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Laver galopaba a través de los campos con la sangre latiéndole en los oídos y el corazón henchido de felicidad. Se había acomodado a la idea de que Mariana era ingenua por naturaleza y olvidó la capacidad de aprendizaje y adaptación que la caracterizaba. A su lado se había ido curtiendo sin que él se hubiera percatado. Se vanagloriaba de conocerla y había sido ella quien lo había diseccionado hasta lo más íntimo: intuyó que la emplearía como cebo. Las palabras acusadoras retumbaban todavía en su mente. Pero lo que más le sorprendía era que, a pesar de todos sus defectos, ella lo amaba. Nunca había tenido esa certeza como la tuvo la noche pasada y esa certeza lo hacía sonreír tontamente, sin motivo, y lo convertía en invulnerable: el mundo podía hundirse que él permanecería a flote. Llegó a los límites del ducado y se internó en los desolados campos del vizconde de Brancourt.

Había salido sigilosamente del castillo para acabar con sus enemigos, con la angustia por la vida de la persona amada, para vengar a Christopher, para ejercer la justicia que su sangre milenaria exigía. El sol se hallaba en lo alto cuando entró en el patio del vetusto caserón, que evidenciaba tiempos mejores que ya no regresarían. Nadie salió a recibirlo, pues los escurridizos servidores de la otra ocasión estaban bajo las piedras y la hojarasca en el camino de Saint Gobain. Desmontó, se encaminó a la puerta principal que encontró entornada, la abrió de una patada y se echó a un lado para protegerse de una posible descarga de mosquetería, pero no ocurrió nada. Entró con precaución, con la espada desenvainada, y esperó a que los ojos se acostumbraran a la oscuridad interior. Deambuló por salones abandonados y subió a las desiertas habitaciones. Los asesinos habían huído al sentirse descubiertos. Un ruido, proveniente de una de las habitaciones a las que no había llegado, atrajo su atención. De puntillas, para que las espuelas no resonasen contra el suelo, se acercó a la puerta y la abrió con cuidado. Jean Baptiste, vizconde de Brancourt, se hallaba de pie ante la chimenea encendida, en la que quemaba unos papeles. Detrás de él, se encontraba el escritorio con los cajones abiertos y revueltos.

—Buenos días —deseó cínicamente Laver a su vecino, quien dio un respingo al sentirse sorprendido, aunque no perdió aplomo.

—Habéis tardado mucho —respondió con una triste mueca.

—Probablemente porque la confianza me ocultaba la naturaleza de las personas, o porque necesitaba evidencias de lo que intuía, o porque sigo sin encontrar las razones de tanto mal, tanto odio.

—Eso es porque sois un caballero chapado a la antigua. Os habéis forjado unos ideales y defendéis unos principios que desaparecieron con nuestros abuelos. No sois de este siglo, Antoine, y os admiro por ello. ¿Las razones? Las razones son tan viejas como el hombre y la mujer. Vuestro padre era el duque, el señor de Anizy, fuerte, con poderosos amigos que luego lo arrastraron a La Fronda, a la rebelión contra el rey. ¿Pero quiénes eran los rebeldes? La élite de la aristocracia, lo mejor del país, incluso el Gran Condé abandonó al rey. Vuestro padre, lo recuerdo muy bien, de hombros anchos, erguido, de mirada fría para los enemigos y cálida para las mujeres a las que sabía halagar, a las que engatusaba… Sois igual que él, ¿no os lo habían dicho? Tenéis su mirada, aunque no sus ojos. Preguntad a vuestra afortunada esposa qué siente cuando la miráis y comprenderéis lo que sintió mi madre cuando la miró vuestro padre. Jacqueline es fruto de aquellos amores.

—No os creo. Mi padre no hubiera permitido concertar esa boda con Christopher.

—Porque lo ignoraba. Mi padre adoraba a mi madre y no permitió que trascendiera. Vuestro padre perdió el favor del rey cuando éste consiguió, finalmente, imponerse a la Fronda, y no estaba seguro del terreno que pisaba. Cualquier chismorreo que pudiera llegar al rey podría acabar con la familia Laver, fuera cierto o no. En aquellos tiempos, cualquiera, fuera cual fuese su posición, podía terminar en la cárcel: Nicolás Fouquet, el duque de Lauzun, el conde italiano Antonio Mathiolli. Fue fácil amenazarlo y divertido presenciar cómo el viejo engreído agachaba la cabeza.

Antoine tensó la mandíbula y apretó los puños.

—Con la boda, Jacqueline recuperaba su lugar —continuó el vizconde—, y nuestra familia se resarcía de la ofensa. Pero vuestro hermano comenzó a aplazarla inexplicablemente. A la muerte de mi padre, mis defectos y mis vicios se desbocaron y acabaron con el patrimonio. Nuestros arrendados fueron huyendo ante la desaparición de sus hijos y ante las habladurías de los actos oscuros que se realizaban de noche en la casa; y Jacqueline me insultaba. Nunca me respetó en cuanto se dio cuenta de mis inclinaciones. Su aspiración era más alta pero, para mantener las apariencias, necesitaba el dinero que yo le proporcionaba gracias a mis chantajes, y tuvo que aceptarme. Yo le conseguí a vuestro administrador. Es divertido tentar a un hombre e indagar hasta dónde puede llegar: hasta muy lejos, aunque luego la conciencia lo acose hasta el fin de sus días. Jacqueline se volvió insaciable cuando descubrió el poder del chantaje. Tenía a todo el que quisiera a sus pies y ese poder la trastornaba. El premio mayor fue el hijo del príncipe de Condé, el yerno del rey. Ese loco, que comete las peores tropelías, estaba asustado de que lo acusáramos de realizar misas negras. La Corte se ha vuelto muy conservadora desde que madame Montespan la abandonó. Le daba un aire más picante a las veladas. —Su boca trazó una sonrisa cínica—. El muy estúpido. Casi nos descubrió con su ataque a vuestra hermosa esposa delante del mismo rey. Yo no la he visto, pero Jacqueline enfermó de celos cuando la vio en Versalles. Volvió hecha una furia, no era posible competir con ella. Entonces, comenzó el juego una vez más, pero en esta ocasión no era un chantaje, era una muerte, algo más serio que nos venía grande. D´Orville se alió con Jacqueline aunque, cuando la traicionó en París buscando su propia venganza con vuestra muerte, pasó a utilizarlo sin que el mentecato lo advirtiera. Nos quedamos sin efectivo cuando asesinaron al administrador. No sé dónde se equivocó, igual porque era demasiado ambicioso; o cómo lo descubristeis; o si vos lo matasteis; o si fue uno de vuestros hombres aunque, para el caso, es lo mismo. Fuisteis rápido e inteligente. Nos dimos cuenta de que erais peligroso, de que no seríais fácil de manejar. Pero las mujeres nos superan en imaginación y Jacqueline no se dio por vencida. Recuerdo sus palabras: «Está loco por su esposa, sin ella se hundirá y será fácil apoderarse de su voluntad, porque ya nada le importará», y contrató a los mercenarios. ¿Dónde nos perdimos? La mala suerte comenzó cuando las fiebres se llevaron al patético Christopher. ¡Qué cerca lo tuvimos!

—Os equivocáis —le cortó Laver—. Nunca lo tuvisteis cerca. Ni a él ni a mi padre. Christopher no aplazó la boda inexplicablemente. Mi padre lo advirtió del peligro, por eso no hubo boda.

—Daba igual. Al final lo habíamos atrapado —refutó triunfalmente el vizconde con el brillo enfermizo en los ojos, propio de los dementes.

—No teníais nada. No fueron las fiebres las que mataron a Christopher, sino vos mismo. Se quitó la vida para no caer en vuestras corruptelas. Me dejó una carta en la que lo explicaba, pero con un pequeño fallo: debió pensar que yo sabía lo mismo por mi padre y, por tanto, que conocía a quienes lo acosaban. Sólo ese fallo os ha permitido seguir con vuestro mortal juego. Los Laver nunca han cedido a vuestro asqueroso juego ni se han sometido a vuestros dictados; más bien diría que los han eludido. Habéis jugado una partida perdida de antemano. Habláis de vicios, de gente endeble, pero los Laver no somos débiles. Incluso para suicidarse hace falta un valor del cual vos carecéis, puesto que seguís aquí, frente a mí. Si mi esposa hubiera muerto, yo no me habría hundido; sino que habría buscado a su asesino incluso en el infierno. Tomad la espada que cuelga de la pared y defenderos —conminó Laver.

—Hasta para cometer un asesinato sois chapado a la antigua —observó el vizconde con un gesto despectivo.

—Yo no veo el asesinato por ninguna parte —respondió Laver, blandiendo en alto la espada—. Es un acto de justicia para todos aquellos que han sufrido vuestros enfermizos juegos.

El vizconde, pálido por la innombrable enfermedad, más que por el miedo, empuñó la suya, hendió el aire probando el peso y desperezando los músculos.

—¿Vamos al patio? —propuso.

—No veo la necesidad. No hace falta tanto espacio para matar una rata.

Se oyeron pasos por el corredor, fuertes y con espuelas.

—Creo que las tornas cambian, señor duque, llegan refuerzos —informó el vizconde con una sonrisa torcida. Mi hermana es muy eficiente.

—Vos iréis por delante.

Y Laver atacó. El vizconde había calibrado todos los huecos para escapar y rodeó el escritorio para evitar el envite del duque. La situación parecía en tablas cuando Laver saltó como un felino sobre el escritorio y acorraló al vizconde.

—¡Alto! —gritó la voz del intendente desde la puerta, adonde llegó sudoroso—. Su majestad el rey Luis de Francia prohíbe los duelos. Es un igual y no podéis ajusticiarlo.

A Laver le cubría la visión el rojo velo de la sangre. Estaba preparado para matar, para vengar a los suyos. Tenía delante al causante de su desazón, al que había intentado asesinar a su esposa, a la razón de la muerte de su hermano.

El intendente, al ver que no atendía  a la razón, apeló al corazón.

—Dejadlo, excelencia. Pensad en vuestra esposa, ¿qué será de ella tantos años sola mientras estáis en la cárcel? ¿Y esos hijos no habidos durante años?

—¿Cómo os atrevéis a recordarme mis obligaciones? —inquirió Laver, bajando la espada y sintiendo la humillación y la impotencia por no llevar a cabo su particular venganza.

—No pretendía recordaros los deberes, sino mostraros la vida. Un prisionero es un hombre sepultado entre gruesas paredes que ve pasar la vida sin disfrutarla. Yo no considero una obligación satisfacer a una mujer y traer hijos al mundo; lo considero la esencia de la vida, la razón de vivir.

—Dais asco. Hasta en la venganza sois formal —acusó entre dientes el vizconde.

—Le debéis la vida a este hombre —dijo Laver.

—Yo no estaría muy seguro de eso, excelencia —refutó el intendente Tavaux, visiblemente desarreglado, sudoroso y ojeroso—. No es ésa la política del rey. Hemos detenido a mademoiselle Jacqueline de camino a Saint-Quentin antes del amanecer, y traigo la orden de conducirlos a París, a la Bastilla.

Los hombres que acompañaban al intendente se llevaron al vizconde. Laver se dejó caer en una silla con la espada todavía desenvainada y el dolor de las heridas del brazo izquierdo regresó de nuevo.

—Los prisioneros no se hicieron de rogar. He venido lo más rápido posible en cuanto caí en la cuenta de vuestro desinterés por ellos y de la prisa que tuvisteis. Me sorprende haber llegado a tiempo. Chauny era un pobre diablo cuya muerte estoy seguro de que estuvo ampliamente justificada, era vuestro servidor, bajo vuestra jurisdicción y nadie lo ha echado en falta; pero éste es un vizconde y su muerte hubiera sido investigada.

Laver observó, con los ojos entrecerrados, al regordete y plácido intendente. Recordó sus propias palabras: «si era intendente, era peligroso».

—Resulta curioso que un militar como vos menospreciéis al enemigo, por débil que éste sea —dijo el intendente, como si le hubiera adivinado el pensamiento—. Quedó bonita la causa de la muerte del administrador y lo dejé correr, pero no me la creí.

—Últimamente cometo muchos errores que en otro tiempo hubiera considerado inconcebibles.

—Sois joven y habláis como un viejo —sentenció el intendente con una sonrisa—. Los errores son fruto de las pasiones: amor, venganza, ira. Recuperaréis el equilibrio. He hablado con Étienne de banalidades, algo que se me da muy bien para después colegir muchas cosas. Seréis un buen duque para la región, vuestra reforma traerá la prosperidad, vuestra presencia, la tranquilidad que había sido rota por oscuros asesinatos disfrazados de accidentes y secuestros que alarmaban a la población. Llevo un día sin dormir y no sé cuándo podré hacerlo, pues marcho directamente a La Bastilla. Hablaremos sobre esto otro día. Cuanto antes emprenda el camino, antes podré descansar. Vuestros marineros os aguardan abajo.

Dicho esto, el intendente se dio media vuelta y fue en pos de sus hombres y de los prisioneros. Laver recorrió el lúgubre castillo y salió a la luz exterior, sorprendido por la presencia de Clément y Sébastien.

—El intendente nos detuvo. No quería testigos de lo que sucediera allí dentro —se excusó Clément, que le entregó las riendas del caballo—. ¿Cómo pensasteis que os dejaríamos solo en esto, capitán?

—No lo sé. Últimamente lo hago todo mal. Mi esposa me recrimina, el intendente me alecciona y vosotros me reprocháis. Supongo que he perdido el norte.

—Con vuestro permiso, capitán —se atrevió Clément a interrumpir sus reflexiones—, lamento contradeciros: no habéis perdido nada, habéis encontrado; pero cuesta hacerse a la idea. Yo también he de asimilar que somos dos.

Laver cabalgaba en mangas de camisa de regreso al château. El sol de marzo apretaba a primeras horas de la tarde. A la ida galopó como un poseso, ahora llevaba el caballo al trote, disfrutando de la vida, de los campos y recordando la noche con Mariana. Clément estaba en lo cierto, con la sabiduría realista propia del campesino. Pensaba, decidía y actuaba como señor absoluto pero, si reconocía la importancia y la capacidad de los demás, debía tenerlos en cuenta. Ya no estaba solo. El intendente había resultado un filósofo y, ahora, más frío, admitía su afirmación: el amor era la esencia de la vida. Esta certeza lo hizo sonreír y acució la montura para llegar cuanto antes al castillo.

En la explanada entrenaban los chicos con François y Jean Paul. Empuñaban las espadas incautadas a los vencidos.

—Compruebo que tenéis prisa por aprender —les dijo a los chicos.

—Están bajo la impresión de la escaramuza de ayer —respondió Jean Paul, restándole importancia al enfrentamiento por cuya razón lucía moratones, cortes y vendas.

—Bien, cuando terminen, como premio a su certera intervención con los arcos, que escojan un caballo de los que hay en la explanada y que aprendan a montar.

No bien había terminado de proponerlo, cuando las espadas fueron abandonadas a su suerte sobre la hierba. Los chicos corrieron gritando vivas hacia los caballos que, inquietos por el alboroto, se alejaron de ellos imposibilitando que los cogieran.

Encaminó la montura hacia los establos, donde el viejo Paul se hizo cargo del sudoroso animal para almohazarlo. Laver cruzó la distancia con la cocina y entró. Sentados a la mesa, departiendo amistosamente, se encontraban Jean y Martine con Louise y Honoré. Iban a levantarse para saludarlo cuando lo impidió con un gesto y se sentó con ellos, ante el asombro del cocinero, quien no conseguía acostumbrarse a semejante comportamiento en un duque.

—¿Dónde está la marmitona?

—Distribuyendo leña en las habitaciones para encender las chimeneas en cuanto caiga la tarde —informó Louise, que se había puesto al frente de la casa hasta que Teresa se recuperase.

—La esperaré. Mientras tanto dime, Jean, ¿qué vas a hacer con tanta mujer en casa?

—¿Qué es lo que queréis? La última vez que crucé unas palabras con vos me costaron mi hijo y mi mujer.

—Ya. Resultó caro —constató Laver.

—Sí, muy caro —ratificó el granjero entrecerrando los ojos.

—¿Cómo es que no habéis casado a ninguna? Vives bien.

—Mis hijas son honradas. Esos idiotas de los Coteau extendieron la voz de que eran de ellos, así que nadie se atrevió a rondarlas, a pesar de que ellas los rechazaron. En realidad, empezábamos a tener problemas cuando llegasteis a instalaros.

—Entonces me debéis un pago por mi oportuna intervención. Seré magnánimo, sólo dos chicas: una lavandera y otra marmitona.

—¡Dos! Me vais a arruinar —se quejó, luego añadió con una sonrisa taimada—: ¿No pueden ser tres? Necesito sitio en casa, las pequeñas están creciendo muy rápido.

—¿Más marmitonas? —oyeron a su espalda.

—Sí —afirmó Laver, girando lentamente y enfrentándose a la chica—. Dispones de unos minutos para recoger tus pertenencias y abandonar el feudo, antes de que los hombres caigan en la cuenta de que has sido la causa de la muerte de Edmon. Tus amos van camino de La Bastilla, si corres, igual los alcanzas.

La chica, espantada, salió apresurada al patio y atravesó a paso ligero la explanada sin volver la vista atrás. A su espalda, François levantó la pistola y apuntó, pero la mano de Clément le impidió disparar.

—La vida que la espera fuera del amparo del castillo será peor que la muerte —susurró el normando—. Sólo le queda el refugio de un burdel. ¿Recuerdas los burdeles que recorrimos en París?

Laver conversó todavía un rato en la cocina. Sugirió a Louise que dejase la cocina en manos de Honoré mientras ella, como ama de llaves, organizaba y supervisaba el trabajo de las chicas que llegaran. Nicole también quedaría libre de servir la mesa y de ayudar en la cocina, por lo que se encargaría de la intendencia, aprovechando sus conocimientos de cálculo hasta que Teresa se recuperase. Hablaría con Mariana para que le explicase a Nicole cómo debía realizar ese trabajo que, posteriormente, revisaría la duquesa, que era quien controlaba los gastos.

Salió al patio y encontró a los chicos aprendiendo a ensillar los caballos, y a Mariana y a Carmen atentas a unas explicaciones de Gastón sobre los mismos.

—¿Cuál escogerás tú? Debes aprender a montar —ofreció Antoine amablemente con una sonrisa.

—Sí, algún día aprenderé, si me dejas —respondió Mariana diplomática.

—Por supuesto que te dejo. No tienes que pedirme permiso.

—No estoy muy segura de ello.

—No deseo presionarte pero, cuando estés dispuesta, me encantaría enseñarte. ¿Quizá la semana que viene?

—¡La semana que viene! Imposible —negó categóricamente—. ¿Qué tal dentro de ocho meses?

—¿Por qué dentro de ocho meses? —preguntó extrañado, de pronto cayó en la cuenta—. ¡No!

—¿Otra vez? —rió Gastón—. ¡Eres incorregible, Antoine!

—Lo siento muchísimo, Mariana —se lamentó Antoine.

—Pues yo lamento que te lo tomes tan mal, porque estoy encantada.

—Me iré para no ponerte la mano encima —prometió Laver.

—Pues espera a que dé a luz, ahora mismo sería absurdo. Ya está hecho.

—Sí, es cierto —reflexionó Antoine con una sonrisa maligna.

—El que se va mañana, soy yo —interrumpió Gastón.

—¿Adónde? —indagó Carmen.

—A mi casa. Llega el buen tiempo. Hay que prepararse para las labores del campo.

—Llévate cinco caballos —le ofreció Antoine.

—Pensé que no me los ibas a ofrecer —reprochó Gastón su tardanza.

Cenaron tranquilos y Antoine les relató la conversación que mantuvo con el vizconde y la detención de los dos hermanos por el intendente, así como su marcha a La Bastilla, donde permanecerían en prisión por orden del rey. Eso le trajo a la memoria la historia del personaje encarcelado con comodidades y con el rostro cubierto por un antifaz de terciopelo, con quien nadie podía hablar.

—Vauban nos reveló una historia escalofriante de un hombre encerrado de por vida con todas las consideraciones. Lleva el rostro cubierto y nadie puede hablar con él. El rey lo mantiene aislado y no está registrado, es un secreto de estado. Ha sido enterrado en vida, es un muerto viviente.

—¿La familia tampoco? Si se le contempla con comodidades, es alguien importante —afirmó Gastón.

—Ése es otro dato curioso. Nadie ha preguntado por él, nadie lo ha echado de menos. Ni Louvois, que lo encarceló, ni su hijo conocen la identidad del personaje.

—Parece un acertijo —intervino Mariana—. Un dramaturgo español, Calderón de la Barca, escribió una obra que puede responderlo: «La vida es sueño». Un rey tiene un hijo y le vaticinan que le arrebatará el trono. Para que eso no ocurra, el rey encarcela a su hijo de por vida. Al final, sucede lo vaticinado. Si el prisionero enmascarado pertenece a la familia real, quedan explicadas las comodidades y la falta de familia que abogue por él.

—Pero en la Corte se le hubiera echado de menos y ¿por qué el antifaz? —planteó Gastón.

Antoine se mantuvo en silencio analizando los argumentos que se dirimían. Mariana, con mucha sagacidad, había encauzado el acertijo, pero Gastón encontró los resquicios.

—La única manera de no echar a alguien de menos es no haberlo visto —aportó Antoine.

—O tener un doble —añadió Carmen con una sonrisa—. ¿Recuerdas lo que nos contaba el tío Pedro, Mariana? Nuestro padre y él se suplantaban cuando hacían las travesuras de niños y sus padres no sabían a quién castigar.

El silencio cayó en la sala. Mariana y Gastón, nerviosos, observaron a Antoine, que se había quedado lívido ante la perspectiva de que hubiera dos reyes, de que el rey tuviera un gemelo.

—Será mejor que olvidemos esta conversación —exigió con voz grave—. La conclusión a la que hemos llegado es absurda; además, se trata de un secreto de Estado. No la repitáis nunca ante nadie o daríamos con nuestros huesos en La Bastilla.

—Así que la bruja de Jacqueline es nuestra hermanastra —se apresuró Gastón a cambiar de tema, retomando el origen de la conversación.

—Eso no me preocupa —expuso Antoine más sereno—. Juzgamos erróneamente a los nuestros. Consideramos a Christopher débil.

—Y lo era, Antoine. Fue un bello gesto, muy valiente, pero él lo provocó —atacó inconmovible Gastón.

—No puedo alzar la voz con tanta seguridad. Si hubiera vuelto soltero, me habría desposado con ella por orden real.

—¡Qué poco te conoces! —le espetó Gastón—. No hubieras permitido que te manipulara y, en cuanto hubieras descubierto su naturaleza, te habrías horrorizado. No habrías sido el primer marido que encierra a su mujer para que se pudra. Pero te aseguro que no te habrías suicidado.

—Me tienes demasiado idealizado, Gastón. No soy perfecto.

—Debemos centrarnos en lo que somos —intervino Mariana— y en lo que seremos. Antoine brilla con luz propia donde quiera que vaya. No necesita de diamantes para refulgir y para que la gente lo admire.

—Mira que no se me escapa tu intención —la amonestó Antoine enternecido—. Me sitúas por encima del rey para halagarme y asegurarte un marido cariñoso al comprobar que la hora de retirarse se aproxima.

—En ese caso, me adelantaré para desear las buenas noches a los niños.

Carmen siguió a su hermana tras despedirse y dedicarle una tímida sonrisa a Gastón. Cuando los dejaron solos, Gastón se desahogó con su hermano.

—¿Qué mosca le ha picado? Antes siempre se metía conmigo.

—Ayer, no —respondió Antoine lacónicamente.

—Estaba demasiado asustada.

—No me lo pareció. Asombrada, horrorizada puede; pero asustada, no. Estas mujeres no se asustan, entran de lleno en la aventura. Han realizado viajes muy largos con destino desconocido y no se han arredrado. Ayer se dio cuenta de que eres un hombre. Hoy te exige que actúes como tal.

—Hablas en enigma.

—Le gustas, pero tienes que conquistarla. Es una artista, una mujer, una romántica.

—¡Ah! Eso sí sé hacerlo, me agrada el juego.

—Si la quieres de verdad, no te lo tomes como un juego o perderás. Una cosa es ser romántica y otra tonta.

—¡Por supuesto! No me refería a un juego frívolo. Lo que me preocupa es que no sé hasta dónde llegan mis sentimientos.

—Entonces, espera —aconsejó Antoine.

A la mañana siguiente, segundo día después de la escaramuza de Saint-Gobain, se levantaron los dos hermanos temprano y bajaron a la cocina a desayunar. Allí se encontraron con los marineros sentados a la mesa.

—Yo he madrugado por el viaje a casa, pero ¿los demás? —indagó Gastón.

—Hoy salen los hombres para custodiar la caravana de arrieros y arrendadores hacia Reims —aclaró Antoine.

En la mesa repasaron entre todos las instrucciones del traslado y comentaron la organización; mientras tanto, Nicole aseaba con tisana las heridas y ajustaba algunos vendajes de los hombres antes de que partieran. Honoré, con ayuda de Louise, repartía viandas en unas bolsas de lona para el camino.

—Buenos días —saludaron tímidamente tres chicas desde la entrada del patio. Las miradas de los congregados se centraron en las muchachas—. Nos envía nuestro padre, Jean, el granjero. Mi nombre es Clotilde y mis hermanas, Dominique y Eloise.

Las tres jóvenes eran bien parecidas, bien alimentadas y bien proporcionadas, hijas de una saludable vida en el campo y criadas en una casa en la que no había faltado el alimento, incluso en los peores tiempos. Laver advirtió el interés que despertaron las jóvenes.

—Louise os dirá dónde dormiréis y vuestras obligaciones —les indicó Laver y volviéndose a los hombres—: ¡Y no pienso tolerar más bodas! Es muy difícil conseguir servicio. —Abandonó la cocina seguido de Gastón, dejando a su espalda a unos sorprendidos y enamoradizos marineros.

—¡Cómo te gusta dramatizar! —lo acusó su hermano.

—Yo también tengo derecho a divertirme —se defendió Antoine.

En cuanto desayunaron, Clément, François, Sébastien y Jean Paul partieron renuentes hacia Laon, donde los esperaba el administrador y la caravana para Reims, a la cual se habían adherido otros comerciantes, con el permiso del duque, para viajar protegidos.

—¡Justo ahora tenemos que marcharnos! —se lamentó Sébastien—. ¿Habéis visto que tres mujeres?

—Estarán aquí cuando regresemos —contemporizó François—. El problema es que Julien elegirá primero —añadió con fastidio.

—Clément, creo que me quedaré, me duele el pecho mucho —se quejó Jean Paul.

—Si te quedas será con una buena paliza de la que no te podrás levantar en tres semanas de la cama —amenazó Sébastien.

—¡Tranquilos! No hace falta discutir por unas mujeres —medió Clément.

—¡Ja! Cómo tú te has quedado con la mejor… —le reprochó François.

—¿Cuántas hermanas dijo Jerôme que tenía? ¿Conocéis a todas las mujeres del feudo?

Y así dejaron atrás el château, discutiendo de mujeres sin recordar lo cerca que estuvieron de la muerte hacía apenas dos días.

A media mañana, llegaron dos carretas al feudo con una tropa de jóvenes y material. Laver se acercó para indagar la identidad de los nuevos operarios.

—Somos los aprendices del taller de monsieur Coypel —le informó el oficial-artesano—. Debemos preparar los salones antes de que llegue el maestro.

Recorrió los salones de la planta baja para indicarles el destino de cada uno de ellos: salón de grandes acontecimientos y baile, sala de visitas, sala de música, sala de la familia, biblioteca, comedor…

Esa misma tarde, los carpinteros comenzaron a montar los andamios en una de las salas y los jóvenes aprendices, armados de una llana y una paleta, se dedicaron a preparar las paredes y el techo tapando oquedades y alisando la pared con mortero de cal.

Carmen, cumpliendo las previsiones de su hermana, se encerró en la sala redonda para pintar. Únicamente salía, de vez en cuando, para observar el trabajo y charlar con los aprendices de Coypel. Se movía con la resolución de alguien que disfruta con lo que lleva entre manos.

 

Teresa, tras dos días de semiinconsciencia y fiebre, se fue recuperando lentamente. Todas las mañanas sentía a Mariana a su lado, empapando la herida con la infusión de quina y cambiando los vendajes.

—En cuanto haga un día bueno y esté fuerte, hay que sacarla para que le dé el sol en la herida —oyó decir.

Sus recuerdos eran vagos, de gente entrando y saliendo, de voces difusas, del crujir de los vestidos o de cautelosas pisadas. Aunque recordaba a alguien que no se había separado de su lado, que le refrescaba la frente cuando le ardía, que le retiraba el pelo de la cara, que le cogía la mano y se la besaba. Pensó en Nicole, pero el tacto era más áspero y las manos de Nicole eran suaves y finas, propias de quien no ha realizado trabajos pesados.

Quería vivir, pero qué dulce y algodonoso resultaba dejarse acunar por la lasitud del cuerpo sin sangre. Estaba boca abajo por lo que le resultaba imposible comer. Le mojaban los labios y le daban a beber de un trapo empapado, pero no era suficiente. Ella lo sabía, había pasado mucha hambre, tenía experiencia de cómo quedaba el cuerpo sin fuerzas. Quería vivir, pero para qué. Mariana no la necesitaba, estaba a salvo con una familia que la adoraba. La soledad la abrumaba. ¿Dónde quedaba esa filosofía suya? Apurar el momento, vivir lo que la vida te ofrecía sin pedir más. ¿Cuándo empezó su desdicha? Cuando deseó más de la vida, en Cartagena, cuando conoció a Pablo, cuando lo perdió, cuando se enamoró de Pierre… ¿Estaba enamorada? Entonces, ¿por qué la invadía la tristeza? Quería vivir, pero le fallaban las fuerzas, le faltaba la vida…

Primero fueron las voces, ¿voces o gritos?, en lengua extraña; después un dolor agudo que le recorrió la espalda, olor de hombre, el contacto de un cuerpo caliente. ¿Qué había pasado?

Teresa no te vayas, ¿qué voy a hacer sin ti? —La voz angustiada de su señora en español.

El olor y el calor a hombre persistía muy fuerte. Abrió los ojos.

 

—¡Ya está! ¡Vuelve en sí! —gritó Julien emocionado, mientras no dejaba de frotarle las piernas.

—Apenas tienen color —opinó Laver—. ¿Cómo va Honoré con el caldo de gallina? Avivar el fuego de la chimenea no solucionará nada si no le damos de comer. Está exangüe.

—Creo que vuelve a perder sangre al incorporarla —alegó Pierre, quien la tenía recostada sobre él y la sujetaba.

—Es muy poco y urge más que coma —dijo Mariana agobiada.

—Aquí llego con el caldo —entró Honoré, abriéndose paso.

Mariana se hizo cargo de él y se sentó en la cama.

Teresa, haz un esfuerzo e intenta tragar. 

Todos aguardaban expectantes. Mariana le abrió la boca y esquivando la lengua procuró llevar la cuchara al fondo. Teresa cerró los ojos y, con un leve movimiento, tragó, aunque una parte resbaló fuera. Pierre la limpió con un trozo de lienzo. Poco a poco y con paciencia, Mariana consiguió que tomara la mitad del tazón. Con cuidado, la volvieron a colocar boca abajo entre Julien y Pierre.

—Cada dos horas, incluida la noche, hay que procurar que tome caldo —dijo Antoine, conmovido al recordar una situación parecida en Cartagena, sólo que él era el herido y Teresa quien lo alimentaba.

Teresa se sumió en el sueño y los demás se retiraron. Pierre se ofreció para vigilarla hasta que estuvieran seguros de que el corazón respondía.

Antoine abrazó a Mariana, todavía pálida por el susto.

—Ha estado muy cerca de morirse —constató Mariana nerviosa.

—Hemos evaluado mal la pérdida de sangre. Ha sido mayor de lo que pensamos —ratificó Antoine—; ahora saldrá adelante. Avisaría a un médico si estuviera seguro de que podría hacer algo más de lo que nosotros hemos hecho ya.

—No, no podría. Ahora sólo hay que esperar —dijo Mariana resignada.

 

Mariana estuvo pendiente de la evolución de Teresa, aunque fue Pierre el que no se despegó de su lado. Teresa recuperó sus fuerzas a pesar del dolor que la suponía incorporarse para comer. Honoré se desvivió preparando caldos con huesos y carne para que tuvieran sustancia, y cremas de puerros con huevo y crema de leche. A medida que recuperaba el vigor, Mariana comprobó que el cuerpo se calentaba y perdía la frialdad y palidez que lo envolvía; al tragar sin esfuerzo, comía con más ganas y recuperaba el habla y la sonrisa.

—¡Qué susto me diste! —le reveló Mariana en español una tarde—. Te creí inmortal, nunca se me ocurrió que pudiera sucederte nada malo, y allí estabas, sobre la hierba, llena de sangre. Hasta que Pierre no me confirmó que vivías, se me olvidó respirar. 

Los recuerdos son confusos. Nicole ha sido muy amable cuidándome —comentó Teresa, contenta de hablar su lengua.

—¿Nicole? No, ha sido Pierre el que no se ha separado un instante de tu lecho. Es un gran chico. Creo que te aprecia de veras. Él fue quien se dio cuenta de que no respirabas y dio la voz de alarma. ¡Menos mal que te recuperamos! 

 

Pierre, como todas las noches, una vez terminada la ronda por el dormido castillo, se encaminó hacia la habitación de Teresa para relevar a Nicole.

Desde que había descubierto que Teresa era virgen, se había sentido renacer. No porque ese detalle en sí supusiera un problema. Todos tenían un pasado del que huir y él más que nadie. No. Lo importante era que ahora podía ofrecerle algo, un sentimiento nuevo, el amor. Se sentía rico y no con las manos vacías.

Llamó a la puerta y las voces cesaron. Nicole le franqueó la entrada con una sonrisa, le cedió el puesto y se retiró silenciosamente. Pierre se acercó al lecho sobre el que yacía Teresa. La herida cicatrizaba bien y no se habían presentado las fiebres.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó nervioso, indeciso sobre cómo abordar el tema que le quemaba el alma. Durante el día había hablado sin parar con ella imaginariamente. ¡Tenía tantas cosas que contarle! Pero luego le faltaban las palabras.

—Ahora mejor porque venir a verme. Echar de menos durante el día.

El corazón se le paró. Lo sabía. Lo había planteado con naturalidad, le estaba invitando abiertamente a que se descubriera. Pero, ¿cómo empezar? Con sinceridad, como había hecho ella.

—Como están todos fuera, en Reims, yo me tengo que multiplicar, aunque éste es el único sitio en el que realmente hubiera querido estar.

—No saber qué ver en mí, nadie fijar en mi escuálida persona.

—¡Qué tonterías dices! —estalló Pierre—. Te admiramos todos. Los compañeros se han ausentado preocupados por tu estado. Eres alguien importante aquí. Los propios duques han estado pendientes de tu evolución. Por eso no me atrevía a declararte lo que siento, porque no tenía nada que ofrecerte y, además, estoy renco.

—¿No tenías? ¿Es que ahora sí que tener algo que ofrecerme? —preguntó Teresa curiosa.

Pierre, por toda respuesta, se aproximó a la cama y se sentó muy cerca de ella. La miró intensamente a los ojos, unos ojos vivos y brillantes; se inclinó sobre ella y comenzó a besarle la frente, justo donde nacía el pelo; descendió a la sien, acariciándola con los labios; se demoró en la oreja para continuar por el cuello. Para entonces, Teresa gemía de placer. Pierre se sonrió.

—Ahora me siento rico porque sé qué ofrecerte —le susurró retirándose.

—Siempre has sido rico —contestó Teresa, sonrojada por la emoción—: tu compañía, tu amistad, tu ayuda, tu amor. No querer estar sola, querer vivir.

—Y viviremos, pero juntos, mi amor —prometió Pierre, dando las gracias a la diosa Fortuna y a Dios porque, en realidad, nunca lo habían abandonado.

 

Al cabo de una semana, regresó la caravana a Laon y comenzó la distribución de semillas y animales entre los arrendadores, tomando nota de todo ello Étienne. Antoine inspeccionó las compras y el reparto junto con Mariana, contento de la libertad de ir y volver de Laon sin temer un asalto. Le admiró, más que sorprenderle, la ascendencia de Teresa sobre sus hombres, quienes se mostraron consternados por lo cerca que estuvieron de perderla. La joven, de cuerpo menudo, poseía una personalidad tan fuerte que arrastraba, y una vida tan desarraigada como valiente que conmovía. Según llegaron, desfilaron de uno en uno para interesarse por ella y llevarle algún presente: unas flores, un lazo para el pelo…

Pero el verdadero milagro, lo realizó Pierre. No le extrañó la petición del marino, la mañana que solicitó hablar con él. De hecho, lo veía venir. Allá en Cartagena, ya se entendían medio en francés, medio en castellano, que Pierre había aprendido en sus periplos por el Mediterráneo. Él fue quien le dio la triste noticia de la muerte de su pretendiente y él había sido quien la había cuidado evidenciando su inclinación. Dio la autorización con todas sus bendiciones y rezó para que fueran felices. Teresa se lo merecía por todos sus desvelos.

A partir de entonces, Teresa floreció, recuperó fuerzas y se rellenó, aunque seguía muy delgada para todos aquellos que no la habían conocido anteriormente.

Un domingo, recibiendo a la primavera, Clément y Nicole se casaron en la explanada del feudo ante todos los habitantes, con el padre Armand como oficiante. Después, Antoine ofreció un banquete al aire libre con música. Teresa asistió tumbada en un jergón improvisado para el evento, pues no quería perderse detalle: Sébastien, François y Jean Paul rivalizaban por las tres hermanas. A instancias de Mariana, permanecieron entre ellos el tiempo justo para comer y se retiraron discretamente para que disfrutasen de la fiesta a sus anchas.