Capítulo XXX
Efectivamente, tal y como había vaticinado la médium, la chica desaparecida fue hallada finalmente. Tan sólo se había escapado unos días con un amigo a Montana sin dar explicaciones, algo por otro lado que no era infrecuente en su conducta. En cualquier caso no consideré en balde los esfuerzos de la patrulla estatal de Nebraska, pues el perfil de la joven se asemejaba mucho al de las víctimas y llevaba una vida tan desordenada como ellas. Todos respiramos aliviados: seguíamos sin atrapar al asesino, pero al menos también nadie había hallado en ningún lugar nuevos restos. Nos conformábamos con poco.
Había quedado con Phillips. Tras repasar los avances que habían conseguido él deseaba que yo asistiese a una reunión en la que iban a estar policías de los condados implicados en la investigación, agentes de la patrulla estatal de Nebraska, el historiador experto en criptografía Daniel Lewis y Kemper, al que Cooper había invitado personalmente una vez yo le hube informado de que aunque no estaba libre de toda sospecha era harto complicado que el profesor fuera responsable de los crímenes.
—No quiero acudir a la reunión, te lo agradezco.
—Ethan, no es para que vengas como oyente; es para que aportes tu punto de vista. La prensa ahora está metida de lleno en el caso, hay muchas familias nerviosas y hasta el Capitán me ha comentado que el Gobernador le ha telefoneado para saber qué estamos haciendo.
—Randolph, en confianza, sospecho de ese tal Lewis y estoy esperando que me hagan llegar algunos informes sobre él. Además, voy a ir a ver al director de la asociación, Jayson Carter.
El detective me miró desconsolado. Una parte de su ser me admiraba, pero la otra lamentaba profundamente mi manera de actuar, tan independiente, tan egoísta.
—Vas a ir a entrevistar a ese hombre solo. Ya lo hemos hecho nosotros, y también hemos registrado de arriba abajo su vivienda. En ocasiones pienso que no estás con nosotros. No sé si nos utilizas a tu conveniencia. Te lo tenía que decir —musitó Phillips, con la cabeza gacha.
—No te falta razón. Espero que puedas perdonarme, no sé actuar de otra manera.
—Claro que puedes. Dices que esperas informes, ¿de quién?
—De un agente del FBI que trabaja en Quántico. Es experto en seguir el rastro de una persona: su pasado, sus antecedentes, su expediente académico… Cualquier cosa que quede registrada en alguna parte —me sinceré.
—Ya veo. Y con eso qué haces, ¿te lo reservas para ti únicamente?
Lamenté haber sido tan franco con Phillips. Ahora me había metido en un brete y no iba a ser sencillo salir de él airoso.
—No, Randolph, no te hagas una idea equivocada. Si sale algún dato relevante serás el primero en enterarte. Te lo garantizo. Todo tiene una explicación.
—No poseo tu formación, Ethan. Y tampoco tu cerebro; pero soy leal y las medallas me importan poco, mucho más cuando hablamos de cazar a un asesino tan peligroso. Espero que sepas bien lo que haces. Es una pena que todos esos agentes no puedan escucharte.
—Me tengo que marchar. Mejor seguimos esta charla en otro momento. Lo lamento —mentí, mientras buscaba la puerta de salida.
Tom me esperaba en un lugar apartado, junto a una pasarela que cruzaba el Oak Creek. Nada más sentarme en el vehículo supo que algo no andaba bien.
—¿Qué sucede, jefe?
—Nada importante. Esperaban que asistiese a una reunión y me he zafado con una excusa barata —respondí, sin ganas de dar demasiadas explicaciones.
—Ya te van conociendo por estos lares.
—No me fastidies, Tom. Arranca, por favor, que tenemos un trecho hasta Omaha y ese tipo me espera.
—Descuida, en menos de una hora nos plantamos allí.
—Entraré yo solo. Ya te han visto bastantes personas conmigo como para sumar una más. Al final no va a quedar nadie que no sepa que andas por aquí de incógnito.
—Estás de un humor de perros esta mañana.
—¿Qué has averiguado de Gladys Scott? —pregunté, cambiando de tema, mientras él arrancaba de una vez. Y sí, tenía razón, que Phillips me hubiese puesto delante de un espejo me había sentado mal. Sobre todo porque el detective tenía toda la razón.
–Poca cosa, para lo que estoy acostumbrado. Pero hay algo que sé que te va a gustar. No tenía un círculo de amigos muy extenso, que digamos. Y los pocos con los que contaba son todos gente muy rara, y mira que para mí el término raro ya supone ser excéntrico.
—Te ruego que me definas raros.
—Toxicómanos, vagabundos, artistas o actores fracasados…
—¿Qué te han contado?
—Esto es lo interesante. No desapareció a primeros de noviembre, lo hizo por lo menos a mediados de ese mes. Además, la vieron con su exnovio. Estaba intentando volver con él.
—Pero eso no está en su diario. Tenemos un diario, ¿recuerdas?
—Bueno, he estado ojeando las páginas que me has pasado y digamos que ella ponía por escrito una versión edulcorada de su vida.
—Ya. Como casi todo el mundo. No me gusta lo del exnovio, ¿no había tenido problemas?
—Ahora viene lo mejor. Ese tipo, Donald Wilson se llama, había trabajado primero como policía local y después como vigilante privado.
—¿Cómo?
—Sí. ¿Sabes dónde prestó servicios como agente hasta que lo echaron?
—¡Venga! Mira que te gusta ser melodramático.
—En Wayne.
—No fastidies —dije. Allí se habían hallado los restos de Melinda Clark—. ¿Por qué lo largaron?
—Sin especificar. Tendrás que preguntarlo. La policía de allí está implicada en el caso. Imagino que por un asunto menor, pero nunca se sabe.
—Continúa.
—Luego se trasladó a Omaha. Allí encontró un puesto de vigilante nocturno en una fábrica de conservas. Supongo que se valió de su currículum como ex agente de la ley para lograrlo. También lo echaron, al cabo de un año.
—Menuda pieza. ¿Sabes el motivo?
—Carácter irascible y poco respeto hacia los encargados. Creo que llegó a las manos. Luego le pierdo la pista. No sé si en esa época vivía debajo de un puente o en la casa de Gladys. Desde que dejó el puesto de vigilante, hace dos años, no ha vuelto a tener un trabajo. Al menos no ha vuelto a firmar un contrato.
—Y ahora, ¿dónde reside?
Tom apartó un segundo la vista de la carretera para mirarme y hacer un chasquido con la lengua.
—En Geneva.
—No puede ser… Demasiadas casualidades. Y yo no creo en las casualidades, ya me conoces.
—Pero tengo malas noticias.
—Lo imaginaba.
—Wilson sólo tiene 27 años. Su expediente académico es un desastre. Era el típico matón del instituto. No tiene pareja estable, no tiene hijos y creció dentro de una familia con tres hermanos, un padre adorable y una madre que se pasaba el día en casa. Ahora a ver cómo narices encajas esto con el perfil que tu amigo el profesor y tú habéis hecho.
—Kemper no es mi amigo.
—Perdona, jefe. Yo lo sigo teniendo en el punto de mira.
—Pues yo tengo en el punto de mira a Richard Martin —repliqué, molesto.
—Me temo que lo vas a tener que ir olvidando. Ese hombre está traumatizado, es un genio y hace unos dibujos que hielan la sangre de cualquiera, pero no es el asesino.
—Pero, ¿cómo diablos has llegado a esa conclusión?
—La respuesta es Mark. Tienes que mirar con más frecuencia tu correo. Estás en copia —murmuró Tom, carcajeándose.
—No entiendo…
—Los móviles de las chicas, bueno, de las dos que contaban con uno, no han servido de nada, ya lo sabes. Pero Martin lleva todo el día el suyo en funcionamiento, con el GPS activado y todo lo demás. No sé si como prevención o si no tiene la menor idea de lo que un buen hacker es capaz de llegar a hacer hoy en día. Es casi como una baliza humana.
—¿Y?
—En los últimos meses sólo ha pisado Omaha tres veces, para ir a la asociación. Lo recoge siempre el mismo taxi adaptado, conducido por el mismo tipo. Me ha jurado que lo lleva y lo trae de vuelta… sin compañía. Y no ha estado, al menos durante todo el 2015 y lo que llevamos de 2016, jamás en Halsey, Geneva o Wayne. Apenas se mueve de Lincoln. Es más, apenas se mueve del campus universitario.
—¡Mierda! —exclamé, enrabietado. Estaba bien descartar a un sospechoso de mi escueta lista, pero no al que más encajaba con la personalidad que habíamos concebido.
—Sólo podría ser él bajo un punto de vista que tú nunca has contemplado.
—¿Cuál?
—Que tenga un compinche, un asesino a sueldo. Una persona que le haga el trabajo sucio y que desvíe por completo nuestra atención —manifestó Tom, encogiéndose levemente de hombros, como si ni él mismo se tragase lo que estaba diciendo.
—Imposible —repliqué.
—Nada es imposible. Yo pienso que no es Martin, pero ahí te dejo esa vía por si tenemos que explorarla.
—Estamos bien fastidiados. Ni Kemper, ni Wilson, ni Martin… —musité, acariciando el cristal de la ventanilla, aunque con ganas de romperlo en mil pedazos—. De momento centrémonos en la reunión que voy a tener ahora. ¿Qué sabes de Jayson Carter?
—Es un tipo singular.
—Ya empezamos de nuevo, ¿qué quieres decir?
A Tom le encantaba mantener aquellas conversaciones tan excéntricas por momentos conmigo. Le divertía. A mí, sin embargo, me sacaban de quicio.
—Es huérfano de padre. Creció con su madre en un barrio a las afueras de Omaha. Ella era alcohólica y tengo entendido que le zurraba para bien. No has mirado el expediente que han elaborado los de la patrulla estatal, ¿me equivoco?
—Ya sabes que no. Y no me adelantes conclusiones por anticipado.
—Bueno, registraron la asociación y su domicilio, eso sí debes tenerlo en cuenta.
—Está claro.
—No es un genio, ni mucho menos. Ni tuvo comportamientos violentos en la adolescencia. Es un hombre normal, que estudió dirección de empresas, que trabajó cinco años en una asesoría y que luego decidió montar su propio negocio.
—¿A qué se dedica?
—Galletas artesanales. Las he probado. Deliciosas.
—Le va bien…
—De fábula. Ahora es un filántropo. No es rico, pero tiene una vida acomodada. Una bonita casa en el parque del lago Cunningham, una esposa maravillosa y dos niños adorables.
—Me estás tomando el pelo.
—En absoluto. Si leyeras más y pensases menos a lo mejor hallarías la solución a los crímenes más rápido de lo habitual, ¿qué me dices, jefe?
—Está bien, voy a saltarme alguna de mis reglas. ¿Por qué la policía lo ha tachado de la lista?
—Porque no es él. Confía en mí. Y confía en los polis también, aunque sea por una vez en la vida. No encontraron nada sospechoso en su domicilio. Va de su trabajo a casa y de casa a la asociación. Y así un día tras otro. Los domingos los dedica a la familia: cine, excursiones, pescar, acompañar a uno de sus hijos a los entrenamientos, tomar una cerveza bien fresca en el porche de su vivienda con un vecino… Es un tipo estupendo. Hasta yo siento cierta envidia.
—Pues en una rifa tiene todas las papeletas.
—Es listo, espabilado, pero ya te he dicho que no tiene un cociente intelectual alto. Al menos que se lo hayan detectado hasta el día de hoy. Esas cosas se notan. También se prestó voluntariamente a pasar la prueba del polígrafo y la superó sin dificultad.
—¿La prueba del polígrafo? No me fastidies, Tom. Eso no es más que un juguete. No sé ni cómo narices se sigue utilizando.
—Bueno, tómalo como un dato más a favor de su inocencia, sólo eso.
—No me lo puedo creer…
—Ya te he dicho que registraron su casa y no encontraron absolutamente nada. Me parece injusto que estemos molestando a alguien cuyo único pecado ha sido intentar echar una mano a los que no han corrido su misma suerte.
—¿Has empatizado con él?
—Sí, lo admito. Creo que es una buena persona. No he hablado con él, pero después de hurgar un poco en su vida y con la experiencia que arrastro sé diferenciar el grano de la paja. Y no me des lecciones, tú también te has hecho colega de Kemper.
—Es diferente. Te necesito con todas las alarmas encendidas. Me preocupa que puedas haberte relajado.
—¿Sabes una cosa? Dentro de unos minutos vas a conocerlo en persona. Luego si eso comentamos la jugada.
Tres cuartos de hora más tarde Tom aparcaba en una zona apartada al noreste de Omaha, cerca del aeropuerto. No me gustó nada el aspecto desolado de aquel lugar.
—¿Es aquí? —pregunté, extrañado.
—Sí, sólo tienes que seguir la calle. Es la tercera nave de la derecha. Ha reconvertido un antiguo almacén. Ese es el local de la asociación.
—Genial. Mejor no te alejes demasiado.
—No te preocupes. Estaré aquí, echando un sueñecito.
Llegué hasta el lugar que me había indicado Tom y descubrí una placa fijada a una puerta metálica que rezaba: «Centro para la recuperación del espíritu». Llamé y a los pocos segundos un hombre alto, de escaso pelo rubio bien cuidado, elegante y expresión amable me abrió.
—¿El señor Bush?
—Puede llamarme Ethan, se lo ruego. Usted debe ser Jayson Carter, ¿me equivoco?
—En absoluto. Llámeme Jayson, o incluso Jay, que es como me conoce la agente aquí. Pase, por favor, estamos solos.
Seguí al señor Carter. La nave en su interior era un espacio diáfano. Al fondo había una tarima con un micrófono y una enorme pantalla de proyecciones. Frente a ella y repartidas por toda la estancia habría unas doscientas sillas de plástico, económicas pero de apariencia atractiva. En uno de los laterales había varias oficinas de pladur y en el otro un gran mural con dibujos, anotaciones, fotografías y recortes de periódico. La luz era suave y agradable. Aunque el local era modesto tenía un aspecto cuidado y acogedor.
—Me gusta. No me lo había imaginado así —dije, mientras caminábamos hacia las sillas más cercanas.
—Tratamos que invite a la gente a pasar y quedarse. Queremos que se encuentren cómodos.
Carter tomó asiento y me invitó a que hiciera lo mismo. Me miraba de una forma muy especial, enseguida me sentí reconfortado a su lado.
—Sé que tiene que ser un fastidio que después de tantos interrogatorios, de que hayan registrado su casa y de haber pasado incluso por la prueba del polígrafo ahora llegue un agente del FBI a molestarle.
—No, Ethan. No me molesta. Lo que me mortifica es que esas jóvenes vinieran a esta asociación en busca de un futuro mejor y hayan terminado encontrando la muerte. Eso sí que no me deja dormir.
—Usted no tiene la culpa de nada —dije, aunque en el fondo no lo pensaba.
—No me siento así. Y, para serle sincero, tampoco me han hecho sentir así.
—¿Cómo le hemos hecho sentir?
—Pues sospechoso de asesinato en el peor de los casos. Es doloroso.
—Y en el mejor…
—Bueno, lo que soy. Responsable de no haber tenido un control más exhaustivo de las personas que llegan a este lugar.
—Eso es cierto, Jayson. ¿Por qué tanto desbarajuste?
—Ustedes lo llaman desorganización, y desde su punto de vista lo comprendo. Yo, en cambio, lo denominaría libertad, confianza…
—¿Confianza?
—Ve eso de ahí —dijo Carter, señalando el amplio mural.
—Sí. Llama la atención nada más cruzar la puerta.
—Son poemas, dibujos, mensajes, promesas, logros que la prensa ha recogido, letras de canciones…
—No le entiendo.
—Aquí vienen personas que lo han pasado o lo están pasando todavía realmente mal. ¿Lo ha pasado usted mal en la vida, Ethan?
La pregunta no estaba formulada en tono retador, al contrario. Era como si aquel hombre me estuviese invitando con la mayor amabilidad a mirar en mi interior.
—No. Sólo he sufrido un percance, y apenas soy capaz de superarlo. Pero hasta el momento no puedo quejarme —respondí, pensando al mismo tiempo en mi formación exclusiva y en la pérdida de mi padre.
—Le enseñaría los listados de aquellos que decidieron, por su propia voluntad, inscribirse en la asociación. Por desgracia me han requisado la escasa documentación con la que contaba. Puede que incluso me sancionen. Pero en ellos encontraría prostitutas, toxicómanos, delincuentes, gentes sin hogar, inmigrantes sin papeles…
—Me hago cargo.
—¿Usted cree, de verdad, que yo puedo dedicarme a controlar a todo el que cruza el umbral? No era mi intención ni lo va a ser en el futuro, pese a este duro golpe. Si yo fuera uno de ellos no entraría, o me largaría de inmediato, si al llegar lo primero que hiciesen fuese preguntarme acerca de mi pasado, por mis antecedentes, por mi documentación… Nosotros intentamos mirar al futuro, darles una nueva oportunidad. Nadie les obliga a venir hasta aquí, de modo que hacerlo ya significa que tienen al menos la intención de cambiar para bien sus vidas.
—Eso es cierto, Jayson. Pero ahora póngase en nuestro lugar. Sin mala intención, usted le ha puesto demasiado fácil las cosas a un desalmado.
—No había tenido un solo incidente desde que abrí. Ni una discusión, ni una sola pelea. ¿Cómo podía imaginar que algo tan horrible podía ocurrir?
—¿Quién sufraga los gastos de este lugar?
—Prácticamente yo solo. Pero no supone demasiado. También tengo amigos que hacen de vez en cuando donaciones.
—¿Eso sí estará registrado?
—Evidentemente. Lo tienen todo sus colegas. Creo que están investigando a los donantes, algo que también me resulta penoso.
—En nuestra obligación.
—Son personas excelentes. El único mal que han hecho es dar parte de su dinero por una buena casusa. No veo el motivo para que tengan ahora que andar dando explicaciones.
—¿Por qué montó la asociación?
Carter apretó los labios. Después de una prolongada pausa respiró profundamente e intentó contener las lágrimas que ya empañaban sus ojos.
—¿De verdad no lo sabe?
—No de su voz.
—Mi padre falleció cuando yo tenía dos años. Mi madre era una alcohólica, imagino que porque no soportó su pérdida. Digamos que tuve una infancia difícil. Sé lo que es tener que abrirse paso sin la ayuda de nadie.
—Pues no le ha ido nada mal.
—He tenido suerte. Mucha suerte. Hay gente que muere sin tener una sola oportunidad en la vida. Yo intento que al menos unos cuantos la tengan. Son ya varios los que están trabajando en mi empresa y son empleados ejemplares.
Carter no hablaba desde la desazón, aunque pueda parecerlo ahora que recreo sus palabras; lo hacía desde la esperanza. Su rostro se iluminaba mientras conversábamos.
—¿Y los colaboradores?
—Le agradecería que fuera más concreto.
—¿Por qué tampoco lleva un registro de los voluntarios que acuden a este lugar a echar una mano?
—Por el mismo motivo. El que quiere se inscribe, y el que no pues él tendrá sus razones. Aquí vienen a ayudar desde doctores en física hasta ex-convictos rehabilitados que desean compartir su experiencia. Montamos diversos talleres, hacemos cursos y se articulan conferencias. Nadie cobra nada. Nunca jamás nadie ha cobrado un dólar. ¿También quieren que los tenga controlados? Algunos se pasan una vez y jamás regresan, mientras otros lo hacen prácticamente todas las semanas.
—Lo habituales sí los tenía en algún listado, supongo.
—Claro. También se lo llevaron. Sé que han telefoneado a algunos, no sé si al azar. A un par de ellos han ido a visitarles a sus casas. No sé si tendrán ganas de regresar cuando todo esto haya pasado.
—¿Ahora mismo el local está clausurado?
—No, ya no. Lo precintaron un par de días, como si los crímenes se hubiesen cometido aquí. Pero después, cuando quitaron el precinto, me dijeron que hasta que no se aclarasen los asesinatos era mejor que cancelase las reuniones, por motivos de seguridad.
Me odié por mi desidia. Me odié por no haber hecho bien mi trabajo. Una cosa era no contaminarme con las conclusiones de un informe y otra bien diferente no estar al tanto de casi nada de lo que había sucedido. Carter notó en mi rostro que algo no marchaba bien.
—¿Se encuentra bien?
—Sí. Bueno, me ha conmovido. Es una lástima que nos veamos obligados a tomar determinadas medidas, pero imagine que no lo hacemos y ese individuo actúa de nuevo.
—Créame, es de las pocas cosas con las que estoy completamente de acuerdo. Del resto de la actividad que aquí se desarrollaba parece que comienzan a valorarla ahora.
—¿Cómo lo sabe?
—Por la forma en que se dirigen a mí. Ha cambiado. Sé que ya no soy sospechoso. Y ojalá que también se equivoquen y el culpable no se encuentre entre las personas que forman parte de esta familia. No sé si podría soportarlo.
Seguimos conversando un rato. No quise agobiarle acerca de la ubicación tan singular del local, de la falta de cámaras o medidas mínimas de seguridad. Hubiera sido inútil, estaba delante de un hombre que pese a haber sufrido maltrato de pequeño no concebía el mal. Las dos reacciones extremas frente a los castigos físicos en la infancia: o te conviertes en un bárbaro, imitando la conducta de tus progenitores; o te transformas en un santo, anhelando que nadie pase por lo mismo que tú. Carter era de los segundos.
Al cabo de dos horas me despedí de él mostrándole mi intención de no volver a molestarle, salvo que fuera estrictamente necesario. Había anochecido y divisé el vehículo de Tom al principio de la calle. Como refrescaba apreté el paso y me metí en el coche lo más rápido que pude.
—¿Cómo ha ido, jefe? —preguntó mi colega, que efectivamente parecía despertar de un ligero letargo.
—Bien. Vamos, todo lo bien que podía ir.
—¿Sigues pensando que este hombre tiene todos los boletos para el sorteo de la lotería?
Le di un manotazo al volante, apremiando a Tom para que arrancase y nos largáramos de allí.
—No. La verdad es que a la media hora ya tenía bastante claro que no puede ser él.
—Chico listo —murmuró Tom, con el deje de sarcasmo que tanto me descomponía.
—Estamos bien jodidos —musité, con la frente pegada al cristal de mi puerta, sintiendo el frío y deseando quedarme congelado al instante, para siempre. Las escasas luces de la zona se volvieron borrosas.
—¿Y eso?
—Vamos eliminando sospechosos uno detrás de otro y no parece que estemos encontrando el camino adecuado para dar con el asesino. La cosa se pone fea.