EVARISTO ACEVEDO
EL DESPISTE NACIONAL
CUARTA EDICIÓN
Colección Novelas y Cuentos
Fundada en 1929 por José N. de Urgoiti
Segunda época
Director: Manuel Cerezales
Edición: Editorial Magisterio Español, S. A.
C/. Quevedo, 1, 3 y 5 y Cervantes, 18 — Madrid-14
Portada: arjé
Copyright © 1971 by Evaristo Acevedo y Editorial Magisterio Español, S. A.
Depósito legal: 29.699 — 1971
Printed in Spain
Impreso en Gráficas Torroba
Julián Camarillo, 53 bis — Madrid-17
A la «sociedad de consumo»
hispana gracias a la cual
ya estamos casi todos
consumidos
Con las horas extraordinarias
y el pluriempleo de
EL AUTOR.
INTRODUCCION
Constituye el presente libro una antología de «La Comisaría de Papel», correspondiente a los años 1959 a 1965. Dicha sección, que vengo publicando ininterrumpidamente en «La Codorniz» desde el año 1952, tiene unos orígenes y una finalidad nunca explicados por mí y que me gustaría conociera el lector.
Recuerdo que allá por los años 1962 ó 1963, en una serie de audaces entrevistas realizadas por Tico Medina —y posteriormente recogidas en un libro—, tuve que afrontar diversas acusaciones profesionales. Una de ellas se refería —precisamente— a «La Comisaría de Papel». El diálogo fue éste:
Tico Medina.-Se le acusa de haber hecho un medio de vida solamente de encontrar las faltas ortográficas o de sintaxis de los demás.
E. Acevedo. Intentando corregir las faltas ajenas se ganan la existencia los policías de Tráfico, los agentes de la autoridad, los sacerdotes, los maestros, los directores teatrales... Todos somos iguales ante la ley, y el Fuero de los Españoles me autoriza a que yo haga lo mismo.
(TICO MEDINA: Tercer grado (La silla eléctrica).
Págs. 85-86. Editorial Plaza & Janés. 1964.)
No fui más explícito en homenaje periodístico a la brevedad que las contestaciones a un reportaje deben tener. Y también —todo hay que decirlo— debido a que las estructuras socio políticas de entonces encontrábanse más cerradas cerebralmente. Voy a permitirme, ahora, mayor extensión y claridad.
1. LA «FIESTA NACIONAL»
Confieso, con la mano puesta en el bolígrafo, que el origen de «La Comisaría de Papel» se encuentra en una de las impresiones más profundas recibidas en mi infancia. Empecé a ir a las corridas desde los ocho años con un tío mío, que era un viejo aficionado, pues ansiaba documentarme sobre la psicología del país a través de la llamada «fiesta nacional». Nada más salir el primer toro, preguntaba: «Tío, ¿puedo llamar «burro» al señor presidente?». Solía decir mi tío que tuviera paciencia, que ya me avisaría. Y cuando un toro salía cojo o tardaba en tomar las puyas, mi tío, dándome un codazo, advertíame: «¡Niño! Llama «burro» al presidente.» Yo, poniéndome en pie y mirando a la presidencia, empezaba a gritar «BU-RRO», «BU-RRO», «BU-RRO», hasta que toda la plaza me coreaba y el presidente, avergonzadísimo, sacaba el pañuelito para que retirasen el toro al corral o le pusieran banderillas de fuego. Eran otros tiempos, claro. Y no como ahora en que nadie se atreve a llamar «BURRO» al señor presidente y así está la fiesta nacional: de capa caída.
Cuando empecé a escribir de manera continuada y periódica, hacia el año 1945, existía una Censura bastante severa, y España atravesaba una etapa que yo califiqué, posteriormente, de «Época del Piropo». Leyendo los periódicos y revistas de entonces, uno se convencía de que todos los escritores eran «GENIALES», todos los oradores «EXCELSOS», todos los gobernadores civiles «MARAVILLOSOS», todos los banqueros «FILANTROPICOS», todos los comerciantes «DECENTES», todos los toreros «MONSTRUOS»... Diríase que vivíamos en el mejor de los mundos posibles, rodeados de seres excepcionales a quienes sólo faltaba morir para que les incoaran el merecido expediente de canonización.
Las consecuencias eran tremendas y me recordaban muchísimo lo que pasaba en la antigua Escandinavia. En la antigua Escandinavia, los condenados por delitos graves eran libres entre escoger la alimentación sin sal o la muerte. Casi todos, después de unas semanas de régimen insípido, pedían morir. Esto era lo que ocurría con la prensa de entonces. La prensa, por regla general, resultaba insípida. Carente de la sal del ingenio y de la crítica. Sólo, de cuando en cuando, se salvaba por detalles que escapaban a todos, incluso al lápiz rojo: la errata, el gazapo, la equivocación.
2. UN COLEGA LLAMADO «SAMUEL»
Por entonces me acordé de una anécdota muy significativa. Su protagonista fue el escritor americano Samuel Clemens, más literariamente conocido por su seudónimo de «Mark Twain». A Mark Twain le habían invitado a comer a casa de un diplomático y a esa comida asistieron muchas personalidades de la época, pues en todos los países se hace política comiendo, según demostró recientemente don José María Pemán en su libro «Mis almuerzos con gente importante». Acababan de servir la sopa y el humorista americano, distraído en su conversación con una comensala muy atractiva que tenía a su izquierda, se metió una cucharada de sopa en la boca. Pero la sopa estaba ardiendo. Mark Twain, que como buen humorista tenía rápidos reflejos y no era hipócrita, devolvió rápidamente la sopa sobre el plato. Fue un momento transcendental. Se hizo un silencio profundo y todos se le quedaron mirando. Tranquilo, imperturbable, como un ministro cualquiera, Mark Twain sostuvo aquellas miradas de mudo reproche. Luego, aclaró; «Esto es lo que diferencia al genio del imbécil. El imbécil se hubiera tragado la sopa.»
Sin considerarme «genio» ni estimar «imbéciles» a mis contemporáneos de 1952, yo pensé que era una pena tragarme sin rechistar la sopa de letras de las erratas, «gazapos» y equivocaciones que aparecían en periódicos y revistas. Si en esas erratas y cambios de líneas estaba lo más ameno e interesante de las expresiones cerebrales del país de aquellos tiempos, mi obligación de intelectual era arrojarlas nuevamente sobre el plato; ponerlas en circulación; comentarlas. Y así lo hice. Gracias a «La Comisaría de Papel» contribuí —indirectamente— a que aumentara la tirada de los periódicos españoles. Los ciudadanos empezaron a comprar más prensa que nunca. ¿Para leer editoriales triunfalistas, discursos pomposos, artículos exaltadores de la figura imperial y cesárea de Carlos I de España y V de Alemania, primer monarca «pluriempleado» que tuvo el país? No. Para buscar posibles erratas y mandármelas. Erratas que ponían sonrisas en el triunfalismo; carcajada en la retórica; leve cachondeíllo en los artículos que convertían las páginas de los periódicos en descarado plagio de viejos textos históricos...
Empezar yo a publicar «La Comisaría de Papel» y subir aceleradamente la tirada de periódicos y revistas fue casi simultáneo. Aún no comprendo que nadie se acordase de mí para nombrarme director general de Prensa. Claro que España «es diferente».
3. LA ERRATA Y LA LIBERTAD DE PENSAMIENTO
Está sin estudiar la importancia psicológica que la errata tiene en orden a la represión mental que implica la censura de prensa. No ignoro que existen múltiples factores en el devenir político de las naciones que hacen justificable —en ocasiones— la censura. Incluso en países que se jactan de practicar el más puro de los liberalismos, los órganos informativos están controlados y esa censura es ejercida a través de leyes indirectas o por las grandes agencias periodísticas, mediatizadas por intereses financieros o gubernamentales, que destacan las noticias convenientes a sus fines y silencian otras. Me gusta moverme entre realidades y no navegar entre utopías. Acepto, pues, la censura como símbolo de sociedades incompletas o en etapas de transición. Pero ello no me impide calar en las posibles consecuencias que produce. Y el análisis de la errata periodística, en etapas censuriales, es apasionante.
Basta repasar el ensayo de Sigmund Freud «El chiste y su relación con lo inconsciente» (1905), para tener un excelente punto de partida. Freud, en su estudio, agrupa determinados chistes que representan «una rebelión contra la autoridad; una liberación del yugo de la misma». Y más adelante escribe:
«El chiste puede atacar igualmente aquellas instituciones, personas representativas de las mismas, preceptos sociales e ideas que, por gozar de elevada consideración, sólo bajo la máscara del chiste, y precisamente de un chiste cubierto por su correspondiente fachada, nos atrevemos a arremeter contra ellas.»
Ahora bien: el chiste es la fórmula más breve y sintetizada en que se encierra el sentido de lo cómico. Brevedad a veces obtenida por el añadido de una palabra o la supresión de otra. Aludiendo a ello, Freud expone:
«Las partículas negativas hacen posible las alusiones con pequeñísimas modificaciones:
«Spinoza, mi compañero de irreligión», dice Heine, y Lichtenberg comienza con la frase: «Nosotros, por la desgracia de Dios, jornaleros, siervos, negros», etc., un manifiesto de estos infelices que ciertamente tienen más derecho a tal título que los reyes y príncipes al no modificado.»
Con tales antecedentes, ¿puede nadie negar que la errata produce, en ocasiones, auténticos «chistes»? La supresión o cambio de letras y palabras, origen de la errata, entra de lleno en la mecánica del chiste. No quiero decir con esto que toda errata o equivocación periodística produzca un chiste. Pero sí que lo consigue muchas veces. Y arribamos, ahora, a una inquietante posibilidad: ¿puede producirse la errata, en ocasiones, por el subsconsciente del periodista, del corrector o del cajista de imprenta? O más concretamente dicho: en épocas de censura, ¿no serán motivadas algunas erratas por el inconsciente deseo de liberarse mínimamente del yugo de la misma?
Apliquemos la teoría a la práctica. En este libro, y bajo el título «Limpieza necesaria», figura una errata aparecida en el «Boletín Oficial del Estado». Se trata del anuncio de un concurso para contratar los servicios de limpieza del edificio destinado a Casa Sindical Provincial de Murcia. En el texto del Boletín, en lugar de «CASA» figura «CACA». Un simple cambio de letra —la «S» por la «C»— transforma el significado normal en una alusión maloliente. La encontré en otras ocasiones y otros periódicos, con referencia al edificio donde se encuentran los ayuntamientos o «CASA» Consistorial.
Analicemos psicológicamente el error. La «C» está cerca de la «S» en el normal teclado de máquinas de escribir y linotipias. Pero más cerca todavía está la «Z». ¿Por qué cuando surge la errata relativa a Casas Sindicales o Casas Consistoriales nunca se oprime involuntariamente la «Z» —con lo cual resultaría «CAZA»— o dos veces la «S», quedando «SASA»? ¿Cuál es el motivo de que siempre consista la errata en marcar la «C» en lugar de la «S», dejando la «CASA» convertida en «CACA»? Vayamos más lejos todavía. ¿En virtud de qué extraña casualidad, cuando esto ocurre, el error pasa desapercibido por el linotipista, primero; por el corrector de imprenta, después; por el redactor-jefe del periódico en última instancia?
4. LAS MANIFESTACIONES DEL SUBCONSCIENTE
Vamos a ponernos, por un momento, en el lugar del linotipista, del corrector de imprenta, del redactor-jefe del periódico. Empecemos con el primero. El linotipista tiene que escribir, por ejemplo, que el Ayuntamiento ha celebrado una reunión en la Casa Consistorial. Pero ese linotipista, que está harto de esperar media hora a pie todos los días el autobús que le conduce a su centro de trabajo, escribe «CACA» en lugar de «CASA», sin darse cuenta. Es una protesta de su subconsciente, que quisiera gritar —a los cuatro vientos— que los servicios municipales de transporte son una porquería.
Bien. La prueba de imprenta, con la equivocación, pasa al corrector. El corrector habita en una zona mal urbanizada y se pone de barro hasta las cejas cada vez que llueve un poquito. Y al corrector, convencido de que la gestión municipal es un asco, le traiciona su subconsciente —harto de barro— haciéndole leer «CASA» donde pone «CACA».
Sigamos. Las galeradas van a parar al redactor-jefe. El redactor-jefe lleva varios meses fastidiadísimo con las «pegas» del tráfico; las multas que le ponen por aparcar en sitio indebido; los ataques de bilis que sufre cada vez que la grúa municipal se le lleva el coche... Y en las galeradas que le llevan, lee también «CASA» en lugar de «CACA». Otro subconsciente más que protesta de los ayuntamientos que ponen zancadillas a la tranquilidad de los ciudadanos...
Sólo así, a través de la agazapada labor del subconsciente, que en estos casos inhibe y paraliza la normal función crítica, puede explicarse que dicha errata —y otras más gordas todavía—, impresas en grandes titulares muchas veces, puedan escapar a la vigilancia y observación de cuantos profesionales hacen un periódico, el cual no sale a la calle sin antes pasar por la repetida lectura —a través de pruebas y galeradas— de diversos profesionales avezados en estas lides; acostumbradísimos a buscar la errata, el error, el disparate.
Reconozcámoslo: lo que habitualmente se denomina «duendecillo de las imprentas», hay que buscarlo muchas veces en una travesura del subconsciente. En lo que los psicólogos llaman «traición freudiana».
Puse este ejemplo, que roza la escatología, por expresar de manera breve y significativa la tesis que apunto. Pero entre los... despistes que figuran en este volumen pueden encontrarse bastantes cuya aparición en las páginas de los periódicos quizá se deba a rebeliones del subconsciente para liberarse del yugo que la censura de entonces ejercía sobre el intelecto humano. Y al escribir «censura» no me refiero sólo a la de prensa, sino también a esa presión de la sociedad que convierte en «tabús» muchos temas.
5. CATORCE AÑOS
No es la edad que tengo, naturalmente. Es el número de años en que a través de este tomo y el anterior analizo la prensa española en sus posibles manifestaciones freudianas del error, la equivocación y el disparate. Un análisis que, junto a su finalidad humorística, puede encerrar el pequeño interés histórico de reflejar algunas reacciones del subconsciente celtibérico en etapas de lápiz rojo. Por eso este volumen sólo comprende hasta 1965, ya que al año siguiente —1966— la censura hizo mutis con la promulgación de la Ley de Prensa e Imprenta.
Y nada más. El lector, a quien agradezco sinceramente su desembolso si compró el libro y reprocho severamente su tacañería si lo pidió prestado, puede empezar a pasar hojas. Sin prohibiciones de ninguna clase, naturalmente. Si quiere, puede fumar mientras lee. O silbar. O escuchar la radio. O poner el tocadiscos. Odio todas las prohibiciones hasta el punto de que me gustaría ganarme la vida pintando unos carteles que dijeran: «Se prohíbe prohibir.» Carteles que colocaría en los taxis, en los autobuses, en el «metro», en los trolebuses, en las oficinas, en los cines, en todas partes. Inicialmente, y para dar ejemplo, empiezo consignándolo aquí:
DURANTE LA LECTURA DE ESTE LIBRO,
EL AUTOR NO PROHIBE NADA
EVARISTO ACEVEDO
23 marzo 1971 (a. de A. P.)
Antes de las Asociaciones Políticas, claro.
EL DESPISTE NACIONAL