XII

adfael se levantó mucho antes de prima, abriendo los ojos a un nacarado amanecer que prometía cielos claros y calma sin viento, con la profunda certeza de que le aguardaba una tarea que ya estaba decidida y sólo necesitaba que alguien la concluyera. Bien mirado, podría aprovechar para matar dos pájaros de un tiro. Se dirigió primero a su cabaña para recoger los medicamentos que probablemente ya se les estaban terminando en el hospital de San Gil del final de la barbacana: sobre todo, ungüentos y lociones para erupciones cutáneas, pues los vagabundos que se refugiaban allí solían presentar las afecciones propias de los que pasan hambre y viven en medio de la suciedad, muchas veces sin culpa por su parte. Y también resfriados, sobre todo los viejos a quienes el aliento les chirriaba y crujía en los pulmones como las hojas secas de tanto andar vagando por los caminos. Con la bolsa bien abastecida, examinó los quehaceres más urgentes que tenía entre manos y elaboró una lista suficiente para mantener ocupado a fray Winfrido durante todas las horas de trabajo de la mañana.

Después de prima, dejó a Winfrido cavando alegremente en el huerto donde más tarde plantaría unos repollos y fue a pedirle una llave al portero. Doblando la esquina oriental de las murallas de la abadía al fondo del recinto de la feria de caballos y a medio camino de San Gil se encontraban el espacioso granero y el establo con su henil adonde habían trasladado los caballos de los establos de la abadía durante la inundación. En aquel tramo del camino los carreros de Longner habían dejado el carro mientras participaban en el salvamento de los tesoros de la iglesia y allí había salido Tutilo por la puerta de atrás del cementerio para tirar a Aldelmo de la manga y convertirle en inocente cómplice de su sacrílego robo. Y allí la noche de la muerte de Aldelmo, según Daalny ella y Tutilo se habían ocultado en el henil para no tener que enfrentarse con el testigo y reconocer el pecado sin atreverse a regresar hasta que oyeron la campana de completas. Para entonces el peligro ya había pasado, pues el inocente estaba muerto.

Cadfael abrió la puerta, dejando una de las hojas entornada. En medio de la oscuridad de la sala inferior en la que se aspiraba el característico olor de la paja había varias casillas para caballos, aunque ninguna de ellas estaba ocupada. Cuando se celebraban los mercados de ganado, los criados del campo colocaban sus bestias allí, pero, en la estación en que se encontraban, el recinto apenas se utilizaba. Casi en el centro de la vasta sala, una escalera de madera conducía a la trampilla del henil de arriba. Cadfael subió, empujando la trampilla y deslizándola hacia un lado para entrar en la estancia iluminada por un par de angostas ventanas sin persianas. A lo largo de la pared del fondo había varios toneles y en un rincón se veían distintas herramientas. La provisión de heno era todavía muy abundante, pues durante dos años seguidos las cosechas de hierba habían sido muy buenas.

Los jóvenes habían dejado su huella en el montón de heno. No cabía duda de que dos personas habían estado recientemente en aquel lugar, pues los huecos de los cuerpos se veían con toda claridad. Los huecos eran efectivamente dos según pudo observar Cadfael. Muy cerca el uno del otro, pero visiblemente separados y tan pulcramente conservados que cualquiera hubiera podido pensar que los habían creado deliberadamente. Allí no se había producido ningún retozo; el henil había sido simplemente el refugio de dos angustiados pecadores de poca monta que habían tratado de librarse de los azotes del destino por una noche aunque al día siguiente no pudieran evitar que les cayera el golpe. Debieron de permanecer sentados casi sin moverse para no desordenar tan siquiera la paja alrededor de sus pies.

Cadfael miró en torno a sí buscando el pequeño objeto sin la menor certeza de que estuviera allí, pero con la íntima convicción de que algún benévolo dedo le había señalado aquel lugar. Había estado a punto de tocarlo con la mano al levantar la trampilla, pues la esquina del sólido cuadrado de madera lo había empujado a un lado, medio ocultándolo de la vista. Un librito encuadernado en tosco cuero con los cantos desgastados por el uso y el roce de unas ásperas bolsas de arpillera. El chico lo debía de haber dejado allí al marcharse para tener las manos libres y poder ayudar a Daalny a bajar por la escalera y debió de estar tan ocupado en volver a colocar la trampilla en su sitio que se olvidó totalmente de recoger el breviario.

Cadfael lo tomó en sus manos con gratitud. Una pálida paja amarilla marcaba la página correspondiente al oficio de completas. En la oscuridad seguramente no la pudieron leer, aunque, de todos modos, Tutilo se la debía de saber de memoria y aquel gesto no debió de ser más que una pequeña celebración para demostrar que habían observado fielmente las horas. No debía de ser muy difícil, pensó Cadfael, encariñarse peligrosamente con aquel bribonzuelo cuyas ocurrencias resultaban a veces divertidas y a veces irritantes, aunque no consiguieran empañar para nada el afecto que inspiraba. Aparte, por supuesto, aquella voz angelical tan generosamente otorgada a alguien que de ángel no tenía casi nada.

Cadfael se encontraba de pie a uno o dos pasos de la trampilla abierta cuando oyó un leve rumor procedente del establo. Había dejado la puerta abierta y cualquiera hubiera podido entrar, pero no había oído pisadas sino más bien el ligero chirrido del roce de una pieza de áspera cerámica contra otra, de la pesada tapadera de barro cocido de una gran tinaja de almacenamiento. El roce de la tapadera al ser levantada provocó un breve chirrido que se transmitió curiosamente por toda la estancia y atacó los nervios de Cadfael. Alguien había levantado la tapadera de la tinaja de trigo. La habían vaciado todavía por si tuvieran que volver a utilizarla, pues los ríos aún bajaban muy crecidos y la estación no era totalmente segura. Otra vez un leve chirrido un poco distinto del primero al volver a colocar la tapadera en su sitio. Fue un levísimo rumor, pero Cadfael lo oyó con toda claridad.

Cadfael se apartó silenciosamente a un lado para poder mirar a través de la trampilla y, al oírle, alguien le saludó alegremente desde abajo:

—¿Estáis ahí, hermano? ¡No pasa nada! Dejé olvidada una cosa cuando trasladamos los caballos. —Unos pies se desplazaron ahora sobre la paja del suelo y apareció Bénezet, el criado de Rémy, mirando con una sonrisa hacia el henil y sosteniendo en la mano una brida con unos lustrosos adornos de oro en el ronzal y las riendas—. ¡Es de mi señor Rémy! Saqué a pasear a su caballo para ver si se había restablecido de la cojera, lo llevaba enjaezado y me dejé esto aquí. Mañana lo necesitaremos porque nos vamos.

—Eso me han dicho —dijo Cadfael—. Y con una buena escolta, por cierto.

Se guardó el breviario en la pechera del hábito, pasó cuidadosamente por la trampilla y empezó a bajar por la escalera. Bénezet le esperó sin soltar la brida.

—Por suerte recordé dónde la había dejado —explicó el mozo, acariciando con el pulgar los adornos de las riendas—. Le pregunté al portero y me dijo que fray Cadfael se había llevado la llave y estaría aquí, por eso he venido ahora, aprovechando que las cuadras estarían abiertas. Si ya habéis terminado, hermano, podemos regresar juntos.

—Aún tengo que ir a San Gil —dijo Cadfael, volviéndose para recoger su bolsa—. Si no necesitas nada más, yo cerraré y me iré al hospital.

—No, ya he terminado —dijo Bénezet—. Sólo quería éso. Menos mal que me he acordado, de lo contrario, el mejor jaez de Rémy se hubiera quedado colgado en aquel pesebre y yo hubiera tenido que pagar la pérdida con mi salario o con mi piel.

El mozo se despidió rápidamente, se encaminó hacia la esquina y la dobló para seguir el camino de la barbacana sin volver la vista hacia atrás. No había dirigido ni una sola mirada a la jarra de trigo oculta en un oscuro rincón y, según sus propias palabras, la brida la había sacado del último pesebre. Eso, por lo menos, era lo que él había explicado sin que viniera a cuento.

Cadfael se acercó a la jarra del rincón y levantó la tapadera. Había algunos granos esparcidos por el borde interior y también a su alrededor en el suelo. No eran muchos, pero se veían con toda claridad. Introdujo ambos brazos entre el trigo hasta tocar el fondo con los dedos, pero los granos resbalaron fríamente por sus manos sin que éstas notaran nada raro. El mozo no había ocultado un objeto sino que lo había recogido; cualquier cosa que fuera, debía de tener una forma y unas características capaces de arrastrar consigo unos cuantos granos al salir. La brida los hubiera dejado caer de nuevo al interior del ánfora. ¿Algo con pliegues en los que pudieran quedar alojados los granos? ¿Una pieza de tejido tal vez?

¿Y si el mozo hubiera sentido simplemente la curiosidad de ver cuánto trigo quedaba? ¿Un simple gesto sin el menor significado? A veces las personas hacen cosas raras y abandonan sin motivo la tarea que tienen entre manos. Pero las cosas raras y sin sentido son a veces muy significativas. Cadfael se sacudió el hábito, salió, cerró la pesada puerta y se encaminó hacia San Gil.

Cuando regresó con la bolsa vacía, observó que en el gran patio se estaba desarrollando una intensa, pero pausada actividad, tal como solía ocurrir antes de una partida. No era necesario que se dieran prisa, pues tenían todo el día por delante. Los dos escuderos del conde Roberto iban y venían de la hospedería, recogiendo las prendas y los objetos que su señor no necesitaría durante el viaje. El conde viajaba ligero de equipaje, pero quería que le prestaran un servicio inmejorable, cosa que generalmente conseguía sin necesidad de exigirlo. El mayordomo Nicol y su compañero más joven, el que se había quedado para trasladarse de Worcester a Shrewsbury a pie y se había entretenido considerablemente por el camino, casi no tenían que preparar nada, pues esta vez los donativos que se habían recibido para la reconstrucción de la abadía se transportarían en el carro del equipaje del conde Roberto, el mismo que había devuelto el relicario de santa Winifreda a casa y ahora se utilizaría como carro para el transporte de los equipajes de todos los viajeros, mientras que la acémila del conde serviría para ofrecerle al viceprior Erluino un digno medio de transporte. Roberto Bossu era generoso y colmaba de pequeñas atenciones a Erluino, contribuyendo con ello a restaurar su dignidad. El tercero de los tres grupos que viajarían juntos era probablemente el que más precauciones exigiría. Daalny bajó cuidadosamente los peldaños de la hospedería, sosteniendo en sus brazos un precioso órgano portátil y estirando el esbelto cuello para mirar dónde ponía los pies, pues Rémy valoraba sus instrumentos mucho más que su cantora. El órgano tenía un estuche especial que lo protegía, pero, como el espacio era limitado, el estuche lo habían dejado en las cuadras. Daalny cruzó el patio, acunando el instrumento en sus brazos cual si fuera un niño al tiempo que lo acariciaba amorosamente con la otra mano, pues le tenía tanto aprecio como su señor. Al ver acercarse a Cadfael, la joven le dedicó una sonrisa como si, tras haber elegido y decidido hablar con él, hubiera optado por callarse.

—Llevas una carga muy pesada —le dijo Cadfael—. Deja que yo te ayude.

Daalny sacudió la cabeza con una sonrisa.

—Soy responsable de él y tengo que llevarlo o dejarlo caer yo sola. Abulta mucho, pero no pesa. El estuche está allí dentro. De suave cuero y acolchado. Si queréis, me podéis ayudar a colocarlo dentro. Son necesarias dos personas para mantener la bolsa abierta.

Cadfael la acompañó al patio de los establos, abriendo la tapa del estuche para que la joven pudiera colocar el pequeño órgano en su interior. Daalny volvió a colocar la tapa y abrochó las hebillas de las correas que la sujetaban. A su alrededor, los mozos del conde iban de un lado para otro cumpliendo con eficacia las distintas tareas que les habían encomendado mientras que, al fondo del patio, Bénezet estaba limpiando las sillas y los arneses, dejándolo todo sobre un armazón de madera en el cual había extendido las sudaderas bajo un pálido sol que ya estaba empezando a calentar considerablemente. La preciosa brida de Rémy colgaba de un gancho a su lado.

—A tu señor le gusta llevar las cabalgaduras bien enjaezadas —dijo Cadfael, señalando la brida.

La muchacha siguió la dirección de su mirada con indiferencia.

—¡Ah, bueno! Ésa no es de Rémy sino de Bénezet. No se sabe de dónde la sacó. Muchas veces he pensado que la debió de robar en algún sitio, pero él no dice ni pío y es mejor no preguntarle.

Cadfael digirió la información sin hacer ningún comentario. ¿Por qué una mentira tan innecesaria? No parecía obedecer a ningún propósito determinado y, sin embargo, el solo hecho de que el mozo la hubiera dicho exigía un examen más detallado. A lo mejor, Bénezet había considerado oportuno atribuir la propiedad de aquella valiosa pieza a su amo para evitar que le preguntaran de dónde la había sacado. La propia Daalny acababa de apuntar aquella posibilidad. Como el que no quiere la cosa, Cadfael siguió ahondando en la cuestión.

—Pues no la cuida muy bien. La había dejado olvidada en la cuadra del recinto de la feria de caballos desde el día de la inundación. Justo esta mañana fue a recogerla.

Esta vez, la joven se volvió a mirarle con la mano apoyada en la última hebilla del estuche.

—¿Eso os ha dicho? Pues esta mañana se ha pasado media hora limpiándola y sacándole brillo. La brida jamás salió de aquí, yo la he visto docenas de veces —dijo la joven mientras en sus grandes y brillantes ojos azules se encendía un destello de extrañeza.

Cadfael no quería que empezara a hacerse demasiadas preguntas; su interés ya era mayor de lo que él hubiera querido y cabía la posibilidad de que cometiera una imprudencia justo en el momento en que estaba a punto de trasladarse a Leicester sin haber ganado ni resuelto nada. Mejor sería que la chica se mantuviera al margen de todo aquello, si fuera posible. Pero Daalny era muy lista y ya había advertido la discrepancia. Cadfael se encogió de hombros y añadió con indiferencia:

—No le habré entendido bien. Le vi esta mañana con la brida y creí que había ido a recogerla al establo, dando por sentado que pertenecía a Rémy.

—No me extraña —convino la joven—. Muchas veces me he preguntado dónde la debió de encontrar. En algún lugar de Provenza seguramente. Pero ¿por medios honrados? Lo dudo mucho. —El brillo de sus ojos se concentró en el rostro de Cadfael sin mirar a Bénezet—. ¿Qué estaba haciendo en la feria de caballos? —preguntó como si la respuesta no le interesara demasiado, aunque el fulgor de sus ojos lo desmintiera.

—Qué sé yo —contestó Cadfael—. Yo estaba en el henil cuando él entró. A lo mejor, le extrañó que la puerta estuviera abierta.

La joven ya no pudo resistir por más tiempo el disimulo. Sus ojos se clavaron en Cadfael sin atreverse a esperar demasiado.

—¿Y qué estabais haciendo vos en el henil?

—Buscando las pruebas de lo que tú me dijiste —contestó Cadfael—. Y las he encontrado. ¿Sabías que Tutilo había dejado olvidado allí su breviario después de completas?

—¡No! —contestó la muchacha en un suave y esperanzado susurro.

—Anoche me pidió prestado el mío. No sabía dónde había perdido el suyo, pero a mí se me ocurrió un lugar en el que pensé que merecería la pena echar un vistazo. Y allí estaba, con la página de completas marcada. No tiene el mismo valor que un testigo ocular, Daalny, pero es una buena prueba. Estoy deseando entregárselo a Hugo Berengario.

—¿Será suficiente para que lo pongan en libertad? —preguntó la chica en voz baja.

—Por lo que a Hugo respecta, es muy posible. Pero el superior de Tutilo es Erluino y hay que contar con él.

—¿Hace falta que se entere? —preguntó la joven.

—No es necesario que se entere de toda la verdad si Hugo lo ve tal como lo veo yo. Habrá que decirle que hay pruebas bastante fidedignas de que el chico no cometió el asesinato, eso sí se lo tendremos que decir, pero no tiene por qué saber dónde estuvisteis o qué hicisteis vosotros dos aquella noche.

—No hicimos nada malo —dijo la muchacha, despreciando un mundo en el que siempre se pensaba mal y en el que ya había muchos males que ella aborrecía con toda su alma y por los cuales no sentía el menor interés—. ¿Y la autoridad del abad no es superior a la de Erluino? Aquí manda él y no Ramsey.

—El abad se atendrá a la Regla. No puede retener al chico aquí ni privar a Ramsey de su presencia de la misma manera que jamás podría abandonar a uno de los suyos. ¡Tú espera! Vamos a ver si podemos convencer a Erluino de que le abra la puerta al chico.

Cadfael no quiso hacer ninguna conjetura acerca de lo que ocurriría entonces, si bien tenía la impresión de que la apasionada vocación de Tutilo se había enfriado hasta el punto de que la podría olvidar en cuanto la comparara con la emoción de librar a la reina de Partholan de la esclavitud. ¡En fin! Mejor apartar las manos del arado al principio y destinarlas a otro uso no menos honrado en lugar de persistir en el empeño y seguir arando surcos cada vez más estrechos hasta llegar al extremo de considerar anatema todo lo secular y condenar todo lo humano a la reprobación.

—Me tendréis informada —dijo Daalny mirando con expresión autoritaria a Cadfael.

Sólo cuando éste se hubo retirado para dirigirse a la garita de vigilancia y esperar allí la llegada de Hugo, se volvió a mirar a Bénezet. ¿Por qué se habría molestado en contar mentiras innecesarias? En caso de que tuviera motivos para huir de los elogios y la curiosidad malsana, era comprensible que hubiera atribuido la propiedad de aquella brida tan lujosa a su amo. Pero ¿por qué dar tantas explicaciones? ¿Por qué un hombre de naturaleza taciturna que normalmente gastaba muy pocas palabras había perdido el tiempo diciendo unas mentiras totalmente innecesarias? Y lo más curioso era que no había hecho el viaje al recinto de la feria de caballos para recoger la brida que era suya y no de Rémy. Aquello había sido la excusa y no el motivo. ¿Por qué entonces? ¿Para recoger otra cosa? ¿Algo que en modo alguno había olvidado sino que había dejado deliberadamente allí? Al día siguiente tenían que emprender el camino de Leicester. Si Bénezet hubiera guardado allí alguna cosa que no quería que nadie viera, la hubiera tenido que ir a recoger en seguida.

Además, el objeto en cuestión debía de haber permanecido oculto allí desde la noche de la inundación durante la cual el caos había entrado en la iglesia junto con las aguas del río, lo más valioso había sido trasladado de sitio y Tutilo había cometido su ingenioso robo (eso él lo reconocía sin ninguna reticencia) y se había sembrado la lenta, pero segura semilla del asesinato. Un asesinato del cual no era culpable Tutilo, sino otra persona. Alguien que tenía motivos para temer lo que pudiera decir Aldelmo acerca de aquella noche en cuanto empezaran a refrescarle la memoria. ¿Qué otra razón hubiera podido haber para que alguien quisiera matar a un inofensivo joven, a un pobre pastor de un cercano feudo?

Daalny prosiguió su tarea sin prisas, pues no tenía la menor intención de abandonar el patio de los establos mientras Bénezet permaneciera allí. Tuvo que regresar a la hospedería para ir en busca de otros instrumentos de menor tamaño, pero procuró perder el menor tiempo posible y volvió a ocupar su sitio sin quitarle los ojos de encima a Bénezet mientras iba guardando los instrumentos en sus estuches. El más joven de los escuderos del conde se acercó para examinar con curiosidad e interés el oud sarraceno que el padre de Rémy llevaba consigo a su regreso de la Cruzada; la conversación que entabló con él le sirvió de excusa para disimular su labor de vigilancia y retrasó el embalaje de los instrumentos que, de otro modo, hubiera terminado en cuestión de una hora, dejándola sin ningún pretexto que justificara su presencia allí. Las flautas y las zampoñas se podrían transportar sin ninguna dificultad; y el rabel y la mandora disponían de sus propias bolsas acolchadas si bien el arco del rabel se tendría que envolver aparte con mucho cuidado.

Faltaba muy poco para el mediodía. Los jóvenes criados del conde amontonaron pulcramente todo el equipaje en un rincón para cargarlo en el carro al día siguiente y se retiraron para atender a su señor en la hospedería y servirle el almuerzo. Daalny ajustó la última correa y colocó la alforja de grupa que contenía las flautas al lado de las alforjas más pesadas.

—Eso ya está listo. ¿Tú ya has terminado con los jaeces?

Bénezet había sacado una de sus bolsas y ya la tenía medio llena de ropa. Lo que había debajo de la ropa, pensó Daalny, lo debía de haber colocado cuando ella había regresado a la hospedería para recoger el rabel y la mandora. Aprovechando un momento en que él se volvió de espaldas, la joven rozó con el pie un ligero abultamiento del cuero de la bolsa y algo en su interior emitió un claro y cristalino sonido de moneda contra moneda, como si el paquete hubiera sido envuelto muy apretado y apenas fuera posible el movimiento de lo que había dentro. Pero no había ninguna otra cosa que pudiera sonar de la misma manera. Bénezet se volvió bruscamente, pero ella le miró con inocencia, se quedó donde estaba como si no hubiera oído nada y le dijo con apacible compostura:

—Ven a almorzar. Ahora está en la mesa con Roberto Bossu y no te va a necesitar para que le sirvas.

Hugo escuchó el relato de Cadfael, sosteniendo en sus manos el pequeño breviario mientras sus labios esbozaban una leve sonrisa a medio camino entre la diversión y la exasperación.

—Puedo responder y responderé en todo aquello que no rebase mi jurisdicción, pero aquí dentro yo no tengo ningún poder, como vos sabéis muy bien. Creo que el chico no cometió el asesinato y, de hecho, jamás lo he creído. Eso es para mí una prueba suficiente, pero yo que vos no le diría nada ni siquiera a Radulfo y tanto menos a Erluino. Mejor que nadie advierta vuestra intervención. De lo contrario, tal vez os vierais obligado a revelarle el último detalle al abad, aunque mucho me temo que Rémy no podría sacar al pobrecillo de este enredo. Su encuentro con una joven en un henil sería una molienda excelente para el molino de Erluino como éste se enterara. La acusación sería mucho peor que la del robo sacrílego…, en todo caso, mucho peor de lo que hubiera sido si éste no hubiera fallado. Me encargaré de librarle de la acusación de asesinato, aun en el caso de que no pueda acusar a otro, pero más que eso no os puedo prometer.

—Lo dejo todo en vuestras manos —dijo Cadfael con aire resignado—. Haced lo que consideréis más oportuno. El tiempo apremia, bien lo sabe Dios. Mañana todos se habrán ido.

—Bueno, por lo menos —dijo Hugo levantándose—, Roberto Bossu, con los quebraderos de cabeza que le causa la herencia Beaumont tanto en Normandía como en Inglaterra, no creo que tenga demasiado interés en ser el carcelero de un pequeño clérigo destinado a sufrir las penas de un infierno clerical cuando llegue a su destino. No me extrañaría que dejara alguna puerta abierta por el camino, que hiciera la vista gorda o que incluso dirigiera la persecución en sentido contrario. Entre aquí y Ramsey hay un buen trozo de Inglaterra. —Hugo le tendió a Cadfael el breviario en el que una amarilla paja marcaba todavía la página donde Tutilo había rezado el oficio compartiendo las plegarias nocturnas con Daalny—. Devolvédselo al chico. Le va a hacer falta.

Tras lo cual, fue a reunirse con Radulfo. Cadfael se quedó un rato meditando sin soltar el gastado librito que sostenía en sus manos. No sabía muy bien por qué se preocupaba tanto por un astuto y pequeño insensato que había intentado robar las reliquias de la santa de Shrewsbury, provocando con ello una desagradable serie de acontecimientos que habían sido causa de muchos males, penalidades y preocupaciones para varios hombres honrados y que a uno incluso le había costado la vida. Por supuesto que Tutilo no había tenido la menor intención de provocar todos aquellos desastres, pero el chico era una fuente de problemas y lo seguiría siendo mientras estuviera donde no tenía que estar. Su sincero, pero exagerado fervor religioso tampoco encajaba demasiado con la disciplina de una comunidad monástica. Bueno, por lo menos Hugo dejaría bien claro que el mozo no era un asesino, cualesquiera que fueran las demás acusaciones que pesaran sobre él, y se desentendería del asunto, pues el ingenioso robo no entraba dentro de la jurisdicción de un gobernador del rey. En el peor de los casos, el chico tendría que hacer lo mismo que habían hecho muchos otros inadaptados antes que él: sobrevivir al castigo, aceptar su destino con resignación y sentar la cabeza para poder vivir una existencia domesticada y deformada, pero segura y sin riesgos. Un pájaro cantor enjaulado. Cadfael no podía olvidarse de Daalny Tenedme informada, le había dicho la chica. Y la tendría informada. De lo peor y de lo mejor.

En la sala del abad, Hugo manifestó su opinión con muy pocas palabras. Puesto que no se podía decir todo, cuanto menos se dijera, mejor.

—He venido, padre abad, para comunicaros que no tengo ninguna acusación que formular contra el joven novicio Tutilo. Ahora dispongo de pruebas suficientes para estar seguro de que no cometió el asesinato. La ley de la que yo soy custodio ya no tiene ningún interés por él. Como no sea —añadió afablemente— el lógico interés de desearle lo mejor.

—¿Habéis encontrado al asesino en otro lugar? —preguntó Radulfo.

—No, eso no os lo puedo decir. Pero ahora estoy seguro de que no fue Tutilo. Hizo bien aquella noche en acudir inmediatamente a informar de lo ocurrido y en colaborar de buen grado al día siguiente. Mi ley no le acusa de nada —argumentó Hugo.

—Pero la mía le tiene que acusar. Robar no es un delito leve, pero todavía es peor haber involucrado a otro en el robo, llevándole con ello a la muerte. En su descargo hay que decir que lo confesó y ha manifestado un sincero remordimiento por haber hecho cómplice de sus planes al desventurado joven. Es posible que todavía pueda hacer uso de sus cualidades a mayor honra y gloria de Dios. Pero tiene una deuda que pagar. —Radulfo estudió a Hugo un instante en silencio antes de preguntarle—: ¿Puedo saber qué otro testigo habéis encontrado? Puesto que aún no sabéis quién es el culpable, tiene que haber alguna razón por la cual estáis seguro de la inocencia de éste.

—Se inventó la excusa de la llamada de Longner —contestó prontamente Hugo— para poder salir y esconderse hasta que hubiera pasado el peligro y el testigo se hubiera marchado, por lo menos aquella noche. No creo que pensara en el futuro; su intención fue simplemente la de evitar la amenaza inmediata. Sé dónde se ocultó. En el henil del establo que tiene la abadía en el recinto de la feria de caballos y hay pruebas de que no salió de allí hasta que oyó la campana de completas. Para entonces Aldelmo ya estaba muerto.

—¿Hay alguna otra voz que confirme este dato?

—La hay —contestó Hugo sin añadir nada más.

—Muy bien —dijo Radulfo, reclinándose contra el respaldo de su asiento con un suspiro—, el joven se encuentra en mis manos por casualidad y yo no puedo, aunque quisiera, pasar por alto su delito ni atenuar el castigo. El viceprior Erluino se lo llevará a Ramsey para que comparezca ante su propio abad y, mientras esté dentro de las murallas de mi abadía, yo tengo que respetar los derechos de Ramsey y mantenerlo bajo custodia hasta que cruce mis puertas.

—No ha mostrado una excesiva curiosidad y no ha intentado averiguar más detalles —le dijo Hugo a Cadfael en el huerto de hierbas medicinales—. Ha aceptado las explicaciones que yo le he dado sobre mi certeza de que Tutilo no había cometido el asesinato ni había quebrantado las leyes del país, por lo menos fuera de la jurisdicción de la Iglesia, y eso ha sido suficiente para él. A fin de cuentas, mañana se habrá librado de todo este embrollo y ya tiene bastantes preocupaciones con su propio delincuente. Jerónimo tardará mucho en recibir la absolución. Pero el abad no hará lo que yo creo que, como superior de aquí, podría hacer: permitir que nuestro excomulgado participe de nuevo en los oficios esta última noche. Tiene razón, por supuesto. En cuanto abandone vuestras puertas, el joven ya no será una responsabilidad de Shrewsbury pero, hasta entonces, Radulfo está obligado a actuar no sólo en representación de su propia abadía sino también en la de Ramsey El hermano tiene que comportarse con corrección con el hermano…, aunque lo aborrezca. Yo lo siento mucho también, pero Tutilo tendrá que quedarse en su celda. Por lo menos, oficialmente —añadió esbozando una pensativa sonrisa—. Vuestras reincidencias, siempre y cuando sólo quebrantaran las leyes de la Iglesia, no serían asunto mío.

—En ciertas ocasiones lo han sido —dijo Cadfael, dejando que su mente evocara con cariño ciertos recuerdos que encendieron un brillo de nostalgia en sus ojos—. Hace mucho tiempo que no cabalgamos juntos de noche.

—Tanto mejor para vuestros viejos huesos —dijo Hugo, mirándole con cara de pihuelo—. Estad tranquilo, dormid en vuestra cama y dejad que los pequeños ladronzuelos como vuestro Tutilo se arrepientan de sus pecados y hagan penitencia para alcanzar el perdón. Que nosotros sepamos, el abad de Ramsey es un alma bondadosa y compasiva que siente debilidad por los miserables pecadores como el vuestro. Y puede que le guste la música, lo cual tampoco estará de más. Si ahora le soltarais en mitad de la noche, ¿qué sería de él sin ropa, sin comida y sin dinero?

Era cierto, reconoció Cadfael. Estaba seguro de que el chico se las hubiera arreglado, pero a costa de correr ciertos riesgos. Una camisa y unas calzas robadas de la colada puesta a secar por alguna mujer, algún que otro huevo de debajo de una gallina, unos cuantos peniques ofrecidos por los viajeros que se tropezaran con él en los caminos a cambio de sus canciones y unos pocos más mendigados en un mercado…, pero sin unos muros de piedra a su alrededor, sin una puerta cerrada, sin ningún despiadado superior que le echara interminables sermones acerca de sus imperdonables pecados, sin sufrir el destierro en la pétrea soledad de la excomunión, lejos de las comidas y las oraciones comunes, sin poder establecer contacto con sus hermanos y condenando al mismo triste destino a cualquiera de ellos que hubiera tenido la audacia y la valentía de ofrecerle unas palabras de consuelo.

—Aun así —dijo Hugo en tono meditabundo—, la Regla justifica también el hecho de dejar las puertas abiertas. Tras haber intentado por todos los medios corregir al descarriado, ¿qué dice la Regla? «Si el hermano infiel te abandona, deja que se vaya».

Cadfael acompañó a su amigo hasta la garita de vigilancia cuando la larga tarde ya estaba declinando en medio de un frío silencio hacia la serena calma de la hora que precede al rezo de vísperas, una vez concluidos todos los trabajos manuales de la jornada. En el momento de entregarle el mudo testigo del breviario de Tutilo, no le había dicho ni una sola palabra acerca de la brida de Bénezet ni de su visita al establo del recinto de la feria de caballos. No habiendo la menor certeza y no teniendo nada sólido que ofrecer, no quería insinuar la menor sospecha infundada contra nadie. Y, sin embargo, lamentaba tener que desperdiciar la ocasión de hacer nuevos descubrimientos, pues la duda permanente es peor que la certeza inoportuna.

—¿Bajaréis mañana para despedir al conde? —le preguntó a su amigo, ya en la puerta—. No sé a qué hora desea salir su señoría, pero supongo que querrán aprovechar al máximo la luz diurna.

—Oirá misa antes de salir —dijo Hugo—. Eso me han dicho. Estaré aquí para despedirle.

—Hugo…, venid con tres o cuatro hombres. Los suficientes para vigilar la puerta en caso de que se produjera algún intento de fuga. Pero no tantos como para provocar comentarios o alarma.

Hugo se detuvo bruscamente y miró astutamente a su amigo de soslayo.

—Eso no es por el pequeño monje —dijo sin dudar—. ¿Estáis pensando en alguna otra presa?

—Hugo, os juro que no os puedo decir nada. Si alguien piensa tomar una decisión equivocada y hacer el ridículo, que este alguien sea yo. ¡Pero os ruego que estéis presente! Una pluma volando al viento es mucho más de lo que yo tengo en este momento. Puede que averigüe algo más. Pero no es posible hacer nada hasta mañana. En la presencia del conde Roberto tendremos un apoyo de gran autoridad. Si me lanzo de cabeza y me rompo la nariz, señalando con el dedo a un inocente, una nariz ensangrentada tampoco será para tanto. Pero no quiero llamar asesino a un hombre sin tener una prueba fehaciente. Dejadme hacerlo a mi manera y que todo el mundo duerma tranquilo.

Hugo no sabía si insistir o no en que Cadfael le facilitara todos los detalles de lo que se proponía hacer y le dijera qué pluma en el aire estaba turbando su mente; pero al final, optó por no hacerlo. Si él se presentara con tres o cuatro de sus mejores hombres para despedir a un distinguido huésped que también iría acompañado de dos jóvenes y fornidos escuderos… ¿qué podía ocurrir? A mayor abundamiento, Cadfael tenía una enorme experiencia aunque no tuviera ningún ejército a su espalda.

—Como queráis —dijo Hugo en tono cauteloso y pensativo—. Aquí estaremos para interpretar gustosamente vuestras señales. A estas alturas, creo que ya os conozco lo bastante como para poder hacerlo sin dificultad.

Su amado y huesudo rucio preferido estaba atado junto a la puerta. Hugo montó y se alejó por el camino real en dirección al puente y la ciudad. El aire estaba muy tranquilo y sosegado y aún quedaba la suficiente luz como para que se reflejara sobre la superficie de la alberca del molino con un apagado brillo de peltre. Cadfael se quedó en la puerta hasta que oyó los cascos de la cabalgadura de Hugo resonando en la lejanía al pisar el puente y entonces dio media vuelta y entró de nuevo en el gran patio mientras empezaba a sonar la campana de vísperas.

El joven monje encargado de servir la cena a los prisioneros estaba regresando justo en aquel momento de las celdas para dejar las llaves en su lugar correspondiente de la garita antes de dirigirse a la iglesia en compañía del hermano portero para participar en el rezo de vísperas. Cadfael les siguió sin prisa y aguzó el oído, en la certeza de que una persona, con el cuerpo pegado al muro, se encontraba oculta en las sombras del ángulo formado por la columna del pórtico. Fue muy lista, pues no le dio las buenas noches a pesar de haberse percatado de su presencia. En realidad, ya estaba allí desde hacía un buen rato y le había visto despedirse de Hugo en la puerta. De hecho, nadie hubiera podido decir que él había reparado en ella o que había oído algún sonido o movimiento; se había guardado mucho de que tal cosa ocurriera.

Durante el rezo de vísperas, Cadfael ofreció una breve oración por el pobre y desventurado Jerónimo que ardía en su propio veneno y cuyo corazón aún no estaba totalmente encogido y agostado. A su debido tiempo, Jerónimo sería recibido de nuevo en la comunidad, vencido, humillado y postrado en el umbral del coro hasta que el abad considerara que ya había reparado debidamente su culpa. Incluso puede que la experiencia lo ayudara a librarse de su antiguo carácter. Era mucho pedir, pero a veces ocurren milagros.

Tutilo estaba sentado en el borde de su catre, escuchando las incesantes e histéricas plegarias de fray Jerónimo en la celda contigua. Se oían amortiguadas a través de la piedra y no podían distinguirse las palabras sino tan sólo unos lamentos tan tristes y dolorosos que Tutilo no podía por menos que compadecerse del hombre que había intentado, si no matarle, sí por lo menos causarle un daño. Debido a aquella insistente cantilena fúnebre, el joven no oyó el rumor de la llave girando suavemente en la cerradura ni el de la puerta al abrirse cuidadosamente para que no emitiera ningún chirrido y no volvió la cabeza hasta que una voz le dijo en un susurro a su espalda:

—¡Tutilo!

Daalny se encontraba de pie en la puerta. La enmarcaba la oscuridad de una noche que aún conservaba los reflejos de la luz atrapada en los pálidos muros del otro lado y de unas estrellas apenas visibles en un cielo de un delicado color azul apenas más oscuro que el plateado fulgor que lo punteaba. La joven entró sin hacer ruido y cerró rápidamente la puerta a su espalda, pues la pequeña lámpara de la celda todavía estaba encendida y una traicionera franja de luz escapándose hacia el exterior hubiera podido dar lugar a que los descubrieran de inmediato. Después miró a Tutilo frunciendo el ceño, pues el pobrecillo parecía un poco desanimado y apagado y no era así cómo ella lo imaginaba y lo quería ver.

—No levantes la voz —le dijo—. Si nosotros le podemos oír a él, él nos podría oír a nosotros. Rápido, tienes que irte. Esta vez lo tienes que hacer. Es la última oportunidad. Mañana nos vamos todos. Erluino te llevará de nuevo a Ramsey a una esclavitud mucho peor que la mía en todo lo que de él dependa.

Tutilo se levantó muy despacio y la miró fijamente a los ojos. Había tardado un poco en salir del desdichado mundo de las desesperadas oraciones de Jerónimo y en darse cuenta de que la puerta estaba realmente abierta y ella había entrado y se encontraba delante de él, apremiante y tangible, con el negro cabello derramándose sobre sus hombros y los ojos brillando cual unas ardientes llamas azules en el translúcido óvalo de su rostro.

—Vete en seguida —le dijo ella—. Yo te enseñaré por dónde. Por el portillo del molino. Dirígete al oeste, hacia Gales.

—¿Qué me vaya? —repitió Tutilo como en sueños, abriéndose paso poco a poco a través de un mundo improbable y desconocido. De pronto, empezó a arder como si el fuego de Daalny hubiera prendido en él—. No —dijo—. No iré a ninguna parte sin ti.

—No seas necio —dijo ella, impacientándose—. No tienes más remedio que hacerlo. Como no te des prisa, te llevarán a Ramsey y te encadenarán en cuanto hayáis dejado atrás Leicester y ya no puedas contar con la protección de Roberto Bossu. ¿Quieres regresar allí para que te azoten, te maten de hambre y te atormenten hasta enviarte prematuramente al sepulcro? Jamás hubieras tenido que refugiarte allí, pues es una jaula. Mejor que te vayas desnudo a Gales con tu voz y tu salterio. Allí sabrán apreciar el don que Dios te ha otorgado y te aceptarán. Vete en seguida, no desaproveches lo que yo he hecho.

Tomando el salterio que, protegido por su estuche de cuero, se encontraba encima del reclinatorio, la joven lo colocó en sus brazos. En cuanto percibió el contacto del instrumento, Tutilo se estremeció, lo estrechó contra su pecho y miró a la joven con sus luminosos ojos dorados. Al ver que entreabría los labios, Daalny pensó que iba a protestar y para impedirlo, le cubrió la boca con una mano mientras con la otra le empujaba desesperadamente hacia la puerta.

—No, no digas nada y vete. ¡Mejor que te vayas solo! ¿Qué podrías hacer con una esclava fugitiva que no haría sino causarte molestias y crearte dificultades? Él no me soltará, la ley no lo permitirá. ¡Tutilo, te lo suplico! ¡Vete!

De pronto, la columna vertebral de Tutilo recuperó la fuerza y una deslumbradora audacia se encendió de nuevo en sus ojos mientras acompañaba a Daalny ya sin la menor indecisión, marcando el ritmo de sus pasos al cruzar la puerta y bajar por el oscuro pasadizo. Una llave volvió a girar en una cerradura y ambos se vieron asaltados de inmediato por el fresco aire nocturno y el perfume de las hojas nuevas. No pronunciaron ninguna palabra de despedida, el silencio era mucho mejor. La muchacha lo empujó a través del portillo del muro, expulsándole del recinto de la abadía y cerrando después la puerta intermedia. Y él contempló de repente el apagado brillo de peltre de la alberca del molino, el camino de la barbacana y, a la izquierda, un poco antes de llegar al puente de la ciudad, el angosto camino que conducía al oeste hacia Gales.

Sin mirar hacia atrás, Daalny regresó al gran patio de la abadía. A la mañana siguiente, tenía que hacer una cosa de la que él no sabía nada, una cosa que, caso de prosperar, evitaría que lo persiguieran y le daría la libertad. La ley secular es más flexible, incluso en un reino dividido. La ley canónica no tiene la misma movilidad. Y las pruebas a medias palidecen en presencia de la prueba irrefutable de la culpabilidad y la inocencia.

Oyó las voces cantando todavía en el coro y decidió regresar a la celda de Tutilo para apagar la lamparita. Mejor que le imaginaran tranquilamente dormido en su cama durante toda la noche.