IX

lgo prodigioso les ocurrió a Mateo y Melangell por el camino, apretujados entre la multitud que entonaba jubilosos cantos. A mitad del recorrido, se sintieron transportados por la fiebre y la alegría de aquel día y por el ritmo de la música y la devoción, olvidándose de los demás e incluso de sí mismos, convertidos en una sola cosa sin que mediara el menor gesto o palabra por su parte. Cuando volvieron las cabezas para mirarse, sólo vieron unos ojos empañados y un halo de sol. No tuvieron necesidad de hablar. Pero, cuando doblaron la esquina de la muralla de la abadía a la altura de la feria de caballos y se acercaron a la caseta de vigilancia y oyeron y vieron al abad, encabezando a los restantes monjes, espléndidamente vestido e inmensamente alto bajo su mitra; cuando los dos coros se fundieron en uno solo estando todavía separados y se unieron finalmente en un triunfal grito de adoración y todos los devotos exultaron de emoción, Melangell oyó que alguien emitía a su lado una especie de sollozo entrecortado que súbitamente se trocó en una carcajada de intensa alegría. No fue un sonido muy fuerte porque la garganta que lo emitió estaba transida por la emoción, y el corazón y la mente de los que procedía no eran demasiado conscientes de lo que significaba. Fue un sonido muy hermoso, o eso le pareció a Melangell por lo menos mientras levantaba la cabeza para mirar a Mateo con los ojos asombrados y los labios entreabiertos en medio de un deslumbrado y deslumbrador deleite. Había visto algunas veces la triste sonrisa de Mateo y le había extrañado y dolido su brevedad, pero jamás le había oído reírse.
Las dos procesiones se fundieron en una sola. Los que portaban la cruz se situaron en primer lugar, seguidos del abad Radulfo, el prior y los monjes, y Cadfael y sus compañeros con la sagrada carga, empujados por todas partes por los fieles que extendían las manos para rozar aunque sólo fuera la manga del hábito de los que llevaban la cruz o el lustroso relicario de madera de roble. Fray Anselmo, dirigiendo con seguridad el coro, elevó su hermosa voz mientras pasaban por delante de la caseta de vigilancia, conduciendo a santa Winifreda a su casa.
Para entonces, fray Cadfael se movía como un hombre impulsado por un doble sueño en el que su cuerpo seguía el paso de sus compañeros en un confiado ritmo mientras su mente se elevaba a otro nivel en medio de una nube de sonidos formada por las pisadas de la gente, los exaltados murmullos y las agudas aclamaciones de cientos de personas, sobre las cuales destacaban los cánticos y la voz de fray Anselmo. El gran patio estaba abarrotado de gente, por lo que hubo que abrir un camino hasta el claustro y la iglesia, avanzando muy despacio y con suma dificultad. Fray Cadfael se distrajo a regañadientes de su ensimismamiento cuando el relicario tuvo que detenerse en el patio en espera de que le abrieran paso. Apoyó los pies casi agresivamente en el suelo y miró por vez primera a su alrededor. Más allá de la multitud que ya se había congregado, vio el séquito de la santa, fundiéndose y disgregándose para buscar un lugar en el que el ojo lo pudiera ver todo y el oído lo pudiera oír todo. Durante aquella breve detención, vio a Melangell y a Mateo tomados de la mano rodeando a la multitud para buscar un sitio.
Ambos miraron a Cadfael levemente achispados, como unos bebedores no habituados a un vino muy fuerte. ¿Por qué no? Tras una prolongada abstinencia, él también había sentido que la intoxicación se apoderaba de sus pies mientras éstos seguían el hipnótico ritmo y también de su mente, siguiendo las cadencias de los cánticos. Aquellos éxtasis le eran, a la vez, familiares y desconocidos, podía abrazarlos y mantenerse al margen de ellos con los pies firmemente plantados en el suelo como si quisieran agarrarse a la tierra para no perder el equilibrio.
Volvieron a ponerse en movimiento para entrar en la nave del templo y girar a la derecha, hacia el altar en el que depositarían el relicario. La inmensa y soñadora mole del templo iluminado por el sol los envolvió en su profundo silencio, pues nadie podría entrar hasta que hubieran colocado a su patrona en el lugar que le correspondía y ellos se hubieran retirado a sus insignificantes lugares. Después, entraron todos los demás, encabezados por el abad y el prior; primero los monjes, que se dirigieron a sus sitiales del coro y, a continuación, el preboste, los miembros de los gremios de la ciudad y los notables del condado, seguidos de la enorme muchedumbre que pasó del sol de la media mañana a la fría oscuridad de la piedra, y del excitado clamor de fiesta al gran silencio de la adoración, hasta que todo el espacio de la nave se llenó de calor y aliento de humanidad y todo quedó tan inmóvil como las llamas de las velas que ardían en el altar. Incluso los rayos que se reflejaban en los adornos de plata del féretro estaban tan inmóviles como piedras preciosas engastadas.
El abad Radulfo se adelantó y se inició la solemne misa.
La intensidad de toda aquella emoción humana congregada de tal modo entre los muros y el tejado de la iglesia impedía que nadie apartara los ojos ni siquiera por un instante del acto de adoración en el que estaban centrados, o apartara la mente de las palabras del oficio. Durante sus años de vocación, Cadfael había apartado algunas veces el pensamiento de la misa para preocuparse por otros problemas o examinar otras cuestiones. Sin embargo, ahora no fue así. A lo largo de toda la ceremonia, no fue consciente de ningún rostro sino tan sólo de la presencia de la humanidad en la cual se perdía su propia identidad o tal vez en la cual su propia identidad se dilataba como el aire, llenando todas las partes del conjunto. Se olvidó de Melangell y Mateo, se olvidó de Ciaran y de Rhun y no se volvió ni una sola vez para ver si Hugo estaba presente.
Si algo tenía ante los ojos de su mente, era un rostro que jamás había visto, pese a que recordaba muy bien los livianos y frágiles huesos que con tanta delicadeza y reverencia había sacado de la tierra y que con mayor emoción, si cabe, había depositado de nuevo en el mismo suelo para que reanudaran su sueño perfumado de espinos bajo la sombra de los árboles. Por alguna extraña razón, a pesar de que la santa había alcanzado la vejez, Cadfael sólo se la podía imaginar a los diecisiete o dieciocho años cuando el hijo del rey Cradoc la persiguió. Los frágiles huesos eran un grito de juventud y el confuso rostro que él evocaba era terso, lozano y extremadamente bello. Pero lo veía siempre medio apartado de él. A lo mejor, ahora se dignaría a mirarle y a mostrarle de lleno su tranquilizador semblante.
Al término de la misa, el abad se retiró a su sitial a la derecha de la entrada del coro y al otro lado del altar parroquial, y, levantando la voz al tiempo que extendía los brazos, invitó a los peregrinos a acercarse al altar de la santa donde todos los que tuvieran alguna petición que hacer podrían hacerla de rodillas, tocando el relicario con la mano y los labios. Todos se acercaron en reverente y ordenado silencio. El prior Roberto se situó al pie de las tres gradas que conducían al altar, dispuesto a ofrecer su mano a cuantos necesitaran ayuda para subir o arrodillarse. Los que gozaban de buena salud y no tenían ninguna acuciante petición que presentar se acercaron por el otro lado desde la nave y buscaron rincones desde los que pudieran verlo todo sin perderse ningún detalle de aquella memorable jornada. Volvían a tener rostro, hablaban en susurros y eran tan variados como idénticos habían sido una hora antes.
De rodillas en su sitial, fray Cadfael miró y los distinguió individualmente a todos, mientras se arrodillaban y tocaban el relicario. La larga hilera de suplicantes devotos ya estaba terminando cuando Cadfael vio acercarse a Rhun. Doña Alicia le sostenía solícitamente por el codo izquierdo y Melangell le sujetaba el derecho, seguida de cerca por Mateo, tan ansioso como ellas. El mozo caminaba con gran dificultad, apenas rozando las baldosas del suelo con el dedo gordo del pie. Su rostro estaba intensamente pálido, pero despedía un fulgor que casi deslumbraba a los que lo miraban en tanto que sus claros ojos clavados en el relicario, brillaban con un translúcido resplandor semejante al del hielo. Doña Alicia lo animaba, susurrándole palabras a un oído mientras Melangell hacía lo propio por el otro lado, pero Rhun sólo parecía ser consciente del altar al que se estaba aproximando. Cuando le llegó la vez, se libró de los brazos que lo sostenían y, por un instante, pareció vacilar antes de atreverse a caminar sin ayuda.
El prior Roberto observó su condición y le tendió una mano.
—No tienes que avergonzarte, hijo mío, de que no te puedas arrodillar. Dios y la santa conocerán tu buena voluntad.
Un suave hilillo de voz, claramente audible en el silencio circundante, dijo con trémula emoción:
—¡Pero, padre, puedo hacerlo! ¡Y lo haré!
Rhun se irguió, apartando las manos de las muletas, las cuales se separaron de sus sobacos y cayeron al suelo. La de la izquierda cayó sobre las baldosas con un irritante sonido. Melangell se inclinó hacia adelante y se arrodilló para recoger la otra al tiempo que emitía un leve grito. Allí se quedó, abrazada con desesperación a la rechazada muleta, mientras Rhun apoyaba su pie torcido en el suelo, manteniéndose firmemente erguido. Sólo le quedaban dos o tres pasos para acercarse a las gradas del altar. Los dio muy despacio y con firmeza sin apartar los ojos del relicario. En determinado momento, se tambaleó levemente y doña Alicia hizo un trémulo ademán de acercarse a él, pero se detuvo con asombro y temor mientras el prior Roberto volvía a ofrecer su mano al mozo. Rhun no prestó la menor atención ni a ellos ni a nadie, no parecía ver ni oír nada que no fuera el relicario y tal vez una voz que le invitaba a acercarse. Se adelantó conteniendo la respiración como un niño que aprende a caminar y se atreve por vez primera a recorrer una peligrosa distancia hasta llegar a los brazos abiertos de su madre y a las palabras de aliento, alabanza y cariño que lo habían impulsado a realizar la hazaña.
Primero apoyó el pie torcido en la grada inferior; y el pie, aunque todavía un poco torpe e inexperto, ya no estaba torcido y no le falló. La pierna enferma en la que apoyaba el peso del cuerpo, parecía haber recuperado sus proporciones y le sostuvo con firmeza.
Sólo entonces se percató Cadfael de la inmovilidad y el silencio, como si todos los presentes contuvieran la respiración junto con el mozo y se hubieran quedado paralizados, sin poder reconocer todavía lo que estaban viendo sus ojos. Incluso el prior Roberto se quedó petrificado como una austera estatua. Melangell, apretando la muleta contra su pecho, no pudo mover ni un dedo para romper el hechizo; se limitó a contemplar con angustia los pausados pasos como si hubiera depositado su corazón a los pies de su hermano en voluntario sacrificio contra el destino.
Rhun alcanzó la tercera grada del altar y se arrodilló sin demasiada dificultad, asiendo los bordes del frontal del altar y el lienzo dorado sobre el que descansaba el relicario. Después, elevó las manos entrelazadas y el pálido y resplandeciente rostro. Aunque apenas se oyó el menor susurro, todos pudieron ver que sus labios se movían en silenciosa oración. En sus plegarias no debió de referirse para nada a su curación. Se había puesto gozoso y sumisamente en las manos de la santa y ésta había obrado por él aquel prodigio por su libre voluntad.
Rhun tuvo que agarrarse al lienzo para levantarse, tal como hacen los niños que se agarran a las faldas de sus madres. No cabía duda de que la santa le estaba sosteniendo por los brazos para ayudarle. Rhun inclinó la cabeza y besó el borde del lienzo; a continuación se irguió y besó el canto de plata del relicario en el que sólo ella imperaba y tenía soberanía, tanto si descansaba allí dentro como si no.
Después, se retiró y bajó cuidadosamente las tres gradas. El pie torcido y la pierna encogida lo sostenían con toda seguridad. Al llegar al pie de las gradas, se inclinó en solemne reverencia, dio media vuelta y, caminando como hubiera podido hacer cualquier saludable mozo de dieciséis años, miró con una tranquilizadora sonrisa a sus temblorosas mujeres, tomó cuidadosamente las muletas que ya no le servían para nada y regresó para depositarlas a los pies del altar.
De pronto, se rompió el hechizo y quedó claramente de manifiesto el carácter sobrenatural de aquel prodigio. Un prolongado y estremecido suspiro recorrió toda la nave, el coro, los cruceros y cualquier otro rincón del templo en el que hubiera criaturas humanas mirando y escuchando. Después del suspiro, se oyó el trémulo murmullo de una inminente tormenta que nadie supo si fue de lágrimas o de risas, pero todo el aire vibró con su pasión. Inmediatamente se elevó un clamor en medio de un desatado vendaval de risas, lágrimas y alabanzas. Desde los muros de piedra y las altas bóvedas, desde los triforios y los cruceros, los ecos volaron y rebotaron y las llamas de los cirios, inmóviles, se agitaron movidas por el vendaval. Melangell lloraba de emoción y alegría en los brazos de Mateo, doña Alicia andaba de un lado para otro entre los amigos, derramando lágrimas como una fuente y sonriendo como si fuera la más dichosa de las mujeres. El prior Roberto elevó las manos en gesto de autoridad y su voz inició un salmo de acción de gracias mientras fray Anselmo reanudaba la salmodia.
Un milagro, un milagro, un milagro…
En medio de aquel revuelo, Rhun permanecía inmóvil e incluso un poco desconcertado, firmemente sostenido por sus largas y bien proporcionadas piernas, mirando los exultantes y llorosos rostros que lo rodeaban, dejando que los sonidos lo cubrieran en sucesivas oleadas y ansiando la quietud y el silencio que había conocido cuando en aquel sagrado lugar se quedó a solas con su santa y ésta le reveló en un dulce y secreto coloquio todo lo que debería hacer.
Fray Cadfael se levantó junto con sus hermanos cuando la iglesia se vació y toda la jubilosa y efervescente multitud de peregrinos salió para derramar su febril emoción al libre aire estival, anunciando a gritos el milagro, llevándolo hasta la barbacana y la ciudad, comentándolo a la vuelta de mesa en mesa en la hospedería a la hora de comer ensalzándolo de nuevo a la hora de vísperas con el poco aliento que todavía les quedaba. Cuando se dispersaran, la noticia les acompañaría dondequiera que fueran, cantando las alabanzas de santa Winifreda e inspirando a otras almas a lanzarse a los caminos para acudir con sus cuitas a Shrewsbury, donde se había obrado una curación en presencia de cientos de testigos.
Los monjes se fueron a su modesta comida habitual en el refectorio y, a pesar de la emoción que los embargaba, observaron la regla del silencio. Como estaban muy cansados, el silencio les fue muy beneficioso. Se habían levantado temprano, habían trabajado muy duro, se habían entregado en cuerpo y alma a los festejos y no era de extrañar que comieran en humilde sosiego.