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Desde la toldilla, Antoine Laver, capitán del Le Fort, dominaba el panorama del nuevo puerto junto a su reciente esposa, Mariana, y la doncella, Teresa, quienes asistieron a las maniobras para fondear en la bahía de Brest. A causa del botín incautado en Cartagena de Indias, no aproximó la nave a los muelles, desde los que se facilitaría el acceso a bordo y se dificultaría la vigilancia. Laver había ordenado disparar un cañonazo de aviso y los curiosos se arremolinaban en la costa. Los hombres habían trepado a la arboladura para aferrar las velas bajo el mando del segundo oficial, el señor Pardieu, que había sido liberado del confinamiento en el camarote. El señor Pardieu no compartía la admiración de la tripulación por el capitán; por el contrario, manifestaba una abierta aversión.

La intranquilidad y el nerviosismo reinaban sobre la cubierta; ningún otro barco de la flota del barón de Pointis había retornado de la misión en el Caribe. Laver y Latour, el primer oficial, conjeturaron al respecto y concluyeron que se habrían visto obligados, a causa de la persecución de los ingleses, a doblar el cabo de San Antonio en Cuba para buscar los alisios de vuelta, siempre que no hubieran tenido otro mal encuentro. A esto, había que añadir la ansiedad de los hombres por desembarcar: había sido larga la ausencia de la patria y del hogar. Habían salido de Brest en enero y ya se había iniciado agosto. Sin embargo, Laver se mostró firme en su decisión de que nadie desembarcara y dio orden a Marcel de que izase las señales que exigían la presencia de la autoridad portuaria. Ésta los abordó a primera hora de la tarde. Laver los recibió en la cámara.

—Monsieur Noiret, intendente real, y monsieur Charpentier, oficial al frente del puerto. ¿No pueden desembarcar a causa de alguna enfermedad infecciosa? —apremió el señor Noiret, nervioso ante la posibilidad de un contagio.

—En absoluto. Estamos todos muy sanos. Soy el capitán Laver y mi nave pertenece a la escuadra del general de Pointis.

—Hemos reconocido el navío y hemos enviado un mensaje a París para advertirles de vuestra llegada.

—Mientras no lleguen instrucciones de allí, no desembarcaremos —decretó Laver.

—¿Cuál es la causa de una decisión tan absurda? —preguntó el intendente, receloso.

Laver lo examinó con más detenimiento: un hombre regordete, de labios gruesos y flácidos. Pero, a pesar de la anodina apariencia, sabía que era peligroso. El rey había llenado el país de esos astutos burócratas que recogían información, fiscalizaban las cuentas y controlaban a la población en nombre del rey. En realidad, eran los perros guardianes que le mantenían informado. Laver los despreciaba porque eran personas inferiores que se volvían arrogantes por su cargo; la nobleza los odiaba porque eran los chivatos de todos sus movimientos; el pueblo los esquivaba porque eran los que velaban por los impuestos.

—El barón de Pointis ha distribuido el botín entre las naves para asegurar la llegada de la mayor parte posible. En las bodegas hay oro, plata y joyas. Nadie abandonará el barco hasta que alguien autorizado se responsabilice de ello.

—¡Oh! –exclamó el señor Charpentier—. ¡Un tesoro! La flota vuelve con éxito.

—Eso espero —replicó Laver con frialdad—. Mientras tanto, guardaréis el secreto hasta que el rey sea informado y haya tomado sus decisiones.

—Estáis muy acertado, capitán —ratificó el intendente—. Seremos discretos hasta nueva orden. ¿De dónde procede el botín?

—Conquistamos Cartagena de Indias, la perla española del Caribe —informó Laver con orgullo.

—¡Alabado sea el Señor! El rey estará de enhorabuena. Ahora, si nos lo permitís, regresaremos a tierra.

—Tenéis mi permiso, pero debéis procurarnos agua y alimentos frescos.

A última hora de la tarde, abarloaron dos barcazas con los abastos, que fueron muy bien recibidos por una contrariada tripulación. Mientras éstos eran izados a la nave, Latour, el primer oficial, vigiló los movimientos del segundo al mando y aprovechó el momento en que éste se asomaba por la borda para empujar a uno de los lugareños contra él e introducirle una nota en el bolsillo de la casaca. El lugareño, confundido, se deshizo en excusas con el señor Pardieu. Desde lo alto de la toldilla, Laver fue testigo de todo.

El general de Pointis había asignado al señor Pardieu como segundo oficial al Le Fort en Cartagena de Indias, pero durante la travesía había sido una fuente de conflictos al no adaptarse a las normas del barco ni compartir el punto de vista de Laver, su capitán. Molestó tanto a la tripulación que Laver se vio precisado a encerrarlo para evitar algún extraño accidente. Sin embargo, a causa del desembarco de arcones requisados y no declarados durante el asalto en Saint Pol de Léon, antes de entrar en Brest, y del resentimiento que destilaba en sus formas el segundo oficial, Laver y Latour, unidos por una larga y fuerte amistad por encima de rangos militares, habían decidido que, para su tranquilidad, era mejor hacer desaparecer a tan molesto testigo. Laver había planeado cómo hacerlo sin involucrar a nadie del barco, excepto a su amigo Latour. Había asuntos privados que no debían delegarse.

Laver se dejó ver por todo el barco bajo el pretexto de revisar los desperfectos habidos durante la travesía, con el contramaestre a la zaga tomando nota de ello. Cenó rodeado de los oficiales para celebrar la llegada al puerto, después se excusó y se retiró con Mariana, la española que le había salvado la vida durante el asalto a Cartagena y con quien había contraído matrimonio. Mariana destacaba por su belleza y, sobre todo, por los ojos rasgados y perfilados por unas oscuras pestañas que realzaban el color meloso del iris: los cartageneros la bautizaron con el sobrenombre de Ojos de Miel. No obstante, él quedó prendado de la inocencia que se desprendía de su escasa experiencia y de su inteligencia y educación, inusual en una mujer. Hablaba el francés y el italiano perfectamente, se defendía en inglés; había estudiado comercio y contabilidad con un genovés de su Sevilla natal, con la esperanza de entrar a formar parte de la familia Veglio. Pero el padre truncó ese destino al pagar una deuda de juego con la persona de la hija, quien se encontró embarcada para casarse con un oscuro comerciante de Tierra Firme. Sola y abandonada a su suerte, Laver la rescató de unos degradantes esponsales, al convertirla en su esposa y protegerla con su nombre.

Una vez en el camarote, Laver se desvistió rápidamente y se quedó en calzones. Llevaba el oscuro cabello recogido en una coleta, era delgado para sus veintiséis años, aunque ancho de hombros, y en sus alargados ojos verdes reinaba la concentración en los preparativos. Se puso el coleto de asalto y se ciñó la espada. Mariana había sido informada de la salida intempestiva de Antoine, pero no de la finalidad.

—De algunas cosas, por el momento, prefiero que permanezcas en la ignorancia. No entenderás lo que voy a decirte, pero recuérdalo en un futuro: no porque dude de ti, sino porque dudo de mí.

—Si te sirve de algo, yo no dudo de ti.

—Me conmueve tu fe, pero no creo que sea merecedor de ella. El tiempo lo dirá.

Abrió la porta del cañón, con el que compartían el camarote, y descendió hasta el agua por un cabo. Las guardias habían sido planeadas cuidadosamente: la guardia de prima le correspondería a Latour, para permitir el alejamiento de Laver del barco; la segunda guardia al señor Pardieu, en la que todo el mundo dormiría profundamente y no se percatarían de la escapada del segundo oficial; la guardia de alba le correspondería al contramaestre, que daría la voz de alarma ante la desaparición del segundo oficial. En el caso de que Laver no hubiera vuelto antes de que comenzase el último relevo, Latour se encargaría de la situación, pero todo dependería de lo resuelto que se mostrase el segundo oficial para abandonar la guardia y la nave. La nota, que le había introducido Latour esa tarde durante el abastecimiento, simulaba provenir del intendente que había visitado el barco, y le invitaba a una entrevista secreta en tierra porque le había disgustado la actitud del capitán, así como su reserva. Le instaba a que revelase lo que supiera al respecto por la recompensa de un ascenso en el servicio. El cebo estaba servido.

 

Tal y como habían confiado, Pardieu cayó en la trampa sin recelar. Durante su turno de guardia aprovechó un descuido del serviola de proa y se deslizó por el cabo, al que estaba amarrado un bote que había preparado previamente. Latour, con el pelo de color pajizo revuelto y los ojos claros brillantes por la emoción de la acción, vigiló la operación desde una porta mal cerrada. Lo vio remar con cuidado de no chapotear y llamar la atención de la guardia del barco. Philippe era más joven que Antoine, de carácter abierto y expansivo se ganaba a la gente, delgado y flexible como todos los marinos jóvenes, pero fuerte y nervudo. Cuando lo perdió de vista, dejó caer la porta con cuidado de no hacer ruido. Ahora debía esperar un par de horas antes de situar una luz para guiar a Laver en su regreso a nado. Se tumbó en la hamaca y escuchó los ruidos del barco. Mariana y Teresa se movían en el camarote, aguardando intranquilas el desenlace de la aventura. En la cubierta, el silencio era absoluto, roto únicamente por los pasos de los marineros de guardia que no se aventuraban a llegar hasta el alcázar, donde se suponía que estaba el señor Pardieu. Afortunadamente, no era muy popular. Bajo cubierta, entre los cañones,  dormían la tripulación y los soldados en las hamacas. No hacían falta turnos para ocuparlas ya que había vuelto la mitad de los que habían partido.

Rememoró la expedición a las Indias Occidentales. Había sido una gran aventura y toda una experiencia para aquellos que habían regresado con vida. Recordó la aflicción que lo invadió cuando creyó que su amigo había muerto. Lo conoció siendo un adolescente mientras se estaba formando como marino: Antoine Laver, hijo y después hermano, a la muerte de su padre, del duque de Anizy. Habían compartido muchas fatigas recorriendo el Mediterráneo, después sus caminos se separaron hasta que los reunió de nuevo el destino para formar parte de la escuadra del general de Pointis. No olvidaría la alegría que le produjo la noticia de que compartirían barco como primer y segundo oficial del Le Fort. Tampoco el disgusto cuando lo creyó muerto y, después de semanas de duelo, su amigo del alma apareció caminando por el campamento, tan fresco y sonriente, como si regresara de una excursión. No era para menos: había conocido a la mujer de sus sueños, a sus veintiséis años, cuando ya pensaba que sería un solterón empedernido. A la muerte del vizconde Coelogon, capitán del barco, ambos fueron ascendidos: Laver, a capitán, y él, a primer oficial.

Latour oyó al grumete que cantaba la hora en cubierta y se dirigió al camarote del capitán. Mariana, la mujer con la que soñaba toda la tripulación, estaba sentada delante del tablero de ajedrez y Teresa, la escuálida doncella, dormitaba en un rincón. Le calculaba unos quince años. De pelo ralo y marcados huesos, había nacido y crecido en un burdel de Sevilla hasta que el destino la puso en el camino de Mariana. Latour fue hacia la porta, la levantó y sujetó un fanal en el borde para que sirviera de orientación a Laver. Al volverse, reparó en un barreño lleno de agua.

—Perdonad la intromisión. Os disponíais a tomar un baño.

Mariana lo miró con una sonrisa pícara.

—Si vais a mentir, al menos hacedlo bien.

—¿Mentir? ¿En qué os he mentido, señora? —preguntó, incrédulo y ofendido.

—A mí, en nada. Pronto lo haréis a la tripulación. Antoine llegará empapado y ¿cómo pretendéis justificarlo? ¿Acaso llueve bajo cubierta?

—A fe mía que estáis en todo. Espero que mi mujer no sea tan hábil urdiéndolas.

—¿Tendré ocasión de conocerla? —se interesó Mariana.

—En cuanto pueda abandonar el barco, le enviaré una carta para que acuda a París. Allí la conoceréis.

—Tardará mucho y no hay seguridad de que llegue.

—En absoluto. El rey tiene el monopolio sobre un sistema postal muy eficiente. Necesita estar informado sobre todo lo que ocurre en cualquier parte el reino. Yo también estoy ansioso, ignoro si soy padre de un niño o de una niña.

En ese momento se oyó un silbido y Latour corrió hacia la porta, cogió el farol e iluminó la aleta de la nave para que Laver localizara el cabo que colgaba. Al instante, éste se tensó por el peso de un cuerpo y, a los pocos minutos, Antoine se introducía por el hueco mojando todo, con la negra melena chorreando y sus luminosos ojos verdes, turbios. Latour no supo dilucidar si por el frío o por el asesinato que acababa de cometer.

 

—Misión cumplida —informó escuetamente a Latour.

—¿Y la nota?

—La llevaba encima; la he destruido.

—Desnúdate y métete en el baño —interrumpió Mariana.

Antoine frunció el ceño ante la divertida mirada de Latour.

—Es evidente que ya me he bañado. He nadado un buen trecho desde la costa en un mar cuya temperatura podría calificar de gélida. ¿Y tú me propones otro baño?

—Forma parte de tu coartada. ¿Cómo justificarás el pelo húmedo cuando vengan a buscarte? —explicó Mariana sin hacer caso de su arranque.

Antoine no respondió. Se quitó el talabarte con la espada, el coleto y los calzones, y se metió en el barreño sin chistar. No estaba de buen humor. No se sentía orgulloso de lo que acababa de hacer, aunque hubiera sido necesario, y se hallaba aterido y cansado por el esfuerzo realizado. Era un buen nadador, pero la oscuridad y la frialdad del agua no habían convertido el recorrido en una actividad placentera. Teresa recogió las ropas y las colgó como si hubiera hecho la colada. Latour los dejó para, al cabo de un rato, regresar y golpear la puerta de forma ostentosa y oficial. Se había dado la alarma. Asomó primero la cabellera rubia, bajo la que brillaban unos ojos azules, sonrientes y vivarachos, y entró acompañado del contramaestre. Hizo un esfuerzo para no reírse abiertamente de su amigo, que presentaba un color cerúleo y la piel arrugada dentro del barreño.

—Con vuestro permiso, capitán. El contramaestre no ha encontrado en su puesto de guardia al segundo oficial, el señor Pardieu.

—Buscadlo y que se presente ante mí —ordenó Laver.

—Así lo hemos hecho, capitán, pero no lo hemos encontrado —respondió Eugénie, el contramaestre—. Es más, echamos en falta uno de los botes.

—Dejadme. Ahora subiré al alcázar —los despidió Laver, tras lanzar una mirada tan fría como el resto de su cuerpo a Latour, que lucía una plácida sonrisa.

En cuanto la puerta se cerró, salió del agua. Mariana había preparado un lienzo para secarlo y lo frotó a conciencia, para que la sangre volviera a correr y la piel recuperase el tono rosáceo. A Antoine, la puesta en escena le pareció muy sensual, a pesar de que necesitaba concentrarse en el papel para no echarlo todo a perder. Se vistió, ayudado por Mariana y Teresa porque los dedos se mostraban torpes, y encontró las ropas cálidas en comparación con la temperatura corporal.

—Es una suerte que acostumbres a bañarte, así no llamas la atención —comentó Mariana con sorna.

—Te aseguro que no voy a tocar el agua en un mes. Y ya que te parece tan divertida la situación, te daré algo en que pensar. Cuando esto termine, voy a calentarme con el fuego de tus entrañas.

—Te estaré aguardando —contestó con aire retador.

Antoine se dio la vuelta y la abrazó, hundiendo su frío rostro en el cálido hueco entre el cuello y el hombro de ella. Besó la ardiente piel con sus helados labios y sonrió cuando la sintió estremecerse entre sus brazos.

—Eres la única persona capaz de levantarme el ánimo en tan nefasto día. —Se separó para presentarse en el alcázar.

Estaba amaneciendo y comenzaba la actividad en la nave. En la cocina se preparaba el desayuno y algunos marineros más madrugadores visitaban las jardineras de proa.

—Así que el señor Pardieu ha abandonado el barco sin permiso. ¿Habéis revisado la carga? —preguntó al primer oficial.

—No, señor —contestó Latour aturdido.

—Será lo primero que pregunten las autoridades cuando sean informadas del hecho. Averiguadlo y registrad su camarote. Acaso haya dejado alguna carta o escrito de importancia —recalcó admonitoriamente a Latour.

—Sí, capitán. Señor Eugénie, id a revisar la carga, yo iré al camarote.

Llamó a Marcel para que izase las señales que exigían la presencia de una autoridad portuaria. Ésta no se hizo esperar, pues estaba pendiente del buque de guerra cuya bodega guardaba un tesoro. En tierra ya había empezado a correr la noticia y las especulaciones crecían con el paso de las horas.

Llegó el intendente en un chinchorro y, tras el permiso del capitán, subió a bordo, donde fue informado por el propio Laver de tan molesto asunto. El intendente interrogó a los marineros que se hallaban de guardia, pero no obtuvo más información. Nadie había visto al oficial abandonando la nave. Tampoco se había echado en falta nada en la bodega y todas sus pertenencias permanecían en el camarote. Volvió al chinchorro para continuar las pesquisas en tierra.

Por la tarde, abarloó una chalupa más nutrida de gente. Habían encontrado el bote atracado en el muelle y habían hallado un cuerpo sin vida en un callejón. Necesitaban que el capitán los acompañase para la identificación.

—Señores, no habéis comprendido mi papel. Soy el guardián de las riquezas de nuestro rey y la ley sobre esta cubierta. Haced lo que queráis con el muerto, pero nadie desembarcará sin mi consentimiento.

—Parece ser que alguien ya lo ha hecho —se atrevió a rebatir el intendente.

—Tenéis razón, y por eso mismo traedme al desertor, vivo o muerto. Lo colgaré de una verga como advertencia para los demás —decretó sin pestañear.

—Estos señores que me acompañan —insistió el intendente— son los armadores de la ciudad y los asociados a su majestad en esta empresa. Desean conocer las características del botín.

—Desconozco las empresas y las alianzas de mi rey. Soy oficial de la Armada Real y sólo a mi rey debo rendir cuentas. Si tienen negocios con el rey, que acudan a él.

Los señores, muy acicalados siguiendo la moda de Versalles, protestaron por el trato tan frío del extraño capitán, que se presentaba con el oscuro cabello suelto y sin peluca, y que los paralizaba con una mirada glauca y ademanes bruscos y resueltos para lo que se esperaba de una persona de buena crianza.

—¡Señor Latour! Si estos señores no abandonan el barco inmediatamente, cargadlos de cadenas y encerradlos en la bodega, ya que muestran tanto interés en ella.

Las protestas aumentaron, pero se dirigieron obedientemente hacia la escala por la que habían ascendido. Uno de ellos se giró para echar un último vistazo y se paró alelado ante lo que divisó en el alcázar, entorpeciendo el paso a los demás. Ante la cara de perplejidad de su compañero, se volvieron a su vez.

—¿A las mujeres sí se las permite subir a bordo? —objetó uno de ellos.

—La señora ya estaba a bordo —contestó Latour a su lado.

—¡Santo Dios! ¡Un rehén! ¿Quién es?

—No es un rehén, es la esposa del capitán —matizó Latour, y los empujó suavemente hacia la escalerilla.

Antoine no tuvo necesidad de girarse para verificar que Mariana se hallaba detrás de él. Hubiera querido desembarcarla en el anonimato, pero no era posible. No sería justo para ella llevarla de tapadillo por toda Francia y, tarde o temprano, debería dar cuenta de su nuevo estado. Además, de Pointis llegaría cualquier día y se extrañaría de que hubiera guardado tanto secreto. En Cartagena, encerrado entre cuatro paredes, había vivido un amor sin testigos, sin incidencias, pero ahora debía afrontar el mundo con todo lo que éste quisiera depararle. Aun así, sentía un miedo irracional a que su dicha se viera truncada. Una mano cálida, pequeña y suave entrelazó la suya, áspera y morena, que sintió el suave apretón como respuesta muda a su demanda de apoyo.

A los cinco días de la llegada del Le Fort, entró en la bahía un bergantín. Era un barco ligero y con mucha vela que solía utilizarse como nave de aviso. En él llegaban dos intendentes reales. La rapidez de respuesta se debía al inmejorable servicio postal, que permitía que el mensaje no descansara durante el recorrido al relevarse el correo; y al transporte por el Loira de los dos mandatarios hasta la desembocadura, donde les esperaba el bergantín.

Según subieron los mandatarios al navío de guerra, fueron recibidos por un cuerpo putrefacto que colgaba de una verga. Después de tan funesta visión, descendieron la escalerilla guiados por un marinero hacia el camarote del capitán.

—Adelante, caballeros. Capitán Laver a vuestro servicio.

—Monsieur Lefleur, contable del bureau de su majestad, y monsieur Salvagnac, enviado especial.

Todos se inclinaron respondiendo a las presentaciones y saludos. Sin mediar palabra, el señor Salvagnac alargó un pliego perfectamente sellado con el emblema real.  Provenía directamente del rey. Laver se retiró detrás del escritorio y procedió a abrirla y a leerla ante la curiosa mirada de los dos burócratas. Las órdenes eran claras y precisas: debía dejar el barco a cargo del primer oficial hasta que la carga fuera contabilizada por las dos personas presentes, puesto que ya se encontraba en camino una unidad del ejército para hacerse cargo del botín. Él debía partir de inmediato a Versalles y presentarse ante el marqués de Vauban.

Demoró la vista sobre la orden cavilando sobre lo que haría con Mariana. La orden era perentoria: el rey ansiaba conocer el desenlace de la empresa por lo que debería desplazarse con rapidez. Ella estaba embarazada y no disponía del vestuario adecuado para moverse por Versalles. La única opción era dejarla allí, aunque no le hiciera ninguna gracia. Pediría ayuda a Philippe. Levantó los ojos del pliego, que volvió a doblar, y se dirigió a los dos intendentes.

—Me ordenan presentarme en Versalles lo antes posible. No obstante, me gustaría saber cómo será el proceso para dar las órdenes pertinentes.

—¿Conocéis la cuantía del botín que transportáis? Debemos contarlo y hacer una relación de los objetos y cantidad de monedas, barras y lingotes, por lo que desearíamos quedarnos en el barco hasta que llegue la unidad del ejército que nos prometió el marqués de Vauban.

—He de informarles de que unos señores intentaron llegar a las bodegas bajo el pretexto de una sociedad con el rey. No dudo de ello, aunque me negué a dejarles pasar sin órdenes; estoy convencido de que volverán a intentarlo. En cuanto al valor del botín, efectivamente está contabilizado. He aquí una relación detallada. Tuvimos mucho tiempo para hacerlo; fueron días muy aburridos —explicó Laver más distendido.

—Nunca hubiera definido un asalto como aburrido —dijo el señor Lefleur. Echó un rápido vistazo a las cifras facilitadas por Laver y lanzó un silbido—. Esto será la totalidad del botín.

—No señor. Eso es lo que contiene esta bodega —corrigió Laver—. El general distribuyó el botín entre los barcos. No confió en la buena ventura de uno de ellos. El Sceptre transporta una carga mayor que el mío.

—¡Mon Dieu! El rey va a saltar de su trono —agregó el señor Salvagnac—. ¡Hemos rescatado la Hacienda francesa!

—¿Quién es la dama que hemos visto al llegar? —indagó el señor Lefleur.

—Mi esposa —respondió Laver escuetamente—. Desearía que la dejasen desembarcar para acomodarla en tierra, ya que no me acompañará en este viaje a causa de su embarazo.

—Habíamos entendido que estabais soltero —tanteó extrañado el señor Lefleur.

—Contraje matrimonio en Cartagena con el consentimiento de mi general —expuso Laver y, al sorprender una mirada de alarma entre los dos hombres, añadió —: No tengo conocimiento de haber transgredido ninguna norma.

—No, no señor —se apresuró a contestar el más alto—. No es frecuente este tipo de situaciones y nos ha causado extrañeza. Compartimos vuestro deseo de que la dama se aloje en tierra, así como parte de la marinería. Hay demasiados hombres para estar cómodos. Con una guardia, un retén de soldados y el primer oficial, nos arreglaremos hasta el día del traslado.

—Sin embargo —añadió el señor Lafleur—, habremos de revisar todo el equipaje que se desembarque.

—Por supuesto —respondió Laver, recordando de golpe la caja del recaudador que había escondido entre los vestidos de Mariana.

Era una caja de metal acolchada de terciopelo negro por dentro para amortiguar el sonido de las monedas. Las utilizaban los recaudadores de impuestos. La había hallado en un hueco excavado en el suelo de la casa de Cartagena, donde residía Mariana. No lo había declarado como botín de guerra, ni lo había desembarcado con el resto de arcones en Saint Pol de Léon, porque se trataba de monedas.

—Ahora, si me disculpan, voy a dar las órdenes. Dispongan de mi camarote como propio —añadió Laver al tiempo que se retiraba.

Salió para reunirse con Latour y Mariana en la toldilla. Por el camino, ordenó a Pierre y a Teresa que recogiesen las cosas de Mariana y las suyas del camarote para dejárselo a los señores que ya estaban allí, y que trasladasen los baúles a cubierta. Se cruzó con el contramaestre, Eugénie, al que pidió que reuniese a Clément, Sébastien y Jean Paul con sus macutos en cubierta, dispuestos para abandonar el barco. Llegó a la toldilla e informó a Mariana de que Pierre y Teresa se encontraban haciendo el equipaje para bajar a tierra, y le rogó que distrajese la atención de los intendentes de la caja de caudales. Una vez solos, se confió a su amigo. Le explicó la orden directa del rey y le planteó sus problemas.

—No te preocupes. Cuidaré de Mariana. Aunque deba permanecer en el barco, no faltarán voluntarios para escoltarla y, en el caso de que yo termine aquí y no hayas vuelto, alquilaré un coche y la llevaré a París conmigo.

—Te lo agradezco, Philippe. Pierre y Teresa se quedarán con ella; Pierre está ahora a mi servicio, pues con la pierna renca lo despedirán de la Armada, y ayudará a Teresa que desconoce el idioma. Otra cosa más. Voy a ir a casa de Rochefort, el banquero. Dejaré preparado un bolsillo a Mariana para sus gastos, y otro con la paga extra que prometí a los hombres. Házsela llegar en mi nombre.

—Será una pequeña fortuna, aunque ahora te lo puedas permitir.

—Será lo único que cobren si no se acuerdan de ellos.

—Ahora habrá mucho dinero.

—Y también mucha avaricia —replicó Laver—. Así no olvidarán a su capitán. Si vuelvo a este barco o me encuentro con alguno de ellos en cualquier otro, quiero estar seguro de que cubrirán mis espaldas.

—Bonita filosofía, pero te recuerdo que, justamente en ese sitio, una cicatriz la contradice.

—Es una cicatriz que me ha enseñado el camino —matizó con una sonrisa—. Por el momento nos despedimos aquí, querido amigo. Te confío mi corazón.

—Vete tranquilo —le confortó, y se entregaron a un abrazo.

Bajó a la cubierta en la que ya se encontraban los baúles y los tres marineros preparados. La expectación entre la marinería era grande.

—Contramaestre —llamó en voz alta para que todos lo oyeran—, queda al mando el señor Latour, yo debo personarme en Versalles. El señor Latour designará quien puede desembarcar y cumplirá en mi nombre la promesa que os hice.

—Sí, señor —contestó Eugénie, emocionado.

Las caras de la marinería cambiaron visiblemente y se pusieron firmes al paso del capitán. Mariana asomó por la escalerilla del alcázar, seguida de los dos intendentes y de Pierre y Teresa. El señor Lefleur y el señor Sauvignac rivalizaban en gracias y ofrecimientos a la dama, que se sentía abrumada aunque no perdía su sonrisa. Laver no acudió en su ayuda para no contrariarlos.

—Éste es nuestro equipaje, señores.

—Podéis embarcar, capitán —concedió el señor Lefleur con tono empalagoso—. Hemos presenciado cómo vuestra bella esposa ha cerrado los arcones. Os deseamos un feliz viaje hasta Versalles.

—Pierre, recoge tus cosas y no te separes de la señora durante mi ausencia. Señor Edmon, que bajen el equipaje a la chalupa.

Tras numerosas reverencias, abandonó la nave seguido de los hombres que había escogido, quienes se hicieron con los remos.

—¿Vamos a Versalles? —indagó Mariana nerviosa.

—Solamente yo. Os dejaré acomodadas en la posada «La Gaviota Borracha». Pierre se quedará con vosotras y servirá de enlace con Latour. Si yo no regresara, Philippe se encargará de llevaros a París.

—¿Por qué no habrías de volver? —preguntó preocupada.

—Me ha llamado el rey. No sé el tiempo que me retendrá pues dependo de él. Pero no te inquietes. La corte francesa es muy ceremoniosa y compleja, pero no peligrosa. Te buscaré en París una doncella, pues en Brest es imposible. Esto es un puerto lleno de marineros y de artesanos de los astilleros por lo que las mujeres de aquí no son muy recomendables, y no quiero nuevos ensayos como el de Teresa. —Se adelantó a una objeción que no llegó a plantear Mariana—. Philippe te entregará un bolsillo con dinero para vuestras necesidades. Si no fuera suficiente, habla con él con toda libertad. Procurará arreglarlo.

—Pero ya tengo doncella. Teresa se resentirá si no cuento con ella.

—Teresa no sirve para desenvolverse en París. Necesitarás alguien más diestra en peinados y vestidos. Yo sé lo que me digo. Me encargaré de ello. Por Teresa no te angusties, encontraremos algo para ella.

En el entretanto, la chalupa había remontado la ría y llegaba al muelle. Las murallas de la ciudad eran imponentes y una torre normanda recibía a los viajeros.

—Las nuevas murallas resaltan la antigüedad de la fábrica de la torre —comentó admirada.

Antoine la miró sorprendido. No conseguía acostumbrarse a las observaciones y comentarios de Mariana sobre asuntos tan poco relacionados con una mujer.

—Efectivamente, el puerto y los astilleros son nuevos. El impulsor fue un ministro del rey que ya ha fallecido: Colbert. El ingeniero militar del rey, el marqués de Vauban, es el responsable de las fortificaciones. He de entrevistarme con él en Versalles.

—¡Qué interesante! Parece que estoy destinada a vagar de fortaleza en fortaleza. Dime: ¿sois tan negligentes para conservarla como el gobernador de Cartagena? —ironizó.

—Te prometo que cortaré la cabeza del intendente de la plaza si no sabe defenderte durante mi ausencia.

La conversación fue interrumpida por la llegada de Sébastien. Había localizado un coche para ellos y una carreta para el equipaje y los hombres.

—Es la primera vez que nos vamos a separar —reanudó la conversación Mariana dentro del carruaje.

—La segunda —corrigió Antoine conmovido—. La primera fue cuando abandoné Cartagena para reunirme con los míos, pero esta vez no debes preocuparte.

A él se le hacía difícil la separación, por lo que le complacía descubrir que para ella tampoco era fácil. Le cogió la mano tímidamente, pero ella se aproximó, dejó descansar su cuerpo sobre él e inclinó la cabeza en el hombro. Antoine respiró una vez más el aroma mediterráneo, el azahar. Le rodeó la cintura con una mano y con la otra siguió el trazado de su rostro, en una prolongada caricia que fue interrumpida por la llegada a la posada. Pierre bajó del pescante para abrirles la puerta del coche.

Antoine arregló una buena habitación para Mariana y Teresa con la posadera, quien se deshizo en observaciones zalameras. Una vez subido el equipaje, los hombres y Teresa los dejaron solos discretamente, aunque la despedida se resumió en un prolongado beso y un emotivo abrazo. Antoine debía pasar por casa del banquero antes de abandonar Brest y el tiempo apremiaba.

 

Al sexto día, Laver y sus hombres llegaron a Versalles. Habían comenzado la última jornada antes del amanecer y se acercaban al núcleo justo después de la comida, aunque ellos no habían tenido esa suerte, tal y como proclamaban los gruñidos de sus estómagos. El viaje había sido agotador por la falta de costumbre de cabalgar. Nadie se había quejado, pero Laver los conocía lo suficiente como para imaginar los juramentos que habrían lanzado a sus espaldas. Por fortuna, pese a ser agosto, el día no era caluroso y el cielo se hallaba cubierto de nubes.

El palacio de Versalles se había construido en una explanada pantanosa, en la que anteriormente se alzaba el pabellón de caza de Luis XIII. En un principio se amplió éste pero, finalmente, fue remodelado por entero. Aunque el palacio se hubiera terminado, la primera impresión de cualquier viajero era que seguía en obras a causa de las constantes mejoras; además, se había comenzado la Capilla Real. A la sombra del palacio, los nobles habían construido mansiones y casas y, alrededor de éstos, se habían asentado artesanos y oficiales de la construcción, que vivían in situ con sus familias por el continuo requerimiento de sus servicios. También se habían abierto tabernas y posadas. En torno al palacio, había surgido de la nada toda una población para servir a los cortesanos que el rey retenía a su lado. Luis XIV había decidido trasladar su gobierno y su corte a las afueras de París en 1682, porque el Louvre se había quedado pequeño para todo el ceremonial y fasto con el que se rodeaba.

Laver sopesó la preferencia de sus obligaciones. Si para asearse se dirigía al hôtel de Christopher, se le haría tarde porque su hermano querría noticias de él. Conocía la severidad de la etiqueta y del ceremonial en Versalles, pero también era famosa la impaciencia del rey cuando esperaba noticias. Decidió entrevistarse con el marqués de Vauban primero.

En el patio del palacio, un mozo se ocupó de la montura y le asignaron un lacayo en cuanto se dio a conocer. Lo aguardaban. Despidió a los marineros a quienes envió a casa de su hermano, donde se reuniría con ellos más tarde. Fue conducido por interminables pasillos suntuosamente amueblados, en claro contraste con el atuendo militar y la capa de viaje, bajo la cual pendía la espada de asalto. Las botas con espuelas resonaban bajo los lujosos techos decorados con motivos vegetales y repintados en oro. Ascendieron por una amplia escalera de mármol, en la que las molduras propias de la madera se habían realizado en mármoles de colores para asombro de los visitantes, hasta la sala de la Guardia Real, en la que nuevamente hubo de identificarse ante el oficial mosquetero. A partir de aquí, un sirviente ricamente vestido, que caminaba erguido y pausado, lo guió a través del laberinto. Habían entrado en los departamentos privados del rey. En esas salas reconoció algunos rostros de la nobleza, a quienes saludó con una breve inclinación de la cabeza.

Lo introdujeron en el Gabinete del Consejo, pero allí no había consejo reunido. El marqués de Vauban, un hombre enérgico a pesar de sus sesenta y cuatro años, vestido con el traje de oficial real, de mirada penetrante como buen militar y una oscura cicatriz en la mejilla izquierda que lucía como una medalla al valor, lo aguardaba sentado en primer término ante una mesa. Un poco más retirado, elegantemente vestido aunque no con la ampulosidad que acostumbraba, lo examinaba un hombre unos seis años más joven que Vauban: el rey. Se hallaba sentado en una silla con brazos y, con aquellos ojos azules legendarios de los Borbones, lo sometió a un detenido escrutinio. El lacayo, retrocediendo de espaldas, cerró la puerta al salir. Laver avanzó hacia el centro de la estancia y descubrió, a su izquierda, a un hombrecillo sentado ante un pupitre con recado para escribir.

—Nos congratulamos de vuestro regreso y nos sorprende vuestra soledad. Entraremos en los detalles sobre el asalto más adelante, ahora contadnos lo acaecido desde que abandonasteis Cartagena. —Se anticipó Vauban a Laver, pero sin presentar al rey, como si no estuviera allí.

Laver, tras un breve saludo al marqués, relató los acontecimientos de la evacuación de Cartagena, de su encuentro con la escuadra inglesa y de cómo, tras ser dañado, se hizo pasar por holandés para zafarse del acoso. Así perdió contacto con la flota de Pointis, de la que nada sabía.

—Por el tiempo transcurrido, ¿sospecháis que no haya podido evitar el enfrentamiento? —preguntó cauteloso el marqués, un hombre famoso por su afán fortificador y sus tácticas de asalto a fortalezas, quien, a pesar de su origen burgués, había alcanzado la nobleza gracias a los servicios prestados a su majestad.

—Por el rumbo que llevaba cuando yo lo avisté por última vez, se habrá visto obligado a rodear la isla de Cuba, por el cabo de San Antonio. Nosotros acortamos entre Cuba y Saint-Domingue y nos vimos favorecidos por una tormenta que llevaba nuestro rumbo. Sinceramente, creo que es temprano para abandonar la esperanza.

—¿Cuánto tiempo se precisaría si hubiera sido así?

—La ruta es larga y muchos los imprevistos, aun así, yo le concedería hasta finales de este mes de agosto.

En medio del silencio del salón, se oyó prístino el alivio del rey seguido de un rebullir en el sillón sobre el que se sentaba. Vauban no miró en esa dirección, sino que fijó la vista en Laver, para mantenerle atrapado en una muda orden de ignorar el resto de la sala.

—¿Conocéis la cuantía del botín?

—Conozco el importe total que salió de Cartagena, pero no lo que llegará a puerto. Como anteriormente os relaté, dos pingües fueron atrapadas por los ingleses con un porcentaje pequeño del botín, ya que la mayor parte estaba repartida entre los tres buques más grandes. El Le Fort es uno de ellos. —Se interrumpió para hurgar en sus bolsillos, de donde extrajo un pliego—. Esto es una relación de lo que cargué en mis bodegas. Dejé otra copia en manos de los intendentes que enviaron.

El hombrecillo se levantó ceremonioso, aunque ágil en su servicio, para recoger el pliego de manos de Laver, llevárselo al marqués, que le dio una experta y rápida ojeada sin dejar que su rostro reflejase nada, y entregárselo al rey, quien lo tomó ansioso.

—Debo señalar que el botín que transporta el Sceptre es mayor.

—No habéis contestado a la pregunta del señor Vauban —intervino por primera vez el rey.

—A diez millones en moneda española, sire —contestó Laver, inclinando la cabeza cuando se dirigió al rey.

—Bien —contestó, visiblemente satisfecho mientras se levantaba.

Se movió con naturalidad, y no con los ademanes teatrales a los que tenía acostumbrados a los nobles y a los cortesanos en las fiestas y apariciones públicas—. ¿No hubo ningún incidente con nuestros aliados coloniales durante el reparto?

—La verdad es que sí los hubo, pero no por la cuantía, sino porque no se hizo tal reparto. La razón que ofreció el general de Pointis a los aliados fue que habían tomado su parte durante el asalto. Si detrás de esta excusa hubiera otra, sólo el general en persona podría dar cuenta de ella.

Se hizo el silencio de nuevo en la sala. Laver podía sentir la vista del rey clavada en él sin necesidad de levantar la mirada.

—Nos queda solventar la cuestión de vuestro título, que tengo a bien ratificar, octavo duque de Anizy…

—Sire, creo que hay algún malentendido —se atrevió Laver a interrumpir a su rey.

—Capitán Laver —intervino el marqués—, por vuestras ropas deduzco que habéis llegado directamente de Brest sin contactar con vuestra casa.

—Así es, excelencia. Pensé que su majestad estaría ansioso por las nuevas y no me demoré en cuidar mi aspecto.

—Vuestro hermano, Christopher Laver, séptimo duque de Anizy, falleció de unas fiebres la semana pasada. Recibid mis condolencias. —E inclinó la cabeza.

 

Para los perspicaces ojos de Vauban, conocedor de los hombres y de su naturaleza, no pasaron desapercibidos ni la palidez, ni el velo de tristeza que había enturbiado aquellos ojos verdes. El capitán, de facciones finas y bien parecidas a pesar de la piel morena propia de los marinos, había acusado la pérdida aunque trataba de disimularlo. Estaba acostumbrado a la alegría y el contento de segundones que pasaban de no ser nadie y tenerse que buscar la vida, a sentirse poderosos y a disponer de medios económicos. Por esto, le llamó la atención aquel hombre tan diferente de su difunto hermano, a quien conoció bien como halagador, vanidoso y pedigüeño de favores. También se fijó en la parquedad del relato y en el escaso protagonismo que tomó en él, ciñéndose a los hechos con pocos adornos. Cualquier otro, que hubiera gozado de la fortuna de ser escuchado por el rey, se habría arrogado un protagonismo injustificado y se habría perdido en detalles y anécdotas para mantener al oyente en vilo el mayor tiempo posible, como sabía por experiencia, para luego alardear ante los cortesanos de la larga velada compartida con el soberano. Era alto, delgado, pero con la corpulencia de los Laver, ancho de hombros. Vauban, aunque desconocía la razón, sintió que una corriente de simpatía lo ataba a aquel marino, a pesar de que perteneciera a la nobleza de espada, más antigua y auténtica que su recién adquirida nobleza de togado.

 

Laver, tras un momento de confusión, logró sobreponerse y se arrodilló ante el rey, quien le tomó juramento con el marqués de Vauban como padrino y testigo de la ceremonia, y besó el anillo de la mano que alargó su majestad, como símbolo de su fidelidad. El rey esperó a que el nuevo súbdito se pusiera en pie para proseguir.

—Tenemos especial interés en la hermana de un buen vasallo, a quien nos complacería que tomaseis en matrimonio.

—Lamento contrariaros, sire, tras esta renovada alianza entre el ducado de Anizy y vuestra majestad, pero estoy casado y aguardo descendencia.

El rey se volvió ceñudo hacia el hombrecillo del pupitre, que se movió nervioso. Laver se adelantó a aclarar la confusa situación.

—Vuestra burocracia desconoce el enlace porque ha tenido lugar en Cartagena, con el beneplácito y testimonio del barón de Pointis.

—¿En Cartagena? ¿No se tratará de un matrimonio desigual? —reprochó el rey.

—No, sire. Es hija del conde de Olvera, un aristócrata sevillano.

—¡Una española! ¿Y su padre se avino a tal matrimonio o fue forzado por vuestra situación de superioridad?

—En absoluto, sire. Su padre desconoce el enlace. Ha sido libremente decidido entre los dos.

—¡Ah! Un matrimonio por amor —se interesó el rey—. ¿Es bella?

—A mis ojos, sí, sire —contestó Laver circunspecto, conocedor de los amoríos y de la extensa progenie extramatrimonial del rey.

—No es lo habitual, pero deberemos aceptar la realidad —concedió el rey—. Mañana por la noche recibimos a unos amigos y nos agradaría que acudieseis con vuestra esposa y nos la presentaseis.

—Me siento abrumado por vuestra deferencia y al mismo tiempo trastornado, porque debo negaros, por segunda vez, una satisfacción. La señora duquesa se encuentra en Brest, reponiéndose de la travesía por el mar, pues está de tres meses y las indisposiciones han sido persistentes. Al recibir vuestra orden y prever la ansiedad que sufríais por las noticias, me tomé la libertad de dejarla atrás y llegarme hasta vos a caballo y sin descanso.

—Comprendo. En cuanto sea posible, deseamos que nos la presentéis. Mi escribano os facilitará una invitación para cualquier día de los que dedicamos a departir con los amigos.

Sin añadir nada más, se dio la vuelta y se dirigió hacia una puerta disimulada por los adornos que decoraban la pared. Tanto el marqués como Laver permanecieron inclinados hasta que su majestad desapareció por ella. El marqués aprovechó la soledad para confraternizar con el nuevo compañero.

—El rey está contento. Estamos de enhorabuena. Muchas personas de ahí fuera esperan durante meses una invitación como ésa.

—Mi hermano aspiraba a entrar en ese círculo.

—Lo sé, pero aquí, entre nosotros, os confesaré que nunca lo hubiera conseguido. No quiero hablar mal de quien no puede defenderse, pero el rey premia a quienes le sirven.

—No me ofenden vuestras palabras. Apreciaba a mi hermano, pero no aportaba nada interesante.

—Curiosa afirmación viniendo de un noble d´épée como vos. Los vuestros no nos ven con buenos ojos y nos consideran advenedizos: noblesse de robe.

—No soy cortesano ni diplomático. Mido y trato a los hombres según su rango y su nivel de inteligencia. Los necios e inútiles me disgustan.

—¡Ah! Sois soldado, como yo. Directo en los juicios, parco en las palabras y grande en la acción, como debe ser un hombre. Os deseo una carrera prometedora.

—Muy agradecido. Viniendo de un hombre como vos, lo considero un halago. Aunque mi mundo es el mar, no por ello he dejado de interesarme por vuestros tratados y escritos sobre las fortalezas y técnicas de asalto.

—Os dejaré escapar por el momento, estáis visiblemente cansado, pero tenéis que hablarme de vuestra experiencia en Cartagena y de sus fortificaciones.

—Será un privilegio satisfacer vuestra curiosidad. ¿Debo entender que no puedo abandonar Versalles?

—En absoluto. Aunque yo no me iría muy lejos, el rey podría requerir vuestra presencia de nuevo.

Laver abandonó el palacio y se encaminó hacia el hôtel del ducado: ahora él era el nuevo duque de Anizy. Le desasosegaba la temprana muerte de su hermano. ¿Habría muerto solo? Ahora que lo pensaba, no sabía mucho sobre las relaciones de su hermano en los últimos años. Su oficio en la marina los había ido distanciando; no opinaban igual ni compartían el estilo de vida. Christopher era el típico terrateniente ausente de sus tierras y perezoso para la administración. Su vida se centraba en las relaciones en la Corte, en la adquisición de favores y en conocer al dedillo los últimos chismorreos. Para Laver, aquella era una vida muelle y sin finalidad, lejana a la que hubiera deseado su padre, político activo y defensor de las prerrogativas de la nobleza, que luchó en el bando equivocado en La Fronda, contra el rey.

Empezaba a caer una lluvia fina pero persistente cuando llegó frente al hôtel. Sus hombres lo esperaban bajo el agua con las riendas de los caballos todavía en la mano.

—¿Por qué no estáis a buen resguardo? —preguntó extrañado.

—No nos han franqueado la puerta, mi capitán —respondió Clément, un normando que destacaba por la altura y corpulencia—, y como desconocemos nuestra situación, no nos hemos atrevido a utilizar la fuerza.

Laver asintió con la cabeza por toda respuesta. Descabalgó y le entregó a Jean Paul, las riendas del caballo. Se dirigió hacia la verja y la abrió él mismo de par en par. Cruzó el patio seguido de sus hombres, quienes tiraban de los nerviosos caballos, y golpeó la puerta con la fusta violentamente.

—Mi hermano ha muerto —informó a los marineros—, y ahora yo soy el duque de Anizy y el dueño de la casa. Ya sabéis cuál es vuestra situación.

La respuesta se hizo esperar, pero no engañó a Laver. Si unos desconocidos se quedaban aguardando a la puerta, el servicio debía estar alerta. El plantón bajo la lluvia, ya más intensa, era premeditado. Finalmente, un individuo delgado, de rostro magro y grave, vestido como un figurín con profusión de encajes, abrió la puerta y se interpuso en el dintel.

—Ya os he informado de que el señor duque no está. La casa se encuentra de luto y no se recibe. —Los pequeños y agudos ojos se posaron en Laver mientras hablaba, calibrando por la triste indumentaria la categoría del personaje.

—Soy el capitán Laver, haceos a un lado y dejadnos entrar —informó Antoine, molesto por tan estúpido pelele.

—Por mí como si sois el intendente real. El duque no está y no entrará nadie. —Para apoyar las palabras aparecieron a su espalda dos lacayos.

—¿Quién sois vos que os atrevéis a hablarme así? —exigió Laver, empezando a cansarse de la historia.

—Soy el mayordomo del duque y responsable de su posesión durante su ausencia.

—¿Mayordomo? ¿De qué duque?

—Del duque de Anizy, por supuesto.

—De por supuesto, nada. El duque de Anizy soy yo y tú no eres mi mayordomo puesto que no conoces ni el nombre de la familia. —Ahora que sabía a quién se dirigía, le tuteó y, desenvainando la espada, apuntó al pecho, obligándolo a retroceder en la medida que él avanzaba—. Estoy harto de mojarme y de que dejen a mis hombres tirados en la calle.

Según hablaba se adentraban en el vestíbulo. Clément le protegía la espalda y vigilaba a los dos lacayos, quienes no parecían muy inclinados a ayudar al muñeco.

—¡Oh, señor! ¡Cuánto tiempo sin veros! —exclamó una voz de mujer desde la penumbra.

—¿Louise? —reconoció Laver aquella voz del pasado y bajó la espada.

Una figura baja y gruesa, envuelta en un mandil y con el pelo recogido bajo una cofia, se acercó al centro del vestíbulo.

Antoine se sintió niño de nuevo. Recordó las carreras que echaban Gastón y él por llegar primero a la cocina, donde les aguardaba Louise con los bollos recién hechos. Era la panadera del château de Anizy. Pero para él, era algo más que la panadera. Por aquel entonces, ella era más joven y jovial y le ayudó, a espaldas del duque, a cuidar de Gastón, quien vagaba por la heredad sin control y sin recibir atención de parte del señor. Recordó cómo ella los cobijaba junto al horno en el que hacía sus panes y bollos durante las frías tardes invernales, y cómo escuchaba a Antoine mientras instruía a su hermano pequeño. Y recordó el olor dulce del bollo recién hecho. Todo esto rememoró en una fracción de segundo, al mismo tiempo que contemplaba los estragos de la edad en el amable y cálido rostro.

—Mi señor —repitió Louise, con lágrimas en los ojos.

Antoine envainó la espada e, ignorando al figurín, se dirigió a ella, a quien tomó la mano, una mano fuerte de amasar y agrietada del trabajo.

—¿Cómo es que estás fuera del château? —inquirió Antoine.

—Está en obras, señor, y yo no era de utilidad. Su excelencia echaba de menos mis bollos rellenos y me trajo aquí, donde él residía realmente. Al château sólo acudía para supervisar las obras hasta que se acabó el dinero.

—¿No terminó la reforma?

—Yo no lo llamaría reforma, más bien ha construido otro château.

Antoine no disimuló su sorpresa, aunque la estancia se había llenado del resto de la servidumbre que había acudido para saciar su curiosidad.

—¿Derribó la casa solariega?

—No sé cuál sería su intención final, pero de momento sigue en pie. De otra manera nadie podría quedarse a dormir allí. El señor Gastón sabe más que yo sobre ello.

—¿Lo has visto?

—Estas semanas atrás ha estado residiendo aquí. Acompañando al duque en sus últimos días. Que Dios lo tenga en su gloria —rezó la mujer—. Después se ocupó de las exequias y se fue al château para evaluar el estado de la propiedad en vuestro nombre. Rezamos para que volvieseis sano y salvo, y alabado sea el Señor, pues nos ha escuchado. Sois un regalo del cielo para el chico, quien estaba desolado por vuestra ausencia.

Hubiera querido abrazar a la mujer, pero no era pertinente tal debilidad con el servicio ante tantos testigos, así que buscó otra forma de decirle lo que la apreciaba.

—Mi buena mujer, si tienes sitio junto a tu horno, a mis hombres y a mí nos complacería comer algunos de tus bollos, pues desfallecemos de hambre.

—La casa dispone de comedor, excelencia, no es necesario que bajéis a la cocina —intervino el figurín—. Me encargaré de que todo esté a vuestro gusto…

—Pues mi gusto es bajar a la cocina para secarme y comer caliente, y que tú te ocupes de las monturas —cortó tajante Laver.

—¡Oh! Pero ése no es mi cometido —se quejó con afectación.

—¿Ah, no? Veamos, ¿y cuál es tu cometido? —indagó Laver, entrecerrando los ojos.

—Superviso el trabajo del servicio y doy las órdenes; atiendo la puerta y anuncio a las visitas; llevo y traigo los mensajes y recados importantes que no se pueden confiar a torpes manos…

—Entonces haz tu equipaje —interrumpió de nuevo Laver, cansado de tanta tontería—. Aquí las órdenes las doy yo, y no necesito a ningún petimetre revoloteando alrededor.

—No habéis comprendido, excelencia. Vuestro hermano me contrató por mis buenas relaciones con el servicio de otras casas nobles y por mi desenvoltura en palacio.

—Mi inteligencia no tiene defectos. Es la tuya la defectuosa, pues no te has dado cuenta de que yo no soy mi hermano. —Volviéndose a uno de los lacayos—: Ocúpate de las monturas, ¿o no está dentro de tus quehaceres? —preguntó con sorna.

El hombre corrió a hacer lo que se le mandaba sin abrir la boca. El figurín abandonó el vestíbulo, envarado y con aire teatralmente ofendido. Antoine sintió el alivio y la satisfacción del resto de la servidumbre, aunque no se dio por enterado. En cuanto se le unieron los hombres, siguieron a Louise a sus dulces y cálidos dominios, se quitaron las ropas mojadas, que recogió una de las marmitonas por indicación de Louise, y se sentaron en mangas de camisa alrededor de la mesa sobre la que se amasaba el pan. Les sirvieron un caldo, seguido de queso y foie en abundancia, y terminaron la colación con un tazón de humeante leche acompañada de la bollería prometida.

Cuando se dieron por satisfechos, Laver había establecido un plan de acción.

—Atiende, Louise. Enseña a alguna de éstas —dijo Antoine, señalando a las marmitonas de alrededor—  para que lo haga en tu lugar. Te quiero en la cocina sólo cuando esté yo en la casa. Ejercerás de ama de llaves.

—Pero yo no sé moverme entre gente de calidad ni me relaciono con otros criados —objetó la buena mujer.

—No importa. No tengo ningún interés en relacionarme ni en establecerme en la Corte. Hay otras formas de medrar más dignas. Por el momento, estaré en París para poner orden en los asuntos del ducado y para aguardar a mi esposa.

—¿Estáis casado? —preguntó Louise con la alegría reflejada en el rostro.

—Había olvidado informarte de ese pequeño detalle —se recreó Antoine—, y también de que esperamos un hijo.

—¡Qué alegría! ¿Quién es ella?

—Una española que conocí en Cartagena.

—Me alegro mucho de que hayáis sentado la cabeza. Siempre habéis sido muy paciente con los niños —aprobó la mujer.

—Antes de irme voy a recorrer la casa. No necesito que alguien me acompañe. Me gusta descubrir las cosas por mí mismo.

La casa era magnífica y había sido amueblada lujosamente. Debía de haberle costado una pequeña fortuna a su hermano. De hecho, la heredad estaba arruinada, según Louise, pero no se precipitaría en tomar una determinación hasta conocer la situación por los abogados y banqueros. El polvo se acumulaba en tapices y cortinones; cada habitación disponía de un vestidor con un catre. Dedujo que sería para la ayuda de cámara del invitado, pero no encontró ninguna bañera. Reconoció la habitación principal por el retrato de Christopher, que colgaba al lado de la chimenea. En los rasgos enérgicos y el cabello vislumbró a su padre, aunque no en el carácter. Tampoco había allí una bañera, pero el vestidor estaba a rebosar de calzones a juego con los jubones y las casacas. Deslizó la mano sobre la ropa, sedas bordadas con oro y algunas con perlas y piedras preciosas cosidas. ¡Qué locura! ¡Qué derroche! ¿Y para qué? Nunca consiguió nada.

De pronto, sintió que no estaba solo. Miró en derredor hasta que distinguió entre las pelucas a un hombrecillo sentado que lo miraba atentamente.

—¿Quién eres que no me has advertido de tu presencia?

—Soy Michel, el ayudante de cámara, excelencia. Creí que os habrían hablado de mí ya que paso el día en el ropero. El anterior duque se cambiaba a menudo y, como podéis comprobar, el ropero es grande y necesita constante atención.

Laver se fijó en la palidez de la piel y en el aspecto avejentado y consumido del personaje, a pesar de que no debía de ser tan viejo como aparentaba.

—¿Quieres decir que vives en este armario?

—Sí, señor. Mi jergón se esconde tras el biombo.

—¿Dónde se bañaba mi hermano?

—¿Bañarse? —se extrañó el hombrecillo por tan inusitada pregunta. Luego recapacitó—. Algunas veces hacía subir una tina ancha de la cocina. Pero no era usual. He constatado, mientras observabais la ropa, que compartís la misma complexión y estatura. ¿Queréis probaros alguna prenda? De esta manera yo podría ajustaros el vestuario; o bien puedo tomaros medidas y hacer otro nuevo.

—¿Has hecho tú toda esta ropa? —preguntó con admiración Laver.

—Sí, excelencia —respondió el hombrecillo orgulloso.

Tomó el primer jubón que le vino a la mano y una casaca y se los puso sobre la camisa ya seca. El hombrecillo se le acercó con aire entendido, le alzó los brazos y estiró las prendas de un lado y de otro, girando a su alrededor.

—Habrá que entallarlas todas —sentenció—. El difunto duque era más grueso que vuestra excelencia. Os aseguro que nadie lo notará.

El silencio de Laver no era porque dudase de la maestría del sastrecillo, sino porque no tenía claro que fuera a utilizar todo lo que había allí. En el mar no había muchas ocasiones y su ropero de París, que venía a ser la cuarta parte de aquel, ya le parecía amplio.

—Haremos lo siguiente: estos cinco trajes —y eligió los más sencillos— me los ajustas y me los envías a París; y éste otro —sacó uno más ostentoso— me lo preparas para cuando acuda a la invitación del rey.

—Debo advertiros de que no es fácil conseguir una invitación del rey. Vuestro difunto hermano lo intentó y no lo consiguió.

—Tengo conocimiento de ello. Yo he sido invitado esta mañana por el propio rey.

—¿Habéis visto al rey? —inquirió el hombrecillo con los ojos desmesuradamente abiertos. Luego se fijó en el atuendo de Laver—. ¿Acudisteis así vestido? —preguntó horrorizado.

—Por supuesto —respondió divertido Laver—. Acabo de regresar de las Indias Occidentales con un gran botín. El rey tenía prisa por recibirme. Estoy seguro de que no le importó mi aspecto en ese momento.

Volvió a la cocina y la encontró en silencio. El mayordomo permanecía de pie junto al equipaje y miraba displicente a todos. Laver interrogó con la mirada a Louise, quien le informó.

—Quiere cobrar y necesita referencias para encontrar colocación.

—¿Qué referencias presentó a mi hermano?

—Eso es irrelevante ahora. Se las entregué al duque y él las aceptó.

Antoine no tragó la mentira. Un ser tan engreído como aquel le hubiera pasado por las narices para quién había trabajado.

—Por lo que he oído, mi hermano te contrató por tus relaciones en Palacio.

Una sonrisa irónica y despectiva se formó en el delgado rostro del mayordomo.

—Concretamente —prosiguió Laver— para que le consiguieras una invitación para departir con el rey en los salones privados.

—Así es, excelencia —contestó más ufano.

—Pero no lo conseguiste —terminó Laver.

—¿Qué queréis decir? —se amoscó el figurín.

—Que no cumpliste con tu cometido, por lo que yo no estoy obligado a cumplir con el mío.

El hombre palideció y luego sus ojos se llenaron de odio.

—Me necesitaréis para moveros por la Corte.

—Me basto y me sobro para mis asuntos. Esta mañana he hablado con el rey sin necesidad de mediar una escoria como tú. Estoy seguro —añadió Laver socarronamente— de que con tus buenas relaciones hallarás una colocación óptima.

En cuanto abandonó la casa, Louise le recriminó.

—Estoy de acuerdo en que no era buena persona, perseguía a los lacayos y a los mozos de cuadra. Pero no es muy diplomático llegar y empezar a granjearse enemigos. Ese hombre remueve mucho lodo.

—No me importa. Mi intención es instalarme en Anizy, siempre y cuando esté confortable. Sólo me retiene la invitación del rey para que le presente a mi esposa. ¿Por qué dais tanta importancia a una invitación real?

—Aquí todos los nobles sólo viven para que el rey los reciba, los salude, recuerde sus nombres. Todos anhelan conseguir algo de él: un ascenso, un título, una boda, una pensión… Mañana sólo se hablará de vos en todo Versalles.

—Momento idóneo para escapar hacia París. Durante mi ausencia prepara la casa: quita el polvo de todas las telas, lava la ropa de cama, limpia las chimeneas. Búscame una bañera, que instalarás en el vestidor principal, y encuentra otro acomodo para el sastre. No lo quiero en mi habitación y oblígale a salir de la casa al menos una hora al día. Y si se va a hablar de mí, exijo de mis sirvientes total silencio. No me gustan los chismorreos. El que hable demasiado que busque otro empleo.

—No os defraudaré —prometió Louise—, aunque lo de la bañera me parece extraño.