y, desde el primer momento, deseé tener aunque solo fuera un poco de su desparpajo.

El trabajo consistía en elegir un restaurante de nuestra ciudad y analizar hasta qué punto su técnica de comercialización encajaba con su clientela. En cuestión de segundos, tanto Kerrie como yo nos dimos cuenta de que las dos valorábamos las mismas cosas en la decoración de un restaurante: la calidez, la sofisticación moderna y que hubiera madera pulida a montones. Además, las dos éramos conscientes de que el logo tenía que ser un reflejo de lo que el restaurante ofrecía en el interior. Para nuestro trabajo elegimos el Salt Cellar, cuyo logo era una caricatura de estilo chabacano que no encajaba para nada con sus entrantes de veintinueve dólares y su extensa carta de vinos.

Al cabo de un año, el Salt Cellar había pasado a la historia y Kerrie y yo éramos socias. Por las tardes, cuando regresaba de mi trabajo, me reunía con ella en su casa para planificar nuestro negocio. Mientras paseábamos a su bebé J. J. por el salón, Paul, el marido de Kerrie, preparaba la cena. Después de que Kerrie realizara el primer esbozo del logo en el dorso de un sobre, todos los detalles fueron encajando. Yo me encargaría de la parte comercial del negocio: tratar con los proveedores, gestionar el arrendamiento del local, las nóminas y los presupuestos. Kerrie sería el genio creativo, la que se despertaría en mitad de la noche con la cabeza llena de imágenes de flanes de limón y peras asadas con romero. Paul respondió muy bien a la situación y, aunque los términos del préstamo de nuestro pequeño negocio le provocaban cierto nerviosismo, tenía una gran confianza en el talento de su mujer.

En aquellos momentos, yo me sentía como si estuviera participando en una película de Hollywood. Como pareja, Kerrie y Paul vivían en una galaxia diferente a la de cualquiera de mis familias de acogida. Bromeaban como lo hacen los grandes amigos y se comunicaban largos párrafos con apenas unas palabras. Mi vida en las casas de acogida siempre había sido tensa, sobre todo las relaciones familiares, pero la casa de Paul y Kerrie constituía un oasis de felicidad. Yo los observaba como si fueran maestros en una clase avanzada de vida en familia e intentaba portarme lo mejor posible.

Aquella sensación de familia era tan nueva para mí que siempre esperaba que algún día se esfumara, o que Kerrie desapareciera de mi vida, de modo que recogía la mesa, lavaba los platos y me reía de todos sus chistes. Por la misma razón, realizaba todos los trámites relacionados con nuestro negocio con diligencia, tomaba nota de lo que querían por su cumpleaños y les hacía unos regalos estupendos. En fin, que intentaba ser perfecta.

Sorprendentemente para mí, Kerrie no me abandonó y, poco a poco, empecé a confiarle mis secretos. Al cabo de un año, le conté lo de las familias de acogida; al cabo de dos, le hablé de la peor, aquella en la que el padre era un alcohólico. Yo estaba convencida de que ella se alejaría de mí, pero no lo hizo, sino que me cuidó como si quisiera reemplazar a la madre que nunca tuve. Kerrie sometió a todos mis novios potenciales a su patentada mirada de madre, una penetrante mirada de halcón que, según ella, podía detectar una traición a un kilómetro de distancia.

Con el tiempo, incluso le conté el miedo que me daban los perros. Ella y Paul tenían una bonachona perra labrador de pelo claro que se llamaba Jane Eyre y Kerrie enseguida se dio cuenta de que la perra y yo no podíamos estar en la misma habitación sin que yo sufriera un ataque de pánico. Creo que ella nunca entendió mi miedo, pero lo aceptó y, como solía decir: «Todos tenemos nuestras rarezas, Jess. Paul es un poco obsesivo compulsivo y yo solo puedo dormir sobre el lado izquierdo. Tu rareza son los perros y no hay que darle más vueltas.»

El problema consistía en que yo guardaba más secretos de los que le había contado, y todos giraban en torno a aquellos estúpidos sobres lilas, así que cuando vi a Kerrie y a Zoë hablando de ellos y a Zoë con lágrimas en los ojos, sentí que tenía una razón para preocuparme. Cuando Kerrie volvió a entrar en el restaurante, utilicé toda mi energía en tirar de Max hacia donde estaba Zoë. Estábamos a unos cinco metros de distancia cuando un hombre con el torso desnudo se acercó a Zoë y le dijo algo. Ella apoyó una mano en el brazo de aquel hombre y Max se estremeció, tiró con fuerza de la correa y nos detuvimos de golpe.

Zoë, que todavía no nos había visto, sonrió al hombre como si fuera un girasol mirando al sol. A mí se me erizó el pelo. «¿Qué pretende ahora? ¡Por favor, no más seducciones! ¡Por favor! No me importa si él tiene un coche o un avión.»

Max, que estaba a mi lado, exhaló ruidosamente y me miró. Nuestras miradas se clavaron la una en la otra con tanta intensidad que tuve que tragar saliva con fuerza. Él realizó una mueca.

—Me parece que hoy no es mi día de suerte, ¿no crees? Supongo que ella está fuera de mi alcance.

¿Qué? «¡No! —quise gritar—. ¡No lo está! ¡Está totalmente a tu alcance! ¡Ese tío no le interesa, solo quiere que la lleve a dar una vuelta en su coche!»

Max enderezó la espalda, dio otra vuelta a la correa alrededor de su mano y me condujo adonde estaba Zoë. Una ráfaga de aire llegó hasta mí procedente de donde estaba el hombre sin camisa e inhalé una bocanada de olor a colonia barata.

—Aquí la tienes, sana y salva —le soltó Max a Zoë con voz tensa mientras le tendía la correa—. Ya nos veremos.

Zoë le sonrió ampliamente.

—¡Doctor Max! ¡La has encontrado! Eres un buen hombre. ¡Un hombre muy bueno!

Zoë levantó la mano, como si fuera a darle una palmadita en la cabeza a Max, pero él se apartó.

—Hummm..., gracias. Supongo. Tengo prisa. Nos vemos.

Max se inclinó y deslizó la mano por mi mejilla y por debajo de mi barbilla. Un sentimiento de decepción vibraba en las yemas de sus dedos.

—Gracias por el paseo, guapa.

«¡Oh, Max!» Yo me estaba fundiendo por dentro. ¿Cómo era posible que acabara de descubrir que le gustaba al tío perfecto para mí y que no pudiera hacer nada al respecto?

La impresión que él tenía acerca del tipo del torso desnudo, fuera quien fuese, era equivocada. Abrí la boca, desesperada por poder comunicarme con Max. Quería contárselo todo, que yo no era Zoë, sino Jessica atrapada en otro cuerpo; que aquel tipo no me importaba un comino y que, en serio, en serio, quería averiguar cómo sería tener una cita con él. Pero, como es lógico, lo único que salió de mi boca fue un prolongado aullido. Max se volvió y se rio, pero cuando vio a Zoë, volvió a ponerse serio.

Ella lo saludó agitando entusiasmada la mano mientras él se alejaba de la plaza. Yo podría haberme echado a llorar.

Cuando Max desapareció de mi vista, Zoë se volvió hacia el hombre sin camisa.

—¿Decías que me llevarías a dar una vuelta en tu coche?

—Yo a ti te llevo adonde quieras, cariño.

Aquello era demasiado. Puede que yo fuera una perra y no pudiera hablar, abrir cosas o conducir un coche, pero tenía el derecho a expresarme, sobre todo cuando mi cuerpo verdadero estaba implicado en el asunto. Zoë no se acostaría con un hombre promiscuo simplemente para que la llevara a dar una vuelta en su coche.

Algunas formas de comunicación son universales. Me acerqué al hombre intentando no inhalar el penetrante aroma de su colonia y, después de poner una pata trasera a cada lado de sus Converse de la talla cuarenta y seis, me agaché y me meé.