Llegó septiembre: los días eran templados, pero aparecieron las primeras hojas doradas de los robles, anunciando la excitación de la época de celo. En Boldre, la escuela del señor Gilpin reanudó sus clases y los domingos por la mañana se veía a una tropa de niñas y niños vestidos con sus abrigos verdes dirigiéndose cuesta arriba hacia la iglesia de Boldre, situada sobre su loma.

Entre ellos estaba Nathaniel Furzey. Las semanas de estío que había pasado con su familia en Minstead no habían conseguido reprimir su espíritu travieso. En la escuela se portaba relativamente bien. El señor Gilpin le había dado un libro de álgebra y geometría básica para que lo estudiara, puesto que hacía tiempo que dominaba todas las sumas que hacían los otros niños. Asimismo, aunque con cierta reticencia, el vicario había accedido a que una vez a la semana leyera un libro de historia. Pero el resto del tiempo debía limitarse a estudiar la Biblia.

—Contiene las suficientes enseñanzas para mantenerte ocupado toda la vida, jovencito —le había dicho el vicario muy serio.

Con todo, a veces el maestro se desesperaba con él. El niño inventaba extraños juegos con los números en lugar de resolver los problemas que éste le planteaba; si tenía que aprenderse un texto, lo hacía, pero luego se dedicaba a invertir el orden de las palabras para crear absurdas rimas. En más de una ocasión había tenido que castigarlo por alguna trastada, y el curso escolar acababa de empezar. En cuanto a sus preguntas, a su exasperante costumbre de indagar la explicación de las cosas en lugar de asimilar lo que le enseñaban, el maestro había tenido que informar de ello al vicario.

—Tiene una mente demasiado inquieta. Es preciso frenarle.

Sin embargo, los Pride se mostraban más tolerantes con él. Si Nathaniel lograba tentar al joven Andrew para que cometiera alguna diablura, siempre había algún aspecto de la cuestión que atraía a Pride, el tratante en madera.

—Deja que cometan travesuras —decía a su esposa—. Yo siempre andaba metido en líos. No les hará ningún daño.

Así pues, cuando cometían una trastada gorda y los castigaban, cosa que sucedía a menudo, Andrew y Nathaniel sabían, aunque no se dijera, que las personas adultas en casa no censuraban del todo esas fechorías.

Pero cuando una tarde, después de la escuela, Nathaniel contó a Andrew su nuevo plan, el joven Pride se quedó estupefacto.

—No puedes hacer eso —murmuró—. Es imposible.

—¿Por qué?

—Porque… es muy difícil. Además, no me atrevo.

—Pamplinas —le espetó Nathaniel.

Septiembre tuvo también un extraño efecto sobre la tía Adelaide. Ocurrió de improviso una noche, cuando ella y Fanny estaban sentadas como de costumbre en el saloncito.

Las sombras comenzaban a espesarse, pero la tía Adelaide había decidido no encender todavía las velas. Sentada en su butaca de orejas, apenas era visible en la penumbra al tiempo que el resplandor anaranjado que penetraba por las ventanas remitía poco a poco.

Aparte del suave tictac del reloj en el vestíbulo, la casa estaba en silencio y daba la impresión de que Adelaide estaba dormida cuando dijo de pronto:

—Ya va siendo hora de que te cases, Fanny.

—¿Por qué?

—Porque yo no estaré aquí siempre. Quiero verte casada antes de morir. ¿No has pensado en nadie?

—No. —Fanny se detuvo unos instantes—. No lo creo. —Y como no deseaba seguir con esta conversación en aquellos momentos, preguntó—: ¿No has pensado nunca en casarte, tía Adelaide?

—Tal vez. —La anciana suspiró—. Era muy complicado. Tenía que pensar en mi madre. No quería abandonarla y vivió muchos años. Yo ya había cumplido los cuarenta cuando murió. Y luego estaba esta casa. Tenía que ocuparme de ella. Lo hice por ella y por la familia.

—¿Y también por la anciana Alice?

—Por supuesto. —Adelaide asintió y luego, con una emoción que Fanny no pudo por menos de conmoverse, dijo—: ¿Cómo no iba a mantener Albion House tal como ellos deseaban? Te cases con quien te cases, confío en que tú hagas otro tanto, Fanny.

—Sí. —¿Cuántas veces había hecho ella esa promesa? Al menos un centenar. Pero sabía que la cumpliría.

—No debe deshonrar jamás a la familia. Cuando pienso —estalló la anciana como había hecho mil veces antes— en ese maldito Penruddock y sus repugnantes tropas, y en mi pobre e inocente abuela, obligada a cabalgar en plena noche, medio desnuda… ¡A su edad! ¡Ladrones! ¡Villanos! ¡Y Penruddock se hacía llamar coronel, el muy sinvergüenza!

Fanny asintió. Había llegado el momento de distraer a su tía de esas reflexiones.

—¿Asistió Penruddock al juicio, tía Adelaide?

—Desde luego.

Fanny supuso que su tía iba a lanzarse a una detallada descripción del juicio, como solía hacer, pero en lugar de ello la otra guardó silencio durante largo rato. Fanny se preguntó cuánto tiempo tendría que escuchar el tictac del reloj cuando Adelaide dijo:

—Mi abuela estaba equivocada. Siempre lo he pensado.

—¿Equivocada?

—En el juicio —repuso la anciana meneando la cabeza—. Fue débil, o demasiado orgullosa. ¡Qué necia fuiste, Alice! —soltó de sopetón—. No te rindas jamás, niña. ¡Jamás! Debes luchar hasta el fin. —Fanny no sabía qué responder cuando su tía prosiguió—: Durante el juicio, apenas dijo una palabra. Incluso se quedó dormida. Dejó que ese embustero de Penruddock y los demás le arrebataran su buen nombre. Dejó que aquel perverso juez les hostigara a todos y la condenara…

—Quizá no pudo hacer nada para impedirlo.

—¡No! —la contradijo su tía con inusitada vehemencia—. Debió protestar. Debió levantarse y haber dicho al juez y al tribunal que aquello era una farsa. Debió avergonzarlos.

—Seguramente se la habrían llevado de la sala.

—Sí, es lo más probable. Pero es preferible morir luchando. Si alguna vez te acusan de algo ante un tribunal, prométeme que lucharás, Fanny.

—Sí, tía Adelaide. Pero no creo probable —agregó Fanny— que me obliguen a comparecer ante un tribunal.

No obstante, su tía no pareció prestar atención a este comentario. Contemplaba con expresión ausente la mortecina luz que penetraba por la ventana.

—¿Has oído alguna vez a tu padre hablar de sir George West, Fanny? —inquirió Adelaide.

—Un par de veces. —Fanny trató de refrescar la memoria—. Es un amigo suyo de Londres, según creo.

—Una antigua y excelente familia. Su sobrino, el señor Arthur West, acaba de arrendar Hale. Como quiero ir a ver a mi viejo amigo el vicario de Fordingbridge, que está muy cerca, he decidido hacerle una visita.

—Ya. —Fanny sonrió para sí. Su ardid para distraer a su tía no había tenido éxito—. ¿Crees que el señor Arthur West es un buen partido?

—En todo caso lo tengo por un caballero. Su tío le legó parte de su fortuna, que era cuantiosa. Es cuanto sé, de momento.

—¿Te propones inspeccionarlo?

—Lo haremos ambas, Fanny. Tú me acompañarás.

Septiembre trajo también al señor Martell de regreso al Forest. Esta vez, se hospedó en casa de sir Harry Burrard.

Fanny había oído hablar mucho sobre el señor Martell y su inmensa propiedad en Dorset desde que Louisa había regresado de pasar unos días allí.

—Ay, Fanny, te aseguro que estoy enamorada de esa casa, lo mismo que lo estarías tú —exclamó—. Lamento que no hayas podido verlas. El emplazamiento es maravilloso, rodeada de grandes colinas cretácicas; y él es el amo y señor de la aldea.

—¿Es una casa antigua?

—La parte posterior es muy antigua, y reconozco que resulta sombría y solemne. Yo la derribaría. Pero el ala nueva posee unas estancias magníficas y una espléndida vista sobre el parque.

—Debe de ser muy agradable.

—Y la biblioteca, Fanny… A ti te habría encantado, de haber estado allí. Contiene más libros, todos exquisitamente encuadernados, que los que has visto en toda tu vida, y en una mesa colocan todos los periódicos londinenses, que se envían de la capital, para que puedas seguir el mundo de la moda. Yo pasé media hora allí, te lo juro.

—Celebro que el señor Martell pudiera admirar tu faceta estudiosa.

—Te aseguro que en su casa se comporta con toda naturalidad, Fanny. No se las da de intelectual. Nos divertíamos de muchas formas. El señor Martell dibuja muy bien e incluso admiró mis modestos esfuerzos. Este dibujo es uno de los que le gustaron más. —Louisa sacó un pequeño dibujo—. ¿Recuerdas el día en que fuimos todos a Buckler’s Hard?

Fanny tuvo que reconocer que el dibujo era muy bueno. Excelente. Era una caricatura, pero captaba a la perfección, pensó la joven, la personalidad del sujeto. Se trataba de Puckle. Louisa lo había plasmado como un gnomo, medio árbol y medio monstruo. Era una figura grotesca, absurda y un tanto repulsiva.

Al contemplarlo, Fanny se estremeció.

—¿No te parece un poco cruel? —preguntó.

—No supondrás que voy a dejar que ese hombre lo vea. Esto queda entre nosotros.

—Ah, entonces la cosa cambia. —Pero ¿qué dirías, pensó Fanny, si sospecharas que yo, una Albion, pudiera estar emparentada con este campesino? ¿Cómo me dibujarías entonces?

Fanny averiguó también a través de Louisa que Martell ya había escrito a sir Harry Burrard sobre el escaño parlamentario.

El mismo día en que el señor Martell llegó a casa de los Burrard, Louisa fue a decirle a Fanny que ella y Edward estaban invitados para ir a cenar allí, «puesto que sir Harry es pariente nuestro, ¿comprendes?». A Fanny no le sorprendió. Y dado que el señor Martell tenía previsto quedarse una semana o más, Fanny dedujo que iría a visitarla. Así pues, se quedó un tanto cariacontecida cuando su tía Adelaide le anunció:

—El martes iremos a Fordingbridge, Fanny. Mi amigo el vicario nos dará hospedaje esa noche. Por la tarde iremos a cenar a casa del señor Arthur West.

—¿No podríamos retrasarlo unos días? —preguntó Fanny. Era sábado. ¿Y si el señor Martell no se presentaba hasta el lunes? ¿O el martes? En ese caso no la vería.

—¿Retrasarlo? No, no, Fanny. Nos esperan el martes. Además, debemos estar de vuelta el miércoles por la tarde, pues esa noche tienes un compromiso en Lymington.

—¿Ah, sí? —Fanny sintió que el corazón le daba un brinco de alegría—. ¿Con los Burrard?

—¿Los Burrard? No. Pero acabo de recibir un mensaje, una invitación bastante aburrida, sin duda, pero deduje que aceptarías por cortesía. —Y Adelaide entregó a Fanny la invitación.

La señora Grockleton iba a dar un baile.

—Es perfecto. ¿No lo entiendes, señor Grockleton? —Su esposa estaba más contenta que unas pascuas—. Ha llegado el señor Martell. Louisa me ha asegurado que lo traerá. Además, él mismo me lo prometió y un caballero jamás rompe su palabra.

—Es posible —respondió el señor Grockleton malhumorado.

—Entre Louisa y el señor Martell, que a fin de cuentas se hospeda en casa de ellos, no pueden dejar de traer a los Burrard. Piensa en ello, señor Grockleton. —El señor Grockleton se esforzó en pensar en los Burrard—. Nuestro estimado señor Gilpin también asistirá, por puesto —prosiguió ella—. Y nadie puede negar que es un caballero.

—¿Y la señorita Albion?

—Sí, sí, ella también.

Aunque Fanny era una presa menos interesante, no dejaba de pertenecer a una familia impecable. La señora Grockleton incluso había empezado a pensar que si contara con la asistencia de una Albion, un Martell y los Burrard, quizá lograra atrapar a otro miembro de la aristocracia local. Tal vez un Morant.

—Les ofreceremos refrescos, una cena, contrataremos a la orquesta del teatro (estarán encantados, te lo garantizo) y serviremos vino, champaña y coñac. Encárgate de ello, señor Grockleton.

—Tendré que comprarlo.

—Por supuesto que tienes que comprarlo. ¿Cómo íbamos a conseguirlo sino?

—Olvidas —contestó él secamente— que soy el único entre Southampton y Christchurch que tiene que pagar el precio de venta al público. —Pero la señora Grockleton, si había oído el comentario, hizo caso omiso—. Aparte de la presencia, del señor Martell si es que acude al baile —inquirió el irritado funcionario—, ¿a qué vienen estas prisas? ¿Por qué tiene que ser el miércoles?

La señora Grockleton lo miró estupefacta.

—Está claro que debe ser el miércoles, señor Grockleton —replicó, deteniéndose unos instantes para darle tiempo a comprender por sí solo el motivo—. El miércoles es luna llena.

El martes amaneció despejado y soleado, y la tía Adelaide se sentía tan animada que parecía haber rejuvenecido veinte años.

—Estarás perfectamente con la señora Pride, Francis —dijo a su hermano.

Como esto era prácticamente una orden, el señor Albion no opuso ningún inconveniente. Llevándose al cochero y a una sirvienta para que las atendiera, Adelaide y Fanny partieron temprano por el camino de tierra que atravesaba el Forest hacia Ringwood, desde donde tomarían la excelente carretera que conducía a Fordingbridge.

—Llegaremos alrededor del mediodía —declaró la tía Adelaide alegremente.

Cuando llegaron a la explanada de Wilverley Plain, la anciana comentó con cierto tono de reproche:

—No pareces muy contenta, Fanny.

Él no había ido a verla. Había ido a cenar con los Totton —que podían haberla invitado a ella, pensó Fanny—, pero no se había presentado en Albion House. Quizá, teniendo en cuenta la recepción que le habían dispensado la vez anterior, no fuera de extrañar; pero a tenor de lo que él había dicho en el momento de despedirse, ella había confiado en recibir algún mensaje. Sin embargo, no había recibido nada: ni una carta, ni una palabra.

—No, tía Adelaide —respondió Fanny—. Estoy contenta.

Cuando llegaron a Wilverley Plain vieron a unos niños a lo lejos, pero no le dieron importancia.

El problema era el marrano. Un marrano adulto es un animal tremendo. No sólo pesa, sino que se mueve con extraordinaria velocidad. Tenían que ponerle un arnés para conducirlo. Y eso planteaba otro problema.

—Tendremos que meterlo en algún sitio durante la noche —sugirió Nathaniel. Eso les pareció un obstáculo casi insuperable hasta que uno de la pandilla se acordó de un primo que tenía una choza en Burley.

En lugar de tomar el sendero principal enfilaron por un camino que discurría a unos centenares de metros, al norte del mismo. A cierta altura del sendero se alzaba un viejo árbol, desnudo y solitario.

—Ése es el Hombre Desnudo —comentó Nathaniel. Los chicos los contemplaron con aire solemne—. Ahí es donde lo haremos.

El vicario era un hombre alto, delgado, con el pelo entrecano que les dispensó un afectuoso recibimiento. Parecía entusiasmarle la oportunidad de acompañarlas a cenar en Hale. El nuevo inquilino, según aseguró a Adelaide, parecía un caballero de pies a cabeza y había arrendado la mansión por un plazo de cinco años.

—Hale ha tenido varios dueños e inquilinos durante las últimas décadas —les explicó—, y ninguno se había ocupado mucho del lugar. Pero tengo entendido que el señor West se propone hacer unas obras en la casa.

La tía Adelaide expresó el deseo de descansar del viaje, y Fanny aceptó encantada que el vicario le mostrara la pequeña población de Fordingbridge. Los cinco ríos de Sarum, situados a unos quince kilómetros al norte, se unían al río Avon al pasar éste bajo el viejo y hermoso puente de piedra. Cuando Fanny regresó para prepararse para la excursión nocturna, se sentía relativamente más animada ante esta perspectiva.

Mientras el coche del vicario ascendía poco a poco por la colina de Godshill que daba acceso a la casa solariega de Hale, Fanny pensó que el lugar ofrecía ciertamente unas vistas encantadoras del valle del Avon. Cuando alcanzaron el largo camino que conducía a la casa, Fanny observó que la bella fachada georgiana mostraba señales de deterioro; pero en cuanto llegaron a la entrada y vio a los dos elegantes mayordomos que salieron a recibirles, comprendió que el señor West se había propuesto vivir por todo lo alto. Y la aparición del propio caballero confirmó su impresión.

El señor Arthur West era un caballero de treinta y cinco años, rubio y un tanto corpulento, cuyo carácter enérgico y viril indicaba a las claras que si alguien poseía una propiedad a la que le faltaba un amo, él estaba preparado por nacimiento a hacerse cargo de las obligaciones que ello conllevaba. Su herencia, aunque no le permitía establecerse como un terrateniente de la envergadura que él hubiera deseado, era lo suficientemente cuantiosa para permitirle mirar a cualquier heredera a la cara. Nadie podía tacharle de aventurero. Se merecía una heredera rica y se proponía conseguirla; y esta seguridad en sí mismo le confería un atractivo que le hacía irresistible a muchas mujeres de esa condición. Cuando menos, una mujer de esas características se percataría, cuando Arthur West clavara sus ojos azules en ella, que éste sabía muy bien lo que quería. Lo cual, como toda mujer descubre más pronto o más tarde, es muy de agradecer.

El señor West se mostró solícito y galante con tía Adelaide, cosa que complació a la anciana. En cuanto a Fanny, de inmediato conquistó sus simpatías de forma discreta y práctica, haciendo que ambos sintieran cierta afinidad y dándole a entender que, si ella lo deseaba, él la cortejaría. Puesto que era la primera vez que un hombre la trataba de ese modo, Fanny se mostró prudente; aun así, como la conducta de su anfitrión era, al mismo tiempo, impecable, supuso que podía explorar la situación sin exponerse, lo cual no dejaba de ser agradable.

—Mi tío me ha contado muchas historias sobre su padre y sus andanzas, señorita Albion —comentó él con una apacible sonrisa—. Debió de ser un hombre muy aventurero.

—Ya no, por desgracia, señor West.

—Bien, cada cosa tiene su época —respondió él con tono campechano—. Probablemente nos toca ahora a nosotros ser aventureros.

—Yo no soy muy aventurera, quizá por el hecho de vivir aquí.

—No lo creo, señorita Albion. —El señor West le dirigió una sonrisa casi juvenil—. En el campo siempre hay posibilidades de aventura para satisfacer a gente de bien como nosotros, ¿no cree?

—A mí me encanta el Forest —contestó Fanny con sencillez.

—Estoy de acuerdo con usted.

El señor West les entretuvo de forma muy grata en el gran salón. Mientras conversaba brevemente con el vicario, la tía Adelaide aprovechó la oportunidad para dar unos golpecitos a Fanny en el hombro y murmurar de modo audible que su anfitrión le parecía un hombre muy adecuado, y Fanny interpretó que, dado que no poseía unas tierras propias que le distrajeran de otros menesteres, el señor West podía encargarse perfectamente de Albion House. Pero en aquel momento, un criado anunció que la cena estaba servida y ahorró a Fanny el sofoco de responder a ese comentario, pues el señor West se acercó para escoltar a la anciana, del brazo, al comedor.

Fue una cena excelente. El señor West se encargó de amenizar la conversación. Les contó unas anécdotas muy divertidas sobre Londres y tuvo la amabilidad de interesarse por las opiniones de la tía Adelaide y de Fanny sobre los grandes acontecimientos del día; asimismo, se mostró fascinado sobre la guarnición francesa en Lymington y celebró escuchar cualquier historia que le relataran sobre la vida en el Forest.

También se mostró encantadoramente franco. Pues cuando Fanny comentó que llevaban una vida muy pacífica, los ojos del señor West reflejaron una expresión amable y cómica y respondió:

—No lo dudo, señorita Albion. Pero le aseguro que eso no representa ningún demérito respecto a la campiña. Nuestros ejércitos pelean y nuestros barcos patrullan los mares precisamente para salvaguardar esa paz.

También averiguaron que al señor West le gustaban las carreras de caballos, cazar y pescar.

Después de que les sirvieran el postre, el señor West propuso que en lugar de que los hombres se quedaran para beber unas copas de oporto, se retiraran todos a la biblioteca; lo cual a la tía Adelaide le pareció una idea muy acertada y rogó a su anfitrión que la disculpara si, a su edad, se retiraba temprano.

—Pero me gustaría recorrer una parte de la casa, señor West —dijo la anciana—, pues por extraño que parezca, como siempre estaba vacía, o arrendada por personas que casi nunca permanecían un tiempo prolongado, no tuve ocasión de hacerlo.

—En tal caso —respondió el amable anfitrión, levantándose—, si me disculpa por no haber tenido aún tiempo de arreglarla, la exploraremos juntos. —Y, comando un candelabro con una mano y ordenando a los criados que trajeran más, los condujo a todos hacia el pasillo.

Aparte de la biblioteca, en la planta baja había dos salones más reducidos. La decoración era la que uno imaginaba hallar en una casa solariega de la época georgiana, aunque un tanto deslucida. Los mejores muebles los había traído el señor West, pero algunos de los cuadros y las pocas tapicerías que había formaban parte de la casa y databan del siglo anterior; de modo que el lugar tenía un aire jacobino, el cual recordó a Fanny la sombría intimidad de Albion House.

Cuando hubieron examinado esas habitaciones, Fanny pensó que había llegado el momento de marcharse, pero su tía aún no había terminado.

—¿Qué hay arriba? —inquirió.

—Un rellano y una pequeña galería, y un saloncito —respondió el señor West—, y los dormitorios, por supuesto. Pero aún no los hemos arreglado y no están en condiciones de que se los enseñe.

—¿No podemos verlos, señor West? —preguntó la anciana—. Puesto que estoy aquí, confieso que siento una gran curiosidad.

—Como guste —contestó su anfitrión sonriendo—. Si la escalera…

—Subo la escalera todos los días —contestó tía Adelaide—, ¿no es cierto, Fanny?

Así pues, subieron todos lentamente, Adelaide del brazo del señor West, dos mayordomos portando los candelabros y el vicario siguiendo discretamente a Adelaide como su sombra, un peldaño más abajo, por si se caía. Al llegar al rellano se detuvieron unos momentos, tras lo cual el señor West se adelantó para abrir la puerta de una de las alcobas, que emitió un leve crujido.

Dentro estaba oscuro como boca de lobo, pero cuando los mayordomos penetraron con los candelabros, descubrieron unas vagas siluetas: un elevado lecho de cuatro postes cubierto con una pesada y vieja cortina hecha jirones; el tenue lustre de un sillón de roble pulido, el fantasmagórico centelleo de las velas reflejado en un espejo ennegrecido.

—Creo que nadie ha tocado estas habitaciones desde hace casi un siglo —declaró el señor West.

La siguiente alcoba era parecida a la primera y, tras echar una ojeada, la tía Adelaide le indicó que estaba dispuesta a descender de nuevo.

Cuando se dirigían hacia la escalera por un pequeño pasillo, la anciana se fijó en un retrato de gran tamaño en un recio marco dorado que había frente a ellos, pero los rasgos se hallaban ocultos en la sombra. Al observar el interés que había despertado en la anciana, el señor West pidió a uno de los mayordomos que sostuviera el candelabro más cerca y a la luz de las velas pudieron contemplar un retrato extraordinario.

Era un hombre alto, de aspecto solemne, moreno y bien parecido. Era un retrato casi de cuerpo entero y su ropa indicaba que había sido pintado hacía aproximadamente un siglo. Su largo cabello oscuro, que le caía hasta los hombros, era natural. Tenía la mano apoyada en la empuñadura de su recia espada y les contemplaba con ese aire frío, orgulloso y un tanto trágico que suele observarse en quienes eran amigos de los Estuardo.

—¿Quién es? —preguntó Adelaide.

—No lo sé —confesó el señor West—. Ya estaba aquí cuando llegué. —Se acercó al cuadro con una vela y observó la parte inferior del marco—. Hay un letrero —dijo—, pero no consigo leerlo. —Lo examinó unos instantes—. Ah —exclamó—, creo que ya lo tengo. Este caballero es… —West tardó unos momentos en leer la inscripción— el coronel Thomas Penruddock.

—¿Penruddock?

—De Compton… Compton Chamberlayne. ¿Les dice algo ese nombre?

Por supuesto. Fanny dedujo que se trataba de los Penruddock que antiguamente vivían en Hale. Pero ¿quién iba a adivinar que poseían un retrato de su pariente, o que lo hubieran legado con la casa? ¿Qué malhadada circunstancia les había deparado esta desagradable sorpresa?

La tía Adelaide se llevó una impresión tremenda. La anciana palideció y se sujetó a la balaustrada de roble, como si las rodillas no la sostuvieran. Emitió un gemido entrecortado y pareció que iba a desplomarse al tiempo que Fanny se apresuraba a su lado. Pero Fanny nunca se había sentido tan conmovida, ni tan orgullosa de su tía, como cuando ésta, para no incomodar a su anfitrión, se enderezó y respondió resueltamente:

—El nombre me resulta familiar, señor West. Antiguamente, los Penruddock eran dueños de esta casa. Y ahora —prosiguió tomando a Fanny del brazo—, deseo bajar. Gracias por esta encantadora velada, señor West.

De modo que Fanny la ayudó a descender hasta el recibidor y fue la única en percatarse de que su tía temblaba.

No obstante, cuando se disponían a montarse en el coche, la perspicaz Adelaide miró a Fanny y preguntó en voz baja:

—¿Te sientes bien, hija? Estás pálida.

—Sí, tía Adelaide. Estoy perfectamente —respondió Fanny sonriendo.

Lo cual no era cierto, aunque no deseaba explicar a su tía el motivo de su turbación. El retrato del coronel Penruddock le había resultado más que familiar: hasta el extremo de que apenas había podido reprimir una exclamación de asombro al contemplarlo a la luz de las velas.

La figura y el rostro eran los del señor Martell. Era su idéntico retrato.

Caleb Furzey había partido de Oakley el miércoles al alba. Solía recorrer una vez el mes el trayecto hasta Ringwood para visitar el mercado. En ocasiones llevaba unos cochinos para vender, o unos venados ilícitos. Llegaba a media mañana y, más pronto o más tarde, se topaba con uno de los Furzey de Ringwood. A última hora de la tarde se sentaba en el hostal bebía y charlaba con algún parroquiano. Hacia el atardecer, o incluso de noche, sus primos o el posadero lo instalaban en su carro y, mientras él descabezaba un sueñecito, el caballo, que conocía el camino tan bien como él, lo transportaba a paso lento por el camino que discurría por Burley y sobre Wilverley Plain, hasta casa.

Dado su carácter supersticioso y la fama vagamente misteriosa de que gozaba Burley, no habría sido de extrañar que Caleb Furzey se resistiera a pasar por Burley una noche de luna llena, pero ese día, según había dicho muy ufano a sus vecinos hacía poco, era una ocasión especial. Era el quincuagésimo cumpleaños de uno de sus primos de Ringwood.

—Y si no me presento —explicó a un desconcertado vecino—, dirán que no pudieron celebrarlo como era debido.

Así pues, en esos momentos atravesaba el Forest impaciente por gozar del calor familiar, el jolgorio y unas copas de vino. Cuando alcanzó Wilverley Plain vio que regresaba el carruaje de los Albion y, al cruzarse con él, saludó a los ocupantes de forma respetuosa.

El sol crepuscular declinaba sobre Beaulieu Heath esa tarde cuando Wyndham Martell partió a caballo a través del mismo. Había pasado dos horas muy interesantes con el señor Drummond de Cadland, pero debía regresar. Temía llegar tarde al baile ofrecido por la señora Grockleton.

Por lo que había podido deducir, apenas nadie iba a asistir al baile. Mientras Martell contemplaba el Forest que se extendía ante él, lo veía, como es natural, a través de los ojos de la aristocracia rural. Y para la aristocracia rural, aunque las gentes corrientes del Forest lo ignoraran, el Forest era una especie de lago. Las familias Mili y Drummond vivían en el este, y otras a lo largo de la costa; en el centro se hallaban los Morant y los Albion; las familias hacendadas vivían en torno al norte del Forest y en las propiedades situadas en el valle del Avon, como Bisterne, en sus límites orientales. Por el contrario, en cuanto su universo social, las aldeas y los poblados del Forest, e incluso la importante población de Lymington, apenas existían. «Allí no vive nadie», afirmaban sin el menor sentido de la realidad. Así pues, el deseo de la señora Grockleton de atraer a los miembros de esta clase a su órbita social no obedecía sólo a un problema de esnobismo, sino a un instinto primario: deseaba, sencillamente, existir.

Sus esperanzas de que asistieran los Burrard iban a verse frustradas. Al enterarse de que el señor Martell se disponía a visitar al señor Drummond de Cadland, la señora Grockleton había enviado un recado urgente por medio de Louisa rogándole que procurara traerse a ese caballero y a toda su familia, una sugerencia de la que Martell había hecho caso omiso. Pero los Totton asistirían sin duda, y él había prometido acompañarlos. Y Fanny Albion también estaría presente.

¿Por qué no había ido Wyndham Martell a visitar a Fanny?

A primera vista, sus pretextos parecían bastante razonables. Había ido a Lymington para conocer a sir Harry Burrard y ponerse a disposición de este caballero. Por lo demás, sir Harry lo había mantenido ocupado con charlas con él y reuniones con otros personajes importantes de la localidad, como el señor Drummond. Lo lógico era atender primero a estos asuntos y no habría sido correcto despertar las esperanzas de Fanny prometiéndole un encuentro que quizá tuviera que aplazar. Ahora bien, existía otro problema. Con certeza no sería bien recibido en Albion House y no le apetecía que lo echaran de allí por segunda vez. Por tanto, el ver a Fanny presentaba no pocas complicaciones.

Pero ¿no había podido enviarle un recado durante todos los días que estuvo allí? Podía, pero no lo había hecho.

Lo cierto era —como él sabía muy bien— que la había hecho aguardar a propósito.

La chica le caía bien, desde luego. No, tenía que reconocer que le gustaba mucho. Era bondadosa e inteligente. Daba muestras de una buena educación. Pertenecía a una familia de abolengo y era heredera de una modesta fortuna. Si él se casaba con ella, no podría decirse que hiciera una boda brillante, pero como había oído comentar con envidia a un joven petimetre en Londres hacía una semana:

—Con dos espléndidas propiedades, ese condenado de Martell puede casarse con quien quiera y seguir pareciendo un héroe.

Si conseguía uno de los escaños parlamentarios por Lymington y contraía matrimonio con la heredera de la propiedad de los Albion, sin duda su padre y sus amigos le felicitarían, y no podía negar que eso era importante para él. Y si en su fuero interno aspiraba a algo más que esos placeres convencionales, confiaba en que se lo proporcionara su carrera política.

Había otra cosa que le gustaba de Fanny. Era modesta y no había tratado de cautivarlo. Muchas mujeres en Londres habían tratado de hacerlo; si bien al principio resultaba halagador, a la larga le aburría. Le complacía el que una joven impertinente como Louisa Totton se propusiera conquistarlo, porque, pese a sus defectos, no era lo suficientemente sofisticada para engañarlo y le divertía. Pero Fanny era un caso muy distinto. Fanny poseía un carácter más sencillo, más puro, aparte de ser más inteligente.

Y lo estaba esperando. Si él lo deseaba —pero no estaba seguro de desearlo—, ella estaba dispuesta a ser suya. Él no temía la competencia. Le gustaba jugar y ganar. Sin embargo, en lo tocante al matrimonio, si había rivales siempre existía la posibilidad de que la mujer tuviera el corazón dividido. Y el señor Wyndham Martell deseaba un corazón que le perteneciera a él única y exclusivamente, de principio a fin.

Así pues, en materia del corazón los juegos no le gustaban. A menos, claro está, que las reglas las impusiera él. Todo hombre sabe que si una mujer le espera no es malo prolongar esa espera un poco más.

Esta noche ella estaría allí, en el baile de la señora Grockleton.

Algunos quizás habrían dicho que había un exceso de plantas. Pero ella había aplicado la máxima infalible: en caso de duda sobre el mobiliario de una habitación o la calidad de los convidados, llena el lugar de flores. Y, en la medida en que lo permitía el mes de septiembre, eso era justamente lo que había hecho la señora Grockleton. Cada imperfección quedaba disimulada por una rosa tardía o una planta. Esta noche la entrada al salón de celebraciones de Lymington parecía un auténtico invernadero.

—Confieso, señor Grockleton —declaró la buena mujer mientras admiraba la florida escena acompañada por su esposo y sus hijos—, que estoy hecha un flan. —Y si cabe decir que una rechoncha dama ataviada con un traje de ceremonia temblaba como un flan, era totalmente cierto—. Ofreceremos un refrigerio, baile, naipes… He hecho lo que he podido. En cuanto a los invitados… —Pero no terminó la frase.

Los invitados constituían, en términos sociales, un batiburrillo. Su núcleo, por supuesto, estaba formado por las jóvenes que estudiaban en la academia de la señora Grockleton. El baile, oficialmente, había sido organizado en honor de ellas. Ése era el pretexto de la señora Grockleton. Las jóvenes, sus padres y sus hermanos eran los participantes, ella la directora que presidía el evento. Si los Burrard se presentaban y les disgustaba la presencia de algunos de los padres, jamás cometerían la grosería de ofender a las jóvenes damas que asistían a la academia ni a la directora de la misma. Si ella no podía resistir realizar unas pequeñas incursiones sociales más allá de esta posición defendible, al menos podía ampararse en ella.

Los oficiales franceses eran un elemento importantísimo. Atractivos, innegablemente aristocráticos y más que satisfechos —huelga decirlo— de asistir a cualquier acto donde les ofrecieran bailar y comer de balde, los franceses bailarían con las hijas de los comerciantes y conversarían de tú a tú con el señor Martell. La señora Grockleton habría estado dispuesta a invitar a un centenar de regimientos en estas condiciones.

—Da la impresión —comentó a su esposo— de que esta noche Versalles ha renacido en Lymington.

Con todo, salvo que esa noche naciera una historia de amor entre un aristócrata francés y una de las jóvenes, los franceses eran en última instancia unos meros títeres en el grandioso juego de contactos influyentes que ella había concebido.

¿Podía presentar el distinguido médico de la población al señor Martell? Sin duda. ¿Y los padres comerciantes de algunas de las muchachas? Probablemente no. El encuentro con el que soñaba la señora Grockleton era el del bendito descubrimiento. Si, pongamos por caso, los Burrard aparecían, se encontraban con otra ilustre familia y advertían que ella era amiga de éstos, lo lógico es que ellos la aceptaran también. Así, si el señor Martell traía al señor Drummond, el señor Drummond comprobaría que ella conocía a los Albion. Y, naturalmente, si ella lograba que la invitaran a Cadland y se encontraba allí con los Burrard…

—Son contactos influyentes, señor Grockleton —explicó a su marido—. Es cuestión de tener contactos influyentes.

Aproximadamente una cuarta parte de su inmensa energía mental la señora Grockleton la invertía en soñar sobre descubrimientos y contactos.

—Al margen de quiénes se presenten —dijo, refiriéndose, por supuesto, sólo a gente como los Drummond o los Burrard—, nos encontrarán a los Totton, a nosotros mismos, a los Albion y al señor Martell todos reunidos aquí. Espero que todo vaya bien.

—Descuida, querida —respondió su esposo.

El salón principal presentaba un aspecto magnífico. Las mesas de naipes habían sido instaladas en un lado de la habitación. La comida, de la que se había encargado el señor Seagull del Angel Inn, el vino y el coñac, que el señor Seagull había vendido también al funcionario de aduanas al precio de venta al público sin el mínimo esfuerzo, ya estaban preparados. Dentro de media hora, cuando los invitados empezaran a llegar, él estaba convencido de que no podrían por menos de sentirse satisfechos.

—Y en cuanto comience a sonar la música —dijo con tono jovial— y empiece el baile…

La señora Grockleton asintió. De golpe la señora Grockleton se detuvo y acto seguido emitió una exclamación que era casi un chillido:

—¡Ay, señor Grockleton! ¿Qué vamos a hacer?

—¿Qué ocurre, querida? —preguntó alarmado su esposo.

—¡Un desastre! ¡Ay, señor Grockleton, he olvidado la orquesta!

—¿La orquesta?

—La orquesta, sí. Los músicos. Olvidé contratarlos. No tenemos orquesta. ¡Ay, señor Grockleton! ¿Cómo vamos a bailar sin una orquesta?

El señor Grockleton confesó que no lo sabía. Su esposa miró desesperada a sus hijos, como si pudiera transformarlos, como un mago, en unos violinistas. Pero como ese milagro no ocurrió, la señora Grockleton se volvió hacia su marido.

—¡Un baile sin música! ¿Qué será de nosotros? —Entonces se le ocurrió un pensamiento aún más escalofriante—: ¿Y si se presentan los Burrard? ¡Apresúrate, señor Grockleton! —exclamó la mujer—. ¡Corre al teatro y mira a ver si los músicos están allí!

—Pero si ponen una función…

—Una función sólo son palabras. Es imprescindible que vengan aquí.

—Esta noche no hay función, mamá —terció uno de sus hijos.

—Entonces ve a buscar a los músicos. Corre. Un piano. Señor Grockleton. Tráeme un piano. Lo tocará el señor Gilpin. Sé que sabe tocar el piano.

—Puede que el señor Gilpin no desee…

—Por supuesto que lo tocará. Debe hacerlo. —E impartiendo órdenes a diestro y siniestro, la señora Grockleton no tardó en conseguir que su marido, sus hijos, sus sirvientes e incluso Isaac Seagull corrieran frenéticamente de acá para allá. Veinte minutos más tarde había un piano en la sala, aunque algo desafinado. Al cabo de unos momentos apareció un violinista con su instrumento. Aquel día no se había afeitado y quizá se había tomado un par de copas, pero dijo que estaba dispuesto y les indicó las señas de un colega suyo; y cuando llegó la primera pupila de la señora Grockleton con su padre, el comerciante de carbón, la señora Grockleton se sintió aliviada, aunque no menos desconcertada, al oír a su violinista empezar a tocar la gaita detrás de un tiesto.

La luna llena lucía en el cielo cuando el coche partió de Albion House.

El deseo de la señora Grockleton de celebrar su baile una noche de luna llena era muy natural. En las zonas rurales, donde las gentes tenían que recorrer de noche varios kilómetros para regresar a sus casas, siempre preferían hacerlo cuando la luna brillara con fuerza y organizaban los bailes de acuerdo con esta circunstancia, en épocas en que el cielo solía estar despejado. Aunque los salteadores de caminos no frecuentaban los senderos del Forest desde el asunto del Ambrose Hole, la gente seguía prefiriendo regresar a sus casas con luna llena.

No obstante, esta noche, Fanny no creía que regresaran tarde. En primer lugar tenía motivos para sospechar que la velada no resultaría grata. Y en segundo, se había producido un hecho que los había pillado a todos por sorpresa.

El señor Albion había decidido asistir también.

Al regresar a casa por la tarde lo habían encontrado ya vestido. El anciano había insistido en ir. Era difícil adivinar si lo hacía porque hubiera adquirido de improviso renovado vigor o porque estuviera enojado por haberlo dejado solo durante un par de días, pero el caso es que el viejo Francis rechazó todo intento de disuadirlo y como temían enfurecerlo, tuvieron que claudicar. Decidieron que la señora Pride les acompañara por si se presentaban complicaciones.

La tía Adelaide estaba cansada, pero de buen humor. Aunque apenas dirigió la palabra a su hermano —salvo para transmitirle cordiales saludos del señor West e informarle de que el nuevo inquilino de Hale era un caballero de pies a cabeza—, la anciana había expresado a Fanny su opinión sin ambages. «Es un buen partido —afirmó—. ¿No crees?» Y cuando Fanny había respondido que le parecía un hombre sensato, Adelaide le había preguntado: «¿Te gusta, hija?»

—No lo sé, tía, de veras —había replicado Fanny—. Acabo de conocerlo.

Su tía se había contentado con dejar las cosas así y se había abstenido de seguir interrogándola. Pero al observar el talante de la anciana, sentada en el coche envuelta en un chal, Fanny dedujo que tía Adelaide pensaba que el esfuerzo que requería atravesar el Forest no había sido en vano y que había hecho algo importante de cara al futuro de Fanny.

En cuanto a sus sentimientos, Fanny ya no sabía qué sentía. El silencio del señor Martell, la certeza —se lo había preguntado a la señora Pride— de que después de marcharse ella no había llegado ningún recado de él y el siniestro parecido que guardaba con el retrato de Penruddock habían supuesto para ella unos golpes difíciles de encajar. No estaba segura de querer que su pobre tía viera a Martell, pues Adelaide, aunque sus ojos fueran viejos, no podría dejar de observar el terrible parecido con el coronel; y Fanny deseaba ahorrarle ese mal trago.

Mientras avanzaban traqueteando por la calle Mayor hacia el lugar donde iba a celebrarse el baile había llegado a la conclusión de que prefería que Martell no asistiera. Al cabo de unos minutos, al pasar lentamente a través de los tiestos hacia el salón principal, Fanny tuvo la impresión de que no sentía nada.

Los Burrard no habían acudido. Pero todos los Totton estaban presentes, y el conde y su esposa, y todos los oficiales franceses. El enjambre de jóvenes alumnas de la academia de la señora Grockleton ofrecía un espectáculo encantador; y si alguno de los padres lucía una chaqueta de corte un tanto rústico o más polvo del necesario, o reían escandalosamente, o emitían unas tímidas e irritantes risitas, sólo un infame se habría percatado de ello. El señor Gilpin también estaba presente, con aspecto un tanto hosco. Del señor Martell Fanny no vio ni rastro.

Su padre y la tía Adelaide expresaron el deseo de sentarse, y Fanny tuvo que reconoce que el señor Grockleton se portó de un modo admirable, pues los instaló en unas sillas en un rincón, les llevó a personas del todo respetables como el doctor y su esposa para que conversaran con ellos y se ocupó de que nada les faltara, a fin de que Fanny pudiera charlar con sus amigos. Después de saludar a sus primos, ésta consideró su deber, dada su posición social, saludar al resto de asistentes; así pues, durante un rato estuvo demasiado ocupada charlando animadamente con diversas familias de Lymington y el contingente francés para reparar en otras cosas, aunque en un par de ocasiones echó una ojeada a su alrededor y comprobó que el señor Martell no había llegado todavía. Con todo, Fanny se quedó asombrada al ver, cuando la señora Grockleton dio unas palmadas y su marido anunció con voz solemne el comienzo del baile, que el señor Gilpin se sentaba, con cara de fastidio, al piano y, acompañado por dos violinistas, se ponía a tocar.

—¡Un minueto! —exclamó la señora Grockleton—. Acércate, Fanny, y tú también, Edward, para dirigir el baile.

Fanny y Edward bailaban bien. El conde y su esposa los imitaron, los otros oficiales franceses no tardaron en tomar pareja y el baile comenzó bajo excelentes auspicios; aunque cuando Edward murmuró al oído de Fanny que el señor Gilpin estaba sentado al piano porque la señora Grockleton había olvidado contratar a la orquesta, a Fanny por poco le da un ataque de risa. Después del minueto bailaron otras danzas. Al cabo de un rato, el señor Gilpin pidió que alguien lo relevara al piano y se levantó. Pero los dos violinistas, que se hallaban en su elemento, interpretaron un par de aires campestres, los cuales hicieron que la mayoría de gentes de Lymington saliera a la pista de baile; de forma que fue una escena muy alegre, aunque no muy elegante, la que contempló el señor Martell cuando entró discretamente por el extremo opuesto del salón en el preciso momento en que sirvieron el refrigerio.

Al principio, Fanny no lo vio. Con ayuda de Edward había llevado a su tía un poco de tarta de frutas y una copa de champaña, pues era cuanto le apetecía; pero el anciano Francis Albion, quien parecía disfrutar de lo lindo, pidió un plato de jamón y una copa de clarete. No contento con esto, miró a su hija con una expresión picaruela —que Fanny jamás había visto— y le pidió que le llevara algunas jóvenes damas para charlar con él. Fanny se quedó atónita ante la transformación de su padre y se apresuró a hacer lo que le pedía.

Al cabo de unos minutos, mientras conversaba con uno de los oficiales franceses, Fanny se percató de golpe de una presencia junto a ella y comprendió en el acto, con un estremecimiento, de quién se trataba.

—Llevo un rato buscándola, señorita Albion —dijo el señor Martell y ella, casi sin querer, alzó la vista y lo miró.

La breve exclamación que emitió Fanny fue del todo involuntaria, al igual que la expresión horrorizada que debía de mostrar, pues al observarla Martell frunció el ceño. Pero ella no había podido evitarlo, pues a su lado se hallaba el hombre cuyo retrato había contemplado la noche anterior.

Era increíble. No era un simple parecido, en el pelo, en los hermosos rasgos solemnes o en la expresión orgullosa. Era el mismo hombre del retrato. Hasta el extremo de que Fanny pensó que en esos momentos, en Hale House, el marco que colgaba en el umbroso corredor había quedado vacío, y que el coronel Penruddock había salido del cuadro, se había cambiado de ropa y se hallaba ahora junto a ella, alto, moreno, pletórico de vida y amenazador. Fanny dio un paso atrás.

—¿Ocurre algo? —No era de extrañar que Martell estuviera perplejo.

—No, no, señor Martell.

—¿No se siente bien?

Él la miró preocupado, pero ella meneó la cabeza.

—Debí ir a visitarla, pero sir Harry me ha tenido muy ocupado.

—En cualquier caso no me habría encontrado, señor Martell, pues los dos últimos días he estado ausente.

—Ah. —Martell se detuvo unos instantes.

—En una casa que visité hace poco, contemplé un retrato que guarda un parecido extraordinario con usted, señor Martell.

—¿De veras? ¿Era un rostro tan desagradable como el mío, señorita Albion?

Si este comentario estaba destinado a arrancar una sonrisa a Fanny, no lo consiguió.

—Un tal coronel Thomas Penruddock, de Compton Chamberlayne. Por la época de Carlos II o un poco posterior.

—¿El coronel Thomas? —El semblante de Martell traslucía un profundo interés—. ¿Y dónde vio ese retrato?

—En Hale.

—No sabía que existiera. Qué suerte que lo haya descubierto, señorita Albion. Debo ir a verlo. —Martell sonrió—. El coronel Thomas Penruddock era el abuelo de mi madre. Mi antepasado. Pero no tenemos un retrato de él.

—¿Es usted un Penruddock?

—Ciertamente. Los Martell y los Penruddock están emparentados por matrimonio desde hace siglos. Yo soy un Penruddock de los pies a la cabeza —declaró el señor Martell sonriendo—. Si se lleva a uno de nosotros, señorita Albion, se lleva a los dos.

—Ya. —Fanny mantuvo la calma—. Hubo una disputa entre los Penruddock y una familia llamada Lisle en New Forest.

—Eso he oído. Los Lisle de Moyles Court, según creo, aunque confieso que desconozco los detalles. La rama de esa familia era más respetable, ¿no es así?

—No sabría decírselo.

—Claro. De eso hace mucho.

Fanny miró hacia el lugar donde estaban sentados su padre y tía Adelaide. El señor Albion charlaba animadamente con dos jóvenes damas, pero su tía parecía adormilada. Tanto mejor. No convenía que se percatara de la presencia de un Penruddock en la reunión.

—Quizá, si su padre está de mejor humor —decía su interlocutor—, pueda ir a visitarla…

—Creo que es preferible que no lo haga, señor Martell.

—Bien. Mañana los Burrard dan una cena. Tengo una nota de lady Burrard invitándola a usted. ¿Puedo decirle…?

—Me temo que ya tengo otro compromiso, señor Martell. Pero dele las gracias de mi parte. Mañana le enviaré una nota. —De pronto Fanny se sintió muy cansada—. Ahora debo ir a atender a mi padre —dijo.

—Por supuesto. Cuando comience el baile me acercaré a pedirle que baile conmigo.

Fanny sonrió educada pero fríamente y se retiró hacia un extremo de la sala, dejando a Martell un tanto desconcertado. Era evidente que entre ellos se había producido un distanciamiento, pero él no estaba seguro de la causa. ¿Era porque no había ido a verla desde su llegada a Lymington? ¿Existían otros motivos? Sin duda el problema tenía solución, y él estaba impaciente de hacerlo, y de no haber sido por la peligrosa presencia del viejo Albion la había seguido. De todas formas, al cabo de unos momentos apareció Louisa y cuando ésta comentó que estaba hambrienta, Martell no tuvo más remedio que escoltarla hacia la mesa donde habían servido el refrigerio. Transcurrió casi media hora antes de que el sonido de los violines señalara la reanudación del baile, pero ella no se movió.

En esto algunos de los convidados más avispados que se hallaban en el salón principal empezaron a darse cuenta de que había algo raro en el baile de la señora Grockleton. Los dos violinistas trabajaban con ahínco, pero uno se estaba poniendo rojo como la grana y el otro, entre baile y baile —e incluso durante un baile— se detenía de vez en cuando para echar un trago de un pichel que no contenía agua precisamente.

¿No desafinaban un poco? ¿No omitían de vez en cuando alguna nota? Habría sido una grosería preguntárselo a los anfitriones. El señor Grockleton murmuró a su esposa que iba a quitarle el pichel al violinista.

—Si haces eso —le advirtió ella—, nos exponemos a que deje de tocar.

Su esposo no insistió.

Los achispados asistentes se lanzaron —nunca mejor dicho— a ejecutar un alegre baile campestre en el preciso momento en que el señor Martell vio a Fanny, sola. Se dirigió hacia ella sin pérdida de tiempo, pero ella no reparó en él. Estaba pendiente de otras cosas.

La tía Adelaide se había dormido, cómodamente instalada en su silla. Pero el viejo Francis Albion presentaba un aspecto increíble. Fanny jamás había visto nada igual. Iba por su segunda copa de clarete y no dejaba de sonreír. Las damas en general, desde las amigas de Fanny de la academia hasta la esposa del conde, habían decidido adoptarlo. Había por lo menos seis sentadas alrededor del viejo Albion y a sus pies, y a juzgar por el fulgor en los ojos azules del anciano y las risas de las damas, éste las tenía muy entretenidas. Fanny meneó la cabeza asombrada, preguntándose si en los largos años de sus viajes, antes de que ella naciera, su padre acaso había tenido una vida social más activa de lo que ella había imaginado.

—¿Me hace usted el honor de concederme el próximo baile?

Ella se volvió. Ya tenía decidido lo que haría si se presentaba el caso. Pero ahora debía cumplirlo.

—Gracias, señor Martell, pero en estos momentos no me apetece bailar. Estoy un poco cansada.

—Lo lamento. Pero celebro que esto me dé la oportunidad de hablar con usted. Mi estancia aquí concluirá dentro de poco. Luego regresaré a Dorset.

Fanny inclinó la cabeza y sonrió cortésmente. Al mismo tiempo, miró alrededor de la sala confiando en hallar el medio, sin cometer una grosería, de frustrar el intento de Martell de conversar con ella. Vio al conde y lo saludó con una inclinación de la cabeza; también vio al señor Gilpin, pero estaba de espaldas a ella.

La interrupción se produjo súbitamente, en la persona de la señora Grockleton.

—¡Por fin le encuentro, señor Martell! Pero ¿dónde está nuestra querida Louisa?

—Creo, señora Grockleton, que ella…

—¿Cree, señor? No me diga que la ha perdido. —¿Había bebido la señora Grockleton quizás un par de copas de champaña?—. Vaya enseguida en su busca, señor. En cuanto a esta jovencita —añadió volviéndose hacia Fanny y sacudiendo el dedo—. Ha llegado a mis oídos la interesante noticia de que una cierta joven ha visitado a un cierto caballero en Hale. —La señora Grockleton sonrió a Fanny—. He hablado con su tía, señorita. Se ha formado una excelente opinión de su señor West.

—Apenas conozco al señor West, señora Grockleton.

—Debió traerlo al baile —dijo la señora Grockleton, haciendo caso omiso de la evidente turbación de Fanny—. Tengo para mí que nos lo oculta.

Fanny no sabía cómo silenciar a su anfitriona, pero en ese momento se acercó el galante conde, le pidió que bailara con él el minueto que acababa de comenzar y, murmurando al señor Martell que había prometido al conde este baile, lo cual no era cierto, Fanny aprovechó airosamente esta escapatoria.

—Cuando termine este baile, señorita Albion, ¿desea que la conduzca de nuevo junto a la señora Grockleton? —inquirió el francés con una mirada picara.

—Lo más lejos posible —le rogó Fanny.

Fanny consiguió eludir al señor Martell durante otro cuarto. Lo vio bailar con Louisa y luego buscó refugio en la compañía del señor Gilpin, con quien comentó las incidencias del baile.

Lamentablemente, ya no podía negarse que el baile de la señora Grockleton no se desarrollaba como era de esperar. Debieron de haberle quitado el pichel al violinista, pues contenía una potente mezcla de clarete aderezado con coñac y sus dedos resbalaban sobre las cuerdas. Del violín brotaban unos sonidos decididamente extraños. Algunas personas se reían sin disimulo. Al mirar hacia la entrada, Fanny vio a Isaac Seagull de pie, contemplando la escena con expresión divertida, y se preguntó qué pensamientos pasarían por su cínica mente. De pronto se le ocurrió que su presencia, la cual le recordaba los siniestros secretos de sus propios antepasados, se asemejaba a las notas discordantes de la música.

—Es preciso hacer algo —murmuró Gilpin—. Si Grockleton no interviene, tendré que hacerlo yo.

En esto el violín, como para darle pie, emitió un angustioso chirrido que hizo que los danzarines se pararan en seco.

En esos momentos el vicario hizo una señal a Grockleton, acompañada por un gesto con la cabeza, y el funcionario de aduanas avanzó airosamente hacia la pista de baile, dio unas palmadas, alzó uno de aquellos apéndices semejante a una garra y anunció:

—Damas y caballeros, sé que se hace tarde para algunos de ustedes. De modo que el señor Gilpin ha accedido a ofrecernos un último (no, es usted muy generoso, señor) dos últimos minuetos.

El primero empezó bien. Fanny formó pareja con uno de los oficiales franceses. Louisa bailó de nuevo con el señor Martell, pero evitó mirarlos. El señor Gilpin, sentado al piano, se las apañó de un modo admirable. Pero hacia el final se produjo el desastre.

Los dos violinistas decidieron que no habían terminado. Ambos se hallaban en tal estado de embriaguez que estaban disfrutando de lo lindo y no consentían la menor intromisión. Estaban convencidos de que el señor Gilpin necesitaba su acompañamiento. De golpe, los bailarines se percataron del sonido que emitían las cuerdas. Esto no habría tenido gran importancia, puesto que el señor Gilpin seguía tocando sin amedrentarse, de no ser porque los otros dos habían llegado a la conclusión de que no sólo debían acompañar al bueno del vicario, sino dirigirlo. Así pues, al cabo de unos instantes los bailarines advirtieron otro sonido más estridente de las cuerdas, más sonoro e imperioso, el cual, por desgracia, no se ajustaba a la melodía que tocaba el vicario de Boldre. En realidad parecía tratarse de un baile campestre. Los bailarines se detuvieron. El señor Gilpin dejó de tocar, furioso.

El señor Grockleton dio un paso adelante, trató de razonar con los violinistas, que seguían tocando, alargó el brazo para obligar a uno de ellos a parar y éste reaccionó golpeándole en la cabeza con el violín. Pálido y temblando de ira, el señor Grockleton agarró a uno de los violinistas y trató de llevárselo de allí, pero el otro, que seguía sosteniendo el pichel, derramó el contenido de éste sobre el funcionario de aduanas y la emprendió a puñetazos contra él. El altercado pudo haber tenido consecuencias graves de no haber intervenido la señora Grockleton, que clavó las uñas del índice y el pulgar en la oreja del violinista, haciéndole lanzar un grito de dolor, y lo condujo a rastras hacia la salida, para regocijo de Isaac Seagull, pasando entre los tiestos y arrojándolo a la calle.

Las buenas gentes de Lymington rompieron a reír y a aplaudir; rieron a mandíbula batiente hasta casi llorar, lo cual, después de haber perdido todo vestigio de dignidad, habría sido lo más sensato. El señor Gilpin, visiblemente irritado pero negándose a permitir que la velada terminara de esa forma, esperó paciente un par de minutos junto al piano, tras lo cual reanudó resueltamente el minueto, que los bailarines, por lealtad, ejecutaron de nuevo hasta el final. Pero en vista de que los Grockleton habían regresado y en la sala seguían resonando las carcajadas de los asistentes, el bueno del vicario trató con gallardía de salvar la situación.

Con admirable aplomo, avanzó hasta el centro de la sala y dijo:

—Damas y caballeros, en los tiempos de la antigua Roma era costumbre de conceder un triunfo a los generales victoriosos a su regreso. Creo que todos estarán de acuerdo conmigo en que nuestros amables anfitriones se han ganado ese triunfo. Pues han expulsado a los bárbaros de nuestras puertas.

Los asistentes comenzaron a patear el suelo, a gritar «¡bravo!» y aplaudir con entusiasmo. Fanny, que permanecía un tanto retirada, oyó murmurar a una voz que reconoció como la de Martell:

—Bien hecho, señor.

—Y ahora estoy a su disposición para un último baile. ¿Qué desea que toque, señora Grockleton?

No sería cierto decir que todos los asistentes enmudecieron. En la sala sonaron unos murmullos emitidos detrás de manos, a espaldas de otros, sofocados por pañuelos y abanicos. La señora Grockleton los oyó. Sonrió tímidamente y dijo:

—Un aire campestre.

En realidad era lo que todos deseaban bailar: los aristócratas franceses, los tratantes en carbón de la localidad, los abogados. Fanny no estaba segura de que el señor Isaac Seagull no participara también en el baile. El señor Gilpin tocó con entusiasmo, con el claro propósito de ofrecerles cinco minutos de diversión.

Sin embargo, Fanny se abstuvo de bailar. Permaneció en un discreto segundo plano, contentándose con observar la escena sin que repararan en ella. Buscó a Martell con la mirada, pero no lo vio. Louisa bailaba con un joven francés. Fanny arrugó el ceño. Entonces lo comprendió. Antes de que se iniciara el baile había oído su voz a sus espaldas. Por tanto, debía de estar cerca de ella. Fanny no se atrevía a volverse, por miedo a que le pidiera bailar con él. Pero si estaba detrás de ella, ¿qué hacía ahí? ¿Acaso quería decirle algo? ¿Cómo iba ella a hablar con él, de qué habría servido habida cuenta lo poco que ella significaba para él y el hecho, para colmo, de que era Penruddock? Fanny deseó que, si estaba allí, desapareciera.

Pero algo había ocurrido en la pista de baile. En torno a Louisa se había arremolinado un grupo de muchachas. Ella dijo algo a su pareja, quien se encogió de hombros y sonrió amablemente. El remolino de muchachas avanzó hacia el borde de la pista de baile, donde se encontraba su padre. Louisa, que se había separado del grupo, se acercó al anciano y le dijo unas palabras. El señor Albion se sonrojó y la tía Adelaide, que estaba despierta, también dijo algo, pero el anciano no le prestó atención. El padre de Fanny se levantó, con una joven a cada lado, mientras las otras reían y aplaudían. ¡Santo cielo, Louisa Totton conducía al anciano hacia la pista de baile!

El anciano se puso a bailar, no sin cierta rigidez, como es natural, mientras Louisa lo sostenía. Francis Albion ejecutó un baile campestre. Los otros bailarines se apartaron, formando un círculo, aplaudiendo mientras el anciano, que no había salido de su casa en muchos años, bailaba entre ellos con una bonita joven y, aunque ésta lo sostuviera, ello no impedía que ambos formaran una elegante pareja. Fanny se alzó de puntillas para ver mejor, sintiendo que el corazón le latía aceleradamente de temor y gozo. Louisa reía con expresión de alegría y admiración. Su padre, que estaba a punto de cumplir los noventa, estaba bailando ante todo el mundo. Con un gesto que decía «ya os enseñaré un par de cosas», el viejo Francis se separó de su pareja, interpretó una breve danza en solitario y, cuando la sala prorrumpió en aplausos, se volvió hacia Louisa, de pronto palideció, se llevó la mano al cuello como si se ahogara y cayó de cruces en el suelo. El señor Gilpin, por su lado, que no se había percatado de lo ocurrido, siguió tocando varias estrofas hasta que el silencio sepulcral le advirtió de que había ocurrido un percance y se detuvo.

—¡Cuánto lo siento, señorita Albion!

Fanny oyó la voz de Martell a sus espadas, pero no se volvió. Se abrió paso apresuradamente entre los bailarines y al llegar junto a su padre comprobó que, por milagro, había empezado a incorporarse sostenido por los fuertes brazos de la señora Pride. Sin decir una palabra, ésta lo transportó hacia la entrada para que respirara un poco de aire fresco. Al poco se acercaron el señor Gilpin y el médico de Lymington.

Al cabo de unos minutos, sin saber con certeza el resultado de esa escena, los convidados recogieron sus capas y abrigos y se marcharon.

Y la pobre señora Grockleton, después de lo que ha pasado esa noche, sólo fue capaz de volverse hacia su marido y exclamar con tono lastimero:

—¡Ay de mí!

El marrano estaba listo y la luna brillaba en lo alto mientras el carro en el que iba montado Caleb Furzey avanzaba por el sendero, a través del desolado paraje sembrado de aulaga de Wilverley Plain.

El cielo estaba despejado y tachonado de estrellas; la luna resplandecía con esa intensidad íntima y siniestra, como suele hacer cuando es luna llena.

Los seis chicos aguardaban junto al árbol que llamaban el Hombre Desnudo. El marrano se mostraba en extremo pacífico, probablemente porque le habían alimentado bien. Gruñó un poco, pero nada más.

El carro se aproximaba al lugar. El caballo avanzaba despacio. Lo único visible de Caleb eran sus pies, apoyados en el costado del carro. Del interior del mismo brotaban unos ronquidos magnificados por la magia de la luna.

Nathaniel y Andrew Pride fueron los primeros en salir. El viejo caballo los reconoció, de modo que cuando Nathaniel le sujetó la cabeza el animal se detuvo sin protestar.

No fue difícil quitarle el arnés. La tarea de Andrew consistía en conducirlo a través de la planicie y atarlo a un tronco detrás de una frondosa mata de aulaga, a unos centenares de metros. El siguiente paso consistía en colocar al marrano en el lugar del caballo.

El improvisado arnés que habían confeccionado servía, pero las varas del carro estaban demasiado altas. Dos de los chicos trataron de estirarlas hacia abajo, pero no lo lograron.

Otros dos chicos sumaron su peso a las varas y las estiraron hacia abajo, pero no lo suficiente. El marrano comenzó a revolverse. Nathaniel lo sostuvo, pero era un animal de gran tamaño; si echaba a correr, no serían capaces de detenerlo. Entretanto, mientras sujetaba el arnés del marrano, percibió un ruido procedente del carro. Caleb movió los pies; los ronquidos cesaron.

De pronto el carro se inclinó hacia delante y oyeron un golpe. Caleb se había deslizado hacia la parte delantera del carro.

—Rápido.

Tardaron un momento en sujetar las correas al arnés. Nathaniel seguía sujetando al marrano, tratando de aplacarlo, mientras los otros se aparaban. Todos miraron con aprensión el carro, pero, milagrosamente, Furzey seguía dormido.

—Ahora.

Los chicos echaron a correr, pero no se alejaron mucho. Se ocultaron a pocos metros de distancia, detrás de una mata de aulaga. Andrew esperaba la señal.

—Ya sabéis lo que tenéis que hacer —dijo Nathaniel, mientras empezaba a desnudarse. Los otros hicieron lo que éste les había ordenado y fueron a ocupar sus puestos. Había llegado el momento de que comenzara la diversión.

Curiosamente, el marrano tardó un minuto en reaccionar. Luego decidió moverse.

Aunque el marrano era mucho más pequeño que el caballo, pesaba mucho y poseía una gran fortaleza. El carro avanzó despacio, pero la sensación de algo que no sólo le frenaba sino que le seguía disgustó al animal.

Emitió un sonoro gruñido y trató de echar a correr. De nuevo, el carro le frenó, como si estuviera decidido a no dejar que el marrano escapara de sus garras. Al animal esto no le gustó ni un pelo. Emitió un grito de rabia, golpeó los costados del carro y chilló de nuevo.

Caleb Furzey, dormido el interior del carro, frunció el ceño. Abrió los ojos, pestañeó y se despabiló.

La luna llena brillaba en lo alto sobre Wilverley Plain. A su alrededor se extendía un mágico y fantasmagórico resplandor plateado; junto a él, el Hombre Desnudo aparecía con los brazos alzados como si quisiera golpearlo. Caleb pestañeó de nuevo. ¿Qué era ese extraño ruido que le había despertado? Se incorporó y se inclinó hacia delante. El caballo había desaparecido. Las correas sujetaban otra cosa. De pronto esa cosa emitió un sonido extraño que lo sobresaltó, haciéndolo retroceder. El carro se inclinó.

Su caballo había desaparecido con la luna llena y en su lugar había un marrano. Hasta un patán sabía quiénes eran los autores de esos fenómenos: las brujas y las hadas. ¡Lo habían hechizado! Cuando Caleb se disponía a bajarse del carro observó algo que le aterrorizó aún más. Unas pequeñas figuras desnudas, saltando de un arbusto de aulaga a otro al tiempo que emitían unas voces. Estaban por doquier. Debían de ser unas hadas. Caleb se dijo que había cometido una locura al salir en una noche de luna llena y haber pasado nada menos que por Burley. Mientras las figuras seguían retozando a su alrededor, los chillidos del marrano alcanzaron el paroxismo. El carro se inclinó hacia atrás peligrosamente. Durante unos terribles y angustiosos momentos Caleb vio el marrano, contempló su silueta recortada sobre la luna. Gritó espantado, se tapó la cara con las manos y se arrojó de bruces en el carro, que volvió a inclinarse hacia delante.

El infeliz de Caleb Furzey permaneció en el carro, hecho un ovillo, aterrorizado, durante más de media hora, hasta que al cabo de un rato de no haber oído nada se aventuró a asomarse.

La luna seguía brillando en lo alto. El Hombre Desnudo seguía en su postura amenazadora; pero el marrano había desaparecido y las hadas se habían esfumado, como si se las hubiera tragado la tierra. A unos doscientos metros, en la explanada de Wilverley Plain iluminada por la luna, su caballo pastaba tranquilo.

A un kilómetro y medio de allí, Nathaniel les dio las últimas instrucciones.

—Ni una palabra, ni siquiera a vuestros hermanos y hermanas. Si alguien se va de la lengua, todos estamos muertos. —Los miró con expresión solemne—. Jurad que no diréis ni una palabra. —Todos lo juraron—. De acuerdo —dijo.

Wyndham Martell no podía conciliar el sueño. La gran mansión de los Burrard estaba en silencio; todos se habían retirado hacía rato, pero él seguía sentado en una butaca en su habitación, despierto.

El resplandor de la luna penetraba por la ventana. Martell se dijo que era la luna llena lo que le mantenía desvelado. Tal vez. Pero también era la chica.

Habían llevado a casa al anciano Francis Albion. Al principio, el médico supuso que había sufrido un ataque de apoplejía, pero luego había cambiado de opinión. Tras aguardar una hora, le habían dado un poco de coñac para reanimarlo y lo habían llevado a casa, acompañados por el bueno del señor Gilpin.

Aunque su presencia evidentemente no era deseada, Martell había aguardado un rato, preguntando al mesero del Angel Inn sobre el estado del anciano antes de regresar a casa. Había visto a Fanny cuando ésta había partido, pero ella no le había visto a él. Estaba serena, pero muy pálida. Martell sabía que se sentía avergonzada por lo ocurrido aunque, en su opinión, no tenía por qué estarlo.

Sin embargo, eso le había llevado a plantearse otra pregunta. ¿Por qué había cambiado Fanny de actitud hacia él? Sin duda, él podía haber estado equivocado al pensar que ella se sentía interesada en él. Quizá fuera culpable de un error de vanidad al suponer que la joven se sentía atraída por él. Pero un hombre debe fiarse de su intuición, y él había intuido que a Fanny le gustaba. ¿A qué venía esa repentina frialdad? ¿Acaso se había portado mal con ella? Según Fanny, sí. Y, preciso era reconocerlo, tenía razón. De todos modos, él sospechaba que había algo más. Seguramente lo que dijera la señora Grockleton en esta materia carecía de valor, pero el señor Arthur West sin duda existía, se le consideraba un buen partido y por tanto era un factor. «Debí regresar antes —se dijo Martell—. No debí perder el tiempo.» Pero ¿bastaba eso para explicar la frialdad de Fanny? ¿Qué podía hacer él?

Mejor dicho, ¿qué quería hacer?

Era inútil. La luna le impedía conciliar el sueño. Martell se calzó unas botas, bajó la escalera sigilosamente y salió. Hacía una noche espléndida. Las estrellas que brillaban sobre el Forest eran límpidas como cristales. Martell echó a andar hacia Beaulieu Heath, bajo el resplandor de la luna.

La noche setembrina era templada. Martell anduvo cómodamente por el borde del páramo, dejando Oakley atrás, a su izquierda. Vagaba sin rumbo. Siguió avanzando durante medio kilómetro hasta que se percató de que la iglesia de Boldre no debía quedar lejos y, tras seguir a lo largo de un pequeño camino de tierra al rato llegó a la iglesia que se alzaba sobre el montículo, la cual ofrecía un grato aspecto a la luz de la luna. Martell caminó alrededor de la misma y de pronto se le ocurrió que no debía de andar muy lejos de Albion House. Así pues, enfiló el sendero que daba acceso al valle y tomó el camino que conducía hacia el norte, bajo los árboles, aunque estaba muy oscuro; luego, cuando percibió el rumor del río deslizándose sobre unas piedras, dobló un recodo del tenebroso camino hasta que, al llegar al claro, divisó el fantasmagórico techado a dos aguas de la casa, que al parecer permanecía despierta bajo el resplandor de la luna. Martell avanzó con cautela por el borde del parque, pues no deseaba despertar a los perros ni alertar a los espíritus guardianes que pudieran hallarse allí, cual centinelas en sus torres vigías, entre los viejos tablones o en las chimeneas.

¿Cuál sería la habitación de Fanny?, se preguntó él. ¿Dónde dormía el viejo Francis Albion? ¿Qué historia, qué secretos encerraba esa antigua mansión? ¿Era posible que el rechazo de Fanny se debiera a algo más que a la mera indiferencia o a la presencia de otro amante, a una parte de su alma, quizá, que se ocultaba en esta casa?

Martell se dijo que eran imaginaciones suyas, pero no se movió. Tras instalarse en un lugar desde el que divisaba las ventanas más importantes de la casa, permaneció allí aproximadamente una hora, aunque no habría sabido calcularlo con exactitud.

Poco antes del amanecer, mientras la luna seguía proyectando unas sombras alargadas sobre el reluciente césped, vio que alguien abría unos postigos de madera y alzaba el cristal de la ventana.

Fanny iba vestida en camisón. Contempló la escena bañada por el resplandor de la luna. El pelo le caía sobre los hombros y su rostro, tan hermoso y a la par trágico, estaba pálido, confiriéndole un aire tan sobrenatural como un espíritu. Ella no lo vio. Al cabo de un rato, cerró los postigos de nuevo.

Soplaba un aire frío aquella tarde de octubre cuando Puckle llegó a Beaulieu Rails; y en el brumoso crepúsculo que teñía de un color castaño el páramo que se extendía más allá de la población, el ancestral bramido de un ciervo común anunció que la época de celo por fin había comenzado.

Puckle estaba cansado. Había trabajado en Buckler’s Hard todo el día. Luego había hecho una breve pausa para ir a ver a un amigo en la alquería que antiguamente era la granja de St. Leonards. En esos momentos, al pasar frente a las viviendas rústicas que se alzaban sin orden ni concierto junto al borde del páramo, ya de noche, estaba impaciente por acostarse. No bien hubo alcanzado la puerta de su casita, oyó un ruido que le hizo volverse: el sonido de un caballo que avanzaba por el camino hacia él, un caballo y su jinete. Antes de volverse, su intuición le dio a entender quién era.

Pese a la débil luz pardusca del anochecer, aquel rostro desprovisto de mentón y la fría y cínica sonrisa de Isaac Seagull eran inconfundibles.

El contrabandista no dijo nada hasta detenerse junto a él.

—Dentro de poco te necesitaré —dijo en voz baja. Puckle suspiró.

Había llegado el momento.

En la aldea de Oakley se produjo no poco jolgorio cuando Caleb Furzey explicó que las hadas lo habían hechizado.

—Estabas borracho, ¿recuerdas? —le decían en tono jovial—. Tómate otro trago y cuéntanos cuántas hadas ves —soltaban, riéndose de él. O bien—: ¡Ojo con ese caballo, no vaya a convertirse en un puerco!

Aun así, Furzey insistía en su historia, y su descripción del marrano y de los duendes que poblaban Wilverley Plain era tan vívida que algunas gentes de Oakley casi le creyeron. Sólo Pride dirigió a Nathaniel una mirada prolongada y pensativa; pero, si albergaba ciertas sospechas, en cualquier caso llegó a la conclusión de que era mejor no decir nada. Transcurrieron los días y las semanas. Y aparte de algunas risas y bromas sobre el cándido campesino, en la apacible aldea de New Forest situada junto a Beaulieu Heath no ocurrió nada de extraordinario.

Al poco tiempo se presentó el señor Arthur West en Albion House. Apareció montado en una elegante calesa, que conducía él mismo, y explicó que estaba pasando un par de días con los Morant en Brockenhurst. Iba vestido con la gruesa chaqueta y el sombrero de un cochero, sonriendo jovialmente ante la broma, y presentaba su acostumbrado aspecto de caballero dinámico y deportivo.

Fue recibido con entusiasmo por la tía Adelaide, y puesto que era el sobrino de un amigo, incluso el viejo Francis se sintió obligado a comportarse cortésmente con él. Con Fanny se mostró cordial, relajado y jovial. No cometió el error de transmitirle una invitación que pudiera dar la sensación de que pretendía alejarla del lado de su padre, sino que se contentó con comentar que estaba seguro de que no tardarían en encontrarse de nuevo en casa de unos vecinos y que aguardaba con impaciencia ese momento.

En términos generales, pensó Fanny sonriendo, el señor West había jugado muy bien sus cartas. De paso comprendió que se sentía agradecida. No había sorpresas con el señor West. Estaba allí; era soltero; se daba a conocer a las jóvenes del condado y si recibía algún indicio de que sus atenciones no merecían la debida aceptación, avanzaría, juiciosamente, pasito a paso. Se encontrarían en una cena aquí, en un baile allá; y si de esto salía algo concreto, mejor que mejor.

El señor West les trajo otra pequeña noticia.

—Hace poco recibí la visita de un caballero que ustedes conocen, amigo de los Totton: el señor Martell.

Turbada, Fanny notó que palidecía y luego se sonrojaba. Al ver que el señor West la observaba sorprendido, se apresuró a explicar:

—Me temo que mi padre y el señor Martell tuvieron un altercado el día que vino aquí.

Si Francis Albion había dado a todos un susto durante el baile de la señora Grockleton, en esos momentos volvía a ser el de siempre, es decir, que lo mismo podía sufrir un síncope y caer muerto o, como confió el médico al señor Gilpin: «Quizá viva hasta los cien años.» En todo caso una cosa era cierta: mientras estuviera vivo se saldría con la suya.

—¿Martell? Un joven de lo más insolente —declaró sin rubor.

—Sea como fuere —dijo el señor West—, estaba muy interesado en contemplar uno de los cuadros que hay en la casa, el retrato de un antepasado suyo. Y debo decir que cuando lo examinamos, comprobamos que era idéntico a él. Usted vio el retrato —añadió volviéndose hacia la tía Adelaide—. El de un caballero moreno que contemplamos, el coronel Penruddock.

—¿Ese jovencito era un Penruddock? —exclamó Francis, mientras el rostro de la tía Adelaide permanecía impasible como una máscara.

—Lo lamento —dijo el señor West mirando a uno y a otra—, está claro que existe una disputa familiar sobre la que yo no sabía nada.

—En efecto, señor West —respondió tía Adelaide con amabilidad—, pero usted no podía saberlo. No obstante —continuó con una sonrisa cortés—, nosotros no nos tratamos con los Penruddock.

—Lo tendré presente en el futuro —prometió el señor West con una reverencia.

Ciertamente esa torpeza no perjudicó al señor West a ojos de Adelaide, tal como demostró cuando al despedirse de él le dijo que podía venir a visitarlos de nuevo cuando le apeteciera.

—Me parece un hombre muy agradable —dijo Fanny en respuesta a la mirada inquisitiva de su tía; y cuando Francis comentó que confiaba en que ese hombre no apareciera cada dos por tres revoloteando por la casa como un moscardón, ella le aseguró con una carcajada que el señor West tenía muchos otros compromisos.

No obstante, el señor West no fue el único que visitó Albion House. Si fue por azar o a instancias de algún amigo como el señor Gilpin, lo cierto es que acudieron numerosas personas para hacer compañía a Fanny; y ni siquiera Francis Albion pudo quejarse de que su hija saliera de vez en cuando. Uno de los visitantes más encantadores fue el conde, quien acudió en una ocasión con su esposa y otra sin ella.

Nathaniel acababa de salir de la escuela del señor Gilpin una tarde cuando le detuvo un individuo que avanzaba con paso torpe por el sendero. Nathaniel no lo conocía, pero supuso que era uno de los Puckle, a juzgar por su aspecto. Sin embargo, cuando el hombre le preguntó si quería ganarse seis peniques, Nathaniel le escuchó con atención.

—Estuve en Albion House y la señorita Albion me entregó esta carta para que la llevara a Lymington. No quise decirle que no, pero no me dirijo allí. Aquí tienes los seis peniques que me dio si la llevas tú. Es para un francés, según me dijo.

—Ya lo veo. —Nathaniel sabía leer y la letra de Fanny era muy clara. La carta iba dirigida al conde. Seis peniques era una bonita suma—. Yo la llevaré —dijo—. Ahora mismo.

Una densa noche de noviembre. Sin luna. Mejor aún, un espeso manto de nubes había sofocado incluso el resplandor de las estrellas, de forma que sólo se advertía la textura negra como el betún de la nada sobre el mar. El leve sonido de las olas rompiendo sobre la costa informe constituía el único indicio de que había algo creado en el vacío. Un tiempo perfecto para los contrabandistas.

Puckle aguardó. Se hallaba de pie sobre un pequeño altozano junto a la costa, más abajo de Beaulieu Heath. Frente a él se extendían los bancos de arena a lo largo de centenares de metros en la bajamar, interrumpidos por unas calas largas conocidas localmente como lagos.

A su izquierda, aproximadamente a un kilómetro, se encontraba el pequeño escondite de los contrabandistas conocido como Pitts Deep. A la misma distancia, a la derecha, estaba Tanners Lane, y más allá el parque de una hermosa propiedad costera llamada Pylewell. A continuación, se hallaban las tierras de los Burrard y luego, a unos tres kilómetros, la población de Lymington.

Era un lugar tranquilo. Hacía tiempo que las autoridades sospechaban que el granjero de la alquería de Pylewell era un pez gordo del librecambio. Se rumoreaba que en Pitts Deep había centenares de barriles de coñac enterrados.

Puckle sostenía una linterna en la mano. Era un objeto curioso, porque en lugar de una pantalla, tenía un foco.

Cuando Puckle orientaba el foco hacia el mar, tapándolo con la mano y retirándolo alternativamente, enviaba unos minúsculos destellos de luz que resultaban invisibles para todos salvo para los contrabandistas que se hallaban a bordo de sus embarcaciones en el mar. La marea comenzaba a subir.

El plan, tal como Puckle se lo había explicado a Grockleton, era muy sencillo. En primer lugar, cuando la marea ascendía, los lugres transportaban el contrabando hasta la orilla. Lo dejaban allí y se esfumaban. Entonces el grupo principal de librecambistas descendía por Tanners Lane, a lo largo de la playa, y retiraba el contrabando. Ése era el momento en que Grockleton y sus tropas entraban en escena. Era una operación típica, pero en esta ocasión el cargamento era extremadamente valioso: el mejor coñac y una gran cantidad de sedas y encajes. Una de las operaciones más provechosas que jamás habían hecho.

—Una hora más —comentó en voz baja a la alta figura que estaba a su lado, procurando ocultar su nerviosismo. Grockleton asintió con la cabeza pero no dijo nada.

Se había esmerado al máximo. Todo había salido según el plan previsto. La nota de Fanny Albion había sido una buena idea. Utilizando una nota que la joven había escrito a su esposa hacía tiempo, él no había tenido dificultad en redactar una breve carta falsa. El contenido de la misma no levantaría sospechas si caía en otras manos: gracias por un libro que él le había prestado, saludos de su padre y de Adelaide. Había dado la nota a Puckle. Cuando éste la entregara a Nathaniel para que se la pasara al conde, que debía informar de inmediato a Grockleton, el contrabandista enviaba una señal de que el importante cargamento estaba a punto de llegar y que él y Grockleton debían reunirse de nuevo junto a la piedra de El Rufo al día siguiente.

Los preparativos para el contingente militar habían sido aún más minuciosos. En primer lugar, Grockleton no había revelado a nadie, ni siquiera a su esposa o a sus jinetes, lo que se llevaba entre manos. El coronel había dispuesto que sesenta de sus mejores tropas fueran trasladadas a Buckland. Al atardecer, había convocado a sus hombres y luego, llevándose a otros veinte soldados montados de Buckland, había partido con ellos sigilosamente, los había dividido en pequeños grupos y los había conducido amparados por la oscuridad al lugar de la cita, un bosquecillo situado encima de Pitts Deep. Allí había ya una docena de hombres ocultos, en un lugar sobre playa. Sus órdenes eran estrictas. Nadie debía interferir con el desembarco de las mercancías ni dar ninguna señal.

—Debemos atrapar a los contrabandistas con las manos en la masa —había insistido Grockleton al conde. Su propio papel iba a ser heroico y ciertamente peligroso. Mientras los veinte jinetes salían a toda velocidad del bosque por la costa para cortarles la retirada, y veinte de sus hombres corrían con unas linternas a lo largo de la línea de la caravana de los contrabandistas, él les ofrecería unas condiciones de rendición, o, si se resistían, una salva que acabaría con ellos.

No quedaba más que esperar. Él se proponía permanecer junto a Puckle hasta que los lugres arribaran a la costa. Para impedir que el otro cambiara de parecer.

Ni siquiera Isaac Seagull era capaz de ver en aquella impenetrable oscuridad. Él iba a supervisar personalmente la operación. El cargamento era importante. A sus espaldas, doscientos hombres y ochenta ponis aguardaban en silencio en una larga y ordenada hilera.

Cada poni transportaría un par de barriles con los costados comprimidos, sujetos con una cuerda a su lomo. Cada uno de esos barriles contenía ocho galones imperiales y un tercio. La mayoría de los hombres transportaría un par de esos barriles, uno sobre el pecho, el otro a la espalda, cada uno de los cuales pesaba veinte kilos, una pesada carga, pues les esperaba una marcha de entre quince y veinte kilómetros.

El té iba envuelto en unos hules impermeables. Un poni podía transportar varios hules. Las balas de seda también iban envueltas en hules, pero para ellas Seagull había ideado un sistema especial de transporte. Detrás de ellos había media docena de mujeres de pie, altas y fuertes. Llevaban unos vestidos largos y holgados. Tan pronto como las sedas llegaban a la costa, las mujeres se quitaban los vestidos. Se enrollaban las sedas en torno al cuerpo, metro tras metro de tejido, como si estuvieran embalsamadas, y por fin, cuando se habían enrollado la cantidad de seda que podían transportar y presentaban el doble de volumen que antes, volvían a ponerse el vestido y se dirigían a pie o a caballo a los diversos mercados. Al cabo de unos días, dos de esas mujeres se presentaban en Sarum y otra en Winchester.

Mientras aguardaba en la oscuridad, Isaac Seagull sonrió para sus adentros.

Existían numerosas rutas a elegir cuando uno desembarcaba unas mercancías en las costas del Forest. Para los cargamentos pequeños la Torre de Luttrell, en el este, resultaba muy útil. Al igual que el río Beaulieu. De vez en cuando le divertía utilizar la vieja fortaleza del castillo de Hurst. Hacía unos años las autoridades aduaneras habían colocado a un agente allí, de modo que Isaac Seagull había ido a verle y con su natural simpatía le había preguntado:

—¿Prefieres que te parta la cabeza o que te pague?

—Que me pagues —se había apresurado a responder el otro, y, aunque había informado a Grockleton del incidente, desde entonces había obedecido las órdenes de Seagull.

En el lado occidental del Forest, en la costa situada entre el promontorio del castillo de Hurst y Christchurch, había dos lugares ideales para desembarcar las mercancías. Se trataba de unos estrechos desfiladeros que se extendían hasta la costa, donde podían aguardar unos caballos de tiro sin ser vistos.

Estos desfiladeros se llamaban Bunnies: Becton Bunny se encontraba más abajo de Hordle; Chewton Bunny a un par de kilómetros al oeste. Chewton era muy conveniente porque la playa estaba rodeada de unas arenas movedizas muy peligrosas, las cuales impedían el paso de los funcionarios aduaneros. Desde Chewton podías dirigirte a pie hasta la hostería del Cat and Fiddle, a un kilómetro de distancia, atravesar el Forest y tomar el sendero llamado Smugglers’ Road, entre Burley y Ringwood. Allí se encontraba el primero de los numerosos mercados que los librecambistas organizaban periódicamente en esa zona. Y desde Smugglers’ Road pasabas otro bosque situado al norte y más allá del mismo.

Pero en la zona oriental del bosque se hallaba también Pitts Deep, un lugar que ofrecía no pocas ventajas. Podías dirigirte hacia el este, dando un rodeo por Southampton; o podías tomar el camino que discurría frente a la iglesia de Boldre y penetrar en el bosque occidental junto al vado situado sobre Albion House, y enfilar Smugglers’ Road al cabo de unos kilómetros. Pitts Deep era un buen lugar, y el menos llamativo. Por ese motivo habían decidido desembarcar las mercancías allí.

Grockleton se tensó. Sin darse cuenta clavó sus manos como garras en el brazo de Puckle, haciendo oscilar la linterna que éste sostenía. El leñador soltó una palabrota.

Durante unos momentos, el funcionario aduanero no alcanzó a ver nada, pero luego divisó una tenue luz azul que parpadeaba en el mar. Puckle envió de nuevo una señal con la linterna. Otros dos parpadeos de la luz azul. Dos de Puckle. Luego un largo destello azul.

—Están a punto de llegar —dijo el contrabandista en voz baja.

Las nubes se separaron momentáneamente y el resplandor de las estrellas les permitió divisar la orilla del agua y las líneas blancas de las olas que lamían la playa. Grockleton sintió que su pulso se aceleraba. Pronto se produciría su momento de triunfo.

Puckle, que permanecía junto a él, no experimentó ninguna emoción. Sabía que para él representaba la acción definitiva que sellaría su suerte.

—Descuide, Grockleton —murmuró amablemente al funcionario—, se llevará un buen botín.

Pero no era cierto. Nada de ello era cierto.

Transcurrieron unos largos momentos. Entonces percibieron el sonido de los remos y, a doscientos metros de distancia, las vagas siluetas de tres enormes lugres que se dirigían a Pitts Deep.

Grockleton se esfumó. Avanzando agachado a la carrera, más abajo de la línea de la pequeña colina, ahora que sabía que estaban a punto de desembarcar la mercancía, quería evitar que las tropas francesas actuaran prematuramente. Hasta ahora todo había salido a pedir de boca. Los tres lugres habían arribado a la playa; los hombres habían saltado al agua. Dentro de unos momentos comenzarían a descargar la mercancía.

Desde donde se encontraba, Puckle observó que estaban descargando una prodigiosa cantidad de mercancías. Barriles, cajas, hules… No podía calcularlo con exactitud, pero le pareció divisar una larga hilera de mercancías que se extendía unos cincuenta metros a lo largo de la orilla. Pitts Deep jamás había recibido un cargamento semejante. Los hombres de los lugres concluían su tarea. La velocidad de esos marineros era extraordinaria. A la tenue luz de las estrellas, Puckle vio que uno de los lugres se alejaba. Tras recorrer unos metros dio la vuelta y enfiló hacia él. El segundo lugre comenzó también a alejarse.

Puckle suspiró. Había llegado el momento de que él también se moviera.

Grockleton aguardó pacientemente. Transcurrió una hora. Puckle le había dicho que los librecambistas por lo general esperaban un buen rato antes de bajar, a fin de cerciorarse de que no había moros en la costa. Las mercancías depositadas en la playa ofrecían un aspecto tan tentador que ardía en deseos de bajar para inspeccionarlas; pero no debía hacerlo. No podían arriesgarse a que fracasara la emboscada.

El funcionario aduanero escudriñó la costa. Había ordenado a Puckle que no se moviera de donde estaba, tal como habría hecho él. Eso conllevaba cierto riesgo. El leñador podía hacer una señal a los contrabandistas para advertirles de que no se acercaran. Pero si lo hacía, Grockleton lo arrestaría y descargaría todo el peso de la ley sobre él. Grockleton sonrió para sí: eso tampoco tendría unas consecuencias desfavorables para él, pues podría incautarse de todo el cargamento sin riesgo de que estallara una pelea.

Transcurrió otra hora. Grockleton permanecía alerta, tenso, esperando percibir algún sonido. Al cabo de un rato no pudo soportarlo más. Moviéndose con cautela, agachado, casi conteniendo el aliento para no revelar su presencia, regresó al lugar donde se encontraba Puckle. Le llevó diez minutos. Trepó hasta la cima de la pequeña colina. Estaba desierta. Puede que Puckle se hubiera alejado unos momentos para hacer sus necesidades. O quizá los librecambistas se hallaban cerca y le habían ordenado que bajara. Grockleton escudriñó la oscuridad. No percibió ningún sonido. Ningún movimiento. Esperó cinco minutos. Si los contrabandistas se hallaban allí, ya habrían aparecido.

Grockleton era un hombre paciente. Aguardó otra media hora. El silencio era absoluto. Puckle debió de prevenirles. El funcionario se levantó y echó a andar con las piernas entumecidas. En esto tropezó con algo, produciendo un sonoro ruido metálico capaz de despertar a los muertos, según pensó él. Era la linterna con el foco. Grockleton echó una ojeada a su alrededor y se encogió de hombros. No había nadie por los alrededores que hubiera podido oír el ruido.

Regresó al lugar donde esperaban las tropas y pidió una linterna. Sosteniéndola en alto, bajó para inspeccionar el contrabando. Había una cantidad increíble: una fortuna a sus pies.

Picado por la curiosidad, Grockleton se inclinó para comprobar el peso de uno los barriles. Cuando trató de alzarlo el barril volcó. Grockleton arrugó el ceño y agarró el que estaba al lado, que levantó sin la menor dificultad. Estaba vacío. El funcionario aduanero asestó un puntapié al siguiente barril. También estaba vacío. Corrió hacia uno de los paquetes de hule que contenía té y lo abrió. Estaba lleno de paja. Grockleton se puso a correr de un lado para otro, propinando patadas a las cajas, a los barriles, a los paquetes de hule. Todos estaban vacíos.

Entonces, en plena noche en la costa del Forest, Grockleton se volvió hacia la oscuridad que se cernía sobre el piélago y emitió un estentóreo alarido.

Isaac Seagull observó la larga cabalgata que avanzaba por Smugglers’ Road. Había multitud de senderos, desfiladeros y precipicios para confundir a los funcionarios montados o a los dragones que trataran de dar con las caravanas de los librecambistas mientras éstas se dirigían hacia el norte; sin embargo, esa noche no habían salido los jinetes en su busca. El contingente de funcionarios aduaneros se hallaba a buen recaudo en la parte oriental del bosque, hacia donde él los había conducido hábilmente.

El contrabando enviado esa noche a Chewton Bunny había sido el momento más brillante de su carrera: un cargamento prodigioso. Lamentaba haber tenido que obligar a Puckle a hacer de señuelo. El infeliz había pasado una angustia tremenda.

—¿De modo que tengo que abandonar el Forest?

—Sí.

—¿Cuándo podré regresar?

—Ya te avisaré.

La historia que se habían inventado sobre su pelea y la pequeña representación en la calle había convencido por completo al funcionario de aduanas. Puckle se hallaba en estos momentos a buen recaudo, en alta mar. Había partido en uno de los lugres. Le habían pagado bien. Una generosa suma.

No es que el dinero significara mucho para él en esos momentos en que se veía forzado a exiliarse. Pero cuando Seagull había averiguado que Grockleton se proponía utilizar a la guarnición francesa, había tenido que tomar medidas drásticas.

Cuando el señor Samuel Grockleton echó a andar esa tarde por la calle Mayor de Lymington todo el mundo lo saludó muy educadamente. Todos se hallaban en sus lugares habituales, salvo Isaac Seagull, que al parecer estaba ausente.

En un modo un tanto extraño, a las gentes de Lymington el señor Grockleton empezaba a caerles bien. Encajaba las humillaciones como un hombre. Mientras caminaba por la calle hacia el edificio de aduanas, junto al muelle, devolvió a todos el saludo, y aunque no se mostraba especialmente risueño, nadie podía echárselo en cara.

Cerca del extremo de la calle vio al conde, que se acercó y, dirigiéndole una sonrisa melancólica, le tocó en el brazo con sincero afecto.

—La próxima vez, mon ami, confío en que tenga mejor suerte.

—Quizá.

—Estoy como siempre a su disposición.

Grockleton asintió con la cabeza y siguió adelante. Ya había solicitado una orden para que Puckle fuera arrestado. Ésta, junto con una detallada descripción del personaje, sería enviada a todos los magistrados del país. Quizá llevara tiempo, pero más pronto o más tarde Puckle pagaría por esto. Entretanto, si se le presentaba la ocasión, Grockleton estaba dispuesto a utilizar a esas tropas francesas para acabar a tiros con todos los condenados contrabandista del Forest.

Había tan sólo un aspecto del asunto en el que no había pensado: que en tanto se propusiera utilizar a esas tropas francesas, el lander siempre estaría mejor informado que él.

Pues el acompañante que el conde había llevado consigo aquella noche de primavera a la cita junto a la tapia ondulada era el señor Isaac Seagull.

El conde sentía un sincero afecto por el señor Grockleton y su ridícula esposa. Pero no era estúpido.

A veces, Francis Albion sabía que no se portaba bien, y en ocasiones le remordía la conciencia. Pero cuando una persona se acerca al fin de su vida es normal que piense que puede seguir dando rienda suelta a su egoísmo durante un poco más. De modo que si a veces sentía remordimientos, no tenía mayores problemas en reprimir esa sensación.

A mediados de diciembre, aunque salía poco, Fanny se había encontrado en otras tres ocasiones con el omnipresente señor West. Parecía distraída y triste. Francis se preguntó si estaría enamorada del señor West. Si era preciso que Fanny se casara, ese West no parecía mala elección. Podía dejar Hale e irse a vivir a Albion House. A fin de cuentas, de esa forma aprendería a administrar la propiedad y no se llevaría a Fanny lejos. Así pues, una mañana de invierno, cuando ella fue a hacerle compañía mientras él descansaba en su alcoba, el anciano sacó el tema.

—¿Sientes algo por el señor West, Fanny? —inquirió sonriendo.

—Me gusta, padre.

—¿Nada más?

—No. —Fanny meneó la cabeza para subrayar su respuesta y Francis comprendió que era sincera—. ¿Por qué lo preguntas, padre? ¿Deseas que me case con él?

—No. No es necesario.

—Sé que tía Adelaide desea que me case. Y si me viera obligada a hacerlo, no me cabe duda de que el señor West sería un buen marido. Pero… —Fanny extendió las manos.

—No, no, hija —repuso su padre con ternura—. Debes consultar tu corazón. —Tras una pausa continuó—: ¿No hay nadie más? Careces un poco triste.

—No hay nadie más. Es el tiempo.

—Me alegra oírtelo decir. —Su padre la observó con atención—. Tienes toda la vida por delante, hija mía, una herencia. Eres agraciada. No temo que te quedes soltera. En cualquier caso —el señor Albion sonrió satisfecho— no hay prisa alguna.

—¿No deseas verme casada, padre?

El viejo Francis se detuvo unos instantes antes de responder, midiendo bien sus palabras.

—No temo por ti. Confío en tu buen juicio. No me gustaría que te casaras sólo para complacerme. Por lo demás… —el anciano sonrió a su hija con dulzura—, me gusta tenerte aquí a mi lado durante los pocos años que me quedan. Imagino que tu tía vivirá más tiempo que yo, pero si algo le ocurriera, yo me quedaría solo —concluyó con expresión apenada.

—Nunca estás solo, padre.

—¿Me prometes, Fanny, que no te marcharás y me dejarás solo?

—Jamás, padre —le prometió ella, conmovida—. Jamás te abandonaré.

Fanny no había estado enamorada nunca y por lo tanto no conocía el dolor.

Aparte, había otro problema: no sabía que estaba enamorada.

Si pensaba en el señor Martell, como hacía a menudo, era sólo como una figura que le inspiraba temor y repulsión. Si de pronto creía ver sus rasgos morenos a través de una ventana o, al oír los cascos de un caballo, se volvía creyendo que acaso fuera él, o prestaba atención cada vez que su prima Louisa le hablaba de sus visitas a casa de los Burrard, por si se refería a él, ello no obedecía sino a un interés morboso, se decía Fanny, como el que puede inspirar el personaje amenazador y espectral de una novela gótica. ¡Pensar que había mantenido una relación amistosa que podía haber dado paso a algo más íntimo no sólo con un Penruddock, sino con la misma imagen del asesino de su bisabuela, pues eso es lo que era el señor West! ¿Cómo interpretaba ella sus sentimientos sobre la sonrisa, las insinuaciones, incluso su ternura del señor West? No lo sabía; Fanny se decía que no le importaba. En cualquier caso era absurdo, no tenía sentido. Pero esas reflexiones iban acompañadas de un nuevo e insidioso pensamiento.

¿Era posible que estuviera equivocada en sus criterios? Mala sangre. Por sus venas corría mala sangre, tenía parientes vulgares: estaba contaminada.

Sus orígenes aristocráticos, su pretensión de respetabilidad eran, en cierto modo, un fraude. «Al menos los campesinos como Puckle son lo que son, mientras que yo ni siquiera puedo alegar esa excusa para justificar mi existencia», pensaba Fanny. Aun cuando el señor Martell no fuera un imposible Penruddock, si supiera la verdad no querría siquiera acercarse a ella.

Aunque apenas era consciente del proceso, en Navidad Fanny comprobó que había perdido las energías. A veces permanecía toda la mañana sentada en el saloncito, fingiendo leer un libro aunque en realidad ni siquiera hacía eso. Si se presentaba una visita como el señor Gilpin, Fanny conseguía reunir las fuerzas necesarias para mostrarse animada como de costumbre. Pero en cuanto el otro se marchaba, volvía a caer en la apatía y se limitaba a mirar por la ventana. Si Gilpin la invitaba a tomar el té ella aceptaba, pero por algún motivo que no se explicaba se quedaba sentada sin apenas moverse hasta que la señora Pride, de pie ante ella sosteniendo su abrigo, provocaba una de esas descargas de energía que le permitían comportarse con normalidad durante la visita.

Fanny cumplía sus obligaciones cotidianas. Hacía lo que debía hacer. Cabía pensar, si uno no la conociera, que su estado de ánimo se debía al tiempo.

Nadie podía saber, porque ella no habría podido explicarlo, que hora tras hora experimentaba más que tristeza una inmensa y deprimente sensación de que nada tenía sentido.

A mediados de enero, la señora Pride y el señor Gilpin estaban seriamente preocupados por ella.

Fanny Albion no era la única preocupación que tenía ese mes el vicario. La suerte de otro joven era no menos inquietante.

Habían descubierto la fechoría de Nathaniel Furzey.

Era inevitable que antes o después alguien se fuera de la lengua. Durante los días de Navidad, uno de los chicos lo había contado a su hermana, quien lo contó a su madre. Al cabo de una semana lo sabía todo el Forest. A algunas personas les pareció divertido, otras se mostraron escandalizadas. Con la excepción de los Pride, que se sentían avergonzados, los padres de los otros chicos implicados en el asunto estaban en pie de guerra. Inducir a los niños a salir de sus casas de noche; corretear desnudos; jugar con la brujería. Fueron a ver al vicario.

Al igual que el maestro de la escuela.

—Esto no puede continuar —dijo a Gilpin con franqueza—. Ese chico es una mala influencia. No me veo con ánimos de seguir si él continúa en la escuela. Quizás —añadió con la rabia que había ido acumulando durante meses—, le ha enseñado usted demasiadas cosas.

Era inútil discutir cuando todos estaban en contra y Gilpin era demasiado inteligente para no darse cuenta. Nathaniel fue enviado a casa de sus padres en Minstead. Su carrera en la escuela de Gilpin había concluido.

Pero ¿qué haría ahora? Era normal que los alumnos de la escuela, cuando cumplían once o doce años, regresaran a casa para trabajar para sus padres o se colocaran de aprendices con un tendero o un artesano. Sin embargo, al reflexionar sobre el futuro del chico, Gilpin no lo veía llevando una monótona existencia en el taller de un artesano. Imaginaba a un desdichado tendero soportando las bromas pesadas del chico y arrojándolo de su casa antes de que éste hubiera completado su aprendizaje. Imaginaba a Nathaniel vagando por Southampton en busca de trabajo, raptado por un grupo de reclutamiento forzoso de la marina y arrojado a bordo de un barco. Esos grupos estaban a la orden del día. ¿Y luego? La marina constituía la mayor gloria de Inglaterra, su defensa de muros de roble. Pero ¿cómo era la vida para esos hombres reclutados a la fuerza que trabajaban en los nobles buques? «Ron, sodomía y el látigo», le había dicho una vez un viejo marinero. El vicario confiaba en que no fuera tan terrible. Pero fuera cual fuere la verdad, no era lo que él deseaba para Nathaniel Furzey.

Dada la extraordinaria inteligencia e iniciativa del muchacho, Gilpin preveía dos posibles destinos. Uno, que recibiera una educación adecuada, que estudiara quizá con una beca en Oxford y, posiblemente, acabara de sacerdote. El otro era que se quedara en el Forest, lo penara Gilpin, y se convirtiera en un contrabandista de primer orden, en cuyo caso era mejor que se colocara cuanto antes de aprendiz con Isaac Seagull. A fin de cuentas, puesto que alguien tenía que dirigir el negocio del contrabando, más valía que fuera alguien inteligente. La ironía de esas dos opciones no le pasó inadvertida al vicario; cuando comentó el asunto con el señor Drummond y sir Harry Burrard, cada uno de esos caballeros consideraron ambas alternativas con interés. La solución partió de una inesperada fuente: el señor Totton, el comerciante. Había ido a cenar con los Burrard y le habían explicado el caso.

—Puesto que no tengo más hijos que educar —dijo a Gilpin con su acostumbrada campechanía—, estaré encantado de ayudar a este chico si usted lo recomienda. Aunque tengo entendido que es un poco bruto.

—Creo que es porque se aburre. Pero sin duda correrá usted un riesgo.

—Eso es lo que solemos hacer los comerciantes —respondió Totton jovialmente—. ¿Dónde propone que le enviemos a estudiar?

—Hay una excelente escuela en Winchester —contestó Gilpin.

Y puesto que una buena acción casi siempre propicia otra, a los pocos días de que el joven Nathaniel fuera enviado a Winchester, el señor Gilpin se propuso hacer algo en favor de Fanny Albion.

—¡Bath! —exclamó la señora Grockleton—. ¡Bath! Y con Fanny Albion a nuestro cargo. Es como si fuéramos sus padres, señor Grockleton, in loco parentis. —La señora Grockleton pronunció la frase en latín como si fuera un secreto de estado—. Piensa en ello. No hay muchas cosas que te aten aquí —añadió con cierta falta de tacto.

—¿Y los Albion están de acuerdo en ello?

—En fin, el viejo señor Albion, como puede imaginar, está en contra de ello como está en contra de casi todo. Y Fanny se resiste a dejarlo. Pero el señor Gilpin la ha convencido para que lo piense y la señora Pride, el ama de llaves, que en realidad es como si fuera su vieja niñera, también ha aportado su granito de arroz, según tengo entendido. Y luego el señor Gilpin ha persuadido a la anciana señorita Adelaide. De modo que creo que la cosa está decidida.

—¿Aunque el señor Albion esté en contra?

—Querido, son las mujeres quienes toman decisiones en esa casa, ¿comprendes?

—Ah —respondió el señor Grockleton—. En ese caso —continuó después de una pausa mientras pensaba que no se le presentaría mejor oportunidad de marcharse de Lymington durante una temporada—, supongo que lo más indicado es ir a Bath.

—Gracias, señor Grockleton. —Su esposa sonrió satisfecha—. Ya les dije que siempre acabas viendo las cosas desde mi punto de vista.

Partieron al cabo de dos semanas.

—Ay, Fanny, estamos en la cima de la colina —exclamó la señora Grockleton cuando llegaron—, que es el lugar más elegante de la localidad —añadió, por si Fanny no lo había comprendido. Iban a quedarse seis semanas. Al cabo de ese tiempo, la gente elegante se aburría de estar en Bath, aunque había algunos que, por motivos de salud o inclinación, residían allí todo el año.

La casa que el señor Grockleton había hallado era espléndida. Al igual que la mayoría de casas en Bath, formaba parte de unas elegantes mansiones georgianas adosadas y era de piedra color crema.

Las casas estaban construidas sobre las empinadas colinas en hileras y en terraplén, adosadas, en calles en semicírculo, mirando hacia el cielo y hacia los valles de la ciudad a través de los cuales el río local serpenteaba entre riscos de piedra. Si Dios hubiera preguntado a la señora Grockleton cómo creía que debía crear el cielo, ella probablemente habría respondido: «Semejante a Bath.» No obstante, teniendo en cuenta sus propios planes, quizás habría agregado: «Colocadlo junto al mar.»

A Fanny, aunque se abstuvo de decirlo, el lugar no le gustó. La casa, aunque bien proporcionada y elegante, no tenía jardín. Pocas casas en Bath disponían de jardín. Ni tampoco, salvo en un par de parques, dedicados casi enteramente a céspedes y macizos de flores, había árboles. Pero cuando comentó esto con tacto a la señora Grockleton, la dama la corrigió de inmediato:

—¿Árboles, Fanny? Pero ¿no has pensado en la incomodidad que causaría todo ese cúmulo de hojas en un sitio como Bath? Además —añadió no sin razón—, en las colinas circundantes hay infinidad de bosques, los cuales tienen un aspecto muy elegante.

La casa era muy grande. Los Grockleton habían traído a sus hijos, para los cuales había un cuarto infantil en la planta superior. Las habitaciones nobles se hallaban en el nivel situado sobre la calle, las cuales ofrecían unas vistas espléndidas de la ciudad. A Fanny le gustaba sentarse y contemplar el panorama. Incluso trató de dibujarlo. Pero había pocas ocasiones de sentarse tranquilamente un rato cuando la señora Grockleton se encargaba de confeccionar el programa del día.

No cabe duda de que proporcionó a Fanny un cambio de aires. Visitaron el Pump Room, junto a las termas romanas, donde uno tomaba las aguas medicinales. En el amplio patio, con una antigua iglesia gótica que presentaba un delicioso contraste, unos hombres ataviados con unas chaquetas azules y botones dorados aguardaban para transportar a la gente en unas sillas de manos. La señora Grockleton insistió en que Fanny y ella las utilizaran en la primera ocasión.

Al día siguiente asistieron a un concierto en las salas de celebraciones. Éstas eran grandes y muy elegantes. Averiguaron que dos días más tarde iban a celebrar un baile por suscripción, al que la señora Grockleton insistió que debían acudir.

El día siguiente lo dedicaron en gran parte a ir de compras, lo cual no significa que compraran algo, sino que inspeccionaron los elegantes comercios y observaron a las personas que había en ellos.

—Bath marca la pauta, Fanny —le explicó la señora Grockleton—. Bath es la cuna de la sociedad educada. Bath —añadió entusiasmada por la idea que se le acababa de ocurrir— es como nuestra academia. Incluso a las jóvenes más encantadoras, las de apellido más ilustre, que han vivido toda su vida en el campo, les conviene mostrarse en Bath.

El baile resultó un tanto decepcionante. Si el mundo elegante se hallaba en Bath, aquella noche no había descendido a los salones de celebraciones. En lugar de ello, una nutrida colección de viudas, inválidos, oficiales con media paga y exuberantes comerciantes asiduos de Bath bailaron alegremente a los sones de la orquesta emitiendo un ruido decoroso. Se encontraron con un comerciante de Bristol y su familia cuyos dos hijos sacaron a bailar a Fanny. Como también lo hizo un comandante del ejército muy simpático, cuyo cuello de la chaqueta presentaba un aspecto un tanto grasiento, como suele ocurrir cuando el tejido está a punto de deshilacharse.

—No debe temerme —comentó a Fanny con tono jovial—. He venido aquí en busca de una viuda rica.

De hecho, el comandante era un hombre muy divertido que contó a Fanny muchos detalles útiles sobre la población.

—Para las personas como usted, que residen en la zona alta, hay unos salones superiores en los que se reúne la gente distinguida. Pero la aristocracia no visita con frecuencia los salones de celebraciones. A menos que organice un festejo interesante. Los aristócratas celebran fiestas particulares. Ahí es donde debería ir usted.

La señora Grockleton, a su modo, había llegado a una conclusión parecida.

—Me temo —comentó a su esposo aquella noche cuando estaban solos— que los salones estaban llenos de gente como nosotros.

—¿No te gusta encontrarte con gente como nosotros? —inquirió su esposo con tono afable.

—Para encontrarnos con gente como nosotros —señaló la señora Grockleton cargada de razón—, podríamos habernos quedado en casa y ahorrarnos el dinero del viaje.

Los días sucesivos transcurrieron agradablemente. Cuando hacía una temperatura templada, por las mañanas, llevaban a los niños a visitar los lugares de interés, o a pasear junto al río para contemplar las espléndidas laderas cubiertas de bosques de Beechen Cliff. Otro día salieron de la ciudad para visitar el magnífico Prior Park, más allá del cual se hallaban las canteras de las que habían extraído buena parte de la piedra utilizada para construir la ciudad; a fin de transportarla, se había construido un ferrocarril, el cual se hallaba sobre una empinada cuesta y funcionaba de acuerdo con las leyes de gravedad. La señora Grockleton quedó muy impresionada al verlo.

La señora Grockleton no hacía las cosas a medias. Al poco Fanny tuvo la impresión de conocer la ciudad tan bien como la mayoría de visitantes: la hermosa plaza llamada Queen Square, el Circus, el elegante puente de Pulteney diseñado por Adams, los salones de celebraciones, superiores e inferiores, y el Royal Crescent, donde uno iba a pasear los domingos, para ser visto. En Bath no había una temporada alta, puesto que la gente visitaba la ciudad durante todo el año y, por tanto, siempre era temporada alta. En términos generales era un lugar muy agradable, aunque ellos apenas conocieran a nadie. Al término de la primera semana se puso a llover, de forma casi continua, durante tres días y Fanny se habría sentido un poco deprimida de no haber recibido una carta conmovedora de Louisa comunicándole que su hermano y ella tenían previsto realizar una breve visita a Bath, para reunirse con ella.

A mediados de la segunda semana ocurrió un pequeño y curioso incidente. Después de haber pasado un par de horas jugando de forma apática con los hijos de los Grockleton en casa, Fanny se había dirigido sola al centro de la ciudad. Allí había numerosos comercios en las calles con arcadas que vendían toda clase de artículos de lujo, pero a Fanny le llamó la atención un escaparate en el que estaba expuesta una magnífica vajilla de porcelana Worcester. La vajilla, decorada con paisajes ingleses al estilo clásico, encajaba tan perfectamente en este balneario romano inglés que Fanny había decidido regresar más tarde para examinarla con detención. Durante media hora, la apatía que había experimentado casi desapareció mientras contemplaba una deliciosa escena tras otra. Al cabo de un rato, salió de la tienda y echó a andar cuesta arriba.

Apenas hubo recorrido unos pasos cuando, al llegar a un cruce y a unos doscientos metros a su derecha, vio al señor Martell apeándose de un coche. Martell se volvió, de espaldas a ella, y ayudó a una joven elegantemente vestida a apearse del vehículo. Al cabo de unos instantes ambos penetraron en una imponente casa.

El señor Martell. Fanny sintió que el corazón le daba un vuelco. Acompañado por una dama. ¿Por qué no iba a ir acompañado de una dama? Pero ¿era realmente el señor Martell? Fanny no había alcanzado a ver su rostro. Era un hombre alto, de aspecto solemne, moreno. El coche, tirado por cuatro espléndidos corceles, sin duda pertenecía a un personaje rico y aristocrático. La forma en que se movía, su aspecto en general era tan parecido al señor Martell, que Fanny había deducido que era él. Pero de pronto recordó que el señor Martell tenía un doble en un viejo retrato; podía haber otro visitante en Bath parecido a él.

¿Era el señor Martell? Fanny sintió que su pulso se aceleraba. Ardía en deseos de averiguarlo. Pero dudaba. ¿Cómo reaccionaría si se topaba con él? ¿Se hablarían? ¿Le hablaría ella? ¿Qué podía decirle al señor Martell y a su hermosa acompañante? Si Martell estaba en Bath, ¿se encontrarían alguna vez o se desplazaría él por el horizonte superior de la ciudad, de una casa particular a otra, sin que ella lo viera?

Puesto que él vivía en un mundo muy distinto del suyo, donde ya no deseaba su compañía; puesto que probablemente el corazón del señor Martell estaba ocupado por otra persona; y puesto que, para colmo, era un Penruddock, con el que no podía y no deseaba tener nada que ver, pensó Fanny, todas esas conjeturas eran absurdas. Lo único que cabía hacer era seguir adelante.

A pesar de todo no lo hizo. Tras mirar a su alrededor en busca de un pretexto, halló una vista que admirar y se entretuvo contemplándola durante varios minutos, por si él salía de la casa. A fin de cuentas, era posible que acompañara a la dama de regreso a su casa. Pero no salió nadie. El coche seguía detenido frente a la fachada. Al cabo de un rato, Fanny echó a andar por la acera hacia él. Le picaba la curiosidad, se dijo, sólo eso.

Sin embargo, su corazón latía con violencia. ¿Y si de pronto aparecía él y se topaba con ella? Ella lo saludaría de forma educada pero fría. No dudaría en desairarlo.

Si a Martell le quedaba alguna duda sobre la actitud de ella hacia él, Fanny se encargaría de disiparla. Animada por esta intención, Fanny se dirigió tranquilamente hacia donde se encontraban las grandes ruedas del carruaje.

La puerta de la casa estaba cerrada. El cochero estaba sentado tranquila pero elegantemente en el pescante. Lucía una flamante chaqueta y capa de color chocolate. Fanny lo miró y sonrió.

—Conduce usted un coche muy bonito —comentó con tono afable. El cochero se llevó la mano a la gorra y le dio las gracias—. ¿A quién pertenece?

—Al señor Markham, señora —respondió cortésmente el cochero.

—¿Ha dicho Markham o Martell?

—Markham, señora. No conozco a ningún señor Martell. El señor Markham acaba de entrar en la casa.

—Entiendo —contestó Fanny con una sonrisa forzada.

Al cabo de unos momentos reanudó su camino. ¿Había hecho el ridículo? No lo creía. ¿Se sentía aliviada? Seguramente. ¿Entonces por qué, al doblar la esquina, comprobó que la energía que había experimentado hacía unos minutos había desaparecido de golpe? Los pies le pesaban. Sin apenas darse cuenta, caminaba con la cabeza inclinada hacia delante y los hombros encorvados. Frente a ella, sobre la empinada cuesta de piedra, el cielo había adquirido inopinadamente un tono gris plomizo.

Cuando llegó a casa y se sentó con un libro junto a la ventana del salón y cuando la señora Grockleton le propuso ir a dar un paseo en coche, Fanny se disculpó alegando que le dolía la cabeza. Permaneció ahí sentada unas horas, sin hacer nada, sin desear nada. Por la noche tuvo un sueño inquieto.

La curiosidad de Fanny con respecto al paradero del señor Martell quedó satisfecha al principio de la semana siguiente por una carta de Louisa.

En ella le informaba de que dentro de unos días el señor Martell llegaría a casa de los Burrard, y que Edward y ella habían decidido no ir a Bath.

Me consta, Fanny, que te alegrará saber que el señor Martell viajará posteriormente a Londres y nos ha propuesto a Edward y a mí que le acompañemos. Pese a los atractivos que sin duda posee Bath, estoy segura de que no puede compararse con Londres, por lo que me temo que no iremos a reunirnos contigo y con la señora Grockleton allí.

Eso era todo. Louisa había olvidado interesarse por su salud o manifestar su pesar de no poder reunirse con ella. Por otra parte, había algo extraño en la carta. Al principio, Fanny no pudo identificarlo, pero a medida que pensaba en ello, adivinó la intención de Louisa. Una nota de triunfo: su prima le indicaba sin rodeos que había tenido más suerte que ella. Cierta frialdad: detrás de la breve y trillada frase de disculpa por no ir a verla, Louisa decía en realidad que tenía otras cosas más interesantes que hacer y no le importaba que Fanny lo supiera.

De modo, pensó Fanny deprimida, que su prima y amiga íntima no la quería. ¿Quién la quería, aparte de su padre y de la tía Adelaide? Tal vez el señor Gilpin, pero un vicario tenía el deber de amar a la gente. Quizás ella poseía escasas cualidades que invitaban a quererla. Fanny se sintió abrumada por esa sensación de inferioridad y de que todo era inútil, hasta el extremo de que en aquellos momentos la vida se le antojó como una gigantesca y grisácea ola invernal que rompía y retrocedía sobre una playa desierta.

Cabría pensar que el incidente que ocurrió a fines de febrero en el elegante balneario de Bath fue un hecho casi trivial, aunque en aquellos momentos nadie lo consideró así. A los pocos días apenas había una persona en todo Bath, pese al hecho de que prácticamente nadie conocía a la desdichada joven en cuestión, que no hubiera tomado partido en el asunto. La curiosidad que había despertado éste se debía precisamente a que nadie se lo explicaba. Circulaban todo tipo de conjeturas. No puede decirse que esas habladurías, que ni siquiera llegaron a oídos de la infeliz muchacha, influyeran ni para mal ni para bien. Salvo en el caso del modesto comandante que había bailado y conversado con ella en los salones de celebraciones. Debido a su íntimo conocimiento del tema, no tardó en ser invitado a cenar en casas donde jamás había puesto los pies, lo cual aumentó notablemente sus posibilidades de conocer a una viuda rica.

Entretanto, Fanny Albion se hallaba en la cárcel.

—Es preciso que la señora Pride me acompañe —declaró tía Adelaide con firmeza; y, dadas las circunstancias, ni siquiera el viejo Francis se atrevió a contradecirla, aunque inquirió con tono quejoso quién iba a ocuparse de él.

—Te alojarás en casa de los Gilpin —le informó su hermana.

El señor Gilpin había expresado el deseo de ir a ver a Fanny, pero Adelaide le había convencido de que le sería de más ayuda si se quedaba para ocuparse de su hermano.

—No estaría tranquila dejándolo sin la señora Pride —le dijo Adelaide, de modo que el anciano fue trasladado a la vicaría, con la cual declaró sentirse satisfecho. A todo esto, el señor Gilpin tuvo que contentarse con escribir una carta.

Mi querida niña:

No puedo adivinar cómo o por qué ha ocurrido este extraño hecho. Ni alcanzo a imaginar que usted sea capaz de llevar a cabo un acto malévolo o deshonesto. Rezo por usted y le pido que tenga presente, más que eso, que tenga la certeza de que se encuentra en manos en Dios. Confíe en él y sepa que la verdad la hará libre.

A Adelaide el señor Gilpin se limitó a recomendarle:

—Contrate a un buen abogado.

De modo que la intrépida anciana y la señora Pride emprendieron juntas el viaje de ciento quince kilómetros hasta Bath. En las carreteras de portazgo, con los cambios de caballos, podían llegar allí el segundo día.

El hecho de que Fanny estuviera presa era motivo de indignación para la señora Grockleton, pero los buenos oficios de la dama habían resultado en vano. Por algún motivo —quizá debido a algo que el magistrado había comido, o simplemente al hecho de que el juez que iba a presidir el juicio no tardaría en llegar— el magistrado había ordenado que encerraran a Fanny en la cárcel de la ciudad. Ni siquiera la amenaza de la señora Grockleton de hacer que los funcionarios aduaneros registraran su casa había logrado hacerle desistir.

En la medida de lo posible, procuraron que Fanny se sintiera cómoda en la pequeña prisión. Tenía una celda para ella sola, comida, todo cuanto pudiera necesitar. La trataban con educación, pues los guardias que la custodiaban no deseaban disgustar a la generosa y un tanto temible señora Grockleton, que la visitaba constantemente. El señor Grockleton, a todo esto, había contratado los servicios del bufete de abogados más prestigioso de Bath para defenderla y el jefe del bufete había ido en tres ocasiones a ver a Fanny.

Por consiguiente, todo indicaba que este desagradable asunto no tardaría en solventarse y Fanny quedaría en libertad. Como debía ser. No obstante, en las tres ocasiones en que el distinguido letrado había ido a verla, había salido de allí meneando la cabeza con perplejidad.

—No consigo una declaración de ella —confesó.

De modo que por fin, el señor Grockleton decidió revelar a su esposa lo que pensaba desde hacía unos días.

—¿Y si ella fuera culpable?

La ira que ese comentario suscitó en la corpulenta dama era digna de encomio.

—Si vuelves a decir eso, señor Grockleton, te pegaré una torta.

Y el señor Grockleton no dijo nada más. De todas formas no estaba muy convencido.

La tienda no era un gigantesco emporio, pero estaba siempre muy concurrida: botones y lazos, cintas, toda suerte de encajes. Uno encontraba allí a elegantes damas, modistas, toda clase de gente comprando pequeñas fruslerías sin las cuales la vida, en Bath, casi no habría tenido sentido.

Había hecho un día pesado, plomizo, y la tarde había empezado a perder su luz, como si alguien hubiera bajado las persianas, cuando Fanny Albion echó a andar hacia la puerta. Llevaba un rato en la tienda, vagando entre las mesas, examinando las sedas y los perifollos que estaban de moda. En realidad no deseaba adquirir nada, sólo había entrado porque no tenía la energía, ni la voluntad, de subir la colina hacia la casa donde se alojaba. Por su mente rondaban unos pensamientos melancólicos. Mientras paseaba de un lado a otro el bolso que llevaba colgado del brazo se había abierto. Después de veinte minutos de llevarlo así, Fanny se había detenido unos momentos, abstraída, junto a una mesa redonda sobre la que estaban expuestos numerosos encajes, algunos de los cuales tomó para examinarlos. Luego, tras cerrar con calma su bolso, se había dirigido hacia la puerta.

La vendedora que la había estado observando corrió a detenerla cuando Fanny traspuso la puerta. Segundos más tarde se había acercado el director de la tienda y había obligado a Fanny a abrir el bolso, el cual contenía —de eso no cabía ninguna duda— un encaje perfectamente doblado, cuyo valor ascendía a diez chelines. El director y la vendedora habían pedido a unos transeúntes que actuaran como testigos. Luego habían conducido a Fanny de nuevo al interior de la tienda y habían avisado al alguacil.

Mientras ocurría todo esto, los presentes se habían percatado de que Fanny parecía aturdida y no había dicho palabra.

—Pero ¿qué quieres decir con eso, hija mía?

Pese al largo viaje, la tía Adelaide había insistido en que la llevaran a ver a Fanny en cuanto llegaron a casa de los Grockleton. En esos momentos, mostrando un aspecto frágil en aquel entorno extraño pero una voluntad de hierro, la admirable anciana clavó sus penetrantes ojos en su sobrina.

Por desgracia, eso tampoco dio resultado. Fanny se limitó a menear la cabeza lentamente, mientras su tía y la señora Pride la observaban.

—¿A qué te refieres, hija mía? —Los prolongados y arduos esfuerzos de Adelaide por conservar la calma habían puesto sus nervios a prueba hasta el extremo que estaba a punto de estallar.

—¿A qué te refieres al decir que no sabes si lo hiciste o no? —preguntó la exasperada anciana alzando la voz casi en un grito.

La cena en casa de los Burrard fue espléndida. Asintieron todos los Totton y el señor Martell, que había llegado esa tarde; y el señor Arthur West, que se había hecho amigo de los Burrard y era un elemento imprescindible en cualquier cena.

Los criados habían servido el primer plato y los comensales investigaban el venado, el pato, el estofado de conejo, el pastel de pescado y otras exquisiteces cuando el señor Martell, después de degustar el excelente clarete, preguntó educadamente a Louisa:

—¿Qué sabe de su prima la señorita Albion?

Cuando los presentes enmudecieron y Louisa se sonrojó, sir Harry, sentado a la cabeza de la mesa, dijo con sensatez:

—Si desea ayudarse a sí misma y a Fanny Albion, debe estar preparada para responder de forma más eficaz que sonrojándose, Louisa. Pues debo decirle sin rodeos que todo el Forest habla de ella y la noticia ya ha llegado a Londres. —Sir Harry se volvió hacia Martell—. Esa pobre muchacha, señor, ha sido acusada de robar unos encajes en una tienda de Bath. Es la cosa más absurda e impensable del mundo. Está presa en la cárcel de la ciudad y van a juzgarla, según tengo entendido, muy pronto. Y como se trata sin duda de un malentendido, por supuesto la absolverán de los cargos. Su tía, pese a su avanzada edad, ha ido para estar con ella. Es una anciana con un coraje admirable. Su padre se aloja en casa del señor Gilpin. —Si Harry clavó los ojos en Louisa—. Todos los que estamos sentados en esta mesa, Louisa, y todas nuestras amistades coincidimos en defender a Fanny Albion y confiamos en verla muy pronto de regreso aquí. —Lo expuso con tono severo.

—Bien dicho —declaró el señor Totton muy firme.

—Desearía —comentó el señor Martell con expresión preocupada— poder ofrecer mis servicios. Conozco a un excelente abogado en Bath. —Se detuvo—. Por desgracia, me temo haber ofendido a la señorita Albion.

Los Totton y los Burrard se miraron intrigados y el señor Totton comentó que no había oído decir nada al respecto. El señor Arthur West se inclinó hacia delante y dijo:

—Creo, si me lo permite, señor, que conozco el motivo. ¿Recuerda el retrato de su bisabuelo que vino a ver en Hale?

—Desde luego.

—Con quien guarda usted un extraordinario parecido, señor. Quizás ignore que el anciano señor Albion y su hermana Adelaide son nietos de Alice Lisle y, a sus ojos, usted es un Penruddock.

Esta información dejó boquiabiertos a los comensales. Burrard y los Totton miraron estupefactos a Martell.

—¿Usted es un Penruddock?

Existían tantos y significativos datos sobre Martell —sus dos propiedades, su educación, su apostura, su interés en la Iglesia y en la política— que la cuestión de los parientes de su difunta madre nunca se había planteado.

—Los Martell y los Penruddock se han casado entre sí desde hace siglos. Mi madre era una Penruddock —declaró orgulloso—. No conocía el parentesco de los Albion con Alice Lisle, pero estoy seguro de que el coronel Penruddock arrestó a una conocida agitadora y el asunto está ya olvidado.

—En el Forest no. —Sir Harry meneó la cabeza—. A los Albion, cuando menos, les inspirará usted aversión.

—Entiendo. —Martell guardó silencio. En esos momentos recordó las preguntas que le había planteado Fanny en el baile de la señora Grockleton y su repentina frialdad.

—A la anciana señorita Albion, en particular, le disgusta mucho ese tema —explicó el señor Totton—. Su madre la crió, por así decir, en la sombra de Alice Lisle. Alice se llamaba Albion de soltera, y Albion House era su auténtico hogar.

Martell asintió lentamente. Recordó con nitidez la visión que tuvo de Fanny la primera vez que él había puesto los pies en aquella vieja y sombría mansión. Era una figura trágica, atrapada entre esos dos ancianos en una casa llena de recuerdos y sombras fantasmales. Pero esta información significaba también otra cosa: él había dado seguramente en lo cierto al creer que ella se sentía atraída por él. Fue el descubrimiento de que era un Penruddock lo que había hecho que Fanny le evitara y alejara de sí.

Era la sombra de Alice Lisle lo que se interponía entre ellos dos, pensó Martell. Maldita sea. Era tremendo. Y en esos momentos, al pensar en la terrible situación en que se hallaba Fanny, Martell sintió una profunda compasión por ella. ¿Cómo debía de sentirse, prácticamente sola, en semejantes circunstancias?

—Lamento profundamente su situación —dijo con tono quedo. Y la cena prosiguió sin que nadie volviera a mencionar el doloroso tema.

Cuando las damas se retiraron, dejando a los hombres con su oporto, Martell comentó el asunto con Burrard y Totton.

—Es una cuestión complicada —le informó Burrard—. Gilpin y yo, sin intervenir directamente, hemos tratado de obtener información al respecto. El gerente de la tienda donde ocurrieron los hechos, después de acusarla, se niega a desdecirse. El magistrado insistió en que Fanny fuera a la cárcel. Pero lo peor de todo es el estado de ánimo en que se encuentra la pobre Fanny. —Burrard le explicó brevemente que Gilpin había convencido a los Grockleton de que llevaran a Fanny a Bath—. Durante el invierno, Fanny se había sumido en un estado muy melancólico. Por desgracia, la visita a Bath no ha surtido aún el efecto deseado. Se muestra apática y no dice nada que sirva para aliviar su situación. Incluso para personas como nosotros, Martell, un robo es un robo. No le oculto que, en mi fuero interno, temo por ella. El caso es grave.

Robo: las penalidades por robar en la Inglaterra del siglo XVIII eran muy duras. Con frecuencia se dictaban sentencias de muerte o deportación. El valor de los bienes robados no tenía gran interés para los tribunales: era el carácter moral del delincuente y la agresión contra la propiedad ajena lo que les importaba. El delito del que Fanny estaba acusada era un robo liso y llano, e incluso las personas de alcurnia podían ser castigadas severamente por él. De esta forma, demostraban al conjunto de la sociedad que la ley era igual para todos.

—¿Se sabe el motivo por el que la señorita Albion cayó en ese estado de melancolía? —se aventuró a preguntar Martell.

—No —respondió Edward Totton—. Creo que a raíz del baile de la señora Grockleton, Fanny empezó a mostrarse retraída. Imagino que el espectáculo que organizó su padre debió de causarle, aunque sin justificación alguna, una profunda turbación. Louisa y yo somos los culpables. No caímos en la cuenta; debimos esforzarnos en ayudarla. Pero no lo hicimos y me siento avergonzado de ello.

A raíz del baile. Su melancolía, pensó Martell, pudiera obedecer a otra causa. Pero ¿qué diablos podía hacer él para remediarlo?, se dijo mientras se dirigía a reunirse con las damas. Era absurdo pensar que la familia no hubiera contratado los servicios de un buen abogado. Su intromisión en el asunto, por tanto, no sería bien recibida.

Sólo una frase de esta conversación seguía rondándole por la cabeza: «Se muestra apática y no dice nada que sirva para aliviar su situación.» Era preciso convencerla de que se ayudara a sí misma. El caso era demasiado grave para dejarlo al azar. Fanny tenía que poner más empeño por su parte.

Los caballeros y las damas se dirigieron hacia las dos mesas de naipes, pero Martell no estaba de humor para jugar ni tampoco Louisa; de modo que se sentaron en un sofá un tanto alejado y se pusieron a charlar.

No había duda, pensó Martell, de que Louisa era una joven muy bonita y divertida. Le gustaba; gozaba con su compañía. Incluso había pensado, en un par de ocasiones, en algo más. Puede que una Totton no fuera exactamente el estilo de mujer que le convenía, pero dentro de una amplia variedad podía casarse con quien quisiera. Quizá la conmoción que le había causado la noticia sobre Fanny había añadido cierta ternura a su estado de ánimo, y en esos momentos observó a Louisa con afecto.

—Debo confesar —le dijo Martell— que estoy muy disgustado por lo ocurrido con la señorita Albion.

—Todos los estamos —repuso ella con tono quedo.

—Me gustaría hacer algo por ella. Quizá —prosiguió Martell como si pensara en voz alta—, si Edward fuera a verla, yo podría acompañarlo.

Una leve expresión de enojo ensombreció el rostro de Louisa.

—No sabía que le preocupara tanto Fanny —comentó suavemente—. No creo que ella desee que Edward vaya a verla en estos momentos.

—Es posible. Sin embargo —continuó Martell meneando la cabeza—, sospecho que lo que necesita precisamente es compañía, afecto.

—Entiendo. —No era preciso poseer un instinto femenino, del que Louisa estaba bien dotada, para adivinar hacia dónde propendían los sentimientos de Martell—. Es difícil saber —observó Louisa midiendo sus palabras— cuál es exactamente la situación. Por consiguiente, debemos ser cautos.

—¿A qué se refiere? No pretenderá insinuar que la señorita Albion es culpable del delito que se le imputa.

—No, señor Martell. —Louisa se detuvo—. No obstante, desde aquí es difícil conocer los datos con exactitud. Es posible que exista algo…

Martell la miró entre asombrado y curioso. Louisa no era tonta. Trataba de darle a entender algo. Pero ¿qué?

—Le confiaré algo, señor Martell, si me promete no revelarlo a nadie.

—Muy bien. —Martell reflexionó unos instantes—. Prometo no hacerlo.

—Existe una circunstancia que es posible que mi prima quizás ignore. Creo que usted ya sabe que mi padre y la madre de Fanny eran hermanos.

—En efecto.

—Pero no lo eran. Ella era su hermanastra. Y la madre de ella… En fin, la segunda esposa de mi abuelo pertenecía a un estrato social muy distinto. Era una señorita Seagull. La familia era de lo más humilde: marineros, posaderos, contrabandistas. Y si nos remontamos más atrás… —Louisa hizo una pequeña mueca—. Es mejor no indagar.

—Entiendo.

—De modo que quizá sea ése el motivo… aunque no podemos tener la certeza… —Louisa esbozó una breve y amarga sonrisa. Martell la miró fijamente.

Y en esos momentos él vio —con toda nitidez— que ni siquiera ella misma se daba cuenta de la increíble malicia que se ocultaba detrás de sus palabras.

—Le agradezco la confianza que me ha demostrado, señorita Totton —dijo con voz queda. En aquel mismo instante, Martell tomó la decisión de trasladarse a Bath a la mañana siguiente.

Adelaide meneó la cabeza. Llevaba más de una semana en Bath y no había adelantado nada. Había momentos en los que se sentía tan desesperada que casi no podía soportarlo más y pensaba que lo mejor sería regresar a casa. Sin embargo, hacía tanto tiempo que se encargaba de velar por el bienestar de su familia, resistiendo con tenacidad por su madre, su hermano y su sobrina, que por más que lo deseara no podía desistir de su empeño. Estaba tan atada, sujeta y aferrada a la casa de Albion que, aunque quisiera, no podía renunciar a sacar a su sobrina del apuro en el que se encontraba.

Lo cual no significaba que confiara en lograrlo.

—Eres como Alice —le espetó con amargura—. Se negó a defenderse; se quedó dormida delante del juez, no protestó en ningún momento. ¿Vas a dejar que te asesinen como a ella? ¿No habrá más Albions?

Pero Fanny no dijo nada.

—¿No puede usted tratar de convencerla? —preguntó Adelaide a la señora Pride.

Durante una semana, la señora Pride se había ocupado de acompañar a tía Adelaide de un lado a otro, había escuchado en silencio lo que ocurría en casa de los Grockleton y su presencia les había aportado, en la medida de lo posible, cierto consuelo. De paso había observado a Fanny y había sacado sus propias conclusiones. Así pues en esos momentos, aunque habló suavemente, la mujer del Forest se expresó con firmeza.

—La conozco desde que nació, señorita Fanny —dijo—. He velado por usted. Siempre fue una joven decidida y sensata. Pero ahora van por usted. —La señora Pride miró a Fanny a los ojos—. Tiene que salvarse. Es preciso. Si no lo hace, no quedará nada.

—No sé si puedo hacerlo —respondió Fanny.

—Debe hacerlo. Es preciso —repitió la señora Pride.

—Tienes que luchar, Fanny —dijo su tía—. ¿No lo entiendes? Debes luchar, no puedes rendirte. —La tía Adelaide miró a Fanny unos instantes y luego se volvió hacia la señora Pride—. Es mejor que nos vayamos —dijo levantándose con dificultad.

Antes de irse, la señora Pride se volvió para observar a Fanny y ambas se miraron a los ojos. La expresión que traslucían los ojos de la otra mujer era claro: «Sálvese.»

Cuando se fueron, Fanny sacó la carta del señor Gilpin y la leyó de nuevo confiando en que le diera fuerzas, pero no sirvió de nada y volvió a guardarla. Luego cerró los ojos, aunque no durmió.

Sálvate. Ojalá pudiera hacerlo. A veces, cuando nadie la observaba, Fanny se tendía hecha un ovillo, como un feto, y permanecía en esa posición durante una hora. Otras, clavaba la vista en el infinito, incapaz de hacer nada. Fanny tenía la impresión de que jamás lograría librarse de la situación en la que se hallaba. Su vida estaba cercada por unos muros tan recios e inexpugnables como los de su prisión. No había una escapatoria, ni una alternativa, ni un final.

Aun así, Fanny ansiaba escapar. Aunque no sabía con exactitud de qué. De su misma existencia, quizás. Anhelaba que el hombre que amaba acudiera a su lado para consolarla y decirle que la perdonaba. Entonces, ella habría sido capaz de enfrentarse a lo que fuera. Pero eso era de todo punto imposible. De modo que se contentaba con seguir así, sumida en la más amarga tristeza, y cerrar los ojos para impedir que la hiriera la luz del mundo exterior.

Por tanto, no le vio detenerse en la puerta de la celda.

¿Cuánto tarda un hombre en comprender, con toda certeza, que ama a una mujer?

Wyndham Martell observó la pálida figura que estaba sentada en silencio en su celda, pálida como un rayo de luz que penetraba por el ventanuco e iluminaba su rostro, confiriéndole un aire etéreo. Pensó en su vulnerabilidad y en todo cuanto él sabía sobre ella, y en ese momento comprendió que ésta era la mujer que el destino había puesto en su camino para que la amara. Después de lo cual, como todos los que han amado saben, no hay más que decir. Su vida estaba decidida. Le llevó, aproximadamente, un segundo.

A continuación, Martell entró en la celda y ella lo miró estupefacta. Sin detenerse, él se dirigió hacia Fanny y cuando ella empezó a levantarse, él la abrazó.

—He venido, Fanny —dijo sonriendo con ternura—, y no te abandonaré jamás.

—Pero… —Fanny frunció el ceño, desesperada— no sabes…

—Lo sé todo.

—No puedes…

—Conozco incluso el oscuro secreto de tu abuela Seagull y sus antepasados, amor mío. —Martell meneó la cabeza con expresión afectuosa—. Nada importa mientras podamos estar juntos. —Y antes de que Fanny pudiera abrir la boca, la besó y la estrechó con fuerza entre sus brazos.

Fanny se echó a temblar y luego dio rienda suelta a toda la emoción contenida. Abrazada a él, rompió a llorar, dejando que las lágrimas rodaran como un cálido e incesante torrente por sus mejillas. Él no trató de consolarla, sino que dejó que siguiera llorando mientras la abrazaba con fuerza, musitando palabras de amor. Permanecieron abrazados un buen rato, pero no habrían sabido decir cuánto tiempo.

Ninguno de los dos vio entrar a tía Adelaide.

Durante unos instantes la anciana no comprendió lo que ocurría. Fanny estaba en brazos de un extraño, cuyo rostro no alcanzaba a ver debido a que se hallaba de espaldas a ella. Adelaide no tenía ni la más remota idea de quién era ese hombre ni qué hacía Fanny abrazada a él. Alargó la mano para apoyarse en el brazo de la señora Pride, quien se hallaba a su lado. Transcurrieron varios segundos antes de que la anciana hablara.

—¿Fanny?

Los dos jóvenes se separaron bruscamente. El hombre se volvió y miro a tía Adelaide. Al contemplar su rostro ésta palideció.

Es imposible adivinar si la anciana comprendió que se trataba del señor Martell o si, durante unos momentos, supuso que la figura del retrato que había visto en Hale había cobrado vida por arte de magia y la persona que tenía ante sí era el coronel Penruddock. Sea como fuere, mientras lo miraba horrorizada le espetó entre dientes:

—¡Usted!

Martell recobró rápidamente la compostura.

—Soy Wyndham Martell, señorita Albion.

Si tía Adelaide lo oyó, decidió hacer caso omiso. Estaba blanca como la cera y mostraba una expresión de ira y odio como Fanny jamás había visto. Cuando habló, lo hizo con un tono de desprecio como el que habría empleado con un ladrón.

—¡Cómo se atreve a presentarse aquí, villano! ¡Fuera!

—Sé, señora, que en el pasado hubo una disputa entre su familia y la de mi madre.

—Salga de aquí, señor.

—Creo que es innecesario…

—Márchese. —Tía Adelaide se volvió hacia Fanny, como si Martell no existiera—. ¿Qué significa esto? ¿Qué haces con este Penruddock?

No fue sólo la pregunta fría y despectiva, sino la expresión de dolor, y terrible decepción, de sentirse traicionada, que traslucían los ojos de la anciana lo que impresionó a Fanny.

«Me ha cuidado toda mi vida —pensó Fanny—, confiaba en mí, y yo la he defraudado; he hecho lo peor que podía: la he traicionado.»

—¡Tía Adelaide! —exclamó.

—Quizá ya no necesites a tu familia —le respondió su tía con una frialdad que le traspasó el corazón.

—Por supuesto que os necesito, tía Adelaide. —Fanny se volvió hacia Martell—. Te suplico que te vayas.

Él miró a una y a otra.

—Regresaré —contestó.

Martell se marchó en medio de un silencio sepulcral.

—¿No deseas darme alguna explicación? —preguntó su tía con la misma frialdad que antes.

Fanny trató de explicárselo. Le confesó que se había enamorado de Martell sin saber nada sobre sus antepasados.

—Supongo que él tampoco sabe nada sobre los míos —añadió.

Explicó a su tía que al averiguar su parentesco con los Penruddock se había alejado de él, y que no había vuelto a verlo hasta que él había aparecido de improviso en la celda.

—Le has besado.

—Sí. Me trató con ternura. Me dejé vencer por la emoción.

—¡Te dejaste vencer por un Penruddock! —le espetó su tía con amargura.

—No volverá a ocurrir.

—¿Y si regresa?

—Me negaré a verlo.

Su tía la miró con recelo, pero Fanny meneó la cabeza para subrayar sus palabras.

—Fanny. —Tía Adelaide no se expresó con ira, sino que habló con voz muy queda—. Me temo que si vuelves a ver a ese hombre, yo no podré seguir viéndote a ti. Tendremos que separarnos.

—No, tía Adelaide, te lo ruego, no me dejes. Prometo no volver a verlo.

Adelaide suspiró.

—Estoy cansada —dijo volviéndose hacia la señora Pride—. Creo que será mejor que regresemos. Hija mía —añadió abrazando a Fanny con delicadeza—, nos veremos de nuevo mañana.

Después de haber hecho cuanto estaba en su mano por proteger a la familia, la anciana se retiró.

Fanny recibió aquella noche una visita inesperada. La señora Pride. Esa admirable mujer permaneció con ella una hora, durante la cual averiguó lo que había ocurrido exactamente entre el señor Martell y Fanny, y comprendió el grado de cariño que Fanny sentía por él.

—Vino a salvarme —gimió la joven—, pero es imposible. Sé que es imposible. Todo es imposible. —Y aunque la rodeó con sus brazos y dejó que llorara, al tiempo que trataba de consolarla, la señora Pride no podía negar que lo que Fanny decía era cierto. En tanto que el recuerdo de Alice Lisle perdurara en Albion House, pensó con tristeza, ningún Penruddock pondría jamás los pies en ella. No podía ser de otro modo. En el Forest los recuerdos tardaban en morir.

A la mañana siguiente, el señor Martell fue a verla, pero Fanny dio órdenes de que no le permitieran pasar. Por la tarde ocurrió otro tanto. Al día siguiente, Martell trató de dejar una carta, pero los guardias se negaron a aceptarla.

Había habido tantas falsas alarmas de un tiempo a esta parte que el señor Gilpin se abstuvo de enviar un recado a Adelaide hasta que el médico estuvo seguro de que Francis Albion se moría y no podía durar más de un par de días.

La llegada de la carta colocó a la anciana en un dilema. Sabía que tenía el deber de regresar junto a su hermano pero no quería dejar a Fanny, tanto más cuanto que temía que su sobrina recibiera otra visita del señor Martell. Sin embargo, cuando Fanny señaló que éste no había dado señales desde hacía tres días y renovó su promesa de no tener ningún contacto con él, la anciana respiró aliviada.

—No soportaría pensar que yo había impedido que tú, su único consuelo en este trance, acudieras a su lado —insistió Fanny—. Ve con él, te lo ruego, dile que le quiero y que aunque no esté con él físicamente lo estoy en espíritu.

Fanny había sido sincera y Adelaide accedió a partir. No obstante, restaba la incógnita del juicio, que se celebraría dentro de diez días. El mejor abogado que había en Bath se hallaba preparado y dispuesto a defender a Fanny en el tribunal. Pero el estado de ánimo de Fanny era dudoso. Un día demostraba poseer la suficiente energía para defenderse, y al siguiente caía de nuevo en una profunda desidia.

—No estoy seguro de qué impresión causará al tribunal —comentó el abogado—, ni cómo responderá a las preguntas que se le formulen.

—Tanto si mi hermano se recupera como si no —le aseguró Adelaide—, regresaré antes del juicio. Nos las arreglaremos como podamos. Quizás —añadió traiga conmigo al señor Gilpin.

Así pues, tras sentar estas premisas, la tía Adelaide partió del brazo de la señora Pride, dejando a Fanny, durante unos días, sola.

Mientras el coche avanzaba por la veloz carretera de portazgo entre Bath y Sarum, la señora Pride tuvo tiempo de reflexionar con detenimiento sobre todo lo que había ocurrido en los últimos días. Ojalá pudiera hallar una solución al terrible dilema que se avecinaba, pensó.

No tenía ninguna certeza de cómo se resolverían las cosas para Fanny. El juicio podía saldarse en su contra por más que ella se afanara en defender su inocencia. En cuanto a su estado de ánimo y la presencia del señor Martell, ambas cosas planteaban unos interrogantes para los que ella no veía solución.

Por lo que se refería a la tía Adelaide, la señora Pride no reprobaba a la anciana el que detestara al señor Martell. Si los Pride seguían recordando la traición de los Furzey, ¿cómo iba Adelaide a perdonar a un Penruddock? En su lugar, pensó la señora Pride, ella sentiría lo mismo. En cuanto a encontrárselo con Fanny en aquella situación… La pobre había estado a punto de sufrir un síncope.

La señora Pride recordó de nuevo su lacrimógena entrevista con Fanny. No tenía duda de que Fanny amaba al señor Martell. Ojalá no fuera así, pensó. Este amor imposible era sin duda la causa del penoso estado de ánimo de Fanny. Llegaron a Sarum por la tarde sin que la señora Pride hubiera hallado una solución al problema.

Tomaron la carretera que partía de Salisbury hacia Southampton, por el elevado risco cretácico desde el que se contemplaba un espléndido panorama del Forest, y más tarde, al llegar a Lymington, enfilaron de nuevo por la carretera de portazgo. Al atardecer, cuando el día declinaba, llegaron al sendero que conducía a la vicaría del señor Gilpin.

El vicario les abrió la puerta y las saludó, con aspecto serio, tras lo cual condujo a Adelaide al cuarto de estar, donde le invitó a sentarse. Cuando la anciana preguntó por la salud de su hermano, el señor Gilpin hizo una pausa antes de responder:

—Su hermano murió esta mañana, poco antes del amanecer. Tuvo una muerte apacible. Estuve rezando con él, después de lo cual durmió un poco y, al rato, expiró. Yo mismo quisiera tener una muerte tan serena como él.

Adelaide asintió lentamente.

—¿Cuándo se celebrará el funeral?

—Con su permiso, mañana. Si lo desea, podemos aplazarlo.

—No. —Adelaide suspiró—. Es mejor así. Debo regresar a Bath lo antes posible.

—¿Desea verlo? Está en el comedor, amortajado.

—Sí. —Adelaide se levantó—. Entraré a verlo.

El señor Gilpin se había encargado de todo hasta el último detalle. Después de que Adelaide hubo pasado un rato a solas con su hermano, el vicario le explicó el tipo de oficio que se proponía celebrar en la iglesia de Boldre, donde ya estaba dispuesta la sepultura de los. Albion. Los Totton, los Burrard y otras familias de la localidad habían sido informados y asistirían a menos que Adelaide dispusiera lo contrario. Adelaide podía alojarse en la vicaría, añadió el señor Gilpin, invitación que ella declinó, dándole las gracias, pues prefería instalarse en Albion House. Aunque en su ausencia el señor Gilpin había dado permiso a algunos sirvientes para que regresaran a sus casas, quedaban los suficientes para atenderla.

—Prométame que descansará al menos uno o dos días antes de regresar a Bath —le rogó el vicario—. Tiene tiempo de sobra.

—Sí. Un día. Pero luego debo partir. No puedo dejar sola a Fanny.

—Desde luego. En ese caso, el día siguiente al funeral iré a visitarla. Hay ciertos asuntos referentes a su sobrina que deseo comentar con usted.

—Me parece perfecto. —De hecho, según le dijo Adelaide, deseaba pedirle consejo.

El señor Gilpin la despidió y observó desde la puerta cómo se alejaba en el coche hasta que éste hubo desaparecido. Luego regresó, atravesó el vestíbulo y entró en su estudio, cuya puerta había mantenido cerrada durante la visita de Adelaide. El vicario se volvió hacia la figura con quien había estado conversando durante buena parte de la tarde.

—Pasado mañana. Hablaré con ella. Pero deseo que usted me acompañe. Así podrá hablar también con ella.

—¿Cree que es prudente?

—Prudente o no, en todo caso es necesario.

—Entonces me dejaré guiar por usted —le respondió el señor Martell.

El funeral que tuvo lugar en la antigua iglesia situada sobre el montículo fue una ceremonia íntima. Asistieron los Totton, varios vecinos del Forest y los inquilinos y sirvientes de Albion House. El señor Gilpin celebró un oficio breve pero digno. En el breve sermón y en las oraciones aludió a Fanny y, al despedirse de tía Adelaide, los asistentes le rogaron que le transmitiera sus afectuosos saludos.

Adelaide expresó el deseo de regresar sola a casa en cuanto terminara la ceremonia, y sus deseos fueron respetados, de modo que sólo se apearon ella y la señora Pride ante la vieja mansión cubierta a dos aguas. Después de que la anciana se hubo instalado en el saloncito con artesonado de roble, la señora Pride le llevó una tisana y la dejó sola, para que pudiera dormir un rato antes de tomar una cena ligera y retirarse temprano.

El señor Gilpin apareció a la mañana siguiente, a las once, y Adelaide estaba preparada para recibirle.

No podías por menos de admirarla, pensó la señora Pride. Sentada, muy erguida en la butaca de orejas del saloncito y rodeada de cojines, la anciana presentaba un aspecto frágil pero, pese a cuanto había pasado, mantenía la mente muy despierta.

Cuando entró el señor Gilpin, la señora Pride hizo ademán de retirarse, pero Adelaide le pidió que se quedara.

—Deseo que la señora Pride esté presente —dijo al señor Gilpin—. No podríamos arreglárnoslas sin ella.

—Estoy de acuerdo. —El clérigo sonrió afectuosamente al ama de llaves.

—En primer lugar deje que le cuente —empezó a decir la anciana—, cómo está el caso de Fanny.

Adelaide describió con detalle el estado de ánimo de su sobrina, su incapacidad de defenderse de las acusaciones, la preocupación del abogado y todo el lamentable asunto. Se refirió de pasada a la amabilidad de los Grockleton, pero no mencionó al señor Martell. Cuando hubo terminado, el señor Gilpin se volvió hacia la señora Pride y le preguntó si quería añadir algo.

La señora Pride dudó unos instantes. ¿Qué podía decir?

—La señorita Albion lo recuerda todo con precisión —repuso con tacto—. El caso de la señorita Fanny es grave. Estoy preocupada por ella.

—Es extraño que se niegue a defenderse —comentó Gilpin—. Me pregunto si, quizá, los abogados sospechan que ella (por el motivo que fuere) pudo haber robado el encaje.

—Es una idea absurda —replicó la tía de Fanny.

Gilpin miró a la señora Pride.

—No puedo decirle, señor, lo que piensan los abogados. No creo que la señorita Fanny se haya planteado esa posibilidad.

—Se encuentra en un estado de ánimo muy extraño. Casi parece, disculpe usted, que estuviera trastornada. Está claro que mi estimada señorita Albion no es la misma.

—Así es.

—Pero ¿a qué obedece? —preguntó el señor Gilpin observando a la anciana de hito en hito—. ¿Qué pudo haber perturbado su serenidad, o sus afectos?

—Nada importante —le espetó Adelaide.

—Creo, señor —terció la señora Pride discretamente—, que sus emociones están perturbadas. —Adelaide le dirigió una mirada de reproche, pero tenía que decirlo.

Entonces vino la parte más difícil de la misión del señor Gilpin. Empezó por aclarar a Adelaide que estaba convencido de que Fanny se hallaba en un grave peligro.

—La han acusado de un robo. Hay unos testigos del todo respetables. En estas circunstancias me temo la posición que ocupa en sociedad no la protegerá. Es más, quizá los jueces, por una cuestión de honor, decidan sentenciarla a ser deportada para demostrar que no hacen distingos. No sería el primer caso. —El señor Gilpin se detuvo para dejar que la anciana asimilara esta espantosa perspectiva.

Pero no había tenido en cuenta la rígida naturaleza de la mentalidad de Adelaide.

—¡Justicia! —exclamó con despecho—. No me hable de justicia cuando recuerdo lo que los tribunales hicieron a Alice Lisle.

—Se haga justicia o no —prosiguió el vicario—, ése es el riesgo. Coincidirá conmigo en que debemos hacer cuanto podamos por salvarla. —Adelaide asintió con un breve movimiento de la cabeza—. Creo que debo acompañarla a usted a Bath. ¿Está usted de acuerdo? —La anciana asintió de nuevo—. No obstante —continuó el señor Gilpin—, debo advertirla que no creo que mi presencia induzca a Fanny a defenderse, lo cual debe hacer si quiere salvarse. Estoy convencido de que la solución es otra.

Si Adelaide adivinó a qué se refería el vicario, la única indicación que dio fue arrugar levemente el ceño. Gilpin prosiguió.

El vicario hizo gala de una gran sabiduría. Hizo hincapié —como habría hecho todo buen cristiano— en la necesidad de una reconciliación. Resaltó las nefastas consecuencias de antiguas disputas.

—Los hijos no deben sufrir por los pecados de los padres, señorita Albion.

Gilpin hizo especial hincapié en la absoluta necesidad de salvar a Fanny.

—Creo —dijo con gran perspicacia— que usted ya sabe a qué me refiero.

—No tengo la menor idea —replicó Adelaide inamovible.

—Pues yo, señora —dijo otra voz procedente de la entrada—, creo que sí lo sabe.

El señor Martell entró en la habitación y se inclinó cortésmente. Aunque Gilpin le había dicho que aguardara fuera, en el coche cubierto, hacía un rato que había entrado en la casa y había estado escuchando la conversación.

Pálida, Adelaide miró a Martell y a Gilpin.

—¿Ha sido usted quien ha traído a este villano? —inquirió ásperamente.

—Sí —confesó el vicario—, pero estoy convencido de que no es un villano. Al contrario.

—Tenga la bondad de marcharse, señor Gilpin, y llévese a ese villano —dijo la anciana empleando de nuevo esa palabra—. Fijó los ojos en un punto distante sobre el artesonado—. Ya veo, señor, que hoy en día incluso los clérigos traicionan la confianza que depositan en ellos sus amigos. Pero mi familia está acostumbrada a vérselas con villanos, asesinos y violadores, aunque ésta es la primera vez que un clérigo mete a uno de esa calaña en nuestra casa.

—Mi querida señorita Albion…

—Le sugiero que en el futuro, señor Gilpin, se abstenga de aparecer por aquí. Y que no se acerque a mi sobrina en Bath. Buenos días.

Si incluso Gilpin se había quedado estupefacto por la feroz andanada, ésta no pareció afectar a Wyndham Martell.

—Señora —explicó con calma y educación—, puede usted ofender a la familia de mi madre cuanto guste. Si lo que dice de ellos es cierto, lo lamento. Si yo pudiera —añadió alzando una mano— librarme de mi parentesco Penruddock cortándome una mano, le aseguro que lo haría con tal de salvar a su sobrina.

Adelaide lo observó en silencio. Quizás había conseguido hacer mella en la anciana.

—Descubrí que me parezco a un antepasado sobre el que apenas sé nada, y que ese hombre es considerado con desprecio y horror por la familia de la joven de quien había empezado a encariñarme y que, sin explicación alguna, me rechazó debido a esa circunstancia. Pero cada generación, por más que honremos a nuestros padres y a nuestros antepasados, nace de nuevo. Incluso nacen robles nuevos en el Forest. Yo no soy, se lo aseguro, el coronel Thomas Penruddock, ni deseo serlo. Soy Wyndham Martell. Y Fanny no es Alice Lisle.

—Salga de aquí.

—Señora, creo posible poder inducir a la señorita Albion a defenderse. Al margen de los sentimientos de usted, ¿no quiere dejar que trate de salvarla?

Gilpin miró en aquellos momentos a la señora Pride y por la expresión de su rostro comprendió, con meridiana claridad, que aparte de lo que Fanny pudiera haberle dicho ella estaba convencida de que Martell podía salvarla.

—Le ruego que considere ante todo la posibilidad de salvar a Fanny —terció el vicario.

—¿Salvar un Penruddock a una Albion? ¡Jamás!

—¡Por todos los santos, señora! —exclamó Martell exasperado—. ¿Desea que su sobrina viva en una tumba viviente?

—Salga de aquí.

Martell no hizo caso.

—¿Usted la quiere, señora? ¿O la quiere sólo como la sirvienta del templo de esta familia?

—Salga de aquí.

—Le aseguro, señora, que amo a su sobrina por ella misma. Lo cierto es que en estos momentos me tiene sin cuidado que sea una Albion, una Gilpin o —Martell se volvió y miró a los ojos a la mujer alta y agraciada, semejante a él, que, según dedujo, había estado pendiente de cada palabra suya— o una Pride. La amo, señora, por ella misma, y me propongo salvarla, con o sin su autorización. Pero su ayuda sería muy valiosa para su sobrina.

—Salga de aquí.

Ante una señal de Gilpin, el señor Martell, visiblemente acalorado, se retiró con él y al cabo de unos momentos se oyó el motor del coche del señor Gilpin al partir.

Adelaide guardó silencio durante un rato, mientras la señora Pride permanecía a sus espaldas. Luego, dirigiéndose al ama de llaves o quizás hablando consigo mismo, la anciana dijo:

—Si la salva, ella se casará con él. —Adelaide meneó la cabeza con tristeza—. ¡Mi pobre madre! ¡Pobre Alice! Es preferible que muera antes que eso.

En aquel momento, la señora Pride comprendió lo que debía hacer.

Por la noche, Martell y Gilpin se sentaron en el estudio del vicario, para comentar lo que debían hacer.

—Deseo ir —dijo Gilpin—. Y me consta que Fanny accederá a hablar conmigo. Pero quedan dos cuestiones. Dado el carácter implacable de la anciana, ¿mi presencia no creará más confusión? Por otra parte, es a usted a quien Fanny necesita, no a mí.

—La anciana no me preocupa —respondió Martell—. Partiré a primera hora de la mañana. Pero necesito una autorización para verla. No puedo derribar la puerta de la prisión.

—Le llevará una carta mía. En ella le rogaré que le reciba. Le diré que habla usted con mi bendición. Quizás eso la convenza.

Gilpin acababa de sentarse para escribir la carta y Martell se había puesto a leer un libro cuando oyeron que alguien llamaba a la puerta principal. Al cabo de unos momentos apareció un criado que murmuró algo al oído de Gilpin. Éste se levantó y salió al vestíbulo, desapareciendo durante unos momentos antes de regresar apresuradamente.

—¡Coja su chaqueta, Martell! —dijo—. Le necesitamos. Están ensillando a los caballos.

—¿Adónde vamos? —inquirió Martell mientras subía corriendo a su habitación para recoger su chaqueta y sus botas.

—A Albion House. No hay tiempo que perder.

Nadie podía decir dónde o cómo se había iniciado, pues al parecer todos los ocupantes de la casa estaban profundamente dormidos. No lo descubrieron hasta que un criado se despertó en el piso superior y percibió un extraño crepitar que le alarmó. Tan pronto como salió de su pequeña alcoba vio que el pasillo estaba lleno de un denso humo. Al cabo de unos segundos se encontró con la señora Pride, quien también acababa de despertarse, vestida en camisón.

—¡Toda la casa está ardiendo! —exclamó el ama de llaves—. Apresúrese, reúna a los sirvientes. El fuego no ha alcanzado la escalera trasera. Llévelos a los establos y asegúrese de que no falta ninguno.

—¿Adónde va usted?

—A buscar a la anciana. ¿Adónde iba a ir?

El humo comenzaba a asfixiarla cuando la señora Pride se dirigió al primer piso. Se encaminó apresuradamente hacia la alcoba donde dormía Adelaide, entró y se acercó al lecho.

Estaba vacío.

La señora Pride echó una rápida ojeada a su alrededor. Nada. Entró en la habitación contigua, pero también estaba vacía y se dirigió hacia la escalera.

El fuego había prendido las cortinas. La señora Pride vio que a través de la ventana del saloncito de la planta baja salían llamas. Corrió escaleras abajo y trató de entrar en el saloncito, pero el calor era demasiado intenso. Abrió la puerta principal y salió precipitadamente.

—¿Alguien ha visto a la señorita Albion?

Todos los sirvientes estaban reunidos en los establos. No faltaba ninguno. Los hombres habían tomado unos cubos con el propósito de formar una cadena que llegara hasta el río. La señora Pride comprendió que era inútil, pero no trató de disuadirlos.

Nadie había visto a la anciana.

—Debió de subir. Quizás esté fuera —apuntó un sirviente.

—Quizá fue ella quien provocó el fuego al caer con una lámpara en la mano.

—Que nadie entre en la casa —ordenó la señora Pride, y penetró de nuevo en el edificio.

Empezaba a salir humo por el tejado y a través de algunas ventanas del piso superior brotaban unas llamas. Los habitantes de Boldre debían de haber divisado las llamas, pues unos hombres se acercaban corriendo por el sendero.

La señora Pride les pidió que ayudaran a los hombres con los cubos. Alguien fue a avisar al vicario.

—Miren a ver si la anciana está en el jardín —ordenó la señora Pride a la cocinera y a otras mujeres—. Quizá salió a dar un paseo.

Cuando el señor Gilpin y Martell llegaron las llamas brotaban por el tejado y las cenizas se elevaban hacia el sombrío firmamento nocturno. Curiosamente, la puerta de la casa aún no se había incendiado y se podía pasar, pero el interior estaba invadido por una extraña oscuridad que el destello de las llamas interrumpía de vez en cuando.

Todo intento por encontrar a Adelaide resultó infructuoso. Nadie imaginaba dónde podía estar. Si había entrado en el saloncito, ya debía de haber muerto abrasada.

—Quizá cayó al suelo —sugirió Gilpin—. Es posible que aún esté viva. —Miró a Martell—. Bien, ¿lo intentamos?

Pero cuando los dos hombres desmontaron, la señora Pride se les adelantó.

—¡Esperen! —exclamó—. No saben dónde buscarla. —Y antes de que alguien pudiera detenerla, el ama de llaves penetró de nuevo en la casa.

Las llamas que lamían el borde del tejado conferían un extraño aspecto a los triángulos de piedra clara de los aguilones, como si éstos trataran de librarse del feroz fuego que ardía tras ellos. Las llamas surgían a través de la mitad de ventanas. Parecía imposible que alguien pudiera sobrevivir en aquel infierno. Sin embargo, al cabo de unos momentos vieron la alta figura de la señora Pride en una ventana, tras lo cual se desvaneció y apareció en otra. Luego desapareció de nuevo y no reapareció, por lo que Gilpin y Martell echaron a correr hacia la puerta cuando de pronto apareció en ella la señora Pride, avanzando a través de la noche iluminada por el resplandor de las llamas, sosteniendo en brazos un frágil bulto blanco.

Era Adelaide. No se había abrasado, pero su camisón blanco estaba ennegrecido y chamuscado. Yacía inerte en brazos del ama de llaves. Estaba muerta. Al parecer había caído al suelo, perdiendo tal vez el conocimiento, y había muerto asfixiada por la densa humareda.

Sin un coche de bomberos no había esperanza de salvar Albion House. El fuego se prolongó durante horas, pues la gigantesca estructura Tudor de la casa ardía lentamente y algunos de los grandes maderos de roble, aunque quemados por fuera, no se abrasaban por completo. Pero a primeras horas de la mañana la mansión quedó reducida a un gigantesco caparazón rojo y, al amanecer, a una ruina refulgente como un ascua. Albion House había caído. Ya no existía. Y con ella sus dos ocupantes, Francis y Adelaide, la guardiana de la casa, habían desaparecido de la escena.

Esa noche al bueno y perspicaz del señor Gilpin se le ocurrió que el accidente ofrecía a Fanny Albion la posibilidad, si lo deseaba, de que el señor Martell la salvara y, al recordar el día en que el profundo sueño de Francis Albion le había permitido llevar a Fanny a Beaulieu, el vicario, poco antes de medianoche, dirigió a la señora Pride una mirada inquisitiva.

No obstante, el rostro de la señora Pride no dejaba entrever nada mientras el resplandor del hogar iluminaba su noble perfil, y el vicario recordó, sabiamente, que en el Forest las cosas no son siempre lo que parecen.

La sala del tribunal guardaba silencio. Esa mañana, el juez oiría las acusaciones y alegatos de tres casos por robo. Los acusados, sentados en un banco junto a un alguacil que los custodiaba, observaban mientras los otros avanzaban, uno tras otro, hacia el estrado para ser juzgados.

En primer lugar se presentó un joven que había atracado a un anciano y le había robado el dinero y el reloj de oro. Lucía una espesa mata de pelo negro y rizado y de niño debió de parecerse a Nathaniel Furzey. Pero si años atrás había sido un muchacho travieso, en esos momentos nada lo indicaba. Miraba al frente, con expresión cansina y desesperanzada. El jurado no tardó en declararlo culpable. Lo sentenciaron a morir en la horca.

La pobre chica de dieciséis años que había robado un jamón cocido para dar de comer a su familia obtuvo una condena más leve. Rubia, de ojos azules, quienes la observaron dedujeron que habría sido tan bonita como una de las hijas de los Grockleton, de no haber pasado tres meses en una celda inmunda alimentándose sólo de mendrugos de pan. Era una lástima ahorcarla. De modo que la deportaron a Australia durante catorce años.

Había otros casos rutinarios. Aunque resultaban trágicos para las familias de los condenados, no presentaban un interés especial.

Sin embargo, el caso de una joven acusada de robar un trozo de encaje era harina de otro costal. La parte posterior de la sala estaba atestada de gente. Los miembros del jurado se enderezaron en sus asientos y la miraron con interés. Los letrados con sus togas negras y sus pelucas la observaron con curiosidad. Hasta el juez abandonó su expresión de aburrimiento.

Si el caso había despertado su interés y la joven su curiosidad, eso no fue nada comparado con la impresión que les causó la joven cuando, al preguntar el juez quién representaba a la acusada, respondió con calma:

—No tengo abogado. Si su señoría me lo permite, me representaré yo misma.

Su respuesta fue acogida por un murmullo que se extendió por toda la sala. Todo el mundo estaba pendiente de ella.

Cualquiera que hubiera visto a Fanny Albion hacía una semana, habría reparado en el extraordinario cambio que se había operado en ella. Lucía un sencillo vestido blanco cuya cintura alta, al estilo imperio de la época, le daba un aspecto pudoroso. Pero al observar el ribete de encaje, la faja de raso y los escarpines de seda uno se daba cuenta de que la señorita Albion, aunque modesta, era evidentemente rica. Y si, debajo del vestido, llevaba colgado del cuello un curioso crucifijo de madera que antaño había pertenecido a una campesina, nadie salvo Fanny y el señor Gilpin sabían que estaba ahí.

Fanny se mostró tranquila y confiada cuando la condujeron a su lugar, y en el momento en el que leyeron los cargos en voz alta y le preguntaron si se declaraba culpable o inocente, respondió con voz clara y firme:

—Inocente.

Una ojeada a la sala bastaba para confirmar que la acusada contaba con un excelente apoyo. Estaban presentes los Grockleton. El señor Gilpin, que había exhortado a Fanny a contar la verdad con la máxima sencillez, estaba sentado junto a ellos. A su lado se encontraba la señora Pride. La víspera el ama de llaves le había rogado encarecidamente: «Debe salvarse, señorita Fanny, después de todo lo ocurrido. Tiene que vivir su propia vida.» Pero era la otra figura, que la observaba sonriendo, lo que le había pedido que se casara con él, Wyndham Martell, quien le había hecho prometer que lucharía, suplicándole: «Hazlo por mí, querida Fanny.»

El caso que presentó el fiscal era muy claro. En primer lugar llamaron a declarar a la dependienta de la tienda. Ésta dijo que había observado durante un rato a la acusada, la había visto abrir el bolso, la había visto examinar el encaje y guardarlo en el bolso, que había cerrado antes de dirigirse apresuradamente hacia la puerta de la tienda. La dependienta explicó que había perseguido a la ladrona, la había detenido en la calle y que, en presencia del gerente de la tienda, había hallado el encaje en el bolso de Fanny.

—¿Qué dijo la rea cuando la acusaron de haber robado el encaje?

—Nada.

Un murmullo se extendió por la sala, pero el juez pidió silencio y dijo a Fanny que podía interrogar a la testigo.

—No le haré ninguna pregunta, señoría.

¿Qué significaba eso? Los asistentes se miraron entre sí.

Luego llamaron al gerente de la tienda, quien confirmó los hechos. El juez ofreció de nuevo a Fanny la posibilidad de interrogarlo. Ella la rechazó.

A continuación, declaró una mujer que había presenciado los hechos. Pero Fanny persistió en no refutar ninguno de los testimonios. El señor Grockleton parecía preocupado y su esposa dispuesta a saltar del asiento en el momento más impensado. La señora Pride frunció los labios.

—Llamo al estrado a la acusada, la señorita Albion —dijo el fiscal.

Era un hombre bajo y rechoncho. Al hablar las lengüetas de su cuello almidonado de jurista se movían hacia delante y hacia atrás contra su grueso y carnoso cuello.

—Haga el favor de referir al tribunal lo que ocurrió la tarde de autos, señorita Albion.

—Desde luego. —Fanny se expresó con voz grave y clara—. Me paseé por la tienda, tal como han declarado los testigos.

—¿Su bolso estaba abierto?

—Yo no me percaté, pero no tengo motivo de dudar que lo estuviera.

—¿Se acercó a la mesa en la que estaban expuestos los encajes? ¿Y niega haber tomado uno, haberlo guardado en el bolso y haberse dirigido hacia la puerta?

—No lo niego.

—¿No lo niega?

—No.

—¿Robó usted el encaje?

—Es evidente.

—¿El mismo encaje que hallaron en su bolso fuera de la tienda, tal como han declarado el gerente y una testigo?

—Exactamente.

El fiscal parecía perplejo. Miró al juez y se encogió de hombros.

—Señoría, miembros del jurado, lo han oído de labios de la propia acusada. Ella robó el encaje. La acusación ha concluido su alegato.

El fiscal regresó a su lugar, murmuró unas palabras a su secretario sobre la estupidez de las mujeres que pretenden defenderse sin un abogado y esperó a que el juez indicara a Fanny que podía presentar su defensa.

La sala se sumió en un silencio sepulcral cuando Fanny se puso en pie.

—Sólo tengo un testigo, señoría —declaró—. El señor Gilpin.

El señor Gilpin subió al estrado con gran dignidad; confirmó que era el vicario de Boldre, que poseía varias licenciaturas y era autor de unas obras conocidas y respetadas, y que conocía a Fanny y a su familia desde que ésta era niña. Al pedirle que describiera la posición de Fanny en sociedad, el señor Gilpin dijo que era la heredera de la propiedad de los Albion y de una cuantiosa fortuna. Al inquirir si Fanny alguna vez había andado escasa de dinero, el vicario respondió negativamente.

Luego Fanny le pidió que describiera su carácter, cosa que el vicario hizo con rigor, explicando la naturaleza de su vida, un tanto retirada, y su devoción a su padre y a su tía. ¿Qué circunstancias, inquirió Fanny, la habían llevado a Bath? El mismo, explicó el vicario al tribunal, había pedido a los Grockleton que la llevaran allí para que la joven gozara de un cambio de aires. A su entender, Fanny llevaba demasiado tiempo encerrada en Albion House en compañía de dos ancianos.

—¿Cómo describiría usted mi estado de ánimo a la sazón?

—Melancólico, apático, abstraído.

—Cuando averiguó que me habían acusado de robar, ¿le sorprendió?

—Me quedé asombrado. No lo creí.

—¿Por qué?

—Porque, conociéndola como la conozco, la idea de que hubiera robado algo es inconcebible.

—No tengo más preguntas.

El fiscal se levantó de un salto y se acercó al vicario.

—Dígame, señor, cuando la acusada dice que robó el encaje, ¿la cree usted?

—Desde luego. Jamás la he oído decir una mentira.

—De modo que lo hizo. No tengo más preguntas.

El juez miró a Fanny. Todo dependía ahora de ella.

—¿Puedo dirigirme al tribunal en nombre propio, señoría?

—Sí.

Fanny inclinó la cabeza y se volvió hacia el jurado.

Los doce miembros del jurado la observaron con detenimiento. La mayoría eran comerciantes, junto con un par de agricultores de la localidad, un oficinista y dos artesanos. La joven les inspiraba lástima, pero no veían cómo podía ser inocente.

—Caballeros del jurado —empezó a decir Fanny—, quizá les haya extrañado que yo no contradijera ni una palabra de las acusaciones contra mí. —Los miembros del jurado no respondieron, pero era evidente que les había extrañado—. Ni siquiera dije que la dependienta de la tienda había cometido un error. —Fanny se detuvo unos momentos—. ¿Por qué iba a hacerlo? Son personas honradas. Han referido lo que vieron. ¿Por qué iba nadie a poner en duda su palabra? Yo misma les creo.

Fanny miró al jurado y ellos la observaron a ella. No sabían con certeza dónde quería ir a parar, pero escucharon con atención.

—Caballeros del jurado, les pido ahora que consideren mi situación. Han escuchado al señor Gilpin, un clérigo de intachable reputación, describir mi personalidad. Jamás he robado nada en mi vida. También le han oído decir que poseo una cuantiosa fortuna. Aunque fuera proclive a la delincuencia, que Dios sabe que no es así, ¿qué motivos tendría para no pagar por un trozo de encaje? Tengo más que suficiente dinero. Es absurdo. —Fanny se detuvo de nuevo para dejar que el jurado asimilara sus palabras.

»Ahora les pido que recuerden el testimonio sobre lo que ocurrió cuando me detuvieron frente a la tienda. Al parecer no dije nada. Ni una palabra. ¿Por qué lo hice? Porque estaba asombrada, caballeros. Unas personas honradas afirmaban que yo había robado un trozo de encaje. Tenía la prueba ante mis ojos. No podía negarlo. No creí que estuvieran mintiendo. Y no lo estaban. Yo había cogido el encaje. Ahora afirmo que lo cogí. Pero entonces estaba tan asombrada que no supe qué responder. Y a fuer de ser sincera, les aseguro que apenas puedo responder de mis actos a partir de entonces. Les pido que me crean cuando digo que no sabía que había tomado el encaje. No niego nada, caballeros, me limito a decirles que no me había percatado de que había guardado el encaje en mi bolso. En mi vida me había sentido tan sorprendida.

Fanny miró al juez y de nuevo al jurado.

—¿Cómo es posible? Lo ignoro. Es cierto, como ha dicho el señor Gilpin, que a la sazón me sentía trastornada. Recuerdo que esa tarde no había dejado de pensar en mi amado padre, que había estado indispuesto. Yo había pensado en marcharme de Bath para estar con él, porque presentía que no tardaría en morir, un presentimiento que, por desgracia, se cumplió. Mientras pensaba en esas cosas di una vuelta por la tienda. Ni siquiera recuerdo haberme detenido para contemplar el encaje, pero supongo que, distraída como estaba por esos pensamientos, al pasar junto a la mesa lo tomé y guardé en el bolso. Es posible que, en mi abstracción, creyera hallarme en otro lugar, quizás en casa. Caballeros —prosiguió Fanny alzando la voz—, ¿qué posible motivo pudo inducirme a robar un trozo de encaje que no necesito? ¿Por qué iba yo, la heredera de una importante propiedad, entregada a mi familia y a mantener el buen nombre de ésta, arriesgarlo todo para cometer un delito que no tenía motivo alguno de cometer?

Fanny respiró hondo antes de continuar.

—Caballeros, me han ofrecido los mejores abogados para que me representaran y pensé en utilizarlos. Sin duda, ellos habrían tratado de arrojar la sombra de una duda sobre los motivos, la veracidad, la credibilidad de esas personas honestas que me han acusado. Durante los días previos a este juicio he permanecido encerrada en la cárcel. He perdido mi buen nombre, a mi padre, a mi tía e incluso mi hogar familiar. Dios ha considerado oportuno arrebatármelo todo. —Fanny se expresaba con tal emoción que durante unos instantes no pudo proseguir—. Pero estos angustiosos días me han convencido de una cosa: que debía comparecer ante ustedes y contarles la vida simple y escueta. Me acojo a su sabiduría y misericordia. —Fanny se volvió—. No tengo nada más que decir, señoría.

El jurado no tardó en deliberar. Incluso la dependienta estaba dispuesta a creerla. ¿Cómo la declaró el jurado?

—Inocente, señoría.

Estaba libre. A pesar de todo al abandonar la sala del tribunal acompañada por sus leales amigos, Fanny no sintió alegría. Junto a la puerta, custodiada por un alguacil, Fanny vio a la chica a la que habían deportado y se detuvo un momento.

—Lamento lo que te han hecho —dijo.

—Estoy viva —respondió la joven encogiéndose de hombros—. No lo pasaré peor allí que aquí.

—Pero tu familia…

—Me alegro de perderlos de vista. Jamás hicieron nada por mí.

—Yo pude haber corrido la misma suerte que tú —dijo Fanny con tono quedo.

—¿Tú? ¿Una dama? No me hagas reír. En cualquier caso te habrían soltado.

—No seas impertinente —dijo el señor Gilpin, aunque no con aspereza.

No obstante, Fanny se volvió y miró a la muchacha con lástima.

El matrimonio de la señorita Fanny Albion y el señor Wyndham Martell tuvo lugar a fines de primavera. Hubo ciertas dudas sobre dónde celebrar la fiesta de esponsales, pero la cuestión se resolvió a satisfacción de todos cuando el señor Gilpin puso a disposición de los novios su vicaría, donde Fanny se había alojado con anterioridad a la boda. El señor Totton, por ser el pariente más cercano, la acompañó al altar, Edward fue el padrino y Louisa la primera dama de honor. Si los Totton habían notado cierta frialdad hacia ellos por parte de la novia y el novio, ese día no hubo señal de ello y todos felicitaron a Louisa por lo bonita que estaba y expresaron la opinión de que no tardaría en encontrar también marido.

Tres días antes de la boda, Fanny recibió una inesperada visita. Se presentó en la puerta de la vicaría portando un regalo y, aunque un tanto nerviosa, Fanny comprendió que no podía negarse a recibirlo y le hizo pasar al cuarto de estar.

Ese día, el señor Isaac Seagull presentaba un aspecto pimpante, vestido con una elegante chaqueta azul, medias de seda y una corbata perfectamente almidonada. Con una pequeña reverencia y una curiosa sonrisa, entregó a Fanny el regalo, que consistía en una preciosa bandeja de plata. Fanny la tomó y le dio las gracias, pero no pudo por menos de sonrojarse un poco, pues no se le había ocurrido invitarle a la boda.

Al adivinar sus pensamientos, el mesonero del Angel Inn, con su rostro cínico y carente de mentón, sonrió y dijo con su habitual desparpajo:

—No asistiría a la boda aunque usted me invitara.

—Ah.

Fanny contempló el césped a través de la ventana, el cual aún estaba un poco descuidado tras los aguaceros primaverales.

—El señor Martell sabe que somos parientes.

—Es posible. Pero no es necesario pregonarlo. No es un pecado tener secretos —comentó el hombre que vivía de ellos.

—El señor Martell no se encuentra aquí en estos momentos. Estoy segura de que le habría gustado saludarlo.

—Bien —respondió el contrabandista con un sentido del humor que Fanny no captó—, espero tener el placer de estrecharle la mano dentro de poco.

Luego dio media vuelta y se marchó. Media hora más tarde, el señor Gilpin, sonriendo con ironía, halló una botella del mejor coñac junto a la puerta trasera de su casa.

—¿Te fijaste, señor Grockleton? Estaban todos. Los Morant, los Burrard y no sé cuántas otras familias de Dorset.

La señora Grockleton declaró que después del día de su propia boda —cuando menos tuvo el detalle de precisarlo—, aquél había sido el día más feliz de su vida. Y nada, pero nada era comparable al momento en que Fanny y Wyndham Martell, que estaba a su lado, habían llamado a sir Harry Burrard, que se había acercado risueño, y Fanny había dicho con sencillez y afecto:

—Señora Grockleton, estoy segura de que conoce a sir Harry Burrard. La señora Grockleton —había añadido Fanny sonriendo— es nuestra leal amiga.

Lo cual, aunque ni ella misma lo sabía, era lo que la señora Grockleton llevaba esperando toda su vida a que alguien dijera.

Para todos, sin embargo, el momento culminante del día fue cuando el señor Martell pronunció su discurso.

—Sé que muchos de vosotros os preguntaréis —dijo— si voy a llevarme del Forest a la última de los Albion. Os aseguro que no. Aunque nuestros intereses nos llevan a Dorset y a Kent, y también a Londres, tenemos la intención de construir aquí una nueva casa, para sustituir a Albion House. —Pero no iban a construirla en el boscoso paraje donde se había alzado ésta, sino en una gran explanada situada al sur de Oakley, donde Martell quería diseñar un parque con vistas al mar. Ya habían empezado a trazar los planos de una hermosa mansión clásica—. Y para demostrar que en nuestro nuevo orden no hemos olvidado al antiguo —declaró Martell con tono jovial—, hemos decidido llamarla Albion Park.

1804

Aquella cálida tarde de julio, todo estaba dispuesto en Buckler’s Hard. Los tres últimos días habían sido de un gran ajetreo. Habían llegado al menos doscientos hombres más de los astilleros navales de Portsmouth para colaborar en la botadura. Los llamaban aparejadores. Habían acampado alrededor del astillero.

La botadura que iba a celebrarse al día siguiente sería una de las más impresionantes que había efectuado el astillero. Asistirían a la misma más de tres mil personas. Estaría presente la aristocracia rural y numerosos personajes ilustres de Londres. Pues mañana iban a botar el Swiftsure.

Era la tercera vez en la historia del astillero que habían construido un gigantesco buque de setenta y cuatro cañones. El gran Agamemnon sólo había tenido sesenta y cuatro. El buque, de mil setecientas veinticuatro toneladas, dominaba el astillero. Los Adams cobrarían más de treinta y cinco mil libras por construirlo.

El negocio seguía pujante en Buckler’s Hard. A la edad de noventa y un años, el viejo Henry Adams todavía aparecía por el astillero, aunque hoy en día eran sus dos hijos quienes lo dirigían. En los últimos tres años habían construido tres barcos mercantes costeros y un queche; tres bergantines de dieciséis cañones, dos fragatas de treinta y seis —de las cuales la segunda, la Euryalus, había sido construida junto al Swiftsure—, y el imponente buque de setenta y cuatro cañones. Otros tres bergantines, de doce cañones cada uno, se hallaban en fase de construcción. El astillero estaba tan cargado de trabajo que a menudo los Adams iban retrasados de fechas y los beneficios no eran lo que debían ser. Pero el hecho de haber completado el Swiftsure era, sin duda alguna, motivo de celebración.

Puckle desde luego pensaba celebrarlo. Había estado trabajando en el Swiftsure desde la colocación de la quilla.

Se le habían hecho muy largos los años de exilio, aunque trabajo no le había faltado. Isaac Seagull había comentado discretamente el caso con el anciano señor Adams; el señor Adams había hablado con un amigo de los astilleros de Deptford, junto al Támesis, en las afueras de Londres. Y al cabo de un mes de haberse hecho a la mar, Puckle el contrabandista había sido patrióticamente contratado de nuevo para construir buques para la marina de su majestad.

La marina necesitaba barcos más que nunca. Desde la llegada de Puckle a Londres, Inglaterra había estado en guerra, o a las puertas de ésta, con Francia. De la Revolución había surgido un poderoso militar, Napoleón Bonaparte, un segundo Julio César, que se había convertido en dueño de Francia y que sin duda se proponía hacerse dueño también del mundo. Sus ejércitos revolucionarios arrasaban por doquier. En Inglaterra, sólo el inflexible ministro, William Pitt, y los grandes buques de roble de la marina británica, se interponían, implacables, en su camino.

Habían sido unos años duros. La guerra, las malas cosechas y los bloqueos franceses habían repercutido negativamente en la economía británica. El precio del pan había ascendido de forma vertiginosa. Habían estallado unas revueltas esporádicas. Puckle, que trabajaba con ahínco en Deptford, no pasaba privaciones; pero aunque podía dirigirse río arriba hacia el concurrido puerto de Londres, o subir a los elevados riscos y los frondosos bosques de Kent, añoraba la mullida tierra turba, los senderos sembrados de guijarros, los robles y el brezo del Forest. Ansiaba regresar. Llevaba aguardando dieciséis años.

No el primo ficticio del señor Grockleton, sino una tía de su esposa, perteneciente a una rica familia de comerciantes de Bristol, les había dejado un modesto legado que había permitido a los Grockleton retirarse. No obstante, sus numerosos amigos, entre quienes hasta se contaban —más o menos— los Burrard, se habían llevado una sorpresa al saber que la señora Grockleton no pensaba permanecer en Lymington. Su academia iba viento en popa. Cuatro muchachas pertenecientes a insignes familias aristocráticas asistían a algunas de sus clases. El baile anual que la señora Grockleton ofrecía para sus alumnas se había convertido en una grata ocasión social en la que sólo las mejores familias de comerciantes como los Totton y los St. Barbes se codeaban con la aristocracia. Incluso el señor Grockleton, que jamás había logrado interceptar una caja de coñac, tomaba de vez en cuando un trago de la botella que habían dejado a la puerta de su casa por orden de Isaac Seagull, quien le había tomado gran simpatía. Así pues, ¿qué motivos tenían para marcharse?

Lo cierto, aunque ella era demasiado educada y amable para decirlo, era que Lymington no había estado a la altura de las expectativas de la señora Grockleton. Al igual que el Forest.

—Son esas salinas —comentaba ella con tristeza.

Las salinas, las pequeñas bombas eólicas y las casas donde hervían la sal seguían allí. Cierto; recientemente habían construido un par de casas muy bonitas en Lymington con vistas al mar. Un par de capitanes se habían instalado allí, con la perspectiva de que acudirían más; y los almirantes, aunque de aspecto feroz, eran muy respetables.

Pero faltaba algo en la población. Quizá fueran los franceses. En 1795 la mayoría de ellos habían emprendido una campaña contra los revolucionarios en Francia. Un gran contingente había desembarcado en sus costas, había peleado con valentía pero en vano. La expedición no había contado con el decidido respaldo del gobierno inglés. Pocos de los valerosos franceses habían regresado. El único recuerdo que quedaba en Lymington de su estancia allí era un par de viudas aristocráticas, un gran número de jóvenes lugareñas que se habían enamorado de los soldados, o se habían casado con ellos, e, inevitablemente, varios hijos ilegítimos, los cuales iban a suponer una carga para la parroquia.

No, no era suficiente. Con sus salinas y sus contrabandistas, Lymington, aunque era una población agradable, jamás se convertiría en un lugar de moda.

Pero ¿y la situación social de la señora Grockleton? ¿No era amiga de Fanny y Wyndham Martell? ¿Y de Louisa, su querida Louisa, que se había casado con el señor Arthur West? ¿No era, si no una invitada asidua a sus cenas, cuando menos una amistad de los Burrard, los Morant e incluso del señor Drummond de Cadland? Ciertamente, y ése era el problema. La señora Grockleton había alcanzado su objetivo. El enemigo había sido derrotado. Los había conocido y había comprobado que eran mortales. Esas buenas gentes quizá se habrían quedado pasmadas al enterarse pero, al menos en su grandiosa mente, la señora Grockleton les había superado. El Forest, en suma, le quedaba pequeño.

De modo que los Grockleton se instalaron en Bath.

Y con el retiro y la partida del señor Grockleton, el camino quedaba allanado para que Puckle pudiera regresar.

Todo se hizo con gran discreción. De eso se encargó Isaac Seagull. Su antigua vivienda estaba preparada, al igual que su puesto de trabajo. Y por un arte de magia propio del Forest, cuando Puckle regresó al astillero dio la impresión de que nadie había reparado en que había pasado un tiempo ausente.

A su llegada, Puckle descubrió otra grata continuidad. El inmenso árbol que él había escoltado a través del Forest desde la piedra de El Rufo seguía allí, como si estuviera esperándole, por así decirlo. Su madera era tan abundante y de una calidad tan extraordinaria, que el señor Adams la había apartado hasta comenzar a construir en sus astilleros un barco digno de ella. El barco al que fue destinada era el espléndido Swiftsure. Así pues, la bellota procedente del prodigioso árbol que echaba flor en pleno invierno pasó a formar parte de uno de los mejores buques de Nelson.

De eso hacía cuatro años, cuando había comenzado el trabajo en el Swiftsure, en el que Puckle había estado trabajando desde entonces. Por tanto, la botadura del barco, que iba a llevarse a cabo al día siguiente, a Puckle se le antojaba una curiosa afirmación. Había regresado a casa, y había traído al mundo un imponente barco. Al menos, eso podría decir pasado mañana, después de la botadura.

La botadura de un gran navío era un asunto complejo y delicado. Esencialmente era preciso trasladar el descomunal peso del barco desde los bloques en los que descansaba la quilla, sobre los que había sido construido, hasta una grada sobre la que debía deslizarse y penetrar en el agua sin sufrir daño.

Desde hacía días, Puckle se afanaba en ayudar a los hombres que construían los raíles de madera, concretamente de olmo, y como tenían que llegar hasta el agua, la mayor parte del trabajo lo realizaban cuando descendía la marea. Todos se ponían perdidos de barro.

La tarea de transportar la gigantesca mole del barco debía realizarse con extremada precaución. Mientras se hallaba en fase de construcción, el buque descansaba sobre unos bloques de olmo, aproximadamente de un metro y medio de alto y dispuestos a un metro y medio de distancia entre sí. Alrededor del casco disponían unas gigantescas estacas de madera, de unos diez o doce metros de altura, semejantes a los mástiles de un barco, que constituían el andamiaje. Comenzando desde el extremo más próximo al agua, los aparejadores se movían con rapidez, colocando grandes cuñas de madera para alzar el barco sobre los bloques y poner luego unos puntales de madera que conducirían al buque suavemente a lo largo de los raíles. Era una operación delicada que requería una gran pericia. Todo tenía que salir a la perfección. Si el barco se bamboleaba, podía volcar de costado. Si el ángulo de los raíles era poco pronunciado, quizá no consiguieran botar el barco. Si era demasiado pronunciado, el buque se lanzaría a la carrera hacia el agua y quedaría embarrancado en los bancos de arena que había en el río. No sería la primera vez que ocurría. Pero si todo iba bien, la marea alta bajo la popa facilitaría que el barco se alzara sobre los bloques, los hombres retirarían las cuñas que lo sostenían y, frenado por unos cabos de arrastre, el buque se deslizaría suavemente hacia el río Beaulieu, de popa, para ser luego remolcado aguas abajo hacia el Solent.

Puckle dio una vuelta alrededor del barco. Le encantaba la línea de la gigantesca quilla y la mano de obra que representaba. La parte interior de la quilla consistía en unas piezas de madera de olmo. El exterior estaba compuesto por otra quilla de roble. Cuando el barco se deslizaba por los raíles, o en caso de que embarrancara posteriormente, la quilla exterior era la que encajaba los golpes y arañazos y protegía la quilla interna de todo daño.

Esa noche, Puckle permaneció en el astillero, pues antes de la botadura del barco había que realizar una labor de importancia vital.

Por regla general, en Buckler’s Hard los barcos eran lanzados al agua una hora antes de que subiera la marea. Cuando la marea alcanzaba su nivel más bajo, que esa noche sería poco antes del amanecer, una cuadrilla de hombres engrasaban los raíles con sebo fundido y jabón. Puckle había pedido formar parte de la cuadrilla. No quería perderse por nada en el mundo esos últimos preparativos que llevaban a cabo antes del amanecer.

Esa noche la luna se hallaba en cuarto creciente y el cielo estaba cuajado de estrellas. En Albion Park, la pálida fachada clásica de la mansión se erguía frente al césped que relucía cubierto de rocío y la franja, la cual formaba un leve declive, de pequeños campos y bosques que se extendían hasta las aguas del Solent como en un apacible sueño. Más allá, visible a la luz de la luna, se erguía la silueta alargada de la isla de Wight como un amable centinela.

En la hermosa y ordenada mansión, todos estaban dormidos. Los cinco hijos de Fanny y Wyndham Martell dormían felices en el ala destinada a los niños. La señora Pride, algo avejentada pero que seguía empuñando las riendas de la casa —en la que no se movía una mosca sin su permiso— dormía pacíficamente. Por la mañana, todos los ocupantes de la casa se unirían al centenar de coches que acudirían para presenciar la botadura del Swiftsure.

Todos dormían. O casi todos.

El señor Wyndham Martell se hallaba desvelado. Se había despertado hacía una hora, al oír a su esposa murmurar en sueños, y la observaba con expresión pensativa.

Durante las últimas semanas, Fanny solía hablar en sueños. Él desconocía el motivo. Esos episodios se habían producido anteriormente de forma esporádica, durante una o dos semanas, y luego cesaban, como unas mareas ocultas en la mente de su esposa sobre las que él no sabía nada. A veces lograba descifrar algunas palabras. Fanny hablaba en sueños sobre su tía, sobre la señora Pride, sobre Alice Lisle. También se refería a una conversación que al parecer había mantenido con Isaac Seagull. Asimismo, el señor Gilpin era el destinatario de algunas de sus confidencias. Pero había un sueño que le causaba una profunda desazón; Fanny se revolvía en el lecho y en ocasiones incluso gritaba. Esta noche había vuelto a tener esa pesadilla.

Wyndham Martell amaba a su esposa de todo corazón. Deseaba ayudarla, pero no sabía cómo. La mayoría de cosas que decía no tenían sentido. Cuando se revolvía inquieta en el lecho, farfullando frases ininteligibles y gimiendo, él era incapaz de comprender lo que decía. Y por la mañana, cuando se despertaba, ella le sonreía cariñosamente como si nada hubiera turbado su sueño.

Sin embargo, esta noche él había creído entender algo más.

Wyndham Martell se levantó y se dirigió a la ventana. Hacía una noche templada. Al otro lado del parque, más allá del lejano promontorio del castillo de Hurst y del mar abierto, vislumbró la costa. Sonrió; ésos eran los dominios de Isaac Seagull, el contrabandista. El primo de su mujer. Recordó la noche en que Louisa se lo había contado. La malicia de ésta había hecho que él se compadeciera de Fanny. Quizá, pensó Martell sonriendo con ironía, fue la revelación de ese secreto lo que le había conducido hasta su adorada esposa.

Quizá, pensó Martell, todo el mundo tenía algún oscuro secreto en su interior cuya existencia no conocía.

A continuación, porque amaba a su esposa y todos sus secretos, salió sigilosamente de la habitación, bajó a su estudio y, tras sentarse a la mesa, tomó una hoja de papel. Iba a escribir una larga carta a su esposa.

Martell se detuvo unos instantes, meditando lo que iba a escribir, y empezó.

Querida esposa:

Todos tenemos secretos y yo también deseo confesarte algo.

Era una carta larga. Casi había amanecido cuando terminó de escribirla y la selló.

En Buckler’s Hard, Puckle se afanaba en su labor. La marea había subido. Moviéndose satisfecho de un lado para el otro por la enlodada ribera, pasó el grueso y empapado pedazo de cuero sobre el raíl de madera. La oscura silueta del Swiftsure se alzaba junto a él, como un amigo, bajo las estrellas que declinaban. En la otra orilla del Beaulieu, un pájaro se puso a cantar; al mirar hacia el este, Puckle vislumbró las primeras luces del amanecer.

Hoy iban a botar el Swiftsure. Cuando alzó la vista y contempló el buque por enésima vez, aunque no tenía palabras para expresar lo que sentía, Puckle pensó de nuevo que en ese gigantesco barco de madera los árboles se habían metamorfoseado en una segunda existencia acaso tan gloriosa como la primera. Su corazón rebosaba de alegría al pensar que el Forest, con sus numerosos secretos y prodigios, se deslizaría sobre la grada para unirse con el infinito mar.