El árbol de la Armada
1587
—¿Me acompañarás durante un trecho del viaje?
En cuanto ella había pronunciado esas palabras él había sentido que el corazón le daba un vuelco. Era una orden, naturalmente.
—Encantado —había mentido él, sintiéndose casi como un escolar.
Él tenía cuarenta años y ella era su madre.
La carretera de Sarum hacia el sureste —en realidad se trataba de un sendero ancho cubierto de hierba— discurría suavemente a través de los amplios prados en los que se hallaba ubicada la ciudad para luego ascender de forma paulatina, por etapas, hacia los cerros. La catedral quedaba a cinco kilómetros a sus espaldas cuando iniciaron el largo ascenso por la elevada escarpadura, que constituía el extremo suroriental del amplio valle en el que confluían los cinco ríos de Sarum. Aunque aquella mañana de septiembre soplaba una brisa fresca, hacía un tiempo espléndido.
Cuando su madre había decidido emprender el viaje no se trataba de un asunto baladí. Sólo había consentido en asistir a la boda sin llevar consigo sus propios muebles después de que el novio le prometiera tres veces que la instalaría en la mejor habitación en casa del comerciante más rico de Salisbury. Con todo, aparte del carruaje en el que viajaba con el cochero, un lacayo y un escolta, les seguía un carro que crujía bajo el peso de dos criados, dos doncellas y tal cantidad de baúles repletos de vestidos, trajes, zapatos y una impresionante colección de artículos de aseo de la dama —el cochero juraba que uno de los baúles contenía incluso un sacerdote católico—, que había que dar gracias a Dios de que aquel otoño no hubieran comenzado las lluvias, pues el carro se habría quedado atascado en el barro. Pero la madre de Albion tenía unas opiniones muy firmes sobre cómo había que hacer las cosas y, según pensó Albion con tristeza mientras cabalgaba junto al carruaje, no era mujer que escatimara medios. Sin duda, los caballos se sintieron aliviados cuando, al alcanzar el cerro, la dama ordenó que el cortejo se detuviera y prepararan su litera.
El lacayo y los sirvientes la montaron en silencio, insertaron los asideros y acercaron la litera a la portezuela del carruaje. Cuando su madre se apeó, Albion observó que se había calzado unos zuecos de madera para no ensuciarse los pies de barro. Así pues, tenía previsto realizar esta parada, pensó él. Debió sospecharlo. Su madre señaló el sendero del cerro. Era evidente que deseaba subir allí y esperaba que él la acompañara.
Tras desmontar, Albion echó a andar detrás de los cuatro hombres que portaban la litera. La pequeña y curiosa comitiva se recortaba sobre el firmamento mientras avanzaba por el sendero gredoso, al tiempo que unas nubecillas blancas se deslizaban apresuradamente sobre ellos.
Al llegar a la cima, lady Albion pidió que depositaran la litera en el suelo y se apeó de ella. Después de ordenar a los hombres que aguardaran a una distancia prudencial, la dama se volvió hacia su hijo y le indicó que se acercara.
—Bien, Clement —dijo sonriendo (el nombre lo había elegido ella, no el padre del chico)—, deseo hablar contigo.
—Como gustes, madre.
Al menos ésta había elegido un hermoso lugar para hacerlo. La vista desde el cerro situado debajo de Sarum era una de las más bellas del sur de Inglaterra. Al volverse y contemplar el camino por el que venían, la larga ladera descendía a través del espléndido paisaje hasta el frondoso valle del Avon, desde el cual se alzaba, a seis kilómetros, la catedral de Salisbury cual un cisne gris. Su airoso campanario era tan alto que daba la impresión de que los cerros que lo rodeaban formaran parte del mismo, como arcilla trabajada sobre un torno por un antiguo espíritu. Al norte se erguía la mole del castillo del Viejo Sarum, y más allá el mar de cerros cretáceos. Hacia el este, la fértil y ondulante campiña de Wessex se extendía hasta el horizonte.
Pero al volverse hacia el sur, en dirección a su destino, uno contemplaba un panorama casi inabarcable. Allí, describiendo en un progresivo declive, kilómetro tras kilómetro, se extendía la inmensa región de New Forest, compuesta por robles silvestres, cerros de grava, grandes explanadas cubiertas de tojo y brezo, hasta Southampton y las brumosas y azules laderas de la isla de Wight, claramente visibles, situada a veinte millas mar adentro.
Clement Albion se situó ante su madre sobre el despoblado cerro, preguntándose qué querría ésta.
Las primeras palabras de la dama no eran halagüeñas.
—No debemos temer a la muerte, Clement —dijo sonriendo con amabilidad—. Yo nunca he temido morir.
Lady Albion —aunque su marido no había sido nombrado caballero, todo el mundo la llamaba así— era una mujer alta y esbelta. Su rostro aparecía empolvado de blanco; sus labios, tal como los había creado generosamente Dios, eran rojos. Tenía los ojos oscuros y trágicos, salvo cuando se enojaba y adquirían un tono diamantino. Conservaba unos dientes espléndidos —detestaba los dulces—, largos y del color de marfil antiguo.
Un observador imparcial habría pensado que seguía vistiéndose según la moda de su juventud porque, puesto que no asistía a la corte ni vivía en Londres, y sin duda se ufanaba de la elegante ropa que había lucido en sus mejores años, se había quedado, como muchas damas de cierta edad, un tanto anticuada. En lugar de las vistosas golillas que estaban en boga, continuaba luciendo un austero cuello alto y abierto; su traje largo y pesado ostentaba unas voluminosas hombreras adornadas con unos cortes y llevaba los brazos enfundados en unas mangas ceñidas pertenecientes a una época pretérita. Debajo del traje llevaba una falda exquisitamente bordada. En la cabeza solía lucir un espeso velo sujeto con una capucha de lino; pero hoy, para viajar, se había encasquetado un airoso gorro de hombre adornado con una pluma. En torno a la cintura llevaba una cadena de la que pendía un manguito forrado de piel. A un observador imparcial le habría parecido la viva imagen de un encanto algo caduco. Pero su hijo no se engañaba. La conocía bien.
Iba vestida de negro de pies a cabeza: un gorro negro, un traje negro, una falda negra. Vestía de esa forma desde la muerte de la reina María Tudor, acaecida hacía treinta años, pues, según había afirmado, no había motivo para abandonar el luto. Pero lo más llamativo de su atuendo era el hecho de que el bordado de la falda y el interior de su cuello alto y almidonado era de un color carmín: rojo como la sangre de los mártires. Desde hacía medio año, lady Albion había dado un toque rojo a sus prendas negras de viuda. Era un emblema viviente.
Su hijo la observó con recelo.
—¿Por qué hablas de la muerte, madre? Confío en que goces de buena salud:
—Sí, gracias a Dios. Me refería a la tuya.
—¿La mía? Me encuentro perfectamente.
—Quizá logres alcanzar la gloria terrenal, Clement. Ruego a Dios para que así sea. Pero en caso contrario, también debemos alegrarnos de ostentar la corona de los mártires.
—No he hecho nada, madre, para convertirme en mártir —repuso Clement turbado.
—Lo sé —dijo ella sonriendo casi alegremente—. Yo lo he hecho por ti.
Cuando terminó la guerra de las Dos Rosas, un siglo antes, con un último baño de sangre real, la nueva dinastía Tudor asumió la corona de Inglaterra. Descendientes de una oscura rama de los reales Plantagenet, y por el lado femenino, los Tudor se habían mostrado ansiosos de demostrar su derecho a gobernar y, con este objeto, se habían convertido en los partidarios más acérrimos de la sagrada Iglesia católica. Pero cuando el segundo Tudor pretendió que su matrimonio fuera anulado para conseguir un heredero varón y consolidar la dinastía, la razón de estado prevaleció sobre la religión.
Cuando el rey Enrique VIII de Inglaterra se peleó con el Papa, se divorció de su esposa española y se autoproclamó cabeza de la Iglesia de Inglaterra, se comportó con tremenda crueldad. Sir Tomás Moro, el bondadoso obispo Fisher, los valerosos monjes de la Cartuja de Londres y muchos otros sufrieron martirio.
La mayoría de los súbditos de Enrique se mostraban atemorizados o indiferentes. Pero no todos. En el norte de Inglaterra estalló una gigantesca rebelión católica —el Peregrinaje de la Gracia— que hizo incluso temblar al rey antes de conseguir sofocarla. Los ingleses, en particular en las zonas rurales, no aceptaron la ruptura con las antiguas tradiciones religiosas.
Pero en tanto que viviera el rey Enrique, los católicos de bien seguían confiando en que algún día se restaurara la Iglesia verdadera. Otros gobernantes podían sentirse impresionados por las doctrinas de Martín Lutero y la nueva generación de líderes protestantes que sacudían Europa con sus peticiones de un cambio. Pero el rey Enrique de Inglaterra estaba convencido de ser un buen católico. Ciertamente, había negado la autoridad del Papa; no era menos cierto que había cerrado todos los monasterios y robado sus vastas tierras. Pero lo hacía, según afirmaba, con el fin de corregir los abusos papales. Su Iglesia inglesa se basaba en la doctrina católica; durante todo su reinado no cesó de ejecutar a agitadores protestantes.
Cuando su desdichado y enfermizo hijo, el niño rey Eduardo VI, y sus tutores protestantes alcanzaron el poder se impuso en Inglaterra la nueva religión protestante. La misa fue proscrita, las iglesias despojadas de sus ornamentos papistas. Los protestantes —en su mayoría los comerciantes y artesanos de las ciudades— lo celebraron, pero las honestas gentes católicas del campo estaban horrorizadas.
Los leales católicos sintieron renovadas esperanzas cuando, al cabo de seis años de este protestantismo obligado, el niño rey murió y María, hija de Enrique, subió al trono: hija de la abnegada princesa española —incluso los protestantes ingleses reconocían que Enrique la había tratado vergonzosamente al divorciarse de ella—, María sentía un ferviente deseo de restaurar la fe verdadera de su madre en su nuevo y hereje reino insular y, con el tiempo, es posible que lo hubiera conseguido.
El problema era que los ingleses la detestaban. Era una mujer triste. Traumatizada por el trato que su padre había dispensado a su madre, acérrima defensora de su fe, lo único que deseaba era casarse con un buen católico y tener hijos. Pero carecía de encanto; tenía un carácter dominante; no era su padre, en suma. Cuando decidió casarse con el rey católico de la poderosa España —que sin duda sometería a los ingleses al gobierno de España— y el Parlamento inglés protestó, María les dijo que no se metieran en lo que no les concernía. Tras lo cual, como era de prever, mandó quemar a varios centenares de protestantes ingleses.
Según las costumbres de la época, quemar a gente no era tan terrible. Durante la Edad Media, aunque las sagradas escrituras no apoyaban ese bárbaro sistema de ejecución, la comunidad cristiana había desarrollado un extraordinario afán de quemar a seres humanos vivos y la moda duró varios siglos. En Inglaterra no importaba en qué bando confesional se hallara uno. Los católicos quemaban a los protestantes y los protestantes a los católicos. Latimer, el obispo protestante, presidió personalmente lo que sólo puede describirse como el sádico asesinato ritual de un anciano sacerdote católico (la ejecución se llevó a cabo de forma tan repugnante que incluso la multitud que había acudido para presenciarla derribó las barreras e intervino). Posteriormente, durante el reinado de María, fue Latimer quien murió en la hoguera, aunque de forma menos sádica, lo cual le valió el título de mártir de la fe.
Pero hubo mucho otros, demasiados —ciudadanos sencillos y ajenos a intrigas políticas que sólo buscaban humildemente la gracia de Dios—, que murieron en la hoguera. A tal extremo que los ingleses comenzaron a llamar a su reina católica «María la Sanguinaria».
El rey de España vino y se fue, y no hubo hijos; las ejecuciones en la hoguera prosiguieron. María entabló una breve guerra y perdió Calais, la última posesión inglesa en Francia. Cuando la pobre mujer falleció, después de ocupar el trono durante cinco traumáticos años, los ingleses estaban hartos de ella y acogieron con satisfacción a la reina Isabel.
Clement Albion miró a su madre horrorizado.
¿Se engañaba a sí misma o era tan valerosa como aparentaba? De una cosa estaba seguro: su madre se había imbricado tanto en el papel que desempeñaba, y durante tanto tiempo, que se había vuelto tan tiesa como el brocado de su vestido.
El viejo rey Enrique aún vivía cuando ella se había casado con Albion. Ella era una Pitt —una distinguida familia del condado de Southampton, como se denominaba a veces Hampshire—, destinada a heredar una gran fortuna de un primo. Era un matrimonio que prometía a Albion avanzar en la escala social. El hecho de que ella fuera, al igual que todos los Pitt, una católica devota no había representado al principio ningún problema.
La crisis del reinado de Enrique VIII había causado graves trastornos en el condado de Southampton. El obispo Gardiner de Winchester, en cuya gran diócesis se hallaba la región, era un católico leal que durante mucho tiempo se había resistido a aceptar la supremacía de Enrique sobre la Iglesia. Se había salvado de milagro de morir ejecutado como Fisher y Tomás Moro. Cuando Enrique clausuró los monasterios, un gran número de tierras en el condado cambiaron de manos. En New Forest, el gran monasterio de Beaulieu, las tierras del priorato de Christchurch en el suroeste, la pequeña filial de Breamore en el valle del Avon y la gran abadía de Romsey situada sobre el Forest fueron expoliados, sus edificios saqueados y abandonados hasta caer en ruinas. Para una familia como los Pitt, esto era terrible.
Sin embargo, los años protestantes del niño rey que siguieron fueron aún más difíciles de soportar. El obispo Gardiner fue conducido a la prisión de Fleet —una cárcel para presos comunes de Londres— y posteriormente a la Torre, antes de quedar en arresto domiciliario. El consejo protestante del rey envió para ocupar su lugar de obispo a un hombre que se había casado tres veces, que detentaba dos obispados al mismo tiempo y que había vendido alegremente parte de la dote de Winchester para saldar su deuda con la familia del duque de Somerset que lo había colocado en el cargo.
—Así es como esos protestantes purifican la Iglesia —comentó un Pitt secamente.
No cabe duda de que durante los años del reinado del niño rey la diócesis de Winchester quedó totalmente purificada. Las iglesias de Hampshire y la isla de Wight estaban suntuosamente amuebladas. ¡Con qué satisfacción cayeron sobre ellas los reformistas protestantes! Arramblaron con las bandejas y los candelabros de plata, las vestiduras, los tapices e incluso las campanas. Una parte de este gigantesco botín fue robado. Otra se vendió, aunque es difícil precisar quién se benefició de la venta. Y de este modo libraron a la Iglesia anglicana del papismo.
Clement no conservaba ningún recuerdo de su madre durante esos años. Había nacido al comienzo del reinado del niño rey, pero aún no había cumplido los tres años cuando su madre lo abandonó. Clement suponía que los acontecimientos descritos más arriba habían causado graves tensiones en el matrimonio de sus padres, pero fue la adquisición por parte de su padre de unas tierras pertenecientes a la abadía de Beaulieu lo que hizo comprender a su piadosa madre que no podía seguir viviendo bajo el mismo techo que su marido. Así pues, ésta había regresado con su familia, que residía en el otro extremo de Winchester. Su padre le había dicho que se había negado a dejar que ella se llevara al niño, y Clement lo había dado por cierto.
Tras el ascenso de María al trono y el regreso del obispo Gardiner a la diócesis, su madre regresó también al domicilio conyugal y Clement tuvo ocasión de conocerla. Era una mujer extraordinariamente guapa, y estaba orgulloso de ella. Aquéllos fueron unos años felices para él. Jamás olvidaría la elegante vestimenta que lucían sus padres el día en que le permitieron acompañarlos a Southampton para saludar al rey de España, cuando éste desembarcó allí para desposarse con María Tudor. La inquebrantable fe de su madre era de todos conocida, y ella y su marido habían sido bien recibidos en la corte real.
Incluso había nacido una niña, Catherine, hermana de Clement. Era una niña muy linda. A él le gustaba empujar su cochecito y ella lo adoraba. Pero poco después de que hubiera muerto la reina María e Isabel hubiera ocupado el trono, su madre se marchó de nuevo, llevándose a su hermanita.
Su padre jamás le reveló el motivo de la marcha de su madre, y, cuando se veían, ésta apenas le contaba nada. Pero él se lo imaginaba.
«La hija de la ramera.» Así era como su madre llamaba a la reina. Para los buenos católicos, la esposa española del rey Enrique había sido su única mujer hasta que murió. La charada del divorcio y el nuevo casamiento, sancionado por la herética Iglesia inglesa de Enrique, no había sido sino una farsa.
Por tanto, Ana Bolena no se había casado y su hija Isabel era bastarda. Asimismo, la Iglesia de la reina Isabel no ofrecía interés alguno a la madre de Clement. La iglesia que Isabel y su consejero Cecil trataron de crear era una componenda. La reina no afirmaba ser su cabeza espiritual, sino sólo su gobernante. Sus doctrinas constituían una especie de catolicismo reformado y, sobre la espinosa cuestión de la misa —sobre si se obraba un milagro y el pan y el vino de la Eucaristía se convertían realmente en el cuerpo y la sangre de Jesucristo—, la Iglesia anglicana mantenía una fórmula cuya ambigüedad era poco menos que un prodigio.
Pero ¿qué le importaba a ella la ambigüedad? Lady Albion sabía que estaba en lo cierto. Y esto, según dedujo Clement, era el motivo de su marcha. Su padre era un hombre bondadoso y, a su modo, devoto. Pero los Albion venían haciendo concesiones desde los tiempos de Cola el cazador, quinientos años atrás, y la madre de Clement aborrecía todo tipo de concesiones. También aborrecía a su marido. De modo que se fue. Tal vez su padre se alegrara de su marcha, pensó Clement.
El hábil compromiso de la reina Isabel no había bastado para preservar la paz en su reino insular. Las terribles fuerzas religiosas que había desatado la Reforma habían dividido Europa en dos campos armados que combatirían entre sí, provocando cuantiosas pérdidas humanas, durante más de un siglo. Hiciera lo que hiciere, el peligro no dejaba de acechar a la reina de Inglaterra. Deploraba los excesos de la Inquisición católica. Compartía el horror que experimentaron sus súbditos puritanos cuando, un aciago día de San Bartolomé, los católicos conservadores de Francia asesinaron a miles de pacíficos protestantes. Pero no podía sancionar el creciente partido puritano en Inglaterra, el cual deseaba, a través de un Parlamento cada vez más radical, destruir su religión de Estado y dictar a la misma reina lo que debía hacer. Aunque su natural inclinación la impulsaba a avanzar hacia el mundo ordenado que ofrecía el catolicismo tradicional, eso tampoco era viable. Puesto que no podía entregar su país a Roma, el papa no sólo la había excomulgado sino que había absuelto a todos los católicos de una alianza con la reina hereje. Eso Isabel no podía tolerarlo y proscribió la Iglesia católica en su reino.
Los ingleses católicos no se sublevaron, pero hicieron cuanto pudieron para preservar su religión. Pocos lugares del sur de Inglaterra contenían más católicos leales que la diócesis de Winchester. Al comienzo del reinado, treinta sacerdotes de Winchester prefirieron dimitir antes que aceptar la religión de estado impuesta por Isabel. Mucha gente perteneciente a los escalafones superiores, como se denominaban las clases de la aristocracia y los comerciantes, mantuvieron abiertamente su fe católica.
Una de las mujeres de la familia Pitt fue encarcelada por el obispo en la prisión Clink por haberle desafiado y Cecil, el secretario de la reina, envió un recado a Albion ordenándole que obligara a su esposa a mantener una postura discreta.
—No puedo controlarla; ya no vive en mi casa —respondió Albion—. No habría sido capaz de conseguir que mantuviera la boca cerrada aunque hubiera vivido conmigo —confesó en privado a Clement.
Al poco falleció el padre de Clement y, a partir de entonces, las autoridades dejaron de ocuparse de lady Albion.
Pero Clement vivía en un permanente estado de terror. Sospechaba que su madre daba cobijo a sacerdotes católicos. La isla de Wight y las ensenadas situadas en el tramo de la costa meridional donde se encontraba Southampton eran unos lugares donde solían desembarcar los sacerdotes católicos, y los recusantes, como denominaban a la aristocracia católica, estaban siempre dispuestos a ofrecerles alojamiento en su casa. Esos sacerdotes eran ilegales; recientemente habían descubierto a cuatro en la diócesis de Winchester, los cuales habían sido apresados y condenados a morir en la hoguera. Clement temía que el día menos pensado le informarían de que su madre había sido arrestada por dar cobijo a sacerdotes. Su madre era una mujer de carácter contumaz que se negaba a mostrarse cauta. El color rojo que lucía, pensaba Clement, era una buena prueba de ello.
Cuando María Estuardo, la reina católica, había sido expulsada de su reino veinte años atrás por los presbiterianos escoceses, ésta se había convertido en el foco de todos los complots católicos destinados a derrocar a su prima hereje. Mantenida en arresto domiciliario en Inglaterra, la rebelde exiliada no había dejado de intrigar contra Isabel hasta que, a comienzos de 1587, ésta había sido prácticamente obligada por su consejo a ejecutarla.
—Es una mártir católica —había declarado de inmediato lady Albion, quien al cabo de una semana había ido a visitar a su hijo luciendo el color rojo de los mártires.
—¿Es preciso que desafíes abiertamente al consejo de la reina y al obispo? —había inquirido Clement con tono quejoso.
—Sí —había respondido ella escuetamente—. Debemos hacerlo.
«Debemos.» Ése era el problema. Cada vez que su madre le comentaba la necesidad de cometer algún acto arriesgado, siempre decía «nosotros», para darle a entender que lo incluía indefectiblemente.
Hacía diez años su madre había cobrado por fin la cuantiosa herencia de su primo. Por consiguiente, se había convertido en una mujer muy rica, libre de dejar su fortuna a quien ella quisiera. Jamás hablaba de ello. Clement tampoco. La idea de ser leal a la sagrada causa a fin de heredar el dinero de su madre le resultaba tan impensable como imaginar que vería un centavo de la misma si no lo hacía. La indicación más clara que su madre había hecho al respecto fue la respuesta que le dio cuando Clement le comentó que su padre, poco antes de morir, había andado escaso de dinero:
—No pude ayudar a tu padre, Clement. Era un junco torcido.
En esas palabras de su madre Clement creyó percibir, como un leve chasquido, la sentencia de pobreza impuesta a todos aquellos que la defraudaran.
Así pues, su madre se refería siempre a «nosotros». El hecho de que aún no le hubiera dado un centavo, de que él tuviera esposa y tres hijos y que si contrariaba al consejo de la reina perdería sin duda los cargos que ocupaba en el Forest, los cuales le procuraban unos modestos ingresos, por supuesto carecía de importancia en estos momentos; ahora se hallaban en la cima del risco, ante Dios Todopoderoso, y debía defender la buena opinión que tenía su madre de él.
—¿Qué deseas de mí, madre? —preguntó Clement por fin.
—Hablar unas palabras contigo a solas. No pude hacerlo en la boda.
La boda celebrada en Salisbury había sido un acontecimiento importante: una de sus sobrinas se había casado con el vástago de una distinguida familia de Sarum. Hablar sin el riesgo de que alguien oyera la conversación habría sido difícil.
—He recibido una carta, Clement. —Su madre se detuvo y lo miró con aire solemne. Turbado, Clement se preguntó a qué venía eso—. La envía tu hermana. De España.
España. ¿Por qué había insistido su madre en casar a su hermana con un español? Era una pregunta estúpida. Incluso los franceses, en opinión de su madre, no eran de mucho fiar en materia de religión comparados con los españoles. Durante el reinado de María Tudor, cuando el rey Felipe de España y sus cortesanos se encontraban en Inglaterra, lady Albion se había apresurado a entablar amistades entre la nobleza española. En cuanto su hermana Catherine cumplió quince años, su madre había embarcado en un buque mercante en Southampton y había partido para España sin despedirse siquiera. Una vez allí, había concertado el matrimonio en un santiamén. Con la promesa, sin duda, de una elevada dote, Catherine se había desposado con un español de familia pobre pero impecable; incluso era pariente, aunque lejano, del poderoso duque de Medina Sidonia.
Clement no había visto a su hermana desde entonces. ¿Era feliz? Confiaba en que lo fuera. Trató de imaginársela. Clement tenía el cabello rubio de su padre, pero Catherine era morena como su madre. Probablemente se había convertido en toda una dama española. En cuyo caso, pensó Clement con tristeza, sus opiniones sobre la presente crisis no ofrecían duda.
Cuando el rey Felipe de España contrajo matrimonio con la católica María Tudor, dio por sentado que añadiría Inglaterra a sus vastos dominios familiares de los Habsburgo. Pero se llevó un chasco cuando, a la muerte de María, el consejo inglés le indicó de forma cortés pero firme, que su presencia no era grata. Nadie podía reprochar su persistencia: había propuesto en reiteradas ocasiones casarse con Isabel, quien le había dado largas esperanzas durante años. Pero el rey de España no consentía que nadie se burlara de él. La reina inglesa no sólo le había rechazado, sino que había entablado amistad y había coqueteado con sus rivales, los franceses. Los bucaneros de Isabel —unos piratas legalizados— saqueaban sus barcos; ella misma había ayudado a los protestantes que se habían rebelado contra el dominio español en los Países Bajos. Isabel había demostrado ser una hereje y el Papa deseaba que la destituyeran del trono. Cuando Isabel mandó ejecutar a la católica María Estuardo, a comienzos de 1587, ese hecho constituyó la excusa que necesitaba Felipe y, con la bendición papal, preparó una gigantesca flota.
El ataque español contra Inglaterra se habría producido aquel verano si sir Francis Drake, el más audaz de los bucaneros ingleses, no hubiera enviado unos buques de guerra a Cádiz y hubiera destruido la mitad de la flota española. A fines de verano, mientras Clement y su madre reflexionaban sobre la conveniencia de asistir a la boda en Salisbury, aunque el peligro parecía haber pasado aquel año, pocos imaginaban que Felipe de España se rendiría. Dada su naturaleza, sin duda volvería a intentarlo.
—No tardarán en salvarnos, Clement.
Según su madre no les «invadirían», sino que les «salvarían».
—¿Has recibido noticias al respecto?
—Don Diego (el marido de Catherine) ha llegado muy alto. Será uno de los grandes capitanes del ejército que vendrá. —Lady Albion sonrió satisfecha—. Vendrá con el estandarte de la Iglesia verdadera, Clement. Y entonces los fieles ingleses se alzarán.
Clement no tenía ninguna duda de que su madre estaba convencida de ello. Animado por los contactos que mantenía con personas como lady Albion, el embajador español había asegurado a su real patrono que unos veinticinco mil ingleses correrían a unirse al ejército católico tan pronto como Felipe pusiera los pies en territorio inglés. No podía fallar. ¿Acaso no era la voluntad de Dios? Y la propia reina Isabel, al margen de lo que dijera, no confiaba lo más mínimo en la lealtad de sus súbditos católicos. El hecho de que algunas de las defensas meridionales estuvieran en manos de simpatizantes católicos causaba no poca inquietud a su leal secretario Cecil.
Pero ¿se sublevarían? Albion no compartía esa opinión. Aunque los católicos ingleses no estimaran a la reina Isabel, habían vivido treinta años bajo su gobierno. Pocos deseaban ser súbditos de España.
—Los ingleses católicos ansían la restitución de su religión —dijo Clement—, pero pocos quieren convertirse en traidores, madre.
—¿Traidores? No podemos ser traidores por servir al auténtico Dios. Tienen miedo.
—Sin duda.
—De modo que es preciso alentarlos. Dirigirlos.
Clement no respondió.
—Tú diriges una parte de la milicia en el Forest, ¿no es así, Clement?
En las parroquias de todas las regiones de la costa meridional se habían formado unos grupos de hombres, los cuales constituían una milicia local destinada a resistir el ataque de los españoles si desembarcaban en Inglaterra.
—Sí.
Clement se sentía orgulloso del trabajo que había desarrollado con la milicia aquella primavera, aunque estuvieran escasamente armados.
—Pero ¿no vas a oponerte a los españoles cuando desembarquen?
—¿Yo?
Clement miró atónito a su madre. ¿Acaso imaginaba que iba a convertirse en traidor, unirse a los españoles, en aras de la fe?
Su madre sonrió.
—Voy a darte una noticia que te gustará, Clement. Tengo una carta para ti. —Lady Albion introdujo la mano en un bolsillo secreto de su traje negro y sacó un pequeño rollo de pergamino que le entregó con expresión de discreto triunfo—. Es una carta, Clement, un documento de tu cuñado, don Diego. En ella te da instrucciones. En primavera recibirás más instrucciones. Desembarcarán el próximo verano, sin falta. Por fin se cumplirán los designios de Dios.
Ofuscado, Clement tomó la carta.
—¿Cómo ha llegado a ti? —preguntó con voz ronca.
—Por medio de tu hermana, naturalmente. Un comerciante me trae sus cartas. Y otras cosas.
—Pero, madre, si llegan a descubrirlo… Cecil y el consejo tienen espías… —Y muy buenos, como todo el mundo sabía—. Esta carta… —Clement se detuvo. Si interceptaban esta carta, significaría la muerte.
Su madre lo observó en silencio durante unos minutos. Pero cuando habló, su voz tenía un tono extraordinariamente dulce.
—Incluso los más fieles tienen miedo —dijo su madre con suavidad—. Así es como Dios nos pone a prueba. No obstante —prosiguió—, el temor de Dios es lo que nos proporciona valor. No podemos huir de Él, Clement. Está en todas partes. Lo sabe todo y nos juzga a todos. No tenemos más remedio que obedecerle, si creemos en Él. Es la falta de fe lo que nos retiene, lo que nos impide correr a arrojarnos en sus brazos.
—No siempre es fácil mantener la fe, madre, ni siquiera para los fieles.
—Es precisamente por esto, Clement —continuó su madre con expresión seria—, que Él nos envía unas señales. Nuestro Dios bendito obró unos milagros; los santos, incluso sus reliquias, siguen obrando prodigios. ¿Acaso no nos envía Dios aquí, en el Forest, un maravilloso milagro todos los años?
—¿Te refieres a los robles?
—Por supuesto.
Desde hacía muchas generaciones se comentaba que en New Forest existían tres árboles mágicos, o milagrosos. Todos se encontraban en la zona situada al norte de Lyndhurst; los tres eran vetustos. Y a diferencia de otros robles que crecían en el Forest, y en todos los lugares que conocía Clement, los tres brotaban a lo largo de una misteriosa semana en pleno invierno, por Navidad, cuando los demás mostraban sus ramas desnudas. Se llamaban los Robles Verdes de Navidad, o los Árboles Verdes.
Nadie se lo explicaba. El hecho de que los árboles renovaran sus hojas en invierno contradecía las leyes de la naturaleza. No era de extrañar, por tanto, que la piadosa lady Albion y muchas personas como ella, para quienes este hecho representaba un recordatorio de la crucifixión de Nuestro Señor, las tres cruces sobre el Calvario y la resurrección de la carne, lo interpretaran como una señal de que el mensaje divino se encuentra en todas partes y la santa Iglesia amplía el número de sus vástagos en todas las estaciones del año.
—Ay, Clement. —Los ojos de lady Albion aparecían de pronto arrasados en lágrimas—. Las señales de Dios están en todas partes. No hay nada que temer. —Miró a su hijo con profunda emoción. Era la expresión más parecida a amor maternal que él recordaba haber visto en ella—. Cuando nos salven de la herejía y el rey Felipe ocupe el poder, esto te reportará gloria. —Lady Albion sonrió con ternura—. Pero si (no quiero ni pensarlo) Dios determinara que el resultado sea otro, prefiero verte en lo alto del cadalso, querido hijo, incluso desmembrado, a que traiciones a tu Dios, el rey celestial.
Clement comprendió perfectamente a qué se refería su madre.
—¿Conoces las instrucciones que me envía don Diego?
—Que dirijas a tus hombres, Clement, silencies a la batería costera y ayudes a los españoles a desembarcar.
—¿Dónde?
—Entre Southampton y Lymington. No será fácil defender la costa del Forest.
—¿Esperas que yo responda a esta carta?
—No es necesario —contestó lady Albion sonriendo—. Ya lo he hecho. He enviado una carta a tu hermana, y don Diego se la entregará personalmente al rey de España. En ella les comunico que pueden confiar en ti. Hasta la muerte.
Clement dirigió la vista al sur, sobre el Forest, hacia Southampton y la lejana bruma azul de la costa. ¿Habría caído la carta en manos de los espías de Cecil? ¿Viviría él para festejar la Navidad?
—Gracias, madre —murmuró secamente.
Pero su madre no le oyó, pues estaba indicando a los sirvientes que trajeran su litera.
El roble se hallaba un tanto alejado del resto del bosque.
La tarde era tibia.
En el bosque, las hayas de suave corteza se alzaban imponentes para compartir la bóveda formada por el follaje con los vetustos robles. El suelo estaba cubierto de musgo. Todo estaba en silencio, a excepción del murmullo de las hojas y el leve sonido que producían las bellotas al caer al suelo.
Detrás de un árbol, sobre un pequeño montículo tachonado de jóvenes robles, había un pequeño pero frondoso valle que las sombras ocultaban al anochecer.
Albion se hallaba solo cuando se dirigió hacia el árbol.
Roble: género Quercus, sagrado desde tiempos inmemoriales. Existen quinientas especies de robles en el planeta, pero desde el fin del período glacial en la isla de Gran Bretaña crecían principalmente dos: el quercus robur, el roble común o pedunculado, cuyas bellotas crecen sobre unos pequeños pedúnculos, y el quercus petraea, el roble sésil, cuyas hojas están menos lobuladas y cuyas bellotas crecen junto a la hoja. Ambas especies crecían en el suelo arenoso de New Forest. El roble común producía más bellotas.
Albion contempló el roble con afán. Los árboles le atraían de un modo especial.
New Forest y su administración apenas habían cambiado durante los últimos cuatrocientos años. Los ciervos reales estaban todavía protegidos; el mes de la veda en verano seguía vigente; los guardas mayores del bosque real seguían presidiendo sus tribunales y los guardabosques ejerciendo sus competencias en sus respectivas jurisdicciones. De vez en cuando, los caballeros supervisores —en su mayoría caballeros del condado— verificaban los límites del Forest, pero las constantes cesiones de tierras a ciudadanos particulares hacían que esta labor fuera más complicada que antaño. Pero se había registrado un cambio significativo. Un cambio sutil, a veces difuso, pero cada vez más presente.
Nadie habría podido precisar cuándo comenzó, pero desde hacía siglos se había instaurado una gestión oficiosa de los árboles del Forest. La cosecha de madera era importante: vergas, palos, ramas para cercas, broza, combustible para encender fuego y para carbón de leña. Los árboles satisfacían un gran número de necesidades del hombre. La mayor parte de la madera provenía de árboles pequeños y arbustos como el avellano y el acebo. Para fabricar vergas de avellano, por ejemplo, había que cortar el arbusto a pocos centímetros del suelo a fin de que brotaran múltiples renuevos, que se recolectaban cada pocos años. Dicho proceso consistía en cortar el sotobosque para que se renovara. Más raramente, en el caso de los robles, se realizaba una corta similar a unos dos metros del suelo para que brotaran numerosos renuevos que se ramificaban. Así, el roble desmochado presentaba un tronco recio y un amplio abanico de ramas.
El único problema que presentaba podar el sotobosque era que los ciervos y otros animales del bosque acudían y devoraban los renuevos, destruyendo toda la labor. Por consiguiente, la gente había adoptado la costumbre de acotar pequeñas zonas, por lo general con una tapia baja de tierra y una cerca, para evitar que los animales penetraran en ellas hasta pasados unos tres años, cuando los nuevos brotes resultaran demasiado duros para que los devoraran. Estas zonas acotadas se denominan tallares.
Hacía un siglo, poco antes de que los Tudor ascendieran al trono de Inglaterra, el Parlamento había promulgado una ley que regulaba los tallares. Se podían construir cercados con la oportuna licencia y conservarlos durante tres años para favorecer la regeneración de las plantas. Desde entonces, el período había sido generosamente ampliado a nueve años. Éstos tallares eran valiosos y la gente los arrendaba.
Ahora bien, aparte de esta actividad estaba la cuestión de la madera, la tala de árboles enteros para construir grandes edificios, barcos u otras obras para el rey. Antiguamente apenas existía necesidad de utilizar la madera de New Forest, aunque se empleaban inmensos árboles para construir iglesias catedralicias y otros importantes proyectos. Pero a medida que la construcción aumentó, en tiempos de los Tudor, el tesoro real empezó a buscar la forma de incrementar sus ingresos a través de la madera. En 1540, Enrique VIII nombró a un supervisor general para que se ocupara de los ingresos, incluidos los de la madera, de todos los bosques reales, y unos administradores de la madera en todos los condados que contenían bosques reales. New Forest, hoy por hoy, no sólo constituía un coto para los ciervos del rey; sino que poco a poco la gente de los valles comenzó a pensar que constituía también un gigantesco almacén de árboles reales.
Hacía unos años, Albion había conseguido que le nombraran administrador de la madera de New Forest. Esto le había reportado más ingresos y le había hecho aprender mucho más de lo que sabía sobre los árboles. Incluso había despertado su interés por ellos. De este modo, contempló el majestuoso y vetusto roble con respeto e incluso admiración.
Era un roble gigantesco, cuajado de ramas, aunque éstas brotaban de forma natural, no a consecuencia de haber sido desmochado. Era famoso. El primer motivo de su fama era que, al estar situado a unos cinco kilómetros al norte de Lyndhurst, formaba parte de los tres singulares árboles que echaban hoja durante una semana en Navidad. Pero aparte de ese hecho mágico, durante su larga vida el roble había adquirido fama por un segundo motivo.
«Es el roble en el que rebotó la flecha de Walter Tyrrel antes de clavarse en Guillermo el Rufo y matarlo», decía la gente, y al menos desde que Albion era niño todos lo llamaban el árbol del Rufo.
¿Era posible?, se preguntaba Albion. ¿Vivían los robles tantos años en la desnutrida tierra del Forest?
—La vida de un roble es siete veces más larga que la de un hombre —le había explicado su padre en una ocasión.
Albion calculaba que pocos de esos árboles gigantescos cuyos troncos corrompidos e incrustados de hiedra superaban los cinco metros de diámetro, tenían más de cuatro siglos de vida; y no se equivocaba en su cálculo. El roble del Rufo, según él, no tenía aspecto de tener quinientos años.
Pero el imponente roble poseía una cualidad maravillosa, mágica.
El árbol sabía muchas cosas.
Habían transcurrido casi trescientos años desde que Luke, el hermano lego perseguido por la justicia, lo había plantado en un lugar seguro. Desde entonces el bosque se había desplazado un poco, como suele suceder; los ciervos y otros animales herbívoros habían devorado los renuevos en el herboso claro, concediendo al árbol un espacio abierto en el que crecer. Por consiguiente, mientras sus hermanos crecían altos y estrechos en el bosque junto a sus vecinos, como hacen los robles en el monte, las ramas del roble del Rufo se habían extendido hacia arriba y hacia fuera, en busca de la luz.
Pese al nombre que los hombres le habían puesto sin más ni más, el roble del Rufo había iniciado su vida dos siglos demasiado tarde para desempeñar un trágico papel en la muerte del monarca pelirrojo, que en cualquier caso había ocurrido en otro lugar del Forest. Pero su existencia era ya vieja y compleja.
El árbol sabía que el invierno estaba en puertas. Los millares de hojas, que se habían agrupado bajo la luz, pronto se convertirían en una carga en las heladas invernales. Por tanto, el árbol ya había comenzado a suspender toda actividad en esa parte de su vasto sistema. Los vasos que transportaban la savia a las hojas habían empezado a cerrarse. El resto de humedad que quedaba en ellos se evaporaba bajo el sol de septiembre, haciendo que se secaran y adquirieran un color amarillo. Al igual que en cierta época del año el ciervo macho suspende el suministro de sangre a sus astas a fin de que se sequen y renueven, el árbol se despojaba de sus hojas doradas.
Pero antes que las hojas, se producirían otras dos caídas.
Las verdes bellotas habían comenzado a caer a millares. La cantidad de bellotas que produce un roble no es siempre la misma; depende, básicamente, del tiempo que haga aquel año. Sin embargo, a diferencia de otras especies, a medida que envejece el roble incrementa su producción de semillas y alcanza la plenitud de su fecundidad a fines de la edad mediana. Los marranos habían comenzado a devorar las bellotas mientras correteaban bajo las extensas ramas, y por la noche los ratones de campo las mordisquearían. Otras se las llevarían las ardillas, o los grajos, que se alejarían volando a cierta distancia antes de enterrarlas para ponerlas a buen recaudo. Así, el roble dispersaba su semilla en beneficio de futuras generaciones.
La otra caída era más sutil y apenas nadie reparaba en ella. Durante la primavera, la diminuta avispa roja, que se parece más a una hormiga voladora que a la avispa común, había depositado sus brillantes agallas en la parte inferior de las hojas del roble. Ahora estas agallas, semejantes a unas pequeñas verrugas rojas, se desprendían y caían al suelo, donde permanecían durante el invierno, ocultas y aisladas por las hojas que caerían sobre ellas.
Entre tanto, en la corteza del árbol, la savia que contenía el azúcar esencial se deslizaba hacia las raíces, sepultadas bajo tierra, donde se conservaría durante las heladas.
No obstante, aunque ésta pudiera parecer una estación en que todo suspendía su actividad, no era así. Ciertamente, la caída de las hojas iba acompañada por la marcha de algunos de los compañeros primaverales y estivales del roble: los diversos cantores, los paros carboneros y los colirrojos, partían en busca de climas más templados. Pero los pájaros más resistentes, los petirrojos y los reyezuelos, los pinzones, mirlos y herrerillos, aunque disminuyeran en número o dejaran de cantar, permanecían todo el año en el lugar. El autillo no tenía la menor intención de abandonar el viejo roble; transcurrirían algunas semanas antes de que los numerosos murciélagos se instalaran en los resquicios del árbol para sumirse en su letargo invernal. Otros, como los zorzales y tordos alirrojos, acababan de llegar al Forest desde lugares más inhóspitos. Y la hiedra que trepaba por las ramas inferiores de los árboles utilizaría esta estación para echar flor, atrayendo a los insectos que antes habían estado demasiado atareados, para que polinizaran sus flores.
En efecto, el roble se disponía a suministrar al Forest una prodigiosa cantidad de alimento. No sólo las bellotas. Sobre el mismo árbol, su corteza presentaba un continente de hendiduras y grietas en las que se movía un sinnúmero de pequeños insectos y otros invertebrados. En otoño, una infinidad de paros descenderían sobre este territorio para darse un festín. Los trepatroncos descendían por el árbol mientras las aves trepadoras ascendían, de tal forma que nada pasaba inadvertido. Pero lo más importante era la caída de las hojas.
La muerte no es definitiva en el Forest, sino tan sólo una transformación. El tronco podrido de un árbol que yace en el suelo procura cobijo y alimento a millares de diminutos invertebrados; las hojas que caen, a medida que se descomponen, son asimiladas por multitud de organismos, en especial las cochinillas y los gusanos, aunque debido a su suelo ácido, en el Forest existen pocos caracoles. Pero más tarde se produce una mayor asimilación de material, y también a un nivel más profundo. Pues es entonces cuando entran en acción los hongos.
Hongo: pálido, repugnante, relacionado con el moho, la podredumbre, el veneno, la muerte. Y sin embargo, no es así. ¿Acaso no se trata de una planta? En efecto, aunque no se le suele considerar como las plantas que se sostienen a sí mismas, pues el hongo contiene clorofila. Sus células, curiosamente, no se componen de celulosa sino de quitina, que también constituye las membranas del cuerpo del insecto. Se alimenta de otros organismos, al igual que un parásito. Los antiguos, que no sabían cómo clasificar a los hongos, decían que pertenecían al caos.
En el Forest, los hongos se hallaban por doquier. En su mayoría existen en forma de unos filamentos de materia fungosa, denominados hifas, semejantes a unos cordones de zapatos. Se extienden como una caótica red debajo de la corteza de los árboles, debajo de las hojas corrompidas, bajo tierra. Y esta masa oculta de micelio transforma el moho de las hojas podridas, restituyendo los nutrientes —nitrógeno, potasio, fósforo— al suelo con el fin de alimentar a los futuros organismos del bosque.
Por lo general, sólo se ve el fruto de los hongos, los cuales proliferaban en otoño en los robledales. Cerca del roble del Rufo existían centenares de especies: el hongo llamado hígado de buey, semejante a un bistec crudo que crecía en el pie de un vetusto roble; hongos comestibles y los hongos venenosos que se asemejan a éstos; la mortífera Amanita roja con motas blancas; las suculentas variedades comestibles cuyo micelio extrae azúcar de las raíces de los robles y les proporciona a cambio minerales; y el hongo pestilente, que brota de una vaina redonda subterránea llamada huevo de bruja que aparece en la superficie de un día para otro, cubierta con un sombrerillo viscoso que atrae a las moscas antes de caer y marchitarse al cabo tan sólo de un par de días de su aparición.
Éstos y muchos otros organismos compartían el suelo del bosque al pie del roble con la hierba, el musgo y la pimpinela amarilla.
Al llegar al árbol, Albion desmontó. Había procedido sin prisas. Cuando su madre enfiló hacia el este, hacia Romsey y Winchester, él había descendido lentamente hacia el Forest, deteniéndose en unas aldeas situadas a lo largo del camino, confiando en que la inmensa quietud del bosque serenara su espíritu. Pero no había sido así. Su madre no sólo le había aterrorizado, sino que, después de la revelación que le había hecho, el asunto que Albion debía resolver al día siguiente había intensificado su inquietud. Por tanto, se alegró de poder sentarse a descansar debajo del gigantesco roble. Quizás eso le aportara paz.
¿Qué poseía aquel imponente roble, se preguntó Albion, que le levantaba el ánimo? ¿Una magia especial? ¿Acaso se debía a su vetusta fuerza? ¿Al hecho de que siguiera allí, un ser vivo pero inmutable, como una antigua roca? Ambas cosas, pensó Albion, junto con las bellotas que se desprendían del árbol y el murmullo de las hojas. No obstante, había algo más, algo que él había sentido en múltiples ocasiones al detenerse junto al tronco del enorme y vetusto roble. Era casi como si el árbol le envolviera con sus ramas en una esfera invisible de fuerza y poder. Era una sensación extraña, pero palpable. Albion estaba seguro de ello, aunque ignoraba el motivo.
De algún modo, la sensación que le procuraba el árbol era acertada. En efecto, las raíces de un árbol imitan su corona de ramas. A medida que las ramas se extienden, las raíces hacen lo propio en proporción a éstas. Si las ramas del árbol mueren, las raíces también. Lo que ocurre arriba, ocurre abajo. A este respecto el sistema de un árbol se asemeja en su conjunto, en la parte superior e inferior, al campo magnético de un imán, o de la misma Tierra. ¿Quién sabe qué campos magnéticos, que todavía no han sido calibrados por el hombre, rodean la manifestación física de un árbol?
Al cabo de un rato, más animado, Albion se alejó del roble para enfrentarse a los peligros venideros.
Jane Furzey se sentía contenta porque estaba con Nick Pride, que era alto y apuesto, e iba a casarse con ella en cuanto ella aceptara. Ella iba a aceptar, pero no hasta haberle hecho esperar un tiempo; eso era lo que hacía cualquier joven que se preciara.
—Hazle esperar un año, Jane —le había recomendado su madre—. Si te quiere, te deseará aún más.
Jane no pensaba entregarse a él hasta que se hubieran casado. Deseaba llegar virgen al matrimonio. Y así, en ese estado de euforia propio de los enamorados, salían juntos con frecuencia.
Había sido muy amable por parte de Clement Albion acompañar esta mañana a los hombres, pensó Jane. El reducido grupo estaba formado por tres hombres, incluyendo a Nick, y ella misma. Jane se sentía orgullosa de que Albion hubiera elegido a Nick para esas misiones especiales. La joven iba montada en la parte trasera del carro, con sus robustas piernas fuera del mismo. Se había quitado las sandalias. Notaba el calor del sol en las piernas; el aire fresco y salado le hacía unas deliciosas cosquillas en los dedos de los pies.
La expedición era toda una aventura, y Jane no cesaba de mirar a su alrededor con curiosidad. Ya habían pasado Lymington; ella no había estado nunca allí.
Jane tenía dieciséis años, Nick Pride dieciocho. Él vivía en la aldea de Minstead, a tres kilómetros al norte de Lyndhurst, ella en la aldea de Brook, a dos kilómetros al norte de esa población. Los padres de ambos jóvenes, al igual que la mayoría de padres, se mostraban prudentes en estas cuestiones, aunque Jane y Nick parecían hechos el uno para el otro, y así era.
A lo largo de los siglos los Pride se habían establecido en diversas zonas del Forest, pero la mayoría de los Furzey se habían quedado en el sur. A excepción de la familia de Jane. Por alguna razón —nadie recordaba la fecha—, los descendientes de Adam Furzey se habían trasladado a la región de Minstead.
—Los Furzey de Minstead no se llevan bien con los otros Furzey —decían las gentes del Forest.
Y aunque en esa región, donde todas las familias de pequeños terratenientes se casaban entre sí, esas diferencias acababan limándose, lo cierto era que los Furzey de Minstead eran un tanto extraños. Durante la guerra de las Dos Rosas uno de ellos se había hecho sacerdote; y durante el reinado del rey Enrique otro se había mudado a Southampton.
—Se dedica al comercio —le había explicado su padre a Nick—. Según dicen, el negocio le va viento en popa.
Los otros Furzey habrían murmurado con desdén que la familia de Minstead se lo tenía muy creído, pero este hecho no representaba ningún problema para los Pride, quienes también sostenían una elevada opinión de sí mismos. El padre de Nick Pride y el padre de Jane se llevaban muy bien y el día en que el padre de Jane se había mudado a Brook, hacía diez años, el padre de Nick le había comentado:
—Tu Jane y mi hijo Nick forman una bonita pareja.
El padre de Jane se había mostrado de acuerdo y se lo había contado a su esposa, que ya lo sabía. De modo que así estaban las cosas.
Jane era una muchacha normal y corriente. Tenía la frente amplia, el pelo castaño, peinado con raya al medio, y los ojos de un azul intenso como el mar; era de estatura baja, con las caderas anchas y bien formadas. Los hombres se sentían atraídos por ella. Sabía cocinar, hornear pan y coser; se ocupaba de sus hermanos y hermanas menores; tenía un perro llamado Jack que se dedicaba a perseguir a las ardillas; y no había nada sobre la pequeña hacienda de su familia que ella no supiera.
También sabía leer, lo cual era insólito. Ninguna otra persona de su familia sabía leer, ni de ninguna otra familia como la suya en Minstead o en Brook. De haber sido su padre un pequeño comerciante o un artesano en una ciudad como Londres en esa época, seguramente habría sabido leer. No era una habilidad imprescindible en las zonas rurales. Un rico terrateniente dueño de una extensa explotación agrícola podía ser un hombre importante aunque marcara su nombre con una cruz, mientras que el humilde escribano sabía escribir a la perfección.
Nadie había enseñado escribir a Jane. Lo había aprendido ella misma de una Biblia que leía atentamente cuando acudía a la iglesia de Minstead, y de otros libros que había hallado en sus visitas a los mercados locales. Jane no se ufanaba de esta habilidad, puesto que no le resultaba muy útil; pero le divertía adquirir nuevos conocimientos. Pero Nick Pride sí se sentía orgulloso de ella. «Mi esposa sabe leer», imaginaba que diría dentro de un tiempo. No dejaba de ser un logro, lo suficientemente importante para demostrar a la gente que se había casado con una mujer educada. Esas cosas eran importantes para un hombre.
Cuando se casaran Jane no traería consigo objetos de oro, joyas ni ropa de seda: esas cosas no eran necesarias en el Forest. Pero su madre había prometido entregarle el día de su boda un pequeño y modesto adorno, que ella le había rogado que le regalara.
Era un extraño crucifijo de madera que su madre lucía colgado de un cordel en torno al cuello. Se lo había regalado el padre de Jane cuando se casaron.
—No sé de dónde proviene, pero siempre ha estado en la familia —le había dicho su padre a Jane—. Desde hace cientos de años, según dicen —había agregado esto meneando la cabeza, perplejo—. Es curioso, mi abuelo me dijo: «Consérvalo siempre. Te pertenece.»
El crucifijo de cedro con su curiosa inscripción había sido lucido sobre la piel de tantas generaciones que era casi negro. Pero ese talismán familiar poseía algo que había fascinado a Jane desde que era niña. Le encantaba sostenerlo en la mano y acariciarlo. Trataba de descifrar su inscripción, como si ésta encerrara un misterioso significado. Jane estaba convencida de ello, aunque no tenía idea del mensaje que le había sido enviado, por un antepasado monje, hacía casi trescientos años.
Había decidido lucirlo el día de su boda.
El carro avanzó traqueteando por el sendero y llegó a una playa cubierta de grava.
—¡Mirad! —exclamó Jane jubilosa—. ¡Hemos llegado al mar!
Albion observó con irritación la fortaleza que se erguía ante él. ¿Por qué diablos había insistido su buen amigo Gorges en que trajera a estos hombres aquí? En su opinión, era una pérdida de tiempo. Pero debajo de su enojo latía una profunda aprehensión. Después de la conversación que había mantenido ayer con su madre —no podía dejar de pensar en ella—, Albión contempló la fortaleza con cierto pavor.
—¡Hola! —exclamó—. Albion y sus hombres.
—Pasad, señor —repuso el centinela.
Después de atravesar Pennington Marshes, habían pasado junto a la ensenada de Keyhaven y habían enfilado por el sendero que conducía hacia el promontorio de grava, de dos kilómetros de longitud, situado frente a la isla de Wight. A su derecha quedaba el mar abierto. El cielo estaba despejado y las gaviotas emitían sus voces. Apenas visible en el extremo del promontorio, reluciendo pálido bajo el sol, se hallaba su destino.
El castillo de Hurst. Probablemente jamás lo habrían construido de no haber sido por los problemas conyugales de Enrique VIII. Durante más de mil años las costas de Inglaterra se habían visto con frecuencia amenazadas por sus enemigos. Pero cuando el Papa, durante su disputa con Enrique, había exhortado a España y a Francia, su rival, a que se unieran y atacaran la herética isla, el rey había decidido pertrecharse con la agresión y había enviado a unos emisarios a inspeccionar las defensas costeras. Pocos lugares eran más importantes que el puerto de Southampton y el Solent. Pero cuando los emisarios alcanzaron su destino y contemplaron las defensas, llegaron a una conclusión simple y categórica: eran inservibles.
La medida más prudente era defender las dos entradas al Solent, de forma que los buques enemigos no pudieran penetrar en su inmenso puerto. Eso significaba instalar en el extremo occidental un par de baterías, una en la isla de Wight cerca de las Needles, y la otra en tierra firme. En la isla ya existía una asombrosa y destartalada torre que podían utilizar.
Y en la costa de tierra firme: «Dios nos ha proporcionado el lugar ideal.»
En efecto, la lengua de grava que se extendía describiendo una curva desde más abajo de Keyhaven constituía el lugar ideal. Finalizaba en una amplia plataforma; presidía la parte más estrecha del canal que atravesaba el Solent. De inmediato ordenaron que construyeran allí un terraplén provisto de emplazamientos de cañones: un baluarte. Pero Enrique deseaba algo más ambicioso y al poco comenzaron a erigir el castillo.
El castillo de Hurst consistía en un fuerte de piedra bajo y achatado. Era una estructura insólita, pues no era ni redonda ni cuadrada, sino que presentaba la forma de un triángulo. En cada de uno de sus tres ángulos se alzaba un bastión semicircular. En el muro oriental había una entrada con un rastrillo y un puente levadizo sobre un pequeño foso. Sobre el centro del fuerte triangular se alzaba una torre de dos pisos. Los bastiones, los muros y la torre se hallaban repletos de cañones. Los españoles, que lo sabían, consideraban el castillo de Hurst un obstáculo formidable.
Y ése era el lugar que la madre de Albion pretendía que él traicionara. Para ella no sólo representaba un obstáculo a la religión verdadera, sino que sus mismas piedras constituían una ofensa.
Cuando el rey Enrique vendió todas las tierras monásticas a sus amigos, Beaulieu pasó a manos de la noble familia de Wriothesley. Pero muchos otros deseaban beneficiarse de las oportunidades que les brindaba la época, entre éstos un renombrado comerciante de Southampton llamado Mili. Era un hombre hábil que había desempeñado el cargo de administrador de la propiedad de Beaulieu y deseaba complacer al rey a fin de adquirir unas tierras monásticas. Puesto que la corona tenía costumbre de encargar proyectos importantes como la construcción de buques o fuertes a empresarios locales, no tenía nada de extraño que, a la hora de erigir las nuevas defensas del Solent, pusiera el proyecto en manos del competente Mili, quien realizó un excelente trabajo. El rey estaba más que satisfecho. Y cuando preguntaron a Mili de dónde había sacado tanta piedra —había poca en la región— el comerciante respondió con tono afable:
—De la abadía de Beaulieu, naturalmente.
—¡Ese impío de Mili! —había exclamado lady Albion—. ¡Utilizar las sagradas piedras de la abadía para defender la costa contra el Papa!
Su hijo no se había atrevido a comentar que muchos otros se habían afanado a desmantelar la abadía e incluso su iglesia.
Cuando alcanzaron el extremo del promontorio, Albion vio que habían bajado el puente levadizo y que la puerta estaba abierta. No bien hubo ordenado a los tres hombres que se apearan del carro cuando una figura conocida, un hombre de su misma edad con el rostro ancho e inteligente, unos hermosos ojos grises y una incipiente calva, la cual no mermaba su atractivo, se dirigió hacia él con paso rápido.
—¡Clement!
—¡Thomas!
—Bienvenido.
Thomas Gorges pertenecía a un antiguo linaje, cosa que se apreciaba de inmediato, pensaba Albion. Tenía amigos en la corte. Pero ante todo, Cecil y el consejo confiaban en él. Ése era el motivo de que le hubieran elegido para escoltar a María Estuardo a su última prisión. Asimismo, había sido nombrado caballero. Desde hacía unos años detentaba el cargo de capitán del castillo de Hurst, donde, ante la amenaza de un ataque inminente, pasaba gran parte del tiempo.
—¿Son éstos tus hombres? —preguntó.
Albion asintió con la cabeza.
—Perfecto. Mi jefe de artilleros les mostrará las instalaciones.
Aparte de Gorges y de su lugarteniente, Hurst estaba custodiado por una nutrida guarnición, encabezada por el jefe de artilleros.
—Opino que cuanto más enseñas a tus hombres cómo hacer las cosas —prosiguió Gorges con naturalidad—, más estimulas su lealtad. Ven, Clement —añadió con tono afable—, charlemos un rato.
Al echar un vistazo a su alrededor, Albion pensó que era difícil no sentirse impresionado. Dos grupos de cañones asomaban a través de las aspilleras en los bastiones y los muros por el lado que daba al mar. También habían instalado unos cañones en la torre central. Ningún barco que penetrara en el Solent escaparía a esta batería y, en cuanto a sus defensas, los muros no sólo eran gruesos, sino que habían sido construidos en forma ligeramente convexa a fin de neutralizar los cañonazos. Incluso bajo un tenso bombardeo, el castillo de Hurst era prácticamente inexpugnable.
—Espero que lo encuentres todo en orden, Clement —comentó Gorges sonriendo.
No cabía duda de que Gorges había sido un excelente conservador del castillo. Había añadido más cañones, había mandado reconstruir y reforzar la torre central y había adiestrado perfectamente a la guarnición. El consejo lo tenía en tan alta estima que, aunque oficialmente el encargado de las milicias del condado era el gobernador del país, cualquier cosa que deseara Gorges —armas, material u hombres—, la conseguía de inmediato.
—A propósito, administrador de la madera —comentó con tono jovial—, ¿cuándo voy a recibir mis olmos?
No dejaba de ser curioso, pensó Albion, que construyeran barcos de roble; ahora bien, cuando utilizaban esa madera en un lugar como Hurst, expuesto a la brisa salada del mar, se pudría al poco tiempo. Por consiguiente, cuando Gorges le comentó que precisaba nuevas montaduras para los cañones, Albion le recomendó que utilizara madera de olmo, que era más duradera.
—La semana pasada marqué la partida de árboles. Recibirás la madera dentro de diez días.
—Gracias. Ahora háblame sobre estos hombres que has traído contigo.
—Voy a poner a Pride a cargo del grupo. Es joven y de fiar. Inteligente. Le gusta la responsabilidad y está ansioso por demostrar su valía. Desempeñará bien su tarea. Los otros dos son buena gente. No te defraudarán.
—Te felicito por tu acertada elección. Hablaré con ellos enseguida. Por cierto —añadió Gorges como de pasada—, ¿te he dicho que Helena se encuentra aquí? —Helena, su esposa. La noticia complació a Albion. Estimaba mucho a Helena—. Te está esperando. ¿Por qué no conversas un rato con ella mientras yo entrevisto a los hombres?
Albion se detuvo. Gorges había formulado la propuesta con tanto encanto que, en otras circunstancias, Albion no le habría dado mayor importancia. Pero arrugó el ceño, preocupado. No comprendía por qué era necesario traer a estos hombres hasta aquí cuando podía haberles explicado perfectamente sus deberes en Minstead.
—¿No quieres que esté presente cuando hables con mis hombres, Thomas?
Un ligero rubor. Una expresión de turbación, rápidamente disimulada, pero no con la suficiente rapidez. ¿Qué significaba eso?
—Mira, ahí viene Helena. Ve a dar un paseo con ella, Clement. Está impaciente por verte.
Y antes de que Albion pudiera protestar, su amigo se marchó, dejándolo ahí plantado.
Nick Pride se sentía francamente satisfecho de sí mismo. Se hallaba en la cámara del jefe de artilleros, con vistas al Solent, cuando entró Thomas Gorges. El aristócrata habló con ellos durante unos minutos, en tono muy amable, explicando la importancia de sus deberes. Nick le observó con curiosidad.
Estaba impresionado. Si Albion era un caballero, presentía que este hombre era algo más. Provenía de un mundo distinto, aunque Nick no habría sabido precisar qué mundo era ése. Al imaginarse los dos hombres juntos, llegó a la conclusión de que Albion necesitaba a Gorges, pero Gorges no necesitaba a Albion. «Supongo que ése es el motivo», pensó Nick.
—Bien, Nicholas Pride —dijo Gorges—, tengo entendido que es usted el guardián de la almenara.
—Sí, señor —respondió Nick inflándose como un pavo real.
La idea de colocar unas almenaras en las cimas de las colinas para alertar a las gentes del campo de un inminente ataque enemigo se remontaba a los tiempos clásicos; pero fueron los Tudor quienes lo convirtieron en una práctica habitual en Inglaterra. Una almenara encendida en el extremo suroccidental de Inglaterra propiciaba una reacción en cadena de fuegos costeros que advertían a Londres en cuestión de pocas horas. Al tiempo que se transmitía el mensaje a lo largo de la costa, una red de almenaras secundarias, orientadas hacia el interior, captaban el mensaje y alertaban a las milicias situadas en los asentamientos locales para que se reunieran y presentaran en sus lugares de destino a fin de defender la costa.
Había dos grandes almenaras costeras en la zona del Solent, instaladas en cada extremo de la isla de Wight. La zona del interior de New Forest disponía de tres almenaras: una situada sobre Burley Beacon, una segunda sobre una colina, hacia el centro del Forest, y una tercera, destinada a alertar a las aldeas septentrionales, sobre un viejo fuerte en la cima de la colina que presidía la aldea de Minstead.
—Acérquese, Nicholas Pride —le ordenó el capitán alejándose de los otros—. Bien —añadió en voz queda, de forma que sólo pudiera oírlo el joven—, recíteme los deberes de su cargo.
Nick Pride creía cumplir bien su cometido. Albion le había adiestrado a fondo. La almenara de la isla de Wight enviaba una secuencia precisa de señales que culminaba con la que le ordenaba encender la suya. Nick las recitó correctamente. Refirió con sumo detalle cómo manipular la almenaba, quién la custodiaba y cuándo, cómo se instalaba y encendía. Gorges le interrogó, discreta pero exhaustivamente, y parecía satisfecho de las respuestas. Ante la sorpresa de Nick, cuando el interrogatorio concluyó el capitán no se apresuró a poner fin a la conversación. Deseaba preguntarle más cosas, sobre su familia, sus hermanos y la pequeña hacienda familiar. Incluso le habló sobre su propia familia e hizo reír a Nick. El joven se sentía curiosamente relajado en presencia del oficial. Gorges le preguntó qué pensaba sobre los españoles y Nick respondió que eran unos malditos extranjeros. Gorges le dijo que el rey Felipe tenía fama de hombre muy piadoso, a lo que Nick replicó que tal vez lo fuera, pero que no dejaba de ser un maldito extranjero y que cualquier inglés que se preciara se alegraría de cortarle la cabeza.
—Francis Drake le chamuscó las barbas en Cádiz, ¿no es cierto, señor? Con el fuego de sus buques. Imagino que eso le habrá servido de lección.
Gorges repuso que confiaba en que así fuera.
El aristócrata, que le había escuchado y observado con atención, le conocía ya mejor que él mismo, pero el joven Nick Pride no se había percatado de ello.
—Ya veo que puedo confiar en usted, Nicholas Pride —declaró Gorges al cabo de unos minutos—. Y si la reina me pregunta (lo cual es muy posible) quién vigila nuestra almenara situada en el interior, recordaré el nombre de usted y le diré que es usted un leal servidor de la corona.
—En efecto, señor —repuso Pride, más satisfecho de sí mismo que nunca.
Jane estaba sentada en un banco arenoso, contemplando el Solent, cuando apareció la extraña pareja.
Hacía calor; sobre las aguas se cernía una ligera bruma que confería un tono azul pálido a la isla de Wight. Frente a ella, sobre los bancos de arena, se deslizaban unas aguzanieves y unas aves zancudas, y en torno al fuerte revoloteaban unas golondrinas de cola ahorquillada, aunque pronto partirían hacia climas más templados.
El hombre y la mujer conducían un voluminoso carro provisto de unos laterales de tablas muy elevados. Transportaba carbón de leña.
Jane había observado que, justo abajo del fuerte situado en el lado del Solent, había un pequeño horno de piedra caliza. Llevaba allí bastante tiempo. Era un negocio próspero, no de la envergadura de las salinas cercanas, por supuesto, pero rentable. La mayor parte de la piedra caliza era transportada a través del canal de la Mancha hasta la isla de Guernsey, cerca de la costa francesa. Necesitaban carbón de leña como combustible para el horno de piedra caliza.
El carro abandonó el sendero poco antes de llegar al fuerte y descendió hacia el horno. Al cabo de unos momentos, Jane vio que el hombre descargaba los sacos situados en la parte trasera del carro, con ayuda de otros dos empleados del horno. La joven observó con curiosidad.
El hombre era algo más bajo que los otros dos, pero tenía un aspecto muy musculoso. Su pelo negro y espeso contrastaba con la barbita perfectamente recortada que lucía. Tenía los ojos separados y una mirada perspicaz: los ojos de un cazador, pensó Jane. Estaba convencida de que el hombre se había fijado en ella mientras descargaba los sacos de carbón. ¿Pero por qué le parecía tan extraño? Jane no habría sabido precisarlo. Había convivido con gentes del Forest toda su vida, pero ese hombre poseía un aspecto distinto de los Pride y los Furzey, como si perteneciera a otra raza más antigua que había habitado en una recóndita zona que ellos desconocían. ¿Sería fruto de su imaginación o tenía ese hombre el rostro más oscuro que otros, como tostado por el fuego del carbón? ¿No presentaba quizás un aire recio que recordaba a un árbol, a un roble?
No resultaba difícil adivinar quién era su familia. Jane había visto a varios hombres parecidos a él, en las ferias locales o en el tribunal de Lyndhurst.
«Ése es Perkin Puckle», le había informado su padre. O: «Creo que ése es Dan Puckle, pero tal vez sea John.» La letanía siempre continuaba: «Los Puckle viven en Burley.» Nadie tenía nada que decir contra ellos. «Son buenos amigos, siempre y cuando estén de tu lado», le había dicho su padre a Jane. No obstante, aunque nadie lo dijera, Jane intuía que había algo misterioso en esa familia. «Son viejos como los árboles», había comentado su madre en una ocasión. Jane observó al hombre con curiosidad.
Al principio, Jane no se percató de que ella también era observada.
No había visto a la mujer apearse del carro; pero ahí estaba, sentada junto la hierba, contemplando a Jane con aire pensativo. Como no quería dar la impresión de antipática, Jane la saludó con un gesto de la cabeza. De improviso, la mujer se levantó y fue a sentarse a pocos metros de Jane. Durante unos momentos, ambas observaron a los hombres afanados en su tarea.
—Ése es mi marido —dijo la mujer volviéndose hacia Jane.
Era menuda, con el pelo castaño oscuro. Parecía un gato, pensó Jane. Dedujo que tenía unos treinta y cinco años, como el marido. Poseía unos ojos oscuros y almendrados, y un semblante pálido.
—¿Es uno de los Puckle de Burley? —inquirió Jane.
—Sí. —Jane tuvo la impresión de que la mujer la observaba con curiosidad—. ¿Está casada?
—Todavía no.
—¿Piensa hacerlo?
—Creo que sí.
—¿Su hombre está aquí?
—Ahí dentro —repuso Jane indicando el fuerte.
La atezada esposa de Puckle guardó silencio un rato. Se quedó contemplando el agua ensimismada. Cuando volvió a hablar fijó la vista en su marido.
—Es un buen hombre, John Puckle —dijo.
—Estoy segura.
—Muy trabajador.
—Eso parece.
—Y fogoso. Es capaz de hacer feliz a cualquier mujer.
—Ah. —Jane no sabía qué decir.
—Su hombre… ¿es bueno? ¿Folla bien? —Una palabra gruesa.
—Supongo —respondió Jane sonrojándose—. Aún no nos hemos casado.
El silencio de la mujer indicaba a las claras que no se sentía impresionada por esa respuesta.
—Construyó su propio lecho —comentó indicando a su marido con la cabeza—. De roble. Y lo talló él mismo. En los cuatro postes. Jamás vi un trabajo igual. —La mujer sonrió—. Construyó su lecho para acostarse en él. Después de haberte acostado con John Puckle en su lecho de roble, ya no te satisface ningún otro lecho, ni ningún otro hombre.
Jane la miró. Había oído hablar a las aldeanas de Minstead, pero aunque a veces hablaban sobre los hombres de forma chistosa y grosera, esta extraña tenía una forma de expresarse tan directa que a la vez la repelía y fascinaba.
—¿Le gusta mi marido?
—¿A mí? Si no lo conozco.
—¿Le gustaría follar con él?
¿Qué significaba esto? ¿Acaso se trataba de una trampa? Jane no tenía ni remota idea, pero esta mujer la ponía nerviosa.
—Es su marido, no mío —replicó Jane levantándose. Pero cuando se hubo alejado un trecho, se volvió con disimulo y vio que la mujer seguía sentada tan tranquila, sin inmutarse, observando la isla con expresión pensativa.
Helena propuso que dieran un paseo por la playa. Junto a ellos yacían las aguas anchas y abiertas del canal de la Mancha. La dentelaria y la colleja marina no estaban en flor, pero sus verdes brotes se extendían como una bruma sobre la costa. Las palabras de Clement y Helena, mientras conversaban, estaban acompañadas por el quedo murmullo y el profundo rumor del mar sobre los guijarros, así como por los gritos de las blancas gaviotas que se alzaban sobre la espuma.
Clement Albion sentía un gran afecto por Helena Gorges, aunque a veces ésta le hacía sonreír. Era sueca de nacimiento, muy rubia, muy linda. «Eres tan buena como hermosa», solía decirle Albion con justicia. Aunque podía haber añadido: «Y no poco vanidosa.»
Según una ley universal, ninguna mujer está dispuesta a renunciar a un título una vez que lo ha adquirido. O eso creía Albion. Al poco de que Helena, la belleza sueca, fuera presentada en la corte inglesa de la reina Isabel, ya se había desposado nada menos que con el marqués de Northampton. De paso, se había convertido en una de las favoritas de la reina. Por desgracia, su noble esposo había muerto al cabo de un año, dejando una viuda cautivadora, sola, pero marquesa al fin.
Existían muy pocos títulos nobiliarios en la Inglaterra de la reina Isabel. La guerra de las Dos Rosas había acabado con muchos de los grandes títulos, y los Tudor no deseaban crear más señores feudales. Pero uno de los títulos que habían puesto en circulación en Inglaterra era el de marqués. Había un puñado de ellos. Ocupaban el rango inmediatamente inferior al de los altivos duques. En orden de precedencia, por tanto, la joven marquesa de Northampton atravesaba la puerta antes que una condesa y, por supuesto, que una lady o una dama.
De modo que cuando conoció y se enamoró de Thomas Gorges, que en aquel entonces ni siquiera era un modesto caballero, se casó con él, pero insistió en seguir ostentando el título de marquesa de Northampton.
—Y continúa haciéndolo —decía Albion a su esposa con una carcajada—. Gracias a dios que Thomas se lo tomaba a broma.
Ciertamente, Helena y Thomas formaban un matrimonio feliz. Ella era una buena esposa. Con sus bellas facciones, su pelo dorado, sus deslumbrantes ojos, solía acercarse a pie hasta el fuerte —caminaba con paso airoso y elegante— y seducía a toda la guarnición. Cuando iba a la corte nunca dejaba pasar la ocasión de promover la carrera de su marido. Albion sabía que en la actualidad Helena tenía un plan entre manos y, después de intercambiar las amables y acostumbradas preguntas sobre sus respectivas familias, Albion le había preguntado con delicadeza:
—¿Cómo van las obras de tu casa?
Lo cierto, según sabía Albion, era que su amigo Gorges se había lanzado por primera vez en su vida en un proyecto muy costoso. Había adquirido recientemente unas magníficas tierras situadas al sur de Sarum; de hecho, Albion había contemplado el terreno la víspera, durante la entrevista con su madre. En esta propiedad, llamada Longford, Gorges se proponía construir una mansión señorial. Pero el tiempo transcurría y aún no habían colocado la primera piedra.
—¡Ay, Clement! —Helena tenía la encantadora costumbre de tomarte del brazo para hacerte una confidencia—. No le digas a Thomas que te lo he contado, pero tenemos problemas —añadió la joven dama esbozando una pequeña mueca.
—¿No podéis construir una casa más pequeña?
—Muy pequeña, Clement —respondió Helena con una sonrisa de complicidad.
—¿Una casita de campo? —Albion lo dijo en tono de chanza, pero ella meneó la cabeza y contestó con expresión solemne:
—Una modesta casa de campo, Clement. Quizá ni siquiera eso.
¿Era posible que las cosas estuvieran tan mal? Thomas debía de haber invertido más dinero de lo que Clement suponía.
—Thomas siempre ha seguido una trayectoria ascendente —comentó. No tenía duda de que la carrera de su amigo seguiría siendo tan brillante como hasta la fecha.
—Confiemos en que continúe así, Clement. —Helena sonrió de nuevo, pero esta vez con tristeza—. Me temo que este año no puedo permitirme el lujo de comprarme vestidos nuevos.
—Tal vez la reina…
—Ya he estado en la corte. —Helena se encogió de hombros—. La reina no tiene un penique. Este asunto de España… —añadió señalando el horizonte— ha vaciado las arcas del Tesoro.
Albion asintió con gesto melancólico.
—A propósito del asunto de España —dijo. Tras dudar unos instantes, decidió proseguir—. Como sabes, he traído a algunos de mis hombres. Thomas quería echarles un vistazo. —Albion miró de reojo a Helena. Tal como sospechaba, observó que ésta sabía algo—. Entonces, Thomas insistió en hablar con ellos a solas, sin que yo estuviera presente. ¿Por qué lo hizo, Helena?
Ambos se detuvieron.
Helena contempló los guijarros que tenía a sus pies. Una ola rompió en la playa y luego retrocedió.
—Thomas se limita a obedecer órdenes, Clement —respondió con voz queda y sin mirar a su interlocutor—. Eso es todo.
—¿Acaso creen que yo…?
—En este país hay muchos católicos, Clement. Todo el mundo lo sabe. Si hasta los Carew…
Thomas Carew había sido anteriormente el capitán del castillo de Hurst. Su familia, católicos de pro, seguían viviendo en la aldea de Hordle situada en las lindes del Forest, a pocos kilómetros.
—Uno puede ser un católico sin ser traidor, Helena.
—Por supuesto. Y tú sigues al mando de una parte de la milicia. No lo olvides.
—Pero tu marido tiene que asegurarse de que mis hombres y yo somos leales.
—El consejo observa a todo el mundo, Clement. Tienen que hacerlo.
—¿El consejo? ¿Cecil? ¿Recelan de mí?
—Tu madre, Clement. Recuerda que hasta Cecil ha oído hablar de tu madre.
—Mi madre. —Una oleada de pánico invadió a Clement. Pensó en la conversación que habían mantenido la víspera y notó que se sonrojaba—. ¿Qué es lo que mi imprudente madre anda diciendo? —preguntó tratando de disimular su aprehensión.
—¿Quién sabe, Clement? Yo no estoy enterada de estas cosas, pero he dicho a la reina…
—¿La reina? ¿La reina también ha oído hablar de mi madre? ¡Dios santo!
—Le he dicho —perdóname, Clement— que tu madre era una estúpida. Que tú no compartías sus opiniones.
—¡Dios nos libre!
—De modo, querido Clement, que no debes alarmarte. En lugar de ello preocúpate por mi casa. Encuentra la forma de construir algo en Longford que no sea un simple establo.
Albion se echó a reír, tranquilizado por las palabras de Helena. Luego dieron media vuelta para regresar al fuerte. El mar avanzaba un poco más sobre los guijarros. Frente a ellos, al otro lado del agua, contemplaron las cuatro resplandecientes Needles cretácicas de la isla de Wight. A Albion, en aquellos momentos, le parecieron fantasmagóricas, irreales. Unas gaviotas blancas como espectros alzaron el vuelo y se alejaron mar adentro.
—Clement. —Helena se detuvo y se plantó frente a él—. Sabes que te queremos. No eres un traidor, ¿verdad?
—¿Yo…?
Helena le escudriñó el rostro.
—Contéstame, Clement.
—¡Por todos los santos! Claro que no. —Júralo.
—Lo juro. Por mi honor. Por lo más sagrado. —Ambos se miraron a los ojos. Los de Helena reflejaban inquietud—. ¿No me crees?
—Por supuesto —contestó ella sonriendo—. Vamos —añadió tomándolo del brazo—. Regresemos al fuerte.
Pero mentía. Clement estaba convencido de ello. Helena no estaba segura de su lealtad. Y si ella y Thomas Gorges no se fiaban de él, tampoco lo harían el consejo y la reina. De pronto, a Albion los meses venideros le parecieron más siniestros que nunca.
Lo más irónico era que, al margen de lo que su madre pudiera exigirle, él le había dicho a Helena la verdad.
¿O no?
Llegó el invierno y, con él, un frío polar. Pero el árbol estaba acostumbrado a eso. Pues cuando éste había alcanzado la madurez, hacía un siglo, Inglaterra había entrado en un período, que transcurrió a través de las dinastías Tudor y Estuardo, conocido en la historia como el período glacial. Aquel año, las temperaturas medias descendieron varios grados. En verano, la diferencia era menos apreciable. En cambio, los inviernos solían ser crueles. Los ríos se helaban. En los grandes árboles talados durante esa época los anillos de crecimiento anuales aparecen más juntos.
A principios de diciembre, el roble se pertrechó contra el invierno. Sus ramas aparecían desnudas y grisáceas; los pequeños frutos en las ramas estaban protegidos de las heladas por unas escamas de color pardo y consistencia cerosa. Bajo tierra, el azúcar que contenía la savia impedía que se congelara la humedad en el árbol.
El día de Santa Lucía, el trece, el día tradicional del solsticio de invierno, cayó al amanecer un aguanieve que al mediodía se heló, de forma que cuando el pálido sol brilló durante las breves horas antes de que el plomizo día llegara a su fin, la copa del roble apareció cubierta de carámbanos, como si un antiguo morador de los bosques de cabello plateado se hubiera detenido y permanecido inmóvil en aquel lugar. E incluso cuando el tímido sol prestó cierto resplandor a la plomiza atmósfera, el viento comenzó a silbar a través de los carámbanos e hizo que se helaran aún más.
En lo alto, en una horquilla del árbol donde una paloma había construido antes su nido, se hallaba posado un enorme búho. Era un visitante de los helados bosques de Escandinavia, que había venido para pasar los meses invernales en la isla más templada. Contemplaba la nieve con ojos inexpresivos, pero al anochecer su increíble oído le guiaba de modo infalible sobre alas silenciosas hacia cualquier criatura que se hubiera aventurado a salir de su madriguera en la oscuridad. Cualquiera que hubiera observado con atención el suelo junto al pie del roble, habría visto los restos de un tordo que indicaban que el búho se había zampado un opíparo banquete. El ave volvió en silencio la cabeza. Era capaz de volverla, cuando le apetecía, más de trescientos sesenta grados.
En la rama sobre la que estaba posado el búho, en una fisura ennegrecida, colgaba una colonia de murciélagos, como bolitas palmeadas, en su letargo invernal. En todo el árbol, en las ramas grandes y pequeñas, unas diminutas larvas, como las de la polilla invernal, permanecían encerradas en sus capullos. Unas arañas anidaban en las grietas del inmenso tronco, detrás de unas ventanas formadas por el hielo. En torno al pie del árbol yacían los helechos de color pardo, doblados y partidos, aplastados entre las hojas caídas, cubiertos de hielo.
Bajo tierra, gusanos, babosas y todo tipo de criaturas terrestres se hallaban aislados por las hojas heladas del intenso frío. Pero en los arbustos, aunque el petirrojo, semejante a una borla, envuelto en su suave plumaje invernal probablemente sobreviviría, los mirlos y los tordos cantores presentaban un aspecto deslucido y depauperado. Dos semanas de hielo o nieve, y muchos alcanzarían un estado de delgadez y debilidad del que no se recuperarían.
Pero si estas pequeñas criaturas, durante sus breves temporadas en estado consciente, se hallaban siempre en una situación precaria, entre la vida y la muerte, el árbol, protegido por su inmenso sistema, también era inmensamente más fuerte. Aún no había cumplido trescientos años. Sin embargo, la naturaleza imponía también ciertas limitaciones al gigantesco roble. De las innumerables bellotas que habían caído aquel otoño, miles habían sido devoradas por los cerdos y otros animales que pastaban; otras habían sido pisoteadas; otras almacenadas como alimento por las ardillas y las aves, otras destinadas, cuando devinieran árboles jóvenes, a ser devoradas por los ciervos. Aquella inundación de bellotas no produciría ningún roble en cinco, diez ni veinte años.
La mujer se sentía muy débil. A fines de verano había presentido que estaba enferma y sus sospechas se habían visto confirmadas antes de que fuera con Puckle, aquel día de otoño, a entregar el carbón en Hurst. En aquellas fechas no dejaba de pensar en el futuro.
Había utilizado todos los remedios que conocía. Había tratado de frenar su mal. Cada mes, cuando la luna pasaba de doncella a madre y declinaba hasta hacerse vieja, ella rezaba en secreto. En tres ocasiones había invocado la protección de la luna atrayendo hacia sí sus rayos. Pero cuando llegó el invierno comprendió que nada puede alterar la rueda de la vida: no se curaría, debía pasar de esta vida a otra.
La naturaleza es cruel, pero a la vez misericordiosa. El cáncer que consumía a la esposa de Puckle había causado otros cambios en su cuerpo. Estaba pálida, la composición de su sangre se había modificado; comenzaba a sentirse somnolienta, lo cual haría que antes de que el cáncer alcanzara su último y monstruoso estadio y le provocara unos dolores insoportables, ella se sumiría en un aletargamiento que adelantaría su fin.
Puckle y ella tenían tres hijos. Ella amaba al leñador. Sabía muy bien que, cuando ella muriera, la vida seguiría su curso. Así pues, rezaba en secreto y hacía lo que creía que debía hacer.
Y ahora había llegado la medianoche del año, cuando apenas se veían siete horas de luz diurna y el mundo entero parecía haberse sumido en una profunda negrura bajo tierra.
Dos semanas más tarde, poco después de Navidad, Clement Albion pasó a caballo por allí.
La capa dura de hielo se había roto justo antes del festival sagrado. Aunque el suelo aún estaba frío, Clement descubrió a un grupo de pájaros peleando por un gusano que se deslizaba entre las hojas caídas. Una ardilla, apenas una mancha roja, corrió a ocultarse entre las zarzas.
Pero él había venido para ver el árbol.
En el bosque que crecía junto a éste, las elevadas ramas grises y plateadas estaban desnudas, salvo unas incrustaciones, aquí y allá, de parras oscuras o líquenes blancos como la muerte. Los robles que tachonaban el claro aparecían también desnudos.
En cambio, el roble que se alzaba solitario ofrecía un espectáculo insólito. Se había desprendido de sus carámbanos. De sus pequeños y compactos capullos brotaban unas hojas. El árbol, a mediados de invierno, estaba verde. Albion lo contempló en silencio. No se oía el menor ruido.
¿Por qué este árbol de New Forest, del que existe abundante constancia, se comportaba de este modo? Es posible que durante su crecimiento ocurriera un accidente —que hubiera caído sobre él un rayo, por ejemplo— que hubiera modificado el reloj interno, cuyo funcionamiento no conocemos bien, por medio del cual el árbol regula su floración. Quizá, más probablemente, se tratara de una singularidad genética. Esta característica, que constituye un fallo en el proceso mediante el cual el vasto sistema del árbol suspende su actividad, hace que ciertos robles conserven las hojas durante el invierno hasta la primavera. Las hojas que habían brotado en Navidad podían ser otra peculiaridad genética, y la existencia ampliamente documentada de estos robles en la zona indica dicha posibilidad. Pero nadie lo sabe con certeza.
Albion suspiró. ¿Se trataba de un milagro, como insistía su madre? ¿Pretendía el árbol decirle algo, recordarle su deber y su religión? ¿Sería este maravilloso árbol un símbolo viviente, como esos prodigiosos signos que jalonan la senda que conduce al Santo Grial, descritos en las fábulas de aventuras caballerescas?
Albion confió en que no fuera así. Desde el otoño no había habido ningún rumor del consejo que indicara que seguían sospechando de él. Clement se había encontrado en dos ocasiones con Gorges, quien se había mostrado afable y natural con él. Lo único que él anhelaba era vivir tranquilo. ¿Qué tenía eso de malo? ¿Acaso no lo deseaba la mayoría de la gente? Un árbol que florece en pleno invierno: la promesa de vida y muerte. Tres árboles que florecen, tres cruces: la crucifixión en el Calvario. Se mire como se mire, si los árboles verdes eran una señal de Dios, indicaban muerte y sacrificio.
Ojalá no se produjera la invasión española, pensó Albion. Su madre le dejaría su fortuna convencida de que él se había unido a los invasores; Gorges, el consejo y la reina no tendrían nada que reprocharle. El joven rogó a Dios que no le sometiera a esa prueba.
Hacía unas semanas que no tenía noticias de su madre. Debió de haber ido a verla en Navidad, pero había hallado un pretexto para no hacerlo. Albion se preguntó cuánto tiempo lograría evitarla.
Al cabo de unos segundos la vio.
Estaba posada en la copa del árbol verde, sobre unas ramas. Iba vestida de negro de pies a cabeza, como de costumbre, pero el forro de su capa era de color rojo vivo. No cesaba de agitarla mientras volaba de rama en rama cual una gigantesca y encolerizada ave. De pronto se volvió para observarlo. ¡Santo Dios, parecía dispuesta a echar a volar hacia él!
Albion sacudió la cabeza, diciéndose que eso era una estupidez. Al mirar de nuevo el árbol comprobó que era normal. Pero las manos le temblaban. No poco espantado por esta alucinación materna, azuzó a su caballo y enfiló el camino hacia Lyndhurst.
El joven Nick Pride mantuvo una discreta postura durante todo el invierno. A principios de abril cayeron unas lluvias torrenciales, pero luego se extendió un grato calor a través del Forest. El mundo volvió a asumir un color verde; las plantas echaron flor. Nick comprendió que había llegado el momento oportuno, que Jane esperaba que él se declarara; pero él tenía también que cumplir su papel.
En abril se dedicó a cortejarla. A veces no se veían durante un par de días, pero si no había otro motivo que se lo impidiera, se encontraban en la iglesia de Minstead los domingos. No mantuvieron ninguna pelea propia de enamorados; por lo visto, no tenían necesidad de pelearse. Ella era la sensata Jane Furzey y él el apuesto joven Nick Pride, y no había más complicaciones.
No obstante, cuando se acercó el momento de declararse, Nick Pride pensó que quizá convenía que Jane no estuviera segura de los sentimientos de él, al menos durante un par de días, para que no lo diera por sentado. Lo planeó minuciosamente.
A últimos de abril, Albion reunió a un grupo de milicianos en Minstead. Como es lógico, llamó a Nick Pride, así como al hermano de Jane y a otros dos hombres de Brook. Iban a organizar un pequeño desfile militar y John sabía que Jane y su familia acudirían para presenciarlo. Por consiguiente, decidió tomar la iniciativa una tarde dos días antes del desfile.
Minstead se alzaba en la ladera de una escarpadura que se prolongaba hacia el oeste en la región central del Forest. La mayoría de casitas de la aldea estaban construidas en la parte inferior del sendero que ascendía hacia la cima de la escarpadura, donde éste discurría en torno a una singular construcción.
Lo llamaban el castillo de Malwood, aunque jamás había habido ningún castillo allí. No era sino otro pequeño terraplén circular, como los de Burley y Lymington, que confirmaba que las gentes de la Edad del Hierro habían utilizado el Forest antiguamente, antes de que llegaran los romanos. Ocupaba la parte más elevada de la escarpadura, debido a las imponentes vistas que ofrecía de la zona, y desde que Albion había ordenado que talaran unos árboles que crecían debajo de sus modestas lindes, el lugar había reconquistado en parte su antigua preeminencia. Ahora, desde la cima de su muro de tierra, se alcanzaba a ver la parte meridional del Forest hasta la isla de Wight, motivo por el cual había sido elegido como lugar ideal para construir la almenara orientada hacia el interior, de la que Nick era el centinela.
Así pues, aquella tarde, Nick se sintió bastante orgulloso de sí mismo, mientras conducía a Jane, con su perrito Jack, por el terraplén cubierto de hierba de Malwood al tiempo que le mostraba el panorama.
—Allí instalarán la gran almenara —dijo indicando la isla de Wight—. Y allí —indicó—, en el preciso lugar donde te encuentras, Jane, la semana que viene erigirán nuestra almenara.
A Nick le complació observar que Jane se sentía no poco impresionada.
—¿Qué crees que ocurrirá si vienen los españoles, Nick? —le preguntó ella con cierta preocupación.
—Encenderé mi almenara, reuniremos a los hombres y bajaremos para pelear contra ellos. Eso es lo que ocurrirá. —Nick observó que Jane estaba pensativa—. ¿Temes que yo sufra algún percance? —preguntó regodeándose en su fuero interno.
—¿Yo? No —mintió ella encogiéndose de hombros—. Pensaba en mi hermano.
—Ah. —Nick sonrió con disimulo—. No temas —dijo con gallardía—. Cuando los españoles vean a nuestras milicias, dudo que se atrevan a desembarcar.
Luego charlaron sobre temas intrascendentes. El sol declinaba lentamente hacia el horizonte. El Forest se extendía ante ellos bañado en un resplandor dorado, mientras que la isla de Wight, a lo lejos, comenzaba a adquirir un color azul grisáceo. Todo estaba en silencio. Jane se estremeció levemente; Nick la rodeó con el brazo y ambos admiraron en silencio la región meridional.
—Me encanta contemplar el Forest —dijo Jane al cabo de un rato.
—A mí también. —Nick dejó que transcurrieran otros minutos en silencio.
—En fin, Nick —dijo Jane mirándole risueña—, si los españoles no nos matan, supongo que al final del verano se organizarán grandes festejos. —A continuación, la joven volvió de nuevo la vista hacia la isla.
Nick comprendió que había llegado el momento de pronunciarse, pero calló. Pasaron varios minutos.
—Será mejor que regrese —dijo ella rompiendo por fin el silencio.
Nick notó que estaba decepcionada y dejó que transcurrieran unos momentos. Luego asintió y repuso con voz queda:
—Te acompaño. —Acto seguido añadió con tono animado—. Tendremos mucho en qué pensar este verano, ¿no crees? —Y, felicitándose para sus adentros por su ingenioso plan, acompañó a Jane hasta Brook.
«Que espere —pensó Nick—. La dejaré en ascuas un día más, con la incertidumbre sobre mis sentimientos e intenciones.»
Cuando por fin llegó la fecha indicada, amaneció un día espléndido.
Minstead era un lugar curioso. Técnicamente constituía un liberty feudal, lo cual significaba que, aunque estaba totalmente rodeado por los bosques reales, disponía de su señor y de un tribunal del señorío. En la práctica, esto no representaba una gran diferencia para nadie. El señor arrendaba algunos de sus campos y percibía unas modestas rentas por ellos. Ni los campesinos ni el señor feudal podían quebrantar la ley forestal del territorio que rodeaba los escasos centenares de hectáreas del señorío. No obstante, tanto el señor como sus labriegos obtenían unos beneficios de los derechos consuetudinarios correspondientes al señorío sobre el combustible y los pastos del Forest, lo cual era muy valioso. Desde tiempos inmemoriales, el señorío había pertenecido a la misma familia feudal, al igual que Bisterne en el valle del Avon, el cual había pasado, por matrimonio, a la línea masculina de Berkeley el exterminador del dragón a la no menos poderosa familia Compton. Pero el señor feudal no poseía una casa en Minstead. Su administrador acudía para cobrar las rentas, presidía el tribunal y ofrecía el asesoramiento que precisaran. El liberty feudal de Minstead era, simplemente, una plácida aldea del Forest.
Con todo, poseía un edificio de gran importancia. Junto al sendero, al pie del mismo, se extendía el pequeño prado de la aldea. A un lado de éste, en un pequeño claro, se erguía lo más parecido a una mansión señorial que había en la aldea: la rectoría del vicario con su hectárea y media de terruño. Al otro, sobre una pequeña loma situada a doscientos metros del prado, se alzaba la iglesia parroquial, de suma importancia debido a que era la única que había en esta zona del Forest. No consistía en una estructura imponente; aunque sus muros eran de piedra, el techado de paja le confería el aspecto de una vivienda más grande de lo habitual. En su interior, la nave no medía ni nueve metros de anchura y contenía una tosca galería que se podía tocar con sólo alzar la mano. Pero no dejaba de ser una iglesia parroquial. Incluso la capilla utilizada por los reyes y las reinas en Lyndhurst se hallaba bajo su jurisdicción. Y fue en la iglesia de Minstead que los hombres de Minstead y de Brook se reunieron para organizar el desfile.
Al mirar a su alrededor, Nick Pride se sintió satisfecho. Aquella tarde, el cielo presentaba un límpido color celeste; unas nubecillas blancas se deslizaban sobre la iglesia situada sobre la loma. La milicia se componía de los hombres seleccionados de la parroquia junto con los de las aldeas colindantes conocidas como tithings, o pequeñas divisiones administrativas formadas por diez vecinos y sus familias. En total eran una docena de hombres, comprendidos los tres de Brook y uno de Lyndhurst. A Nick le parecía que formaban una fuerza combatiente invencible.
De los doce hombres, ocho tenían arcos y, gracias al estricto mando de Albion, todos disponían ahora de una docena de flechas. Seis de los hombres sostenían en la mano unas alabardas, afiladas y relucientes. Pobres de los españoles que se interpusieran en el camino de esas terroríficas lanzas, pensó Nick. Tres de los hombres iban tocados con unos cascos de metal de ala corta. Y él mismo lucía un peto, una espada y unas placas metálicas que le protegían el antebrazo; lo había heredado todo de su padre. Uno de los hombres se había quejado de que tuviera estas placas protectoras; puesto que él custodiaba la almenara, no las necesitaba y debía cederlas a otro. Pero él había protestado: «Cuando haya encendido la almenara, me incorporaré a la lucha.» Y Albion había determinado que podía conservar todas las piezas de su armadura. Ninguno poseía un arcabuz, lo cual no era de extrañar: pocos aldeanos en Inglaterra poseían armas de fuego.
Las órdenes del día eran bien simples: después de entrenar un par de horas junto a la iglesia, marcharían hasta el prado para ofrecer a los lugareños una demostración de sus dotes guerreras, tras lo cual romperían filas y tomarían un refrigerio. Luego, pensó Nick con regocijo, él llevaría a cabo su plan. Observó las armas que relucían bajo el sol y sonrió para sus adentros.
Clement Albion también las observó. Había hecho cuanto había podido. Lo cierto es que era un excelente comandante. Sus hombres estaban todo lo bien armados que cabía esperar. Él se había esmerado en enseñarles a ponerse firmes y a pelear con sus alabardas. Jamás serían unos buenos arqueros, pero cuatro de ellos eran unos consumados cazadores furtivos y seguramente disparaban mejor que los otros.
Pero ¿cuánto tiempo durarían esos hombres contra cuatro soldados españoles perfectamente armados y adiestrados? Nick no lo sabía; quizás unos momentos. Luego morirían, abatidos a tiros y despedazados. Gracias a Dios que ellos lo ignoraban. Nick estaba convencido de que ésa sería la suerte que correrían todas las milicias parroquiales del país.
En la primavera de 1588, las fuerzas defensoras de la importante región central de la costa meridional inglesa se hallaban en una situación desastrosa.
Las milicias, formadas por toscos reclutas campesinos armados con sus antiguas alabardas y arcos de caza, eran poco menos que inservibles. En muchos casos, los arqueros sólo disponían de tres o cuatro flechas. Muchos de los hombres no poseían ningún arma. Cuando los aristócratas y caballeros del condado se reunieron en Winchester para participar en una parada, todos pudieron comprobar que sólo uno de cuatro era apto para luchar contra el enemigo. Peor aún, el asunto estaba en manos no de uno, sino de dos insignes nobles que no cesaban de pelear entre sí, y ni siquiera los comisionados enviados por el consejo fueron capaces de poner un poco de orden en aquel caos. Ni Winchester, el importante puerto de Southampton, ni el de Portsmouth, situado a unos kilómetros en la costa, donde el rey Enrique había comenzado a construir unos astilleros navales, contaban con unas tropas que lo defendieran como era debido. Tres mil hombres, los mejores de los que había disponibles, estaban apostados en la isla de Wight, pero la zona del interior se hallaba, a todos los efectos, desprotegida. Tal era la penosa situación en que se hallaba Inglaterra mientras aguardaba la gran invasión del ejército mejor adiestrado de la cristiandad. Según indicaba uno de los informes remitidos al consejo de la reina: «Todo aquí es imperfecto.»
Clement Albion sabía todo esto perfectamente, aunque lo ocultara a sus hombres. Había visitado Southampton y los astilleros navales de Portsmouth. Había asistido a varias reuniones en Winchester. No sólo carecían de un ejército eficaz capaz de enfrentarse a los españoles, sino que el consejo temía incluso que algunos campesinos, deseosos de retornar a la religión antigua, ayudaran a los invasores. Y aunque personalmente él lo dudaba, al observar a su pequeño y desastrado grupo de hombres, Clement se preguntó si su madre no estaría en lo cierto. ¿No sería más prudente unirse a los españoles si éstos venían? Como hijo leal de la Iglesia verdadera, vinculado a través de su hermana con los grandes de España, los españoles le acogerían con los brazos abiertos. Pero ¿cuándo? ¿Cuando los barcos se aproximaran? ¿Después de que las tropas hubieran desembarcado? ¿Podría él intentar algo en el castillo de Hurst?
—Bravo, Nick Pride —dijo cuando el joven trató de esquivar y atacar a su presunto adversario con su espada—. Demostraremos a esos españoles de lo que somos capaces los ingleses.
A última hora de la tarde llegó el momento de la exhibición. Los hombres formaron una columna, por parejas, y dado que Nick iba provisto de una armadura, Albion lo colocó en primera fila. Una vez preparados, emitieron tres vítores para que todos supieran que estaban a punto de llegar, e incluso enviaron a un chico para que lo anunciara. A Nick le habría gustado marchar al son de un tambor, pero no tenían ninguno. A continuación, avanzaron, llevando el paso casi a la perfección, por el corto sendero que protegía la sombra de los elevados árboles, y bajaron hacia el prado, donde les aguardaban todos, incluso Jane, que llevaba un chal rojo sobre los hombros. Marcharon hasta el centro del prado, que medía sólo treinta metros de un extremo a otro, y ocuparon sus correspondientes puestos. Acto seguido ofrecieron su exhibición.
Fue un espectáculo audaz, sin duda. Los hombres formaron una hilera y empezaron a blandir sus alabardas y a propinar estocadas simultáneamente, de forma que uno no podía imaginar que las tropas españolas lograran atravesar una falange tan imponente. Luego instalaron unas dianas y los arqueros dispararon sus flechas, consiguiendo clavarlas en alguna parte de las mismas. Pero lo más impresionante fue cuando Nick Pride y el mismo Albion desenvainaron sus espaldas y entablaron una pelea ficticia. Ambos avanzaron y retrocedieron con agilidad sobre el prado, demostrando una pericia que jamás habían contemplado en Minstead, hasta que por fin Albion, que desempeñaba el papel de un español, dejó que Nick ganara y se rindió dócilmente. La multitud que se había congregado sobre el césped les aplaudió y vitoreó; Jane esbozó una media sonrisa cuando Nick alzó su espada en el aire y el sol crepuscular arrancó unos reflejos a su armadura, tal como él había confiado en que ocurriría. Había llegado el momento. Nick avanzó a través del prado hasta donde se hallaba Jane, se plantó ante ella, clavó su espada en el suelo —cosa que sorprendió un poco a la joven—, se postró sobre una rodilla y dijo mientras Jane lo observaba con ojos como platos:
—Jane Furzey, ¿quieres casarte conmigo?
Todo el mundo lo oyó. Ella se sonrojó al tiempo que una voz entre el público exclamaba:
—¡Es una buena oferta, Jane!
Otros aldeanos corearon la frase, aunque permanecían atentos a la respuesta de la muchacha.
Nick temió que Jane no respondiera por haberla pillado por sorpresa, así que la miró a los ojos para demostrarle que la amaba sinceramente, tras lo cual empezó a poner cara de angustia. Lo cual dio resultado porque, al cabo de una pequeña pausa, seguramente destinada a incrementar la expectación, Jane repuso:
—Bueno, supongo que sí.
Entonces, todos prorrumpieron en aplausos.
—¡Fija la fecha! —exclamó Nick.
Pero ahora le tocaba a Jane ponerlo en su lugar, así que frunció los labios, miró a su alrededor, fijó los ojos en Albion y se echó a reír.
—¡Cuando hayas luchado contra un auténtico español, Nick Pride! —exclamó—. ¡Ni un día antes!
Una respuesta que a Albion le pareció de lo más acertada.
A la mañana siguiente, Jane Furzey se dirigió a pie a Burley. Casi nunca iba, pero su madre había oído decir que en Burley había una mujer que confeccionaba encajes y pidió a Jane que fuera a preguntarle si podía dar trabajo a una de sus hermanas menores. De modo que Jane se puso en camino, llevando consigo a su perrito Jack.
Hacía una mañana soleada. Después de pasar frente al árbol del Rufo tomó el camino del oeste, que al poco rato la condujo a través de un elevado páramo antes de descender por el bosque hacia Burley.
Jack se encontraba en su elemento. Si veía a un mirlo persiguiendo a un gusano, él se lanzaba en pos del ave. Si distinguía una zona cubierta de barro, o un montón de hojas, se revolcaba sobre ellas. Tres ardillas rojas, al menos en opinión del can, tuvieron la suerte de escapar con vida. Cuando se aproximaron a Burley el pelo de castaño y blanco de Jack estaba negro de barro, y Jane se sintió avergonzada de él. No quería llegar a la casa de la fabricante de encajes con un perro en tan lamentable estado.
—Será mejor que te des un baño —dijo a Jack.
Había varios caminos que daban acceso a Burley desde Minstead, pero el más agradable, y el más limpio, era la ruta que atravesaba el inmenso prado desde el este. Por allí fluía un arroyo de aguas límpidas, repleto de guijarros, y a ambos lados del mismo se extendía el amplio y delicioso prado cubierto de hierba corta a lo largo de varios centenares de metros a través y más de tres kilómetros de extensión.
Era uno de los prados más grandes del bosque. En parte terreno seco y en parte pantanoso, servía de alimento al ganado y a los ponis, y se prolongaba hasta los límites de la aldea. El extremo que alcanzaba la aldea se llamaba Burley Lawn, pero unos centenares de metros hacia el este se alzaba un pequeño molino construido un par de generaciones atrás, y a partir de allí, en su larga extensión hacia el este, se llamaba Mili Lawn.
Pese a las protestas de Jack, tras sumergirlo en el arroyo hasta que quedó limpio, Jane dejó que correteara sobre la corta hierba de Mili Lawn. En un par de ocasiones, por bravuconería, el perro trató de perseguir a un poni, pero seguía limpio cuando pasaron el molino y llegaron a Burley Lawn. En esta zona, el suelo estaba más húmedo, pero Jane obligó al perro a caminar junto a ella por un sendero seco; y confiando en que ambos presentaron un aspecto decente, prosiguió con paso alegre. El prado aparecía ahora tachonado de arbolitos y matas de aulaga. El bosque a derecha e izquierda, con sus pequeños robles y avellanos, parecía aproximarse. Jane y su perro pasaron frente a un pequeño fresno oscuro y retorcido.
Entonces Jack descubrió al gato.
Jane también lo vio, pero unos momentos demasiado tarde.
—¡Jack! —gritó, pero fue inútil.
El perro se lanzó como una centella tras el gato sin que Jane pudiera detenerlo. Un aullido, un bufido, la imagen borrosa de los cuerpos de ambos animales mientras echaban a correr a la derecha de Jane. Ésta vio al gato saltar y a Jack atravesar un charco de lodo. Observó con angustia cómo el can, empapado y cubierto de barro, se escabullía por entre los arbustos. A Jane le sorprendió que el gato tuviera un escondrijo en mente que no fuera la copa de un árbol pues oyó que Jack seguía persiguiéndolo, ladrando con furia. De improviso se hizo el silencio.
Jane esperó, luego llamó a Jack. Pero no obtuvo respuesta. No se oía el menor sonido. Jane volvió a llamarlo repetidas veces. Nada. ¿Se habría refugiado el gato en algún sitio? A Jane le extrañó no oír los ladridos de Jack. Aguardó unos momentos y luego, con un suspiro, echó a andar hacia el lugar por el que habían desaparecido los dos animales.
No bien hubo recorrido unos cincuenta metros hacia el bosque cuando advirtió una casita. Era una vivienda típica del Forest, encalada de blanco y con el techado de paja, aunque mejor que muchas, pues la ventana situada en un costado indicaba que en el piso superior había cuando menos una habitación. En el claro que la rodeaba había un pequeño jardín y unos cobertizos. No había rastro del gato ni de Jack, y Jane se preguntó si éstos habrían emprendido otra dirección cuando de repente oyó ladrar al perro. Los ladridos provenían, inconfundiblemente, del interior de la casa.
Jane se acercó a la puerta, que estaba entreabierta, y llamó. No respondió nadie. Dio unas voces, suponiendo que habría alguien por los alrededores. Nada. Llamó a Jack y lo oyó ladrar de nuevo, dentro de la casa; pero el perro no acudió. Jane temió que hubiera quedado atrapado en el interior de la vivienda, pero no quería entrar sin permiso. Al mismo tiempo, le molestaba pensar que su perro estuviera campando por sus respetos en casa de un extraño.
Jane abrió la puerta del todo y entró.
Era una vivienda como tantas otras. La puerta daba acceso a la habitación principal, de techo bajo, que en un extremo contenía un hogar y unos peroles que colgaban del techo. En un rincón había una mesa con la superficie recién fregada, unos taburetes y una camita en la que, a juzgar por su tamaño, dormía un niño de corta edad. A la derecha, detrás de una puerta que Jane se resistía a abrir, había otra habitación. Frente a ella, una angosta escalera conducía a la habitación abuhardillada.
—¿Jack? —llamó Jane suavemente—. ¿Jack?
Le respondió un breve ladrido procedente del piso superior.
—¡Baja ahora mismo, Jack! —le ordenó Jane.
¿Acaso retenía alguien a su perro en la buhardilla? Jane echó una ojeada a su alrededor para comprobar si alguien la observaba desde fuera. Pero no vio a nadie. Avanzó hacia la escalera y subió.
Arriba había dos habitaciones: a la izquierda, una buhardilla cuya puerta estaba abierta; a la derecha, una puerta de roble que probablemente el viento había cerrado. Jane la abrió despacio.
Era una habitación pequeña. La luz penetraba por una ventana situada a la altura de las rodillas, a la izquierda de Jane, justo debajo del alero. A su derecha, arrimado a la pared, había un viejo arcón sobre el que para su sorpresa vio al gato que yacía, cómodamente acurrucado y la observaba como si aguardara su presencia. Pero lo más curioso fue lo que contempló frente a sí.
Un lecho de cuatro postes que ocupaba buena parte del muro. Sobre la parte superior de los cuatro postes, se extendía un sencillo dosel de tejido cuyos bordes rozaban el tosco techo de paja. No era un lecho gigantesco. Jane dedujo que había sido construido en esa misma habitación, para ser ocupado por dos personas, ninguna de ellas corpulenta. Era de roble oscuro, casi negro, que relucía de forma extraordinaria.
Y estaba tallado. Jane jamás había visto un trabajo tan exquisito. Animales, cabezas de ciervos, rostros humanos de aspecto grotesco, bellotas y hojas de roble, hongos, ardillas e incluso serpientes… Todos ellos trepaban o la observaban desde los cuatro postes oscuros y lustrosos del extraño lecho. De pronto, al recordar dónde había oído hablar de ese lecho, Jane murmuró en voz alta:
—Ésta debe de ser la casa de Puckle.
Pero aún más extraño que el lecho era el comportamiento de Jack.
El lecho estaba tapado con un sencillo cubrecama, sobre el que aparecía sentado Jack. Sus patas sucias de barro habían dejado unas huellas negras en el cubrecama. Pero el perro estaba sentado tranquilamente, meneando la cola, sin dar señal de querer acercarse a Jane o perseguir al gato. Parecía como si esperara que Jane fuera a sentarse junto a él.
—¡Ay, Jack! ¿Qué has hecho? ¡Salta inmediatamente de la cama! —exclamó Jane.
Cuando se acercó para obligarlo a bajarse, el perro se resistió, clavando las patas en el lecho, pero sin dejar de menear la cola.
—¡Eres un perro malo! —le reprendió Jane—. Vamos, salta.
Cuando estaba a punto de conseguir que el perro saltara del lecho, oyó una voz ronca su espalda que la sobresaltó casi hasta el extremo de hacerla gritar. Jane se volvió apresuradamente.
—Parece que el chucho se siente a gusto allí.
Puckle estaba de pie junto a la angosta puerta. Su figura era inconfundible. Seguía luciendo su acostumbrada barba negra y corta. Jane no se había percatado de que tuviera unos ojos tan luminosos. Puckle no se movió; se limitó a observarla.
—¡Oh! —Jane emitió una pequeña exclamación de temor. Luego, mientras él seguía observándola desde la puerta sin dar muestras de estar enojado, ella añadió sonrojándose—: Lo lamento. Mi perro persiguió a su gato.
—Sí —repuso él asintiendo lentamente—. Eso parece.
¿La había creído?, se preguntó Jane. Algo en el talante de Puckle le hacía sospechar que no creía que ella le hubiera contado la verdad.
—Lo ha puesto perdido —comentó Jane señalando el cubrecama—. Lo siento.
—No importa.
Jane miró a Puckle. Todo indicaba que había estado trabajando en el Forest. Ella observó unas gotitas de sudor en el vello negro y rizado que asomaba por su camisa.
Cuando lo había visto a fines de verano, su rostro parecía más oscuro, casi del color del roble; pero ahora semejaba una serpiente que había mudado la piel, o un árbol que había echado hojas en primavera. John Puckle tenía una carnación clara que recordó a Jane un hermoso y avispado zorro.
—Lo limpiaré —dijo Jane.
Sin responder, Puckle fijó la vista en el perro. Jack le devolvió la mirada meneando alegremente la cola. Jane se sintió más tranquila. Nadie se movió.
—¿Talló usted estas figuras? —preguntó Jane indicando el lecho.
—Sí. —Puckle se volvió hacia ella y la observó con atención—. ¿Le gustan?
Ella contempló de nuevo los rostros extraños y oscuros, las retorcidas formas esculpidas en el roble. ¿La repelían o la atraían? Jane no estaba segura. Pero la habilidad de la persona que las había tallado era asombrosa.
—Son maravillosas —dijo de sopetón. En vez de responder, Puckle se limitó a asentir en silencio. Después de una breve pausa, Jane agregó—: Su esposa me habló de este lecho.
—¿Ah, sí?
—En el castillo de Hurst. En septiembre. Usted había ido a entregar carbón.
—En efecto.
—¿Se encuentra su esposa aquí? —inquirió Jane, aunque no estaba segura de que le apeteciera volver a ver a aquella extraña mujer.
—Ha muerto. Murió este invierno.
—Oh. Lo lamento. —Jane no sabía qué decir. Miró a Jack y el cubrecama. El perro lo había puesto perdido. Jane tomó a Jack en brazos y se volvió—. Deje que me lleve el cubrecama y lo lave en casa.
—Lo limpiaré con un cepillo —contestó Puckle.
Pero Jane se sentía culpable de haber irrumpido en su casa y deseaba compensarle por ello.
—Permita que me lo lleve —insistió—. Se lo devolveré dentro de pocos días.
—Como quiera.
Jane retiró el cubrecama del lecho, sacudió las almohadas, alisó la sábana y se marchó con Jack, sintiéndose un poco menos culpable que antes.
El roble empezó a echar hojas lentamente en primavera. Después de su milagrosa floración en pleno invierno, su sistema había suspendido toda actividad, al igual que los otros robles; las hojas navideñas se habían helado y desprendido, y durante el resto del invierno el árbol había mostrado un aspecto gris y desnudo. Pero en marzo, la savia comenzó de nuevo a ascender. Los robles que crecían en el bosque no echaron hojas al mismo tiempo, sino a lo largo de un mes, de modo que la vegetación que brotó a principios de primavera era muy diversa, desde unos capullos parduscos hasta unas copas de un verde intenso y vibrante, pasando por unas hojas de color pálido.
No obstante, el color retornó al roble de numerosas formas. En primavera, las parras echaron fruto, procurando un suculento alimento a los mirlos; pero en invierno los ciervos habían devorado las hojas de parra que crecían en la parte inferior del árbol, dejando el suficiente espacio para que crecieran los líquenes. Los robles ostentan un mayor número de líquenes que otros árboles. Algunos habían adquirido un tono amarillo, pero puesto que contienen clorofila, otros mostraban unas barbas de un color verde grisáceo. Los más llamativos eran los grandes y vellosos líquenes que brotaban del tronco, conocidos como «los pulmones de los robles».
Apenas comenzaron a abrirse los capullos del roble mostrando sus hojas cuando el pájaro carpintero, un destello verde, dorado y carmín, atravesó el bosque con vuelo ondulante hasta hallar una cavidad, en una rama moribunda, donde construir su nido. Los pinzones, con la cabeza color gris y el pecho rosa, empezaron a cantar en las ramas. En abril, cuando todo aparecía cubierto de verdes hojas y las aves veraniegas regresaban de los climas meridionales, la voz del cuco dejaba oír su eco a través del bosque, los helechos brotaban sobre tallos rígidos al tiempo que sus compactos capullos comenzaban a abrirse; la aulaga ostentaba unas luminosas flores amarillas y las zarzas una densa floración blanca. Sólo faltaba un elemento en el bosque de robles. Pues aunque en los espacios abiertos del Forest crece la acedera, la pimpinela amarilla, la prímula y el diente de perro, que suman sus bonitos colores al suelo, no se ven tapices de campánulas, porque los ciervos y el ganado devoran todo lo que encuentran.
Y ahora, al abrirse sus hojas, el roble inició el ingente proceso de diseminar sus semillas. En primavera, cuando echan flor, todos los grandes robles producen una semilla masculina y otra femenina. El polen masculino, que el viento transporta, asume la forma de unas fibras colgantes, como candelilla dorada, cuajadas de florecillas. A medida que transcurre la primavera, el roble aparece recubierto por unas aristas tan espesas que da la impresión de que le hubiera crecido un vello dorado.
En primera, las flores femeninas —las cuales, una vez polinizadas, se convierten en bellotas— aún no son muy visibles. Al igual que unos pequeños capullos al abrirse, si las examinamos de cerca observaremos que contienen tres pequeños estilos rojos que recogen el polen cuando el viento lo transporta.
Por consiguiente, a fines de abril el roble, cubierto de hojas verdes y fibras doradas, como una vieja e hirsuta figura de los tiempos de los mitos clásicos, cuando los dioses jugaban con los hombres en los robledales, estaba listo para diseminar sus semillas. El polen era transportado grandes distancias a través de la frondosa vegetación del bosque, encontrándose en su camino y uniéndose con el polen de centenares de otros árboles. Era difícil, por tanto, adivinar qué roble era el padre de una determinada bellota, pues las flores femeninas de un roble podían recibir el polen transportado por el viento de docenas de otros robles, de forma que una bellota que crecía en una rama podía haber sido prohijada por un roble y la bellota junto a ella ser el resultado de la polinización de otro. Así pues, el roble fructificaba, en comunidad, con un centenar de robles hermanos y hermanas, y también hijos, los cuales constituían su antigua familia.
El primero de mayo instalaron en Minstead el tradicional poste pintado y adornado con flores. El vicario, que tenía la sensatez de permitir esas inofensivas fiestas paganas, había organizado unos modestos festejos en el prado de la aldea, a los que también asistieron gentes de Brook.
Los niños ejecutaron unos lindos bailes alrededor del poste; todos bebieron un poco de vino y, al atardecer, cuando la fiesta terminó, Nick Pride acompañó a Jane Furzey a casa.
Subieron por la colina que se alzaba sobre Minstead y luego echaron a andar lentamente por el sendero que discurría junto al roble del Rufo.
Últimamente habían caído algunos chaparrones. Aunque había pasado casi una semana desde el extraño encuentro de Jane con Puckle en Burley, la joven aún no había hallado el momento de devolverle el cubrecama. Pero hoy el sol lucía sin apenas una nube que lo ocultara y al atardecer aún hacía un calor delicioso. Jane caminaba alegremente junto a Nick.
Nada más natural, pensó Nick, que se detuvieran junto al árbol del Rufo y se besaran.
Nick nunca había besado a una mujer de forma tan intensa y prolongada. A medida que transcurrían los minutos, mientras sus labios y su lengua exploraban la boca de Jane, el tiempo pareció detenerse en aquel espacio semejante a un cálido útero bajo el imponente árbol. El cielo de color turquesa en el extremo del claro comenzaba a adquirir un tono naranja. Un rumor procedente del bosque a su espalda indicó a Nick que un ciervo se abría paso con delicadeza entre los árboles. Nick abrazó a Jane con fuerza al tiempo que sus manos recorrían la cintura y las caderas de ella, tratando de estrecharla aún más contra su cuerpo. El joven, presa de una gran excitación, deseaba poseerla por completo. Tenía que poseerla. Había llegado el momento.
—Ahora —murmuró Nick. Estaban prometidos. Iban a casarse. Nada se lo prohibía. La naturaleza le decía que éste era el momento indicado—. Ahora.
—No. Ahora no —replicó Jane retrocediendo.
Nick avanzó un paso y la abrazó de nuevo.
—Jane. Ahora.
—No. —Ella lo apartó suave pero firmemente y meneó la cabeza—. Ahora no puede ser.
Nick temblaba de pasión.
—Jane.
Pero ella se volvió y fijó la vista en el umbroso claro. Él permaneció inmóvil, respirando de forma entrecortada. Durante unos momentos pensó en poseerla allí mismo, por la fuerza. Pero sabía que no podía hacerlo. ¿Estaba ella empeñada en no ceder hasta que se hubieran casado? O quizá se había negado porque tenía la menstruación. Nick no podía adivinarlo.
—Como quieras —dijo él con un suspiro de resignación. Luego la rodeó suavemente con el brazo y echaron a andar hacia Brook.
Jane apenas despegó los labios durante el camino de regreso. Lo cierto es que apenas lograba ocultar sus sentimientos. ¿Cómo podía decirle a Nick lo que pensaba? ¿Cómo confesarle que su negativa obedecía a un motivo bien distinto? Ni ella misma se lo explicaba. Lo único que comprendía, aquel cálido atardecer de mayo, era que algo se había interpuesto entre ellos: que pese a su voluntad, a los sentimientos que experimentaba hacia él, de improviso se había erigido entre ambos una barrera invisible que impedía que ella se entregara a él. ¿Sería el temor, porque era virgen? ¿O la angustia de pensar que iba a perder su libertad? Jane no lo sabía. Era un misterio que la preocupaba. Nick era el hombre con quien iba a casarse y de pronto comprendió que no le deseaba. ¿Qué significaba eso?
A cinco kilómetros de distancia, en el momento en que Nick y Jane abandonaban el poste instalado en el centro del prado, Clement Albion practicaba un ejercicio muy necesario para todo hombre atareado. Asegurarse de que tenía la conciencia tranquila. Incluso murmuró en voz alta:
—Dios sabe que he hecho cuanto he podido.
Los hombres que él había adiestrado estaban tan preparados como podían estarlo. Las almenaras estaban dispuestas. Pese a la temible reputación del sistema de espías del consejo, nadie sabía con exactitud cuándo o cómo iba a producirse la invasión de la gran armada española; pero quienes pretendían estar informados, como Gorges, le habían asegurado que ésta se produciría indefectiblemente, y a no mucho tardar. ¿Qué tenía él, pues, que reprocharse? Si el consejo iba a llamarlo al día siguiente para preguntarle si era un servidor leal de su reina, ¿sería capaz de mirar a Cecil a los ojos y afirmar resueltamente que lo era?
—Tengo la conciencia tranquila. —Nadie le escuchaba. Albion lo intentó de nuevo—. Su majestad no tiene motivo de queja contra mí. No la he engañado bajo ningún concepto. Ninguno.
En fin, prácticamente ninguno.
El cargo de administrador de la madera era muy rentable. A cambio de ejercer como guardián de los árboles del bosque de su majestad, Albion percibía un sueldo y unas valiosas gratificaciones. Por ejemplo, la corteza de los robles talados o caídos le correspondía a él. Albion la enviaba por carretadas a través de Fordingbridge a las tenerías, donde los curtidores le pagaban un buen precio por este útil ingrediente en la preparación del cuero. Aparte, también se ocupaba de los arrendamientos.
El ceroso terreno que se extendía ante él constituía un recinto de doce hectáreas bien construido, junto al sendero que discurría por el oeste desde Lyndhurst. Contaba con un terraplén y una recia cerca en perfecto estado. El administrador de la madera era quien se ocupaba de arrendar este terreno por plazo acostumbrado de treinta y un años, cosa que Albion había hecho. Para ser más precisos, lo había arrendado él mismo. Según las cláusulas del contrato, estaba autorizado a vender la maleza, compuesta en su mayoría por zarzas y avellanos; pero a la vez estaba obligado a conservar la madera más valiosa, es decir, debía conservar intactos cuando menos doce árboles madereros jóvenes por hectárea. Por consiguiente, el terreno cercado de Albion debía contener no menos de ciento cuarenta y cuatro árboles jóvenes, y cuando él había arrendado el terreno así había sido. Pero por algún misterioso motivo había desaparecido un centenar de esos árboles, y ahora sólo restaban ciento cuarenta y cuatro. Los beneficios que le había reportado las ventas de esa madera habían contribuido en gran manera a redondear sus ingresos.
Era el tipo de fechoría en el que el administrador de la madera de su majestad debía reparar e informar sobre la misma, a fin de que el arrendatario fuera sancionado. Pero como el arrendatario era él, el delito le había pasado milagrosamente inadvertido.
Un asunto más grave había sido la venta de un recinto cercado mucho mayor, efectuada hacía poco, en beneficio de la corona. Albion había realizado con eficacia la venta y había remitido el dinero al Tesoro de su majestad. Se había vendido una gran cantidad de broza, lo cual constaba en un documento escrito. Pero lo que no constaba en dicho documento era que buena parte de esa broza era en realidad madera fina y, por tanto, más valiosa. La diferencia entre la venta real y la que constaba en el documento había ido a parar a las arcas de Albion.
Los supervisores de los bosques reales podían percatarse de este error durante una inspección del Forest, que hacían cada pocos años. Pero como Albion era también uno de los supervisores de los bosques de su majestad, no creyó probable que se planteara la cuestión.
No obstante, la corona había creado una comisión para investigar a los supervisores de los bosques reales, a los administradores de la madera y a los caballeros arrendatarios del Forest. Pero éste era un asunto tan grave, que la última vez que había ocurrido un incidente semejante los susodichos supervisores, administradores de la madera y caballeros arrendatarios se las habían arreglado para que los miembros de la susodicha comisión fueran ellos mismos.
Durante un tiempo, durante los meses después de su conversación con Helena Gorges en el castillo de Hurst, Albion había vivido angustiado. Una cosa era ser un administrador de la madera intachable; ahora bien, si el consejo tomaba medidas contra él, si los vecinos se enteraban de que era un hombre marcado, si los lacayos de Cecil se presentaban en el Forest en busca de algún delito que imputarle, ¿quién sabe lo que saldría a relucir? Aunque no hallaran ninguna prueba de traición, la perspectiva de caer en desgracia y acabar en la ruina era terrorífica.
Pero ya habían transcurrido el invierno y la primavera, y había llegado el mes de mayo. El cuco cantaba en el bosque. Al igual que todo hombre de bien que no cree que vayan a descubrir su falta, Albion tenía la conciencia tranquila. Aunque el sol comenzaba a declinar por el oeste cuando Albion echó a cabalgar hacia el sur, la inmensa bóveda celeste que se extendía sobre el Forest presentaba un aspecto límpido, surcada por sutiles franjas de nubes irisadas de rosa y plata. Después de pasar por Brockenhurst y haber recorrido otro par de kilómetros hacia el sur, dobló hacia el este para atravesar el modesto río central del Forest, junto al apacible vado debajo del cual se hallaba su casa.
Así pues, Albion se llevó una sorpresa cuando, al aproximarse al vado, vio dos carruajes, uno cubierto con suntuosas cortinas y el otro cargado con una impresionante cantidad de cajas y muebles de todo tipo, que atravesaban el río frente a él. Al otro lado del vado, uno continuaba hasta Beaulieu Heath o giraba hacia el sur por un sendero que conducía a Boldre. La casa de Albion, una mansión de madera con el techo a dos aguas, estaba situada en un claro, aproximadamente a un kilómetro del sendero que conducía a Boldre.
Los carruajes doblaron hacia el sur. Albion los siguió. Pero el segundo carruaje ocupaba buena parte del sendero, de forma que tuvo que aguardar tras él. Al cabo de poco rato, Albion vio con asombro que el primer carruaje doblaba hacia el camino que conducía a su casa. El vehículo se detuvo frente a la puerta, de la que salieron unos sirvientes mientras un lacayo descorría la cortina del primer carruaje para que sus ocupantes descendieran, antes de que el propio Albion alcanzara la puerta de su casa.
La figura que se apeó del carruaje iba toda vestida de negro excepto el forro y el ribete de su capa, que eran rojos. Llevaba el rostro cubierto con una espesa capa de polvos blancos, la cual le confería una palidez cadavérica.
—¡Dios santo! —exclamó Albion sin poder reprimirse—. ¿Qué haces aquí, madre?
Ella correspondió con una sonrisa radiante, aunque sus ojos mostraban una expresión tan perspicaz como los de un pájaro que persigue a un gusano.
—Tengo noticias, Clement —respondió. Y al cabo de unos momentos, cuando éste se abandonó al inevitable abrazo materno y su oído se aproximó a la boca carmesí de lady Albion, la oyó susurrar con tono de complicidad—: Una carta de tu hermana. Los españoles no tardarán en llegar. He venido para que les demos juntos la bienvenida, hijo mío.
Transcurrió mayo y buena parte de junio, pero la Armada no llegaba. Hacía un tiempo insólito para la época. Un día amanecía despejado y el sol lucía sobre todo el Forest; pero las más de las veces aparecían unos negros nubarrones acompañados por ráfagas de lluvia o granizo procedentes del suroeste. Pocos recordaban un verano semejante en los últimos años. A fines de junio llegó la noticia de que una tormenta había dispersado a la flota española hacia diversos puertos. «Drake no tardará en plantarles cara», decía la gente. Pero aunque sir Francis insistía al consejo para que le autorizara a partir, la reina no acababa de decidirse. El problema del pirata favorito de Inglaterra era que tan pronto como atacaba con éxito al enemigo, se apresuraba a hacerse con los trofeos en lugar de cumplir con sus obligaciones. Pues el gran explorador y patriota amaba el dinero, como sabía bien la reina, más que a ninguna otra cosa.
Cuando Jane Furzey llegó a la amplia explanada de Mili Lawn se sintió un tanto culpable. ¿Cómo era posible que hubiera dejado que pasaran dos meses antes de regresar a Burley? Debido al mal tiempo y a tanto trajín, se dijo, no había tenido tiempo de devolverle a Puckle el cubrecama. «Con suerte —pensó—, no me toparé con él.» De este modo podría dejar el cubrecama en su casa y marcharse apresuradamente.
Hoy hacía un tiempo espléndido. El inmenso prado del Forest aparecía tapizado de verde aulaga, pero la hierba corta estaba tachonada de vistosas margaritas, botones de oro y velosilla. Entre la hierba crecían pequeños tallos de sanícula que añadían un toque violáceo al verdor; y en las riberas del pequeño arroyo de grava que fluía a través del prado, entre los juncos, aromaban unos nomeolvides azules.
Jane llegó a la casita con techado de paja poco antes del mediodía. Puckle no estaba en casa, pero sus hijos sí. Tenía tres. La mayor era una niña de unos diez años. La pequeña, que atravesaba una fase desgarbada, era flaca como un palo, de aspecto un tanto solemne, y su padre la había dejado a cargo de los otros dos. Otra niña más joven, morena como su hermana, jugaba sobre la hierba frente a la puerta de la casa.
Pero fue el hijo menor quien atrajo la atención de Jane. Era un niño de tres años, rechoncho y alegre. Estaba jugando con un caballito de madera que le había construido su padre, pero en cuanto vio a Jane se dirigió con paso torpe pero confiado hacia ella. En su carita redonda se dibujaba una amplia sonrisa y sus ojos expresaban el convencimiento de que ella le entretendría. Lucía una bata exquisitamente bordada y poco más.
—Me llamo Tom —dijo tomando la mano de Jane—. ¿Quieres jugar conmigo?
—Desde luego —respondió Jane. Pero primero explicó a la niña mayor el motivo de su visita.
La niña, como es lógico, se mostró un poco recelosa al principio, pero cuando hubo examinado el cubrecama asintió con la cabeza.
—Mi padre dijo que lo traería una persona —comentó—, pero de eso hace mucho.
Al parecer, Puckle tardaría un buen rato en regresar, de modo que Jane conversó con la pequeña. Por el talante de ésta y por las cosas que le dijo, Jane dedujo que la niña había asumido el papel de madre de sus hermanos. Jane empezó a compadecerse de ella. «Necesita una madre», pensó.
En cuanto a Tom, era un niño encantador. Mostró a Jane una pelota y le pidió que se la lanzara con el pie, cosa que ella hizo durante unos minutos, para regocijo del pequeño. «Qué niño tan guapo —pensó Jane—, ojalá fuera mío.» Pero al cabo de un rato, para no correr el riesgo de encontrarse con Puckle, Jane decidió marcharse.
—Será mejor que lo coloque sobre el lecho de vuestro padre —dijo Jane a la hija mayor, tomando el cubrecama. La niña le aseguró que no era necesario, pero Jane insistió y subió sola la escalera que conducía a la pequeña habitación donde estaba el lecho de roble de Puckle.
Ahí estaba: oscuro, casi negro, reluciente. Era ciertamente curioso, tan extraño como recordaba Jane que le había parecido la primera vez que lo vio. Los rostros de roble, semejantes a las gárgolas en una iglesia, la miraban como si de nuevo dieran la bienvenida a una amiga. De modo impulsivo, Jane pasó la mano sobre unas figuras esculpidas, concretamente la ardilla y la serpiente. Eran tan perfectas que parecían vivas, como si fueran a moverse debajo de su mano. Jane sintió incluso cierto temor y, para tranquilizarse, oprimió la mano sobre el vetusto roble para demostrarse que no eran más que unas figuras de madera. Durante unos instantes se sintió casi mareada.
Extendió con cuidado el cubrecama sobre el lecho, alisándolo, y luego retrocedió para asegurarse de que había quedado bien limpio. Éste era el lecho en el que Puckle se había acostado con su esposa. «Es capaz de satisfacer a cualquier mujer.» Jane recordó las palabras de la extraña mujer: «Después de haberte acostado con John Puckle en su lecho de roble, ya no te satisface ningún otro lecho.» Jane observó la habitación. Sobre el arcón donde yacía el gato la primera vez que ella había entrado en esta habitación, descubrió una camisa de lino de Puckle. Tras volverse para cerciorarse de que nadie la observara, se acercó al arcón y tomó la camisa. Estaba usada, pero daba la impresión de que Puckle no se la había puesto muchas veces. Olía un poco a sudor, pero sobre todo a humo de la madera al quemarse. Era un olor agradable. Un tanto salado. Jane volvió depositar la camisa sobre el arcón.
Contempló de nuevo el lecho. Qué curioso: el lecho parecía observarla a ella, como si el mueble y Puckle fueran una misma cosa. Y en cierto aspecto así era, pensó Jane, dado el esfuerzo y la creatividad que había puesto Puckle en su obra. Puckle convertido en roble, pensó Jane sonriendo, y se echó a reír. Si este don para esculpir, esta increíble fuerza y riqueza se hallaban también en el cuerpo y el alma de este hombre, no era de extrañar que su mujer se deshiciera en halagos al referirse a él. Pero ¿por qué se lo había dicho a Jane? Quizá comentaba ese tipo de cosas a todo el mundo. Pero quizá no.
Jane se volvió y, tras dirigir una última mirada al lustroso lecho de cuatro postes, bajó la escalera y se dirigió hacia la puerta para salir al soleado exterior. Poco antes de alcanzarla oyó emitir al niño una exclamación de gozo y, pestañeando debido al resplandor del sol, observó a la figura que había cogido al pequeño en brazos.
Puckle estaba negro, tan negro como uno de los rostros de roble en su lecho. Él se volvió y, al verla, la miró a los ojos. Jane sintió un escalofrío. Como es lógico, dedujo que el aspecto de Puckle se debía a que había encendido uno de sus fuegos de carbón y se había ensuciado de polvo negro. Pero se parecía tanto a uno de esos rostros extraños, casi diabólicos, esculpidos en el lecho, que Jane no pudo por menos de sentirse impresionada.
—Tráeme agua —dijo Puckle a la niña, quien reapareció al cabo de unos momentos con un aguamanil de madera.
Puckle se agachó y se apresuró a lavarse la cara y los brazos. Luego se incorporó, con el rostro limpio y goteando, y rompió a reír.
—¿Me reconoces ahora? —preguntó a Jane, quien asintió al tiempo que se echaba también a reír—. ¿Conoces a Tom?
—Hemos jugado juntos a la pelota —respondió Jane sonriendo.
—¿Quieres quedarte un rato? —inquirió Puckle con tono jovial.
—No. Debo irme. —Jane empezó a volverse y comprobó con asombro que deseaba quedarse—. Debo irme —repitió, desconcertada ante aquel descubrimiento.
—Ah. —Puckle se acercó a ella, alargó la mano y la tomó del brazo. De pronto Jane se fijó en su recio y musculoso antebrazo—. A los niños les caes bien —dijo con suavidad.
—¿Y cómo lo sabes?
—Lo sé. —Puckle sonrió—. Me alegro de que hayas venido —dijo con voz queda.
Jane asintió. No sabía qué decir. El contacto de la mano de Puckle en su brazo le produjo la impresión de que ambos compartían algo. Sintió la fuerza que emanaba aquel hombre, al tiempo que notaba que las rodillas le flaqueaban.
—Debo irme —balbució.
Puckle seguía asiéndola del brazo. Ella no deseaba que la retirara.
—Ven, siéntate —dijo él indicando un taburete junto a la puerta.
Jane se sentó al sol junto a él, y charló y jugó con los niños hasta que, al cabo de una hora, se marchó.
—Debes volver otra vez, por los niños —dijo Puckle. Y ella le prometió que, en cuanto pudiera, regresaría.
En julio, Albion adoptó la costumbre de ir a caballo al Forest simplemente para estar solo. Los últimos dos meses no habían sido fáciles.
Su esposa lo resumió a la perfección.
—No creo que la invasión española nos afecte a nosotros, Clement —había declarado a fines de mayo—. Esta casa ya ha sido ocupada.
Su madre y las fuerzas de ocupación que poseía se hallaban por todas partes. Nunca había menos de tres sirvientes de lady Albion metidos en la cocina. Al cabo de dos semanas, el lacayo de su madre sedujo a la joven doncella de la esposa de Clement. A la hora de las comidas, cuando la familia se reunía para rezar, por la mañana, por la tarde y por la noche, la imponente presencia de su madre presidía la casa.
¿Qué hacía allí lady Albion? A Clement no le cabía ninguna duda. Había ido para asegurarse de que él cumpliera con su obligación cuando llegara la Armada. Durante tres semanas su esposa sufrió en silencio. Comprendía que su suegra poseía una gran fortuna que les dejaría a ellos, y ella era una buena nuera; pero ante todo era madre, y deseaba una existencia pacífica para su familia. Clement no se había atrevido a contarle la insensata propuesta de su madre de que ofreciera sus servicios al rey de España, y había rogado a su madre que no lo hiciera, para no atemorizar a su mujer. Así pues, su esposa había cumplido dócilmente sus deberes familiares. Pero al final ya no pudo más.
—Esta ocupación dura demasiado —dijo a Clement—. Mi casa ya no es mi casa. Me importa un comino si tu madre tiene diez fortunas que dejarte. Podemos vivir sin ellas. Quiero que se vayan.
No era empresa fácil encararse con su madre para explicarle el problema. La reacción de ésta dejó a Clement estupefacto.
—Por supuesto, Clement. Tu mujer tiene razón. Tu casa no es grande. Mi pobre mayordomo tiene que dormir en el establo. Déjalo de mi cuenta.
Y a la mañana siguiente, ante el asombro de Albion, todo el séquito —los carruajes cargados con los enseres, los sirvientes a bordo— estaba preparado para partir. Él y su familia observaron atónitos mientras lady Albion daba la orden de emprender la marcha. Sólo les extrañó una cosa.
—¿No deberías montarte en tu carruaje, madre? —preguntó Clement—. Está a punto de partir.
—¿Yo? —Su madre lo miró sorprendida—. Yo no me marcho, Clement. —Lady Albion alzó la mano para despedir a sus sirvientes cuando los dos carruajes pasaron frente a ellos—. Descuida, Clement —dijo ofreciéndole una sonrisa radiante—. Estaré calladita como un ratón.
Y a partir de aquel día lady Albion, acompañada por unos pocos baúles de ropa y su devocionario, permaneció en su habitación. «Como una buena monja», según dijo. Es decir, cuando no estaba sentada en el salón, enseñando unas oraciones a los niños, impartiendo órdenes a los sirvientes o indicando a su esposa que el rosbif estaba un poco pasado.
—Como habréis comprobado —comentaba lady Albion cada día a la hora de cenar—, vivo como una ermitaña en vuestra casa. Apenas debéis notar mi presencia.
Si su prolongada presencia enojaba a su esposa, a Clement le resultaba cada día más alarmante. Las conversaciones que su madre mantenía en privado con él no admitían duda: los españoles triunfarían en su empresa.
—Hace un tiempo escribí a tu hermana sobre la fuerza de las milicias —declaró—. Las tropas españolas las derrotarán sin mayor problema. En cuanto a nuestros barcos, están podridos.
La primera afirmación era cierta, la segunda falsa. Pero lady Albion estaba convencida de lo que decía. El problema que se le planteaba a Clement era cómo hacer frente a las sospechas que la presencia de su madre en su casa suscitaría. Al fin decidió que la mejor defensa era el ataque.
—Mi madre está completamente trastornada —explicó a uno o dos caballeros que sabía que repetirían esa información—, y todo tiene un límite.
Cuando el consejo mandó internar a varios recusantes por su posible conducta peligrosa, Albion comentó a Gorges con tristeza:
—He internado a mi madre. Me he convertido en su carcelero.
Cuando Gorges le recordó que él mismo se había hecho cargo personalmente de María Estuardo, Albion replicó:
—Mi madre es más peligrosa.
Y cuando Helena le preguntó si tenía a su madre encerrada bajo llave, él respondió con amargura:
—Ojalá tuviera una mazmorra en la que encerrarla.
¿Había logrado convencerlos? Albion confiaba en que sí. Pero al cabo de un tiempo se produjeron dos incidentes que le demostraron que estaba equivocado. El primero ocurrió poco después de recibirse la noticia de que el consejo había negado a Drake la autorización de atacar de nuevo a los españoles en sus puertos. Las órdenes que pretendía dar la reina habían provocado no poco regocijo entre sus comandantes. Al cabo de unos días, Albion fue al castillo de Hurst.
—¿No te has enterado, Clement? —preguntó Helena—. La reina quería que la flota navegara de un lado para otro como si fueran unos centinelas de servicio —comentó riendo—. Por lo visto su majestad, aunque envía a sus bucaneros a surcar los mares, ignora que sus barcos no pueden variar de rumbo así como así, haciendo caso omiso del viento. Pero la flota… —Sin embargo, Helena se interrumpió de pronto y añadió con tono forzado—: Hará otra cosa. No sé qué.
Al volverse, Albion vio a Gorges, que estaba detrás de él, retirar apresuradamente un dedo de sus labios, como si acabara de hacer a su esposa una señal de advertencia.
El segundo incidente ocurrió a primeros de julio.
Lo cierto era que, pese a la temible reputación que tenía en casa, el sistema real de espionaje en Inglaterra había sido incapaz, con la persistente amenaza de una invasión por parte de la Armada, de descubrir ningún dato sobre los planes de ataque de ésta. Había dos amenazas que cabía tener en cuenta. Una procedía de la misma Armada; la otra, de las fuerzas españolas que se habían desplazado a los Países Bajos, donde se afanaban en sofocar las revueltas contra el gobierno católico español. Las tropas españolas destacadas en los Países Bajos se componían de decenas de millares de hombres, soldados expertos en las artes de la guerra, y su comandante, el duque de Parma, un excelente general. Se suponía que atacarían la costa oriental de Inglaterra, probablemente cerca del estuario del Támesis, al tiempo que llegara la Armada. En tal caso, las fuerzas defensivas inglesas se verían obligadas a desplegarse en dos direcciones. Pero ¿era eso correcto? ¿No sería uno de los ataques una estrategia para despistarlos? ¿Se proponía la Armada destruir a la flota inglesa en el mar, o conquistar el primer puerto inglés al que arribaran, seguramente Plymouth, y utilizarlo como una base? ¿O navegarían por el canal de la Mancha para capturar Southampton, la isla de Wight o Portsmouth? Nadie podía adivinarlo.
—He recibido otra carta de España —informó tranquilamente lady Albion a su hijo, una tarde, cuando éste regresó de una visita a Southampton.
—¿Hoy? ¿Cómo es posible? —inquirió Clement.
¿Quién pudo haber traído semejante cosa a su casa, situada en este apacible rincón del Forest?
Su madre pasó por algo la pregunta como si fuera del todo irrelevante.
—Debes estar preparado, Clement. Se acerca el momento.
—¿Cuándo? ¿Cuándo llegarán?
—Ya te lo he dicho. Muy pronto. Sin duda encenderán las almenaras. Tú lo sabrás. Entonces debes cumplir con tu deber.
—¿Qué otras noticias has recibido? ¿Cuáles son las intenciones de los españoles? ¿Dirigirse a la isla de Wight? ¿O a Portsmouth?
—No puedo revelártelo, Clement.
—Déjame ver la carta, madre.
—No, Clement. Te he dicho cuanto precisas saber.
Clement miró a su madre. ¿Acaso no se fiaba de él? Por supuesto que no. Sospechaba que si averiguaba algo sobre los movimientos de los españoles, se lo comunicaría a Gorges o al lord lieutenant. Y no le faltaba razón. Seguramente lo haría. Clement se preguntó dónde habría ocultado su madre la carta. ¿Debía registrar su habitación? ¿O buscar entre su ropa mientras ella estuviera dormida? Imposible, pensó Clement.
Entonces se le ocurrió otra idea. ¿No se trataría de un ingenioso ardid de su madre? ¿Era posible que no existiera tal carta, que ella se la hubiera inventado para ponerlo a prueba y comprobar su reacción? ¿Era su madre tan taimada como para recurrir a semejante estratagema? Quizá.
—Lamento que me ocultes ciertas cosas, madre —dijo Clement secamente, lo cual no impresionó lo más mínimo a lady Albion.
Pero fue lo que ocurrió al día siguiente lo que aterrorizó a Clement. Se encontró por casualidad con Thomas Gorges en Lymington y, después de charlar un rato, Gorges le dirigió un mirada cargada de significado y comentó:
—Seguimos tratando de averiguar las intenciones de los españoles, Clement. Sospechamos que los recusantes en Inglaterra reciben ciertas cartas que contienen una información muy valiosa.
—Supongo que es posible —repuso Albion tratando de conservar la calma.
—Personas como tu madre.
Albion no pudo evitarlo. Notó que se ponía blanco como la cera.
—¿Mi madre?
—¿Ha recibido cartas, mensajes o visitantes extraños? Tú debes de saberlo.
—Yo… —Clement se esforzó en no perder los nervios. ¿Sabía Gorges que su madre había recibido una carta? Siendo así, ¿debía él confesarlo? ¿Permitir que las autoridades registraran a su madre, puesto que él no se atrevía a hacerlo, y descubrieran los secretos que ocultaba? Pero en tal caso, ¿qué hallarían? Era más que posible que dicha carta contuviera algo que lo incriminara a él. Clement no podía correr ese riesgo—. No conozco la existencia de esa carta —dijo con tono vacilante—. Pero interrogaré a mi madre. —Luego, en un arrebato de inspiración, agregó—: ¿Sospechas de ella, Thomas? ¡Dios sabe dónde puede conducirle su locura!
—No, Clement. Te lo pregunto en un sentido general.
Albion observó el rostro de su amigo. Podía estar mintiendo. Gorges era demasiado discreto para cometer una torpeza. De pronto se le ocurrió un pensamiento escalofriante. ¿Y si Gorges o sus superiores no sólo conocieran la existencia de esa carta, sino que hubieran leído su contenido? De ser así, Gorges sabía más que él. ¡Quizá le había tendido trampa!
—Si mi madre hubiera recibido una carta del mismo rey de España, Thomas —dijo Clement—, por loca que estuviere, lo más seguro es que no me lo dijera porque sabe que soy leal a mi reina. Ésa es la pura verdad.
—Sé que eres de fiar, Clement —respondió Gorges, y se alejó.
«Pero cuando un hombre dice que sabe que eres de fiar —pensó Albion con tristeza—, por lo general significa que no se fía de ti.»
Nick Pride había demostrado sobradamente sus méritos.
—¿Quién es el responsable de la custodia y vigilancia en Malwood? —preguntaba Albion cuando iba a realizar una inspección, cosa que hacía casi a diario a mediados de julio. Había comprobado que al joven le entusiasmaba que se dirigiera a él de esa forma.
—Nicholas Pride, señor —respondía el joven—. Todo está en orden, comenzando por la almenara.
Con frecuencia la gente imagina que las almenaras que habían de advertir a Inglaterra de la llegada de la Armada eran unas simples fogatas. Pero no es cierto. La almenara que custodiaba Nick Pride en Malwood era un ejemplo típico.
Había sido instalada en el lugar más elevado del antiguo muro de tierra, desde el cual, gracias a la orden de Albion de talar los árboles, era visible a muchos kilómetros a la redonda. Consistía en un recio poste, de unos seis metros de altura, clavado varios palmos bajo tierra y apuntalado por cuatro palos dispuestos, a modo de unas retenidas, en sentido oblicuo hasta la cima del poste. Sobre éste habían colocado un enorme barril de metal que contenía una mezcla de brea, alquitrán y lino, el cual ardía durante horas produciendo una intensa llama.
Para acceder al barril se subía una escalera —un simple madero provisto de peldaños— y se encendía con una antorcha. A fin de disponer de una llama con la que prender fuego a la antorcha, Nick y sus compañeros mantenían encendido día y noche un pequeño brasero de carbón a los pies de la almenara.
Nick siempre compartía la vigilancia con otro hombre, y el que no estaba de guardia descansaba en un pequeño cobertizo de madera situado dentro del terraplén. De un tiempo a esta parte Nick había permanecido en Malwood continuamente, mientras que los otros dos hombres se turnaban para hacer guardia. De vez en cuando subía gente de la aldea para hacerles compañía, pero por algún motivo el consejo había decretado que no dejaran entrar a perros en la almenara. Quizá temían que éstos distrajeran a los centinelas.
Las almenaras sólo dejaban de ser útiles en determinadas circunstancias, cuando había niebla o mal tiempo, y dadas las reiteradas tormentas que habían estallado últimamente ésta era una posibilidad que cabía tener en cuenta. En tal caso, habían organizado una cadena de postas en todo el país. Unos soldados de caballería ligera se desplazaban de una a otra, portando las noticias. El caballo que montaban se denominaba hobby y cada hombre se desplazaba raudo, con el mensaje que debía transmitir, de posta a posta.
Las almenaras de la isla de Wight eran más complejas. En cada extremo de la isla habían instalado tres. Cuando encendían una, significaba que habían recibido una señal de la costa, o bien que los centinelas de la isla habían avistado a la flota invasora en el horizonte. Esto servía para alertar al condado vecino, cuyo vigía encendía a su vez la correspondiente almenara. Si el enemigo se aproximaba a la costa, encendían una segunda almenara, lo cual indicaba que debían encenderse las almenaras de la costa y reunir a las milicias. Si se encendían tres almenaras, significaba que las defensas costeras requerían refuerzos del interior; a continuación se encendían las almenaras del interior y unos grupos de soldados adiestrados acudían apresuradamente a sus puntos de reunión y marchaban hacia la costa. La de Malwood era considerada una almenara del interior.
—No obstante —había indicado Albion a Nick Pride—, como andamos escasos de hombres, si ves que encienden dos almenaras en la isla para alertarnos debes encender la tuya y marcharemos hacia Hurst.
Casi todos los días Jane iba a Malwood y pasaba un par de horas con él. Le llevaba una torta hecha en casa, o unos pastelitos, o una jarra que contenía un refresco de frutas y flores que su madre y ella habían preparado. Ambos se sentaban en los parapetos cubiertos de hierba de Malwood y contemplaban el verde bosque que se prolongaba hasta la franja azulada que formaba el mar. En ocasiones, por las tardes, Jane se quedaba con él hasta que anochecía y montaban guardia juntos.
Así, Nick Pride esperaba a la Armada en compañía de la joven con quien iba a casarse; cuando la veía llegar, el corazón le daba un brinco de alegría; cuando la miraba y le rodeaba la cintura con el brazo, mientras contemplaban el Forest al atardecer, Nick sentía una inmensa ternura y daba gracias a las estrellas nocturnas por tener una novia como Jane.
Obsesión. Ella no conocía esa palabra, pero conocía todo lo relacionado con ella. Turbación, melancolía, falta de concentración… toda la larga letanía. Jane tenía dieciséis años y en el espacio de tres semanas había experimentado todas esas sensaciones.
Ella había regresado para verlo en varias ocasiones. La primera vez había pasado frente a la casa y, al ver a los niños, se había detenido para jugar un rato con el pequeño Tom hasta que él había regresado. La segunda había ido sabiendo que Puckle estaría en casa. Ambos habían conversado; luego, ella le había observado mientras él jugaba con Tom, o tallaba un trozo de madera. Jane había llegado a conocer cada tendón de sus manos.
Había sentido la mano de él sobre su brazo y su hombro, y anhelaba sentirlo alrededor de su cintura. No podía remediarlo. Y eso no era todo. Pese a ser un hombre fuerte, cuando ella observaba a su hija mientras preparaba la comida, o a él cuando se disponía a lavar con escasa habilidad la ropa sucia de los niños, Puckle mostraba un aspecto vulnerable. «Me necesita», pensaba Jane.
En dos ocasiones, Jane había acudido al bosque, sabiendo que lo encontraría trabajando allí, y lo había observado de lejos sin que él se diera cuenta. Una vez, de improviso, le había visto pasar en su carro por el sendero de Lyndhurst. Jane había notado que su corazón latía con violencia, pero había permanecido inmóvil, observándolo pasar de largo, sin que él se percatara de su presencia.
Obsesión. Jane debía ocultarlo. Su familia no estaba enterada de sus paseos hasta Burley, pues siempre alegaba algún pretexto para justificar su ausencia. Por supuesto, Nick Pride no sabía nada. Pero ¿qué significaba? ¿Por qué sufría ella de ese modo? ¿Por qué ansiaba, noche y día, estar en Burley, junto con el leñador?
Cada vez que se dirigía a Burley, Jane pasaba junto a árbol del Rufo y cada vez que regresaba, se detenía allí, tratando de poner en orden sus pensamientos y prepararse, antes de regresar junto a su familia y a Nick.
Qué consciente era de los sonidos del bosque, reposando a la sombra del inmenso roble al atardecer. El bosque estaba repleto de aves —mosquiteros, herrerillos y colirrojos—, pero la época de reproducción y de anidación había concluido y la mayoría de sus crías ya eran grandes y volaban. Su canto, por consiguiente, era tenue y esporádico, y sólo los arrullos de los pichones se dejaban oír sistemáticamente a través del bosque. Era el incesante sonido de los grillos, el zumbido del sinfín de insectos, el rumor de las abejas mientras revoloteaban por el aire del bosque perfumado de néctar, la dulce música estival que Jane escuchaba a su alrededor.
Pero el umbroso espacio en el que descansaba no estaba quieto. Al contrario. El verano era la época en que la vasta y secreta población que albergaba el gigantesco árbol salía de su escondrijo. El espacio bajo el árbol estaba rebosante de organismos vivos.
Era imposible adivinar cuántas especies había: quizá diez mil, probablemente más. Había garrapatas y ácaros, tan minúsculos que apenas se veían, los cuales trepaban desde el suelo por los oscilantes helechos y a veces luego aterrizaban sobre los cuerpos de los animales de sangre caliente que pasaban junto al árbol, al igual que humanos, a los que les chupaban la sangre y les provocaban una irritación cutánea. Más enojosos aún eran los tábanos, que pasaban el invierno en forma de gusanos junto a las raíces del roble y ahora se dedicaban a atacar a otras criaturas, con torpeza pero de forma insistente. Había centenares de arañas y chinches, que se deslizaban sobre la cálida corteza; orugas —de color azul, amarillo, verde, naranja—, cuyos velludos cuerpos emprendían una fantástica odisea para alimentarse de las hojas; había gorgojos, mariquitas y polillas. Las mariposas no eran muy comunes en el Forest, pero con frecuencia aparecía la hermosa vanesa roja, el maravilloso emperador morado, que se posaba en lo alto de los árboles para alimentarse del azucarado rastro que dejaban los áfidos a medida que estos minúsculos insectos se abrían paso a través de las hojas.
Jane solía permanecer una hora tumbada bajo el árbol. Observaba a las relucientes orugas, o contemplaba las verdes sombras de los otros robles que crecían en el claro. A veces pensaba en la inminente llegada de la Armada y en el joven Nick, que custodiaba la almenara; a veces pensaba en Puckle. Antes de marcharse, mostraba un aspecto sosegado. Pero no se sentía así.
El inmenso sistema del imponente roble que se alzaba sobre ella desarrollaba una constante actividad. No sabía nada de la Armada, ni de Jane. El sinfín de hojas que formaban su gigantesca copa, giradas hacia el sol, convertían a diario el pesado dióxido de carbono del aire en carbono, que se transmitía a su corteza, al tiempo que en el aire se liberaba oxígeno. De esta forma, a través del gigantesco árbol, el planeta respiraba.
Y crecía. Y el carbono penetraba en la corteza del roble, que a su vez venía a sumarse, como un anillo anual, a la gruesa madera que había debajo de la misma; de este modo, cuando el roble y sus compañeros cayeran al suelo y sus sucesores hicieran lo propio, siglo tras siglo, quedaría una delgada capa de carbono en la Tierra, que seguiría creciendo imperceptiblemente a lo largo de los siglos.
La madre de Clement había desaparecido.
Al atardecer de la tercera semana de julio, Albion regresó a su casa y comprobó que su madre había tomado un caballo, había salido montada en él y no la habían vuelto a ver desde hacía horas. Durante unos momentos, Albion —un impulso que no pudo remediar— rezó con devoción pidiendo a Dios que su madre se hubiera caído, o hubiera tropezado con una rama en el bosque y se hubiera partido el cuello.
—¿No dijo adónde iba? —preguntó a su esposa.
—Nada.
—¿No pudiste detenerla? —Su esposa respondió con una mirada que indicaba que era una pregunta estúpida—. No. —Albion emitió un suspiro—. Claro que no.
Viva o muerta, él tenía que ir en su busca. Aún quedaban varias horas de luz diurna. Pero temía lo que pudiera encontrarse. Una cita clandestina con el ejército español no parecía una perspectiva descabellada.
—Que Dios nos asista —murmuró Albion.
Cuando lady Albion se aproximó al árbol del Rufo se sintió muy satisfecha de sí. Es más, pensó que debió de haberlo hecho antes.
Había cabalgado describiendo un amplio círculo. Tras partir de Albion House, situada junto al vado, había enfilado el camino que conducía a Brockenhurst, donde se había detenido para inspeccionar la pequeña iglesia y conversar con algunos aldeanos. Aunque pocos la habían visto con anterioridad, hacía tiempo que por Brockenhurst corrían rumores sobre la estrambótica dama que vivía en Albion House, de modo que cuando vieron acercarse a caballo a la extraña figura ataviada de negro y rojo no tardaron en adivinar quién era. Con todo, los rumores que circulaban sobre ella eran ambivalentes. Si la aristocracia rural lo sabía todo sobre los Pitt y los problemas de Albion, las gentes del bosque no lo tenían tan claro. Habían transcurrido treinta años desde que lady Albion había vivido en el Forest. Pocos la recordaban y su memoria era difusa. Sabían que era una católica devota y una recusante, pero eso no les sorprendía. Se decía que era rica, lo cual siempre impresionaba a la gente. Y dispendiosa con su dinero, si le agradabas.
Algunos afirmaban que se había vuelto loca. Eso podía ser interesante. Los aldeanos se quitaron educadamente el sombrero o se llevaron los nudillos a la frente al tiempo que la rodeaban picados por la curiosidad.
Lo cierto es que la dama se portó muy bien con ellos. A fin de cuentas, era una Pitt. Tenía un talante afable y orgulloso que los impresionó, y los trató con amabilidad.
Les dijo que había inspeccionado su iglesia y lamentaba comprobar que había sufrido ciertos daños, los cuales confiaba que hubieran sido causados por negligencia y no malicia. De inmediato, varias de las personas de rostro alargado que componían el grupo le aseguraron que contaba con no pocos simpatizantes. Lady Albion no dijo más. Se despidió de ellos cortésmente y reanudó su camino hacia Lyndhurst, dejando a los aldeanos con la impresión de que no estaba loca, sino que era una gran dama.
Al llegar a Lyndhurst se encontró con otro lugareño y mantuvo con él una conversación parecida. Luego giró hacia Minstead y descendió a través de Brook, donde hizo lo propio.
Ahora, al aproximarse al árbol milagroso, vio a una muchacha de pie bajo sus ramas, sola, con expresión pensativa. La joven tenía un rostro inteligente. Lady Albion se detuvo delante de ella.
—Buenos días, hija mía —dijo con amabilidad—. Veo que te has colocado debajo de un árbol que, según dicen, es milagroso.
En efecto, respondió Jane educadamente, lo era. Y contó a la extraña dama que el árbol echaba hojas en pleno invierno y también la leyenda del Rufo.
—Puede que sea una señal divina —dijo lady Albion. Luego se refirió a los otros dos árboles—. ¿Acaso no colgaron a Nuestro Señor en la cruz junto a dos ladrones?
—Y la Santísima Trinidad se compone de tres personas, milady —apuntó la joven.
—Tienes razón, hija mía —repuso la madre de Albion con tono de aprobación—. ¿Y no es esto una señal de que debemos ser fieles a la Iglesia verdadera?
—Supongo que sí, milady. No había pensado en ello —contestó Jane con sinceridad.
—Pues piensa en ello —le ordenó lady Albion con firmeza. Luego añadió con más dulzura—: ¿Eres fiel a nuestra santa Iglesia, hija mía?
Jane Furzey no sabía nada sobre la madre de Albion. Brook distaba unos veinte kilómetros de Albion House; la dama había abandonado el Forest casi quince años antes de que naciera Jane. Ésta no tenía ni idea de quién pudiera ser esta noble dama que exhibía un magnífico aire de autoridad, pero al observarla de pronto se le ocurrió una idea.
Jane nunca había visto a la reina. Cada verano, la reina Isabel realizaba una visita regia a una zona de su reino. Había visitado en varias ocasiones otras partes del condado, pero nunca el Forest. ¿Era posible que su majestad hubiera venido aquí para examinar las defensas costeras? ¿Era concebible que la reina cabalgara por el bosque sin un séquito? A Jane esto le sorprendió, pero quizás aparecieran enseguida los caballeros que la acompañaban. La suntuosa ropa que lucía la dama, su altivo talante y sus amables palabras se correspondían con las descripciones que Jane había oído sobre la reina. Si no era ella, pensó, sin duda se trataba de alguien muy importante.
—Oh, sí, milady —respondió Jane, al tiempo que procuraba ejecutar una rústica reverencia. No estaba segura a qué se refería la majestuosa dama, pero ella se mostraría de acuerdo con lo que dijera.
La madre de Albion sonrió. En los tres lugares que había visitado había podido observar que muchos de los aldeanos, quizá todos, seguían siendo fieles a la antigua religión. En esto no se equivocaba. Y por si fuera poco ahora se había encontrado con esta inteligente muchacha, sola, que lo confirmaba.
En esto se le ocurrió otra idea.
—Según dicen, hija mía, los españoles no tardarán en llegar a nuestras costas. ¿Qué ocurrirá cuando aparezcan?
—Serán recibidos por la milicia, milady. Mi hermano —se apresuró a añadir Jane— y mi prometido —dudó unos breves instantes al pronunciar esta palabra— pertenecen a la milicia.
—¿Ambos son fieles a la auténtica fe?
—Desde luego.
—Y hombres valerosos, sin duda —prosiguió la dama con afabilidad—. ¿Quién es su capitán?
—Un noble caballero, milady. —Jane confiaba en que éste fuera el modo apropiado de dirigirse a una reina—. Se llama Albion.
—¿Albion? —Esto era exactamente lo que ella deseaba oír—. ¿Y le obedecerán dócilmente?
—Sin duda, milady.
—Permíteme que te haga una pregunta, hija mía. Si los españoles que llegaran a nuestras costas fueran nuestros amigos en lugar de nuestros enemigos, ¿qué haría tu hermano?
Jane la miró perpleja. ¿Cómo debía responder a eso?
—¿Qué haría cuando este buen capitán, Albion, le diera unas órdenes?
Entonces Jane lo comprendió.
—Obedecería con lealtad lo que Albion le ordenara, se lo prometo, milady.
—Bien dicho, hija mía —exclamó la dama—. Veo que eres leal. —Y con un elegante ademán que habría podido hacer la misma reina, se despidió de la muchacha y emprendió el camino de Brockenhurst.
Cuando lady Albion se encontró con su cariacontecido hijo en la aldea, lo saludó animadamente con unas palabras que lo angustiaron aún más:
—He hablado con las buenas gentes del Forest, Clement. No hay motivo de preocupación. Te estiman y confían en ti, hijo mío. —Lady Albion sonrió satisfecha—. Sólo tienes que dar la orden y están dispuestos a sublevarse.
Transcurrieron otros dos días y seguía haciendo un tiempo espléndido en el Forest. Decían que los españoles ya habían zarpado, pero nadie conocía su paradero. La flota inglesa se hallaba en el oeste, en Plymouth. Las almenaras ya estaban encendidas, pero aún no había llegado mensaje alguno. En Malwood, el joven Nick Pride se hallaba presa de una gran exaltación. Jane iba a visitarlo cada día y le había prometido que hoy le haría compañía toda la noche mientras él montaba guardia.
—Quizá me quede dormida, Nick —le había advertido.
—Es posible —había respondido él risueño—. Pero yo no.
De modo que por la tarde, Jane comunicó a sus padres que iba a quedarse en Malwood con Nick y emprendió el camino habitual que partía de Brook hacia el árbol del Rufo. Las sombras se alargaban y cuando la joven alcanzó el vetusto roble y se disponía a pasar de largo, sin detenerse, se percató de que no estaba sola. Bajo un árbol cercano descubrió un pequeño carro. En el que estaba sentado Puckle.
Jane se llevó un pequeño sobresalto. Él la observó con calma. La joven se preguntó si llevaría allí mucho rato y si aguardaba a alguien. Daba la impresión de que Puckle esperaba que ella se acercara y, consciente de que su corazón latía más acelerado de lo normal, Jane se dirigió hacia él.
—¿Qué te trae por aquí? —preguntó Jane sonriendo.
Cuando ella se acercó, Puckle bajó los ojos como si observara sus manos. Luego volvió a alzarlos. Tenía los ojos límpidos, grandes y luminosos, y los fijó en los de Jane.
—Tú —respondió.
Sin poder evitarlo, ella emitió una exclamación de sorpresa. Recordó haber dicho a Puckle que solía pasar por aquí de camino a Malwood. De modo que la estaba esperando a ella.
—¿Y qué puedo hacer por ti? —preguntó Jane esforzándose en conservar la calma.
Puckle siguió observándola sin inmutarse.
—Podrías empezar por subirte al carro.
Jane sintió que le faltaba la respiración. Un pequeño escalofrío le recorrió el cuerpo.
—¿Ah, sí? —La joven logró esbozar otra sonrisa—. ¿Y adónde vamos?
—A casa.
¿A casa? Jane arrugó el ceño y fijó la vista en el suelo. Él se refería a su casa: la rústica vivienda en Burley con el lecho de roble tallado. Su descarada propuesta la escandalizó. Jane se sentía incapaz de alzar los ojos del suelo.
No esperaba esa reacción de él. Con todo, Puckle se comportaba como si eso le pareciera inevitable. Había ido a buscarla. Era desconcertante pero de lo más sencillo. Contra toda sensatez, Jane experimentó una sensación de íntimo y profundo alivio.
Sabía que debía alejarse, pero no se movió.
—He quedado en pasar la noche en la almenara, mientras monta guardia Nick —dijo al cabo de unos momentos.
—Deja a ese hombre —contestó Puckle con voz ronca.
Jane meneó la cabeza, se detuvo y frunció el ceño.
—Tengo que ir a verlo.
—Te esperaré.
Jane dio media vuelta y echó a andar hacia Malwood. El sol arrancaba a las hojas unos reflejos de un dorado rojizo. Ella se volvió una vez y dirigió la vista hacia el roble del Rufo, envuelto en un charco de luz anaranjada. Puckle seguía inmóvil. Jane reanudó su camino.
¿Qué iba a hacer ella? No lo sabía. ¿Lo sabía? No, se dijo. Tenía que ver a Nick Pride. Tenía que mirarlo cara a cara.
Jane no tardó en llegar al antiguo terraplén. Cuando penetró, el sol crepuscular que iluminaba el Forest dibujaba una reluciente media luna alrededor de la sombra verde oscuro que se extendía en el interior de sus muros.
Nick estaba de pie junto al cobertizo y avanzó hacia ella. Parecía excitado.
—Es hora de subir —dijo—. Llegas tarde.
Qué joven. Parecía tan dulce, pensó Jane, sintiendo una oleada de cariño hacia él, pero tan joven…
Ella dejó que la condujera por el terraplén que se alzaba junto a la almenara. Nick no cesaba de parlotear sobre la jornada, contándole que uno de sus hombres se había presentado con retraso para montar guardia. Parecía sentirse orgulloso de sí mismo y ella se alegró por él.
Al cabo de un rato, Jane comentó:
—Tengo que volver a Brook, Nick. Pero procuraré regresar aquí más tarde.
—Ah —respondió Nick arrugando el ceño—. ¿Ocurre algo malo?
—No, tengo que hacer unas cosas. Nada de particular.
—Pero no volverás cuando haya oscurecido.
—Claro que sí. Conozco el camino.
—Esta noche habrá luna —dijo él—. Supongo que no tendrás dificultades para llegar hasta aquí.
—Trataré de venir.
¿Por qué disfrutaba diciendo esa mentira, por qué le proporcionaba placer?, se preguntó Jane. Nunca se había comportado de este modo. El placer del engaño era una novedad para ella. Con qué extraordinaria sensación de ligereza lo besó al despedirse de él y regresó al árbol del Rufo.
No obstante, Jane se echó a temblar cuando se montó en el carro. Sin decir una palabra, Puckle tomó las riendas, azuzó al caballito con el látigo y partieron. ¿Qué se proponía ella? ¿Ir en secreto a casa de Puckle y regresar junto a Nick? ¿Se trataba de un brusco rompimiento con su familia, su vida anterior y su prometido para convertirse en la mujer de Puckle? Ni ella misma lo sabía.
El sol que declinaba por poniente emitía un resplandor rojo frente a ellos cuando el carro alcanzó al páramo. El destello rojizo se reflejaba en el rostro de Puckle, tiñéndolo de un color ocre que le confería un aspecto extraño, casi demoníaco, mientras avanzaban hacia el oeste. Al observarlo, Jane lanzó una breve carcajada. Luego la inmensa órbita del sol desapareció por el horizonte y la Tierra se oscureció. Jane se inclinó hacia Puckle y éste, por primera vez, la rodeó con el brazo para tranquilizarla al tiempo que se dirigían hacia el misterio de lo prohibido.
La casita estaba en silencio e iluminada por la pálida luna cuando llegaron. Los niños no se encontraban allí. Jane dedujo que habían ido a pasar la noche con algún otro miembro del clan de los Puckle. Cuando entraron Puckle encendió una vela con los rescoldos del hogar, la llevó arriba y la depositó sobre el arcón, de forma que su suave resplandor envolvía al extraño lecho de roble en una luz íntima y acogedora. El lecho no estaba tapado con el cubrecama.
Cuando Puckle se quitó la camisa, ella apoyó las manos sobre el oscuro vello de su pecho y lo exploró con curiosidad. El rostro de Puckle, con su barba corta y puntiaguda, de pronto adquirió un aspecto triangular bajo la luz de la vela, como el de un animal del bosque. Jane no estaba segura de lo que debía hacer, pero Puckle la tomó en brazos con delicadeza y la tendió sobre el lecho, y cuando ella sintió sus poderosos brazos casi se desmayó. Luego él se tumbó junto a Jane y ella notó que tenía el miembro duro y firme como el lecho de roble, pero durante largo rato Puckle se limitó a acariciarla de una forma que ella creyó convertirse, como por arte de magia, en una de las criaturas que él había esculpido con tal pericia en el roble, que anidaban, asomaban o se estremecían sobre los postes del lecho. Y cuando, en una ocasión, ella emitió un pequeño grito de dolor, más tarde no pudo recordar cuándo o por qué lo había hecho, durante esa noche en que se sintió prodigiosamente compenetrada con el Forest.
Más tarde, Jane se quedó dormida y no se percató de que, poco antes del amanecer, encendieron las almenaras costeras para anunciar que habían avistado a la Armada.
Don Diego bostezó. Luego se mordió los nudillos. No debía quedarse dormido. Tenía que completar su tarea. Había empeñado su honor.
Pero estaba cansado, muy cansado. Habían transcurrido seis días desde que los ingleses habían avistado a la Armada entrando en el canal de la Mancha y habían encendido las almenaras. Seis días de combate. Seis días de agotamiento. Y sin embargo, había tenido suerte. Su relación, aunque distante, con el duque de Medina Sidonia, que estaba al mando de toda la Armada, le había procurado un lugar en el buque insignia. Y desde este puesto de privilegio lo había presenciado todo.
Los primeros días habían sido prometedores. Cuando atravesaron el extremo suroccidental del reino insular, un bote pesquero inglés había tenido la osadía de aproximarse para echarles un vistazo. Después de navegar en torno a toda la flota, para contar el número de buques, había desaparecido. Aunque uno de los barcos españoles lo había perseguido sin éxito, el duque se había limitado a sonreír.
—Dejad que se vaya e informe a los ingleses de lo poderosos que somos, caballeros —declaró—. Cuanto más aterrorizados estén, mejor.
Al día siguiente, mientras navegaban lentamente hacia Plymouth, averiguaron que la flota inglesa se hallaba atrapada a causa del viento en el puerto de Plymouth. Convocaron un consejo de guerra a bordo del buque insignia y al poco rato don Diego se enteró de las deliberaciones.
—Hundámoslos ahora. Tomemos el puerto y utilicémoslo como nuestra base —instaban los comandantes más atrevidos. A don Diego le pareció una recomendación muy sensata.
Pero su ilustre pariente no compartía esa opinión.
—El rey Felipe me dio unas órdenes muy precisas —les dijo—. A menos que nos veamos forzados a ello, no debemos correr riesgos innecesarios. —De modo que la poderosa Armada continuó navegando lentamente.
Pero esa misma noche los barcos ingleses salieron remando de Plymouth y se aprovecharon de la ventaja del viento. Y desde entonces perseguían a la flota española como una manada de mastines.
El ataque de los ingleses había sido prácticamente continuo. Los galeones españoles, con sus elevados castillos a babor y estribor, y su gigantesco contingente de soldados, saldrían vencedores de cualquier encontronazo si los ingleses se aproximaban lo suficiente para enzarzarse en un combate contra ellos. De manera que los ingleses se dedicaron a rodearlos, acercándose y alejándose alternativamente, al tiempo que disparaban una andanada de cañonazos tras otra, mientras los españoles respondían al ataque.
—Pero da la impresión de que los ingleses disparan con mayor frecuencia que nosotros —comentó don Diego al capitán.
—Así es. Nuestras tripulaciones están acostumbradas a disparar sólo una o dos veces antes de aproximarse al enemigo y luchar contra él. Pero los barcos ingleses están organizados como plataformas para cañones. De modo que disparan sin cesar. Por otra parte, tienen unos cañones más pesados —agregó el capitán apesadumbrado.
Sin embargo, lo que más llamó la atención de don Diego fue la velocidad relativa de los barcos ingleses y los españoles. No es que los barcos ingleses fueran más pequeños, como había supuesto él; por el contrario, algunos de los buques ingleses de mayor envergadura eran más grandes que los galeones españoles. Pero sus mástiles estaban instalados de forma distinta y habían prescindido de los engorrosos castillos. Habían sido construidos no para aproximarse y entablar una pelea con el enemigo, sino en aras de la velocidad. La tradicional batalla marítima medieval había constituido una extensión del ataque de infantería; la marina inglesa se componía casi por entero de artillería. Cuando los barcos españoles trataban de capturarlos y abordarlos, como habían hecho en varias ocasiones, los barcos ingleses se escabullían a gran velocidad.
Pero los españoles no eran presa fácil. La Armada había penetrado en el canal de la Mancha en una sola formación: una gigantesca media luna que se extendía a lo largo de doce kilómetros. Los buques más armados formaban un escudo protector en torno a la cabeza y los más vulnerables estaban agrupados en el centro. Los ingleses, que los hostigaban por detrás, habían logrado algunos éxitos. El domingo, tres días antes, habían causado graves daños a algunos buques que habían quedado rezagados y al día siguiente habían capturado a varios de ellos mientras el comandante de un galeón, don Pedro de Valdez, que había provocado daños a sus aparejos al chocar con otro buque, se había rendido de modo innoble a sir Francis Drake sin siquiera resistirse. A raíz de esto el duque había ordenado que las alas de la inmensa luna creciente se replegaran detrás y, a partir de entonces, la poderosa flota había navegado aguas arriba por el canal de la Mancha como una descomunal estacada movible.
En esta nueva formación, la Armada era casi inexpugnable. Si los españoles no lograban capturar a los ingleses, éstos no conseguían debilitar a la flota española por más que lo intentaran.
—Andaos con cuidado —habían advertido los capitanes españoles—. Los cañones ingleses disparan contra la línea de flotación.
Y el martes, frente al promontorio meridional de Portland, los ingleses habían desencadenado un ataque brutal contra los españoles. Aunque se habían producido numerosas bajas, curiosamente los barcos habían sufrido escasos daños. Esto se debía en parte a que los ingleses no se habían atrevido a aproximarse más. En consecuencia, los proyectiles disparados por los cañones de mayor tamaño habían perdido buena parte de su velocidad antes de impactar contra los inmensos galeones y muchos de ellos habían rebotado sobre los cascos. El otro motivo, del que jamás se hablaría en el reino insular, era bien simple. Tal como había comentado don Diego a uno de sus compañeros:
—Celebro que estos ingleses no sean buenos tiradores.
La Armada era casi invencible, pero no del todo. Y fue un pequeño éxito de los artilleros ingleses lo que proporcionó a don Diego su oportunidad de alcanzar la gloria.
Cuando la madre de Albion reveló a su hijo que su cuñado era un importante capitán del ejército español estaba exagerando, como de costumbre. Lo que Catherine había escrito a su madre era que su marido don Diego confiaba en llegar a ser comandante. Sólo en el universo celestial de la imaginación de lady Albion se había concretado esa esperanza en una espléndida realidad.
Lo cierto era que don Diego nunca había tenido una carrera. Era un buen hombre. Tenía modales elegantes. Amaba a su esposa, a sus hijos y sus explotaciones agrícolas, Y si, como todo aristócrata, anhelaba añadir lustre al apellido familiar, la satisfacción que le procuraba su vida en el hogar le había frenado. Pero en ese momento, en su madurez, cuando los hombres se dan cuenta de que si quieren hacer algo con su existencia deben afanarse en hacerlo, don Diego consideraba la perspectiva de la gran expedición a Inglaterra como la oportunidad de su vida. Así, este hombre maduro, cuyo matrimonio había salvado sus tierras, y cuyos hijos le querían, había decidido arriesgar la vida a fin de legar a su familia la pequeña gloria militar que hasta entonces había faltado en su monótona existencia.
Pero ¿qué posición ocupaba en esta ambiciosa empresa? Pues exactamente la misma que los demás caballeros como él que habían zarpado con la Armada. Había un gran número de ellos entre la flota: caballeros acaudalados, nobles pobres, miembros de la realeza de toda Europa; hijos bastardos de duques italianos en busca de fama y trofeos, aparte, por supuesto, de un hijo natural del devoto rey de España. Algunos sabían pelear, otros habían ido como observadores y otros, al igual que don Diego, no sabían con certeza por qué habían ido. Se trataba, a fin de cuentas, de una cruzada. Pero esta noche, por fin, había llegado la gran ocasión de don Diego.
Debido a la naturaleza de la formación defensiva que había adoptado la Armada, el gigantesco convoy sólo era capaz de avanzar a la velocidad del barco más lento. Si uno de los barcos sufría graves desperfectos, todos los barcos se verían obligados a reducir su velocidad, y el problema era que avanzaban con gran lentitud. Por consiguiente, era preciso dejar atrás cualquier barco que sufriera graves daños.
El barco dañado era una carraca vulgar y corriente, un navío de grandes dimensiones, torpe y lento, que transportaba sólo unos pocos cañones pero un contingente de tropas y un gran cargamento de municiones y víveres. El brutal ataque que habían sufrido el día anterior a manos de los ingleses había estropeado uno de sus mástiles y había provocado un agujero en el casco, además de matar al capitán. Durante toda la mañana, la carraca había seguido lentamente a la flota, pero por la tarde estaba claro que no podía continuar. Al anochecer el duque, que había estado tratando de hallar alguna tarea que encomendar a su inofensivo pariente, lo llamó y le encargó que se ocupara del barco dañado.
Don Diego había estado trabajando durante horas. Se había esforzado con esmero e inteligencia. Lo primero que había hecho fue desalojar el barco, distribuyendo las tropas en otros buques. Luego se había encargado del importante tema de las municiones. A diferencia de los ingleses, los buques españoles no tenían medio de conseguir nuevos suministros. Tenían que llevar consigo todo cuanto necesitaran. Llevaban cuatro días respondiendo al fuego de los ingleses y algunos barcos andaban escasos de pólvora. Utilizando los barcos más reducidos que tenía a su disposición, don Diego y el resto de la tripulación de la carraca habían descargado un barril de pólvora tras otro y los habían colocado en otros barcos. A continuación, don Diego había hecho lo propio con las balas de cañón, proceso que había resultado lento y difícil. Media docena había caído al agua. Una casi había atravesado el fondo del barco que estaban cargando. Había oscurecido y aún seguían afanados en la tarea. La tripulación comenzaba a protestar, pero don Diego no les dio tregua. Hacia las once concluyeron el trabajo.
Puesto que se había despertado antes del amanecer y no había hecho la siesta, don Diego estaba exhausto. Pese a las horas que llevaban descargando la carraca, ésta avanzaba con lentitud y comenzaba a hundirse. Al cabo de un rato recibieron un mensaje del duque: en él daba las gracias a Diego por su excelente trabajo, pero le exhortaba a abandonar el barco dañado. La tripulación, como es lógico, estaba más que dispuesta a partir.
Pero don Diego se resistía a obedecer la orden. Aún le quedaba una cosa por hacer.
Lo había descubierto al bajar a la bodega para comprobar los desperfectos que había sufrido el barco. Aunque la bodega aún contenía diversos materiales, ya habían descargado la pólvora, almacenada en la parte superior, y las balas, colocadas más abajo. Don Diego, situado en la parte inferior de la bodega, pegado al fondo del navío, había percibido el rumor del agua al lamer el casco de la carraca, que seguía hundiéndose. Sosteniendo la linterna sobre el agua, Diego se había asomado para observar a qué profundidad se hallaban. Y al percibir un tenue resplandor plateado había comprendido de inmediato lo que era.
Todo el fondo de la carraca estaba lleno de lingotes de plata, miles de lingotes, que relucían misteriosos bajo la acuosa luz.
Por supuesto, este tesoro no tenía gran importancia para la Armada, puesto que el conjunto de la flota transportaba una prodigiosa cantidad de oro y plata. En las circunstancias actuales, la pólvora y las balas eran mucho más valiosas. Pero si don Diego permitía que la carraca se fuera a la deriva, los ingleses se apoderarían de la plata, perspectiva que le enojó. «Yo soy el responsable de esta operación —se dijo—, y quiero que sea perfecta.»
La solución era bien simple. Don Diego colocó a la mitad de la tripulación en otros barcos. Al resto de hombres, los suficientes para hacer lo que había que hacer, les ordenó que se quedaran. Asimismo, don Diego se reservó dos pinazas, una situada en cada lado del navío.
—Dejaremos que este barco quede rezagado —explicó a los hombres—, procurando que no choque con los otros. Luego lo remolcaremos.
Los hombres lo miraron irritados. Tenían que obedecer a este caballero, que no sabía nada de barcos y que les había sido impuesto; pero no estaban conformes.
—¿Y después qué hacemos? —preguntó uno de los hombres con cierta insolencia.
—Montarnos en las pinazas —replicó don Diego—. Si remáis con fuerza —agregó fríamente—, sin duda lograremos alcanzar al resto de la flota.
La noche era oscura. La luna se ocultaba tras unas nubes. Lentamente, metro a metro, la carraca se fue quedando atrás. A medida que transcurrían los minutos aparecieron junto a ellos, a diestra y siniestra, unas gigantescas siluetas que oscilaban mostrando unas luces; luego desaparecieron misteriosamente. Don Diego calculó que tardarían una media hora en quedar rezagados del resto de la flota.
Bajó al espacioso camarote del capitán, situado en la popa, y se sentó en un sillón. Estaba cansado, pero satisfecho de lo que había hecho. O casi había hecho. Estaba agriado, pero sonrió. Durante unos momentos estuvo a punto de sucumbir al sueño, pero sacudió la cabeza para despabilase. Dentro de poco, se dijo, debía subir de nuevo a cubierta.
Don Diego inclinó la cabeza sobre el pecho.
Albion reprimió una exclamación de fastidio. ¡Por todos los santos! Eran las tantas de la noche y su madre aún no se había acostado.
El salón revestido de roble estaba inundado de luz: hacía una hora lady Albion había ordenado que encendieran más velas. En esto, quizá por cuarta vez —Clement había perdido la cuenta—, su madre le exhortó con fervor.
—Ha llegado el momento, Clement. Ensilla tu caballo. Ahora mismo. El juego está a punto de comenzar. Reúne a tus hombres.
—Es de noche, madre.
—Ve a Malwood —insistió ella—. Enciende la almenara. Convoca a la milicia.
—Sólo pido, madre —replicó él con paciencia—, esperar hasta que amanezca. Entonces lo sabremos.
—¿Saber? ¿Saber el qué? —La voz de lady Albion alcanzó un tono que habría complacido a cualquier predicador—. ¿Es que no los hemos visto, Clement? ¿No les hemos visto llegar a nuestras costas?
—Quizá —respondió él secamente.
—¡Ah! —exclamó su madre con un ademán de exasperación—. Sois débiles. Débiles. Todos vosotros. ¡Ojalá fuera yo un hombre!
«Si fueras un hombre —pensó Albion para sus adentros—, hace tiempo que te habrían encerrado.»
Habían avistado a la Armada al atardecer. Su madre y él, junto con un grupo de caballeros y damas, se habían situado en la cima del cerro que se alzaba junto a Lymington, el cual ofrecía una extensa vista desde Pennington Marshes hasta el canal de la Mancha. Tan pronto como habían divisado los lejanos buques, su madre se había puesto muy nerviosa y él había tenido que tomar las riendas de su montura, conducirla aparte y rogar en voz baja:
—Contrólate, madre. Si te pones a gritar invocando a los españoles, lo echarás todo a perder.
—¡Controlarme! Sí. ¡Ja, ja! —había replicado ella—. Luego, en un murmullo que debió de oírse más allá del castillo de Hurst, lady Albion había dicho—: Tienes razón. Debemos ser prudentes. Astutos. ¡Dios salve a la reina! —había gritado de improviso, haciendo que las damas y los caballeros se volvieran sobresaltados—. ¡La hereje! —había añadido entre dientes con odio y regocijo.
Durante tres angustiosas horas habían seguido observando a la Armada mientras navegaba hacia el este. El viento había remitido y los buques avanzaban cada vez con mayor lentitud. La flota inglesa, agrupada en unos ordenados escuadrones, les seguían a corta distancia. Al poco rato, varios barcos pequeños y veloces se alejaron de sus escuadrones y avanzaron a través de las aguas hacia la entrada del Solent. En menos de una hora, dos consiguieron penetrar y echar el ancla junto al prado del castillo de Hurst, mientras otros dos proseguían hacia Southampton. Al poco vieron salir a los hombres del castillo de Hurst en unas gabarras cargadas con pólvora y balas. Tan pronto como los dos barcos hubieron sido cargados con todo el material que eran capaces de transportar, partieron de nuevo a toda velocidad para reunirse con la flota, de la que de vez en cuando brotaban unas nubecillas de humo acompañadas, tras una larga pausa, por un débil tronar semejante al de una tormenta que remite.
La Armada, hasta el momento, no mostraba señales de dirigirse hacia la costa inglesa. Las siluetas de los buques, una masa de diminutos palos semejantes a dibujos recortables, avanzaban lentamente por la línea del horizonte. Pero cuando empezó a anochecer y el lejano resplandor se resolvió en unos destellos esporádicos, la madre de Albion seguía en sus trece.
—Darán la vuelta y se aproximarán a la costa amparados por la oscuridad de la noche, Clement —aseguró a su hijo categóricamente—. Por la mañana alcanzarán el Solent. —Y no había cesado de repetirlo.
Albion miró a su esposa. Iba vestida con el camisón, preparada para acostarse. Su pelo rubio, con unas pocas hebras plateadas, le colgaba sobre los hombros. Se había cubierto con un chal y permanecía sentada en un rincón, sin despegar los labios.
Aunque no participaba en la conversación, Albion sabía que los observaba de hito en hito. Mientras él fuera capaz de controlar a su madre, perfecto. Pero si no lo conseguía, ella le había advertido que había dado a los sirvientes las órdenes oportunas, que ni siquiera él se habría atrevido a contradecir.
—Perderemos nuestra herencia —le había prevenido él.
—Pero conservaremos la vida. Si tu madre pretende que cometamos un acto de traición, la encerraremos.
Él no se lo reprochaba. Su esposa seguramente tenía razón; pero la perspectiva de perder todo ese dinero le resultaba dura. Así pues, por el bien de sus hijos, pensó Albion, en estos momentos seguía tratando de contemporizar con su madre y ganar tiempo.
—He enviado a un sirviente a Malwood, madre —dijo por tercera vez—. Si las almenaras indican que se aproxima la Armada, me informará de inmediato.
—¡Las almenaras! —replicó su madre con desdén.
—Funcionan perfectamente, madre —declaró Clement con firmeza—. Según tú, ¿dónde debería estar yo en estos momentos? ¿En la costa con mis hombres? ¿Dispuesto a silenciar los cañones del castillo de Hurst? —Antes de terminar la frase Clement se lamentó de haberla pronunciado.
La expresión hosca de su madre se trocó en aprobación.
—Sí, Clement. Te lo ruego. Al menos estarías preparado para atacar enseguida. ¿Por qué cavilas? Debes partir de inmediato.
Albion observó las velas con expresión pensativa. Si partía tal como deseaba su madre, ¿se conformaría ella? ¿Era lo más sensato? Quizá. Pero al mismo tiempo se le ocurrió otra idea. Clement estaba seguro de que la Armada no se dirigía hacia el oeste del Solent. Se hallaban mar adentro, demasiado alejados. Pero ¿y si penetraban en Portsmouth, a escasa distancia de isla de Wight? ¿O en uno de los puertos ubicados a lo largo de la costa meridional? Por lo demás, era preciso tener presente a Parma. ¿Y su gran ejército destacado en los Países Bajos? Quizás estuviera desembarcando junto al Támesis en ese mismo momento. Su madre quizá fuera peligrosa, e incluso que estuviera loca. Pero ¿estaba equivocada? Era un cálculo del que Clement jamás había hablado con su esposa. El tiempo apremiaba. Si los españoles desembarcaban, era posible que salieran vencedores. Si ganaban, ¿no sería preferible que él estuviera de su parte? ¿Cómo podía adivinar él quién iba a ganar? Seguramente había no pocos ingleses aquella noche que no dejaban de pensar en ello.
Por otra parte, pensó Albion, dado que existía la posibilidad de que la causa de su madre triunfara sería estúpido convertirla a ella, su mayor aliada, en una enemiga.
—Bien, madre. Quizás estés en lo cierto. —Clement se volvió hacia su esposa—. Tú y mi madre debéis permanecer aquí sin decirle a nadie que me he marchado. Puedo confiar en algunos hombres. —Eso era pura invención—. Los reuniré y nos dirigiremos a la costa. Si los españoles muestran señales de que se disponen a desembarcar…
Lo cierto era que Clement no tenía ni remota idea de lo que haría, pero su madre sonreía satisfecha.
—Gracias a Dios, Clement. Por fin. Dios te recompensará.
A los pocos minutos, Albion salió a caballo de su casa situada en el bosque y partió en dirección sur, hacia Lymington. Si iba a pasar toda la noche fuera, era preferible hallarse en la costa. ¿Quién sabe lo que podía ocurrir?
Una vez solas, su esposa y su madre se sentaron en el salón, en silencio. Los sirvientes apagaron algunas velas. La habitación estaba bañada en un suave y grato resplandor.
Al cabo de un rato la anciana bostezó.
—Creo que iré a descansar un rato —dijo—. ¿Prometes despertarme en cuanto llegue alguna noticia?
—Desde luego.
Lady Albion se acercó a su nuera, la besó en la frente y bostezó de nuevo.
—Muy bien —dijo y, tomando una vela, salió de la habitación.
Al cabo de unos momentos, la esposa de Clement la oyó entrar en su alcoba. Luego se produjo un silencio. La otra esperó, apagó las velas restantes, subió a acostarse, se metió rápidamente en la cama y apoyó la cabeza en la almohada. Por lo que a ella respectaba, su suegra podía dormir hasta el Día del Juicio.
Una hora más tarde, cuando la esposa de Clement se hallaba profundamente dormida, lady Albion salió sigilosamente de la casa.
Todo estaba negro como la boca de lobo cuando don Diego se despertó. Durante unos momentos miró a su alrededor, tratando de recordar dónde estaba. Luego, tentando los brazos del sillón y vislumbrando algunos detalles del amplio camarote en el que se hallaba, se acordó. Don Diego se levantó de un salto. ¿Cuánto tiempo había estado dormido? Salió del camarote y subió a cubierta, llamando a sus hombres.
Silencio. Don Diego corrió hacia un costado del barco y se asomó, pero la pinaza había desaparecido. Corrió hacia el otro lado, pero la otra también había desaparecido. Estaba solo. Clavó la vista en la oscuridad. El cielo estaba nublado; sólo había unas pocas estrellas, pero don Diego contempló el agua que lo rodeaba. No había ningún barco a la vista. Don Diego estaba desconcertado. ¿Cómo era posible? Si hubiera transcurrido tanto tiempo la carraca se habría hundido. ¿Qué había ocurrido?
De haber conocido mejor a los marineros lo habría adivinado enseguida. Deseosos de perder el menor tiempo posible, habían tratado de remolcar la carraca y, tras fracasar al primer intento, se habían apresurado a tomar las dos pinazas. Más tarde los hombres que habían partido en ellas, y habían subido a diversos navíos, alegarían que creían que don Diego se hallaba en la otra pinaza. En cuanto a la carraca, había avanzado lentamente, pero antes de partir uno de los marineros había girado el timón y la embarcación había virado a babor. Cuando los buques ingleses lo divisaron en la oscuridad lo confundieron con uno de sus barcos. Así pues, durante varias horas la carraca había avanzado torpemente rumbo al nordeste.
De pronto, al mirar al frente, don Diego se percató de otro detalle. Ante él, envuelto la oscuridad, a un par de millas de distancia, distinguió una vaga y pálida forma. Al principio pensó que era una nube, pero no lo era. Entonces dedujo que formaba parte de algo más grande y más oscuro. Era una línea de peñascos blancos. Podía distinguirlos a la perfección. Don Diego se volvió a babor. Sí. Frente a él divisó la oscura silueta de la costa, que se prolongaba a lo largo de varias millas. Tenía la mente completamente lúcida. No tardó en comprender dónde se hallaba. La línea oscura debía de ser la costa meridional de Inglaterra. Los peñascos blancos debían pertenecer a la isla de Wight.
La carraca se deslizaba hacia la desembocadura occidental del Solent. Durante unos momentos, don Diego permaneció con la vista al frente, atónito pero sin dejar de pensar. Luego asintió lentamente con la cabeza.
De improviso emitió una sonora carcajada.
Había comprendido el regalo que le había hecho la providencia divina. Le había concedido una oportunidad mucho más gloriosa de lo que pudo haber imaginado. Algo que superaba todas sus expectativas. Un auténtico milagro.
Don Diego seguía maravillándose de su buena suerte cuando la carraca colisionó de pronto con un banco de arena, dio una sacudida y quedó embarrancada.
Nick Pride oyó los cascos de un caballo tan pronto como entró en el lugar, pero mantuvo lo ojos sobre la distante almenara. Sólo se distinguía un puntito de luz en la oscuridad.
Nick montaba guardia solo sobre el muro. El centinela que había de relevarle dormía en el cobertizo. Había estado solo desde el atardecer, cuando después de observar juntos a la lejana Armada en el horizonte durante aproximadamente una hora, Jane se había marchado. Ésa era la noche crítica. Si los españoles ponían rumbo a la costa, las almenaras de la isla de Wight se encenderían de inmediato. Nick no había apartado los ojos de la señal siquiera un minuto desde el anochecer.
No obstante, se había distraído varias veces pensando en otras cosas.
¿Qué le ocurría a Jane? Durante tres noches seguidas, cuando había venido a verlo le había hecho compañía durante un rato pero se había negado a quedarse. Cada vez, él había detectado algo extraño en su talante. Una noche se había mostrado preocupada y huidiza, otra le había criticado de improviso y se había enfadado con él sin razón. Una tercera vez se había mostrado de buen humor, casi maternal, besándolo en la frente como si fuera un niño. Esa noche, cuando ella dijo que debía irse, él la había mirado con extrañeza y había preguntado si ocurría algo malo.
—¿No te parece ése un motivo suficiente para preocuparse, Nick? —había respondido Jane señalando a la Armada en el horizonte—. ¿Qué será de todos nosotros?
Luego se había marchado bruscamente.
Nick suponía que ése debía de ser el motivo de la agitación de Jane. Pero, por más que cavilaba sobre el asunto, había algo que no le convencía.
Nick oyó un relincho a su espalda que le indicó que el caballo casi había alcanzado el muro. No esperaba ver a Albion, pero era muy típico de su capitán molestarse en visitar el lugar incluso a estas horas de la noche. El joven esperó oír el saludo habitual.
—Tú. Muchacho. Centinela.
La voz de una mujer. ¿Qué significaba?
Fuera lo que fuere que Nick debía responder a la extraña visitante, lo había olvidado. En lugar de ello contestó:
—¿Quién va?
Tras una breve pausa, una persona exclamó con voz autoritaria:
—¡Enciende tu almenara, muchacho, reúne a la milicia!
Eso era demasiado.
—La almenara sólo se enciende cuando hay tres encendidas en la isla. O al menos dos. Éstas son las órdenes que me ha dado el capitán Albion. —Lo dijo con tono enérgico para zanjar la cuestión.
—Me envía Albion, buen hombre. Es él quien te ordena que enciendas la almenara.
—¿Y quién es usted?
—Lady Albion. Me envía el capitán.
Sin duda se trataba de alguna broma.
—Eso dice usted. No encenderé esta almenara hasta que vea otras dos encendidas ahí abajo —insistió Nick con firmeza—. Y punto.
—¿Tengo que obligarle?
—Puede intentarlo —replicó Nick desenvainando su espada.
—Los españoles no tardarán en llegar, estúpido.
Durante unos momentos, Nick Pride dudó. Luego tuvo un golpe de inspiración.
—Dígame la contraseña.
Se produjo una pausa.
—Él me la dijo, buen hombre, pero por desgracia la he olvidado.
—¿Él se la dijo?
—Sí. Lo juro por mi vida.
—¿No será… —Nick se devanó los sesos— roble del Rufo?
—Sí, creo que sí.
El árbol milagroso.
—Déjeme que le diga una cosa.
—¿Qué?
—No existe ninguna contraseña. Y ahora márchese, zorra.
—Pagará por esto. —La voz sonaba furiosa y decepcionada, según advirtió Nick en la oscuridad.
—Largo de aquí —repitió Nick con una carcajada.
Al cabo de unos momentos, la extraña amazona retrocedió de nuevo hacia las sombras. Nick se preguntó quién sería. Al menos eso le distrajo durante un tiempo mientras volvía a fijar la vista en la solitaria luz que se distinguía a lo lejos. En cuanto a lady Albion, tiró de las riendas de su montura y se dirigió hacia el sur. En caso necesario, estaba dispuesta a tomar ella misma los cañones en el castillo de Hurst.
La breve noche casi estaba muy avanzada cuando Albion llegó al cerro de Lymington. Las nubes aún ocultaban las estrellas. Dirigió la vista hacia la tenue palidez de las rocas blancas de la isla de Wight y las Needles, pero no alcanzó a ver nada en la densa penumbra. Estuviera donde estuviere la Armada, no creía que en estos momentos se aproximara a la costa. Lo más probable es que hubiera desaparecido detrás de la isla de Wight. Albion decidió emprender con las primeras luces el camino del oeste, por la costa, para comprobar si veía a las flotas situadas detrás de la isla. De momento, se conformó con desmontar y sentarse en el suelo.
Llevaba un rato allí cuando creyó advertir una silueta oscura en el agua. Durante unos momentos, Albion pensó que era fruto de su imaginación. Pero no: ahí estaba. Se acercaba un barco. Albion se levantó, con el corazón latiéndole desbocado. ¿Era posible que la Armada hubiera penetrado sin que nadie lo advirtiera? ¿Quizás habían enviado a un escuadrón, amparado por la oscuridad de la noche, para apoderarse del Solent? Albion se volvió y se montó en su caballo. Debía correr al castillo de Hurst para alertarlos.
Albion se detuvo. ¿Era preciso que fuera? ¿Debía ayudar a Gorges o dejar que los españoles le sorprendieran? Nadie podría echárselo en cara. Nadie sabía que él estaba ahí. De pronto comprendió, con una claridad aterradora, que había llegado el momento de tomar una decisión. ¿De qué parte estaba él?
Albion no tenía la más remota idea.
Llevaba tanto tiempo diciendo a su madre una cosa y al resto de la gente otra que ya no sabía en qué bando estaba. Albion clavó la vista en el mar, desconcertado.
El barco seguía aproximándose, pero muy lentamente. Albion escudriñó la oscuridad, tratando de divisar otros barcos, pero no vio ninguno más. Aguardó unos momentos. Nada. En esto la oscura silueta pareció detenerse. Sí, se había detenido. Sin duda había colisionado con un banco de arena. Albion continuó observando el barco. Era muy posible que media docena de buques españoles embarrancaran en aquel lugar. Pero por más que aguardó no aparecieron otras misteriosas siluetas. Fuera lo que fuere, el barco estaba solo.
Albion emitió un suspiro de alivio. No tenía que tomar una decisión. Al menos de momento.
Una hora más tarde despuntaron las primeras luces por el este. Las nubes se dispersaron. La línea del horizonte se prolongaba de forma ininterrumpida bajo la luz grisácea. No había rastro de la Armada.
Entonces, Albion vio la carraca con claridad. Observó por si distinguía alguna señal de vida en ella, pero no vio nada. El viento había remitido y sólo soplaba una leve brisa; las aguas que rodeaban el barco estaban en calma. Quizás había habido supervivientes. En tal caso, probablemente estarían en las playas situadas más allá de Keyhaven.
Albion pensó en si debía ir a comprobarlo. Se exponía a toparse con un numeroso grupo de hombres que había logrado huir en un bote de salvamento. Por otro lado, él iba a caballo. Llevaba una espada. Tras darle varias vueltas al asunto, se encogió de hombros.
Su curiosidad pudo más que la prudencia.
Don Diego observó con cautela. Aún estaba empapado, pero daba gracias a su buena estrella. La carraca había encallado sólo a una milla de la costa. El mar estaba en calma. En la bodega del barco había hallado todo lo necesario para construir una simple balsa y un remo de pala ancha. La marea le había ayudado a alcanzar la arenosa playa antes del amanecer. Después de ocultar la balsa, había trepado por la pequeña y arenosa colina y había echado a andar a través del páramo. Había tomado una precaución. Al igual que la mayoría de caballeros que viajaban con la Armada, lucía una larga cadena de oro en torno al cuello. Los eslabones eran tan valiosos como cualquier moneda en curso. De momento la había ocultado en el interior de su camisa y jubón. De paso, había procurado ofrecer un aspecto lo más decente posible. Se había limpiado los zapatos y las medias, había cepillado sus calzones y su jubón. Sabía que la moda inglesa seguía de cerca la española. No estaba seguro de hablar inglés con la suficiente fluidez para hacerse pasar por un caballero inglés al que habían robado en lugar de un español que había naufragado. En cualquier caso, no tardaría en averiguarlo.
Don Diego avanzó con cautela, dispuesto a correr para ocultarse en cuanto fuera necesario. Conocía, por los mapas que había visto en el buque insignia del duque, la orografía del terreno que rodeaba la desembocadura del Solent. Sabía dónde se hallaba el castillo de Hurst. Ojalá supiera también dónde estaba situado Brockenhurst.
Su misión en estos momentos era de lo más simple. Tenía que evitar que le asaltaran, o morir a manos de una diligente milicia. Tan pronto como fuera posible, debía dar con el paradero de un hombre; a partir de ahí desaparecerían todos sus problemas.
Don Diego divisó a un jinete solitario que se dirigía hacia él. Corrió a ocultarse detrás de una mata de aulaga, dispuesto para cualquier contingencia.
Al aproximarse a la mata de aulaga, Albion frenó a su caballo hasta ponerlo al paso y luego se detuvo. Había divisado a un hombre que se aproximaba a pie, al parecer solo, y le había visto ocultarse detrás del arbusto. Con la mano sobre la empuñadura de la espada, Albion aguardó a que éste diera el siguiente paso. No tuvo que esperar mucho.
El desastrado español —pues era evidente que eso es lo que era— salió de detrás de la mata y, ante la sorpresa de Albion, se dirigió a él, pese a su acento español, en un inglés pasable.
—Le ruego que me ayude, señor.
—Explíquese.
—Unos bandidos me asaltaron y robaron cuando me dirigía a visitar a un pariente que, según creo, vive cerca de aquí.
—Comprendo. —Clement no apartó la mano de su espada, pero decidió seguir esta farsa para ver adonde conducía—. ¿De dónde viene usted, señor?
—De Plymouth. —En cierto modo, era cierto.
—Un viaje largo. ¿Puedo saber su nombre?
—Desde luego, señor. —El español sonrió—. Me llamo David Albion.
—¿Albion?
—Así es, señor. —Don Diego observó que en el rostro del inglés se dibujaba una expresión de asombro. Le he impresionado, pensó, y, más animado, prosiguió—: Mi pariente es nada menos que el gran capitán Clement Albion.
Más que impresionarlo, esta información dejó al inglés estupefacto.
—¿Tan grande es ese hombre? —preguntó con un hilo de voz.
—Eso creo, señor. ¿No es el capitán de todos los soldados adiestrados y las defensas costeras de aquí hasta Portsmouth?
Durante unos terribles segundos, Albion guardó silencio. ¿Ésa era la fama que tenía entre los españoles invasores? ¿Acaso había oído hablar de él toda la Armada? ¿Pronunciaría su nombre cualquier español que lograran capturar? ¿Cómo iba a explicar esto al consejo, a menos que los españoles cayeran en manos de los ingleses dentro de pocos días? Pese a lo conmocionado que se sentía, Clement se afanó en recobrar la compostura y averiguar más detalles sobre ese hombre.
—Usted no es David Albion, señor. En primer lugar, porque advierto que es usted español. —Clement desenvainó su espada despacio—. Y en segundo lugar porque Albion no tiene ningún pariente de ese nombre. —Miró con gesto severo al español—. Me consta, señor, porque yo soy Albion.
Durante unos momentos, el español esbozó una alegre sonrisa, tras lo cual se puso serio.
—¿Cómo sé que es usted Albion? —inquirió.
—No sabría decirle —replicó Clement con calma.
Pero el español lo miró pensativo.
—Existe un medio —dijo tranquilamente. Y acto seguido reveló a Clement su nombre.
—¡Pero qué suerte, o mejor, qué signo de la providencia divina, querido hermano, que de todas las personas que hay en Inglaterra me topara precisamente contigo! —exclamó don Diego alborozado. Miró a Albion con alegría pero serio—. Es maravilloso.
Se habían sentado, a instancias de Albion, en una agradable hondonada cerca de la colina, donde nadie pudiera molestarles. Les había llevado sólo unos momentos verificar sus respectivas identidades. Albion inquirió con ternura por la salud de su hermana Catherine y don Diego se apresuró también a interesarse por la de su suegra, a quien describió como «esa maravilla, esa santa». Pero cuando Albion lo felicitó cortésmente por ostentar el grado de comandante, don Diego lo miró perplejo.
—¿Comandante? No soy un comandante, sino un simple caballero que viaja con la Armada. Eres tú, mi querido hermano —agregó inclinando la cabeza en señal de respeto— quien ha alcanzado esa honrosa distinción. Tu madre nos lo contó hace tiempo por carta.
Albion asintió lentamente. Empezaba a comprender. Veía la mano fantástica de su madre en todo ello. Pero éste no era el momento de desilusionar al español, que sin duda obraba de buena fe. Había muchas cosas que Clement deseaba averiguar. ¿Esperaba el rey de España que él mismo entregara el castillo de Hurst a los invasores?
—¡Ah, mi plan! —exclamó don Diego sonriendo con entusiasmo—. Es decir, el plan de tu madre. ¡Qué mujer! —Pero de pronto se puso serio—. Te aseguro que lo intenté, querido hermano. ¡Dios sabe que lo intenté! Escribí un largo informe a mi pariente, el duque de Medina Sidonia. Pero… —Con la mano dibujó un movimiento descendente—. Nada.
—Entiendo. —Las cosas empezaban a tener mejor aspecto.
Pero ¿cuál era exactamente, se aventuró a preguntar Albion, el plan de invasión de los españoles?
—Eso quisiera saber yo —repuso don Diego meneando la cabeza—. Todos creíamos, mejor dicho, todos los comandantes de los barcos creían que debíamos tomar un puerto para utilizarlo como nuestra base. Plymouth. Southampton. Portsmouth. Uno de ellos. Desde allí podríamos abastecer a nuestros buques.
—Una medida muy sensata.
—Pero su majestad el rey Felipe insistió en que la Armada fuera a reunirse directamente con Parma. En los Países Bajos.
—¿Te refieres a que la Armada transportará a las tropas de Parma?
—No. Según dicen las aguas que rodean al ejército de Parma son demasiado superficiales para nuestros galeones. La Armada descansará en Calais.
—Eso está a una jornada en barco. ¿Y luego?
—Parma zarpará hacia Inglaterra. Es un gran general. Algunos dicen —don Diego bajó la voz como si temiera que le oyeran— que es Parma quien se proclamará rey de Inglaterra en lugar de Felipe. Pero no creo que cometiera semejante deslealtad. —Don Diego no parecía muy convencido.
—¿Cómo penetrará Parma en Inglaterra? ¿Dispone de una flota?
—Sólo unos barcos de fondo plano. Necesitará que haga buen tiempo.
—Pero los buques ingleses destruirán a cañonazos esas embarcaciones —replicó Albion.
—No, no, hermano. No olvides que nuestra Armada se encontrará tan sólo a una jornada en barco. Y nuestros galeones transportan numerosas tropas. Los ingleses no se atreverán a acercarse lo suficiente para atacarlos.
—Entonces ¿por qué lo hacen ahora?
En esto percibieron unas débiles detonaciones procedentes del mar más allá de la isla de Wight, que vinieron a subrayar la pregunta formulada por Albion. El ataque de los ingleses contra la Armada había comenzado de nuevo. Don Diego parecía preocupado.
—Lo cierto es que mi pariente el duque de Medina Sidonia insinuó… que el plan del rey distaba mucho de ser perfecto —afirmó meneando la cabeza con tristeza—. Nos dijeron que vuestros barcos estaban podridos y que saldrían huyendo.
—¿Mi madre os lo dijo también?
—Desde luego. No obstante —añadió don Diego más animado—, debemos tener presente algo muy importante, querido hermano.
—¿A qué te refieres?
—Que Dios está de nuestra parte. Desea que tengamos éxito en nuestra empresa. Estamos seguros de ello. —Don Diego sonrió—. De modo que todo saldrá a pedir de boca. Y por supuesto, en cuanto los ingleses averigüen que hemos desembarcado, aunque sólo consigan llegar la mitad de los hombres de Parma…
—¿Qué ocurrirá?
—Se sublevarán —contestó don Diego con una sonrisa de satisfacción—. Comprenderán que hemos venido para liberarlos de la bruja de Isabel, esa asesina que los tiene cautivos.
Albion pensó en los hombres sencillos de las milicias, a quienes habían dicho que el cargamento principal de los galeones españoles consistía en los instrumentos de tortura de la Inquisición española.
—Quizá no se subleven todos —comentó con tiento.
—Ya, un puñado de protestantes.
Albion no respondió. Una cosa estaba clara. Si la descripción de su cuñado sobre la estrategia de los españoles era medianamente acertada, la temida invasión no tendría éxito. Cuando cavilaba sobre esto, y las implicaciones que tendría para él, se percató de que su cuñado seguía hablando con tono exaltado.
—… una oportunidad semejante. Tú y yo juntos. Tan pronto como Parma desembarque conduciremos a las milicias desde aquí y marcharemos para reunirnos con él en Londres.
—¿Pretendes que encabecemos una gran revuelta?
—Eso te reportará mayor gloria, hermano. En cuanto a mí —don Diego se encogió de hombros—. Hasta el mero hecho de cabalgar a tu lado sería un gran honor para mí.
Albion asintió con la cabeza. Era un ejemplo de gloriosa locura digna de su madre.
—No es tan fácil reunir a un gran contingente de hombres para que se subleven —dijo con tacto—. Aunque la fe fuera más fuerte…
—Ah. —Don Diego le miró sonriendo—. Esto es lo maravilloso de lo ocurrido. Aquí es donde se aprecia con claridad la providencia divina. Nuestras tropas españolas —añadió con tono tranquilizador— no son mejores que las vuestras. Les han prometido inmensos botines en Inglaterra. Pero Dios, hermano mío, ha puesto en nuestras manos todo cuanto precisamos para que se cumpla su voluntad. Podemos pagar a las tropas. —Al observar la expresión de asombro de Albion, Diego señaló el mar—. Cuando naufragué, solo, en alta mar, supuse que era un castigo. Pero no lo era. Ese barco que ves allí… ¡Debajo de la línea de flotación, todo el casco está lleno de plata! —Don Diego se echó a reír de gozo ante semejante prodigio.
—¿No tenías a ningún compañero?
—No. Tú y yo, hermano, poseemos esta plata. Dios la ha puesto en nuestras manos.
Albion mostraba de nuevo una expresión pensativa.
Tras indicar al español que no se moviera, se levantó y se acercó al precipicio. El barco permanecía inmóvil. Ni siquiera la marea alta lo arrastraría. Mientras observaba la carraca que había embarrancado, el sol comenzaba a salir por el este y sus plateados rayos matutinos iluminaban el Forest.
Albion se volvió hacia don Diego. Qué extraño era el destino. Encontrarse con el español en estas circunstancias, al cabo de tantos años, y lo que era aún más curioso, comprobar que éste le caía bien. Pues era indudable que este español afable, de mediana edad, era un hombre muy agradable. Albion suspiró.
Analizó el asunto minuciosamente. Pensó en su hermana, en sí mismo; pensó en don Diego y su creencia en la causa católica y en su madre. Pensó en el consejo, en Gorges, en las sospechas que tenían sobre su persona. Y pensó, detenidamente, en la plata. Eso hacía que la situación fuera muy interesante. Al cabo de un rato comenzó a forjar un plan. Mientras estudiaba sus diversos aspectos tuvo la impresión de que daría resultado. Sin dejar de pensar en ello, se volvió hacia el sol.
Entonces la vio. Cabalgaba sola a través del cerro que se alzaba sobre Lymington. Su capa, negra y roja, ondeaba al viento. Llevaba el sombrero torcido. Parecía una aparición fantasmagórica, una bruja montada que se disponía a saltar del risco y elevarse por los aires. En aquel instante a Albion se le ocurrió una idea que le causó pánico: ¿y si ella le veía con don Diego?
Clement se arrojó al suelo aterrorizado y, al percatarse de que el español lo miraba atónito, le indicó que guardara silencio y se asomó sobre una mata de hierba que había frente él. Lady Albion seguía allí arriba. No le había visto. Se había detenido y contemplaba el mar. Clement siguió observándola durante unos momentos. Luego se deslizó hacia la hondonada para reunirse con el español.
—¿Va todo bien? —preguntó extrañado don Diego.
—Sí. Todo va bien. —Albion miró con afecto a su cuñado, a quien acababa de conocer. Era una lástima que las cosas no pudieran ser distintas—. Deseo mostrarte algo, hermano —dijo con voz queda mientras desenvainaba la espada—. En la hoja. Observa.
Don Diego se inclinó hacia delante.
Entonces, de improviso, Albion lo atravesó con su espada.
O casi. Pues la punta de la espada chocó con la cadena de oro que el español había ocultado debajo de su camisa. Y mientras don Diego emitía un grito y miraba con ojos como platos a Albion, éste dibujó una mueca y se lanzó de nuevo sobre él, hundiéndole la espada varias veces, hasta que consiguió acabar con él. Fue una auténtica carnicería.
Albion aguardó hasta que el cuerpo hubiera cesado de estremecerse. Le quitó la cadena de oro, que pesaba casi dos kilos, y cubrió a don Diego como pudo con la tierra arenosa antes de ir a recoger a su caballo. Afortunadamente, su madre se había esfumado de nuevo. Lo más probable es que haya ido a Lymington para tratar de provocar un alzamiento, pensó con amargura.
Se volvió para observar el lugar donde yacía don Diego. Sentía remordimientos, por supuesto. Sin embargo, a veces es difícil afirmar si una cosa era buena o mala.
Era un problema de supervivencia.
Pero ahora debía apresurarse. Tenía muchas cosas que hacer.
—¿Plata? ¿Estás seguro?
Gorges y Helena se hallaban a solas con él en el amplio salón del castillo de Hurst. Le habían hecho esperar un rato mientras él se entretenía contemplando el Solent, tras lo cual ambos se habían reunido con él.
—Le sometí a un interrogatorio exhaustivo. A punta de espada. Creo que decía la verdad.
—¿Y ese español… estaba solo? —inquirió Gorges.
—Eso dijo. Cuando trataba de remolcar el barco se quedó a bordo por un descuido. No vi a ninguna otra persona —prosiguió Albion—, por lo que supongo que estaba solo. Nadie —dijo recalcando la palabra— sabe nada sobre esa plata salvo nosotros. Vine enseguida a contároslo.
—Pero mataste a ese español —dijo Gorges con aire pensativo.
—Me atacó por sorpresa. No tuve más remedio.
—¿No deberíamos ir a por el cadáver? —preguntó Helena.
Se produjo una larga pausa. Gorges miró Albion de hito en hito y éste le devolvió la mirada.
—Quizá no sea conveniente —repuso Albion.
—El barco naufragado pertenece a la reina —declaró Gorges con firmeza—. No cabe la menor duda. Lo rescataré en su nombre.
—Me pregunto… —dijo Albion—. La reina te estima mucho, Helena. Quizá te conceda el barco naufragado. A fin de cuentas, ha concedido recompensas a Drake y a Hawkins, y Thomas, aunque no se haya hecho a la mar, ha conservado Hurst para su majestad.
—Pero, Clement —dijo Helena con gesto serio—, no creo que la reina me diera toda esa plata.
—¿Qué plata? —preguntó Albion con voz muy queda.
—Ah, ya entiendo —respondió Helena.
—Informaré de inmediato a la reina sobre el naufragio. Tú puedes escribirle también una carta. Pregúntale si podemos quedarnos con los restos del barco. Indícale que se trata de una vulgar carraca. Las municiones que encontremos a bordo las enviaremos al fuerte, pero pregúntale si podemos quedarnos con cualquier otro objeto de valor que contenga. Ya sabes… La reina está enterada —confesó Gorges secamente—, que en estos momentos ando algo escaso de dinero.
—Pero ¿qué dirá cuando hallemos toda esa plata? —preguntó Helena.
—Suerte —contestó Gorges de modo tajante.
—No sabemos que exista esa plata —apostilló Albion—. Puede que yo esté mal informado. Tranquiliza tu conciencia. Sólo sabemos que es posible que el barco contenga algo de valor, eso es todo.
—¿Y el español?
—¿Qué español?
—Escribiré enseguida la carta, Clement —resolvió Helena mirando a su esposo—. Te estamos muy agradecidos.
Cuando ella hubo salido, se produjo en la habitación un silencio que duró unos momentos, hasta que Gorges comentó:
—¿Sabes que poco antes de que tú llegaras tu madre fue arrestada en Lymington?
—No.
—Recibimos un mensaje del alcalde. Por lo visto tu madre trataba de convencer a la gente para que se sublevara. Para apoyar a los españoles.
Albion palideció, pero conservó la compostura.
—Ojalá pudiera decir que estoy sorprendido. Anoche perdió por completo la razón. Pero ignoraba que había conseguido escaparse.
—Eso supuso. Declaró que tú encabezarías la rebelión.
—¿De veras? —Albion meneó la cabeza—. Anoche me dijo que puesto que yo me negaba a hacerlo, lo haría ella misma —agregó sonriendo con ironía—. Celebro que tenga tanta fe en mí.
—Dijo que te habías propuesto unirte a los españoles.
—¿Eso dijo? Al único español que he visto hasta el momento lo liquidé.
—Cierto. —Gorges asintió lentamente.
—¿Sabes? —prosiguió Albion con tono quedo—, aunque mi madre no estuviera completamente loca, y es que hace años que no para de hablar de ese tema, yo habría sido incapaz de hacer las cosas que dice. Lo he oído cien veces. Sueña todos los días con una rebelión. Por más que trato de quitárselo de la cabeza, está empecinada en que yo la dirija. —Albion suspiró—. ¿Qué puedo hacer?
Gorges guardó silencio.
—Es verdad —dijo al cabo de unos instantes—. Habrías sido incapaz de hacerlo.
—Así es, Thomas. Soy leal. —Albion miró a Gorges a los ojos—. Confío en que estés seguro de ello, Thomas. Lo sabes bien, ¿no es cierto?
Gorges sostuvo su mirada.
—Sí —respondió despacio—. Lo sé.
Aquella mañana, desde el amanecer, con el mar casi en calma, los barcos ingleses que se divisaban en el horizonte detrás de la isla de Wight no cesaron de atacar a la Armada. Por la tarde, ambas flotas avanzaron de nuevo aguas arriba por el canal de la Mancha y la lucha prosiguió durante dos días, hasta que el duque de Medina Sidonia echó el ancla frente a la costa de Calais y envió unos mensajes urgentes al duque de Parma, rogando al general que acudiera de inmediato para ayudarle a atravesar el canal y adentrarse en Inglaterra.
La respuesta de Parma fue un «no» categórico. Irritado, explicó que si el enemigo estaba a la vista no podía arriesgarse a atravesar el canal de la Mancha en unos barcos de fondo plano. A menos que la Armada viniera a por él —cosa que no haría debido a la escasa profundidad de las aguas frente a las costas de los Países Bajos, donde él se hallaba—, él no iría a su encuentro. Al parecer, hacía semanas que se lo había comunicado al rey de España, un dato que el monarca, quien prefería confiar en la providencia, no había juzgado oportuno revelar al duque de medina Sidonia.
De modo que la Armada permanecía anclada frente a la costa de Calais, enviando unos mensajes cada vez más desesperados a Parma, y Parma, sin moverse de los Países Bajos, a una jornada de distancia en barco, despachaba unos mensajes cada vez más airados. Y mientras tanto, los ingleses aguardaban junto al Támesis, temiéndose una invasión de un momento a otro, dado que no se les había ocurrido que el rey de España hubiera enviado a su Armada a pelear sin un plan de combate debidamente coordinado. La Armada pasó dos infructuosos días en esta situación. Luego, en plena noche, los ingleses enviaron ocho barcos a los que habían prendido fuego, recubiertos de alquitrán, resplandeciendo como un millar de almenaras, y los capitanes españoles, aterrorizados, cortaron amarras y huyeron despavoridos. Al día siguiente, los ingleses cayeron sobre ellos. Los españoles fueron obligados a retroceder hacia la costa; algunos naufragaron, otros fueron capturados. Pero la mayoría quedaron intactos.
Entonces, al día siguiente, comenzó a soplar un viento providencial. El viento protestante, lo llamaron. Nadie, en ninguno de los dos bandos, podía negar que, al margen de su valor o su devoción, fue el tiempo lo que destruyó en realidad a la Armada. Día tras día, semana tras semana, sopló una galerna que hizo que el mar se encrespara con violencia. Los barcos se perdían mutuamente de vista; los galeones se dispersaron por todas las aguas septentrionales, algunos llegaron a las rocas del norte de Escocia e incluso Irlanda. Menos de la mitad regresaron a casa. Y aunque no sabemos si fue para recompensar a los protestantes por su fe o castigar a los católicos por sus errores, el caso es que tanto la reina Isabel de Inglaterra como el rey Felipe de España convinieron en que esos vientos no podían sino ser obra de Dios.
Las semanas en que soplaron las galernas fueron una época de dura prueba para lady Albion. Para empezar, la encerraron, por orden estricta de Gorges, en la pequeña prisión de Lymington. Y aunque al alcalde de Lymington solicitó repetidas veces que la trasladaran a otro lugar —o la decapitaran, o la liberaran, lo que fuera con tal de quitarse de encima a esa infatigable mujer—, no fue hasta octubre que el consejo decidió que, aunque era una traidora, la dama no representaba ningún peligro real para el Estado. Después de ser puesta en libertad, aunque Clement nunca había cesado de profesar su lealtad personal a ella, los sentimientos de lady Albion hacia su hijo cambiaron. Y al año siguiente ésta partió en barco para visitar a su hija Catherine, cuyo esposo, don Diego, había desaparecido —nadie sabía exactamente cómo— durante el gran desastre de la Armada. El hecho de que el pobre don Diego hubiera sido enterrado por su hijo, la primera noche que lady Albion había pasado en la cárcel, en lo más profundo del Forest, donde nadie podía hallar sus restos, era algo que ella jamás pudo haber imaginado.
No es de extrañar que lady Albion permaneciera en España con su hija; y si, al negarse a reunirse con su madre en España tal como ella le había pedido, Clement Albion renunció a toda esperanza de heredar su fortuna, lo cierto es que se lo tomó con filosofía.
—Creo —confesó en una ocasión— que cedería uno de mis terrenos cercados con tal de asegurarme de que jamás regresará.
La fortuna personal de Albion siguió siendo modesta, pero la de sus amigos Thomas y Helena Gorges gozó de un espectacular incremento. Pues la reina Isabel accedió a su petición y les concedió la carraca. Cuando hubieron vaciado discretamente su contenido, sir Thomas Gorges y su esposa la marquesa se percataron de que poseían una de las mayores fortunas del sur de Inglaterra.
—Y ahora —declaró Helena gozosa—, podrás construir tu mansión en Longford, Thomas.
No fue hasta al cabo de casi dos años que los Gorges invitaron a Albion a acompañarlos a su propiedad situada más abajo de Sarum.
—La casa no está terminada, Clement —le informó su anfitrión—, pero me gustaría que la vieras.
Ciertamente habían elegido un lugar maravilloso, pensó Albion cuando llegaron al frondoso terreno ubicado junto al Avon. Pero lo que no se esperaba, y le hizo exclamar de asombro y luego romper a reír, fue el diseño de la mansión.
Pues allí, en la serena paz del valle en el interior de Wiltshire, construida a gran escala, dotada de espléndidas ventanas en lugar de simples troneras, se alzaba una gigantesca fortaleza de planta triangular.
—¡Por Dios, Thomas! —exclamó Albion—. ¡Si es Hurst!
En efecto. La gran mansión campestre, a la que Gorges había puesto el nombre de castillo de Longford, era prácticamente una réplica exacta de la fortaleza triangular que se erigía en la costa junto al Forest. En memoria de la carraca española y su cargamento de plata, Gorges había mandado tallar, sobre la entrada, una imagen de Neptuno apoyado alegremente en un barco con su tridente sobre el hombro; y a cada lado del mismo aparecía esculpida una cariátide, una con el rostro del propio Thomas y la otra con el de su esposa. Uno no podía cuando menos admirar su buen humor.
—Helena insiste en que todos los castillos suecos son triangulares y que las figuras talladas representan a sus antepasados vikingos —comentó Thomas con un guiño.
Fuera lo que fuere, castillo sueco o fortificación, la descomunal mansión triangular constituiría durante mucho tiempo una de las fincas campestres más excéntricas de Inglaterra. Y si a partir de entonces, Albion sintió de vez en cuando cierta envidia por la buena fortuna de sus aristocráticos amigos, tenía que reconocer que, gracias a Thomas y a Helena, nadie volvió a poner en duda su lealtad. Incluso pudo, a lo largo de su carrera posterior, expropiar una considerable cantidad de madera de su majestad sin que le remordiera la conciencia.
Jane se casó con Puckle.
Nick Pride, al igual que todo el mundo, no salía de su asombro.
—Si no hubiera tenido que permanecer en Malwood para custodiar la almenara, eso no habría ocurrido —afirmó.
—Si Jane ha sido capaz de hacer una cosa así —respondió su madre—, no te convenía como esposa.
—No sé —dijo Nick—. Supongo que estaba como hipnotizada. —Lo cual era bastante absurdo.
Los padres de Jane tampoco se sentían satisfechos con el asunto. Cuando se celebró la boda, la madre de Jane se negó a darle el pequeño crucifijo de madera que le había prometido. Pero, al final, por no discutir, se lo dio. Y Jane lo lució como un talismán.
La gran tormenta de la Armada no cambió las vidas de los hombres; en todo caso, realizó unas pequeñas modificaciones en la existencia del Forest.
Una noche, cuando los galeones españoles sufrían impotentes la acometida de las agitadas aguas septentrionales, el viento decidió soplar con inusitada intensidad a través del claro donde se alzaba el milagroso árbol del Rufo. Las ramas del gigantesco roble se agitaban y doblaban. Las innumerables formas de vida que habitaban en sus resquicios se aferraron a algún punto de apoyo o se ocultaron en sus madrigueras. Los diminutos organismos, las minúsculas particularidades, fueron arrastrados por el siniestro viento hacia el caos. Los elevados árboles del claro oscilaban o se inclinaban, las hojas y las bellotas de los robles emitían un murmullo de protesta al ser golpeadas y partidas por el viento que aullaba, ululaba y soplaba con furia en la oscuridad.
No obstante, las raíces del prodigioso árbol eran tan anchas como sus ramas, y aunque en esta brutal noche de la Armada el mundo superior pudo haber sucumbido a la locura, el universo inferior del árbol permaneció en silencio, impertérrito ante la violencia con que se agitaban sus ramas.
Pero, no lejos de allí, en el bosque cercano, un roble distinto, de sólo dos siglos de antigüedad, había crecido junto a los otros robles y hayas, alto y enhiesto. Su copa, por tanto, era mucho más reducida; sus raíces proporcionalmente más pequeñas.
De improviso, entre los feroces remolinos y sacudidas del vendaval, este alto roble, arrancado de raíz por las fuerzas ciegas de la naturaleza, se derrumbó entre sus vecinos y cayó, como un gigante abatido, en el suelo del Forest.
Es terrible que un roble caiga abatido por el viento, pero a la vez beneficioso. Pues las partes destrozadas de la copa del árbol, su inmenso sistema de ramas, yacen en el suelo como multitud de jaulas protectoras. Durante uno o dos años, en el interior de estas jaulas crecen unos renuevos que los ciervos y otros animales que se alimentan de los árboles jóvenes no consiguen alcanzar.
En esta tormentosa noche cayeron dos de estas jaulas. Y durante la próxima caída de bellotas, al cabo de tantos años en que sus retoños se echaban a perder, dos bellotas del milagroso árbol permanecieron a buen recaudo entre las mohosas hojas dentro de esas jaulas de roble, donde echaron raíces y crecieron.