XI

o he tenido hasta ahora la oportunidad de cultivar vuestra amistad —dijo Roberto Bossu—. Pero debo deciros, por si no lo supierais, pues creo que se os pasan muy pocas cosas por alto y vuestra vista en un bosque iluminado por la luz de la luna es más aguda que la de la mayoría de los mortales, que el nombre de Hugo Berengario no les ha pasado inadvertido a los hombres juiciosos. ¿Cómo podría ser de otro modo ahora que la hacienda del país está sumida prácticamente en el caos y los representantes de la justicia han perdido el contacto con buena parte del territorio? ¿Cuántos condados y cuántos gobernadores creéis que pagan anualmente sus tributos y en el plazo previsto? Del vuestro se sabe que nunca falla, que disfruta por lo menos de un cierto grado de paz, que los viajeros pueden desplazarse con toda seguridad a la feria que se celebra en esta abadía y que vuestros tribunales consiguen mantener los caminos relativamente libres de eso que nosotros modestamente llamamos las malas costumbres. Por si fuera poco, sé que habéis conseguido entablar amistosas relaciones con Owain Gwynedd, a pesar de los ocasionales desmanes de Powys.

—Estudio y procuro conservar mi territorio —dijo Hugo con una sonrisa.

—Estudiáis y procuráis mantener el orden en vuestro condado con la mayor discreción posible —dijo el conde—. Eso intentan todos los hombres razonables a pesar de los obstáculos.

Ambos se encontraban sentados en los aposentos que ocupaba el conde en la hospedería, el uno de cara al otro junto a una mesita, compartiendo amistosamente una jarra de vino al otro lado de una puerta que, cerrada y protegida por una cortina, los aislaba del mundo. Roberto Bossu estaba muy bien atendido. Sus escuderos acudían prestos a su llamada, se movían en silencio, manejaban hábilmente la jarra y las copas y no parecían tenerle miedo sino que más bien se enorgullecían de poder imitar su aplomo y serenidad; a pesar de todo, el conde les mandó retirarse antes de iniciar su confidencial conversación con un casi desconocido. A Hugo no le cupo la menor duda de que aquellos servidores cumplirían sus deseos y se alejarían lo bastante como para no poder oír nada, aunque no hasta el extremo de no poder responder en caso de que los llamara.

—Me gusta el orden —dijo Hugo— y me agrada que mis gentes se mantengan a salvo de zozobras en toda la medida de lo posible, aunque vos ya sabéis que eso no siempre se puede conseguir. Aborrezco los despilfarros. Despilfarros de vidas, de un tiempo que podría ser provechoso y de una tierra que podría ser fructífera. Y de esos tres ya hemos tenido más que suficiente. ¿Os extraña que yo intente por lo menos evitarlos en mi condado?

—Aprecio en grado sumo vuestra opinión —dijo el conde en tono pausado—. Eso que vos decís ahora, yo lo vengo diciendo desde hace tiempo. ¿Le veis un final a esta situación? ¿Cuántos años se prolongarán estas disputas que siempre acaban en punto muerto? Vos sois un hombre de Esteban. Yo también. Pero muchos hombres tan respetables como nosotros siguen a la emperatriz. Nos enzarzamos en peleas sin detenernos a reflexionar, pero yo os digo, Hugo, que está próximo el momento en que los hombres se verán obligados a recapacitar tanto en uno como en otro bando antes de que la destrucción lo devaste todo y ya no quede ni un hombre capaz de sostener una lanza.

—¿Y creéis que vos y yo estamos conservando lo que podemos en espera de ese día? —inquirió Hugo, arqueando las cejas mientras sus labios se curvaban en una triste sonrisa.

—Aún tendrán que pasar unos cuantos años, pero ese día llegará. Tiene que llegar. Al principio, cuando Esteban tenía en su poder Normandía e Inglaterra y la victoria parecía muy cercana, la cosa tenía una cierta justificación. Pero hace más de cuatro años todo cambió cuando Godofredo de Anjou se apoderó por las malas de Normandía, por más que lo hiciera en defensa de los derechos de su mujer y en nombre de su hijo.

—Sí —convino Hugo—, el año en que el conde de Meulan nos dejó para proteger sus derechos en Normandía y llegar a un entendimiento con Godofredo, reconociéndole como señor en lugar de Esteban.

—¿Qué otra cosa hubiera podido hacer mi hermano? —preguntó Roberto esbozando una leve sonrisa sin perder la calma—. Su derecho y su título están allí. Es Waleran, conde de Meulan; por mucho que aprecie sus títulos ingleses, su linaje e identidad están allí. Y ni siquiera en Normandía, aunque buena parte de su herencia sea normanda. El nombre está en Francia y él tiene que prestar lealtad al rey de Francia por este motivo y ahora también a Godofredo de Anjou por sus posesiones en Normandía. Aunque se desprendiera de otras cosas, no podría vivir sin la raíz y la sangre de su nombre. Yo soy el más afortunado de los dos, Hugo. Me correspondieron las tierras y los títulos ingleses de mi padre y estoy muy bien asentado aquí. Cierto que mi esposa me aportó Breteuil, pero eso es lo que menos me importa, de la misma manera que su título de Worcester es lo que menos le interesa a mi hermano. Por consiguiente, él está allí y se le considera un traidor en favor de Matilde mientras que yo estoy aquí y se me considera leal a Esteban. ¿Qué diferencia veis entre nosotros dos, Hugo? Somos hermanos gemelos y, por consiguiente, nuestros vínculos de sangre son muy estrechos.

—Ninguna —contestó Hugo, guardando silencio un instante para poder elegir cuidadosamente sus palabras—. Comprendo muy bien —añadió— que la pérdida de Normandía entrañara estas consecuencias. También para otros, aparte los hermanos Beaumont. No hay nadie entre nosotros que no fuera capaz de hacer ciertas concesiones con tal de proteger sus derechos y la herencia de sus hijos. Creemos que vuestro hermano es ahora un hombre de Anjou, pero nos consta que procurará causarle a Esteban el menor daño posible y que no le prestará demasiado apoyo a Godofredo. Y vos, que estáis aquí y seguís siendo leal a Esteban, mantendréis vuestra lealtad, pero no haréis alarde de ello, evitando cualquier acción contra el linaje de Anjou tal como Waleran evita emprender acciones contra Esteban. Allí procurará disimular vuestra lealtad y protegerá vuestras tierras e intereses, tal como vos estáis haciendo aquí con los suyos. La división entre vosotros no es tal en realidad. Es más bien una unión que atraerá los intereses de otros como vosotros. No en nombre de la causa de Esteban ni en el de la emperatriz y su hijo.

—En nombre de la cordura —afirmó categóricamente el conde, estudiando a Hugo con una sonrisa en los labios—. Vos también lo habéis presentido. Esta guerra se ha convertido en una contienda que no se puede ganar ni perder. Tanto la victoria como la derrota son ahora imposibles. Por desgracia, puede que aún tengan que transcurrir muchos años antes de que la mayoría lo comprenda. Nosotros, los que intentamos nadar y guardar la ropa, ya lo sabemos.

—Si no se puede ganar ni perder —dijo Hugo—, tiene que haber otro medio. No hay ningún país que pueda permanecer indefinidamente estancado en un caótico punto muerto entre dos fuerzas extenuadas y sin gobiernos mientras dos grupos de perplejos ancianos contemplan sus escasas ganancias y se miran con impotencia el uno al otro sin poder levantar una mano para descargar el coup de grâce.

Roberto Bossu meditó acerca de aquel resumen, contemplando con expresión ausente las yemas de sus dedos hasta que, de pronto, levantó bruscamente los negros ojos en los cuales ardían unos intensos reflejos purpúreos para clavarlos con profundo interés en la impávida mirada de Hugo.

—Me gusta vuestro punto de vista. Eso hace demasiado tiempo que dura y aún se prolongará unos cuantos años, tenedlo por cierto. Pero así no se llegará a ninguna parte, por lo menos hasta que no empiecen a morirse los viejos, pero no por culpa de las heridas sino del estancamiento, la vejez y el asco. No quisiera ser uno de ellos.

—¡Ni yo tampoco! —convino jovialmente Hugo—. Por consiguiente —añadió, arqueando con expresión expectante una ceja mientras clavaba los ojos en la clara mirada condal—, ¿qué puede hacer un hombre en su sano juicio para entretener la espera mientras pueda resistirlo?

—Cultivar su propio campo, apacentar las ovejas de su rebaño, reparar las vallas de su propiedad y afilar la espada —contestó Roberto.

—¿Cobrar también sus rentas y pagar los tributos? —apuntó Hugo.

—Ambas cosas. Hasta el último céntimo. Y seguir su propio criterio, Hugo…, seguir su propio criterio. Aunque los términos de traidor y felón se arrojen al azar por ahí cual si fueran flechas. Vos sabréis que no es verdad. Apreciaba a Esteban. Y le sigo apreciando. Pero no me gustan los males que él y su prima han provocado.

La tarde estaba declinando hacia el crepúsculo. Pronto sonaría la campana de vísperas. Hugo apuró su copa y la volvió a posar en la mesa.

—Bueno pues, será mejor que siga apacentando este rebaño mío del que por lo visto forman parte los dos prisioneros del abad. No olvidemos que se ha cometido un asesinato. ¿Y vos, mi señor? Tengo entendido que ya os disponéis a regresar a vuestras tierras. No están los tiempos para volver la espalda durante muchos días.

—Lamento tener que marcharme sin conocer el final —reconoció el conde, soltando una leve carcajada de la que casi pareció avergonzarse—. Sé que un asesinato no es cosa de risa, pero esos dos prisioneros vuestros… ¿De veras los creéis capaces de matar? Sé muy bien que no se puede leer en la cara lo que la mente es capaz de concebir y me consta que vos lo estáis haciendo lo mejor que podéis. Dentro de uno o dos días tendré que marcharme. Me alegro mucho de haberos conocido —añadió, levantándose al tiempo que lo hacía Hugo—. He obtenido otras ganancias, pues Rémy y sus servidores me acompañarán. En mi casa hay lugar para tan excelso cantor y poeta. He tenido la suerte de tropezarme con él en su camino hacia Chester. Él también la ha tenido, pues allí hubiera malgastado sus cualidades. Ranulfo tiene cosas más graves en las que pensar, aunque fuera aficionado a la música, cosa que dudo.

Hugo se despidió del conde y éste no insistió en retenerle un poco más a su lado, aunque lo acompañó hasta la puerta de la sala. Le habría dicho sin duda lo que siempre les decía a los hombres que ostentaban alguna autoridad, por limitada que ésta fuera, tras haberlos estudiado cuidadosamente y haber llegado a la conclusión de que eran de su agrado. Tenía que sembrar muchas semillas y elegía los terrenos en los que éstas tuvieran más posibilidades de germinar y dar fruto. Cuando Hugo ya había alcanzado la escalera, el conde le dijo a su espalda:

—¡No olvidéis lo que os he dicho, Hugo!

Hugo y Cadfael salieron juntos de la celda de Tutilo y se dirigieron después de vísperas al herbario para examinar en medio de las sombras del crepúsculo lo poco que le habían podido sacar al chico; los detalles eran muy escasos, pero coincidían con lo que el muchacho había afirmado desde un principio. Tutilo tenía los ojos hinchados y se moría de sueño, pero, a pesar de lo preocupado que estaba por su suerte, su aturdimiento le impedía percatarse de los muchos peligros que todavía le aguardaban en todas partes. No había dicho ni una sola palabra de Daalny, pues estaba firmemente dispuesto a protegerla al precio que fuera. Sentado con expresión resignada en su catre, contestó a las preguntas sin hacer ninguna pausa sospechosa y se quedó boquiabierto de asombro cuando Cadfael le comunicó de qué forma los Evangelios habían decidido la permanencia de santa Winifreda en Shrewsbury y cómo fray Jerónimo había hecho su sorprendente confesión antes de esperar a que el Cielo lo acusara.

—¿A mí? —preguntó Tutilo sin poderlo creer—. ¿Quería matarme a mí? —Por un instante, el joven se rio ante la absurda idea de que Jerónimo pudiera ser un asesino y él una víctima, pero inmediatamente se horrorizó ante su comportamiento y se cubrió el rostro con ambas manos como si quisiera borrar las huellas de la risa—. Y aquel pobrecillo, solo y desamparado mientras un… Dios mío, ¿cómo es posible que…? —Comprendiendo repentinamente lo que ello significaba, se apresuró a rechazarlo—: ¡Oh, no, eso no! Jerónimo no, no puede ser. —El que había descubierto los despojos del hombre estaba declarando firmemente su certeza—. No, no es posible que os lo creáis.

Lo dijo sin protestar y sin hacer aspavientos, como una simple afirmación. Ya se había despertado por completo y ahora miraba con sus grandes ojos dorados a sus dos interrogadores, uno religioso y otro seglar. Siendo ambos juiciosos y sensatos, no era posible que pudieran creer capaz a Jerónimo de haber apaleado a un hombre hasta dejarle sin sentido y haberle machacado después la cabeza con una pesada piedra, por muy malicioso y estrecho de miras que fuera.

—Si no estuviste en Longner —dijo Hugo—, ¿adónde fuiste aquella noche, pues regresaste por el mismo camino?

—A cualquier sitio con tal de que no me vieran y no pensaran en mí —contestó Tutilo—. Estuve en el henil de la cuadra del recinto de la feria de caballos hasta que oí la campana de completas. Entonces subí al embarcadero para que, si me tropezara con alguien, me vieran regresar por el camino de Longner.

—¿Solo? —preguntó Hugo.

—Por supuesto que sí —mintió descaradamente el joven.

De nada sirve mentir si no se sabe hacer con galanura.

Fue lo único que pudieron sacarle. No, no se había tropezado con nadie ni a la ida ni a la vuelta y nadie podía dar fe de sus movimientos. Había confesado lo más grave de todo lo que había hecho y el resto no parecía preocuparle demasiado. Volvieron a cerrar la puerta, dejaron la llave en su sitio correspondiente de la garita de vigilancia y se retiraron a la intimidad del herbario donde avivaron la llama del brasero y se aislaron de la creciente oscuridad del anochecer.

—Y ahora —dijo Cadfael—, creo que me perdonaréis si os cuento el resto de lo que el chico hizo aquella noche, la parte que él no está dispuesto a revelar.

Hugo apoyó la espalda en la pared de tablas de madera y dijo sin pestañear:

—Hubiera tenido que comprender que vos conseguiríais permiso para entrar donde nadie más ha entrado. ¿Qué es lo que no me ha dicho el chico?

—El caso es que tampoco me lo ha dicho a mí. Lo averigüé a través de otra persona que no me autorizó a decírselo a nadie, ni siquiera a vos, si bien creo que me lo podrá perdonar. La joven Daalny…, la habréis visto por aquí, aunque siempre procura mantenerse discretamente apartada…

—La cantora de Rémy —dijo Hugo—, la mozuela de Provenza.

—Más bien de Irlanda. Pero sí, a ésa me refiero. Su madre fue vendida como esclava en Bristol, un trofeo de allende el mar. Pero ésa nació esclava. El comercio sigue, pues los sermones de Wulstan no sirvieron para declararlo ilegal, sino tan sólo para censurarlo. Creo que ahora nuestro santo ladrón tiene sus dudas y no sabe si quiere ser un santo o bien un caballero andante. Quiere liberar a la única esclava que probablemente encontrará en esta región, aunque dudo mucho que se haya percatado plenamente de que la joven es de armas tomar y ya le tiene en el bolsillo.

—¿Me estáis diciendo que estuvo con ella aquella noche? —preguntó Hugo mientras en sus ojos se encendía un destello burlón.

—Pues sí, pero no quiere confesarlo porque el amo de la chica atribuye mucho valor a su voz y teme que algún día se le escape de las manos, por así decirlo. Resulta que el criado que los acompaña se enteró no sé dónde de que Aldelmo iba a venir para identificar al monje que lo había engatusado para sus propios fines, y se lo dijo a Daalny, sabiendo que ésta le había echado el ojo al chico. Daalny advirtió a Tutilo, éste se inventó la historia de que lo habían mandado llamar desde Longner y Erluino le dio permiso, pues no sabía nada de la venida de Aldelmo. Tutilo salió por la puerta principal sin esconderse y tomó el camino de la barbacana en dirección al embarcadero, pero, al llegar al recinto de la feria de caballos, entró y se ocultó en el henil de nuestra cuadra de allí, tal como nos ha dicho. Y ella salió por la puerta grande del cementerio y se reunió con él en el henil. Esperaron hasta que oyeron la campana de completas y entonces se separaron para regresar cada cual por el mismo camino que había tomado a la ida. Eso es lo que ella dice y él se calla para no perjudicarla.

—O sea que se pasaron toda la noche en el henil como suelen hacer los mozos y las mozas —dijo Hugo, soltando una carcajada.

—Eso hicieron, aunque no como casi todas las parejas. No exactamente. La chica dice que estuvieron hablando. Y nada más. Tenían muchas cosas de que hablar, pero hasta entonces no se les había ofrecido la ocasión. Era la primera vez que abandonaban juntos estas murallas. Pero dudo mucho que llegaran realmente al meollo de la cuestión que hubieran tenido que debatir. Os aseguro, Hugo, que la chica ya lo tiene en el bote aunque quizá él no lo sepa todavía. Me dijo que incluso rezaron juntos las oraciones nocturnas cuando oyeron la campana de completas.

—¿Y vos la creéis?

—¿Por qué me lo hubiera dicho si no? —contestó Cadfael—. A mí no me tenía que demostrar nada. Me lo dijo espontáneamente y no tenía necesidad de añadir una sola palabra más.

—Bien —dijo Hugo—, si eso es cierto, le podría ser útil al chico. Encaja con la hora en que éste se presentó en el castillo y le sitúa en el camino una hora después que Aldelmo. Pero, si la situación entre ambos es la que vos decís, la palabra de la chica difícilmente se aceptará como prueba. Por muy inocente que haya sido el encuentro.

—¿Os habéis parado a pensar —preguntó sombríamente Cadfael— que Erluino querrá sin duda regresar a casa cuanto antes, ahora que ha perdido la apuesta? Es el superior de Tutilo y se lo querrá llevar consigo. Tal y como están ahora las cosas tiene perfecto derecho a hacerlo. Si vos lo hubierais retenido en el castillo como sospechoso, la cosa hubiera sido distinta, pues la ley siempre tiende a inclinarse por la detención. Pero el chico está en una prisión de la Iglesia y vos ya sabéis lo mal que retiene la Iglesia a los suyos. Entre una acusación secular de asesinato y una acusación eclesiástica de robo y engaño, puede que el chico prefiera esto último. Sin embargo, entre vuestra custodia y la de Erluino, yo francamente elegiría la vuestra. Lo malo es que Erluino no lo querrá soltar tan fácilmente. La pobre criatura alentó las esperanzas de su prior de adquirir para su monasterio una santa milagrosa, pero después fracasó en su intento y todo fueron reproches y humillaciones. En cuanto regresen a casa, Erluino se lo hará pagar diez veces. Creo que preferiría verle acusado de algo de lo que es inocente y que pasara a vuestra jurisdicción antes que verle arrastrado a un castigo interminable por algo de lo que él mismo se reconoce culpable.

Hugo miró de soslayo a Cadfael, esbozando una sonrisa un tanto burlona.

—Mejor será que os pongáis a trabajar durante el día que nos queda por delante y encontréis al hombre que cometió realmente el asesinato, si tan seguro estáis de que el chico no lo hizo. Seguramente se irán todos juntos, pues Rémy y sus acompañantes se incorporarán al séquito de Roberto Bossu y el camino de regreso de Erluino es el mismo que el del conde de Leicester. Por eso precisamente el carro de la madera fue asaltado en aquellos parajes, provocando de este modo todos los trastornos que ahora se han producido. Erluino sería un insensato si no aprovechara la oportunidad de disfrutar de una buena escolta y solicitara viajar con el conde, eso si el conde no le ha invitado a hacerlo antes de que él se lo pida. Yo podría conseguir demorar la partida de Roberto un par de días, pero no más.

Hugo se levantó y se desperezó. El día había estado plagado de acontecimientos y se habían planteado muchos misterios, pero no se había resuelto ninguno. Había podido disfrutar durante un par de horas de la compañía de Aline y había jugado un poco con Giles, su tiranuelo de cinco años, antes de que Constance, la fiel esclava del chiquillo, consiguiera llevarlo a la cama. Mejor sería dejar las cuestiones menores e incluso las mayores para mañana.

—¿Y de qué responsabilidades particulares quería hablar el conde con vos en privado esta tarde? —preguntó Cadfael, cuando su amigo ya se había vuelto hacia la puerta.

—De la necesidad de que todos los hombres sensatos que intervienen en esta estancada contienda busquen el medio de prescindir de los bandos enfrentados, pues ninguno de ellos tiene la menor posibilidad de ganar —contestó Hugo, volviendo la cabeza tras haber sopesado cuidadosamente sus palabras—. La cuestión se está reduciendo a una cosa muy sencilla: cómo salir de un cenagal antes de que el lodo nos llegue al cuello. Vos también podríais acordaros de eso, Cadfael, cuando oréis a Dios esta noche en el oficio de completas.

Cadfael no supo muy bien qué motivo lo impulsó a ir de nuevo en busca de la llave después de completas para hacerle una visita nocturna a Tutilo. Puede que fuera el sonido de la clara y pura voz que, procedente de la celda, había escuchado mientras atravesaba el patio al salir del último oficio de la noche. Un débil resplandor se filtraba a través de los altos barrotes de la ventana; el prisionero aún no había apagado la lámpara. El canto era muy dulce y no tenía ninguna pretensión de llegar hasta nadie del exterior, pero el tono era tan profundamente auténtico, arrancando desde el mismo centro de la nota cual si fuera una flecha clavada en la diana de un blanco, que se propagó en medio del silencio del crepúsculo hasta los más apartados rincones del patio e indujo a Cadfael a detenerse en seco, cautivado por su belleza. El mozo iba un poco retrasado, pues aún estaba cantando el final del oficio. En el coro de la iglesia no se había escuchado nada que se le pudiera comparar. Anselmo era un chantre excelente y puede que en su juventud hubiera cantado de aquella misma manera. Pero, a pesar de sus cualidades, Anselmo ya era un viejo y, en cambio, aquella voz poseía una juventud imperecedera y lo mismo hubiera podido pertenecer a un niño que a un ángel. Bendita sea la condición humana, pensó Cadfael, pues permite que unas criaturas tan imperfectas y falibles como nosotros que no somos ni ángeles ni niños puedan emitir unos sones como ésos que parecen venidos de otro mundo. ¡Favores no pedidos y gracias inmerecidas!

Bien, puede que aquello fuera una señal. O, a lo mejor, lo que lo indujo a acercarse a la garita de vigilancia para tomar la llave fue simplemente la corazonada de que tenía que hacer un nuevo esfuerzo por sacarle algo más al chico antes de irse a dormir, algo que le indicara un camino, algo que tal vez ni el propio Tutilo se hubiera percatado de que sabía. O quizá, pensó Cadfael más tarde, puede que hubiera recibido un fuerte codazo en las costillas por parte de santa Winifreda, la cual seguía favoreciendo a los pecadores con su gracia desde su sepulcro de Gwytherin, tras haber perdonado al desventurado joven que había tenido el buen gusto de codiciarla, de la misma manera que había perdonado al desvergonzado viejo que había tenido la descarada presunción de interpretar su voluntad años atrás. Sea por lo que fuere, Cadfael se dirigió a la garita de vigilancia, acompañado por la subyugante belleza de los cantos de Tutilo. El hermano portero le entregó la llave sin hacerle ninguna pregunta; en su soledad, Tutilo había dado amplias muestras de resignación y aceptación, como si aquella paz y quietud le hubieran servido para meditar acerca de su actual situación y sus perspectivas futuras. Cualesquiera que fueran los complejos motivos que habían inducido a Tutilo a entrar en religión, su fe no tenía nada de espuria; puesto que no había cometido ningún mal, estaba convencido de que tampoco le ocurriría ninguno. A no ser que el mozo estuviera engañando a todo el mundo con su docilidad para que nadie le prestara atención y él consiguiera escaparse de la trampa como una anguila. Con Tutilo nunca podía uno estar seguro. Daalny tenía razón. Había que conocerle muy bien para saber cuándo mentía y cuándo decía la verdad.

Tutilo, todavía arrodillado delante del pequeño y sencillo crucifijo de la pared de la celda, no se volvió de inmediato cuando la llave giró en la cerradura y la puerta se abrió a su espalda. Había dejado de cantar y ahora miraba a su alrededor con aire ausente y plácida expresión impenetrable. Al oír chirriar nuevamente la puerta, se levantó y, al ver a Cadfael, esbozó una leve sonrisa y se sentó en su catre. Estaba un poco sorprendido, pero no dijo nada, prefiriendo esperar a que le dijeran qué se esperaba de él, aunque, tratándose de Cadfael, sabía que no tenía por qué abrigar el menor temor.

—No, no es nada —dijo Cadfael con un suspiro, respondiendo a la mirada—. Simplemente pensaba que el hecho de haber hablado antes con nosotros te podía haber hecho recordar algún pequeño detalle que nos pudiera ser útil.

Tutilo sacudió lentamente la cabeza, dispuesto a colaborar, aunque sin saber cómo.

—No, no se me ocurre nada más. Todo lo que os he dicho es la pura verdad.

—De eso no me cabe la menor duda —dijo resignadamente Cadfael—. No obstante, ten en cuenta que el más mínimo detalle, algo a lo que tú no atribuyas la menor importancia, podría ser el grano que sirviera para completar el peso. No te preocupes, deja tu mente en barbecho y, a lo mejor, se te ocurrirá alguna cosa. —Cadfael miró a su alrededor en la blanca y sencilla celda—. ¿Estás suficientemente abrigado aquí dentro?

—Con las mantas que me han traído, me encuentro muy a gusto —contestó Tutilo—. Muchas veces he dormido en camas más duras y lugares más fríos.

—¿Y no necesitas nada? ¿Alguna cosita que yo pudiera hacer por ti?

—Según la Regla, no tendríais tan siquiera que hacerme este ofrecimiento —dijo Tutilo, esbozando una repentina sonrisa—. Pero sí, creo que hay algo legítimo que os podría pedir y que incluso sería honroso. He seguido por mi cuenta los oficios, pero hay cosas que a veces se me olvidan. Además, echo de menos su lectura para distraerme. Hasta el padre Erluino lo aprobaría. ¿Me podríais traer un breviario?

—¿Qué fue del tuyo? —preguntó Cadfael, sorprendido—. Sé que tenías uno de pequeño tamaño. —El pergamino se había doblado varias veces para confeccionar las reducidas páginas—. Buena vista había que tener para leerlo, pero tú eres muy joven y seguramente no tenías dificultades.

—Lo perdí —contestó Tutilo—. Lo tenía cuando asistí a misa la víspera de mi encierro aquí, pero no sé dónde lo dejé o dónde se me cayó. Me hace mucha falta, pero no sé qué hice con él.

—¿Lo tenías el día en que Aldelmo hubiera tenido que venir aquí? ¿El día, mejor dicho…, la noche en que lo encontraste?

—Es lo último que recuerdo. Puede que se me cayera de la bolsa entre los árboles en la oscuridad, eso es lo que me da miedo. No pude fijarme demasiado en las cosas aquella noche después de haberle encontrado —dijo tristemente el joven—. Eché a correr por el camino y crucé a toda prisa el río para entrar en la ciudad. Se me pudo caer en cualquier sitio. Puede que ahora esté en el fondo del Severn. Me gustaría recuperarlo —añadió con ardiente vehemencia—. Por la noche me levanto para rezar maitines y laudes. ¡Os lo aseguro!

—Te prestaré el mío —dijo Cadfael—. Y ahora será mejor que descanses si vas a levantarte como todos los demás a medianoche. Deja la lámpara encendida hasta entonces si quieres, hay aceite suficiente. —Lo había comprobado, introduciendo la punta del dedo en el pequeño recipiente de barro—. ¡Buenas noches, hijo!

—No olvidéis cerrar la puerta —dijo Tutilo a su espalda, riéndose sin la menor traza de amargura.

Se encontraba de pie en la oscuridad más absoluta, esbelta, inmóvil y erguida, pegada a las piedras del muro de la celda cuando Cadfael dobló la esquina. El débil resplandor de la lámpara de Tutilo a través de los barrotes de la alta ventana le iluminaba el rostro con un brillo no más intenso que el misterioso fulgor de una luciérnaga, perfilando la máscara espectral de las austeras facciones de su escurridizo rostro ovalado mientras la escasa luz que se filtraba a través del vitral occidental de la iglesia parecía concentrarse en el ardiente resplandor de sus ojos y en los hilos de plata del bordado que adornaba los dobladillos laterales del velo. Iba vestida con sus mejores galas, pues había cantado para el conde Roberto y era como una inmóvil presencia en la quietud de la noche. Daalny, la reina de Partholan, la semidiosa del paraíso occidental.

—He oído vuestras voces —dijo, bajando la suya hasta casi convertirla en un susurro, a pesar de que los susurros se oyen a veces con más claridad que los suaves sonidos pronunciados en voz baja—. No podía llamarle porque temía que alguien me oyera. Cadfael, ¿qué va a ser de él?

—Confío en que no le ocurra nada grave —contestó Cadfael.

—En su largo cautiverio, dejará de cantar —dijo la joven—. Y entonces se morirá. Pasado mañana nos iremos con el conde a Leicester. Rémy me ha ordenado que mañana empiece a envolver los instrumentos para que no sufran ningún desperfecto durante el viaje y, al otro día, nos iremos. Bénezet se encargará de todos los caballos y le hará hacer ejercicios al de Rémy para asegurarse de que ya se ha curado. Nosotros nos iremos y él se quedará. ¿A la merced de quién?

—De la de Dios —contestó Cadfael sin vacilar—. Y con la ayuda de la intercesión de los santos. Por lo menos, de una santa que acaba de enviarme la semilla de una idea. Por consiguiente, vete a dormir y no te preocupes, pues nada está decidido todavía.

—¿Y yo qué voy a sacar con eso? —preguntó Daalny—. Aunque demostremos diez veces que él no mató al chico, se lo llevarán a rastras a Ramsey y allí se vengarán de él, no por ser un ladrón sino por haber fallado en el robo. Durante la mitad del camino formará parte del grupo del conde y no se podrá escapar porque la vigilancia será muy estrecha. —La joven contempló con sus vivos ojos oscuros la ancha y morena mano en la que Cadfael sostenía la llave y sonrió repentinamente—. Ahora ya sé cuál es la llave que corresponde —dijo.

—A lo mejor la cambian y la cuelgan en otro gancho —dijo Cadfael en voz baja.

—Aun así, la conocería. Sólo hay dos iguales por el tamaño y la forma y recuerdo los dibujos de las guardas de la otra. No volveré a equivocarme.

Cadfael estaba a punto de decirle que no hiciera nada y lo encomendara todo a la justicia del Cielo, pero, de pronto, tuvo una visión de la justicia del Cielo tal como a veces la aplicaba la Iglesia con la mejor intención, pero con fatales consecuencias por culpa de la virtuosa estrechez de miras y crueldad de unas mentes ciegas y sordas a la infinita variedad de la humanidad y a sus defectos, aspiraciones y necesidades, con total olvido de todas las referencias de los Evangelios a los fariseos y los publícanos. Y, pensando en los pájaros cantores enjaulados que languidecían sin aire con que ejercitar las cuerdas de su garganta y sin ánimos para cantar, comprendió que los pobrecillos podían morir de un momento a otro. La mitad de la humanidad estaba representada por la esbelta muchacha morena que en aquellos momentos se encontraba a su lado, y aquella mitad tenía derecho a razonar, tomar decisiones e intervenir en lo que hiciera falta en la misma medida que la otra mitad masculina. A fin de cuentas, ambas eran responsables por igual de la propagación de la especie. No existía ningún arzobispo o abad del mundo que no hubiera nacido de una madre de carne y hueso y no fuera el fruto de un apareamiento.

La chica haría lo que considerara más oportuno y lo mismo haría él, pues no estaba obligado a vigilar las llaves una vez hubiera dejado de nuevo en su sitio la que tenía en la mano.

—¡Bueno pues! —dijo Cadfael, lanzando un suspiro—. Por esta noche es mejor que le dejes tranquilo. No te preocupes por nada. ¿Quién sabe si mañana el cielo amanecerá más despejado?

Dicho lo cual, se retiró y atravesó el patio para dirigirse a la garita de vigilancia y devolverle la llave al hermano portero. A su espalda, Daalny le dijo en un susurro:

—¡Buenas noches!

Su tono de voz era cortés y comedido sin prometer ni revelar nada, un simple saludo imparcial, surgido de la oscuridad.

¿Qué le había reportado aquel instintivo regreso a la celda del mozo en la esperanza de que un repentino y cegador recuerdo revelara la verdad como cuando se abren las persianas de una ventana para que entre la luz de una soleada mañana estival? Sólo un minúsculo detalle: Tutilo había perdido su breviario el mismo día del asesinato, pero no sabía dónde ni cuándo. Eso supondría menos de un cuarto de legua de bosque, dos o trescientos metros de recorrido por las callejuelas de la barbacana y una apresurada visita de ida y vuelta a la ciudad para tratar de recuperarlo, siempre y cuando la búsqueda mereciera la pena. A fin de cuentas, un breviario se podía volver a copiar. Y, sin embargo, si eso era todo, ¿por qué tenía la sensación de que santa Winifreda lo estaba sacudiendo impacientemente por el hombro y susurrándole al oído que él sabía muy bien dónde iniciar la búsqueda y que más le valía levantarse temprano, pues el tiempo apremiaba?