Capítulo XV

 

 

 

 

Le rogué a Mark que me diera hasta la tarde para terminar de explicarme qué significaba aquello. Todavía quería visitar el lugar de trabajo de Jane Harris y mantener un breve encuentro con su mejor amiga y con su exnovio, Spencer. Desgraciadamente ninguna de las pesquisas me reportó demasiada información, de modo que el regreso hasta Lincoln fueron poco más de dos horas y media en las que el detective Phillips y yo apenas cruzamos tres palabras, sumidos como estábamos en la decepción.

Al llegar a la capital de Nebraska le pedí a Randolph que me dejara en The Cornhusker, pues deseaba trabajar en mis apuntes y realizar algunas llamadas a Quántico para contrastar impresiones. Como ya la tarde se nos había echado encima aceptó mi propuesta, e imagino que consideró que él lo mejor que podía hacer era irse a casa con su familia a descansar.

—Ethan, no te nos vengas abajo. Te necesitamos bien motivado —me espetó Phillips, cuando me despedía de él frente a la entrada del hotel.

—Tranquilo, estoy acostumbrado a lidiar con estas montañas rusas de alegrías y desengaños. Pero Randolph, el viaje de hoy no ha sido en balde, te lo aseguro. No sé cuándo, pero en algún momento nos daremos cuenta de que este día fue crucial para la investigación. Ya me ha sucedido en el pasado —dije, más esperanzado que convencido.

Nada más llegar a mi habitación me puse cómodo y telefoneé a Mark, casi desahuciado por las circunstancias y esperando que él me proporcionara algún punto de vista o apreciación de valor.

—Ya estoy a solas. Te ruego que me expliques bien eso de la representación de satanás.

Mark tardó algo en responder, porque yo ni tan siquiera le había saludado y me había limitado a abordarlo con la impaciencia de un drogadicto en pleno síndrome de abstinencia. Precisaba de pistas o indicios con urgencia.

—Es sólo una idea, Ethan. ¿Tienes delante alguna de las fotografías que me enviaste de los huesos?

—Sí, las tengo todas sobre la cama.

—Te he enviado a tu mail una cruz satánica, y verás que las semejanzas son más que razonables. Lo que sucede es que los huesos están colocados de forma inclinada, y la cruz de Lorena parece en realidad un signo de desigual mal montado. Debajo está el símbolo del infinito, que completaría con la anterior la cruz satánica. La cuestión es que al estar conformada por huesos rectos o ligeramente curvos también es complicado darse cuenta, hasta que terminas de dar con la tecla. Pero seguro que ahora que te lo he explicado te resulta tan evidente como a mí me lo parece.

Miré aquel símbolo que acababa de recibir en mi correo y contemplé las instantáneas que descansaban sobre el colchón, y efectivamente no tardé en encontrar la conexión entre ambas imágenes. Era espeluznante y asombroso.

—Tienes razón Mark, ¡eres un maldito genio! —exclamé, como si acabara de encontrar una veta de oro después de meses excavando en una mina inmunda.

—No, Ethan, no te quites el mérito. Has sabido intuir algo donde todos, incluido yo, sólo veíamos un puñado de huesos mal repartidos.

—¡Déjate de historias! ¿Cómo lo has hecho?

—Primero limpié las imágenes y dejé sólo los huesos. Después intercalé las tres, pues aunque parecen idénticas existen pequeñas variaciones. Les di un color intenso y las coloqué sobre un fondo blanco. Luego permití a mi ordenador realizar ajustes automáticos a esa amalgama con el fin de que se acomodasen a algún símbolo disponible de los más de tres mil que ya había localizado en la Red. Y, ¡bingo! Como puedes apreciar, en realidad ha sido un juego de niños. Me lo he pasado bomba.

Mark le restaba importancia a su habilidad. Yo, sin embargo, me alegraba de que el FBI contara con aquel prodigio que de no haber sido por la fortuna ahora mismo estaría hackeando vete a saber qué desde algún lugar apartado del planeta.

—Esto es muy importante. Nos dice mucho acerca del carácter del asesino.

—También puede tratarse de un símbolo alquímico.

—¿Alquímico? ¿De qué narices me estás hablando? Suena a la Edad Media…

—Bueno, técnicamente estaríamos ubicándonos en la Edad Moderna, pero mejor no perder el tiempo con ello. La cosa es que un tal LaVey, que en los años sesenta escribió la Biblia Satánica, usó uno de los símbolos alquímicos del azufre como representación de la cruz satánica.

—Esto no parece real. Estoy acostumbrado a estudiar la mente de auténticos dementes, pero siguen sorprendiéndome.

—Lo sé, pero yo te tengo que contar todo, para que tú valores las diferentes alternativas. A lo mejor el tipo no quiere representar una cruz satánica, aunque sería lo más lógico. Quizá está obsesionado con la alquimia, vete a saber, y lo que vemos no es otra cosa que el símbolo del azufre.

Me quedé unos segundos reflexionando. Era precipitado sacar conclusiones en aquel instante, de modo que lo más acertado era seguir avanzando para poder atar cabos.

—Lo que has conseguido es increíble. Ya sé que te pido demasiado, pero, ¿has podido avanzar con el resto? —pregunté, sabiendo que estaba tensando demasiado la cuerda y que ya había logrado mi principal objetivo: acabar el día con una buena noticia.

—Con la inscripción de los fémures nada de nada. Esa búsqueda es mucho más compleja, no hay un patrón sencillo que identificar. Sólo te puedo asegurar una cosa: no es tengwar, aunque lo parezca. De modo que nos podemos ir olvidando de nuestro adorado Tolkien.

—¿Un lenguaje críptico de invención propia?

—Pudiera ser. Estoy trabajando con un par de programas de desencriptación, pero no tengo demasiada fe. Están más orientados al uso de claves conformadas por los caracteres que podemos encontrar en cualquier ordenador.

—Está bien. Si obtienes algún resultado me lo comentas, pero voy a buscar ayuda por otro lado. Y, finalmente, ¿qué tienes del ViCAP?

—Pues como bien suponías no hay registrado un modus operandi idéntico, o que se le parezca demasiado. Pero he encontrado un sujeto que está condenado a perpetua en una cárcel de máxima seguridad en Illinois y que se llevó por delante a seis mujeres antes de que lo cazaran, hace unos cuatro años.

Conocía a Mark y sabía que no me estaría hablando de aquel recluso si no era por una buena razón, de modo que sentí cómo se aceleraba mi pulso mientras escuchaba su voz.

—¿Y bien? —apremié.

—Pues que despedazaba a sus víctimas y abandonaba sólo parte del cuerpo, siempre reducido a un puñado de huesos. El resto se lo quedaba en casa, metido en un arcón congelador que tenía en el sótano.

—¡Y dices que el modus operandi no te recuerda a este caso! —exclamé, exultante y un poco perplejo.

—Espera, que no me has dejado terminar. En primer lugar era un asesino desorganizado. En segundo digamos que limpiaba los huesos cocinando parte del cadáver de sus víctimas en el horno y comiéndose la carne. En tercero que se desprendía de lo que no le gustaba de cualquier manera. Y en cuarto y último lugar, que era errático en su selección.

—Te ruego que te expliques mejor —dije, un tanto desalentado y horrorizado sólo de imaginar toda aquella parafernalia.

—Pues que salvo la cabeza, que siempre conservaba intacta en su congelador, los huesos de los que se deshizo fueron distintos en cada una de las seis ocasiones. Tampoco ahí existe un patrón común.

—En cualquier caso has realizado un trabajo fabuloso. Te ruego me pases todo lo que tengas sobre ese tipo. Voy a intentar que Peter me consiga una entrevista personal con él.

—¿Has perdido el juicio, Ethan?

—No, sé lo que me hago. Y tienes razón; el perfil de ese salvaje no tiene demasiado en común con el que estamos creando aquí, pero hay algunos detalles que me gustaría conocer, si es que se presta a colaborar.

—Wharton se va a negar.

—No pierdo absolutamente nada por intentarlo.

Me despedí de Mark dándole mil y una veces las gracias. Aquel cerebrito me acababa de alegrar el día. Me quedé un rato contemplando las fotografías y la cruz satánica, y cada vez tenía más claro que estaban relacionadas. Pero no era algo demasiado evidente, hacía falta tener la referencia delante de los ojos para darse cuenta, como cuando te explican un truco de magia y todo se vuelve de repente absurdamente manifiesto. Eso me llevaba a pensar que quizá el asesino lo hacía de una manera inconsciente, y que con la excitación del momento no se daba cuenta de que estaba dejando ver parte de su carácter, de sus miedos y/o de sus obsesiones. Era algo completamente diferente a las inscripciones que realizaba en los fémures, que estaban hechas a conciencia, y con un objetivo todavía no desvelado pero desde luego expuesto con absoluta transparencia. Tras mucho demorarlo, había llegado el momento de contar con Liz.

—No te has dado demasiada prisa en contestar a mis llamadas.

—Ya me conoces, Liz, he estado bastante ocupado con esta gente. Se presenta un caso verdaderamente complicado.

—¿Ese es el único motivo de tu llamada?

—No, en absoluto. Te echo de menos. Pero no te puedo mentir: es el principal. También te necesito profesionalmente.

Liz tardó en contestar. Oía su respiración, que se había acelerado levemente. Estaba intentando controlarse, y yo sabía que lo iba a conseguir.

—No estoy asignada a la investigación.

—Lo sé. Pero le pedí permiso a Peter para consultar con vosotros.

—¿Nosotros?

—Bueno, ya me entiendes. Me refiero a Mark, a Tom y, claro, a ti —respondí, pillado en falta.

Yo a ellos tres los llamaba «mi equipo», pero era una desfachatez por mi parte. Había tenido la suerte de trabajar con ellos en los dos únicos casos en los que había estado directamente implicado: primero en Detroit y después en Kansas. Técnicamente no eran mi equipo, de hecho yo no contaba con ningún agente o forense asignado y/o bajo mi supervisión.

—Ya veo. Creo que hablaré con Wharton.

—Liz, puedes hacer lo que consideres, pero en serio preciso de tu colaboración.

—No tengo nada del caso. No tengo la menor idea de qué pruebas, indicios o perfiles estás manejando. ¿Has olvidado que no tengo noticias tuyas desde que te fuiste al aeropuerto?

—Te acabo de mandar un mail.

—¿Has leído todos los informes que han elaborado los agentes de Nebraska?

—Más o menos.

—¿Cuándo piensas madurar?

—Lo estoy haciendo, en gran parte gracias a ti —respondí, intentando resultar lo más cortés posible, dada la incómoda situación.

—No soy tu madre, Ethan. Simplemente estoy enamorada de ti, y ni yo misma me aclaro. En ocasiones me cuesta reconocer tu nivel intelectual.

—Ya sabes los problemas de toda índole que tenemos los genios, no hace falta que te lo explique —intenté argüir en mi defensa.

—Lo único que sé es que a veces resultas apabullantemente brillante y sin embargo en otras sencillamente…

—¿Me vas a echar una mano?

—Ya estoy leyendo tu mail. ¿Qué necesitas exactamente?

—Tu punto de vista. La patrulla estatal de Nebraska cuenta con un buen asesor, un tal Kemper, que es profesor aquí, en Lincoln. Pero estamos, no sé cómo expresarlo, en demasiada buena sintonía. Quiero a alguien más crítico.

—Entonces yo soy idónea —dijo Liz, no sin utilizar un tono sarcástico.

—Ojalá estuvieras aquí —murmuré, sinceramente. Escuchar su voz había avivado mis sentimientos hacia ella, agazapados bajo toneladas de trabajo y mi particular manera de relacionarme con el resto de las personas de mi entorno.

—Gracias. Era justo lo que me hubiera encantado que dijeras nada más descolgar el teléfono. Yo no dejo de pensar en ti ni un solo minuto del día. Esta ciudad se vuelve mucho más gris cuando tú no estás en ella.

Liz no sólo era una profesional excepcional, también era una mujer maravillosa y de una belleza serena muy singular. Tener la suerte de estar a su lado era algo que en aquel entonces no valoraba en su justa medida.

—Lo lamento. No tengo remedio.

—Yo quiero pensar que sí lo tienes, Ethan. Ahora ya puedes contarme todo —susurró ella, como si acabáramos de firmar una tregua o nos hubiéramos reconciliado tras una larga discusión.

—El sujeto que buscamos tiene un patrón muy extraño. En principio eso facilita las cosas, pero no deseo dar un paso en falso. El tiempo, como siempre, corre en nuestra contra. Y, lo que es peor, corre en contra de la siguiente víctima.

—¿Me has mandado el perfil que habéis elaborado?

—Un esbozo. Está incompleto, pero te servirá.

—¿Cómo son las víctimas?

—Eso quisiera saber yo…

—No te sigo.

—Hasta la fecha sólo hemos identificado a una. De las demás sólo tenemos algunos huesos, siempre los mismos. Hemos obtenido el ADN, sabemos que ambas son también mujeres, pero de momento no hay coincidencias. Ya sabes que las bases de datos de desaparecidos suelen estar incompletas, y que en ocasiones la gente tarda semanas o meses en denunciar una desaparición. Luego está todo el embrollo de cotejar las muestras.

—¿Qué huesos abandona?

—Lo tienes todo en los papeles que te he enviado. Siempre son los mismos: el fémur izquierdo, sobre el que realiza una kafkiana inscripción, y los húmeros, los radios, los cúbitos, las tibias y los peronés.

—Podemos hacernos una idea de la altura de las víctimas. Y con el ADN tendréis un montón de información. Pero se ha quedado con lo más importante.

—El cráneo.

—Exacto. ¿Tenéis ya determinadas  las fechas aproximadas de los crímenes?

—Imposible. Sólo suposiciones.

—¡Cómo! Por favor, son pocos huesos, pero son más que suficientes para establecer un rango razonable.

—La primera víctima desapareció un mes antes de que sus restos fueran hallados a las afueras de Halsey el Día de Acción de Gracias. Te ruego que mires cualquiera de las instantáneas tomadas a los huesos.

Liz tardó algunos segundos en responder, pero pude percibir su sobresalto al otro lado de la línea. Como forense ella mejor que nadie comprendía lo que en ese momento estaba viendo.

—Es increíble —musitó.

—Los limpia. Y lo hace a conciencia. No hay manera de usarlos para establecer una fecha.

—Ya. Es un degenerado, pero es listo y tiene cierta formación.

—Yo creo que es algo más que listo y que cuenta con una educación más que sobresaliente. Liz, es un auténtico monstruo. Espero que ahora comprendas mejor por qué te necesito.

Ambos nos quedamos un instante en silencio, cada uno realizando sus propias reflexiones. Era cierto que la echaba de menos como compañera, pero la añoraba mucho más como colega de trabajo.

—Vas a tener que trabajar muy duro, Ethan.

—Lo sé. Le solicité a Peter que vinieseis los tres aquí, como en las anteriores ocasiones. Me ha pedido que esta vez primero colabore intensamente con la patrulla estatal de Nebraska y que luego ya veremos. Al menos me permite comentar los pormenores del caso con vosotros.

—¿En qué fechas aparecieron los otros dos restos? —preguntó Liz, como si no hubiera escuchado nada de lo que le acababa de comentar. En realidad para mí supuso una enorme satisfacción: ya estaba implicada al 100%.

—Fueron hallados por casualidad, por gente corriente. Pero mantienen una cadencia casi exacta: el 26 de noviembre, el 26 de diciembre y el 27 de enero.

Me pareció que Liz ahogaba un lamento. Tardó algunos segundos en hablar.

—Eso significa que lo más probable es que ya haya acabado con la vida de su cuarta víctima, y que esté enfrascado buscando a la quinta.