6

 

 

Antes del amanecer, empezaron a cargar los baúles en el coche. Habían esperado a que el tiempo otoñal mejorara para ponerse en camino. Ese último verano de 1697 había sido particularmente lluvioso y perjudicial para el campo. El hambre acecharía durante el próximo invierno a las capas sociales más desfavorecidas. El mozo, Luc, ayudaba al cochero, Marcel, a enganchar los caballos mientras Clément y Jean Paul ensillaban los suyos, que habían comprado en un establo cercano. Laver había salido unos días antes para vestir convenientemente a los hombres que vagaban con el atuendo marinero. Les había provisto de calzones y botas con espuelas para montar, coletos nuevos, camisas, chaquetas y capas enceradas para la lluvia, y en lugar de alquilar los caballos, los compró definitivamente. Cuando rompió el alba, la comitiva traspasaba la verja del hôtel camino de la casa solariega de los Laver. Una carreta transportaba los arcones más pesados, mientras que en el carruaje viajaban las mujeres con parte del equipaje y el joven Julien en el pescante. Él mismo, junto con los hombres, las escoltaban a caballo.

El trayecto se podía recorrer en un día de marcha dura y muy prolongada pero, con el carruaje tan cargado y con Mariana embarazada, Laver prefirió hacerlo más suave y dividirlo en dos etapas. Pernoctaron en una posada a la entrada de Soissons para continuar al siguiente día. Las mañanas eran frías pero templaba hacia el mediodía, momento que aprovechaban para que los caballos descansaran y comer un tentempié que llevaban preparado. Atravesaron el río Aisne, que nacía en las montañas de La Lorena y desembocaba en el Oise. A partir de aquí, se internaron en un paisaje caracterizado por suaves lomas y espesos bosques, y para evitarlos, el camino seguía un trazado sinuoso.

En una curva que circunvalaba un peñasco que les impedía la visión, les llegó el sonido del entrechocar de espadas, juramentos y los relinchos de caballerías nerviosas. A una seña de Laver, se adelantaron al carruaje para investigar lo que estaba sucediendo. Un grupo de comerciantes, con una reata de mulas y caballos cargados, estaba siendo asaltado por unos maleantes y, a duras penas, conseguían mantenerlos a raya. Laver desenvainó la espada y arremetió contra el primero que se topó. Los marineros desmontaron y desenvainaron las suyas. Laver pensó que tendría que subsanar esa preferencia a luchar con los pies sobre la tierra, como era su oficio, que estar a merced de las evoluciones y caprichos de una montura que no dominaban. Los malhechores, al ver que llegaban refuerzos, fueron retrocediendo hacia el bosque, en donde buscaron la salvación en la fuga. Una voz de Laver impidió que los marineros se internaran en la foresta. La reata había sido deshecha y unos jóvenes, entre gritos y con varas, procuraban reagruparla para que no se perdiera con sus preciosas cargas de mercaderías. Los hombres adultos se miraban con consternación y se aseguraban de que no hubiera ningún muerto. Mientras tanto, el carruaje había llegado y se había detenido.

Laver se dirigió a uno de los hombres que se encogió de hombros y le respondió en otra lengua. Se los veía intranquilos y buscaban algo. Comenzaron a dar voces llamando a alguien. Laver se hallaba lejos del carruaje por lo que no pudo evitar que Mariana descendiera de él, seguida de Teresa, y se dirigiera detrás de unos arbustos. Julien saltó del pescante en cuanto las vio y las siguió con la espada desnuda. Laver se abrió paso, tratando de no resultar violento por la premura que lo acuciaba al saber a Mariana sin protección. Clément y Jean Paul corrieron en pos de su capitán y un par de extranjeros se les unieron, alertados por la prisa de éstos. Detrás de los matorrales encontraron a Mariana de rodillas ante un hombre de unos treinta años con un brazo malherido. Teresa, con un trozo de camisa que le había arrancado al herido, improvisaba una venda. Los extranjeros, que habían llegado con ellos, se alegraron de encontrar con vida al que buscaban, aunque se detuvieron al darse cuenta de que el herido mantenía una rápida conversación con la mujer que le exploraba el brazo y que ésta le contestaba en la misma lengua con  fluidez.

Laver, que había recorrido el Mediterráneo, reconoció el tono dulce y cantarín del italiano; pero los marineros, normandos y bretones, lo desconocían. Laver aguardó pacientemente a que Mariana terminara la charla y el atado para restañar la sangre que le estaba realizando en el brazo al hombre. Una vez hubo concluido, Julien la ayudó a ponerse en pie, mientras que los dos extranjeros hacían lo mismo con el herido, quien sonrió, agradecido y débil por la pérdida de sangre, a la «bella madonna» hasta que tropezó con la cara seria y la fría mirada de Antoine.

—Micer Francesco Lomelín —se presentó el herido en francés, apoyándose en uno de sus compañeros—. Soy comerciante genovés con residencia en Laon. Regresamos de un largo viaje desde Marsella, a donde fuimos por mercaderías que llegaban por mar. Es una ironía que, después de cruzar el país sin problemas, hayamos sufrido este ataque a las puertas de casa.

—Antoine Laver, duque de Anizy.

—¿Duque de Anizy? —repitió el genovés receloso—. No os parecéis mucho a él.

—Vuestra ausencia ha sido larga. Mi hermano falleció de unas fiebres en Versalles. También yo regreso a la casa solariega de la familia tras una larga ausencia, acompañado de mi esposa, quien ha tenido la amabilidad de atenderos.

—Es agradable tener en la vecindad a una compatriota…

—Es española —informó Laver con tono seco, pero sin llegar a ser grosero.

—¡Ah! Perdonad mi desliz —se disculpó el genovés, incómodo porque no conseguía entibiecer la frialdad con la que era acogido por el duque—. Habla con tal soltura el italiano que creí encontrarme ante una paisana.

—Soy sevillana y estudié con un genovés que tuvo la amabilidad de introducirme en los intrincados conocimientos del comercio —intervino Mariana, un poco molesta por la actitud de Antoine para con unas personas tan educadas.

—¿Un genovés? ¿En Sevilla? Son pocos los que se han quedado desde que el rey Carlos cambiara de banqueros —comentó, sorprendido por la extraña declaración de la mujer.

—Las familias Veglio y Pinelo han decidido permanecer allí a pesar de todo.

—Las conozco. Son fuertes gracias al comercio con las Indias Occidentales —resumió el genovés con un brillo en los ojos.

—Se hace tarde y quiero llegar al château antes de que anochezca —interrumpió Laver, intuyendo el desconcierto del italiano—. Os aconsejo que hagáis lo mismo.

El genovés se movió hacia el camino apoyado en su compañero. Los mozos y los hombres, ayudados por los marineros, habían conseguido rehacer las filas de mulas y recuperar los caballos que se habían alejado espantados. Laver dejó a Mariana instalada en el coche y los demás recuperaron sus caballos para reemprender la marcha. Cuando el coche pasó junto a los mercaderes, Mariana se despidió de ellos en italiano y les dedicó una sonrisa.

 

Se quedaron los extranjeros parados en medio del camino, contemplando el polvo que levantaba el coche, hasta que Francesco, ya montado con el brazo vendado y dolorido, les sacó de su éxtasis con la orden de partir.

—¿Quién era esa mujer? —le preguntó su cuñado.

—En la práctica, la duquesa de Anizy. Pero, ¿quién es ella? Lo ignoro. Me ha dicho algo que no me encaja: ¿por qué una poderosa familia genovesa iba a instruir a una mujer española?

—Tenemos nuevos duques —comentó el otro sin plantearse nada más—. Espero que no sea tan estúpido y relajado como el otro.

—Mucho me temo que no. Espabilemos, si no llegamos a Laon, no podremos enterarnos de dónde ha salido el nuevo duque y, ¡vive Dios!, que se me ha despertado la curiosidad.

 

Antes de llegar a Laon, que era la población más importante cercana al château, se desviaron y embocaron un ancho valle por donde discurría plácidamente el río Ailette, que aportaba sus aguas al Aisne. En el fondo del valle, con los últimos rayos de sol, Mariana divisó un amplio palacio de tres plantas y tejados de pizarra con mansardas, del mismo estilo que los que había visto en Versalles. A los costados, todavía se levantaba la muralla medieval y la puerta de acceso al viejo castillo de los Laver, ubicado detrás de aquella obra inconclusa.

Laver se quedó de piedra ante el impacto visual de la mezcla de estilos, aunque se alegró de que su impulsivo hermano no hubiera derribado lo antiguo sin terminar lo nuevo. Entre los dos edificios mediaba una enorme extensión donde, en otros tiempos, se entrenaban las tropas. Aminoraron el paso para no atropellar a los arrendatarios que, curiosos, se arremolinaban para verlos pasar, alertados por el movimiento y el servicio que había llegado al viejo castillo días atrás. Atravesaron la puerta de acceso al interior y cruzaron la gran explanada hasta la escalinata de la puerta principal, sobre la que los aguardaba Louise. Julien bajó del pescante en cuanto las caballerías se tranquilizaron para ayudar a Mariana, quien se apeó emocionada observando la vetusta y sólida fábrica del castillo que iba ser su casa. Era un cubo de dos pisos con cuatro torres, una en cada esquina, tres circulares y una cuadrada más amplia, todas ellas rematadas por almenas. Antoine llegó al mismo tiempo que ella a la entrada y le ofreció el brazo, que aceptó con una radiante sonrisa fruto de su ansiedad.

—Sed bienvenida al solar de Anizy, la casa de mis antepasados y donde nací.

—Y donde nacerán tus hijos —rezó Mariana.

Laver hubiera querido abrazarla allí mismo, pero había demasiados ojos pendientes de ellos por lo que avanzó hacia el interior.

—Todo está preparado, señor duque, aunque hay algunos problemas que resolver cuando tengáis tiempo —adelantó Louise nerviosa.

—¿Qué problemas? —quiso saber Mariana, que curioseaba impresionada el vestíbulo, presidido por una amplia escalinata de acceso al piso superior y decorado con silenciosas armaduras, como si guardaran el castillo. De las paredes, sobre panoplias rojas, colgaban toda clase de armas de diferentes épocas. Un gran aro de hierro pendía del techo con numerosas velas encendidas que iluminaban la llegada de los dueños.

—No hay servicio, señora.

—¿Qué quieres decir? —inquirió sobresaltado Laver.

—El duque anterior no pagaba los salarios, debía a todos los tenderos de Laon y nadie se preocupaba de hacer llegar la comida de las granjas, por lo que los jóvenes han buscado otras oportunidades. Sólo quedan los viejos que no tenían a donde ir, pero no son muy válidos para trabajar en un lugar como éste. Michel, Pierre y yo hemos trabajado duro para prepararlo todo.

—¿El maestro armero?

—Murió hace unos años y nadie ocupó su puesto —respondió Louise.

—¿La guardia?

—No sé cuando se han ido. Estaban aquí cuando me llamó el duque.

—Resumiendo: ¿quiénes quedan?

—Paul, el mozo de las cuadras que es muy viejo, Marcel, el cochero, y yo.

—¡Santo Cielo! —exclamó Antoine.

Se volvió hacia la entrada sin soltar a Mariana. Los hombres estaban descargando el equipaje y entrándolo en el vestíbulo. Nicole se acercaba en ese preciso instante.

—¡Clément, convoca a los hombres y que pase también Marcel, antes de retirarse con el carruaje. Louise, avisa a Michel y a Pierre.

Al cabo de un rato, se hallaban reunidos y expectantes en el vestíbulo.

—Hace unos días hice una propuesta. Quien haya tomado una decisión que la exponga ahora.

Los hombres se miraron indecisos, sin atreverse a ser los primeros. Sólo Clément permanecía tranquilo. Ante la falta de iniciativa, Laver volvió a hablar.

—¿Cuál es el problema? Podéis elegir entre el mar o servirme a mí. Por mi parte, aceptaré vuestra decisión.

François dio un paso al frente.

—Preferimos quedarnos con vos, capitán, pero hay un pequeño problema. Durante estas semanas hemos visto el trabajo de la servidumbre: mozos de cuadras, lacayos o lo que sea. Con todos los respetos, capitán, nosotros somos hombres de acción y no nos sentimos cómodos llevando notas de una casa a otra ni sosteniendo la puerta y los paquetes a la señora duquesa.

La risa franca y abierta de Laver resonó como un látigo por el vestíbulo sobrecogiendo a los presentes. Había acumulado mucha tensión durante la estancia en París y durante el viaje, para llegar al lugar de sus sueños y encontrarlo en un estado de abandono que, a muchos, les hubiera obligado a regresar por donde habían llegado. La risotada fue liberadora, reparadora, y con ella, se rendía a lo inevitable con buen ánimo.

—Os entiendo, François, porque yo tampoco me vería en ese papel. Es cierto que todo está desordenado y que tendremos que poner algo de nuestra parte para que esto funcione, al menos durante unos meses, hasta que pueda restituir el servicio. Si os quedáis conmigo, vuestra misión sería la de hombres de armas. Viajaré bastante y necesitaré escolta.

Los marineros perdieron la seriedad y se relajaron. A una mirada que François pasó sobre los presentes, estos asintieron.

—Tenéis vuestra escolta, capitán —aceptó François.

Laver sintió un gran alivio aunque no lo dejó traslucir. Apreciaba a los hombres con los que había compartido penalidades y se habían convertido, sin darse cuenta, en su sombra.

—Hasta nueva orden estos serán vuestros puestos. Jean Paul, tenéis mano para los caballos, las cuadras. Prepara una relación de lo que haga falta: arneses, herraduras, heno… Te ayudarán Edmon y Marcel. François y Sébastien recorreréis la fortificación, reconoceréis los puntos débiles y organizaréis los turnos de guardia y escolta. Me entregaréis una lista del armamento que haga falta. Teresa y Nicole, ayudaréis a madame Louise con la casa. Pierre serás el mayordomo, pero colaborarás allí donde se te requiera. Michel y Julien os encargaréis del equipaje, de la ropa de la casa y de la lavandería. Según vaya contratando servicio, iréis siendo relevados y se definirán vuestras funciones definitivas. Louise os dirá dónde dormiréis cuando terminéis con los caballos y con el equipaje. Clément, estás al frente de los hombres, te reunirás conmigo después de la cena en la biblioteca.

Laver se volvió y comenzó a subir la escalinata junto con Mariana, dando por concluida la reunión. La escalera terminaba en un corredor que se abría al vestíbulo por un lado; y por el otro, dos gruesas puertas daban acceso a las habitaciones principales: los dormitorios de los duques, y entre las dos estancias se encontraba el vestidor compartido. En una de las habitaciones, la chimenea estaba encendida, la cama preparada y el lugar olía a limpio y bien oreado. Un enorme tapiz con una escena bíblica cubría toda la pared.

—No tenemos bañera —informó Antoine desde el vestidor.

Mariana se dirigió allí, comprobó que estaba completamente vacío de trajes y entró en la habitación contigua. Había otra cama con dosel y otro tapiz, aunque esta vez de tema bélico, una mesa de escritorio bastante amplia ocupaba un ángulo.

—El dormitorio de mi padre. Lo usaremos como despacho y dormiremos en el de mi madre, donde la perspicaz Louise ha encendido la chimenea —comentó irónico. La cocinera lo conocía tan bien que intuyó el reparo que le producía su padre.

Al final del corredor, se encontraba el torreón cuadrado que albergaba el salón principal y en el que la chimenea estaba igualmente encendida. Era una estancia más moderna y con sillones tapizados junto al fuego. Un zócalo de madera forraba las paredes hasta la altura del hombro para aislar a los moradores del frío de la piedra. Un amplio ventanal abocinado se abría hacia la explanada situada al sur, enfrente de la puerta de la muralla. Dos poyos de piedra a los lados, cubiertos por cómodos cojines, y una mesa entre ambos lo convertían en el lugar idóneo para cotillear lo que ocurría fuera del edificio. Por otra puerta salieron a otro corredor de la cuadrada construcción: el corredor sur, con otras dos habitaciones que no habían limpiado, olían a humedad y estaban llenas de telarañas.

—Nuestras habitaciones de chicos. Al igual que el torreón dan a la explanada y están ubicadas sobre la puerta de entrada —dijo Antoine a su espalda—. Habrá que adecentarlas para Gastón. La torre del final era nuestra sala de estudios y de juegos. Supongo que estará igual que esto.

Se encaminaron hacia allí de la mano. Pasaron de largo por los recuerdos de Antoine y recorrieron el tercer pasillo, el del este, sin abrir las puertas de otras dos habitaciones, hasta el segundo torreón circular, donde se ubicaba la biblioteca que, sorprendentemente, sí habían limpiado, aunque no habían encendido el fuego.

—Louise te conoce muy bien. Seguro que éste era tu rincón preferido.

Antoine sonrió a los ojos de miel. Parecía que habían pasado siglos desde la última vez que había oído llamarla así: Ojos de Miel. Pero no era lo único dulce que había en ella.

El último corredor, que completaba el cuadrado de la estructura  fortificada, era sólo un pasillo en cuya pared se abrían saeteras al exterior, la zona norte. Entre las pequeñas aberturas verticales, selladas con vitelas fáciles de romper en caso de necesidad, colgaban retratos con personajes vestidos de otras épocas.

—Mis antepasados. Mi padre está al final.

Se aproximaron a verlo y Antoine alzó la vela para iluminar mejor el lienzo.

—Es curioso: no os parecéis ni tú ni Gastón. Debimos traer el de Christopher de Versalles. ¿Quién te pintará?

—¿Pintarme? —Se sorprendió Antoine—. No lo había pensado.

—No podéis romper la línea sucesoria.

Antoine no contestó. Echaba de menos a las mujeres en la pared. No conservaba ningún recuerdo de su madre, aparte de su propio rostro si debía creer a la tía Eléonore.

Mariana debió darse cuenta de que un velo de tristeza había descendido sobre él, porque le apretó la mano que mantenía entre las suyas y, con la otra, le recorrió el rostro con el dorso hasta que la sonrisa regresó a sus ojos.

El corredor terminaba en el tercer torreón circular que cobijaba una escalera de caracol para el servicio.

—Hacia arriba se sale al exterior almenado por una trampilla; la salida de enfrente conduce al corredor en el que se encuentran nuestras habitaciones y la escalera principal por la que hemos subido; hacia abajo llegamos al vestíbulo y a las cocinas.

—Estoy cansada.

Pasaron al primer corredor, pero encontraron sus habitaciones invadidas: Michel y Pierre luchaban con el equipaje mientras que Nicole dirigía la operación. Siguieron hasta el torreón cuadrado, en el que se encontraba la sala principal y donde les habían servido la cena junto a la chimenea.

Teresa les informó de que los marineros cenaban en la cocina alrededor de una larga mesa de madera con bancos. Siempre hambrientos, daban buena cuenta del fiambre de carne, del queso y del pan caliente de Louise.

Después de cenar, Clément subió a la biblioteca por la escalera de caracol, cruzó la galería de polvorientos retratos y llegó a la biblioteca, que estaba tan fría como el resto del tétrico castillo. Laver lo esperaba luchando con un montón de viejos libros.

—Estos son los libros con la relación de arrendatarios y los impuestos que deben pagar. No creo que estén al día. Mañana nos desplazaremos a Laon para visitar al administrador, que los tendrá al día. Has crecido en una granja y conoces el mundo rural. Serás mis ojos y mis oídos durante mis ausencias. Por esa razón me acompañarás estos días por el feudo, para que te familiarices con el terreno y con la gente.

—¿Cómo sabéis que he sido campesino? —inquirió Clément antes de retirarse.

—Buena pregunta, aunque difícil de contestar. El que ha crecido en el campo es diferente del que ha crecido en la ciudad. François es de ciudad.

Laver hubiera podido contestarle que lo había deducido por su comportamiento. Había sido educado en unos valores que le impedían actuar con doblez, de ahí las cicatrices del látigo que lucía en la espalda, debidas al enfrentamiento con algún superior por alguna injusticia; mientras que François era capaz de descerrajar el cofre de un cobrador de impuestos y no había recibido latigazos. Pero no lo creyó necesario. Clément era celoso de su intimidad, hablaba poco, le caía bien y no quería incomodarlo. Sin embargo, para su sorpresa, el rubio normando de ojos azules y de fuerte estructura ósea comenzó a relatarle su vida.

—Mis padres eran campesinos normandos para quienes la familia era importante y los lazos que los unían eran sólidos. Las malas cosechas los arruinaron y el dueño de las tierras nos expulsó. Mi madre, embarazada, murió en un parto prematuro en medio del camino, debilitada por el hambre y la enfermedad. Mi padre fue encarcelado por robar comida para mí y mis hermanos. Al quedarnos solos, rapiñábamos por los pueblos lo que podíamos. Los dos mayores realizábamos tareas de jornaleros, pero se aprovechaban de nosotros. El más pequeño falleció de unas fiebres y la chica, de trece años, se casó con un muchacho que, por entonces, era oficial artesano y fijaron su residencia en Brest. Aún vive allí, aunque es viuda. Le dejé recado de mi regreso a Eugénie, el contramaestre, que se avino a hacérselo llegar. Cansados de que los campesinos nos tomaran el pelo, decidimos probar fortuna en el mar. Embarcamos en Brest, pero en diferentes naves porque no había sitio para los dos juntos. Mi hermano desapareció junto con el barco, nunca regresaron de su singladura, y yo me quedé solo.

—Tendré que viajar a Brest con mi nuevo cargo. Me acompañarás, así podrás visitar a tu hermana —prometió Antoine, conmovido por la confidencia del marinero y porque era el discurso más largo que le había oído.

 

Clément dejó al capitán bregando con los papeles. Podía haber seguido hablando de su vida como marinero, que no fue fácil y que aprendió apretando los dientes cada vez que sentía miedo. Miedo a esas aguas insondables y a lo que escondían en sus profundidades, miedo a las tormentas más inclementes en el mar que en la tierra, miedo a la maldad de los hombres de quienes recibió la dureza del látigo, del cual guardaba un recuerdo grabado sobre la piel de su espalda. Con el tiempo, superó sus miedos y aprendió a vivir en silencio, sin hacerse notar. Cumplía las tareas sin llamar la atención de sus superiores; se ganó el respeto de sus iguales al no meterse en los asuntos ajenos y al mantener la boca cerrada. Hasta aquel preciso instante no le había sido revelado por qué ese hombre de personalidad tan particular, que lo atravesaba con su verde mirada, lo había elegido: justamente por todo aquello por lo que había pasado desapercibido para otros hombres. Por esa razón le había abierto las puertas de su alma.

Desde que había embarcado en el Le Fort, las maneras del primer oficial lo habían atraído. Se dirigía a los hombres por sus nombres y no aplicaba castigos corporales. Mantenía la distancia, aunque los hombres no eran invisibles para él. La preocupación por el bienestar de la tripulación fue constante durante la estancia en Cartagena: la comida, las misiones, la salud, hasta el punto de que otras dotaciones les llamaban «los niños del Le Fort». Clément, cerrado en sí mismo para el mundo, donde sólo había vivido desdicha y violencia, sintió crecer la admiración por el hombre que pasaba por alto las habladurías de los demás, se bañaba con frecuencia y le cantaba a su amor como un cómico, sin perder un ápice del respeto que despertaba. La hombría la imponía con la destreza de la espada; y la inteligencia, con la intrepidez de sus decisiones. Era valiente y peligroso, pues el pulso no temblaba si había que asesinar, como había comprobado en el asalto al burdel de Cartagena o en la conveniente muerte del oficial Pardieu. No estaba en contra del asesinato justificado, pero sí en contra el sufrimiento gratuito, pues la vida ya era demasiado dura de por sí. Mantenía su palabra: habían cobrado la paga extra que les prometió. La vida era fácil a su lado y él se merecía un respiro después de un camino de espinas. No, no tenía ninguna intención de dejarlo.

 

Cuando Antoine dejó la biblioteca era casi la medianoche y el castillo dormía. Bajó por la escalera de caracol a la cocina y entró en la despensa muy decidido. Movió un cajón con botellas de vino y dejó al descubierto una trampilla de madera con una argolla que procedió a levantar. Mientras encendía otra vela para no dejar a oscuras la despensa, asomó la escuálida figura de Teresa, armada con su cuchillo toledano.

—No deberías andar con cuchillos, te vas a cortar —reprendió Laver divertido.

—¡Oh! ¡Qué susto! Creer ladrones —suspiró aliviada la chica.

—Eres muy valiente viniendo sola.  ¿Dónde están los hombres?

—En las habitaciones para el servicio en el vestíbulo, excepto Pierre, dormir debajo de la escalera, y yo ocupar el camastro de la marmitona en la cocina. Yo oír.

—¿Y Nicole?

—En la habitación redonda, debajo de la biblioteca, con Louise.

—A partir de mañana dormirás con ella. Es una huída. El anterior dueño no sólo abusaba, sino que disfrutaba maltratándola durante el coito. Confío en que la cuides como a Mariana. Necesitará de tu ayuda. Mantén a los hombres apartados de ella, la chica es una golosina.

—Así lo haré. Creer sólo ojos para vuestra esposa.

—Así es, pero no me impide ver la realidad —contestó sonriendo Antoine—. Acompáñame.

Bajaron los toscos escalones tallados en la piedra hasta la gruta subterránea. Era la despensa de verano, excavada bajo tierra para aislar los alimentos del calor. Allí se encontraban los arcones y las piezas de tela que había traído de Cartagena, tal como le había indicado Gastón.

—Nadie debe bajar aquí, ¿entendido? Tú controlarás la cocina, Louise está mayor para eso. La pondré al frente de las doncellas cuando las tengamos. Así que te será fácil.

Teresa asintió con gravedad. Laver se percató de que la chica, descalza y en camisa, empezaba a acusar el frío y la humedad.

—Mañana, cuando todos estén en sus quehaceres, bajarás con Pierre y sacaréis todos esos rollos y los llevaréis al cuarto de la torre redonda, bajo la sala de estudio. Que Michel lo organice a su gusto para que pueda coser allí y que almacene las telas de manera que no se estropeen. Ahora vuelve a la cama. Te estás quedando helada.

Laver se quedó cavilando qué haría con todo aquello cuando se marchó Teresa. Muchas cosas se las quedaría pero otras las vendería. Eran objetos de lujo y se pagarían bien, pero no reuniría lo suficiente para reiniciar las obras del nuevo château. Como mucho, terminaría la estructura pero no llegaría a decorar las habitaciones como se merecía un edificio tan fantástico como ése. Mansart era muy bueno, y también lo cobraba.

Se acercó a un arcón que estaba almacenado encima de otro y le quedaba a la altura de la cintura. Lo abrió y una explosión de colores alegró su retina, destacando en el grisáceo sótano: batines de seda bordados con motivos orientales. Sacó uno de gran suavidad y una ligereza increíble, acostumbrado a las pesadas prendas europeas. Miró la altura del arcón y calculó que habría muchos porque casi no abultaban. Pero también pesaban poco y recordaba que los arcones no eran ligeros precisamente. Metió la mano y levantó un buen montón de batines: pesaban, pero mucho menos que la ropa de uso normal. Sobre otro arcón fue depositando todos los batines. Calculó unos cien batines de brillantes colores.

Levantó el arcón por un costado con gran esfuerzo a pesar de estar vacío. Los españoles construían los arcones a conciencia para soportar grandes distancias, por lo que serían valiosos para los comerciantes. Repasó el grosor de las paredes y de los herrajes esquineros: no le parecieron diferentes a los franceses. Con una mano dentro y otra por fuera, fue siguiendo la pared del arcón para comprobar la factura, cuando la de dentro se detuvo antes de que la mano de fuera llegase al final. Repitió la operación con el mismo resultado. El fondo interior estaba más arriba que el fondo exterior. Comenzó a golpear, pero no sonaba hueco. Era absurdo que construyeran un arcón con un fondo tan grueso.

Una idea cruzó su mente: el cofre del recaudador estaba tapizado de grueso terciopelo para amortiguar el sonido de las monedas. ¿Con qué traficaba aquel pirata? Aparentemente Miguel comerciaba con lo que había a la vista. Otra idea atravesó su mente poniéndole el vello de punta. Después de demoler la casa de Cartagena en busca del mentado botín de Miguel, no lo encontraron, a pesar de que las evidencias apuntaban a que se hallaba allí. ¿Por qué estaba toda la mercancía tan preparada para ser trasladada? Habían partido de la premisa de que era comerciante y de que necesitaba trajinar con sus mercaderías, pero también era cierto que planeaba huir a la península con Mariana y el botín. Comenzó a buscar metódicamente un resorte o un resquicio por el que se pudiera acceder a ese falso fondo. Palpó en el interior dos ranuras muy finas, una a cada lado del arcón. Encajaba tan perfectamente el suelo que hacía falta algo que entrara por esas ranuras para subir el fondo-tapa y sacarlo, pero ¿con qué? Repasó mentalmente los utensilios que había en la cocina. Subió nervioso y cogió un tenedor para trinchar y una rasqueta para limpiar el horno. La rasqueta no sirvió: demasiado recta; pero el tenedor, sí. Volvió a subir y buscó otro más.

Con un tenedor en cada extremo tiró hacia arriba. Al principio necesitó hacer fuerza pero, cuando el fondo se movió, fue fácil subirlo con los tenedores. El trabajo era magnífico. Encajaba tan perfectamente que, en cuanto tiraba más de un lado, la plancha se atoraba. La impaciencia lo consumía y, a pesar del frío, sudaba. Cuando llegó arriba, la cogió y comprobó que el anverso estaba, como había imaginado, tapizado de terciopelo. Introdujo la vela y lo que vio, lo dejó sin resuello.

Posó la vela y sacó una de las barras: eran barras de plata. La acercó a la vela y observó el sello de la mina. No entendió nada, pero estaba seguro de que Mariana sí sabría descifrarlo. Volvió a tomar la vela y contó: cincuenta lingotes, aunque los últimos parecían de distinto tono. Sumergió la vela en el arcón: veinte de ellos eran de oro. Laver se volvió y contó los arcones que había: catorce. Sintió vértigo. Se hallaba en un apuro muy serio si todos contenían barras. Sólo las manejaban los grandes banqueros y los reyes. La procedencia delataría a quienes las tuvieran. Allí habría una fortuna propia de un rey.

Se aproximó a otro arcón y lo abrió. Sacó varias vasijas grandes: ensaladeras, fruteros y fuentes, envueltas en telas para protegerlas. Eran de cerámica esmaltada y estaban profusamente decoradas. El trabajo era tan excelente que despertó su curiosidad. Le dio la vuelta y vio el sello de los Fontana de Urbino: una obra de arte. Sacó el resto con mucho cuidado y, con la ayuda de los tenedores, extrajo el falso fondo. En lugar de lingotes había sacos de piel sobre el lecho de terciopelo. Varios sacos contenían perlas y esmeraldas pero la gran mayoría eran de monedas nuevas, brillantes, acuñadas allí como anunciaba su reverso, con las dos columnas de Hércules sobre unas ondas de agua y el lema «Plus Ultra»: eran reales de a ocho de plata de las Indias, como los que había en la caja de la dote. Tanteó los sacos para verificar si todos guardaban monedas hasta que dio con uno diferente. Lo abrió a la luz de la vela y un rosario de cuentas, de rojo coral con engarces y cruz de oro, resbaló hasta su mano junto con un anillo de oro con una gran esmeralda engarzada y una cruz de esmeraldas con la Virgen con el Niño grabados en el reverso.

Se quedó con una barra de oro, un par de sacos de piedras preciosas, con el bolsillo del rosario, el anillo y la cruz y guardó el resto, volviéndolo a colocar como estaba, con las mercaderías incluidas y los arcones bien cerrados. Dejó aparte uno que lucía una muesca hecha por él para destacarlo de los demás: albergaba las figuras eróticas de porcelana. Subió a la cocina y guardó los tenedores en su sitio. Ascendió por la escalera de caracol a su dormitorio donde Mariana, rendida por el ajetreo del día, dormía profundamente. Se echó a su lado vestido pues pronto amanecería. De cualquier forma, no podía dormir. Sentía bullir la sangre impelida por la emoción. Reconocía los nervios y la euforia propios de cuando entras en combate. La mente estaba lo suficientemente alterada como para mantener lejos al sueño. ¡Qué paradoja! Era inmensamente rico sin poder disfrutarlo. ¿Sería esa la venganza de Miguel? No conocía el total, pero daba igual. Sólo con los lingotes del arcón descubierto ya tropezaría con problemas. Las monedas y las piedras preciosas eran un obstáculo fácil de sortear, pero las barras…

El ruido del roce de la ropa y las voces lo despertaron. El sol inundaba la habitación, alejando las sombras y las angustias. Su fulgor y su calidez insuflaban alegría en el ánimo. Era una tregua que el clima ofrecía a los hombres antes de la inevitable llegada del invierno. En algún momento de la madrugada, el sueño lo había derrotado.

—¿Cómo puedes dormir vestido? —le reprochó la voz de Mariana, a quien no veía.

—No quise despertarte —se disculpó Antoine—. Estás muy guapa cuando duermes.

—No estoy sola —le advirtió la voz desde la otra habitación.

Antoine se levantó y se dirigió al vestidor. Prácticamente ya estaba vestida, ayudada por Nicole.

—Voy a ir a Laon con Clément para hablar con el administrador —informó Antoine—. No volveré hasta la tarde.

—Te acompaño —anunció Mariana.

—No es necesario. En cuanto tenga claro el asunto, te informaré. Relájate y descansa.

—Estoy descansada y llena de energía. Este sol me ha levantado el ánimo. No es como el de Sevilla, pero puede servir. Exploraré Laon con Nicole, mientras Louise y los demás siguen con el trabajo de instalarnos. Será mejor para ella que no la importunemos con nuestra presencia. Le he dicho que desayunaremos en la cocina con los demás, para ahorrarle trabajo.

En la cocina ya estaban desayunando los hombres alrededor de la mesa. El extremo que quedaba más cercano al horno estaba reservado para los señores. Laver se percató de que los hombres llevaban el cabello húmedo. Se habían bañado en el patio aprovechando el buen tiempo, pero las camisas seguían sucias. Tomaron asiento y Teresa se apresuró a servirles. Antoine reparó en la vajilla de peltre con el escudo de armas de los Laver, que en su momento debió de ser todo un lujo. Recordó el botín de la bodega. Hasta que no resolviera el dilema, no podría disponer de él.

—Michel, en cuanto hayas organizado a tu gusto la habitación que te indicará Teresa, confeccionarás ropa para los hombres.

—¿Corrientes o uniformes de lacayo? —aventuró el aludido.

—Corrientes, con los que puedan montar y batirse.

El alivio de los marineros se dejó sentir. Laver comprendía que no les hicieran ninguna gracia los atuendos afeminados que habían visto en la servidumbre de París y de Versalles.

—Louise, arregla una habitación para ti sola y deja la actual para Teresa y Nicole, que la compartirán.

—No me importa compartir la habitación —objetó Louise.

—Teresa puede ayudar a Nicole. Es mi deseo que compartan ellas la habitación —zanjó Antoine, suave pero firme, por lo que no hubo réplica a su orden.

Partieron en el coche de caballos: Clément en el pescante y él con las mujeres en la cabina. Mariana iba asomada a la ventanilla, asombrada por el tapiz verde que cubría la tierra de forma continua, por los bosques tupidos que apenas dejaban pasar los rayos de luz. De pronto, el camino desembocó en una llanura en medio de la cual se elevaba una colina sobre la que se asentaba la ciudad de Laon. La Iglesia Mayor de Nuestra Señora destacaba sobre las casas y retaba al cielo con su altura.

Llegaron a la plaza principal creando un revuelo a su paso. Hacía tiempo que no se veía el escudo de armas de los Laver por aquellos parajes. Dejaron a Marcel con el coche y Laver se encaminó a casa del administrador; mientras tanto, Clément escoltaba a las señoras y reconocía el terreno.

Laver recordaba una casa digna y modesta; sin embargo, se encontró con que la casa había mejorado notablemente. El tejado era nuevo y el jardín estaba cuidado con esmero. Rodeó la valla y al fondo distinguió un techado que protegía una calesa, y más allá un gallinero y una porqueriza. Regresó a la entrada principal y llamó a la puerta. Una mujer, con delantal y el pelo recogido bajo un gorro de paño blanco, lo recibió y lo introdujo en el despacho, donde un hombre, poco mayor que Laver, lo esperaba de pie.

—Antoine Laver —se adelantó—. Eres más joven de lo que recuerdo.

—Pierre Chauny, hijo. Mi padre falleció hace ya seis años. Heredé el cargo de manos de vuestro hermano, a quien he servido fielmente, excelencia.

—Enseñadme la relación de mis arrendatarios, las cargas que pesan sobre ellos y las recaudaciones. —Entró directamente al asunto, sin andarse con ambages.

El hombre, que debía esperar una charla amistosa previa, quedó tan anonadado que tardó en reaccionar. Finalmente, se levantó turbado para traer los libros de cuentas. Laver, sin ningún miramiento, los abrió y empezó a leer los nombres de los arrendatarios y el tipo de arriendo. Tal y como le había informado Gastón, eran rentas muy antiguas.

El señor Chauny se mostró muy servicial, aunque el nerviosismo no lo abandonó durante la velada.

—Su joven hermano ha estado hace mes y medio por aquí.

—Tengo noticia de ello, pero yo prefiero cotejar las cuentas en persona.

La labor fue absorbente y ardua, aunque Antoine estaba acostumbrado a revisar las cuentas de los bastimentos de un barco. A mediodía les trajeron un refrigerio y continuaron hasta entrada la tarde. Laver se desperezó incómodo por haber estado tanto tiempo inactivo. Reprendió constantemente al joven administrador por la falta de rigurosidad en los datos, muchos de ellos sin poner al día.

—Habrá que ir de arrendatario en arrendatario para estar al día —decidió Laver.

—Es mucho trabajo, pero me pondré a ello.

—Nos pondremos a ello. Como terrateniente deseo conocer a la gente y comprobar los pagos. Nadie ha empleado el molino, ni el lagar, ni el horno según sus datos, aunque me consta que no es así porque esta mañana había gente en el horno.

—Está recogido en el libro —se apresuró a corregir el administrador—, si me lo permitís os lo mostraré.

—Las banalités, es decir, los impuestos que pagan por el uso de los elementos comunes que figuran aquí, están por debajo de lo recaudado en tiempos de mi padre.

—Son muchos años. La población ha disminuido, el molino ha estado averiado y vuestro hermano no lo arregló en bastante tiempo. —El hombre, aunque intentaba mostrarse tranquilo, sudaba.

—Bien. Contrastaremos este libro con los que hay en el feudo y con las versiones de los arrendatarios, ya que los vamos a visitar. Tendrás noticias mías. Mientras tanto, abstente de cobrar en mi nombre hasta nueva orden.

—Sí, excelencia —contestó Chauny, más pálido que el plato de blanca porcelana que había quedado olvidado sobre el escritorio.

Salió al exterior con el libro de contabilidad bajo el brazo y lo acarició el sol de media tarde. El «pájaro» había sido muy chapucero en las sisas. La indiferencia de su hermano lo había vuelto descuidado. Había sido muy fácil pillarlo.

Entró en la posada que había en el centro de la ciudad junto a la iglesia, donde había quedado con Mariana. Paseó la mirada sobre un nutrido grupo en animada conversación y la posó en Clément, que estaba de pie en la barra con una jarra de cerveza, pero ni rastro de las señoras. Siguió la dirección de la mirada de su hombre que lo devolvió al grupo reunido. Para su asombro, allí estaba Mariana rodeada de hombres y, en un segundo plano, la acompañaba Nicole. En cuanto inició el movimiento de aproximación, la conversación se detuvo y se giraron con curiosidad a mirarlo. Intentó reconocer, del pasado, a alguno de los señores, pero nadie acudió a su memoria, excepto el rostro bien rasurado y de nobles líneas del comerciante genovés, que llevaba el brazo herido en cabestrillo.

—Señores —se adelantó Mariana—, os presento a su excelencia el duque de Anizy. El señor Luis Lucas de Néhou, el señor Ribault, el señor Lacy, y ya conocéis a Francesco Lomelin.

Una vez de pie, se inclinaron según eran mencionados.

—Vuestra propuesta me parece sumamente interesante —continuó Mariana—. Se lo comentaré al duque. Habéis sido muy considerados en hacerme partícipe de vuestros proyectos.

Los señores abandonaron los asientos y se retiraron discretamente para dejar solos a los duques. Laver decidió ser amable con el genovés.

—¿Fue grave la herida? —se interesó.

—Afortunadamente, no. Atravesó limpiamente el músculo sin interesar nada vital. Es molesta. Pasado mañana volveré a ponerme en camino.

—Os deseo un viaje sin incidencias —expresó sinceramente Laver.

—Hablando de incidencias. Me gustaría informaros de algo en otro momento. —Y con los ojos señaló a Mariana, como advertencia.

—No quisiera pareceros descortés pero tengo mucho que hacer y poco tiempo. Si os conviene, puedo ofreceros una entrevista al alba a mitad de camino, entre el château y Laon.

—Nos encontraremos en el desvío —acordó el italiano.

Antoine se volvió hacia Mariana quien, lejos de estar cansada, lucía radiante.

—He visitado la iglesia y me he presentado al párroco, Armand, un hombre de mediana edad, divertido y comprensivo con las inclinaciones humanas. No es de los que persiguen a los feligreses con visiones apocalípticas y anatemas ante horrorosos pecados. Mientras visitaba los establecimientos de la población, he conocido a la vizcondesa de Brancourt, Jacqueline, quien me ofreció una marmitona de su servicio. Nos la enviará mañana.

—No es vizcondesa —aclaró Antoine—. Es hermana del vizconde, Jean Baptiste. Son vecinos nuestros y ella era la novia de Christopher.

—Parecía que te conocía muy bien.

—Lo dudo, apenas la recuerdo. De niños corríamos todos juntos por el feudo, pero andaba pendiente de Christopher, que era el heredero. ¿Nos vamos? Llegaremos de noche a casa y podrían inquietarse después del asalto de ayer.

Una vez en el coche y en camino, Mariana le comentó los proyectos de los hombres con los que había estado hablando.

—Es un negocio fabuloso si encontrásemos dinero para invertir. El señor Néhou es sobrino del señor Richard Néhou, que vive cerca de Chesburgo, donde experimenta para obtener mejor cristal que los venecianos.

—Te recuerdo que el rey tiene el monopolio con la «Manufactura Real de Cristal de Espejos», creada por Colbert.

—Pero esto es diferente. No emplean los métodos tradicionales. Con procedimientos industriales pueden fabricar vidrio plano de grandes dimensiones: dos metros de alto por uno de ancho.

—¡Eso es imposible! —exclamó Antoine—. Te han tomado el pelo.

—De eso nada. Hay una muestra en casa del señor Néhou y me la han enseñado. ¡Es increíble! ¿Recuerdas los espejos del salón de baile de Versalles?

—¿De verdad has visto uno? —preguntó Laver sin terminar de creérselo—. ¿Qué les impide iniciar el negocio?

—Dinero. Han comprado un viejo castillo, que primero fue una abadía, en medio del bosque: Saint Gobain. Pero les faltan fondos para ponerla en marcha. ¡Qué pena ser pobres!

—Si llega a oídos del rey, los absorberá.

—No necesariamente. El rey no puede controlar todo y, a veces, sólo exige una participación. Si actuara como tú supones, nadie comenzaría nada. Francia está llena de posibilidades mercantiles —dijo Mariana exultante—. Por ejemplo, tú mismo, con el cargo que desempeñarás como Supervisor de la construcción naval, si tuvieras dinero podrías invertir. ¿Sabías que el rey ha tenido que dejar el asunto en manos de los armadores? Son los que financiaron tu expedición al Caribe y son los que mantienen las atarazanas de Brest en activo con la demanda de barcos para la Compañía Francesa de las Indias Orientales.

—¿Cómo sabes eso?

—Me informé en casa del marqués de Nointel, durante sus cenas con los armadores, ¿recuerdas?

Laver pensó en las barras almacenadas en la bodega del castillo.

—Dime, si tuvieras metales preciosos, ¿cómo los convertirías en dinero sin llamar la atención?

—Eso es fácil. Ámsterdam es la capital de los metales preciosos y de las letras de cambio.

—Pero no puedes desplazarte a Ámsterdam. Son protestantes y estamos en guerra.

—Los genoveses controlan la moneda circulante, la acaparan para venderla a los comerciantes que la necesiten para sus transacciones en Oriente. El Banco de Ámsterdam regula la compra-venta. Lo sé porque los Veglio llevaban allí la plata de Indias. Francesco Lomelin hace lo mismo.

—¿Te lo ha dicho?

—¡Qué ingenuo eres a veces, Antoine! No lo reconocería ni en el potro. Lo he deducido por lo que ha explicado de sus viajes. ¿Por qué un genovés con sus conocimientos vive en Laon? Porque está en medio de las rutas. Ahora ha vuelto de Marsella, otras veces se desplaza a Estrasburgo y pasado mañana parte hacia el Somme.

—Sigo sin verlo claro.

—Recoge letras de cambio de su casa comercial que provienen de intercambios comerciales desde el sur y desde Estrasburgo, y él, unas veces por tierra y otras por mar, las hace llegar al Banco de Ámsterdam para hacerlas efectivas o ingresarlas en la cuenta de la casa comercial en espera del momento en que puedan necesitarlas. Las mulas que llevaba no valían mucho, no pueden cargar con tanto género como para hacer rentable tanta molestia. Es un velo para tapar su verdadero comercio: el dinero.

Antoine la miraba atónito. La recordaba extasiada como una niña en la Ópera, o ante un farol encendido que iluminaba una calle, o la falta de mundo para moverse en la Corte. Sin embargo, lo había calificado de ingenuo por no conocer las rutas de los metales preciosos y de las monedas que ella dominaba ampliamente.

Llegaron a Anizy un poco tarde y François, como había augurado Laver, se encontraba inquieto. Nicole descendió la última, adormilada por el aburrimiento que la había invadido ante la complicada y tediosa conversación que habían mantenido los amos quienes, esa noche, cenaron en silencio: Mariana devanándose los sesos sobre cómo obtener dinero; y Antoine debatiéndose indeciso sobre cómo gestionar los lingotes. Lo evidente del caso es que él desconocía el mundo de las finanzas por lo que era fácil que diera un paso en falso por ignorancia. Sin embargo, frente a él se sentaba alguien de plena confianza que era una experta. El problema residía en cómo se tomaría Mariana la procedencia del dinero. Había reaccionado mal con una simple caja de caudales, luego con aquello… tendría que arriesgarse porque el asunto le quedaba grande. Él sabía administrar un barco o un feudo, pero las finanzas a gran escala eran un mundo fuera de su alcance.

Para exponer un tema tan delicado, aguardó a que todos se retirasen y estuvieran seguros en su habitación, fuera de oídos indiscretos y de posibles interrupciones. Mariana escuchó serena el relato de su descubrimiento y él estuvo atento a sus reacciones para adelantarse a su rechazo pero, igual que sucedió aquel día en Cartagena cuando ofreció la macabra solución para deshacerse de los cuerpos de los piratas, volvió a sorprenderle con una solución pragmática y lejos de sus temores.

—Deberíamos estar seguros de la calidad y del peso de las barras, así cómo la totalidad de que disponemos. Sólo has mirado en dos arcones.

—Habría que vaciarlos todos. Es mucho trabajo —objetó Antoine—. Tomé una barra de oro como muestra.

—Otra opción es jugarlo todo en la suposición de que habrá más.

—¿Jugarlo?

—Sí. El señor Lomelin parte pasado mañana y llevará un montón de letras de cambio que podría entregarnos por los lingotes, siempre y cuando quiera arriesgarse con el cargamento.

—¿Te fías de él? —preguntó incrédulo Antoine—. No lo conoces de nada.

—Antoine, es genovés. Sus letras de cambio serán muy buenas y serán aceptadas gustosamente por cualquier banquero, y más si tiene liquidez en el Banco de Ámsterdam, como así va a ser con los lingotes. Él mismo estará encantado y en la discreción le va el futuro en los negocios. Puedes confiar plenamente en él en ese sentido; otra cuestión es la negociación del precio: intentará obtener el mayor beneficio. También es cierto que es el que más arriesga porque, hasta que las barras no lleguen a la seguridad del banco, no tiene nada. Enséñame la barra que tienes.

Antoine se dirigió al tapiz de la escena bíblica, lo levantó y descubrió la oquedad en la que descansaba la caja de la supuesta dote. Cogió la barra y se la pasó a su esposa, después tomó los sacos.

—Estos sellos reales incompletos son de Carlos II. Los números romanos indican la pureza —indicó Mariana.

—Veintitrés quilates. ¿Y los puntos?

—Indican los cuartos: veintitrés quilates y tres cuartos. Un punto por cuarto —contestó Mariana y, sopesando en la mano la barra, calculó—: quinientos gramos, creo. Necesitaremos una balanza. Si efectivamente todos los arcones contienen barras o monedas, podrás levantar el feudo y, aun así, tus nietos seguirán siendo ricos.

—Hablas en singular, ¿vas a abandonarme?

—No, pero es tuyo.

—Sólo lo que declare. Me ronda alguna idea sobre cómo resolver ese problema. Ya veremos. Además, encontré estos sacos con piedras y perlas —dijo al mismo tiempo que desparramaba el contenido sobre la mesa.

—¡Oh! Las perlas han sido seleccionadas: son del mismo tamaño aproximadamente. Las esmeraldas, demasiado grandes, aunque falta tallarlas. Es trabajo para un buen orfebre. Seguramente Lomelin nos facilite el nombre de reconocidos artesanos italianos. ¿Y en ese saco?

—Un regalo para ti —ofreció Antoine alargándoselo.

—¡Oh! Es demasiado para mí —exclamó Mariana, admirando la cruz, el anillo y el rosario.

—Es una pena que la barra esté mellada.

—Es el bocado del quilatador, el que certifica la pureza —explicó Mariana con una sonrisa—. Estas barras han sido robadas fuera de la mina y seguían una vía legal.

—¿Una vía legal?

—Hay oro que sale de la mina que evita pagar a la corona los impuestos y no sigue una vía legal. Son barras sin sellos y sin calidades certificadas. El anillo os lo cedo. Debió pertenecer a un hombre, es demasiado grande para mis dedos.

—Me siento como un tonto a tu lado. Siento defraudarte con mi ignorancia —se disculpó Antoine, tomando el anillo y probándoselo.

—Ahora comprenderás cómo me sentí yo en el barco bajo tus burlonas puyas sobre mis pobres conocimientos de navegación —le recordó sin rencor, pero con satisfacción—. Hay un refrán en España: zapatero a tus zapatos.

—Nos dividiremos el trabajo: tú llevarás la administración del feudo y de las empresas que iniciemos, te ocuparás de las finanzas y de las inversiones; yo me ocuparé de la reforma agraria, de las estrategias y de los hombres que nos hagan falta para nuestras empresas.

—¿Estás ofreciéndome una asociación? —preguntó Mariana divertida.

—¿Dudas de mi seriedad como socio?

—No, pero me parece una visión fría de nuestro futuro.

—Tienes razón. Ahora mismo vamos a hacerlo más cálido.

Antoine la tomó entre sus brazos y la besó largamente mientras le desabrochaba el vestido.

—Por cierto, no le has puesto reparos al botín de tu ex pretendiente.

—He decidido ser pragmática. El botín no puede ser restituido, se lo quedaría algún rey, y los que hayan muerto por él, ya están muertos, no volverán a la vida. Le daremos un buen uso para limpiarlo de la sangre que lo mancilla.

—Me gusta tu religión, pero ten cuidado con la Inquisición. Estoy seguro de que no le agradarían tus palabras —advirtió Antoine arrastrándola a la cama.

Antes de que rompiera el alba, Antoine bajaba por la silenciosa y fría escalera principal, contemplándose la mano en la que se hallaba el anillo: la esmeralda hexagonal primaba sobre el engarce de oro labrado del anillo. Las paredes del castillo no se habían caldeado todavía con el calor de los cuerpos y un somnoliento Pierre lo esperaba en el gélido vestíbulo.

—Clément está ensillando los caballos en el establo —informó al capitán.

El ruido de los cascos de los caballos sobre el empedrado del patio anunció su presencia. Salió abrigado con el capote, por debajo del cual asomaba la espada de asalto. Montaron en los caballos y cruzaron despacio la explanada hasta la puerta del rastrillo, para no turbar el sueño de los durmientes. Marcharon a lo largo del valle siguiendo el curso del Ailette, que desembocaba más al sur en el Aisne, pero ellos lo abandonaron al llegar a la desviación y tomaron el camino hacia el norte, hacia Laon. El genovés no había llegado, por lo que peinaron la zona en previsión de desagradables sorpresas. Se presentó el italiano acompañado de dos hombres que lo saludaron fríamente. Laver sugirió a Lomelin distanciarse de los demás. Los compañeros lo miraron recelosos, pero Lomelin aceptó de buen grado.

—Lo que he de comunicaros no requiere tanto secreto. No lo expuse ayer por la tarde para no incomodar a la duquesa —explicó el hombre.

—Yo sí tengo una propuesta que haceros fuera de otros oídos. Pero vayamos por partes: vos primero.

—Es sobre el asalto que sufrí el día en que nos conocimos. Esta zona no ha sido muy castigada por la climatología y el campesino disfruta de rentas antiguas, por lo que no hay delincuencia y, aunque supieran a qué me dedico, retornaba de un viaje muy largo y era imposible adivinar cuando regresaría. Aquellos hombres estaban al acecho, el acento era parisino y os conocían a vos. Uno de mis hombres oyó gritar: «¡El duque!», y echaron a correr como liebres. Os esperaban a vos. No quería alarmar a la duquesa.

—Os lo agradezco.

La mente de Laver trabajaba rápido. El «figurín» no había desistido de su plan vengativo y lo había seguido hasta allí. No obstante, esos hombres se encontraban fuera de su elemento, mientras que él dominaba la tierra en la que había nacido. Ante el prolongado silencio del duque, el genovés carraspeó.

—Mencionasteis una propuesta —le recordó el genovés.

—¡Ah, sí! —reconoció Laver, aunque indeciso sobre cómo abordar el tema. Decidió sincerarse, siempre se pillaba al mentiroso—. Se trata de algo desconocido para mí y hubiera preferido que mi esposa estuviera presente, pero la premura de la entrevista no lo ha hecho posible. Ella está convencida de que vos comerciáis con dinero, que recaudáis del sur y del este y lo canalizáis hacia Ámsterdam.

—No entiendo que interés pueden suscitar mis asuntos —respondió molesto Lomelin.

—Si no estuviera equivocada, el interés podría ser mutuo —respondió Laver, seguro de que Mariana había dado en el clavo.

—No necesito socios. Gestiono para la familia.

—¿Compráis metales preciosos? —lanzó Laver.

El genovés acusó el golpe. Entrecerró los ojos mientras lo evaluaba.

—¿Más reales de a ocho? Seré sincero. Sé que habéis vendido dos bolsillos de monedas de plata.

—No mantuvo la discreción el viejo —comentó Laver irritado.

—¡Por supuesto que la guardó! —refutó el genovés—. Entre los genoveses infiltramos espías. Somos rivales. El viejo es avaro y paga mal a sus escribanos. Vuestro servicio fue realizado. Salió del país sin dejar rastro. ¿Cuántas queréis vender esta vez?

—Ninguna. Es algo más serio: barras de oro y de plata —contestó en un susurro.

El genovés lo miró con ojos desorbitados.

—No hay negocio. No quiero pender de una soga. El rey Luis habrá extendido sus redes por todo el país en su busca. Los intendentes aduaneros y portuarios no se andarán con miramientos.

—No se puede buscar lo que no se sabe que existe.

—Habéis llegado de las Indias con el barón de Pointis. Sois un ingenuo si creéis que habéis pasado desapercibido.

—No habéis perdido el tiempo para haber llegado de un largo viaje —comentó irónico Laver.

—Mi supervivencia, como podéis constatar ahora, depende de la información.

—Acabemos con esto —atajó Laver impaciente—. Nadie conoce su existencia porque no procede del asalto, es decir, no ha sido catalogado, nadie lo ha visto salir de Cartagena y ha recorrido el suelo francés incluso con mi propia ignorancia. Hasta que he llegado al castillo, no he tenido conocimiento de su existencia.

—¿De cuántos lingotes estamos hablando?

—Treinta de plata y veinte de oro.

—¿Y decís que desconocíais su existencia? Alguien os está jugando una mala pasada y vendrá a reclamarlo.

Muy a su pesar Laver le describió la casa de Miguel y la personalidad del individuo, sin mencionar el papel de Mariana y cómo se trajo el cargamento de objetos suntuarios. Le confesó el desembarco y el desplazamiento en manos de contrabandistas hasta la llegada a Anizy.

—Os tomasteis muchas molestias, luego el propio cargamento debe merecer la pena. ¡Menudo pájaro el Miguel! ¿Una caja de recaudación de impuestos? Me alegro de no vivir allí. Los piratas son muy arriesgados. El comercio debe ser difícil con tantas manos ávidas.

—En el Caribe, los propios piratas son las escuadras de barcos de guerra de los diferentes países. Inglaterra se ha quedado con el botín que recuperó de nuestros barcos apresados. Las patentes de corso están al día, incluso entre aliados, como podéis apreciar.

—Como habéis dicho antes, si no es dinero de nadie, nadie lo buscará. Tendré que ver las barras y asegurarme del peso.

—Habrá que hacerlo de noche. Mis hombres conocen los arcones pero no su contenido extra.

—Sé que es inusual, pero tengo entendido que es un rasgo vuestro muy característico por lo que a nadie extrañará: invitadme a cenar. Yo me encargaré del resto.

—Hago lo que debo hacer en cada momento según las circunstancias, no comprendo por qué lo consideran extravagante ni por qué la fama corre por delante de mí.

—El que alguien de vuestra posición social opine como vos, ya es una rareza de por sí —manifestó con una sonrisa Lomelin—, y os lo digo como halago.

Regresaron al castillo y dio orden a Pierre de que subiera el arcón de los batines de seda y otro, con una marca especial, a la cocina con ayuda de Teresa, y luego al salón con ayuda de varios hombres. Dejó recado del invitado a cenar.

Laver estuvo visitando a algunos arrendatarios a lo largo del día junto con Clément. Les informó sobre su intención de dejar el barbecho a favor de un cultivo intensivo y de comprar ganado para aumentar el abono de los campos. Les explicó la necesidad de concentrar y cerrar los dedicados a huerta y regadío. Prometió exenciones en los derechos señoriales y nuevo equipamiento a quienes aceptaran el cambio, y advirtió de graves consecuencias para aquellos que no cedieran a las nuevas técnicas agrarias.

La finalidad de todas aquellas explicaciones, pacientemente expuestas, era difundir sus intenciones entre los arrendatarios, quienes al atardecer se congregarían en algún lugar para tomar una decisión. Seguramente, alguno se erigiría en cabecilla. Una vez descabezado el rebaño, sería más fácil conducirlos al redil. Julien, por ser el más joven y parecer el más inofensivo, había sido designado para introducirse entre ellos y localizar a dicho cabecilla.

A media tarde volvieron al castillo, cansados pero animados por el fructífero día, pues habían encendido la mecha de una revuelta campesina contra el señor. Clément llevó los caballos a los establos y Laver se dirigió al salón, donde la chimenea crepitaba calentando los fríos muros. En una esquina de la estancia divisó los arcones. Le informaron de que la marmitona, enviada por Jacqueline de Brancourt, se había presentado y había sido aceptada por Louise, que conocía a su madre, la cocinera del vizconde. Antoine fue al dormitorio para quitarse la ropa de montar y ponerse algo más acorde con la velada que iba a pasar con invitados. Nicole estaba terminando de peinar a Mariana por lo que mantuvieron una conversación anodina, aunque ambos estaban excitados como niños ante la inminente visita que disiparía sus problemas económicos. Pierre subió tan rápido como se lo permitió su pierna renca para advertir de la llegada de los italianos a la entrada de la muralla y volvió a bajar para recibirlos.

El matrimonio descendió por la escalera con aparente tranquilidad.

—Sigo sorprendido por lo rápido que has aceptado este descubrimiento cuando rechazaste en París la caja de caudales —susurró Antoine.

—Recordé un refrán: «Quien roba a un ladrón, tiene cien años de perdón».

—El cinismo hubiera sido el último defecto que te hubiera atribuido pero, en este caso, te sienta bien.

El señor Lomelin vestía elegantemente verdes y marrones bien combinados, aunque sin el rebuscamiento francés. La parquedad, la elegancia innata y la apostura del italiano le recordaron a Mariana con el traje azul en Cartagena, y sintió una punzada de celos al considerar la posibilidad de que Mariana los comparase. ¿Sería así el genovés que dejó en Sevilla?

Mientras cenaban, con Teresa y Nicole entrando y saliendo para servirles, mantuvieron una conversación discreta y fría sobre los cambios que Laver planeaba introducir en el campo.

—Os será difícil tal como están las leyes en Francia, sin embargo os animo a ello. He visto los ricos campos de los Países Bajos y, en un territorio menor que el estado francés, obtienen una producción mayor. A pesar de las guerras, no conocen el hambre y el ganado es una visión usual. Hablando de guerras, he recordado que olvidé informaros de un cambio en mi ruta. El Sacro Imperio Germánico ha decidido firmar el Tratado de Rijswijk dentro de unos días, el treinta de este mes de octubre. Como hay paz por toda la zona flamenca, se está organizando un gran desplazamiento de mercaderes desde Lille. Si no encuentro allí a mi enlace, me uniré a ellos para llegar a Ámsterdam. Es más largo, pero más seguro que por mar.

Laver obvió la mitad de la perorata del genovés y se abalanzó sobre lo que había despertado su curiosidad.

—¿Habéis visto los resultados del cultivo intensivo? ¿Qué plantas empleaban?

—No soy experto en ese tema, pero no es sólo problema de plantas. Como os he mencionado, el ganado es abundante y lo emplean para sembrar en hileras y no a voleo. El arado, con la fuerza animal, escarda más a fondo y rastrillan más a menudo. Dominan el agua que mantienen canalizada con acequias y charcas artificiales para el regadío estival, aunque este verano el agua ha sobrado en el campo aquí, en Francia, estropeando la calidad de las cosechas.

—Es mucho trabajo —reflexionó Laver—. Me va a costar convencer a esos palurdos. Mi dilema está entre cultivar plantas forrajeras para el ganado o cáñamo para los barcos.

—He estado fisgando los planos que trajisteis ayer de casa del administrador —intervino Mariana—. El río Ailette divide el feudo en dos partes. El mismo río sirve de frontera entre el cáñamo y las leguminosas. Por cierto, prefiero nabos a trébol.

—¿Fisgando? No sé qué va a pensar de nosotros nuestro invitado.

—Todavía nada —admitió Lomelin—. Sigo recogiendo hilachas con la esperanza de llegar a una conclusión. Nunca había visto a un duque que tomara las riendas de su feudo personalmente y que mostrara un conocimiento y un interés tan grande por la explotación; ni a una duquesa que me desenmascarase tan rápida y certeramente en mis asuntos más íntimos, ni que comprendiera los entresijos del comercio internacional.

Laver se levantó cuando Nicole volvió a entrar, le pidió que sirviera un vino de postre y que le avisara cuando todo el personal se hubiera retirado a descansar.

—¿Qué habéis decidido sobre Saint-Gobain? —cambió de tema el italiano.

—Nada. Si hay dinero para todo, decidirá ella —resolvió Laver.

—¿Me dejarás sola? —se alarmó Mariana.

—No entiendo qué te asusta. Eres más capaz que yo. No aceptaste tu dote —añadió sonriendo— y no has recibido un regalo de bodas. Te ofrezco éste: Saint-Gobain. Te entregaré el capital que necesites y… buena suerte con tu aventura.

Nicole interrumpió la conversación anunciando su retirada. Laver cerró la puerta con llave antes de acercarse al arcón. Entre los dos hombres sacaron los batines de seda y Mariana les alcanzó los tenedores trinchantes que había sobre la mesa. Ante la expectación de Lomelin y de Mariana, Antoine extrajo el falso fondo. Tomó una barra de plata y se la pasó al genovés, quien sacó una lupa y observó el sello, la calidad y el bocado del quilatador.

—No hace falta pesarlos. Son de la mina de Méjico por lo que merecen todo mi crédito.

Laver lo devolvió a su sitio y tomó uno de oro. Lomelin repitió la operación.

—¡Menudo individuo! —exclamó con admiración—. Este oro no es español. Viene de las nuevas minas descubiertas en Brasil. Es portugués. ¿Cómo lo habrá obtenido?

—¿Representa algún problema? En realidad, están mezcladas con otras de las minas españolas.

—No, en absoluto. Está llegando con regularidad.

—¿Cómo resolvemos el pago? —inquirió Mariana.

—Ya he solucionado eso —anunció Lomelin. Abrió una alforja que descansaba en una silla—. Estas son letras de cambio por cantidades grandes, pero no llamativas en los compromisos comerciales. Si os fijáis, las fechas son de hace un año hacia atrás y el lugar del endoso es Marsella. Recordé que habéis pasado la mayor parte del tiempo sirviendo en el Mediterráneo.

—¿Recordasteis? —preguntó con sarcasmo Laver.

—De los informes que recibí sobre vos —confirmó, sonriendo con descaro el genovés.

—No habéis perdido el tiempo.

—Perder el tiempo supone perder dinero —sentenció el hombre—. También hay letras de Sevilla. Éstas podéis justificarlas como dote de vuestra esposa. De esta forma, vuestra fortuna es anterior al destino en Brest y habéis realizado un buen enlace con una mujer de posibles. Os recomiendo que empleéis la caja de caudales de la que me hablasteis para guardar el papel: estará a salvo de incendios. ¿Puedo compraros el arcón con su contenido para transportarlas? Si han recorrido medio mundo así, bien pueden seguir haciéndolo.

—Por supuesto, aunque me gustaría quedarme con unos cuantos batines, unos quince —calculó Laver.

—¿Qué vais a hacer con tantos? ¿Usar uno cada día de la semana? —se burló Mariana.

—Regalaré cinco a Gastón y otros cinco a Philippe. Escoge tres de cada color. Os cobraré sólo los batines porque podéis venderlos pero, a ser posible, el arcón me lo devolvéis.

—Si tenéis más arcones, ¿para qué necesitáis éste? —De pronto, el genovés se quedó rígido—. ¿Cuántos arcones hay como éste?

—No estoy seguro de que todos sean iguales.

—¿Qué queréis decir?

—Que no lo ha mirado —terció Mariana—. Tienen mucha capacidad, como podéis apreciar, y sacar todo para comprobarlo es mucho trabajo. Sólo examinó dos. El otro contiene monedas de plata, perlas y esmeraldas.

—Pero, ¿cuántos arcones hay? ¿Cuatro, seis? —insistió Lomelin.

—Eso da igual —atajó Laver molesto—. Ahora no podemos resolver esa cuestión. Con esas letras de cambio hay suficiente para la concentración parcelaria, poner en marcha el cultivo intensivo y terminar la construcción del palacio iniciado por mi hermano. ¡Ah! Y vuestro Saint-Gobain, no me olvido. Una vez invertido y puesto en marcha, el feudo comenzará a rentar. No hay que olvidar que todavía no he cobrado mi parte de capitán en el asalto de Cartagena.

—Han venido dos hombres conmigo en el coche. Me ayudarán a cargar el arcón. No comercio con joyas pero, si queréis, cuando me dirija al sur, puedo llevarme las esmeraldas y las perlas y encargar a buenos orfebres italianos la confección de collares, pulseras y pendientes.

Mientras Mariana recogía los suaves y coloridos batines de seda, Lomelin se fijó en otro arcón que habían escondido bajo libros y manteles. Antoine interceptó su mirada.

—Ése no está en venta y no contiene falso fondo. —Miró hacia Mariana, que andaba entretenida recogiendo todo, e hizo una seña al italiano para que lo ayudase.

—El contenido es diferente e inesperado. Había oído hablar de la liberalidad sexual en las Indias Orientales, aunque nunca de esto.

Una vez despejado el arcón, lo abrieron. Los ojos de Lomelin brillaron y una sonrisa asomó a su rostro.

—¡Vaya! Efectivamente es inesperado —corroboró el italiano—. ¿Hay más debajo?

Entre los dos levantaron el primer piso de figuras, ayudados por unos tiradores fijados en la bandeja. El segundo piso no estaba lleno. En una parte, había una superficie lisa de terciopelo. Lomelin tanteó con los dedos.

—Creo que es sólo relleno —informó Laver.

—Estáis equivocado —corrigió Lomelin, a la vez que levantaba el terciopelo. Era una tapa rígida y forrada que guardaba un libro con las tapas de oro e incrustaciones de marfil y piedras preciosas.

—¡Dios mío! ¿Qué es eso? —inquirió Laver anonadado.

—«El tratado sobre el Amor» —contestó el italiano satisfecho—. Es un libro prohibido en Occidente, aunque muy buscado y muy bien pagado. Sin embargo, lo que tenéis aquí es un regalo para alguien muy poderoso. Tanto la colección de figuras como el propio libro valen más que vuestro feudo en el mercado negro. No hay dinero suficiente para pagarlo.

Abrió el libro que, aunque estaba escrito en caracteres extraños, las ilustraciones a todo color resultaban tan elocuentes como las propias figuras.

—Este trabajo no estaba destinado para Occidente. Seguramente para algún reyezuelo hindú —prosiguió el genovés.

—Parece que entendéis mucho —indagó Laver.

—¿Qué deseáis saber?

—Todo lo necesario sobre el libro.

—Lo escribió Mallanaga Vatsyayana en el siglo tercero después de Cristo. Se trata de un profundo estudio psicológico de las relaciones entre un hombre y una mujer. Su concepción del amor se basa en el deseo sensual, en la atracción física. Habla de la formación sexual de los adolescentes, del flirteo, de la conquista, del matrimonio, de las relaciones con distintas mujeres, de la prostitución, del adulterio. Alude a los valores de la Ley Sagrada, el dhrama, que es el orden cósmico; de Lo Útil, el artha, que es el fin concreto por el que nos movemos, como la riqueza y el poder; y del Amor, el kama, que es el deseo y la satisfacción del mismo. El libro, en sánscrito, se titula Kamasutra, es decir, el Tratado del Amor. La segunda parte trata de las posturas, besos, abrazos, arañazos y mordiscos que causan placer.

—¿Cómo es que sabéis tanto? Me siento un ignorante a vuestro lado —reconoció admirado Laver.

—Algún día os contaré la historia de mi vida, pero aún es temprano para ello, ¿no creéis?

Y cerró el arcón. Se levantó y se asomó a la ventana desde la cual hizo una seña con una vela a los hombres que esperaban en la carreta.

Laver salió al vestíbulo para franquear la puerta a los dos hombres que ya esperaban fuera. Mariana había contabilizado la transacción mientras ellos estaban entretenidos con el arcón erótico, como lo designó Antoine a partir de entonces, deslumbrado por que alguien hubiera podido escribir tan libremente sobre un tema tan complicado e íntimo.

 

Lomelin no salía de su asombro. Un aristócrata sin avaricia, egolatría o ansia de poder, no era aristócrata. No le había confesado el número de arcones ni había pestañeado por el número que había arrojado al aire, luego había más de los que había propuesto. Por otra parte, el duque era una persona realmente singular porque ningún hombre, por grande que fuera su amor, confiaría una pequeña fortuna a una mujer ni reconocería la superioridad de ésta en ningún campo, como lo había hecho él, sin ningún pudor. Los informes que había obtenido sobre el capitán, aunque en un principio le habían parecido disparatados, ahora encajaban perfectamente en aquella sorprendente personalidad. No obstante, no olvidaba la fría y acerada mirada cuando lo conoció y el helado recibimiento, que chocaba vivamente con la cálida acogida de la duquesa. ¿Celos? ¿De él? Había presenciado cómo el amor había hecho estragos en personas de gran valía y deseaba fervientemente que este duque no fuera uno de ellos. Sería conveniente que distinguiera la realidad de la apariencia por el bien de futuros negocios, si estaba en lo cierto y disponía de más arcones con metales preciosos. Aun así, una mujer de tal belleza era como una maldición, pues no se podía evitar que los corazones más cerrados se abrieran a su sonrisa, pero si a la belleza le añadías una mente como la de la duquesa, se trataba de una bomba que sólo un hombre muy templado podía manejar sin miedo a que le explotase entre las manos. En principio, el duque parecía ser la persona idónea, aun así, el tiempo lo diría.

 

Cuando los italianos se fueron, Mariana se hizo cargo de las letras de cambio y Antoine de los batines y se dirigieron a su habitación. De detrás del tapiz con la escena bíblica, sacó la caja de caudales que reposaba en el hueco de la pared creado para tal fin en otros tiempos. Mariana repasaba las letras a la luz de las velas.

—Hay una fortuna aquí. Ha pagado los lingotes mejor que lo que os dieron por las monedas en París.

—¡Vaya! El día está lleno de sorpresas: además de cínica, avariciosa. El oro y la plata en bruto se cotizarán más. Lo que me sorprende es que tuviera tanto dinero en letras a su disposición.

—Lo hemos abordado en un buen momento, en medio del trasiego de fondos de la casa. Ha sido una suerte. Y no es avaricia —se defendió ella—, sino posibilidad de hacer cosas.

—Bromeaba —aclaró Antoine, besándola en el hombro—. Dentro de una semana me iré a París para encontrarme con el conde de Pontchartrain. Volveré a visitar a Mansart para que reanude las obras del nuevo château.

Metieron las letras entre el acolchado de terciopelo, dejaron los bolsillos con monedas encima de la caja en el hueco y se acostaron cansados pero sin sueño, deseosos de que el día comenzara para poner en práctica las ideas que les bullían en la cabeza.