Esta mañana me he despertado
…un poquito más tranquila. Llevaba más de dos meses sin pegar ojo, pero esta noche he dormido algo mejor. Quizá me hayan ayudado los dos Valium que me tomé antes de acostarme.
—Sí, debe de haber sido eso. —trato de autoconvencerme, mientras me levanto de la cama, me desperezo y estiro todos los músculos de mi cuerpo. Veo, en el reflejo que me devuelve el espejo de la habitación del piso que comparto con mi amigo Rafael, que mi pelo oscuro y de corte a lo «Garçon» me hace parecer un niño de 8 años, mientras que las bolsas en los ojos del insomnio de los últimos días me devuelven la imagen de una octogenaria.
Había llegado a creer que mi ex, además de quedarse el piso, el coche y alguna otra cosa más de las que compartimos, también se habría quedado con mi capacidad para dormir.
A mi corazón ni lo nombro, a ese creo que no se lo ha quedado y es que ni siquiera lo quiere.
Si lo quisiera, no me hubiera dejado. ¡Digo yo!
Durante las noches que he estado sin dormir, no he podido evitar preguntarme qué pasó, qué le pasó y qué fue lo que hice mal. Y cuando me lo pregunto, me sorprendo al tratarle a él siempre como a la víctima y a mí en cambio, como a la culpable.
¿Será que yo no sé querer a nadie? ¿Que eso se lleva en los genes?
¡Claro que sé querer, menuda chorrada! Quizá lo que no sepa hacer, o lo que no se me dé bien del todo, sea demostrarlo. Pero claro que le quiero, y si no ¿por qué me siento así de mal?
Cuando me dejó, hará ya un par de meses, me soltó un montón de tonterías. Dijo que por mucho que pasaran los años, nunca iba a poder estar a su altura. Que él se había sacrificado mucho más por lo nuestro que yo. Me gritó que me involucrase. Que madurase de una vez. Que fuera un poquito más responsable.
¡No! Un poquito no. Dijo textualmente que empezara de una puta vez a asumir las responsabilidades propias de mi edad.
¡Pero si tengo sólo veinticinco años, joder!
Le cito literalmente:
«Alex, nena, tienes que aprender que cada acción tiene una consecuencia y que el resultado -la consecuencia- se consigue con el tipo de acción que seas capaz de hacer o de no hacer».
— ¡Joder! ¿Estaba hablando de una relación de amor o dando una clase de química cuántica?
Pero aquí no acabó la charla. Continuó:
«Así que a partir de ahora tú decides lo que quieres hacer o no hacer, yo ya paso de ayudarte. De apoyarte. Yo no soy tu padre. Yo no voy a estar siempre ejerciendo ese papel. Yo ya no quiero ejercerlo. Estoy defraudado. Decepcionado. Cansado y otras tantas cosas que acaban en “ado”. Y ninguna de ellas buenas. Se acabó, nena. ¡No te aguanto más!»
¡Vamos hombre, tampoco fue para tanto! Lo único que hice -esa vez-, fue olvidarme de ingresar mi parte del dinero correspondiente a las facturas del mes anterior. La de la luz, el agua, internet…
¡Maldita compañía de internet! Un sólo mes de impago. Uno sólo.
Uno. Uno le bastó para suspendernos el servicio. Para cortarlo. Para hacerlo justo el día en el que Rubén tenía una videoconferencia importantísima para su trabajo.
Rubén es auditor en una consultoría de Tecnologías y Sistemas de la Información y seguro que si me escuchara decirlo como lo acabo de hacer, estaría anonadado. Sorprendido. Para mí siempre fue un simple informático, o al menos así lo describía yo, pese a que él me hubiera detallado en una infinidad de ocasiones a qué se dedicaba, y pese a que este año lo hubieran nombrado responsable de un proyecto muy, muy importante, a escala internacional.
Efectivamente «informático» no era una buena descripción de su cargo. Gestionaba un equipo de veinte personas repartidas en tres continentes diferentes: Europa, Asia y América.
«Responsable». —Él sí que es una persona responsable. No como yo—. Me lamento, mientras le recuerdo acusándome a mí de eso mismo.
Así que Rubén tenía una reunión online. ¿Qué digo una reunión? Tenía «La Reunión». Había convocado a todo su equipo para conectarse en un horario que, aunque a simple vista no pareciera muy «normal», al tratarse de una reunión internacional, con las diferencias horarias que eso conlleva para los convocados, había sido pactada para celebrarla a las tres de la mañana.
Debían de repasar los últimos detalles del proyecto, antes de darlo por finalizado y entregarlo justo a la mañana siguiente, cuando se cumplía la fecha de finalización del contrato.
— ¡Maldita compañía de internet!— Repetí.
—No, maldita tú. ¡Inmadura! ¡Irresponsable!
—Yo qué sabía que cortarían internet por un mísero recibo pendiente. ¡Hace unas horas había conexión!
— ¿Yo qué sabía? ¿De verdad? Bien. Perfecto. Estupendo. La señorita «no lo sabía». Ella no sabía que para tener internet, hay que pagar las facturas.
—Se me olvidó…
—Se te olvidó. Venga vale, también. Entendido. La señorita sí que lo sabía, peeeeero lo que pasa es que «se le olvidó».
Sonaba tan sarcástico y estaba tan enfadado, que casi podía sentir el dolor de la bofetada que me daba con cada una de sus palabras. (Nunca con sus manos, claro está.)
—Rubén—. Imploré, sin atreverme a continuar con mi frase, cuando percibí que él cambiaba el tono de su voz y abandonaba la rabia con la que me había hablado. Ahora sonaba mucho más cuerdo y sereno, lo cual me dolía incluso más que incluso su sarcasmo.
— Alex, escúchame. Se te olvidó ingresar tu parte. De acuerdo. Irresponsabilidad número uno. Pero… ¿Se te olvidó también abrir la cartita en la que te comunicaban el impago? —Me preguntó, aun sabiendo la respuesta, mientras se acercaba al mueble de la entrada en la que teníamos la correspondencia.
Efectivamente. Allí estaba la carta. Sin abrir. Él lo hizo. La abrió y comprobó que evidentemente, tal y cómo acababa de ocurrir, nos anunciaban que si no liquidábamos la deuda pendiente, el dos de mayo procederían a la suspensión del servicio que teníamos contratado.
—El dos de mayo. El dos de mayo. ¿Y qué día es hoy? Dos de mayo. ¡Dos! Dos como el puto dos, de tu irresponsabilidad número dos. ¿No puedo contar contigo ni para abrir una carta?
—Lo siento, joder.
—No Alex, no. ¡No! —Me gritó, recuperando el tono enfurecido, lanzándome la bola de papel que había hecho con la carta y demostrando su desgana. —Esta vez no.
Y aunque estaba realmente disgustado, cuando se marchó, ni siquiera lo hizo dando un portazo. Fue correcto incluso para eso.
Y yo que hubiera querido preguntarle a dónde iba a esas horas de la noche, no me atreví ni a intentarlo. Simplemente imaginé la respuesta: a algún lugar con acceso a internet. A casa de sus padres, supongo. Y digo supongo, porque Rubén no volvió hasta el día siguiente. Hasta después de salir de su trabajo, cuando me soltó aquella cantaleta de «Alexandra madura. Estoy decepcionado, cansado, blablabla ».
Hasta ese momento, había conseguido mantener la compostura, incluso con los gritos de la noche anterior, pero al escuchar sus palabras rompí a llorar como una niña.
No me defendí. No tenía argumentos con los que hacerlo. Y aunque yo estaba convencida que al volver del trabajo, lo haría más calmado y todo se solucionaría hablando, como siempre, esa vez no pasó. Ni había vuelto más calmado, ni se solucionó.
Y me largó de su casa.
¿Acaso eso significa que no le quiero? ¿Qué no sé quererle?
Dicen que cuando quieres a alguien, sus prioridades pasan a ser también las tuyas y yo ni siquiera recordaba su máxima prioridad: su videoconferencia planificada con semanas de antelación.
Insisto ¿Eso significa entonces que no le quería?
No, qué va. Eso significa tan sólo que soy una imbécil y una idiota y no he sabido demostrarle lo que sentía por él. Lo que siento. Significa que siempre me ha hecho sentir como si no me necesitara para nada. Me hizo saber desde el principio que era una persona autosuficiente. Que él sólito se bastaba para todo. Que no necesitaba ni mi ayuda, ni mi colaboración. Si incluso la noche en la que se despertó con casi cuarenta de fiebre, no me permitió que yo bajara a la farmacia de guardia para comprarle un antipirético. Quiso hacerlo él mismo. Ir él. ¡Puto cabezón! Como si tuviera que demostrarme que sabía cuidar de sí mismo y al mismo tiempo cuidar de mí. Porque a mí, él sí que me cuidaba.
Así que me acomodé y sencillamente me dejé cuidar. Y me acostumbre a no tener que hacer nada. Nada de nada.
Pero aun así, claro que le quería.
Y le quiero.
Y si no, ¿Por qué me duele el corazón al pronunciar su nombre? ¿Por qué me cuesta tanto dormir si no es con él?
Con esto no le estoy culpando a él de mi actitud pasiva. No sería justo.
Mi despiste -porque no es más que eso lo que me pasa, que soy una despistada. Una despistada extrema. Muy extrema-, es la razón por la que a veces puede que parezca una despegada, una desprendida, una tía que va muy a la suya, o que no se implica lo suficiente. Pero nunca por falta de voluntad. ¡Lo juro!
Yo quería que siguiéramos siendo felices.
Llevábamos juntos cerca de año y medio, y puedo asegurar que lo hemos sido. Y mucho. Pese a nuestras discusiones. Y pese a reconocer que cada vez eran más y más frecuentes y la mayoría de ellas, provocadas por lo mismo de siempre: mi falta de compromiso en los asuntos de pareja. Pero también he sido yo la responsable de su felicidad. Le he hecho reír mucho, incluso más veces de las que se ha enfadado conmigo. Eso cuenta, ¿no? Eso compensa. O debería compensar.
Cada carcajada suya provocada por mí, debería de convalidar un enfado de los suyos, también por mí culpa.
—Me enamoré de ti porque desprendes alegría. — Me dijo.
Pues eso. Como en los balances contables. «Haberes» y «Devengos», «Sonrisas» y «Riñas» en equilibrio, como él me enseñó a hacer con las cuentas de mi negocio.
Yo soy organizadora de eventos, o al menos a eso me intento dedicar, porque la verdad es que en los casi dos años que llevo con el negocio, apenas he tenido una veintena de clientes.
— ¡La crisis! —Le decía a Rubén, para justificar mi falta de proyectos.
—No culpes a la crisis, tienes que salir a buscar a los clientes. Muévete, date a conocer, busca empresas colaboradoras. Ábrete redes sociales. El Networking es el futuro, Alex. ¡Muévete!—. Me respondía él para motivarme.
Pero es que él lo hacía parecer todo muy fácil y luego la realidad era muy distinta.
Costaba muchísimo darse a conocer. Yo tengo contactos muy importantes por parte de mi familia, que tienen mucho dinero, y que además siempre tienen excusa para andar de celebraciones. Y aunque Rubén me decía que tirase de ellos a la hora de darme a conocer, que me aprovechase de su prestigio, yo no quería hacerlo. No quería abrirme puertas por ser hija de quienes lo soy y labrarme un posicionamiento a base de enchufes y de apellido. Yo quiero ganarme mis propios clientes.
Además, el tipo de fiestas que les gustan a ellos, a los amigos de mi familia, es demasiado serio, demasiado formal. Cool. Snob. En fin, un aburrimiento. Son unos carcas que no me inspiran.
A mí me motiva mucho más las despedidas de solteros, las graduaciones, los cumpleaños de mis amigos, o de los amigos de sus amigos, o fiestas sin ton sin son, en la que acaban todos borrachos hasta las trancas y sin recordar el motivo de celebración.
¡Esas sí que molan!
Y así conocí a Rubén. O mejor dicho, así me conoció él. Porque fue él quien contactó conmigo.
Un día recibí su email en el que me pedía presupuesto para una despedida de soltero. Por lo visto su mejor amigo se casaba y él como padrino, era el responsable de organizar la fiesta.
Si conseguía cerrar el contrato, aquella sería la tercera despedida que habría montado en el medio año de vida que tenía Congrats, que es como se llama mi empresa. Así que como experiencia tenía poca, me tocaba aparentar que sabía lo que hacía. Cogí el teléfono y marqué el número que me había facilitado para contactarle:
— ¿Qué tal Rubén? Soy Alexandra de Congrats. He recibido tu email y antes de elaborarte distintos presupuestos, me gustaría hacerte un par de preguntas.
— Buenas tardes, Alexandra. Dime, ¿qué necesitas?
— Pues básicamente, necesito que me digas con qué presupuesto cuento para hacerme una idea de por dónde me puedo mover, cuántas personas seréis, y además me gustaría que me hablases un poquito del «desdichado» que ha decidido malgastar su juventud y casarse. —Quise bromearle para romper un poquito el hielo— ¡Y por cierto… llámame Alex! —Le solté.
—De acuerdo, Alexandra—. Repitió, con un poco de… ¿bordería? ¿Qué no había entendido de mi última frase? —Javi es mi mejor amigo, así que, aunque lo sé todo de él, no sé qué explicarte.
Por lo visto mi broma no había sido bien recibida por él, así que continué con las preguntas
— ¿A qué se dedica Javi?
— Es desarrollador de aplicaciones móviles especializado en empresas del sector textil. Moda, decoración, diseños de interior…
— ¿Informático?
— No, desarrollador…— bla bla bla, era lo único que oía yo, pero esta vez con un tonito un pelín menos agradable.
— Vale, vale. Y cuéntame… ¿Sus hobbies? ¿Sus aficiones?
—Le gusta el fútbol.
— ¡Cómo no!—. Se me escapó responder.
—Le gusta el fútbol —volvió a repetir él— y los deportes en general.
— ¿Practicarlos o verlos?
— Los ve y los practica. Los practicamos, vaya.
— ¡Ah! Perfeeeeeeeecto. ¿Y también lo hacen los demás invitados a la despedida?
—Sí, más o menos. Somos bastante activos los diez que seremos.
—Entonces ¿os podría interesar realizar alguna actividad al aire libre? algún deporte del tipo: Kayac, rafting, carreras de cars, motos, etc. ¿Verdad?
—Sí, sí. Buena idea.
¡Bien visto Àlex un minipunto para ti! Me dije, sintiéndome victoriosa.
—Perfecto, ya tenemos algo. Si os interesa, podríais continuar la fiesta en la misma casa rural dónde hayáis realizado la actividad. Os reservaría habitación, os cerraría un menú muy interesante para la cena y ya se sabe, para acabar la noche, un buena stripper que os seduzca con tal baile erótico que incluso le haga replantearse al novio su intención de casarse—. Le volví a bromear y me carcajee con mi propio comentario.
—Esto… Alexandra —volvió a repetir mi nombre completo, con el tonito borde que había utilizado después de mi broma anterior —. Javi se casa con mi hermana. Nada de strippers. ¿Entendido?
—Bien—. Respondí. Y si antes había ganado un minipunto, con mi segunda bromita acababa de perder un punto entero.
—Nada de casas rurales. Hacemos la actividad. Volvemos a la ciudad. Nos cierras un menú en algún restaurante con clase en el centro y nos consigues una entrada después, para algún club decente que esté de moda. Con eso es suficiente.
—Todo muy… ¿formal? —Me atreví a preguntar.
—Todo muy formal. —Confirmó—. ¿Te supone algún problema?
—No, no. Para nada. Al contrario. Me alegro de que lo tengas tan claro. —Le mentí. O no, no le mentí, puesto que no me suponía ningún problema, lo que me suponía realmente era un auténtico aburrimiento. Un aburrimiento en mayúsculas. Monumental. Peor que los carcas amigos de mis padres. Preferiría antes montarles uno de sus Brunch a los estirados de los Armengol, que montar la despedida de soltero ésta que pinta tan siesa. Habrá que verles la cara a estos informaticuchos de pacotilla. Pero en fin, no estaba yo como para rechazar clientes, así que le contesté: —Si es lo que os apetece, así lo haré encantada.
—Sí. Es lo que nos apetece. —Sentenció.