CAPÍTULO TRECE
Jack se apartó del espejo, llevándose la mano a la garganta. De repente, sentía como si se estuviera ahogando. Tiró de su corbata sintiendo dolor en su pecho. Algo iba horriblemente mal. Respiró profundamente, intentando calmar su pulso. Era absurdo. Nada iba mal, salvo que había actuado como un imbécil.
Se había excedido con Sheri. Volvió a tirar de su corbata. «Sheri. Algo va mal con Sheri». Salía ya por la puerta cuando se contuvo. Trató de hacer más lento su paso. Aquello era ridículo. Nada iba mal con Sheri salvo que él le había hecho daño. Iría abajo y se disculparía calmadamente, como un adulto.
Pero se encontró corriendo escaleras abajo. Su corazón latiendo rápidamente. No podía explicarse la urgencia que sentía. Tenía que hablar con Sheri. Explicarle lo equivocado que había estado al descargar sus frustraciones en ella. No había querido hacerle daño. Era la última cosa que querría en el mundo. Ella significaba mucho para él. Tenía que asegurarle que todo iba a salir bien. Él haría que todo saliera bien.
Saltó los dos últimos escalones. Tenía que hablar con ella antes de que fuera demasiado tarde. ¿Demasiado tarde? Se detuvo en el recibidor, respirando profundamente. ¿Por qué podía ser demasiado tarde? Se pasó los dedos por el pelo, intentando descubrir cuál era el origen de su ansiedad. Tenía que explicarse, decirle... ¿decirle qué?
-Sheri...
Se detuvo al ver a Eleanor levantarse de una silla.
-Eleanor -dijo con un tono apagado y lo intentó otra vez, dirigiéndose a darle un beso en la mejilla-. Eleanor.
No sonó con mucho más entusiasmo la segunda vez.
-¿Dónde está Sheri?
El enojo apareció en los ojos de Eleanor, y su boca se tensó.
-Ha salido fuera.
-¿Fuera? -Jack miró las oscuras ventanas, el temor agarrándosele en la garganta-. ¿Dónde?
-No lo ha dicho. Deberíamos marcharnos ya, Jack. Vamos a llegar un poco tarde.
-¿No ha dicho nada? Ya ha anochecido.
-Estoy segura de que se ha dado cuenta de que es de noche. No sé por qué te estás preocupando. Ya es mayorcita.
Eleanor cogió su chaqueta, pero Jack estaba todavía mirando hacia la oscuridad.
-No acostumbra a marcharse así, sin decir nada -murmuró él.
Se volvió de repente, y miró a Eleanor a los ojos. Ella no pudo evitar que el rubor se le subiera a las mejillas. Jack la miró inquisitivamente.
-¿Qué le dijiste?
-No sé lo que quieres decir.
-Le dijiste algo y quiero saber qué.
-De verdad, Jack, estás dando demasiada importancia a esto. ¡Jack! -gritó sorprendida cuando él la agarró fuertemente por el brazo, mirándola intensamente a los ojos.
-¿Qué le dijiste? -insistió él.
-Yo... yo no le dije nada -tartamudeó ella, asustada por la mirada en los ojos de él.
-Dímelo -agitó su brazo ligeramente.
La fría voz de la razón sugirió que se estaba excediendo. Fue ahogada por la sensación de desastre que se cernía sobre él.
-Sólo le dije lo que hacía falta decirle -se defendió ella.
-Dímelo, maldita sea.
-Le dije que la gente estaba empezando a murmurar. Lo están haciendo. Y le dije que no iba a ser bueno para tu reputación si se quedaba aquí, que un banquero tenía que ser muy circunspecto.
Jack soltó el brazo de ella, volviéndose con un gesto de disgusto. Eleanor se frotó el brazo.
-¿Cómo has podido herirla de ese modo? -la voz de él era baja, áspera, con enfado-. Ella no ha hecho daño a nadie en su vida.
-Yo no pretendí hacerle daño -le dijo Eleanor sin darse cuenta de la nota de súplica que había en su voz-. No le dije nada que no fuera verdad, Jack. La gente está empezando a murmurar.
-Me da exactamente igual lo que diga la gente. Eso es algo que probablemente no puedas entender. Todo lo que me importa es Sheri -se detuvo sorprendido por sus propias palabras-. Todo lo que me importa es Sheri.
Había repetido él, asumiendo todo su significado. -¿No crees que es una cosa bastante extraña el que me estés diciendo esto a mí? -preguntó ella secamente-. Soy tu prometida.
-Tú no me amas -la miró como si la viera claramente por primera vez-. Nunca lo has hecho.
-Eso no es verdad.
-Y yo nunca te he amado -continuó él, interrumpiendo las débiles palabras de ella-. Nunca, fingíamos lo contrario. Éramos seguros y convenientes el uno para el otro. Creí que eso era suficiente, pero no lo es.
-Jack...
-No. Es la verdad y tú lo sabes.
Ella se quedó mirándolo con la cara tan blanca como el papel.
-¿Qué vas a hacer?
-Voy a buscar a Sheri. Tengo que hablar con ella. La sorpresa de darse cuenta por fin de sus verdaderos sentimientos fue apartada por su creciente temor.
No sabía a qué se debía, pero no lo ponía en duda.
Algo iba mal. Eleanor estaba parada junto a la chimenea, pero Jack era inconsciente ya de su presencia. Algo le había ocurrido a Sheri. Lo sabía sin ningún tipo de duda. Ella lo necesitaba y no tenía la más mínima idea de cómo encontrarla. Apartó aún más las cortinas, mirando por la ventana como si las respuestas estuvieran en la oscuridad exterior.
-Estoy segura de que está bien.
-Cállate, Eleanor.
Las palabras sonaron ya sin ardor. Su cólera no había sido por su causa. Había sido por él mismo. Por su propia ciega estupidez. Sheri no había huido por nada que Eleanor hubiera dicho. Había huido porque creía que él no la quería. Y de eso, él era el único culpable.
Se volvió de la ventana con un movimiento brusco que sobresaltó a Eleanor.
-Voy a buscarla.
-Iré contigo.
-No.
La rotunda respuesta no tuvo ningún efecto. Ella lo siguió fuera, poniéndole la chaqueta sobre los hombros.
-Voy contigo.
Jack se volvió tan rápidamente, que ella casi chocó con él.
-Si encuentro a Sheri, y si ella está bien, no quiero que estés conmigo.
Eleanor tragó saliva ante las duras palabras.
-Cuando la encuentres, quiero saberlo. Después de todo parece que piensas que yo soy la culpable de que ella se marchara. Tengo derecho a saber cómo se encuentra.
Jack se volvió con un gruñido de impaciencia. No tenía tiempo para discutir. Que Eleanor hiciera lo que quisiera. Todo lo que le importaba ahora era encontrar a Sheri, decirle que había sido un tonto.
Encontrarla no fue difícil. Al girar a la derecha después de la primera manzana, Jack sintió como si se le hubiera parado el corazón. El deslumbrante parpadeo de unas luces rojas penetraba la oscuridad. Aquello era lo que temía, lo que esperaba.
A su lado, Eleanor permanecía silenciosa mientras él detenía el coche en la curva. Una pequeña multitud se había reunido en la esquina, observando la actividad en el normalmente tranquilo barrio. Jack se apresuró, apenas consciente de su presencia.
Una mujer policía se interpuso en su avance. Jack se detuvo ante un grupo de hombres con bata blanca que se encontraban arrodillados en el suelo.
Jack sabía que nunca podría olvidar la escena que vio. El pelo de Sheri estaba extendido sobre el suelo como una delicada nube de oro. Las luces rojas parpadeaban sobre su cara, que aparecía pálida como la cera. Tenía una mano sobre el pecho, con los dedos flojos, sin vida.
-Échese hacia atrás.
La mujer policía lo agarró del brazo para llamar su atención. Él se quedó parado, como una estatua.
La policía volvió a tirar de su brazo.
-Por favor, échese hacia atrás.
-Es una amiga mía.
-No puede ayudarla poniéndose en medio -le dijo ella con cierta simpatía profesional-. Por favor, échese un poco hacia atrás.
Jack retrocedió. Él quería apartar a todos y tomar a Sheri en sus brazos, pero así no iba a ayudarla. Se quedó en la acera observando la escena.
-¿Eres Jack? -preguntó una anciana.
Se volvió y miró a la mujer mayor. No la reconoció. Nunca la había visto, pero ella parecía conocerlo.
-Soy Jack Ryan.
-Ella siempre estaba hablando de ti; soy la señora O'Leary -como Jack pareció no reconocer el nombre, aclaró-. Sheri me ayuda algunas veces en el jardín, estoy segura que te lo habrá mencionado.
-Sí..., claro -Sheri no le había dicho nada, pero él tampoco le había preguntado.
Sintió un profundo dolor. Debería haber pasado más tiempo con ella y menos intentando negar sus sentimientos. Había sido tan estúpido.
-Es una tragedia. Una chica tan encantadora -la señora O'Leary sacudió la cabeza.
-¿Qué ha ocurrido? ¿Sabe lo que ha ocurrido? -Lo vi todo. Mis ojos son tan buenos como cuando era joven -le dijo, orgullosa.
-¿Qué ha ocurrido?
-Estaba sentada en el porche tomando el fresco. La vi salir corriendo como si la persiguieran todos los demonios del infierno. Parecía muy alterada. La llamé, pero no me oyó. Supongo que tampoco oyó el coche. Saltó a la calzada justo delante de él. El conductor intentó frenar... -ella agitó la cabeza.
Jack cerró los ojos, sintiéndose como si lo hubiera visto él mismo.
-Señor, se llevan a su amiga al hospital.
Abrió los ojos y vio a la mujer policía delante de él. Detrás de ella, estaban cargando la camilla en la ambulancia.
La voz aguda de la señora O'Leary lo siguió mientras se dirigía hacia el jaguar.
-Por favor, hazme saber cómo está.
Eleanor no dijo nada en el corto viaje hasta el hospital. Se acurrucó en el asiento, cubriéndose con su chaqueta como si estuviera muerta de frío. Jack casi no se acordaba de su presencia.
Llegaron al hospital justo detrás de la ambulancia, pero Jack sólo pudo ver durante un momento la camilla mientras la bajaban. Se dirigió a la sala de urgencias.
Durante el breve recorrido hacia el hospital, su mente se llenaba de recuerdos de Sheri: riendo bajo el sol; sus ojos suplicantes por Melvin y su familia; la inocente sensualidad con la que se había entregado a él. pero su propia ciega estupidez podía hacer que perdiera la posesión más preciosa que nunca había tenido.
-Hay una joven que acaban de ingresar -preguntó en el mostrador de ingresos.
La mujer tras el mostrador lo miró, los ojos llenos de compasión profesional.
-¿Su nombre?
-Sheri. Sheri Jones.
-La joven a la que ha atropellado un coche.
-Sí -dijo él con voz ronca-. ¿Está bien? ¿Dónde está?
-¿Es familiar suyo?
-No tiene familiares. Soy amigo suyo.
-Está examinándola el doctor ahora. Me temo que no tengo ninguna información sobre su estado. Si quiere sentarse, el doctor hablará con usted tan pronto como pueda.
Hizo un gesto hacia la pequeña sala de espera y volvió al papeleo que tenía sobre el mostrador.
Jack se quedó allí, con la mente en blanco. Sheri estaba allí, tras alguna de aquellas puertas cerradas, sola y herida. Eleanor cogió su brazo y él se dejó llevar a la sala de espera.
-Voy a ver si puedo encontrar a tu madre -le dijo ella.
Jack asintió con la cabeza. No le importaba a quién llamara. No le importaba nada salvo Sheri. ¿Estaría grave? La había visto tendida sobre el asfalto, tan quieta y tan pálida. Y si... Se interrumpió. Ella iba a ponerse bien. Tenía que ponerse bien.
Él estaba mirando por la ventana cuando oyó la puerta abrirse. Se volvió, pero era Eleanor. No se molestó en ocultar su decepción.
Aún así, Eleanor no se ofendió. Le ofreció una taza de café y él la cogió, aunque no parecía darse cuenta de lo que hacía.
Estaban solos en la sala de espera. Eleanor estaba sentada en uno de los bancos, mirando uno de los cuadros de la pared. Los suaves campos verdes parecían inapropiados para aquel lugar tan lleno de temor. Jack siguió mirando por la ventana, sus hombros tensos.
Cuando la puerta se abrió, Eleanor miró y se sintió aliviada al ver que era Roger. Jack se volvió, mirando tras su amigo, esperando ver a alguien con bata blanca. Viendo que Roger venía solo, se volvió de nuevo hacia la ventana sin decir nada.
-¿Alguna novedad? -preguntó Roger a Eleanor viendo que Jack no pensaba decir nada. -No -ella sacudió la cabeza.
Roger miró a Jack, y luego se sentó al lado de Eleanor.
-¿Os han dicho qué ocurrió? -preguntó despacio.
-La atropellaron. Sólo sabemos eso -se alisó la falda con dedos temblorosos.
Roger cogió la mano de ella entre las suyas con expresión tierna.
-Todo va a salir bien -le apretó la mano para tranquilizarla y se dirigió hacia Jack. -¿Qué ocurrió?
Jack lo miró. Tuvo que hacer un esfuerzo para centrar la atención en Roger.
-Salió corriendo. Fue cerca de casa. Estaba trastornada y no vio el coche.
Sonó un crujido y él miró hacia abajo, viendo que había estrujado el vaso que le había dado Eleanor. El café caliente se derramó por su mano y goteó al suelo. Roger cogió los restos del vaso y los arrojó a la papelera, dándole un pañuelo para que se limpiara.
-¿Algo más?
-Llamaron a una ambulancia. Ella no llevaba carnet de identidad. Nunca llevaba bolso -se pasó las manos por la cara, momentáneamente perdido en sus pensamientos.
-¿Cómo os enterasteis? -preguntó Roger con calma.
-Yo la estaba buscando. Sabía que algo iba mal. Lo podía sentir. Había una señora mayor allí. Sheri la había estado ayudando con el jardín. Ella le habló de mí. Ni siquiera sabía que ella estaba haciendo algo así. Debería haberlo sabido. Debería haber preguntado.
-Va a ponerse bien, Jack. Sheri es más fuerte de lo que parece. Además, seguro que usará sus poderes para recuperarse. Hace falta algo más que un coche para arrebatárnosla.
-Entonces, ¿por qué tardan tanto? -preguntó Jack con fiereza-. ¿Por qué no han venido ya a decirnos que está bien?, ¿por qué no ha aparecido ella misma?
Roger no podía responder. Puso una mano en el hombro de Jack como ofreciéndole apoyo. La puerta volvió a abrirse y apareció un hombre con una bata blanca.
-¿Cómo está? -Jack recorrió la distancia hasta la puerta de dos grandes zancadas-. ¿Se encuentra bien?
-Su amiga está todavía inconsciente.
-¿Es eso malo? -preguntó Jack.
-Todavía no lo sabemos. No hay razón aparente para que siga
inconsciente. Tenemos que hacerle algunas pruebas.
-¿Tiene alguna lesión cerebral? -preguntó Roger con una expresión tan preocupada como la de Jack.
-En realidad, no hemos descubierto ninguna lesión -dijo el doctor-. Ni siquiera tiene un rasguño. Si no fuera porque varios testigos vieron cómo la atropellaban, no sabríamos qué es lo que le ocurre.
-¿Ningún rastro de lesión? -preguntó Eleanor-. ¿No es eso un poco raro?
-Milagroso sería la palabra.
-Si no tiene lesiones, ¿por qué está inconsciente? -preguntó Jack.
-Todavía no lo sabemos. Le hemos hecho un análisis de sangre y no hay indicios ni de drogas ni de alcohol.
-Yo podría haberle dicho eso -comentó Jack, furioso.
El doctor levantó una mano para tranquilizarle.
-Es una comprobación rutinaria. Sin lesiones evidentes, tenemos que comprobarlo.
-Así que lo que me está diciendo es que no tiene ni la más ligera idea de por qué sigue inconsciente -dijo Jack.
-Más o menos. Su cuerpo ha sufrido un shock. Podría haber algunas lesiones que todavía no hayamos descubierto. Como ya le he dicho, todavía tenemos que hacer algunas pruebas. Sabremos más cuando tengamos los resultados, y eso no será hasta por la mañana. Yo les sugeriría que se marcharan a casa, pero creo que no me van a hacer caso.
Jack no contestó. No tenía que hacerlo. Ni una escolta militar le haría marcharse. El doctor suspiró. Después de prometerle que si había algún cambio se lo haría saber, los dejó solos.
Fue Roger quien rompió el silencio.
-Bueno, eso no suena demasiado mal -dijo, intentando parecer animado-. Probablemente Sheri se despertará en un par de horas sólo con un fuerte dolor de cabeza.
La expresión de Jack no cambió. Eleanor le puso una mano en el hombro.
-Estoy segura de que Roger tiene razón. Ella va a ponerse bien.
Jack ni siquiera la miró mientras volvía a su silenciosa vigilia en la ventana. Roger y Eleanor se miraron.
-Estoy segura de que, de verdad, se va a poner bien -dijo Eleanor incómoda.
-Seguro -estuvo de acuerdo Roger-. Mañana por la mañana, nos reiremos con ella de todo este asunto.
Pero Sheri no estaba riendo con ellos por la mañana. Seguía inconsciente y los doctores empezaban a preocuparse. Roger se llevó a Eleanor a casa, volviendo cuando ya amanecía con ropa limpia para Jack. Él la tomó con un murmullo de agradecimiento.
En el servicio de caballeros, se quitó el esmoquin. Parecía que habían pasado años desde que se lo había puesto. Se cambió, poniéndose los vaqueros y la camisa que Roger le había llevado. Se lavó la cara intentando despejarse.
Cuando volvió a la sala de espera, preguntó a Roger.
-¿Alguna noticia?
Roger sacudió la cabeza con expresión sombría. No hacía falta ser médico para saber que cuanto más tiempo permaneciera inconsciente, más razones había para preocuparse.
Era ya a media mañana cuando una doctora vino a hablar con ellos. No dijo mucho más de lo que había dicho su compañero la noche anterior. Todavía no sabían por qué seguía inconsciente. Habían ordenado más análisis esperando encontrar el origen del problema.
Jack escuchó todo lo que la doctora le contaba, asumiendo las implicaciones que ello traía.
-¿Puedo verla?
-No veo por qué no -asintió la doctora-, pero tiene que prometerme que después descansará usted un poco. No quiero tener otro paciente.
-No me voy a marchar.
La doctora no intentó discutir al oír su tono tan taj ante.
-Bueno, creo que podremos encontrar un sitio para que se eche un poco. Si quiere verla ahora, yo voy hacia allá y puedo indicarle cuál es su habitación.
Roger cogió el brazo de Jack cuando éste se disponía a seguir a la doctora.
-Dile que estoy aquí.
-Lo haré -asintió Jack.
Cuando entró en el cuarto de Sheri, se sorprendió de la tranquilidad reinante. Era algo más que tranquilidad física. Había algo más. Se dio cuenta de que lo que sentía era la ausencia de Sheri. Nunca se había dado cuenta conscientemente de cómo se llenaba de vida la habitación donde ella se encontrara. Pero esa sensación faltaba allí.
Cerró la puerta tras él y, remiso, se acercó a la cama. Se detuvo junto a la cama y la miró. Ella estaba tan pálida y quieta. No como la Sheri que conocía. Su pelo estaba extendido sobre la almohada, enmarcando su lívido rostro.
-¿Sheri?
Cogió la mano de ella. Su mano estaba muy fría al tacto, los dedos de ella flojos en los suyos.
-¿Sheri? Cariño, despierta -le dio unos golpecitos en la mano, pero no hubo respuesta-. Tienes que despertarte. Hay tantas cosas que necesito decirte.
Roger también está aquí. Está preocupado por ti. Los doctores no saben qué te pasa, sé que podrías despertarte si quisieras. Pero tienes que luchar, Sheri. Tienes que luchar.
Ella no se movió. De hecho, parecía que apenas respiraba. Podría estar hablando para sí mismo. De repente, tuvo la terrible premonición de que siempre sería así, que no volvería a oír su voz ni a verla reír otra vez.
-Por favor -fue la única palabra que pudo articular por el ahogo que notaba en la garganta.
Agarró fuertemente su mano como si pudiera despertarla con la intensidad de su necesidad de ella.
No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba así, con la mano de Sheri entre las suyas, cuando entró la doctora.
-¿Todavía está aquí? No va a hacerle ningún bien si usted se desploma.
-Estoy bien.
Jack ni la miró cuando se paró a su lado.
La doctora cogió la mano de Sheri, comprobando automáticamente el pulso.
-¿Ha notado alguna respuesta?
-Nada -Jack sacudió despacio la cabeza-. No puedo perderla.
-Bueno, vamos a hacer todo lo posible para que no la pierda. Ahora, quiero que usted duerma un poco.
-No voy a dejarla.
-Vamos a llevárnosla para seguir haciéndole análisis y usted no puede venir, así que será mejor que duerma -le cogió del brazo para sacarle del cuarto, ignorando sus débiles protestas.
Se derrumbó en la cama que le indicaron y se durmió rápidamente. Pero su sueño fue inquieto, con pesadillas sobre unas luces que se abalanzaban sobre él. Podía oír el chirrido de los frenos, sentir el olor a goma quemada y, cuando las luces se le echaban encima, todo volvía a empezar.
Jack se despertó de repente, sentándose en la cama asustado. El sudor le resbalaba por la frente y su pecho subía y bajaba con su agitada respiración. Se pasó una mano por la cara, intentando apagar el pánico que lo atenazaba.
Si algo hubiera cambiado con Sheri, sabía que alguien le habría despertado. Una enfermera le dijo que no había habido ningún cambio.
Esta situación se repitió en los días siguientes. La vida de Jack se centraba en el hospital. Toda su atención era para Sheri. Hablaba con la gente cuando venían a visitarla, pero cinco minutos después de que se hubieran ido, no podía recordar lo que había dicho. Su madre y Tina venían todos los días. Eleanor también venía a menudo.
Pasó casi una semana antes de que Jack se preguntara por qué estaba Eleanor tan preocupada. Era difícil encontrar una respuesta. Ella se sentía culpable. Fueron sus palabras las que hicieron salir corriendo a Sheri. O por lo menos eso pensaba ella.
-Eleanor.
Ella se sobresaltó y levantó la vista de la revista que estaba hojeando.
Jack se sentó al lado de ella. Le costaba gran esfuerzo centrar su atención en algo que no fuera Sheri, pero no era justo que Eleanor se sintiera culpable. Sheri no lo hubiera querido así.
-¿Hay algún cambio? -los dedos nerviosos de ella arrugaron la revista.
-No.
Esa respuesta le dolía cada vez que él se la daba. Él se pasó la mano por la mandíbula, notando la barba de varios días. Debería tener muy poco aspecto de banquero respetable ahora. Sin afeitar, sus ropas arrugadas de dormir con ellas... ¿Qué pensaría Sheri si lo viera ahora? Seguro que se reiría de él y le diría que parecía un pirata.
Eleanor se movió nerviosa a su lado, sus manos doblando y desdoblando la revista.
-Lo siento, Eleanor -dijo él-. Mi concentración no está donde debiera en estos días.
-Está bien. Tienes muchas cosas en la cabeza.
-Creo que tú también. Más de las que debieras.
-No sé lo que quieres decir -ella lo miró durante un instante y luego apartó la mirada.
-Crees que eres la responsable del accidente de Sheri.
Ella parpadeó ante tal afirmación, con las manos temblorosas.
-No habría debido haberle dicho esas cosas -dijo ella.
La voz de ella era tan baja, que Jack tuvo que esforzarse por oírla.
-No, no habrías debido hacerlo. Pero eso no fue lo que la trastornó. Fue culpa mía. Nos peleamos antes de que tú llegaras. O quizá debería decir que yo me peleé. No creo que Sheri sepa cómo pelearse con alguien -se detuvo, pasándose la mano por el pelo, sus ojos turbios de dolor-. Me dijo algunas cosas que yo no deseaba oír. Perdí los nervios y le dije cosas que le hicieron daño. Fui un tonto. Espero poder tener la oportunidad de decírselo.
-Lo harás. Tienes que tener esperanza.
Eleanor tocó su mano, cautelosa.
Jack se dio cuenta de que ella ya no llevaba el anillo de compromiso. Tomó su mano en las suyas, pasando el pulgar por la leve marca que había en la base del anular de ella.
-No habría funcionado.
-Lo sé -dijo ella.
Jack soltó su mano y se levantó. La momentánea distracción estaba pasando, y sus pensamientos volvían a Sheri. Nada más podía captar su atención durante mucho rato.
Eleanor se retorció las manos mientras lo veía salir de la sala de espera. Él parecía tan perdido, tan destrozado. Su corazón y su alma estaban pendientes de ella.
Si ella moría... Se mordió los labios, ahogando un sollozo. Roger la encontró encogida en la silla, con la cara entre las manos, sus hombros agitándose con los sollozos. Él cruzó el cuarto rápidamente, sentándose junto a ella, su corazón latiendo fuertemente con temor.
-Eleanor. ¿Qué sucede? ¿Es Sheri?
-No, soy yo -ella lo miró, con los ojos enrojecidos por el llanto-. Soy una
persona horrible.
Él le pasó un brazo por los hombros.
-No eres una persona horrible. ¿Qué ha pasado? -Jack -la palabra terminó en un sollozo. Roger estrechó su abrazo. -Jack está muy dolido ahora. Yo no tomaría sus palabras muy en serio.
-Dijo que no fue culpa mía. Pero sí lo fue. No debía haberle dicho aquellas cosas.
-¿Qué cosas?
Le costó varios minutos sonsacarle la historia. Ella sollozó contra su pecho. Roger escuchaba con el corazón encogido de dolor.
-Yo no tenía ningún derecho a decirle esas cosas. Ella no me había hecho nada. ¿Cómo pude ser tan cruel? Y ahora ella va a morirse por mi culpa.
-No va a morirse -la agitó suavemente para dar más énfasis a sus
palabras-. Y el accidente no fue por tu culpa.
-Eso es lo que me dijo Jack. No sé siquiera cómo puede soportar el verme -gimió ella-. Ni siquiera está enfadado conmigo.
Lo miró, con los ojos llenos de lágrimas.
-No soy una buena persona, Roger.
El pelo de ella estaba revuelto. Sus ojos irritados de llorar, su nariz colorada. Roger nunca la había visto tan hermosa. La boca de él esbozó una leve sonrisa y le apartó un mechón de la cara.
-Yo tampoco soy una gran cosa. Quizá entre am bos podamos hacer que todo salga bien. ¿De acuerdo?
Eleanor contuvo la respiración y abrió mucho los ojos. Había una agradable promesa en los ojos de él. Una promesa que ella apenas se atrevía a creer. Pero quería creerla. Lo necesitaba desesperadamente. Se agarró a él.
-Sheri? Sheri, soy Roger.
No hubo respuesta, y Roger se acercó más a la cama. Tomó su mano y se sorprendió al notarla tan mortecina. Había pasado una semana y no había habido cambios.
Mirándola, era imposible creer que sólo dormía. Había una transparencia en sus rasgos, una fragilidad en la quietud de su figura. Roger tenía la sensación de que si apartaba la mirada ella podía desaparecer, simplemente desvanecerse. Agarró más fuerte su mano.
-Sheri, no puedes hacerle esto a Jack. No podría superarlo. Si lo amas, no puedes dejarle así.
No hubo respuesta y Roger se quedó mirándola, sintiéndose impotente. Nunca había visto a Jack así. Él se movía, contestaba cuando se le hablaba, pero lo hacía inconscientemente, y había una mirada en sus ojos que atemorizaba.
-Sheri, tienes que despertarte -puso un tono más enérgico-. Tenías razón en cuanto a Eleanor y yo. Ya no está prometida con Jack, y vamos a hacer que nuestra relación funcione. Si te despertaras, podrías decir «te lo dije». ¿Sheri?
Se inclinó aún más, buscando algún signo de vida. Pero no había nada. Si no fuera por el apenas perceptible subir y bajar de su pecho, habría creído que ya era demasiado tarde.
-Sheri, ¡Despierta! -¿Crees que puede oírte?
Roger se sorprendió ante el sonido de la voz de Jack. Apenas quedaba rastro del hombre que conocía desde hacía casi veinte años. Sus ropas estaban muy arrugadas, estaba sin afeitar, con los ojos inyectados de sangre por falta de sueño. No había salido del hospital desde que ingresaron a Sheri, y estaba muy pálido.
-No lo sé -dijo Roger por fin, soltando la mano de Sheri.
-A veces creo que puede oírme. Y luego pienso que estoy loco.
Jack alargó la mano y acarició un mechón del pelo de Sheri.
Roger apartó la mirada de la cara de Jack, sintiendo como si la mirada de él fuera demasiado intensa, demasiado privada como para que otro la viera.
-Supongo que ayuda el pensar que ella puede oírnos.
-Si puede oírme, ¿por qué no responde?
-Yo... Jack, tienes que asumir que a lo mejor ella no puede responderte.
Roger pronunció las palabras tan suavemente como pudo, esperando su negativa.
-¡No! -dijo Jack-. No. No creeré eso. No puedo.
Miró a Sheri y luego elevó sus ojos hacia Roger.
-No sé lo que haré sin ella... -se interrumpió, incapaz de completar la frase.
Roger no sabía qué decir. No había consuelo que pudiera ofrecer a Jack. Nadie podía ofrecerle consue lo. Puso una mano en su hombro, ofreciéndole un silencioso apoyo.
Cuanto más tiempo pasaba, más perplejos estaban los médicos. No había señal de lesiones, no había razón por la que no pudiera despertarse, pero continuaba inconsciente, cada vez más pálida con cada hora que pasaba.
Cada día que pasaba, la rabia de Jack aumentaba, bullendo dentro de él. Dormir era sólo un recuerdo lejano. Pasaba cada momento al lado de la cama de Sheri. Estaba aterrado de dejarla aunque sólo fuera un instante, temeroso de que ella perdiera el frágil vínculo que tenía con este mundo, el mundo de él. El mundo del que ella quería tan desesperadamente formar parte.
Apretó su frente contra el frío metal de la barandilla que rodeaba la cama de ella, recordando cómo hablaba ella de aprender a ser humana. ¿Por qué no le había dicho que era algo que no le gustaría? ¿Por qué no le había dicho que ella ya era perfecta tal y como era? Había estado tan ocupado con pequeñas cuestiones, que no le había ofrecido la seguridad que ella necesitaba.
Él no se la merecía. Sabía eso ahora. Si abriera los ojos, él la dejaría libre aunque eso le destrozara el corazón. Él habría dado cualquier cosa, incluso su vida, por verla sonreír aunque sólo fuera una vez.
Jack paseaba de un lado a otro de la sala de espera. Su madre y Tina estaban sentadas en un rincón, mirándolo, sin decir nada, con las manos enlazadas para darse apoyo. Roger se apoyaba contra la ventana, observando el exterior. Eleanor estaba sentada, muy quieta, con las manos en el regazo.
Se notaba en el ambiente que se preparaba una crisis. Todos se habían reunido allí, esperando. Afuera el sol brillaba anticipando el verano que se aproximaba. Para los de dentro, eso no tenía la menor importancia.
-Estaba aprendiendo, de verdad, a bordar -rompió el silencio Glynis-. Estoy segura de que habría llegado a hacerlo bien, si hubiera recibido unas cuantas lecciones más.
-También estaba leyendo un libro sobre Einstein -añadió Tina-, no creo que entendiera las fórmulas, pero me dijo que parecía un buen hombre.
-Ella fue quien me dio a Lucky -dijo Eleanor a nadie en particular-. Me dijo que los animales sabían si alguien tenía buen corazón.
Su voz se quebró en las últimas palabras e inclinó la cabeza, buscando su pañuelo en el bolso.
-Ella trajo como una chispa a la casa, una nueva alegría. Y el jardín...
-¡Basta! -gritó Jack con voz ronca.
Todos se le quedaron mirando.
-¡Basta! Estáis hablando de ella como si ya estuviera muerta.
-Jack, ellos no pretendían... -Roger se apartó de la ventana, intentando aplacarlo.
-Sé que todos pensáis que va a morirse -dijo Jack furiosamente-. Pero estáis equivocados. Va a ponerse bien. Ella no puede morirse. No puede.
Su voz se quebró, giró sobre sí mismo y salió de la habitación antes de que nadie pudiera decir nada.
-Yo no quería decir... -empezó Glynis, con la angustia reflejada en sus ojos.
-Jack lo sabe, Glynis -le dijo Roger-. Sólo está cansado. Todos estamos cansados.
Entonces, la puerta de la habitación se abrió otra vez. Pero no era Jack de vuelta. Era la doctora. -¿Hay algún cambio? -preguntó Roger. Ella agitó la cabeza lentamente.
-No el cambio que todos deseamos. He visto al señor Ryan salir del hospital
-se detuvo tomando aire-. Sería una buena idea que él estuviera aquí. No
puede durar mucho ya. Lo siento.
Hubo un largo instante en el que nadie habló, nadie miraba a nadie. Esto es lo que todos esperaban, y aún así, ahora cuando el momento llegaba los pillaba in
defensos.
-Iré a buscar a Jack -murmuró Roger y salió.
Jack salió fuera del hospital, ciego a lo que le rodeaba. Su mente era un torbellino de pensamientos del que no podía escapar.
Un tirón de su camisa lo hizo detenerse. Se soltó de la espina que le había enganchado la manga. Parpadeando, miró a su alrededor, dándose cuenta de que estaba en medio de una pequeña rosaleda. A su alrededor, las rosas refulgían. Su perfume estaba en el cálido aire, dulce y penetrante.
Alargó la mano para tocar un delicado capullo de color amarillo. A Sheri le encantaban las rosas. Su mano temblaba mientras acariciaba la aterciopelada suavidad de los pétalos. Su boca esbozó una sonrisa al recordar el jardín de su madre, plagado de rosas semanas antes de temporada.
No era justo. Parpadeó ante la sensación de comezón en sus ojos. Debían tener una oportunidad de compartir más jardines juntos. Había tantas cosas que quería hacer con ella, tantas cosas que quería decirle. Él quería una oportunidad para decirle que la amaba. Deberían tener más tiempo, todo el tiempo del mundo.
-Jack.
No se volvió al oír la voz de Roger.
-Sé que me he excedido ahí dentro. Me disculparé cuando todo esto acabe. Me temo que estoy un poco nervioso, pero cuando Sheri despierte... -su voz volvió a quebrarse y el capullo empezó a hacerse borroso-. Cuando se despierte, todo volverá a ser normal.
-Jack, la doctora vino cuando te fuiste.
Jack se volvió con ojos inquisitivos hacia Roger, una mirada de desesperada esperanza en ellos.
-¿Qué pasa? ¿Algún cambio? Sabía que no tenía que haberla dejado.
Roger le agarró del brazo cuando Jack ya se dirigía de vuelta al hospital.
-Jack, la doctora dice que Sheri se está consumiendo. Dice... que no tardará mucho en... -no pudo terminar la frase.
Apartó la mirada al ver los ojos de su amigo.
-No, no dejaré que eso ocurra. No puede ser -murmuró y miró a su alrededor desconcertado-. No sé qué haría sin ella.
-Jack, yo... lo siento -las palabras sonaban inútiles, pero era todo lo que podía decir.
-¿Sabes? Ella quería ser humana. Ella quería encajar en mi mundo -de repente rió ásperamente-. Mi mundo fue lo que la destruyó. ¿Cómo he podido estar tan ciego?... Es culpa mía que ella esté ahí tumbada. Es culpa mía.
-Jack, no es culpa tuya. Fue un accidente. Pudo haberle pasado a cualquiera.
-A cualquiera sí. Pero no a Sheri. Ella podía haberlo evitado. ¿No se te ha ocurrido pensar por qué no lo evitó?
-Nadie puede evitar todos los accidentes. No, a no ser que seas un mago o... -Roger se detuvo, dándose cuenta de lo que estaba diciendo.
-O un genio -finalizó Jack.
-No había pensado en eso. ¿Qué sucedió? ¿Por qué no desapareció cuando vio el coche?
-Por mi culpa.
-No seas tonto, Sheri podía estar dolida, pero nunca se dejaría atropellar por un coche.
-Ella no se dejó atropellar. No pudo evitarlo. Me lo dijo una vez. Me lo dijo y no la escuché. Fui demasiado egoísta como para pensar en lo que estaba sucediendo.
-¿Qué te dijo?
-Le pregunté que si los genios se enamoraban alguna vez -dijo Jack suavemente, recordando su encuentro en la rosaleda-, y ella me dijo que sí, pero que no era como para los humanos. Dijo que perdían la mayoría de sus poderes. Pierden sus poderes. Tenía que haberlo pensado. Pero no lo hice. Sólo me preocupé por lo que me estaba ocurriendo a mí. No por lo que podía pasarle a ella.
-Jack, lo que estás diciendo no tiene sentido.
-¿No lo ves? Ella no se apartó de delante del coche porque no pudo. Ya no tenía poderes porque me amaba. Me amaba. Y ahora va a morirse.
Vio en los ojos de Roger que éste por fin lo comprendía. Desde el accidente, había vivido con el conocimiento de que el amor de Sheri hacia él podía ser la causa de su muerte. El pensamiento le reconcomió las entrañas, un profundo dolor con el que tendría que vivir el resto de su vida.
Miró al capullo que todavía tenía en la mano, recordando cuánto le gustaban a Sheri las rosas. ¿Cómo iba a vivir sin ella?
Algo pugnaba por abrirse paso en su cerebro, algo tan sutil que no se atrevió a llamarlo esperanza. Sheri había creído en el amor. Había tan poco tiempo. ¿Sería posible?
Pasó corriendo al lado de Roger, sin darse apenas cuenta de su presencia. Era una última esperanza.
Había una enfermera en la habitación de Sheri, pero Jack ni siquiera la vio. Corrió hacia la cama y tomó la fría mano de Sheri en la suya, el olvidado capullo entre su palma y la de ella. Podía ver que ella había cambiado en el corto rato que la había dejado. Estaba tan pálida, la piel casi transparente.
-Sheri. Sheri, te quiero. No te lo dije antes porque he sido un tonto. Tienes que volver, cariño. Te quiero.
Esperó sin apenas respirar, pero no hubo respuesta. Roger entró silenciosamente en el cuarto. Él no sabía qué era lo que le había hecho volver corriendo, pero quería estar presente por si su amigo lo necesitaba.
-Sheri -Jack hizo su voz sonar como una orden, ya no era un ruego, sino una orden-. Sheri, tienes que volver.
-Señor Ryan, por favor baje la voz.
Jack ni siquiera se volvió a mirar a la enfermera. Toda su atención concentrada en Sheri.
-Sheri, tienes que volver. No me concediste mi tercer deseo.
-Señor Ryan, baje la voz.
Roger la cogió de un brazo para hacerla callar. Él creía saber lo que estaba pasando por la mente de jack, por su corazón. No le dio vergüenza cuando las lágrimas desbordaron sus ojos al ver a su amigo hacer los últimos intentos desesperados.
-Sheri, quiero mi tercer deseo. Me lo debes.
No hubo respuesta de la figura que yacía en el lecho.
-¿Sheri? Por favor, no me dejes solo. No podré sobrevivir sin ti. Me debes el tercer deseo. Te dejaré ir después de eso, pero quiero mi deseo. Era parte del trato, ¿recuerdas?
Su voz oscilaba entre el imperativo y el ruego. Pero seguía sin haber respuesta. Jack parecía encogerse, sus hombros caídos como los de un anciano.
-Por favor. Por favor, no me dejes solo.
Roger se dirigió hacia él, incapaz de soportar la agonía que mostraba la voz de su amigo. La enfermera no se movió, entendiendo que se trataba de un momento muy delicado. Roger estaba a medio camino de la cama cuando se detuvo como si hubiera topado con un muro.
Oyó a Jack contener la respiración y supo que no había imaginado el ligero movimiento de sus pestañas. Jack se inclinó hacia adelante. Sus pestañas se habían movido.
-Sheri -mantuvo el tono de orden en su voz. Las pestañas de ella volvieron a moverse y los dedos de Jack apretaron los de ella.
-Quiero mi último deseo. Me lo prometiste.
Sus pestañas se levantaron lentamente como si soportaran un gran peso. Lo miró con los ojos de un azul pálido, quedaba tan poco de ella, que Jack tuvo miedo. ¿Y si era demasiado tarde?
-Me lo prometiste -le dijo con firmeza, volviendo a apretar su mano como si así pudiera retenerla. Ella tragó aire y se humedeció los labios muy despacio.
-Yo... no tengo nada que darte.
El susurro era tan débil que tuvo que inclinarse más para oírlo.
-Sólo me queda un deseo -insistió él. -¡Señor Ryan!
-No tengo nada que darte -repitió ella.
Sus ojos empezaron a cerrarse y Jack apretó la mano con fuerza.
-Tú puedes darme este deseo. Tienes que dármelo.
Ella volvió a humedecerse los labios con gran esfuerzo.
-¿Cuál es tu deseo?
-Quiero que me ames tanto como yo te amo.
Ella lo miró un momento y luego cerró los ojos.
-¡Sheri! -la voz de Jack expresaba su pánico. ¿Se habría equivocado?
Durante unos eternos momentos, no hubo ningún movimiento y empezó a desesperar. Pero las pestañas se movieron otra vez, levantándose lentamente. El pálido azul de sus ojos parecía un poco más profundo, más brillante.
-Te quiero, Sheri. Te amo más que a la vida. Tienes que volver a mí. Criaremos caballos o navega remos alrededor del mundo. No importa con tal de que estemos juntos. Quiero que me ames. Ese es mi último deseo. La última orden que te doy.
Los dedos de ella se movieron en su mano cogiendo el capullo. Tuvo que volver a inclinarse para oírla, pero sus palabras le llegaron al corazón.
-No tienes que desear lo que ya tienes.
Él respiró profundamente, sintiendo la angustia de su pecho aflojarse. Roger también respiró aliviado, dándose cuenta de que sus mejillas estaban húmedas. Todo iba a salir bien. Contra todo pronóstico, todo iba a salir bien.
-Te quiero.
Jack se inclinó para besarla, sabiendo que nunca se cansaría de decírselo. Ella le había enseñado a soñar otra vez y le había enseñarlo que la magia era realidad. Juntos habían aprendido lo que era el amor. .
Y desde entonces, la enfermera siempre contaría la historia de cómo aquel capullo se abrió ante sus ojos hasta que fue una enorme rosa dorada, del color del sol y de las promesas.
Dallas Schulze - Un amor de brujería (Harlequín by Mariquiña)