Capítulo II

 

 

 

 

Había dejado un asunto pendiente y esperaba con paciencia la oportunidad para abordar a Peter Wharton, mi superior en las oficinas centrales de Quántico, y obtener de él el permiso y los recursos necesarios para zanjar una cuestión que se había convertido en algo personal. El paso de los meses no había calmado en absoluto mi ansiedad, y consideraba, con la suficiencia de un niñato, que me había ganado el derecho de poder afrontar un caso a mi conveniencia, aunque estuviera fuera de mis competencias. Así de engreído e inmaduro era aún por aquel entonces.

Había intentado, no lo niego, y siguiendo el consejo de las personas que me querían bien, que las heridas cicatrizasen y poder dejar atrás el pretérito, como se deja atrás una señalización mientras avanzamos con rapidez por una autopista. Por desgracia en la carretera que es nuestra vida hay señales que salen a nuestro encuentro una y otra vez. De modo que estaba plenamente seguro de que nadie sería capaz de impedirme saldar las cuentas con el pasado.

Pero el destino juega con el tiempo que se nos ha dado a su antojo, y fue Peter el que me llamó a su despacho una tranquila y sorprendentemente cálida mañana a finales de enero de 2016.

—Ethan, tenemos un asunto realmente desconcertante entre manos. De lo peor que nos ha llegado en los últimos años.

—Entiendo —respondí con educación, pensando erróneamente que trataba de obtener una impresión mía que pudiese arrojar un punto de vista diferente sobre una investigación ya en marcha. Era algo que mi jefe hacía con cierta asiduidad, y que formaba parte de mis atribuciones.

—¿Conoces Nebraska?

Me quedé en silencio, meditando no ya la respuesta sino la pregunta. Calibraba qué podía suponer, especialmente en lo referente a mis planes de futuro.

—No he pisado ese estado en toda mi vida.

Wharton se rascó el mentón, pensativo. Estaba dándole vueltas a una idea, pero yo no lograba intuir qué diablos pasaba por su cabeza.

—Han aparecido los restos de tres cuerpos. En apenas dos meses…

—¿Imagino que presentan un mismo patrón? —pregunté, pues de otro modo no tenía ningún sentido apuntar aquel dato. En Estados Unidos aparecen cadáveres igual que crecen setas a principios de otoño en cualquier bosque tras la lluvia.

—Así es. Un modus operandi muy singular.

Peter había remarcado las palabras, estirándolas de una manera que en absoluto era frecuente en su forma de expresarse. Fue la primera vez que me puse a la defensiva, y que mi intuición, aunque tardía, comenzó a vislumbrar lo que se avecinaba.

—¿Singular?

—Sólo son esqueletos. Esqueletos incompletos. Siempre faltan los mismos huesos, luego siempre encontramos los mismos restos. Presentan cortes muy extraños, y en el fémur izquierdo de todos ellos hay una inscripción tallada.

—¿Una inscripción?

Mi jefe me tendió una fotografía de alto contraste de un fémur. Sobre el limpio hueso podía apreciarse con nitidez, en un tono rosáceo irreal, una serie de insólitos símbolos grabados. No supe relacionarlos con nada conocido.

—La patrulla estatal de Nebraska ha solicitado formalmente nuestra colaboración.

Dejé la instantánea sobre la mesa de mi superior, de la misma manera que hubiera soltado un pesado fardo que hubiera tenido que llevar a la espalda durante millas por el desierto. Ahora ya no cabía la menor duda de qué pintaba yo en aquel despacho.

—Peter… —titubeé, temblando como un chiquillo al que sus padres anuncian que van a tener que mudarse de ciudad.

—Se presenta un caso endiablado. Esto no es obra de un cualquiera, y creo que tú ya te lo estás imaginando. Te conozco.

Pero mi jefe no me conocía tan bien. Yo en realidad estaba pensando en mis propios proyectos e intenciones, pensando en que el andamiaje que creía era sólido como el acero se estaba desmoronando bajo mis pies.

—Yo, la verdad, ahora mismo no sé qué decir —musité, con la inútil esperanza de que mi famélico tono pudiera cambiar las cosas.

—Ethan, hemos pensado en ti. Creo que esa gente necesita a alguien especial. En realidad creemos que te necesitan precisamente a ti.