Capítulo XXXVI
A finales del verano de 2016, y después de haber participado con éxito como asesor a distancia en un par de casos en los que se requería elaborar un perfil a partir de distintas escenas del crimen y de otras evidencias poco precisas, consideré que había llegado el momento que tanto tiempo había postergado: reunirme con Wharton para hacerle una petición insólita.
—No, Ethan. Ese no es tu cometido, ni el de la Unidad de Análisis de Conducta, ¡ni tan siquiera el del FBI! —exclamó mi jefe, malhumorado.
—Peter, he cumplido. He trabajado duro y esta división ha tenido una publicidad bastante ventajosa gracias al esfuerzo de mi equipo.
—No tienes equipo. Deja de hablar como si fueras el jefe de alguien. Eres un agente especial excepcional, con todo lo bueno y lo malo que comporta, pero nada más.
Wharton intentó ponerme en mi sitio, pero no me conocía. Era verdad, Brian tenía su parte de razón, y en el fondo había rasgos de nuestra personalidad que estaban conectados. Uno debido al maltrato y yo, por el contrario, a causa de unos mimos excesivos, de una vida plácida en la que casi siempre había conseguido lo que había deseado.
—En tal caso no sé si estoy en condiciones de continuar —murmuré, seguro y firme.
—¿Qué clase de sandeces estás diciendo?
—Tengo pesadillas. No soy capaz de superarlo. No quiero tomar pastillas, no quiero vivir drogado. Creo que la única forma de dejar este asunto atrás es zanjándolo, resolviéndolo de una vez. Si no es con el FBI me convertiré en detective privado y lo investigaré por mi cuenta.
—Estás perdiendo tu sano juicio…
—Puede ser. No lo descarto —musité, como el niño malcriado e inmaduro que seguía siendo.
—Además, Ethan, nosotros no podemos reabrir el caso de Sharon Nichols, ¿comprendes? No está ni siquiera en mi mano. Sé razonable y no te comportes como un idiota.
Yo no deseaba, ni de lejos, abandonar el FBI. Estaba allí por mi padre, era una manera de mantener vivo su recuerdo y de vengar cada día su muerte, su pérdida. Pero descubrir quién había acabado con la hija de Patrick también. La mente humana es compleja, única, y las relaciones de causa y efecto que se establecen en cada individuo son en ocasiones insondables, mucho más para uno mismo.
—Peter, no hace falta que el FBI reabra el caso para que yo me implique en él.
Wharton se sentó en el borde de su mesa y soltó un largo resoplido. Estaba agotado, posiblemente cansado de mí y de mis estupideces. Pero no quería perderme.
—Explícate, por favor.
—Sólo es preciso que alguien en Kansas lo haga y que desde allí soliciten la colaboración de la agencia. Entonces sólo tendrás que autorizar mi intervención. Nada más.
—¿Qué diablos estás maquinando?
—No quiero una pregunta, Peter; necesito una respuesta antes de contestarte.
—Está bien. Si sucede tal y como me lo acabas de contar te daré esa dichosa oportunidad. No me estás dejando otra salida.
Me quedé sonriendo, porque mientras hablábamos ya había conseguido trazar un plan tan disparatado y absurdo como formidable.
—Gracias. De verdad que te lo agradezco. En menos de un mes tendrás lo que precisas y podremos saber de una vez por todas quién mató a Sharon Nichols.