Alice

1635

¿Qué es una vida? Un continuo, ciertamente. Una serie de recuerdos, quizá; sólo unos pocos.

Ella recordaba a duras penas al viejo Clement Albion. Tenía sólo cuatro años cuando él murió, pero aún recordaba a su abuelo. No un rostro, exactamente, sino una presencia serena y benigna en una mansión de estilo Tudor con grandes aguilones de madera. Ésa debía de ser la antigua Albion House, pensó Alice; no Albion House.

Su Albion House comenzó un día de verano.

Hacía mucho calor. Debía de ser hacia fines de la mañana; quizá fuera sábado. Ella no lo recordaba. Ambos habían empezado a caminar, los dos solos, su padre y ella, desde la antigua iglesia de Boldre. En aquel entonces, ella tenía ocho años. Anduvieron por un camino que se extendía al este del río y luego tomaron un sendero que conducía al bosque. Había un gran número de hayas jóvenes entre los robles y los fresnos. Los rayos oblicuos del sol se filtraban a través de la pérgola verde claro que formaban las copas de los árboles; las jóvenes hayas esparcían sus hojas como estelas de vapor a través de la maleza; los pájaros cantaban. Ella estaba tan contenta que se puso a brincar; su padre la llevaba de la mano.

Descubrieron la casa al doblar un recodo en el camino. Los muros de ladrillo rojo estaban casi terminados. Uno de los aguilones había sido revestido de nuevo; los maderos de roble antiguo del techado mostraban sus vigas desnudas al cielo azul. El polvoriento lugar lucía un aspecto apacible bajo el cálido sol. Un grupo de hombres trabajaba en silencio en el piso superior; el único sonido que quebrantaba la quietud era el de los ladrillos a medida que los colocaban en su lugar.

Se habían detenido para contemplar un rato la escena; luego su padre había dicho:

—Estoy construyendo esta casa para ti, Alice. Será tu casa y nadie podrá arrebatártela jamás.

Luego la había mirado, sonriendo, y le había apretado la mano.

Ella había alzado los ojos, pensando que su padre debía quererla mucho para construirle una casa sólo para ella. Y había experimentado un momento de absoluta felicidad, de los que se producen uno o dos en toda la vida.

No era una casa grande; sólo algo mayor que la antigua casa Tudor que había pertenecido a su abuelo y con anterioridad al padre de éste. Construida con ladrillo rojo, en un sencillo estilo jacobino, constituía una pequeña mansión; pero recóndita, situada en un modesto claro en medio del bosque. Tenía casi el aire de una granja aislada o un pabellón de caza. Para Alice era mágica. Era su casa, debido al cariño que su padre sentía hacia ella.

Por supuesto, su padre había confiado en tener un hijo varón; ella se daba cuenta de ello. Pero habían transcurrido diez años desde aquel día estival.

De los dos hijos de Clement Albion, William y Francis, era a su padre, William, el mayor, a quien le habían ido mejor las cosas. Había realizado una carrera brillante. De joven, durante los últimos años del gobierno de la reina Isabel, se había trasladado a Londres para estudiar derecho. William había trabajado con ahínco. Era una época litigiosa; un letrado hábil podía prosperar. Y quince años después de la gran Armada, cuando la vieja reina había muerto y la había sucedido su primo, el rey Jacobo de Escocia, las oportunidades para amasar una fortuna se habían incrementado.

Pues si Jacobo Estuardo tenía una idea fija cuando, ya en su madurez, se había convertido en el rey Jacobo de Inglaterra, era divertirse, cosa que antes no había podido hacer. Hijo de la desdichada María Estuardo —a la que apenas había llegado a conocer—, los rígidos presbiterianos que habían derrocado a su madre le habían instruido para gobernar de acuerdo con las ideas de ellos y ejercido un estrecho control sobre él. De modo que cuando por fin accedió al trono de Inglaterra, Jacobo se apresuró a recuperar el tiempo perdido.

Las liberales ideas del rey escocés en materia de diversión eran muy curiosas. Su afición por la erudición pedante —era un hombre ilustrado con gran sentido del humor— le había llevado a desarrollar la teoría de que los reyes tenían el derecho divino a hacer lo que les viniera en gana. No sabemos si estaba convencido de este desatino o simulaba estarlo porque le divertía. Otra afición de este padre de varios hijos, la cual se hacía cada vez más patente, era su desvergonzada, sentimental y lacrimógena pasión por los jovencitos. Durante sus últimos años, las funciones de la corte solían degenerar en un penoso espectáculo de besuqueos y caricias que el monarca prodigaba a esos «dulces muchachos». Su tercera afición, que Dios sabe jamás había podido cultivar en el norte, era su pasión por el derroche. No las suntuosas representaciones y festejos (los cuales siempre eran financiados por otra persona) que deleitaban a la reina Isabel: al rey Jacobo le gustaban los excesos sin más. Los banquetes solían ser una mera competición para comprobar cuánta comida se podía desperdiciar. Pero eso no era nada comparado con la licencia concedida a los amigos del rey para hacer libre uso de los fondos públicos. Todos participaban en ello, la vieja nobleza como los Howard y la nueva como la familia del atractivo joven Villiers: ventas de cargos y contratas, sobornos, estafas…

Cuando los bribones se dedican a robar y los insensatos a gastar, un hombre inteligente encuentra el terreno abonado para hacer fortuna. En 1625, cuando Carlos, el hijo menudo y apocado de Jacobo, ascendió al trono, Albion regresó al Forest como un hombre rico. Había hecho una buena boda, con una modesta heredera doce años más joven que él. Residía en una magnífica propiedad en el valle del Avon llamada Moyles Court, que casualmente comprendía las tierras de un lejano antepasado suyo, Cola el cazador. Poseía Albion House, en medio del Forest, que había heredado de su padre, aparte de otras propiedades en Pennington Marshes; asimismo era dueño de buena parte de la aldea de Oakley. William había reconstruido Albion House para Alice. Confiaba en que el resto de sus bienes fueran a parar a manos de su hijo varón. Pero aunque su joven esposa le había dado más hijos, todos habían muerto en la infancia. El tiempo transcurría, hasta que fue demasiado tarde. El año anterior había fallecido su esposa, pero a sus sesenta años William Albion no deseaba fundar otra familia.

Alice había cumplido dieciochos años. Ella lo heredaría todo.

William había dado muchas vueltas al asunto antes de tomar esta decisión. En última instancia debía pensar en su hermano menor.

En rigor, por título, todas las tierras pertenecían a William y podía hacer con ellas lo que quisiera. Sin duda, el viejo Clement habría deseado que le cediera algunas a Francis; y de no haber prometido a Alice que le daría Albion House, William se la habría legado a Francis. Pero había otras cosas que tener en cuenta.

¿Qué había hecho Francis para merecerla? Durante años, pese a la ayuda y el aliento constante de su padre, en lugar de trabajar con ahínco se había dedicado a perder el tiempo. Aún seguía en Londres. Se había hecho comerciante, pero sin mucho éxito. William quería a Francis, pero no podía cuando menos de experimentar la irritación que siente todo hombre de éxito hacia un hermano fracasado. Cuando alguien mencionaba el nombre de Francis, William, sin darse cuenta, se encogía levemente de hombros. Así pues, la gente se abstenía de mencionar a su hermano en presencia suya. Con la lógica típica de un hombre que ha hecho dinero, William opinaba que era una pérdida de tiempo dárselo a alguien que no tenía. O, para expresarlo de una forma más suave, ¿era de recibo que por un afán de mantener el apellido de la familia en el Forest desposeyera a la hija que tanto amaba? No. Francis tendría que valérselas por él mismo. Alice era su única heredera.

Alice se había llevado cierta sorpresa cuando, meses atrás, al referirse en un sentido general a los hombres con quienes podía casarse, su padre había mencionado un nombre con especial agrado: John Lisle.

Lo habían conocido en una reunión de familias aristocráticas en la casa de los Button, cerca de Lymington. Lisle era mayor que Alice, había enviudado recientemente y era padre de dos hijos. A Alice le había parecido un hombre sensato e inteligente, aunque demasiado solemne. Su padre había conversado con él más que ella.

—Pero, padre —le había recordado Alice—, su familia…

—Una familia antigua.

En efecto, los Lisle eran una familia de antiguo linaje que poseían desde hacía tiempo unas tierras en la isla de Wight.

—Sí, pero su padre…

Todo el condado sabía lo del padre de John Lisle. Tras heredar una magnífica propiedad, la había despilfarrado junto con su buen nombre. Su esposa lo había abandonado; él se había dado a la bebida y finalmente había sido arrestado por deudas.

—¿No existe mala sangre…?

Mala sangre: esa expresión tan utilizada por las clases hacendadas. Un bribón o dos procuraba cierta pátina al mobiliario ancestral. Pero era preciso andarse con cuidado. Mala sangre significaba peligro, incertidumbre, inestabilidad, cosechas echadas a perder, árboles enfermos. Los aristócratas rurales seguían siendo agricultores en cierto modo tenían los pies bien plantados en el suelo. A fin de cuentas, criar a personas no difería mucho de criar a animales. La mala sangre acababa siempre por aflorar. Debía evitarse a toda costa.

Pero para sorpresa de Alice, su padre se limitó a sonreír.

—Ah —dijo—, deja que te aconseje sobre ese particular. —Y mirándola con esa expresión suya que indicaba «hablo basándome en una vida de experiencia como abogado», prosiguió—: Cuando un hombre tiene un padre que ha perdido su fortuna, tiene dos opciones: aceptar una situación humilde, o luchar y labrarse su propia fortuna.

—¿No es eso lo que los hijos menores deben hacer?

—Sí. —El padre de Alice adoptó una expresión sombría al pensar que eso era precisamente lo que su hermano menor no había conseguido—. Pero cuando un padre ha deshonrado también a su familia, la situación se complica. El hijo de un hombre así no sólo se enfrenta a la pobreza, sino a la vergüenza y al ridículo. Cada paso que da por la calle está plagado de sombras. Algunos hombres se ocultan, buscando el anonimato. Pero los más valientes plantan cara al mundo. Caminan con la cabeza alta; su ambición no es un fuego de esperanza, sino una espada de acero. Buscan dos veces la fama: una para ellos mismos y otra para borrar la vergüenza de sus padres. Pero el recuerdo les acompaña permanentemente, como una espina, azuzándolos. —William Albion se detuvo y sonrió—. Creo que John Lisle pertenece a esa categoría. Es un hombre bueno y honrado. Un hombre amable. Pero posee esa cualidad. —Albion miró a su hija con afecto—. Cuando un padre tiene una hija como heredera universal busca para ella, si es inteligente, un marido que sepa utilizar esa fortuna: un hombre ambicioso.

—¿No otro heredero, padre? A un hombre ambicioso quizá sólo le interese el dinero de ella.

—Confía en mi criterio. —Albion suspiró—. El problema es que la mayoría de herederos de grandes propiedades son débiles, holgazanes o ambas cosas. —Acto seguido, de pronto e inesperadamente, rompió a reír.

—¿De qué te ríes? —preguntó Alice.

—Pensaba, Alicia —en ocasiones su padre la llamaba así—, que con tu vitalidad no sería justo casarte con el cándido heredero de una gran fortuna. Destruirías al pobre muchacho en un santiamén.

—¿Yo? —Alice lo miró asombrada—. No me considero una persona vital padre —replicó, lo cual hizo que Albion la mirara con más ternura.

—Lo sé, hija mía, lo sé. —Albion dio unos golpecitos con los dedos en el brazo de Alice—. Pero piensa en John Lisle. Sólo te pido eso. Comprobarás que es digno de todo respeto.

Cuando, dos días más tarde, Stephen Pride se detuvo en casa de Gabriel Furzey de camino al prado, creía hacerle un favor.

—¿No deberías ir? —inquirió.

—No —contestó Gabriel. Una respuesta muy propia de él, pensó Pride.

Si en los trescientos años que habían transcurrido desde la pelea a propósito de un poni, los Pride y los Furzey habían permanecido en Oakley, era por el simple motivo de que existían pocos lugares más agradables en los que vivir. Si habían tenido otras disputas sobre cuestiones relativas al Forest a lo largo de las generaciones —como sin duda había ocurrido—, éstas habían sido enterradas y olvidadas. Los Pride seguían pensando, en términos generales, que los Furzey eran un poco torpes, y los Furzey opinaban que los Pride estaban pagados de sí mismos; pero sería difícil afirmar si esas opiniones, al cabo de siglos de matrimonios entre parientes, tenían alguna validez. Pero en una cosa estaban de acuerdo, Stephen Pride y todo el mundo: Gabriel Furzey era un hombre testarudo.

—Como quieras —dijo Pride, y se marchó.

La razón de su visita al prado era que la joven Alice Albion se encontraba allí.

Una cosa apenas había cambiado en New Forest desde los tiempos del Conquistador, y eran los derechos consuetudinarios de los habitantes del mismo. Teniendo en cuenta sus haciendas modestas y la pobreza de buena parte del suelo, esta continuidad era natural: el ejercicio de los derechos consuetudinarios era la única forma en que podía funcionar la economía local.

Existían cuatro derechos, con sus nombres correspondientes. El de Pastoreo, que les permitía llevar a los animales a pastar en el bosque del rey; el de Turba, que les permitía utilizar cierta cantidad de turba como combustible; el de Bellotas, que les permitía llevar a los marranos en septiembre al bosque para que se alimentaran de bellotas verdes; y el de Leña, que les permitía coger leña para emplearla como combustible. Éstos eran los cuatro derechos fundamentales, aunque existía también el derecho, o la costumbre, de utilizar marga para enriquecer la tierra y cortar helechos para utilizarlos como cama para los animales.

El sistema mediante el cual eran aplicados estos antiguos derechos, al igual que la antigua ley consuetudinaria, era complicado y a menudo esos derechos eran asignados a una determinada casa; pero, por la fuerza de la costumbre, consideraban que pertenecían a cada terrateniente, quien los reivindicaba en nombre propio y de sus arrendatarios. Las tierras que habían arrendado Stephen Pride y Gabriel Furzey pertenecían a los Albion. Y puesto que, un día, todo pasaría a manos de Alice, su padre la había enviado esa mañana a ella, junto con su administrador, para recabar una información importante.

Al llegar, Pride vio a Alice sentada a la sombra, en el límite del prado. Habían instalado para ella una mesa y un banco. El administrador estaba de pie a su lado. Sobre la mesa había un gran pergamino extendido. Alice estaba sentada muy tiesa. Lucía un traje de montar de color verde y un sombrero de ala ancha adornado con una pluma. Había heredado el colorido de su madre. Tenía el pelo rubio con reflejos cobrizos y los ojos más grises que azules. Pride sonrió, pensando que estaba muy atractiva. Había visto a la chica de Albion por los alrededores desde que era una niña. Él era tan sólo siete años mayor que ella. Cuando Alice tenía doce, según recordaba Pride, su orgullo no le había impedido retarlo a una carrera sobre su poni. Tenía carácter, una cualidad muy apreciada entre las gentes del Forest.

—Stephen Pride. —Alice lo miró sonriente, sin que el administrador tuviera que indicarle lo que debía hacer—. ¿Qué quieres que escriba en tu nombre?

Era la primera vez, según recordaban todos, que se redactaba una lista de todos los derechos consuetudinarios. Existían desde siempre. Estaban impresos en la memoria de la gente. Cualquier disputa presentada ante el Swainmote, como se denominaba el tribunal de los vendedores, siempre podía ser resuelta remitiéndola al jurado local, asesorado por los representantes de las correspondientes villas. Así pues, ¿qué falta hacía que alguien tomara nota de este cúmulo de información local?

Mientras Stephen Pride enumeraba los derechos consuetudinarios correspondientes a su pequeña parcela, conocía perfectamente el motivo. «Es para nuestro señor y soberano —como había comentado a su esposa la víspera—, para el maldito rey.»

Y, en ese momento, al mirar a la joven Alice Albion a los ojos, comprendió también, aunque ninguno de ellos lo dijera, que ella compartía su opinión.

A juzgar por los datos que ofrece la historia, es evidente que los miembros de la casa real Estuardo sólo consiguen ser buenos monarcas si previamente han pasado por una época de adversidad que les forma en el ejercicio de su rango.

Como en el caso del rey Jacobo. Sus tristes años en Escocia, donde por tradición el cuchillo nunca estaba lejos del cuello del monarca, le habían enseñado a ser astuto. Al margen de lo que creyera sobre el derecho divino de los reyes, en la práctica nunca ejerció demasiada presión sobre el Parlamento inglés. Por otra parte, era bastante flexible. Su sueño era ejercer como mediador entre los dos bandos religiosos, desposando a sus hijos con miembros de casas reales protestantes y católicas, y buscando la tolerancia para ambas religiones en Inglaterra. Era un sueño que no llegó a ver cumplido del todo; Europa no estaba preparada aún para la tolerancia religiosa. Pero pese a sus numerosos defectos, el caso es lo que intentó. Su hijo Carlos, en cambio, no recibió esa formación y demostró poseer la inflexibilidad de los Estuardo en su faceta más negativa.

En ocasiones es un grave error proporcionar una gran idea, aunque sea buena, a una mente pequeña. Y la idea del derecho divino de los reyes era una nefasta. Si prescindimos de la duplicidad con que trató de alcanzar sus objetivos, observamos una ingenuidad casi infantil en los discursos que Carlos I endilgaba a sus súbditos. Aunque no estaba exento de talento —tenía muy buen ojo para las artes—, esta convicción en sus derechos cegaba su inteligencia ante las realidades políticas más simples. Ningún soberano inglés, ni siquiera el poderoso Enrique cuando expulsó al Papa de su iglesia, pretendió jamás estar investido de una autoridad divina. Ningún gobernante, ni siquiera el propio Conquistador, creía que se puede pasar por alto las leyes y costumbres tradicionales. Carlos deseaba gobernar de modo absoluto, como empezaba a hacer el monarca francés; pero ésa no era la forma en que gobernaban los monarcas ingleses.

Como era de prever, Carlos y el Parlamento inglés no tardaron en enzarzarse en una disputa. Los puritanos sospechaban que el rey quería restituir el catolicismo; a fin de cuentas, su esposa era católica. A los comerciantes les disgustaba su costumbre de imponer préstamos obligados. A los miembros del Parlamento les enfurecía comprobar que el monarca les consideraba poco menos que sus siervos. En 1629 Carlos disolvió el Parlamento y trató de gobernar sin éste.

El único problema era conseguir dinero. No es que Carlos estuviera en una situación desesperada. Mientras no se viera implicado en una guerra —que siempre representaba un gasto colosal— podía arreglárselas. Disponía de los derechos arancelarios y otras tasas, aparte de los beneficios de las tierras de la corona. Pero siempre necesitaba más dinero. Por tanto, decidió vender títulos. La nueva orden de baronets le reportaba unos buenos ingresos. Mientras el rey y sus consejeros buscaban otros medios de exprimir a los ciudadanos, el monarca inquirió:

—¿Y los bosques reales?

¿Cuál era su utilidad? Nadie lo sabía con exactitud. Estaban los ciervos, naturalmente. Las únicas ocasiones en que la corte real se preocupaba de los ciervos era cuando iba a celebrarse una coronación u otro importante festejo y precisaban una gran cantidad de venados. Estaba la madera, un tema que había que examinar más a fondo. Y luego estaban los ingresos procedentes de las multas impuestas por los tribunales forestales reales.

Llegados a ese punto, un astuto funcionario propuso:

—¿Por qué no instituir un tribunal real en el Forest?

Era una idea ingeniosa porque, una vez que le explicaron su funcionamiento, Carlos I se mostró encantado con ella. El Tribunal Real del Forest compuesto por jueces itinerantes se remontaba a los tiempos de los Plantagenet. Periódicamente —en ocasiones transcurrían años entre esas visitas— unos jueces especiales del rey acudían a inspeccionar el sistema, corregir una mala administración, resolver los casos más importantes y, por supuesto, imponer duras multas. Según recordaban los lugareños, hacía generaciones que no había existido un tribunal real en el Forest. El viejo rey Enrique había instituido uno el siglo anterior. Desde entonces, todo el mundo se había olvidado de ellos. Eso fue justamente lo que complació al rey Carlos: una antigua prerrogativa real de la que sus díscolos súbditos se habían olvidado. En 1635, para enojo de todos, el monarca instituyó el Tribunal Real de New Forest.

Los resultados habían sido muy alentadores. El tribunal ordinario del Forest se había esmerado en sus funciones. Habían salido a la luz tres importantes robos de madera —en una ocasión había robado un millar de árboles— y el tribunal había impuesto tres imponentes multas de mil, dos mil y tres mil libras. Esto representaba un suculento botín. Pero no fueron esas gigantescas multas lo que enfureció al Forest, sino el ataque sobre las gentes humildes.

En el verano de 1635 se presentaron doscientas sesenta y ocho acciones judiciales ante el tribunal del Forest. La media solía ser una docena. En el Forest nunca se había visto nada semejante. Cada palmo de tierra de la que sus gentes se hubieran apropiado discretamente durante la última generación, cada vivienda erigida sin permiso fueron objeto de una sanción. Ni una aldea ni una familia del Forest escaparon a la acción de la justicia. Las multas no eran leves; algunas eran desmedidas. A los peones que ocupaban ilegalmente unas viviendas les multaron con tres libras. Por ese dinero podían adquirir una docena de ovejas, o un par de hermosas vacas, cuando la mayoría de modestos terratenientes sólo disponían de una vaca lechera. A un pequeño terrateniente le impusieron mil libras de multa por cazar furtivamente. Todo, apropiarse de un poco de terreno para instalar unas colmenas, un perro conflictivo, unas ovejas que pastaban ilegalmente en los prados del bosque, fue objeto de durísimas multas. Como era habitual en él, cuando el rey Carlos se proponía reafirmar su poder, no se andaba con contemplaciones.

¿Estaba en su derecho de hacerlo? Sin duda alguna. Pero con su característica falta de tacto, el monarca Estuardo logró granjearse en poco tiempo la enemistad de toda una población que en un principio había estado a favor de él.

Cuando las disputas políticas del siglo XVII hayan desaparecido —las cuales, a fecha de hoy, aún colean en Inglaterra—, Carlos Estuardo no aparecerá por fin en la página de la historia ni como un villano ni como un mártir, sino como un estúpido.

Y ahora habían decidido redactar una lista enumerando todos los derechos consuetudinarios de cada propietario de una vivienda en New Forest. A Pride le pareció una intromisión. Alice tenía otro criterio.

—En Londres se rumorea —le había contado su padre el día anterior— que el rey quiere hacer un inventario de toda la zona. ¿Y sabes por qué? Quiere ofrecer New Forest y Sherwood Forest, juntos, como aval para un préstamo. ¡Imagínate! —prosiguió meneando la cabeza—. Podrían vender todo el Forest para pagar a los acreedores del rey. En mi opinión, ése es el motivo de esta operación.

Cuando Pride concluyó su breve relato, Alice le dio las gracias amablemente y le preguntó:

—¿Dónde está Gabriel Furzey? ¿No debería estar aquí?

—Sí, debería —respondió Pride con sinceridad.

—Bien. —Puede que Alice sólo tuviera dieciocho años, pero no estaba dispuesta a consentir ninguna insolencia a Gabriel—. Ten la bondad de decirle de mi parte que si quiere hacer constar sus derechos, debe presentarse ahora. De lo contrario no podrá hacerlo.

Así pues, Pride fue a transmitir el mensaje que le habían encargado, mientras sonreía para sus adentros.

Cuando uno observaba a Gabriel Furzey y a Stephen Pride, no era difícil adivinar qué actitud iba adoptar uno y otro ante la indagación. Pride —enjuto, de mirada perspicaz— era el típico habitante independiente del Forest. Con todo, mantenía una buena relación con la autoridad. Sus antepasados quizás hubieran protestado por la existencia de un orden ajeno al Forest, pero su inteligencia y egoísmo naturales había inducido a los Pride, desde hacía tiempo, a mantener una relación calculada con los poderes fácticos. Cuando los representantes de las villas asistían a los juicios que se celebraban en el Forest, siempre había uno o dos miembros de la familia Pride presentes. De vez en cuando uno conseguía ocupar un modesto cargo en la jerarquía del Forest, por ejemplo como ayudante de un guardabosque, o uno de los funcionarios que cobraban los impuestos. De vez en cuando un Pride ascendía de arrendatario a terrateniente, dueño de una tierra a su nombre; y con frecuencia, cuando los caballeros de la localidad seleccionaban a un pequeño terrateniente para que ejerciera de jurado con ellos, elegían a un Pride. El motivo era bien simple: esos Pride eran inteligentes, y aunque uno no estuviera de acuerdo con ellos en alguna cuestión, las autoridades saben que es más fácil tratar con un hombre inteligente que con un imbécil. Un caballero guardabosque tenía la sensación de pisar terreno firme cuando decía: «Pride dice que se ocupará de ello», o «Pride opina que no dará resultado».

Y si alguien apuntaba de buena fe que el tal Pride se dedicaba discretamente a la caza furtiva, lo más probable era que el interlocutor le dirigiera una pequeña sonrisa y murmurara «es posible» en lugar de darle las gracias, pues siempre existía la posibilidad de que el caballero que había recibido dicha información también practicara de vez en cuando la caza furtiva.

Pero Gabriel Furzey, bajo, adiposo —Alice opinaba, con cierta crueldad, que parecía un nabo quisquilloso— no había logrado congraciarse con nadie y, según pensaba Pride, no tenía intención de hacerlo.

Cuando Stephen le comunicó que Alice le estaba esperando, Gabriel meneó la cabeza.

—¿Qué necesidad hay de ponerlos por escrito? Ya conozco mis derechos. Siempre han existido, ¿no es cierto?

—Sí, pero…

—Entonces es una solemne pérdida de tiempo, ¿no?

—De todos modos, Gabriel, creo que es mejor que vayas.

—Pues no pienso ir. —Furzey dio un bufido—. No necesito que esa chica me diga cuáles son mis derechos. Ya lo sé. ¿Entendido?

—No es mala chica, Gabriel. No es como tú piensas.

—Ha venido para explicarme mis derechos, ¿no es así?

—Hombre, en cierto modo…

—No iré.

—Pero Gabriel…

—¡Tú puedes hacer lo que te dé la gana! —gritó de pronto Furzey—. Hala, vete… —Y concluyó con una especie de bramido—: ¡Vee… tee!

De modo que Stephen Pride se marchó y, al poco rato, Alice también se fue. Y nadie escribió nada sobre Gabriel y sus derechos.

Pero no tenía importancia.

1648

Diciembre. Soplaba un viento frío en el plomizo amanecer.

Un hombre montado a caballo —de unos cuarenta y tantos años, bien parecido, con el pelo oscuro salpicado de canas, los ojos atentos— observaba desde el cerro junto a Lymington el pequeño castillo de piedra gris de Hurst, que se alzaba al otro lado de las salinas.

Un mar gris, un cielo gris, un oleaje gris que rompía sobre la playa gris, insonoro debido a la distancia. Desde ese fuerte junto al mar invernal saldría dentro de poco, estrechamente custodiado, la figura menuda y desdichada de un rey apresado.

John Lisle apretó los labios y aguardó. Había pensado descender para incorporarse a la comitiva, pero había cambiado de opinión. A fin de cuentas, no era tarea fácil ir al encuentro de un monarca a quien se proponía decapitar. La conversación resultaba tensa.

Pero no era la suerte del rey Carlos lo que le preocupaba. El rey le tenía sin cuidado. Era la pelea que había tenido con su esposa lo que le inquietaba, la primera crisis grave que tenían en doce felices años de casados.

—No vayas a Londres, John. Te lo ruego. —Su esposa le había suplicado reiteradamente durante la noche—. No saldrá nada bueno de ese viaje. Lo presiento. Significará tu muerte. —¿Cómo podía ella saberlo? No tenía sentido. No era propio de su esposa mostrarse tan tímida—. Quédate aquí, John. O márchate al extranjero. Alega cualquier pretexto, pero no vayas. Cromwell te utilizará.

—No permito que ningún hombre me utilice, Alice —había replicado él con irritación.

Pero eso no la había detenido. Y por fin, poco antes del alba, ella le había reprochado con amargura:

—Creo que debes elegir, John, entre tu familia y tus ambiciones.

Ese reproche tan absurdo e injusto le había sorprendido y herido tanto que no había sido capaz de articular palabra. Se había levantado antes del amanecer y había partido a caballo de Albion House.

Sus ojos permanecían fijos en el lejano fuerte. Le gustara o no, el pensamiento no cesaba de atormentarlo: ¿y si ella estaba en lo cierto?

Aunque, dos años después de su matrimonio, la muerte de su padre había convertido a Alice en dueña de grandes extensiones de terreno, a John Lisle no se le había ocurrido retirarse al Forest y abandonar su carrera. Alice tampoco se lo había sugerido. Por más que lo quisiera, habría sentido desprecio por un hombre que vivía de las rentas de su esposa. Por otra parte, John tenía dos hijos de su primer matrimonio que alimentar, además de los hijos que él y Alice habían tenido juntos. Era trabajador y un buen abogado. Había ascendido en su profesión. Y cuando, al cabo de once años de gobierno personal, el rey Carlos se había visto en la obligación de convocar un Parlamento en 1640, John Lisle había sido elegido, por ser un hombre de fortuna y excelente reputación, para representar a la ciudad de Winchester.

¿Lo convertía eso en un hombre demasiado ambicioso? Para Alice era fácil decirlo. Nunca había pasado privaciones. Jamás había sentido en sus carnes la desgracia, el fracaso, la ruina. Había habido momentos en que, de estudiante, sin contar con una asignación de su padre alcohólico y demasiado orgulloso para pedir ayuda a sus amigos, John no había tenido dinero para comer. Para Alice una carrera significaba algo agradable, algo que daba por descontado, de lo que uno siempre podía retirarse cuando lo deseara. Para él era una cuestión de vida o muerte. William Albion no se había equivocado. John Lisle poseía un alma de acero. Y su ambición le decía que debía ir a Londres.

En aquellos momentos salió un grupo de jinetes del castillo de Hurst. Enfilaron por la estrecha playa, con el mar de un gris acerado como telón de fondo. No era difícil identificar al rey Carlos entre ellos, pues era la figura más menuda.

Los jinetes habían elegido una extraña ruta. En lugar de pasar por el centro del Forest a través de Lyndhurst, habían decidido tomar por un atajo hacia el oeste hasta Ringwood y luego atravesar el cerro hasta Romsey de camino, por etapas, al castillo de Windsor. ¿Acaso imaginaban que alguien trataría de rescatar a Carlos en el Forest? No era probable.

Desde que el rey Carlos había sumido al país en una guerra civil, en New Forest reinaba una situación de calma. Los puertos cercanos de Southampton y Portsmouth, al igual que la mayoría de puertos ingleses y la ciudad de Londres, se habían decantado en favor del Parlamento; las simpatías de Lymington estaban del lado de los grandes puertos. La aristocracia rural había tratado de conquistar la isla de Wight y Winchester para el rey, pero no lo había conseguido. Pero el Forest, dado que no contenía ninguna fortificación, había quedado al margen de la disputa. La única diferencia con respecto a la vida normal era que, desde que el gobierno real había sido destituido, nadie había pagado a los funcionarios forestales. Por consiguiente, se había cobrado sus sueldos en madera, ciervos y otros productos del bosque. Sabían cómo hacerlo.

—El rey no está en situación de impedírnoslo —había comentado un día Stephen Pride a Alice con tono jocoso.

Lisle se preguntaba si el nuevo gobierno, independientemente de la forma que asumiera, se interesaría por los asuntos del Forest.

Luego fijó de nuevo la mirada en las distantes figuras que cabalgaban por la playa. ¿Cómo era posible, se preguntó Lisle por enésima vez, que ese personajillo que aparecía ahí abajo hubiera causado semejante alboroto?

Tal vez, dadas las opiniones del rey sobre sus derechos, la guerra había sido inevitable desde el día en que Carlos había ascendido al trono. El monarca no podía aceptar la idea de un compromiso político. Tenía unos consejeros que el Parlamento detestaba, había establecido nuevos impuestos, favorecía a los poderes católicos que su pueblo odiaba y por último había tratado de imponer sus obispos, tan fieles seguidores de la Iglesia tradicional que casi podían ser tomados por papistas, a los escoceses que profesaban la estricta fe calvinista. Este último acto de locura había hecho que los escoceses se alzaran en una rebelión armada y había concedido al Parlamento la oportunidad de imponer su voluntad. Strafford, su detestado ministro, había sido ejecutado; el arzobispo de Canterbury estaba preso en la Torre de Londres. Pero no había servido de nada. Los dos bandos mantenían unas posturas demasiado alejadas. La situación había degenerado en una guerra civil; por fin, gracias a Oliver Cromwell y a sus «cabezas peladas», el rey había perdido.

Pero incluso en la derrota, el rey Carlos no se comportó de forma honesta con sus oponentes. Por lo que respectaba a Lisle, la gota que colmó el vaso se produjo después de la derrota del monarca en la batalla definitiva de Naseby. Unos documentos requisados demostraban a las claras que, de haber podido, Carlos habría traído a un ejército de Irlanda o de la católica Francia para someter a su pueblo.

—¿Cómo vamos a creer que no habría restituido también el papismo en Inglaterra? —había preguntado Lisle.

Y cuando le habían enviado con otros comisionados a negociar con Carlos en la isla de Wight, donde el rey había sido retenido antes de trasladarlo al castillo de Hurst, Lisle se percató del tipo de hombre con el que debía tratar.

—Es capaz de decir cualquier cosa con tal de ganar tiempo, porque cree que gobierna según un derecho divino y por consiguiente no nos debe nada. Tiene el mismo carácter que su abuela María Estuardo: seguirá intrigando hasta el día en que le corten la cabeza.

Pero ése era justamente el problema. Era lo que preocupaba a Alice y a muchas personas como ella. Era el motivo por el que, en ese momento, existía una división entre los numerosos miembros del Parlamento que deseaban alcanzar un compromiso y los oficiales más inflexibles del ejército, encabezados por Cromwell, que sostenían que el rey debía morir. ¿Cómo podían ejecutar a un rey ungido por Dios? No había sucedido jamás. ¿Qué significaba? ¿Qué consecuencias tendría?

Curiosamente, fue debido a su profesión que el abogado John Lisle comprendió que no existía una solución legal al problema que planteaba el rey.

La constitución de Inglaterra era un tanto imprecisa. Los antiguos derechos consuetudinarios, la costumbre, el precedente y la relativa riqueza y fuerza del pueblo inglés habían presidido la política de cada generación. Cuando el Parlamento afirmó que había sido consultado desde el reinado de Eduardo 1, hacía casi cuatro siglos, el Parlamento llevaba razón. Cuando el rey declaró que podía convocar o disolver el Parlamento a su antojo, también llevaba razón. Cuando el Parlamento, buscando una autoridad escrita, invocó la Carta Magna no llevaba razón, porque el documento constituía un pacto entre el rey Juan y unos barones rebeldes firmado en 1215, que el Papa había tachado de ilegal. Por otra parte, el contenido de la Carta Magna, que nadie había negado nunca, indicaba que el rey debía gobernar según la tradición y la ley. Ni siquiera el nefasto rey Juan había invocado jamás la idea del derecho divino, que habría considerado muy cómica. Cuando el Parlamento redescubrió el método medieval del impeachment, o proceso de destitución, del que todo el mundo se había olvidado durante siglos, con el fin de atacar a los ministros de Carlos, tenía a la ley de su lado.

Cuando afirmaron, poco antes de estallar la guerra civil, que el Parlamento tenía derecho a vetar la elección de los ministros por parte del rey y a controlar al ejército, no tenían una base jurídica en la que apoyarse.

Pero al fin y a la postre, según Lisle nada de ello importaba.

—El rey —explicó a Alice—, ha elegido una postura de la que, legalmente, no puede moverse. Asegura que es la fuente de la ley nombrada por derecho divino. Por consiguiente, haga lo que hiciere el Parlamento, si al rey no le gusta, será ilegal. Cromwell quiere juzgarlo. Muy bien, alegará que la corte es ilegal. Y muchos dudarán y se sentirán confundidos. —Su sagaz mentalidad de letrado lo veía con meridiana claridad—. Es un círculo perfecto. El rey puede seguir así hasta el día del juicio. Es interminable.

Sin embargo, romper con la ley y la costumbre no dejaba de tener sus riesgos. Una cosa era derrotar a un rey impresentable y otra muy distinta destruirlo por completo. ¿Quién iba a sustituirlo? Muchos miembros del Parlamento eran caballeros hacendados. Deseaban orden; eran favorables al protestantismo, preferentemente sin los obispos del rey Carlos; pero ante todo deseaban orden, social y religioso. Muchos miembros del ejército y modestos ciudadanos empezaban a hablar de otra cosa. Esos independientes deseaban que cada parroquia tuviera absoluta libertad para elegir su propia forma de religión, siempre y cuando fuera protestante, claro está. Aún más alarmante era el hecho de que el partido de los levellers integrado en el ejército, que propugnaba la igualdad de derechos, deseara una democracia general, el voto para todos los hombres y tal vez la abolición de la propiedad privada. No era de extrañar, por tanto, que los caballeros del Parlamento dudaran y confiaran en alcanzar un acuerdo con el rey.

Hasta hacía dos semanas, cuando el ejército había entrado por fin en acción. El coronel Thomas Pride había marchado al Parlamento y había arrestado a todos los miembros que se negaban a colaborar con el ejército. Fue un golpe sencillo, llevado a cabo mientras Cromwell se hallaba oportunamente ausente. Lo llamaron la Purga de Pride.

—¿Crees —había preguntado Alice sonriendo— que ese coronel Pride está emparentado con nuestros Pride del Forest?

—Quizá.

—Imagino a Stephen Pride arrestando a los miembros del Parlamento —había comentado Alice echándose a reír—. Lo haría muy bien.

Pero ésa fue la última vez que Alice había logrado ver el lado cómico del asunto. A medida que transcurría diciembre y se acercaba el momento en que Carlos sería trasladado del pequeño fuerte en el Forest, la joven empezó a mostrarse vez más deprimida.

—Cualquier diría que era a ti a quien iban a juzgar —comentó Lisle irritado. Pero no consiguió nada.

Lo peor era que él mismo había oído decir que varios insignes letrados que simpatizaban con el Parlamento se habían retirado discretamente del asunto. Cuando Alice dijo: «Cromwell necesita abogados, por eso te quiere a ti», él sabía que ella tenía razón.

¿Y qué si él no iba a Londres? ¿Y qué si alegaba estar enfermo y permanecía en el Forest? ¿Acaso iba a presentarse Cromwell para arrestarlo? No. No ocurría nada. Nadie se metería con él. Pero si alguna vez pretendía que el nuevo régimen le concediera un determinado cargo o favor, ya podía irse olvidando del tema.

Era la ambición. Ella estaba en lo cierto. Era su ambición lo que le atraía a participar en el juicio del rey.

Y su conciencia, maldita sea, pensó Lisle enojado. Quería ir a Londres porque sabía que era preciso hacerlo y era lo suficientemente hombre para hacerlo. Su conciencia también tenía que ver en ello.

Y la ambición.

El pequeño rey llegó al final de la playa. Al cabo de unos momentos, el grupo de jinetes desapareció de la vista. Despacio y a regañadientes, John Lisle dio media vuelta y regresó a casa. Alice y él habían poseído varias casas en los últimos diez años. Habían residido en Londres y en Winchester, en la isla de Wight, donde él se había afanado en reparar sus propiedades familiares, en Moyles Court en el valle del Avon y en Albion House, que era la casa favorita de Alice. Como faltaba poco para Navidad, en ese momento se encontraban en Albion House.

¿Qué iba a decirle a Alice a su regreso?

Lisle había supuesto que la encontraría dormida cuando regresara, pero estaba despierta, en camisón, aunque cubierta con una bata, gracias a Dios, para protegerse del aire frío que penetraba por la puerta abierta. ¿Había estado esperándole desde que él había partido? Él sintió una punzada de dolor y una sensación de profunda ternura hacia ella. Observó que tenía los ojos enrojecidos. Lisle desmontó y se dirigió hacia ella.

—Me quedaré hasta después de Navidad —dijo—. Luego volveremos a hablar del tema. —Lisle se dijo que esto último era cierto, como si aún no hubiera tomado una decisión al respecto.

—¿Ha partido el rey?

—Sí. Va de camino al castillo de Windsor.

Alice asintió con tristeza.

—John —dijo de pronto—, al margen de lo que Dios te indique que debes hacer, nosotros estamos de tu lado, yo y tus hijos. Debes hacer lo que te dicte tu conciencia. Soy tu esposa.

Bendito sea Dios, pensó Lisle, qué mujer tan extraordinaria. La abrazó y entró en casa con renovados ánimos.

1655

Thomas Penruddock jamás olvidaría la primera vez que vio a Alice Lisle. Él tenía diez años. El encuentro había ocurrido hacía dos años.

Habían partido de Compton Chamberlayne a primeras horas de la mañana. La aldea y casa feudal de Compton Chamberlayne se hallaban en el valle del río Nadder, a unos doce kilómetros al oeste de Sarum; el viaje hacia la antigua ciudad catedralicia era cómodo y agradable. Después de una pausa para descansar y una breve visita a la vieja catedral y su elevado campanario, habían continuado hacia el sur, siguiendo el curso del Avon. Habían pasado frente al castillo de Longford, la espléndida propiedad de la familia Gorges, y luego, después de atravesar el río unos kilómetros más allá, habían ascendido hacia la meseta de terreno arbolado que constituye el ángulo más septentrional del gigantesco New Forest.

La aldea de Hale se hallaba situada en este ángulo. Desde la casa feudal, construida en el borde del cerro, se contemplaba una maravillosa vista hacia el oeste del valle del Avon. Dos generaciones atrás los Penruddock habían adquirido la mansión para su hijo menor, y los Penruddock de Hale y sus primos siempre habían mantenido una relación amistosa. En esta ocasión, sus padres habían llevado a Thomas para que se quedara unos días en Hale.

Lo cierto era que Thomas nunca había ido a Hale. Sus primos le dispensaron una calurosa acogida y los más jóvenes lo llevaron a jugar con ellos. Su primera noche en Hale transcurrió de forma muy grata hasta el momento en que una anciana tía, que le observaba con expresión severa, soltó de pronto:

—¡Por todos los santos, John, ese niño es igualito que su abuela, Anne Martell!

Era de su madre, concretamente de la familia de su madre los Martell de Dorset, que Thomas había heredado sus atractivos rasgos morenos y su aire un tanto melancólico. Los rubios Penruddock también eran bien parecidos. Su padre, a quien Thomas idolatraba, era un hombre muy apuesto y al chico le entristecía no parecerse a él. De modo que en su atezado semblante se dibujó una sonrisa cuando la anciana tía añadió:

—Espero que estés orgulloso de él, John.

A lo que su padre había respondido:

—Sí, creo que lo estoy.

El coronel John Penruddock. A los ojos de Thomas era el hombre perfecto. Con su barba castaña y sus ojos risueños, ¿no había sido uno de los comandantes más apuestos del bando de los monárquicos? Había perdido a un hermano en la guerra; un primo suyo había sido exiliado. La gallarda lealtad de John Penruddock al rey le había costado cara —tanto en dinero como en cargos— cuando Cromwell y su maldita cohorte habían triunfado; pero Thomas habría preferido que los Penruddock perdieran hasta la última hectárea de terreno a tener un padre distinto, menos espléndido del que tenía.

A la mañana siguiente, para regocijo del muchacho, permitieron a Thomas salir a dar un paseo a caballo con los hombres.

—Empezaremos por atravesar Hale Purlieu —dijo su anfitrión—. ¿Sabes lo que es un purlieu, Thomas? —Cuando el chico negó con la cabeza, su anfitrión comentó—: No tienes por qué saberlo. Un purlieu es una zona situada al borde de un bosque real que solía estar bajo la ley forestal, pero ahora ya no lo está. Existen varios lugares en esta parte del Forest que han estado dentro y fuera de esa clasificación, puesto que los límites varían a lo largo de los siglos.

Los Penruddock habían atravesado Hale Purlieu y habían comenzado a ascender por un elevado y amplio tramo de páramo perteneciente a New Forest cuando vieron a otros dos jinetes que se aproximaban por la derecha, por un camino que un poco más abajo se cruzaba con el sendero por el que ellos avanzaban. Thomas oyó a su padre farfullar una blasfemia y vio que sus primos se paraban en seco. Cuando se disponía a preguntar por qué se habían detenido, advirtió que su padre mostraba una expresión ceñuda y no se atrevió a hacerlo. Así pues, los Penruddock observaron en silencio mientras las dos figuras, un hombre y una mujer, pasaban a doscientos metros de ellos sin hacer el menor gesto ni pronunciar una palabra y continuaban su camino a través del páramo.

Cuando pasaron frente a los Penruddock, Thomas se fijó en ellos. El hombre, vestido de forma austera, lucía un sombrero negro de copa alta y ala ancha, como los que solían lucir los puritanos de Cromwell. La mujer vestía también un discreto traje de color marrón oscuro con un pequeño cuello de encaje. Llevaba la cabeza descubierta y tenía el pelo rojizo. Parecían unos sencillos puritanos, pero la calidad de su ropa y sus magníficos corceles indicaban a las claras que eran personas de considerable fortuna. Nadie se movió hasta que ambos casi desaparecieron de la vista.

—¿Quiénes son, padre? —se aventuró a preguntar Thomas al cabo de unos instantes.

—Lisle y su esposa —respondió su padre secamente.

—Son dueños de Moyles Court —comentó su primo—, pero apenas vienen por aquí —añadió con un bufido de desdén—. No nos tratamos con ellos. —Siguió observando a las dos figuras hasta que hubieron desaparecido por completo— ¡Malditos regicidas!

Regicidas: las personas que habían matado al rey. No todos los cabezas peladas habían estado a favor de ello. Fairfax, comandante y colega de Cromwell, se había negado a participar en el juicio del monarca. Algunos de los hombres más importantes se habían mostrado reticentes a firmar la sentencia de muerte. Pero a John Lisle no le había temblado el pulso. Había asistido al juicio, había contribuido a redactar los documentos, había solicitado la ejecución y no había mostrado el menor remordimiento cuando habían decapitado al rey. Era un asesino de reyes, un regicida.

—Y ha sacado un buen beneficio de ello —añadió su primo con rencor—. Cuando el Parlamento había confiscado las propiedades de los realistas, Cromwell había ofrecido a Lisle la oportunidad de adquirir tierras a buen precio—. Su esposa no es mejor —continuó Penruddock de Hale—. Es tan culpable como él. Ambos son unos regicidas.

—Esas personas —terció su padre con voz queda— son los enemigos mortales de tu familia, Thomas. Tenlo siempre presente.

—Ostentan el poder, John —observó su primo—. Ése es el problema. Y no podemos hacer nada al respecto.

—Yo no estoy tan seguro de ello, primo —respondió el coronel John Penruddock con aire pensativo—. Nunca se sabe.

Thomas observó que ambos hombres se miraron, pero no dijeron nada más.

El muchacho se había preguntado qué significaba esa mirada.

En ese momento lo supo. Era el lunes por la mañana. Habían estado fuera toda aquella húmeda noche de marzo, reuniendo apartidas de jinetes en torno a Sarum; pero Tom no se sentía cansado porque estaba eufórico. Cabalgaba junto a su padre. Aún era de noche, una hora antes del alba, cuando la comitiva —compuesta por casi doscientos hombres— pasó a caballo junto al antiguo muro del recinto de la catedral, bajo la alargada sombra del campanario. Su padre iba a la cabeza de la comitiva, junto con otro caballero de la localidad llamado Grove y el general Wagstaff, un forastero que había traído unos mensajes e instrucciones de la corte real en el exilio.

Al pasar por la esquina donde el recinto amurallado de la catedral se unía a la población, subieron por una calle corta que los condujo a la amplia explanada del mercado de Salisbury. Mientras los ciudadanos, a quienes había despertado el inesperado ruido de cascos en la oscuridad, asomaban perplejos la cabeza a través de las ventanas cubiertas con postigos, los hombres armados se apresuraron a cumplir su misión.

—Dos hombres en cada portal —oyó decir Tom a su padre con tono imperioso. Al cabo de unos momentos habían apostado a unos guardias en la entrada de cada uno de los varios hostales situados en la plaza del mercado. A continuación, su padre ordenó a unas patrullas que recorrieran las calles y se situaran a las puertas del recinto de la catedral.

Unos minutos después, un joven oficial se acercó a caballo para informarles:

—Toda la ciudad está vigilada.

—Bien. —Su padre se volvió hacia su amigo Grove—. ¿Quieres ir de puerta en puerta? Veamos cuántos leales ciudadanos de Salisbury están dispuestos a servir a su rey. —Cuando Grove se alejó, Penruddock se volvió hacia el joven oficial—. Ve en busca de tantos caballos como consigas reunir. Requísalos, sean quienes sean sus dueños, en nombre del rey. —Luego miró a su colega, el general Wagstaff, un hombre de genio vivo que había servido en la guerra civil. Irritado, Penruddock le preguntó—: ¿Dónde está Hertford?

El marqués de Hertford, un poderoso magnate, se había comprometido a unirse a ellos con una numerosa tropa, quizá todo un regimiento de caballería.

—Vendrá. Descuida.

—Eso espero. Bien, ¿echamos un vistazo a la prisión? Espera aquí, Thomas —ordenó Penruddock a su hijo, y, llevándose a una veintena de hombres, los dos comandantes partieron a caballo a través de la penumbra hacia la prisión municipal.

El Nudo Sellado. El joven Thomas observó a los jinetes que aguardaban entre las sombras en la plaza del mercado. De vez en cuando vislumbraba el tenue resplandor de una pipa de arcilla que uno de ellos acababa de encender. Se oía el leve murmullo de un caballo al mordisquear su bocado o una espada al golpear el peto de uno de los hombres. El Nudo Sellado: durante dos años los leales caballeros de este grupo secreto se habían preparado para asestar el golpe que restituiría Inglaterra a su justo gobernante. En esos momentos, al otro lado del mar, el heredero legítimo, el hijo primogénito del rey asesinado, aguardaba impaciente por cruzar el canal de la Mancha. En unos puntos estratégicos situados en todo el país, los caballeros conquistaban ciudades y fuertes. Y el gallardo padre de Thomas iba a conducirlos hacia el oeste. El muchacho se sentía inmensamente orgulloso de él.

Al poco regresaron los dos caballeros comandantes.

—Me cuesta adivinar, Wagstaff —dijo el padre de Thomas riendo—, si esos hombres están satisfechos de que los hayamos sacado de la cárcel o se lamentan de verse convertidos en soldados. —Penruddock se volvió cuando el joven oficial que había enviado en busca de caballos apareció de nuevo—. Acabamos de adquirir unos ciento veinte presos aptos para combatir. ¿Disponemos de monturas para ellos?

—Sí, señor. Los establos de todos los hostales están repletos. Ha venido mucha gente a la ciudad para asistir a los juicios.

Los magistrados de Londres acababan de llegar a Salisbury para celebrar ahí las sesiones periódicas. El lugar estaba atestado de personas que tenían asuntos pendientes en los tribunales.

—Ah, sí. —El coronel Penruddock continuó—: A propósito, tenemos que hablar de ciertos asuntos con los magistrados y el sheriff. —Hizo un gesto con la cabeza al oficial y añadió—: Haz el favor de ir en busca de ellos y tráelos aquí de inmediato.

Thomas reprimió a duras penas una carcajada cuando al cabo de unos minutos aparecieron los caballeros en cuestión. El oficial había interpretado las palabras de su padre al pie de la letra. Se trataba de tres hombres, dos magistrados y el sheriff, a quienes había arrancado de la cama, vestidos aún con camisón y tiritando debido al aire frío del amanecer. En el firmamento despuntaban las primeras luces. Thomas observó claramente la expresión de enojo y sorpresa que traslucían los pálidos rostros de los tres hombres. Hasta ese momento, Wagstaff se había contentado con conversar discretamente con Penruddock. A fin de cuentas, estaba ahí sólo en calidad de representante del rey, mientras que Penruddock ostentaba el respeto de la población. Pero por algún motivo, el hecho de ver a aquellos tres importantes personajes vestidos con sus camisas de noche provocó en él un súbito ataque de irritación. Era un soldado de baja estatura, colérico, con una barbita y un largo mostacho que tembló ligeramente al tiempo que Wagstaff contemplaba con desprecio a los tres hombres.

—¿Qué significa esto? —preguntó uno de los magistrados con la dignidad de la que pudo hacer acopio.

—Significa, señor —respondió Wagstaff furioso—, que quedan arrestados en nombre del rey.

—No lo creo —replicó el magistrado con admirable compostura para un hombre plantado en medio de la plaza pública vestido con un camisón.

—También significa —añadió Wagstaff, mientras la ira sacudía su cuerpo menudo hasta convertirlo en un puro grito— que van a ser ahorcados.

—Ése no era el plan, Wagstaff —terció suavemente Penruddock.

Durante unos momentos, Wagstaff pareció no prestarle atención.

—¡Usted, señor! —bramó volviéndose hacia el sheriff.

—¿Yo, señor?

—Sí, señor. Usted, señor. Maldito sea, señor. ¿Es usted un sheriff?

—En efecto.

—Entonces pronunciará el juramento de lealtad al rey, señor. ¡Ahora, señor!

El sheriff había combatido como coronel en el ejército de Cromwell y, no obstante, la situación en que se hallaba, no estaba dispuesto a dejarse amedrentar.

—No —contestó con firmeza.

—¡Por los clavos de Cristo! —exclamó Wagstaff—. ¡Ahórcalos ahora, Penruddock! ¡Por los clavos de Cristo! —repitió.

—No debe pronunciar el nombre de Dios en vano, señor —observó uno de los magistrados. Era una queja frecuente de los puritanos que se oponían a esos caballeros monárquicos de costumbres licenciosas y lenguaje blasfemo.

—¡Maldito seas estúpido quejica, cara de torta! ¡Te colgaré! ¡Traed unas sogas! —gritó Wagstaff escudriñando la tenue luz del amanecer en busca de una cuerda lo bastante resistente con que ahorcar a esos hombres.

Penruddock tardó unos minutos en convencerle de que ése no era el mejor sistema. Por fin obligaron a los magistrados a quemar ante ellos los documentos oficiales de la comisión y al sheriff, vestido como estaba en camisón, lo montaron en un caballo para llevárselo como rehén.

—Siempre podemos colgarlo más tarde —farfulló enojado Wagstaff con renovadas esperanzas.

Había clareado por completo y las tropas, ampliadas debido a los refuerzos, se reunieron en el mercado. Eran casi cuatrocientos hombres. A Thomas le pareció un ejército gigantesco. Pero observó que su padre fruncía los labios y preguntaba a Grove en voz baja:

—¿Cuántos ciudadanos has conseguido?

—No muchos —murmuró Grove.

—Entonces debemos apoyarnos principalmente en los presos —dijo Penruddock con expresión sombría—. ¿Dónde se ha metido Hertford?

—Se reunirá con nosotros por el camino —replicó Wagstaff con tono irritado—. Confía en él.

—Eso hago. —El coronel John Penruddock indicó a Thomas que se acercara—. Thomas, regresa junto a tu madre y explícale lo sucedido. No os mováis de casa hasta que yo os envíe recado de que os reunáis conmigo. ¿Entendido?

—Pero, padre, dijiste que podía ir contigo.

—Obedéceme, Thomas. Dame tu palabra de caballero de que harás exactamente lo que te he dicho. Debes quedarte para proteger a tu madre, a tus hermanos y hermanas, hasta que mande a por vosotros.

Thomas sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Su padre nunca le había pedido que le diera su palabra de caballero, pero incluso ese pequeño gozo quedó sofocado por la sensación de desilusión y dolor que se había apoderado de él.

—¡Padre! —exclamó Thomas tratando de contener las lágrimas.

Sentía una profunda amargura. Su padre le había prometido que cabalgaría junto a él, como uno de sus soldados. ¿Volvería a presentarse esa oportunidad? Su padre apoyó la mano en su brazo y se lo apretó en un gesto cariñoso.

—Prométemelo.

—Te lo prometo, padre.

—Es hora de partir —dijo Wagstaff.

—Sí —respondió el coronel John Penruddock.

El lunes transcurrió apaciblemente en Compton Chamberlayne. Thomas durmió por la tarde. Poco antes del anochecer apareció un jinete por el camino del oeste que conducía a Sarum para comunicar a la señora Penruddock que su marido y los hombres de éste se habían detenido en Shaftesbury, a unos veinte kilómetros; pero temiendo que Thomas se dirigiera a caballo hacia allí hasta reunirse con su padre, ella no se lo dijo. El martes unos soldados de caballería de Cromwell llegaron a Sarum. Al cabo de unas horas partieron hacia el oeste. Cuando les preguntaron cuál era su misión, respondieron:

—Capturar a Penruddock.

El miércoles transcurrió sin novedad. En algún lugar más allá de los elevados riscos cretácicos que se extendían hacia el oeste, Penruddock había reunido a sus tropas, quizás estuvieran combatiendo. Pero aunque Thomas detuvo a todos los jinetes procedentes del oeste y su madre envió a un sirviente a Sarum tres veces durante el día para averiguar lo sucedido, no obtuvieron noticias. Sólo silencio. Nadie sabía dónde se hallaban. La sublevación de Penruddock se había evaporado.

¿Por qué se había producido? ¿Por qué habían decidido los miembros del Nudo Sellado atacar en ese momento y por qué el coronel John Penruddock, un hombre sensato, estaba implicado en este peligroso asunto?

Pese a los numerosos defectos del rey, la ejecución de Carlos I causó una profunda conmoción. Los panfletos que le describían como un mártir se vendieron en tal cantidad que había casi tantos en circulación como Biblias. Al poco, los escoceses —quienes se mostraban reacios ante la perspectiva de ser gobernados por Cromwell y su ejército inglés así como de ser súbditos de Carlos I y sus obispos— coronaron a su hijo Carlos II con la condición de que gobernara cuando menos en Escocia, le gustara o no (al joven y alegre libertino no le gustó ni pizca), según los preceptos de la estricta fe calvinista que profesaban. Sin pérdida de tiempo, el joven Carlos II había tratado de invadir Inglaterra, había sido derrotado por Cromwell y, después de ocultarse en un roble, había huido. Eso había ocurrido hacía cuatro años, pero el joven monarca se había afanado en preparar desde el exilio la reconquista de su reino.

En cuanto a Cromwell, ¿qué clase de gobierno ofrecía? Una Commonwealth, según se denominaba. Pero, si quitamos la máscara a un Parlamento de caballeros rurales y comerciantes elegidos por él mismo, está claro que el poder seguía residiendo en el ejército. Ni siquiera el ejército que había ganado la guerra civil, pues los democráticos levellers habían sido aplastados y sus cabecillas pasados por las armas. A Cromwell lo llamaban el Protector y firmaba como Oliver P., al igual que un monarca. Tres meses antes, cuando hasta el Parlamento elegido por él se había negado a aumentar su ejército, Cromwell lo había disuelto.

—Es un tirano peor que el difunto rey —protestaron.

Con el nutrido número de realistas por un lado y los enfurecidos parlamentarios y militares demócratas por el otro, no era descabellado confiar en que Cromwell fuera destituido. Como siempre sucede en los asuntos humanos, el resultado no tuvo nada que ver con los méritos de la causa sino con las circunstancias del momento.

La noticia llegó el martes.

—Les han vencido. —Había ocurrido durante una escaramuza nocturna en una aldea del West Country—. Wagstaff logró escapar, pero han apresado a Penruddock y a Grove. Van a ser juzgados. Por traición.

Poco a poco se fueron enterando de toda la historia. La gran sublevación del Nudo Sellado no es que hubiera fracasado, ni siquiera había comenzado. Pese a la furia de los hombres del Parlamento por haber sido destituidos, pese al hecho de que una parte del ejército de Cromwell se encontraba todavía en el norte apaciguando a los escoceses de las tierras altas, los veteranos del Nudo Sellado habían llegado a la acertada conclusión de que su organización no estaba preparada para una rebelión a gran escala. El cúmulo de confusos mensajes transmitidos entre los miembros del Nudo y el monarca en el exilio no sólo había hecho creer a algunos agentes, como Wagstaff, que la sublevación no tardaría en producirse, sino que había servido para alertar a Cromwell, quien se había apresurado a enviar más tropas a Londres y a otros puntos clave. Durante una reunión tras otra, los conspiradores o bien no se presentaban o se marchaba apresuradamente a casa. La víspera de los hechos acaecidos en Salisbury, el asunto fue desconvocado.

Pero nadie se lo comunicó a Penruddock. La derrota se debió a una cuestión circunstancial.

Thomas jamás había visto a su madre en ese estado. Aunque su madre le había transmitido los rasgos saturninos de los Martell, ella misma poseía un rostro amplio, alegre, enmarcado por una mata de pelo castaño. Era un alma cándida, conocía perfectamente todo lo relativo a la intendencia de una casa pero siempre dejaba los temas de negocios y política a su esposo, a quien seguía en todo. Ella le había visto gastarse más de mil libras en la causa del rey, y pagar una multa de otras mil trescientas libras. Los últimos años habían sido duros mientras se esforzaban en saldar la multa. Pero un juicio por traición, como hasta Thomas sabía, podía significar unas penalidades aún mayores. Podían perder Compton Chamberlayne y todo cuanto poseían. Mientras su madre se encargaba de las tareas cotidianas, ocupándose de sus hijos, la cocina, los sirvientes domésticos y unos peones nuevos, Thomas se preguntó si ella lo sabía y trataba de comportarse con normalidad, o si prefería cerrar los ojos ante tan terrible perspectiva.

Pero ante todo, el joven observaba a su madre en busca de algún signo que revelara la situación en que se hallaba su padre.

La primera carta la trajo un mensajero el martes por la noche. En ella John rogaba a su esposa que no se moviera de allí hasta recibir más noticias de él. A los pocos días recibieron otra carta con instrucciones.

Thomas observó que su madre se afanaba en hacer las cosas lo mejor posible. Su padre le había pedido que utilizara toda su influencia para sacarlo del apuro, que acudiera a todo tipo de gente. Ésta no había sido tarea fácil para su madre, que había pedido ayuda a sus amigos. El problema era que casi todos ellos pertenecían a la aristocracia rural que tenía tratos con los monárquicos. Tras una infructuosa semana dedicada a entrevistarse con amigos que no podían ayudarles y a escribir a otros que probablemente se negarían a hacerlo, su madre les había anunciado un día:

—Mañana partiremos hacia el Forest.

—¿A quién vamos a ver? —inquirió Thomas.

—A Alice Lisle.

—Al menos puede recibirnos —declaró la madre de Thomas mientras el viejo carruaje avanzaba a través del Forest. Había averiguado que Alice Lisle se encontraba en Albion House, de modo que habían pernoctado en Hale antes de reemprender el viaje al amanecer—. Puede que se haya casado con Lisle, pero sigue siendo una Albion. Antes solíamos frecuentarlos —comentó su madre con tristeza.

A última hora de la mañana llegaron a Lyndhurst y al atardecer pasaron por Brockenhurst y atravesaron el pequeño vado donde arrancaba el sendero que descendía hasta la casa situada en el bosque.

Cuando observó a sus dos hermanos y tres hermanas menores, Thomas pensó en la conversación que había mantenido con su madre la noche anterior.

—Creo que la señora Lisle nos odia, madre —había comentado él.

—Es posible, pero también es una mujer con hijos —había respondido su madre con su habitual sencillez. Luego, en un súbito arrebato de irritación que Thomas había presenciado pocas veces, añadió—: ¡Ah, esos hombres! No lo entiendo. Francamente no lo entiendo.

Atravesaron la verja hacia Albion House y los sorprendidos sirvientes informaron a su ama de la llegada de los Penruddock. Tras una breve pausa, Alice Lisle les ordenó que los hicieran pasar. Los sirvientes les condujeron al salón.

Alice Lisle iba vestida de negro, con un sencillo mandil blanco, un voluminoso cuello y unos puños de lino. Llevaba su cabello rojizo recogido debajo de una cofia también de lino. Presentaba todo el aspecto de una puritana. La señora Penruddock se había vestido de forma austera, aunque su cuello de encaje indicaba claramente que era esposa de un caballero. ¿De qué servía fingir?, había pensado ella.

Alice Lisle contempló a la señora Penruddock y a sus hijos. Estaba de pie y no les invitó a sentarse. Por supuesto, había comprendido de inmediato la situación. La esposa de Penruddock había acudido para implorar su ayuda y utilizaba a sus hijos. Alice no se lo reprochaba. Ella seguramente habría hecho lo mismo. Observó que la otra mujer miraba a su alrededor en busca de los hijos de Alice, pero ésta los había trasladado rápidamente a otra zona de la casa. No quería que los niños se encontraran porque se habría establecido una intimidad que era imposible. Permaneció de pie, tiesa. No se atrevía a mostrar la menor debilidad.

—Mi esposo está en Londres y creo que no regresará este mes —dijo.

—He venido a verla a usted. —La señora Penruddock no había preparado un discurso porque no sabía cómo hacerlo—. Recuerdo muy bien a su padre. Mi abuelo y el viejo Clement Albion eran amigos —soltó de sopetón.

—Es posible.

—¿Sabe usted lo que han hecho a mi marido? ¡Le han acusado de traición! —Al decir esto la voz de la señora Penruddock se elevó unos decibelios para subrayar su indignación.

«¡Santo Dios! —estuvo tentada de exclamar Alice—. ¿Cómo no van a acusarle de traidor si encabeza una sublevación de cuatrocientos hombres, captura al sheriff y declara la guerra al gobierno?» Pero comprendía lo que debía estar pasando la otra. Miró a los niños y vio que el hijo mayor la observaba de hito en hito; ella deseaba mostrarles compasión, pero no podía permitírselo. En lugar de ello, les miró con severidad.

—¿Qué quiere de mí? —preguntó.

—No es justo —repuso la otra mujer, indicando a sus seis hijos— dejar a estos niños sin padre, pese a lo que haya podido hacer. Mi marido impidió que Wagstaff lastimara a esos hombres en Salisbury. Jamás ha hecho daño a nadie. Y si el lord Protector le perdona la vida, sé que mi marido le dará su palabra de honor de no volver a alzarse contra el gobierno, ni tener trato alguno con el rey.

—¿Pretende usted que yo escriba todo esto a mi esposo? ¿Cree que él podrá convencer al Protector?

—Sí. —En el rostro de la señora Penruddock se reflejaba la esperanza—. ¿Lo hará usted?

Alice la observó. Al notar que comenzaba a vislumbrar un destello de esperanza comprendió que debía desengañarla. No podía contribuir a la desgracia de esta familia despertando un falso optimismo que no daría fruto. Contempló de nuevo a Thomas. El chico parecía más sensato que su madre, pensó Alice.

—Señora Penruddock. —Adoptando una expresión ceñuda y severa, Alice se dirigió también a Thomas—. Debo decirle que no hay la menor esperanza. Si los jueces lo declaran culpable, su marido morirá. Es cuanto puedo decirle.

La mujer la miró cariacontecida, pero no se rindió.

—¿Ni siquiera escribirá a su marido?

Alice dudó unos instantes. ¿Qué podía responder?

—Le escribiré —repuso a regañadientes—. Pero no servirá de nada.

—Al menos dijo que le escribiría —comentó la señora Penruddock a sus hijos cuando emprendieron el regreso.

Alice escribió a su esposo una larga y apasionada carta. Describió la entrevista y señaló todos los puntos a favor del coronel Penruddock, incluso algunos que su esposa no había mencionado. Al margen de las intenciones que él hubiera tenido al inicio de ese desgraciado asunto, ella estaba convencida de que si Penruddock daba su palabra a Cromwell, la mantendría.

Al cabo de unos días llegó la respuesta de John Lisle. Estaba de acuerdo con Alice y había hablado con Cromwell pero, como era de prever, no había servido de gran cosa.

Los líderes serán juzgados por un jurado y los jueces a quienes injuriaron en Salisbury no presidirán la sesión para que no se diga que buscaban venganza.

Si Penruddock es declarado culpable —como sin duda ocurrirá—, el lord Protector le concederá una muerte misericordiosa. Pero es cuanto puede hacer. Si perdonara a Penruddock, fomentaría otros levantamientos.

Thomas no recordaba los detalles de los días siguientes a su captura. Hubo cartas, súplicas desesperadas; durante un tiempo creyeron que concederían a Penruddock y a Grove la garantía de buena conducta y el perdón que habían ofrecido a algunos de sus seguidores, pero les fue denegado.

Las autoridades se mostraban indecisas sobre el lugar donde debían celebrarse los juicios, pero en abril decidieron trasladar a los rebeldes que habían sido capturados en el West Country, donde se hallaban presos, a la ciudad de Exeter para ser juzgados.

—¿Cuándo iremos a visitar a padre? —preguntaba Thomas todos los días a su madre.

Y ella respondía siempre:

—Tan pronto como nos mande llamar.

Era evidente que su padre seguía pensando que quizá fuera necesario que su esposa fuera a Londres para suplicar por su vida, de modo que permanecieron en casa. Pero durante la tercera semana de abril llegó un recado. El juicio estaba a punto de iniciarse. El coronel Penruddock pidió a su esposa que fuera a verlo.

—¿Puedo acompañarte? —imploró Thomas a su madre. Ahora no, respondió ella. Así que, una vez más, el chico tuvo que quedarse en casa y aguardar.

Su madre se ausentó una semana, pero antes de regresar Thomas se enteró del veredicto. Culpable. Habían remitido a Cromwell la orden de ejecución. Su madre estaba desesperada. Penruddock y Grove habían enviado un recurso de apelación a los jueces.

Tan pronto como llegó a su casa, la señora Penruddock envió una carta a Alice Lisle.

—Estoy segura de que nos ayudará —declaró.

Pero Thomas no comprendía por qué había de hacerlo cuando no habían vuelto a oír una palabra de esa señora.

De pronto recibieron un golpe que no habían previsto. Al día siguiente de su regreso, cuando la señora Penruddock trataba de consolar a sus hijos, se presentó en su casa un grupo de seis soldados a las órdenes de un oficial para comunicar a la desdichada mujer que debía marcharse.

—¿Marcharme? No entiendo. ¿Por qué?

—La casa está embargada.

—¿Por orden de quién?

—Del sheriff.

—¿Van a echarme de mi casa?, ¿con mis hijos?

—Sí.

Pasaron aquella noche en un hostal en Salisbury; la próxima con sus primos en Hale. Al día siguiente les notificaron que podían regresar. Había habido un error. Todavía no se había tomado ninguna decisión con respecto a su propiedad.

El hecho de que Alice Lisle, al enterarse de la noticia el mismo día, dedujera que el sheriff, un hombre codicioso, probablemente pretendía apoderarse de la propiedad y enviara un recado urgente a su marido para que rescindieran la orden, fue algo de lo que los Penruddock nunca llegaron a enterarse.

Al día siguiente, la señora Penruddock y todos sus hijos partieron hacia Exeter. El viaje duró tres días. Cuando llegaron Cromwell ya había enviado la orden de las ejecuciones, redactada y firmada de su puño y letra. En lugar del macabro sistema habitual con que ejecutaban a los traidores, ahorcándolos, arrancándoles los intestinos y desmembrándolos, Penruddock moriría decapitado limpiamente con un hacha. Como nunca habían presenciado la ejecución de un traidor, la familia no sabía que iban a dispensarle una muerte misericordiosa.

Durante la última semana les permitieron visitarlo dos veces. La primera, Thomas quedó muy impresionado. Aunque, gracias a su esposa, habían entregado una camisa limpia al coronel Penruddock, éste mostraba un aspecto demacrado y muy desmejorado en su celda. Sus carceleros no le habían permitido lavarse con la frecuencia que él había deseado y Thomas percibió cierto hedor en presencia de su padre. No obstante, pasada la conmoción inicial, eso contribuyó a aumentar la sensación de ternura hacia él. Los niños menores observaron confundidos a su desaliñado padre. Éste les habló con su acostumbrada calma y afecto, les bendijo, les besó y les pidió que fueran valientes.

—Quizá Cromwell acceda a concederme el perdón —oyó Thomas murmurar a su padre—. Pero no lo creo.

La segunda vez fue más dura. Con el transcurso del tiempo, aunque su madre había procurado conservar la serenidad, cada día estaba más trastornada. A medida que se acercaba la fecha de la ejecución aumentaba su convencimiento de que su súplica a Alice daría fruto.

—No entiendo por qué tarda tanto en responder —comentaba de improviso con tono acongojado—. Seguro que llegará el perdón. —Tras lo cual fruncía el ceño y añadía—: Tiene que llegar. —No cesaba de darle vueltas en la cabeza al hecho de los hombres del sheriff la hubieran echado de su casa durante dos días—. Se creen con derecho a hacer semejante cosa —exclamaba.

Sabían que su segunda visita sería la última porque la ejecución estaba fijada para el día siguiente. Fueron por la tarde y entraron en la prisión. Pero por algún motivo se produjo una demora. Tuvieron que aguardar un rato en una sala de espera, en compañía del jefe de los carceleros, quien se entretuvo en devorar una torta con aire ensimismado y hurgarse los dientes. Lucía una barba hirsuta, que no se había molestado en recortar porque, en aquellos días, nadie le obligaba a hacerlo. Los Penruddock procuraron no mirarlo.

Pero él sí los miró a ellos. Le interesaban. Los monárquicos no le caían bien, en especial los aristócratas rurales, como esos Penruddock. Si el padre de esos niños iba a morir decapitado, tanto mejor. El carcelero observó su elegante atuendo. Las niñas llevaban unos vestidos de encaje y raso y el niño más pequeño lucía unas pequeñas escarapelas en los zapatos. ¿Qué aspecto tendrían después de que él y sus hombres les hubieran puesto las manos encima? Imaginó su ropa hechas jirones, los chicos con uno o ambos ojos amoratados y la madre…

La madre no cesaba de parlotear. Confiaba en el perdón. Debía estar de broma. Nadie iba a perdonar a Penruddock, hasta él lo sabía. Pero la escuchó con curiosidad. La mujer confiaba en que el juez Lisle hablara con Cromwell. El carcelero había oído hablar de Lisle, aunque nunca lo había visto. Era muy amigo de Cromwell, según había oído decir. La mujer había escrito a su esposa. Una esperanza vana, evidentemente, pero las esposas de hombres condenados a muerte se comportaban de esa forma.

—¿Ha dicho usted Lisle? —terció de pronto el carcelero sonriendo para despistarla—. ¿El juez Lisle?

—En efecto, buen hombre —respondió la señora Penruddock volviéndose apresuradamente hacia él—. ¿Se sabe algo de él?

El carcelero se detuvo. Quería saborear ese momento.

—La orden de ejecución contra su marido ha sido redactada por Lisle. De su puño y letra. Estaba con Cromwell cuando éste la firmó.

El efecto fue delicioso. El carcelero observó la expresión de absoluto desconcierto que se plasmó en el rostro de la señora Penruddock. Parecía a punto de desvanecerse ante sus ojos. Jamás había visto nada parecido. El hecho de que él no tuviera ni la más remota idea de si el juez Lisle tenía algo que ver con Cromwell o con la orden de ejecución aumentó su sensación de triunfo.

—Todo el mundo lo sabe —añadió para rematar el asunto.

—¡Pero si yo escribí a su esposa! —gimió la señora Penruddock.

—Dicen que fue ella —prosiguió con tono melifluo el carcelero— la instigadora de la muerte del pobre coronel.

La idea de que él se apiadara del maldito esposo de esa mujer daba un toque plausible al asunto. La señora Penruddock estuvo en un tris de desmayarse. El chico mayor estaba que echaba chispas. Mientras el carcelero se afanaba en inventarse otra cosa para atormentar a esa pobre gente, uno de los guardias le hizo una seña para indicar que el prisionero estaba listo.

—Ya pueden pasar a ver al coronel —declaró el carcelero.

Y los Penruddock salieron de la sala. Puesto que no estaban versados en prácticas maliciosas, no se les ocurrió que cada palabra que les había dicho el carcelero era mentira.

El coronel Penruddock había hecho cuanto era posible para prepararse para esta última reunión con sus hijos. Los recibió limpio, peinado y de buen humor. Habló con cada uno de ellos con tono alegre y sereno, y les pidió que fueran valientes.

—Tened presente —les dijo— que por graves que sean los obstáculos que debáis superar en la vida, son insignificantes comparados con los sufrimientos de Nuestro Señor. Y si los hombres os injurian, no tiene importancia porque el Señor os protege y os ama con un amor mayor de lo que esos hombres conocerán jamás.

A su esposa le dirigió unas palabras de aliento y le hizo prometerle que al día siguiente se llevaría a los niños de Exeter tan pronto como amaneciera.

—En cuanto despunten las primeras luces, te lo ruego. Debéis alejaros de la ciudad antes de que las gentes se despierten. No os detengáis hasta que lleguéis a Chard. —Era una población que se hallaba a casi cincuenta kilómetros, a una jornada de viaje.

Inopinadamente aquella noche, a las diez, la señora Penruddock pareció cobrar renovados bríos. Los niños pequeños dormían en la espaciosa habitación que compartían todos en el hostal, pero Thomas estaba despierto cuando su madre se incorporó de pronto en la cama y exclamó horrorizada:

—¡No me he despedido de él!

Buscó pluma y papel en la mesa.

—Sé que está aquí —murmuró angustiada—. Debo escribirle una carta —agregó con tono apremiante.

Thomas encontró lo que su madre andaba buscando y la observó mientras escribía. Era una mujer difícil de comprender. Cuando se esforzaba, cuando se concentraba en ello, sabía expresarse con dignidad; pero luego, al cabo de unos segundos, se distraía pensando en alguna nimiedad y perdía el rumbo por completo. Eso fue lo que ocurrió con la carta, la cual empezaba bien:

Nuestra triste despedida estuvo tan lejos de hacer que me olvide de ti que desde entonces ya no pienso en mi persona, sino sólo en ti. Esos entrañables abrazos que todavía siento, y que jamás dejaré de sentir… han encandilado mi alma y reverencio tu recuerdo…

Pero unas líneas más abajo surgía de improviso el recuerdo de los hombres del sheriff.

Es demasiado tarde para contarte lo que he hecho por ti; que he suplicado por tu vida y me han dado con la puerta en las narices…

Para luego retornar, súbitamente, a una maravillosa y apasionada conclusión:

Me despido de ti, amor mío, diciéndote una y diez mil veces adiós. Tus hijos imploran tu bendición y te presentan sus respetos.

La señora Penruddock terminó la carta a las once de la noche, pero un mozo, a quien le entregó una generosa propina, accedió a llevarla a la prisión y regresó poco después de medianoche con una breve y cariñosa respuesta escrita de puño y letra del coronel.

No obstante, Thomas no logró conciliar el sueño hasta el amanecer.

No habría sucedido si la señora Penruddock hubiera sido puntual. Lo había intentado. A las ocho de aquella mañana de un color gris pálido, el carruaje llevaba esperando casi una hora junto a la puerta del hostal.

Ardía en deseos de marcharse. No sólo quería obedecer a su marido, sino que deseaba alejarse de la escena, aislarse —ella misma y sus hijos, por supuesto— de aquel espantoso hecho, de la pérdida que iba a sufrir y en la que no quería pensar. Su impuntualidad no había sido intencionada. Pero primero había comprobado que le faltaba una cosa, luego otra; que si su hija había elegido aquel preciso momento para vomitar. A las nueve, la señora Penruddock se hallaba en tal estado de nervios, que no recordaba dónde había puesto su bolso y se había peleado con el hostelero, que se temía que no iba a cobrar. Sin pensar en lo que decía, la señora Penruddock le había advertido que si no se ataba la lengua ella se lo contaría a su marido. Lo cual había hecho que el hombre la mirara extrañado, y ella había comprendido con aterradora lucidez que dentro de unos momentos, si Dios no lo remediaba, se quedaría sin marido y quizá sin dinero para pagar a otros hosteleros. La pobre mujer había estado a punto de romper a llorar, pero la fuerza que poseía había acudido en su ayuda y, tras recobrar la compostura, había recordado dónde había dejado el bolso y había ido en su busca. De modo que, por fin, cuando una campana cercana dio las diez, la señora Penruddock reunió a sus hijos, los montó en el carruaje y llamó a Thomas.

Pero Thomas había desaparecido.

No pudo evitarlo. Echó a andar por la calle siguiendo a la muchedumbre que, según dedujo, se dirigía al lugar de la ejecución. ¿Cómo iba a desaprovechar, estando todavía en la ciudad, la oportunidad de ver a su padre a quien amaba e idolatraba, por última vez?

Debido al gentío, Thomas no pudo aproximarse al lugar. De todos modos, aunque hubiera podido situarse en primera fila, a los mismos pies del cadalso, no se habría atrevido a hacerlo, pues su padre les había ordenado que no fueran.

Sin embargo, vio un carro y se subió en él, junto con una docena de aprendices y muchachos. De este modo, pudo contemplar toda la escena.

En medio de la plaza había una plataforma, sobre la que habían instalado el cadalso que custodiaban media docena de soldados.

Thomas tuvo que aguardar un cuarto de hora hasta que llegó el cortejo. Lo encabezaban unos guardias a caballo, seguidos por un carro custodiado por unos soldados de a pie que portaban mosquetes y picas. De pie en el carro, vestido con una camisa blanca limpia y el pelo recogido en la nuca, iba su padre.

En primer lugar subió a la plataforma el sheriff, seguido por otros dos hombres y el verdugo, cubierto con una máscara negra y sosteniendo un hacha cuya hoja emitía unos reflejos plateados. A continuación, unos soldados escoltaron a su padre hasta la plataforma.

No perdieron tiempo. El sheriff leyó en voz alta la orden de ejecución por el delito de traición cometido. Su padre avanzó junto con el verdugo hasta el cadalso. Dijo unas palabras al sheriff, quien asintió con la cabeza. El verdugo retrocedió unos pasos mientras su padre extraía un papel al que echó una ojeada. Luego, observando con calma a la multitud, el coronel Penruddock enunció con voz clara y firme:

—Caballeros, es costumbre que las personas que van a morir ejecutadas, ofrezcan al mundo alguna satisfacción, tanto si son culpables del delito que se les imputa como si no. El delito por el que voy a morir es la lealtad, que en estos tiempos llaman traición. No puedo negar…

El discurso era claro, pero prolijo. La multitud guardó un silencio relativo, pero Thomas no alcanzó a oír ni a entender todo lo que dijo su padre. Pero comprendió su significado. Su padre se quejó de la forma en que lo habían tratado y se afanó en desmentir que sus compañeros, en especial los que pertenecían al Nudo Sellado, fueran culpables de complicidad. Expuso sus argumentos con sencillez y claridad. Cuando hubo concluido expresó la esperanza de que Inglaterra fuera restituida algún día a su legítimo rey. Luego encomendó su alma a Dios.

Uno de los hombres del sheriff avanzó y recogió el pelo de su padre debajo de un gorro que le encasquetó. Luego se volvió hacia el verdugo, quien asintió con la cabeza.

A continuación, avanzaron hasta al tajo. Su padre se arrodilló y besó el tajo; luego, sin incorporarse, se volvió hacia el verdugo y pronunció unas palabras. El verdugo le presentó la cabeza del hacha y su padre la besó. La multitud enmudeció. El coronel Penruddock articuló otras palabras, que Thomas no alcanzó a oír, y se volvió de nuevo hacia el tajo. Silencio. Su padre se inclinó para apoyar la cabeza en el tajo.

Era el último momento, Thomas sintió deseos de gritar. ¿Por qué había esperado tanto, hasta que todos hubieran guardado silencio? El chico lamentó de no haber proferido un grito, aunque desobedeciera las órdenes de su padre, para que éste supiera que estaba junto a él en estos últimos instantes. Un grito de amor. ¿Era demasiado tarde? ¿Por qué no lo profería? Thomas sintió el indecible dolor de la despedida, un torrente de amor hacia él. «¡Padre! —deseaba gritar—. ¡Padre!» ¿Por qué no gritaba? Thomas aspiró.

Su padre apoyó la cabeza en el tajo. Thomas abrió la broca. Nada. El hacha cayó.

—¡Padre!

Thomas vio un chorro rojo y la cabeza de su padre cayó, con un ruido seco, al suelo.

1664

Los años que siguieron a la sublevación de Penruddock no aportaron paz al espíritu a Alice Lisle. A primera vista, daba la impresión de que lo tenía todo. La carrera de su marido iba viento en popa. Habían adquirido una espléndida mansión en Londres, en un agradable suburbio junto al río denominado Chelsea. Ellos y sus hijos mantenían una estrecha amistad con los Cromwell, y asistían a misa con el grupo de puritanos al que pertenecían ambas familias. Los Cromwell habían comprado una casa cerca de Winchester, relativamente cerca de una de las magníficas propiedades que poseía John Lisle en esa zona del condado. Los Lisle eran ricos. Cuando Cromwell convocó una nueva cámara de los lores eligió a John Lisle para que formara parte de la misma, de modo que el letrado pasó a ostentar el título de lord Lisle y Alice el de lady.

El lord Protector era muy poderoso. Su ejército había aplastado a Escocia e Irlanda. El comercio inglés dominaba los mares. La Commonwealth de Inglaterra nunca había detentado tanto poder. No obstante, Alice estaba preocupada. Algunos días la invadía la misma aprensión que había experimentado aquel invierno frío y gris en que su marido había ido a Londres para ejecutar al rey.

El problema era que la Commonwealth no funcionaba. Alice lo veía con más claridad que su esposo. Cada vez que el Parlamento y el ejército, o una facción de éstos, fracasaba en su intento de alcanzar un acuerdo, y su marido llegaba a casa con una nueva forma de constitución que él y sus amigos iban a poner en práctica, asegurando que «esta vez resolveremos la cuestión», Alice se limitaba a asentir en silencio. Y como era de prever, al cabo de unos meses estallaba otra crisis y elegían una nueva forma de gobierno. Los meses que transcurrieron después de la sublevación de Penruddock fueron los peores. Con el fin de sofocar otros levantamientos, Cromwell había divido el país en una docena de regiones, había colocado a un general de división al mando de cada una de ellas y había aplicado la ley marcial. Pero no había conseguido nada, salvo que toda Inglaterra odiara al ejército. Al cabo de un tiempo, Cromwell se había visto obligado a renunciar a estos métodos. Pero el problema de base persistía. Dictadura o república, gobierno militar o civil, gobierno de las clases hacendadas o de las gentes comunes y corrientes, no lograban resolver ninguno de esos temas, nadie se sentía satisfecho. Y mientras Cromwell ponía en práctica un expediente tras otro, Alice se preguntaba: «Si Cromwell no ocupara el poder, ¿qué ocurriría?» Nadie, ni siquiera su inteligente esposo, era capaz de adivinarlo.

Había otra cosa que preocupaba a Alice.

—Todo lo que hemos hecho, John —solía decir a Lisle—, si no ha servido para establecer un gobierno justo y moral, mejor habría sido no haberlo hecho.

—Eso pretendemos, Alice —respondía John irritado—, establecer un gobierno moral.

Pero ¿era cierto? Sí, el Parlamento había promulgado unas leyes temibles. Hasta penaban el adulterio con la muerte, pero los jurados lógicamente se negaban a condenar a un reo en vista del monstruoso castigo que le esperaba. Blasfemar, bailar, todas las diversiones que ofendían a los puritanos estaban prohibidas. Los generales de división habían llegado al extremo de cerrar la mitad de las hosterías donde la gente iba a beber. Pero ¿qué significaba esto si Alice veía en el centro a Oliver Cromwell, claramente tentado de asumir el título de rey cuando sus seguidores le planteaban la cuestión y deseoso de que su hijo, un joven agradable pero débil, le sucediera como Protector? Cuando había visitado Whitehall, Alice se había sentido escandalizado al comprobar que las otras familias insignes del nuevo régimen vestían con sedas, rasos y brocados como la antigua aristocracia monárquica a la que habían sustituido. Alice tenía la impresión, aunque era demasiado prudente para manifestarlo, de que las cosas apenas habían cambiado.

Con el transcurso de los años, aunque exteriormente Alice apoyaba con lealtad a su querido marido en su ajetreada vida pública, en su fuero interno se replegó en un mundo más íntimo. Cada vez le importaba menos a qué partido pertenecía la gente, y más qué tipo de personas eran. Cuando la pobre señora Penruddock, unos meses después de la ejecución de su esposo, fue desposeída de todos los bienes de su familia e imploró clemencia a Cromwell, Alice declaró con vehemencia que estaría encantada de que se devolviera una parte de las propiedades de la familia a la señora Penruddock para que pudiera criar a sus hijos.

—No sé por qué te preocupas de esa gente, que no se preocupaban de ti en lo más mínimo —comentó Lisle.

Porque el coronel Penruddock, equivocado o no, probablemente valía diez veces más que cualquier de nuestros amigos, estuvo tentada de responder Alice. Pero en lugar de ello lo besó y no dijo nada.

Con todo, había una cosa del régimen de la Commonwealth que la complacía, y era su tolerancia en materia de religión. Esa tolerancia, por supuesto, no se aplicaba a la Iglesia católica. Como buen protestante, Alice no lo habría aprobado. El papismo significaba la esclavitud de gentes honestas por sacerdotes astutos y una inquisición brutal; significaba superstición, retraso, idolatría y, les gustara o no, dominio por parte de potencias extranjeras. Pero dentro del amplio abanico de congregaciones protestantes, el estricto Cromwell se mostraba insólitamente liberal. Se había negado a dejar que los presbiterianos impusieran sus métodos sobre los demás; las iglesias independientes, que elegían a sus propios ministros y sus métodos religiosos, eran legales. Muchos excelentes predicadores independientes, que sacaban su inspiración directamente de su propia experiencia religiosa, no sólo no hallaban trabas, sino que disponían de facilidades para el ejercicio de su religión. A Alice le gustaban los predicadores. Eran en su mayoría hombres honestos. Cuando pensaba en cómo habrían sido tratados por el rey Carlos y sus obispos —silenciados, perseguidos y expulsados de sus casas, quizás incluso encarcelados o condenados a que les cortaran las orejas—, al menos creía que la Commonwealth había aportado algunas mejoras al mundo.

Cromwell murió de improviso.

Nadie estaba preparado para esto. Habían creído que viviría muchos más años. Su hijo Richard trató de sustituirle, pero no tenía madera para ocupar ese cargo. No había motivo para preocuparse, Lisle dijo a Alice. Había numerosos hombres sabios y prudentes como él mismo capaces de dirigir el régimen. Pero ella negó con la cabeza. No daría resultado. Estaba convencida de ello.

No se equivocó. Hasta Alice quedó sorprendida de la rapidez con que se desmoronó todo. Las circunstancias que los caballeros del Nudo Sellado habían confiado en que se produjeran durante la época de la sublevación de Penruddock, se presentaron en ese momento, unos pocos años más tarde. La gente, después de un breve mandato de los generales de división, había llegado a odiar al ejército. El propio ejército estaba fraccionado. Los hombres del Parlamento deseaban recuperar su autoridad. La aristocracia monárquica vio su oportunidad. En las debidas condiciones, rumoreaba la gente, quizá convendría tener un rey de nuevo. Por fin el general Monk, que creía en el orden, y la ciudad de Londres, que estaba harta del ejército, convinieron emprender juntos una iniciativa para restaurar el régimen anterior.

El joven Carlos II estaba preparado y aguardaba el momento propicio. Había atravesado el período de adversidad necesario. Si alguna vez había creído en las absurdas doctrinas de su padre, hacía tiempo que las había desechado. Alto, atlético, afable, profundamente cínico, deseoso de escapar del exilio, resuelto a no dejar que lo expulsaran de nuevo, dispuesto a contemporizar, sin un centavo, he aquí por fin un Estuardo adecuadamente formado para ser rey de Inglaterra. Se negociaron los términos. El rey regresaría. Los ingleses se dispusieron a celebrar el acontecimiento como si no le hubieran cortado la cabeza a su padre.

Un soleado día de principios de mayo, John Lisle regresó de Londres. Alice estaba sentada con una de sus hijas junto a la ventana cuando salieron apresuradamente para recibirlo. John mostraba un aspecto animado, pero Alice creyó detectar cierta preocupación en él. Cuando ella le pidió que le relatara lo sucedido, él sonrió y repuso:

—Te lo contaré a la hora de la cena.

Cuando la familia se sentó a la mesa, John les pintó un cuadro de lo más amable. Los hombres del Parlamento, el ejército, los londinenses, todos iban a reconciliarse entre sí y con el rey. La cordialidad presidiría las relaciones entre todos. No habría venganza. Pero cuando los niños los dejaron a solas Alice preguntó:

—¿Dices que no habrá venganza? ¿Ninguna?

John Lisle se sirvió otra copa de vino antes de responder.

—Prácticamente ninguna —contestó con severidad—. Como es natural, está la cuestión de los regicidas. Resulta —prosiguió empleando un tono como si discutiera un caso interesante en los tribunales— que no es el rey quien desea ver saldada esa cuestión, sino los monárquicos. Esos caballeros desean ver sangre derramada por todas las pérdidas que han sufrido.

—¿Y?

—Bien… —John parecía turbado—. Los regicidas serán juzgados. Seguramente ejecutados. Lo decidirá el rey, pero es lo más probable.

Ella lo miró unos instantes sin comprender.

—Tú mismo eres un regicida, John —dijo en voz baja.

—Ah. —Él le dirigió una sonrisa profesional—. Eso es discutible. Ten presente, Alice, que yo no firmé la orden de ejecución del rey. Creo que puede decirse que no soy un regicida.

—¿Quién lo diría, John? Todos afirman que lo eres. Estuviste del lado de Cromwell, pediste que el rey fuera ejecutado. Colaboraste en la redacción de los cargos, los documentos…

—Cierto. Sin embargo…

¿Acaso trataba de darle esperanzas, de comunicarle la noticia con suavidad, o era posible que su inteligente esposo, acuciado por esta crisis, se sintiera incapaz de afrontar la realidad palmaria?

—Te ahorcarán, John —dijo ella. Él no respondió—. ¿Qué vas a hacer?

—Creo que debo marcharme al extranjero. Por poco tiempo, unos meses a lo sumo. —Lisle sonrió para dar ánimos a su esposa—. Tengo amigos. Hablarán con el rey. Tan pronto como esté resuelta la cuestión de los regicidas, podré regresar. Me parece lo más prudente. ¿Qué opinas?

¿Qué podía decir ella? ¿No, quédate aquí con tu esposa y tus hijos hasta que vengan a colgarte? Por supuesto que no. Alice asintió lentamente.

—Me duele que sea así, John —dijo con tristeza. Luego esbozó una sonrisa forzada—. Pero preferimos tenerte vivo. ¿Cuándo partirás?

—Mañana al amanecer. —Él la miró con expresión seria—. No tardaré en regresar.

Alice no volvió a verlo.

John había estado en lo cierto con respecto al rey. El joven Carlos II, pese a sus defectos, no tenía sed de venganza. Después de que colgaran a veintiséis regicidas en octubre de aquel año, el monarca ordenó a su consejo que no buscaran a más. Si aparecían morirían ahorcados, pero si permanecían ocultos, él se contentaba con dejarlos en paz. Pero esta venganza no satisfizo a los leales partidarios del rey, a quienes se les ocurrió una ingeniosa idea. En enero mandaron exhumar los cadáveres de Cromwell y de su yerno, Ireton, los cuales fueron transportados a la cárcel de Tyburn en Londres y colgados para que todos pudieran contemplarlos. Fue una decisión atinada elegir el mes de enero en lugar de una época más calurosa del año.

Sin embargo, Lisle se había equivocado al creer que no le consideraban un regicida. Mientras permanecía en Suiza a la espera de noticias, la realidad no tardó en imponerse: tenía demasiados enemigos.

«Mi querido esposo —le escribió Alice con tristeza—, no puedes regresar.»

Cada año barajaban la posibilidad de que ella fuera a reunirse con él en Lausana, donde residía John. Pero no era fácil. Para empezar, el dinero escaseaba. La mayoría de las propiedades de John Lisle habían sido confiscadas o expropiadas. Una de ellas había sido cedida a unos parientes suyos que vivían en la isla de Wight, quienes habían permanecido fieles a la causa monárquica. Otra había ido a parar a manos de Jacobo, duque de York, el hermano menor del nuevo monarca. Les habían arrebatado la mansión londinense. Alice tenía que alimentar a sus hijos con las rentas que le procuraban las tierras que había heredado en New Forest a la vez que trataba de enviar algo de dinero a su pobre marido.

—Debemos vivir con discreción —advirtió Alice a sus hijos. Teniendo como tenía que ocuparse de la propiedad y de los niños, era difícil para ella irse a vivir a Suiza.

La familia era bastante numerosa. Estaban los dos hijos de John de su primer matrimonio. Aunque ya eran unos hombres hechos y derechos, Alice los había criado como si fueran suyos y ahora que habían perdido la fortuna de su padre y éste había caído en desgracia, ¿cómo iban a hacer una buena boda? En cuanto a los hijos de ella, por desgracia su hijo había muerto a los dieciséis años, pero le quedaban tres hijas, Margaret, Bridget y Tryphena, que precisaban hallar marido.

Y estaba la pequeña Betty, una niña de mirada alegre, menuda y rebosante de vida. Había sido concebida la víspera de la partida de su esposo: la noche en que ella se había aferrado a él, rezando para que regresara pronto, temiendo que no volvería a verlo. La pequeña Betty era la niña que John Lisle no había llegado a conocer; la niña que siempre le recordaría a él.

Transcurrieron dos años. Y otro. Y otro más. El bebé se había convertido en una niña que correteaba y no cesaba de parlotear. Preguntaba por su padre. Alice le contaba anécdotas sobre él, le decía que era un hombre magnífico.

—Un día iré a ver al rey y le diré que quiero que regrese mi papá —decía la niña.

¿Quién sabe?, pensaba Alice. Dado el carácter afable de Carlos II, quizá la niña consiguiera su propósito. Pero todavía no. Era demasiado pronto. Así pues, Alice escribía a su esposo relatándole con sumo detalle todo cuanto hacían y lo sana y hermosa que se criaba Betty; y él le escribía a ella largas y cariñosas misivas; y ambos rogaban al Señor que, al cabo de un tiempo, él pudiera regresar algún día.

Entre tanto, ¿qué podía hacer ella? Alice se alegraba de vivir al menos en el Forest. Era la tierra de su infancia y su familia. En Betty revivía los felices días de su niñez. Eso le procuraba un gran consuelo. Siempre andaba ocupada con los menesteres cotidianos. Pero ¿cómo llenar el otro vacío que había en su vida?

Sorprendentemente, fue la religión la que colmó el vacío creado por la ausencia de su esposo.

Antes de casarse, Alice no había sido muy religiosa. Por supuesto, John y ella habían apoyado con firmeza a su congregación en Londres; pero ¿no lo habían hecho, se preguntaba Alice, debido al afán de su marido de mantener una estrecha relación con Cromwell y su familia? El interés religioso que había despertado en ella recientemente provenía de una fuente tan distinta como insólita.

La esposa de Stephen Pride. No era frecuente que un Pride contrajera matrimonio con alguien de fuera del Forest, pero un sábado por la mañana, cuando los Pride habían acudido al mercado de Lymington, Stephen Pride había conocido a su futura esposa. La familia de ella, oriunda de Portsmouth, se había establecido allí hacía unos años. Ella era una mujer discreta, amable, aproximadamente de la edad de Alice, con el pelo castaño claro y unos ojos muy parecidos a los de Alice.

—Dice que se casó conmigo porque yo le recordaba a ti —le confesó en cierta ocasión Joan Pride. Alice no pudo cuando menos de sentirse complacida por ello.

Joan Pride era muy devota, como toda su familia. Al igual que tantos otros que vivían en pequeñas poblaciones en las costas de Inglaterra, estas gentes honradas habían leído la Biblia en tiempos de la reina Isabel y no habían encontrado en ella nada sobre obispos, sacerdotes y ceremonias religiosas; de modo que preferían reunirse en modestos templos, elegir a sus líderes y predicadores y llevar una existencia simple y honesta en paz, siempre que se lo permitieran. Cuando Carlos I decidió que esas libertades eran intolerables, muchas de estas gentes habían emigrado a nuevos asentamientos en América; algunas habían luchado contra el rey en el ejército de Cromwell. Durante la guerra civil y bajo el mandato del Protector, habían podido ejercer su religión con toda libertad.

Cada domingo, mientras su marido observaba con una sonrisa tolerante, Joan Pride partía de Oakley, llevándose a veces a uno o a dos de sus hijos, y recorría a pie los tres kilómetros hasta Lymington, donde se reunía con su familia en el templo. De vez en cuando, cuando no se encontraba en Londres con su esposo, Alice se unía a la congregación para rezar con ellos. Nada se lo impedía. En materia de religión, aquéllos eran unos tiempos democráticos. Aunque se mostraban un tanto sorprendidos de ver a una dama tan distinguida entre ellos, esas gentes la acogían con cordialidad; y por lo que a Alice respectaba, se sentía a gusto con ellos.

—Algunos de los sermones que pronuncian los predicadores itinerantes son tan buenos como los que he oído en Londres —había confiado Alice a John Lisle.

A menudo, en estas ocasiones, Alice conducía a su caballo junto a Joan Pride y sus hijos hasta Oakley, mientras ambas mujeres conversaban animadamente, antes de regresar a Albion House. Mantenían una relación amable y distendida. Según la costumbre, Alice llamaba a la esposa de su arrendatario Goody Pride y Joan la llamaba dame Alice. Cuando John Lisle se convirtió en uno de los lords de Cromwell, Joan debió de haber llamado a Alice lady Lisle, o milady, pero Alice observó divertida que Joan Pride seguía llamándola dame Alice, lo cual le dio a entender lo que sus amigos puritanos opinaban de los lords y las ladies. Así, con el paso de los años, aunque mantenían la acostumbrada formalidad entre terrateniente y arrendatario, Alice Lisle y Joan Pride se hicieron amigas.

La semana después de que John Lisle huyera de Inglaterra, Joan Pride fue a Albion House. Casualmente pasaba por ahí, según dijo. Ofreció a Alice unas tortas que habían preparado. Habría sido una grosería no aceptar el obsequio, aunque las tortas no le apetecían, de modo que Alice le dio las gracias mientras Joan Pride escudriñaba con sus ojos grises cada detalle de la espléndida mansión, en la que nunca había puesto los pies.

—Confiamos en verla en el templo, dame Alice —había comentado Joan afablemente al despedirse de su amiga.

—Sí —había respondido Alice con tono distraído—. Por supuesto.

Pero el domingo próximo, y los siguientes, Alice acudió a la iglesia parroquial de Boldre. Teniendo en cuenta que su esposo regicida se había fugado, Alice no se atrevía a hacer nada que pudiera suscitar comentarios desfavorables en el nuevo régimen realista.

Al cabo de un mes, un día en que pasó a caballo frente a un bosquecillo que poseía, Alice observó a Stephen Pride reparando la cerca. Cuando le preguntó qué hacía, él le mostró un trozo que se había partido.

—No quiero que entren los ciervos —dijo Pride.

—¿Le ha pedido mi administrador que la repare? —inquirió Alice.

—No, me fijé al pasar —respondió él.

Y aunque Alice le ofreció pagarle por sus servicios, él rechazó el dinero. Poco a poco, durante las semanas siguientes, Alice advirtió que se producían varios incidentes similares. Uno de los animales cayó enfermo: Pride lo llevó para que lo viera el administrador. Cuando un árbol cayó sobre el sendero que conducía a Albion House, Pride y tres aldeanos de Oakley se encargaron de cortarlo y transportar la madera a la casa a primeras horas de la mañana sin que nadie se lo pidiera. En suma, Alice se percató de que sus amigos del Forest velaban discretamente por ella.

Alice siguió acudiendo a la iglesia parroquial de Boldre. Sospechaba que Joan Pride entendía sus motivos. Pero al cabo de un tiempo, cuando comprendió que nada de lo que hiciera iba a ayudar a su marido ni salvar su fortuna, Alice se presentó un domingo en el templo de Lymington, donde la acogieron con absoluta naturalidad, como si nunca hubiera dejado de frecuentarlo. Los domingos sucesivos acudió también a rezar a ese lugar.

Y habría seguido haciéndolo de no habérselo impedido el Parlamento inglés.

El rey Carlos II era un hombre tolerante y, a diferencia de su padre, su tolerancia se aplicaba también a la religión. Dijo a sus consejeros que no tenía inconveniente en permitir que sus súbditos practicaran la religión que desearan. No obstante, su consejo y su Parlamento no estaban de acuerdo con ello. Los caballeros parlamentarios deseaban orden. No estaban dispuestos a conceder libertad a las sectas puritanas que con anterioridad habían provocado tantos conflictos. Por otra parte, si la gente era libre de practicar la religión que deseaba, ello podía dar pie a que la Iglesia católica prosperara de nuevo en Inglaterra, lo que era del todo inaceptable. De modo que promulgaron unas leyes parlamentarias, que el rey no pudo impedir. Éstas establecían que el misal anglicano tan sólo debía utilizarse en las iglesias con sus oficios formales. Las sectas protestantes —los disidentes, según les llamaban— no podían practicar su religión en las iglesias. Dentro de poco tiempo, según se dijo, promulgaría una nueva ley prohibiéndoles que se reunieran a menos de diez kilómetros de una población. La congregación a la que pertenecía Joan Pride en Lymington fue declarada ilegal a todos los efectos.

—Es monstruoso —protestó Alice—. ¿Qué daño pueden hacer estas gentes?

Pero la ley era la ley. Alice acudió a la iglesia de Boldre, utilizó el misal anglicano y mantuvo la boca cerrada. Dijo a Joan Pride que lamentaba lo ocurrido y la otra mujer no hizo comentario alguno. Durante tres meses, Alice no volvió a ver a su amiga. Entonces, un buen día, se tropezó con ella en el sendero que discurría hacia el sur desde la iglesia de Boldre, y Joan Pride le informó de que había un predicador, un tal señor Whitaker, que estaba dispuesto a ir a Lymington.

—Pero no nos atrevemos a pedirle que acuda a la población, dame Alice. De modo que no tenemos un lugar donde pueda predicar —le explicó Joan.

Alice había oído hablar de ese predicador, un joven erudito que gozaba de excelente reputación.

—Me gustaría oírle predicar —confesó a su amiga. Tras reflexionar unos instantes añadió impulsivamente—: Podría venir a Albion House. Podría alojarse en ella como mi huésped y pronunciar sus sermones en el salón. ¿Querrían venir usted y sus amigos a oírle predicar allí?

Y así se hizo. El señor Robert Whitaker demostró ser un magnífico predicador. Antes de la restauración real había sido alumno del Magdalen College, en Oxford. Asimismo, era un joven muy apuesto. Margaret, la hija de Alice, se mostró muy interesada en él; en cuanto a él, no fue necesario insistirle para que regresara a visitarlos. Alice no sabía qué pensar sobre ese nuevo acontecimiento. Un joven predicador, por elocuente que fuera, no era precisamente el marido que había deseado para una de sus hijas.

Sin embargo, apenas tuvo tiempo de cavilar en ello, pues a los pocos días recibió una carta de su marido que borró cualquier otro pensamiento de su mente. Lisle tenía un amigo que se proponía viajar a Suiza y estaría encantado de llevarla a ella y a sus hijos, sin coste alguno para Alice, y traerla de regreso a Inglaterra al cabo de un mes. Alice podía llevarse a la pequeña Betty, la hija que él aún no conocía. Partirían dentro de un mes. Según escribió John Lisle:

Puesto que no hay tiempo para que intercambiemos más mensajes al respecto, o tendré la alegría de verte a ti, amor mío, y a mi hija en Lausana, o bien comprobaré, con dolor pero con comprensión, que no has podido venir a reunirte conmigo.

«¿Qué debo hacer?», se preguntó Alice. Por fin decidió que debía ir.

—Vas a conocer a tu padre —informó Alice a la niña. Y comenzó a preparar su partida y el equipaje.

Desgraciadamente, cinco días antes de partir se presentó un mensajero con la trágica noticia de que John Lisle había sido asesinado en Lausana. Fue un golpe tremendo para Alice. No se sabía con certeza quién era el culpable. El rey desde luego no. Carlos II jamás había instigado un acto de violencia de esta naturaleza. Por el contrario, los realistas eran muy capaces de cometer ese crimen. Se rumoreaba que la madre francesa de Carlos, viuda del rey ejecutado, podía estar detrás de ello. Alice así lo creía.

Sea como fuere, ella se había quedado sin marido y Betty sin padre. La casualidad quiso que al poco tiempo fuera a visitarlos el joven Whitaker.

1670

Céfiro soplaba levantando una suave brisa en los verdes claros del bosque mientras Carlos II de Inglaterra cabalgaba a través de su New Forest, aquel cálido día de agosto, para cazar en él.

No era la primera vez que iba allí. Hacía cinco años, cuando la terrible peste bubónica azotaba Londres, el monarca y su corte se habían trasladado a Sarum para ponerse a salvo; y durante su estancia allí Carlos había realizado un breve recorrido por las aldeas de los alrededores.

—Cuando huía de Cromwell, después de ocultarme en el roble, pasé por Sarum. —Esta expedición había incluido un paseo a caballo por el Forest—. Dormí dos noches a la intemperie en New Forest —explicó el monarca a sus cortesanos con tono jovial—, y ni siquiera los quemadores de carbón sabían que me encontraba allí.

El rey había decidido visitar de nuevo el Forest, acompañado por un grupo de cortesanos, para su real deleite.

Stephen Pride miró a su amigo Purkiss y Purkiss miró a Puckle. Furzey debía de haber estado también allí, pero había dicho que no iría, ni siquiera por el rey. De modo que estaban los tres y Jim, el hijo de Pride, aguardando montados en sus ponis junto a la verja de la mansión del rey en Lyndhurst, donde les habían ordenado que se presentaran, cuando de pronto aparecieron el rey y sus cortesanos.

Entonces, Stephen Pride miró a Carlos II de Inglaterra y Carlos II de Inglaterra miró a Stephen Pride.

El regio visitante era ciertamente una figura memorable. Alto, fuerte, con una mata de pelo castaño y rizado que le alcanzaba el pecho, tan espesa que parecía una peluca, Carlos II exhibía claramente ambos lados de su linaje. Sus hermosos ojos castaños y la prolongada línea de su boca los había heredado de la familia celta de los Estuardo, pero a esos rasgos se sumaban la pronunciada nariz y el poder sensual y cínico de los Borbones, los antepasados franceses de su madre. El soberano observó a Pride con el alegre cinismo con que se habría dirigido a una joven y bonita sirvienta o a su real primo el rey Luis XIV de Francia.

Stephen Pride miró al grupo de hito en hito, pero no al rey, sino a las mujeres.

Había mujeres. Iban vestidas con un atuendo de montar al igual que los hombres, rematado por un airoso gorro. La reina no se hallaba entre ellas aquel día, pero había una joven morena, de aspecto vivaracho, que murmuró unas palabras al oído del rey, y éste se echó a reír. Pride supuso que se trataba de Nell Gwynn, la actriz cómica que toda Inglaterra sabía que era la última amante del rey. Pride reparó en una joven y elegante francesa y otras damas. ¿Serían todas amantes del rey? Pride no lo sabía. Pero mientras el pequeño terrateniente independiente de New Forest contemplaba al príncipe de ascendencia francesa y celta se preguntó, no sin envidia, cómo diablos se las arreglaba para conquistar a todas las mujeres.

El grupo real estaba compuesto por nueve personas, entre las que se incluían el monarca y cuatro damas. Pride no sabía quiénes eran los hombres, pero dedujo que uno de ellos —un apuesto joven, una versión meliflua del monarca— debía de ser Monmouth, el hijo bastardo del rey. También se hallaba presente sir Robert Howard, un aristócrata cuyo título oficial era guardabosques mayor, lo cual significaba que estaba a cargo de los ciervos de la zona donde iban a cazar, y varios caballeros guardabosques de la localidad. El grupo partiría del pabellón de caza de Boldre y, puesto que Jim Pride era el asistente del guardabosque de ese lugar, había reclutado a su padre y a Puckle para que acompañaran a la comitiva real. Por lo general percibían unas buenas propinas en esas ocasiones. Pride y los otros habían pedido a Furzey que fuera con ellos, pero como éste se había negado, habían decidido llevarse a Purkiss, un amigo de Stephen Pride que vivía en Brockenhurst. Tenía fama de no tener un pelo de tonto, por lo que supusieron que habían salido ganando al llevarse a éste en lugar de Furzey.

Estaban preparados. Stephen Pride había cumplido los sesenta, pero tenía que reconocer que estaba ilusionado. Hacía más de treinta años que estaba casado y era un marido fiel, pero eso no quitaba para que de vez en cuando mirara de hurtadillas a las bonitas amigas del rey. A la vejez viruelas, pensó Pride muy alegre, satisfecho de sentirse lo suficientemente en forma para participar con su hijo en lo que imaginaba que sería una jornada agotadora.

—Creo que hoy cobraremos muchas piezas —comentó a uno de los caballeros guardabosques, que le miró con extrañeza.

—No cuentes con ello, Stephen —murmuró—. Conozco bien al rey.

Y para sorpresa de Pride, antes de que hubieran recorrido un kilómetro el guardabosques mayor alzó la mano y el rey dijo:

—Nellie desea ver el árbol del Rufo.

—¡El árbol del Rufo! —exclamaron los cortesanos.

De modo que se dirigieron hacia allí, para contemplar el árbol del Rufo.

—Nos pasaremos el día así —comentó sonriendo el caballero guardabosque a Pride.

Y así fue. No bien habían avanzado otro kilómetro, de pronto se produjo otro cambio de planes. Antes de contemplar el árbol del Rufo el monarca deseaba inspeccionar su nueva plantación. Eso significaba recorrer otros tres kilómetros y el grupo enfiló dócilmente hacia ese lugar.

Pride miró a sus compañeros, los cuales se mostraban contrariados.

—No creo que vayamos a sacar mucho dinero hoy —observó Puckle a Jim Pride con tono de reproche. Dinero y algún que otro cuarto de venado era lo que solían percibir cuando cobraban numerosas piezas. Los caballeros guardabosques se afanaban en conseguir que los acompañantes como Puckle obtuvieran su justa recompensa. Pero si iban a pasarse el día yendo de un lado para otro para satisfacer los caprichos del rey, las perspectivas eran poco halagüeñas.

—Jim no tiene la culpa —replicó Pride defendiendo a su hijo.

—Aún es pronto —apostilló Jim con optimismo.

Pride miró a Purkiss. Lamentaba hacerle perder el tiempo porque él mismo había pedido al aldeano de Brockenhurst que les acompañara.

Purkiss era un hombre alto con el rostro alargado y un talante apacible e inteligente. Los Purkiss eran una antigua familia del Forest, respetados por su buen juicio.

—No se hacen notar —solía decir Pride—, pero siempre andan cavilando. Nadie consigue burlarse de un Purkiss.

Pero si Pride se sentía culpable por haberle hecho perder el tiempo, el propio Purkiss parecía satisfecho de hallarse allí. Daba la impresión de estar meditando.

Es preciso reconocer que la plantación del rey era impresionante. Se había perdido tanta madera durante la descuidada y confusa administración de las siete últimas décadas, que todo el mundo estaba de acuerdo en que había que hacer algo. Como era habitual en él, detrás de la sensualidad de Carlos II latía una aguda inteligencia que él sabía aprovechar. Al igual que después de que la ciudad de Londres sufriera un gran incendio, el monarca había analizado cada detalle y había apoyado con vehemencia el gigantesco plan de reconstrucción de sir Christopher Wren; así pues, recientemente el regio patrón de las artes y las ciencias había concebido un proyecto práctico y moderno para su bosque real. Por orden personal del rey fueron acotadas tres grandes zonas —en total ciento veinte hectáreas—, en las que plantaron bellotas y hayucos. De éstos brotarían miles de árboles, de los que se obtendría una madera de calidad que sería utilizada a su debido tiempo.

—Las generaciones futuras me bendecirán —había comentado el rey atinadamente.

El grupo llegó al inmenso recinto. Los árboles jóvenes se extendían en múltiples hileras como si se tratara de un ejército. Los jinetes contemplaron la plantación y expresaron su admiración. Pero el rey, según notó Pride, aunque estaba de excelente humor, observó la escena con un ojo perspicaz y, llevándose a dos acompañantes, galopó alrededor del perímetro de la plantación para inspeccionar la cerca.

Cuando regresó, satisfecho de lo que había visto, ordenó:

—Ahora iremos a ver el árbol del Rufo.

De modo que todos dieron media vuelta de nuevo. Los cuatro hombres del Forest, que cerraban la alegre comitiva, apenas despegaron los labios. Jim parecía malhumorado, Puckle aburrido. Pero Purkiss parecía más contento que unas pascuas, y cuando Stephen Pride dijo que lamentaba haberle hecho perder el tiempo, el aldeano de Brockenhurst meneó la cabeza y sonrió.

—No se presenta todos los días la ocasión de cabalgar con el rey, Stephen —repuso tranquilo—. Además, uno aprende mucho y siempre saca provecho de una ocasión así.

—No creo que yo vaya a sacar mucho provecho de esta jornada —replicó Pride—, pero me alegrará de que tú lo hagas.

Si el árbol del Rufo era antiguo en tiempos de la Armada, ochenta años más tarde su larga vida se aproximaba al fin. El vetusto árbol ofrecía un aspecto decrépito. La mayoría de sus ramas habían muerto. Una profunda fisura en el costado mostraba el lugar que había ocupado una de sus grandes ramas.

El tronco estaba cubierto de parras. De la rama superior brotaba tan sólo una pequeña corona de hojas. Las autoridades habían mandado apuntalarlo con estacas, en señal de respeto.

Las dos bellotas que habían caído y arraigado después de las tormentas que habían estallado por la época de la Armada se habían convertido en unos hermosos robles, los cuales crecían no lejos uno del otro. Uno era bajo y ancho, ya que había sido podado; el otro, intacto, se erguía majestuoso.

El grupo contempló el viejo y retorcido árbol con reverencia. Varios jinetes desmontaron.

—Aquí, Nellie, es donde Tyrrell disparó contra mi antepasado, Guillermo el Rufo —declaró el rey. Luego se volvió hacia sir Robert Howard y agregó—: De eso hace casi seiscientos años. ¿Es posible que este árbol sea tan antiguo?

—Sin duda, sire —repuso el guardabosques mayor, aunque no tenía ni la más remota idea.

—¿Cómo es exactamente esa historia? —preguntó el joven Monmouth.

—Sí, cuéntanosla —sugirió el monarca mirando a Howard con expresión seria.

Y el aristócrata, sonrojándose un poco, comenzó a balbucir una vaga y confusa versión de la historia que evidentemente había olvidado, cuando para sorpresa de todos se produjo un movimiento en la retaguardia de la comitiva y un alta figura avanzó e hizo una profunda reverencia. Era Purkiss.

Stephen Pride observó atónito a su amigo, quien avanzó con calma hasta situarse frente al rey. Acto seguido, con tono respetuoso y expresión solemne, Purkiss preguntó:

—¿Me permite vuestra majestad que os relate la auténtica historia de este árbol?

—Por supuesto, buen hombre —respondió afable el rey Carlos, mientras Nellie hacía un mohín a Howard.

Purkiss comenzó. En primer lugar se refirió al milagroso hecho de que el árbol echara hojas en Navidad y, al observar la expresión de incredulidad de Carlos, los caballeros guardabosques le aseguraron que era cierto. A partir de ese momento, el rey se inclinó sobre su silla y escuchó con atención cada palabra que brotó de labios de Purkiss.

Purkiss lo hizo muy bien. Pride lo escuchó lleno de admiración. Con la serena reverencia de un sacristán que muestra la catedral a los fieles, narró la historia de la muerte del Rufo con cada detalle que consta, veraz o inventado, en las crónicas. Describió las pérfidas visiones que el rey normando había tenido la noche anterior; lo que éste dijo a Walter Tyrrell por la mañana; la advertencia del monje. Todo. Luego indicó el árbol con gesto solemne.

—Cuando Tyrrell disparó la fatídica flecha, sire, ésta arañó el árbol y luego hirió al rey. Según dicen, dejó una marca que podemos ver ahí arriba —agregó señalando la parte superior del tronco—. En aquella época era un árbol joven, majestad, de modo que la marca se ha ido elevando con el paso de los años.

Purkiss explicó que Tyrrell huyó a través del Forest y cruzó el río Avon a la altura del vado denominado Tyrrell’s Ford, y que el cadáver del rey fue trasladado hasta Winchester en el carro de un campesino del Forest. Purkiss concluyó la historia con una pomposa reverencia.

—¡Enhorabuena! —exclamó el rey—. ¿No ha sido una espléndida narración? —preguntó a sus cortesanos, que convinieron en que Purkiss lo había hecho muy bien—. Esto merece una guinea de oro —declaró el monarca extrayendo una moneda de oro y entregándosela al aldeano de Brockenhurst—. ¿Cómo es que conoces con tanto detalle esa historia, amigo mío?

—Porque el campesino del Forest que se llevó el cadáver del rey en su carro —respondió Purkiss con una expresión tan solemne como la de un juez—, era un antepasado mío, majestad. Se llamaba Purkiss.

En esto Nellie soltó una carcajada.

El rey Carlos se mordió el labio.

—¡Que me aspen! —exclamó.

Pride miró a su amigo estupefacto. Qué ladino, pensó. Le asombraba la astucia con que se había comportado, la forma en que Purkiss había hecho una oportuna pausa para dejar que el rey asimilara este último dato. Pero el hombre seguía ahí de pie, sin mostrar el menor atisbo de vanidad o satisfacción.

En cuanto a Carlos II de Inglaterra, que al margen de sus vicios y virtudes, era uno de los más consumados embusteros que se han sentado en un trono, miró a Purkiss con admiración profesional.

—Toma otra guinea, Purkiss —dijo—. No me extrañaría que un día apareciera el nombre de tu antepasado en los libros de historia.

Y así fue.

No era frecuente que a Alice Lisle le costara decidirse. Algunos se habrían sorprendido al saber que tal fenómeno pudiera producirse. Pero esa mañana, mientras observaba con frialdad a su familia y al señor Hancock, abogado, Alice dudaba; y sus dudas eran muy lógicas.

—Quisiera que alguien me explicara —dijo sin andarse con rodeos— cómo voy a pedir un favor a un hombre cuyo padre murió ejecutado por mi esposo.

Pretendían que atravesara el Forest a caballo para ir ver al rey.

Muchos opinaban que Alice Lisle era una mujer dura. A ella le tenía sin cuidado. Si no fuera fuerte, había decidido hacía tiempo, ¿qué sería de ella? Si la atacaban, ¿quién la defendería? Alice echó un vistazo a su alrededor. No vio a nadie capaz de hacerlo.

Se había quedado sin marido. En ocasiones se lamentaba de no tener esposo, un hombre que la abrazara, que la consolara y la amara; en especial cuando atravesó la deprimente época de sus años fértiles hacia la cincuentena, poco después de la muerte de John Lisle. Pero como no estaba casada, había tenido que afrontar sola esa crisis.

Desde luego trabajo no le faltaba. Lo cierto es que Alice se las había arreglado bastante bien. Su triunfo había sido el matrimonio de su hijastro. Con ayuda de unos amigos de la familia, Alice había hallado una hermosa chica que era la heredera de una magnífica propiedad cerca de Southampton. Su llorado esposo se habría sentido orgulloso de ella, y agradecido. En cuanto a sus propias hijas, se habían casado con hombres honrados, pero no ricos; lo cual, según reconocía Alice sin ambages, probablemente era culpa suya.

Las reuniones religiosas que había organizado en Albion House se habían convertido al poco en otra cosa. La noticia no había tardado en propagarse a través de la comunidad puritana. Desde que les habían impuesto las nuevas restricciones, los hombres que hasta entonces se habían ganado la vida como ministros se habían visto obligados a acatar los dictados de la Iglesia anglicana, pues si se negaban a ello perdían su sustento. Abundaban los hombres respetables que se mostraban encantados de aceptar la hospitalidad de una mansión rural para pronunciar sus sermones. Al cabo de un tiempo, Alice empezó a permitir que se alojaran también en Moyles Court y la gente acudía de Ringwood, de Fordingbridge y de otras aldeas situadas junto al Avon que se extendían casi hasta Sarum, para oírles predicar. Inevitablemente, algunos de los predicadores eran hombres bien parecidos y solteros.

Margaret, tal como Alice había previsto, se había casado con Whitaker. Tryphena había contraído matrimonio con un honrado caballero puritano llamado Lloyd. Pero había sido Bridget, en opinión de Alice, quien se había llevado por esposo al hombre más distinguido, un instruido ministro llamado Leonard Hoar, que había estado en América y había estudiado en la nueva universidad de Harvard antes de regresar a Inglaterra convertido en un excelente predicador. Éste había comentado la posibilidad de regresar con Bridget a la puritana Massachusetts en cuanto le ofrecieran un puesto allí, quizás en Harvard. En ocasiones, Alice tenía la impresión de que era demasiado nervioso, pero su brillantez estaba fuera de toda duda. Lamentaba no verlos con más frecuencia.

De momento, Alice se alegraba de tener a sus hijas casadas, excepto a la pequeña Betty. Y como Betty sólo tenía nueve años, había de pasar mucho tiempo antes de que Alice tuviera que empezar a preocuparse por buscarle marido.

Pero había otras cuestiones que no estaban resueltas. El dinero siempre era un problema. Ninguno de sus yernos puritanos era rico y el nuevo régimen no les ofrecía ni una sola oportunidad de ascender.

—Y como soy mujer —confesó Alice a su familia con franqueza—, los hombres siempre creen que pueden estafarme.

Había un comerciante de Christchurch que debía dinero a John Lisle, aunque él lo negaba; había unos parientes de Lisle que vivían en la isla de Wight, los cuales retenían una parte de la herencia que le correspondía al hijastro de Alice y se negaban a dársela. Cuando el comerciante de Christchurch había acusado a Alice de ser una mujer mezquina y conflictiva, ella había replicado fríamente:

—Y si no lo fuera, ¿me pagaría usted lo me debe? ¿Alimentaría y vestiría a mis hijos? No lo creo. Primero trata de robarnos —le había espetado Alice con desdén—, y cuando protesto me insulta.

Había aprendido a ser dura.

—Puede que la gente no me ame —había comentado a Hancock, el abogado—, pero quizá me respeten.

Alice observó a las tres personas que tenía delante. Whitaker: bien parecido, honrado, un hombre cabal, pero no tenía cabeza para los negocios. Tryphena: su esposo no era un necio, pero se encontraba en Londres. Tryphena, con su rostro estrecho, era una buena mujer y una hija leal; pero incluso ahora, cumplidos los treinta, se expresaba con la franqueza de una niña; desconocía la sutileza y el tacto. John Hancock, el abogado, tenía buen criterio. Con su pelo gris y rizado, siempre bien peinado, y sus distinguidos modales, debía de haber ejercido en Londres, pero prefería vivir cerca de Sarum. Como todo buen abogado, entendía que la ley es una negociación y que los medios indirectos son tan eficaces como los directos. Alice decidió seguir el consejo de John Hancock.

—¿Crees realmente que debería ir a ver al rey?

—Sí, por la sencilla razón de que no tienes nada que perder.

Alice suspiró. El problema estaba relacionado nada menos que con Jacobo, duque de York, el hermano del rey. En este caso era Alice quien se defendía del cargo de haberse quedado con un dinero que no era suyo. Después de haberse apropiado de una parte de los bienes confiscados de John Lisle, el duque se había convencido de que Alice ocultaba una parte del dinero de Lisle que le correspondía a él. Incluso la había demandado hacía años, pero el pleito todavía no había llegado a su fin.

—Creo que el duque de York, que es un hombre honrado pero terco, piensa realmente que ocultas ese dinero y si se convenciera de que pasas penalidades, retiraría lo cargos contra ti —le explicó Hancock—. Opina que le has estafado porque eres la viuda de John Lisle. El rey es un hombre más accesible que su hermano. Si logras convencerlo, él disuadirá a Jacobo de su empeño. Al menos debes intentarlo. Se lo debes a la pequeña Betty.

—Ahí has dado en mi punto débil, John Hancock.

—Lo sé. Soy cruel. —El abogado sonrió.

Betty jugaba fuera: la amenaza de la querella del duque representaba un nubarrón sobre su futura fortuna.

—Sé que no te apetece ir —comentó Whitaker con tono amable—, debido a la reputación del rey en materia de mujeres. Temes que atente contra tu honra.

—Así es, Robert —contestó Alice secamente—. Desde luego.

—No creo —intervino Tryphena, que había escuchado con atención y fruncía el ceño— que el rey vaya a atacar a mamá. Sólo le interesan las mujeres jóvenes y hermosas.

Por fin convinieron en que Alice debía ir y llevarse consigo a la pequeña Betty.

—Quizá la presencia de la niña ablande el corazón del rey —observó Alice con sarcasmo—, aunque mi aspecto no le excite.

Mientras Tryphena preparaba a la niña para la expedición, Alice, pese a lo que acababa de decir, se esmeró en arreglarse. Cuando se miró en el espejo, murmuró no sin cierta nostalgia:

—John Lisle no se casó con una mujer tan mal parecida.

A mediodía abandonaron Albion House y enfilaron por el sendero que discurría hacia el norte, en dirección al pequeño vado. Por unos minutos no se cruzaron con un visitante que provenía del sur.

Gabriel Furzey atravesó la verja de Albion House al paso de su caballo y se dirigió hacia la casa. Se alegraba de que Stephen Pride se hubiera marchado con su hijo Jim, para que ninguno de los Pride se percatara de que iba a hacer este recado.

Lo cierto era que Gabriel Furzey tenía un problema.

La presencia de Carlos II en New Forest aquel año no obedecía tan sólo a su real capricho. El Forest era un tema muy presente en la mente del rey. El jovial monarca que siempre buscaba el medio de redondear sus ingresos había llegado a la conclusión, al igual que su padre, que los bosques reales podían ser muy provechosos. El rey Carlos II había enfocado el asunto de una forma más amable pero no menos concienzuda. Aparte de instituir un tribunal del Forest, mandó que la comisión investigadora indagara en todo lo referente al bosque real. Los inspectores verificaron cada uno de los límites del Forest. Tomaron nota de todas las apropiaciones indebidas y concesiones de terreno; investigaron las ventas de madera, de carbón de leña y la administración de los funcionarios del bosque. El rey dio a entender a las claras que se proponía que el Forest estuviera debidamente administrado en el futuro. Incluso elaboraron un censo de los ciervos, el cual reveló que en New Forest aún vivían unos siete mil quinientos gamos y casi cuatrocientos ciervos comunes. Era evidente que el rey deseaba averiguar el valor exacto del bosque. Y encomendó a sus jueces la ingente tarea de tomar buena nota de los derechos de que gozaban los habitantes del Forest y cuánto debían pagar por ellos.

—Un registro exhaustivo de demandas, hasta el último marrano que se alimenta de las bellotas del bosque —explicó el abogado Hancock a Alice.

Los jueces itinerantes del tribunal del Forest ya habían celebrado dos sesiones a propósito de esas demandas. Dentro de poco celebrarían la última sesión, en la que iban a exponer las demandas de Alice.

—Aparte de comprobar lo que debemos pagar todos —dijo Hancock—, esto zanjará el tema de las demandas. Las que no consten en el registro, no se considerarán válidas. Tengo la impresión —añadió el abogado— de que el rey está preparando hábilmente el terreno para el futuro. Una vez que hayan tomado nota de nuestras demandas, no podremos quejarnos de nada de lo que haga el rey en el futuro. Siempre y cuando no infrinja lo que ha quedado registrado, Carlos buscará todos los medios posibles para sacar provecho del Forest.

Cualesquiera que fueren los motivos del rey, una cosa estaba muy clara: estas demandas serían definitivas y vinculantes. Las que no quedaran registradas no serían reconocidas en el futuro. Cada terrateniente y campesino en el Forest lo había comprendido a la perfección y todos se presentaron ante los jueces en Lyndhurst. La base para la mayoría de demandas lo constituía un registro elaborado hacía treinta y cinco años. Lo que constara en él se aceptaría. Si se producían otras demandas, serían añadidas a éste, pero era preciso demostrar su legitimidad.

Y ése era el problema de Gabriel Furzey.

La culpa la tenía él, eso era lo peor: un arrebato de terquedad y mal genio que había ocurrido tiempo atrás. Y para colmo, Stephen Pride le había insistido en que fuera para exponer sus demandas a la joven Alice; Stephen Pride sabía que Furzey no había acudido. De modo que los Pride de Oakley habían reivindicado todos sus derechos y él no.

No es que tuviera una gran importancia. Durante los años de conflictos políticos, cuando nadie se había preocupado por el Forest, las gentes de Oakley habían seguido viviendo con toda normalidad, como habían hecho siempre. Furzey llevaba a pastar a sus pocas vacas, cortaba turba, cogía leña y nadie se había metido con él. Hasta hacía poco había olvidado el asunto de las demandas registradas en 1635. Y un buen día habían instituido este tribunal de New Forest.

Había sido su hijo George quien había sacado a colación el tema. Furzey tenía dos hijos: William, que se había casado con una chica de Ringwood y se había ido a vivir allí, y George, que se había quedado en Oakley. Cuando Furzey muriera, la pequeña propiedad pasaría a manos de George, por lo que era natural que se preocupara del asunto. Furzey había oído decir que en primavera iban a preparar un registro de demandas y pensó que debería hacer algo al respecto. Pero como odiaba ese tipo de cosas y recordaba la vergüenza que había pasado la vez anterior, había tratado de borrarlo de su mente.

Una tarde, George había llegado a casa con cara de preocupación.

—¿Has oído hablar de ese registro de demandas? Stephen Pride dice que las nuestras no constan en él. ¿Es cierto, papá?

—Conque eso dice Stephen Pride, ¿eh?

—Sí, papá. Esto es serio.

—¿Y qué sabe Stephen Pride?

—¿Te refieres a que se equivoca?

—Pues claro. Yo lo arreglé hace tiempo.

—¿Estás seguro, papá?

—Ah, bueno. Me tenía preocupado.

De modo que el tema había dejado de preocupar a George y había comenzado a preocupar a Gabriel Furzey.

Pero no tenía por qué tener problemas, se dijo Furzey. Gozaba de los mismos derechos consuetudinarios que los demás, ¿no? Siempre había gozado de ellos, mucho antes de que decidieran elaborar una lista de ese tipo. Durante la primavera y el verano Furzey se había propuesto hacer algo al respecto, pero lo iba aplazando semana tras semana. Suponía que Alice o su administrador vendrían a indagar en los asuntos de la aldea; pero en Oakley todo seguía igual desde hacía treinta y cinco años, por lo que sin duda llegarían a la conclusión de que no era necesario modificar nada. Alice Lisle tenía muchas cosas en qué pensar; seguramente había olvidado el hecho de que Furzey no se hubiera presentado años atrás. El tribunal se había reunido, pero Furzey había oído decir que Alice no iba a exponer sus demandas hasta más adelante. El tribunal se había reunido de nuevo. El tiempo apremiaba. Era preciso hacer algo. De modo que Furzey había montado en su caballo y se había dirigido a casa de Alice.

Se había presentado en el momento justo.

El abogado John Hancock iba a presentar las demandas de Alice y de numerosos terratenientes ante el tribunal. Cuando Furzey se plantó ante él con el sombrero en la mano, comprendió en el acto la situación.

—Las demandas referentes a los derechos de Bellotas y Pastoreo no presentan ninguna dificultad —aseguró Hancock al aldeano—. Y tampoco el derecho de Turba. Es evidente que corresponden a tu vivienda. No obstante —prosiguió el abogado—, el derecho de Leña no está tan claro.

Cuando Furzey lo miró perplejo y balbució que ese derecho siempre le había correspondido, el abogado le explicó:

—Quizá creas que te corresponde, pero debo examinar el registro.

Los antiguos derechos de las gentes del Forest, aunque derivaban de los usos y costumbres y se remontaban a los albores del tiempo, no eran tan sencillos como cabría suponer. Los derechos consuetudinarios del Forest no correspondían a una familia sino a su vivienda o a sus tierras. Cada vivienda disfrutaba de unos derechos determinados. El derecho de utilizar la leña del Forest era especialmente valioso y había sido concedido en tiempos de los normandos sólo a los terratenientes más importantes de la aldea, que poseían unas tierras por enfiteusis. La pequeña propiedad de los Pride en Oakley siempre había sido una posesión por enfiteusis. A lo largo de los siglos, otros aldeanos que no poseían tierras por enfiteusis habían reivindicado su derecho a utilizar leña del bosque. Algunos se habían salido con la suya durante tanto tiempo que nadie lo había puesto en duda. Sin embargo, de vez en cuando las autoridades adoptaban ciertas medidas destinadas a restringir esta práctica, la normativa que se aplicaba a Furzey sostenía que sólo podía reivindicar el derecho de la Leña si la vivienda que ocupaba —el término antiguo era messuage— había sido construida con anterioridad a una determinada fecha durante el reinado de Isabel, una arcana dispensa de la que Furzey jamás había oído hablar.

Los documentos de la propiedad se conservaban en Albion House. Hancock sabía dónde se encontraban y como no tenía nada importante que hacer hasta que Alice regresara de su misión, decidió examinarlos para ver qué descubría. La tarea de revisar antiguos documentos complacía al abogado.

—¿Cuándo pasó tu familia a ocupar tu propiedad? —inquirió.

—En tiempos de mi abuelo —respondió Furzey—. Antes vivíamos en otra casa. Pero siempre en Oakley —añadió con firmeza, como si ese dato fuera importante.

—Muy bien. Siéntate y descansa. —El abogado le dirigió una sonrisa profesional—. No te importa esperar un rato, ¿verdad? Vamos a ver qué encontramos.

La cacería duró menos de un cuarto de hora. Stephen Pride no salía de su asombro.

Todo había sido organizado a la perfección. Habían situado al rey en un lugar perfecto en un claro. Iba armado con el arco tradicional. Sus damas estaban agrupadas tras él. Pride y los hombres del Forest, asistidos por los caballeros guardabosques y dos cortesanos, condujeron a unos ciervos a través del lugar y el monarca, con su habitual campechanía, disparó una flecha, que pasó sobre uno de los ciervos rozándolo antes de clavarse en un árbol.

—¡Excelente tiro, sire! —exclamó uno de los cortesanos, mientras Carlos, sin mostrar le menor decepción, se volvía hacia sus damas en busca de aprobación.

Stephen Pride, que momentos más tarde pasó a caballo por allí, habría jurado que oyó a Nellie exclamar:

—¡Confío en que no vayas a lastimar a uno de esos pobres ciervos, Carlos!

Y al cabo de unos instantes, cuando se disponían a iniciar otra batida, oyó una voz que gritó:

—¡A Bolderwood!

Y ante el estupor de los hombres del Forest, el grupo emprendió el regreso al pabellón de caza, donde les servirían un refrigerio. Stephen se preguntó si todos los reyes se aburrían tan rápidamente.

No obstante, Carlos II no estaba aburrido. Hacía lo que más le agradaba, averiguar cómo funcionaban las cosas, con un ojo más perspicaz de lo que imaginaba la gente, y coquetear con mujeres bellas. Al cabo de una hora, mientras se entretenía haciendo esto último, observó, con cierto disgusto, dos figuras ataviadas con unos trajes de paño marrón, que se aproximaban a caballo. ¿Quién diablos eran?, preguntó en voz baja al guardabosques mayor. Alice Lisle le comunicó que la niña era su hija.

—¿Les digo que se vayan, sire? —inquirió Howard mientras se volvía para recibirlas.

—No —respondió el rey con un suspiro de resignación—, pero ojalá pudieras hacerlas desaparecer.

La mujer, según observó Carlos de inmediato, se había esmerado en presentar un aspecto agradable. Tenía el pelo rojizo, salpicado de canas, y lo llevaba peinado con raya al medio: se lo había rizado y cepillado para darle más volumen. Lucía un traje sencillo, pasado de moda, pero de excelente paño. Había hecho una pequeña concesión a la vanidad adornándose con un cuello de encaje. Parecía lo que era: una dama puritana, una viuda que íntimamente se lamentaba de haberse endurecido. No era el tipo de mujer que atraía al rey. Pero Carlos sintió lástima de ella. La niña presentaba un aspecto más prometedor: era más rubia que su madre, con unos ojos más azules que grises, en los que se apreciaba un destello de picardía.

De modo que cuando Howard regresó y murmuró que la viuda de Lisle había venido para pedirle un favor, Carlos miró a Alice con frialdad y al cabo de unos segundos contestó:

—Usted y su hija pueden unirse a nuestro grupo, señora.

Bolderwood era un lugar delicioso. Situado a seis kilómetros al oeste de Lyndhurst, en el borde del páramo, consistía en una dehesa, un bosquecillo, el cual contenía un tejo, y las habituales dependencias. El edificio principal era modesto, un sencillo pabellón de caza, en el que vivía un caballero guardabosque. A pocos metros, junto a una pareja de hermosos robles, había una casita acogedora que iba incluida en el cargo de Jim Pride de asistente del guardabosque. Como hacía un día espléndido, el refrigerio se sirvió al aire libre, a la sombra de uno de los árboles.

Alice y su hija se sentaron en unas sillas plegables. Les ofrecieron unas bandejas de confites, pastel de venado y vino de Burdeos. El rey y algunas damas se tumbaron sobre unas mantas enrolladas cubiertas con suntuosos damascos. Era una escena típica de la Restauración, como solía denominarse el reinado de Carlos II: elegante, divertida, distendida, sensual. Alice se percató de que el rey pretendía castigarla un poco obligándola a participar en ella y dedujo, no sin razón, que Carlos se las ingeniaría para conducir la conversación por unos derroteros destinados a escandalizarla. Pero hasta el momento nadie había reparado en las visitantes, de modo que Alice pudo escuchar y observar a su antojo.

Aquellas personas representaban todo contra lo que John Lisle y ella habían luchado. Sus elegantes ropajes y su inmoralidad eran harto elocuentes. Alice sospechó que podía haberse encontrado en la corte del católico rey de Francia.

El estilo de vida estricto y moral al que los cromwellianos aspiraban era totalmente ajeno a estos hedonistas. Con todo, aunque no aprobaba sus costumbres, Alice admiraba su ingenio.

De pronto, la conversación giró en torno a la brujería. Una de las damas había oído decir que existían brujas en el Forest y preguntó a Howard si era cierto. Este repuso que lo ignoraba.

El rey meneó la cabeza.

—En nuestros tiempos, toda mujer con aspecto desagradable es acusada de practicar la brujería —comentó—. Estoy seguro de que muchas mujeres inofensivas mueren quemadas en la hoguera. En cualquier caso, eso de las artes mágicas es pura filfa. —El monarca se volvió hacia uno de los caballeros guardabosques y agregó—: ¿Sabes? En primavera, mi primo Luis de Francia me envió al astrólogo de su corte. Dijo que era infalible. Un tipo pomposo. De modo que lo llevé a las carreras.

Alice había oído comentar la última pasión del rey por los caballos de carreras. En el hipódromo de Newmarket se mezclaba con la multitud como si fuera un plebeyo.

—Lo tuve allí toda la tarde pero fue incapaz de predecir un solo ganador. De modo que a la mañana siguiente lo despaché de nuevo a Francia.

Alice no pudo reprimir una carcajada. El rey la miró de reojo y abrió la boca para decir algo, pero cambió de parecer y continuó sin prestarle mayor atención. La conversación versó entonces sobre su plantación de robles. Todos expresaron una gran admiración.

En esto, Nellie Gwynn se volvió hacia el monarca, mirándole con sus ojos enormes y descarados, y preguntó:

—¿Cuándo vas a darme unos robles, Carlos?

De todos era sabido que años atrás el rey había regalado una partida entera de madera a una joven cortesana, seguramente a cambio de los favores recibidos.

El rey sostuvo la mirada a su amante y repuso astutamente:

—Ya posees el roble real, señorita —contestó—. Conténtate con él.

Su respuesta suscitó unas risas, pero esta vez no por parte de Alice, que notó que su hija le daba un codazo.

—¿Qué quiere decir, mamá? —preguntó en voz baja la pequeña Betty.

—Nada que te incumba.

—El problema con el roble real, Carlos —prosiguió Nellie dirigiendo una mirada picara a la joven y elegante francesa que estaba sentada en silencio en una pequeña silla—, es que parece que se está extendiendo.

De lo que Alice dedujo que el rey también se había fijado en la francesa. Pero Carlos no mostró la menor turbación ante ese comentario.

El monarca miró fríamente a la orgullosa dama en cuestión y respondió con cierto enojo:

—No ha plantado su semilla. Todavía.

—De todos modos esa mujer no me parece gran cosa —observó Nellie.

En medio de este ácido diálogo Carlos se volvió de pronto hacia Alice y dijo:

—Tiene una hija muy bonita, señora.

Alice se tensó. Comprendió de inmediato que Carlos había elegido deliberadamente ese momento y ese comentario para disgustarla: la idea, que flotaba insolente en el aire, de que su honesta hijita fuera considerada una conquista real en ciernes la ofendió. No es que el rey hubiera insinuado tal cosa. Carlos habría replicado que si a Alice se le había ocurrido semejante atrocidad, ello demostraba la antipatía que le inspiraba él. Se había limitado a decir que tenía una hija bonita. El juego del monarca era evidente: si ella le daba las gracias, haría el ridículo; si se mostraba ofendida, daría al rey una excusa para pedirle que se retirara. «No olvides —se dijo Alice—, que tu marido mató al padre de este hombre.»

—Es una buena hija, majestad —respondió con la naturalidad que pudo—, y la quiero por lo bondadosa que es.

—Su respuesta contiene un tono de censura hacia mi persona —dijo el rey con voz queda bajando la vista unos instantes antes de fijarla de nuevo en ella. Alice se percató de que su nariz, vista desde un determinado ángulo, parecía en extremo grande y, junto con sus ojos de color castaño claro, le confería un aspecto insólitamente solemne.

—No me andaré rodeos, señora —añadió el rey con expresión seria—. Usted no me gusta. He oído decir —prosiguió con tono airado—, que exclamó de gozo al enterarse de la muerte de mi padre.

—Lamento que hayáis oído decir eso, sire —respondió Alice—, pues os prometo que no es verdad.

—¿No? Sin duda era lo que deseaba.

—No lo hice por la sencilla razón, sire, de que comprendí que un día causaría la destrucción de mi esposo, como así fue.

Ante esa franca negativa a expresar dolor por la muerte del rey, Howard hizo ademán de levantarse como si fuera a echarla de allí; pero el rey Carlos alzó suavemente la mano y dijo con tristeza:

—No, Howard, es sincera y deberíamos agradecérselo. Me consta, señora, que habéis sufrido. Según dicen —prosiguió mirando a Alice—, aloja en su casa a predicadores disidentes.

—No he infringido la ley, majestad.

Dado que la ley exigía que los disidentes religiosos se reunieran como mínimo a diez kilómetros de un municipio y Albion House se hallaba sólo a siete de Lymington, esto no se ajustaba a la verdad.

Sin embargo, para sorpresa de Alice el rey se dirigió hacia ella y dijo con expresión seria:

—Le aseguro que no tiene motivos para temer que la castigue por ello. Es el Parlamento el que promulga esas leyes, no yo. Es más, dentro de un par de años confío, señora, en concederle a usted y a sus buenos amigos la libertad para practicar la religión cómo y dónde les plazca, siempre y cuando todos los cristianos gocen de igual dispensa. —El rey sonrió—. Podrán reunirse en Lymington, Ringwood y Fordingbridge, y yo seré el primero en celebrarlo.

—¿Los católicos también podrán practicar su religión?

—Sí. ¿Qué tiene de malo que todas las fes religiosas gocen de libertad?

—Sinceramente, sire —Alice dudó unos instantes—, no lo sé.

—Piense en ello, dame Alice —dijo el rey dirigiéndole una mirada que, en otro momento y lugar, la habría complacido—. Confíe en mí.

En su deseo por conceder a sus súbditos la libertad religiosa, a fin de que los católicos recuperaran sus iglesias, Carlos II hablaba con el corazón en la mano. De momento. El que aquel mismo verano hubiera firmado un tratado secreto con su primo Luis XIV, prometiendo abrazar la fe católica e imponerla en Inglaterra tan pronto como fuera posible, era un hecho del que ni Alice, ni el Parlamento, ni siquiera el consejo del rey tenía ni la más remota idea. A cambio de esto Carlos recibiría de Luis una cuantiosa renta anual. Si este rey se había comprometido seriamente e iba a traicionar a sus súbditos ingleses protestantes, o bien pretendía engañar a su primo francés para conseguir más dinero, es algo que nadie podrá saberlo, excepto Dios. Y teniendo en cuenta que, al igual que tantos Estuardos, el jovial monarca era un mentiroso impenitente, seguramente no lo sabía ni él mismo.

Por tanto, aunque la idea de confiar en el rey habría provocado hilaridad a cualquier cortesano, Alice no tenía motivos para suponer que éste no hablara en serio al ofrecer cierta esperanza a sus amigos disidentes.

—Y ahora, dame Alice —sugirió el rey—. No olvide que vino aquí para pedirme un favor.

Alice se expresó con brevedad y franqueza. Le explicó que el duque de York había entablado un pleito contra ella y aseguró al rey:

—Me consta que el duque cree que oculto un dinero y no hay forma de convencerlo de su error. He acudido a vos, sire, con esta niña —Alice señaló a Betty—, cuyos intereses debo proteger, para solicitar vuestra ayuda. El asunto es así de llano.

—¿Me pedís que crea que mi hermano está en un error?

—Es lógico que me odie, sire.

—Al igual que yo. ¿Y que usted es sincera? —Alice inclinó la cabeza. El rey asintió y dijo—: Pues bien, creo que es usted sincera, señora. Pero queda por ver si puedo ayudarla.

Cuando el rey se volvió de nuevo hacia sus damas, Alice vio a un jinete que acababa de salir del páramo. Se dirigió hacia ellos al trote. Alice supuso que era uno de los guardabosques, pero cuando se aproximó observó que era un hombre joven, de veintipocos años, al que jamás había visto. Era alto, moreno y bien parecido. Un hombre muy apuesto. Betty lo miró atónita. Alice observó que el rey se volvió hacia Howard con expresión inquisidora y que Howard le murmuró algo. También observó que, durante unos momentos, el rey se mostró turbado, pero enseguida recobró la compostura.

¿Quién sería ese joven?, se preguntó Alice.

Thomas Penruddock no iba con frecuencia al Forest. Cuando sus primos de Hale, a quienes había visitado el día anterior, le dijeron que el rey iba a ir a Bolderwood él dudó en presentarse allí. Era un joven orgulloso y no deseaba sufrir otra humillación. Por fin, tras muchos ruegos por parte de sus primos, accedió a ir, no sin ciertos recelos, al encuentro del cortejo real.

Aunque los Penruddock habían logrado conservar la casa y parte de las tierras de Compton Chamberlayne, los años transcurridos desde la muerte del padre de Thomas habían sido duros. No podían lucir ropa elegante; tuvieron que vender la mayoría de los caballos; no hubo tutores. Junto con su madre, el chico se había afanado en sacar a la familia adelante. Si había que ir a ver a los abogados en Sarum, cosa que siempre disgustaba a su madre, él la acompañaba. A menudo trabajaba en los campos; había llegado a ser un carpintero más que aceptable. A veces su madre se lamentaba:

—No deberías trabajar como un peón. ¡Eres un caballero! ¡Ojalá tu padre estuviera aquí!

Para complacer a su madre, más que por otro motivo, Thomas se sentaba por las tardes, si no estaba rendido, y se esforzaba en estudiar sus libros. En su mente tenía siempre presente una promesa: un día, las cosas mejorarían y él sería un caballero, como su padre; sería como él en todos los aspectos. Éste era su talismán, la forma que tenía de evocar a su padre, su esperanza de vida eterna, su sueño de amor, su honor secreto.

Siempre existía la esperanza: un día regresará el rey. Qué alegría sentirían entonces. Los fieles serían recompensados; ¿y quién había sido más fiel, quién había sufrido más por la causa del rey que la familia Penruddock? Cuando se instauró la Restauración, el joven Thomas Penruddock, que a la sazón tenía diecisiete años, no cabía en sí de gozo. Incuso su madre dijo:

—Estoy segura de que el rey nos ayudará.

Habían oído hablar de los festejos que se organizaban en Londres, del leal y nuevo Parlamento, de la brillante corte. Aguardaban un mensaje, un recado del rey para que fueran a compartir el triunfo con él. Pero nada, no oyeron una palabra. El rey no se acordaba de la viuda y de su hijo.

Enviaron un recado al rey por medio de un amigo. Incluso le escribieron una carta, a la que el monarca respondió con… el silencio.

—El rey no tiene dinero que daros —les explicaron los amigos—, pero puede hacer otras cosas por vosotros.

Prepararon una solicitud, rogando al nuevo rey que concediera a estos Penruddock un monopolio para fabricar anteojos.

—Es decir —les explicó un amigo—, cualquiera que desee fabricar anteojos deberá pagaros una licencia para hacerlo.

Era una forma habitual de recompensar a un súbdito, puesto que no había entrado dinero en las arcas de la corona.

—No sé si sabré hacer esas cosas —declaró angustiada la señora Penruddock, pero no tenía por qué preocuparse. El rey no les concedió el monopolio—. No entiendo por qué no nos ayuda —se lamentó la pobre mujer.

Para el joven Thomas, pese a todo cuanto había pasado, ésta fue su primera e importante lección práctica: no podía fiarse de nadie, ni siquiera del rey, para que le echara una mano si él no se ayudaba a sí mismo. Los que detentaban el poder, incluso los reyes ungidos, utilizaban a las personas y luego se olvidaban de ellas. Formaba parte de su condición. No podía ser de otro modo. En vista de ello, Thomas se había puesto de nuevo a trabajar con mayor ahínco.

En los últimos diez años había prosperado. Lentamente, poco a poco, había logrado restituir a la propiedad su antiguo esplendor. Había recuperado las hectáreas que habían perdido. A sus veintisiete años, Thomas Penruddock se había convertido en un hombre endurecido que había triunfado.

Hoy deseaba algo muy concreto. Había alcanzado el grado de capitán en la caballería local de su país y sabía que su coronel, un anciano agradable, pensaba retirarse dentro de poco. Thomas le había hecho saber que deseaba ocupar ese cargo, pero había otros hombres, mayores que él, que lógicamente tenían más derecho que Thomas a ocuparlo. Sin embargo, Thomas estaba resuelto a conseguirlo. No lo hacía por afán lucrativo: el cargo de coronel más bien le costaría dinero. Lo hacía por el honor de la familia: el día que consiguiera el puesto, habría de nuevo un coronel Penruddock en Compton Chamberlayne.

—El lord lieutenant del condado es quien se encarga del nombrar al coronel —explicó Thomas a sus primos—. Pero, por supuesto, si el rey dice que quiere que yo ostente ese título, me lo concederá.

Resultaba imposible confundirlo: era el hombre alto y atlético rodeado de mujeres. Al acercarse Thomas se quitó educadamente el sombrero y fue saludado con una ligera inclinación de cabeza. Thomas vio a Howard, a quien conocía, y dedujo que éste ya había informado al rey de quién era él. El joven Penruddock escudriñó el rostro del monarca para comprobar si le había reconocido, buscando una cálida sonrisa para una familia leal, algún signo. Pero vio otra cosa. No cabía la menor duda. El rey Carlos parecía sentirse incómodo.

Y así era. Una de las humillaciones que le había causado su real Restauración era el hecho de que su Parlamento le impidiera recompensar a sus amigos. Muchos hombres ricos y poderosos que habían facilitado su regreso ocupaban unas propiedades confiscadas a los monárquicos, por lo que él no podía esperar que se las devolvieran. Sin embargo, Carlos había confiado en que el Parlamento le concediera los fondos suficientes para ayudar a sus amigos. El Parlamento se había negado. El rey se sentía impotente.

No obstante… Lo cierto era que Carlos sentía que se le encogía el corazón cada vez que alguien mencionaba el nombre de Penruddock. La sublevación de Penruddock había sido un fracaso, del cual él tenía en parte la culpa. Al principio no había podido hacer nada por la viuda; pero al cabo de un tiempo se había sentido tan incómodo que había fingido que no existían. Se había comportado como un miserable y lo sabía. Y en esos momentos tenía ante él a este joven apuesto, de rasgos saturninos, como un ángel de la conciencia, que había aparecido para amargarle la soleada tarde. El rey se sentía avergonzado.

Pero eso no fue lo que observó el joven Penruddock. Al contemplar al grupo, preguntándose qué pasaría por las reales mentes para turbar de ese modo al monarca, reparó en una figura que estaba sentada aparte. Thomas se quedó estupefacto.

La reconoció en el acto. Los años no habían pasado en balde, su cabello rojizo presentaba unas canas, pero ¿cómo podía olvidar ese rostro? Lo tenía grabado en su mente. El rostro de una mujer que, junto con su marido, se había propuesto asesinar a su padre. De golpe, todo el dolor de aquellos días se abatió sobre él como un viento helado. Durante unos instantes se convirtió de nuevo en un niño. Thomas la miró incrédulo, si bien al cabo de unos momentos lo comprendió. Era amiga del rey. Él, un Penruddock, se sentía humillado; mientras que ella, una acaudalada regicida, una asesina, estaba sentada a la derecha del rey.

Thomas notó que se había echado a temblar. Con gran esfuerzo logró controlarse. Al hacerlo, su atezado rostro adoptó una expresión de frío desdén.

Al darse cuenta, Howard, el fiel cortesano, se apresuró a decir:

—Su majestad está cazando, señor Penruddock. ¿Ha venido para solicitar una audiencia?

—¿Yo, señor? —replicó Penruddock recobrando la compostura—. ¿Por qué iba a desear un Penruddock hablar con el rey? —Tras lo cual añadió indicando a Alice Lisle—: Según veo, el rey tiene otras amistades.

Esto era demasiado.

—Cuidado, Penruddock —protestó el rey—. No tolero su insolencia.

En aquellos momentos no pudo impedir que aflorara toda su amargura.

—He venido a pediros un favor, es cierto. Pero ahora comprendo que fue una estupidez. A pesar de que mi padre sacrificó su vida por este rey —dijo Thomas dirigiéndose a todos los presentes—, no hemos recibido ni favores ni siquiera las gracias. —Luego, volviéndose hacia Alice Lisle, dirigió hacia ella todo el sufrimientos y el rencor que había acumulado durante años—. Sin duda nos habría favorecido más ser unos traidores, unos ladrones de las tierras de otros y unos vulgares asesinos.

Acto seguido, en un arrebato de ira, Thomas espoleó a su caballo y partió al galope.

—¡Os juro que iré tras él, sire! —exclamó Howard—. ¡Lo traeré a rastras y le azotaré!

Pero Carlos II alzó la mano.

—No. Deja que se vaya. ¿No has visto su dolor?

Durante unos instantes, el rey contempló en silencio la figura que se alejaba; ni siquiera Nellie se atrevió a interrumpir sus reflexiones. Luego meneó la cabeza.

—Yo tengo la culpa, Howard. Él está en lo cierto. Me siento avergonzado. —Luego, volviéndose hacia Alice, el rey añadió con amargura—: No me pida ningún favor, señora, que sigue siendo mi enemiga, cuando ya ve cómo trato a mis amigos.

Y el rey la despidió con una inclinación de cabeza, una explícita señal de que había llegado el momento de que Alice y su hija se retiraran.

Estaba trastornada cuando regresó a Albion House, donde halló a Furzey sentado en un rincón del vestíbulo y a John Hancock en el salón, examinando un inmenso pergamino. Deseosa de librarse del aldeano de Oakley para poder comentar su encuentro con el rey, Alice pidió a Hancock que despidiera de inmediato a Furzey. Después de cerrar la puerta del salón, el abogado le explicó brevemente el dilema de Furzey y le mostró el pergamino.

—Lo hallé en los archivos de arriendo. ¿Ves? Esta casa, que es la que ocupa Furzey, fue arrendada por primera vez durante el reinado de Jacobo I, unos años antes de nacer tú. Es de reciente construcción y el abuelo de Furzey se instaló en ella.

—¿Así que Furzey no tiene derecho a coger leña?

—Estrictamente, no. Puedo presentar una solicitud, desde luego, pero a menos que queramos ocultar este dato al tribunal…

—No. No. ¡No! —La última palabra fue un grito. La paciencia de Alice se había agotado—. ¡Lo que me faltaba, que pillen en una mentira, ocultando datos al tribunal! Si Furzey no tiene derecho a utilizar leña del bosque, no lo tiene y se sanseacabó. —Alice estaba a punto de estallar—. Dile que se vaya, John, te lo ruego.

Furzey escuchó con atención mientras el abogado le explicaba la situación, pero no le oyó. La explicación sobre la fecha de construcción de su vivienda no significaba nada para él: nunca había oído hablar de eso, no lo creía, pensó que era un truco, se negó a aceptarlo. Cuando el abogado dijo: «Es una lástima que no presentara esta demanda a su debido tiempo, durante el reinado el último rey. Muchas de esas demandas no tienen fundamento, pero las han aceptado», Furzey clavó la vista en el suelo; pero como según lo que decía el abogado parecía que él tuviera la culpa, al cabo de unos momentos consiguió borrar esa información de su mente.

Furzey sólo sabía una cosa. Al margen de lo que dijera ese abogado, él lo había oído con sus propios oídos. Ese grito, «¡No!», procedente del salón. Era esa mujer, la dueña de Albion House, quien le negaba ese derecho.

Aquella noche, en un arrebato de rabia y amargura, Furzey juró a su familia:

—Ella tiene la culpa. Ella nos ha arrebatado nuestros derechos. Nos odia.

Dos meses más tarde, Alice se llevó una grata sorpresa cuando el duque de York retiró los cargos contra ella.

1685

A la gente le sorprendía que Betty Lisle tuviera veinticuatro años y estuviera soltera. Era una muchacha de aspecto agradable, con el pelo rubio y unos bonitos ojos de un azul grisáceo. De haber sido rica, sin duda la gente habría dicho que era hermosa. No era pobre: heredaría Albion House y gran parte de las tierras de los Albion.

—Yo tengo la culpa —confesaba Alice—. La he tenido demasiado pegada a mis faldas.

Lo cual era cierto. Las hermanas mayores de Betty estaban casadas e independizadas. Margaret y Whitaker visitaban con frecuencia Albion House, pero Bridget y Leonard Hoar se habían trasladado a Massachusetts donde, durante un tiempo, Hoar había ejercido el cargo de presidente de Harvard. Tryphena y Robert Lloyd se habían instalado en Londres. Por consiguiente, con frecuencia Alice y Betty vivían solas en el campo.

La mayor parte del tiempo lo pasaban en Albion House. Ambas amaban esta casa. Para Alice, pese a las desgracias que había vivido, la casa que había construido su padre seguía siendo un refugio donde se sentía segura y en paz. Una vez que el duque de York hubo retirado la demanda contra ella y Alice tuvo la certeza de que la casa pasaría intacta a manos de Betty, en lugar de sentirse sola y triste gozó viviendo de nuevo a través de su hija menor los tiempos felices de su infancia. Para Betty, esa casa con tejado a dos aguas situada en el bosque era el lugar más alegre del mundo: el hogar familiar, apartado del mundo. En invierno, cuando el hielo dejaba unos relucientes carámbanos en los árboles y ella bajaba con su madre por el sendero nevado hacia la iglesia de Boldre que se alzaba sobre una pequeña loma, ésta le parecía íntima y mágica. En verano, cuando subía a caballo hacia el ancho páramo para observar a las aves migratorias que flotaban sobre los brezos, o se dirigía a medio galope hacia Oakley para visitar al viejo Stephen Pride, el Forest le parecía magnífico y agreste, pero lleno de amigos.

Pero la casa era asimismo un lugar serio, debido a los visitantes: unos hombres religiosos. La promesa que el rey Carlos había hecho a Alice en Bolderwood, de conceder a sus súbditos la libertad religiosa, se había cumplido en 1672. Aunque no había durado. Al cabo de un año, el Parlamento la abolió. Los disidentes fueron marginados de la sociedad y se les prohibió ejercer cualquier cargo público. El único efecto que tuvo esa breve libertad fue hacer que todos los disidentes abandonaran el anonimato para que en el futuro pudieran ser identificados. Alice continuó ofreciendo discretamente un refugio a los predicadores puritanos y nadie la importunó; el hecho es que eso aportó a la casa cierto aire de seriedad y propósito evangelizador, que como es lógico influyó en la joven que vivía en ella. Y había otra cosa: si bien Alice apenas reparó en ello, los predicadores que acudían en busca de su hospitalidad eran mayores que los anteriores.

Durante unos años, Betty asistió a una escuela para señoritas en Sarum; sin embargo, a pesar de que allí se sentía feliz e hizo algunas amigas, la conversación de las otras jóvenes no le satisfacía. Acostumbrada como estaba a tratar con personas mayores, las encontraba pueriles.

Más tarde su madre la había enviado, en un par de ocasiones, a pasar una temporada con parientes o amigos, confiando en que conocería a hombres jóvenes. Y así había sido; pero la mayoría de las veces le parecían insípidos, hasta que por fin su madre le advirtió con firmeza:

—No busques al hombre perfecto, Betty. No existe.

—No lo haré. Pero no me obligues a casarme con un hombre al que no respeto —replicó la joven, haciendo caso omiso del suspiro de resignación de su madre.

Cuando Betty cumplió veinticuatro años, Alice estaba en un estado rayano en la desesperación. Pero Betty se sentía feliz.

—Amo esta casa, amo cada palmo del Forest —dijo la joven a su madre—. Me contento con vivir y morir aquí.

Hasta el mes de junio, cuando se hallaban en Londres.

—Y teniendo en cuenta —comentó Tryphena, la hija mayor, a Alice—, que esto ha ocurrido cuando la gente sólo piensa en los grandes acontecimientos que sacuden el reino, es de suponer que está completamente decidida.

Ése era justamente, según Alice, el problema.

Unas figuras en el paisaje. Una noche de julio. La noche anterior habían aparecido miles. Pero la mayoría de ellas se había esfumado, retirándose a sus poblaciones, granjas y aldeas, ocultando sus armas, ocupándose tranquilamente de sus menesteres como si días atrás no hubieran marchado a través de las poblaciones occidentales, tratando de apoderarse de un reino.

Sin embargo, no todos tendrían suerte en su empresa. Algunos serían señalados, otros traicionados y enviados para engrosar los centenares de hombres que habían sido apresados.

Unas figuras a caballo, afanándose en que nadie les viera, desplazándose a través del bosque cuando podían o por los riscos despoblados y desiertos, con las ovejas o un pastor solitario como únicos testigos, o tal vez los fantasmas que recorrían los herbosos recintos rodeados por terraplenes, esos silentes recordatorios de la época prehistórica que se hallaban diseminados por toda la campiña. Unas figuras que avanzaban hacia el este, a través de los riscos cretácicos, más de cincuenta kilómetros al suroeste de Sarum.

Había estallado la rebelión de Monmouth.

Nadie había previsto la muerte del rey Carlos. Tenía sólo cincuenta y cuatro años. Él mismo había confiado en vivir muchos años y sir Christopher Wren estaba construyendo para él un espléndido palacio en una colina que dominaba Winchester, donde el rey había decidido trasladar su residencia.

Pero de improviso, en febrero, Carlos había sufrido una apoplejía y al cabo de una semana había fallecido. Y su muerte había planteado un problema tremendo.

Aunque Carlos II había tenido numerosos hijos de sus diversas amantes, a varios de los cuales había concedido el título de duque, no había dejado un heredero legítimo. La corona, por tanto, debía pasar a su hermano Jacobo, duque de York. Al principio, Jacobo no parecía una mala elección: se había casado con una protestante, había tenido dos hijas protestantes y una de ellas había contraído matrimonio con su primo, el gobernante protestante de los holandeses, Guillermo de Orange. Ahora bien, cuando la esposa de Jacobo murió y él se desposó con una princesa católica, los ingleses fruncieron el ceño. Y cuando poco después Jacobo reconoció que era católico, la noticia causó consternación. ¿No era justamente lo que los ingleses protestantes se venían temiendo desde hacía un siglo? Inglaterra era en esos momentos más protestante que en tiempos de la Armada o de la guerra civil. Carlos, para aplacar los ánimos, les había asegurado a todos que si algún día su hermano le sucedía, apoyaría a la Iglesia anglicana al margen de sus creencias personales. Pero ¿quién iba a creérselo?

La mayoría del Parlamento no lo creyó. Exigieron que el católico Jacobo fuera excluido del trono. El rey Carlos y sus amigos se negaron, propiciando la gran división en la política inglesa entre quienes querían impedir que un católico ocupara el trono, los whigs, y el grupo realista, los tories. El problema se prolongó durante años. Hubo un sinfín de discusiones y manifestaciones al respecto. Aunque todos evitaron la violencia, en realidad era el mismo debate que había dado paso a la guerra civil: ¿quién debía tener la última palabra, el rey o el Parlamento? Con todo, gracias a su ingenio y astucia, Carlos II prosiguió con su alegre estilo de vida durante más de una década, asistiendo a las carreras de caballos, persiguiendo a mujeres bonitas, sacando dinero a Luis de Francia; y como a los ingleses les caía bien este jovial y libertino monarca y estaban convencidos de que sobreviviría a su hermano católico, nadie protestaba. Por fortuna, Jacobo no había tenido un heredero con su esposa católica. El tiempo parecía estar del lado de la Inglaterra protestante. Hasta la repentina muerte de Carlos.

Jacobo fue nombrado rey. Un católico en el trono, el primero desde María la Sanguinaria, hacía un siglo y cuarto. El país estaba a la expectativa.

Entonces, en junio de ese año, estalló la rebelión de Monmouth.

En cierto modo era previsible que ocurriera. Carlos II siempre había adorado a su primogénito natural. El apuesto Monmouth. Monmouth el protestante. Cuando los whigs votaron en el Parlamento excluir al católico Jacobo del trono, informaron al rey Carlos que preferían a Monmouth. Carlos, un Estuardo católico en su fuero interno, protestó que el chico no era legítimo, pero los pragmáticos parlamentarios ingleses replicaron que de eso ya se ocuparían ellos. Carlos se negó a permitir que se salieran con la suya, pero por lo que respectaba a Monmouth, el mal ya estaba hecho. Era un joven consentido, que siempre andaba metiéndose en problemas, siempre protegido por su padre. Por lo visto los ingleses deseaban que fuera el rey. Con anterioridad a la muerte de su padre, Monmouth se había visto implicado en un frustrado complot que pudo haber acabado con la vida de Carlos y de Jacobo. Así pues, no tenía nada de extraño que, cuando el católico Jacobo se convirtió de la noche a la mañana en rey de una nación inglesa que no le quería, Monmouth, que ya había cumplido los treinta pero era vanidoso e inmaduro, sin duda pensó que a la mínima oportunidad los ingleses se alzarían para colocarlo a él en el trono.

Monmouth había comenzado por el West Country. La gente había acudido en masa a respaldar su bandera: pequeños granjeros, protestantes de las poblaciones portuarias y mercantiles. Decenas de millares. Pero los aristócratas locales, los hombres influyentes, se habían abstenido, cautelosos. Y habían acertado. Pues el día anterior, en la batalla de Sedgemoor, las tropas reales habían aplastado le rebelión. Todos habían huido, para ocultarse o refugiarse en lugar seguro.

Unas figuras en el paisaje, una mañana brumosa. Monmouth huía. Con él iban sólo dos acompañantes. Tenía que hallar un puerto desde el que zarpar, un lugar donde nadie le traicionara.

—Lo mejor es que vayamos a Lymington —dijo.

Había otros fugitivos, aquella mañana de julio, que se dirigían también hacia allí.

—¿Acaso no representa todo cuanto me has enseñado a amar? —inquirió Betty mirando a su madre con auténtico desconcierto—. No creo que tengas nada en contra de su familia —añadió—, puesto que es un Albion.

Alice suspiró. Aún no habían recibido noticias del West Country. ¿Triunfaría Monmouth? Aquella situación la tenía muy preocupada. Y encima su hija insistía en disgustarla aún más con ese pretendiente que tenía. Alice deseó poder hacer que el joven desapareciera durante un par de meses.

Peter Albion era un orgullo para su familia. Si su abuelo Francis se había ganado el desprecio del abuelo de Alice, el hijo de Francis había tenido mejor fortuna. Era médico de profesión y se había casado con la hija de un rico pañero. El joven Peter había estudiado derecho y, con ayuda de los numerosos amigos de sus padres, se había convertido, a sus veintiocho años, en un hombre de éxito. Era guapo, con el característico pelo rubio y los ojos azules de los Albion; era trabajador, inteligente, sensato y ambicioso. Había sido Tryphena quien se había encontrado un día con él y le había pedido que fuera a visitarlos; y fue ella quien resumió con breves palabras la personalidad del joven: «Se parece a los Albion, pero es igual que papá.»

Quizá fuera por eso que Betty se sentía tan a gusto en su compañía, pensó Alice. El joven Peter se ajustaba a la descripción del padre que ella nunca había conocido.

Pero ése, por desgracia, era precisamente el motivo por el que a Alice no le gustaba como pretendiente de su hija.

—Me estoy haciendo vieja —comentó Alice a Tryphena—. He visto demasiados conflictos.

Conflictos en Inglaterra, conflictos en su familia. Alice no dudaba de que la causa por la que había luchado su esposo fuera justa; estaba segura de que ella había obrado bien al ayudar a los disidentes. Pero ¿había merecido tanta sangre, tantos sufrimientos? Probablemente no. Según Alice la paz era más importante que toda pequeña libertad que hubieran conquistado en vida de ella. Y paz era lo que deseaba en esos momentos, para su vejez y, ante todo, para su hija.

Sin embargo, no era tan fácil de alcanzar. Hacía un par de años, en la época del estúpido complot para asesinar al rey y a su hermano, el marido de Tryphena había sido arrestado e interrogado durante varios días. ¿Por qué? No porque él estuviera implicado ni de lejos en el complot, sino debido a las relaciones y a los amigos de su familia. Cuando uno se convertía en objeto de sospechas, nunca dejaba de serlo. Era inevitable.

Aunque la joven Betty podía tener mejor suerte, pensó Alice. Su hija menor, que había perdido de niña a su padre, no había gozado de las alegrías propias de la infancia que ella había conocido; pero el resto sería mejor: una vida de paz y seguridad, la vida que ella, Alice, siempre había deseado llevar en su casa en el grato ambiente del Forest.

Al día siguiente de recibirse la noticia de la llegada de Monmouth al West Country, Peter Albion había comparecido en casa de Tryphena para presentar sus respetos a su prima Alice y a su hija. Se había comportado con amabilidad y exquisita educación, pero sin morderse la lengua.

—Los ingleses no quieren a un rey católico —afirmó—. Y hacen bien. —El joven se inclinó ante Alice como si estuviera convencido de que ella suscribía esas opiniones—. Confiemos en que Monmouth tenga éxito en su empresa —añadió sonriendo—. Tengo algunos amigos en ese campo, prima Alice. Confío en recibir noticia de su triunfo en cualquier momento. Entonces, te aseguro que echaremos al rey Jacobo.

Al oírle hablar, Alice sintió un escalofrío. Era como si escuchara de nuevo a su marido, John Lisle.

—No digas esas cosas —protestó—. Es peligroso.

—Te aseguro que no las hubiera dicho, prima Alice —repuso el joven suavemente—, de no encontrarme entre gente amiga.

«Entre gente amiga.» Esta frase aterrorizó a Alice. ¿Acaso daba por supuesto el joven Peter que Betty era una conspiradora? ¿Es que pensaba asignarle ese papel?

—Será mejor que te marches —le rogó Alice—, y no vuelvas a hablar de esto.

Pero él había vuelto a ver a Betty al cabo de unos días. Y aunque a Alice no le había hecho gracia, no había podido negar a su pariente que entrara en su casa. El joven había tenido la sensatez de abstenerse de mencionar de nuevo esos peligrosos temas, pero por lo que a Alice concernía el mal ya estaba hecho. Alice había rogado a su hija que rompiera su amistad con él, pero había sido inútil. No era sencillo: Betty tenía veinticuatro años. Alice se disponía a llevarla de regreso al Forest, donde la chica estaría a salvo, cuando esa mañana había recibido una carta de John Hancock.

No se te ocurra regresar a Albion House. Ha estallado la rebelión en Lymington. Han enviado recado solicitando tu apoyo. Quedaos en Londres y no digáis una palabra.

Alice se había apresurado a romper la carta y arrojarla al fuego.

No digáis una palabra. ¿Mantendría Peter Albion la boca cerrada? ¿Y Betty? Alice miró a su hija con desesperación.

—Querida niña —empezó a decir suavemente—. Si no te andas con cuidado, nos perseguirán. —Alice se estremeció al pensarlo—. Como a los ciervos en el Forest.

Stephen Pride pasó lentamente frente al estanque de Oakley. Había cumplido setenta y cinco años, pero no se sentía viejo. Alto y delgado, seguía dando largos paseos —más despacio, con menos agilidad— tal como había hecho toda su vida. El sentido común le decía que no viviría muchos años más, pero fuera cual fuere la causa dispuesta por Dios para llevárselo de este mundo, no tenía la sensación de que la muerte le acechara.

—He conocido a hombres que han vivido hasta los ochenta —comentaba con tono jovial—. No veo por qué no he de llegar yo.

Uno de los pequeños gozos de su larga vida consistía en contemplar el estanque que había junto al prado de la aldea. Sus fluctuaciones eran siempre las mismas, año tras año, al ritmo de las estaciones. A fines de otoño, después de las lluvias, el estanque estaba lleno. En invierno solía helarse. Dos años atrás, durante el invierno más frío que recordaba Pride, había presentado una capa de hielo sólida desde noviembre hasta abril. Luego, con la llegada de los chubascos primaverales y el calor de mayo, toda la superficie del estanque había aparecido cubierta con flores blancas, como si el agua hubiera echado flor.

Lo que más le maravillaba era la forma en que el estanque se llenaba. No había ningún río allí, ni siquiera un riachuelo. Pero cuando llovía en el cercano páramo, el agua se escurría de forma invisible como por arte de magia, las minúsculas gotitas se agrupaban junto a la aldea formando una pequeña serpentina de agua que discurría a través del prado y se extendía en la pequeña depresión que había junto a éste.

En verano, el agua del estanque comenzaba a evaporarse. El caluroso páramo absorbía todas las precipitaciones que caían sobre él. La serpentina de agua desaparecía. Día tras día los animales que devoraban la frondosa hierba que crecía al borde del estanque avanzaban un poco más. Cuando llegaba la época en que los aldeanos encerraban a los animales en los apriscos, hacia mediados de verano, el tamaño del estanque era la mitad del tamaño que tenía en primavera. En agosto solía aparecer completamente seco. En esos momentos, mientras el anciano Pride observaba la escena, dos vacas y un poni pastaban en la verde depresión junto a los tres o cuatro grandes charcos que había en el centro.

Stephen Pride se sentía satisfecho. Había ido esa mañana a Albion House y había regresado a pie. La noticia que le habían dado allí era justamente la que esperaba oír: dame Alice seguía en Londres y no sabían cuándo regresaría. Pride se alegraba de ello. Conocía y estimaba a dame Alice desde que era niña y no deseaba que regresara en estos momentos, dada la situación en Lymington.

Debido a su esposa y a la familia de ésta, Pride se enteraba de más cosas que el resto de la gente de Oakley sobre lo que ocurría en Lymington, pero todos estaban al corriente de lo que pensaban sus habitantes de un tiempo a esta parte. Los ánimos en la pequeña población portuaria se habían encrespado, al igual que todos los municipios de Inglaterra.

Quizá quedaran unos cuantos en el condado que anhelaran la restauración de la antigua fe católica, pero el siglo que había transcurrido desde el episodio de la Armada había diezmado sus filas. En cuanto a las gentes de la ciudad, no querían saber nada de ella. Los mercaderes y pequeños comerciantes de Lymington detestaban a Carlos I y recelaban de Carlos II. Hacía unos años, cuando en el Parlamento se había planteado el problema de la sucesión católica, un bribón llamado Titus Oates se había sacado de la manga un complot católico para destituir a Carlos y colocar a Jacobo en el trono. Los jesuitas iban a apoderarse del país; los honestos protestantes serían asesinados. El asunto era un disparate de cabo a rabo, mediante el cual Oates pretendía crear otra fábula. En todo el país, la gente comenzó a imaginar que los jesuitas les espiaban a través de las ventanas y les acechaban en las esquinas. El pujante puerto de Lymington no fue una excepción. La mitad de la población andaba a la caza de jesuitas. El alcalde y su consejo estaban dispuestos a armar a los ciudadanos.

Así pues, cuando Monmouth enarboló su bandera en pro de la causa protestante, Lymington no había vacilado. Al cabo de un día, el alcalde había logrado reunir a varias docenas de hombres armados. La mayoría de comerciantes y caballeros de la localidad estaban de su parte. Pride había visto a media docena de insignes ciudadanos pasar a caballo por Oakley hacia Albion House para pedir a Alice que les apoyara. Habían enviado a un jinete veloz con un mensaje para Monmouth que decía: «Lymington está contigo.» La tarde anterior habían organizado una marcha a través de las calles con gaitas y tambores, tras la cual todos habían ido a beber cerveza y ponche en la casa de uno de los comerciantes. Parecía carnaval.

Y Stephen Pride, el aldeano, al igual que John Hancock, el abogado, observó la escena con cautela.

—Deja que las gentes de la población lo celebren —había dicho a su hijo Jim—. Nosotros, los del Forest, somos más prudentes. Ocurra lo que ocurra con Monmouth, yo seguiré conservando mis vacas y tú seguirás siendo el ayudante del guardabosques. Doy gracias a Dios —añadió— de que dame Alice no esté aquí. Conseguirían implicarla en sus tejemanejes le gustara o no.

Pride estaba de buen humor, por tanto, cuando divisó, a cien metros del estanque, un grupo de personas que presenciaban una discusión. El anciano se dirigió hacia allí.

No era frecuente ver a los dos chicos Furzey juntos. En realidad, ya eran unos hombres de mediana edad, y a la muerte de Gabriel, acaecida hacía unos años, George Furzey había asumido el control de la hacienda; no obstante, para Stephen Pride seguían siendo los chicos Furzey. Ambos tenían el mismo aspecto que el viejo Gabriel. George era algo más corpulento, pero los dos habían echado barriga. Y tanto uno como el otro, pensó Stephen para sus adentros, eran tercos como su padre.

William Furzey no había conseguido labrarse una próspera situación en Ringwood: trabajaba para un granjero, ocupándose del ganado. Para eso no merecía la pena irse tan lejos, pensaba Pride, que no comprendía que nadie quisiera vivir fuera de los límites del Forest. Al parecer, William había ido a ver a George Furzey para tratar algún asunto, y ambos se habían encarado como un par de gallos de pelea furiosos. La causa de su furia, según pudo comprobar Pride, era su propio hijo.

—No tienes ningún derecho —protestaba George Furzey—, y me niego a hacerlo. —Miró a su hermano, que estaba tan obsesionado con el odio que sentía hacia Jim Pride que ni siquiera le contestó—. Así que ya lo sabes.

El problema, según le había explicado Jim Pride a su padre hacía una semana, era previsible.

—George Furzey no sabe mantener la boca cerrada.

Si los Furzey jamás habían aceptado el hecho de que no tenían el derecho de Leña —si, hasta el día de hoy, se habían negado a saludar a Alice Lisle siquiera con una inclinación de cabeza cuando se la encontraban y la tachaban de ladrona—, lo que les pareció intolerable fue cuando, hacía un año, Jim Pride fue trasladado del puesto de ayudante del guardabosque en Bolderwood al de ayudante del guardabosque en el municipio del sur.

Stephen Pride había acogido este traslado con satisfacción. Bolderwood se hallaba a unos quince kilómetros de Oakley, pero ahora vería a su hijo y a sus nietos prácticamente todos los días.

No obstante, para George Furzey la presencia de Jim significaba algo muy distinto, pues el ayudante del guardabosque era el encargado de supervisar los derechos consuetudinarios, el de la leña inclusive.

—No voy a responder a Jim Pride de mis actos —había dicho a su familia. No estaba dispuesto a que los Pride lo dejaran en ridículo. Y para demostrarlo había cogido leña en el Forest.

Sin embargo, la situación no tenía por qué haber llegado a ese punto. Durante quince años que Jim Pride había trabajado como ayudante del guardabosque había aprendido mucho. Si Furzey había cogido un poco de leña porque la necesitaba, Jim pudo haber pasado eso por alto. Pero, por supuesto, George Furzey era incapaz de hacerlo.

Hacía dos días, en la pequeña posada de Brockenhurst, George había declarado para que todos se enteraran de ello:

—No hago ningún caso de Jim Pride. Si quiero leña, la tomo. —Luego, mirando a su alrededor con expresión triunfal, había añadido—: También cogeré madera para toneles y cercas. —Tras lo cual había dirigido un guiño a los parroquianos en general.

El derecho de Leña estaba destinado únicamente a encender fuegos junto a la vivienda. Coger leña y venderla para fabricar toneles o cercas era ilegal.

Fue un reto estúpido e innecesario, que obligó a Jim Pride a tomar cartas en el asunto.

—Tengo que imponerle una multa —dijo a su padre.

Así pues, esa mañana se había presentado en casa de Furzey para informarle con la máxima educación:

—Lo lamento, George, sé que has cogido leña en el bosque a la que no tienes derecho. Ya conoces las reglas. Tienes que pagar.

George y William Furzey se volvieron para contemplar al viejo Stephen, cuya presencia les había enfurecido más aún, y cuando William, con calculada deliberación, hizo una pausa para escupir en el suelo, George resumió su postura gritando a voz en cuello:

—¡Yo te diré quién pagará, Jim Pride! ¡Tú me las pagarás! ¡Tú y esa vieja bruja de Alice Lisle! ¡Tú y esa arpía! ¡Vosotros me las pagaréis!

Acto seguido los dos Furzey dieron media vuelta y regresaron a su casa.

El coronel Thomas Penruddock, sentado en su caballo, observó con frialdad a las gentes que, al margen de lo que sintieran en su fuero interno, parecían alegrarse. A su lado estaba su primo de Hale.

Detrás de los dos Penruddock se alzaba la iglesia de Ringwood con su amplio y alegre campanario de planta cuadrada. Frente a ellos se hallaba la vicaría con unos guardias apostados junto a la puerta. Dentro de la vicaría estaba el duque de Monmouth, que era interrogado por lord Lumley. La población se mostraba entusiasmada. Ringwood nunca había estado en el centro de la historia inglesa.

Los dos últimos días habían sido caóticos. Tan pronto como se supo que Monmouth se había fugado, las autoridades habían ofrecido una gigantesca recompensa —cinco mil libras— por su captura. Incluso si alguien lo veía e informaba de su paradero percibiría una recompensa. La mitad de los condados del suroeste se habían lanzado a la caza y captura de Monmouth. Lord Lumley y sus soldados habían irrumpido en Ringwood y habían explorado New Forest. Habían registrado varias casas en Lymington, cuyo alcalde había huido en barco al extranjero.

Pero habían logrado capturar a Monmouth y a menos que éste hallara el medio de convencer a su tío, el flamante rey Jacobo, de que lo perdonara, tenía la muerte asegurada.

Personalmente, el coronel Thomas Penruddock no sentía emoción alguna. Si Monmouth hubiera vencido, tampoco le habría preocupado.

La causa de Jacobo II no le inspiraba la emoción que había sentido su padre por Carlos, el hermano del nuevo rey. ¿Por qué iba a hacerlo? Él no era católico. Los Estuardo jamás habían hecho nada a su familia para recompensarles por su lealtad. El cargo de coronel que ambicionaba se lo habían otorgado a otro. No lo había obtenido hasta hacía cuatro años. No, él no sentía ya nada por los Estuardo.

No obstante, creía en el orden y Monmouth, al rebelarse, había puesto en peligro el orden. Y como había perdido, debía morir. Aunque esto era justamente lo que le había ocurrido a su desdichado padre, el corazón de Thomas Penruddock no se ablandó. Todo lo contrario. Monmouth debió de haber aprendido de los errores del otro, se dijo Penruddock con amargura. La rebelión no había estado mal organizada pero había estallado antes del tiempo debido. «Muy bien, mataron a mi padre —pensó el coronel—. Ahora le toca sufrir a Monmouth.»

La captura de Monmouth fue un asunto complicado. Penruddock y sus escuadrones de caballería se hallaban en los cerros situados debajo de Sarum y habían tenido la mala suerte de no atrapar al fugitivo, que había conseguido zafarse de ellos. Pero al fin había sido descubierto a unos doce kilómetros al oeste de Ringwood, disfrazado de pastor, medio muerto de hambre y oculto en una zanja. Se atribuía el honor de haberlo localizado a un miliciano llamado Henry Parkin. En cuanto recibió la noticia de la captura, Penruddock se dirigió a caballo a Ringwood, más por curiosidad que por otro motivo, y no le había asombrado comprobar que su primo, un magistrado de la localidad, se le había adelantado.

En esto se abrió la puerta de la vicaría. Iban a sacarlo. La multitud observaba expectante.

Le habían dado ropa limpia, pero seguía presentando un aspecto lamentable. Parecía rendido. En aquel rostro demacrado, cubierto por la barba de una semana, Penruddock apenas reconoció al apuesto y consentido joven al que había visto brevemente aquel día en el Forest, hacía quince años, cuando había ido a ver al rey.

No perdieron tiempo. Lo condujeron apresuradamente por la calle, en la que se alzaban unas viviendas rústicas de estilo tudor con el techado de paja, hasta llegar a una casa más grande situada junto al mercado; allí permanecería convenientemente custodiado por unos guardias.

—¿Qué van a hacer con él? —preguntó Penruddock a su primo.

—Lo retendrán aquí un par de días —respondió el magistrado—, y luego supongo que lo encerrarán en la Torre de Londres.

—Mis hombres todavía siguen buscando a más fugitivos. Me han comunicado que han atrapado a centenares en el oeste. —Observó la figura de Monmouth cuando éste penetró en la otra casa—. ¿Crees que tiene alguna posibilidad de salvarse?

—Lo dudo —contestó el magistrado meneando la cabeza—. Estoy seguro de que solicitará misericordia al rey, pero —añadió mirando de reojo a su primo—, teniendo en cuenta los sentimientos de la gente, dudo de que el rey pueda permitirse el lujo de perdonarle la vida.

El coronel Thomas Penruddock asintió. En su opinión, aunque mataran a Monmouth el católico rey Jacobo II no permanecería mucho tiempo en el trono.

Su primo el magistrado, como si hubiera adivinado sus pensamientos, bajó la vista.

—Demasiado poco, demasiado pronto —murmuró.

La multitud comenzó a dispersarse.

—Me voy —comentó el coronel Penruddock. Pero cuando tiró de las riendas para dar la vuelta vio a un individuo cuyo aspecto le recordó a un nabo, un nabo gruñón. El hombre les observaba fijamente.

—¿Quién es ese tipo tan feo? —preguntó el coronel a su primo—. ¿Lo conoces?

El magistrado miró a William Furzey y se encogió de hombros.

—No —repuso—. Parece un nabo.

Aunque William Furzey sabía a ciencia cierta quién era el magistrado, y había observado con cierta envidia los magníficos corceles que montaban éste y el coronel, no pensaba precisamente en los Penruddock.

Si aquella mañana no presentaba su mejor aspecto, no era culpa suya. Al poco de regresar de Oakley se había enterado de la noticia de la derrota de Monmouth y de la recompensa. Sin pérdida de tiempo, Furzey había tomado un garrote, una pequeña soga, había envuelto una hogaza y una manzana en un paño, había enviado recado al granjero de que estaba indispuesto y se había dispuesto a partir.

Por supuesto, sabía que estaba buscando una aguja en un pajar. Por otro lado, habría sido una estupidez no intentarlo. Y, mientras meditaba en ello, William Furzey llegó a la conclusión de que tenía tantas posibilidades de conseguirlo como el que más.

Monmouth buscaría sin duda un puerto. Por tanto, seguramente se dirigiría a Lymington. Si bien es cierto que las tropas del rey vigilaban el lugar, Lymington estaba lleno de simpatizantes y era posible ocultar a una legión de fugitivos en el Forest. Bastaría con que enviara recado a algunas gentes del muelle. Los Seagull, según pensaba William Furzey, estarían dispuestos a dar cobijo al mismísimo diablo si éste les pagaba un buen dinero.

¿Cómo se las arreglaría el fugitivo para llegar a Lymington? Con toda certeza evitaría Fondingbridge y Ringwood, pero tenía que cruzar el Avon.

Tyrrel’s Ford. Lo atravesaría por el vado.

De modo que Furzey se había acercado a un grupo de soldados congregados en el mercado de Ringwood y había preguntado sin darle mayor importancia si algunas tropas habían enfilado hacia el sur a lo largo del río. Los soldados le habían respondido con una negativa. Furzey se había percatado de que ninguno de los soldados era de allí. Es muy típico de las autoridades, pensó, organizar una búsqueda y captura con unos soldados que no conocen el territorio.

Pero eso a él le beneficiaba. Sin añadir otra palabra, Furzey había partido hacia Tyrrel’s Ford.

Había aguardado allí una noche y un día antes de averiguar que estaba perdiendo el tiempo y que ya habían dado con Monmouth: se hallaba al oeste de Ringwood, de camino al sur. Así pues, tal como había deducido Furzey, Monmouth se dirigía a Tyrrel’s Ford.

La idea de que había estado a punto de obtener la recompensa pero otros se la habían birlado por los pelos, no contribuyó a mejorar su estado de ánimo.

El coronel Penruddock y sus hombres continuaron registrando la zona en torno a Sarum durante varios días. No hallaron a nadie. Entretanto, el número de fugitivos capturados en el oeste superaba el millar.

Al cabo de unos días, la búsqueda se hizo más lenta y cesó. Colocaron a unos centinelas en cada población, desde luego, pero todo discurrió sin novedad.

Unas figuras en el paisaje. Aún había unos fugitivos que habían logrado escapar: unos hombres que apoyaban la causa protestante; unos hombres que habían desaparecido en el interior de las viviendas donde les habían ofrecido cobijo; unos hombres que debían seguir avanzando, con cautela, hacia el Forest.

Dos semanas después del arresto de Monmouth, Alice Lisle ya no pudo soportarlo más. Peter Albion había ido a visitarlas casi todos los días. Aunque Monmouth había escrito al rey Jacobo e incluso se había entrevistado con él, no le había servido de nada. Una semana después de su captura fue ejecutado en el pequeño prado de la Torre de Londres. Entretanto, habían comenzado los preparativos para juzgar al inmenso número de seguidores de Monmouth que habían capturado en el West Country. En agosto se celebraría un juicio de gran envergadura, presidido por Jeffries.

Pero nada de esto hizo cambiar de parecer a Peter Albion.

—El rey tan sólo conseguirá que la gente le odie aún más. No preveo más que problemas.

«Y yo preveo que tú tendrás problemas —pensó Alice— si no mantienes la boca cerrada.»

El terror de Alice era que el joven Albion propusiera matrimonio a Betty. No tenía duda de que su hija le quería. En tal caso ¿qué debía hacer ella? ¿Negarles su consentimiento? ¿Desheredar a Betty?

Cuando Alice reveló sus temores a Tryphena e incluso que Betty se fugara con Albion, Tryphena, con su acostumbrado tacto, asintió con expresión juiciosa y respondió:

—Debemos tener presente, madre, que aunque Betty te quiere, si se ve obligada a elegir entre ese joven y tú, sin duda lo elegirá a él.

Lo más prudente era mantener a los jóvenes separados. Una vez que hubieran ejecutado a Monmouth y cesara la búsqueda de sus seguidores, Alice supuso que podrían regresar a su refugio en el Forest. De hecho, teniendo en cuenta la amenaza que representaba la presencia de Albion, la seguridad que ofrecía el Forest se acrecentaba por momentos ante sus ojos. Sin embargo, Alice también temía que, si anunciaba su intención de partir, las cosas se precipitaran y Albion propusiera a Betty que se casaran.

Pero una semana después de que hubieran ejecutado a Monmouth, el joven Albion les informó de que debía trasladarse a Kent durante unos días para atender unos asuntos. Tras asegurarle que confiaba en volver a verle pronto, Alice se despidió de él con afecto. A la mañana siguiente comunicó a Betty que antes del mediodía partirían al campo.

Aquella noche la pasaron en una posada situada en la carretera, treinta kilómetros más abajo.

—Mañana por la noche estaremos en Winchester —comentó Alice con tono jovial.

Dos días más tarde, Jim Pride se llevó una sorpresa al ver pasar por Lyndhurst un carruaje en el que viajaban Alice y Betty Lisle. En el preciso momento en que él las vio, Alice Lisle le descubrió a él y le hizo una seña con la mano para indicarle que se acercara.

Betty, según observó Pride, parecía un tanto mohína, pero Alice lo saludó con cordialidad, se interesó por sus padres y le rogó que le contara las últimas novedades.

En el Forest todo había discurrido apaciblemente durante una semana, hasta ese día. De pronto había surgido un rumor, no se sabía de dónde, que había hecho pensar a las autoridades que había unos fugitivos que se disponían a zarpar desde Lymington. Esa mañana habían organizado un registro casa por casa, pero no habían hallado ninguna prueba.

—Imagino que a partir de ahora todo volverá a la normalidad —dijo Jim.

Pero Alice parecía preocupada.

—De todos modos, es mejor que no regresemos todavía a Albion House —respondió—. Está demasiado cerca de Lymington. —Alice sonrió a Pride y le pidió—: Dile al cochero que nos lleve a Moyles Court. Tenemos tiempo de llegar allí antes de que anochezca.

Moyles Court, situado al otro lado del valle del Avon, parecía un lugar más seguro.

William Furzey había concluido su jornada laboral y se encaminaba hacia un lugar río arriba donde se proponía pescar un rato sin que nadie le observara, cuando se topó con un hombre montado a caballo. La montura era un rocín vulgar y corriente. El jinete era un individuo de aspecto endeble, con el pelo entrecano y unos ojos amables y llorosos. Al parecer se había extraviado.

—¿Puede indicarme cómo llegar a Moyles Court? —inquirió.

William lo observó con detenimiento. Parecía un hombre de ciudad, un pequeño comerciante o un artesano. No tenía un acento local. William Furzey no era estúpido; reconocía una oportunidad en cuanto la veía.

—No es fácil localizarla —respondió. En realidad, la casa se encontraba a menos de un kilómetro en línea recta. El extraño parecía cansado—. Yo mismo podría acompañarle —se ofreció William—, pero no me dirijo allí.

—¿Aceptaría seis peniques por su amabilidad?

El jornal de un peón era ocho peniques. Por tanto, seis peniques de un ciudadano normal y corriente como éste era una cantidad más que aceptable. Parecía ansioso de llegar allí. Furzey asintió con la cabeza.

Tomaron un atajo. Moyles Court se hallaba en un claro debajo del cerro que conducía desde el valle del Avon al páramo en el Forest. Esta zona del valle estaba poblada de bosques, por lo que a Furzey no le costó prolongar la caminata hasta dos kilómetros, enfilando por unos senderos que en ocasiones retrocedían sobre sí mismos. Puesto que el extraño no hizo comentario alguno, Furzey dedujo que no tenía un sentido de la orientación muy desarrollado.

Asimismo, le brindó la oportunidad de averiguar más cosas sobre él. ¿Venía de lejos? El hombre respondió con evasivas. ¿A qué se dedicaba?

—Soy panadero —contestó su acompañante.

Un panadero que venía de lejos y estaba dispuesto a pagar seis peniques para dar con Moyles Court. Sin duda, se trataba de un disidente que andaba en busca de esa condenada de Alice Lisle. Furzey hizo una pausa antes de hablar.

—La persona a quien busca es una dama piadosa —manifestó con tono pío cuando doblaron por un recodo.

—¿Ah, sí?

—Sí. Si busca a dame Alice.

—Ya. —El panadero parecía satisfecho. Sus ojos azules y llorosos reflejaban una expresión esperanzada.

Furzey no estaba seguro de dónde le llevaría esta conversación, pero una cosa estaba clara: cuantos más datos averiguara sobre este hombre, más oportunidades tendría de utilizarlas en provecho propio. En su mente comenzó a formarse una idea.

—Dame Alice ha ayudado a mucha buena gente —prosiguió Furzey. Pensó en los menospreciables Pride y nombró a algunos de los parientes que éstos tenían en Lymington—. Pero debo tener cuidado con lo que digo —añadió—, pues no sé quién es usted.

El pobre necio sonrió con afabilidad.

—No tengo inconveniente en revelarle mi identidad, amigo —contestó—. Me llamo Dunne y vengo de Warminster. Traigo un mensaje para dame Alice.

Warminster: a más de treinta kilómetros al oeste de Sarum. Un largo recorrido para un panadero disidente que portaba un mensaje. Aumentaron las sospechas de Furzey; este hombre podía serle útil.

—¿Cuál es su nombre? —inquirió el panadero con curiosidad.

Furzey dudó. No tenía la menor intención de revelar su nombre a ese amigo probablemente peligroso de la maldita Alice Lisle.

—Thomas, señor. Llámeme Thomas —repuso, añadiendo con cautela—: Éstos son tiempos difíciles para gentes piadosas.

—Cierto, Thomas. Lo sé muy bien. —Los llorosos ojos azules que poseía el panadero le conferían una expresión comprensiva muy dulce.

Furzey lo condujo otros cien metros antes de comentar en voz baja:

—Si un hombre necesita cobijo, en estos tiempos peligrosos, esa casa es el lugar ideal.

Sí. No cabía la menor duda: el panadero lo observaba con gratitud.

—¿Eso cree?

—Desde luego. Alabado sea Dios —agregó Furzey con tono piadoso. No se le ocurrían más rodeos, pero había logrado averiguar cuanto deseaba—. Moyles Court está ahí arriba —dijo señalando un lugar a menos de medio kilómetro—. Lo que deba usted hablar con dame Alice es asunto suyo, señor, de modo que me despido de usted aquí. Pero si me lo permite, quisiera saber si se quedará ahí unos días o regresara de inmediato.

—Regresaré de inmediato, mi buen amigo Thomas.

—Pues si necesita un guía que le acompañe para que nadie le vea, le esperaré aquí, si le parece bien.

El panadero le dio sus más efusivas gracias y se marchó.

William Furzey se sentó en el tronco de un árbol. No le cabía duda alguna de lo que significaba aquello. El panadero ayudaba a los fugitivos. De no ser así, ¿por qué iba a acudir hasta ese lugar y marcharse de inmediato? Se proponía llevarlos a casa de dame Alice. Furzey sonrió. Quizá se le hubiera escapado Monmouth —y varias personas que habían contribuido a localizar a Monmouth habían percibido una suculenta recompensa—, pero si los amigos del panadero eran personajes importantes él, William Furzey, cobraría un buen dinero por entregarlos. El problema era cómo hacerlo y dónde dar con ellos. No podía acompañar al panadero hasta Warminster. Pero si conducía a esos hombres hasta Moyles Court… Furzey sonrió alborozado. Eso pondría en un grave aprieto a dame Alice.

Transcurrió una hora antes de que Dunne el panadero apareciera de nuevo. Bastaba con observar la expresión de su rostro. Sonreía con satisfacción.

—¿Ha visto a dame Alice? —inquirió Furzey.

—En efecto, amigo mío. Y le conté que había tenido usted la amabilidad de acompañarme hasta aquí. Dame Alice inquirió curiosa sobre su identidad, pero le dije que era un hombre discreto que se ocupaba de sus propios asuntos y no pretendía inmiscuirse en los nuestros.

—Se lo agradezco, señor.

Ambos guardaron silencio durante un rato. Cuando hubieron recorrido medio kilómetro, el panadero dijo:

—Si regreso de nuevo, con mis amigos, ¿aceptaría conducirnos hasta Moyles Court por un camino discreto?

—De todo corazón —contestó Furzey.

Se despidieron cerca de Fordingbridge.

—Entonces nos encontraremos aquí dentro de tres días, al anochecer —dijo el confiado panadero antes de marcharse—. ¿Puedo contar con usted, Thomas?

—Desde luego —respondió William—. Puede contar conmigo.

Alice Lisle contempló la mesa y luego de nuevo la carta.

Hacía sólo una hora que Betty y ella habían regresado a Moyles Court cuando se presentó Dunne, por lo que ella estaba un tanto preocupada cuando él le transmitió el mensaje. Debía de haberle prestado más atención, pensó Alice.

El mensaje era muy breve. Lo enviaba un respetable ministro presbiteriano llamado Hicks, a quien ella apenas conocía. Alice creía recordar que en cierta ocasión, hacía años, éste se había alojado en Albion House. Hicks quería saber si ella le permitiría pasar una noche en su casa, junto con un amigo suyo, de camino al este.

Era una petición sencilla y en otras circunstancias Alice no habría dudado en aceptar. Cuando había preguntado a Dunne el significado de la nota éste había respondido que era un simple mensajero pero que Hicks parecía un hombre respetable. Así pues, Alice había aceptado que vinieran el martes, dentro de tres días, y se había despedido de Dunne sin mayores problemas. Alice se preguntaba quién sería ese tal Thomas, que había indicado el camino a Dunne, pero había muchas personas en esa zona que tenían amigos en la comunidad de Lymington. Probablemente ese hombre era uno de ellos.

Sin embargo, a medida que transcurría la tarde Alice empezó a tener serias dudas. ¿Había cometido una imprudencia? Dunne venía de muy lejos. ¿Y si esos hombres fueran unos fugitivos? Dunne no había dicho nada al respecto, pero seguramente porque deseaba cumplir su misión, o quizás incluso librarse de ellos. Y ese tal Thomas, ¿era de fiar? Cuantas más vueltas daba al asunto menos le gustaba y más se enojaba consigo misma. Un momento de debilidad, un descuido, quizá debido al cansancio. Todos los seres que habitaban en el Forest sabían que jamás debían bajar la guardia.

De pronto Alice sintió temor, una sensación de peligro. Debía impedir que vinieran. Por la mañana podía enviar un mensaje a Dunne. Suponiendo, claro está, que éste hubiera regresado a Warminster y no a otro lugar. Pero tenía que intentarlo. Alice suspiró. Lo consultaría con la almohada.

A pesar de todo, más pronto o más tarde todos los seres que habitan en el Forest incurren en el error de bajar la guardia, por el que a veces pagan un elevado precio. Por la mañana, en la apacible sombra de Moyles Court, Alice se dijo que no merecía la pena preocuparse por ello.

William Furzey no perdió tiempo. Una vez que se hubo despedido de Dunne, continuó hacia el norte. Hale quedaba a seis kilómetros a pie, pero no quería correr ningún riesgo. Si por desgracia capturaban e interrogaban al panadero, Furzey no podía arriesgarse a que le acusaran de ser su cómplice. Por tanto, su primer objetivo era Penruddock de Hale.

Llegó al atardecer. Al magistrado, que se disponía a acostarse después de una ajetreada jornada, no le complació ver al hombre que se parecía a un nabo, pero en cuanto Furzey inició su relato fue todo oídos. Cuando William concluyó, el magistrado lo observó con expresión de aprobación.

—Fugitivos. No me cabe la menor duda —afirmó con vehemencia—. Ha hecho usted bien en venir aquí.

—Espero cobrar un dinero por ello, señor —repuso William Furzey con franqueza. Había pensado en discutir el tema del dinero al principio, pero luego decidió sabiamente que eso podía irritar al magistrado.

—Desde luego —respondió el otro asintiendo con la cabeza—. Dependerá de quiénes sean esos hombres, por supuesto. Pero me encargaré de que perciba una recompensa si los atrapamos. Tiene usted mi palabra. —El magistrado dirigió una rápida ojeada a Furzey—. Probablemente pensarán que usted puede ser útil en un juicio.

—Sí, señor. —Furzey comprendió a qué se refería Penruddock—. Estoy a su disposición.

—Mm. —Al magistrado no le gustaban este tipo de tratos, pero era preferible dejar las cosas claras desde el principio—. ¿Dice usted —prosiguió— que debe conducirlos a Moyles Court el martes por la noche y que dame Alice les dará cobijo?

—Eso me dijo ese hombre, señor.

El magistrado Penruddock reflexionó unos momentos en silencio. Conque Alice Lisle, pensó con aspereza. Hay que ver la de vueltas que daba el mundo.

—No se lo cuente a nadie. A nadie en absoluto. Reúnase con ellos y haga exactamente lo que tienen planeado. ¿Dispone de un caballo?

—Puedo conseguirlo.

—Venga a verme a caballo tan pronto como deje a esos hombres en Moyles Court. ¿Lo hará?

Furzey asintió con la cabeza.

—Bien. Esta noche puede dormir en el establo, si lo desea —le propuso Penruddock con amabilidad.

Esa noche, antes de acostarse, el magistrado escribió una nota para que un mensaje se la entregara a su primo, el coronel Thomas Penruddock de Compton Chamberlayne, al amanecer.

George Furzey miró a William Furzey y meneó la cabeza, perplejo.

—Bribón —comentó—. Qué listo eres. Cuéntamelo otra vez.

Y William se lo repitió todo.

El magistrado le había ordenado que no se lo dijera a nadie, pero William no contaba a su hermano, de modo que el domingo, en cuanto pudo, abandonó la granja y atravesó el Forest hacia Oakley para compartir la noticia con él. La alegría que produjo a George Furzey era todo cuanto William deseaba.

George no era un hombre especialmente imaginativo. Los detalles de lo que podía ocurrirle a Alice Lisle le tenían sin cuidado. Lo único que le importaba era que esa mujer que había estafado y humillado a su familia iba a recibir su merecido. La idea era tan tremenda, tan hermosa, que todo lo demás se apagaba ante ella como las estrellas al alba.

—Supongo que la arrestarán —dijo William.

La perspectiva de que dame Alice fuera conducida ante el magistrado, humillada delante de todo el Forest, a William le pareció obra de la justicia divina: el merecido tributo a la memoria de su padre. De pronto, mientras se refocilaba pensando en eso, se le ocurrió otra brillante idea que penetró en su mente como un rayo de sol.

—También podríamos enviar allí a Jim Pride —sugirió—. Si lo pillan en Moyles Court, tendrá que explicarles qué hacía allí —agregó con una carcajada—. Es una buena idea, William. ¡Hagámoslo!

—¿Cómo vamos a hacerlo, George? —preguntó su hermano.

—Déjalo de mi cuenta. —George estaba eufórico. Los Lisle y los Pride. Humillados. Dos pájaros de una pedrada—. Es sencillo. Descuida.

Moyles Court era más grande que Albion House. En diversas partes del tejado se alzaban unas grandes chimeneas de ladrillo y poseía un amplio patio. Estaba situada en un claro, rodeada de árboles, aunque frente a ella había dos pequeños prados en la ladera que conducía al Forest. Los campos más importantes de la propiedad se hallaban en el valle, a escasa distancia.

Betty se encontraba en el patio cuando llegó la carta de Peter Albion el lunes por la mañana. El mensajero que se la entregó había ido a Albion House y los sirvientes le habían indicado que se dirigiera allí.

La carta era breve. Los asuntos que Peter debía atender en Kent habían concluido antes de lo previsto y él había regresado a Londres al día siguiente de haber partido. Se había llevado un desengaño al comprobar que Betty y su madre se habían ido, pues deseaba tratar una cuestión importante con Betty. Lo haría en persona y confiaba en llegar a Albion House el martes por la tarde.

Mientras leía la carta Betty sintió que los latidos de su corazón se aceleraban. No tenía ninguna duda acerca de su significado. Sólo le preocupaba una cosa: ¿debía decírselo a su madre antes de ir a Albion House? Betty supuso que los sirvientes de Albion House indicarían a Peter que se dirigiera a Moyles Court. Éste llegaría allí el martes por la tarde. Al margen de lo que opinara, dame Alice no podía echarlo de su casa. Por lo demás, esa tarde iba a recibir a otros visitantes. Con todo, la idea de ir a encontrarse con él resultaba más atractiva.

George Furzey esperó hasta el martes por la mañana para visitar a Jim Pride. Cuando llegó, el ayudante del guardabosque salía de su cobertizo.

Jim no se mostró complacido de verlo, pero estuvo correcto con él cuando George le transmitió el mensaje:

—Dame Alice quiere verte en Moyles Court.

—¿En Moyles Court? —Pride frunció el ceño—. No puedo ir hasta esta tarde. Tengo cosas que hacer.

—No es necesario que vayas hasta esta tarde. Estará fuera hasta que anochezca, pero quiere hablar contigo hoy mismo. Lamento avisarte tan tarde, pero dice que es urgente. —George se sentía satisfecho de lo bien que lo había hecho.

—¿Para qué quiere verme? —inquirió el ayudante del guardabosque, perplejo.

—Y yo qué sé.

—¿Por qué me has traído tú el mensaje? —preguntó Pride con cierta irritación.

—¿Que por qué te lo he traído yo? Porque me dirigía a Albion House. Y el mozo me comentó que debía entregar un mensaje pero se había retrasado, de modo que le dije que lo llevaría yo. Ése es el motivo. Sólo pretendía ser amable. ¿Es que tiene algo de malo?

No. No tenía nada de malo, tuvo que reconocer Pride.

—No dejes de ir. No quiero que me echen la culpa si no apareces.

—Iré —le prometió Pride.

—De acuerdo —respondió Furzey—. Me marcho.

Hacía una tarde templada cuando William Furzey partió a caballo de Ringwood, donde había pedido prestada una montura a un herrero que conocía. Faltaban dos horas para que anocheciera, de modo que no se apresuró.

El Avon, entre Ringwood y Fordingbride, presenta un aspecto espléndido. A menudo, hacia el atardecer, cuando aparecen los pescadores, se alza una mágica bruma que se desliza sobre sus húmedos prados, como si el silencio se hubiera concretado en una forma húmeda pero tangible.

El primer indicio de esa bruma comenzó a formarse sobre el agua, mientras Furzey cabalgaba hacia el norte a través de las estriadas sombras que se proyectaban, semejantes a los sedales de los pescadores, sobre el sendero.

¿Acudirían esos hombres? Furzey confiaba en ello. Se preguntaba cuánto decidirían las autoridades que valían. ¿Cinco libras? ¿Diez? ¿Y si los capturaban de camino a reunirse con él? Era posible, pero no muy probable. Furzey supuso que las autoridades preferirían atraparlos a todos, junto con dame Alice, la cual no podía caerles bien, en Moyles Court.

Animado ante esa idea, Furzey prosiguió su camino.

Aquel día a Stephen Pride le pesaban los años, aunque procuró no perder su buen humor. Era lógico que tuviera algunas molestias y dolores. Por lo general, un paseo aliviaba el entumecimiento que sentía en la pierna. Fue justamente por el dolor que le producía, aunque él se resistiera a reconocerlo, que aquella tarde había ido a visitar a su hijo.

Jim Pride se hallaba ausente cuando llegó su padre, pero su esposa y sus hijos estaban en casa y Stephen pasó una agradable hora jugando con sus nietos. El menor, un niño de cuatro años, había insistido en que su abuelo lo persiguiera, lo cual había causado a Stephen un cansancio que procuró ocultar al niño. Así pues, dio un suspiro de alivio cuando su amable nuera llamó a los niños para que entraran en la casa y dejaran que su abuelo echara un sueñecito sentado a la sombra de un árbol.

Jim regresó poco después de que su padre se despertara y le contó lo del mensaje de dame Alice. Stephen no tenía idea a qué obedecía éste, pero convino en que si dame Alice deseaba que fuera, no tenía más remedio que ir.

Ante su insistencia, Stephen se quedó con Jim y su esposa hasta el atardecer.

Las alargadas sombras procuraban un grato frescor bajo el límpido cielo agosteño cuando Stephen Pride echó a andar lentamente por el borde de Beaulieu Heath hacia Oakley; y, al pasar por el sendero que conducía hacia la iglesia de Boldre, divisó a una figura a pocos metros de distancia. Era una mujer, sola, montada a caballo, la cual permanecía inmóvil mientras contemplaba el páramo. Al parecer no se había percatado de la presencia de Pride. Cuando éste se acercó, ella se volvió para mirarle y el anciano comprobó que se trataba de Betty Lisle.

La joven le saludó con afecto.

—Espero a mi primo Peter Albion —le explicó.

Betty había ido a Albion House a primeras horas de la tarde. Para evitar pelearse con su madre, decidió decirle que iba a dar un paseo a caballo por allí; de esa forma podía encontrarse con Peter sin problemas y regresar con él más tarde a Moyles Court.

Su madre no había puesto ningún inconveniente a que fuera a dar un paseo a caballo y Betty había llegado a Albion House a la hora prevista; pero no había señal de Peter. La joven le había esperado en la casa toda la tarde, hasta que por fin, incapaz de dominar su impaciencia, había dicho a los sirvientes que retuvieran a su primo allí si aparecía por el camino de Lyndhurst y se había dirigido al borde del páramo para esperarlo, en caso de que Peter hubiera decidido tomar ese atajo. Betty se alegró de ver a Stephen; al menos podría distraerse charlando con él.

Stephen se mostró interesado cuando ella le habló de su primo. Conocía a los Albion lo suficiente para identificar enseguida a Peter. Dijo a Betty que recordaba haber visto en cierta ocasión, siendo él un niño, a Francis, el abuelo del joven.

—Pensaba regresar con él esta tarde a Moyles Court —le contó Betty—. Si no aparece dentro de poco, no sé qué haré. Supongo que tendré que volver sola.

Pride contó a Betty lo del recado que dame Alice había enviado a Jim.

—Mi madre sabía que vendría a dar un paseo a caballo por aquí —repuso la joven extrañada—. Me extraña que no me pidiera que llevara yo misma el mensaje —comentó Betty—. No vi partir a ningún mozo. No obstante —añadió—, quizá se deba a que esta tarde vienen unos hombres a casa.

A continuación, Betty explicó brevemente a Pride que hacía tres días se había presentado un extraño en Moyles Court.

Poco después, Pride reemprendió su camino.

William Furzey aguardó tranquilamente. Al declinar el día, las sombras creadas por el sol se habían aglutinado en un resplandor naranja y luego pardusco. La bruma se extendía formando unos retazos fantasmagóricos sobre los campos. El valle del Avon se deslizaba en un lento crepúsculo estival al tiempo que las primeras estrellas aparecían sobre el Forest en un cielo color turquesa pálido.

Entonces los vio: tres jinetes, cabalgando en silencio a través de la bruma hacia él.

George Furzey no podía contenerse. Era superior a él. Introdujo ambas manos entre las rodillas y comenzó a oscilar hacia delante y hacia atrás al tiempo que murmuraba:

—¡Madre mía! ¡Madre mía!

Por el este aparecieron las primeras y tenues estrellas. ¿Se habrían reunido los jinetes con William? Era posible. ¿Habría partido Jim Pride para llevar a cabo la falsa misión que le habían encomendado? Seguramente. Furzey se sentía tan exaltado que no había podido permanecer en su casa. Había salido para disfrutar de la cálida noche, había hallado un abedul caído en el suelo, se había sentado en su tronco y se había puesto a contemplar embelesado la hermosura del firmamento.

—Madre mía —repetía sin cesar.

Y así lo halló Stephen Pride cuando llegó, un tanto cansado después de su larga jornada, de regreso a Oakley.

—Celebro verte tan contento, George Furzey.

En realidad, George Furzey no cabía en sí de gozo. Durante toda su vida, los Pride le habían despreciado. Pero ya no volverían a hacerlo. A partir de esta noche todo cambiaría.

—¿Y qué si estoy contento? Puedo estar contengo si me apetece, ¿no? —replicó.

—Puedes estar tan contento como te dé la gana —dijo Pride.

¿Acaso lo dijo con cierto desdén? Aunque no fuera así, Furzey creyó detectarlo.

—Veremos quién ríe el último, Stephen Pride —contestó con una inconfundible nota de malicioso triunfo—. Algunos no tardarán en llevarse un chasco.

—¿De veras? —repuso Pride observándole de hito en hito—. ¿A qué te refieres?

—Da lo mismo. No me refería a nada en concreto. Y aunque así fuera, no es asunto tuyo. En cualquier caso —continuó Furzey con fastidiosa insistencia—, ya te enterarás a su debido tiempo.

Y ufanándose de ese alarde de alta diplomacia, Furzey le miró con una expresión que, pese a la luz crepuscular, indicaba sin duda: «Ni te imaginas la que te espera.»

Stephen Pride se encogió de hombros y siguió su camino. Aquella inesperada agresión lo había dejado extenuado.

Cuando llegó a la puerta de su casa, nada más verle su esposa le obligó a sentarse.

—Te traeré un poco de caldo. Descansa un rato —le ordenó.

El anciano se reclinó en la silla y cerró los ojos. Dormiré unos minutos, pensó. Pero en lugar de quedarse dormido se puso a cavilar sobre todo cuanto había ocurrido en las últimas horas: el haber jugado con sus nietos, haber conversado con Jim, haberse encontrado con Betty, el que ésta no supiera nada sobre el mensaje que había traído Furzey, los visitantes que acudirían esa noche a Moyles Court, el extraño aire de triunfo de Furzey…

De improviso, Pride se incorporó sobresaltado, como si un rayo le hubiera atravesado el cerebro acompañado por un trueno. Al cabo de unos momentos le invadió un aguzado pánico. Estaba completamente despierto.

—¡Por todos los santos! —gritó poniéndose en pie. Su esposa se acercó corriendo—. ¡Ese diablo! —exclamó. No comprendía lo que quería decir con exactitud, pero sí en términos generales. El mensaje que Furzey había transmitido a Jim era falso. Por eso se mostraba tan satisfecho de sí mismo. Había hecho que Jim fuera a Moyles Court, donde esperaban a unos visitantes. Seguramente unos disidentes. ¿Unos disidentes? Más bien unos fugitivos. ¡Eso es! Su instinto advirtió al aldeano del Forest que se trataba de una trampa.

—Tengo que ir a por los ponis —explicó a su esposa mientras se apresuraba hacia la puerta—. Descuida —apostilló, deteniéndose para darle un beso—. No he perdido el juicio. Acompáñame.

Junto al establo, mientras ensillaba a los caballos a toda prisa, contó a su esposa lo que sabía.

—Toma el poni más pequeño. Ve a casa de Jim rápidamente. Si no se ha marchado aún, dile que se quede en casa, pero no le expliques el motivo. No quiero que venga tras de mí. Dile que George Furzey cometió un error.

—¿Qué te propones hacer?

—Ir a Albion House para prevenirles. Si los encuentro en casa, les diré que no se muevan.

—¿Y luego?

—Atravesaré el Forest a caballo para interceptar a Jim en caso de que no logres dar con él. Luego me dirigiré a Moyles Court.

—Ay, Stephen…

—Debo ir. Es una trampa, lo que significa que dame Alice…

Su esposa asintió. Era inútil discutir. Al cabo de unos momentos, marido y mujer partieron a galope hacia el norte por el borde del páramo. Empezaba a caer la noche, pero el resplandor de las estrellas les bastaría para hallar el camino, pues ambos conocían el Forest palmo a palmo. En el punto donde el sendero enfilaba hacia Albion House, Stephen Pride y su esposa, con la que llevaba cincuenta años casado, se detuvieron un momento y se despidieron con un beso antes de separarse.

—Que Dios te proteja —murmuró ella volviéndose para observar, temerosa pero con el corazón rebosante de amor, el oscuro sendero entre los árboles por el que desapareció su marido.

El coronel Thomas Penruddock observó a William Furzey a la luz de las velas en el salón de la casa del magistrado, en Hale.

Aunque al llegar se mostraba muy ufano, en esos momentos parecía algo nervioso. Con sus uniformes adornados con galones y fajas amarillas, sus enormes botas de montar con la parte superior vuelta, sus anchos cinturones de cuero y sus pesadas espadas, el coronel y sus doce hombres no podían por menos de impresionarle.

—¿Está seguro que esos hombres se hallan en Moyles Court? —preguntó el coronel Penruddock con aire severo.

Pero Furzey no tenía ninguna duda al respecto.

—Ahí estaban cuando me marché —contestó—. Estoy seguro de ello.

—Partiremos a medianoche —informo Penruddock a sus hombres—. Rodearemos la casa y entraremos antes del amanecer. Es el momento de pillarlos desprevenidos. —El coronel se volvió hacia Furzey—. Usted se quedará aquí hasta mañana.

Después de haber dictado las oportunas órdenes, el coronel Thomas Penruddock dio a su primo las buenas noches y subió a acostarse.

Pero no consiguió conciliar el sueño.

Alice Lisle. Era la tercera vez que esa mujer se cruzaba en su vida. Una cuando ella había asesinado al padre de él, otra cuando él la había hallado en compañía del rey y, en esos momentos, daba cobijo a unos traidores. Esta vez sería sin duda la última: la conclusión.

Retribución. No sólo por su padre. Ella representaba todo cuanto él odiaba: ese áspero talante puritano, ese fanatismo sin paliativos; los puritanos creían que la única forma de servir a Dios era mediante la cruel destrucción de todo cuanto era bello, galante, cortés. Alice Lisle la cromwelliana, la regicida, la ladrona de las propiedades de otros, la asesina. Así la veía él. ¿Cómo podía ser de otro modo?

No obstante, mientras yacía acostado, un coronel rodeado por sus tropas, respaldado por toda la autoridad del reino, Thomas Penruddock comprobó que ante todo era consciente de su poder. Esa malvada que vivía en Moyles Court no le parecía menos odiosa, pero frágil e insignificante. Como una astuta y cruel zorra que lleva varias temporadas sembrando el terror en la zona, había iniciado su declive y la naturaleza exigía que muriera. Él no destruiría a esa mujer, se dijo, sino que extinguiría su vida, como cuando uno apaga una vela que se consume.

Peter Albion había tardado más de lo previsto y Betty estaba a punto de marcharse cuando por fin, poco antes de que cayera la noche, apareció. Parecía cansado. Cuando Betty propuso que continuaran esa noche a través del Forest hacia Moyles Court, el joven la miró perplejo. Betty se preguntaba qué debía hacer cuando en aquel preciso momento llegó Stephen Pride.

—Supuse que aún estaría aquí —dijo éste—. Le traigo un recado.

No había cesado de devanarse los sesos durante todo el camino. Si explicaba a Betty la verdad, que su madre estaba en peligro, temía que la joven regresara precipitadamente a Moyles Court sin hacer caso de sus advertencias. De modo que Pride había preparado una mentira, bastante endeble por cierto, pero que quizá diera resultado.

—Acabo de enviar al mozo de regreso junto a dame Alice. Me lo encontré en el puente de Boldre. Le conté que usted estaba aquí. Su madre dice que se quede. No quiere que de noche atraviese el Forest a caballo.

La expresión de alivio que dejaba traslucir el rostro de Peter Albion indicó al anciano que no era necesario añadir nada más.

—Gracias, Stephen —respondió Betty sonriendo—. No creo que mi primo Peter desee seguir cabalgando hoy.

El joven también sonrió y Pride asintió cortésmente con la cabeza. Un joven apuesto, pensó. Perfecto para Betty. Al anciano le pareció que ésta compartía su opinión.

—Bien, me marcho a casa —dijo Pride procurando expresarse con tono despreocupado, tras lo cual se dirigió de nuevo hacia el sendero.

Al cabo de unos minutos espoleó a su poni y éste se lanzó a galope por el sendero hacia el pequeño y apacible vado. Al poco rato, Steven lo atravesó y subió raudo por el largo y accidentado camino que conducía al páramo occidental.

No había tiempo que perder. Quizá Jim estuviera por estos andurriales. Dame Alice probablemente ya había recibido a sus visitantes en Moyles Court. ¿Habrían activado ya la trampa? Lo más seguro era que lo hiciesen en plena noche, pensó Pride. Esas cosas solían hacerse en plena noche.

El corazón le latía aceleradamente. Al llegar al borde del páramo occidental, junto a Setley, Pride se sintió un poco mareado. Habían transcurrido muchos años desde que había pasado un día y una noche corriendo de un lado para otro. No obstante, el cansancio físico parecía haberse evaporado. Estaba demasiado nervioso y exaltado para sentirse cansado.

Las estrellas relucían en el firmamento. El anciano decidió dirigirse directamente hacia el norte, sin pasar por Brockenhurst, y luego tomar el sendero que desembocaba más allá de Burley. Ése sería el camino que tomaría Jim. Pride azuzó a su caballo. Gracias a Dios era un caballito fuerte y resistente. Ese poni podía transportarlo sobre su lomo todo el día…

Pride dio un rodeo en torno a Brockenhurst. Frente a él se extendía una zona del bosque llamada Rhinefield. La luna estaba en cuarto creciente. Su resplandor iluminaba la pálida arena y grava del camino. Dibujaba una estela plateada de polvo de estrellas sobre el páramo.

De haber tenido otra misión que cumplir Pride se habría deleitado al admirar el inmenso páramo del Forest iluminado por la luna, el Forest que tanto amaba. El corazón le latía con desenfreno. Pride aspiró unas profundas bocanadas del cálido aire agosteño.

Vio algo frente a él. El anciano se sentía raro. Vio algo pálido en el páramo: seguramente unos animales pastando. Pues, no era la luna. La luna yacía sobre el páramo. Pride sacudió la cabeza para despejarse. De pronto estalló un enorme destello blanco, como un rayo, que le atravesó la cabeza acompañado por una detonación parecida a un trueno.

Y poco antes de llegar a Rhinefield, Stephen Pride, que acababa de sufrir un ataque de apoplejía, cayó sobre el cálido y mullido suelo del Forest.

Alice Lisle miró a través de la ventana, que estaba abierta.

Sobre los árboles que crecían en el pequeño cerro que se alzaba frente a ella, el firmamento tachonado de estrellas se había nublado, como si estuviera cubierto por una manta. En Moyles Court se respiraba la quietud del silencio previo al amanecer.

No había aparecido nadie desde que los visitantes habían llegado al anochecer. A Alice no le había sorprendido que Betty no regresara, por la sencilla razón de que sabía con exactitud dónde se encontraba Betty. El domingo había recibido un mensaje de Tryphena advirtiéndole que el joven señor Albion había regresado a Londres anticipadamente y que, después de haber pasado por la casa, lo más seguro era que hubiese partido hacia el Forest. El pretexto de Betty de dar un paseo a caballo hasta Albion House no había engañado a su madre.

Alice no había tratado de detenerla. Si el joven Peter Albion estaba resuelto a casarse con Betty, si su hija de veinticuatro años la había engañado para encontrarse con él, estaba claro que ella no podía hacer nada. Con toda probabilidad, Albion House, volvería a manos de los Albion. Estaba escrito. Aparte de las reservas que ella pudiera tener, el joven Peter era mejor partido que los hombres con quienes se habían casado sus otras hijas; tenía una carrera más prometedora, era de familia más ilustre. Tal vez se debiera al hecho de hallarse de nuevo en el entrañable ambiente del Forest, pero Alice pensó que si eso era lo que Betty deseaba era inútil oponerse a su decisión.

De pronto se oyeron unos gritos en la oscuridad. Unos hombres se movían fuera. Alguien aporreó la puerta. Alice oyó una voz.

—¡Abrid en el nombre del rey!

Siguieron aporreando la puerta. Alice corrió hacia la estancia contigua, donde se encontraban Dunne y Hicks.

—¡Despierten! —gritó—. ¡Apresúrense! Deben ocultarse.

El otro hombre, Nelthorpe, ocupaba la habitación adyacente. Cuando Alice entró ya estaba despierto y se estaba calzando las botas.

Los cuatro echaron a correr escaleras abajo, en la oscuridad; los hombres hacían tanto ruido con sus botas que era difícil creer que no les oyeran en Ringwood.

—Por detrás —murmuró Alice conduciéndoles a la cocina. Pero al llegar allí vieron unas sombras junto a la ventana—. Ocúltense como puedan —les ordenó.

Luego subió corriendo la escalera. Al llegar arriba, con el corazón latiéndole aceleradamente, vio a las dos sirvientas de pie en el rellano, pálidas y asustadas.

—Arreglad las camas —murmuró Alice, indicando las dos habitaciones que habían ocupado los hombres—. No dejéis ninguna pista. ¡Apresuraos!

Los golpes en las puertas, en la fachada y la parte posterior de la casa, iban en aumento. Dentro de un minuto tratarían de derribarlas. Alice corrió de nuevo escaleras abajo, tomó una vela de una mesa donde la había dejado la noche anterior, la encendió con las relucientes brasas del fuego y se encaminó hacia la puerta. Después de respirar hondo, giró la pesada llave en la cerradura al tiempo que descorría el enorme cerrojo de hierro. Lo último que pensó, antes de abrir la puerta, fue que no debía mostrar ningún temor.

Thomas Penruddock contempló sin desmontar a la mujer que estaba ante él.

Iba vestida en camisón, con un chal sobre los hombros. El pelo, canoso, estaba desparramado sobre sus hombros. El coronel observó a la luz de la vela que estaba pálida. Ella lo miró de hito en hito.

—¿Qué significa esto, señor? —preguntó Alice.

—Venimos en nombre del rey a registrar su casa, señora.

—¿A registrar mi casa, señor? ¿En plena noche?

—Sí, señora. Debe permitirnos entrar.

Alice reparó en dos corpulentos soldados situados detrás del coronel. Parecían dispuestos a entrar aunque tuvieran que derribarla a ella al suelo. Alice trató de aparentar serenidad.

Sin embargo, en aquel mismo momento se percató de su grave error. Si las tropas entraban en su casa, ¿qué posibilidad había de que no hallaran a los tres hombres? De haberlos sorprendido durmiendo pacíficamente, la cosa quizás habría tenido remedio, pero el hecho de que ella hubiera tratado de ocultarlos indicaba que era culpable. ¿Qué podía hacer? Fue presa del pánico; observó que le temblaba la mano con que sostenía la vela. Alice se esforzó en dominarse. Quizá lograra engañarlos. Era su única esperanza.

—¿Lleva una orden que le permite invadir mi casa, señor? —preguntó mirándole con arrogancia.

—Mi orden es el nombre del rey, señora.

—Muéstreme esa orden, señor —exigió Alice furiosa, aunque no tenía ni la más remota idea de si ésta era necesaria—, o váyanse de aquí. —¿Dudó unos instantes el coronel? Alice no estaba segura—. Ya veo que no lleva usted ninguna orden —declaró—. Por tanto no sois más que unos vulgares intrusos. —Y tras estas palabras trató de cerrar la puerta.

Pero Penruddock se lo impidió con su bota. Al cabo de unos instantes, dos soldados apartaron a Alice de un empellón y entraron en la casa. Luego salieron otros dos de entre las sombras y penetraron también.

—Unas velas —dijeron—. Traed unas velas.

No tardaron en dar con ellos. Junto a la cocina había un espacioso cobertizo, semejante a un establo, donde guardaban la malta. Hicks, el ministro, un hombre alto y corpulento, y el panadero Dunne habían tratado de esconderse debajo de un montón de desperdicios, pero los soldados los sacaron a rastras. Ambos mostraban un aspecto ridículo. Nelthorpe, el compañero de Hicks, un individuo alto y delgado, había tratado de ocultarse en la chimenea de la cocina.

Penruddock les dirigió unas breves palabras.

—Richard Nelthorpe, ha sido usted declarado un rebelde; John Hicks, sabemos que estuvo también con Monmouth; James Dunne, es usted cómplice voluntario de esos hombres. Quedan arrestados los tres. Alice Lisle —añadió enojado— ha albergado en su casa a unos traidores.

—He ofrecido cobijo a un ministro respetable —replicó Alice con desdén.

—A unos traidores en fuga, señora, que participaron en la rebelión de Monmouth.

—No sé nada de eso, señor —respondió ella.

—Eso lo decidirán un juez y un jurado. Queda arrestada.

—¿Yo? —Alice bajó la vista y se miró el camisón—. ¿Qué clase de soldado es usted, señor, que arresta a mujeres en camisón? —inquirió desdeñosa. Le estaba desafiando abiertamente, delante de sus tropas.

Qué extraño, pensó Penruddock. Había imaginado que se encontraría con una vieja bruja y la persona que tenía ante sí era una mujer arrogante y enérgica que no temía mirarle a los ojos. Al igual que en la ocasión anterior, los años parecían disiparse y el coronel contempló la terrible figura de venganza que, de haber estado su padre vivo, lo habría asesinado de nuevo. Sorprendido, Penruddock sintió, como si le hubieran asestado un puñetazo en la boca del estómago, todo el dolor que le había producido la muerte de su amado padre. Aturdido, volvió la cara.

Con más dolor que ira, salió a la oscuridad del exterior y ordenó a sus hombres:

—Arrestadlos a todos.

Los soldados tardaron unos minutos en salir con los detenidos. Penruddock no se molestó en inmiscuirse. Cuando aparecieron observó que Alice aún iba vestida con el camisón. También observó que uno de los soldados se había apropiado de un candelabro de plata y unas sábanas. Pero le tenía sin cuidado.

—¿Adónde nos llevan? —inquirió Dunne.

—A la prisión de Salisbury —respondió secamente el coronel.

La extraña comitiva partió, con Alice sentada a la grupa del caballo de un soldado.

No debió de haberlo permitido, pensó Thomas Penruddock, pero le tenía verdaderamente sin cuidado.

El 24 de agosto de 1685 de la era cristiana, llegó cerca de la ciudad de Winchester un largo cortejo. Cinco jueces, un sinfín de letrados, Jack Ketch, el verdugo oficial y altamente competente, alguaciles, secretarios, sirvientes y ayudantes, el aparato jurídico necesario, durante el reinado de su majestad Jacobo II de Inglaterra, para ahorcar, decapitar, quemar, azotar o transportar a las colonias a los más de mil doscientos individuos que habían tenido la desgracia de ser capturados a raíz de la sublevación de Monmouth. A la cabeza de esta impresionante delegación jurídica se hallaba, tal como estaba previsto, nada menos que el honorable George Jeffreys.

Los juicios que iban a celebrarse en el West Country, después de haber ejecutado a trescientas treinta personas y haber enviado a ochocientas cincuenta a las plantaciones americanas, dieron en llamarse los Juicios Sanguinarios; el juez que iba a presidirlo pasó a la historia de Inglaterra como Jeffreys el Sanguinario. Pero antes de que comenzara esta gigantesca función iba a celebrarse otro juicio, a modo de preámbulo, en el gran salón del castillo de Winchester: el juicio de Alice Lisle.

Al mirar a su alrededor y contemplar el inmenso salón de piedra de los reyes normandos y Plantagenet, Betty no pudo cuando menos sentirse impresionada por la solemne majestad del lugar. A través de las ventanas en arco ojival, se filtraba una suave luz crepuscular que iluminaba aquel espacio semejante a una iglesia. En el estrado estaban sentados los cinco jueces ataviados con sus togas carmines y sus largas pelucas blancas; debajo de éstos se hallaban los letrados y los secretarios, como unos cuervos; ante ellos, la multitud de curiosos. Y sola, vestida de gris, sentada en silencio en una silla de roble sobre una plataforma, estaba su madre.

En un lugar tan solemne, pensó Betty, presidido por unos hombres tan respetados y eruditos, sin duda se haría justicia y su madre —tal como le había explicado Peter— sería puesta en libertad. Betty observó a Tryphena, que estaba sentada a su lado, y le sonrió para darle ánimos. Al otro lado de Betty estaba sentado Peter, que le apretó la mano.

El caso que iban a ver no presentaba mayores problemas. Su madre había albergado a tres hombres en su casa durante una noche. Uno, el infeliz de Dunne, era un individuo de escasa relevancia; Hicks, el predicador, había sido acusado pero aún no había sido condenado por traición; el tercero, Nelthorpe, había sido declarado proscrito.

—El caso es peliagudo —le había explicado Peter— porque se trata de alta traición. Si ayudas a un delincuente que huye de la justicia te conviertes en su cómplice, pero no eres culpable del delito cometido por éste. Ahora bien, un caso de alta traición es distinto. Si prestas ayuda a un reconocido traidor, eres también culpable de traición. Ése es el peligro que corre tu madre. No obstante —añadió el joven—, el fiscal tendrá que demostrar que tu madre sabía que esos hombres habían participado en la rebelión de Monmouth. A Nelthorpe no lo había visto jamás y no sabía nada de él. Por otra parte, lo trajo un hombre que es un reputado ministro religioso, o sea Hicks. De modo —prosiguió Peter—, que tu madre acogió en su casa a un respetable disidente y a un amigo de éste, como había hecho en otras ocasiones. ¿Sabía tu madre que eran traidores? No. A menos que alguien pueda demostrar que lo sabía, la mayoría de jurados le concederán el beneficio de la duda. —Peter sonrió—. Yo digo que tu madre no ha cometido ningún delito.

—Tan pronto como la absuelvan, Peter —había respondido Betty—, debemos celebrarlo.

Él le había pedido que se casara con él la misma noche en que había llegado al Forest y, de no haber sido por el arresto, habrían informado a dame Alice a la mañana siguiente. Pero a raíz del trastorno sufrido por la familia, Betty había rogado a Peter que no dijera nada al respecto; de momento porque en cuanto terminara esta pesadilla y las cosas volvieran a la normalidad, ella se lo comunicaría a su madre y se casarían lo antes posible.

—En Navidad —había indicado Betty.

Durante las próximas horas debía olvidarse de Peter, pensó Betty. Debía centrarse en el juicio hasta que su madre hubiera sido absuelta y estuviera a salvo.

El juicio se inició a última hora de la tarde.

El proceso comenzó sin novedad. Unos testigos declararon haber visto al ministro Hicks con las tropas de Monmouth. Luego llamaron al estrado al panadero Dunne, que declaró que el sábado y el martes había ido a Moyles Court. Sin embargo, de improviso ocurrió algo extraño. En lugar de interrogarlo él mismo, el fiscal alegó que prefería que fuera el juez Jeffreys quien interrogara a Dunne. Betty miró a Peter, que se encogió de hombros con expresión perpleja.

Al principio, el juez Jeffreys trató al testigo con inusitada delicadeza. Inclinando hacia delante su amplio rostro, que recordaba a una calavera, llamó a Dunne «amigo mío» y apuntó que debía esmerarse en decir la verdad. Dunne, mirándolo implorante con sus acuosos ojos azules, inició su declaración y logró pronunciar una frase.

Pero inopinadamente el juez Jeffreys le interrumpió.

—Ojo, amigo mío. Comience de nuevo. ¿Cuándo dice usted que partió?

Otras dos frases y una nueva interrupción.

—¿Está seguro de lo que dice? Sé más de lo que imagina. ¿Cómo dio con Moyles Court?

—Con ayuda de un guía llamado Thomas.

—¿Dónde está ese hombre? Que se ponga en pie.

Para asombro de Betty, William Furzey se puso en pie. Así que ése era el misterioso Thomas. Pero ¿qué significaba aquello?

El juez Jeffreys se había lanzado y nada era capaz de detenerlo. Formulaba una pregunta a Dunne, tras lo cual le interrogaba de inmediato sobre el mismo tema. Al cabo de unos minutos se puso de manifiesto que el panadero estaba confundido. En su afán de no incriminar a Furzey, sin saber que había sido éste quien le había traicionado, Dunne cometió la torpeza de decir que Furzey no les había llevado a Moyles Court la segunda vez y cayó en un pozo de contradicciones.

—¡Ay, ay! —exclamó Jeffreys con cruel sarcasmo—. ¡Vamos, refresque su memoria!

A medida que los llorosos ojos del panadero se sumían en la desesperación, Betty tuvo la sospecha de que el juez jugaba con él como un gato con un ratón. Cada vez más confundido, Dunne se desdijo sobre un pequeño detalle que acababa de decir.

Jeffreys se abalanzó sobre él.

—¡Desdichado! —tronó el juez haciendo que toda la sala se estremeciera—. ¿Acaso cree que el Dios del cielo no es el Dios de la verdad? ¡Dé gracias a su misericordia que no le haya arrojado ya al fuego del infierno! ¡Jesús!

Durante dos minutos, el juez más poderoso del reino, en cuyas manos residía la vida o la muerte de un reo, no dejó de gritar y bramar observando iracundo al pobre panadero. Al final, Dunne comenzó a temblar de tal modo que era evidente que no lograría sonsacarle nada más.

Betty, que había palidecido, miró a Peter.

Éste observaba la escena, boquiabierto. Pero se inclinó hacia ella y le murmuró al oído:

—Sigue sin tener pruebas para condenar a tu madre.

Luego llamaron a Furzey para que resumiera, lo que había visto. Una de las cosas que dijo interesó especialmente a Jeffreys.

—¿Dice que Dunne le contó que dame Alice le preguntó si usted estaba enterado del asunto que él había descubierto?

—Así es.

El pobre Dunne fue interrogado de nuevo, si es que el proceso al que fue sometido puede catalogarse de interrogatorio. El panadero estaba tan aterrorizado y confundido que apenas se expresaba con coherencia. ¿A qué asunto se refería?, preguntó Jeffreys. ¿A qué asunto? El panadero vaciló. El juez insistió, gritó y le maldijo una y otra vez. Dunne balbució unas palabras y luego guardó silencio. Durante unos minutos parecía hallarse en un trance.

La luz que penetraba por las ventanas se hizo más tenue; la inmensa sala quedó en penumbra. Un secretario encendió una vela.

Por fin, Dunne recobró un poco la compostura.

—¿El asunto, señoría?

—¡Bendito sea Dios! ¡Villano! Sí. El asunto.

—Que el señor Hicks era un disidente.

—¿Eso es todo?

—Sí, señoría. No haya nada más.

Betty notó que Peter le tocaba el brazo.

—Nuestro amigo Dunne ha derrotado al juez —murmuró el joven.

Pero Jeffreys no estaba dispuesto a rendirse fácilmente.

—¡Embustero! ¿Cree que puede engañarme con esas zarandajas? —El juez se volvió hacia el secretario—. Acerque esa vela. Sosténgala frente al rostro de este desvergonzado.

Y el pobre Dunne, aterrorizado, protestó:

—¡Señoría, dígame lo que desea que diga, porque estoy tan aturullado que no sé lo que me digo!

Betty observó horrorizada. Esto no era un tribunal. Era un interrogatorio. ¿Qué le harían ahora al desgraciado panadero? ¿Torturarlo en público? Betty miró a su madre.

Y no dio crédito a lo que vio.

Pues en medio de aquel caos, dame Alice se había quedado dormida.

En realidad no estaba dormida. Alice había vivido mucho, había visto muchas cosas. Recordaba la guerra civil, el juicio del rey Carlos, otros muchos juicios, la suerte que había corrido su marido. Sabía cómo acabaría esto.

No quería mostrar su temor. Estaba aterrorizada. Sentía deseos de echarse a temblar, a gritar ante aquella terrible y cruel estupidez. Pero habría sido inútil. Ella lo sabía y no quería darles la satisfacción de contemplar su temor. De modo que cerró los ojos.

El siguiente testigo fue el coronel Penruddock. Se expresó con brevedad y concisión. Dijo que había hallado a los hombres ocultos. También declaró que Furzey le dijo que Dunne había insinuado que seguramente esos hombres eran unos rebeldes. De modo que condujeron de nuevo al panadero al estrado y el juez le preguntó a qué se refería al decir eso. Pero Dunne comenzó a tartamudear de forma tan violenta que fue imposible entender lo que decía. No pudieron sacar nada en limpio.

Llamaron a uno de los soldados que había realizado los arrestos en la casa, quien declaró que era evidente que los hombres eran unos rebeldes; sin embargo, su testimonio no fue válido y el juez le pidió que se retirara.

A partir de ese momento, dame Alice creyó que tenía una pequeña oportunidad de salvarse. Fingiendo haberse despertado, miró al soldado y exclamó:

—¡Santo Dios! ¡Si es el hombre que me robó mis mejores sábanas!

Pero fue inútil. Jeffreys pasó rápidamente a otras cuestiones hasta que por fin le tocó el turno a Alice: ¿qué tenía que alegar en su defensa? Inquirió el juez con desprecio.

Fue muy sencillo. Alice le dijo que había permanecido en Londres durante toda la rebelión de Monmouth. Jeffreys interrumpió esta declaración en dos ocasiones. Ella no se había peleado con el rey. El juez despachó esta afirmación con tono despectivo. Ella no sabía que sus visitantes habían participado en la rebelión. Incluso tenía un testigo que juró que Nelthorpe el proscrito jamás había pronunciado el nombre de Monmouth.

Pero el juez Jeffreys sabía cómo resolver esas situaciones.

—Es suficiente —dijo—. El testigo puede retirarse. —Luego se volvió hacia Alice y le espetó con ferocidad—: ¿Tiene más testigos?

—No, señoría.

—Muy bien. —Jeffreys se volvió hacia el jurado—. Caballeros del jurado —empezó a decir.

—Señoría, deseo hacer hincapié en una cuestión de derecho —le interrumpió Alice.

—¡Silencio! —replicó el juez—. Es demasiado tarde.

Era evidente que no existía un argumento válido contra ella. Pero eso no frenó la verborrea del juez Jeffreys. Recordó al jurado que los Lisle eran unos regicidas, que los disidentes eran unos criminales natos, que la rebelión de Monmouth había sido horrible y que la moral de Monmouth dejaba mucho que desear. El hecho de que esos argumentos fueran absurdos y no hicieran al caso no parecía tener importancia para él juez.

Al concluir su perorata uno de los jurados formuló la siguiente pregunta.

—Señoría, ¿es un delito recibir al predicador Hicks si aún no ha sido condenado, sino tan sólo acusado de traición?

—Una cuestión de derecho —murmuró Peter a Betty.

Fue la única cuestión de derecho que se planteó durante el juicio. Conforme a las leyes inglesas uno no podía ser acusado de cómplice si la persona a quien había prestado ayuda sólo había sido acusada de traición pero no condenada. Lo cual era justo, ya que de otro modo se exponían a condenar a alguien por haber ayudado a una persona que más tarde fuera declarada inocente. Puesto que Hicks estaba pendiente de juicio, aún no había sido condenado por traición. El caso contra Alice, ya de por sí endeble, estaba a punto de desmoronarse.

El juez Jeffreys se percató de la trampa.

—Es lo mismo —declaró sin inmutarse. La sala enmudeció.

—Eso es mentira —susurró Peter—. Eso no es lo que dice la ley.

—Decid algo —murmuró Betty.

Pero los cuatro jueces sentados junto a Jeffreys, los letrados y los alguaciles guardaron silencio.

El jurado regresó al cabo de media hora. Dijeron que Alice no era culpable. El juez Jeffreys se negó a aceptar el veredicto y pidió a los miembros del jurado que volvieran a deliberar. Éstos regresaron por segunda vez y dijeron que la acusada no era culpable. El juez los despachó de nuevo. Los miembros del jurado regresaron por tercera vez y dijeron lo mismo.

El juez Jeffreys soltó una blasfemia.

—¡Villanos! —gritó—. ¿Cómo os atrevéis a burlaros de este tribunal? ¿No comprendéis que puedo acusaros de traición a todos?

Los miembros del jurado entraron de nuevo a la sala y la declararon culpable.

Entonces, el juez Jeffreys la sentenció a morir en la hoguera.

No era una habitación grande, pero estaba aseada y la luz entraba por la ventana. Los barrotes no eran demasiado visibles. Aún era por la mañana. Un conjunto de pequeños detalles que cabía agradecer.

Dame Alice no moriría en la hoguera. El obispo y el clero de Winchester habían apelado inmediatamente al rey. No querían que se llevara a cabo una ejecución tan bárbara en su ciudad catedralicia. Por lo demás, cuando la noticia del escandaloso juicio se propagó por la ciudad y el Forest, las autoridades temieron que estallaran disturbios. Así pues, habían decidido que en la fecha presente, por la tarde, dame Alice Lisle moriría decapitada. Sólo estaban Betty y Tryphena con ella. Los otros se habían marchado. Alice se había despedido de todos ellos, de sus hijos y sus nietos. Las tres guardaban silencio.

Peter se encontraba en Londres. Betty no le había hablado de él a su madre y, curiosamente, apenas había pensado en él. Quizá, de haberse conocido mejor, ella habría deseado que él estuviera presente para consolarla. Pero se sentía arropada por su familia y estaba tan obsesionada con la tragedia que se había abatido sobre ellos; el joven se había disipado de su pensamiento como un visitante al que uno olvida nada más despedirle y cerrar la puerta.

—Peter Albion. —Fue su madre quien pronunció esas palabras y Betty la miró sorprendida. Dame Alice sonrió—. No quise hablar de él delante de los otros. —Observó a Betty con aire pensativo—. ¿Aún deseas casarte con él?

Betty nunca le había confesado tal cosa, pero éste no era momento de andarse con disimulos.

—No lo sé —respondió con sinceridad.

Su madre asintió lentamente. Tryphena, alzando de improviso su estrecho rostro, parecía disponerse a decir algo, pero Alice se le adelantó:

—Ahora tengo mejor opinión de él que antes —afirmó—. Este juicio ha sido beneficioso para él.

—No. Ha sido una farsa. Un escándalo. No se ha impartido justicia —protestó Tryphena.

—Por eso le ha beneficiado —replicó Alice con calma—. Le consideraba arrogante. Ahora ha comprobado que incluso la ley puede manipularse al antojo de un juez. Se muestra más humilde.

—Hay… —Betty dudó, miró a su madre y a su hermana y se encogió brevemente te hombros—. Hay otra cosa.

—Explícate.

Betty se refirió al momento durante el juicio en que Jeffreys engañó descaradamente al jurado, y Peter le susurró a ella que el juez había mentido.

—No era justo. Y yo le pedí en voz baja que dijera algo.

—¿Pretendías que se levantara y contradijera al juez?

—Bueno… —Era difícil asegurarlo, pero Betty sabía que había pensado en ello más tarde y que la conducta de Peter le había parecido… insatisfactoria.

—Los otros jueces no protestaron. Ni los letrados. Y tú tampoco dijiste nada —le recordó su madre con amargura.

—Lo sé. Lo lamento.

—No seas boba, niña. Piensas que el hombre que quiera casarse contigo debe ser poco menos que perfecto. Él decidió no ser heroico. —Alice meneó la cabeza y suspiró—. No caigas en la trampa de buscar un marido perfecto, como suelen hacerlas mujeres de tu edad. Jamás lo encontrarás. Además, hija mía, piensa que si tu marido fuera perfecto, tú tendrías que serlo también.

—Pero…

—¿Viste un momento de cobardía?

—Sí, supongo que sí.

—Yo lo llamo discreción.

—Lo sé. Pero… —Betty no sabía muy bien cómo explicarlo, el silencio que había caído sobre Peter aquel momento en la sala del tribunal. Lo que preocupó a Betty no fue lo que él no había hecho, sino observar, por primera vez, en aquel preciso instante, su verdadero yo. Atisbo una naturaleza suspicaz y calculadora, dispuesta, detrás de sus nobles palabras, a toda suerte de compromisos—. Fue algo —prosiguió Betty— en su forma de ser.

—Gracias a Dios —repuso Alice con un suspiro—. De este modo quizá logre sobrevivir.

—Pero mi padre no aceptaba compromisos. Hizo lo que debía hacer.

—En contra de mi voluntad. Para ver cumplidas sus ambiciones. Y tu padre estaba del lado del vencedor. Eso envalentona a cualquier hombre. Hasta, naturalmente, que perdió y tuvo que huir.

—Pero ¿y el bien y el mal, madre? ¿Acaso no tienen importancia?

—Oh, sí, niña. Por supuesto. Qué duda cabe. Pero hay otra cosa no menos importante. A medida que me hago mayor, creo que es incluso más importante.

—¿A qué te refieres?

—Al don que Dios concedió a Salomón, Betty. La sabiduría.

—Entiendo.

—No te cases con Peter hasta que ambos hayáis adquirido cierta sabiduría. —Su madre le sonrió con dulzura—. No imaginas lo fácil que es ser bueno si eres sabio.

—Tú debes de ser muy sabia, madre.

Alice emitió una discreta carcajada.

—Lo cual no deja de ser una suerte, teniendo en cuenta que van a cortarme la cabeza esta tarde.

Ninguna de ellas dijo nada durante un rato; cada una estaba enfrascada en sus pensamientos.

Por fin, no fue Betty ni su madre, sino Tryphena, quien habló.

—Según dicen —comentó con aire pensativo—, cuando te cortan la cabeza la vida no se extingue al instante; la cabeza permanece consciente durante unos breves momentos. Puede incluso parpadear o tratar de decir algo.

Este comentario fue recibido con silencio.

—Gracias, querida —repuso Alice con suavidad, después de una pausa—. Eres un gran consuelo para mí.

A continuación, se produjo otro breve silencio hasta que Alice se levantó lentamente.

—Estoy preparada para afrontar el fin de mi vida, queridas hijas, pues no tengo más que decir. Dejad que os abrace y luego debéis iros. Estoy un poco cansada.

Habían instalado el cadalso en el antiguo mercado de Winchester. La mitad de la población de la ciudad se había congregado allí, además de muchas gentes del Forest. Estaban presentes los Pride. Y los dos hermanos Furzey, aunque los Pride ni siquiera se dignaron a mirarlos.

Cuando sacaron a Alice, ésta parecía más pálida y menuda de lo que habían imaginado los curiosos. Llevaba su pelo canoso, en el que sólo se apreciaban unas pocas hebras rojizas, recogido en un moño en lo alto de la cabeza; de este modo, su cuello flaco y arrugado quedaba expuesto al filo del hacha. En esta ocasión no hubo discurso, pues ella no deseaba pronunciar ninguno.

Lo cierto es que se sentía algo aturdida. Unos minutos antes, al verse flanqueada por dos gigantescos soldados, había experimentado un profundo temor. Pero en ese momento, al igual que un animal que, al término de una larga persecución, sabe que no puede hacer nada más, que el fuego mortal ha concluido, había cedido a la resignación. No tenía fuerzas, se notaba los miembros entumecidos, y sólo deseaba que todo acabara cuanto antes.

Apenas se fijó en los rostros cuando la condujeron al cadalso. No vio a Betty, ni a los Pride, ni a los Furzey. No vio, situado a cierta distancia, a Thomas Penruddock, sentado en su montura con expresión triste y grave.

Vio el tajo cuando la ayudaron a arrodillarse junto a él, pero apenas reparó en el hacha. Vio los tablones, clavados de cualquier manera, debajo del tajo, cuando la obligaron a apoyar el cuello en él. Y comprendió que sería un golpe contundente, un golpe que trituraría los huesos de su cuello cuando el hacha cayera sobre él.

El hacha cayó y ella percibió el sonoro golpe.

Debía de ser un día de verano, mientras ambos caminaban por el sendero y tomaban el camino que conducía al bosque. Los rayos oblicuos del sol se filtraban a través de la pérgola verde claro que formaban las copas de los árboles; los arbolitos jóvenes esparcían sus hojas como estelas de vapor a través de la maleza; los pájaros cantaban. Ella estaba tan contenta que se puso a brincar; su padre la llevaba de la mano.