Después de que Sara acabara de

 

 

 

…contarme la historia de la noche anterior y de cómo acabé acostándome con Samuel, me sentí un poquito mal por haberle tratado como acababa de hacerlo: echándole del piso a gritos.

Sarita me contó que cuando nos echaron de la discoteca, a mí y a la tipa que me había tirado el cubata por encima y la cuál se había estado besando antes con el hijoputa de Javier, Samuel salió de la barra y se puso a hablar con el de seguridad de la discoteca que me había puesto de patitas en la calle, para que me volvieran a dejar a entrar y acabar la noche con mis amigas.

— ¿Pero, por qué hizo eso?— Le pregunté.

—Dijo que te conocía. Que habíais intercambiado un par de palabras y le habías caído bien.

— ¿Sólo por eso?

—Eso fue lo que nos contó a nosotras pero al de seguridad le dijo que eras su chica y que te habían involucrado en medio de una pelea que ni te iba ni te venía. Te hizo quedar a ti como la víctima y la inocente y le pidió que te dejara volver a entrar a la disco.

— ¿Yo? ¿Su chica? ¡Qué vergüenza! Además, no hay quien se lo crea…

—Exacto, el de seguridad no se lo creyó, por eso tú te abalanzaste, y para darle credibilidad, lo besaste.

— ¿Qué yo hice qué? Mientes. No te creo.

—Sandra, cariño, créeme, porque fue un beso tan bonito y tan real, que ni al de seguridad, ni a los que lo estábamos presenciando, nos pareció que fuera un beso fingido, uno de mentira.

— ¡Qué va! Me estás vacilando. Esa no soy yo.

—Esa eres tú cuando bebes y te transformas. Lástima que no lo hagas más a menudo. Esa Sandrita me cae mejor que tú.

—Oye no te rías. Esto es muy serio. ¡Me he acostado con él!

—Lo de ayer fue de todo menos serio. Te lo digo yo.

—Pero… ¡Si no lo conozco de nada! ¿Cómo me he podido acostar con él? ¿Qué me echasteis en la bebida?

—Te juro que nadie hubiera dicho que no os conocíais de nada. Estuviste toda la noche a su lado. Os perdimos de vista incluso.

—Eso es porque tú estarías con el amiguito éste al que tú te tiras. Y al que por cierto, le vamos a empezar a tener que cobrar el alquiler…

—Deja a mi chico tranquilo y no cambies de tema. Y no, ayer no estuve con él. Fuiste tú la que desapareciste con el camarero. Te lo prometo.

— ¿Tu chico? ¿Ahora ya es tu chico?

—Bueno… mi rollito. Llámalo como quieras, no me importa. Además, estamos hablando de ti.

— Es verdad ¡Qué fuerte! Así que lo utilicé. Pobre…

— ¿Pobre? No te preocupes. Él se dejó utilizar.

—Sí, pero encima hoy le he gritado y le he echado de casa de malas maneras. —Me lamenté, mientras recordaba cómo acababa de ponerle de patitas en la calle, incluso después de habernos comprado el desayuno.

Entonces vi a Sarita sonreír maliciosa y replicarme después:

—En cuanto a lo de que le has gritado, ni lo dudes. Te has pasado toda la noche gritándole en la cama que te diera más y más. Que siguiera, que no parara… —Se cachondeaba.

—Sara, por favor. Qué vergüenza.

—Ya te digo. Deberíamos de insonorizar las habitaciones. ¿No crees?

—Cállate boba, no te rías de mí.

Me enrollé con él. Estaba flipando. Me había metido en la cama con el camarero vacilón, del que lo único que recordaba era que se hubiera estado mofando de mí por pedirle un cubata de Malibú.

—Dios mío… soy una guarra. —Afirmé.

—Eres una guarra privilegiada. ¿Has visto cómo estaba el tío?

Y era cierto. Samuel era… estaba… tenía… ufff. ¿Por dónde empiezo?

Samuel era un chico de pelo rubio, ojos claros y que de niño tuvo que tener un aire angelical, que había perdido por el camino, ya que pese a la claridad de sus ojos y su pelo, tenía un aspecto tosco, rudo y chulesco, que me atraía de la misma forma que me echaba para atrás. Su barba descuidada, su corte de pelo informal, su voz acarajillada, sus andares cansados y perezosos. Su forma de mirar. Su sonrisa. Sus dientes ligeramente separados. Su mano. Su cuerpo. Su piel. Su…

Dios. ¿Estoy empezando a recordarlo? — ¡He hecho el amor con él! ¡En mi cama! —Exclamé en voz alta.

—Sandrita, reina. No me lo restriegues.

—Y crees… ¿Crees que debería de hablar con él?

— ¿Con Samuel? ¿Para qué? ¿Quieres repetir?— Volvió a cachondearse.

—No seas tonta, anda. Para pedirle perdón.

— ¿Perdón? ¿Por qué? ¿Por haberle regalado un orgasmo?

—Por haberle llamado «gigoló». Por haberme aprovechado de él para volver a la discoteca de la que me habían largado. Por haberle besado sin su permiso y por haberle echado de casa a gritos, por ejemplo.

—Bueno, pues ya sabes dónde trabaja. Ves a verle.

—Pues ven conmigo. Acompáñame.

— ¿Qué? Ni hablar. Yo ya tengo planes con Isma.

—Qué mala amiga eres, de verdad. Prefieres irte con un simple rollo de un par de noches a hacerle un favor a tu amiga y compañera de universidad. Con la de veces que te he dejado copiar en los exámenes.

— ¿A un simple rollo de un par de noches? ¿De verdad crees que Isma es sólo eso para mí? —Me preguntó indignada. —Bueno, vale, sí. Lo reconozco. Pero no sólo para un par de noches. Con éste me queda candela por lo menos para una semana más. ¡Está buenísimo! —Se justificó poniendo como excusa el increíble físico de su nuevo rollito, que para más inri, era del grupito de amigos del hijoputa de Javier.

—Eres una guarra, tía.

—Pues esta noche tú te has ganado con creces que te dé la bienvenida al club de las guarras de la ciudad. Te lo digo.

—Pues que sepas que ahora sí que oficialmente, ya no somos amigas. —le recalqué.

—Lo sé, hace unas horas que me has dejado claro que sólo somos compañeras de piso. ¿No?

—Sí. A partir de ahora eso es lo que seremos—. Sentencié.

Y varias horas más tarde, a punto de que el reloj de la pared del salón marcase las once de la noche, me dispuse a arreglarme un poco para ir a disculparme con él.

Me vestí con lo primero que pillé en el armario (¡Já!) El vestido azul marino con toques dorados en el escote con el que resaltaba el azul de mis ojos y lograba potenciar… pues eso, el escote. Y me pinté también de forma muy sutil. Muy «sutil», aunque me hubiera pasado casi una hora perfeccionando el ahumado de la sombra de ojos, también en tono azul oscuro, a juego con el aquel vestido tan «discreto».

En fin, monísima a la par que «natural».

—No sé para qué te arreglas tanto si él ya te ha visto desnuda y con el pelo alborotado.

— No me estoy arreglando. Voy muy sencilla.

—Es cierto, llevas el modelito que te pones siempre para ir a hacer la compra al súper. —Ironizó.

—Cállate ex amiga. Y ves a que te aguante el tal Isma.

—Eso haré. Voy a intentar que me haga chillar tanto como tú lo hacías anoche.

—Te odio.

—Te quiero. —Me devolvió sarcásticamente, mientras me veía salir por la puerta. — ¡Que tengas suerteeeee con tu disculpa a Samuel y si te cruzas con alguna vecina, dile que los gritos de anoche no eran míos! Discúlpate con ellos tambieeeeeeeeeén… —La oí decir a lo lejos, mientras yo bajaba las escaleras.

 

Y sólo media hora después, estaba yo entrando por la puerta de aquel dichoso club donde el tipo de seguridad me sorprendió al saludarme como si me conociera de toda la vida y diciéndome que pasara sin cobrarme.

—Tu novio está en el almacén. Pasa y espérate que lo llame para que salga a verte. —Me dijo.

La madre que la parió, Sara tenía razón —pensé—, pero opté por no decir nada y seguirle la corriente con aquello, al menos hasta que hablara con él. Con Samuel, quien varios minutos después, salía por una de las puertas de acceso sólo para personal autorizado, con pintas de «soy el más chulo del lugar y tú tienes el privilegio de haberte acostado conmigo».

Llevaba una camiseta azul oscura ajustada y de cuello amplío, y un delantal faldero negro que le cubría  hasta debajo de las rodillas, dónde se asomaban los pantalones tejanos que llevaba debajo de él.

—Hola, mi vida. ¿Tú por aquí?— Me saludó, acercándose con la intención de darme beso en los labios, perturbándome y dejándome casi sin aliento con su actitud y con su perfume. Olía… Mmmmm.

— ¿Aún te dura la guasa? Mira que eres cansino. —Le recriminé, apartándole la cara para que no consiguiera su propósito. Besarme.

— ¿Y tú aún sigues de mal humor? Mira que estás amargada.

— ¿Amargada yo? —Le pregunté con indignación, persiguiéndole al interior de la barra donde se encontraba descargando la caja de refrescos que llevaba cargada, para reponer las cámaras frigoríficas.

— ¿A qué has venido? Alexandra.

—Me llamo Sandra, no lo olvides.

— ¿A qué has venido, Sandra?

—A… pedirte perdón. Supongo.

— ¿Cómo? No te creo. ¿Tú? ¿Siendo amable? ¿Sin estar pedo? —Se burló, mientras se giraba y me cogía por los hombros y se detenía a mirarme. —Porque… ¿No has bebido todavía, no? ¿No vas borracha?

—Samu, había venido a disculparme… pero me lo estás poniendo muy difícil. Estoy empezando a arrepentirme—. Le contesté, dando media vuelta para salir de aquella barra.

—Ei, rubia, si hasta me llamas Samu y todo. ¿Será que te estás acordando de lo que hicimos ayer sobre tu colchón?

—Eres insoportable.

—Espeeeeeera. Espera Sandra, joder. Sólo era una broma.

—Me voy. Creo que ya no tengo nada por lo que disculparme.

— ¿Ahora ya no? ¿Entonces para qué has venido? ¿Y por qué te has puesto tan guapa? —me piropeó repasándome obscenamente con su mirada y haciéndome sonrojar.

—Esto es un club, ¿no? Te tienes que vestir de cierta manera para que te dejen entrar.

—Entonces ¿no te has vestido así para mí?

—No seas engreído. Por ti no me vestiría de ninguna manera.

—Mucho mejor. A mí me gustas más desnuda. Como ayer.

—Es que no te soporto.

—Te van a salir arrugas como sigas con ese carácter.

—Adiós. —Y volví a darme la vuelta y a salir de aquella barra, mientras escuchaba sus pasos acelerados detrás de mí.

—Sandra, tía. Perdona. Sólo estoy bromeando.

—Es que no paras de bromear, joder. Todavía no hemos hablado ni una vez en serio. —Le dije con todo el resentimiento del mundo. —Yo venía a disculparme por cómo te había tratado esta mañana ¿sabes? Pero no me extraña que me llames amargada o vieja, porque a tu lado lo soy. Tú eres como un niño inmaduro que no sabe cuándo parar de jugar.

—Te acabo de pedir perdón. ¿No es suficiente?

—Perfecto. Pues aceptado. Perdóname a mí también por lo de ésta mañana y asunto arreglado. Ya me puedo ir.

—De acuerdo. Pues ahora que somos amigos, te invito a una copa de Malibú. ¿La quieres muy cargada?

— ¿Ya te estás volviendo a reír de mí?

—Vamos, Sandra, alegra esa cara. Trato de ser amable contigo.

— ¿Así entiendes tú la amabilidad? Estás muy equivocado. —Le respondí, sentándome en el taburete vacío que había delante de la barra que estaba preparando Samuel, y esperando a que me pusiera esa copa que acababa de proponerme. —Sé que te vas a reír de mí, pero…

— ¿Pero?

—Anoche…

—Vamos. Suéltalo.

— ¿Anoche hablamos de algo en serio en algún momento?

— ¿Cómo? ¿A qué te refieres con que si «hablamos»?

—Pues eso. Que si tú y yo… además de… ya me entiendes…

—No, no te entiendo. ¿Además de qué?

—Joder, Samuel, hay que decírtelo todo. Pareces un niño.

—No, no. La que pareces una niña eres tú, que no te atreves ni a decir la palabra «follar».

—Es que se sobreentiende, ¿No?

— ¿Te puedo hacer una pregunta?

—Mejor que no. Me das miedo.

— ¿Cuántos años tienes?

— ¿Has «follado» conmigo y ni siquiera sabes mi edad? — le respondí con otra pregunta que me llevaba justo a donde yo quería llegar.

—Te pregunto porque me pareces una chica muy inocente. Empiezo a temer que no tengas ni  los dieciocho.

—Sí los tengo. Tengo más. Tengo veintitrés. Pero ¿ves? A eso me refería con mi pregunta de antes. Anoche por lo visto, tan sólo nos dedicamos a conocernos físicamente ¿verdad? —Insistí. —No hablamos de nada serio.

—Bueno, a ver, tu estado de embriaguez no permitía demasiada seriedad. No invitaba a debatir sobre el medioambiente. —Ironizó.

—Ok, ok. Sólo quería saberlo.

— ¿Hay algo que debería de saber? ¿Algo «serio» que quieras contarme? Ya sabes que los camareros somos un poquito psicólogos. —Alegó. Y cuando creía que estaba empezando a mantener una conversación conmigo, continuó: —Y un poquito gigoló también, ya lo has comprobado.

—Qué va. Sólo quería saber si cuando estoy borracha, además de liarme con tíos guapos, también me fijo en que tengan cerebro, pero al parecer no es así. Y para muestra, un botón—. Le solté, ladeando la cabeza y alzando una ceja señalando lo evidente.

—Vaya, vaya. Así que a la rubia le parezco guapo…

—Tío, eres idiota. ¿Sólo te has quedado con eso? ¿Acaso no has oído que te acabo de llamar descerebrado?

—Yo siempre me quedo con lo bueno de las cosas. Ese es mi secreto para ser feliz. Ale, ya te he dado mi briconsejo del día. Aplícatelo tú también.

—Cuánto más te conozco peor me caes. No sé porque sigo aquí. Paso de seguir hablando con un tío que ni me conoce, ni lo conozco, ni me interesa para nada conocer.

Y entonces, cuando empecé a dirigirme hacia la salida, Samuel volvió a hacerlo. Volvió a retenerme sin ni siquiera tocarme. Volvió a llamar mi atención, demostrando ahora ya ser todo un  experto en hacerlo. En impedir que me fuera de allí.

— ¿Haberme contado el por qué no te gusta que te llamen Alexandra, sirve como conversación «seria»?

Me detuve en seco y lo miré.

— ¿Qué has dicho?

— Te adoptaron cuando eras un bebé. Tu madre eligió tu nombre, Alexandra, pero al parecer fue lo único que hizo por ti. Después  de eso no se volvió a comportar como una madre, no ejerció como tal. No te trataba como a una hija. No te daba su amor. En cambio tu padre lo fue todo para ti. Él fue tu padre, tu mejor amigo, tu apoyo, tu Dios. Sandra es el diminutivo que él utilizaba para dirigirse a ti. Para llamarte. Sólo él lo hacía. Sólo él te llamaba así y por eso te gusta tanto. Era su forma de ser especial para ti y de hacerte sentir que tú también lo eras para él.  Así que cuando murió, decidiste quedarte con ese nombre y dejar de llamarte Alexandra. ¿Me equivoco?

Cuando Samuel empezó a soltar todas esas cosas sobre mi vida pasada me quedé tan impactada de que yo se lo hubiera contado, y sorprendida de que él lo recordara, que no sabía cómo reaccionar. Tenía los ojos encharcados, y contra toda mi voluntad, amenazaban con empezar a diluviar sin más remedio.

Por suerte, impedí que eso pasara, que me pusiera a llorar desconsoladamente, cuando escuché al descerebrado de Samuel volviendo a actuar como lo que era, un impertinente que no dejaba de reírse de mí:

—Y lo que acabo de decirte es sólo lo que me pareció entender de todo lo que balbuceabas, porque llevabas una cogorza de tres pares de cojones. De las que he visto muy pocas en los años que llevo como camarero. ¡Estabas tan graciosa!

Definitivamente, no sabía por dónde pillar a este chico. Cuando creía que era el tío más superficial del mundo, me soltaba todo aquello sobre mí y lo hacía como si realmente le importase algo mi vida. Pero cuando estaba casi convencida de ello, de que quizá yo le importaba un poquito y que en el fondo tenía un gran corazón, volvía a ponerse impertinente conmigo y a chincharme con sus comentarios jocosos.

Una de cal y una de arena, como dice el refrán. Y ahí estaba él de nuevo, continuando con su monólogo y aprovechando que me tenía totalmente en fuera de juego:

— Creo que te he demostrado que un poquito al menos sí que te conozco, pero ¿sabes una cosa? Yo también te conté algo importante sobre mí. Así que sí, hablamos de cosas serias. Y tú también conoces cosas de mi vida, aunque ni siquiera lo recuerdes y aunque acabes de dejarme claro que no estás interesada en conocerme ¡para nada! —Me imitó.

—Pues siento si te he molestado con mis historias, pero como te he dicho antes, he venido a disculparme. A pedirte perdón. Así que lo siento ¿vale? Perdón por absolutamente todo lo que pasó anoche entre nosotros, Samuel.

—Ei, ei, espera. ¿Perdón por lo de anoche? ¿Me pides perdón por acostarte conmigo?

—Te pido perdón por rallarte con mis cosas y por utilizarte y haberme lanzando a besarte tan sólo para que me volvieran a dejar entrar aquí. Porque tan sólo lo hice por eso.

— ¿Ya lo has recordado?

—Bueno, no exactamente, pero me lo ha explicado mi amiga.

—Pues te lo ha explicado fatal, que lo sepas. No te abalanzaste tú. Fuimos los dos quienes nos besamos. Tú no diste el primer paso. Simplemente surgió. —Alegó—. Sucedió como sucede en las pelis. Saltó la chispita entre nosotros. —Repitió, y su particular manera de describir la situación me dejó embelesada.

Samuel supo aprovechar el momento y como si fuera una fiera que sabe que tiene totalmente rendida a su presa, se acercó con sutileza hacia donde estaba yo y colocó su mano derecha en mi cadera izquierda y sin dejar de mirarme a los ojos, me susurró:

—Fue así como pasó, Sandrita. —Y mientras él empezaba a relatarme cómo había sucedido, de fondo sonaba una versión del tema «Pienso en aquella tarde», de Pereza.

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—Nos acercamos sin dejar de mirarnos. —Me dijo —, rozamos la punta de nuestras narices despacio, —continuó, haciendo que nuestras narices volvieran a rozarse en aquel momento también, —y nuestros labios se entreabrieron lentamente, se tocaron de forma muy sensual, —susurró, cuando de fondo empezó a escucharse el estribillo de la canción de Pereza y Samuel intentó culminar la escena del beso, de la misma forma que me estaba contando qué había ocurrido la noche anterior.

—Alto, alto. Ni se te ocurra intentarlo. ¿Me has entendido? Ahora sí que me voy. Creo que ya me he disculpado. Suficiente. Más de lo que debería.

—Sandra… —me llamó, pero esta vez le ignoré definitivamente y cumplí con el refrán que dice que a la tercera va la vencida. Al tercer intento de querer marcharme, lo conseguí.

Me fui de aquel club del que me habían echado hacía algo menos de 24 horas y en el que había tenido la desdicha de conocer, posiblemente, al tío más bueno con el que me había cruzado, acostado y, sin duda, desde aquel preciso momento, enamorado también.

En fin. ¡Qué desastre!