Capítulo VIII

 

 

 

 

Conseguí, no sin tener que lidiar con Frank Cooper, que me asignaran un despacho en las oficinas centrales de la patrulla estatal de Nebraska. No era gran cosa, pero al menos disponía de un espacio propio en el que trabajar y en el que poder tener reuniones con discreción. Lo único que me pidió Cooper es que lo mantuviese al tanto de mis avances y que no diera ningún paso sin consultarle antes. Lo primero que hice fue precisamente no comentarle que pensaba telefonear a mi superior para ver cómo proceder.

—No empecemos, Ethan. Sigue las instrucciones de ese buen hombre y no te metas en líos —dijo Peter Wharton nada más expresarle mis dudas.

—Peter, no conoces a Cooper. Es un tipo chapado a la antigua. Parece salido de una serie policíaca de mediados de los setenta.

—A mí me chiflaban aquellas series.

—Pero tú has evolucionado. Aquí es como si se hubiera detenido el tiempo —traté de argüir a la desesperada.

—Eso no es verdad. Me han comentado que hasta tienen a un asesor que es profesor en la universidad. ¿Qué es lo que realmente quieres?

—A mi equipo. Lo quiero aquí conmigo. Sin ellos valgo menos que una moneda de medio dólar.

—Lo primero de todo: no es tu equipo. Lo segundo: eso de momento no es posible, y lo sabes. Trata de apañártelas como puedas.

Desde el último caso en Kansas había madurado, pero no tanto. El niño mimado que habitaba en mis entrañas todavía se agitaba con fuerza.

—Aquí estoy completamente solo. Este caso va a ser jodido de verdad, Peter. Necesito a Liz, a Mark y a Tom a mi lado.

Se abrió un largo espacio de silencio. Sabía que Wharton estaba meditando, y aquello sólo podía traer buenas noticias para mí.

—Haremos una cosa. Te dejaré que, extraoficialmente, consultes con ellos cualquier aspecto que consideres imprescindible. Nada más. Si el caso se complica entonces podrás hablar con el Capitán y expresarle tu deseo de contar con un equipo más amplio, ¿de acuerdo?

—Me parece perfecto.

—En tal caso, dejemos de perder el tiempo y ponte a trabajar. El sujeto que buscamos ya estará, si no lo ha hecho ya, buscando a su siguiente víctima.

Peter tenía razón. Nada más colgar me puse a revisar los montones de folios que me habían dejado sobre la mesa. Aquel despiadado había abandonado los restos con un mes de diferencia casi exacto, aunque era complicado estimar las fechas concretas. Finales de noviembre, finales de diciembre y finales de enero. Según esa cadencia, en tres semanas alguien encontraría en algún lugar apartado pero no demasiado escondido un puñado de huesos.

Necesitaba establecer un vínculo especial con un agente, tener un hombre de confianza en la patrulla. Así había actuado en Kansas y en Detroit, y me había funcionado. Como no tenía alternativas, decidí que esa persona iba a ser el detective Randolph Phillips. Si erraba el tiro ya lo solventaría sobre la marcha.

Lo llamé por línea interna a mi recién estrenado despacho y no tardó ni diez segundos en llamar a la puerta. Su extremado tacto me producía una mezcla de admiración y desazón difícil de explicar.

—Vaya, Ethan, has conseguido que Cooper te trate como a un rey.

—¿Por este despacho?

—No llevas con nosotros ni dos días. Te aseguro que es un detalle por su parte. Valóralo.

Phillips me guiñó un ojo y comprendí que, efectivamente, tenía que estar agradecido por aquel gesto del Capitán. A fin de cuentas estaba en su terreno, en su oficina y con su gente. Yo no era más que un extraño que se suponía que podía sacarle las castañas del fuego.

—Randolph, no me andaré con rodeos. Necesito a alguien en quien depositar mi confianza, y he pensado en ti.

El detective se sonrojó un poco. Sabía que me tenía cierta admiración, más que nada por ser un federal venido desde Washington. Su reacción me agradó.

—Será todo un honor. Pero, ¿qué vas a necesitar de mí?

—Voy a necesitar tu opinión en todo momento. Y tu ayuda. No conozco este estado, ni sus costumbres, ni sus carreteras ni sus poblaciones. No conozco a la policía de cada condado, ni he colaborado jamás con la patrulla estatal de Nebraska. Necesito una mano derecha.

Randolph se agitó levemente. Estaba asimilando la información recibida, y repasando qué pros y qué contras podía acarrearle aceptar mi propuesta.

—Pues así será. Siempre contando con la aprobación del Capitán, claro está.

—No tengas la menor duda —mentí, como solía hacer con asiduidad por aquella época.

El detective tomó asiento frente a mí, con una amplia sonrisa dibujada en el rostro. Se enfrentaba a un gran reto profesional y poder trabajar codo con codo con un agente especial del FBI era la guinda del pastel.

—¿Qué opinas, Ethan? —inquirió, señalando con su barbilla los papeles que tenía sobre la mesa.

—Estoy elaborando un primer perfil. Me gustaría hacer dos cosas, después de repasar todo este material.

—Te escucho.

—Si es posible, esta tarde me encantaría poder mantener una reunión con Kemper. Él ya tiene mucho avanzado, y será de gran ayuda.

—Es muy listo, y ya ha participado en otras investigaciones. Sus aportaciones siempre nos han sido de gran utilidad.

—Genial, era justo lo que deseaba escuchar.

Poder crear un perfil con la ayuda de otro psicólogo, acostumbrado a estudiar la mente criminal, de alguna manera podía suplir mis profundas conversaciones con Liz y el sentido común tan de agradecer de Tom.

—¿Y lo segundo?

—Quiero visitar al padre de la única víctima que ha sido identificada, esa chica de Burwell.

—¿Estás seguro, Ethan?

—Absolutamente —respondí, algo sorprendido por la pregunta que Phillips me había formulado.

—Ese hombre ya ha tenido que vérselas con la policía local primero y con la patrulla después. Tienes por ahí seguro los informes.

—Los leeré, pero tengo que ir. Tengo que hablar con él, visitar su casa y conocer el lugar en el que esa chica vivía y trabajaba.

—Ethan, ese padre está completamente destrozado. No sé si es buena idea. Han pasado más de dos meses y tiene la sensación de que no estamos haciendo bien nuestro trabajo. Ya sabes…

—Pero ver que el FBI se ha implicado en el caso le reconfortará —aduje, con seguridad.

Randolph se rascó la coronilla mientras negaba lentamente con la cabeza. No era capaz de mirarme a los ojos, y eso me preocupó.

—A ese hombre ya no le reconfortará nada. Sólo cuando pillemos al desgraciado que mató a su hija podrá descansar un poco. He estado con él, Ethan. Jamás había visto a alguien tan roto por dentro. ¿De verdad es preciso volver a ir a molestarle?

—Es indispensable. Cuando conoces en profundidad a las víctimas de un asesino en serie, acabas conociéndolo a él.