—Tú eres una Armengol
…—Repitió mi madre con orgullo.
Pero yo hacía un rato ya que me estaba imaginando a mi padre con el pantalón arremangado y cultivando arroz en sus últimos años de vida, y la imagen que visualizaba no hacía más que provocarme la risa. Estaba cansada de seguir escuchando patrañas. Cansada y harta. Así que por suerte, después de su recomendación, aquella frase de «saca pecho, hija» mi padre se despidió ante la cámara y por fin se acabó aquella interminable sesión de video, que no hubiera soportado ni siquiera con palomitas. Parecía que hubiera nacido para ser actor, el tío.
—Lo has hecho genial, princesa. —Me animó Rubén, mientras nos acompañaba hasta la puerta de la casa entonces ya de mi madre.
—Siento haberte liado así. Tú deberías de estar trabajando.
—Tienes razón, debería estar haciéndolo.
—Sé lo importante que tu curro es para ti.
—Lo es. Para mí el trabajo lo es casi todo en esta vida.
—Gracias por acompañarnos, Rubén. Espero que volvamos a vernos pronto. —Se despidió mi madre, abriendo la puerta de casa y metiéndose adentro.
Al menos aquello sí supo hacerlo bien. Me dejó despedirme de él con intimidad.
— ¿Por qué has matizado con el «casi» al hablar de trabajo? —le pregunté.
—Porque para mí es importante que sepas que yo tampoco soy como él. —me respondió. Y en ese caso el «él» también se refería a mi difunto padre—. Yo soy una persona ambiciosa Alex. Mucho. Yo muero y mato por mi trabajo, pero dame una razón mejor por la que morir y matar y dejaré en un segundo plano mi oficio. Cambiaré de prioridad mi profesión. Y creo que tú me la estás dando.
— ¿Lo crees de verdad?
— ¿Me crees si te digo que no hecho otra cosa más que pensar en ti desde el mismo instante en que te dejé en esta puerta para que fueras a hablar con tu padre? Qué hará ya… ¿más de dos meses?
—Sí. Te creo. — ¿Cómo no le iba a creer si a mí me había pasado lo mismo, e incluso desde varias noches antes de lo que decía él? Exactamente desde la despedida de Javi.
—Cuando me dijiste ayer que no tenías nada que te atase aquí pensé que te perdería de nuevo, que te marcharías. Y por eso anoche te llamé. No podía dormir pensando en que podría perderte. No era por culpa del calor. —Me confesó—. Y ya sabes cómo acabó nuestra conversación, que no querías enamorarte de mí, dijiste, y no sé si sigues sin querer hacerlo pero antes de que me respondas, creo que te tengo que aclarar algo.
— ¿El qué? Ya me estás asustando.
—Todo lo contrario. Anoche cuando te conté mi experiencia personal, aquello de que tuve que ganarme la vida y trabajar para pagarme la universidad...
—De gogó. —Me reí.
—De camarero, listilla.
—Continúa.
—Pues te lo conté para que vieras que en la vida siempre tenemos razones para quejarnos y patalear, pero con esfuerzo y sacrificio todo se consigue, y… —«Esfuerzo y sacrificio» ¿dónde había escuchado eso yo antes? —…y que aunque pareciéramos el ying y yang, porque nos faltara justo lo que al otro le sobraba, yo no necesito nada más. No me malinterpretes. Yo quiero ser esa persona que te dé todo lo que tú no tienes. Todo el apoyo, todo lo emocional, lo sentimental e incluso lo sexual.
—Eso último suena bien. —Le devolví carcajeándome.
—Pero yo ya encontré lo que a mí me faltaba. Y estoy hablando del dinero, porque aunque no tenga tanto, yo no vengo de una familia acomodada como tú, logré acabar la carrera y encontrar aquello que tanto ansiaba, un buen trabajo que me diera para pagar mi pisito y mantenerme sin problemas. Así que lo poco que tengo me lo he ganado yo, y sé que quiero compartirlo contigo y ofrecerte aquello que te falta a ti: el amor.
—Vaya, me alegro. —Contesté, sin saber muy bien a dónde quería llegar él. ¿Qué trataba de decirme?
—Tan sólo trato de decirte que quiero que tú seas quien eres. Que no pienses en ser o no ser una Armengol. Que le dejes todo a tu madre si quieres hacerlo. Que lo dones a una ONG. Que hagas lo que te plazca. Lo que te apetezca con lo que es tuyo. Pero que no pienses en mí, porque yo lo único que quiero de ti es lo que te he dicho esta mañana. Es cuidarte. Apoyarte. Quiero quererte así cómo eres. Y quiero ser la persona que te ate aquí. —Remató—. Vente a vivir conmigo hoy mismo.
— ¿Cómo? ¿Qué? ¿Puedes volver a repetirlo? —Reclamé. —Crees que no he tenido suficientes emociones por hoy, ¿es eso?
—Lo sé. Lo sé. Y no quiero abrumarte.
—Pues lo has conseguido.
—Es sólo que… que creo que es el momento, Alex. No quiero volver a verte así. No quiero que estés allí dentro y te pongas a hiperventilar. —Estiró su mano y señaló la casa de mi madre.
—Ya me sé el truco de la bolsa.
—No te rías de mí.
— ¿Acaso tú no te estás riendo de mí?
—Yo te estoy hablando en serio. Yo puedo cuidar de ti. Dime que no te hace falta. —Me pidió mientras acercaba su frente a la mía como ya lo hizo la noche en la que nos acostamos.
—Siempre me hizo falta alguien que me cuidara.
—Dime que no quieres que sea yo quien lo haga.
—No quiero decepcionarte. No quiero que me partas el corazón.
— ¿No quieres enamorarte de mí? ¿No quieres que volvamos a hacer el amor?
—Tú ya me has enamorado, Rubén. ¿Tú crees que pueda enamorarte también yo?
—No lo haré a no ser que me sonrías. —Y entonces lo hice sin querer. Se me escapó una sonrisa—. ¡Mierda lo has hecho! Ya me has enamorado.
Y entonces me besó. Y yo que hubiera podido creer que aquello no eran más que palabras, de repente supe que no. Aquel beso era una entrega total e incondicional y por las dos partes. Era un intercambio de promesas de las de «paratodalavida». Era un alto al fuego entre Irán e Iraq. Era el himno de la alegría. Era un canto al amor. Era una poesía. Era mi salvador. Mi príncipe azul y yo su princesa. Y yo que nunca había creído en los cuentos de hadas, de repente, éramos Rubén y Alex. Éramos Rubén y yo.
— ¿Y no crees que esto es una locura? —Le pregunté.
— No. Lo que me parece una auténtica locura es que tú vayas a decirme que sí. Que quieres vivir conmigo.
Y es que simplemente yo ya no tenía nada que pensarme. Nada que plantearme. Nada que temer. Nadie a quien preguntar, ni ninguna opinión que me importase, además de la suya. Ninguna más que la de él. Y la de él ya la sabía. Él quería vivir conmigo. Me lo había dicho, me lo había transmitido y me lo había demostrado.
Además que Rubén no quería nada de mí. Nada material, dijo. Él se las había apañado muy bien desde siempre para conseguirlo todo en esta vida. Para cuidarse, para ocuparse muy bien de él. De sus necesidades. Incluso demasiado diría yo, pero eso es algo que yo descubriría después, cuando ya llevásemos conviviendo un tiempo. Cuando ya me hubiera acomodado y hubiera empezado a depender de él. De su cariño, de sus cuidados, de sus mimos, de su atención. Y entonces, le hubiera decepcionado y tuviera que escucharle decirme aquello de «Alex, por favor. Madura de una vez.»
Pero de todavía faltarían casi un par de años para aquella noche en la que nos cortaron el suministro de internet, así que de momento, quería empezar a cumplir lo que él me había pedido: dejarle ser la persona que me lo diera todo en la vida, incluso lo sexual. Sobre todo lo sexual.
Cuando llegamos a su casa solté en su recibidor, la minúscula maleta que me había llevado. Era pequeña y no porque no tuviera muchas cosas, sino porque todo lo que hasta aquel momento había sido mío, ya no me pertenecía. Ya no lo quería. Quería empezar de cero, pero hacerlo de verdad. Sin nada más que Rubén y su cariño. Rubén y sus besos. Rubén y sus caricias. Rubén con sus grandes manos en mi trasero y sus labios de bizcochito absorbiendo los míos con pasión.
Antes de que pudiera instalarme «como Dios manda» en una casa que a partir de entonces se convertiría también en la mía, Rubén decidió volver a enseñarme a fondo su habitación (perdón, la nuestra), y darme la bienvenida por todo lo alto, empezando por el colchón.
Rubén fue el primero en estirarse y lo hizo después de lanzar sus zapatos al otro lado de la habitación. Entonces estiró su brazo hacia mí y me tendió la mano para que me acercase. Cuando se la di, tiró también de mi con tanta fuerza, que me caí sobre él.
—Ya te tengo, pequeña. No te vas a escapar.
—Estaba pensando en hacerlo.
— ¿Te asusta algo de lo que tienes alrededor?
—Me asusta justo lo que tengo debajo.
— ¿Mi pene? Tampoco es tan grande.
— ¡Tonto! —Y me reí, ladeándome hacia el lado vacío de la cama. —Me asusta no conocerte.
—Yo soy así. Muy simple. Muy plano. Sin dobleces. No me trates de interpretar. Haz caso a lo que te diga, no a lo que te parezca que te he dicho. Nada más.
—Es que tienes las cosas tan claras…
—Sí. Las tengo. Sé lo que quiero y voy a por ello. Sin rodeos. —Me advirtió—. Y sé que te quiero a ti. ¿Para qué esperar más?
— ¿No vas a besarme?
—Voy a hacerte el amor.
Y me lo hizo.
Se incorporó lentamente y se quedó de costado, apoyando su cabeza en su codo izquierdo. Con su mano derecha empezó suavemente a bajar el tirante de mi camiseta.
Yo reaccioné buscándole con mis labios y, replicando sus intenciones, desabroché los botones de su camisa de abajo arriba.
—Alex, me pones a cien. —Confesó.
Y yo simplemente le acallé con mis besos. Aligeré el ritmo con el que le desnudaba y, cuando quise darme cuenta, él me había desnudado también a mí. Al menos de cintura para arriba.
Pasé una pierna por encima de él y me senté a horcajadas sobre su sexo, todavía escondido bajo su pantalón y sus bóxers.
Subí levemente mi minifalda tejana y noté su bultito, que de «ito» tenía poco ya, en la hendidura de mi sexo, separados por las capas de tela de nuestra ropa interior. Me moví.
—Estoy encendido, nena. —Susurró. Y dirigió su boca hacia mis pechos desnudos que empezaban a rebotar con mis movimientos.
Llevé mis manos hasta donde nuestros cuerpos querían dejar de ser dos para convertirse en uno solo y desabroché la bragueta de su pantalón. Hice lo mismo con el cinturón y me introduje entre la goma de la cintura de su calzoncillo.
—Alex…
— ¡Shhh! Te voy a hacer disfrutar, Rubén.
Empujé su pecho erguido hacia la cama, dejándolo en una postura totalmente horizontal. Descendí por su cuerpo, dibujando con mis besos, el camino que me llevaba hasta la cabecita de su erección y una vez estuve cerca, me deshice de sus pantalones y su ropa interior a la misma vez. Del tirón.
Acababa de liberar a su yo en estado puro y, una vez lo tuve entre mis manos, lo empecé a dominar.
—Alex… —repitió. Y lo hizo con un tono jadeante entrecortado que me excitaba también a mí.
Introduje su sexo en mis labios, los apreté y succioné. Lo busqué con la mirada y le vi totalmente rendido. Me gustaba aquella sensación. Me gustaba tener el dominio y seguí. Insistí con mis movimientos ascendentes y descendentes sobre su pene caliente.
Jugué a excitarle con mi lengua, haciéndole cosquillas en el prepucio. Jugué también con los sonoros lametones a lo largo de él. De su erección. Saboreé cada trocito de piel que se encontraba tirante en aquella tensión que amenazaba con poseerme.
Acompañé cada movimiento con mi mano jugueteando en sus testículos y dando paso a mi lengua también dispuesta a absorberlos y a incrementar su placer.
Sus manos, entonces, se enredaban en mi pelo o se escabullían en busca de uno de mis pechos con el que pasárselo bien.
De repente, hizo uso de su fuerza y me subió hasta quedar a su altura, estirando con sus manos de mi cintura y abalanzándose hacia mis labios.
Entonces, su cadera golpeó a la mía y dimos un giro de ciento ochenta grados, dejándome a mí debajo de él.
—Te voy a hacer mía, pequeña.
—Hazlo Rubén. Fóllame.
Sin poder ver cómo lo había hecho, o cuándo lo había cogido, estaba rasgando con los dientes el paquetito plateado del preservativo que se iba a poner. Yo mientras tanto me deshacía al fin de mi falda y una vez lo hube hecho, clavó su mirada en la mía y repitió:
—No voy a follarte, Alex, voy a hacerte el amor. Voy a hacerte mía.
Y me la clavó. Digo que me la clavó porque incluso me había dolido. Me dolió pese a estar húmeda. Pese a estarlo mucho más que nunca antes. Más excitada, más preparada. Pero dolió porque Rubén dolía.
Rubén dolía de intenso, de entregado. Cada vez que me la metía, sentía que me estaba dando su vida. Cada vez que me la sacaba, notaba que se llevaba la mía.
Rubén jadeaba al empujar. Yo gemía. Ambos teníamos los ojos abiertos de par en par. Los dos nos mirábamos mientras lo hacíamos. Le escuché decirme varias veces que quería dármelo todo en esta vida. —«Soy tuyo, nena»— me juró y aunque también yo quise hacerlo, no pude decirle nada. Era como si no encontrase las palabras que describiesen lo terriblemente enamorada que estaba de él. Era como si esas palabras que trataba de buscar no existieran. Todo se quedaba corto en comparación a mis sentimientos. Pero él sí lo hacía, él sí las encontraba. Él sí me las decía. Y entonces Rubén parecía «más». Y así fue como Rubén siempre me pareció «más».
Él se corrió en seguida. A mí me costó un poco hacerlo. No lograba desconectar de mis sentimientos y simplemente dejarme llevar. Recuerdo que incluso la primera vez que nos acostamos yo había disfrutado mucho más que aquella noche, que era la segunda vez que lo hacíamos.
Y sé que fue porque en aquella primera todavía no sabía que habría una segunda. Aquella vez yo no me quedaría a dormir con él en su casa. Aquella vez no viviría con él y aquella vez no importaba si él me quería o no me quería. No tenía miedo a defraudarle, a decepcionarle. A que él fuera más y yo pareciera ser menos. Como entonces.
Así que cerré los ojos cuando noté uno de sus dedos entrar en mi interior y recordé la fantasía que había tenido la noche anterior, en el colchón de una cama que ya no era mía. La de la habitación de la casa de mi madre. En mi imaginación, Rubén me había penetrado con su lengua, y me había gustado tanto que así se lo susurré:
—Rubén, quiero que lo hagas con tus labios. Quiero que me hagas retorcerme de placer.
Y tal y como había hecho en mi imaginación, Rubén se arrodillo y relevó el dedo que invadía mi sexo con su lengua tensa, ágil y habilidosa.
Chupó mi bultito rosado e infamado. Lo hizo con delicadeza, con devoción. Lo absorbió. Lo acarició con su lengua y con sus labios. Aceleró. Pronunció mi nombre y en cuanto lo acabó de hacer, lo consiguió. Consiguió que en menos de medio minuto yo estuviera intentando ahogar mis gritos para no asustar a los vecinos de Rubén. Aquello había sido bestial. Mejor que en mis fantasías.
—Rubén, —le reclamé— Te quiero.
A la mañana siguiente, cuando desperté en aquella casa tan extraña para mí -en toda la noche no habíamos salido de la habitación- vi a mi chico trajeado y preparado para marcharse a trabajar.
— ¿Te has hecho tú mismo la comida? —Le pregunté al ver los tuppers apilados en la bolsa que se disponía a coger.
—Siempre lo hago. Cocino bien. Iba justo ahora a despertarte con un beso, princesa.
— ¿Te vas ya? —Pregunté con tristeza.
—Te juro que hoy no me iría. No me apetece dejarte aquí sola. Pero tengo una reunión importante.
—Lo entiendo.
—Dime que vas a seguir aquí cuando regrese.
—Lo intentaré. —Le bromeé.
—Alex dímelo.
—Voy a estar aquí esperándote.
—Es tu casa, pequeña. Tómate el día para instalarte. —Me devolvió—. Mira lo que quieras, toca lo que quieras, coge lo que quieras. Es tu casa. —Repitió.
—Toda mía. —Y le sonreí y me abalancé a sus labios. —Creo que ya te echo de menos. ¿Crees que estoy loca?
—Entonces yo debo de estarlo también.
Soltó entonces su maletín y la bolsa con su comida y me rodeó con sus brazos, levantando la camisa blanca que me había puesto y que le había robado del armario a él.
—Te queda tan bien… me vuelves tan loco. —me confesó sin dejar de besarme y de apretarme contra su cuerpo.
—Rubén, si no te vas ya a trabajar, no voy a dejar que te vayas en todo el día. —Lo amenacé sin separarme un milímetro de su cuerpo y sin dejar de besarle también.
—Está bien, Alex. Basta. Me voy. Por cierto, te he dejado en la cocina algo de comer. Espero que te guste.
— ¿Eres el hombre perfecto?
— Sólo soy un pobre enamorado.
—Te quiero, Rubén.
—Te quiero, Alexandra.
Y se fue.
Y lo cierto es que «Alexandra» no sonaba tan mal cuando venía acompañada de un «Te quiero», aunque a decir verdad, no eran las palabras las que lo hacían sonar bien. Era su voz. Eran sus labios. Era Rubén.
Aquel día me dediqué a caminar por aquel piso que se acababa de convertir en mi hogar. No me atreví a tocar nada pese a que él me hubiera dado permiso. Deshice mi maleta y coloqué las cosas apilonadas en el salón, a la espera de que él me dijera cuál sería su sitio.
Al mediodía me comí lo que él había dejado preparado para mí y que él mismo había cocinado, y fue en aquel momento justo cuando sentí que me había enamorado de la perfección con patas. ¡Estaba todo buenísimo!
Después de comer, simplemente me senté a ver la tele en el sofá. Se me estaba haciendo el día eterno y todavía quedaban varias horas para que él volviera de trabajar, así que encendí mi portátil y me dispuse a hacer algo de compra en un supermercado online. Si esa iba a ser mi casa a partir de ahora, qué mínimo que aportar yo también y llenar la nevera.
Santa inocencia la mía. Aquello fue el motivo de nuestra primera discusión. Cierto es que no fue para tanto, pero conociéndole como le conozco ahora, aquello fue la primera evidencia de que cuando decía que no quería nada de mí, que él se las apañaba sólo para sobrevivir, no mentía. Y además era literalmente así. No quería que yo pagara con mi dinero ni los kiwis que yo me comía.
A los varios meses de convivir, le dije a Rubén que todavía no sentía aquel hogar, aquellas cuatro paredes, realmente mías. El hecho de no contribuir con un solo euro en todo lo que yo también consumía, me hacía sentirme como en un hotel. Como si fuera una mantenida. Y además, aunque Congrats no estuviera funcionando demasiado bien, yo tenía dinero en mi cuenta corriente. Parte del que yo había ganado y parte del que él mismo me había obligado a aceptar el día que firmé la herencia de mi difunto padre.
Aquello fue lo único que le hizo entrar en razón, la excusa de no sentir aquella casa como mía. Y él, que tanto se había esforzado desde el principio por hacerme sentir todo lo contrario, aceptó que creásemos una cuenta corriente conjunta y pusiéramos el dinero exacto para pagar las facturas.
—Nada más, Alex. Pondremos la mitad de los gastos de las facturas periódicas, pero todo lo demás continuará como hasta ahora. Eres mi chica y yo me puedo permitir hacerme cargo de ti. —Me dijo orgulloso de que así fuera. —No quiero que utilices tu dinero cuando no nos hace falta para el día a día. Utilízalo para darle un empujón a Congrats. Alex, muévete. Contrata a alguien que te asesore, muévete por las redes. Internet ya no es el futuro, es el presente.
Esto ya os lo había contado, ¿verdad? «Alex, muévete. Muévete, date a conocer, busca empresas colaboradoras. Ábrete a las redes sociales. El Networking es la clave…»
Y entonces un día, varios años después, mientras él había ascendido ya en su trabajo un par de veces por lo menos y yo seguía sin lograr reflotar mi negocio ni con mil pares de chalecos salvavidas, a mí se me olvidó ingresar mi mitad del dinero de las facturas que yo misma me había empeñado en contribuir a pagar.
Y nos enviaron un aviso por carta (que yo no abrí), y nos suspendieron del servicio de internet aquel fatídico dos de mayo. El día de «LA REUNIÓN».
Pero no me dejó por no pagar internet. Sería injusto si os lo hiciera creer. Me dejó por sus altas expectativa y mis bajos resultados. Me dejó por decepcionarle. Me dejó porque se cansó de la huella permanente de mi culo en su sofá. Me dejó por dejada. Por acomodada. Esa es la verdad.
Me dejó porque yo también me hubiera dejado si hubiera sido él. Porque él es Rubén y sigue siendo Rubén. Sigue siendo el tío más alto, más guapo, más fuerte, más simpático, más inteligente, más racional, más cabezón y más autosuficiente que conozco. Sigue siendo Rubén el «Más» y yo sigo siendo Alex la «Menos», y hay una regla en matemáticas que dice que Más por Menos es Menos. Y ahí estábamos nosotros: venidos a menos.
Y hasta aquí mi historia de amor con Rubén.
O al menos hasta aquí la suya, porque la mía sigue estando viva, sigue respirando amor, aunque aletargadamente, aunque tenga momentos de apnea que son cada vez más frecuentes, cada vez más duraderos. Más largos.
Yo todavía sigo estando enamoradísima de él.
Por tratar de buscar algo positivo diré que al menos cuando Rubén me echó de su casa, la que tantas veces había dicho que la podía considerar también mía, en el piso que había compartido hacía unos años con Rafael, había una habitación disponible.
Esta vez no era la misma en la que había habitado hacía algún tiempo ya que cuando me fui a Houston, Rafael se había trasladado a la más grande, o sea a la mía´, y alquiló la que hasta el momento había sido la de él.
¡Qué listillo el Rafita!
Así que allí me instalé, y aquí sigo. Hace varios meses de nuestra ruptura y, por más que lo intente, sigo sin poder levantar cabeza.
Menos mal que tengo un amigo como Rafael, si no fuera por él no sé qué sería de mi vida. Los primeros días aquí casi tenía que obligarme a comer. Me metía la cuchara de la comida hasta la yugular, como si fuera un bebé. Me compraba muchísimas guarradas también. Guarradas del tipo «bollería industrial», no seáis mal pensados. Aunque la verdad sea que haya intentado también con las guarradas del tipo sexual. Él es gay, ya lo sabéis. Es gay y además mucho, así que lo poco que pudo hacer por mi placer sexual es regalarme un consolador y concertarme citas online con tíos. Pero no, yo no me presento a ninguna.
Él también adoraba a Rubén, aunque el sentimiento no fuera del todo recíproco. Mi ex (sí mi ex, cómo duele) decía que estábamos todo el día enzarzados en nuestras tonterías en lugar de ponerme las pilas con mi negocio.
—Demasiadas tonterías os traéis. Si todo el talento que tenéis para criticar y no dejar títere con cabeza lo empleaseis en hacer algo creativo, os iría genial. Vuestros comentarios son perversos, pero originales. —Nos decía.
Y era verdad. Rafita y yo somos un buen equipo criticando a la gente. Pero con originalidad.
Pasado el primer mes de duelo, en el que mi amigo se volcó conmigo a más no poder, empecé a notar sus ausencias. A sentir la soledad. Rafael tiene un club de copas muy famoso, la verdad, y pese a que rula él solo sin su presencia, de tanto en tanto tiene que dejarse caer. Y no es que lo haga por controlar al personal, sino por contentar a sus invitados, que muchas veces sólo van para verlo a él. Es tan carismático, Rafita. Tan especial...
Y por lo visto no soy yo la única que lo piensa. Unas semanas después de volver a instalarme en este piso, Rafita apareció con un ligue que imaginé que sería uno más de los tantísimos que ha tenido. Rafael era bastante promiscuo, de hecho lo que no le gustaba a Rubén de él, además de que me entretuviera todo el día y me distrajera de mis «responsabilidades» para Congrats, era que no le durasen más de dos noches seguidas los novios que nos presentaba y con los que juraba que sería con quién se iba a casar. ¡Tan exagerado como siempre!
Pues bien, aquel muchachito con el que se dejaba ver (y digo muchachito porque parecía no tener más de veinte años pese a tener veintiséis), se convirtió en un habitual en nuestro piso. Alguien que llegaba siempre a la hora de cenar y seguía estando todavía para el desayuno. Y no me parecía mal, al revés, a mí me gustaba tener compañía. Me caía y me cae genial, pero imagino que no debe de ser fácil convivir con una tía que siempre tiene la cara de amargada. Como yo.
Por eso, hará ahora ya un par de días, Rafael entró a mi habitación y me contó que habían decidido vivir juntos. Mi primera reacción fue muy positiva, insisto en que a mí me viene genial tener compañía para distraerme en casa, pero al ver que en la cara de mi amigo no había señales de alegría, me temí lo peor. Imaginé que si la cosa iba en serio, querrían tener intimidad y me querrían fuera de sus vidas. Qué exagerada soy yo también, fuera de sus vidas no, sólo de su piso.
—Lo entiendo. Buscaré algo lo antes posible y me iré.
— ¿Te irás? ¿Qué te vas a ir a dónde? loca perdía…
—Os voy a dejar intimidad. Es eso lo que vienes a pedirme, ¿no? —Le pregunté cabizbaja.
—Nooo, o sí. Bueno sí y no. Nena. Claro que necesito intimidad. Estamos en plena pasión y me jode un montón reprimir mis reacciones orgásmicas. Ya me entiendes. Pero tú no te tienes que marchar, nena… soy yo. Nos vamos a vivir juntos, a otro piso.
— ¿Quéeee? ¿Pero dónde vas a ir?
—Hemos encontrado un pisito.
— ¿Ya? ¿Cuánto tiempo llevas buscando? ¿Por qué no me has dicho nada? Se supone que somos amigos.
—Alex, relax, princess. No llevamos buscando nada ningún tiempo. Y claro que somos amigos, jodía por culo, pero Miguel hace unos meses que perdió a su abuela y sus padres quieren alquilar el piso donde ella vivía.
— ¿Os mudáis a la casa de un muerto? Qué yuyu.
—Ya nena, eso pensaba yo. Pero te juro que si sigue viviendo por allí su espíritu, se vuelve a morir cuando se entere que su nieto es maricón y que se la meto hasta la garganta.
Y entonces nos echamos a reír. Y a llorar. Y nos abrazamos. Y nos quedamos en silencio un rato, porque él sabía que aunque su felicidad me alegraba más que a nada en la vida, él era la única familia que me quedaba. La única persona con la que podía contar. Y se marchaba y me dejaba sola con mi agonía.
Y así que ahora estoy en ello, tratando de superar el segundo varapalo que me ha dado la vida. Tratando de conocerme en mi soledad, que aunque suene poético, es una puta mierda, y pensando si alquilar la otra habitación para volver a tener compañía, tal y como me ha recomendado Rafael.
—Si me dices que sí, nena, esta misma noche tienes compañía. —Me ha dicho esta misma mañana por whatsapp.
— ¿Cómo te voy a decir que sí, nene? Estás chalado. Ni siquiera tengo decidido si quiero o no alquilar la habitación.
—Pues que sepas que es una persona agradable. Te haría reír. Es justo lo que tú necesitas. Y además, le harías un gran favor. Le acaba de dejar su pareja. ¿Te suena?
Es increíble, de verdad, apenas acaba de irse y ya me ha encontrado una inquilina. Encima otra amargada como yo. Lloraremos las penas de nuestros corazones abandonados, cómo decía Bisbal.
En fin, quizá la pobre no tenga dónde ir. Quizá pueda volver a vivir en casa de sus padres, pero hacerlo le repatee más el culo que el hecho de que su chico, seguramente tan decepcionado como el mío, le haya pateado el corazón. Igual que me pasó a mí. Por eso he llegado a la conclusión poco meditada, de que debía de escribirle y contestarle por whatsapp un «haz lo que quieras» que sonaba a «dile que ésta es su casa».
Y después me he ido a dormir. Lo he hecho volviéndome a tomar los Valiums de anoche. Aquellos que han logrado que esta mañana me despertara mucho mejor, aunque con este aspecto tan horroroso.