Sin duda, la voz que procedía

 

 

 

…del interior de aquel piso y que discutía con la de aquella mujer, era la voz de Rubén, y sin duda también, había conseguido joderle bastante con mi visita. Permanecí al otro lado de la puerta esperando tenerle delante y espetarle todo lo que le tenía que recriminar. Lo de que había descubierto su conspiración con mi padre. Su complot. Y que ésta era mi venganza por tratarme así de mal y por haber sido tan borde conmigo desde el principio.

 

—No te creo Rubén. Me las vais a pagar. Sabía que Javi era un mujeriego, pero no me lo esperaba de ti. Tenías que controlarle, no contratarle una mujer como la de la puerta.

—Yo no he contratado a ninguna mujer para tu novio. Deja de decir tonterías. ¿De qué va todo esto, hermanita?

¿Hermanita? ¿Había escuchado la palabra «hermanita» en su voz refiriéndose a aquella mujer? ¿Ella era su hermana? ¿Era la prometida de su mejor amigo? ¿La chica con quien Javi se casaría? ¡Oh Dios mío! —Me lamentaba, mientras seguían su discusión:

—Hay una chica en la puerta que dice que se llama… Alex, y que la noche del viernes…

Y ya no quise escuchar más. Después de mi equivocación intenté salir pitando de allí, pero mi falta de maña con los tacones me impidió hacerlo con más velocidad.

— ¿Alexandra?

—Yo no me llamo Alexandra. —Respondí sin girar la cabeza.

—Alexandra, espérame. No te vayas. —Y escuché sus pasos avanzando tras de mí. — ¡Alex! — me repitió y me cogió por el brazo para impedirme que me marchara.

— ¿Qué quieres?

— ¿Qué quieres tú? ¿Qué haces aquí? en mi casa.

— ¡Suéltame! —Respondí, y haciendo un aspaviento con el brazo, me liberé de él. —Quería saber para qué me has llamado esta tarde. Bueno, no quería saberlo, quería confirmarlo, porque ya lo sé. Pero soy tan tonta que no me lo quería creer.

— ¿Qué es lo que se supone que sabes y que no te puedes creer?

—Todo. Lo sé todo. Sé por qué me contrataste. Sé por qué fuiste tan borde. Sé qué hacías esta tarde con mi padre. Lo sé todo. No te hagas el tonto. —Le recriminé mientras él ponía cara de sorprendido.

—No sabía que era tu padre, Alexandra.

—Que no me llames así, joder. Que no te atrevas a pronunciar ese nombre. ¿No te ha quedado claro ya?

— ¿Por qué no te relajas, entras en casa y lo hablamos? No me gusta montar numeritos en el vecindario. ¿Pasamos? —Y me señaló la puerta de su casa, donde se encontraba escuchándonos atenta su hermana.

—Ana, por favor. Te agradezco la visita, pero déjanos solos, tenemos que hablar. Y dile a Javi que mañana le llamo.  Cuídate.

Le despidió dándole un beso en la mejilla y mostrándole el camino hacia la puerta, al tiempo que a mí me mostraba el camino por el que debía de hacer lo que me acababa de ordenar: entrar para que lo hablásemos.

— ¿Quieres tomar algo?

—Quiero que me digas la verdad. Nada más.

— ¿Y cuál es la verdad que se supone que quieres que te diga?

—Que hace tiempo que eres cliente de mi padre y aprovechando que tenías que  montar la despedida de soltero de tu mejor amigo y futuro cuñado, mi padre te pidió que contactases conmigo, me contrataras y después le dijeras lo desastrosa que soy y lo mal que te he organizado el evento. Y por eso estabais juntos hoy. ¿Verdad? Para entregarle tu insatisfactorio reporte sobre mi mala gestión y mi pésima forma para organizar una mísera despedida de solteros.

Para cuando yo acabé de explicarle cuál era mi suposición, la cara de Rubén había experimentado ya cientos de cambios de expresión en sus facciones. Había pasado de la curiosidad al asombro, de la sorpresa a la indignación y por último, puso un gesto de diversión en su rostro que me indignó todavía más.

Parecía estar haciéndole mucha gracia todo lo que yo le contaba.

— ¿Se puede saber de qué coño te ríes? ¿Qué es lo que te está haciendo tanta gracia?  —Le pregunté enfurecida.

— ¿Que qué me hace tanta gracia? ¿De verdad lo preguntas? Pues a ver. Por dónde empiezo. —Me devolvió con sarcasmo. —Pues que me parece increíblemente graciosa tú enorme imaginación. Te lo prometo. No he escuchado en mi vida a nadie con una imaginación como la tuya. Deberías de hacer algo productivo con ella.

— ¿Te estás cachondeando de mí? Mira gilipollas... —Le contesté, mientras me levantaba del sofá en el que estaba sentada y me dirigía hacia la puerta para marcharme. —Creo que ya te he aguantado bastante.

—No señorita, no te vas. Ahora vas a escuchar cuál es mi verdad. —Y me volvió a sujetar el brazo con tal fuerza, que hasta me hizo chillar del dolor.

—Suéltame. Me estás haciendo daño.

—Pues te sientas y me escuchas. Porque estás muy equivocada, niña de papá.

—A mí no me faltes el respeto.

— ¿Es verdad, señorita respetuosa? Usted reclama muchas cosas que luego no da, como por ejemplo respeto. ¿O te tengo que recordar que me acabas de llamar gilipollas en mi propia casa? —Me acusó, haciendo que yo me callara y me dispusiera a escucharle sin hablar. —Hace un año y medio que tu padre lleva los acuerdos legales de la consultora donde yo trabajo. Help&consulting gestiona datos de carácter confidencial y resuelve las consultas legales en su bufete. —Me explicó. —Cuando yo te contraté, mejor dicho, cuando contraté a Congrats, fue porque la descubrí navegando por internet. Ni siquiera sabía que fuerais familia, joder, ¿o te tengo que recordar también que firmaste como Alex Collbató y no como Alexandra Armengol?

—Yo no utilizo el apellido de mi padre. No quiero que me vinculen con él.

—Ya me he dado cuenta. No quieres parecerte a él. Me ha quedado claro a mí y a toda la gente que paseaba al mediodía por delante del restaurante.

—No quiero parecerme a él. Y a ti eso no te importa. Ni si quiera acabo de creerme tu versión. —Le lancé, volviendo a levantarme del sofá dispuesta a marcharme nuevamente.

—Pues créete lo que quieras, chica. Pero es así. Es la verdad. 

— ¿Y entonces para qué me has llamado esta tarde? Y no me digas que no, porque sé que has sido tú, desde tu empresa ésta en la que trabajas de informaticucho.

—Sí que te he llamado. Claro que he sido yo. Quería saber cómo estabas.

— ¿Cómo estaba? ¿Yo? Ya claro. ¿Por qué ibas a querer saberlo?

—Porque tengo corazón. Porque te he visto llorar. Porque te he visto gritarle cosas horribles a tu padre y, por lo que me ha dicho, creo que no sabes toda la verdad respecto a él. Alex, tienes que ir a verle. Habla con él.

— ¿Tú también vas a empezar con lo mismo? No Rubén. Ahora sí, deja que me vaya.

—Está bien, Alex. —Me respondió levantándose también, y quedándose delante de mí tan cerca que casi podía escuchar el sonido de sus parpadeos.

—Siento haberme comportado así con tu hermana. —musité.

—No te preocupes. Está un poco… alterada, con todo el tema de la boda.

Y al sentir su respiración tan cerca mientras me decía aquellas palabras, yo le miré desvalida y me quedé sin aliento. Inmóvil. Indefensa. Cediéndole a él el control de mi cuerpo y de mi alma. Como si la guerrera que había venido con la intención de machacarle,  se hubiera marchado por esa puerta y hubiera dejado aquí a éste amasijo de carne y hueso sometido totalmente a su voluntad.

Y de pronto le vi hacerlo. Le vi tomar el control.

Rubén se acercó despacio, yo bajé la mirada con timidez y noté sus cálidos labios en contacto con mi mejilla derecha. Cerré los ojos automáticamente y suspiré. Me pareció el instante más eterno del mundo y al mismo tiempo el más corto. En apenas los segundos que había tardado en acercarse a mí y en plantarme aquel dulce beso de despedida, yo había podido sentir a mi cuerpo estremecerse como nunca lo había hecho antes: desde los dedos meñiques de los pies hasta los mechones más altos de la coronilla.

Abrí los ojos y levanté la mirada cuando empezó a separarse de mí y pude ver la ternura con la que Rubén me estaba mirando. Quería largarme de allí, lo juro, pero mis pies no pensaban lo mismo que yo. Ellos no querían moverse de donde estaban. No querían o no podían. Como el resto de mi cuerpo. Creo que ni  mis parpados podían parpadear. Así que allí permanecí yo esperando a que nuevamente fuera él quien volviera a hacer o a decir algo.

Y lo hizo. Lo volvió a hacer. Pero esta vez no fue mi mejilla lo que besó. Esta vez se abalanzó contra mis labios y me dio el beso más inesperado y deseado que me habían dado en toda mi vida. Y yo le correspondí.

Levanté mis manos torpemente y las coloqué alrededor de su cuello perfumado. El levantó las suyas también y colocó una justo en la curvatura entre mi espalda y mi trasero y la otra enredada entre mis cortitos mechones rebeldes que llegaban sólo hasta la altura de mi nuca. Incrementamos la pasión del beso y los movimientos se volvieron más intensos, más feroces. El tiró un poquito de mi pelo, haciéndolo con la fuerza justa como para hacerme levantar la barbilla y facilitarle el camino de mi boca a mi cuello. El simplemente lo recorrió.

Me llenó de besos húmedos la comisura de mis labios. La parte baja de mi mejilla. La terminación de mi mandíbula. La hendidura de mi cuello terso y alzado. El lóbulo de  mi oreja derecha. Y mientras tanto mis manos habían empezado a recorrerle a él. Había desplazado ambas manos desde su cuello hasta su cintura, pasando por su pectoral. Las desplacé lentamente bajando en paralelo y con las palmas bien pegadas a su cuerpo. Acaricié sus clavículas por encima de su camisa. La parte alta de su pecho musculado. La parte baja. Su abdomen. Incluso sentí la firmeza del mismo. Amplié levemente la distancia entre mis manos y las posé sus caderas donde decidí no continuar con el recorrido al topar con el cinturón en su pantalón.

Entendí que Rubén no quería que yo me detuviera cuando sentí que me invitaba a conectar con su cuerpo íntimamente, empujándome contra él, con la mano que tenía  colocada cada vez más cerquita de mi culo. Así que yo proseguí. Perseguí con ambas manos el cuero de su cinturón que acababa en la parte frontal de su cuerpo, donde se hallaba la hebilla que sujetaba su pantalón. Y lo desabroché. Lo hice a tientas. Con el tacto. Sin dejar de mirarlo a él. O sin dejar de mirar a la nada, mejor dicho, porque «nada» es lo que veían mis ojos ciegos de pasión.

Él se entretenía mordisqueándome el cuello y la oreja, mientras sus manos apretaban con fuerza ambos cachetes de mi trasero y me empujaban contra él.

Yo seguía en el intento de liberarle de su ropa, así que cuando acabé con la hebilla de su cinturón, le desabroché el pantalón e introduje ambas manos en su interior.

Enseguida fui a buscar su trasero. A palparlo. A comprobar si aquello que había visto con mis propios ojos la noche del pasado viernes era en realidad tan respingón como me lo había parecido. Y lo era. Era fibroso y musculado. Como el resto de su cuerpo.  Estaba duro y no era lo único que lo estaba en él. Prometía estarlo incluso mucho más que su culo, su pene erecto que amenazaba con romper la tela de su ropa interior si alguien no hacía inmediatamente alguna cosa para remediarlo. Pero ese alguien no sabía si debía o no ser yo. Demasiado osada estaba siendo ya.

Mientras yo me debatía entre seguir el camino de la perversión o detenerme, como si todavía estuviera a tiempo de hacerlo, ingenua de mí, él arremangaba mi vestido dejando mis braguitas al aire y colándose por debajo de mi ropa con ambas manos, con las que estaba volviendo a estrujarme las nalgas.

Sentí como sus dedos en tensión clavándose en mi piel me daban la autorización que mi mente andaba buscando para atreverme a deshacerme de su pantalón. Empujé con fuerza de él, haciendo que cayera hacia abajo y reposara en sus pies y Rubén con varias sacudidas se deshizo de él, después de deshacerse también de sus zapatos.

Mientras que con sus pies se libraba de todo lo que hasta el momento había cubierto la parte inferior de su cuerpo, sus manos se libraban también de la poca tela que cubría el mío. Mi diminuto y entallado vestido. El mismo que hacía un rato se había atrevido a levantar hasta la altura de mi cintura. Ahora se atrevía incluso a sacármelo por la cabeza y dejarme desnuda delante de él.

Me sentí vulnerable, pequeña. Y lo sentí mucho más en el momento en el que decidí descalzarme y bajarme de los tacones. Entonces él me miró y juro que no me hicieron falta las palabras para pedirle un abrazo. Simplemente lo entendió. Me abrazó y me sentí la persona más insignificante e incomprendida del mundo y a la vez la más envidiada.

Me elevó entonces del suelo, como lo hace en las películas el recién casado que coge en brazos a su reciente mujer y atraviesa con ella el marco de la puerta de la habitación, haciendo que nos imaginemos lo que va a pasar a continuación. Pues igual. Podéis imaginaros lo que pasó allí dentro después.

Mientras caminaba conmigo en brazos y se dirigía hacia su habitación, yo le desabrochaba en silencio el cuello de la camisa y continuaba con el resto, botón a botón. Sus ojos continuaban clavados en mí incluso cuando me dejó en la cama y le vi soltarse los botones que continuaban atados en las mangas de la camisa, la cual dejaba ya su pecho totalmente al descubierto. ¡Estaba tan guapo! ¡Era tan guapo!

Era irresistible. Parecía retocado con Photoshop. ¿Tanta perfección existía? Hubiera jurado que no, pero ahí lo tenía. Delante de mí. Denudándose para mí. Mirándome.

Y yo en silencio, estremeciéndome, extasiándome, deseándole.

Rubén al fin se estiró sobre mí. Fueron mis labios los primeros que lo recibieron. La primera víctima de sus labios. El primer jadeo brotó de ahí. De sus besos. De los besos que me dejaban sin respiración porque bloqueaban mi capacidad de hacerlo. Para respirar.

Sus manos acariciaron mi cuerpo desnudo. Ni siquiera me di cuenta de cuando me desabrochó el sujetador y para cuando reparé en ello, Rubén lo estaba lanzando contra la butaca de su habitación.

Mis piernas se enredaban con las suyas, mi pelvis le buscaba y mi barbilla se elevaba hasta el infinito y más allá. Sus dientes mordisqueaban mi hombro derecho. Su lengua se encargaba en trazar un recorrido estimulante, porque me estimulaba intuir dónde se encontraba el final de su camino: En mis pezones.

Y empezó a succionar. Lo hizo despacito, con recreo, con delicadeza y con dedicación. Lo hizo a conciencia. Yo me limitaba a acariciar sus omoplatos con las palmas de mis dos manos y a jadear. Lo hacía porque me encontraba perdida. No era nada nuevo para mí y a la vez era todo distinto. Y no era su cuerpo perfecto el que me hacía sentirme una novata. Era su  mirada. Era el cómo me tocaba. Cómo me entendía. Cómo se comunicaba sin utilizar su voz.

Elevó su mirada buscando la mía, y cuando la encontró, cuando nos encontramos, posó su mano sobre mis braguitas e hizo un amago con el que yo capté su petición y la acepté. Le respondí con el mismo lenguaje con el que él me había preguntado, con mis manos en su ropa interior e intentando desnudarle y sacarle su verdadero yo al exterior. Al que hacía rato ya que me estaba rozando y al que sentía amenazarme con atravesarme hasta la piel.  

Y nos quedamos, entonces sí, totalmente desnudos. Al cien por cien e incluso diría al ciento diez por cien, porque sentía la extraña sensación de estar más desnuda que nunca, como si además de enseñar mi piel, enseñara lo que había debajo de ella. Como si además de mis pezones, estuviera tocándome el corazón. Estuviera acariciándolo, besándolo y poniéndole una etiquetita con su nombre.

—Rubén. —Dije.

Y él me miró.

Me miró y acarició el pelo.

Estiró su brazo izquierdo para abrir el cajón de la mesita de noche y hacerse con un preservativo que el mismo se colocó.

Me devolvió la mirada de forma penetrante y le escuché susurrar:

—Alex. 

Y antes de que pudiera pronunciar siquiera mi siguiente palabra, me dejó sin respiración. Lo tenía dentro. Rubén estaba adentrándose en mi cuerpo. Estaba moviéndose en mi interior.

Gemí y sentí como resbalaba su pene en contacto con los flujos de mi excitación. Sentí cómo se tensaban mis músculos, sobre todo los de la vagina. Sentí cómo se contraían. Como lo atrapaban y cómo apenas le dejaban huir de mí.

Él también jadeaba.

Escuchaba el ritmo acelerado de su respiración. Su mano izquierda seguía acariciando mi pelo. Su  mano derecha aguantaba su peso apoyada en el colchón.

Su bíceps estaba haciendo un buen trabajo. Aguantaba el peso de un tío de dos metros, robusto y embistiéndome como un toro, mientras yo me sujetaba a él como si fuera la barra horizontal de un autobús conducido por un conductor borracho. Con todos esos vaivenes.

Rubén empezó marcando el ritmo mientras mi cuerpo se acoplaba y se rendía a su merced. Aprendí a bailar al ritmo que él me marcaba y lo hice durante el tiempo en el que él se  mantuvo en silencio y entregado a la pasión.

— ¡Oh! Alexandra. —Exclamó.

Y de pronto le escuché llamarme con el nombre que no soportaba y que él se había empeñado en repetir desde el primer dichoso email que nos habíamos intercambiado.

Eso me hizo despertar y abandonar la pose de princesa complacida y recuperar el control. Me impulsé sobre mi pierna derecha, le empujé con ella fuertemente su cadera izquierda y rodamos sobre el colchón. Esta vez me puse yo encima. Esta vez fui yo quien marcaba el son. Y a él no le quedaba otra que seguirme.

Erguí mi espalda, repose mis manos sobre su vientre y me coloqué encima de su erección. Le miré fijamente a los ojos, y aunque él elevara su pelvis para clavármela, yo me elevé también. Lo haríamos cómo y cuándo yo quisiera.

Y le quedó clarito.

Relajó su postura sobre la cama y entonces yo volví a la carga. Me situé nuevamente sobre su arma punzante; no se podía definir de otra manera, aquella era una espada de matar. Un sable. Y él lo sabía, y sabía cómo utilizarla también, y yo al fin lo destroné. Lo desarmé con mis movimientos. Le robé todo el poder. Con cada vaivén de mis caderas, su nariz inhalaba y con el siguiente que hacía, él soltaba la respiración. Yo mandaba. Yo le daba permiso para hacerlo, e incluso provocaba que sus exhalaciones  se convirtieran en gemidos sonoros provocados por el placer. Estaba haciéndolo muy bien.

Sólo tenía que alterar el ritmo de mis movimientos. Acelerar y frenar en seco para que no se fuera a correr. También era yo quien mandaba en eso. Lo supe cuando vi en su cara que estaba a punto de hacerlo en mi interior.

Se había mordido el labio. Había notado sus manos apretándome mis muñecas y lo había visto abrir aún más sus ojos también. Juraría que estuvo a punto incluso de decir una palabra, pero cuando yo frené, él también lo hizo.

Se incorporó entonces con arrebato y agarró con una de sus grandes manos mi diminuta cabeza, escondiendo sus dedos entre mi pelo. Me beso con más pasión de lo que lo había hecho al principio. Recuperó los movimientos de su pelvis mientras su otra mano me apretaba mi coxis contra su cuerpo. Yo seguía estando encima pero era él quien me tenía atrapada.

Aquella postura hacía que sintiera su pene chocando con la pared interior de mi vagina y me muriera de placer. Apoyé mi frente contra la suya. Cerré los ojos y se lo dije:

—Rubén, voy…

—Hazlo —me ordenó— porque yo también voy a hacerlo.

Y entonces simplemente lo hicimos. Nos corrimos. Juntos. A la vez. Mirándonos a los ojos. Compartiendo el sudor de nuestras frentes. Rozándonos las punta de nuestras narices. Convulsionando los dos. Ahogando los gemidos del orgasmo. Temblando de placer.  Cogiéndonos del pelo. Haciéndonos enloquecer. Descubriéndonos. Queriéndonos. Enamorándonos.