Estoy en el asiento de copiloto en el

 

 

 

…coche de Rubén. Nos hemos marchado a escondidas de la fiesta de Dani. Parecemos dos adolescentes que se fugan de casa de sus padres para salir a bailar. La diferencia es que nosotros nos fugamos del lugar donde se baila para irnos a casa. Todavía no sé a qué casa me está llevando Rubén, pero no me importa. Además, no sé de qué lista de música anticuada habrá sacado Dani las canciones que ha elegido para ambientar su fiesta, pero ha sido el detonante para que me decidiera a marcharme, cuando empezaba a sonar en la voz del cantante de Pereza, su: «Pienso en aquella tardeeeeeee», que es la misma que sonaba aquella noche en la que supe que me había enamorado de Samuel.

Así que  he aceptado su proposición. Y es que llegado a un nivel de alcoholismo en el que creo que ahora mismo no me importa nada. Por eso está conduciendo Rubén. Él no ha bebido así que puede hacerlo y, por lo tanto, puede decidir dónde llevarme.

Creo recordar que le he ofrecido ir a mi casa, pero cuando me ha preguntado la dirección le he dicho que no la recordaba. Creo que me he acobardado y que es pronto para llevar a nadie a mi casa. Y menos para hacer lo que creo que vamos a hacer.

— Sandra, si te encuentras mal, dímelo.

— Por supuesto. — Le digo, y me carcajeo al escucharlo tan paternal.

— ¿De qué te ríes? Hacía tiempo que no te emborrachabas ¿eh?

—Y sí te cuento lo que hice la última vez que la pillé tan grande, no te lo creerías.

—A ver, sorpréndeme. Así me entretienes y no me duermo. Que yo también he bebido lo mío. —Me confiesa.

— ¿En serio? Pues tú concéntrate en la carretera, que no me quiero morir tan joven.

—Dejarías un bonito cadáver.

— ¿Tú crees que soy bonita?

— ¿Estás de broma? Eres preciosa. Lo vería hasta un ciego.

— ¿Me vas a tratar bien?

— ¿Cómo?

—Ahora. En tu casa. ¿Me vas a tratar con cariño?

—Sí. No sé hacerlo de otra manera.

—Me gustas.

—Y tú a mí. —Me devuelve, clavando sus ojos en los míos.

— ¡Cuidadooo, la curva!

—Perdón. Perdón. — Me dice dando tal volantazo, que el cinturón se me ha clavado entre la quinta y la sexta costilla. — Perdón—.Me repite.

Y yo empiezo a reírme con esa risilla nerviosa que me suele dar a mí cuando no controlo mis emociones.

¡Le gusto a Rubén!

 

 

Cuando llegamos a la puerta de su piso se detiene y me acaricia la mejilla.

      —Esto también es difícil para mí. Es la primera vez desde…

—Alex.

—Sí.

— ¿Quieres que pase?

—Más que nada en el mundo. ¿Y tú?

—Bésame.

Y se acerca a mis labios lentamente. Lo hace con tanta ternura que creo que me voy a deshacer aquí mismo. Me derrito como un flan entre sus brazos que me sostienen con fuerza mientras nos besamos. Introduce una mano en su bolsillo derecho y con destreza mete la llave en la cerradura y abre la puerta empujando con su trasero.

En todo momento no ha dejado de besarme y, cuando quiero darme cuenta, me está llevando en volandas hasta su habitación.

—Voy a tratarte como a una princesa. —Musita. Y yo simplemente me dejo hacer.

Me deja sentada en el borde de su cama y me quita los zapatos de tacón, dejándolos ordenadamente al lado de los suyos.

Permanece arrodillado y deslizando ambas manos desde mis pantorrillas hasta mis muslos, pasando por mis rodillas. Llega hasta la cintura del pantalón y me desabrocha el botón y la cremallera. Yo doy un ligero saltito para que pueda estirar de él y me los baje lentamente.

Mis pantalones se encuentran ahora enroscados en mis tobillos y me los saca primero de un pie, acariciándome con suavidad el dorso del mismo, y luego del otro, repitiendo la misma caricia.

Una vez me quedan sólo las braguitas en la parte inferior de mi cuerpo, se incorpora y me vuelve a besar, distrayéndome mientras sus manos desabrochan los botones de mi blusa negra. La hace descender por mis hombros con suavidad y cuando me la deja con las mangas abrochadas a mi muñeca, esa sensación de estar esposada me recuerda a mis juegos en la cama con Samuel, así que tiro yo misma de ellas liberando mis manos y sacando ese recuerdo de mi mente. Estoy con Rubén y quiero que esto pase.

Observo con deseo como él mismo se deshace de su polo azul y me muestra los músculos tersos de su pecho. Tiene un torso perfectamente definido y yo lo palpo posando tímidamente la palma de mi mano sobre él. Me encanta.

Él acaricia mi mejilla mientras yo con mis manos le desabrocho el pantalón.

—Eres preciosa. —Me susurra, y me ayuda a quitarle el pantalón.

Al fin estamos los dos casi desnudos en su cama y aunque yo me muero de vergüenza porque soy consciente de que he ganado unos kilitos, el alcohol me ayuda a llevarlo mejor. A olvidarme de mis complejos. A dejarme llevar por la excitación que me invade. Que nos invade, porque acabo de verlo a él. Y lo que veo que se esconde bajo sus slips es increíble.

Rubén me acaricia un pecho por encima de la tela del sujetador y se me escapa un gemido.

—Rubén.

— ¿Quieres que pare?

—No. No pares. —Le pido. Y yo misma me suelto el sujetador y dejo que me acaricie la piel de mis pechos. Quiero sentir su piel contra mi piel.

Rubén posa sus manos en ellos y lleva sus labios gruesos al pezón de mi pecho derecho. Lo besa. Lo chupa. Lo absorbe. Me gusta.

Con una de mis piernas rodeo una de las piernas de Rubén. La que le queda justo encima. Y me muevo. Lo hago con automatismo, como si mi sexo buscara el de él. Como si supiera por sí mismo dónde se esconde y cómo sacarlo de su escondite.

—Sandra, voy a hacerlo. Quiero estar dentro de ti. —Me confiesa.

Y yo le digo que sí. Que lo haga. Yo también lo deseo.

—Te quiero dentro, Rubén. Pero... ponte un preservativo, por favor.

—Está bien. Voy a buscarlo.

—Sigo tomando las pastillas, pero tú y yo…

—Lo entiendo, cielo. No te preocupes. Es normal. —Me responde y abre uno de sus cajones y mete la mano en busca de lo que le acabo de pedir.

Sé que no es lo mismo hacerlo con preservativo. Sé que corta el rollo, que somos mayorcitos y que con las pastillas debería de ser bastante, pero lo cierto es que para mí no lo es. Siento que no nos conocemos lo suficiente y me alegro de que lo entienda.

—Tendremos la oportunidad de hacerlo sin esto cuando nos conozcamos más. —Musita.

Y una sensación de bienestar me invade y me atrevo a decirlo.

—Espero que lo digas de verdad.

—Déjame que te lo demuestre. No quiero que lo nuestro se quede sólo en este momento.

—Rubén.

—No me gustan los juegos. Dime que tú no piensas igual que yo, te llevo a casa y nos olvidamos de esto.

—No es eso, es solo que no puedo creer que te haya encontrado.

— Pues lo has hecho. Aquí estoy. —Me susurra, y sus piernas ladean con fuerza las mías para abrirse paso a mi interior.

Me penetra y gimo.

Estamos mirándonos frente a frente y moviéndonos al compás. Yo sigo el ritmo que me imponen sus embestidas. Lentas. Profundas. Con cariño.

Siento que Rubén está mimando mi cuerpo y yo me estoy dejando querer. Sigo con los ojos abiertos, mirando fijamente a los suyos y viendo como es su cuerpo el que está adentrándose en el mío. El que está haciéndome el amor. Temo que si dejo de mirarle, si dejo de verle, mi mente vaya a jugarme una mala pasada y me traiga de nuevo la imagen de…

Rubén también me mira con los ojos bien abiertos. ¿Estará pensando lo mismo que yo? ¿Estará recordando a su ex? ¿A la tal Alexandra?

Ese pensamiento me produce un sentimiento de rechazo que hace que me ponga las pilas.

Creo que sólo con pensar en Rubén acordándose de su ex, me ha provocado celos y ganas de hacerle sentir mío. Sólo mío. Así que he acercado mis labios a los suyos y le he besado con la lengua hasta la yugular, haciendo que pierda las fuerzas y entienda que ahora le toca dejarse llevar a él.

He forzado el cambio de postura haciéndonos rodar por la cama, y cuando me he quedado yo encima de él, me he incorporado para que viera mi cuerpo. Para que entendiera lo que iba a hacer con él.

He removido mi larga melena de una forma muy sensual, dejándola descansar en mi hombro derecho. Me he elevado levemente sin dejar de mirarle a los ojos y cuando he tenido su sexo en mis manos, me he sentado sobre él. Lo he encajado en mi cuerpo.

Ahora lo oigo jadear a él y me encanta.

—Sí, muévete. —Me pide. Y comienzo.

Lo hago lentamente. Una, dos, tres, unas cuántas veces más y empiezo a incrementar el ritmo.

— ¿Te gusta?

—Oh, sí. Me encantas, Sandra.

Y acelero.

Recojo mi pelo en una cola de caballo con mis manos alzadas y sin dejar de moverme, cuando Rubén coloca sus manos en mis pechos y juguetea con mis pezones.

Desliza sus manos de mis pechos a mi cintura y me sujeta haciendo fuerza hacia abajo y elevando su pelvis varias veces y de forma contundente, profundizando en sus penetraciones.

Me duele pero me gusta. Y me hace gemir más fuerte.

Continúa descendiendo sus manos hasta mis nalgas y repite el movimiento. Lo estruja, lo sujeta, me empuja hacia su cuerpo y me embiste con más brutalidad.

Vuelve a doler y gimo aún más fuerte.

— ¿Te duele? Si quieres paro.

—Ni se te ocurra. Rubén. No pares. No pares nunca.

Y continúa embistiendo con esa ferocidad.

Se incorpora y me abraza haciendo que se funda su sudor con mi sudor. Su pecho con mi pecho. Su boca con mi boca. Se mueve con mayor celeridad y yo me acoplo a sus movimientos para mantener el ritmo fijo.

—Si sigo así voy…

—Yo también. No pares ahora. —Le pido.

Continuamos. Seguimos botando deprisa. Cada vez más. Los saltitos que damos en el colchón son cada vez más cortos pero más seguidos. Cada vez más. Más y más.

—Rubén.

—Sí.

—Rubén.

—Me corro.

—Di mi nombre, Rubén.

—Sandra, Sandra, Sandra… Ohhhh.. síiiii.. Alexandra.

 

 

 

— ¿Estás durmiendo?

—No. ¿Tú tampoco puedes dormir? —Le pregunto.

—Hace rato que lo intento.

— ¿Te arrepientes de algo?

—Noooo, claro que no.

—No me refiero a lo que ha pasado. Me refiero a lo que me has dicho.

— ¿A lo de que quiero que no sea la última vez? ¿Que quiero que seas mucho más que un lío de una noche?

—Samuel lo llamaba follamigos.

— ¿Piensas en Samuel?

—Noooo, estoy aquí contigo. Lo siento, no lo tendría que haber nombrado.

—Te entiendo. —Me dice, acariciando mi melena con la mano que tiene bajo mi cabeza.

— ¿Me entiendes? ¿Por qué? ¿Acaso piensas tú en Alex?

—No, no, entiendo que lo hayas nombrado. La última vez lo hiciste con él. Es normal. A mí me pasa lo mismo.

— ¿Crees que nos hemos precipitado?

—No, para nada. Por lo menos yo no. Yo estoy seguro de querer dejar atrás el pasado y darme una nueva oportunidad.

— ¿Y crees que encajo yo en esa oportunidad que quieres darte?

—A la perfección. Ahora necesito saber si yo te encajo a ti.

—Claro que lo haces, Rubén. Si hubiera descrito a mi hombre perfecto, no me habría salido tan perfecto como tú.

—Eres increíble, Sandra. Y por eso quiero estar contigo. Todo va a salir bien. Créeme.

 

Y tenía razón, y de ésta última frase hace ahora casi dos meses y todo está saliendo bien. A la perfección.

De momento no vivimos juntos. No nos hemos querido precipitar más de lo que sin duda lo estamos haciendo. En el trabajo lo estamos manteniendo en secreto para evitar que nos vinculen y crean que lo nuestro pueda tener repercusiones en el terreno profesional. Ya se sabe, no es de recibo en las empresas tener a una pareja trabajando en el mismo equipo. Las peleas personales a menudo se arrastran al terreno laboral. Y viceversa, claro.

Por esa razón conservamos nuestro piso y seguimos viviendo por separado, pero pese a que vivamos separados, la verdad es que solemos despertarnos siempre juntos. Algunas veces en su piso y otras en el mío. Pero siempre juntos. Eso era lo que yo necesitaba. Alguien que me diera cariño en todo momento y a eso, a Rubén, nadie le gana.

Estamos muy felices. Tanto, que aunque seamos prudentes, y ni siquiera nos hayámos presentado a nuestras respectivas familias ni a nuestros mejores amigos, hemos decidido dar un paso más y hacerlo. Así que esta noche que es el día en el que voy a conocer, al fin, a su hermana y a su cuñado, que además resulta que es su mejor amigo de la infancia.

Y aquí estoy, en el piso de Rubén, donde vamos a cenar los cuatro alguna de las delicatesen que mi chico está cocinando, mientras yo me arreglo con esmero y espero nerviosa a que lleguen nuestros invitados. Estoy a punto de calzarme mis preciosos zapatos rebajados, cuando de repente comienza a sonar mi Blackberry y veo que se trata de un número desconocido.

— ¿Alexandra López?

—Sí, soy yo, dígame. —Respondo algo extrañada por la hora que es.

      —Verá… Le llamo del hospital del Mar de Barcelona. Tenemos ingresado al señor Samuel Montalbán y hemos encontrado su número como contacto de emergencia en el teléfono del paciente.

— ¿Cómo? ¿Qué le ha pasado a Samuel? —Le pregunto alterada.

— ¿Samuel? —Musita Rubén en voz baja dejando la bandeja con la cena en la mesa.

—No se altere. Él está inconsciente. Ha tenido un accidente de coche y lo tenemos ingresado en la unidad de cuidados intensivos.

—Voy para allá ahora mismo. —Respondo y cuelgo el teléfono levantándome impulsivamente de la silla.

Rubén me está mirando anonadado y, antes de que me pueda preguntar, le respondo del tirón y sin hacer pausas:

—Samuel ha tenido un accidente de coche y está inconsciente en la UCI del Hospital del Mar. Figuro todavía como su contacto de emergencia en su teléfono y por eso me han llamado a mí. Tengo que ir a verle. —Le suelto.

—Voy contigo, cielo. Yo te llevo.

Rubén se quita el delantal y lo lanza hacia el sofá y nos apresuramos a coger el bolso y las llaves de mi coche, pese a que le oigo decirme que va a conducir él porque yo estoy demasiado nerviosa.

Pero es que estar nerviosa es lo normal. ¿Qué debe de haberle pasado a Samuel? ¿Cómo estará? Tengo que verle. No puede haberle pasado nada malo. Me niego a pensarlo.

—Ei, todo va salir bien. —me susurra. Y viniendo de él no puedo hacer otra cosa que creérmelo.

—Gracias por… Hay que llamar a tu hermana y decirle que…

Estoy tan nerviosa que no puedo ni terminar de pronunciar ni una sola frase, pero Rubén me entiende y me responde:

—Por nada Sandra. Somos un equipo. —Me recuerda. — Y abróchate el cinturón, porque voy a acelerar. —Y lo hace. Acelera.

 

 

En menos de diez minutos estamos entrando por la puerta del hospital. Estoy tan nerviosa que no puedo leer ni los carteles.

—Sandra, por aquí. —me dice Rubén estirando de mi mano y señalándome una indicación dónde hay escrito UCI.

Corremos a toda prisa hacia el ascensor y cuando están a punto de cerrarse las puertas nos colamos y entramos.  Una vez estamos dentro, él me abraza y siento como su calor me tranquiliza.

En esas estamos cuando, antes de que se abran las puertas del ascensor en nuestra planta, la chica que tenemos detrás de nosotros y que llora desconsolada, se gira y exclama:

— ¡Rubén!

Y él se gira y le suelta.

— ¡Alex!

Mantengo mi mirada fija en ella, sin acabar de creerme lo que acabo de escuchar. «Alex», le ha dicho, y no quiero aceptar que pueda ser ella su ex, pese a que me encaje a la perfección en lo poco que sé de ella.

Es una chica menuda, delgada, no muy alta, pese a que vaya en tacones. Lleva un vestido rojo espectacular y le marca su envidiable figura. Además es muy muy guapa. Tiene una cara de modelo. Unos rasgos muy marcados. Muy sensuales. Muy mujer, pese a tener el pelo muy corto. Ella es la Alex de Rubén. No hay duda. Y si la hubiera, mi novio la hubiera mitigado al ver la forma como la mira.

— ¿Alex? —Digo ahora en voz alta. Y necesito que Rubén me lo confirme aunque para mí ya esté más que confirmado—. ¿Ella es Alexandra?

Y cuando Rubén se gira a contestarme a mí, ella arranca a andar y pasa por en medio de nosotros a toda prisa, haciendo que nos separemos y fulminándonos con la mirada antes de hacerlo.

— ¡Alex! — Repite Rubén, pero ella no se detiene.

Rubén camina detrás suyo y yo lo persigo a él sin saber bien por qué lo hago, cuando nuevamente le escucho decir a él:

— Alex ¿Por qué lloras? ¿Qué ha pasado? ¿Va todo bien?

Ella grita sin dejar de caminar a toda prisa y sin volverse a mirarnos y le responde que nada va bien.

Al escucharla a ella quejarse de sus problemas, me detengo y le suelto a Rubén que yo tampoco lo estoy. Que ellos pueden quedarse hablando de lo que quieran pero que yo tengo algo que hacer. Samuel me necesita. Necesito verle.

Camino nuevamente en su misma dirección, porque es la que indican los carteles que señalizan el camino hacia la UCI.

Rubén me agarra por el brazo e intenta detenerme pidiéndome que también le entienda yo a él. Tiene delante de él a su ex. A la persona que más ha querido en su vida. Y además, ella está en un hospital llorando. Tal vez tendría que entenderle, pero…

—No me pidas que entienda nada, Rubén, ahora no estoy para historias. He venido a verle a él. Tengo que ver a Samuel. —Le digo, y le recuerdo el motivo de nuestra visita a la UCI. Me han llamado para decirme que mi ex ha tenido un accidente.

—Tienes razón, cielo. Vamos a preguntar dónde está él, Sandra.

Cuando nos disponemos a hacerlo, Alex, la ex de Rubén, me llama y me pregunta con un tono algo inquietante:

— ¿Eres Sandra?

Yo la miro desconcertada pensando en que si Rubén ha hablado con ella últimamente, me lo ha ocultado. ¿Cómo iba a saber ella sino que me llamo Sandra?

—Sí, yo soy Sandra. —Le confirmo desafiante.

— ¿Sandra de Samuel? ¿Su ex?

— ¿Qué? Pero… ¿De qué conoces a Samuel? ¿Por qué me lo preguntas? —Le pregunto algo aturdida.

—Samuel ahora es mi chico. Ni se te ocurra entrar a verle, Alexandra.

¿Qué? ¿Pero de qué va? Busco a Rubén con la mirada porque necesito que me diga que su ex está loca. Que es una chiflada y que me está gastando una broma de mal gusto.

— ¿Es una broma? Tiene que serlo, ¿verdad?

Rubén parece igual de confundido que yo. Y en su mirada además distingo cabreo. Está enfadado y así se lo hace saber:

— ¿Es eso, Alex? ¿Una broma? ¿Estás jugando? ¿Es éste uno de tus jueguecitos? —Le pregunta a su ex sin reprimir el mosqueo que lleva encima.

— ¿Un juego? ¿Una broma? —Replica ella con rabia—. Un puto juego es que estéis aquí. Una broma es que os atreváis a haber venido a verle. Porque no me extraña lo más mínimo que estéis juntos. Que os hayáis encontrado e incluso enamorado. Sois tal para cual. Los dos. Sois iguales. ¿Pero qué hacéis aquí? ¿Eh? —Nos pregunta llorando—. ¿Qué coño haces aquí, Sandra, después de haberle dejado tirado como a un perro abandonado en la calle? ¿Cómo coño te atreves?

— ¿Niña, qué sabes tú de mi vida? — Le respondo—. ¿Quién te crees que eres tú para juzgar el por qué lo dejé o no lo dejé? ¿Acaso te has preocupado tú por saber por qué te dejó Rubén?

Y lo único que quiero es soltarle todas las miserias que conozco de ella. Decirle que es una puta cría mimada que lo ha tenido todo en la vida y que no lo ha sabido valorar. Que nunca llegará a nada porque no sabe lo que es sacrificarse por sus sueños. No sabe lo que es luchar y alcanzar metas. Es una niñata inmadura con un ataque de dignidad.

Y cuando estoy a punto de decirle todo eso y más, se abre la puerta del pasillo de la UCI, y tras ella aparece el doctor que ha debido atenderle, y se acerca:

— ¿Familiares del Señor Montalbán?

Me aproximo a él con la misma rapidez con la que lo hace ella y le escuchamos decirnos que:

—Samuel ha sufrido un accidente de coche. Ha colisionado frontalmente contra otro vehículo que se encontraba estacionado y ha sufrido fuertes contusiones en el cráneo. Por suerte tenía puesto el cinturón, pero el Airbag no se accionó y se golpeó contra el volante.

— ¡Nooooooooo! — Exclama Alex al escucharlo.

Yo ni siquiera puedo reaccionar. Necesito que acabe de hablar y me diga que todo ha ido bien, como diría Rubén. Necesito que esa frase sea cierta ahora más que nunca.

—Ha ingresado totalmente inconsciente, pero hace unos minutos lo hemos logrado reanimar y el paciente ha despertado. Le hemos hecho varias pruebas y parece que su cerebro reacciona de forma normal. Está algo aturdido, pero sus respuestas son coherentes y sus constantes vitales estables.

Exhalo aliviada todo el aire que contenía, y que era incapaz de soltar, y al hacerlo reaccionan también mis ojos soltando todas las lágrimas que no había podido derramar de los nervios.

Me arrimo al doctor mientras Alex da gracias al cielo, y le pregunto si puedo entrar a ver a Samuel.

El doctor hace un gesto con las manos mirándonos a las dos y pidiéndonos que nos tranquilicemos, porque sólo va a poder entrar a verlo una de nosotras y Samuel ya ha preguntado por alguien.

—Samuel ha decidido que quiere ver a…

…Alexandra.