14
La perra ágil
Jessica
Zoë me miró como si acabara de disparar al presidente.
—¿Por qué lo has hecho?
Yo puse cara de póquer y fingí que estaba oliendo mi pata. El hombre se largó sin pronunciar una palabra.
—No pongas esa cara —me reprendió Zoë con las manos en las caderas—. Sé que me estás oyendo y también sé que has sido mala. ¡Muy mala! Ese hombre iba a ayudarme. ¿Por qué te has meado en sus zapatos?
«¡Sí, ya! ¿Ayudarla, cómo?» Por lo que yo sabía, Zoë se lo estaba pasando de miedo en mi cuerpo, así que, ¿para qué necesitaba ayuda? Además acababa de compartir mi más preciado secreto y, probablemente, había organizado un auténtico lío en el restaurante. Podía desplazarse fácilmente por la vida tanto sobre dos piernas como sobre cuatro patas y, encima, no tenía que preocuparse por promocionar el restaurante.
—Escúchame, aquí la persona soy yo —me regañó—. Soy yo la que necesita ayuda. Tú eres la perra y se supone que debes ayudarme. Ya que eso es lo que hacen los perros.
Yo resoplé por la nariz, lo que hizo que Zoë enrojeciera y, la verdad es que aquel no era el mejor aspecto de mi cara.
—¡Estás totalmente equivocada, señorita «la gente no necesita ayuda»! —declaró Zoë adelantando la mandíbula como si fuera una niña impertinente—. Justo cuando acabábamos de conocernos, yo te ayudé. Te ayudé a hablar con el doctor Max y a regresar a tu casa en medio de la tormenta. Dejé que me abrazaras cuando estabas asustada y también te ayudé a tratar con el hombre de la camioneta blanca. —Zoë sacudió la cabeza—. Me fijé en que hablar con él te ponía nerviosa, así que te ayudé a darte cuenta de que lo único que tenías que hacer era sonreír y divertirte. Llevo toda mi vida enseñando esto a las personas, pero nunca acaban de aprenderlo. La gente, simplemente, no entiende nada.
Aquello hizo que me cayera de culo. ¿Zoë me estaba diciendo que era ella la que me había ayudado a mí cuando nos tropezamos con el empleado de la perrera? Esto era más que ridículo. ¿En serio era eso lo que creía?
—¡Pobre gente! —exclamó con los brazos caídos y mirándome fijamente con una expresión de compasión inconsolable en el rostro—. Todas las personas sois iguales. ¡Sois como cachorros! Todo os da vergüenza y siempre andáis metiéndoos en problemas, ¿a que sí? Después os asustáis, os ponéis tristes y venís corriendo a nosotros para que os reconfortemos. Tenéis suerte de ser buenos rascando orejas. Y conduciendo coches. Y construyendo sofás.
De repente, Zoë se olvidó de su enojo y esbozó una amplia sonrisa. Corrió hacia mí y, jugueteando, me dio un manotazo en la cadera.
—¿Sabes lo que veo porque soy más alta que tú? ¡Tenderetes! ¡Grandes tenderetes de fiesta! —exclamó mientras señalaba la zona verde donde los tenderos habían montado sus puestos promocionales.
Yo me había olvidado del mercadillo y deseé que los estudiantes estuvieran gestionando bien el puesto del Glimmerglass.
—¡Allí quizás haya comida!
Zoë
Jessica se anima cuando oye la palabra «comida». Yo sabía que lo haría. Los instintos de perra deben de estar despertándose en ella.
Corremos hasta la gran zona verde donde están los tenderetes. Todos tienen una mesa y hay una persona detrás de ella. Incluso antes de llegar al primero, percibo un olor a queso y salchicha y, de repente, me siento hambrienta. Me como cinco rollitos de salchicha antes de que la señora me diga que solo puedo comer uno. ¡Como si pudiera contar mientras estoy comiendo! El mundo de los seres humanos me está deprimiendo con tantas normas. ¡Menudo aburrimiento!
Comemos tantas galletas como podemos. Algunas personas me advierten que las galletas son para los perros y después me miran de una forma rara cuando ven que me como una. Entonces miro alrededor para asegurarme de que nadie me está mirando e introduzco dos en mi bolsillo. Si son para los perros, seguro que me gustarán.
Además, la comida de las personas es difícil de comer, mientras que la de los perros es relativamente fácil. Triturar y tragar.
Algunas veces, la gente se enfada cuando me dice, «¡Eso es para los perros!», como si yo hubiera hecho algo malo. Tienen una forma de decir las cosas que me hace sentir sola a pesar de que estoy rodeada de personas, como si ya no perteneciera a la pandilla. Resulta agotador intentar encajar con las personas y comprender lo que se puede hacer y lo que no. A veces siento ganas de vomitar. Intento abrazar a Jessica, pero está demasiado ocupada comiendo galletas. Entonces pienso en mi familia, pero esto no me hace sentir mejor, sino peor. ¡He intentado tantas cosas, pero nada funciona! Nadie quiere llevarme a casa y mamá y papá todavía no me han encontrado. Los echo tanto de menos que me duele el corazón.
Quizá todavía no se ha corrido la voz por la ciudad del excelente equipo de perra y persona que formamos Jessica y yo.
Mientras me como una delicia de hígado de pollo con forma de gato, lo oigo. Una voz potente que suena poco natural grita:
«¡Llamando a todos los atletas caninos! ¡Si a tu perro le encanta correr y saltar, a las tres podrá participar en el cuarto Campeonato Anual de Agilidad del Woofinstock!»
Me vuelvo hacia Jessica con la boca abierta.
—¿Campeonato de Fragilidad?
Ella se atraganta, lo que me confirma que debo de haberlo oído bien. Tengo que participar en este campeonato. Si lo ganamos, seguro que mamá y papá se enterarán y, si se acercan a Jessica, tendré otra oportunidad de hablar con ellos. Estoy segura de que, esta vez, conseguiré hacerlo sin asustar a nadie. Lo único que tengo que hacer es sonreír y asentir con la cabeza. Y no acercarme demasiado.
Le indico a Jessica que me siga a la zona donde se celebrará la competición y al principio creo que no quiere ir, porque corre hasta un puesto que huele a café y que no tiene galletas para perros. Jessica coge un montón enorme de papeles doblados con la boca y el chico y la chica que trabajan en el puesto gritan:
—¡Eh! ¿Qué hace esa perra? ¡Está robando los menús!
Jessica es más rápida que ellos. Como un rayo, llega a mi lado. Yo cojo los papeles de su boca porque sé lo difícil que es respirar cuando llevas algo entre los dientes. Después nos dirigimos al lugar del campeonato.
Jessica
Mientras nos dirigíamos al puesto de inscripción del Campeonato de Agilidad, nos cruzamos con muchas familias. Yo le propiné un golpe a Zoë en la mano con el hocico y ella la abrió mostrando los menús como si se trataran de un tesoro. Entonces ladré, lo que llamó la atención de una familia.
—¡Hola! —exclamó Zoë con entusiasmo.
Ellos vieron que tenía la mano abierta y, diligentemente, cogieron un menú y lo hojearon mientras seguían caminando. Repetimos esta estrategia hasta que no nos quedaron más menús. La mayoría de las personas se fijaba en mi camiseta y comentaba lo graciosa que estaba. Unos cuantos niños incluso pidieron a sus padres que les compraran camisetas del Glimmerglass para vestirse «como aquella perra».
Yo me sentí tan emocionada por lo bien que había funcionado nuestra estrategia que decidí permitir a Zoë apuntarme a todos los campeonatos que quisiera. Además, gracias a la camiseta, yo me había convertido en un anuncio andante, así que intenté relajarme mientras Zoë le contaba a todo el mundo lo frágil que era. Y también intenté ignorar el hecho de que seguía llevando puesta la corona del concurso de belleza. Sorprendentemente, unas cuantas personas que habían presenciado nuestra actuación anterior se acercaron para comentarle a Zoë lo mucho que les había gustado. Nos estábamos convirtiendo en pequeñas celebridades del Woofinstock.
Mientras Zoë nos inscribía, olisqueé el aire y percibí un leve olor a sal que procedía del mar. Entonces experimenté un repentino y vivo deseo de ir a la playa y correr por la arena, pero me controlé y me obligué a centrarme en el recorrido del campeonato. Leisl y Foxy estaban practicando y, cuando los vi, sentí una ráfaga de pasión competitiva. Seguro que, fuera cual fuese el resultado, competir con la camiseta ayudaría al Glimmerglass, pero todavía lo ayudaría más si obteníamos un buen resultado. Decidí hacerlo lo mejor posible y, como Zoë y yo nunca habíamos hecho algo así juntas, llegué a la conclusión de que no podía contar con ella para que me guiara por el circuito. Tenía que memorizar el recorrido.
El circuito constaba de cinco secciones. Para empezar, los perros tenían que saltar una serie de obstáculos y atravesar un aro de fuego. Esta parte me pareció bastante sencilla. Después, tenían que recorrer en zigzag una hilera de postes clavados en el suelo. Si conseguía adoptar un buen ritmo, esta parte tampoco me resultaría difícil. Después, tenían que atravesar un túnel, subir y bajar por el tablón de un balancín y, finalmente, sortear unos cuantos obstáculos más hasta llegar a la línea de meta. Supuse que, en la prueba del balancín, era donde podría ganar terreno. La mayoría de los perros, incluso los más experimentados, titubeaban en el punto central de apoyo. Algunos saltaban del balancín al suelo antes de tiempo y eran descalificados, pero yo comprendía el tipo de reto mental que implicaba aquella prueba y podría superarla sin problemas.
Los jueces nos permitieron practicar en el circuito, pero, como Zoë no sabía qué tenía que hacer para guiarme, practiqué sola. Me aparté de los demás perros y salté algunos de los obstáculos alejándome lo suficiente de ellos para coger una buena carrerilla. Al final resultó que era una gran saltadora. ¡Aquello era genial! Cuando me daba impulso contra el suelo, sentía que mis patas traseras eran fuertes como una roca y saltaba por encima de los obstáculos con gran gracilidad. Sentí que, de repente, tenía las habilidades de una bailarina, algo con lo que siempre había soñado. Durante unos instantes, sentí que volaba y me recordó la sensación que tenía cuando nadaba por debajo del agua, una sensación excitante de ligereza.
Después de practicar con los obstáculos, me sentí más confiada con respecto a la competición. Si mi cuerpo, bueno, el cuerpo de Zoë, podía responder a los retos físicos, yo podría con el resto. Me coloqué detrás de un border collie y observé cómo sorteaba los postes en zigzag. Cuando llegó mi turno, empecé a correr deslizando las patas delanteras a uno y otro lado, pero me hice un lío y acabé mirando hacia atrás. De repente sentí que la camiseta me daba mucho calor. Estaba mareada y no sabía qué dirección era hacia delante y cuál hacia atrás. Tuve que parar y volver a intentarlo, pero esta vez más despacio y sin mirar los postes. Antes, iba demasiado deprisa y no tenía tiempo de reaccionar antes de llegar a ellos. Además, mi cuerpo era más grande que el de la mayoría de los participantes y me resultaba difícil cambiar de dirección antes de llegar al siguiente poste. Tuve que adoptar un ritmo y sortear los postes como si se tratara de una danza.
Después me dirigí al túnel. Tengo que reconocer que allí estuve a punto de retirarme del todo. Cuando miré hacia el interior, sentí como si me asomara a un pozo. El túnel despertó recuerdos extraños y tenebrosos en mi memoria, recuerdos en los que yo estaba encerrada en un lugar oscuro. En el interior del túnel, el aire era viciado y premonitorio. Acerqué la cara y todo mi cuerpo se encogió. ¿Desde cuándo me daban miedo los espacios pequeños? ¿Lo que sentía se debía a un recuerdo real o a un instinto canino? Intenté liberarme de aquella sensación, pero era insistente y siguió conmigo incluso cuando me armé de valor y atravesé el túnel a toda prisa.
Cuando salí al aire libre, me detuve unos instantes. Tenía la autoconfianza por los suelos. Por lo visto, comprender el circuito en abstracto era totalmente diferente a realizarlo con el cuerpo de un perro. No podía confiar en mi percepción humana para realizarlo con éxito, tendría que aprender como cualquier otro perro, de una forma física.
El balancín era muy popular. Todos los dueños de los animales querían que su perro practicara varias veces en él y esto provocó que se formara una desagradable aglomeración al inicio de la prueba. Cuando reuní el valor suficiente para intentarlo, todo el mundo me estaba mirando. A medio recorrido, me desestabilicé, porque el cambio de subir a bajar era mucho más difícil de lo que parecía. Estuve a punto de caerme y tuve que clavar las uñas en el tablón con todas mis fuerzas para recuperar el equilibrio. Además, no conseguí tocar la marca que había que pisar en la bajada.
Me sentía insegura respecto a la competición, pero ya estaba inscrita, así que no podía echarme atrás. Observé a un pastor australiano que completó el recorrido a la velocidad de un rayo y el corazón se me cayó a los pies.
Localicé a Zoë a un lado de la pista. Leisl y Foxy la tenían acorralada.
—¿Así que no encontraste ninguna camiseta que pusiera «Odio a los perros»? —le preguntó Leisl lo bastante alto para que todos los que estaban cerca la oyeran.
Zoë contempló perpleja su camiseta, que, por cierto, la llevaba puesta del revés, después miró la mía, frunció el ceño, y volvió a mirar a Leisl.
—¿A qué te refieres? ¿Por qué habría de llevar una camiseta que dijera eso? Yo no odio a los perros.
—¡Sí, claro, no los odias, como cuando gritaste que ibas a matarlos en tu restaurante el año pasado y amenazaste con darles patadas desde aquí hasta China!
Un grupo de personas que estaban detrás de Leisl se echaron a reír. Yo me acerqué a Zoë con el corazón en un puño. Por lo visto, Leisl todavía se sentía amargada por haber perdido el Concurso de Belleza de Perros y Dueños.
Zoë levantó la barbilla sin titubear ni un segundo.
—¡Yo no odio a los perros! —exclamó mientras miraba a su alrededor, a la muchedumbre que se burlaba de ella.
¡Pobre Zoë! Tuve que reconocer que había salido en mi defensa con más pasión de la que yo habría empleado. Claro que, como es lógico, el hecho de que ella amara realmente a los perros ayudaba.
Anunciaron al primer participante por el altavoz y la gente que nos observaba perdió el interés por nosotras. Zoë se agachó y me miró con expresión abatida.
—¿Cómo ha podido decir algo así? Es horrible —declaró mientras me acariciaba distraídamente la cabeza—. ¿Por qué odiaría alguien a los perros? Aunque..., parecía que lo decía en serio, como si supiera algo que yo desconozco. —Me miró con ojos vidriosos hasta que la comprensión aclaró su mirada—. ¡Tú! ¡Tú odias a los perros!
«¡No, no! En serio...» Me quedé helada, sin saber qué hacer. Por encima de todo, quería que Zoë supiera la verdad. Se estaba convirtiendo en una especie de hermana para mí, en una parte de mi propio ser. No quería engañarla aunque la verdad me hiciera parecer horrible, pero ¿cuál era la verdad?
Me agité con nerviosismo. No sabía por qué me daban miedo los perros. Se me ocurrió la irónica idea de que habría sido una niña más feliz si hubiera tenido un perro como mascota. Entonces habría conocido, realmente, el amor incondicional. Resoplé suavemente y Zoë me miró de una forma penetrante.
—Tú no odias a los perros, ¿verdad?
En aquel momento, llegué a la conclusión de que no los odiaba. Puede que me asustaran, pero no los odiaba. Al menos, ya no. Incluso me di cuenta de que, en determinados momentos, empezaban a gustarme.
Me acerqué a Zoë y le lamí la mejilla. Su cara se iluminó con una sonrisa.
—Sabía que no los odiabas. Yo te caigo bien, ¿verdad? ¡Me quieres!
Yo volví a lamer su cara. ¡Qué locura! Cada vez la quería más.
Zoë
La carrera es excitante. El corazón me late cada vez más deprisa. Los perros corren de aquí para allá sorteando obstáculos de color amarillo, azul y rojo. Los que están en los márgenes del circuito ladran, y yo también quiero ladrar, pero en lugar de hacerlo, grito: «¡Bravo!»
Todo el mundo grita y yo siento que encajo. Puedo gritar tan alto como quiero y ni siquiera Jessica me mira con desaprobación.
—¡Bravo!
¡Esto es tan emocionante! Los perros están totalmente concentrados. Agito los brazos a un collie que está corriendo, pero él ni siquiera me mira. ¡Esto es puro talento!
La actitud de las personas es muy curiosa. Desfilan siguiendo a los perros y dándose importancia, como si la carrera la estuvieran realizando ellos. ¡Qué ridículo! Es evidente que los protagonistas de este espectáculo son los perros, no las personas. Creo que son ellos los que deberían llevar las correas y conducir a las personas de aquí para allá sujetas por el cuello.
Foxy entra en la pista con su dueña y lo hacen bastante bien. Foxy es un perro listo y mira a su dueña antes de iniciar cada prueba. Me imagino a Jessica mirándome así y la idea me hacer reír sin parar. Todavía me estoy riendo, cuando nos llaman. Entro en la pista de un salto y Jessica también. Estamos preparadas para empezar.
Durante unos instantes, siento una necesidad imperiosa de saltar por encima de los obstáculos amarillos, azules y rojos, pero me contengo y me recuerdo a mí misma que todo el mundo nos está mirando. Como se trata de un juego de personas, hay normas que debemos obedecer. Sigo a Jessica y nos colocamos frente a una raya de tiza blanca. Ella tiene las patas traseras dobladas y está preparada para echar a correr. Yo hago lo mismo. Todo el mundo guarda silencio mientras esperamos. ¿A qué?
Oigo mi corazón: «bum, bum, bum...»
—¡Ya! —grita una mujer que lleva un sombrero blanco.
Jessica traspasa la raya y corre a toda velocidad hacia tres vallas amarillas que salta con estilo. Yo corro tras ella y también las salto. ¡Qué divertido! Ella salta por el centro de un neumático, pero yo no lo hago. No confío en los zapatos que llevo puestos, porque son demasiado voluminosos y, probablemente, toparán con el neumático y me caeré. ¿La gente no sabe que los pies están hechos para tocar el suelo?
Jessica corre entre una hilera de postes y va tan deprisa que estos se bambolean a su paso. Yo la imito y la gente se ríe, así que los saludo con la mano y ellos se ríen todavía más. Entonces Jessica corre hasta un túnel y se precipita al interior sin titubear. Estoy impresionada, si yo fuera ella, me asustaría entrar en un túnel que se agitara en el viento como aquel.
Jessica corre hasta una rampa roja y la gente grita más fuerte. Ella sube por uno de los extremos, cuando llega arriba se detiene solo un segundo y desciende, ágilmente, por el otro lado. Sus patas pisan una raya blanca que hay en la rampa de bajada y todo el mundo grita. Yo también grito, aunque estoy tan nerviosa que no tengo ni idea de lo que digo.
Jessica está guapa en mi cuerpo blanco y peludo. Se detiene y creo que lo ha hecho mejor que el collie. Si mi mamá y mi papá están mirando, sabrán, sin ninguna duda, que formamos el mejor equipo de perro-persona del mundo. A estas alturas nadie puede dudarlo. Jessica salta limpiamente las últimas vallas amarillas, cruza otra línea blanca y yo la sigo. Un hombre con un gorro blanco levanta el brazo y grita: «¡Cincuenta y ocho segundos!»
Todo el mundo le vitorea, pero yo no me siento tan impresionada. No resulta tan difícil levantar el brazo y gritar cualquier cosa. Yo podría levantar mi brazo y gritar «¡Bien!». No es tan difícil como atravesar corriendo un túnel oscuro o subir y bajar una rampa. ¡A las personas les impresionan cosas de lo más extrañas!
Le regalo a Jessica la mejor de mis sonrisas y ella también me sonríe. Durante unos instantes, me siento demasiado feliz para acordarme de mi familia.
Jessica
Por suerte, estaba tan concentrada en la carrera que no vi qué hacía Zoë. De vez en cuando, vislumbraba vagamente su camiseta o el brillo de su corona, pero no la vi hasta que finalicé el recorrido.
Cuando el juez anunció mi tiempo, la multitud explotó en vítores. Mi corazón se hinchó y sentí una gran excitación. De repente supe lo que los bailarines deben de sentir cuando la emoción hace vibrar su cuerpo y los empuja a saltar. Yo me sentía como si pudiera correr una maratón.
Zoë bailaba entre la multitud con los brazos en alto y su corona destellaba. Yo me acerqué a ella dando brincos y me levanté sobre dos patas tambaleándome en un equilibrio precario. Agité las patas delanteras durante unos instantes y, estaba convencida de que enseguida tendría que volver a apoyarlas en el suelo, cuando Zoë me las sujetó.
Yo recuperé el equilibrio, le sonreí y juntas bailamos entre la gente. Ella me miró a los ojos y tuve la sensación de que mi cuerpo se llenaba de corazones y burbujas. ¡Allí estábamos, mi cuerpo humano bailando como un loco y yo dentro de una enorme perra blanca! Nunca me había sentido tan bien.
Incluso cuando vi a Alexa y a Malia saludándonos en medio de la muchedumbre, no permití que la vergüenza me dominara. Me dejé llevar por el momento y bailé.