La cacería
1099
La gama se sobresaltó. Tembló durante unos momentos y luego aguzó el oído.
Una noche primaveral de color gris negruzco cubría el cielo como una manta. En los límites del bosque, intensificado por la humedad del aire, el olor a turba del páramo se mezclaba con el leve olor a moho de las hojas que habían caído el año pasado. Reinaba un profundo silencio, como si toda la isla de Inglaterra aguardara a que ocurriera algo en el silencio previo al amanecer.
De pronto, una alondra se puso a cantar en la oscuridad. Sólo ella había divisado un pálido destello en el horizonte.
La gama volvió la cabeza, inquieta. Se acercaba alguien.
Puckle avanzó a través del bosque. No era necesario caminar con sigilo. Cuando sus pies pisaban las hojas o partían una rama, podía haber sido confundido con un tejón, un jabalí u otro habitante del Forest.
A lo lejos, a su izquierda, oyó el grito de un autillo que se extendió a través de los oscuros túneles y elevados arcos de los robles.
Puckle: ¿había sido su padre, su abuelo o un miembro anterior de su familia al que habían puesto el nombre de Puckle? Puck: uno de esos extraños nombres antiguos que brotaban, misteriosamente, del paisaje inglés. Puck Hill: había varias colinas que se denominaban así en las costas meridionales. Quizá fuera ése el origen del nombre. O quizá fuera un diminutivo: pequeño Puck. Nadie lo sabía. En cualquier caso, después de adquirir ese nombre, la familia no había hecho por cambiarlo. El viejo Puckle, el joven Puckle, el otro Puckle: nunca quedaba muy claro quién era quién. Cuando su familia y él habían sido expulsados de su aldea por los servidores del nuevo rey normando, habían recorrido el Forest hasta instalar un rudimentario campamento junto a uno de los arroyos que fluían hacia el Avon, en los límites occidentales del Forest. Hacía poco se habían trasladado varios kilómetros hacia el sur, junto a otro arroyo.
Puckle. El nombre le sentaba bien. Fornido, retorcido como un roble, sus anchos hombros inclinados hacia delante como si tirara de un tremendo peso. A menudo trabajaba con los quemadores de carbón. Sus misteriosas andanzas desconcertaban incluso a las gentes del Forest. A veces, cuando el resplandor rojizo del fuego iluminaba su rostro recio como el roble, parecía un duende. Sin embargo, cuando llegaba a las aldeas para construir vallas o cercas de juncos, cosa que hacía mejor que nadie, los niños se agolpaban a su alrededor. Les gustaba su carácter apacible. Las mujeres se sentían extrañamente atraídas por ese profundo fuego interior que intuían en él. En su campamento junto al arroyo siempre se veían pichones, y la piel de una liebre u otro pequeño animal extendida sobre unas estacas; o bien los restos de una de las truchas que remontaban los arroyos de aguas turbias. No obstante, los animales del bosque no trataban de rehuirlo, casi como si presintieran que Puckle era uno de ellos.
Mientras avanzaba ahora a través de la oscuridad, con el torso cubierto por un tosco jubón de cuero, las piernas enfundadas en unas recias botas también de cuero, parecía un personaje propio de los albores de la Historia.
El ciervo permaneció inmóvil, con la cabeza alzada. Se había alejado un poco del resto del grupo, que seguía comiendo pacíficamente los tiernos brotes de hierba en las lindes del bosque.
Aunque los ciervos poseen una vista aguda y un olfato muy desarrollado, por lo general dependen de su oído —tienen unas orejas muy grandes en relación con el cráneo— para detectar el peligro, sobre todo con el viento a favor. Los ciervos son capaces de detectar el sonido de una rama al partirse incluso a gran distancia. El animal había notado que los pasos de Puckle se alejaban.
En el Forest habitaban tres tipos de ciervos. Los grandes ciervos comunes de pelaje pardo rojizo eran los antiguos príncipes del bosque. Luego, en algunos rincones del mismo se hallaban los curiosos corzos, unas delicadas criaturas, apenas más granes que un perro. Pero recientemente, los conquistadores normandos habían introducido una nueva y vistosa especie: los elegantes gamos.
La gama estaba a punto de cumplir dos años. Su pelo presentaba un colorido impreciso, antes de que el color morado invernal adquiriera la tonalidad del camuflaje de verano: un tostado claro cremoso con manchas blancas. Como casi todos los ciervos de su especie, la gama presentaba el lomo blanco y la cola negra orlada de blanco. Pero por alguna razón, la naturaleza le había conferido un pelaje más pálido de lo normal.
Otro ciervo la habría identificado casi con toda certeza de no haber sido por un rasgo peculiar: las marcas en los cuartos traseros de cada ciervo son ligeramente distintos de las de otros. Cada uno ostenta unas señas de identidad, por así decirlo, tan individuales como una huella dactilar humana, y mucho más visibles. Por consiguiente, la gama era única. No obstante, la naturaleza, acaso para complacer al hombre, había añadido esa curiosa palidez. Era un bonito animal. Este año, durante la época de apareamiento, encontraría a un compañero. Siempre y cuando los cazadores no la abatieran.
Su instinto le advirtió que tuviera cautela. La gama volvió la cabeza a diestro y siniestro, aguzando el oído para percibir algún sonido sospechoso. Luego escrutó la oscuridad. A lo lejos, los sombríos árboles parecían sombras. Cerca de ella una rama caída en el suelo, desprovista de su corteza, relucía como un par de astas. Un pequeño avellano situado a sus espaldas podía ser un animal.
En el Forest, las cosas no siempre eran lo que aparentaban. Al cabo de unos segundos que al animal se le antojaron eternos, la gama, satisfecha, bajó la cabeza lentamente.
Al poco se inició el coro del amanecer. En el páramo se oyó el sibilante parloteo de un culiblanco posado sobre un tojo, un leve destello amarillo en la oscuridad. La luz despuntaba por oriente. En esto una curruca trató de interrumpirle con sus estridentes trinos; a continuación, un mirlo emitió su aflautada voz desde un árbol cuajado de hojas. Detrás del mirlo se oyó el sonido taladrador de un pájaro carpintero, que emitió dos breves andanadas sobre la corteza de un árbol; al cabo de unos momentos sonaron los delicados arrullos de una tórtola. Luego, en la oscuridad, se oyó la voz del cuclillo, un eco que se deslizaba flotando por los límites del bosque. Todas las aves proclamaban su pequeño reino antes de la época del apareamiento, en primavera.
Sobre el páramo brezal se elevó, más alto y potente que los otros, el canto de la alondra, pues había vislumbrado los primeros rayos de sol.
Los caballos relinchaban. Los hombres pateaban el suelo para entrar en calor. Los mastines jadeaban impacientes. El olor de los caballos y del humo de leña saturaba el patio.
Estaba a punto de iniciarse la cacería.
Adela los observó. Se habían reunido una docena de hombres: los cazadores ataviados de verde con plumas en sus gorros; varios caballeros de la región acompañados por sus escuderos. Adela había suplicado que le permitieran acompañarlos, pero su primo Walter se había resistido hasta que ella le recordó:
—Al menos me verán. Se supone que debes encontrarme un marido.
No era fácil para una joven en sus circunstancias. Había transcurrido apenas un año desde el frío y desapacible día en que había muerto su padre. Su madre, pálida y demacrada, había ingresado en un convento. «De este modo conservaré mi dignidad», había dicho a Adela al confiar a la joven a unos parientes, legándole sólo su buen nombre y unas pocas docenas de hectáreas en Normandía como toda recomendación. Sus parientes habían hecho cuanto habían podido por ella, y al poco habían centrado su atención en el reino de Inglaterra donde, desde que el duque normando Guillermo lo había conquistado, muchos vástagos de familias normandas habían adquirido tierras, unos vástagos que estarían más que satisfechos de casarse con una mujer de habla francesa perteneciente a su tierra natal. «De todos tus parientes —le decían a Adela—, tu primo Walter Tyrrell es quien mejor puede ayudarte. Él mismo ha hecho una brillante boda.» Walter se había casado con una joven perteneciente a la poderosa familia de los Clare, quienes poseían grandes propiedades en Inglaterra. «Walter te encontrará marido», decían. Pero hasta ahora no lo había hecho. Adela no acababa de fiarse de Walter.
El patio era el típico de las mansiones sajonas que había en aquella región. Estaba rodeado por tres costados por grandes edificios parecidos a establos con techado de paja. Sus muros eran de grandes tablas oscurecidas. En el centro, la gran mansión estaba marcada por una puerta de madera exquisitamente tallada y una escalera exterior que conducía al piso superior. La mansión estaba situada a escasa distancia de las límpidas y mansas aguas del Avon, que discurría desde los riscos cretácicos junto al castillo de Sarum, unos treinta kilómetros al norte. A pocos kilómetros río arriba se hallaba la aldea de Fordingbridge; aguas abajo, la pequeña población de Ringwood, y unos quince kilómetros más allá de ésta, el Avon penetraba en el puerto protegido por el promontorio y de ahí desembocaba en el mar.
—¡Aquí vienen! —gritaron los cazadores cuando un movimiento de la puerta de la mansión indicó que los cabecillas del grupo se disponían a aparecer. El primero en salir fue Walter, con aspecto risueño, seguido por un escudero; tras ellos, el hombre al que esperaban todos: Cola.
Cola el cazador, dueño de la mansión, señor del Forest: ahora tenía el pelo canoso; su bigote largo y lacio era gris. Pero aún tenía buena planta. Alto, de hombros poderosos, su atlética figura quizá ya no fuera ágil, pero caminaba con la gracia de un viejo león. Era un noble sajón de los pies a la cabeza. Y si había algo en él que indicaba que, en su fuero interno, temía haber perdido algo de dignidad desde la llegada de los normandos, Adela intuía que sus viejos ojos todavía eran capaces de centellear.
Sin embargo, no era a Cola a quien observaba Adela, sino a sus hijos, que le seguían a poca distancia. Eran dos, ambos habían cumplido los veinte años, pero Adela calculaba que uno tenía tres o cuatro años más que el otro. Altos y bien parecidos, con el pelo largo y rubio, unas barbitas cortas y los ojos de un azul luminoso, Adela suponía que los dos eran una réplica del hombre que había sido su padre de joven. Caminaban con paso ligero y atlético, ostentando tal aire de nobleza que la joven se alegraba de que al menos esos sajones hubieran conservado su mansión, a diferencia de muchos otros que habían capitulado ante los normandos, compatriotas de Adela. Mientras ésta seguía observándolos con atención, reprimió una sonrisa. ¡Dios bendito!, se dijo Adela al percatarse de lo que había estado pensando: desnudos, estos jóvenes debían de ser… absolutamente maravillosos.
Al cabo de unos momentos, cuando los rayos del sol se posaban en los robles que se vislumbraban en el horizonte, partió el grupo de cazadores, formado por unos veinte hombres.
El valle del Avon, que estaban a punto de abandonar, constituía una encantadora región. A través de la planicie costera, situada debajo de los desolados riscos cretácicos de Sarum, las antiguas eras geológicas habían dejado un cúmulo de lechos de grava. Desde entonces, el río que descendía por el valle había creado un amplio y poco profundo cauce que discurría hacia el sur, cuyas riberas se habían convertido en unas pequeñas lomas de grava cubiertas de árboles, donde, a lo largo de los siglos, las aguas del río habían depositado un fértil terreno aluvial. Entre Fordingbridge y Ringwood, el valle medía aproximadamente cinco kilómetros de ancho; y si el plácido río que ahora discurría a través de los fértiles campos era un mero riachuelo comparado con lo que había sido anteriormente, en ocasiones, después de las lluvias primaverales, se desbordaba y cubría los prados circundantes con una reluciente capa de agua, como para recordar al mundo que seguía siendo el antiguo dueño de aquel lugar.
Adela, que no había salido nunca de caza con un grupo de personajes tan importantes, se sentía tan emocionada como intrigada. Sabía que el destino al que se dirigían se encontraba al otro lado de la escarpadura oriental del valle del Avon. En parte, el motivo de que hubiera rogado a Walter que la dejara ir con ellos se debía a su deseo de explorar aquella agreste región, de la que tanto había oído hablar. Al poco llegaron al pie de la escarpadura, después de atravesar un arroyo y pasar frente a un descomunal roble que crecía solitario no lejos de allí. Condujeron a sus monturas por el serpenteante sendero que llevaba a la cima, bordeado de robles, acebos y matorrales a ambos lados. Mientras subían la cuesta, Adela observó que algunos tramos del sendero presentaban unos hoyos profundos de grava.
Pero Adela no estaba preparada para lo que iba a contemplar. Al alcanzar la cima del cerro, donde finalizaba el bosque, la joven emitió una exclamación de asombro. De pronto tuvo la impresión de que el horizonte y el cielo estallaban en torno a ella y penetró en un paraje desconocido.
No era lo que ella había imaginado. Contempló un inmenso páramo de color pardusco que se extendía hasta el horizonte. El resplandor amarillento del sol, que aún no había alcanzado el cénit, comenzaba a dispersar los restos de bruma matutina que cubrían el paisaje cual telarañas. El cerro engalanado de helechos y brezos sobre el que se hallaba descendía en dos largas laderas hacia unas anchas y poco profundas hondonadas; a la izquierda aparecía un cenagal; a la derecha, un riachuelo lleno de grava con unas orillas herbosas. Todo el páramo estaba sembrado de arbustos y tojos cuajados de flores amarillas. En otro cerro, a un par de kilómetros de distancia, un grupo de helechos se recortaba sobre el horizonte. Y más allá, el siguiente cerro estaba cubierto por robledales, al igual que la zona periférica a sus espaldas.
Pero había otra cosa en aquel paraje que la impresionó. Cuando Adela contempló la tierra turbosa que habían removido los cascos de su caballo y observó los guijarros de un blanco casi luminoso, y luego alzó la vista y olfateó el aire, tuvo la curiosa sensación de que, aunque no alcanzaba a verlo, el mar se hallaba cerca.
¿Existían poblados humanos en este inmenso yermo? ¿Era posible que hubiera aldeas, granjas o pequeñas haciendas aisladas? Adela suponía que sí, aunque no pudiera verlas. Todo ofrecía un aspecto desierto, silencioso, primitivo.
De modo que éste era el New Forest del rey Guillermo el Conquistador.
Forest: un término francés. No significaba bosque, aunque dentro de sus límites había inmensos bosques, sino una zona o un coto reservado para la caza del rey. Sus ciervos, en particular, estaban protegidos por unas feroces leyes forestales. Si matabas a un ciervo del rey te costaba una mano, y a veces la vida. Y comoquiera que el Conquistador normando se había apropiado hacía poco de ella, esta región había pasado a llamarse New Forest, o Nova Foresta según constaba en los documentos oficiales en latín.
Lo cierto es que no existía nada presuntamente nuevo en el mundo medieval. Para cada novedad se buscaba un precedente. Los reyes sajones habían cazado en esa zona desde tiempos inmemoriales. Así pues, según el Conquistador normando, ese lugar había estado sometido a unas inflexibles leyes forestales dos generaciones anteriores, en los tiempos del rey Canuto, e incluso esgrimió una cédula que lo confirmaba.
La zona que el rey adquirió para su New Forest constituía una gigantesca cuña: se extendía del oeste al este desde el valle del Avon, a lo largo de casi tres kilómetros, hasta una gran ensenada situada junto al mar. De norte a sur descendía suavemente durante más de tres kilómetros, formando una serie de plataformas de grava, desde los riscos cretácicos al este de Sarum, hasta un inmenso y desolado páramo en la costa del canal de la Mancha. Era un terreno mixto, un vasto tapiz compuesto por páramos, bosques, prados y marjales, por el que durante tantos miles de años habían marchado reducidos grupos de hombres para después instalarse y finalmente emigrar; de este modo, era imposible descifrar si ciertas regiones de aquel paisaje habían sido creadas según los designios de Dios o por la tosca mano del hombre. La mayor parte de la tierra era turbosa y ácida, y por tanto árida; pero también había algunas zonas fértiles que podían ser cultivadas. Los robledales más extensos se encontraban en la vertiente meridional, a menudo en un terreno pantanoso, y probablemente seguían intactos desde hacía más de quinientos años.
New Forest contenía otro elemento que Adela había intuido con acierto: la presencia del mar. A menudo, las cálidas brisas del suroeste transportaban un ligero olor a aire salado a las zonas septentrionales del Forest. Pero el mar permanecía siempre oculto, hasta que uno alcanzaba los robledales situados en las marismas costeras. No obstante, existía un signo visible. Frente a la parte oriental de la orilla del Forest y separada de ésta por un canal de cinco kilómetros de longitud conocido como el río Solent, se alzaba la grata mole de la gredosa isla de Wight. Y desde numerosos puestos de observación, incluso desde los cerros situados debajo de Sarum, se podía contemplar toda la cuenca del Forest y divisar, al otro del mar, esa isla brumosa de color púrpura.
—¡Deja de soñar despierta! ¡Te quedarás rezagada!
Walter estaba frente a ella, observándola con aspecto turbado. Adela se percató de que se había detenido inconscientemente para contemplar la vista, mientras el resto del grupo seguía adelante.
—Lo lamento —respondió Adela y ambos reemprendieron el camino. Walter trotaba solícito junto a ella.
Adela lo miró con ojos críticos. Con ese bigotito que se curvaba hacia arriba y esos ojos de color azul pálido y expresión un tanto estúpida, ¿cómo conseguía Walter meterse en todas partes? Con toda probabilidad porque, aunque no poseía ningún talento especial, era evidente que estaba empeñado en ser útil a los poderosos de turno. Incluso sus poderosos parientes políticos se complacerían pensando que, si Walter estaba de su lado, era porque creía que iban a vencer. No era nada malo tener a un individuo como él en la familia en unos tiempos tan inciertos como éstos.
Siempre se cocían intrigas políticas en el mundo de los normandos. Tras la muerte de Guillermo el Conquistador, acaecida hacía una docena de años, sus hijos se habían repartido su herencia: Guillermo el pelirrojo, conocido como el Rufo, se había quedado con Inglaterra; Normandía había ido a parar a manos de Roberto; Enrique, un tercer hijo, había percibido sólo una renta. Pero hasta Adela sabía que la situación siempre era precaria. Muchos de los grandes nobles poseían tierras tanto en Inglaterra como en Normandía; pero si Guillermo II el Rufo era un gobernante competente, Roberto era todo lo contrario y muchos afirmaban que Guillermo se apoderaría algún día de Normandía. No obstante, Roberto tenía sus partidarios. Se rumoreaba que una importante familia normanda que poseía tierras en la costa de New Forest defendía su causa. En cuanto al joven Enrique, parecía satisfecho con lo que le había tocado en suerte, pero ¿lo estaba realmente? El hecho de que hasta la fecha ni Guillermo II el Rufo ni Roberto se hubieran casado para dar el ansiado heredero al pueblo no hacía sino complicar la situación. Pero cuando Adela había preguntado ingenuamente a Walter cuándo pensaba casarse el rey de Inglaterra, su primo se había encogido de hombros.
—¿Quién sabe? —había respondido—. Prefiere a los muchachos jóvenes.
Adela suspiró para sí. Al margen de lo que ocurriera en el futuro, Walter siempre estaría en el bando vencedor.
La partida de cazadores atravesó el páramo a galope. De vez en cuando Adela veía unos pequeños grupos de caballos de baja estatura pero robustos que comían hierba o tojos.
—Se encuentran en todo el Forest —le explicó Walter—. Parecen salvajes pero muchos pertenecen a los aldeanos.
Eran unos animales atractivos y, a juzgar por la cantidad que había visto, Adela calculó que debía haber miles de ellos en el Forest.
Cola y sus hijos encabezaban la comitiva. Si el monarca había reservado New Forest para sus ciervos, no era sólo para solazarse. No cabía duda de que le entusiasmaba cazar. No sólo ciervos, sino jabalíes. También merodeaban algunos lobos por los alrededores. Cuando el rey iba a cazar con sus amigos solían utilizar arcos. Pero la necesidad primordial de acotar el Forest era de carácter más práctico. El rey y su corte, sus soldados, a veces incluso sus marineros, tenían que comer. Necesitaban disponer de carne. Los ciervos se reproducen y crían con rapidez. La carne de venado es deliciosa y poco grasa. Se podía salar —había unas salinas en la costa— y enviarla a cualquier lugar de Inglaterra. New Forest constituía un criadero de ciervos.
Muy profesional, ciertamente. Administrado por varios guardabosques —algunos sajones como Cola, los cuales ocupaban ese cargo debido a sus profundos conocimientos de la zona—, el Forest contenía aproximadamente siete mil ciervos. Cuando uno de los cazadores reales conducía una partida a fin de matar unos ciervos para el rey, como hacía Cola hoy, no empleaba arcos, sino un método mucho más eficaz. Hoy realizarían una gran batida. El grupo de Cola y otros se desplegarían a través de una amplia zona para conducir con habilidad a los animales hacia una gigantesca trampa. La trampa, que habían instalado en la propiedad real de Lyndhurst, en el centro del Forest, consistía en una larga y sinuosa cerca que encauzaría a un gran número de ciervos hacia un recinto donde los cazarían con arcos o atraparían con redes.
—Es como una concha marina en forma de espiral instalada en medio del Forest —había explicado Walter a Adela—. No hay escapatoria posible.
Pese a su cruel eficacia, la trampa evocó en la mente de Adela una imagen mágica y extrañamente misteriosa.
Empezaron a descender por una pendiente hacia un bosque. A su derecha, Adela oyó el canto de una alondra y alzó la vista hacia el cielo azul celeste en busca de ésta. Mientras trataba de localizarla se percató de que Walter le decía algo.
—Tienes el defecto… —le oyó decir Adela antes de cerrar la mente al sonido de su voz.
Walter siempre le veía multitud de defectos.
«Deberías tratar de caminar con más elegancia», solía decir. O sonreír más a menudo. O ponerse otro vestido. «No eres fea —había tenido Walter la gentileza de decirle la semana pasada—. Aunque algunas personas opinen que deberías adelgazar.»
Éste era un nuevo defecto. «¿Eso dicen?», había preguntado Adela con suavidad.
«No —había respondido Walter tras reflexionar unos instantes—. Pero imagino que lo piensan.»
Pero al margen de estas críticas, y de la ligera turbación que su presencia evidentemente causaba a Walter, existía un importante obstáculo que ella era incapaz de superar. «Estoy segura —pensó Adela con amargura—, de que si yo poseyera una gran dote, Walter me encontraría guapísima.»
De pronto vio a la alondra: una pequeña mota suspendida sobre el cerro, desde el que emitía su voz, resonante y clara como una campana. Adela sonrió y luego se volvió, pues otra figura había atraído su atención.
El individuo que se aproximaba a caballo por el cerro casi les había alcanzado. Iba solo. Lucía una gorra de caza y un atuendo verde oscuro. Antes de que pudiera apreciar otros detalles, Adela dedujo, a juzgar por el magnífico corcel que montaba, que no era un caballero corriente y vulgar. ¡Con qué agilidad y poderío galopaba el caballo hacia ellos! Al contemplarlo, Adela se estremeció de emoción. Y el jinete, aunque con gesto sobrio, presentaba un aspecto tan imponente como su montura. Cuando se aproximó a ellos, Adela comprobó que era un hombre alto, de cabello oscuro. Tenía un rostro afilado, de rasgos normandos y un tanto severo. Adela calculó que debía de tener unos treinta años y que estaba acostumbrado a mandar. Al pasar junto a ellos el jinete se tocó la gorra con los dedos en un gesto de cortesía, pero no volvió la cabeza y Adela no pudo adivinar si se había fijado en ella. Vio que se dirigía al galope hacia la cabecera del grupo y saludaba a Cola, quien le devolvió el saludo con evidente respeto. Intrigada por la identidad del recién llegado, Adela se volvió con cierta reticencia hacia Walter, que la observaba con atención.
—Es Hugh de Martell —aclaró Walter—. Posee muchas tierras al oeste del Forest. —A continuación, cuando Adela comentó que tenía un aspecto frío y antipático, Walter soltó una irritante risotada—. No te hagas ilusiones, primita —agregó sonriendo—. Martell ya está casado.
El sol matutino se hallaba en lo alto y aunque todo estaba en silencio, la esposa de Godwin Pride temía que éste se arriesgara demasiado. Por lo general terminaba su tarea poco después del amanecer.
—Ya conoces las leyes —le recordó ella.
Pero Pride siguió con lo que hacía sin dignarse responder.
—No aparecerán por aquí —afirmó al cabo de unos momentos—. Al menos hoy.
El aire estaba impregnado del dulce aroma de la hierba. Una mosca se posó sobre el cuello de Pride, pero luego decidió trasladarse a otro lugar. Al cabo de un par de minutos apareció un niño de corta edad, que se situó junto a la mujer para observar a su padre.
—He oído algo —dijo la mujer.
Pride se detuvo y aguzó el oído.
—Es imposible —replicó.
La aldea de Oakley consistía en un pequeño grupo de cabañas y haciendas con techado de paja, situadas junto a un prado cubierto de hierba corta característica de los páramos. Al otro lado del prado había un estanque de aguas poco profundas, cuya superficie aparecía en estos momentos sembrada por un fino tapiz de florecillas blancas. Junto al estanque crecían dos pequeños robles, un fresno, varias zarzas y tojos cuyas ramas se inclinaban sobre el agua. Aunque la hierba era corta y áspera, en el prado pastaban tres vacas y un par de ponis. Detrás de la aldea se extendía un sendero de grava que conducía hasta el bosque, donde descendía abruptamente entre elevadas riberas hacia un riachuelo. En el extremo oriental de la aldea, algo apartada, se hallaba la hacienda de Godwin Pride.
Godwin Pride: ambos nombres no podían ser más sajones, pero el aspecto de su dueño revelaba una ascendencia distinta. En estos momentos se había agachado de nuevo para proseguir con su tarea, pero al enderezarse para responder a su esposa ofrecía una magnífica estampa. Alto, erguido, con el pelo que le caía en una espesa mata de rizos castaños hasta los hombros, una poblada barba y bigote también castaños, la nariz aguileña, los ojos pardos y lustrosos, todos ellos unos rasgos que indicaba que, al igual que mucha gente que vivía en el Forest, Pride era, al menos en parte, celta.
Por aquí habían pasado los romanos, luego los sajones. Más concretamente, la rama de los sajones conocida como los jutos se había instalado en la isla de Wight y la zona septentrional del Forest, conocida como Ytene, la tierra de los jutos. Pero en esa aislada región, cuyos densos bosques, desolados páramos y marjales resultaban poco atractivos, seguían viviendo unos descendientes de la antigua población celta. De hecho, la vida que llevaban en sus haciendas, modestas pero bien adaptadas al medio forestal, apenas había variado desde la antigua y grata paz de la Edad del Bronce.
Durante el reinado de Guillermo II el Rufo no era frecuente que un hombre, en particular un campesino, tuviera un apellido. Pero había varios primos que ostentaban el nombre de Pride en el Forest, en inglés antiguo Pryde, que significaba no tanto arrogancia, aunque había algo de ello, sino un sentido de dignidad, de independencia de espíritu, la certeza de que el antiguo Forest era suyo y podían vivir en él como les placiera. Tal como Cola, el noble sajón, seguía aconsejando a los normandos que visitaban la zona: «Es más fácil convencer a estas gentes que tratar de darles órdenes. No quieren que nadie les mande.»
Quizá fuera por eso por lo que hasta el poderoso Conquistador hubiera hecho algunas concesiones al crear New Forest. En lo tocante a la tierra, muchas propiedades del Forest habían pasado a ser fincas reales, por lo que no era necesario expulsar a nadie. De otras sí se había apoderado el monarca, pero muchas fincas situadas en los límites del Forest sólo habían tenido que prescindir de sus montes y páramos, acotados para la caza del rey. En cuanto a la gente, varios aristócratas sajones como Cola seguían viviendo allí sin que nadie les importunara, siempre y cuando fueran útiles. Por más que le había supuesto un esfuerzo, Cola había apostado por lo seguro. Otros señores habían perdido sus propiedades, al igual que numerosos nobles sajones en toda Inglaterra; al igual que algunos campesinos, que se habían trasladado a otras aldeas, como Puckle, y vivían a cuenta del Forest. Pero todos los que seguían habitando en aquella zona gozaban de numerosas compensaciones.
Ciertamente, las leyes forestales normandas eran muy severas. Había dos categorías generales de delitos: los vert y los venison. Los delitos denominados vert se referían a la vegetación: prohibían la tala de árboles, la construcción de recintos y cualquier práctica que perjudicara el hábitat de los ciervos del rey. Eran consideradas unas ofensas menores. Los delitos comprendidos en la categoría denominada venison se referían a la caza furtiva y, más concretamente, a la caza de ciervos. La pena impuesta por el Conquistador al que mataba a uno de sus ciervos era la ceguera. Guillermo II el Rufo había ido incluso más lejos: el campesino que matara un ciervo era ejecutado. Las leyes forestales eran detestadas por la mayoría de la población.
Aún así, seguían existiendo los antiguos derechos consuetudinarios de las gentes del Forest, los cuales el Conquistador había conservado intactos y, en algunos casos incluso había ampliado. En la aldea de Pride, por ejemplo, aunque debido a las leyes forestales éste había perdido parte de sus terrenos —que Pride consideraba un intolerable abuso—, salvo durante ciertas épocas del año en que estaba prohibido, las gentes podían llevar a pastar a tantos ponis y cabezas de ganado a los terrenos reales del Forest como quisieran; en otoño sus marranos podían alimentarse de la abundante cosecha de bellotas frescas; también tenía el derecho de cortar turba para encender fuego, coger leña, que siempre abundaba, y llevarse a casa unos helechos que utilizaban como cama para los animales.
Técnicamente, Godwin Pride era un enfiteuta. El noble de la localidad que poseía ahora la aldea de Oakley era su señor feudal. ¿Significaba eso que Godwin tenía que arar la tierra de su señor tres días a la semana y saludarlo con una inclinación de cabeza? Ni mucho menos. No existían grandes campos solariegos; esto era el Forest. Cierto que Godwin se encargaba de arrojar turba en el pequeño campo de su señor, pagaba unas modestas tasas feudales (unos pocos peniques por los marranos que poseía), y ayudaba a acarrear leña. Pero éstas se consideraban unas rentas que pagaba por su pequeña propiedad. De hecho, Godwin vivía como habían vivido sus antepasados, atendiendo su hacienda y ganando un dinero extra con algunos trabajos relacionados con la caza del rey y el mantenimiento de sus bosques. Godwin Pride era, a todos los efectos, un hombre libre.
Los pequeños terratenientes del Forest no vivían nada mal. ¿Se sentían agradecidos? Por supuesto que no. Godwin Pride, frente a esta injerencia extranjera, había hecho lo que cualquiera habría hecho en sus circunstancias. En primer lugar, despotricar a voz en cuello; luego, refunfuñar entre dientes y, por último, llegar a una rencorosa y despectiva resignación. Después de lo cual se había empeñado, de forma discreta y metódica, en derrotar al sistema. Y esto era precisamente lo que hacía, bajo la inquieta de mirada de su mujer, esta mañana.
Godwin era un niño cuando las tierras situadas junto a la heredad de su familia habían sido asimiladas al New Forest del rey. No obstante, les habían dejado una minúscula porción de tierra junto al pequeño establo, aproximadamente una décima parte de una hectárea. Ésta era utilizada como corral, donde la familia encerraba y daba de comer a sus animales durante los meses en que no podían llevarlos a pastar al Forest. El corral estaba rodeado por una cerca. Pero no era lo suficientemente grande.
Por consiguiente cada año, en primavera, cuando los animales regresaban al Forest, Godwin Pride se dedicaba a ampliarlo.
No mucho. Procuraba sobre todo no excederse. Sólo unos pocos palmos cada vez. En primer lugar, durante la noche, movía la cerca. Eso era lo más sencillo. Luego, cuando despuntaban las primeras luces, revisaba el terreno minuciosamente, rellenando los espacios donde había estado instalada la cerca y utilizando pedazos de tierra cubierta de hierba, que había cortado previamente en secreto, para disimular la zona de la que se había apropiado. Por la mañana apenas se notaba lo que había hecho. Pero, para más seguridad, Pride trasladaba de inmediato los marranos a esa parte del corral. Al cabo de unas semanas, el suelo estaba tan pisoteado por los cerdos que no se apreciaba nada sospechoso. Al año siguiente Pride volvía a hacer lo mismo: de un modo imperceptible, el corral se iba ampliando.
Era ilegal, por supuesto. Talar árboles o robar un pedazo de terreno del rey era un delito vert. El hecho de apoderarse de una minúscula parte de tierra, denominado purpresture, no era una ofensa grave, pero no dejaba de ser un delito. Pero para Pride representaba también un golpe secreto en favor de la libertad.
En circunstancias normales ya habría terminado y habría conducido a los marranos a esa zona del corral, pisoteando bien el suelo para que no se notara nada. Pero hoy, debido a la gran batida, Pride no creyó necesario apresurarse. Todos los sirvientes del rey se habrían trasladado a Lyndhurst, donde capturarían a los ciervos.
En la parte central del Forest había varios poblados. En primer lugar estaba Lyndhurst, donde se hallaba instalada la trampa de los ciervos. Puesto que hurst era un término anglosajón que significaba «bosque», el nombre probablemente significaba que con anterioridad había existido allí un bosquecillo de tilos. En Lyndhurst arrancaba un sendero hacia el sur que atravesaba vetustos bosques hasta que, al cabo de unos siete kilómetros, alcanzaba la aldea situada en un claro llamada Brockenhurst, donde había un pabellón de caza en el que el rey se alojaba con frecuencia. Desde allí, el sendero discurría hacia el sur junto a un riachuelo que fluía por un pequeño y escabroso valle, atravesaba Boldre, donde había una pequeña iglesia, y desembocaba en la costa. La pequeña aldea que contenía la hacienda de Pride se hallaba ubicada a unos dos kilómetros al este de ese riachuelo y a seis kilómetros al sur de Brockenhurst, en un punto donde un cinturón formado por antiguos bosques daba paso a un extenso páramo. La aldea se hallaba a unos once kilómetros de Lyndhurst en línea recta.
Pride sabía que los cazadores conducirían a los ciervos desde el norte hacia la trampa. Todos los sirvientes del rey destacados en el Forest se habrían concentrado en Lyndhurst; ninguno aparecería por aquí esta mañana.
Así pues, con una exasperante parsimonia, Godwin Pride se tomó su tiempo, riéndose para sus adentros de la angustia e irritación de su esposa.
Sin embargo, al cabo de unos momentos a Pride le sorprendió oír a su esposa emitir una breve exclamación y, al alzar los ojos, descubrió que se aproximaban dos jinetes.
La mañana había transcurrido sin ninguna novedad para la pálida gama. Su pequeña manada había permanecido varias horas pastando tranquilamente en el prado mientras el sol lucía en el cielo.
Todos ellos eran cervatillos o gamas, pues aquella temporada los machos adultos habían comenzado a vivir separados del resto de la manada. La leve hinchazón que mostraban algunas hembras en sus flancos indicaba que estaban preñadas; parirían dentro de dos meses. Los jóvenes gamos que las acompañaban estaban destetados. Los cervatillos machos exhibían unas excrecencias que al cabo de unos meses se convertirían en su primera cornamenta: las pequeñas astas que ostentaban los gamos de un año. Dentro de poco, los gamos de un año abandonarían a sus madres para independizarse.
El tiempo transcurrió apaciblemente. El coro de pájaros remitió, dando paso a un melodioso gorjeo al que se incorporó, a medida que aumentaba el calor, el suave chirrido y zumbido de los innumerables insectos del bosque. A media mañana, la gama más vieja que encabezaba la manada se dirigió hacia el bosque, lo que indicaba que había llegado el momento de que los animales regresaran a su lugar de descanso.
Los ciervos son animales de costumbres. Es cierto que en primavera suelen alejarse en busca de otros pastos más apetecibles, visitando los campos de cereales situados en los límites del bosque, o saltando sobre las cercas como sombras silenciosas en la noche para saquear pequeñas haciendas como la de Pride. Pero la vieja gama era una líder prudente. Aquella primavera sólo habían abandonado en dos ocasiones el territorio de tres kilómetros cuadrados en el que habitaba la manada; y si algunos cervatos más jóvenes, como la pálida gama, se habían sentido inquietos, ella no había dado muestra alguna de querer satisfacer sus ansias de libertad. Así pues, los ciervos siguieron el sendero que solían utilizar para alcanzar su lugar de descanso —un agradable y resguardado claro en el robledal—, donde las gamas asumían con docilidad su postura habitual, tendidas en el suelo con las patas recogidas y la cabeza erecta, de espaldas a la leve brisa. Sólo algunos cervatillos, incapaces de quedarse quietos, jugaban en el claro bajo la mirada atenta de su vieja líder.
La pálida gama acababa de tumbarse cuando pensó en su ciervo.
Era un hermoso animal. La gama se había fijado en él por primera vez el año pasado, durante la época de celo. Aunque ella era demasiado joven para participar, había observado cómo los ciervos cubrían a las hembras adultas. El gamo había contemplado la escena con los otros machos jóvenes desde uno de los territorios de apareamiento menos concurridos; la gama había deducido, a juzgar por el tamaño de las astas del ciervo, que el año próximo éste dispondría de su propio territorio de apareamiento.
El macho del gamo atravesaba varios estadios de crecimiento, marcados por el tamaño de sus astas, que mudaban cada primavera para mostrar durante la siguiente época de celo un aspecto renovado y más espectacular. A partir del año, las pequeñas astas de los cervatillos se renovaban y se hacían más grandes de año en año hasta que, al cumplir los cinco, el joven gamo adquiría las cuernas características del macho. Pero aún habían de pasar dos o tres años más para que el gamo se hiciera adulto y ostentara la magnífica cornamenta propia de los machos plenamente desarrollados.
Su gamo aún era joven. Ella no sabía de dónde provenía, pues por lo general los machos se dirigían hacia los lugares de apareamiento desde sus territorios en otras zonas del Forest. ¿Acudiría este otoño su hermoso gamo al mismo territorio de apareamiento, o sería lo bastante grande y fuerte para expulsar al ocupante de otro territorio de apareamiento más importante? ¿Por qué se había fijado precisamente en él? La gama no lo sabía. Había contemplado a los machos adultos con su gigantesca cornamenta, sus poderosos hombros y sus recios cuellos. Las hembras se agolpaban impacientes en torno a los territorios donde el aire estaba saturado del penetrante olor que exhalaban los machos, el cual casi mareaba a la pálida gama. No obstante, al ver al joven ciervo aguardando modestamente junto al lugar de apareamiento, había experimentado otra sensación. Este año sus astas serían más grandes, su cuerpo más grueso. Pero emanaría el mismo olor: un olor acre que a la gama le parecía de lo más dulce. Cuando llegara la época de celo ella se aproximaría a él. La joven gama contempló las copas de los árboles iluminadas por el sol matutino y pensó en él.
De pronto comenzó el terror.
El sonido de los cazadores procedía del oeste. Se desplazaban a más velocidad que la brisa, la cual transportaba su olor. Los cazadores no se molestaban en avanzar con sigilo, sino que se movían estrepitosamente a través del Forest hacia el claro.
La gama que encabezaba la manada se levantó, seguida por las otras hembras, y se dirigió apresuradamente hacia los árboles. Los cervatillos seguían jugando en el claro. Durante unos instantes no hicieron caso de las llamadas de sus madres, pero al poco se percataron del peligro y echaron a correr.
El salto del gamo es espectacular. Al ejecutarlo levanta los cuatro pies del suelo manteniendo las patas completamente rectas. Da la impresión de brincar, permanecer suspendido una fracción de segundo en el aire y volar a través del mismo como por arte de magia. Suele ejecutar varios de estos saltos que parecen desafiar la ley de la gravedad antes de echarse a correr, de forma intermitente, y saltar de nuevo. Con un bellísimo y mágico movimiento, toda la manada se apresuró a ponerse a buen recaudo. Al cabo de unos segundos desaparecieron del claro y siguieron, en fila india, a la vieja gama que les conducía hacia el norte a través de la zona más densa del bosque.
Después de recorrer medio kilómetro la vieja gama se detuvo de repente. El resto de la manada hizo lo propio. Nerviosa, la gama movió las orejas al tiempo que trataba de localizar el ruido sospechoso. No cabía duda. Ante ellos había unos jinetes. La líder del grupo se volvió y enfiló hacia el sur para alejarse de los dos peligros.
La pálida gama estaba asustada. Había algo deliberado, siniestro, en este doble ataque. La líder de la manada pensaba lo mismo. Los ciervos avanzaban a galope, saltando sobre árboles caídos, arbustos, cualquier obstáculo con que topaban en su camino. La moteada luz que se filtraban a través de las hojas de los árboles parecía emitir unos destellos amenazadores. Las gamas y sus crías prosiguieron su frenética carrera hasta que al cabo de un kilómetro llegaron a un gran claro cubierto de hierba, a plena luz del sol, donde se detuvieron en seco.
Ante ellos, a pocos metros de distancia, aguardaban unos veinte jinetes. La pálida gama apenas tuvo tiempo de reparar en ellos antes de que la jefa de la manada diera media vuelta para regresar al bosque.
Pero sólo tuvo que ejecutar dos saltos para percatarse de que entre los árboles se ocultaban otros cazadores. La vieja gama se volvió de nuevo y echó a correr a través del claro describiendo una trayectoria en zigzag, buscando una escapatoria. El resto de los ciervos, al intuir que su líder no sabía qué hacer, la siguieron aterrorizados. Los cazadores les pisaban los talones al tiempo que emitían voces y gritos. La vieja gama dobló hacia la derecha y se dirigió hacia un bosque.
La pálida gama se había adentrado unos cien metros entre los árboles cuando de pronto divisó a otros cazadores, esta vez a su derecha, a escasa distancia de donde se encontraba. El animal lanzó un grito de advertencia, que sus angustiados compañeros no percibieron. La gama se detuvo. De pronto observó algo muy extraño.
Ante ella advirtió un reducido grupo de ciervos machos, alrededor de media docena, que salieron apresuradamente de entre la maleza. Daba la impresión de que huían de un peligro. Pero al percibir el terror de las gamas y a los cazadores que les pisaban los talones, en lugar de unirse a las gamas los machos, tras unos segundos de vacilación, se precipitaron hacia los cazadores ejecutando unos espléndidos saltos, pasaron a través de aquéllos y se alejaron por el bosque antes de que los atónitos cazadores pudieran siquiera empuñar sus arcos. Todo ocurrió de forma tan rápida y mágica como inesperada.
Sin embargo, lo que más extrañó a la joven gama fue ver a su hermoso ciervo entre ellos. Era inconfundible. Cuando el animal pasó junto a ella y se alejó brincando hacia los árboles, la gama reconoció de inmediato sus astas y sus marcas. Durante unos momentos, justo antes de que se precipitaran contra los cazadores, el ciervo se volvió hacia la gama y ésta vio que la contemplaba con sus grandes ojos castaños.
La vieja líder había visto a los machos y su valeroso ataque contra los cazadores, pero no trató de seguirlos. En lugar de ello, a ciegas, sin saber qué hacer, condujo a sus compañeras y a sus crías en una huida hacia delante. La pálida gama siguió al resto de la manada hacia el este; la única vía que tenían abierta, hacia la trampa tendida por los cazadores.
Adela había asistido entusiasmada a la reunión de cazadores en Lyndhurst. Habían acudido destacados personajes procedentes de diversas mansiones señoriales, pero todos estaban supeditados a las órdenes de Cola. La finca real consistía en un reducido grupo de edificios de madera y una dehesa vallada que se ubicaba sobre una pequeña loma en el robledal.
Pero no lejos de allí, por el lado suroriental, el bosque quedaba interrumpido por una serie de claros antes de ceder paso a un vasto prado, más allá del cual se extendía el páramo. Cola los condujo hacia este prado para inspeccionar la gigantesca trampa.
Adela nunca había visto nada parecido. Era descomunal. En la entrada de la misma, rodeada de hierba, se alzaba una pequeña loma, como un montículo ideal para construir un castillo o una torre vigía en miniatura. A doscientos metros al sureste del montículo, se alzaba un cerro natural que se prolongaba a lo largo de un kilómetro en línea recta, flanqueado por el verde prado y el páramo de color pardusco. Todo ello resultaba impresionante. Pero en el extremo suroriental del cerro, que descendía lentamente hacia el valle, la mano del hombre había construido una extensión artificial del cerro, algo más baja que éste. En primer lugar, por el lado del prado interior, se veía una profunda zanja; luego un elevado terraplén coronado por una recia valla. Esta barrera se extendía a lo largo de un breve recorrido en línea recta. Luego, lentamente, comenzaba a curvarse hacia dentro, atravesando el prado en un punto donde una pequeña loma formaba una línea natural, para continuar hacia el oeste, a través de montes y claros, hasta describir una curva completa y prolongarse hacia la mansión. Éste era el recinto del parque de Lyndhurst.
—¡Es como una fortaleza en el Forest! —exclamó Adela. Una vez dentro de este recinto, los ciervos, incapaces de salvar la barrera, eran conducidos indefectiblemente hacia las redes de los cazadores.
—Hoy cobraremos un centenar de ciervos. —Edgar, el hijo menor de Cola, se había situado junto a éste durante la inspección. El asunto de los ciervos capturados dentro del recinto se llevaba con extremado rigor, según explicó. Del abundante número de animales que caían en la gigantesca trampa, a las gamas preñadas les perdonaban la vida, pero los machos y otras hembras eran sacrificados. Una vez que Cola había obtenido el centenar previsto, liberaban al resto de animales.
Adela se alegraba de hallarse junto al apuesto sajón. Como de costumbre, Walter la había dejado sola y cabalgaba junto a Hugh de Martell, con quien charlaba animadamente. Adela se preguntó si su primo le presentaría al normando y dedujo que no lo haría.
—¿Conoces al hombre con quien conversa mi primo? —preguntó Adela a Edgar.
—Sí. Pero muy poco. Es de Dorset, no del Forest. —Edgar dudó unos instantes antes de apostillar—: Mi padre lo tiene en muy alta consideración.
—¿Y tú? —inquirió Adela sin apartar los ojos de Martell.
—Ah, pues… —repuso Edgar con tono incómodo—. Es un caballero normando muy importante.
Adela miró a Edgar. ¿Qué había querido decir? ¿Que no sentía ningún aprecio por los normandos? ¿Que consideraba arrogante a Martell? ¿Que estaba algo celoso del caballero?
En el prado, junto al montículo, se había congregado un gran número de gente. Aparte de los jinetes había unos hombres que conducían unos caballos de repuesto, otros con unos carros para llevarse los despojos y otros que habían acudido simplemente como mirones. Una figura atrajo la atención de Adela. Se dirigía hacia un carro repleto de fragmentos de cercado: era un hombre fornido, con las cejas muy pobladas y los hombros encorvados, que a Adela se le antojó más parecido a un recio árbol del bosque que a un ser humano. No obstante, cuando éste pasó junto a ellos, Edgar lo saludó y el campesino le devolvió el saludo con una leve inclinación de cabeza. Adela se preguntó quién sería.
Pero no tuvo tiempo de pensar en ello, pues en aquellos instantes Cola hizo sonar su cuerno de caza y dio comienzo la gran batida de ciervos.
En rigor se trataba de varias batidas. La zona que rodeaba Lyndhurst se dividía en varios sectores; los cazadores, organizados en grupos, estaban perfectamente coordinados con el fin de cubrir una amplia zona en cada sector y conducir el mayor número de ciervos hacia el centro. Era una labor minuciosa; los ciervos podían resistírseles o escapar por los límites externos. Después de batir un sector, Cola enviaba a los jinetes a otro y así sucesivamente hasta que decidía que habían cobrado suficientes piezas.
Aunque algunos ciervos se escapaban por el bosque, a medida que se aproximaban a la gigantesca trampa disminuían sus posibilidades de huir. Al mirar a su alrededor, Adela observó otros terraplenes más pequeños y unas cercas que partían de la entrada, de forma que a medida que los ciervos de cada sector se aproximaban penetraban en una especie de túnel que se estrechaba hacia la entrada de la trampa. Era difícil no admirar un invento tan ingenioso.
Después de hacer sonar su cuerno de caza, Cola subió a la cima del montículo para observar, como un general, toda la operación. Los jinetes tenían sus instrucciones. Para disgusto de Adela, Edgar los abandonó antes de que ella partiera acompañada tan sólo por Walter y otros cuatro jinetes.
No ocupaban un puesto destacado en la cacería. La primera batida se llevó a cabo en el sector suroriental. Ahí el páramo que se extendía más allá del recinto del parque formaba una amplia explanada de unos cuatro kilómetros hacia el sureste, surcada por largos tramos de monte que constituían una prolongación del frondoso bosque que crecía en el otro extremo. Al tiempo que los jinetes conducían a los ciervos hacia el recinto desde esas zonas boscosas, tenían que desplegarse en una línea desde el recinto para impedir que se escabullera algún animal en el último momento. Probablemente, pensó Adela, ella y sus acompañantes no tendrían que hacer nada en absoluto. Mientras las partidas de jinetes desaparecían en el lejano bosque, la joven se preparó para la larga espera.
Al cabo de un rato, Adela, por decir algo, preguntó a Walter de qué había hablado con Martell.
—De nada especial —repuso su primo con cara de fastidio. Tras un largo silencio añadió—: Por si te interesa, me preguntó por qué había traído a una mujer a la cacería.
—¿Es que no le pareció bien?
—No.
¿Sería cierto o se lo había inventado Walter para enojarla? Adela observó con calma el rostro de su primo durante unos momentos y dedujo que había dicho la verdad. La joven sintió un arrebato de rabia contra el arrogante normando. ¡De modo que sí se había fijado en ella!
El tiempo transcurrió con lentitud, pero no dijeron nada más. En un par de ocasiones, Adela oyó un clamor procedente del bosque, tras lo cual volvió a hacerse el silencio. Hasta que, por fin, vio aparecer algo a lo lejos, a su derecha, en el borde del páramo.
Un pequeño grupo de ciervos salió de su refugio. Eran unos ocho. A pesar de la distancia, Adela pudo contarlos con claridad. Los animales avanzaron hacia el páramo y echaron a correr en zigzag. Al cabo de unos segundos aparecieron tras ellos tres jinetes, seguidos por otros dos, a galope tendido, desplazándose hacia la derecha para cortarles la retirada a los animales por ese flanco. Luego aparecieron otros dos jinetes, los cuales avanzaron a galope por el otro flanco. Al presentir ambos movimientos, los ciervos echaron a correr a través del páramo hacia ellos.
Era asombrosa la velocidad a la que corrían: los ciervos, a pesar de sus pausas y giros inesperados, recorrieron el espacio que les separaba del grupo de Adela en un par de minutos, perseguidos por los jinetes. Echaron a correr como una exhalación a través del páramo, viraron bruscamente y pasaron frente al montículo con tal destreza que era difícil no prorrumpir en aplausos. Minutos más tarde apareció otro grupo, esta vez con una manada de dos docenas de animales, seguido de otro, y otro más. Adela y sus acompañantes sólo tuvieron que gritar y agitar los brazos en una ocasión para distraer a unos ciervos que habían logrado escabullirse. La cacería estaba perfectamente organizada. Cuando los cazadores se reunieron de nuevo, había más de setenta ciervos atrapados en el inmenso recinto.
Poco después, Cola anunció que a continuación batirían el monte situado sobre Lyndhurst. Adela se alegró cuando al cabo de unos momentos Edgar se acercó a ella y comentó sonriendo:
—Esta vez tú y Walter vendréis con mi grupo.
Adela no sabía cuánto tiempo cabalgaron a través del monte hasta llegar a un claro donde Edgar dijo que debían detenerse y esperar allí. Adela había oído a otros grupos de cazadores dando voces entre los árboles y había observado que Edgar se mostraba tenso sobre su silla de montar; no obstante, se quedó atónita cuando, a menos de treinta metros frente a ella, la pequeña manada de gamas y cervatos salió estrepitosamente entre los árboles e irrumpió en el claro. Durante unos segundos, Adela se quedó tan estupefacta como los animales. Cuando éstos dieron media vuelta y se alejaron, Adela se percató de que una de las jóvenes gamas presentaba un colorido más pálido que las otras. Luego, sin cesar de vocear, la partida de cazadores se lanzó en persecución de los ciervos y al cabo de unos momentos penetró en un bosquecillo.
Como se había quedado un poco rezagada, Adela pudo observar con toda claridad lo que sucedió a continuación. Un grupo de ciervos macho apareció de improviso a su derecha, seguido por otra partida de cazadores, al frente de la cual cabalgaba Hugh de Martell. Los ciervos eran jóvenes. Al ver a los cazadores vacilaron unos segundos.
Pero ¿quién pudo haber imaginado su siguiente movimiento? Los cazadores se quedaron pasmados cuando los ciervos dieron media vuelta y pasaron a toda velocidad a través de ellos. Incluso Martell se quedó boquiabierto. El orgulloso normando había sido humillado por unos jóvenes ciervos. Adela tiró de las riendas de su montura y soltó una carcajada.
—¡Vamos!
La irritada exclamación de Walter recordó a Adela su deber y se apresuró a alcanzarlos. Los dos grupos se habían unido para formar una sola partida; Edgar, Walter y Hugh de Martell cabalgaban juntos. Era indudable que dirigían la batida con extraordinaria precisión. Por más que los ciervos trataron de escabullirse virando en una y otra dirección, no tenían posibilidad de escapar. Otros grupos de ciervos perseguidos por unas partidas de cazadores se unieron a ellos en dos ocasiones mientras galopaban hacia Lyndhurst, de forma que al cabo de un rato, Adela casi era capaz de identificar a la pequeña manada con la que corría la pálida gama entre docenas de formas que brincaban airosas. Era una bonita gama, pensó Adela. Quizá fuera cosa de su imaginación, pero la joven gama le parecía distinta del resto. Y aunque sabía que era absurdo, no podía menos que lamentar que un animal tan hermoso estuviera a punto de ser sacrificado.
Adela notó que Edgar se volvía varias veces para mirarla y en una ocasión tuvo la certeza de que Hugh de Martell también la observaba. ¿Quizá con expresión de reproche?, se preguntó Adela. Pero aunque la joven no le quitaba ojo, el normando no volvió a fijarse en ella. Entretanto, la cacería adquirió un ritmo más veloz. Los jinetes cabalgaban a galope tendido.
—Lo haces muy bien —le dijo Edgar para animarla.
Los próximos minutos fueron de lo más emocionante para Adela. Todo pasó a la velocidad del rayo. Los cazadores no cesaban de gritar; ella no estaba segura de haberse unido al coro de voces. Apenas era consciente del transcurso del tiempo, ni de dónde se encontraban, mientras perseguían a los ágiles ciervos. En un par de ocasiones, Adela observó que Edgar y Hugh de Martell mostraban una expresión tensa, alerta. Pese a haber perdido a los jóvenes ciervos, debían de sentirse satisfechos de sí mismos. Éste era el grupo más numeroso de ciervos que habían capturado aquel día. ¡Pero qué aspecto tan duro y feroz tenían!
Ella compartía su júbilo. Quizá fuera cruel matar a los ciervos, pero en todo caso necesario. Era la ley de la naturaleza. Los seres humanos tenían que comer carne. Dios les había concedido los animales para tal fin. No podía ser de otro modo.
Adela vislumbró, a través de los árboles, el pabellón real de caza. Adela casi no podía creer que estuvieran en Lyndhurst. Los jinetes no habían podido evitar que la manada se dividiera y que un grupo de gamas, en el que se hallaba la pálida gama, hubiera huido hacia un claro. Martell y algunos de los otros se lanzaron tras los animales para acorralarlos.
En aquel momento, al volverse hacia la izquierda, Adela se fijó en Walter.
Le había rebasado sin darse cuenta. Walter cabalgaba a galope tendido para adelantarla cuando alcanzaran la trampa. En el instante en que Walter se situó junto a ella, Adela contempló su perfil y, pese a al entusiasmo que la embargaba, experimentó un súbito escalofrío.
Su primo aparecía concentrado, con las mejillas arreboladas. De alguna forma —incluso ahora— su cara de dogo faldero tenía un aspecto pomposo y pagado de sí mismo. Pero fue otro rasgo lo que aturdió a Adela. Su crueldad. Su rostro no había adquirido la dureza que mostraba el de Edgar, sino una expresión de lujuria, de afán de matar. Parecía como si babeara tras devorar un copioso festín. Durante un extraño momento, Adela tuvo la impresión de que el acalorado rostro de su primo, con su ridículo bigotito, hubiera avanzado flotando hasta quedar suspendido sobre los ciervos, que contemplaba con avidez.
Era una crueldad, por más que fuera necesario. Uno no podía cerrar los ojos ante la realidad: la batida de Cola perfectamente organizada, la gigantesca trampa, el siniestro aparato de madera de los muros erigidos en el bosque, las redes, el sacrificio de los animales… No uno, ni diez, sino ciervo tras ciervo hasta haber conseguido un centenar. Era cruel matar a tantos ciervos.
Pero era demasiado tarde para pensar en eso. Los árboles aparecían más dispersos, y a través de ellos, Adela divisó el elevado montículo sobre el que aguardaba Cola. Frente a él había apostada una hilera de hombres que gritaban y gesticulaban para obligar a los ciervos a dirigirse hacia la entrada de la trampa. Los primeros ciervos estaban casi sobre ellos, seguidos a corta distancia por los jinetes. A la izquierda de Adela aparecieron las gamas que se habían escabullido, perseguidas por Martell. Los animales pasaron frente a ella como una exhalación. Adela reparó en la pálida gama. Era la última. Todos los animales dieron la vuelta y pasaron frente al montículo sobre el que se hallaba Cola. Adela observó que a pocos metros del montículo, en la pradera situada entre éste y los pies del cerro, había unas pocas personas que observaban la escena. Los ciervos, que se dirigían hacia la trampa acorralados por los jinetes, desfilaron ante ellos, ajenos a lo que se avecinaba. La pálida gama se había quedado algo rezagada. Después de virar, dudó unos instantes antes de penetrar en la trampa mortal.
En ese momento Adela hizo algo muy extraño.
No sabía por qué; apenas reparó en lo que hacía. De pronto espoleó a su caballo y se lanzó a galope, rebasando a Walter, tras lo cual tiró de las riendas de su montura para obligarla a girar, pasó frente a su primo y se dirigió hacia la pálida gama. Adela oyó a Walter gritar una palabrota, pero no hizo caso. Media docena de pasos y casi alcanzó a la pálida gama; otro segundo después ya se había situado entre ésta y la manada. Adela oyó un clamor a sus espaldas, pero no se volvió. Asustada, la gama trató de zafarse. Adela espoleó de nuevo a su caballo, empujando a la gama, obligándola a seguir avanzando para alejarla de la trampa. El recinto del parque se hallaba a pocos metros. Era preciso conseguir que el animal se mantuviera a la izquierda del mismo.
De pronto, con un frenético salto, la pálida gama hizo lo que Adela quería. Al cabo de unos segundos, ante el estupor de los todos los presentes, Adela y el animal atravesaron a toda velocidad el prado situado entre el montículo y el cerro y se dirigieron hacia el páramo.
—Vete —murmuró Adela mientras la pálida gama huía hacia el páramo—. ¡Vete! —gritó mientras corría tras ella—. ¡Aléjate!
Adela sabía que los cazadores perseguían al animal con sus arcos. La joven, demasiado turbada y asustada para volverse, azuzó a la pequeña gama hasta que ésta echó a correr a través del páramo hacia el monte situado junto al mismo. Adela siguió a la gama a galope tendido, sin quitarle ojo, hasta que la vio alcanzar los árboles.
Pero ¿qué podía hacer ahora? Estaba sola en medio del páramo. Cuando por fin se volvió comprobó que nadie la seguía. La línea del cerro y el recinto del parque parecía desierta. Todos se hallaban en el otro lado. Adela ya no percibía el vocerío de los cazadores, sólo el ligero silbido de la brisa. Tiró de las riendas para que su montura volviera la cabeza. Sin saber muy bien lo que quería, Adela avanzó a través del páramo. El recinto del parque quedaba a su derecha. Cuando éste se curvó hacia el oeste, ella dobló en esa dirección, conduciendo a su caballo hacia el bosque situado medio kilómetro más abajo que el muro. Al poco penetró en un amplio claro. El mullido suelo estaba tapizado de hierba y musgo. Seguía estando sola.
O casi. El individuo estaba de pie junto al tocón de un árbol que se había caído. Era inconfundible: la espalda encorvada, las pobladas cejas. A menos que ese hombre del Forest de cuerpo retorcido tuviera un hermano gemelo, era el mismo que Adela había visto hacía poco. Pero ¿cómo había llegado hasta allí? Era un misterio. El hombre la observó en silencio mientras Adela avanzaba por el claro, aunque era imposible adivinar si su expresión era de aprobación o censura.
Recordando lo que había visto antes, Adela alzó la mano y lo saludó como lo había hecho Edgar. Pero esta vez el hombre no correspondió a su saludo con una inclinación de cabeza y Adela recordó haber oído decir que las gentes del Forest no siempre acogían con simpatía a los extraños.
Después de ese encuentro, Adela siguió cabalgando durante una hora. No le apetecía regresar a Lyndhurst. Imaginaba la bienvenida que le dispensarían: el rostro furioso de Walter, el desdén de los cazadores, Hugh de Martell… ¿Quién sabe lo que pensaría de ella? Era demasiado; Adela no quería volver allí.
Siguió cabalgando por el bosque. No sabía con exactitud dónde se encontraba aunque, a juzgar por el sol, se dirigía hacia el oeste. Al cabo de un rato, Adela calculó que la aldea de Brockenhurst debía quedar a su derecha, pero como no deseaba que la vieran siguió avanzando por el camino del monte. Más tarde optó por regresar a la mansión de Cola. Con suerte entraría discretamente antes de que llegaran los otros, sin atraer la atención.
Por tanto, Adela no sabía si alegrarse o disgustarse cuando al cabo de unos momentos, mientras trataba de decidir qué sendero tomar de los dos que había ante ella, oyó una exclamación alborozada y al volverse vio la airosa figura y el afable semblante de Edgar, que se dirigía al trote hacia ella.
—¿No te han dicho que no debes cazar tu sola a un ciervo? —le preguntó Edgar riendo.
Adela comprobó que se alegraba de encontrárselo.
Edgar no hablaba un francés fluido, pero era pasable. Gracias a la nodriza que había tenido de pequeña y a un oído natural para los idiomas, Adela había comprobado que era capaz de hacerse entender por esos ingleses. Por consiguiente, podía comunicarse con Edgar con bastante facilidad. Al poco, éste aclaró sus dudas.
—Fue Puckle quien me indicó que te dirigías al sur —explicó Edgar cuando Adela le preguntó cómo había dado con ella—. Y como no te había visto nadie en Brockenhurst, supuse que andarías por aquí.
De modo que aquel individuo deforme se llamaba Puckle.
—Me pareció muy misterioso —comentó Adela.
—Sí —repuso Edgar sonriendo—. Lo es.
Luego, cuando ella le confesó su reticencia a regresar a Lyndhurst, Edgar la tranquilizó.
—Nosotros seleccionamos a los ciervos. De habérselo pedido, mi padre te habría cedido gustoso la bonita gama. —Tras lo cual añadió sonriendo—: Pero debes pedírselo.
Adela sonrió con tristeza al imaginarse suplicando a Cola delante de los otros cazadores que perdonara la vida a la gama, pero Edgar, al adivinar sus pensamientos, dijo con suavidad:
—Comprendo que es preciso matar a los ciervos, pero me repugna hacerlo. —Edgar guardó silencio unos instantes—. Es la forma en que caen, tan airosa. Sus espíritus les abandonan en el momento de morir. Todo el que ha matado a un ciervo lo sabe. —Lo dijo con tal sencillez y sinceridad, que Adela se sintió conmovida—. Es sagrado —concluyó Edgar como si no hubiera nada más que añadir.
—Me pregunto si Hugh de Martell opina lo mismo —comentó Adela tras una pausa.
—Quién sabe —repuso Edgar encogiéndose de hombros—. Tiene una mentalidad distinta de nosotros.
No. Era más brusco. Un orgulloso terrateniente normando no tenía tiempo para andarse con contemplaciones.
—No cree que yo debería haber participado en la cacería. Supongo que tu padre está de acuerdo con él.
—Mis padres iban a cazar juntos —repuso Edgar con suavidad—, cuando mi madre vivía.
Adela imaginó al instante a la atractiva pareja cabalgando airosamente a través de los claros del bosque.
—Un día espero hacer lo mismo —agregó Edgar con dulzura—. Vamos —concluyó sonriendo—, regresaremos a través del páramo.
Al rato de cabalgar por el sembrado de hierba que discurría por el borde del páramo, los dos jinetes llegaron a la aldea de Oakley y vieron a Godwin Pride afanándose en mover su cerca, ilegalmente, a plena luz del día.
—Maldita sea —murmuró Edgar entre dientes. Pero era demasiado tarde para evitar el encuentro con Pride. Lo había pillado con las manos en la masa.
Godwin Pride se irguió cuan alto era: con su poderoso torso y su espléndida barba, parecía un cabecilla celta encarándose con el recaudador de impuestos. Y, como buen celta, sabía que cuando tenías las de perder lo mejor era mentir. A la pregunta de Edgar: «¿Qué haces, Godwin?», éste contestó sin inmutarse: «Reparar la cerca, como puedes ver.» Era una mentira tan descarada que durante unos instantes Edgar estuvo a punto de echarse a reír. Pero, por desgracia, ése era un asunto muy serio.
—Has movido la cerca.
Pride meditó antes de responder.
—Estaba más lejos —contestó con frialdad—, pero hace años la instalamos más acá. No necesitamos tanto espacio.
La desfachatez de ese hombre era increíble.
—¡Pamplinas! —le espetó Edgar—. Ya conoces la ley. Es un delito de purpresture. Esto puede llevarte a los tribunales.
Pride lo miró, como habría mirado a una mosca antes de aplastarla.
—Ésa es una palabra normanda. No sé lo que significa. Pero supongo que tú sí lo sabes —añadió.
Edgar encajó la pulla sonrojándose.
—Es la ley —afirmó con tristeza.
Godwin Pride siguió mirándolo de hito en hito. Edgar no le desagradaba como persona, pero la noble colaboración del sajón con los normandos era prueba de que Edgar era un extraño.
No podía decirse que los antepasados de Cola fueran unos extraños. Pero ¿cuándo habían llegado al Forest? ¿Hacía doscientos, trescientos años? Las gentes del Forest no se acordaban. Pero por mucho tiempo que llevara allí su familia, no era suficiente. Pride no pudo por menos que reconocer ese hecho para sus adentros cuando, sorprendentemente, la joven normanda terció en el asunto.
—Pero no fueron los normandos quienes la propugnaron. Esta tierra estaba sometida a la ley forestal ya en tiempos del rey Canuto.
Adela conocía el anglosajón lo suficiente como para entender buena parte de la conversación. No le había gustado la grosería con que ese individuo había tratado a Edgar y, puesto que era una noble normanda, decidió pararle los pies. A pesar de su brutalidad, Guillermo el Conquistador había tenido la astucia de demostrar en todo momento que respetaba las antiguas tradiciones de su nuevo y conflictivo reino, por lo que las quejas de ese campesino eran intolerables. Adela lo observó con expresión de desafío.
Curiosamente, Pride se limitó a asentir con aire hosco.
—¿Usted cree eso? —preguntó.
—Existe una cédula que lo demuestra, buen hombre —afirmó Adela con cierta importancia.
—Ya. ¿De modo que está escrito?
¡Cómo se atrevía el muy desvergonzado a emplear ese tono irónico!
—En efecto.
Adela se sentía orgullosa de saber leer correctamente y de poseer algunos estudios. Si un escribano le explicaba el contenido de un documento, ella sin duda lo entendería.
—Yo no sé leer —replicó Pride con una sonrisa impertinente—. No es necesario.
Tenía razón, por supuesto. Un hombre podía dirigir una explotación agrícola, regentar un molino, administrar importantes propiedades, incluso ser rey sin necesidad de saber leer ni escribir. Ya estaban los escribanos para redactar documentos. Este pequeño e inteligente terrateniente no tenía ningún motivo para aprender a leer. Pero Pride no había terminado.
—No creo que haya muchos ladrones que sepan leer —añadió con calma.
¡Santo cielo, este hombre se había propuesto ofenderla! Adela miró a Edgar confiando en que saliera en su defensa, pero el joven parecía turbado.
—No recuerdo haber oído hablar de ninguna cédula, ¿y tú, Edgar? —preguntó Pride mirándole directamente a la cara.
—Eso ocurrió antes de que yo naciera —repuso el sajón con tono quedo.
—Sí. Será mejor que se lo preguntes a tu padre. Si existe, seguro que habrá oído hablar de ello.
Se produjo una pausa.
Adela empezó a comprender adonde quería ir a parar el tal Pride.
—¿Pretende usted decir —preguntó pausadamente— que el rey Guillermo mintió sobre las leyes forestales del rey Canuto? ¿Qué la cédula es falsa?
—¿De veras? —replicó Pride fingiendo asombro—. Pero ¿es posible que hagan eso?
Adela calló. Luego asintió lentamente.
—Lo lamento —se limitó a decir—. No lo sabía.
Adela apartó los ojos de Pride y contempló la porción de terreno del que éste acababa de apropiarse. Ahora lo comprendía. No era de extrañar que el hombre se mostrara quisquilloso cuando Edgar y ella lo pillaron tratando de recuperar, legítima o ilegítimamente, unos palmos de la heredad que él consideraba que le habían arrebatado.
Adela se volvió hacia Edgar y sonrió.
—Yo no diré una palabra si tú no lo haces —dijo en francés, pero sospechaba que Pride, que no les quitaba ojo, había captado lo que ella había dicho.
Edgar parecía sentirse incómodo. Pride le observaba con atención. Al cabo de unos momentos, Edgar meneó la cabeza.
—No puedo —murmuró en francés. Luego se dirigió hacia Pride en su lengua nativa—: Vuelve a colocar la cerca donde estaba, Godwin. Hoy. Te estaré vigilando. —Tras lo cual indicó a Adela que debían marcharse.
A Adela le habría gustado decirle algo a Pride, pero comprendió que era mejor abstenerse.
—No quiero regresar a Lyndhurst, Edgar —declaró al cabo de unos minutos, cuando el pequeño terrateniente y su familia habían desaparecido de la vista—. No me siento capaz de enfrentarme a esos cazadores. ¿No podríamos regresar a casa de su padre?
—Hay un camino poco concurrido —repuso Edgar asintiendo con la cabeza.
Después de recorrer unos cuatro kilómetros la condujo a través de un bosque hasta un pequeño vado, y al poco llegaron a un páramo, que atravesaron conduciendo su caballo al paso. Luego enfilaron por un sendero que conducía hacia el oeste hasta que, a última hora de la tarde, descendieron del Forest y llegaron al plácido y frondoso valle del Avon.
Al cabo de un rato llegaron al límite del bosque por el que casualmente había pasado Puckle, quien había ido a hacer un recado, y al llegar a la aldea de Pride éste se apresuró a referirle la historia.
—¿Quién es esa joven normanda? —inquirió el pequeño terrateniente. Puckle se lo dijo y le relató el incidente de la pálida gama.
—¿Qué salvó a una cierva? —Pride sonrió con melancolía—. ¡Ojalá me la hubiera traído! —agregó con un suspiro de resignación—. ¿Crees que volveremos a verla? —preguntó a Puckle.
—Quizá.
Pride se encogió de hombros.
—Supongo que no es mala chica —comentó sin mucho convencimiento—, por ser normanda.
Pero la suerte de Adela dependía de unos jueces mucho más severos que Pride y Puckle, según constató al anochecer de aquel día.
—Una desvergonzada. No hay otra palabra para describirte —tronó Walter. La luz crepuscular dibujaba unas sombras violáceas bajo sus ojos un tanto saltones—. Te has puesto en ridículo delante de todos los cazadores. Has echado tu reputación por tierra. ¡Me has avergonzado! Si crees que voy a encontrarte marido después de comportarte como…
Walter calló unos momentos, incapaz de hallar las palabras adecuadas.
Adela palideció de asombro y de rabia.
—Quizá —replicó con tono gélido— no te sientas capacitado para encontrarme marido.
—Digamos que tu presencia no ayuda. —Walter contrajo su bigotito y sus negras cejas en un gesto de contenida ira que resultaba francamente amenazador—. Creo que es mejor que desaparezcas durante un tiempo —continuó—, hasta que estemos preparados para explorar otro terreno. Opino que es preferible, ¿estás de acuerdo? Entretanto, te aconsejo que medites con calma sobre tu conducta.
—¿Que desaparezca? —preguntó Adela alarmada—. ¿A qué te refieres?
—Ya lo verás —le aseguró su primo—. Mañana.
Un inmenso silencio bañado por el sol de una tarde estival: era el tiempo de veda, cuando, para asegurarse de que los ciervos parieran tranquilamente, los campesinos retiraban todos sus animales de los pastos del Forest; después de lo cual la zona, más que nunca, parecía regresar a los tiempos pasados en que sólo unas pocas bandas de cazadores furtivos rondaban por los eriales. Era una época de sosiego, cuando sobre los páramos se proyectaba una gigantesca luz y debajo de los robles unas sombras de color verde intenso como las algas de los ríos.
El gamo avanzó con sigilo a través de las moteadas sombras, procurando mantener la cabeza hacia atrás. Su pelaje estival, de color tostado cremoso con manchas blancas, constituía un camuflaje perfecto. Y hermoso. Pero el animal no se sentía hermoso, sino torpe y cohibido.
A lo largo de los siglos se ha ido observando el cambio que se produce en la psicología de los gamos macho en verano. En primavera, primero el ciervo común y aproximadamente al cabo de un mes el gamo, mudan las astas. Primero se desprende un asta y luego la otra, dejando un muñón, o pedicelo, abierto y por lo general sangrante. Durante los días sucesivos, el joven gamo se siente indispuesto y se deja avasallar por otros ciervos. Ésa es la naturaleza de los animales. Al igual que cuando se renuevan los dientes, sus nuevas astas ya han empezado a formarse, pero no se desarrollan del todo hasta al cabo de varios meses. De modo que, aunque luzca su flamante pelaje estival, el joven gamo se siente desposeído de su adorno, o sea su cornamenta, y por tanto desnudo, indefenso, avergonzado.
No es de extrañar que vague solo por el monte.
Aun así, no permanece inactivo. Lo primero que la naturaleza le ordena hacer en silencio es buscar las sustancias químicas que necesita para fabricar sus nuevas astas. Eso significa calcio. Y el lugar idóneo para buscarlo son sus viejas astas. El joven gamo las mordisquea con sus incisivos. Luego, mientras se alimenta de la abundante vegetación estival y vive recluido, debe esperar paciente a que el nuevo tejido óseo, que asimila los nutrientes a través de los vasos sanguíneos desde los pedicelos, se desarrolle lentamente, se ramifique y extienda. Las nuevas astas son muy delicadas; con el fin de suministrar sangre, desarrollan asimismo una cubierta de piel vascularizada, suave como terciopelo, por lo que durante esos meses se dice que el joven gamo está «en terciopelo». Consciente de que debe evitar a toda costa que sus preciosas astas sufran algún daño, el solitario ciervo camina por el monte con la cabeza erguida e inclinada hacia atrás, con sus aterciopeladas astas reposando sobre los hombros, a fin de evitar que se enreden en las ramas, una actitud mágica que ha sido ilustrada con frecuencia a lo largo de los siglos, desde las pinturas rupestres hasta los tapices medievales.
El gamo se detuvo. Aunque temeroso de ser visto, sabía que lo peor de su humillación anual había pasado. Las aterciopeladas astas habían adquirido la mitad de su tamaño normal y el animal era consciente de los primeros indicios del cambio químico y hormonal que, dentro de dos meses, le transformaría en el magnífico ejemplar de cuello recio que se erigirá en héroe en la época del celo.
El gamo se detuvo al ver algo que le llamó la atención. Desde la línea de árboles por la que caminaba arrancaba un brezal, de aproximadamente un kilómetro de ancho, que se extendía hasta una pequeña colina sembrada de abedules plateados donde el brezo violeta cedía paso a un césped verde enmarcado por el monte. El gamo vio a unas hembras sobre el césped, reposando al sol.
El gamo había reparado en la pálida gama durante la última época de celo. En primavera la había visto de nuevo, cuando él había logrado escapar de los cazadores. Había supuesto que éstos la habían matado, pero al poco tiempo había vuelto a verla, de lejos, y el hecho de saber que estaba a salvo le había producido una extraña alegría. Ahora, al encontrarse de nuevo con ella, el gamo se detuvo para observarla.
La gama se le acercaría durante la época del celo. Estaba tan seguro de ello como que el sol lucía en lo alto; se lo decía el mismo instinto que le decía que sus astas crecerían y su cuerpo se transformaría en consonancia con ellas. Era inevitable. El gamo observó durante largo rato la menuda y pálida figura de la gama descansando sobre el césped. Luego prosiguió su camino.
No sabía que otros ojos observaban también a la gama.
Cuando Godwin Pride había partido aquella mañana, su esposa, al observar la expresión de su rostro, había tratado de detenerlo. La mujer había utilizado varios pretextos —que el techo del establo de las vacas precisaba repararse, que creía haber visto a un zorro merodeando por el gallinero—, pero había sido inútil. Godwin había partido a media mañana sin siquiera llevarse a su perro. A su esposa no le había dicho una palabra sobre lo que se proponía. De haberlo sabido, ésta probablemente habría llamado a los vecinos para que se lo impidieran. Ni tampoco había visto que, instantes después de salir de la casa, Godwin había tomado un arco que estaba oculto en un árbol.
Godwin llevaba dos meses esperando esta oportunidad. Desde su encuentro con Edgar, su comportamiento había sido modélico. Había vuelto a colocar la cerca en su lugar habitual. Había traído a sus vacas del Forest dos días antes de la época de veda. Al notar que Col observaba a su perro con cierto recelo, Godwin se había presentado al día siguiente en el pabellón de caza de Lyndhurst. Por eso utilizaban un aro de metal que llamaban el estribo: si un perro no era lo bastante pequeño para pasar a través del mismo, le cortaban las garras delanteras para que no pudiera herir a un ciervo del rey. Pride había insistido en que hicieran pasar a su perro a través del estribo. «Para asegurarnos de que es legal», había dicho con una sonrisa encantadora mientras el can pasaba a través del aro tal como exigía el reglamento. Pride había extremado las precauciones. Había tenido que esperar también a que las condiciones meteorológicas fueran favorables, esto es, hasta hoy, cuando al fin se había levantado una leve brisa procedente de un lugar insólito.
Quizá no lograra recuperar su campo, pero estaba decidido a conseguir algo de esos ladrones normandos. Sería un pequeño gesto personal en favor de la libertad, o de su obcecación, como diría su esposa. Satisfecho como un niño que está a punto de emprender una aventura prohibida, el hombre alto que caminaba con un curioso balanceo avanzó a través del bosque. Si lo atrapaban, las consecuencias serían terribles: perdería una mano, o quizá la vida. Pero no le atraparían. Pride se rió para sus adentros. Lo tenía todo perfectamente calculado.
A mediodía, Pride ocupó el lugar que había elegido con esmero: un pequeño puesto de observación junto a unos árboles, una depresión oculta en la que podía tumbarse para no ser visto mientras observaba si alguien se acercaba. Pride había estudiado con atención las costumbres de sus presas.
Poco después de mediodía, tal como había calculado Pride, éstas habían aparecido y, gracias al cambio en la dirección del viento, no habían percibido su olor.
Pride no se había movido. Durante más de una hora se había limitado a observar con paciencia. Luego, tal como había previsto, había visto a uno de los hombres de Cola conducir su caballo al paso y en silencio a través del páramo, a un kilómetro de distancia. Pride había dejado transcurrir otra hora. No había aparecido nadie.
Ya había elegido a su presa. Necesitaba una pequeña gama que pudiera transportar rápidamente sobre sus anchos hombros de regreso a su escondrijo. Aquella misma noche regresaría a por ella con una carretilla. El resplandor de la luna le permitiría sortear los obstáculos a través del oscuro sendero del bosque. En esta pequeña manada había varias hembras; una era más pálida que las otras.
Pride apuntó contra la gama.
Durante los primeros días, Adela no daba crédito a lo que Walter le había hecho.
Si las aldeas de Fordingbridge y Ringwood, situadas junto al río Avon que discurría a lo largo del límite occidental del Forest, eran poco más que unos villorrios, la población ubicada en el estuario meridional del río era más importante. En este lugar, el Avon, al que se unía otro río procedente del oeste, desembocaba en un amplio y resguardado puerto, un antiguo poblado en el que los hombres habían pescado y comerciado desde hacía más de mil años. Los sajones habían puesto al poblado el nombre de Twyneham, y el inmenso territorio formado por prados, marjales, montes y páramos que partía de él y se extendía a lo largo de varios kilómetros por el límite suroccidental del Forest era desde hacía tiempo propiedad real. Durante los dos últimos siglos, gracias a una serie de modestas fundaciones religiosas que habían establecido allí los monarcas sajones, la aldea había pasado a llamarse Christchurch. Se había convertido en una pequeña población fortificada con un baluarte. Hacía cinco años, Christchurch había adquirido mayor importancia cuando el canciller del rey había decidido reconstruir la iglesia del priorato a mayor escala. Ya habían comenzado las obras junto al río.
Sin embargo, no era más que eso: una pequeña población junto al mar, con un terreno en el que iban a construir una iglesia.
Y él la había dejado allí. No con un caballero: en Christchurch no había ningún castillo ni siquiera una mansión feudal. Ni siquiera contaba con algún personaje de cierta relevancia. Sólo cuatro de los canónigos más decrépitos del priorato habían seguido residiendo allí mientras duraban las obras. Él la había dejado allí en casa de un vulgar comerciante cuyo hijo elaboraba harina en el molino del priorato.
—He tenido que pagarle, ¿sabes? —le había explicado Walter irritado.
—Pero ¿cuánto tiempo tengo que permanecer aquí? —había preguntado ella.
—Hasta que yo venga a buscarte. Dentro de uno o dos meses.
Tras estas palabras, Walter había partido a caballo.
Lo cierto era que la habitación que ocupaba Adela podía haber sido peor. La vivienda del comerciante consistía en varios edificios de madera construidos en torno a un pequeño patio, y a Adela le había asignado un dormitorio situado sobre un almacén junto al establo. Estaba inmaculado y Adela tuvo que reconocer que no habría estado más cómoda en una mansión señorial.
Su anfitrión no era mal hombre. Nicholas de Totton procedía de una aldea de ese nombre situada a treinta kilómetros en el límite oriental del Forest; era un burgués que en Christchurch poseía tres casas, unos campos, un huerto y una pescadería de salmón. Aunque debía de tener más de cincuenta años, conservaba un cuerpo esbelto y casi juvenil. Sus ojos grises y plácidos sólo adquirían una expresión colérica cuando alguien hacía un comentario cruel o jactancioso. Era un hombre de pocas palabras pero Adela observó que, con sus hijos menores, mostraba un sentido del humor amable y jovial. Tenía siete u ocho hijos. Adela supuso que debía de ser muy aburrido estar casada con un hombre como él, pero su esposa parecía sentirse más que satisfecha. Fuera como fuere, a Adela la familia Totton le tenía sin cuidado.
No tenía nadie con quien hablar ni nada que hacer. El lugar donde habían comenzado a construir la nueva iglesia del priorato, un hermoso paraje junto al río, era un desastre. Habían derribado la vieja iglesia y dentro de poco habría docenas de albañiles afanándose en levantar la nueva, según le habían informado. Pero en estos momentos estaba desierto. Un día, Adela había dado un paseo a caballo hasta el promontorio que protegía el puerto. Era un lugar muy apacible. Sobre las aguas se deslizaban unos cisnes; no lejos de allí, unos caballos salvajes pastaban en las marismas. Al otro lado del promontorio, por el oeste, se extendía una gigantesca bahía, y al este las pequeñas colinas de grava de la costa del New Forest se extendían durante varios kilómetros hasta alcanzar el canal del Solent, desde donde se divisaban los elevados riscos cretácicos de la isla de Wight. Era un paisaje precioso, pero a Adela no le gustaba. Otros días daba un paseo a pie, o se sentaba junto al río. No había nada que hacer. Absolutamente nada. Transcurrió una semana.
Un buen día apareció Edgar. A Adela le asombró que supiera que ella se encontraba allí.
—Walter le dijo a mi padre que estabas aquí —dijo Edgar, pero se abstuvo de explicarle que en todo el valle del Avon, hasta Fordingbridge, la gente la llamaba «la dama desterrada».
A partir de entonces la situación mejoró. Edgar iba a verla al menos una vez a la semana y solían dar un paseo a caballo. La primera vez subieron por el valle del Avon hasta una modesta colina de grava conocida como Saint Catherine’s Hill, desde la cual contemplaron una espléndida vista del valle y el sector meridional del Forest.
—Estuvieron a punto de construir la nueva iglesia del priorato aquí arriba —explicó Edgar a Adela—. La próxima vez que venga te llevaré ahí —añadió señalando una determinada zona del Forest—. Y la siguiente, allí.
Edgar cumplió su palabra. A veces subían a caballo por el valle del Avon, o paseaban por la costa del Forest, que contenía numerosas caletas, hasta la aldea de Hordle, donde había unas salinas. Walter daba a Adela toda clase de datos sobre los lugares que visitaban. En una ocasión, al detenerse junto a un río de aguas turbias, poco más que un riachuelo, le explicó:
—Las truchas vienen a desovar aquí. Aunque te sorprenda, es cierto. En el mismo Forest.
En la tercera visita de Edgar Adela se había reunido con él cerca de Ringwood y Edgar la había conducido a través del páramo hasta una pequeña y sombría aldea ubicada en un claro del monte, llamada Burley.
—Hay algo extraño en este lugar —comentó Adela.
—Dicen que en esa zona algunos practican la brujería —observó Edgar—. Pero la gente siempre dice ese tipo de cosas sobre un bosque.
—¿Conoces tú a alguna bruja? —preguntó Adela echándose a reír.
—Dicen que la mujer de Puckle es una especie de bruja.
Adela miró a Edgar para comprobar si hablaba en broma, pero estaba serio. Al cabo de unos instantes, el joven sonrió y dijo:
—Según una excelente regla del Forest, en caso de duda abstente de preguntar.
Con esto Edgar espoleó a su caballo y se lanzó al trote.
A menudo, durante esos paseos, Edgar formulaba a Adela unas preguntas de carácter personal, por ejemplo si pensaba quedarse en Inglaterra o qué tipo de hombre deseaba que le presentara Walter. Ella se mostraba cauta en sus respuestas. A fin de cuentas, la suya era una situación delicada. Pero en una ocasión Adela se permitió confesarle:
—Lo que hace que me sienta atraída por un caballero normando es el hecho de que yo también soy normanda.
Adela lamentó observar que Edgar parecía un tanto alicaído, pero tenía que mantener su prestigio.
Habían transcurrido dos meses y aún no había recibido noticias de Walter.
De no haberse sentido segura después de esas excursiones por el Forest, Adela no se habría alejado tanto aquel día de junio. Después de cabalgar hasta llegar a la parte central del Forest, dejó que su mente divagara y el caballo siguió su propio rumbo por el sendero del monte, a paso lento. Luego, Adela desmontó para reposar unos minutos en un pequeño claro mientras el animal pastaba. De pronto, al percibir el estrépito de la manada de ciervos que corrían a través de la maleza, Adela se despertó de su ensueño. Picada por la curiosidad, montó de nuevo y se lanzó al galope para comprobar a qué se debía aquel desagradable que la había importunado. Al llegar a la explanada y ver a un individuo al que creyó reconocer, Adela se dirigió trotando hacia él sin apenas reparar en lo que hacía éste. El hombre se volvió. Y Adela se dio cuenta. Pero era demasiado tarde.
—Buenos días, Godwin Pride —dijo Adela.
Pride se quedó estupefacto. Por una vez perdió su habitual compostura. Miró a Adela, boquiabierto. No podía dar crédito a sus ojos. ¿Cómo no la había oído aproximarse? Le había llevado unos momentos atravesar la explanada y unos pocos más echarse a los hombros la gama que había abatido. ¡Qué mala suerte tan increíble la suya! Era evidente que la joven había tenido tiempo suficiente de observar lo que hacía.
Para colmo, la chica era normanda. ¡Peor aún, todo el Forest sabía que solía ir a cabalgar con Edgar!
Pero lo más grave era que lo habían pillado, según especificaba la ley forestal, «con las manos rojas», es decir, manchadas con la sangre del ciervo. No había escapatoria. Sufriría una dura condena. Mutilación: le cortarían una de sus manos. O quizá le ahorcaran. Era imposible adivinarlo.
Pride echó una ojeada a su alrededor. Estaban solos. Durante unos momentos pensó en matarla. Pero enseguida desechó esa idea. La gama resbaló de sus hombros cuando el campesino se enderezó, encarándose con ella valiente como un león. Por asustado que estuviera de enfrentarse a la muerte, no iba a demostrarlo.
Entonces pensó en su familia. ¿Qué sería de ellos si le ahorcaban? De pronto imaginó el cuadro: sus cuatro hijos, su hija, de tres años, su esposa, las palabras amargas que le dirigiría… No le faltaría razón. ¿Cómo iba él a explicárselo a sus hijos? Le pareció oír su propia voz: «Cometí una imprudencia.» Sin darse cuenta, Pride emitió una breve exclamación de angustia.
Pero ¿qué podía hacer? ¿Implorar misericordia a esa joven normanda? ¿Por qué había ella de ayudarle? Sin duda se lo contaría a Edgar.
—Un día espléndido, ¿no es cierto?
Pride pestañeó asombrado. ¿A qué venía eso?
—Salí a cabalgar esta mañana temprano —prosiguió Adela con calma—. No pensé en alejarme tanto, pero como hacía tan buen tiempo… Supongo que si tomo por ese camino —agregó señalando con el dedo—, llegaré a Brockenhurst.
Pride asintió con la cabeza, un tanto divertido. Adela siguió hablando, como si no hubiera ocurrido nada de particular. ¿Qué diablos se proponía?
De pronto Godwin captó el mensaje. La joven no había visto la gama.
Adela lo miró a la cara. ¡Por todos los santos, le estaba preguntando por sus hijos! Pride trató de mascullar una respuesta. Ella no había visto la gama. Ahora lo comprendía: la chica seguía hablando como si tal cosa para que él lo entendiera con claridad. Entre ellos no habría complicidad, ni sentimientos de culpa, ni turbación, ni deudas por favores prestados. Esa joven era demasiado lista para caer en esa situación. Demasiado noble. La gama no existía.
Adela se entretuvo unos momentos, preguntándole cuál era el camino más indicado para regresar y, sin echar siquiera un vistazo a la gama que yacía en el suelo ante ella, dijo de sopetón:
—Bien, Godwin Pride, debo irme.
Acto seguido volvió la cabeza de su montura, se despidió con la mano y desapareció.
Pride respiró hondo.
¡Esto es una mujer con estilo!, pensó.
Al cabo de unos momentos, tras poner a la gama a buen recaudo, el campesino se dispuso a regresar a su casa. Al echar a andar se le ocurrió otra idea y sonrió con el corazón un tanto encogido.
Menos mal que no había matado a la pálida gama.
Cuando Adela llegó a Christchurch por la tarde se llevó una sorpresa al ver a Walter Tyrrell esperándola con cara de pocos amigos.
—Si no hubieras regresado tan tarde, nos habríamos marchado hoy mismo —le espetó Walter. Por lo visto, el hecho de que Adela no supiera que él fuera a presentarse de improviso era lo de menos—. Partiremos mañana, al amanecer. Estate preparada —le ordenó.
—Pero ¿adónde vamos? —inquirió ella.
—A Winchester —le informó su primo, como si fuera evidente.
Winchester. Por fin iría a un lugar importante, donde habría funcionarios reales, caballeros y personas de fuste.
—Pero —agregó Walter como de pasada— antes nos alojaremos unos días en una finca situada al oeste de aquí. En Dorset.
—¿A quién pertenece esa finca?
—A Hugh de Martell.
A la mañana siguiente se registró un cambio de tiempo. Mientras cabalgaban hacia el oeste, a través de los elevados cerros de Dorset, una enorme nube plomiza se elevó por el horizonte, ocultando el sol; sus relucientes bordes impartían un resplandor luminoso a los objetos que contenía el paisaje.
Walter mantuvo su acostumbrado silencio taciturno durante buena parte del camino, pero cuando hubieron atravesado el último y alargado cerro, comentó a Adela con tono malhumorado:
—Yo no quería traerte, pero pensé que no te vendría mal pasar unos días aquí antes de trasladarte a Winchester. Así tendrás un par de días para pulir tus modales. Ante todo —prosiguió Walter—, te recomiendo que observes a lady Maud, la esposa de Martell. Es una dama de los pies a la cabeza. Procura imitarla.
La aldea estaba situada en un largo valle. Era un terreno muy distinto del Forest. A ambos lados se extendían unos inmensos campos de trigo y cebada, pulcramente divididos en unas franjas, que ascendían por las laderas hasta combarse sobre las cumbres del valle. No lejos de donde se encontraban, Adela vio una pequeña iglesia sajona situada en un prado junto a un estanque. Las casitas estaban rodeadas por airosas cercas, dispuestas de forma más ordenada que en otros lugares semejantes. Hasta la calle del pueblo presentaba un aspecto aseado, como si una mano invisible pero enérgica acabara de barrerla. Por último, Adela reparó en el largo sendero que conducía a la barbacana de la finca. La mansión estaba situada a cierta distancia del mismo. Quizá se debiera a un efecto óptico producido por la luz, pero cuando pasaron a caballo a través de la entrada los cuidados prados que se extendían a ambos lados se le antojaron a Adela de un verde más intenso que la hierba que había visto durante el camino. Frente a ella, a la izquierda, había un gran rectángulo formado por unos cobertizos de labranza, de madera sobre piedra, y a la derecha, detrás de un amplio patio inmaculado, se alzaba la hermosa mansión y unos edificios anejos, todos ellos de pedernal descantillado y rematados por elevados techos de paja en los que no se observaba una brizna fuera de lugar. Ésta no era simplemente la mansión de un caballero, sino la base de un inmenso feudo territorial. Su orden apacible y un tanto sombrío indicaba en tono quedo, pero con la claridad de un castillo: «Esta tierra pertenece al señor feudal. Inclinaos.»
Un mayordomo y un mozo acudieron para hacerse cargo de los caballos. La puerta de la mansión se abrió y apareció Hugh de Martell, solo, quien se dirigió apresuradamente hacia ellos.
Adela no le había visto sonreír hasta ahora. Era una sonrisa más cálida de lo que cabía imaginar. Le hacía parecer más guapo. Hugh extendió su largo brazo y le ofreció la mano para ayudarla a apearse. Ella la tomó, observando durante unos instantes el vello negro de su muñeca, desmontó y se situó junto a él.
Hugh retrocedió discretamente y, antes de que Walter pudiera abrir la boca, comentó:
—Menos mal que ha llegado hoy, Walter. Ayer tuve que atender unos asuntos en Tarrant que me retuvieron allí todo el día. —Acto seguido los condujo con paso ágil hacia la mansión, sosteniendo la puerta abierta para que pasara Adela.
El salón principal era espacioso, alto como un pajar, con grandes vigas de madera y esteras de junco en el suelo. A ambos lados del inmenso hogar de piedra situado en el centro había dos grandes y relucientes mesas de roble. Los postigos de madera estaban abiertos; las elevadas ventanas dejaban pasar una luz grata y airosa. Adela echó una ojeada a su alrededor en busca de su anfitriona. Casi en el acto apareció, por una pequeña puerta situada al otro lado del salón, una dama que se dirigió directamente hacia Tyrrell.
—Bienvenido, Walter —dijo con voz suave mientras él le tomaba la mano—. Nos alegramos de verle. —Tras una breve pausa la dama se volvió hacia Adela—. Y a usted también, desde luego —agregó sonriendo aunque con cierta vacilación, como si no estuviera segura del estatus social de la joven.
—Le presento a mi prima, Adela de la Roche —dijo Walter sin entusiasmo.
Pero no fue la fría recepción que le dispensó la otra mujer lo que alertó a Adela, sino su aspecto.
¿Cómo había imaginado a la esposa de Hugh de Martell? Parecida a él: alta, guapa, más o menos de su edad. Pero esta mujer era poco mayor que Adela. Era de baja estatura. Y nada guapa. Más que feas, sus facciones eran irregulares; sus labios, muy delgados, no eran rectos sino que estaban levemente torcidos en un extremo. Su vestido, aunque bueno, era de un color verde pálido que acentuaba la lividez de su rostro. No le favorecía en absoluto. Le daba un aspecto escuchimizado, insignificante, pensó Adela.
De momento no tuvo ocasión de fijarse en más detalles. La mansión ostentaba dos alcobas para huéspedes, una para hombres y otra para mujeres, y después de conducirla a la habitación reservada a las mujeres, su anfitriona la dejó sola para que se instalara. Pero al poco rato, al regresar por el pasillo y hallar a Walter solo, Adela le preguntó en voz baja:
—¿Cuándo se casó Martell?
—Hace tres años. —Después de echar un vistazo para asegurarse de que nadie les oía, Walter prosiguió en voz baja—: Perdió a su primera esposa, ¿sabes? —Adela no tenía ni idea—. A ella y a su único hijo. Hugh estaba trastornado. Tardó mucho en decidirse, pero al final comprendió que debía intentarlo de nuevo. Necesita un heredero.
—Pero ¿por qué se casó con lady Maud?
—Es una rica heredera —repuso Walter dirigiendo a Adela una mirada apresurada y dura—. Él tenía dos fincas, ésta y otra en Tarrant. Ella aportó otras tres, en el mismo condado. Una de ellas linda con estos terrenos en Tarrant. Esto consolida la propiedad. Martell sabe lo que hace.
Adela captó en la voz de su primo una áspera alusión a su falta de modales.
—¿Y tiene un heredero?
—No, no han tenido hijos.
Poco después apareció lady Maud y condujo a Adela a un acogedor saloncito, al que se accedía por una escalera situada en un extremo de la mansión. Adela vio allí a una vieja nodriza, que la saludó cortésmente, y se sentó a conversar con las dos mujeres mientras éstas bordaban. Fue una charla bastante agradable. Siguiendo el consejo que le había dado Walter hacía un rato, Adela observó con atención todo lo que hacía y decía su anfitriona. Ciertamente, la señora de la mansión se desenvolvía a sus anchas en aquel ambiente. Era evidente que conocía a la perfección todo lo referente a la intendencia de una casa. La cocina, donde la carne estaba ya preparada para el espetón, la despensa donde ella misma elaboraba las conservas, su huerto de hierbas, sus bordados, de los que tanto ella como la vieja nodriza se sentían justamente orgullosas… Lady Maud hablaba de todo ello con un entusiasmo que era francamente grato. Pero cuando Adela le preguntaba algo fuera de esos límites —sobre la propiedad o la política del condado— la dama esbozaba una sonrisa ligeramente torcida y contestaba:
—Esos asuntos se los dejo a mi marido. Son cosa de hombres, ¿no cree?
Sin embargo, al mismo tiempo, era evidente que conocía bien a todos los terratenientes de la zona y a Adela le costaba creer que no tuviera ni idea sobre sus asuntos. No obstante, pensó que no habría sido correcto indicar que ella sí estaba al tanto de esas cuestiones. Lady Maud ha decidido lo que quiere ser y lo que debe pensar, dedujo Adela. Lo hace porque cree que la beneficia. Sin duda, detrás de sus sonrisitas piensa que soy una estúpida por no representar el mismo papel que ella. Por lo demás mientras lady Maud seguía bordando tranquilamente, Adela notó que su anfitriona apenas le había hecho preguntas sobre ella misma, aunque era imposible adivinar si se debía a que no le interesaba el tema o a que no quería incomodar a una pariente evidentemente pobre de Walter.
Por la tarde, los cuatro fueron a dar un paseo a caballo por la propiedad. Con sus inmensos campos, sus pulcros huertos y sus estanques rebosantes de peces, constituía el modelo perfecto de lo que debía ser una finca señorial. Era indudable que Hugh de Martell sabía administrar sus propiedades. Cuando llegaron a una empinada cuesta que conducía a la cima del cerro, los dos hombres subieron por ella a un suave galope. A Adela le habría gustado seguirles también a galope.
Pero lady Maud se mostró firme.
—Creo que es mejor que nosotras vayamos al paso. Galopar es más propio de hombres.
De modo que Adela tuvo que hacer compañía a su anfitriona. Apenas habían llegado a la mitad de la cuesta cuando los hombres regresaron, obligándolas a dar media vuelta.
—Una hermosa vista —comentó Walter mientras descendían por la cuesta.
Cuando regresaron del paseo a caballo observaron que los sirvientes habían instalado unas mesas de caballete en el gran salón, cubiertas con manteles. Al poco se sentaron a comer. Puesto que aún no habían comido aquel día, les sirvieron una copiosa cena. Todo tenía un tono discreto pero elegante. Una pequeña procesión de criados trajo pan y caldo, salmón, trucha y tres variedades de carne. Hugh de Martell se encargó de trincharlas; lady Maud sirvió a Walter de su propio plato. El vino —exquisito— era transparente y de excelente calidad, ligeramente especiado. La cena estuvo rematada por frutas frescas, quesos y nueces. Tyrrell felicitó cortésmente a lady Maud por cada plato y Martell divirtió a Adela refiriéndole una divertida historia sobre un comerciante normando que no hablaba inglés. Y ella acaso se excedió un poco con el vino.
Pero ¿cómo iba a saber Adela que cometía una torpeza al mencionar el Forest? Dado que, según Walter, su prima había hecho el ridículo durante la cacería, éste no imaginó que se le ocurriría sacar a colación el tema. Era difícil de prever. En cualquier caso, lo único que hizo Adela al principio fue preguntar a su anfitriona si se había aventurado alguna vez en New Forest.
—¿New Forest? —Lady Maud parecía algo sorprendida—. Francamente, no me apetece ir allí. —A continuación, dirigió a Walter una de sus sonrisitas, como si Adela hubiera dicho algo socialmente impropio—. Las gentes que viven allí son muy extrañas. ¿Ha estado usted allí, Walter?
—En un par de ocasiones. Con la cacería real.
—Ah. Eso es distinto.
Adela observó que Walter la miraba con gesto de censura. Era evidente que quería cambiar de tema. Pero a Adela le irritó su actitud. ¿Por qué tenía que tratarla siempre como si fuera idiota? No había forma de complacerle.
—Yo suelo pasear sola a caballo por el Forest —declaró Adela con tono despreocupado—. Incluso he cazado en sus montes. —Hizo una pausa para dejar que lady Maud asimilara esa frase—. Con tu marido. —Tras estas palabras Adela miró a Walter con una sonrisa alegre y retadora.
Pero la reacción de su primo no fue la que ella había imaginado.
—¿Hugh? —Lady Maud frunció el ceño y palideció—. ¿Has ido a cazar al Forest? —preguntó a su marido mirándolo con perplejidad—. ¿Has hecho eso, querido? —insistió con una voz extrañamente entrecortada.
—Sí, sí —se apresuró él a responder con expresión ceñuda—. Con Walter. Y con Cola. Fui en primavera.
—No lo sabía —dijo lady Maud observándolo con un discreto aire de censura.
—Estoy seguro de que te lo dije —afirmó él con tono enérgico.
—Bien, en todo caso ahora lo sé. —Lady Maud dirigió Adela una de sus sonrisas torcidas antes de añadir con forzada jovialidad—: A los hombres les encanta cazar en el Forest.
Walter clavó los ojos en el plato. En cuanto a Martell, ¿denotaba su talante cierta irritación? ¿Una leve displicencia? ¿Por qué no se lo había dicho a su esposa? ¿Existía algún otro motivo para que visitara el Forest? ¿Se habían producido otras ausencias?, se preguntó Adela. Si Martell se escapaba de vez en cuando de su esposa, no estaba segura de reprochárselo, al margen de lo que pudiera hacer.
Fue Walter quien acudió en su ayuda.
—A propósito de cuestiones reales —comentó con calma, como si no hubiera ocurrido nada de particular—, ¿han oído hablar de…?
A continuación, les relató uno de los últimos escándalos de la corte real. Como ocurría con frecuencia, se refería a las groseras palabras que el rey había dirigido a unos monjes. Guillermo II el Rufo, a quien irritaba todo lo referente a la religión, no se resistía a emprenderla contra los clérigos. Como era habitual, el monarca normando se había mostrado tan grosero como gracioso. Por más que lady Maud se sintiera escandalizada, según dedujo Adela, se echó a reír de tan buena gana como su marido.
—¿Quién se lo ha contado? —preguntó Martell.
—El mismísimo arzobispo de Canterbury —confesó Walter, lo cual hizo que todos prorrumpieran de nuevo en sonoras carcajadas. Era un hecho sabido que Tyrrell había logrado congraciarse también con el bondadoso arzobispo Anselm, lo cual divertía a Adela sobremanera.
Aprovechando el hecho de que estaba en vena, Walter siguió relatando una divertida anécdota tras otra. Entretenidas, cómicas, en su mayoría referentes a destacados personajes de la época, acompañadas a menudo por la advertencia «que no salga de aquí», Walter relataba esas historias con gracejo. Era imposible no sentirse complacido, halagado y fascinado por un cortesano tan ingenioso. Para Adela constituyó toda una revelación. Jamás había visto a Walter mostrarse tan encantador. Y menos conmigo, pensó. Por más que le pesara, tenía que reconocer que su primo tenía una gran habilidad.
De paso, Adela pensó que su primo tenía sobrados motivos para enojarse con ella. ¿Cómo podía reprochar al inteligente Walter Tyrrell, emparentado con los poderosos Clare por matrimonio y amigo de grandes personajes, que se avergonzara de ella cuando no hacía más que cometer una torpeza tras otra?
Al cabo de un rato, cuando los satisfechos contertulios se retiraron para acostarse temprano, Adela se acercó a Walter y murmuró:
—Lo siento. Siempre meto la pata.
Ante su sorpresa, Walter respondió con una afable sonrisa.
—Yo tengo algo de culpa, Adela. No he sido muy amable contigo.
—Es cierto. Pero reconozco que he sido una enojosa carga para ti.
—Bien, veremos si logramos hacer algo por ti en Winchester —repuso él—. Buenas noches.
A la mañana siguiente, Adela se despertó temprano sintiéndose maravillosamente descansada. Abrió los postigos. Despuntaba el día; el color rosáceo del amanecer comenzaba a desvanecerse en el cielo. Un aire húmedo y fresco le acarició el rostro. Aparte de los delicados trinos de los pájaros, todo estaba en silencio. A lo lejos cacareó un gallo. Adela creyó percibir un leve olor a cebada en el aire. Ninguno de los habitantes de la casa se había levantado aún, pero vio a un campesino que caminaba por el sendero del cerro. Adela inspiró una profunda bocanada de aire.
No podía quedarse en su habitación y esperar a que empezaran a aparecer los otros ocupantes de la casa. El día invitaba a gozar de él. Adela se sentía animada. Se enfundó una camisola y luego una camisa larga de lino, se alisó la melena suelta con las manos y salió apresuradamente de la casa calzada sólo con unas zapatillas. Le tenía sin cuidado presentar un aspecto algo desaliñado. Nadie la vería.
Cerca de la casa había un jardín tapiado al que se accedía a través de una verja. Adela penetró en él. El sol tardaría un rato en invadir aquel espacio silencioso y recoleto. En el jardín crecían hierbas y madreselvas. Tres manzanos ocupaban una zona del césped; sus frutos, a medio madurar, aún estaban duros, pero mostraban un leve tono rosado. Entre la hierba asomaban unas fresas silvestres, salpicando el tapiz verde con unas motas rojas. En las esquinas de la tapia había telarañas. Todo estaba empapado en rocío. Adela sonrió alborozada. Tenía la sensación de encontrarse en el jardín de un castillo o un monasterio de su Normandía natal.
Permaneció allí un rato, asimilando el sosiego que brindaba aquel lugar.
Cuando salió al jardín, Adela no vio a nadie por los alrededores. Decidió pasar a través de los establos, que se hallaban en el inmenso rectángulo formado por los cobertizos anexos, o el campo que se extendía detrás de éstos, donde habían permanecido algunos caballos durante la noche. Pero, al pasar junto a la mansión, Adela reparó en una pequeña puerta instalada en el muro lateral, a la que se accedía bajando tres escalones. Adela dedujo que conducía a un cuarto subterráneo, el cual estaría cerrado con llave. De todas formas, como era muy curiosa, bajó los escalones y al empujar la puerta comprobó asombrada que estaba abierta.
Era un sótano de techo bajo, inmenso, que se extendía a lo largo de todo el edificio. El techo estaba sostenido por tres recios pilares de piedra situados en el centro, que dividían el espacio en unos intercolumnios. A la luz que penetraba por la puerta, que Adela había dejado abierta, se sumaba el resplandor que se filtraba a través de un ventanuco con barrotes en lo alto del muro.
Adela se detuvo unos instantes mientras sus ojos se adaptaban a las sombras. Luego vio que el sótano contenía los objetos habituales, pero, a diferencia del desorden que suele imperar en cualquier tipo de almacén, aquí todo aparecía recogido de forma ordenada. Vio un gran número de cajas y objetos apilados; uno de los intercolumnios estaba ocupado por barriles de vino y cerveza; en otro colgaban unos blancos para practicar el tiro con arco, unos arcos desencordados, unas flechas, media docena de redes de pescar, collares de los mastines, guantes y capuchas utilizadas en cetrería. Cuando Adela llegó al intercolumnio situado en el extremo izquierdo, donde había unas virutas de madera en el suelo, descubrió algo que le llamó la atención: una forma alta que relucía levemente en las sombras, tan semejante a un hombre que la joven se sobresaltó.
Era un maniquí de madera. El motivo de que reluciera se debía a que llevaba una larga cota de malla y un casco de metal. Detrás de él, según observó Adela, había un segundo maniquí vestido con un jubón de cuero debajo de la cota de malla. Sobre una peana reposaba una silla de montar de perilla alta, sobre la que estaba apoyado un escudo largo con tachones; junto a estos objetos, sobre una plataforma, había una inmensa espada de hoja ancha, dos lanzas y un mazo. Adela emitió una breve exclamación de asombro. Ésta debía de ser la armadura de Hugh de Martell.
Adela no se atrevió a tocar nada. La cota de malla y las armas habían sido engrasadas para impedir que se oxidaran; bajo la tenue luz del sótano, Adela advirtió que todo estaba listo para ser utilizado. La cota de malla no contenía un solo eslabón fuera de lugar. En el ambiente flotaba un olor a aceite y cuero, metal y virutas de madera resinosa, que a Adela le pareció agradable. Instintivamente, se acercó a la figura ataviada con la cota de malla y aspiró su olor, pero no llegó a tocarla.
—Mi abuelo utilizaba un hacha de guerra.
Sobresaltada por la inesperada voz, que sonó a escasos centímetros de su oído, Adela por poco lanza un grito. Sus pies enfundados en zapatillas abandonaron el suelo de piedra durante una fracción de segundo. Adela se volvió apresuradamente, casi rozando el pecho de la figura que estaba junto a ella.
Hugh de Martell no se movió.
—¿La he asustado? —preguntó echándose a reír.
—Yo… —Adela trató de recuperar el resuello. Notó que se había sonrojado hasta la raíz del pelo. El corazón le palpitaba con violencia—. ¡Ay, mon Dieu! Sí.
—Discúlpeme. Sé moverme con sigilo cuando la ocasión lo requiere. Al principio, debido a la penumbra, la tomé por un ladrón. —Martell seguía sin moverse. En el espacio entre ellos sólo cabía una sombra.
Adela se percató de que iba medio vestida. ¿Qué podía decir? Estaba muy confusa.
—¿Un hacha de guerra? —Eran las únicas palabras que recordaba.
—Sí. A fin de cuentas, todos los normandos somos vikingos. Mi abuelo era un hombretón alto y corpulento, pelirrojo. —Martell sonrió—. Yo he heredado el pelo negro de mi madre. Era de Bretaña.
—Ya. —Adela estaba como atontada, sólo veía el jubón de cuero y la manga que cubría el largo brazo de Martell. Sólo reparó en la pausa que se produjo antes de que éste comentara:
—Le gusta explorar, ¿no es cierto? Primero el Forest, ahora el sótano… Tiene un espíritu aventurero. Es un rasgo muy normando.
Adela alzó la cara y observó que la miraba sonriendo.
—¿A usted no le atrae la aventura? —inquirió—. Claro que, en su caso, es normal que no le atraiga.
La sonrisa se borró del rostro de Martell, pero más que enojado parecía pensativo. Por supuesto, había captado la pulla: las fincas, la esposa rica, la alusión a que había perdido el espíritu aventurero propio de los vikingos.
—Tengo mucho que hacer, como habrá comprobado —respondió con tono quedo. Su voz denotaba una serena autoridad, un poder que emanaba de su persona.
—Procuraré no volver a excederme del lugar que me corresponde.
—Me pregunto cuál es ese lugar —replicó Martell observándola de nuevo con aire divertido—. ¿Normandía? ¿Inglaterra?
—Éste, creo.
—Mañana parte para Winchester. Es un buen lugar para encontrar marido. Allí va mucha gente. Confío en que volvamos a verla por estos parajes.
—Es posible. ¿Suele ir usted a Winchester?
—A veces.
Martell retrocedió un paso. Adela se había dado cuenta de que la había examinado de pies a cabeza. Al presentir que su interlocutor se disponía a marcharse pensó en decir algo, lo que fuera con tal de retenerlo. Pero ¿qué podía decir? ¿Que se había casado con una mujer rica pero indigna de él? ¿Que habría sido más feliz con ella? ¿Adónde podía conducir una relación entre ellos?
—Vamos.
Martell se ofreció escoltarla hasta la puerta. Adela comprendió que debía acabar de vestirse y obedeció sin vacilar. Echó a caminar delante de él hacia la luz que penetraba por la puerta. Poco antes de alcanzarla notó que él le tomaba la mano y la besaba con delicadeza.
Un gesto caballeroso en la sombra. Inesperado. Adela se volvió hacia él. Sintió una punzada de dolor en el pecho y durante unos segundos se le cortó el aliento. Él inclinó la cabeza. Adela atravesó la puerta como una sonámbula y al salir el sol la deslumbró. Martell se volvió para cerrar la puerta. Adela echó a andar, sin volverse, hacia la mansión.
El resto del día transcurrió sin novedad. Adela pasó buena parte del mismo en compañía de lady Maud. Al encontrarse con Hugh de Martell, éste se mostró cortés pero un tanto frío y distante.
Y cuando Adela y Walter se despidieron de él a la mañana siguiente para dirigirse a Winchester, Martell se comportó de forma ceremoniosa e inaccesible. No obstante, al llegar a la cima del cerro Adela se volvió y observó que su alta y oscura figura permanecía inmóvil, observándolos hasta que ella y Walter desaparecieron de la vista.
El otoño es amable en el Forest. La alargada luz estival se desliza hacia septiembre; los gigantescos robles aparecen todavía verdes; el páramo exhala un olor a turba y conserva la suave tibieza de la costa; el ambiente está impregnado de un aroma dulce y penetrante.
En el mundo exterior reina una época grata. Se lleva a cabo la cosecha, las manzanas están a punto de caer, la bruma que se cierne sobre los campos desnudos recuerda a los hombres que deben recolectar todo lo que puedan mientras el sol inicia su paulatino retroceso hacia el término del año.
Sin embargo, en el Forest la naturaleza asume un aspecto distinto. Ésta es la época en que los robles se desprenden de sus verdes bellotas y el suelo del bosque aparece cubierto de esos frutos. Hombres como Pride llevan a sus marranos a comer bellotas y hayucos. Es un derecho que viene de antiguo, que el Conquistador normando no tiene intención de suprimir. «Si los cerdos comen demasiadas bellotas verdes —le recordaban sus guardas forestales—, enferman. Pero les encantan.» A medida que transcurren los días, las hayas adquieren un color amarillo; pero en el momento en que aparece este pequeño signo de deterioro, se produce otra transformación casi contradictoria. El acebo es un árbol tanto macho como hembra, y en esta época, como si saludara la llegada del próximo invierno, el acebo hembra aparece rebosante de frutos, cuyos apretados racimos de un rojo intenso relucen enmarcados por el cielo límpido y azul de septiembre.
A medida que transcurre el equinoccio y toda la naturaleza se percata de que las noches empiezan a ser un poco más largas que los días, se observan otros cambios. Las flores del brezo forman un amasijo de diminutas motas blancas y el páramo pasa del color violáceo que ostenta en verano al marrón de otoño. El marrón trepa por los tallos de los helechos y tiñe las hojas secas, hasta el extremo de que algunos racimos relucen bajo el sol otoñal como bronce bruñido. Las bellotas que yacen entre las hojas caídas se desprenden de sus cápsulas y muestran también un color marrón. La niebla vespertina produce un frescor húmedo. El frío amanecer resulta tonificante. Pero en el Forest, estos signos no marcan un fin sino un comienzo. Si el sol retrocede, lo hace sólo para ceder su lugar a una divinidad más antigua. El invierno está en puertas: es la época de la luna plateada.
Es la época en que los ciervos están en celo.
El ciervo avanzó por el centro del lugar de apareamiento. Despuntaban las primeras luces. El suelo estaba cubierto con una leve capa de escarcha. Alrededor del mismo, en unos territorios marcados por las huellas de las pezuñas de los ciervos, ocho o nueve gamas aguardaban para ser cubiertas por los machos. Algunas se movían emitiendo un sonido plañidero. En el ambiente flotaba una sensación de tensión. La pálida gama también estaba allí. Esperaba en silencio.
El gamo lucía una espléndida cornamenta, y él lo sabía. Sus pesadas y relucientes palas se ramificaban y alcanzaban casi un metro de altura, ofreciendo un aspecto temible. Estaban plenamente desarrolladas desde el pasado mes de agosto, cuando el envoltorio de terciopelo había comenzado a desprenderse. Durante muchos días el ciervo había restregado sus nuevas astas contra arbolillos y arbustos, dejando su marca sobre la corteza. Le producía una agradable sensación notar cómo los árboles jóvenes pero resistentes se combaban bajo el peso de su cornamenta, su creciente poder. Este ejercicio tenía un doble propósito: no sólo eliminaba los últimos vestigios de la cubierta de terciopelo, sino que el hueso de las astas, de un blanco cremoso cuando brotaba, quedaba recubierto de savia, se pulía y endurecía hasta adquirir un flamante color castaño.
En septiembre, el gamo comenzó a impacientarse. El cuello se le hinchó. Su nuez se hizo más protuberante; una grata sensación de poder invadió todo su cuerpo, desde los cuartos traseros hasta sus recios hombros. Empezó a pasearse arriba y abajo y a patear el suelo, sentía la necesidad de hacer ejercicio, de demostrar su poder. Por las noches deambulaba solo por el bosque como un caballero errante en busca de aventuras. Poco a poco empezó a desplazarse hacia esta zona del Forest donde la pálida gama le había visto el año pasado, pues los ciervos machos se alejan por instinto de su primer territorio cuando van a aparearse, a fin de mezclar constantemente la dotación genética de los ciervos. A fines de septiembre, el hermoso gamo estaba listo para marcar su territorio de apareamiento. Pero antes tenía que dar comienzo aquella otra antigua ceremonia.
¿Quién sabía cuándo habían llegado los primeros ciervos comunes al Forest? Llevaban ahí desde tiempos inmemoriales y presentaban un tamaño mayor que los gamos intrusos. Los hombres les habían impuesto distintos nombres: ciervo, venado, horquillón… Si las astas del gamo se elevaban formando unas palas aplanadas, la cuerna del ciervo común, más grande, se ramificaba en unas ramas puntiagudas. Nunca abundan los ciervos comunes. Al carecer de la velocidad y astucia del gamo, era más fácil cazarlos y los gamos los superaban en número. Si al gamo le gustaban los claros en el bosque, el ciervo común prefería el páramo donde, tendido a plena luz del sol sobre los brezos, se confundía con el mismo paisaje. Primitivo y nórdico, comparado con los elegantes intrusos franceses, era lógico que, al aproximarse la época de celo en otoño, incluso los gamos adultos concedieran precedencia a estos antiguos individuos que habían subsistido en los desiertos silencios del páramo probablemente desde la Edad del Hielo.
Por lo general, unos días después del equinoccio de otoño, cuando el gamo asume el control del grupo de hembras que formarán su harén particular, el ciervo común alza su poderosa cabeza de color rojizo y emite su singular bramido, unas notas más agudo que el mugido del toro, cuyo eco se extiende a través del páramo al anochecer y hace que los hombres, al oírlo, comenten: «Los ciervos han comenzado a bramar.»
Transcurrirán unos cuantos días antes de que, en los claros del bosque, los gamos sumen su característico grito a los sonidos del otoño.
El territorio del gamo no era el más importante —los otros estaban ocupados por los machos más viejos y poderosos—, pues ésta era su primera época de celo. Su territorio medía unos sesenta metros de largo y cuarenta de ancho. El gamo lo había preparado con esmero desde hacía días. En primer lugar había utilizado sus astas para golpear los árboles jóvenes y arbustos situados en el perímetro de su territorio. Al hacerlo, sus glándulas situadas debajo de sus ojos exhalaban un fuerte olor que marcaba los arbustos que delimitaban su territorio; asimismo, untaba los árboles situados en el perímetro de éste. Luego, a medida que se aproximaba el gran momento, excavaba la tierra con sus patas delanteras, que también contenían unas glándulas, para formar unos hoyos, y en algunos lugares la destripaba con las astas. A continuación, orinaba en esos hoyos y se revolcaba en la tierra empapada en su orina. Esto provocaba el fuerte olor del macho en celo, que atraía a las hembras: pues a diferencia del ciervo común, son las hembras del gamo quienes se acercan a los machos cuando están en celo.
Así, como si fuera a celebrarse un mágico torneo caballeresco en el claro del bosque, el joven y hermoso gamo estaba preparado para desafiar a todos sus rivales desde su territorio. Su celo duraba varios días, durante los cuales no comía, sino que vivía de la energía que le proporcionaba una extraordinaria producción de testosterona. Al fin, rendido, comenzaba a bajar la guardia. Pero las hembras le protegían, patrullando por los límites del territorio alertas para detectar cualquier peligro. Toda la naturaleza participaba: las aves emitían su voz al menor indicio de peligro e incluso los caballitos del bosque, por lo general silenciosos, relinchaban en señal de advertencia si veían a unos intrusos humanos aproximarse a los ciervos mientras éstos se entregaban a su ceremonia secreta.
El gamo llevaba horas paseándose de un lado al otro de su territorio. Bajo sus patas yacía la hierba pisoteada, los helechos destrozados y las bellotas de color castaño. Además de las hembras, le observaban dos gamos de un año y uno de tres; este último parecía dispuesto a plantarle cara. A través de los árboles se filtraba una pálida luz. De vez en cuando el gamo se detenía para emitir su reclamo.
El reclamo del macho en celo se denomina bramido. Tras agachar ligeramente la cabeza, el animal alza su hinchado cuello para emitirlo. Es difícil describir ese sonido: como un toque de corneta extraño, quejumbroso, semejante a un eructo. Una vez que lo has oído no lo olvidas jamás.
Tres veces emitió su reclamo el bello y poderoso gamo desde el centro de su territorio.
En ese momento apareció una nueva figura que se aproximaba a través de los árboles. Se produjo un leve murmullo cuando las hembras se apresuraron a apartarse de su camino. El intruso atravesó la línea que delimitaba el territorio del gamo y se dirigió hacia él con una tranquilidad pasmosa.
Se trataba de otro gamo adulto y, a juzgar por sus astas, más que capaz de medirse con su rival.
La pálida gama se echó a temblar. Su macho iba a pelear.
El intruso se movió lentamente a través del territorio de apareamiento. Tenía un pelaje más oscuro que el gamo en el que había reparado la gama. Ésta percibió su olor, potente, acre, como el lodo de las aguas estancadas. Tenía un aspecto vigoroso. El intruso pasó frente al hermoso gamo, el cual le siguió a pocos pasos, tal como exige el ritual de la pelea. Los dos machos siguieron caminando con aire casi de indiferencia; la gama vio que se tensaban los músculos de sus poderosos hombros y se movían sus astas mientras avanzaban. Observó que uno de los dos pequeños cuernos curvados situados frente a la base de las amplias palas en la cabeza del macho de pelaje oscuro estaba roto, semejante a un afilado muñón. Si volvía la cabeza bruscamente podía sacarle un ojo al joven gamo. Las otras hembras observaban la escena en silencio. Incluso los pájaros posados en los árboles habían enmudecido. La gama sólo era consciente del crujir de la hojarasca y los helechos bajo las lentas pisadas de los gamos.
Toda la naturaleza sabía que estaba a punto de decidirse la suerte de su gamo. Un joven gamo podía desafiar a uno de los grandes y poderosos machos y perder con honor. Quizás el intruso se había partido el asta de esa forma. Pero cuando se enfrentaban dos machos de poder similar, uno era derrotado. Podía quedar herido, o morir; pero lo más importante era que había perdido y su orgullo estaba hecho añicos. Las hembras lo saben, todo el bosque ha presenciado su derrota. El animal se aleja humillado, y el territorio y las hembras son propiedad del vencedor.
La pálida gama observó que los machos alcanzaban el término del territorio, daban media vuelta y retrocedían. La gama se preguntó si, desde la larga espera, sería el macho oscuro que exhalaba un olor acre quien mataría con su mortífero muñón a su adorado gamo y luego la poseería a ella. La gama había acudido al terreno de apareamiento. Pertenecería por derecho al vencedor. Ésta era la norma. Entonces la hembra advirtió que su gamo daba la señal.
Un leve empujón. Ésa fue la señal. Su gamo avanzó un poco de forma que propinó un golpecito con el hombro en los cuartos traseros del intruso.
El ciervo oscuro se volvió. Se produjo una pausa durante unos segundos mientras los dos machos apoyaban su peso en las patas traseras para tomar impulso; luego, con un ruido que resonó en todo el bosque, chocaron sus dos inmensas cornamentas.
Una pelea entre dos machos adultos constituye un espectáculo impresionante. Cuando los dos poderosos gamos se enzarzaron en combate, con los músculos de su hinchado cuello tensos y gruñendo, la pálida gama retrocedió instintivamente. De pronto le parecían descomunales, peligrosos. Si uno de ellos se volvía y cargaba contra ella… Ambos se equiparaban en poder y fuerza. Durante varios minutos avanzaron y retrocedieron con la cabeza gacha y las astas enredadas, las patas traseras clavadas en la tierra, los músculos tensos como si estuvieran a punto de estallar. Su gamo parecía ganar terreno.
De pronto, la gama se percató de que sus patas traseras resbalaban. El intruso avanzó unos palmos, un metro. Su gamo se esforzaba en clavar las pezuñas en el suelo, pero las hojas estaban húmedas y resbaladizas. Iba a caer. La gama le vio tensar las patas. Siguió resbalando hacia atrás, con el cuerpo rígido, tratando de resistir el embate del otro. El intruso arremetió de nuevo contra él, dispuesto a derribarlo con sus astas.
Sin embargo, la situación cambió. El hermoso gamo alcanzó un terreno más firme. Sus patas se afianzaron sobre la hierba. Con los cuartos traseros temblando, clavó sus pezuñas en tierra. La gama observó que alzaba los hombros y hundía el cuello. El intruso empezó a resbalar sobre las hojas húmedas. Lenta, cautelosamente, con las astas enzarzadas, los dos machos empezaron a volverse hasta que ambos se hallaban sobre la hierba. De pronto, el intruso se apartó y giró bruscamente la cabeza, apuntando su afilado cuerno hacia el ojo del otro, y se precipitó contra él. La hembra vio que su gamo retrocedía y luego descargaba todo su peso contra las astas del intruso. Se produjo un chirriante crujido. El intruso, debido a su brusca maniobra, no estaba del todo recto. Tenía el cuello torcido y comenzaba a perder terreno.
De pronto todo terminó. El hermoso gamo obligó a su rival a retroceder, palmo a palmo. El intruso perdió el equilibrio. Trató de recuperarlo, pero al volverse el otro le hirió en el flanco. La hembra vio que su gamo dominaba la situación, embistiendo, sacudiendo la cabeza, empujando a su contrincante. En el flanco del intruso apareció sangre. El hermoso gamo volvió a embestirlo, descargando un descomunal golpe contra él. El intruso lanzó un gemido, se volvió, tambaleándose, y se alejó cojeando del territorio de su rival. Había perdido.
Tras avanzar pavoneándose a través del terreno del que ahora era dueño indiscutible, el magnífico gamo se volvió hacia la hembra.
¿Por qué presentaba ahora un aspecto tan extraño? Sus gigantescas astas, el triángulo de su rostro, sus ojos como dos orificios negros que la contemplaban inexpresivos… Parecía como si su gamo se hubiera desvanecido, transformándose como por encanto en otra entidad llamada tan sólo «ciervo»: una imagen, un espíritu, veloz y temible. El gamo avanzó rápidamente hacia ella.
La gama se volvió. Era lo que se esperaba de ella: un acto instintivo; de todos modos, estaba asustada. Había esperado durante todo el año este momento. Ahora le tocaba a ella dar el primer paso. Echó a correr a través de los árboles para alejarse del territorio del macho, sintiendo cómo los arbustos le arañaban el pelo. Había esperado todo el año, pero ahora, al verle tan grande, tan poderoso, tan extraño y terrible, temblaba de miedo. ¿La lastimaría? Sí. Seguramente. Pero era inevitable. Ella lo sabía. Tenía una extraña sensación, como si todo el calor, toda la sangre de su cuerpo se concentrara en la base de su columna vertebral y sus cuartos traseros, que no cesaban de temblar mientras seguía corriendo. El gamo la seguía. Le pisaba los talones. La hembra le oyó, le intuyó. De pronto percibió su olor. Sin apenas darse cuenta de lo que hacía, se detuvo en seco.
El gamo la alcanzó. Ella sintió cómo la montaba y se tambaleó bajo su imponente peso. Apenas podía sostenerse en pie. El olor del gamo la cubrió como una nube. La hembra volvió la cabeza en un gesto involuntario y vio las astas del gamo suspendidas sobre ella, terribles, absolutas. Entonces sintió que la penetraba. Experimentó un dolor intenso y lacerante seguido de una sensación de plenitud, imperiosa, tremenda, que la invadió como un torrente.
A Adela le gustó Winchester. Situada en las poblaciones cretácicas, al norte de la gran bahía del Solent, antiguamente había sido una ciudad provincial romana. Más tarde, durante varios siglos, había sido la sede principal de los monarcas sajones, quienes por fin se habían convertido en reyes de toda Inglaterra. Y aunque durante las últimas décadas, Londres había pasado a ser la capital oficial del reino, el antiguo tesoro real seguía estando en Winchester y el soberano se reunía de vez en cuando con su corte en el palacio real que poseía allí.
No quedaba lejos de New Forest. Una carretera discurría hacia el suroeste a lo largo de trece kilómetros hasta la pequeña población de Romsey, donde había un convento de monjas. Al cabo de otros siete kilómetros uno se encontraba en el Forest. Sin embargo, como Adela no tardó en comprobar, éste parecía hallarse a un mundo de distancia.
Ubicada sobre un altozano que dominaba un río y rodeada de elevados cerros cubiertos de bosques de robles y hayas, Winchester era esencialmente una ciudad amurallada que ocupaba unas sesenta hectáreas de terreno, con cuatro puertas antiguas. El extremo meridional contenía una bellísima catedral normanda, el palacio episcopal, el priorato de Saint Swithuns, el tesoro y la residencia real de Guillermo el Conquistador, junto con otros imponentes edificios de piedra. El resto de la población estaba construida a la medida de sus habitantes y contaba con un mercado, varios edificios que albergaban a los gremios de comerciantes, unas casas con jardines y palomares y unas concurridas calles llenas de tiendas de artesanos y mercaderes. Junto a una de las puertas de la ciudad había un hospicio para pobres. Las vistas de las tierras altas eran espectaculares, el aire tonificante.
La ciudad conservaba buena parte de su antigua personalidad. Las calles ostentaban nombres sajones, desde Gold Street y Tanners Street hasta Fleshmongers Street, de reminiscencias germanas. Pero la corte de Wessex era un lugar educado. Antes de la conquista normanda, la ciudad estaba atestada de sacerdotes, monjes, funcionarios reales, prósperos comerciantes y caballeros, y se oía hablar latín e incluso francés, además del idioma sajón, en los salones de Winchester.
El alojamiento que Walter había buscado para su prima era muy superior a la casa del comerciante en Christchurch. La anfitriona de Adela era una viuda de unos cincuenta años, hija de un sajón noble por nacimiento, que se había casado con uno de los tesoreros reales de Winchester, un normando, y ahora vivía en una agradable casa de piedra situada junto a la puerta occidental. A su llegada, Walter había conferenciado en privado con la viuda durante un buen rato y cuando éste se hubo ido la mujer había asegurado a Adela con una sonrisa:
—Estoy segura de que podremos hacer algo por ti.
Desde luego, a Adela no le faltaba compañía. El primer día en que ella y su anfitriona fueron a dar un paseo por las calles, hasta Saint Swithuns y de vuelta a través del mercado, un gran número de sacerdotes, funcionarios reales y comerciantes habían saludado a su anfitriona.
—Mi esposo tenía muchos amigos que me recuerdan debido a la amistad que les unía a él —comentó la mujer, pero al cabo de unos días de haber experimentado personalmente la amabilidad y el sentido común de su anfitriona, Adela llegó a la conclusión de que la apreciaban por ella misma.
Adela se sentía cómoda en Winchester.
—Es prima de Walter Tyrrell, de Normandía —solía explicar su anfitriona.
A tenor de la respetuosa reacción que suscitaba esa presentación, Adela comprendió que la gente la tomaba de inmediato por una joven noble con amistades influyentes.
Al cabo de un día de su llegada, el prior de Saint Swithin invitó a las dos mujeres a comer con él.
En privado, su amiga le habló en tono tranquilizador pero sensato:
—Eres una joven atractiva. Cualquier noble se sentiría orgulloso de tenerte a su lado. En cuanto a tu escasa fortuna…
—No estoy en la miseria.
—Por supuesto —respondió su amiga, aunque con más amabilidad que convencimiento—. Uno no debe hacerse pasar por lo que no es —prosiguió—, pero tampoco conviene desilusionar a la gente. Por lo tanto, creo que es mejor que… no digamos nada. —La mujer calló y clavó los ojos en el infinito—. No obstante —añadió con tono jovial—, si procuras ser amable con tu primo Walter, quizá te consiga algo.
Adela la miró sorprendida.
—¿Te refieres a… dinero?
—Tu primo no es pobre, y si cree que puedes serle útil…
—No se me había ocurrido —confesó Adela.
—¡Ay, querida niña! —La viuda se detuvo unos momentos para recobrar la compostura—. A partir de ahora —continuó con firmeza—, debemos afanarnos en convencer a tu primo de que vas a ser un orgullo para él.
Si su anfitriona la animaba a afrontar de forma más inteligente su situación personal, la sociedad de Winchester le hizo ser más consciente de que lo que sucedía en el mundo exterior. Adela sabía, por ejemplo, que el rey tenía ciertas diferencias con la Iglesia, pero se quedó atónita cuando un destacado clérigo, en el curso de una distendida conversación con ella y la viuda en el patio de la catedral, se refirió al monarca como «ese diablo rojo».
—Pero piensa en lo que ha hecho Guillermo II el Rufo —dijo más tarde su amiga—. Primero se pelea el arzobispo de Canterbury. El arzobispo va a ver al Papa y Guillermo le impide volver a poner los pies en Inglaterra. Luego el obispo se muere aquí, en Winchester, y Guillermo se niega a instaurar a otro. ¿Sabes lo que eso significa? Que todos los beneficios que percibe la diócesis de Winchester, que es inmensamente rica, irán a parar a las arcas del rey en lugar de las de la Iglesia. Y ahora, para colmo, el rey acaba de nombrar a su mejor amigo, que es un sinvergüenza, obispo de Durham. Los clérigos no sólo odian al monarca, sino que muchos quisieran verle muerto.
Otra cuestión que hizo reflexionar a Adela estaba relacionada con su tierra natal. Más de una vez, al entrarse de que era normanda, las personas comentaban:
—Calculo que dentro de poco todos tendremos un mismo rey.
Adela sabía que cuando Roberto, duque de Normandía, había emprendido hacía tres años una cruzada, había recaudado el dinero para la expedición gracias a una cuantiosa suma que le había prestado su hermano Guillermo el Rufo, a quien había ofrecido Normandía como garantía. Lo que Adela ignoraba, aunque todo el mundo en Winchester estaba al tanto del asunto, era que Guillermo no tenía la menor intención de permitir que su hermano regresara a su ducado.
—Si no muere durante la cruzada —había comentado a sus amigos frotándose las manos—, regresará sin un céntimo. Jamás conseguirá saldar su deuda. Entonces me apoderaré de Normandía y me convertiré en un hombre tan grande como mi padre, el Conquistador.
—Seguramente tiene razón —dijo la viuda a Adela—, pero existe un peligro. Hace unos años unos amigos de Roberto trataron de asesinar a Guillermo. Concretamente, eran unos Clare. Todos temen a Guillermo, pero nunca se sabe…
—¿Y el tercer hermano, Enrique? —inquirió Adela—. No gobierna ningún territorio.
—Es cierto. Quizá le veas. De vez en cuando pasa por aquí. —Tras meditar unos instantes, su amiga continuó—: Es muy inteligente. No creo que tome partido por ninguno de sus hermanos para no verse en una situación comprometida. Prefiere mantener una actitud discreta y no ocasionar problemas. Seguramente es la actitud más sabia, ¿no crees?
Cada vez que alguien celebraba una fiesta en Winchester —cuando pasaba un grupo de caballeros por la ciudad, o el tesorero real ofrecía una cena en honor de un funcionario real y de su séquito—, la viuda y Adela estaban siempre presentes. A las pocas semanas, Adela había conocido a media docena de jóvenes solteros que, aunque no estuvieran interesados personalmente en ella, hablaban de la chica a otros amigos o parientes.
Fue durante una de esas fiestas que Adela conoció a sir Fulk.
Era un hombre de mediana edad, pero muy agradable. Adela se compadeció de él por haber perdido recientemente a su cuarta esposa, aunque sir Fulk no le explicó las circunstancias. Poseía unas tierras en Normandía y en Hampshire, muy cerca de Winchester. Estaba seguro de haber conocido en cierta ocasión al padre de Adela. Ésta lamentó que, con su bigotito y su orondo semblante, le recordara a Walter, pero trató de no pensar en ello. Sir Fulk habló con afecto de todas sus esposas.
—Todas mis esposas —explicó a Adela con tono amable— eran muy buenas, muy dóciles. Reconozco que tuve mucha suerte. La segunda —añadió sir Fulk de pasada— se parecía a usted.
—¿Ha pensado volver a casarse, sir Fulk?
—Sí.
—¿No busca una heredera?
—En absoluto —aseguró sir Fulk a Adela—. Estoy satisfecho con lo tengo. No soy ambicioso. Además —agregó con una sinceridad evidentemente destinada a impresionar a Adela—, el problema con esas herederas es que están convencidas de la importancia de sus opiniones.
—Deberían dejarse guiar.
—Exactamente.
Cuando abandonaron la fiesta, la anfitriona de Adela se entretuvo un poco, pero en cuanto se reunió con Adela le dijo:
—Has hecho una conquista.
—¿Sir Fulk?
—Asegura que coqueteaste con él.
—Es el hombre más aburrido que he conocido en mi vida.
—Tal vez, pero es serio y responsable. No te causará problemas.
—¡Yo sí se los causaré a él! —replicó Adela.
—No lo hagas. Contrólate. Al menos, cásate primero.
—¡Pero si es igualito que Walter! —protestó Adela.
Su amiga inspiró aire y miró a Adela de reojo, un gesto en el que ésta no reparó.
—Tu primo no es mal parecido.
—No comparto tu opinión.
—¿Vas a rechazar a sir Fulk si te pide que te cases con él? Tu familia, me refiero a Walter, te insistirá en que aceptes.
—Si sir Fulk supiera cómo soy en realidad, no volvería a acercarse a mí.
—No seas tonta.
—¿No te inspiro lástima?
—Yo no he dicho eso.
—¿Crees que debería sacrificarme? —Adela miró a la otra mujer, mayor que ella, con aire de reproche—. ¿Fue un sacrificio para ti casarte?
Su amiga se detuvo unos momentos.
—Te diré lo siguiente —repuso con tono quedo—: si lo fue, mi llorado esposo jamás lo supo.
Adela asimiló esa respuesta en silencio y asintió con tristeza.
—¿Soy lo suficientemente lista para casarme?
—No —contestó su amiga—. Pero muy pocas jóvenes lo son.
La proposición de matrimonio se produjo al día siguiente. Adela la rechazó. Walter Tyrrell llegó al cabo de una semana, y fue directamente a ver a la viuda.
—¿Mi prima ha rechazado a sir Fulk?
—Quizá no sea el marido adecuado para ella —respondió la viuda amablemente.
—¿Sin mi permiso? ¿Qué tiene de malo ese hombre? Posee dos magníficas propiedades.
—Quizá se deba a otro motivo.
—Es un hombre muy apuesto.
—Sin duda.
—Considero su rechazo una ofensa personal. Una desfachatez.
—Es muy joven, Walter. A mí me cae bien esa chica.
—En ese caso habla con ella. Yo no quiero hacerlo. Pero dile —continuó el enfurecido caballero— que si vuelve a rechazar a un buen partido, la llevaré a la abadía de Romsey para que viva allí el resto de sus días como una monja. Díselo de mi parte. —Y tras depositar un beso de cortesía en la mejilla de su vieja amiga Walter partió.
—De modo —refirió la viuda a Adela una hora más tarde— que tu primo te amenaza con recluirte en la abadía de Romsey.
Adela reconoció que estaba asustada.
—¿Cómo es esa abadía? ¿Conoces a alguna monja que viva allí? —preguntó alarmada.
—Es bastante imponente. La mayoría de las monjas son nobles. Sí, conozco a una de ellas. Es una princesa sajona llamada Edith, uno de los últimos miembros de nuestra antigua casa real. Conocía bien a su madre. Edith tiene más o menos tu edad.
—¿Le gusta estar allí?
—Cuando la abadesa no la ve, Edith se quita el hábito y lo pisotea.
—Ya.
—Yo no iría allí a menos que quisiera hacerme monja.
—No siento deseo alguno de ser monja.
—Entonces será mejor que te cases, aunque no es preciso que nos apresuremos. Pero procura no volver a coquetear con hombres como sir Fulk. —Luego, compadeciéndose de Adela, la viuda agregó—: En realidad, no creo que Walter cumpla su amenaza.
—¿Por qué?
—Porque con las pretensiones que tienen en la abadía de Romsey, tendría que pagar una elevada dote para ingresarte allí.
No obstante, el otoño trajo pocos visitantes a Winchester. Llegó noviembre, las hojas se desprendieron de los árboles, el cielo presentaba un color grisáceo y sobre las tierras altas soplaba un viento helado. No se presentó ningún candidato para marido de Adela. Ésta pensaba a veces en el Forest, casi deseando hallarse de nuevo en Christchurch y reanudar sus paseos a caballo con Edgar. Pensaba con frecuencia en Hugh de Martell. Pero nunca se lo confesó a nadie, ni siquiera a su amable anfitriona. Llegó diciembre. La nieve, según decían, no tardaría en aparecer.
Un frío día de diciembre, al salir de la catedral, Adela se quedó atónita al ver a su primo Walter, tocado con una airosa gorra de montar adornada con una pluma, junto a un elegante carruaje cubierto del que se apeó, apoyándose en la mano que éste le ofrecía, una dama envuelta en una capa ribeteada de piel.
Era lady Maud.
Adela corrió hacia ellos y les llamó. Ambos se volvieron.
Walter la miró irritado. Adela dedujo que era porque no quería que importunara a lady Maud. Su primo no le había informado de que iría a Winchester, aunque eso no era de extrañar. No obstante, era inconcebible que pasara por allí sin ir a verla. La leve inclinación de cabeza con la que saludó a Adela parecía indicar que se reuniera con ellos, de modo que la joven les acompañó cuando entraron en la residencia real, donde el portero y los sirvientes evidentemente conocían a su primo.
Adela pensó que lady Maud podía haberla tratado con más amabilidad y respeto, pero supuso que estaba cansada del viaje. Cuando la dama les dejó solos unos momentos, Walter explicó a Adela que sólo se habían detenido brevemente. Lady Maud se dirigía a visitar a un primo que vivía cerca de Winchester y Hugh de Martell, en cuya mansión se había alojado Walter, había pedido a éste que la acompañara.
—Luego regreso a Normandía —dijo Walter. No cesaba de caminar arriba y abajo con expresión ceñuda, lo cual no facilitaba la conversación.
Al poco, lady Maud se reunió con ellos, aparentemente de mejor humor. Estaba algo pálida, como de costumbre, pero trató a Adela con educación; de todos modos, usó un tono de advertencia que Adela había advertido antes. Cuando ésta le preguntó si estaba bien, lady Maud respondió en sentido afirmativo.
—Confío en que su marido también esté bien —dijo Adela con tono algo forzado, procurando que sonara cortés pero frío.
—Está perfectamente.
—Walter me ha comentado que va a ver a un pariente suyo.
—Así es. —Lady Maud reflexionó unos instantes antes de añadir—: Richard Fitzwilliam. Quizá le conozca.
—No, aunque he oído hablar de él, por supuesto. —Y en más de una ocasión. Treinta años, dueño de una de las propiedades más espléndidas del condado situada a menos de diez kilómetros de Winchester. Soltero—. Tengo entendido que es muy guapo —añadió Adela educadamente.
—Sí.
—No sabía que fuera pariente suyo.
—Es primo mío. Estamos muy unidos.
Durante el tiempo en que Adela había permanecido en casa de los Martell, en verano, nadie había mencionado a ese pariente. Se preguntó si lady Maud sugeriría presentárselo.
Pero no lo hizo. Walter no dijo nada.
Se produjo una pausa.
—¿Quieres descansar un rato antes de proseguir viaje? —preguntó Walter.
—Sí.
Walter se volvió hacia Adela y le hizo una seña con la cabeza. La seña de un cortesano para indicar que debía retirarse.
Adela captó la insinuación, pero habría sido un detalle por parte de Walter acompañarla hasta la puerta.
—¿Volveré a verte pronto, Walter? —le preguntó antes de marcharse.
Walter asintió con la cabeza, pero de una forma que indicaba que lo más importante en estos momentos era que Adela se retirara de inmediato; y antes de que la joven pudiera reaccionar, se encontró fuera, en las frías calles de Winchester.
Como no le apetecía regresar a casa de la viuda, Adela decidió dar un paseo. Al cabo de un rato cruzó la puerta de la ciudad y echó a andar por el campo. El cielo estaba plomizo. El monte despoblado y pardusco que cubría el cerro que se alzaba frente a Adela parecía mofarse de ella. Ellos me desprecian, pensó; quizá fuera pobre, pero ¿qué derecho tenía su primo a tratarla de esa forma, despachándola como si fuera un lacayo? Adela se sintió presa de la ira. Maldito fuera Walter. Malditos fueran él y lady Maud.
Adela comenzó a pasearse arriba y abajo frente a la puerta. ¿Saldrían por ella? ¿Debía decirles algo? No. Debía de tener un aspecto ridículo ahí de pie, junto a la carretera, impotente. Adela se sintió abatida.
Pero algo se rebeló en su interior. Soy mejor de lo que ellos creen, pensó. No permitiré que me traten con desdén. Necesitaba volver a verlos, obligarles a tratarla con la debida cortesía. Pero ¿cómo? ¿Qué pretexto tenía para regresar de nuevo a su encuentro?
De pronto se le ocurrió una idea. Por supuesto: su anfitriona y Walter eran amigos. ¿Qué más natural que Adela regresara con la viuda, que sin duda querría saludar a Walter al pasar éste por la ciudad? La viuda era una mujer noble. Lady Maud tendría que tratarla con respeto. Y si la viuda mencionaba de paso que en Winchester todo el mundo apreciaba mucho a Adela y su primo podía sentirse orgulloso de ella… Apenas empezó a cobrar forma en su mente esa brillante idea que Adela dio media vuelta y echó a correr tan rápido como pudo hacia la casa de la viuda.
Su amiga estaba en casa. Sin abundar en los detalles más humillantes de la entrevista, Adela tardó un momento en explicarle la situación y la viuda accedió de buen grado a acompañarla, siempre y cuando Adela le concediera unos segundos para arreglarse, cosa que hizo a toda velocidad.
Pero mientras se peinaba a Adela se le ocurrió otra idea. ¿Y si Walter y lady Maud se marchaban antes de que ellas llegaran allí? Era preciso impedirlo. Walter no podía marcharse si ella le informaba de que la viuda se dirigía a su encuentro para saludarlo.
—Nos reuniremos en la entrada del palacio real —dijo Adela a su amiga, tras lo cual echó a andar apresuradamente por la calle, confiando en no llegar demasiado tarde.
Tuvo suerte. El portero le aseguró que Walter y lady Maud aún estaban dentro. Adela esperó junto a la puerta, pero como hacía frío y se sentía algo ridícula, preguntó al portero si podía entrar. Puesto que el hombre la había visto entrar antes, no puso ninguna objeción y accedió a enviar a la viuda a reunirse con ella en cuanto llegara.
—Es una vieja amiga de mi primo Tyrrell —explicó Adela, sintiéndose más animada.
Entre el portal exterior y el gran salón había un pequeño vestíbulo. Adela aguardó allí. Se había preparado con esmero. Si Walter y lady Maud abandonaban de repente el gran salón y se topaban con ella, Adela les sonreiría con desparpajo y explicaría que había regresado para comunicarles que la viuda se dirigía hacia allí. Estaba segura de que saldría airosa de su empeño. Lo había ensayado repetidas veces. Pero Walter y lady Maud no aparecían. Adela se puso a escuchar junto a la recia puerta del salón, pero no oyó nada. Comenzó a pasearse arriba y abajo, se detuvo para escuchar de nuevo, sin saber qué hacer. Por fin abrió la puerta con cautela.
Walter y lady Maud estaban juntos. Se habían puesto sus capas y Walter se había encasquetado la gorra adornada con una pluma. Todo indicaba que se disponían a marcharse, aunque se habían detenido frente a un tapiz que mostraba una escena de caza.
Walter estaba situado detrás del hombro de lady Maud, inclinado sobre ella, señalando un detalle de la escena de caza. Su mejilla casi rozaba la de lady Maud, pero esto no tenía nada de particular. Walter se apartó un poco de ella y lady Maud se inclinó hacia él. El gesto denotaba cierta picardía, una inusitada familiaridad. Walter bajó la mano y lady Maud se volvió ligeramente. De improviso, en un ademán que no admitía duda, Walter dejó descansar su mano unos segundos sobre el seno de lady Maud. Ésta sonrió. Y en esto vio a Adela.
Ambos se separaron apresuradamente. La dama, apartándose para ajustarse la capa en torno a ella, se acercó al que colgaba en la pared. Walter miró a Adela furioso, como deseando que se la tragara la tierra.
¿Qué significaba aquello? ¿Qué ambos eran amantes o se trataba del típico coqueteo que Adela sabía que se daba con frecuencia en los círculos cortesanos? ¿Qué indicaba sobre los sentimientos de la dama con respecto a su marido? Ese pensamiento, que se le ocurrió repentinamente, fue lo que hizo que Adela se quedara ahí plantada, observándolos como una idiota.
—¿Qué diablos haces en el palacio del rey? —Walter era demasiado listo para dejar entrever otra emoción que no fuera ira. Pese a sentirse confusa, Adela observó con qué rapidez su primo había logrado convertirla en la culpable, en una intrusa que se había atrevido a penetrar en la residencia del monarca.
Adela repuso que la viuda deseaba verle, que habían venido juntas. Lo cual parecía una excusa bastante endeble, máxime cuando Walter le preguntó «¿y bien, dónde está?», y la viuda seguía sin aparecer.
—Lady Maud debe partir de inmediato —dijo Walter secamente. Era imposible adivinar si creía que la viuda acudiría a saludarlo.
Lady Maud, tras haber recuperado su dignidad, avanzó hacia la puerta como si Adela no existiera. Pero de pronto, como si acabara de ocurrírsele una idea, se detuvo y se volvió hacia Adela.
—Todo el condado sabe que busca marido —comentó con dulzura—. Pero no creo que tenga mucha suerte. Me pregunto por qué.
Era demasiado. Primero la trataban con un desprecio olímpico, luego la escenita de infidelidad y ahora la insultaban. Pero ella les demostraría que era más que capaz de devolverles la pelota.
—Si me caso —contestó Adela con un tono sosegado del que se enorgulleció—, estoy segura de que honraré a mi esposo. Y le daré un hijo. —Había sido un golpe bajo tremendo. Pero no le importó. Adela observó el rostro de lady Maud para comprobar su reacción.
Sin embargo, ante su sorpresa, lady Maud se limitó a fruncir sus labios rojos en un mohín y mirar a Walter con expresión de triunfo.
—Me temo que no tardará en adquirir fama de lengua viperina —observó—. Y mentirosa —añadió articulando con claridad cada palabra.
Acto seguido, lady Maud prosiguió hacia la puerta, que Walter sostuvo abierta para que pasara. Adela imaginó que su primo daría media vuelta y saldría detrás de la otra, pero continuó sosteniendo la puerta abierta para que ella también pasara, dándole a entender que deseaba que los acompañara. Al cabo de unos instantes, Adela, aturdida, echó a andar detrás de lady Maud, seguida por Walter. Al salir al frío patio, un lacayo ayudó a lady Maud a instalarse en su carruaje mientras Walter se disponía a montar en su caballo.
Pero antes de hacerlo indicó a Adela que se acercara.
—Creo que debes saber —dijo en voz baja—, que cuando llegué el otro día a casa de Hugh de Martell me refirió una buena noticia. A lady Maud le confirmaron hace poco que está encinta. —Walter miró a Adela a los ojos con frialdad—. Acabas de granjearte otros dos enemigos: ella y su esposo. Puedes estar segura de que ella le hablará desfavorablemente de ti. Yo que tú me andaría con cuidado.
Tras estas palabras, Walter montó y él y lady Maud partieron.
No bien hubieron atravesado la puerta cuando apareció la viuda, que se dirigió apresuradamente hacia Adela. Demasiado tarde.
Aquella noche heló. Adela no pudo pegar ojo. Había vuelto a ponerse en ridículo. Se había ganado el odio eterno de lady Maud y probablemente la antipatía de Hugh de Martell. Walter debía de estar más que harto de ella. Estaba sola en el mundo; no tenía ni un amigo. Pero esos problemas se habrían disipado en cuanto ella hubiera conseguido dormirse, de no ser por un hecho incontestable que no cesaba de rondarle por la cabeza, ahuyentando toda posibilidad de conciliar el sueño. Su esposa iba a dar un hijo a Martell.
Por la mañana comenzó a soplar un viento septentrional procedente de los cerros que dispersó la nieve por toda la ciudad. A Adela le pareció que el mundo se había convertido en un lugar gélido e inhóspito.
A Edgar le gustaban los meses de invierno. Eran duros, sin duda. Los prados mermaban hasta quedar reducidos a unos pequeños y pálidos montecillos de hierbas. Primero venían las heladas, luego la nieve. Los ciervos se alimentaban principalmente de acebo, hiedra y brezo. En el peor de los casos mordisqueaban la corteza de los árboles para absorber sus nutrientes. Los ponis salvajes, que comían prácticamente de todo, se alimentaban de tojo. A fines de enero, muchos animales presentaban un aspecto desnutrido; los ponis se movían menos, para conservar la energía. Era la época en que la naturaleza ponía a los animales a prueba y algunos no lograban sobrevivir.
Pero muchos sí. Incluso cuando las aves volaban bajo e inútilmente sobre el desierto y nevado páramo y la solitaria lechuza exploraba los desnudos árboles en busca de una presa que no hallaba, Edgar pensaba que la tierra de turba retenía su calor. El hielo que cubría sus superficies se quebraba bajo las pisadas del delicado ciervo. Las alondras y currucas conseguían hallar comida, y los zorros la robaban de las granjas. Las ardillas, las urracas y los grajos siempre disponían de unas reservas de alimento; los pequeños terratenientes daban de comer a su ganado. Y los guardabosques, en caso necesario, dejaban comida en diversos lugares del Forest para garantizar la subsistencia de los ciervos.
En cierta ocasión, cuando cabalgaba a través del Forest, Edgar había visto a la pálida gama comiendo y le había recordado de nuevo a Adela.
Edgar deseaba ir a visitarla en Winchester. Pero su padre siempre se lo impedía.
—Déjala en paz. Quiere casarse con un normando —le decía.
Un buen día, Cola informó a Edgar de que un caballero había propuesto matrimonio a Adela. En noviembre advirtió a su hijo que Adela prácticamente no tenía una dote y en diciembre le soltó sin contemplaciones:
—Es absurdo casarse con una mujer que siempre te despreciará porque no eres más que un cazador sajón.
Pero ni siquiera esos argumentos habrían impedido que Edgar fuera a ver a Adela, de no haber existido otro motivo de más peso.
Edgar nunca había logrado averiguar de dónde sacaba su padre esa información. ¿Eran quizá las personas con quienes entablaba amistad durante las cacerías reales quienes le mantenían informado? De vez en cuando aparecían unas personas muy extrañas que portaban mensajes. ¿O la obtenía durante sus visitas mensuales a un viejo amigo en el castillo de Sarum? ¿O bien de otras fuentes con las que se encontraba durante sus misteriosas ausencias? ¿Quién sabe?
—Quizá le informen las lechuzas del bosque —sugirió un día el hermano de Edgar.
El caso es que el anciano se enteraba de cosas y durante aquel invierno, Edgar observó que estaba preocupado. En noviembre envió a su hijo mayor a Londres para que resolviera un negocio, que le retuvo allí unos meses.
—Tú te quedarás aquí —le había ordenado Cola a Edgar—. Te necesito.
Cuando Edgar se había aventurado en un par de ocasiones a preguntar a su padre qué le preocupaba, Cola había respondido con evasivas, pero cuando su hijo le había preguntado sin rodeos si temía que se estuviera fraguando otro complot contra el rey, el anciano no lo había negado.
—Vivimos en unos tiempos peligrosos, Edgar —había murmurado, negándose a seguir abundando en el tema.
Las posibilidades de que intrigaran contra el rey eran tantas que Edgar no podía adivinar de dónde procedía la amenaza. Por una parte estaban los partidarios de Roberto, uno de los cuales era dueño de las tierras situadas en la costa meridional del Forest. Pero detrás de un complot podía estar el rey de Francia, quien temía que su territorio fuera objeto de un ataque si Guillermo II el Rufo, un hombre de carácter agresivo, se convertía en su vecino en Normandía. O podía tratarse de algo menos evidente. Placía cuatro años habían tramado un complot para asesinar a Guillermo y colocar al marido de su hermana, el conde francés De Blois, en el trono. Los parientes de Tyrrell, la poderosa familia de los Clare, habían estado implicados en él antes de cambiar súbitamente de bando y advertir a Guillermo del peligro que corría. Y puesto que habían estado implicados en otras conjuras, Edgar consideraba que los Clare, y sus secuaces como Tyrrell, no eran de fiar. La Iglesia, que no tenía motivos para apreciar a Guillermo el Rufo, tampoco se lamentaría de su caída.
Pero ¿por qué inquietaban tanto a su padre esos asuntos de estado? Quienquiera que fuera el próximo rey, sin duda se alegraría de contar con los servicios de un experto guardabosque y Cola siempre había sabido mantenerse al margen de todo conflicto. ¿Por qué se mostraba entonces tan preocupado? ¿Acaso estaba implicado en alguna conjura? Era un misterio.
Edgar era un hijo sumiso. No fue a Winchester. Permaneció junto a su padre, patrullando el Forest y asegurándose de que la mayoría de los ciervos lograran sobrevivir al invierno.
A fines de invierno llegó otro rumor a Inglaterra. Roberto de Normandía, de regreso de la cruzada —en la que se había distinguido por su valor— se había detenido en el sur de Italia. Allí no sólo le habían dispensado una acogida de héroe, sino que al parecer había hallado una esposa que le aportaría una fabulosa dote.
—Lo suficiente para pagar el préstamo y recuperar Normandía —comentó Cola. Por algún motivo, los italianos calificaban a Roberto como rey de Inglaterra—. Dios sabe por qué —continuó Cola—, pero aunque Roberto devuelva el préstamo, Guillermo no consentirá que regrese a Normandía. Empleará la fuerza para impedírselo. Entonces, los amigos de Roberto atacarán a Guillermo.
—No veo por qué esto deba afectarnos en el Forest —comentó Edgar.
Pero su padre meneó la cabeza y se negó a seguir hablando del tema.
Transcurrió otro mes y no tuvieron más noticias, salvo, claro está, las inquietantes noticias sobre Hugh de Martell.
Cuando Adela vio a Hugh de Martell junto a la puerta de la casa de la viuda, durante unos momentos no dio crédito a sus ojos.
Había caído un aguacero, que había remitido, haciendo que las calles relucieran bajo el empañado sol. La áspera brisa de primavera tiñó de rojo sus mejillas, que tenía prácticamente insensibles, mientras Adela paseaba con paso apresurado por el recinto de la catedral y el mercado.
Al verlo emitió una breve e involuntaria exclamación de asombro. La alta y atractiva figura de Martell respondía exactamente a la imagen que conservaba Adela en su memoria. Le habría reconocido aunque Martell se hubiera hallado al otro lado del Forest. Pero al mismo tiempo tenía un aspecto distinto y cuando se volvió hacia ella, a Adela le impresionó el cambio.
—Me aseguraron que no tardaría en regresar. —Martell parecía aliviado de verla.
¿Qué significaba esto? ¿Por qué había ido a visitarla? Walter había asegurado a Adela que lady Maud haría que su esposo se enemistara con ella, pero no daba la impresión de haberlo conseguido.
El caballero sonrió, pero su rostro denotaba una gran tensión.
—¿Podemos hablar?
—Desde luego. —Adela echó a andar hacia Saint Swithuns y Martell la siguió.
—¿Va a quedarse muchos días en Winchester?
—Sólo un par de horas. —Martell la miró—. ¿Es que no lo sabe? ¡Pero cómo iba a saberlo! Mi esposa está enferma —declaró el caballero meneando la cabeza con pesar—. Muy enferma.
—Lo lamento.
—Quizá se deba a que está encinta, no lo sé. Nadie lo sabe —dijo Martell con un gesto de impotencia.
—¿Y usted ha venido…?
—Hay un médico, un judío muy hábil. Ha atendido al rey. Me dijeron que lo encontraría en Winchester.
Adela había oído hablar de ese personaje, aunque sólo le había visto una vez. Era un hombre de aspecto imponente, con una barba negra, que desde hacía una semana se alojaba en casa del tesorero real.
—Ha ido a cabalgar con unos hombres del rey —prosiguió Martell—. Pero me dijeron que regresaría dentro de un par de horas. Espero que no le moleste que me haya presentado aquí, en la casa donde se aloja. No conozco a nadie más en Winchester.
—No me molesta. —Adela no sabía qué decir. Martell caminaba junto a ella con grandes zancadas, nervioso e impaciente, aunque procuraba contenerse para no forzarla a apretar el paso—. Me alegro de verla.
¿Por qué había venido a verla? Al alzar la vista y contemplar su rostro, lleno de inquietud y dolor, Adela comprendió de pronto que este hombre fuerte era también un hombre corriente y vulgar, que sentía y padecía como el que más. Estaba angustiado. Se sentía solo. Había acudido a ella para que lo consolara. Adela se sintió invadida por una profunda ternura.
—Dicen que los médicos judíos poseen una gran habilidad —comentó. Los normandos sentían gran respeto por los conocimientos de los judíos, que se remontaba a los tiempos clásicos. El Conquistador había establecido la comunidad judía en Inglaterra y a su hijo Guillermo II el Rufo le complacía verlos en su corte—. Estoy segura de que curará a su esposa.
—Sí. —Martell fijó la vista en el horizonte—. Confiemos en que lo consiga.
Siguieron caminando en silencio durante un rato. Ante ellos se alzaba la catedral.
—Winchester es una magnífica ciudad —dijo Martell por decir algo—. ¿Le gusta?
Adela respondió en sentido afirmativo. Le habló sobre hechos sin trascendencia que habían ocurrido en la ciudad, sobre personas que habían pasado recientemente por ella, sobre lo que fuera con tal de distraerlo de sus preocupaciones.
Adela notó que Martell se sentía agradecido por ello. Pero también notó, al cabo de un rato, que deseaba enfrascarse de nuevo en sus pensamientos, de modo que ella calló y continuaron en silencio hasta Saint Swithuns.
—El niño nacerá a principios de verano —comentó Martell de pronto—. Hace mucho que esperamos un hijo.
—Ya.
—Mi esposa es una mujer maravillosa —agregó Martell—. Valiente, amable, bondadosa. —Adela asintió en silencio. ¿Qué podía decir? ¿Qué sabía que su esposa era una mujer tímida, mezquina y maliciosa?—. Está totalmente entregada a mí. Es muy leal.
Adela evocó con sobrecogedora nitidez la imagen de la dama junto a Tyrrell, la mano de éste descansando unos instantes sobre su seno…
—Por supuesto.
Qué hombre tan bueno. Mil veces demasiado bueno para lady Maud, pensó Adela. Pero ella debía asentir en silencio a lo que él decía, sin pretender sacarlo de su error.
Ambos guardaron silencio durante buena parte del camino de regreso a casa de la viuda. Al aproximarse a la puerta de la ciudad se encontraron con un grupo de jinetes entre los que distinguieron la imponente e inconfundible figura del judío.
Martell avanzó apresuradamente hacia ellos, pero se detuvo y dio media vuelta.
—Querida lady Adela —dijo tomando sus dos manos entre las suyas—. Gracias por su compañía en estos momentos tan difíciles para mí. —Martell la miró a los ojos con ternura—. Su amabilidad significa mucho para mí.
—No tiene importancia.
—En fin… —Martell vaciló—. La conozco muy poco, pero sé que puedo hablar con usted.
Hablar con ella… Adela alzó la vista y contempló su rostro varonil y preocupado. Ansiaba responder con sinceridad, decir: «Se compadece de una mujer que es indigna de usted.» «Por el amor de Dios —pensó Adela—, si yo estuviera en el lugar de lady Maud te amaría con toda mi alma, te respetaría.» Sintió deseos de gritarlo a los cuatro vientos.
—Estaré encantada de ayudarlo en cualquier momento —dijo simplemente.
—Gracias. —Martell sonrió, inclinó la cabeza con respeto, se volvió y se dirigió a paso rápido hacia los jinetes.
Adela no volvió a verlo en los días sucesivos. El médico judío partió con él y regresó al cabo de una semana para quedarse en Winchester, según averiguó Adela, hasta Pascua, cuando estaba previsto que llegara el rey. Adela se informó de que aunque lady Maud seguía viva y, de milagro, no había perdido al niño que esperaba, el judío no podía aún afirmar si se salvaría o no.
Transcurrieron varios días. El tiempo era más templado. Adela no cesaba de cavilar y darle vueltas al asunto.
Entonces, una mañana temprano, tras dejar un mensaje para su anfitriona, Adela partió a caballo de Winchester sola. En el mensaje, deliberadamente vago, rogaba a su amiga que no dijera nada y prometía regresar al atardecer del día siguiente. No decía dónde se dirigía.
Era evidente que Godwin Pride se sentía satisfecho de sí mismo. Se hallaba junto a la puerta de su casa, sosteniendo una cuerda. En el otro extremo de la cuerda aparecía atada una vaca de color tostado. Su esposa y tres de sus hijos la contemplaban con atención. Un petirrojo posado en la cerca observaba también la escena con interés.
Godwin Pride había pasado el invierno sin mayores problemas. A fines de otoño había matado a la mayoría de sus marranos alimentados con bellotas y los había salado. Disponía de los huevos que ponían sus gallinas, la leche que daban sus pocas vacas; en la despensa había conservas que preparaban con las manzanas y las hortalizas secas de su huerto. Como plebeyo del Forest Pride gozaba del derecho de Turbary, que le proporcionaba carbón de turba. Su casa era cálida y acogedora, su pequeño rebaño de animales había sobrevivido a los rigores del tiempo y él había recibido a la primavera en el Forest de excelente humor.
De paso, había adquirido otra vaca.
—Era una ganga —declaró. La había traído andando desde Brockenhurst.
—¿Ah, sí? ¿Y cuánto has pagado por ella? —inquirió su esposa.
—Eso no te incumbe. Era una ganga.
—No necesitamos otra vaca.
—Es una buena vaca lechera.
—Y la que tendrá que ocuparse de ella seré yo. ¿De dónde sacaste el dinero para comprarla?
—Eso no te incumbe.
Su esposa lo miró con suspicacia. Los niños observaron en silencio. El petirrojo que estaba posado en la cerca parecía también intrigado.
—¿Y dónde vas a meterla? —Su esposa se refería al invierno. ¿Acaso iba a construir un nuevo establo? En el pequeño corral no había espacio para meter a otro animal. ¡No estaría pensando en ampliar el corral, después de que el año pasado le pillaran con las manos en la masa!—. No puedes ampliar el corral —afirmó la mujer.
—Descuida. Se me ha ocurrido una idea. Lo tengo todo previsto y planificado.
Y aunque Pride se negó a facilitar más detalles, parecía más satisfecho de sí mismo que nunca. Hasta el petirrojo parecía impresionado.
El hecho de que Pride hubiera adquirido la vaca sin pensárselo dos veces, y no tuviera ningún plan, ni remota idea de dónde instalaría al animal el próximo invierno, no le preocupaba lo más mínimo. Disponía de toda la primavera y el largo verano en el Forest para pensar en ello. A veces, como su esposa había tenido sobradas ocasiones de comprobar, se comportaba como un niño. Pero si la mujer se proponía seguir discutiendo con él, no tuvo oportunidad de hacerlo.
Porque en aquel preciso momento apareció Adela, cabalgando al paso hacia ellos.
—¿Qué diablos querrá? —exclamó Godwin Pride.
A última hora de la tarde las dos figuras descendieron de la meseta de Wilverly Plain, un gigantesco páramo situado al nivel del mar, de más de tres kilómetros de extensión, donde pastaban los primeros ponis rodeados tan sólo por el vasto firmamento. Adela cabalgaba al paso; Godwin Pride la precedía, a regañadientes, montado en un recio caballito.
Las nubes se habían disipado para revelar, recortándose sobre el azul del cielo, la silueta plateada de una luna creciente. El aire tibio anunciaba la llegada de la primavera. Adela se alegraba de haber regresado al Forest, aunque le asustaba un poco lo que se proponía hacer.
Habían tomado por el camino que discurría hacia el oeste desde la parte central del Forest, a través de los páramos de Wilverly, y se hallaban a unos seis kilómetros de Brockenhurst. Frente a ellos había un robledal. Si hubieran seguido recto, habrían llegado a una amplia cañada donde estaba situada la umbrosa y pequeña aldea de Burley. En lugar de ello doblaron a la derecha, atravesaron un monte y descendieron por una colina conocida como Burley Rocks. Tras cruzar un inmenso y desierto marjal cubierto de hierba, enfilaron por un pequeño sendero que discurría por el borde de un páramo.
—Burley queda a la derecha —informó Pride a Adela—. White Moor se halla a pocos kilómetros en línea recta. Y eso —añadió indicando un montículo sobre el que crecía un árbol que parecía agitar sus brazos alocadamente— es Black Hill.
El sendero giraba bruscamente a la izquierda y conducía hasta un arroyo que fluía alegre al tiempo que describía un recodo, como el brazo doblado de un hombre.
—Eso es Narrow Water —dijo Pride. A su derecha, junto al arroyo, había un marjal infestado de robles enanos, acebo, hayas y una selva de arbolitos y matorrales. Y más allá de esa zona se veía un grupo aislado de casuchas y chozas, dispuestas sin orden ni concierto, con techados de musgo y ramas a través de los cuales brotaban unas nubecillas de humo.
Habían llegado al lugar donde vivía Puckle.
Pride se había resistido a llevar a Adela allí, pero ella había insistido.
—No sé dónde vive y no quiero andar preguntándolo. Nadie debe saber que he ido ahí. Creo —añadió Adela mirando a Pride fijamente— que me debe usted un favor. —El ciervo. Él no podía negarlo—. Además —prosiguió Adela con una sonrisa—, si usted se lo pide a ella, sin duda accederá a hablar conmigo.
Y ése era el problema, el motivo por el que Pride se había resistido a conducir a Adela hasta allí. Pues no era con Puckle con quien quería hablar Adela, sino con su mujer. La bruja.
Adela aguardó junto al arroyo mientras Pride se dirigía a la cabaña y entraba en ella. Al cabo de un rato salió Puckle, seguido por varios hijos y nietos, para atender a sus labores.
Al poco apareció Pride, quien se dirigió hacia ella.
—La está esperando —dijo escuetamente—. Será mejor que entre.
Al cabo de unos momentos, Adela traspuso la puerta, agachando la cabeza para no darse un golpe, y entró en la casita de la bruja.
El interior estaba en penumbra. La choza consistía en una sola habitación, cuya iluminación provenía de una ventana con los postigos semicerrados. En el centro del suelo había un círculo de piedras que servía de hogar, en el que ardía un fuego de turba. Al otro lado del fuego había una mujer sentada en una silla baja de madera. A sus pies, calentándose junto al fuego, yacía un gato gris. Junto al hogar había también un taburete de madera, que la mujer señaló al tiempo que decía:
—Siéntese, querida.
Aunque Adela no se había formado una imagen precisa de ella, la esposa de Puckle no respondía a lo que había previsto. Cuando sus ojos se adaptaron a la penumbra, vio ante ella a una mujer de mediana edad, de aspecto afable, con la cara redonda, la nariz chata y los ojos grises y muy separados.
La mujer observaba a Adela con discreta curiosidad.
—Una hermosa joven —continuó con voz queda—. ¿Y dice que viene de Winchester?
—Sí.
—¡Vaya, vaya! ¿Y qué puedo hacer por usted?
—Tengo entendido que es usted bruja —soltó Adela de sopetón.
—¿Ah, sí?
—Eso dice la gente.
—¿De veras? —La mujer encajó esa información con aire divertido. No se sentía disgustada por aquella acusación: aunque la Iglesia censuraba las prácticas de brujería, las persecuciones sistemáticas eran raras en la Inglaterra normanda, y, más aún, en las zonas rurales donde siempre habían persistido las antiguas tradiciones de magia—. ¿Y qué si lo soy? —prosiguió la mujer—. ¿Qué viene buscando aquí una joven bonita y educada como usted? ¿Un remedio contra una enfermedad? ¿Un filtro de amor?
—No.
—Desea que le adivine el futuro. Muchas jóvenes desean conocer su futuro.
—No exactamente.
—Entonces ¿qué quiere, querida?
—Debo matar a alguien —contestó Adela.
Transcurrieron un par de minutos antes de que la otra mujer respondiera:
—Me temo que no puedo ayudarla.
—¿Ha hecho alguna eso?
—No.
—¿Podría hacerlo?
—Ni siquiera lo intentaría —repuso la mujer meneando la cabeza—. Esas cosas sólo ocurren si deben ocurrir. —Miró a Adela con severidad—. Ándese con cuidado. El hecho de desear el mal a otra persona se volverá tres veces contra usted.
—¿Es eso lo que dicen las brujas?
—Sí. —Tras dejar que Adela asimilara lo que le había dicho, la mujer prosiguió en un tono más amable—: Veo que está preocupada. ¿No quiere contármelo?
Adela accedió. Le habló sobre Martell y su esposa. Relató a la mujer lo que había visto, los graves defectos de lady Maud, su infidelidad, la forma en que engañaba a Hugh de Martell.
—¿Y usted cree que sería una mejor esposa para él?
—Oh, sí. Si su esposa, que está muy enferma, muriera, todos saldríamos ganando.
—En todo caso, usted está convencida de ello. Veo que ha meditado sobre el asunto.
—Sí, estoy convencida —respondió Adela.
La esposa de Puckle suspiró pero no hizo comentario alguno. Se limitó a balancearse en su silla, al tiempo que el gato alzaba la cabeza para observar a Adela antes de volver a quedarse dormido.
—Creo que puedo ayudarla —dijo por fin la mujer.
—¿Puede hacer que ocurra algo? ¿Puede predecir el futuro?
—Es posible. —La mujer hizo una pausa—. Pero quizá no sea lo que usted desea.
—No tengo nada que perder —contestó Adela.
Tras asentir con aire pensativo, la esposa de Puckle se levantó y salió de la choza. Al cabo de unos momentos entró de nuevo, pero no se sentó.
—La brujería, como lo llama usted, no consiste tan sólo en hacer conjuros. Es más que eso. De manera —dijo señalando la silla que había ocupado antes— que siéntese en esa silla y tranquilícese.
Acto seguido la mujer se acercó a un arca situada en un rincón de la pequeña estancia y, después de revolver en ella, sacó unos objetos mientras canturreaba en voz baja. Entre tanto, su gato había abandonado su lugar junto al fuego y se había instalado a los pies del arca donde, tras dirigir otra mirada cargada de significado a Adela, había vuelto a quedarse dormido.
Al cabo de un rato, la esposa de Puckle empezó a colocar los objetos en el suelo, cerca de la silla. Adela reparó en un pequeño cáliz, un diminuto cuenco de sal, otro de agua, un plato que contenía unas tortitas de avena, una varita, un pequeño puñal y un par de artículos que no logró identificar. En esto, durante unos instantes, Puckle asomó la cabeza por la puerta y entregó a su mujer una rama de un roble, que ella tomó moviendo la cabeza en señal de asentimiento y depositó junto a los otros artículos. Cuando lo tuvo todo preparado, la mujer se sentó en la banqueta y durante un rato permaneció enfrascada en sus pensamientos, sin decir palabra. En la habitación reinaba un profundo silencio.
Luego se inclinó hacia delante, cogió el plato de tortitas de avena y se lo ofreció a Adela.
—Tome una.
—¿Son especiales? ¿Contienen un ingrediente mágico? —preguntó Adela sonriendo.
—Cornezuelo del centeno —respondió—. Algunos utilizan un extracto de champiñones, o de sapos. Todos son eficaces. Pero yo prefiero utilizar cornezuelo del centeno.
Adela se comió la tortita, que no tenía un sabor especial. Se sentía a un tiempo nerviosa y animada.
—Ahora, querida —dijo por fin la esposa de Puckle—, debe permanecer sentada muy quietecita, con ambos pies apoyados en el suelo. Coloque las manos en el regazo y siéntese muy derecha, apoyando la espalda en el respaldo de la silla. —Adela la obedeció—. Ahora —continuó la bruja suavemente—, quiero que inspire tres veces, muy despacio, y cuando expire, poco a poco, quiero que se relaje al máximo. ¿Hará lo que te pido?
Adela obedeció. La sensación de relajación, unida a su nerviosismo, le provocó una risita que no pudo reprimir.
—¿Va a transportarme a un reino mágico, a otro mundo? —inquirió.
La bruja se limitó a contemplar el suelo en silencio.
—Al igual arriba, abajo —dijo con tono quedo—. El reino mágico constituye el mundo entre los mundos. —Tras alzar la vista prosiguió—: Ahora quiero que imagine que se parece a un árbol. De sus pies brotan unas raíces que se hunden en la tierra. ¿Es capaz de imaginarlo?
—Sí, creo que sí.
—Bien. —La mujer se detuvo unos momentos—. Ahora imagine que de su espalda brota una raíz que atraviesa la silla y se hunde en el suelo. A una gran profundidad bajo la superficie.
—Sí. Puedo sentirlo.
La bruja asintió lentamente. Adela tenía la impresión de estar arraigada en aquel espacio como un árbol. Primero le pareció raro, pero luego experimentó una sensación inmensamente relajante. Al cabo de un rato, la bruja se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación.
En primer lugar, tomó el pequeño puñal, con el que dibujó un círculo en el aire que parecía contenerlas a las dos y a todos los objetos que había en el suelo. El gato permaneció fuera del círculo.
La bruja sumergió la punta del puñal en el cuenco de agua y luego en el cuenco de sal. A continuación, transfirió tres pizcas de sal que tomó con la punta del puñal al cuenco de agua y lo removió, sin cesar de murmurar suavemente.
Después tomó el cuenco de agua y roció tres veces un poco de agua en cuatro lugares del círculo imaginario, que Adela dedujo que representaban los cuatro puntos cardinales. Acto seguido cogió una pequeña brasa del hogar, murmuró unas palabras y la apagó, observando unas plumas de humo que ascendían por el aire. Por último, recorrió de nuevo los cuatro puntos cardinales, haciendo unos extraños signos en cada uno.
—¿Siempre se desplaza en el mismo sentido, de norte a este a sur? —inquirió Adela.
—Sí —contestó la mujer—. Lo contrario sería moverse a contramano. No hables.
La bruja recorrió por tercera vez los cuatro puntos cardinales situados en el círculo, empuñando el pequeño puñal y trazando frente a cada uno un extraño jeroglífico en el aire. Al principio, Adela lo interpretó como un signo aleatorio, pero luego observó que el segundo era idéntico. Cuando la bruja esbozó el tercero, Adela lo comprendió con claridad: lo que dibujaba era un pentagrama, la estrella de cinco puntas cuyas líneas estructurales se prolongan en el aire sin solución de continuidad. Y cuando la bruja dibujó el cuarto signo detrás de Adela, ésta tuvo la certeza de que era el mismo. Por último, la bruja trazó un pentagrama en el centro del círculo.
—Aire, fuego, agua, tierra —dijo suavemente—. El círculo está completo.
Después de tomar la varita, la bruja recorrió de nuevo los cuatro puntos cardinales del círculo, repitiendo los pentagramas. Luego, satisfecha, se plantó en medio del círculo, sin mirar a Adela pero señalando los puntos situados en el borde del círculo, murmurando unas palabras ante cada uno de ellos antes de sentarse en el taburete y aguardar tranquilamente, como un ama de casa que espera visitas.
Adela aguardó también en silencio, aunque no habría sabido decir cuánto rato. En todo caso, no mucho.
Primero, cuando la esposa de Puckle le pidió que imaginara que era un árbol, Adela experimentó una vaga presión sobre su cuerpo. Al rato, ante su sorpresa, comprobó que no sólo podía imaginar que se había transformado en un árbol, sino que sintió que las raíces brotaban de las plantas de sus pies y de su columna vertebral, pugnando por hundirse en la oscura tierra. Sintió el tacto de la tierra, como si hubiera adquirido varias manos y dedos: estaba fría y húmeda, tenía un sabor rancio pero era nutritiva. La presión sobre su cuerpo persistió. Adela comprobó que si quería moverse las raíces se lo impedían, pues la mantenían clavada en el suelo. Al principio eso la irritó. Ya no soy un animal libre, pensó, soy un árbol, estoy atrapada, prisionera de la tierra.
Pero poco a poco se fue acostumbrando. Aunque su cuerpo estuviera arraigado en la tierra, su mente parecía haber adquirido una nueva libertad. Era una sensación agradable, placentera. Tenía la impresión de volar.
Transcurrió el tiempo. Adela era consciente de la sombría habitación, del suave resplandor del fuego, del silencio de la bruja. Sin embargo, de pronto ocurrieron dos cosas a cual más extraña. El gato gris comenzó a crecer hasta doblar su tamaño y luego se transformó en un cerdo. A Adela le pareció de lo más cómico y rió de buena gana. Luego, el cerdo salió flotando por la ventana, lo que resultaba lógico, teniendo en cuenta que un cerdo debe estar en el exterior.
Al cabo de unos minutos, Adela se percató de otra cosa. Afuera había oscurecido, pero contemplaba el firmamento y las estrellas a través del techo de la choza. Era extraordinario. Las ramas, las hojas y el musgo seguían en su lugar, pero Adela comprobó que podía ver el cielo a través de ellos. Mejor aún, tuvo la impresión de que ella misma, dado que era un árbol, crecía a través del techo y abría su frondosa copa a la noche.
De pronto se echó a volar. Resultó muy sencillo. Surcó el cielo nocturno, bajo la luna en cuarto creciente. No llevaba puesta su ropa, ni la necesitaba. Sintió la caricia del aire fresco levemente impregnado de rocío. Sobrevoló el Forest, rodeada por las estrellas y el cielo, que se reflejaban en su piel como diamantes. Durante unos breves pero maravillosos momentos, Adela voló sobre el bosque, cuya superficie se rizaba como las olas. Por fin, al ver un roble más grande que los demás voló hacia él, y al alcanzar sus ramas tuvo la vaga sensación de que el árbol era ella misma.
Luego comenzó a descender y aterrizó cómodamente en el suelo cubierto de musgo. Una vez en tierra, Adela vio numerosos senderos que discurrían bajo los elevados robles; pero uno de ellos le llamó la atención, semejante a un larguísimo túnel, casi interminable, que emitía una luz verdosa. Al fondo del túnel, Adela divisó algo que también la impresionó, un animal que avanzaba a gran velocidad. Parecía hallarse lejos, pero al poco lo tenía casi encima. El animal galopaba hacia ella.
Era un magnífico ciervo común, dotado de unas colosales astas que se ramificaban. El animal continuó avanzando hacia ella. Adela se sintió a la vez atemorizada y alborozada.
Silencio. Adela no recordaba nada. Supuso que había descabezado un sueñecito. Se hallaba de nuevo en la pequeña estancia. El gato gris estaba en un rincón. La esposa de Puckle hacía el signo del pentagrama, aunque movía la mano en sentido contrario a como la había movido antes. Cuando terminó, la mujer miró a Adela y comentó en voz baja:
—Está completo.
Adela se quedó quieta durante unos instantes y luego movió las manos y los pies. Se sentía muy ligera.
—¿Ha ocurrido algo?
—Desde luego.
—¿Qué?
La esposa de Puckle no respondió. El leve resplandor del fuego de turba confería una suave iluminación a la estancia.
Al alzar la vista hacia la ventana, Adela observó un tenue resplandor. Se preguntó vagamente cuánto tiempo llevaba allí. Una hora o más, teniendo en cuenta que había anochecido. Había decidido pasar la noche en casa de los Pride, suponiendo que Godwin Pride no se negara a acompañarla de regreso una vez que hubiera oscurecido.
—Debo irme. Está a punto de anochecer —dijo Adela.
—¿Anochecer? —replicó la esposa de Puckle sonriendo—. Ha pasado aquí toda la noche aquí. Esa luz es el amanecer.
—¡Ah! —Era extraordinario. Adela trató de poner en orden sus pensamientos—. Ha dicho que ocurrió algo. ¿Puede decírmelo? ¿Lady Maud…?
—He vislumbrado una pequeña parte de su futuro.
—¿Y?
—He visto una muerte, que le traerá paz. Y felicidad.
—¿De modo que se cumplirá?
—No esté tan segura. Quizá no sea lo que usted imagina.
—Pero si se trata de una muerte… —Adela miró a la otra mujer, pero ésta se negó a abundar en el tema. En lugar de ello, se levantó, se acercó a la puerta y llamó a Pride.
Adela se puso en pie. Era evidente que la esposa de Puckle deseaba que se marchara. Se dirigió hacia la puerta, dudando en si debía ofrecer dinero a la mujer o darle las gracias por la consulta. Por fin metió la mano en una bolsa que llevaba colgada del cinturón y sacó dos peniques. La esposa de Puckle los tomó con una inclinación de la cabeza. Por lo visto consideraba que se los había ganado. En esto surgió de la pálida oscuridad la figura de Pride, conduciendo de las riendas al caballo de Adela.
—Gracias —dijo Adela—. Quizá volvamos a vernos.
—Quizá —respondió la esposa de Puckle observándola con aire pensativo y una sonrisa afable—. Recuerde —le advirtió— que las cosas no son siempre lo que aparentan en el Forest. —Tras estas palabras entró en la casa.
Comenzaba a amanecer cuando Adela y Pride llegaron a la inmensa pradera situada más abajo de Burley Rocks. La luna había desaparecido. Las estrellas se desvanecían suavemente en el cielo sereno y un resplandor nimbado aparecía suspendido sobre oriente.
Una alondra comenzó a cantar en lo alto, emitiendo un sonido que se derramó como polvo de estrellas en la noche que declinaba. ¿Sabía también la alondra que Adela iba a casarse con Martell?
Aquella tarde, cuando llegó a Winchester, Adela se sintió satisfecha de sí misma. Ella y Pride habían cabalgado a través del Forest a buen paso pero sin apresurarse, pasando por el norte de Lyndhurst. Pride se había negado a despedirse de ella hasta que, poco antes de llegar a Romsey, se habían encontrado con un respetable comerciante que se dirigía también a Winchester.
Se había preguntado si, a su regreso, debía contar a su amiga la viuda dónde había estado y llegó a la conclusión de que era preferible no hacerlo. En lugar de confesarle la verdad le dijo que había acudido a ayudar a una amiga que vivía en el Forest y estaba en un apuro. Incluso había rogado a Pride que confirmara su historia en caso de que fuera necesario. En resumidas cuentas, Adela estaba convencida de haber resuelto perfectamente la cuestión.
Por consiguiente, se llevó una sorpresa cuando, al regresar a Winchester y comenzar a relatar su historia, la viuda alzó una mano para interrumpirla.
—Lo siento, Adela, pero no quiero escucharte. —Su rostro reflejaba una expresión sosegada pero fría—. Me alegro de que no te haya ocurrido nada malo. Habría enviado a alguien a buscarte pero en tu nota no me indicabas adónde te dirigías.
—No era necesario. Dije que regresaría.
—Yo soy responsable de ti, Adela. El hecho de desaparecer sin decir palabra ha sido imperdonable. Sea como fuere —continuó la viuda—, me temo que debes marcharte. No puedo seguir alojándote en mi casa. Lo lamento, porque falta poco para Pascua. —En Pascua el rey y su corte llegarían a Winchester. Una oportunidad ideal para encontrar marido—. Pero no quiero responsabilizarme de ti. Tendrás que regresar con tu primo Walter.
—¡Pero si está en Normandía!
—El tesorero real enviará dentro de unos días a un mensajero a Normandía. Él te acompañará. Está decidido.
—¡Ahora mismo no puedo ir a Normandía! —protestó Adela—. ¡Es imposible!
La viuda la miró con dureza y luego se encogió de hombros.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Has encontrado otro lugar donde alojarte?
Adela calló mientras se afanaba en dar con una respuesta.
—Tal vez… —farfulló—. Creo que sí.
Edgar pasaba con frecuencia a caballo por Burley, pues el guardabosque era amigo suyo. Aquella mañana de primavera había atravesado la umbrosa cañada donde estaba situada la aldea y, al comprobar que su amigo había salido, había continuado hacia el este a través de la inmensa pradera en dirección al bosque cuando de pronto vio a su amigo en un claro, charlando con Puckle. Al ver a Edgar, el guardabosque le hizo una señal con la mano para que desmontara. Edgar obedeció y se acercó a los dos hombres.
—¿Qué ocurre?
El guardabosque estaba muy exaltado. Era evidente que Puckle le había traído una noticia importante, pues los dos hombres se disponían a partir juntos. El guardabosque se llevó un dedo a los labios e indicó a Edgar que los acompañara.
—Ya lo verás —respondió.
Los tres hombres avanzaron sigilosamente a través de los árboles, sin decir nada y procurando no pisar una rama para no hacer ruido. En una ocasión el guardabosque se lamió el índice y lo alzó para verificar la dirección del viento. Continuaron adelante durante casi un kilómetro. Entonces, Puckle y el guardabosque empezaron a moverse despacio, agachados y ocultándose detrás de los arbustos. Edgar hizo lo propio. Avanzaron otros cien metros. Entonces, Puckle asintió con la cabeza y señaló un lugar entre los árboles no lejos de donde se encontraban.
Era un pequeño claro, de unos veinte pasos de anchura, con un viejo tocón y un pequeño arbusto de acebo en el centro. De no haber sido por un círculo oscuro formado por unas huellas entre las hojas caídas, ni siquiera Puckle habría reparado en aquel lugar. Pero hoy estaba ocupado.
Había cinco ciervos, todos ellos machos, dispuestos para aparearse la próxima temporada, si no lo habían hecho la última. Aún conservaban sus astas. Eran muy hermosos. Y danzaban en un círculo.
No había otra forma de describirlo. Los ciervos giraban en círculo una y otra vez, alegres y juguetones. De vez en cuando, uno de ellos, seguido de otro, se alzaba sobre sus cuartos traseros, se volvía y comenzaba a pelear con su compañero. Parecían boxeadores. Pero no era una auténtica pelea, sino que jugaban. Ésta era una de las ceremonias más raras y hermosas de las muchas que se llevaban a cabo en el Forest. Edgar sonrió complacido. Hacía diez años que no presenciaba la danza de los ciervos en el bosque.
¿Por qué danzaban lo machos en un círculo? ¿Por qué lo hacían los humanos? Los tres hombres observaron la escena durante largo rato, experimentando la sensación de alegría y reverencia característica de las gentes del Forest, antes de alejarse sigilosamente.
Edgar se sentía exultante mientras cabalgaba hacia el valle del Avon. Estaba impaciente por contar a su padre lo que había visto.
Pero al llegar a casa comprobó que su padre tenía otras cosas en que pensar. El anciano mostraba un aspecto serio y preocupado.
—Hemos recibido a un mensajero —explicó Cola a su hijo mientras se dirigían a la mansión. Edgar se fijó en un joven que aguardaba con su montura junto al establo—. Viene de Winchester.
—Ah. —Eso no significaba nada para Edgar, aunque se percató de que su padre le observaba fijamente.
—Esa chica. La prima de Tyrrell. Quiere venir aquí. Lía tenido un problema en Winchester, pero no dice de qué se trata.
—Entiendo.
—¿Sabes algo de eso?
—No, padre. —Edgar no tenía remota idea, pero su mente no cesaba de hacer conjeturas.
—No me gusta. —Cola se detuvo y miró de nuevo a Edgar.
—Tiene unos parientes poderosos.
—Humm… No estoy seguro de que sientan un gran aprecio por esa joven. Pero tienes razón. No quisiera ofender a Tyrrell. Ni a los Clare… —Cola calló y se quedó pensativo.
Como ocurría con frecuencia, Edgar tuvo la impresión de que su padre sabía más de lo que decía.
—Creo que esa chica está en un apuro —declaró Cola—. Sin duda, ése es el motivo por el que se marcha de Winchester. Se habrá metido en algún lío. Y no quiero que eso ocurra aquí. Por otra parte… —El anciano observó ceñudo a Edgar.
—¿Por otra parte?
—Según creo recordar te sentiste atraído por ella.
—Lo recuerdo.
—¿Podría volver a suceder?
—Es posible.
—Eso es lo que me preocupa. —El anciano meneó la cabeza—. Esa chica no te hará ningún bien, te lo aseguro —rezongó—. Ni a mí —añadió entre dientes.
—¿Crees que es mala gente?
—No. No exactamente. Pero… —Cola se encogió de hombros—. No es lo que necesitamos.
Edgar asintió. Estaba muy claro. Necesitaban a una persona rica. Una persona que no cometiera ninguna ofensa. Pero ya fuera debido al espectáculo de los ciervos que danzaban en círculo, al aire primaveral o al recuerdo de sus paseos a caballo con ella, el joven no pudo menos de decir:
—Creo que deberíamos ofrecerle alojamiento, padre.
Cola asintió con la cabeza.
—Temía que dijeras eso —contestó con un suspiro—. Está bien, puede quedarse aquí hasta que yo envíe un mensaje a Tyrrell. Le preguntaré qué quiere que haga con ella. Sólo espero que en cuanto éste sepa que está aquí, se apresure a llevársela.
Se hallaba más cerca de Martell. Estaba escrito. Adela reconocía que podía haberse visto en una situación apurada, pero por suerte la viuda en Winchester había accedido a respaldar el pretexto que se había inventado. Adela se sentía acosada, explicaron a Cola, por un admirador que no la dejaba tranquila y ésta se veía precisada a ausentarse una temporada de Winchester. Adela no estaba segura de que el anciano creyera esa historia, pero no se le ocurrió otra mejor. Le dio las gracias por su amabilidad, musitó lo agradecidos que se sentirían Tyrrell y sus parientes normandos, mantuvo la cabeza erguida y se afanó en mostrarse de lo más amable con todos.
Al cabo de un par de días, Adela comprendió con meridiana claridad que Edgar, aunque la trataba con educada cautela, seguía sintiéndose atraído por ella; y dado que a ella le gustaba el apuesto sajón, esa circunstancia le hacía la vida más agradable.
Cuando Edgar le preguntaba si le apetecía ir a dar un paseo a caballo con él, Adela aceptaba encantada. Pero no coqueteaba con él. Estaba segura de ello. De todos modos, era agradable sentirse admirada.
No le resultó difícil obtener noticias sobre lady Maud. Adela contó a Cola que se había encontrado con Martell en Winchester. Era natural que se preocupara por la salud de la dama en cuya casa se había alojado. El cazador averiguaba de vez en cuando noticias sobre Martell, y de esta forma Adela se enteró de que lady Maud seguía muy enferma y que algunos aseguraban que no sobreviviría al parto. Así pues, Adela esperaba pacientemente.
Cola no recibió respuesta de Tyrrell hasta al cabo de un mes. Cuando por fin recibió carta de él, no pudo cuando menos reconocer que era una pequeña obra maestra.
Estaba escrita en francés normando. Cola la llevó a uno de los monjes de Christchurch para asegurarse de que la tradujera correctamente.
La carta decía así:
Walter Tyrrell, señor de Poix, saluda a Cola el cazador.
En mi nombre y el de la familia de lady Adela, le doy las gracias, amigo mío, por su amabilidad hacia ella. No olvidaré su bondadoso rasgo al acoger en su casa a una parienta lejana mía.
A fines de verano regresaré a Inglaterra y pasaré a recogerla, y pagarle cualquier gasto que le haya ocasionado.
—¡Qué astuto es ese diablo! —gruñó Cola—. Me obliga a tenerla en casa durante tres meses. Y si la chica me causa problemas, él no se hace responsable porque sólo es «una parienta lejana».
A todo esto, Cola observaba a Adela y a su hijo con creciente inquietud. ¡Como si no tuviera otras cosas de qué preocuparse!
Durante los días de Pascua que el rey Guillermo II, llamado el Rufo, había pasado en Winchester se había mostrado de un excelente talante. Y en las semanas sucesivas, su humor iba mejorando.
La conducta de su hermano Roberto había sido tal como él esperaba y deseaba. Después de contraer matrimonio con la heredera en Italia, lo lógico habría sido que el duque de Normandía se apresurara a regresar con su flamante esposa y el dinero de ésta, a fin de saldar la hipoteca sobre Normandía. Pero no había sido así. Tras su heroica cruzada, Roberto había reemprendido su indolente estilo de vida. El duque y su esposa habían emprendido una prolongada luna de miel, deteniéndose en todos los lugares, gastando dinero a manos llenas. No estaba previsto que llegaran a Normandía hasta fines de verano.
—Es cuestión de tiempo —dijo Guillermo riendo a sus cortesanos—. Se gastará toda la dote. Ya lo veréis.
Entretanto, el rey no sólo controlaba Normandía, sino que no cesaba de intentar apoderarse de cualquier otro pedacito de la vecina Francia.
A comienzos de verano ocurrió un hecho aún más grato. Inspirado por el ejemplo de tantos gobernantes cristianos que habían alcanzado gloria gracias a las cruzadas, el duque de Aquitania, esa gigantesca y soleada región vinícola situada en el suroeste de Normandía, decidió convertirse también en un santo cruzado. Y no se le ocurrió otra cosa que pedir a Guillermo un gigantesco préstamo, al igual que había hecho Roberto de Normandía, para financiar su campaña.
—Ha accedido a hipotecar toda Aquitania —comunicaron sus emisarios a Guillermo.
Éste, que probablemente no tenía ningunas creencias religiosas, se echó a reír y comentó:
—¡Eso basta para devolverle a uno la fe en Dios!
El rumor no tardó en extenderse por Europa: «Guillermo se propone apoderarse no sólo de Normandía, sino también de Aquitania.» Para quienes sentían antipatía o temor hacia él, no era una noticia halagüeña.
A Edgar le encantaba mostrar a Adela el Forest. A fin de cuentas, era lo que conocía mejor. Y puesto que su hermano seguía en Londres, la tenía a su entera disposición.
Edgar enseñó a Adela a interpretar la huella del gamo.
—El gamo tiene una fisura en la pata. Cuando camina, las dos divisiones de la pata permanecen juntas, de forma que la impronta que el animal deja en el suelo parece la huella de una pequeña pezuña. Cuando trota, la pata se abre y observas una fisura. Cuando galopa, la pata se abre del todo y observas una V en el suelo. —Edgar sonrió satisfecho—. Aquí hay otras. ¿Ves estas huellas, con las patas vueltas hacia fuera? Son del macho del gamo. Las huellas de la hembra apuntan hacia delante.
En otra ocasión, después de que hubieran cabalgado desde Burley hasta Lyndhurst a través de una densa zona boscosa, Edgar preguntó a Adela:
—¿Sabes cómo averiguar en qué dirección te diriges en el Forest?
—¿Por el sol?
—¿Y si está nublado?
—No lo sé —confesó Adela.
—Localiza un árbol erecto y expuesto al viento —le explicó Edgar—. El liquen siempre crece en el lado húmedo del árbol. Ahí es donde transporta el viento la humedad desde el mar. En esta región de Inglaterra sopla del suroeste. Localiza el liquen y sabrás que te encuentras en el suroeste. —Edgar sonrió—. De modo que si te pierdes, los árboles te indicarán dónde vives.
Adela sabía que Edgar se estaba enamorando de ella y en junio empezó a tener remordimientos de conciencia. Sabía que debía mostrarse algo distante con él, pero era difícil porque Edgar era encantador y a ella le gustaba su compañía. Daban paseos a caballo o a pie, se reían y disfrutaban juntos.
Algunos días, Adela se negaba a salir con él. Había comenzado una bonita y hermosa labor para regalársela a Cola. ¡Era lo menos que podía hacer! El tapiz que bordaba era semejante a la escena de caza que Adela había visto en la residencia del rey en Winchester, pero confiaba en que fuera aún más bonito. Representaba los árboles del bosque, los ciervos, los mastines, los pájaros y los cazadores. Uno de los cazadores era el propio Cola. Adela quería también colocar la apuesta y rubia figura de Edgar en una esquina del tapiz, pero había cambiado de opinión. El laborioso tapiz constituía una excelente excusa para evitar a Edgar durante unos días sin ofenderlo. A menudo, durante ese tiempo, Cola entraba y observaba con evidente satisfacción a Adela mientras bordaba. Al cabo de unas semanas, aunque el apacible talante del anciano no variaba nunca, Adela notó que, por más que le pesara, éste había empezado a encariñarse también con ella.
Un día, durante la segunda semana de junio, mientras Adela se hallaba atareada con su labor bajo la luz del atardecer que penetraba por la ventana abierta del salón, Cola se acercó a ella sonriendo.
—Tengo una noticia que te complacerá.
—¿De qué se trata?
—Hugh de Martell ha tenido un hijo. Un niño fuerte y sano. Nació ayer.
Adela sintió que el corazón le latía furioso.
—¿Y lady Maud? —preguntó sosteniendo la aguja y observando cómo brillaba bajo el sol crepuscular.
—Ha sobrevivido al parto. Es curioso, pero parece que está mejor.
Aquel día se produjo otro nacimiento en el Forest.
Durante algún tiempo, la pálida gama había estado vagando sola y preñada por el Forest. Los gamos tienen costumbre de parir en soledad, casi siempre un solo cervato. La gama había buscado con afán hasta decidirse por un pequeño espacio en el monte, oculto a la mirada de curiosos por unos arbustos de acebo. Allí, la gama había construido un lecho sobre la elevada hierba.
Había que extremar las precauciones. Durante los primeros días de vida, el cervato estaba del todo indefenso. Si un perro o un zorro lo encontraba solo, el pequeño moriría inevitablemente. Ésa era la desventaja que la naturaleza, en su fría sabiduría, había impuesto sobre los ciervos. Los zorros solían habitar en los límites del Forest, cerca de las granjas.
La gama olfateó el aire, pero no detectó ningún olor que le indicara que por allí había pasado un zorro.
Y allí, entre las sombras de la vegetación, en el profundo y cálido silencio de junio, la gama parió a su cervatillo, una pequeña masa viscosa y huesuda. Después de lamerlo para limpiarlo, se tumbó junto a él en la hierba. Era un cervato macho; tendría el colorido de su padre. Mientras permanecía tendida en la hierba junto a su cría, la pálida gama confió en que el inmenso Forest fuera amable con ellos.
A fines de junio se produjeron dos acontecimientos. Ninguno de ellos inesperado.
El primero lo anunció Cola.
—Guillermo se dispone a invadir Normandía.
Su hermano Roberto llegaría a su ducado en septiembre. Guillermo estaría esperándole allí.
—¿Será una invasión en toda regla? —preguntó Edgar.
—Sí. Gigantesca. —El hermano de Edgar les había escrito desde Londres dándoles cuenta de los preparativos que se llevaban a cabo allí. Estaban recaudando elevadas sumas de dinero para pagar a los mercenarios. Habían comenzado a retirar ingentes cantidades de oro del tesoro en Winchester. Habían convocado a caballeros procedentes de todo el país.
—Y el rey ha solicitado buques de transporte a buena parte de los puertos situados en las costas meridionales —explicó Cola—. Roberto llegará para saldar su deuda y comprobará que le han echado de su casa. Guillermo tiene todas las de ganar. Si Roberto planta batalla saldrá derrotado. Es un mal asunto.
—Pero ¿no esperaba todo el mundo que sucediera? —preguntó Adela.
—Sí. Eso creo. Pero una cosa es prever un acontecimiento, suponer que ocurrirá, y otra muy distinta cuando ocurre realmente. —Cola suspiró—. En cierto modo, Guillermo tiene razón. Roberto no es digno de gobernar. Pero llevar las cosas a esos extremos…
—No creo que a todos los normandos les guste esto —afirmó Adela.
—No, querida señora, no les gustará. Los amigos de Roberto, sin ir más lejos, están… —Cola se detuvo antes de elegir la palabra «conturbados». El anciano meneó la cabeza—. Y si es capaz de hacerle esto a su propio hermano en Normandía, ¿os imagináis lo que hará en Aquitania? La historia no hará sino repetirse. El duque de Aquitania emprende una cruzada. Guillermo le presta el dinero y le despide deseándole suerte. Luego, mientras el otro está ausente, le roba sus tierras. ¿Cómo creéis que reaccionará la gente? ¿Cómo creéis que reaccionará la Iglesia? Os aseguro —rezongó Cola— que está aumentando la tensión en todos los países de la cristiandad.
—A Dios gracias esas cosas no nos afectan en el Forest —observó Edgar.
Su padre lo miró ceñudo.
—Estos bosques son propiedad del rey —murmuró—. Todo nos afecta. —Tras estas palabras dio media vuelta y se marchó.
Al cabo de una semana apareció un hombre vestido de negro a caballo, al que Adela jamás había visto, el cual estuvo un rato conferenciando a solas con Cola. Cuando se hubo ido, el rostro del anciano reflejaba una expresión de furia. Adela nunca lo había visto así. Durante los días sucesivos, la furia de Cola no parecía remitir. Adela notó que Edgar también estaba preocupado por el cambio de talante que había experimentado su padre pero, cuando Adela le preguntó si sabía qué le ocurría al anciano, Edgar meneó la cabeza.
—Se niega a decírmelo.
El segundo acontecimiento ocurrió unos días más tarde, cuando Adela y Edgar habían salido a dar un paseo a caballo. Edgar le pidió que se casara con él.
En el límite occidental de la umbrosa cañada de Burley el terreno describe un desnivel ascendente para formar un elevado y boscoso cerro, el cual alcanza su punto más alto a unos dos kilómetros al norte de la aldea, sobre un promontorio conocido como Castle Hill. Ello no significa que hubiera ningún castillo normando en esa zona, sino sólo la silueta, bajo unas pocas hayas y árboles de acebo y algunos helechos, de un modesto recinto de tierra; de todos modos, nadie sabía si esos muros bajos y esas zanjas de tierra constituían los restos de un corral, una torre vigía o un fortín, o si las gentes que los habían utilizado eran antepasados remotos de las gentes del Forest u otros pobladores prehistóricos. Pero al margen de los espíritus que reposaran allí, era un lugar grato y apacible, el cual ofrecía, hacia el oeste, un panorama que comprendía desde el páramo de color pardo situado a lo largo del Forest hasta el valle del Avon, y, más allá, a los lejos, los cerros azul verdosos de Dorset.
Era un lugar encantador el que eligió Edgar aquella espléndida mañana estival. El sol arrancaba reflejos a su dorada cabellera. Se lo propuso en tono quedo, casi jovial, mirándola a los ojos con expresión noble. ¿Qué mujer habría rechazado su oferta? Adela habría querido transformarse en otra persona.
¿Y por qué había de rechazarla? ¿Qué sentido tenía? No habría sido la primera vez que un normando conquistador se casaba con un miembro de la nobleza sajona derrotada. Ni la última. Puede que Adela perdiera algo de prestigio, pero no mucho. Edgar era un hombre encantador. Ella se sintió halagada.
Pero frente a ella, a lo lejos, hacia el oeste, se hallaba la finca de Hugh de Martell, en uno de los valles situados entre los cerros que ella contemplaba. Y detrás de ella, a algo más de un kilómetro de distancia, fluía el estrecho arroyo donde la esposa de Puckle había vislumbrado el futuro.
Adela se casaría con Martell. Estaba convencida de ello. Después de la impresión que se había llevado al enterarse de que lady Maud había parido sin novedad a un niño fuerte, Adela se había preguntado qué podía significar aquello. Pero de golpe había recordado las cautelosas palabras de la bruja: «Las cosas no son siempre lo que aparentan.» La bruja le había prometido la felicidad y ella confiaba en su predicción. Algo iba a suceder. Estaba segura de ello. Para Adela estaba claro que lady Maud moriría de forma imprevista.
En tal caso, ella sería una madre para el hijo de Martell. Una madre excelente. Ésa sería su buena acción, su justificación para lo que había de acontecer.
¿Qué debía responder a Edgar? Adela no quería herirle.
—Te agradezco tu proposición —dijo pausadamente—. Creo que sería feliz como tu esposa. Pero no estoy segura. En estos momentos no puedo darte una respuesta afirmativa.
—Volveré a pedírtelo al término del verano —repuso Edgar con una sonrisa—. ¿Te apetece seguir cabalgando?
Hugh de Martell contempló a su esposa y a su hijo. Se hallaba en el soleado saloncito. Su hijo dormía plácidamente en una cuna de mimbre en el suelo. Su escaso pelo era negro como el de su padre y todo el mundo afirmaba que se parecía a él. Martell observó a su hijo con satisfacción. Luego miró a lady Maud.
Estaba incorporada, casi sentada, en un pequeño lecho que habían dispuesto para ella. Le gustaba pasar varias horas allí todos los días, reposando con su hijito. Estaba algo pálida, pero dedicó a su marido una débil sonrisa.
—¿Cómo se siente hoy el orgulloso padre? —preguntó.
—Bien —respondió él.
La pausa se convirtió en un pequeño silencio en la soleada habitación.
—Creo que pronto me pondré bien.
—Estoy convencido de ello.
—Lo lamento. Debe de ser duro para ti soportar mi larga enfermedad. No soy una buena esposa.
—No digas bobadas. Entre todos debemos conseguir que te recuperes. Eso es lo más importante.
—Quiero ser una buena esposa para ti.
Martell sonrió de forma un tanto automática, tras lo cual se volvió hacia la ventana y miró a través de ella con aire pensativo.
Ya no amaba a su esposa. Martell no se lo reprochaba a sí mismo. Nadie podía reprocharle su conducta durante los meses en que lady Maud había estado enferma. Se había mostrado solícito y afectuoso con ella, la había atendido personalmente. Había permanecido junto a ella, sosteniéndole la mano, le había ofrecido todo el consuelo que es capaz de ofrecer un marido en las dos ocasiones en que ella había creído que se moría. A ese respecto él tenía la conciencia muy tranquila.
Pero ya no la amaba. No deseaba su intimidad. Con todo, ella no tenía la culpa. La conocía bien. Esa boca que él había besado, que incluso había murmurado palabras de pasión, estaba en silencio, en reposo, pequeña y mezquina. Él no podía compartir los mezquinos límites del cariño que ella le ofrecía, la cámara pulcra y ordenada de su imaginación. Era muy tímida. Pero no era débil. De haberlo sido, el afán de protegerla, por más que a él le pesara, le habría forzado a cumplir con su deber. Pero era una mujer extraordinariamente fuerte. A pesar de su enfermedad, si lograba sobrevivir, su carácter no cambiaría, seguiría inmutable como hasta ahora. En ocasiones, la férrea voluntad de su mujer se le antojaba parecida a un hilo que recorría los entresijos de su alma, lo suficientemente sutil para pasar a través del ojo de una aguja, pero resistente como el acero e irrompible.
¿En qué consistía el amor que ella le profesaba? En necesidad, sencillamente. Lo cual era comprensible, desde luego. Ella había decidido cómo sería su vida, y poseía los medios para lograr sus fines. La modesta fortaleza de sus convenciones era completa. Y ella le necesitaba a él para defenderla. ¿De qué otro modo podía ser el matrimonio?
Por tanto, no era de era de extrañar que de un tiempo a esta parte él pensara en Adela.
Durante los últimos meses, Martell había pensado en ella con frecuencia. Una chica solitaria, un espíritu libre. Él se había sentido intrigado por ella desde el principio. Más que eso. ¿Por qué sino habría ido a verla en Winchester? Desde entonces, en varias ocasiones, casi como por obra de un misterioso influjo, ella se le había aparecido, o él tenía la impresión de que permanecía, invisible, en sus pensamientos. Hacía poco Martell se había encontrado con Cola y el cazador le había contado que Adela se alojaba en su casa y había preguntado por él y su familia. Durante el último plenilunio, Martell había experimentado el súbito deseo de verla. Hacía tres noches, ella se había aparecido en sueños.
Martell permaneció un rato mirando a través de la ventana, tras lo cual se volvió bruscamente y declaró:
—Iré a dar un paseo a caballo.
Llegó a primeras horas de la tarde a la finca de Cola. El anciano había salido, pero su hijo Edgar estaba en casa. Y también Adela.
Martell dejó su montura al cuidado de Edgar y echó a andar con Adela por el sendero que conducía al Avon, donde los cisnes se deslizaban sobre sus aguas y unos juncos altos y verdes se mecían suavemente en la corriente. Conversaron —sin apenas reparar en lo que decían— y al cabo de un rato Martell propuso que, cuando él le enviara recado, ella se reuniera de nuevo con él, en privado.
Ella accedió.
Cuando regresaron y se reunieron de nuevo con Edgar, Martell se afanó en dar las gracias a Adela, un tanto ceremoniosamente, por haberse interesado por su familia durante esos momentos difíciles. Después de despedirse del joven con una cortés inclinación de la cabeza, montó en su caballo y partió.
Al alejarse, Martell sintió una excitación que no había experimentado en mucho tiempo. No tenía la menor duda de que saldría airoso en esta aventura romántica. No era la primera vez que se embarcaba en algo parecido.
Una semana más tarde llegó carta de Walter. Era breve y concisa. Se disponía a partir para Inglaterra. Tenía que entrevistarse con algunos miembros de la familia de su esposa y luego reunirse con el rey. Confiaba en haber resuelto sus asuntos a principios de agosto e ir a recoger a Adela. La carta concluía con otra información:
A propósito, te he encontrado marido.
Habían transcurrido tres semanas. Adela no había recibido recado de Martell. Aunque había tratado de ocultar su nerviosismo, estaba pálida y tensa. ¿Qué significaba ese silencio?
¿Por qué no había ido a verla? ¿Habría enfermado de nuevo lady Maud? Adela trató de averiguarlo. La única noticia que obtuvo fue que la dama se sentía cada día más restablecida.
Adela no sabía con certeza qué ocurriría cuando volviera a verse con Martell. ¿Se entregaría a él? Ni lo sabía ni le importaba. Lo único que deseaba era verlo. Más de una vez se sintió tentada a dirigirse a caballo hasta su finca, pero sabía que no debía hacerlo. Ansiaba escribirle una nota, pero no se atrevía.
La carta de Walter hizo que la situación adquiriera unos tintes aún más críticos. ¡Su primo iba a llevársela y casarla con otro! ¿Podía ella negarse a acompañarle? ¿Podía rechazar a otro candidato a su mano? Todo le parecía absurdo.
Entre tanto, el rey había llegado a Winchester. El ejército y la flota pronto estarían dispuestos para partir a la guerra. Según decían, habían transferido más dinero a las arcas del tesoro en Winchester. Guillermo II el Rufo estaba tan atareado que no tenía tiempo siquiera para cazar.
Adela ignoraba si Walter había llegado ya a Winchester. Pero aunque lo hubiera sabido, no podría comunicarse con él.
La última semana de julio, Adela fue a ver a la esposa de Puckle. La encontró en su pequeña choza, al igual que la vez anterior; pero cuando le pidió ayuda y consejo la bruja se negó a dárselo.
—¿No podríamos volver a hacer un conjuro? —preguntó Adela.
La mujer meneó la cabeza con calma.
—Espera. Ten paciencia. Lo que tenga que suceder, sucederá —replicó.
De modo que Adela regresó desalentada.
El hecho de que Edgar se mostrara malhumorado no favoreció el ambiente en casa de Cola. Nadie había vuelto a hablar sobre su propuesta de matrimonio —Adela no imaginaba que él intuyera sus sentimientos secretos hacia Martell—, pero la noticia de que Walter iría pronto a recogerla sin duda había disgustado al joven. Superficialmente, la relación entre Adela y Edgar no había cambiado, pero los ojos de éste traslucían un profundo pesar.
Cola se mostraba también silencioso y taciturno. Adela no sabía si Edgar había revelado a su padre lo de su propuesta de matrimonio. Si el anciano estaba enterado del asunto, ¿lo aprobaba o desaprobaba? Adela no deseaba preguntárselo, ni sacar el tema a colación. Pero se preguntaba si el malhumor del anciano estaría relacionado con ello o con los acontecimientos que ocurrían en el mundo exterior.
Durante los últimos días de julio la tensión en casa de Cola se incrementó. La visita de Walter estaba a punto de producirse. Cola se mostraba hosco y Edgar visiblemente agitado. En un par de ocasiones, Edgar estuvo a punto de volver a plantear el tema de su matrimonio con Adela, pero se contuvo. Adela suponía que aquella tensión no podía durar mucho.
La situación se resolvió por fin el último día de julio, cuando Cola llamó a ambos jóvenes.
—Se me ha informado que el rey y un grupo de amigos llegarán mañana a Brockenhurst —declaró—. El rey desea cazar en el Forest al día siguiente. Y que yo le atienda. —Cola se volvió hacia Adela y agregó—: Tu primo Walter forma parte del grupo. Por consiguiente, no tardaremos en verlo aquí. —Con esto Cola salió para atender unos asuntos, dejando a Adela a solas con Edgar.
El silencio no se prolongó mucho.
—Te marcharás con Tyrrell —dijo Edgar en voz baja.
—No lo sé.
—¿No? ¿Significa eso que aún tengo esperanzas?
—No lo sé. —Era una respuesta estúpida, pero en aquellos momentos Adela estaba demasiado confundida para expresarse con sensatez.
—¿Entonces qué significa? —le espetó Edgar—. ¿Te ha encontrado Walter marido? ¿Lo has aceptado?
—No. No lo he aceptado.
—¿Entonces de qué se trata? ¿Existe acaso otro hombre?
—¿Otro hombre? ¿A quién te refieres?
—No sé. —Edgar vaciló. Luego dijo con tono exasperado—: ¡Yo qué sé! ¡Al hombre de la luna!
A continuación, dio media vuelta y se marchó furioso. Y Adela, sabiendo que lo trataba mal, sólo pudo consolarse pensando que su desesperación y dolor seguramente era peor incluso que el que pudiera sentir Edgar.
Durante el resto del día evitó encontrarse con él.
Por la tarde, como no tenía nada mejor que hacer, Adela fue a dar un paseo por el sendero que discurría junto al río.
No bien había emprendido el camino de regreso a la mansión cuando apareció un individuo vestido como un sirviente que le tendió un objeto.
—¿Es usted lady Adela? Me han encargado que le entregue esto.
Adela notó que depositaba un objeto en su mano, pero antes de que pudiera abrir la boca el hombre se alejó apresuradamente.
El objeto era un pequeño pergamino, doblado y sellado. Después de romper el sello, Adela leyó el breve mensaje, escrito en un pulcro francés:
Mañana por la mañana estaré en Burley Castle.
Hugh
Adela sintió que el corazón le daba un brinco de alegría. Durante unos instantes tuvo la impresión de que el mundo, el impetuoso riachuelo inclusive, se había detenido. Luego, aferrando el pergamino en la mano, Adela echó a andar hacia la casa de Cola.
Pese a estar enfrascada en sus pensamientos, Adela se sintió intrigada cuando a su regreso observó que el cazador había recibido una visita aquel día. Eso no tenía nada de particular y Adela no le habría dado mayor importancia de no haberse percatado que el visitante era el extraño ataviado con una capa negra que había ido a ver al anciano hacía poco, y cuya visita había trastornado a Cola. Cuando Adela llegó, el hombre se hallaba conversando con Cola en voz baja, pero al poco partió. A partir de ese momento y hasta que todos se reunieron para cenar, Adela no volvió a ver a Cola.
Cuando se encontró con él observó que se había producido un cambio extraordinario. Era angustioso contemplar el estado en que se hallaba. Si antes se había mostrado furioso, su rostro reflejaba ahora una expresión casi asesina. Pero Adela no tardó en observar que esto no era sino una máscara que ocultaba otra emoción. Por primera vez desde que lo había conocido, el anciano parecía atemorizado.
Mientras Adela le servía el asado de venado que habían preparado en la cocina, Cola se limitó a darle las gracias con gesto distraído. Cuando el anciano escanció vino en su copa, Adela notó que la mano le temblaba. ¿Qué podía haberle dicho el mensajero para provocar en él una reacción tan insólita? Edgar, aunque parecía también ensimismado en sus pensamientos, observó a su padre con preocupación.
—Mañana ambos debéis quedaros aquí, sin salir de la casa —dijo Cola al término de la breve comida.
—Pero, padre… —protestó Edgar perplejo—. ¿No quieres que te acompañe a la cacería del rey?
—No. Te quedarás aquí. No debes alejarte en ningún momento de Adela.
Los dos jóvenes miraron a Cola horrorizados. Adela ignoraba si a Edgar le complacía su compañía. Desde luego sabía lo que significaba para un muchacho de su posición cazar con el rey. En cuanto a ella, lo último que quería era tener que quedarse mañana encerrada en casa con él.
—¿Por qué no deja que le acompañe? —preguntó a Cola—. Así vería al rey.
Pero si lo que Adela había pretendido era suavizar las cosas, sus palabras sólo sirvieron para provocar una tempestad.
—¡Edgar no vendrá conmigo, señora mía! —bramó el anciano—. Obedecerá a su padre. ¡Y tú también! —Cola descargó un puñetazo sobre la mesa y se puso en pie—. Ya habéis oído mis órdenes y tú —añadió furioso clavando sus ojos azules en Edgar— las cumplirás sin rechistar.
Cola permaneció unos minutos de pie ante ellos, temblando de ira, un magnífico anciano capaz aún de amedrentar al más pintado, mientras los dos jóvenes guardaban un prudente silencio.
Más tarde, cuando se retiró a su habitación, Adela se preguntó cómo iba a arreglárselas para escaparse por la mañana. Pues no tenía más remedio que desobedecer al anciano.
El ruido que la despertó, poco antes del alba, eran unas voces humanas. Aunque no hablaban a gritos, Adela tenía la impresión de haber oído en sueños una disputa.
Se levantó con sigilo y se dirigió hacia ellas. Al llegar a la puerta del salón, miró dentro.
Cola y Edgar estaban sentados a la mesa, sobre la que reposaba una vela que proporcionaba la suficiente luz para ver sus rostros. El anciano estaba completamente vestido y preparado para salir de caza; Edgar llevaba sólo una camisa larga interior. Todo indicaba que llevaban un rato conversando; en estos momentos, Edgar observaba con aire inquisitivo a su padre, quien tenía los ojos fijos en la mesa. Parecía cansado.
—¿No crees que si te ordeno que no vengas al Forest debo de tener un motivo? —preguntó al cabo de unos momentos el anciano sin alzar la vista.
—Sí, pero creo que deberías decirme de qué se trata.
—Quizá sea más prudente que no lo sepas.
—Creo que debes confiar en mí.
El anciano guardó silencio unos minutos.
—Supongo que es preferible que te explique algunas cosas —dijo lentamente—, por si me ocurre algún percance. El mundo es un lugar peligroso y quizá yo no debería protegerte tanto. Ya eres un hombre.
—Eso creo.
—¿Has pensado alguna vez cuántas personas querrían ver muerto a Guillermo el Rufo?
—Muchas.
Sí. Repartidas en multitud de lugares. Y nunca ha habido tantas como en la actualidad. —Cola hizo una pausa—. De modo que si Guillermo sufriera un accidente en el Forest, esas personas, quienesquiera que sean, lo considerarían muy oportuno.
—¿Un accidente provocado?
—Ten presente que la familia real es muy propensa a sufrir accidentes en el Forest.
Era cierto. Hacía unos años, Ricardo, el cuarto hijo del Conquistador, había muerto de joven al chocar con un árbol en New Forest. Y uno de los sobrinos de Guillermo el Rufo, un hijo bastardo de su hermano Roberto, había muerto recientemente al ser herido por una flecha en el Forest.
Pero ¡estaban hablando del rey!, pensó Edgar sobrecogido.
—¿Te refieres a hacer que Guillermo sufra un accidente?
—Tal vez.
—¿Cuándo?
—Tal vez esta tarde.
—¿Y tú estás informado del complot?
—Tal vez.
—Si estás informado, es porque participas en él.
—Yo no he dicho eso.
—¿No podrías negarte? Me refiero a estar informado.
—Son gente muy poderosa, Edgar. Nuestra situación (la mía, en el futuro la tuya) es delicada.
—Pero ¿sabes quién hay detrás de ese complot?
—No. No lo sé con certeza. Me han hablado personajes influyentes. Pero a veces las cosas no son como aparentan.
—¿Ocurrirá hoy?
—Tal vez. Pero tal vez no. Recuerda que en cierta ocasión iban a matar a Guillermo el Rufo en un bosque, pero uno de los Clare cambió de parecer en el último momento. No podemos tener la certeza de nada. Quizás ocurra. Quizá no.
—Pero, padre… —Edgar miró a su padre preocupado—. No te preguntaré qué papel desempeñas en esto, pero ¿estás seguro de que, al margen de lo que ocurra, no te culparán a ti? Sólo eres un cazador sajón.
—Cierto. Pero no lo creo. Sé demasiado y… —Cola sonrió— he tomado ciertas precauciones por medio de tu hermano en Londres. Creo que estoy a salvo.
—¿No tendrán que echarle a alguien la culpa?
—Buena pregunta. Celebro comprobar que eres astuto. Claro que le echarán la culpa a alguien. De hecho, ya han elegido a esa persona. Eso sí lo sé. Y han elegido bien. A un idiota que se cree muy listo, que piensa que forma parte del círculo de los privilegiados, pero que no sabe de la misa la media.
—¿Quién es esa persona?
—Walter Tyrrell.
—¿Tyrrell? —Edgar emitió un breve silbido de asombro—. ¿O sea que su propia familia, los Clare, va a sacrificarlo?
—¿Acaso he dicho que los Clare estuvieran implicados en el asunto?
—No, padre —respondió Edgar sonriendo—. No has dicho nada.
Tyrrell. Adela sintió un escalofrío. Iban a tenderle una trampa, como a un animal. ¡Dios sabe qué peligro corría! Adela sintió que se le secaba la garganta al pensar que ella también era testigo de este terrible secreto. Temblando, temiendo que los latidos de su corazón delataran su presencia, regresó de puntillas a su habitación.
¿Qué podía hacer? Estaba hecha un lío. De golpe, sus deberes se aparecieron ante ella cual espectros en la fría y grisácea penumbra. Se proponían asesinar al rey. Era un crimen ante Dios. El peor de los crímenes. Pero ¿era Guillermo el Rufo su rey? Adela no lo creía. Hasta que se casara con un vasallo del monarca inglés ella debía su lealtad a Roberto. Pero Walter era pariente suyo. Por más que no le cayera bien, por más que él no se hubiera comportado de forma leal con ella, era pariente suyo y debía salvarlo.
Adela empezó a vestirse sin hacer ruido. Al poco, a través de la ventana abierta, vio a Cola partir a caballo solo en la semioscuridad. Portaba un arco y una aljaba en la espalda.
Adela esperó hasta que el anciano hubo desaparecido. La casa estaba en silencio. Con cautela, Adela se encaramó sobre el alféizar de su ventana y se deslizó hasta el suelo.
Estaba tan nerviosa que no se percató de que, al dirigirse hacia la ventana, había dejado caer la carta de Martell al suelo.
El día empezaba a despuntar cuando Puckle partió con su carro. Cola le había indicado que fuera al pabellón de caza en Brockenhurst, donde recibiría más instrucciones, y que estuviera dispuesto a transportar los ciervos que consiguieran matar al lugar que le ordenaran.
—Esta noche no regresarás —comentó su esposa al despedirse de él.
—¿No?
—No.
Puckle la miró perplejo y luego se puso en camino.
Adela había extremado las precauciones. Había ensillado a su caballo en la oscuridad pero, en lugar de montar en él, lo había conducido de las riendas por el margen de hierba junto al sendero para reducir al mínimo el sonido de los cascos hasta que se hubo alejado de la mansión de Cola. Luego había cabalgado lentamente a través del valle hacia el Forest.
Era terrible saber que no podía reunirse con Martell, pero ¿qué podía hacer? No podía enviarle un mensaje. Ni podía abandonar Walter a su suerte.
Cuando llegó al castillo de Burley, Adela esperó un rato prudencial, hasta que el sol hubo trepado por el horizonte, confiando en que Martell apareciera temprano. Pero no lo hizo. Entonces se le ocurrió pedir a Puckle o a algún miembro de su familia que aguardara ahí con un mensaje, de modo que se dirigió hacia el estrecho arroyo confiando en encontrarlos allí. Pero, curiosamente, no vio ni a Puckle ni a nadie de su familia, y Adela no se atrevía a ir a Burley y pedir a un extraño de la sombría aldea que trasmitiera un recado a Martell, pues se exponía a desatar rumores malintencionados.
Adela se rindió. Quizá, si le pedía a Dios que la ayudara, daría pronto con Walter y podría regresar a Castle Hill antes de que Martell se marchara.
Adela espoleó a su caballo, temerosa de llegar tarde.
Pero no era necesario que se apresurara.
Los movimientos del rey Guillermo II, llamado el Rufo, a comienzos de agosto del año 1100 de la era cristiana, son relativamente conocidos. El día 1 redactó un documento en el pabellón de caza de Brockenhurst. Cenó con sus amigos y se acostó.
Pero tuvo un sueño agitado. Por consiguiente, en lugar de partir al amanecer, el sol se hallaba en lo alto y relucía sobre los árboles junto a Brockenhurst cuando el monarca se levantó y fue a reunirse con sus cortesanos, que llevaban aguardándole un buen rato.
Constituían un grupo reducido y selecto. Entre ellos estaba Robert Fitzhamon, un viejo amigo; William, el tesorero real de Winchester; y otros dos barones normandos. Había tres miembros de la poderosa familia Clare, quienes en cierta ocasión casi le habían traicionado. Y Enrique, el hermano menor del rey, un hombre de cabello oscuro, rebosante de vitalidad pero discreto. Implacable, según decían algunos, como su padre. Y por último estaba Walter Tyrrell.
Cuando el pelirrojo monarca se sentó en un banco y empezó a calzarse las botas, apareció un armero con media docena de flechas recién forjadas para ofrecérselas al rey.
Guillermo las tomó, las examinó y sonrió.
—Qué trabajo tan perfecto. Un peso ideal. Una vara ligera y dúctil. Te felicito —dijo al armero. Luego, volviéndose hacia Tyrrell, el rey comentó—: Toma dos, Walter. Eres el mejor arquero. —Y cuando Tyrrell las aceptó, sonriendo satisfecho, Guillermo añadió con una de sus ásperas risotadas—: ¡Procura no errar el tiro!
Luego, los cortesanos comenzaron a bromear y a relatar anécdotas chistosas para divertir al rey, como tenían por costumbre. En esto apareció un monje. Su presencia no complació a Guillermo, que a duras penas toleraba a los clérigos. Pero como el lúgubre monje insistió en entregarle una carta urgente de su abad, el rey se encogió de hombros y la tomó.
Después de leerla Guillermo se echó a reír.
—No olvides lo que te he dicho, Walter —dijo dirigiéndose a Tyrrell—. ¡Procura no errar el tiro con mis flechas! —Luego se volvió hacia los otros y añadió—: Ese abad de Gloucestershire me ha escrito una nota increíble. Uno de sus monjes tuvo un sueño. Vio una aparición. ¡Yo mismo! ¡Sin duda abrasándome en las calderas de Pedro Botero! —El rey sonrió—. Calculo que la mitad de los monjes de Inglaterra me ven en sueños padeciendo los tormentos del infierno. Conque a ese hombre —prosiguió Guillermo agitando la carta— no se le ocurre otra cosa que escribirme una carta para informarme y enviarla al otro extremo de Inglaterra para advertirme que tenga cuidado. ¡Y es un abad! ¡Cielo santo! ¡Es de suponer que tendría más seso!
—Partamos de caza, sire —dijo alguien.
La mañana estaba muy avanzada cuando Hugh de Martell salió de su mansión. Su esposa había elegido precisamente aquella mañana para entretenerle con una nadería tras otra hasta que por fin se había obligado a abandonarla bruscamente. Malhumorado y arrepentido por haberse comportado como un grosero con lady Maud, Martell condujo su caballo a galope por el largo sendero que discurría sobre el cerro cretácico.
Pero no estaba excesivamente preocupado. Estaba seguro de que Adela le esperaría.
Edgar se quedó atónito cuando uno de los sirvientes le comunicó que el caballo de Adela no se encontraba en el establo. Era media mañana y él había estado muy atareado, por lo que aunque no había visto a Adela había supuesto que se encontraba en algún lugar de la casa. Le extrañó no verla partir para dar un paseo a caballo. Cuando el sirviente le aseguró que el caballo había salido antes del amanecer, Edgar se encaminó a la habitación de Adela, donde encontró el mensaje de Martell. Aunque no sabía leer el francés normando, le bastó descifrar las palabras «Burley Castle» y «Hugh» para comprender el significado de la nota. Al cabo de unos minutos, Edgar partió a caballo.
Adela había desobedecido a su padre y éste le había encargado que cuidara de ella. Eso para empezar. Pero luego estaba el asunto de Martell. Porque eso era lo que la carta y la ausencia de Adela indicaban. Había ido a reunirse con él.
Edgar había tenido sus sospechas cuando Martell se había presentado en su casa para verla, pero no se había atrevido a decir nada por temor a ofenderlo. Cola le había contado tiempo atrás que Martell era un mujeriego y de vez en cuando se entregaba a sus escarceos amorosos en los límites del Forest. A Edgar no le había asombrado. Los señores del mundo feudal, al igual que los poderosos de cualquier generación, estaban acostumbrados a salirse con la suya. Edgar había supuesto que, debido a la grave enfermedad de su esposa, Martell desistiría durante un tiempo. Sin duda, el rico terrateniente, al comprobar que Adela estaba sola, sin la protección de su familia, no había podido resistir la tentación de hacer una nueva conquista. El hecho de que él, Edgar, deseara casarse con ella, suponiendo que Martell estuviera enterado, no le habría hecho desistir de su empeño, sino que probablemente habría constituido un acicate para demostrar su superioridad.
Pero ¿qué se proponía hacer Edgar? No estaba seguro. Al principio observarlos. Tratar de descubrir la verdad. ¿Encararse con ellos? ¿Pelear? Lo cierto es que no lo sabía.
Al poco abandonó el valle. Sólo tenía que dar un pequeño rodeo de unos dos kilómetros para dirigirse sin que nadie le viera hacia el norte del lugar, donde debían reunirse Adela y Martell y luego aproximarse sigilosamente por atrás, a través de los árboles. Sintiéndose como un espía, Edgar ató a su caballo a un árbol cerca del sitio en cuestión y se acercó a pie. No había rastro de ellos. Sus monturas no estaban allí. Edgar miró a su alrededor, escrutando el páramo que se extendía más abajo, pero no observó ningún movimiento. ¿Estarían ocultos en algún lugar cercano, entre los brezos o la elevada hierba? Por más que los buscó, Edgar no vio señal de Adela y Martell.
Habían acudido a su cita y se habían marchado. Habían partido juntos a caballo. ¿Y luego? Edgar sabía que no debía dar rienda suelta a su imaginación, pero era imposible evitarlo. Sintiendo que se le encogía el corazón, comprendió que a estas horas debían de estar juntos.
Con los nervios a punto de estallar y el pulso latiendo con furia, Edgar buscó por los alrededores, preguntando en Burley si los habían visto y escrutando el paisaje desde diversos puntos de observación. Pero fue inútil. Por fin, Edgar regresó lentamente al valle, pensando en que cuando llegara a casa comprobaría si se había equivocado. Pero si no era así, regresaría al Forest y seguiría buscándolos.
Adela se había aproximado a Brockenhurst con cautela. Por un lado tenía que hallar a Walter, pero por el otro tenía que evitar a Cola. No estaba dispuesta a explicar al anciano por qué había desobedecido sus órdenes y él la enviaría de regreso a casa antes de que ella pudiera cumplir su misión.
Al acercarse al pabellón de caza real, tuvo un golpe de suerte. Vio a Puckle, de pie junto a su carro, solo. Cuando ella le preguntó dónde estaban el rey y sus amigos, tras reflexionar unos instantes Puckle contestó que habían partido hacia el norte, a un lugar situado sobre Lyndhurst.
Menos mal, pensó Adela. Era una zona arbolada y quizá lograra interceptar a Walter sin que nadie detectara su presencia. Después de pedir a Puckle que no revelara a nadie que la había visto, Adela, más animada, emprendió rumbo al norte.
Al rato de partir su marido, lady Maud abandonó su acostumbrado lugar de reposo en el soleado saloncito. Acto seguido dejó estupefactos a los sirvientes pidiendo no sólo que prepararan su atuendo de montar sino que ensillaran a su caballo.
—¿Es que piensa salir a caballo, milady? —inquirió su doncella, preocupada.
—En efecto.
—Pero, señora, está usted muy débil.
Era cierto que, después de aquel prolongado período de inactividad, lady Maud apenas se sostenía en pie. Pero pese a las súplicas de su doncella, la dama insistió:
—Voy a salir a caballo.
No podían impedírselo. Uno de los criados se atrevió a observar que al amo no le gustaría, pero lady Maud le cortó con una mirada tan furibunda que el hombre retrocedió cohibido.
—Esto nos incumbe a mi esposo y a mí, no a ti —replicó fríamente lady Maud, ordenándoles que condujeran a su caballo hasta la puerta.
Al cabo de unos momentos, mientras el mozo de cuadra sostenía las riendas, los otros sirvientes la ayudaron a montar.
—Deje al menos que la acompañe, milady —le rogó el mozo—. Podría caerse del caballo.
—No. Lady Maud tiró bruscamente de las riendas y partió al paso. Prosiguió, bamboleándose sobre la silla, pálida, con la vista al frente, por la larga calle mayor, mientras los habitantes de la aldea se asomaban para verla pasar. Lady Maud enfiló por el sendero que había tomado su esposo. En un par de ocasiones estuvo a punto de caerse de la montura, pero continuó adelante.
Había decido seguir a su marido. Su ruta se basaba en la intuición. ¿Sabía que había perdido el amor de su esposo? Lo presentía. ¿Sabía que éste había ido a reunirse con otra mujer? Lo suponía. Y algo en su interior, un instinto animal, le decía que debía ponerse bien, salir a caballo y recuperar a su esposo. De modo que aquel día de agosto, lady Maud había desfilado por la calle de la aldea, frente a todos, manteniéndose sentada en su montura sólo por obra de su voluntad. Al llegar a la cima de la colina, espoleó al animal y se lanzó a galope.
—¡Dios mío, se va a matar! —exclamaron los curiosos que se habían agolpado en la calle.
El rey y sus amigos habían partido alegremente de Brockenhurst, acompañados por Cola.
—Mi leal cazador. Sé que lo habrás organizado todo a la perfección, como de costumbre. —Guillermo el Rufo estaba de buen humor. Clavó sus penetrantes ojos en el cazador y añadió con una carcajada—: Hoy no deseo conducir a los ciervos hacia la trampa, amigo mío. Deseo cazar en el monte.
Cola ordenó que trajeran a los mastines. Había dos clases: los mastines cuya misión consistía en seguir con el olfato la pista de los ciervos y obligarlos a abandonar su escondite entre la maleza, y los mastines que corrían junto a los jinetes, que hoy utilizarían tan sólo para abatir a algún ciervo que, tras haber sido herido, tratara de huir del claro.
El grupo se dirigió en primer lugar al monte situado debajo de Brockenhurst; pero después de haber cobrado allí unas piezas, el rey insistió en que se dirigieran hacia el este, a través de un gigantesco páramo, pese a la advertencia de Cola.
—Hallaréis algunos ciervos comunes, sire —dijo éste—, pero pocos gamos.
Al mediodía, el rey decidió detenerse para descansar y pidió que les sirvieran un refrigerio. Luego, mediada la tarde, accedió a que Cola les condujera hacia un lugar donde abundaba la caza, aunque no parecía tener prisa por llegar.
—¡Ánimo, Tyrrell! —exclamó el monarca—. ¡Te estaremos observando todos!
La pálida gama se sobresaltó. Tembló durante unos momentos y luego aguzó el oído.
El inmenso silencio de la tarde agosteña cubría el cálido cielo azul celeste como una gigantesca manta. Junto a ella, su cervatillo era ya capaz de dar algunos pasos. Su preciado hijito, torpe, delicado, que se alimentaba aún de su leche, había logrado sobrevivir a los primeros y peligrosos días de su existencia. Pero ¿era lo bastante mayor para echarse a correr si aparecían los mastines?
La gama volvió la cabeza. Tenía la certeza de haberlos oído. Miró angustiada a su cervatillo. ¿Pasarían los cazadores por aquí?
Hugh de Martell estaba cansado de esperar. No estaba acostumbrado a que le dieran un plantón. Sabía por el mensajero que Adela había recibido su carta. ¿Había ocurrido algo que le había impedido acudir a la cita? Tal vez. Pero no lo creía probable. ¿Había llegado Adela al lugar convenido y tras esperar un rato se había marchado? Era posible. Pero en su mensaje sólo especificaba que se reunirían por la mañana y cuando él había llegado aún no era mediodía. Martell estaba seguro que, de haber acudido, Adela habría esperado hasta que él llegara. Y ahora era a él a quien le tocaba aguardar. Llevaba allí al menos dos horas.
No. Ella había cambiado de opinión y había decidido no acudir a la cita. Qué lástima, pensó Martell, pues se sentía atraído por esa joven.
No sabía qué hacer. ¿Presentarse en la mansión de Cola? No, era demasiado arriesgado. ¿Regresar a su casa? Le fastidiaba hacerlo porque era tanto como reconocer que había fracasado. En cualquier caso, hacía un día espléndido y decidió disfrutar de él. Tras abandonar Castle Hill, dio un rodeo por Burley y ascendió al paso por el elevado páramo. Después de haber recorrido unos tres kilómetros, toparía con una magnífica vista hacia el este y hasta el mar. Hacía un tiempo, Martell había tenido una amante, la hija de un pescador que vivía allí en la costa. No había tardado en cansarse de ella, pero hoy su recuerdo le produjo placer.
Cuando alcanzó la cima del cerro Martell se sentía de mejor humor. Era muy posible que hubiera ocurrido algo que había impedido a Adela reunirse con él. A su regreso averiguaría lo sucedido. Aún tenía esperanzas de conquistar a esa joven.
Godwin Pride había terminado su nueva cerca poco después del alba y se sentía orgulloso de ella. El corral no había quedado mucho más grande; lo había ampliado menos de cien metros. Pero —y aquí radicaba lo ingenioso de su idea— lo había ampliado por dos lados en lugar de uno. Por consiguiente, las proporciones del corral eran exactamente las mismas que antes. A menos que una persona inspeccionara el suelo, jamás se percataría de que se había producido alguna alteración.
—Pero ¿de qué sirve? —había preguntado su esposa—. Sigue sin haber espacio para encerrar a la nueva vaca en el corral.
—No te preocupes por eso —había replicado Godwin. Lo había hecho por una cuestión de principios. Y examinaba su obra quizá por quinta vez aquella tarde cuando al alzar la cabeza contempló algo que le llamó la atención.
Era Adela. Pero Godwin jamás la había visto en ese estado. Parecía agotada, a punto de caer rendida. Su caballo estaba en las últimas, echaba espuma por la boca y tenía los flancos empapados en sudor.
—¿Ha visto al rey y a sus amigos? —preguntó Adela mirando a Pride con desesperación.
No, no los había visto.
—Tengo que dar con ellos.
Adela no le explicó el motivo. Por suerte para ella, Godwin se apresuró a tomarla en brazos cuando se desvaneció y se cayó de su montura.
Había pasado horas explorando Lyndhurst en busca del rey y sus amigos cazadores antes de llegar a la conclusión de que habían tomado otro camino. Después de retroceder sobre sus pasos hasta Brockenhurst, un criado le había informado adónde se dirigían y Adela había rastreado el monte situado al sur. Había enfilado por un sendero y otro y había explorado infinidad de claros, aguzando el oído para detectar algún eco entre la espesa arboleda, pero sólo había hallado un inmenso silencio interrumpido de vez en cuando por el aleteo de un pájaro.
Había proseguido su búsqueda angustiada, desalentada, casi desesperada. Pero no podía rendirse. Había indagado en algunas aldeas, pero nadie sabía dónde se encontraba la partida real de cazadores. Al percatarse de que su caballo estaba a punto de desfallecer, su nerviosismo y sensación de impotencia habían aumentado. Por fin, Adela había pensado en Pride.
Godwin y su esposa tardaron un rato en reanimarla. Cuando lo consiguieron, Adela insistió en proseguir su camino.
—No puede montar ese caballo —dijo Pride.
—Si es necesario, iré a pie —replicó Adela.
Pride la condujo fuera.
—¿Se cree capaz de montar a uno de esos animales? —preguntó sonriendo.
Adela sintió el calor del sol del atardecer en su espalda mientras los rayos dorados caían, en unos haces oblicuos, sobre los yermos del bosque.
El robusto poni de New Forest en el que iba montada era asombrosamente veloz. Adela no había reparado en lo seguros que eran esos animales comparados con el purasangre que ella utilizaba. Nacido en el páramo, el poni parecía danzar a través del mismo.
Era un espacio abierto: una inmensa llanura costera, ancha, baja y suavemente ondulada. Al sur, a menos de doce kilómetros, las largas y altas colinas azul verdosas de la isla de Wight, indicaban a Adela que no se hallaba cerca del río Solent, que desembocaba en el mar abierto. Frente al páramo, violeta y púrpura en agosto, con menos abundancia de aulaga que en el sector occidental del Forest, se extendían desde la aldea de Pride hasta el cinturón formado por marjales boscosos y prados que ocultaban la línea del litoral. Ytene, como lo habían denominado hacía poco: la tierra donde los jutos de la isla de Wight se habían establecido como agricultores.
Adela se alegraba de que la acompañara Pride. No podía revelarle lo que hacían, por supuesto, pero su serena presencia le daba ánimos. Al fin y al cabo, se dijo, si el rey y sus amigos aún seguían cazando no ocurriría nada todavía. Seguramente, Walter estaba a salvo. Quizás hubieran decidido no llevar a cabo el atentado contra el rey. En todo caso mientras hubiera luz, pensó Adela, tenía que tratar de hallar a su primo y transmitirle el mensaje. El sol no se pondría sobre el Forest hasta dentro de unas horas. Quizá se debiera al hecho de estar cansada, o quizás al calor, pero al atravesar el páramo a Adela le pareció que el gran silencio de la tarde agosteña asumía un aire irreal. Los pájaros que veían de vez en cuando revoloteando sobre sus cabezas parecían perder su sustancia, como si en el momento más impensado fueran a elevarse y fundirse con la infinita bóveda celeste, o disolverse en el mar purpúreo del páramo y desaparecer.
Pero ¿dónde estaban los cazadores? Adela y Pride recorrieron un kilómetro, luego otro, atravesaron un terreno pantanoso, llegaron de nuevo al seco páramo, vieron a lo lejos unos arbustos de acebo y unos robles, pero no a los jinetes. Sólo el monótono firmamento azul y el brezal de color púrpura.
—Podrían encontrarse en dos lugares —dijo Pride a Adela—. Podrían estar allí. —Pride señaló hacia donde arrancaba el monte—. O podrían estar en los marjales —añadió haciendo un gesto amplio para indicar el sur—. Elija usted misma.
Adela reflexionó unos momentos. Ya no le importaba encontrarse con Cola, ni con el rey; pero si quería transmitir su mensaje aquel día, debía apresurarse.
—Será mejor que nos separemos —respondió.
Puesto que los senderos que discurrían a través de los robledales costeros eran peligrosos, convinieron en que Pride bajaría allí mientras ella se dirigía hacia el este.
—¿Qué quiere que le diga a su primo si logro dar con él? —inquirió Pride.
—Dígale… —Adela se detuvo. ¿Qué podía decirle el guardabosque? Si ella se encontraba con él, pese al escaso respeto que su primo sentía hacia ella, procuraría llevarle aparte y revelarle lo suficiente de lo que ella sabía para hacerle comprender que corría peligro. Pero ¿qué recado podía enviarle a través de Pride que le hiciera tomar nota? Por fin, tras devanarse los sesos, Adela dio con una solución—. Dígale que le envía lady Maud. Dígale que ella misma se lo explicará más tarde, pero que busque un pretexto para huir de inmediato, pues le va la vida en ello.
Esto surtirá efecto, pensó Adela. Al cabo de unos instantes, ella y Pride se separaron y cada cual emprendió un camino distinto.
—¿Cómo se llama el lugar al que se dirige? —preguntó Adela a Pride al despedirse de él.
—Hay allí una alquería conocida como Througham —contestó Pride. Tras lo cual se alejó al trote.
Adela anduvo durante casi una hora por el límite del monte situado al este, pero no halló rastro de los cazadores. Se volvió una y otra vez para escudriñar el páramo, pero no vio nada. Por fin llegó a la conclusión de que, si los jinetes se encontraban aún en este sector del Forest, debían de hallarse en el bosque por el que cabalgaba Pride y retrocedió a través del páramo para dirigirse allí, cuando de pronto divisó a lo lejos una visión singular.
Un animal se movía a través del páramo a una velocidad asombrosa, hacia el bosque de Througham. El sol lucía en poniente como una intensa bola dorada y Adela se escudó los ojos. Pero, pese a aquel resplandor rojizo, pudo distinguir al animal con la suficiente precisión para reconocerlo.
Era la pálida gama. Ésta corría como una mota de luz a través del resplandor purpúreo del brezal. La perseguían dos jinetes, cazadores. Y unos mastines, según comprobó Adela. La gama estaba sola. ¿Había otros gamos cerca, quizás un cervatillo que temblaba entre la maleza al observar que los cazadores perseguían a su madre? La pálida gama corría más que ellos; casi parecía volar a través del páramo para refugiarse en el bosque o los marjales.
Sin apenas darse cuenta de lo que hacía, casi olvidándose de Walter, Adela azuzó a su poni y siguió a la gama. Agitó la mano para atraer la atención de los cazadores, pero éstos no repararon en ella. La pálida gama casi había alcanzado los árboles. Los dos cazadores la seguían al galope. Por más que Adela lo intentó, no logró interceptarles el paso. Les seguía casi a un kilómetro de distancia cuando los jinetes se adentraron en el bosque detrás de la gama.
Adela no volvió a verlos. Cuando llegó al bosque encontró sólo silencio. La pálida gama, los jinetes y los mastines se habían esfumado como si fueran unos espectros. Lo único que vio Adela, mientras recorría un sendero tras otro, fue un gran número de robledales, claros y prados pantanosos.
Adela enfiló un sendero en el bosque que conducía hacia el sur cuando oyó a su izquierda el ruido de unos cascos que se aproximaban a gran velocidad. Se detuvo. ¿Sería Pride? ¿O un miembro de la montería real? Al cabo de unos momentos apareció un jinete. Adela abrió la boca para emitir un suspiro de alivio, pero lo miró pasmada.
Era un Walter que ella jamás había visto. Jadeaba, tenía la mirada febril y estaba pálido, casi de un color verdusco, como si estuviera a punto de vomitar. Al verla, ni siquiera tuvo fuerzas para mostrarse sorprendido. Pero al acercarse a Adela gritó con voz ronca:
—¡Huye! ¡Huye o morirás!
—¿Recibiste mi mensaje a propósito del rey? —preguntó Adela.
—¿Tu mensaje? No he recibido ningún mensaje. El rey ha muerto.
Hugh de Martell se despertó. Después de recrearse con la vista del Forest desde la colina había regresado, quizás imprudentemente, a Castle Hill y se había quedado amodorrado bajo el sol. Al abrir los ojos pestañeó. Era avanzada la tarde. Quizá se habría quedado un rato allí de no haber visto en aquellos momentos a un jinete que acababa de rebasar el cerro que se alzaba al norte, en Ringwood, el cual resultó ser Edgar. Martell profirió una blasfemia. Por una parte el joven quizá le dijera lo que le había ocurrido a Adela, pero Martell no estaba seguro de querer preguntárselo. Por otra, era posible que Cola y su familia hubieran descubierto lo de la cita y hubieran impedido a Adela que fuera a reunirse con él. Quizás Edgar había venido a Castle Hill en busca de él. Fuera como fuere, Martell no deseaba encontrarse con él.
Al pie de la colina arrancaba un sendero que discurría hacia el oeste, a través del páramo, antes de penetrar en un bosque situado sobre un pequeño promontorio conocido como Crow Hill, desde el cual descendía abruptamente hacia el valle del Avon. Crow Hill quedaba a menos de dos kilómetros. A lomos de su poderoso corcel lo alcanzaría en un suspiro. Al cabo de unos instantes, Martell montó y partió al galope.
El sendero de turba presentaba una superficie firme y fácil de recorrer a caballo. Frente a él, por el oeste, el sol comenzaba a ponerse sobre el valle del Avon, bañando el lugar con una luz dorada rosácea. El páramo que se extendía a ambos lados de sendero relucía como un lago de color púrpura. Era un momento tan mágico que Martell apenas pudo reprimir una carcajada de gozo ante aquella belleza.
Había recorrido una tercera parte del camino cuando se percató irritado de que Edgar había tomado un sendero que conducía en diagonal a través del pequeño páramo. Ese impertinente joven se proponía interceptarle el paso. No obstante, Martell sonrió. El sajón no lograría fácilmente su propósito. Mientras su espléndida montura avanzaba al trote, Martell calculó la distancia con la vista, sin apresurarse.
Cuando se hallaba a mitad de camino espoleó a su caballo y se lanzó a galope. Al mirar hacia la derecha, vio que Edgar había hecho otro tanto. Martell se rió para sus adentros. El joven sajón no tenía la menor posibilidad de alcanzarlo. Su caballo avanzaba raudo, devorando leguas, provocando chispas con sus cascos sobre la grava blanca de la superficie turbosa. Pero Martell observó asombrado que Edgar no le andaba a la zaga. El joven iba a darle alcance antes de que llegaran al bosque. Frente a él, a su izquierda, vio un poco de bosque frente al cual se erguía, a modo de jalón, un fresno.
De repente, Martell giró a la izquierda. Su montura se lanzó a galope tendido a través del brezal. Martell descubrió ante él unos montones de leña que había dejado algún idiota del Forest. Poco antes de alcanzar el fresno, que le ocultaría del maldito sajón, Martell espoleó a su caballo sin tener en cuenta que el suelo del Forest no era firme y sólido como el terreno gredoso que rodeaba su finca, sino blando, movedizo y peligroso para aquellos que trataban de imponerse a él. De improviso su poderoso corcel hundió la pata en un hoyo en la tierra pantanosa y lo derribó de la silla, arrojándolo de cabeza sobre de montón de leña más cercano.
—Pero ¿qué ha ocurrido? —Adela nunca había visto a Walter tan desconcertado como se mostraba en aquellos momentos.
—Fue un accidente —repuso éste mirándola casi como si ella no estuviera allí.
—Pero ¿quién? ¿Cómo?
—Un accidente —repitió Walter clavando la vista en el infinito.
Adela lo observó. ¿Había sufrido una conmoción? ¿Describía lo que él mismo había presenciado o lo que le había referido otra persona? Ambos avanzaban al trote hacia el páramo.
—¿Adónde te diriges? —preguntó Adela.
—Hacia el oeste. Debo ir hacia el oeste. Alejarme de Winchester. Debo hallar un bote. En la costa.
—¿Un bote?
—¿Es que no lo comprendes? Tengo que marcharme. Huir del reino. ¡Ojalá conociera el camino que atraviesa este maldito bosque!
—Yo lo conozco —respondió Adela—. Te guiaré.
El tiempo parecía transcurrir con asombrosa rapidez. Pero Adela ya no tenía que andar buscando por todos los rincones del bosque, sino que se dirigía directamente a un terreno cuya situación conocía bien: el pequeño y desierto vado situado al norte de la aldea de Pride. El páramo estaba desierto. No vieron a un alma. No despegaron los labios. Rehuyendo la pequeña aldea, hallaron el largo sendero que conducía hasta el vado, lo atravesaron más debajo de Brockenhurst y llegaron al ondulado páramo del sector occidental del Forest.
—¿Quieres tratar de alquilar un bote en Christchurch? —preguntó Adela.
—No. Está demasiado cerca. Quizá tenga que aguardar un par de días y para entonces… —Tyrrell suspiró— ya me habrían arrestado. Debo alejarme más hacia el oeste.
—Tendrás que cruzar el Avon —repuso Adela—. Yo conozco el valle del Avon. —Gracias a Sus paseos a caballo con Edgar—. Hay un vado para el ganado situado a mitad de camino entre Christchurch y Ringwood. Luego no tienes más atravesar un prado y llegarás a un páramo que se extiende a lo largo de muchos kilómetros.
—Bien. Me dirigiré allí —respondió Tyrrell.
El sol, una gigantesca bola roja, comenzaba a declinar por poniente; de vez en cuando, veían un solitario árbol que destacaba como una exótica flor de color añil sobre el firmamento rojo, proyectando hacia ellos una sombra alargada como un dedo que les advertía que se andarán con cautela. Tuvieron que conducir sus caballos al paso, pero aparte de los ponis del Forest y algún que otro rebaño de ganado disponían de todo el lugar para ellos.
Tyrrell parecía haber recobrado un poco la compostura.
—Dijiste que me habías estado buscando y que me habías enviado un mensaje —dijo—. ¿Qué mensaje era ése?
Adela le contó la historia, el comportamiento de Cola, lo que ella había oído decir a éste y que había salido en su busca con ayuda de Pride.
Después de escucharla con atención, Tyrrell guardó silencio durante unos instantes.
—¿No te diste cuenta de que pudiste haber arriesgado tu vida por salvarme, querida prima? —preguntó. Era la primera vez que la llamaba «querida prima».
—No pensé en ello —contestó Adela con sinceridad.
—¿Este Pride no sabe nada excepto el mensaje que le pediste que me transmitiera de parte de lady Maud?
—Nada.
—Bien, confiemos en que sea discreto. —Tyrrell se quedó pensativo unos momentos. Luego fijó la vista al frente y dijo con tono quedo—: Olvida todo lo que has visto y oído. Si alguien te lo pregunta, si Cola te exige que le expliques lo que hiciste, dile que fuiste a dar un paseo por el Forest. ¿Tenías algún motivo para hacerlo?
—Lo cierto —confesó Adela— es que tenía una cita con Hugh de Martell. Pero no pude acudir a ella.
—¡Ajá! —Pese a todo, Tyrrell no pudo por menos de soltar una carcajada—. Ese Martell es incorregible, ¿sabes? Quedas advertida. Si Cola insiste en que le des más detalles, dile que te asustaste y que saliste en mi busca. Pero —añadió Tyrrell muy serio— si valoras tu vida, Adela, debes olvidar todo lo demás.
—¿Qué pasó realmente? —inquirió Adela.
Tyrrell hizo una pausa antes de responder.
—No lo sé —dijo por fin, midiendo bien sus palabras—. Nos habíamos separado. Uno de los Clare, parientes míos, se acercó al galope para decirme que se había producido un accidente. «Y como tú estabas solo con el rey, te echarán la culpa a ti», dijo. Yo contesté que no había estado con el rey, pero capté el mensaje. Mi pariente me prometió evitar que los otros siguieran mi rastro durante un par de días si yo desaparecía y me largaba al extranjero. Habría sido inútil discutir con él.
—¿Fue un accidente?
—¿Quién sabe? Ocurren accidentes todos los días.
Adela se preguntó si su primo decía la verdad, pero era imposible adivinarlo. También pensó que eso era lo de menos. ¿Qué era más importante, una verdad oculta o una serie de apariencias fugaces? ¿Lo que los hombres optaban por decir o lo que optaban por creer?
—Me temo, mi querida y desdichada prima, que en estos momentos no puedo ayudarte. Tenía un posible candidato a tu mano, pero hoy por hoy nadie querrá casarse con una prima pobre de Walter Tyrrell. Y no puedes venir conmigo a Normandía. ¿Qué piensas hacer?
—En primer lugar regresaré a casa de Cola —repuso Adela—. Luego ya veré. Me han asegurado —agregó sonriendo— que voy a ser muy feliz.
—Estás un poco loca —soltó Tyrrell—, pero he empezado a encariñarme contigo.
Al poco llegaron a la cima de un pequeño cerro. Frente a ellos, el sol del crepúsculo había alcanzado su máximo esplendor, un vasto resplandor rojo en el horizonte sobre el valle del Avon. Adela se volvió y observó que el brezo color púrpura del páramo se había transformado en un inmenso y magnífico fuego carmín, de forma que parecía como si todo el suelo del Forest estuviera cubierto de la lava que la boca de un volcán secreto hubiese escupido.
Luego ella y Tyrrell prosiguieron su camino, y cuando divisaron las oscuras aguas del río y los extensos prados junto al vado para el ganado, Adela tomó hacia el norte mientras él huía hacia el oeste.
Una flecha disparada con un arco había matado a Guillermo II. El monarca pelirrojo había muerto en el acto. Sus compañeros se habían reunido de inmediato para decidir lo que había que hacer. Fue Enrique, el silencioso y reflexivo hermano menor del rey, quien, tras dejarse convencer a los pocos minutos por los otros, declaró:
—Debemos partir enseguida hacia Winchester.
El tesoro estaba allí.
Por suerte, sin duda gracias a la eficacia de Cola, Puckle y su carro se hallaban cerca. Envolvieron el cadáver del rey, lo depositaron en el carro de Puckle y partieron hacia la antigua capital del reino. Todos menos Cola, quien, tras cumplir con su misión, regresó lentamente a casa.
Llegó a su mansión poco después del anochecer, en el preciso instante en que, en otra mansión más imponente que la suya situada hacia el oeste, los criados despertaron a lady Maud, que dormía después de su paseo a caballo; le comunicaron que su esposo se había caído de su montura mientras cabalgaba por el Forest, se había desnucado al caer sobre una pila de leña y había muerto. Lady Maud no volvió a conciliar el sueño aquella noche.
Otra madre y su hijo reposaban tranquilamente en lo más profundo del Forest aquella tibia noche de verano: la pálida gama y su cervatillo se sentían en paz con el mundo, como se habían sentido durante buena parte del día. Después de oír durante breves instantes a unos jinetes, que tomó por unos cazadores, la pálida gama no había vuelto a percibir ningún ruido sospechoso y se había tumbado a descansar junto a su pequeño. Habitaba en una parte del bosque muy alejada de donde Guillermo II el Rufo había cazado aquel día y había sufrido un accidente fatal. Por consiguiente, era imposible adivinar si Adela había visto a otra gama de pálido pelaje al atravesar el páramo, o si el color de la gama obedecía a un mero efecto óptico, o si había otro motivo que había inducido a Adela a confundirse.
Nadie ha sido capaz de afirmar con certeza lo que aquel día singular y mágico ocurrió realmente en el Forest. Los amigos cazadores del rey eran conocidos. Tyrrell, según decían, había apuntado a un ciervo, había errado el tiro y había herido al monarca. Nadie, o muy pocos, declararon que lo había hecho adrede, aunque no existía un motivo claro para que quisiera matar al rey.
¿Quién se benefició su muerte? Que sepamos, ni su hermano Roberto ni los Clare. Pero su hermano menor —el leal y silencioso Enrique, con su flequillo negro— asumió el control del tesoro en Winchester antes del amanecer y a los dos días fue coronado en Londres. Al cabo de un tiempo arrebató Normandía a Roberto, tal como se había propuesto hacer Guillermo el Rufo. Pero si Enrique tuvo algo que ver con la muerte del rey —muchos murmuraron que estaba implicado—, no hay rastro de pruebas.
El Forest ocultó su secreto con tal celo, que el lugar donde ocurrió cayó en el olvido hasta que, siglos más tarde, colocaron una lápida para señalar el lugar de la tragedia… en una zona errónea del Forest.
Pero hubo otro beneficiario de ese misterio. A los pocos días de producirse el accidente, Cola se encontró con Godwin Pride, quien se acercó educadamente para hablar con él de forma confidencial. Según aseguró Pride al atónito cazador, tenía motivos fundados para creer, con honradez, que se merecía un corral más grande que el que había ampliado de forma ilegal, junto a su modesta vivienda.
—¿Qué pruebas tienes? —inquirió Cola.
—Creo que te sentirías satisfecho —respondió Pride midiendo sus palabras—. Y si tú te das por satisfecho, yo también.
—¿Adónde quieres ir a parar?
—El otro día pasé por Througham.
—¿Y?
—Es curioso lo que uno ve a veces.
—¿Curioso? —preguntó Cola con cautela—. ¿Quieres decirme lo que viste?
—Prefiero no decírselo a nadie.
—Es peligroso.
—Pudiera ser.
—No tengo ni la más remota idea de lo que supones que viste. —Cola observó a Pride con atención—. Y creo que prefiero no saberlo.
—Ya. Es lógico.
—Las palabras pueden ser peligrosas.
—¿Entiendes ahora por qué te comento lo del corral?
—¿Qué si lo entiendo? ¡Este galimatías no lo entiendes ni tú, Godwin Pride!
—Entonces de acuerdo —repuso Pride con tono jovial, tras lo cual prosiguió su camino.
Y al verano siguiente, cuando apareció junto a la casa de Pride, en los límites del páramo, un flamante y espléndido corral que ocupaba casi media hectárea, provisto de un pequeño terraplén, una zanja y una cerca, ni Cola, ni su hijo mayor, ni su hijo menor Edgar, ni la esposa de éste, Adela —que al casarse había recibido una buena dote de Tyrrell desde Normandía—, ni ninguno de los guardabosques reales, dieron muestras de haberlo visto ni de haber reparado en él.
Pues así estaba organizada la vida en el Forest.