IV
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odo fue muy bien —explicó maese Jaime de Betton una hora más tarde en la sala del abad— hasta que llegamos al bosque de más allá de Eaton. Es un bosque muy espeso que hay al sur de Leicester, pero tiene unos caminos muy bien cuidados. Éramos cinco y no pensábamos tropezar con ninguna dificultad que no pudiéramos resolver. Un par de miserables que aguardaran al acecho entre los arbustos en busca de alguna presa no se hubieran atrevido a salir de su escondrijo para atacarnos. Pero no, fueron unos once o doce, armados con dagas y estacas y dos de ellos incluso con espadas. Seguramente nos venían siguiendo desde hacía un buen rato. Además, tenían dos arqueros, uno a cada lado del camino. Alguien les avisó con un silbido cuando llegamos a un lugar muy angosto y, con los arcos tensados y las flechas a punto, nos ordenaron a gritos que nos detuviéramos. Rogelio de Ramsey conducía el carro y es un hombre muy experto en carros y caballos, pero ¿qué podía hacer contra aquellos dos? Dice que pensó en la posibilidad de echárseles encima y atropellados, pero hubiera sido inútil porque ellos nos hubieran disparado antes. Inmediatamente los demás nos rodearon por todas partes.
—Doy gracias a Dios —dijo fervorosamente Radulfo— de que estéis vivos para contarlo. ¿Y decís que todos vuestros compañeros están vivos? La pérdida es irreparable, pero vuestras vidas valen mucho más.
—Padre —dijo maese Jaime—, ninguno de nosotros ha sufrido peores daños que los golpes. No les facilitamos la tarea. Aquí Martín fue golpeado hasta perder el sentido y abandonado entre los arbustos. Rogelio los atacó con su látigo y les dejó la espalda marcada a un par de ellos antes de que lo derribaran al suelo y utilizaran las tiras del látigo para maniatarlo. Pero éramos cinco contra más del doble y ellos eran unos desalmados dispuestos a matar. Les interesaban sobre todo los caballos, pues sólo tres de ellos iban montados mientras que los demás iban a pie; el carro también les fue muy bien, pues creo que uno de ellos estaba herido. Nos molieron a palos y nos obligaron a apartarnos mientras ellos se alejaban con el carro y los caballos a través del bosque por un camino que giraba hacia el sur. Toda la carga se la llevaron. Y, cuando yo eché a correr tras ellos seguido del joven Payne, nos dispararon una flecha que me rozó el hombro…, ya veis el desgarrón. No tuvimos más remedio que retroceder e ir en busca de Rogelio y Martín. Nicol luchó con tanta valentía como todos nosotros a pesar de su edad y conservó la llave del cofre, pero le echaron del carro y se fueron llevándose también el cofre que habíamos escondido entre los haces de leña. ¿Qué otra cosa hubiéramos podido hacer? No pensábamos tropezamos con una partida de hombres armados en el bosque, estando tan cerca de Leicester.
—Hicisteis todo lo que se puede esperar de unos hombres —dijo el abad—. Siento mucho que hayáis pasado por este trance y me alegro infinitamente de que hayáis salido de él sin mayores daños. Descansad aquí uno o dos días y dejad que os curemos las heridas antes de que regreséis a vuestros hogares. No sé de dónde pudo salir tan gran número de hombres armados. ¿Qué aspecto tenían…, de miserables mendigos o de salvajes sin excusa?
—Padre —contestó maese Jaime con la cara muy seria—, jamás en mi vida he visto a unos pobres desgraciados que, viviendo a salto de mata, vistieran buenos jubones de cuero, calzaran excelentes botas y llevaran unas dagas dignas de la guardia de un barón.
—¿Y decís que se dirigieron hacia el sur? —preguntó Cadfael, extrañándose de que aquel grupo de hombres tan bien pertrechado careciera de monturas.
—Más bien hacia el suroeste —rectificó el joven Martín—. Y como almas que llevara el diablo.
—Tal vez para huir de las manos del conde de Leicester —aventuró Cadfael—. Como les hubiera echado el guante, éste les hubiera dado su merecido. ¿Y si fueran unos antiguos miembros de la horda que Godofredo de Mandeville reunió en torno a sí, en busca de pastos más seguros en los que asentarse ahora que el rey vuelve a ser el amo de los Marjales? Probablemente están desperdigados por doquier y los persiguen en todas partes. Pero seguro que no les interesa acabar en las manos de Leicester.
Las palabras de Cadfael suscitaron un murmullo de aprobación de todos los presentes. Ningún malhechor en su sano juicio hubiera querido asentarse y cometer fechorías en un territorio controlado por un señor tan poderoso como Roberto de Beaumont, conde de Leicester. Era el menor de los gemelos Beaumont, hijos del conde Roberto que antaño fuera uno de los más firmes partidarios del gobierno del rey Enrique. Ahora ellos eran a su vez partidarios del rey Esteban con la misma firmeza con la cual su padre lo había sido de Enrique. El padre había muerto en posesión del condado de Leicester en Inglaterra, de los de Beaumont, Brionne y Pontaudemer en Normandía y del condado de Meulan en Francia. A su muerte, Waleran, el mayor de los gemelos, había heredado las tierras normandas y francesas y el joven Roberto el título y las tierras de Inglaterra.
—Ciertamente no es un hombre capaz de tolerar la presencia de ladrones y bandidos en sus tierras —dijo el abad—. Es posible que atrape a esos ladrones antes de que huyan de su jurisdicción. Puede que todavía consigamos recuperar alguna cosa. Pero ahora, decidme, ¿qué ha sido de vuestros compañeros, maese Jaime? Decís que todos viven. ¿Dónde están ahora?
—Pues veréis, mi señor, cuando nos dejaron allí, me imagino que debían de tener mucha prisa, pues de otro modo no hubieran dejado a nadie con vida, lo primero que hicimos fue atender a los heridos, después discutimos la cuestión y decidimos ir a comunicar la noticia a Ramsey y regresar a continuación a Shrewsbury. Nicol, sabiendo que el viceprior Erluino estaría en Worcester, dijo que se dirigiría allí para contarle lo que había ocurrido. Rogelio optó por regresar a Ramsey y el joven Payne dijo que iría con él… Martín hubiera hecho lo mismo, pero, como yo no tenía demasiada fuerza en los pies, no permitió que emprendiera el camino de regreso a casa solo. Y aquí pienso quedarme, pues, a la vista de lo ocurrido, os aseguro que se me han quitado las ganas de viajar.
—No os lo reprocho —convino el abad—. O sea que, a esta hora, la noticia ya habrá llegado tanto a Ramsey como a Worcester, siempre y cuando no haya habido ninguna otra emboscada, ¡Dios no lo quiera! Hugo Berengario ya estará en Worcester y se habrá enterado de la desgracia. Si se puede hacer algo para recuperar nuestro carro y nuestros caballos, ¡tanto mejor! En caso contrario, se habrán salvado por lo menos las valiosas vidas de cinco hombres, ¡gracias sean dadas a Dios!
Hasta aquel momento, Cadfael se había guardado su noticia en favor de la más urgente traída por aquellos maltrechos supervivientes de los bosques del condado de Leicester. Ahora consideró llegado su turno.
—Padre abad, acabo de regresar de Longner sin apenas ninguna novedad, pues ninguno de los mozos que transportó la madera hasta aquí tiene nada que decir. Sin embargo, sigo pensando que en aquel carro se transportaba algo de valor inmensamente superior. No veo ningún otro medio de que el relicario de santa Winifreda haya podido abandonar los muros de nuestra casa.
—Lo decís muy convencido, Cadfael —dijo el abad, dirigiéndole una larga y penetrante mirada—. Y comprendo muy bien la lógica de vuestro razonamiento. ¿Ya habéis hablado con todos los que participaron en las tareas de aquella noche?
—No, padre, aún tengo que ir a ver a otro, un joven de una cercana aldea que bajó para ayudar a los carreteros. A ésos sí los he visto y me han dicho que, a última hora, un monje llamó al interior de la iglesia a este tercer mozo para que le echara una mano y que después el monje volvió a salir con él, les dio las gracias a los tres y les deseó buenas noches. Ellos no vieron que se cargara nada en el carro de Ramsey, pero estaban ocupados y sólo prestaban atención a la tarea que tenían entre manos. Es una idea muy descabellada suponer que algo se cargó en el carro al amparo de la oscuridad. Pero me aferró a ella porque no veo ninguna otra posibilidad.
—¿Y seguiréis haciendo indagaciones? —preguntó el abad.
—Si vos lo aprobáis, iré a ver al joven Aldelmo.
—Es necesario —dijo Radulfo—. ¿Decís que uno de los monjes llamó de nuevo al joven al interior de la iglesia y después volvió a salir con él? ¿Saben los mozos cómo se llamaba el monje?
—No y tampoco serían capaces de reconocerle si le vieran. Estaba muy oscuro y el monje llevaba la cogulla echada sobre el rostro para protegerse de la lluvia. Lo más probable es que sea enteramente inocente de cualquier culpa. Pero yo recorreré este último trecho del camino y hablaré con el último hombre.
—Tenemos que hacer todo lo necesario para recuperar lo que se ha perdido —dijo Radulfo en tono cansado—. Si fallamos, qué se le va a hacer. Pero hay que intentarlo. —Dirigiéndose a los viajeros recién llegados, les preguntó—: ¿Dónde tuvo lugar exactamente la emboscada?
—Muy cerca de una aldea llamada Ullesthorpe, a cosa de una legua de Leicester —contestó maese Jaime de Betton.
Los viajeros estaban muertos de cansancio después del largo y accidentado viaje de regreso; además, el vino con azúcar y especias que habían bebido durante la cena les había dado sueño. Radulfo comprendió que no podía entretenerles más.
—Id ahora a vuestro bien merecido descanso y dejadlo todo en las manos de Dios y de los santos que jamás apartan su rostro de nosotros.
Si Hugo y el prior Roberto no hubieran ido montados en unas excelentes cabalgaduras y el anciano, pero esforzado administrador de Ramsey no se hubiera visto obligado a ir a pie, no hubieran podido llegar al priorato de la catedral de Worcester con un día de diferencia. Nicol, desde el desastroso encuentro cerca de Ullesthorpe, se había pasado cinco días cruzando la campiña para alcanzar al viceprior Erluino e informarle de lo ocurrido. Era un hombre valeroso y obstinado que no se asustaba por unas cuantas magulladuras y no se rendía sin antes oponer una tenaz resistencia. Si la persecución de los malhechores fuera posible, él estaba empeñado en exigírsela a la autoridad correspondiente.
Hugo y Roberto llegaron al priorato a última hora, presentaron sus respetos al prior, asistieron al rezo de vísperas en honor de los santos fundadores Osvaldo y Wulstan y comunicaron a Erluino y a sus acompañantes la pérdida o, por lo menos, el extravío del relicario de santa Winifreda, estudiando, por lo menos eso es lo que hizo Hugo, la forma en que la noticia era recibida. Un exceso de exclamaciones y protestas hubiera despertado cierto grado de duda en cuanto a la sinceridad, pero Erluino debió de pensar que la cosa no era más que una estúpida confusión por parte de alguno de los numerosos hombres que habían participado en la tarea en medio del pánico y las prisas y que aquello que se había perdido se encontraría en seguida, en cuanto todos se calmaran e interrumpieran las labores de búsqueda para reflexionar con serenidad. Llamó también la atención su deseo, inmediatamente manifestado, de regresar cuanto antes a Shrewsbury para contribuir a aclarar la confusión, si bien, para acabar con el caos y restablecer el orden, parecía confiar más en su autoridad natural que en cualquier proyecto práctico que se le hubiera podido ocurrir. Personalmente no podía aportar ningún dato. No había intervenido en las apresuradas actividades del interior de la iglesia, sino que se había mantenido dignamente al margen en los aposentos del abad donde todavía no habían llegado las inundaciones. No, no tenía idea de quién había rescatado a santa Winifreda. Su última visión del relicario había sido durante la misa de la mañana.
Tutilo, con el rostro todavía aureolado por los largos bucles, sacudió la cabeza en consternado silencio y abrió enormemente sus claros ojos ambarinos al oír la inquietante noticia. Tras recibir autorización para hablar, dijo que él había entrado en la iglesia y se había limitado a cumplir órdenes, por lo que no sabía dónde podía estar el féretro de la santa en aquellos momentos.
—Eso no puede quedar así —sentenció majestuosamente Erluino—. Mañana regresaremos con vos a Shrewsbury. No puede estar lejos. Hay que encontrarla.
—Después de la misa de la mañana —dijo el prior Roberto, reafirmando enérgicamente su primacía como representante de Shrewsbury—, nos pondremos en camino.
Y así lo hubieran hecho de no haber sido por la llegada de Nicol.
Los caballos ya estaban ensillados y esperando, los huéspedes ya se habían despedido del prior y sus monjes y Hugo estaba alargando la mano hacia la brida de su montura cuando Nicol se presentó renqueando en la garita de vigilancia, sucio, magullado y apoyándose en un bastón hecho con la rama de un árbol del bosque. Al verle, Erluino emitió un entrecortado grito, más de irritación que de asombro o alarma, pues a aquella hora el administrador ya hubiera tenido que estar en la casa de Ramsey y haber entregado los donativos. Su inesperada aparición allí, cualquiera que fuera el motivo, no presagiaba nada bueno.
—¡Nicol! —exclamó Erluino, reprimiendo su inicial irritación ante aquel desbaratamiento de sus planes—. ¿Qué estás haciendo aquí, hombre de Dios? ¿Por qué no has regresado a Ramsey? Pensaba que podía confiar en ti y encomendarte el transporte de la carga a nuestra casa. ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde has dejado el carro? ¿Y tus compañeros dónde están?
Nicol respiró hondo y se lo dijo.
—Padre, nos tendieron una emboscada en un bosque al sur de Leicester. Éramos cinco y ellos eran doce, armados con estacas y dagas y dos de ellos incluso con arcos. Querían los caballos y el carro y no pudimos impedir que se los llevaran. Huyeron a toda prisa, de lo contrario, nos habrían matado a todos. Por lo menos uno de ellos estaba herido y no podían perder el tiempo. Nos apalearon entre los arbustos y se alejaron por el bosque con el carro, el tronco de caballos y la carga, abandonándonos maltrechos y malheridos. Eso fue lo que ocurrió —dijo Nicol, cerrando repentinamente la boca y mirando a Erluino con la pétrea expresión propia de un anciano al que han provocado y se dispone a dar batalla.
¡El carro de la abadía se había perdido, el tronco de caballos, la carga de madera de Longner y, sobre todo, el cofre del tesoro para la reconstrucción de Longner se habían perdido por el camino a manos de una partida de forajidos! El prior Roberto contuvo la respiración y el viceprior Erluino lanzó un amargo aullido y empezó a descargar su cólera contra Nicol.
—¿Y no pudisteis impedirlo? ¡Todos mis esfuerzos han sido vanos! Creía que podía fiarme de ti, que Ramsey podía fiarse de ti…
Hugo apoyó una mano en el trémulo hombro del viceprior y le interrumpió sin contemplaciones:
—¿Alguno de los hombres resultó gravemente herido? —preguntó.
—No hasta el punto de no poder proseguir el camino a pie. Tal como he hecho yo —contestó valerosamente Nicol—, recorriendo todas esas leguas para comunicaros cuanto antes la noticia.
—Habéis hecho muy bien —dijo Hugo—. Gracias a Dios que no ha habido ninguna muerte. ¿Y adónde se han ido los demás, pues os han dejado venir solo aquí?
—Rogelio y el joven cantero se han ido juntos a Ramsey. Y el maestro carpintero y el otro mozo han regresado a Shrewsbury. A esta hora ya habrán llegado si no han tropezado con más dificultades por el camino.
—¿Y dónde os tendieron la emboscada? ¿Al sur de Leicester decís? ¿Nos podríais conducir hasta allí? Pero no —añadió resueltamente Hugo. Era un hombre muy mayor y estaba rendido y agotado después de un largo y laborioso viaje a pie—. No, necesitáis descansar. Decidnos el nombre de alguna aldea cercana y ya lo encontraremos. Nos disponíamos a salir hacia Shrewsbury pero podemos dirigirnos a Leicester.
—Fue en el bosque no muy lejos de Ullesthorpe —contestó Nicol—. Pero ya no estarán allí. Tal como os he dicho, necesitaban el carro y los caballos, para abandonar unos parajes que no les eran propicios y tenían mucha prisa.
—Si tanto necesitaban el carro y los caballos para escapar —dijo Hugo—, seguro que la madera les estorbaba. Una vez lejos de vosotros, se debieron de librar de ese peso muerto, volcando el carro para soltar la carga. Si vuestro tesoro estaba bien oculto entre los haces de leña, padre Erluino, es posible que todavía podamos recuperarlo.
«Y, si se añadió alguna otra cosa en el último momento —pensó—, ¡puede que eso también lo recuperemos!».
Erluino se animó repentinamente ante la sola idea de poder encontrar lo que se había perdido. Y lo mismo le ocurrió a Nicol, si bien, en su caso, fue más bien ante la idea de poder vengarse de los malvados que lo habían arrojado de su carro, amenazando a sus compañeros con espadas y flechas.
—¿De veras pensáis trasladaros allí para perseguirles? —preguntó este último, mirando a Hugo con expresión esperanzada—. En tal caso, mi señor, con mucho gusto os acompañaré. Reconoceré el lugar y os conduciré directamente a él. El padre Erluino vino aquí con tres caballos de Shrewsbury. Que su mozo regrese allí y de esta manera, yo cabalgaré en la tercera montura y os conduciré por el camino más rápido hasta Ullesthorpe. Dejad que me moje un poco el gaznate y tome un bocado y estaré listo.
—Os vais a caer de cansancio —dijo Hugo, sonriendo ante aquella comprensible vehemencia.
—¡No, mi señor! En cuanto me permitáis ponerle la mano encima a uno de aquellos malvados, estaré mejor que nunca. ¡No quiero que me excluyáis! Yo era responsable de la carga y tengo que saldar una deuda. Conservo la llave, padre Erluino, pero no tuve tiempo de arrojar el cofre entre los arbustos antes de que me arrojaran a mí sobre las zarzas, tal como podéis ver por los arañazos que tengo. No me vais a dejar aquí ahora, ¿verdad?
—¡Ni soñarlo! —contestó Hugo—. No me vendrá mal la compañía de un hombre tan esforzado. Id pues en seguida a tomar un poco de pan y cerveza. Dejaremos al chico de Ramsey y os llevaremos a vos como guía.
El juez de Ullesthorpe era un espigado y vigoroso hombre de cuarenta y cinco años, muy capaz de defender no sólo su posición, sino también los intereses de su aldea. En presencia de un grupo en el que predominaba con mucho la representación clerical, echó una pensativa mirada a Hugo Berengario y optó por dirigirse a la justicia secular.
—¡Muy cierto, mi señor! Encontramos el lugar hace unos días. Sabíamos que esos malhechores estaban cruzando el bosque, aunque no se acercaron en ningún momento a las aldeas. Más tarde, un maestro carpintero y su acompañante se presentaron aquí y nos contaron lo sucedido. Tratamos de ayudarlos en todo lo posible para que pudieran regresar a Shrewsbury. Pensé lo mismo que vos, mi señor, que se habrían librado de la carga para viajar más ligeros. Os acompañaré al lugar. Se encuentra a cosa de media legua bosque adentro.
No añadió nada más hasta que los condujo a la espesura del bosque donde la húmeda tierra del camino todavía mostraba los profundos surcos de las ruedas a pesar de los días transcurridos. Los malhechores habían empujado el carro hacia un pequeño claro y lo habían volcado para que soltara su carga de troncos y de haces de leña. Hugo no se sorprendió al ver que el desordenado montón de troncos había sido aplanado y que buena parte de la madera curada había desaparecido, dejando en su lugar la aplastada maleza. Los ahorrativos aldeanos habían elegido lo mejor para su propio uso presente y futuro. Poco a poco, se irían llevando también los haces de leña. El juez, de pie al lado de Hugo, le miró de soslayo diciendo:
—No os parecerá mal que esos buenos labradores se hayan llevado lo que Dios les envió y le den gracias por ello, ¿verdad?
—El caso es que eso pertenecía a la abadía de Ramsey —comentó Erluino con comedida resignación.
—Pero eso sólo lo sabían los pocos que hablaron con los mozos de Shrewsbury, padre. Sólo tenían la leña de unos árboles que se talaron en un claro hace unos años y eso fue para ellos una bendición. ¿Por qué dejar que se perdiera? No vieron el carro ni a los hombres que lo condujeron hasta aquí. El conde nos ha autorizado a tomar la leña de los árboles caídos y ésos se talaron hace tiempo.
—Mejor usarla para arreglar un tejado que dejarla tirada aquí —dijo Hugo, encogiéndose de hombros—. No se lo reprocho.
Lo examinaron todo, buscando entre los restos hasta que, de pronto, Nicol, que se había apartado un poco de los demás, lanzó un grito y, apareciendo súbitamente entre los arbustos, les mostró el cofre del tesoro de Erluino. Abierto a la fuerza y con la tapa astillada, el cofre sólo contenía un puñado de piedras y unas hojas muertas cuando el anciano le dio la vuelta y lo sacudió tristemente.
—¿Lo estáis viendo? No me arrebataron la llave y jamás me la hubieran podido arrebatar, pero eso no fue ningún impedimento para ellos. Introdujeron una daga bajo la tapa junto a la cerradura… ¡Y todas las limosnas entregadas con tan noble intención han ido a parar a las manos de unos malhechores y vagabundos!
—No esperaba otra cosa —dijo Erluino amargamente, tomando el cofre roto para examinar el destrozo—. En fin, hemos sobrevivido a cosas peores y sobreviviremos también a esta pérdida. Más de una vez he temido que nuestra casa desapareciera para siempre. Eso no es más que un obstáculo en el camino, cumpliremos lo que nos hemos propuesto a pesar de todo.
Sin embargo, pensó Hugo, las probabilidades de recuperar aquellos bienes en concreto eran más bien escasas. Todos los donativos de Shrewsbury entregados de corazón o bien a desgana para acallar los remordimientos de conciencia, todas las joyas de Donata, cedidas por ésta sin el menor pesar…, todo se lo habían llevado aquellos fugitivos sin que nadie pudiera adivinar a qué distancia se encontraban ya en aquellos momentos.
—O sea que eso es lo que hay —dijo tristemente el prior Roberto.
—Mi señor… —El juez se acercó un poco más a Hugo y se inclinó hacia su oído—. Mi señor, se encontró algo más entre los troncos. Debía de estar escondido debajo, de lo contrario, esos bribones lo hubieran encontrado al volcar el carro o lo hubieran visto los primeros aldeanos que vinieron a recoger la madera. Por casualidad, había quedado debajo y salió a la luz cuando yo vine. Al ver lo que era, comprendí que no nos correspondía a nosotros tomar una decisión al respecto.
Todos clavaron los ojos en él, Erluino y Roberto irresistiblemente arrastrados hacia una esperanza contra toda esperanza, aunque dispuestos a sufrir una decepción, Nicol interesado, pero perplejo, pues nada sabía acerca de la pérdida del relicario de santa Winifreda ni de la posibilidad de que alguien lo hubiera cargado en su carro y tanto menos de que hubiera sido robado junto con todo lo demás. Tutilo permanecía modestamente apartado mientras sus superiores deliberaban. Había conseguido incluso apagar el brillo de sus ambarinos ojos dorados, cosa que siempre podía hacer a voluntad.
—¿Y qué es eso que encontrasteis? —preguntó cautelosamente Hugo.
—Un ataúd, mi señor, a juzgar por su forma. No muy grande, en caso de que fuera realmente un ataúd. Quienquiera que descanse en él debía de ser una persona delgada y de huesos delicados. Con unos hermosos adornos en plata. Comprendí que su valor lo convertía en una pieza peligrosa y me hice cargo de él para más seguridad.
—¿Y qué hicisteis con ese ataúd? —preguntó el prior Roberto, empezando a animarse con la promesa del triunfo.
—Lo mandé llevar a mi señor, pues había sido encontrado en su territorio. No quise correr el riesgo de que alguien de mi aldea o de los alrededores fuera acusado de robar una cosa de valor. El conde Robert se encontraba y se encuentra en su feudo de Huncote muy cerca de Leicester —explicó el juez—. Allí trasladamos el ataúd, diciendo-le cómo lo habíamos encontrado y allí está ahora en la sala de su mansión. Lo encontraréis a salvo bajo su protección.
—¡Loado sea Dios que nos ha mostrado su infinita misericordia! —exclamó el prior Roberto arrobado—. Creo que hemos encontrado a la santa a la que habíamos llorado y dado por perdida.
Hugo se imaginó por un instante el rostro de fray Cadfael si hubiera estado presente para apreciar aquella ironía. Sin embargo, tanto una santa doncella como un pecador impenitente formaban parte de la humanidad. Puede que, en el fondo, Cadfael hubiera tenido razón al referirse con tanta sencillez al «pobre Columbano». Si por lo menos, pensó Hugo entre la diversión y la inquietud, si por lo menos, la dama hubiera tenido la benevolencia y la consideración de mantener firmemente cerrada la tapa del dichoso relicario, puede que aún lograran salir airosos de aquel trance. En cualquier caso, no podían eludir la siguiente obligación.
—¡Muy bien pues! —dijo filosóficamente—. Iremos a Huncote y hablaremos con el conde.
Huncote era una pulcra y compacta aldea con un molino y unas vastas extensiones de campos de labranza muy bien cuidados. Lindaba con el bosque y se arracimaba alrededor de la mansión y de su patio vallado. El edificio no era muy grande, pero estaba construido en piedra y tenía una achaparrada torre tan sólida como la torre de homenaje de un castillo. En el interior del recinto los visitantes fueron inmediatamente atendidos con gran celeridad y eficacia debido probablemente a la presencia del conde en la casa. Unos mozos se acercaron para tomar las bridas de las monturas y un paje bajó presuroso los peldaños de la entrada de la sala para preguntar qué asunto les traía, pero en seguida fue apartado a un lado por un mayordomo que acababa de salir de las cuadras. La aparición de los tres monjes benedictinos, dos de ellos de venerable aspecto, acompañados de dos seglares, uno de los cuales debía de ser un criado mientras que el otro parecía ostentar una autoridad análoga a la de los clérigos aunque fuera evidentemente secular, dio lugar a una cortés y respetuosa acogida. Allí se ofrecía amablemente hospitalidad a todo el mundo, pero la cordialidad se reservaba para más tarde.
En un país todavía desgarrado por las contiendas entre dos rivales que se disputaban la soberanía y dominado por gran número de señores que sólo buscaban su propio provecho y aspiraban a fundar sus propios reinos, los hombres prudentes cumplían con el deber de la hospitalidad y abrían sus casas a todos, pero, antes de abrir sus corazones, examinaban las credenciales.
—Mi señor, reverendos señores —dijo el mayordomo—, seáis bienvenidos a esta casa. Soy el mayordomo de la mansión de Huncote de mi señor Roberto Beaumont. ¿En qué puedo servir a la orden benedictina y a aquéllos que cabalgan en su compañía? ¿Tenéis algún asunto que resolver en esta casa?
—Si el conde Roberto está en casa y tiene la bondad de recibirnos —contestó Hugo—, tenemos efectivamente un asunto. Venimos por algo que se perdió en la abadía de Shrewsbury y, según nos han dicho, se ha encontrado aquí, en los bosques del conde. Se trata del relicario de una santa. Puede que a vuestro señor le resulte interesante y esclarecedor, pues debió de preguntarse sin duda qué era eso que habían depositado en el umbral de su puerta.
—Yo soy el prior de Shrewsbury —dijo Roberto con ceremoniosa dignidad mientras el mayordomo le miraba con indiferencia.
El mayordomo era un inteligente anciano que, a juzgar por el brillo de sus ojos y a pesar de no ser más que el custodio de una de las propiedades menos importantes de entre todas las que componían el enorme patrimonio internacional de Leicester, gozaba de la plena confianza de su señor y conocía muy bien el misterioso y ornamentado ataúd que de forma tan extraña había sido abandonado en los bosques de más allá de Ullesthorpe.
—Yo soy el gobernador del condado de Shrop en nombre del rey Esteban —digo Hugo— y también estoy buscando a esta santa extraviada. Si vuestro señor la tiene a salvo en su casa, merecerá las oraciones de todos los monjes de Shrewsbury y de la mitad de la población de Gales.
—A nadie le viene mal que recen un poco por él —dijo el mayordomo, ablandándose visiblemente—. Pasad, hermanos, y sed bienvenidos a esta casa. Aquí Robin os acompañará. Nos encargaremos de atender a vuestras bestias.
El servicial muchacho de unos dieciséis años había aguzado la vista y el oído al enterarse del motivo de la visita. Debía de ser el hijo menor de alguno de los arrendatarios de Leicester a quien su padre había colocado allí para que pudiera medrar más fácilmente. A juzgar por la apariencia, pensó Hugo, Leicester no debía de ser un señor muy severo con los jóvenes de su condición. El muchacho subió ágilmente los peldaños, volviendo la cabeza para mirarles.
—Mi señor bajó aquí desde la ciudad al enterarse de la presencia de los malhechores, pero no les hemos visto el pelo desde entonces. Ya deben de andar muy lejos. Se alegrará de vuestra presencia y de esa curiosa historia que nos habéis contado. La condesa se ha quedado en Leicester.
—¿Y el relicario está aquí? —preguntó el prior Roberto, deseando ardientemente ver confirmadas sus esperanzas.
—Si eso es un relicario, padre, aquí está.
—¿Y no ha sufrido ningún daño?
—Creo que no —contestó el mozo en un afán de ser amable—. Pero no lo he visto de cerca. Sé que el conde admiró el trabajo de orfebrería.
Los dejó en una solana que había al fondo de la sala y fue a informar a su señor de la llegada de aquellos inesperados visitantes; cuando no habían transcurrido ni cinco minutos, se abrió la puerta de la estancia y apareció el dueño y señor de la mitad del condado de Leicester, un buen pedazo del condado de Warwick y Northampton y una vasta finca de Normandía, aportada al matrimonio por la heredera de Breteuil.
Siendo la primera vez que le veía, Hugo le estudió con profundo y cauteloso interés. Roberto Beaumont, conde de Leicester como su padre, contaba apenas cuarenta y un años, era de complexión fuerte y estatura mediana, tenía el cabello oscuro y los ojos negros, vestía ricos ropajes oscuros y estaba acostumbrado a ejercer su autoridad sin cargar la mano, pues tal cosa no era necesaria. Su rostro rasurado al estilo normando mostraba una frente despejada, unos huesos fuertes y bien formados, una delicada mandíbula y una carnosa y expresiva boca cuyas comisuras se curvaban hacia arriba haciendo juego con el brillo un tanto enigmático de sus ojos. La simetría de su cuerpo y la suavidad de sus movimientos quedaban un tanto desequilibrados por una ligera protuberancia que le desigualaba un hombro con respecto al otro. No era un grave defecto, pero molestaba la vista de las personas que le veían por primera vez.
—Mi señor gobernador, reverendos señores —dijo el conde—, venís muy a propósito si Robin me ha informado bien de vuestra misión, pues os confieso que he estado tentado de levantar la tapa de eso que me trajeron desde Ullesthorpe. Hubiera sido una lástima romper unos sellos tan bonitos y ahora me alegro de haber refrenado mi mano.
Y yo también, pensó Hugo, y lo mismo le ocurrirá a Cadfael cuando se entere. El conde tenía una suave y sonora voz tan agradable al oído como la noticia que acababa de comunicarles. El prior Roberto bajó de su pedestal y empezó a conversar animadamente con él. En presencia de un señor normando de tanto poder y dignidad, el normando Roberto, a pesar de haber elegido voluntariamente la vida monástica, pareció regresar a sus orígenes y su rostro se iluminó cual si se estuviera pavoneando delante de un espejo.
—Mi señor, si me es permitido hablar en nombre de la abadía y la ciudad de Shrewsbury, tengo el deber de manifestaros nuestra gratitud por el hecho de que santa Winifreda haya ido a parar a unas manos tan nobles como las vuestras. Se diría que la propia santa ha dirigido milagrosamente los acontecimientos, protegiéndose a sí misma y a sus devotos en medio de tan grandes peligros.
—¡En efecto! —convino el conde Roberto mientras sus elocuentes y sensibles labios se curvaban hacia arriba en una gradual y pensativa sonrisa—. Si los santos tienen el poder de ver cumplidos sus deseos, la dama debió de considerar oportuno recurrir a mí. He sido favorecido con un honor que no merezco. Venid a ver dónde la tengo depositada y comprobaréis que no ha sufrido ningún daño ni afrenta. Confío en que os alojéis aquí esta noche y todo el tiempo que deseéis. A la hora de la cena, me contaréis toda la historia y entonces veremos qué se puede hacer para complacerla.
La mesa estaba generosamente aprestada y difícilmente hubieran podido los viajeros ir a parar a unos pastos más deliciosos después de las penalidades sufridas y, sin embargo, Hugo se pasó todo el rato en estado de alerta como si temiera de un momento a otro la aparición de alguna circunstancia imprevista capaz de provocar un desastre inesperado justo en unos momentos en que por lo menos el prior Roberto estaba empezando a pensar que sus cuitas habían terminado. No era una sensación de inquietud sino más bien de expectación y casi de placentera anticipación. ¿Acaso le tentaba la posibilidad de que algún acontecimiento complicara su misión?
El conde no tenía muchos cortesanos en Huncote, pero, aun así, diez varones se sentaron en torno a la mesa, pues la condesa y sus damas se habían quedado en Leicester. El conde Roberto sentó a ambas autoridades monásticas una a cada lado suyo y colocó a Hugo enfrente de Erluino. Nicol fue a ocupar el lugar que le correspondía entre los criados y Tutilo, silencioso y modesto en tan alta compañía, se sentó hacia el fondo, entre los clérigos y capellanes, sin atreverse a abrir la boca ni siquiera allí. A veces es mejor escuchar y prestar atención.
—Una historia verdaderamente extraña —dijo el conde, tras haber escuchado con halagadora concentración el elocuente y pormenorizado relato que había hecho el prior Roberto de toda la historia de la custodia de santa Winifreda en Shrewsbury, a partir de su triunfal traslado desde Gwytherin hasta el altar de la abadía y su inexplicable desaparición durante la riada.
—Se diría que desapareció de su altar sin concurso humano…, o, por lo menos, vosotros no habéis descubierto ninguno. Me decís que la santa ha obrado muchos milagros. ¿Y, si por algún misterioso designio suyo —preguntó el conde, apelando a los más profundos conocimientos del prior Roberto en lo tocante a cuestiones sagradas—, ella misma hubiera abandonado milagrosamente el lugar en el que había sido depositada? ¿Y si hubiera considerado oportuno otorgar sus gracias en otro lugar? ¿O no se hubiera encontrado a gusto donde estaba? —El prior Roberto echó los hombros hacia atrás y su rostro palideció visiblemente a pesar de que la pregunta se había hecho en tono de profunda reverencia e incluso de humildad—. Si he pecado de presuntuoso adentrándome en terreno vedado, os ruego que me reprendáis —añadió el conde con la sumisa dulzura propia de un novicio inexperto.
No era probable que tal cosa ocurriera, pensó Hugo, escuchando y observándolo todo con un placer que le hizo evocar sus primeros y cautos intercambios con fray Cadfael, devolviendo jugarreta por jugarreta y aguijón por aguijón mientras ambos se abrían camino hacia una estrecha y duradera amistad a través de pequeños campos de batalla. A lo mejor, el prior, que no tenía pelo de tonto, sospechaba que el conde se estaba burlando de él, pero no quería desafiar ni provocar a un señor tan poderoso como Roberto Beaumont. Sea como fuere, el otro benedictino había picado el anzuelo. El austero semblante de Erluino se apresuró a intervenir con calculado, aunque receloso ardor.
—Mi señor —dijo, reprimiendo lo que fácilmente hubiera podido convertirse en un resplandor de victoria—, un seglar también puede recibir el don de la profecía. Mi hermano el prior acaba de comentar el poder de la gracia de la santa y ha asegurado que ningún hombre ha confesado haber trasladado el relicario. ¿Sería mucho atrevimiento suponer que la propia santa Winifreda trasladó sus reliquias al carro que tenía que dirigirse a Ramsey? ¿A Ramsey, tan vergonzosamente saqueado y profanado por unos impíos villanos? ¿En qué lugar hubiera podido ser su presencia más necesaria y más venerada que allí? ¿Dónde hubiera podido obrar más prodigios para una casa tan cruelmente maltratada? Pues ahora ya está claro que abandonó Shrewsbury en el carro que regresaba con los donativos que los devotos habían entregado para nuestra desdichada y afligida abadía. Si su voluntad fue la de trasladarse allí con sus bendiciones, ¿nos atreveremos nosotros a oponernos a sus deseos?
Ambos clérigos se habían enzarzado en una disputa y tenían las astas trabadas cual dos orgullosos venados que, con las cabezas gachas y los ojos ardiendo de furia, se estuvieran preparando para la acometida en la cual uno de ellos saldría derrotado de la contienda. De pronto, el conde levantó una mano sin dar a entender que se hubiera percatado del inminente enfrentamiento.
—No tengo la menor intención de defender mi punto de vista, ¿quién soy yo para desentrañar semejantes acertijos? No cabe duda de que Shrewsbury trasladó a la santa desde Gales y de que en Shrewsbury ella ha obrado prodigios sin haber rechazado jamás la devoción que se le profesa. Yo busco orientación, pero jamás me atrevería a dar mi parecer en semejante cuestión. Lo he mencionado como una mera posibilidad. Si ha habido intervención humana, lo que he dicho no tendría ningún sentido y todo estaría muy claro. Pero, hasta que no lo sepamos…
—Tenemos fundadas razones para creer que la santa ha establecido su morada en nuestra casa —dijo el prior Roberto, rebosante de cólera e indignación—. Nunca le ha faltado nuestra devoción. Su festividad se ha venido celebrando año tras año con la mayor reverencia y el día de su traslación ha sido siempre una fuente de especiales bendiciones. El más piadoso y obediente de nuestros hermanos fue sanado por ella de su enfermedad y, desde entonces, ha sido siempre su particular escudero y servidor. No creo que ella quiera dejarnos voluntariamente.
—Jamás lo haría con la intención de privaros de su presencia —protestó Erluino—, pero, compadeciéndose de un monasterio en ruinas, ¿no la creéis capaz de ejercer su poder para salvarlo? ¿Confiando en que vosotros respetarais generosamente nuestra apurada situación y añadierais a los donativos ya entregados el poder y la gracia que ella puede derramar sobre nosotros? Porque no cabe duda de que abandonó vuestra abadía con mis hombres y de que con ellos emprendió el camino de Ramsey ¿Por qué hubiera hecho tal cosa de no haber tenido intención de dejar vuestra casa e ir a habitar en la nuestra?
—Aún no está demostrado —dijo el prior Roberto, basándose en los datos conocidos— que unos hombres, ¡y unos hombres pecadores, por cierto, pues en tal caso se trataría de un robo sacrílego!, no tuvieron parte alguna en su desaparición de nuestra casa. En Shrewsbury nuestro señor abad ha dado orden de interrogar a todos los que nos echaron una mano cuando el río inundó la iglesia. No sabemos qué se ha podido averiguar y qué testimonios se han aportado. Puede que a esta hora ya se sepa la verdad. Aquí ciertamente no se sabe.
Sentado entre aquellos dos valerosos paladines, el conde se eximió a sí mismo de cualquier responsabilidad en la disputa, como no fuera la de mantener la paz y la armonía en su casa. Comprendía ambas posiciones y deseaba que pudiera llegarse a una solución satisfactoria para ambas.
—Reverendos padres —dijo con la mayor suavidad posible—, si no me equivoco, tenéis intención de regresar juntos a Shrewsbury. ¿Qué os impide aplazar la disputa hasta que lleguéis allí y descubráis todo lo que se ha averiguado en vuestra ausencia? Entonces todo estará claro. Y, en caso contrario, si no se consigue descubrir la mano de un hombre, tiempo habrá para examinar razonablemente la situación. ¡Pero ahora todavía no es posible!
Con receloso alivio aunque sin entusiasmo, ambos lo aceptaron por lo menos como medio de aplazar las hostilidades.
—¡Cierto! —dijo fríamente el prior Roberto—. No podemos anticiparnos a los acontecimientos. Habrán hecho todo lo posible por descubrir la verdad. Esperemos hasta que lo sepamos.
—Pedí la ayuda de la santa en nuestra apurada situación, estando en vuestra casa —dijo Erluino sin darse por vencido—. Es de suponer que ella me escuchó y se compadeció de nosotros… Pero tenéis razón, se nos exige paciencia hasta que sepamos algo más.
Hay aquí una cierta perversidad, pensó Hugo, alegrándose de ser un mero espectador del juego, pero no auténtica malicia. El conde quiere divertirse un poco en esta aburrida estación del año en que ni siquiera las mujeres están aquí, pero es tan hábil en calmar las tempestades como en provocarlas. Ahora, ¿qué otra cosa se inventará para pasar una agradable velada, agasajando a sus huéspedes?
Uno de ellos en cualquier caso, reconoció Hugo con cierto remordimiento, sabe que tiene que acompañar a esos dos ambiciosos clérigos a Shrewsbury sin derramamiento de sangre.
—Queda todavía una pequeña cuestión en la que nadie ha reparado —dijo el conde casi en tono de disculpa—. No quisiera crear nuevas dificultades, pero no puedo evitar seguir una línea de pensamiento hasta su lógica conclusión. Si santa Winifreda decidió partir en el carro de Ramsey y si los hombres no pueden desbaratar los planes de un santo, ella debió de disponer también que sucediera lo que más tarde ocurrió…, la emboscada de los forajidos, el robo del carro con su tronco de caballos, el abandono de la carga y, con ella, de su relicario para que posteriormente lo encontraran mis aparceros y me lo entregaran a mí. ¡Y todo para llegar finalmente aquí donde ahora descansa! ¿Acaso no lo veis claro? Si ella hubiera querido ir a Ramsey, no hubiera habido ninguna emboscada y allí hubiera ido sin impedimento. Pero vino aquí bajo mi protección. No se puede afirmar que lo primero ocurrió por su voluntad sin aplicar el mismo argumento a lo que sucedió después, so pena de que la razón se haya vuelto loca.
Sus compañeros de mesa enmudecieron de asombro y le miraron alarmados, lo cual ya fue un triunfo de por sí. El conde miró del uno al otro, esbozando una cautivadora sonrisa.
—Ya veis mi posición. Si los monjes de Shrewsbury han encontrado a los bribones o a los insensatos que extraviaron el relicario de la santa, no podrá haber ninguna discusión entre nosotros. Pero, si no los han encontrado, yo también tendría derecho a hacer una reclamación. Señores, por nada del mundo quisiera ser juez y parte en la disputa. Gustosamente me someteré al veredicto de un tribunal más imparcial. Si mañana tenéis intención de regresar a Shrewsbury, también lo hará santa Winifreda. Y yo tendré el honor de acompañaros y de ser su escolta.