V

adfael ya había ido una vez a la aldea de Preston en busca del joven Aldelmo y allí le habían dicho que éste se encontraba en los prados ribereños de la mansión de Upton ocupado en la paridera de las ovejas, pues la necesidad de ir a recoger a toda prisa a algunas de ellas a causa de la crecida de las aguas había complicado las cosas, obligando a los pastores a trabajar las veinticuatro horas del día. En su segundo intento, se encaminó directamente a Upton, donde preguntó por el joven pastor y se dispuso valerosamente a recorrer un cuarto de legua más para alcanzar un aprisco situado por encima de los prados ribereños.

Aldelmo se levantó de la turba, en la cual un cordero recién nacido estaba tratando también de ponerse en pie, hocicado por la trémula oveja. El pastor era un joven huesudo y desgarbado, pero de ágiles y diestros movimientos, con un afable rostro de toscas facciones y una espesa mata de cabello pelirrojo. Al ser requerido para que participara en el traslado de los tesoros de la iglesia, había hecho lo que le habían mandado sin mostrar demasiada curiosidad, por lo que, a pesar de su buena memoria, no pudo responder a las preguntas de fray Cadfael ni recordó nada que le hubiera llamado especialmente la atención.

—Sí, hermano. Yo estuve allí. Bajé para echarles una mano a Gregorio y Lamberto en la descarga de la madera y fray Ricardo nos llamó para que les ayudáramos a trasladar las cosas. Dentro vi a uno como nosotros yendo de acá para allá, alguien de la hospedería que estaba retirando los objetos de los altares. Daba la impresión de conocerlo todo muy bien y de saber lo que se tenía que hacer. Yo me limité a hacer lo que me mandaron.

—¿Y alguien te pidió al final que le ayudaras a cargar un bulto en el carro de la madera? —preguntó Cadfael sin andarse por las ramas. Al oír la sencilla respuesta, se quedó de una pieza.

—Pues sí. Dijo que era algo que se tenía que trasladar a Ramsey y lo colocamos bien protegido entre los troncos para que no le pasara nada.

Le había pasado mucho, pero no convenía que el chico lo supiera.

—Los dos mozos de Longner no se dieron cuenta de nada —dijo Cadfael—. ¿Cómo es posible?

—Pues porque ya estaba muy oscuro y ellos estaban ocupados desplazando los troncos del carro de Longner hacia la parte de atrás para que fuera más fácil descargarlos y transportarlos. Es fácil que no vieran nada. No se me ocurrió comentárselo porque fue lo que me pidió el monje y yo lo hice sin más. Pensé que él ya sabía lo que hacía y yo no tenía por qué entrometerme en los asuntos de la abadía.

Desde luego, el monje sabía muy bien lo que hacía y Cadfael ya casi no abrigaba ninguna duda sobre quién debía de ser, aunque no se le podía acusar sin testigos.

—¿Cómo era ese monje? ¿Habías hablado antes con él en la iglesia?

—No. Salió corriendo y me agarró por la manga en la oscuridad. Llovía y llevaba la cogulla muy echada sobre la cara. Sólo sé que era un monje benedictino, eso seguro. No muy alto, menos que yo, y joven, a juzgar por la voz. ¿Qué otra cosa puedo deciros? Si le viera, os podría decir quién es —añadió el pastor sin vacilar.

—¿Le viste sólo una vez en la oscuridad y con la cogulla puesta y podrías identificarle?

—Por supuesto que sí. Cuando entré de nuevo en la iglesia con él para recoger el objeto, la lámpara del altar estaba todavía encendida. Le vi la cara de cerca porque la luz le dio de lleno. Describirlo con palabras no es muy fácil porque los hombres nos parecemos mucho —añadió Aldelmo—, pero si lo volviera a ver, lo reconocería entre mil.

—Le he encontrado —dijo Cadfael, informando en privado del resultado de sus pesquisas al abad Radulfo— y dice que podría identificar a ese hombre.

—¿Está seguro?

—Totalmente. Y yo estoy convencido de que sí. Es el único que vio el rostro del monje iluminado por la lámpara del altar mientras ambos levantaban el relicario. Eso significa que le vio muy de cerca y que la luz penetraba en la cogulla y le daba de lleno en el rostro. Los demás estaban fuera en medio de la oscuridad y la lluvia. Sí, creo que no se equivoca.

—¿Y vendrá? —preguntó Radulfo.

—Vendrá, pero con ciertas condiciones. Tiene un amo y un trabajo que cumplir, y las ovejas todavía están pariendo. Si alguna de sus ovejas tiene dificultades, no se moverá. Pero, si le mando llamar al anochecer cuando ya haya terminado el trabajo de la jornada, vendrá. No se puede hacer hasta que ellos regresen de Worcester —dijo Cadfael—. Pero el día que yo le llame, el chico vendrá.

—¡Muy bien! —dijo Radulfo con tristeza—. No tendremos más remedio que hacerlo. —No era necesario explicar por qué razón hubiera sido inútil mandar llamar al testigo en aquellos momentos, pues ambos lo sabían muy bien—. Por cierto, Cadfael, cuando llegue el día, no lo daremos a conocer durante el capítulo. Que nadie tenga tiempo de prepararse, de asustarse o de correr la voz. Lo haremos con la mayor delicadeza posible y procurando causar el menor daño, incluso al culpable.

—Si la santa regresa sana y salva —dijo Cadfael—, quizá se pueda resolver la cuestión sin perjudicar a nadie. Tenemos que contar también con ella y yo no temo que le haya ocurrido nada.

De pronto, Cadfael se acordó de Hugo y pensó que éste había tenido mucha razón al decirle que hablaba instintivamente de aquel relicario, prácticamente hueco, cual si contuviera realmente el prodigio cuyo nombre ostentaba. Y reparó en lo mucho que la había echado de menos al faltarle el indigno signo que ella había tenido a bien dignificar.

Reconocida por lo menos la autenticidad del símbolo, la santa regresó al día siguiente noblemente escoltada.

Fray Cadfael estaba saliendo de la puerta de la enfermería a media mañana, tras haber renovado las existencias del armario de las medicinas de fray Edmundo, cuando les vio entrar por la garita de vigilancia. No eran simplemente Hugo, el prior Roberto y los dos emisarios de Ramsey con el criado lego al que también se había dado por desaparecido sino todo un grupo del que formaban parte otros dos mozos o escuderos, cualquiera que fuera su condición, y un compacto personaje en la flor de la edad que cabalgaba discretamente al lado de Hugo y detrás de los dos priores y, sin embargo, dominaba el cortejo sin ningún esfuerzo por su parte. Su atuendo de montar era suntuoso, pero de tonos discretamente oscuros y mucho menos llamativos que los jaeces de su soberbio ruano. Detrás de él, en un estrecho carro con ruedas tirado por un solo caballo, iba el relicario de santa Winifreda, envuelto en unos valiosos lienzos bordados.

Fue una maravilla ver cómo de pronto se llenaba el gran patio cual si el viento hubiera transmitido por doquier la noticia del triunfal regreso de la santa. Fray Dionisio salió de la hospedería, fray Pablo salió de las aulas con dos de sus alumnos atisbando por detrás de su hábito, dos novicios y dos mozos salieron del patio de los establos y media docena de monjes abandonaron sus distintas ocupaciones y se congregaron en el patio casi antes de que el portero saliera apresuradamente de su garita para recibir al prior Roberto, el gobernador y sus acompañantes.

Tutilo, cabalgando humildemente detrás del cortejo, desmontó de su caballo y corrió a sujetar el estribo de Erluino como un diligente paje. Un novicio modelo, tal vez excesivamente servicial como para no suscitar recelos. Si lo que Cadfael sospechaba fuera cierto, el muchacho tenía ahora buenos motivos para observar un comportamiento ejemplar. Al parecer, el relicario perdido había regresado al lugar que le correspondía justo en el momento en que se acababa de encontrar un testigo que podría confirmar sin asomo de duda de qué forma había desaparecido. Aunque Tutilo no supiera todavía lo que le esperaba, tampoco podía estar enteramente seguro de que aquel jubiloso regreso pusiera término a sus zozobras. Esperanzado, pero presa de la inquietud, cruzaría los dedos para que la suerte le fuera propicia y se mostraría totalmente virtuoso hasta que pasara el último peligro y él siguiera siendo una anónima figura invisible. Cabía incluso la posibilidad de que elevara una fervorosa plegaria a santa Winifreda, pidiéndole su protección. Su inocente descaro sería capaz de eso y mucho más.

Cadfael no pudo por menos que compadecerse de alguien cuya dudosa, pero audaz empresa había recorrido un círculo completo que ahora amenazaba con convertirse para él en un motivo de ignominia y castigo; tanto más cuanto que él mismo se había salvado de una ignominia similar. La tapa del relicario, con su revestimiento de plata repujada inmediatamente reconocido por todos en el momento de hacer su entrada en el patio, conservaba los sellos intactos. Nadie lo había tocado ni había visto el cuerpo que contenía. Al final, Cadfael podía respirar tranquilo.

Una vez en su propio territorio, el prior Roberto asumió el mando de la situación. Los emocionados monjes tomaron el relicario y lo trasladaron a su altar de la iglesia, seguidos devotamente por Tutilo mientras los mozos y los novicios se hacían cargo de las cabalgaduras y empujaban el carro hacia el patio de la granja para guardarlo en un cobertizo. Por su parte, Roberto, Erluino y el desconocido se dirigieron a los aposentos del abad, de los cuales ya había salido Radulfo para darles la bienvenida.

Aunque no supiera quién era ni jamás le hubiera visto, Cadfael no tuvo demasiadas dificultades en adivinar la identidad del desconocido, por más que no acertara a comprender el motivo de su presencia en la abadía. La emboscada había tenido lugar cerca de Leicester y no cabía duda de que aquel personaje era inmensamente poderoso, ¿por qué buscar su nombre en otro lugar? A Cadfael no le había pasado inadvertida la malformación del hombro, visible por detrás como una joroba aunque no fuera lo bastante acentuada como para desfigurar su bien proporcionado cuerpo. Todo el mundo sabía que el más joven de los gemelos Beaumont era un hombre marcado. Robert Bossu, le llamaban, Roberto el Jorobado, y, por lo que se decía, él no ponía ningún reparo al sobrenombre. Todos habían entrado en los aposentos del abad y pronto se conocería la razón de la visita de Roberto. Hugo, por su parte, pronto le contaría a fray Cadfael lo que le hubiera dicho al abad Radulfo. Cadfael sólo tendría que esperar a que terminara aquella reunión entre los representantes del brazo sagrado y el secular. Entre tanto, pensó Cadfael, aprovechando que todos estaban allí, sería mejor que enviar al chico de los recados del padre Bonifacio en busca de Aldelmo, el cual estaría con sus ovejas en Upton, rogándole que bajara a la abadía cuando terminara su trabajo cotidiano e identificara a su misterioso monje benedictino entre todos los que allí había.

Un profundo silencio se hizo en la cabaña del herbario de fray Cadfael en cuanto Hugo le hubo contado a su amigo toda la historia de la odisea de santa Winifreda y de la pretensión de Roberto Beaumont de entrar en la contienda por la posesión del relicario.

—¿Creéis que habla en serio? —preguntó Cadfael.

—A medias. Quiere divertirse un poco para pasar el tiempo ahora que prácticamente se han terminado los combates y no tiene apenas nada que hacer…, no es que los eche de menos, pero estar mano sobre mano le resulta muy aburrido. A falta de otra ocupación, si exceptuamos la peliaguda tarea de defender los intereses de su hermano aquí, de la misma manera que Waleran protege los suyos en Normandía, se divierte soltando el zorro en el corral, sobre todo habiendo dos belicosos gallos de pelea como vuestro prior y Erluino de Ramsey No lo hace con mala intención —añadió comprensivamente Hugo—. No puedo reprocharle que quiera divertirse un poco, pues yo hacía lo mismo en mis tiempos.

—Pero ¿seguirá insistiendo en reclamar la posesión del relicario?

—Sí, mientras eso le divierta y no tenga nada mejor que hacer. ¡Ellos mismos le metieron la idea en la cabeza! Casi se diría, dijo Roberto, ¿nuestro Roberto os parece que le llame para no confundirlo con el otro?, ¡que ella misma gobernó los acontecimientos! Pues sí, dijo el otro y entonces yo comprendí que la semilla había caído en tierra abonada y a partir de aquel momento, el conde la ha seguido alimentando. Pero no os preocupéis, no llegará hasta el extremo de humillar a ninguno de los dos y tanto menos al abad Radulfo, a quien respeta como a un igual.

—Apenas se nota —dijo Cadfael en tono pensativo, saliéndose repentinamente por la tangente.

—¿A qué os referís?

—A la joroba. Robert Bossu. Conocía el apodo, ¿quién no lo conoce? Parece que, de unos años a esta parte, Roberto y Waleran de Beaumont se han apartado un poco, por muy gemelos que sean. El mayor ya lleva cuatro años en Normandía y Esteban ya casi no puede contar con él con la misma confianza con que antes lo hacía.

—No cuenta para nada con él —dijo Hugo—. Esteban sabe muy bien que ha perdido a un hombre muy valioso. Y probablemente comprende el motivo y no se lo reprocha. Los hermanos tienen tierras tanto aquí en Inglaterra como en Normandía y, desde que Godofredo de Anjou se ha hecho el amo de Normandía en representación de su hijo, todos los partidarios de Esteban temen por la suerte de sus posesiones en aquella región y están tentados de cambiar de bando para ganarse el favor del de Anjou. Las tierras francesas y normandas significan mucho para Waleran y no debemos extrañarnos de que se haya trasladado allí y haya tratado de ponerse a bien con Godofredo en lugar de correr el riesgo de que éste se apodere de sus posesiones. Pero es que se trata de algo más que las tierras. Las propiedades francesas que constituyen el núcleo de la herencia pasaron a sus manos a la muerte de su padre; por consiguiente, él es el conde de Meulan y su linaje está ligado a ese título. Sin Meulan, perdería el nombre. La herencia de Roberto fueron las tierras inglesas. Breteuil lo recibió por vía matrimonial, pero lo suyo está aquí. Waleran, en cambio, tiene sus raíces en otro sitio y, para evitar que se las arranquen, hace lo que sea, aunque ello le suponga rendir homenaje al de Anjou con tal de que éste no le arrebate las propiedades que pertenecen a su familia desde hace muchas generaciones. Sin embargo, no sé hacia dónde se inclina su corazón. Ahora es leal a Godofredo, pero hace muy poco por ayudarle y evita causar daños a Esteban en toda la medida de lo posible, protegiendo allí tanto sus propios intereses como los de su hermano, como Roberto hace aquí con los suyos. Ambos procuran mantenerse apartados de las contiendas. ¡Y no me extraña! —dijo Hugo—. Además, llega un momento en que uno se cansa. Este caos ya dura demasiado.

—Nunca es fácil servir a dos amos —sentenció Cadfael—. Ni siquiera cuando la carga se puede repartir entre dos hermanos.

—Otros están pasando por la misma situación.

—Y habrá muchos más ahora que una de las causas se está afianzando aquí y la otra lo está haciendo allí. Pero nosotros tenemos otro problema, Hugo, y, aunque el conde sólo pretenda pasar el rato, está claro que Erluino no tiene este propósito. De haber sabido que la ibais a traer sana y salva —añadió Cadfael en tono dubitativo—, puede que no me hubiera preocupado tanto en intentar averiguar de qué forma se extravió.

—No teníais más remedio que hacerlo —dijo comprensivamente Hugo—, pero ahora ya no tenéis que preocuparos.

—¡Por supuesto que no! He mandado llamar al chico del feudo de Upton, tal como ya le dije a Radulfo, y, antes de completas estará aquí y entonces descubriremos la verdad. Ahora todos sabemos que el relicario fue robado y conducido lejos de aquí. Sólo nos falta el testimonio de este mozo para dar un rostro y un nombre al ladrón. De baja estatura y voz juvenil, dice Aldelmo, que fue quien le ayudó y le vio la cara de cerca. Casi no haría falta ninguna confirmación —reconoció Cadfael—, pero la justicia tiene que estar absolutamente segura. Erluino no es bajo ni joven. ¿Qué razón hubiera podido impulsar a un monje de Shrewsbury a enviar a nuestra mejor protectora a Ramsey? Tal y como están ahora las cosas, ¿quién pudo ser sino Tutilo?

—¡Un mozo muy audaz! —dijo Hugo sin poder reprimir una sonrisa de admiración—. No está hecho para la cogulla. ¿Sabéis una cosa?, dudo mucho que Erluino hubiera puesto reparos en caso de que el robo no hubiera fallado, pero, ahora que ha fracasado, pedirá la cabeza del muchacho. —Hugo se levantó para marcharse, estirando los miembros un poco entumecidos después del largo paseo a caballo—. Me voy a casa. Aquí no me necesitáis hasta que ese Aldelmo haya interpretado su papel y haya señalado con el dedo a Tutilo, tal como tengo por cierto que hará antes de que acabe esta noche. Prefiero no estar aquí. Si tengo que hacer algo, mejor dejarlo para mañana.

Cadfael sólo le acompañó hasta el huerto, pues aún tenía trabajo que hacer allí. El joven, vigoroso y saludable fray Winfrido, apoyado en su azadón al fondo de la parte del huerto dedicada al cultivo de hortalizas, estaba contemplando una menuda figura que acababa de rodear a toda prisa el seto de boj en dirección al gran patio.

—¿Por qué estaría fray Jerónimo acechando alrededor de vuestra cabaña? —preguntó fray Winfrido cuando regresó para guardar sus aperos en cuanto empezó a oscurecer.

—¿Estaba por aquí? —preguntó Cadfael con aire distraído, machacando unas hierbas en un mortero para preparar un jarabe pectoral—. Pues no ha entrado.

—No, ni falta que hacía —dijo Winfrido sin andarse por las ramas según su costumbre—. Quería averiguar lo que os ha dicho el gobernador, supongo. Se pasó unos minutos pegado a la puerta hasta que oyó que os disponíais a salir y entonces escapó a toda prisa. Dudo que haya escuchado nada bueno acerca de su persona.

—No puede haber escuchado nada de todo eso —dijo Cadfael muy tranquilo—. Pero tampoco ha escuchado nada que le pueda ser beneficioso.

Rémy de Pertuis ya casi había decidido marcharse aquel día, pero la llegada del conde de Leicester le indujo a cambiar de idea y a decirles a Bénezet y Daalny que no hicieran el equipaje tal como les había mandado. El caballo ya se había curado de su cojera y estaba preparado para el viaje, pero ahora, ¿no convendría tal vez quedarse unos cuantos días más y examinar las posibilidades de aquel personaje que tan providencialmente acababa de aparecer? Rémy no conocía personalmente a Ranulfo de Chester y no estaba muy seguro de la clase de recibimiento que le dispensarían en el norte, mientras que los comentarios que había escuchado sobre Roberto de Beaumont le inducían a creer que éste era un hombre cultivado que probablemente apreciaría la música. Por lo menos, a ése lo tenía allí, alojado en la misma hospedería y comiendo en la misma mesa. ¿Por qué abandonar una oportunidad presente y prometedora para ir en busca de otra lejana y desconocida?

Rémy decidió por tanto explorar la situación y exhibir sus notables cualidades. Bénezet llevaba el suficiente tiempo a su servicio como para comprender el papel que debería desempeñar sin necesidad de que su amo se lo dijera.

El mozo trabó conversación con los escuderos del conde en el patio de los establos y mantuvo los oídos atentos, por si alguien hiciera algún comentario sobre los gustos, el temperamento y los intereses de Robert Bossu. Sus descubrimientos resultaron altamente prometedores. Con un protector como aquél, la vida podía convertirse en un relativo lujo y el trabajo en una tarea en extremo placentera. Bénezet estaba regresando a la hospedería para comunicarle a su amo el resultado de sus indagaciones cuando observó que fray Jerónimo rodeaba a toda prisa el seto de boj del huerto como si estuviera deseando comunicarle a alguien lo que ocupaba en aquellos momentos su mente. Sólo había una persona a quien Jerónimo pudiera tener tan fervoroso empeño en facilitar información. Bénezet, lógicamente interesado en cualquier cosa que pudiera serle útil o reportarle algún beneficio, pensó que no estaría de más recoger por el camino algunas migajas de provechosa información. Por consiguiente, aminoró el paso para ver adonde se dirigía Jerónimo y le siguió de lejos hasta que le vio entrar en el claustro.

El prior Roberto estaba colocando un libro en un armario situado al fondo del escritorio cuando Jerónimo se acercó a él para comunicarle la urgente noticia. Bénezet entró sigilosamente en uno de los gabinetes y se ocultó entre las sombras sin que le vieran, lo cual le resultó bastante fácil, pues a aquella hora la luz ya se estaba desvaneciendo y todos los monjes que se dedicaban a la lectura o la copia habían abandonado sus tareas, dejando que el prior se encargara de volver a colocarlo todo en su sitio. En el silencio del crepúsculo, las voces se escuchaban con toda claridad. Jerónimo estaba muy excitado y Roberto por nada del mundo hubiera acallado una voz que tanto le interesaba escuchar. Bénezet había descubierto que las provechosas migajas podían recogerse a veces en los lugares más inesperados.

—Padre prior —dijo fray Jerónimo, debatiéndose entre la indignación y la satisfacción—, ha llegado a mi conocimiento algo que conviene que sepáis. Por lo visto, hay un hombre que ayudó de buena fe a trasladar el relicario de santa Winifreda al carro de Ramsey accediendo a la petición que en tal sentido le hizo un monje de nuestra orden. El hombre ha dicho que podría reconocerle y esta noche vendrá para demostrarlo. Padre, ¿por qué no hemos sido informados de todo eso los demás?

—Ya lo sé —dijo el prior, cerrando la puerta del armario que tantas obras de devoción y sabiduría albergaba en su interior—. El señor abad me lo dijo. No se podía divulgar para no poner sobre aviso al culpable.

—Pero, padre, ¿os dais cuenta de lo que eso significa? Fue la perversidad de los hombres la que arrebató la santa de nuestro cuidado. Y yo he oído el nombre del impío ladrón que se atrevió a turbar su descanso. Se lo he oído mencionar a fray Cadfael. El falsamente inocente Tutilo, el novicio de Ramsey.

—Eso a mí no me fue comunicado —comentó Roberto, sintiendo su dignidad ligeramente ultrajada—. Sin duda el abad no habrá querido acusar a un hombre hasta tanto un testigo no aporte pruebas inequívocas de su culpabilidad. Esta noche dispondremos de las pruebas.

—Pero, padre, ¿cómo es posible que un hombre haya podido cometer semejante acto de maldad? ¿Con qué pena podría expiarlo? Un rayo del cielo hubiera tenido que caerle encima, destruyéndolo en el mismo momento de su acción.

—A veces, el castigo se puede demorar —contestó el prior Roberto, dando media vuelta para abandonar el escritorio, seguido de cerca por su fiel sombra—. Pero de lo que no cabe duda es de que, dentro de unas pocas horas, el malvado será condenado a la pena que le corresponda.

Los vengativos e insatisfechos murmullos de fray Jerónimo se perdieron hacia la puerta sur en medio de la quietud del anochecer. Bénezet permaneció unos momentos en su escondrijo, reflexionando acerca de lo que acababa de escuchar antes de salir y regresar con aire meditabundo a la hospedería. Le esperaba una velada de descanso en la que tanto él como Daalny estarían eximidos del servicio, pues Rémy iba a cenar con el conde y el abad, cosechando de este modo los primeros frutos de su campaña en busca de una buena situación. No necesitaba que le atendiera ningún criado y aunque interpretara un poco de música en el transcurso de la velada, la presencia de una cantora no hubiera sido muy decorosa en los aposentos del abad. Por consiguiente, ambos serían libres de hacer lo que quisieran.

—Tengo que contarte un secreto —le dijo Bénezet a Daalny, la cual se encontraba en la sala afinando un rabel bajo la luz de una de las antorchas—. Esta noche se prepara una persecución que tu amado Tutilo haría bien en evitar —añadió, contándole a la joven lo que había escuchado—. Transmítele la noticia y aconséjale que se esconda. Puede que eso sólo sirva para aplazar en un día el final, pero, aunque sólo fuera un día, tendría tiempo para inventarse una historia verosímil ahora que ya esta advertido o, por lo menos, para convencer al testigo de que contara otra historia. ¿Por qué iba yo a desearle al chico peores males que aquéllos en los que él mismo se ha metido?

—No es mi amado Tutilo —replicó Daalny, dejando el rabel sobre sus rodillas y mirando a Bénezet con expresión pensativa—. ¿Es cierto eso que has dicho?

—¿Cómo no va a ser cierto? Ya has visto todas las idas y venidas que ha habido por aquí. Por una vez, eres libre como un pájaro siempre y cuando regreses a tiempo a la jaula. Haz lo que quieras, pero yo que tú le avisaría de lo que va a ocurrir. En cuanto a mí, me iré a estirar un poco las piernas por la ciudad. No sé nada de nada ni diré nada.

—No es mi amado Tutilo —repitió la joven con aire ausente y ensimismado.

—Pues, por la forma en que evita mirarte, lo podría ser siempre y cuando tú le quisieras —replicó Bénezet con una sonrisa—. Pero, en fin, abandónalo a su suerte, si ése es tu deseo.

No era el deseo de la chica y Bénezet lo sabía muy bien. Tutilo sería advertido de lo que le esperaba al término de vísperas y puede que incluso antes.

El viceprior Erluino, mientras se dirigía a cenar con el abad Radulfo y sus distinguidos huéspedes, rebosante de satisfacción por el hecho de haber sido invitado, se tropezó a medio cruzar el patio con un humilde peticionario bajo la forma del servicial y obsequioso Tutilo, el cual solicitó su permiso para visitar en su ausencia a la señora Donata de Longner.

—Padre, la señora ha pedido que vaya a tocar para ella, tal como ya hice una vez. ¿Me dais vuestro permiso?

Erluino estaba pensando en la inminente cena y en la forma en que iba a exponer sus argumentos a propósito del asunto de santa Winifreda. No le habían dicho ni una sola palabra acerca de las indignas sospechas que pesaban sobre su novicio ni de la llegada del testigo aquella misma noche. Tutilo recibió su autorización con una facilidad rayana en la indiferencia. El joven salió tranquilamente por la garita de vigilancia y tomó el camino de la barbacana por si alguien estuviera mirando y viera que no seguía la dirección correspondiente. No iba muy lejos, ni mucho menos tanto como Longner, pero sí lo suficiente como para no estar allí cuando se presentara la inmediata amenaza de peligro. No era tan necio como para suponer que el peligro desaparecería en cuanto Aldelmo regresara a casa, desalentado, pero ya se le ocurriría alguna manera de enfrentarse a lo que pudiera ocurrir cuando llegara el momento. Los males que le amenazaban ya eran suficientes por aquel día y además tenía una considerable confianza en su propio ingenio.

Por tortuosas veredas llegó a oídos de fray Jerónimo la noticia de que el pájaro al que con tanto afán deseaba apresar había huido a una distancia segura. Jerónimo se llenó de amargura y de rabia. Estaba claro que no habría forma de hacer justicia, ni siquiera con la ayuda del Cielo.

El demonio estaba protegiendo con todas sus fuerzas a los suyos.

Debió de ponerse enfermo de ira, pues desapareció durante el resto de la noche. Y no es que nadie le echara de menos precisamente. El prior Roberto sólo se acordaba de su sombra cuando tenía algún encargo que encomendarle o cuando necesitaba de su aduladora presencia para restaurar su equilibrio en los casos en que alguien había herido su dignidad prioral. Casi todos los monjes eran profundamente conscientes de su presencia, pero, cuando él no estaba, se relajaban, daban gracias al Cielo y se olvidaban de él mientras que tanto los novicios como los colegiales procuraban apartarse en todo momento de su camino. Su ausencia no suscitó asombro ni inquietud hasta después de completas, pues, a pesar de sus defectos, todo el mundo reconocía su férrea observancia de la Regla. El viceprior Ricardo, un hombre bondadoso incluso con aquéllos que no eran de su particular agrado, se preocupó y fue en busca del ausente, a quien encontró en su lecho del dormitorio, pálido y tembloroso y con el rostro cetrino, alegando hallarse indispuesto.

Puesto que Jerónimo era propenso a los trastornos gástricos, nadie se sorprendió demasiado, aunque sí causó cierta extrañeza la intensidad del ataque. Fray Cadfael le llevó una bebida caliente y una poción para aliviarle el estómago y después le dejaron descansando.

Ésa fue la conmoción más leve de aquella noche, pues la última que aún estaba por llegar, no pudo calificarse de leve y se produjo poco después de la medianoche. La media hora que transcurrió después de completas parecía estar declinando sin pena ni gloria, pues el joven del feudo de Upton, el testigo ansiosamente esperado que iba finalmente a desvelar la verdad, no se había presentado.

Los invitados del abad se habían dispersado discretamente. Rémy y el conde Roberto se retiraron conversando animadamente hacia la hospedería donde Bénezet ya había regresado de su velada en la ciudad con tiempo suficiente para atender a su señor, tal como habían hecho los dos escuderos del conde para atender al suyo. Daalny se estaba peinando el largo cabello negro en la sala de las damas mientras escuchaba la cháchara de la viuda de un mercader de Wem que se alojaría allí aquella noche en su camino hacia Wenlock, donde su hija iba a dar a luz. Todo dentro de los muros de la abadía se estaba preparando para el descanso nocturno.

Pero Aldelmo no se presentó. Y tampoco lo hizo Tutilo de su visita a la señora de Longner.

Como la observancia de la Regla era inmutable, la campana de maitines sonó en el dormitorio a medianoche a pesar de que uno de los monjes estaba enfermo y otro había desaparecido. Los monjes se levantaron medio dormidos y bajaron a la iglesia por la escalera de noche. Cadfael, que podía dormir o permanecer despierto prácticamente a voluntad, siempre vivía con especial emoción la particular solemnidad de los oficios nocturnos y la impresionante belleza de la inmensa y oscura bóveda superior, donde la luz de las velas se perdía en unas encumbradas distancias que hubieran podido extenderse hasta el infinito. El silencio añadía una dimensión cósmica a las horas nocturnas y hasta el más leve sonido que turbara los ordenados murmullos de los rezos parecía sacudir los cimientos de la tierra. Por ejemplo, pensó Cadfael durante la pausa de meditación y plegaria que solía observarse entre maitines y laudes, el leve y brevísimo chirrido de los goznes de la puerta sur que daba acceso al claustro. Su oído era más fino que el de la mayoría de sus hermanos y los años todavía no se lo habían estropeado; probablemente, muy pocos lo oyeron. Y, sin embargo, alguien había entrado sigilosamente en la iglesia por aquella puerta y ahora estaba esperando, sin atreverse a adelantarse hasta el coro e interrumpir el segundo oficio del día. Poco después se oyó una voz, incorporándose muy suavemente a las respuestas.

Cuando los monjes abandonaron sus sitiales al término de laudes y se dirigieron a la escalera de noche para regresar a sus lechos, una esbelta figura envuelta en un hábito, se levantó del suelo donde estaba arrodillada y se cruzó en su camino con resignada decisión bajo la escasa luz de las velas, como si esperara un hostil recibimiento y ya estuviera preparada para resistirlo y sobrevivir a él. El hábito de Tutilo brillaba sobre sus hombros a causa de la llovizna que había empezado a caer hacia el anochecer. Los bucles de su cabello estaban empapados y alborotados y la mano que el joven se había pasado por la frente para apartarse un mechón había dejado en ella una oscura tiznadura. Tenía los ojos desorbitados de espanto en el interior de las cuencas y su rostro, allí donde las tiznaduras no lo habían alcanzado, estaba extremadamente pálido.

Al verle, Erluino se apartó del lado del prior Roberto, emitiendo un áspero y explosivo grito de irritación, cólera y perplejidad, pero, antes de que pudiera recuperar el resuello y soltar toda la sarta de violentos reproches que indudablemente tenía intención de lanzarle a su novicio, Tutilo pronunció unas pocas y terribles palabras que impidieron cualquier insulto.

—Padre, lamento llegar tan tarde, pero no he tenido más remedio. Era absolutamente necesario que primero me dirigiera a la ciudad y al castillo donde se deben comunicar estas cosas, y eso fue lo que hice. Padre, durante el camino de regreso desde el embarcadero y a través del bosque, he encontrado a un hombre muerto. Asesinado…, padre —añadió Tutilo, mostrando la mano con la cual se había manchado la frente—. Hablo porque lo sé y la cosa estaba clarísima a pesar de la oscuridad de la noche. Lo toqué… ¡y tenía la cabeza machacada!